viernes, 27 de marzo de 2020

EL SALUDABLE PODER DE LA MENTALIZACIÓN, PARA LOS ESTADOS CARENCIALES.

Las personas individuales y la colectividad de la sociedad a la que pertenecemos nos vemos obligados a soportar, en muy distintos momentos de nuestras vidas, situaciones incómodas, desagradables, injustas y en ocasiones de muy difícil explicación o racionalidad para su necesaria interpretación. La dificultad para conocer, asumir y superar estas más o menos duras o insufribles experiencias es del todo punto evidente. No siempre tenemos a mano los recursos, materiales y anímicos, para sobrellevar su anómalo, temporal o permanente, perjuicio. En este sentido, se suelen en muchas ocasiones sobrevalorar los medios materiales para ese inexcusable fin que es la superación del problema. Sin embargo, más pronto o tarde, nos veremos obligados a fortalecer, redimensionar y “reprogramar” la estructura psicológica que nos sustenta, a fin de reaccionar anímicamente contra esas carencias y sufrimientos que enturbian, con opacos nubarrones, la vitalizante y alegre cobertura que nos proporciona la luz solar. Valga esta simple metáfora para explicar los fundamentos últimos de nuestra humana y necesaria reacción.

El poder y la fuerza de la mente resulta fundamental, en esos momentos carenciales que tanto nos hacen sufrir y agobiar nuestra frágil existencia. La acción de nuestra inteligencia puede ayudarnos a relativizar esos problemas que nos abruman banal o exageradamente, magnificando situaciones que en realidad no son tan complicadas, aliviando angustias, desánimos, bloqueos y desesperanzas. Todo ello con ese fácil proceso de acotar racionalmente el problema, asumirlo, integrarlo, tratar de relativizarlo y, en la medida de lo posible, solucionarlo. 

¿Y cuáles serían las situaciones en que mejor habría que aplicar ese efecto colaborador y salvador de nuestra mente? Preguntó en voz alta, uno de los cinco asistentes (Azarías Bianco) a una sesión de terapia grupal, desarrollada en la sala de reuniones de la concejalía de Acción Social en el Ayuntamiento de Málaga. En ese preciso instante la joven pero experta coordinadora de la acción grupal, Luz María, amplió su breve introducción previa.

“Recordad que en determinados momentos tenemos que protagonizar vivencias que nos resultan un tanto o un mucho desagradables. Y no tenemos más remedio que asumirlas y aplicar paciencia hasta que podamos ponerles fin, con mayor o menor éxito. Por ejemplo, pensar en cuando os tienen que hacer una resonancia magnética, y tenéis que estar durante muchos minutos encerrados en un incómodo cilindro metálico, escuchando un ruido continuo, ciertamente incómodo y ensordecedor. O cuando estáis tendidos en la cama de un hospital, horas y días, “atados” a ese gotero por el que se os aplica la medicina. En otras ocasiones nos encontramos en algún espacio completamente rodeados de muchas personas. Sentimos un cierto agobio, porque apenas podemos movernos con tanta muchedumbre a nuestro alrededor. Nos invade una cierta “claustrofobia” pero no podemos “huir “ de ese desagradable espacio en el que nos hallamos. Tenemos que aplicar paciencia y esperar para “escapar” de ese muy densificado lugar. También cuando hay días en que todo parece que nos ha salido mal. Se nos han acumulado situaciones y hechos desagradables, fracasos, frustraciones, errores, etc. por lo que llegas a sentirte el ser “más desafortunado del mundo” preguntándote ese interrogante de ¿y por qué a mí? sin hallar o encontrar una racional respuesta. Recordad esos momentos de alta tensión en un examen o, por ejemplo, imaginaros esos países que se ven azotados por oleadas víricas epidemiológicas y, aparte de los enfermos en los hospitales,  al resto de la ciudadanía se les obliga a permanecer recluidos en sus casas, semanas y semanas sin poder pisar la calle, salvo por motivos muy específicos (como el comprar alimentos o el ir a la farmacia o a la asistencia médica), todo ello con el objetivo superior e insoslayable de evitar o paliar los contagios. 

En todos estos y otros muchos casos, recurrir a esa importantísima facultad de nuestro organismo, como es la mente, puede ayudarnos a paliar, a mejorar o salir de ese bloqueo, desánimo o incluso pánico, por el que nos sentimos profundamente mal, fundamentalmente porque no hallamos o aplicamos las adecuadas respuestas para superar el “atolladero” en el que nos sentimos inmersos. Además de la “empatía” que puedes tener con los protagonistas de una historia, si te entregas a la lectura de un libro o al visionado de una película, la practica de un paseo o un ejercicio deportivo, el ameno diálogo con una persona de tu confianza, todo ello son buenos recursos para salir del incómodo marasmo en el que te encuentras. Pero también, a través de tu mente, puedes recrear o imaginar situaciones agradables, relajantes, confortantes, en las que te veas protagonizándolas o con la intención de hacerlo a la mayor premura. Esa mentalización puede ayudarte a soportar mejor esos bloqueos o incluso te van a insuflar fuerza anímica, a fin de tener más recursos y capacidades para soportar el mal momento que atraviesas o a sentirte más esperanzado de un cambio en el futuro, a fin de compensar la dura o desagradable experiencia que te aturde y te hace sufrir.

¿Algunos ejemplos concretos de esta mentalización? Pensad en que estáis paseando tranquilamente por la orilla del mar, tal vez descalzos, sintiendo el masaje de la arena sobre vuestra epidermis y el jugueteo agradable que hacéis con ese oleaje que llega hasta vuestros pies. O por ejemplo en que vas a desarrollar ese saludable caminar por los bellos, variados y múltiples senderos que gratuitamente la naturaleza comparte y pone a nuestra libre disposición. Estas vivencias las podréis llevar efectivamente a cabo en muy corto plazo de tiempo, pero al menos lo importante ahora es sentirlas como propias. Con la convicción y “obligación” de protagonizarlas, no sólo mentalmente en vuestra imaginación, sino en la propia y específica realidad. 

