viernes, 24 de marzo de 2017

INTENSA DUALIDAD INTERPRETATIVA, EN LA CRISPADA ESCENA PARLAMENTARIA.

Cuando el común de la ciudadanía observa la imagen pública de todos esos importantes personajes, vinculados al ejercicio de la política, el mundo de la cultura y el espectáculo, la investigación científica, la dinámica empresarial y financiera o la práctica profesional de las distintas modalidades deportivas, no siempre es consciente de la dualidad psicológica que han de compartir esas famosas celebridades, con respecto a la intimidad de sus vidas.

En ocasiones puede pensarse que el comportamiento público, realizado por estas celebridades, es similar a la forma de ser que mantienen en la esfera de su privacidad. Por ejemplo, viendo muchas de las películas protagonizadas por la que fue una gran estrella del celuloide, Bette Davis (Lowell, Massachusetts, 1906 – París 1989) cuesta mucho esfuerzo pensar que esta afamada actriz no mantuviese, en su esfera íntima, ese comportamiento de  mujer con un duro, antipático, malvado e incluso diabólico carácter,  como el que, en la mayoría de sus interpretaciones, nos ofrecía en pantalla. Sin embargo, también es lógico pensar que esa imagen ofrecida al exterior, por razones profesionales, no tenía por qué coincidir con la verdadera personalidad que, en privado, poseía e identificaba a la persona idolatrada, por parte la acomodaticia masa social.

Era una tarde desapacible, correspondiendo a un otoño extremadamente frío y lluvioso. Durante la mañana, en ese miércoles de actividad parlamentaria, los portavoces de los dos grupos políticos más importantes en la Cámara representativa, protagonizaron un nuevo agrio y virulento debate, sobre un espinoso asunto social que afectaba a las creencias, moralidad y sentido ético, en la vida de las personas. En el transcurso de las réplicas y contrarréplicas, llegaron a cruzarse y lanzarse muy agrias y duras palabras que, en algunos pasajes rozaron casi el insulto personal y las más abyectas descalificaciones, tanto por parte del propio opositor parlamentario, como del representante del grupo gobernante. Incluso el propio Presidente de la Cámara parlamentaria, en algunos momentos intensamente crispados del debate, tuvo que intervenir a fin de pedir, a los dos parlamentarios, que moderasen el tono de sus palabras y evitasen entrar en ese terreno farragoso y deprimente de la suciedad léxica y ofensiva, como arma o recurso para desvirtuar y ofender al interlocutor que le ha antecedido en la intervención. Broncas acústicas, por parte de unas y otras bancadas, jaleándose con fervor sectario al portavoz de la agrupación propia, abroncándose con  palabras groseras  la  intervención del opositor parlamentario.

Tras la votación reglamentaria, de la polémica proposición de ley, los asistentes en el hemiciclo fueron abandonando con rapidez el hemiciclo parlamentario. El motivo de esa rápida diáspora no era otro que esa noche televisaban un importante partido de Champions League, en el que participaba el equipo representativo de la capital. Eran muchos los diputados que no estaban dispuestos a perderse las evoluciones sobre el césped del campeón de la liga alemana, en su esperada visita a Madrid.

Curiosamente, los dos portavoces políticos, que durante toda la tarde han estado protagonizando un deprimente espectáculo en la Cámara representativa, muy alejado de las buenas formas y el respeto parlamentario que, como representantes de la soberanía popular debieran ofrecer, no eran aficionados al fútbol. Ninguno de los dos se veía acuciado por todas esas prisas que mostraban no pocos de sus compañeros de bancada política. Por este motivo, uno y otro ordenaron y guardaron sus papeles y documentos con parsimonia, en sus grandes y lujosas carteras de piel. Ya con ellas en las manos, fue Leandro, el portavoz de la mayoría parlamentaria ganadora de la votación, quien se dirigió a Feliciano, su antagonista opositor en el debate, haciéndole una señal para que se le acercara. Ambos intercambiaron unas palabras en voz baja y quedaron en verse esa misma noche, a las nueve, en un afamado y caro mesón situado en una zona del más viejo y tradicional Madrid.

Con británica puntualidad ambos políticos se saludaron, intercambiando una educada sonrisa junto a un apretón de manos, dirigiéndose a uno de los reservados que el prestigioso establecimiento tiene preparado para atender a los visitantes y clientes ilustres. Ordenaron al camarero una botella de un prestigioso y caro reserva Rioja, entrantes ibéricos, lubina con guarnición de setas y solomillo a la pimienta, respectivamente. A lo largo de la cena, sustituyeron la botella, pronto vacía, del vino afrutado por otros caldos de marcas con elevado coste. En cuanto a los postres, acordaron compartir un artístico soufflé de merengue con trufas que, con exquisita y rápida diligencia el maestro repostero se esmeró en preparar.

“Feli, reconozco que esta tarde me he pasado un mucho de la raya, pero no tenía otra alternativa. Dentro del partido hay un sector, cada día con más fortaleza y, como puedes imaginar, vinculado a la “sotana”, que se está encargando de crear y propalar una imagen o perfil de mi persona, como de tibieza y relajamiento, en mi función de portavoz en la dialéctica parlamentaria. Incluso el "presi" me llamó la otra noche “a capítulo” para recordarme que debía de potenciar la agresividad e incluso la teatralización, tanto en las declaraciones a la prensa, como cuando subo y me pongo delante del atril parlamentario. Él también se siente presionado por los sectores más ultraconservadores que le reclaman una mayor contundencia en la palabra y gestos recurriendo, si fuese menester, a la tramoya de la falacia, la exageración o el ataque, soslayando las normas de la gentileza parlamentaria.

Te habrás dado cuenta así mismo de que, al dirigirme a ti, evitaba llamarte “señoría” utilizando el Vd, todo ello de una manera un tanto despectiva y coloquial. No te lo vas a creer, pero me han pasado un listado de puntuales