Resulta de suma importancia que os sintáis también protagonistas literarios, acompañando a esos interesantes personajes que aparecen en las páginas de los relatos y las novelas. Y también ¿por qué no? “actores” en esas películas que tanto os apasionan, compartiendo la acción y la trama escenificada, durante esos otros trocitos de vida que se nos ofrece durante 90 o más minutos en cada proyección fílmica. ¿Por qué no hacerlo, aplicando ese poderoso recurso de nuestra imaginación?

En todo caso, hay que repetirlo, lo importante es que sintáis la ayuda y la fuerza de vuestra mente, a fin de (repitiendo el esquema) acotar el problema, ordenar las dificultades y carencias, asumirlas con valentía, para comenzar a buscar, lo antes posible, pequeñas soluciones que pronto se harán grandes, por la satisfacción de haber ido resolviendo la ingratitud de la suerte, los caprichos del azar o la “desafortunada hora” en que no supimos evitar nuestros propios e irresponsables errores.

Ahora os dejo la libertad de la palabra, para que tengáis la gratitud y valentía de compartir algo de vuestros pesares y problemas. No dudéis que este va a ser vuestro primer paso para avanzar en ese camino hacia la meta que todos anheláis: sentiros un poco mejor.”  

Después de unos nerviosos segundos, en los que nadie levantaba la mano para intervenir, fue Ana, una mujer de mediana edad, probablemente tendría los cuarenta años avanzados, la primera en hacer una señal con valentía a fin de exponer o ampliar el caso que soportaba y que la había llevado a repetir su asistencia a esta terapia de acción grupal.

“Hola, amigos. Ya os comenté la semana pasada algún datos acerca de mi persona. Pero como en el día de hoy han venido tres personas nuevas, los voy a resumir. Actualmente trabajo en una modesta empresa de limpieza, que lleva algunas subcontratas para el aseo diario de algunos bloques de pisos repartidos por toda la ciudad. Tengo una hermana, con la que no me llevaba bien y que hace años se marchó a trabajar al norte y no he vuelto a saber nada de ella. Mi padre, que ya no vive, ejerció de panadero durante muchos años. En cuanto a mi madre, estaba dedicada a la casa, aunque sacaba horas por las mañanas para limpiar algunas casas particulares, en el barrio noble del Miramar/Limonar. Esa madre era quien se encargaba de educar a sus dos hijas, aplicando mano muy dura, lo que a mí, menos a mi hermana, me ha dejado secuelas. Uno de sus “castigos” era encerrarnos en una cuartucho oscuro, que ella llamaba “el de los ratones”, cuando interpretaba que nos habíamos portado mal. El estar allí encerrada durante horas me producía un pánico que ni aún en la madurez he logrado superar . La falta de luz me produce, aún hoy, escalofríos y sensación de pánico. Mi única familia soy yo, pues aunque tuve algún pretendiente en mis “años mozos”, todos ellos iban a “lo que querían y necesitaban”. Una vez satisfechos, “ahí te quedas” y adiós. Ese terror a la oscuridad hace que incluso de madrugada tengo que dormir con la luz encendida, pues creo ver sombras por aquí o por allá. Me encuentro sola, desamparada, con un sueldo que apenas me da para vivir. No estudié porque mi padre decía que tenía que estar en casa, haciendo las tareas, mientras que mi madre iba a limpiar a las casas de los señores “bien”. He venido hasta aquí buscando un poquito de ayuda, pero también un mucho de amistad.”

Unos y otros presentes alababan (con gestos mímicos o con palabras) la franqueza y valentía de la compañera Ana, aportándole algunas ideas y sugerencias que, en los últimos minutos de la sesión,  Luz Mª, la psicóloga, se encargaría de resumir para la concreción.

A continuación levantó la mano un chico joven. Aparentaba “veintipocos” años de edad, aunque después de su intervención muchos entendieron que su “edad intelectual” no coordinaba con el físico que ofrecía.

“Mi nombre es Borja. Es mis tiempos de estudiante durante la secundaria tenía un buen rendimiento y cuando superé la Selectividad me matriculé en la facultad universitaria de derecho. Pero no sé bien qué me pudo ocurrir, tal vez algunas compañías y amistades, porque comencé a entrar en una dinámica de gastos, que mis padres se vieron obligados a cortar. Me convertí en un comprador compulsivo, no sólo de productos informáticos y electrónicos, sino también de ropa cara, de marca. Y empecé a entrar en el mundo “embriagador” de la motorización. Seguro que lo estáis pensando: ¿de donde sacaba yo “la pasta”? Pues, cuando el grifo paterno se cerró, totalmente, comencé con otra dinámica alocada y no menos enfermiza: apropiarme de lo ajeno. Me sentía con gran habilidad y autosuficiencia para ello, obteniendo buenos “réditos” para mis ostentosos gastos. Pero lo que tenía que pasar, ocurrió. Una vez me pillaron y, a pesar de todos los esfuerzos de mi padre, inspector o perito de seguros, con gran disgusto tuvo el hombre que soportar que me “cayeran” dos años. Por buena conducta, sólo cumplí doce meses. Las puertas de mi casa se cerraron para este hijo que sólo sabía avergonzar y hacer sufrir a sus progenitores. Pero el “gusanillo” de las buenas compras, compulsivas por supuesto, no había muerto en mí. Así que entré en la última y más degradante etapa, a fin de conseguir dinero fácil. Es muy duro decirlo, pero me convertí en el “compañero o amante” joven y guapo de gente depravada, con muchos años y más dinero, para hacer… y tomar “de todo”. Durante dos años y medio he estado inmerso en la ciénaga de lo más repelente. A mis veintinueve tacos, no sé si mi vida tendrá ya aún arreglo. Mi santa madre, Eugenia, me localizó hace unas semanas y me facilitó esta posibilidad, que en un principio rechacé. Pero ver a una madre llorando y sufriendo por tu forma de ser y actuar, es algo que te vence. Por eso estoy hoy aquí. Sólo por ella, pues yo no creo tener muchas soluciones para mi desordenada vida”.

Tras el impacto anímico de esta muy cruda y sincera confesión, Luz María entendió que las dos intervenciones eran lo suficientemente importantes y complicadas, para seguir avanzando con otras exposiciones. Los tres intervinientes que restaban lo comprendieron perfectamente y pospusieron para la semana siguiente la profundización en sus respectivos problemas. 

Tanto la psicóloga directora del programa de ayuda, como el resto de los presentes a la reunión, comenzaron de inmediato, aplicando el mayor desenfado y amistad, a realizar una serie de comentarios, sugerencias y pequeñas aportaciones de indudable interés para ayudar a dos compañeros que lo estaban pasando realmente mal. Azarias le dijo a Borja que en el centro distribuidor de mercancías, donde él trabajaba, estaban haciendo contratos temporales de una semana, que normalmente iban renovando sin problema alguno. El ponerse a trabajar duro era un primer paso para ir “limpiando” una trayectoria que no era elogiosa en su vida, sino todo lo contrario. Alba, otra de las presentes, le sugirió al atribulado joven que buscase sin descanso a una buena compañera con la que encontrar el apoyo necesario para encauzar su desordenada vida por el camino siempre necesario de la normalidad. Ella había tenido la suerte y la oportunidad de “conectar” con una buena y equilibrada persona, con la que actualmente estaba conviviendo, que le daba cada uno de los días la fuerza imprescindible para luchar y abandonar esas tendencias depresivas y suicidas, que durante tanto tiempo le habían atormentado. La fortaleza física de Modesto, que hasta la presente había permanecido muy callado, intervino a continuación con un planteamiento práctico, para el agobio y el pánico que le provocaba la oscuridad a la limpiadora Ana.
“No sé si conoces que me gano la vida con el multiservicios. Para que lo entiendas, sé hacer un poco de todo, electricidad, albañilería, fontanería y todo eso que es necesario para reparar nuestras viviendas. En este fin de semana me indicas donde vives y me paso por tu domicilio para mejorar el sistema de iluminación… en lo que se pueda. Te instalo unas bombillas de luces led que se te van a encender y apagar cuando entres o salgas de una u otra habitación. En cuanto a tu dormitorio puedo instalar unes luces de seguridad, que tienen un mínimo consumo, y que van a mantener una luz cálida durante toda la noche. Y podremos dar un repaso a las ventanas, para hacer unas reparaciones que te ayuden a enriquecer la luz natural, la mayor parte del día. Además , con un curioso sistema de espejos, podemos aprovechar mejor la luz que te llega de las farolas callejeras”.

Tras la práctica intervención de este trabajador del multiservicios, que se encontraba en una fase inicial en su lucha contra el alcohol, la coordinadora Luz María volvió a reincidir en su planteamiento inicial: la fuerza potencial de nuestra mente para enfrentarnos a esos problemas que tanto nos agobian y condicionan, con un arma que resulta del todo eficaz, como principio. De nuevo repitió el esquema que todos deberíamos seguir: el asumir el problema como tal, en primer lugar. De inmediato, acotarlo, en sus justos términos. Después, relativizarlo en lo posible, fase muy importante porque en la mayoría de los casos la mayoría de las personas suelen magnificar en exceso la trascendencia o incidencia del mismo, cuando no existe un fundamento racional para ello. Por último, comenzar a buscar soluciones, que pueden ser pequeñas e indirectas en esa fase inicial, pero que con la consecución de algún pequeño avance o mejoría puede facilitarnos un rédito esperanzador que nos hará mucho bien y sustentará nuestra posterior acción sobre el conflicto. Y sobre todo, como plataforma inteligente de acción, tratar por todos los medios de no luchar en aislamiento, sino con la ayuda de otras personas quienes muy probablemente no dan ese paso solidario porque desconocen la realidad básica de nuestro problema, aquello que tanto nos aturde y nos hace sufrir.

En esa tarde de miércoles, Luz tenía concertada una cita médica a la que llevar a su hija pequeña que se encontraba acatarrada. Pero los otros cinco asistentes a la terapia grupal acordaron, a su finalización, desplazarse a una cervecería cercana, a fin de compartir juntos unos minutos de relajada conversación para el mutuo conocimiento y la cálida proximidad en la amistad.-


EL SALUDABLE PODER DE LA MENTALIZACIÓN 
PARA LOS ESTADOS CARENCIALES

                                                                                                                          
                         

José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
27 Marzo 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           



viernes, 20 de marzo de 2020

AMANECER PRIMAVERAL, CON TODO UN DÍA POR CONSTRUIR.

No todas las personas tienen el mismo despertar, en cada una de las mañanas. Esta afirmación refleja una patente obviedad: cada individuo representa un carácter específico, el cual se ve condicionado por un conjunto de variadas circunstancias, externas e internas. Somos profundamente diferentes y ello provoca que cuando suena el despertador o cuando espontáneamente abres los ojos, tras una noche más o menos plácida para el sueño, percibas al largo día que tienes por delante con una predisposición desigual. Puede ser ésta animosa y diligente, confusa y desorientada o incluso algo depresiva, lo que no te estimula mucho a tener prisa por abandona el lecho en el que has descansado esas horas necesarias para la recuperación física y mental. Las terapias contra esos despertares apáticos son también muy diversas. Siempre ha resultado de una saludable eficacia la programación previa, con la subsiguiente acción sin dilaciones.

Marilen es una chica malagueña que recientemente ha terminado sus estudios de bachillerato, con un expediente académico más bien “normalito” bajo. Se ha presentado a las pruebas de acceso a la universidad, habiéndolas superado con un aprobado “raspado” por lo cual su nota media no le va a facilitar el camino para ingresar en determinadas facultades universitarias, cuyo corte de entrada en las listas están en una puntuación notablemente más alta que la suya. La realidad es que a sus 18 años se encuentra sumida en esa situación de profundo desconcierto que afecta a muchos adolescentes, motivado por no saber muy bien lo que quieren hacer para con su futuro.

La joven Marilen (alude al diminutivo de Maria Elena) es la hija menor de una familia estable, perteneciente a la clase media /media, en lo sociológico. Su padre Leandro, gran aficionado al fútbol, trabaja desde hace muchos años en unos céntricos grandes almacenes como agente de ventas, actualmente destinado en la sección de electrodomésticos de la gama blanca (lavadoras, frigoríficos, lavavajillas, etc). Su madre, Virginia, también dedica las mañanas para ejercer de auxiliar recepcionista en una consulta privada de medicina ginecológica, que dirige el Dr. Periñán. Ambos progenitores, ya desde hace años, tienen un comportamiento bastante crítico con respecto a su hija, en la que critican su arraigada indolencia y pasividad, tanto en las obligaciones de estudio como en su escasa colaboración y ayuda que presta para las tareas del hogar. Contrastan su forma de ser con la de su hermano mayor, Lucas, quien se prepara en una academia especializada para concurrir a unas futuras oposiciones que le permitan el deseado ingreso en el Cuerpo Nacional de Policía. El primogénito de la familia sabe compartir el tiempo de estudio con unas horas de trabajo durante las noches en una cadena de comida italiana, con el sufrido encargo de ir entregando pizzas por múltiples domicilios.

Preocupados los padres por la profunda apatía de su “niña”, deciden acompañarla a un equipo de medicina y psicología juvenil, consulta que le recomendó a Leandro su jefe de departamento en el centro comercial donde desarrolla a diario su trabajo. En la primera visita que realizan al gabinete médico, el especialista Franio del Prado Carvajal, tras escuchar los planteamientos de unos padres bastante preocupados y unas primeras respuestas de Marilen, acuerda con la chica mantener una próxima entrevista tras días más tarde, a la que deberá acudir ya sin el acompañamiento de sus progenitores. En principio le receta unas vitaminas y otros comprimidos que ayuden a vitalizar su estado de pasividad y evidente depresión anímica.

La joven vuelve a la consulta en el día y la hora fijada, respondiendo a las primeras preguntas planteadas por el Dr. Franio que son de una naturaleza básicamente informativa (aficiones, empleo y organización de su tiempo, amistades, relación con los miembros de la unidad familiar, etc.) Le plantea a continuación unos pequeños ejercicios o test, para avanzar en el conocimiento de su joven paciente. De esta segunda entrevista, con una duración aproximada alrededor de los sesenta minutos, el facultativo obtiene una interesante base de datos, con una primera aproximación casuística sobre la situación de profundo desconcierto que muestra el carácter de la chica. El diálogo entre ambos es abierto y cordial, pero desde un principio Franio tiene esa mezcla de suposición y convicción de que su interlocutora no está siendo absolutamente sincera en la transmisión de algo que le ocurre y que se muestra reacia a confesarle. Tendrá que seguir avanzando en esa línea investigativa, si quiere llegar a conocer los motivos o circunstancias que pueden estar definiendo esa difusa apatía y desgana vital que embarga a la joven. Le propone iniciar cada noche, antes de irse a la cama, la redacción de un pequeño diario en el que debería resumir los aspectos más destacados que le hayan ocurrido durante el día que finaliza y, de manera especial, su resolución de hacer algo nuevo o diferente durante la próxima jornada. Le aclara que esa recomendación la debe considerar como muy importante e insoslayable. En el plazo de una semana acuerdan mantener una nueva entrevista, en la que comentarán las reflexiones más significativas que haya anotado Marilén en su nuevo diario personal.

Así lo hace efectivamente, durante cada una de las noches. Después de la cena y tras sentarse un rato ante el monitor de televisión que preside el salón de su casa, se retira a su cuarto para ponerse unos minutos ante su mesa de trabajo, sobre la que escribe unas líneas en las que recuerda determinadas vivencias protagonizadas en su día. Resulta significativo la diferenciación expresiva entre lo que escribía Marilén en las primeras páginas de su diario (apenas un par de frases) y la ampliación que experimentaron esas primeras líneas, a medida que avanzan los días. Ello reflejaba una evidente muestra del avance que estaba consiguiendo en la autorreflexión de lo que se proponía y más o menos realizaba. También iba añadiendo algunos porqués a su comportamiento. Todo este material iba a ser de importante utilidad para los comentarios intercambiados entre la paciente y su doctor.

Así fueron algunas de las muestras (resumidas) escritas por Marilén durante esos primeros diez días.

“Hoy, al despertar, me preguntaba una vez más ¿Y qué voy a hacer a lo largo de esta jornada? No tengo una especial preferencia por nada ¿Tal vez pasear, sin rumbo fijo? Al final me quedé toda la mañana en casa. Mi madre en su trabajo. Y mi padre, con sus electrodomésticos en los grandes almacenes. Por la tarde, las “tabarras” de la mama con eso de “te podías poner a limpiar la casa o a ordenar tu cuarto, que parece una leonera y hasta huele mal” Y el teléfono sonando, preguntando una y otra vez por Virginia ¡Menudas “arpías” estas amiguitas de la mama. Como “propo” para mañana quiero llamar a la única verdadera amiga que aún creo tener: Elvira. Lo que temo es que esté muy liada con su Gonzalo”.

“Como me temía, el Gonza tiene bien controladita a la Elvira. Ya le dije que ese compa era muy absorbente. Que podemos quedar el jueves a las seis, pues esa tarde su pareja va de gimnasio a sacar sus musculitos. No creo que duren mucho juntos. Ella es muy dulce, incluso algo tontilla de buena. Y él es un “malabestia”. He organizado un poco la ropa del armario. Cuando se lo he dicho a la mama, ni me contestó. Creo que ni se enteró. Todo lo más que dijo fue que estaba muy trastornada buscando el número teléfono de Dorita, pues quería ir a su partida de cartas el sábado. Siempre con sus cosas, que son las únicas importantes para ella. Así que no me extraña “lo del papa”. Tengo aún una semana para matricularme en algo. Pero ¿en qué?”

“Hoy he hablado con mi hermano Lucas. Con la preparación de sus oposiciones y el reparto de las pizzas, vive en las biblios y en los domicilios de sus amigos, A veces viene a dormir a casa y hace alguna comida. Esta es, sin duda, la casa de las grandes ausencias. Yo soy la más permanente y la que tiene peor prensa. Mi señor padre lleva dos noches volviendo de madrugada: que si cenas de trabajo, que si reunión con antiguos compañeros, que si imprevistos … sí, sí. Mi madre disimula. Para ella lo importante es su panda de señoras bien. Tiene poco que hacer ante  cualquier chiquilla que encandila a los cincuentones, como el papá. A él no le apetecían las colonias y ahora tiene dos tarros en el baño. Buenos cuartos que le estarán sacando por ahí. Me dice Elvira que van a abrir un nuevo Mercadona por la parte alta del Cónsul. Pero ¿sirvo yo para cajera con uniforme?”

“Me ha encantado la película que han puesto esta noche por la sexta, a pesar de las listas de anuncios que te meten con amplio calzador. Envidiaba a la protagonista, una azafata encantadora. A mi eso de viajar, de un país a otro y de un continente a otro, me haría mucho bien. Me pregunto ¿dónde habría que ir para poder ser azafata? Esa profesión me gustaría y yo creo que tengo un buen tipo para ese trabajo. Pero mis conocimientos de inglés son bastante flojitos. Los tíos de Elvira viven en Newcastle y ella ha viajado en algunas vacaciones a su casa. Sí que tiene suerte la amiga, pues chapurrea muy bien el idioma guiri. El pá nos insistía desde pequeños con los idiomas. Lucas si se esforzaba, pero yo siempre he sido una negada para estas cosas. El Gonza de Elvira me decía que me pusiera a ver series en inglés. Aunque “el figura” no me cae especialmente bien, igual tiene razón. Mañana voy a buscar alguna serie de éstas, por Internet”.

Facultativo y paciente se hallan sentados frente a frente. Se observan con recíproca curiosidad, en una cálida tarde a inicios de septiembre. El Dr. Franio repasa, con avidez y rapidez lectora, los textos manuscritos que le entrega Marilén. Felicita y agradece a la joven su voluntad y diligencia en sintetizar sus vivencias diarias. Aparte de indicarle que continúe tomando el complejo vitamínico que le prescribió en la primera consulta, comienza a sugerirle una serie de fáciles líneas de acción, a fin de dinamizar un organismo y un estado ánimo en situación de pasividad y bloqueo.

“Al iniciar cada mañana, tienes que comenzar a realizar las acciones que hayas programado el día anterior. Tras el aseo y desayuno, inicia esas pequeñas actividades (limpiar, ordenar, hacer los encargos de tus padres, de una manera mecánica y automática,  ayudándote con un poco de música. No te plantees el “lo hago o no lo hago”. ¡Hazlo, sin más! Cuando ya hayas realizado las primeras acciones, verás que no era tan difícil comenzar. Ese es uno de los primeros problemas que te vas a encontrar: romper con la pasividad o inercia matinal, que tanto te inhibe, para que puedas ilusionarte con la actividad. No dudes que tras un rato de trabajo, después te vas a sentir mucho mejor. Estás en la edad de la formación y el estudio. Tienes que elegir una línea de escolarización. Universitaria o de ciclo formativo. Te voy a dar dos direcciones de orientadores escolares, en sendos centros especializados para la formación profesional. Debes de acudir a consultarles, pues te pueden dar buenas ideas y consejos para animarte a seguirles, en actividades que no sean especialmente complejas y que de algún modo te puedan motivar e interesar. Por cierto, sé que existen ciclos formativos de auxiliares de vuelo. Consulta cuáles son las condiciones para poder seguir esa línea pre-profesional,”

En un centro escolar de F.P. recién inaugurado, Marilén encontró acomodo (con el curso ya empezado) para seguir un ciclo formativo de azafata turística, posibilidad a la que la hija menor  de Leandro y Virginia se entregó con inusual ilusión. Su padre hizo las gestiones oportunas para buscarle acomodo en la Escuela Oficial de Idiomas, clases del A1 de inglés, a las que acudía por las tardes dos veces durante la semana. Se la veía mucho más animada y motivada, tanto por los conocimientos y prácticas que recibía en el ciclo formativo, como por los incentivos que le provocaba ese idioma que tanto se le había resistido durante sus antecedentes escolares. Las visitas a la consulta del Dr. Franio se fueron espaciando, síntoma que reflejaba la mejoría anímica de una joven que iba viendo algo de más luz en el diseño de un proyecto de vida.

Cierta tarde, a mediados de febrero, Marilén preparaba en casa unos ejercicios de inglés, trabajos escolares propuestos por su profesora el día anterior. Se había aficionado últimamente a la música instrumental, que sonaba a buen volumen aunque no molestaba a nadie en la vivienda pues, una vez más, ella era el único miembro de la familianica﷽﷽﷽﷽﷽﷽ente en el inmueblen la vivienda pues, una vez mra el d ese idioma que tanto se le hablas que acudúnica presente en el inmueble. Sonó su teléfono móvil y al otro lado de la línea escuchó una voz conocida: era el Dr. Franio, quien le rogaba se pasase por la consulta esa misma tarde o en el primer día que tuviera disponible en sus estudios. Ante la insistencia del facultativo, Marilén quedó en desplazarse al centro médico a eso de las 20 h, cuando las consultas programadas normalmente finalizaban.

“Te quiero hacer una propuesta para un interesante trabajo particular. Te pido que la estudies con tranquilidad y adoptes la decisión que mejor prefieras. He pensado en ti porque creo que das un buen perfil, en función de los conocimientos que tengo acerca de tu persona. Se trata de mi madre, una señora con 73 años, llamada Davinia. Debo confesarte de que es persona con un cierto carácter, en ocasiones algo exigente, pero que con habilidad se la puede tratar sin mayor problema. Hace unos seis meses pasó por una dura experiencia orgánica, lo que ha contribuido a que se vuelva más paciente y tolerante. Sufrió un ictus cerebral del que, con fortuna y buenos cuidados médicos, se ha recuperado en un elevado porcentaje. Durante el día tiene una asistenta personal en casa. Pero esta señora, por inesperadas razones familiares, tiene que volver a su casa a partir de las seis de la tarde, para no volver al domicilio de mi madre hasta las 9 horas de la mañana siguiente. 

Así que mi hermano y yo necesitamos una persona de compañía, que ayude para evitar su soledad durante las noches. Se incorporaría a su noble dedicación no más avanzada las siete de la tarde y permanecería en el domicilio hasta la hora del desayuno. Esa persona de compañía solo ejercería la labor de atención y vigilancia, pues la cena ya estaría preparada y, con respecto al aseo, la encargada durante el día ya se ocupa de esos menesteres (limpieza, plancha, cocina, etc). Si aceptaras esta labor, podrías estar con tus libros, cenarías en casa, si te apetece verías la televisión y descansarías en un dormitorio adjunto al cuarto de mi madre. Tendrías que ir ganándote un poco su carácter y hacerle un relativo caso cuando comience con sus manías y rarezas. En caso de que aceptaras, te haríamos un contrato laboral visado por una gestoría, a fin de que estés completamente legalizada con respecto a tu futuro. Sólo añadirte que nos prestarías un inestimable servicio (confío plenamente en tu persona) pero al tiempo conseguirías interesantes y buenos beneficios, no sólo económicos, sino también humanos”. 

Al paso de los meses, el carácter de Marilén se ha estabilizado y enriquecido en valores, con esa útil labor social que presta a la señora Carvajal, acompañándola en las horas de tarde y noche. Davinia, muy interesada por los estudios de la chica y sintiéndose como una “madre” de esa hija que nunca pudo tener, la trata con deferencia y cariño. En su 19 “cumple”, pidió a la chica que le acompañara a un centro informático. El motivo de este desplazamiento no era otro sino regalarle un ordenador portátil de última generación, pues el que Marilén manejaba tenía “achaques” técnicos por todos los lados. Bien cogida del brazo de la joven, por sus dificultades de movilidad, conformaban la entrañable imagen de una abuela con su nieta preferida.

En cuanto a Leandro y Virginia, continúan “teatralizando” esa unión que es puramente formal. Aburridos de los muchos años de convivencia juntos, buscan compensaciones e incentivos por esos mundos de dios. Un hermano del Dr. Periñán, Salvio, que dedica dos tardes a la semana para pasar consulta en la clínica familiar, cada vez tiene una mayor proximidad con la Sra. Virginia, con la que busca compartir esos minutos que iluminan nuestra ilusión y deseos. Por cierto, Lucas ha superado los ejercicios psicotécnicos en las oposiciones. Frecuenta un gimnasio que tiene cerca de su domicilio, porque asume la dificultad que va a encontrar con las pruebas de aptitud física en la todavía concurrida convocatoria. Finalmente Elvira, la íntima de Marilén, ha decidido mandar a paseo al “figura” ególatra de Gonzalo. Viendo los resultados positivos que está teniendo su amiga, tanto en lo escolar como en la novedad laboral, ha decidido matricularse en un ciclo formativo para asistente social.

Estas y otras muchas personas, cuando el alba matinal descorre sus cortinas para el necesario e insoslayable protagonismo, aún con las sábanas acariciando sus diferentes epidermis, comienzan a desarrollar la construcción de un nuevo e imprevisible día. Lo hacen “negociando” con sus ilusiones y temores, con sus afanes y tibiezas, con sus dudas y convicciones, pues no son máquinas o seres autómatas. Son hombres y mujeres que anhelan vivir y experimentar un día algo diferente al de ayer y al de mañana, aunque al final acaben apreciando ese valor de la rutina y de la actividad repetitiva, como positiva terapia para no perder el innegociable sosiego.-


AMANECER PRIMAVERAL,
CON TODO UN DÍA POR CONSTRUIR



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
20 Marzo 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           



viernes, 13 de marzo de 2020

LA TIMIDEZ COMO RESPUESTA, EN LA COMPLEJA REALIDAD DE PAUL.


Uno de los elementos integrantes de nuestro carácter que resulta más incómodo, tanto para la persona que lo padece como para aquellos otros con los que tiene que relacionarse en lo cotidiano, es el complicado y desagradable trauma de la timidez. Algunos tratan de resumir la situación con la banal y errónea expresión “Es que ha nacido tímido. Es que es así…” cuando lo cierto es que estas personas generalmente han adquirido esta limitación relacional en los años de su infancia, a través de circunstancias muy diversas (familiares, sociales, escolares…) En esas edades tan decisivas de la primera o segunda infancia, si no se tiene una ayuda hábilmente facilitada por algún familiar, maestro o amigo, en los momentos nucleares de la evolución genética, esos traumas del “apocamiento” o las indecisiones en el trato puede enquistarse para una gran parte o la totalidad de la vida en las personas que los padecen. Pero es que el problema no radica sólo en el niño o la niña tímida, sino que también sufren sus compañeros, amigos, familiares, profesores o vecinos, porque no es agradable ver sufrir a una persona con esa penosa limitación. Además no siempre sabes actuar con la habilidad necesaria para que tu interlocutor no se sienta aún peor anímicamente de lo que está padeciendo. Y ya, para incrementar más la tensión, están los que con alma desaprensiva y cruel, aprovechan la debilidad de su antagonista para dominarlo o producirle aún más sonrojo y sufrimiento.

Hay sociedades en que la visita a especialistas, que ayuden a paliar o a eliminar este incómodo problema de carácter, resulta normalizada y habitual. Por el contrario, en otras áreas culturales esa ayuda que se reclama a psicólogos, educadores o psiquiatras es menos frecuente o casi inexistente, no sólo por el coste económico que puede reportar para quien la solicita, sino sobre todo por la falta de hábito para entender que dichas visitas técnicas son necesarias e incluso imprescindibles, para la salud psíquica de los niños, los jóvenes y también de los seres adultos. La más o menos encubierta carencia de estas prestaciones en los programas de la sanidad pública, es también otro factor limitativo para paliar el sufrimiento de muchos ciudadanos de todas las edades.
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Cada vez más los estudiantes prefieren trabajar sus libros y apuntes de clase, además de realizar los ejercicios y los trabajos programados, tanto en la bibliotecas públicas de los centros universitarios como en aquellas otras dependencias culturales de las corporaciones municipales o entidades de titularidad privada. En estos espacios, a veces tan densificados de visitantes que generan verdaderas disputas por conseguir un puesto para la lectura o el estudio, los usuarios encuentran el ambiente adecuado para la concentración mental y el sosiego anímico. La rentabilidad del esfuerzo se potencia por la atmósfera de silencio que debe imperar en estos recintos, a fin de no distraer a otros usuarios en su labor de lectura o en la realización de trabajos u otros ejercicios. No pocos de estos espacios tienen que ampliar su horario de apertura diaria, para que también en horas nocturnas los estudiantes puedan hacer un buen uso de esos libros que reposan en las estanterías o de esas mesas bien iluminada, con tomas de electricidad para los ordenadores o tablets que llevan consigo  hoy los estudiantes con inteligente y necesaria normalidad. En todos estos recintos la labor del bibliotecario o encargado del servicio resulta fundamental, a fin de asesorar  o facilitar información acerca del material depositado en las bibliotecas, así como para controlar el buen orden imprescindible por parte de  todos aquellos que utilizan el gratuito servicio cultural.

El factor silencio en estas salas es en sumo importante. Hay usuarios que se han habituado a estudiar escuchando alguna música, más o menos instrumental, pero la mayoría prefiere y exige el silencio absoluto para su imprescindible concentración. Así que los primeros pueden seguir escuchando música “de compañía” a través de sus auriculares conectados al móvil o al iPad, a fin de no molestar al vecino o compañero de mesa. Para paliar el problema del sonido ambiente, muchos centros habilitan otros salones de trabajo, anejos a las bibliotecas, en donde está permitido hablar y conversar, a fin de que los estudiantes puedan intercambiar sus opiniones y aportaciones en la elaboración de trabajos colectivos o les permitan explicar o comentar al compañero/amigo un determinado problema o cuestión respecto a cualquier disciplina. Hay también bibliotecas en las que haya instalado un curioso semáforo, en el que se encienden alternativamente las luces celestes, naranjas o rojas, según sea el nivel acústico que domina en la sala. A partir de un determinado nivel de “contaminación acústica” se enciende automáticamente la luz roja, indicando a los usuarios que deben bajar o reducir de inmediato el ruido que están provocando con sus palabras.

Excelente cumplidor de sus obligaciones de estudio, Paul padecía desde que era pequeño una muy incómoda timidez en su carácter relacional, sin que él ni sus padres supieran a ciencia cierta el origen de este bloqueo psicológico en el trato con los demás. Esta limitación en el carácter le provocaba numerosos problemas en su estado de ánimo e inevitablemente le hacía sufrir, pero al ser un asunto ya muy largo en el tiempo, tanto él como sus familiares trataban de asumirlo con la mayor naturalidad posible. Sus padres, una y otra vez, se repetían ese deseo en el que con más o menos convicción confiaban: “con el positivo impacto de la universidad y la madurez que dan los años, el “niño” irá cambiando y no se “cortará” de esa forma tan infantil ante las demás personas”.  En más de alguna ocasión intentaron llevarlo a algún especialista en psicología, pero nunca contaron con la colaboración del joven que repetía, una y otra vez, la petición o queja de que le dejaran en paz.  

Sus clases en la Facultad correspondían al turno de mañana, por lo que dedicaba las tardes al estudio y a la preparación de los numerosos trabajos que sus profesores iban gradualmente planteando. Solía descansar un buen rato después del almuerzo entregándose con pasión a las redes informáticas, utilizando para ello una tablet que acumulaba años pero que aún le ofrecía un estupendo rendimiento. A eso de las seis ya estaba ocupando uno de los puestos de lectura en la biblioteca de su facultad, aunque en ocasiones elegía la gran sala de estudio, cuando el recinto bibliotecario se encontraba a tope de usuarios. Le gustaba el ambiente que podía “respirar” en estos espacios para el estudio o los trabajos en equipo, permitiéndole la concentración y el aprovechamiento del tiempo disponible para sus obligaciones académicas.

Un sábado por la mañana se animó a desplazarse al salón de estudio de la facultad (aconsejado o “estimulado” por sus padres, que le veían perder el tiempo en casa “jugando” minutos y minutos con la tablet). Era la época de los exámenes para la convocatoria de Febrero, por lo cual la biblioteca estaba completamente llena de alumnos. Al no encontrar asiento, se desplazó al gran salón de estudio. Ya sentado en la populosa sala observó, dos mesas más adelante que la suya, a una joven muy delgada y con el cabello liso castaño oscuro, bien arropada en una chamarra vaquera celeste que parecía divertidamente desgastada. Le llamó la atención el hecho de que la chica estuvo cubriéndose el rostro con sus dos frágiles manos durante varios minutos. Pensó que tal vez  se encontraría algo cansada y reposaba su vista tras un buen rato de lectura. Sin embargo, cuando la joven retiró las manos de su cabeza, percibió que tenía los ojos bastante enrojecidos. No se equivocaba al suponer que la joven había estado llorando, ya que ésta se limpió sus ojos lagrimosos con su pañuelo de color fucsia. Paul se dijo a sí mismo “Me gustaría acercarme y preguntarle si se encuentra mal o le pudiera ayudar de alguna manera”. Pero su intrínseca timidez le puso un freno absurdo a esa primera intención. Minutos más tarde, esa compañera de estudio se levantó de su silla y se dirigió a una máquina expendedora de bebidas, aperitivos y cafés. Le vio teclear los números de algún producto pero cuando la chica se echó manos al bolsillo y abrió su monedero comprobó que no llevaba las monedas necesarias, por lo que desistió en su “petición de consumo”, volviendo lentamente y con la expresión aún más triste a su puesto de estudio.

En la tarde de ese sábado y en la mañana del domingo, cuando caminaba por entre los pinares  del Parque natural de los Montes de Málaga, prácticas senderistas en solitario a las que Paul era muy aficionado, le seguía dando vueltas a su “cortedad” y falta de decisión para haber entablado amistad con esa bien parecida joven, que estaba sufriendo por algún motivo y que habría necesitado alguna ayuda, apoyo que él no había sido valiente para ofrecerle. ¿Volvería a coincidir con ella? Esa posibilidad le agradaba, aunque dudaba de si sería capaz de encontrar algún motivo para entablar esa conversación que tanto le ilusionaría iniciar. Todos estos pensamientos le hacían sentirse mal, porque comprendía que su comportamiento resultaba infantil y ridículo “Como es posible que con la edad que tengo, 18 años cumplidos, sienta vergüenza o timidez por acercarme a una chica. Lo mío no tiene solución…” Estos pensamientos le atormentaban y sumían en un estado depresivo del que creía poder escapar caminando, por entre la sierra vegetal, una buena cantidad de kilómetros.

Durante la semana siguiente estuvo asistiendo al recinto de estudio cada una de las tardes, manteniendo la esperanza, un día tras otro frustrada, de volver a encontrarse con la chica del cabello castaño, la chamarra celeste y esos ojos que le parecieron muy lindos y castigados por unas traicioneras lágrimas. Pero la frágil joven de las zapatilla blancas y mirada angelical no aparecía, para ocupar alguno de los asientos de la biblioteca o del salón de estudio, espacios que seguían densamente utilizados en ese tiempo de estrés para la preparación de las pruebas y los exámenes de invierno.

Sin embargo la suerte, el azar o tal vez fue el capricho de los “dioses” con sus crípticas razones que los humanos difícilmente acertamos a comprender, iluminó y sustentó la ilusión de Paul. Para su nerviosa, compulsiva e inmensa alegría, aquel sábado matinal, la chica de los ojos celestes estaba allí ocupando el mismo asiento que utilizó la vez anterior. Vestía de la misma forma y en esa segunda oportunidad, aunque seria y concentrada, parecía menos afligida. Paul no le quitaba la mirada de encima, aunque cuando la chica levantaba su vista y cruzaba su mirada con la suya, nerviosamente trataba de disimular torpemente su insistencia observadora, pues se le caía el bolígrafo o los folios al suelo o se comportaba absurdamente en sus movimientos, como un “pipiolo” enamorado. La chica, en un instante concreto, al comprobar los ridículos nervios del tímido joven, no pudo por menos que esbozar una también poco disimulada sonrisa. Paul se quedó “helado” cuando, minutos más tarde, la chica se levantó de su mesa y mirándolo con una sonrisa se dirigió hacia el lugar que él ocupaba.

“Compa, me estás poniendo nerviosa con tu comportamiento ¿Te ocurre algo en lo que yo te pueda ayudar? El sábado pasado era yo la que no estaba muy bien. Pero hoy eres tú el que estás hecho un manojillo de nervios ¡Anda, levántate y vamos a tomar un cafetito al bar, que a estas horas del mediodía debe estar un mucho animado! Te invito y así me cuentas lo que te ocurre”.

Paul, hecho un verdadero “flan”, asintió con la cabeza y acompañó, en un estado de profunda alegría, intenso nerviosismo y descontrol anímico, a su nueva amiga ¡El milagro se estaba produciendo! Los diez o quince minutos previstos se multiplicaron generosamente, pues Idalia era una persona comunicativa y que al marcar muy bien su expresiones vocálicas, cautivaba al receptor de sus mensajes. Los dos tercios de cerveza que compartieron dieron para que uno y otro interlocutor conocieran lo fundamental del nuevo amigo/a. El protagonismo de la chica era manifiesto. Explicó someramente que la actitud compungida o tan entristecida del sábado pasado era a consecuencia de un fracaso afectivo muy reciente. Esa deslealtad y engaño le había provocado mucho daño, pero que ya estaba consiguiendo salir a flote del mismo, tratando de encontrar personas y cosas que realmente fueran importantes y mereciera el esfuerzo de luchar por ellas. Aunque durante la semana trabajaba como cajera en una importante cadena de supermercados, su ilusión vocacional era realmente el arte interpretativo, difícil meta a la que dedicaba los fines de semana, estudiando diversos papeles o roles para participar en una serie de castings, en los que tenía depositadas muchas esperanzas. Su cada vez más tranquilo interlocutor escuchaba plenamente embelesado las explicaciones de una inesperada amiga que con su desenfadado protagonismo le había abierto las puertas para salir de esas pueriles y enfermizas barreras que había impuesto a su absurda forma de ser.

Al paso de los días y las hojas del calendario, la sencilla y hermosa relación entre los dos jóvenes no dejó de crecer, avanzando en una recíproca confianza cimentada en esa terapéutica ayuda que todos necesitamos para superar traumas, taras o defectos, más o menos infundados. En esta generosa comunicación, hubo muchos más méritos en Idalia, con su ágil protagonismo y esa serenidad que la mujer sabe bien aplicar en los caracteres desordenados o carentes del necesario equilibrio psicosomático. El “milagro” continuaba su fructífero quehacer en la receptividad de un Paul que rebosaba felicidad, necesidad y afecto cariñoso para la autoestima.

Gracielo y Juliette eran ahora dos padres confortados y satisfechos al ver la muy positiva reacción que había provocado en su hijo la dulce amistad, la unión y el mutuo afecto recibido por parte de una chica tan resuelta. Ambos jóvenes se “chateaban” con frecuencia, estudiaban juntos en la mañana de los sábados, compartían meriendas y esas siempre románticas "pelís" los domingos por la tarde. Idalia Mª, en los momentos que su trabajo hacía posible, practicaba interpretaciones, teniendo delante a un divertido espectador del que siempre recibía palabras y opiniones amables, sensatas y plenas afecto para la naturalidad y expresividad de la futura y cada vez más íntima “actriz”. Por su parte Paúl había motivado el interés de su compañera para realizar, en las mañanas dominicales, esos paseos senderistas por los numerosos y bellos entornos vegetales que acarician y adornan la bella provincia malagueña.

¿Y por qué no creer en los “milagros”? Aunque alguna vez hemos tenido la oportunidad de escuchar esa certera frase que dice “a los problemas humanos hay que darles soluciones humanas” es saludable soñar en que los misterios de la taumaturgia pueden hacerse alguna vez realidad, a pesar de las dificultades, aquí en lo terrenal. Paul, a sus dieciocho años seguía preguntándose el porqué de su desabrida timidez, molesta limitación psicológica que tantas incomodidades le proporcionaba. Pero llegó  la ayuda benefactora de Idalia a su vida y hoy día es una persona normalizada que aplica con valentía una imprescindible autoestima en las relaciones con los demás. Nunca llegó a saber el por qué de esa larga fase de timidez en su persona. Tampoco supo cómo llegó a su vida esa frágil y linda joven de cabello liso castaño quien, arropada en su muy usada chamarra vaquera, ocultaba con sus manos las lágrimas que brotaban de sus ojos celestes, en el amplio salón de estudio universitario. La acción de unos padres que “contrataron” a una estudiante de arte dramático, a fin de que ayudara a superar la timidez de su hijo, fue un secreto férreamente guardado por ambas partes. Lo que nunca sospecharon esos padres es que la “actriz” por ellos negociada se iba a enamorar tiernamente de un aturdido cliente, que vio en ella su providencial ángel guardián.- 



LA TIMIDEZ COMO RESPUESTA,
EN LA COMPLEJA REALIDAD DE PAUL




José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
13 Marzo 2020

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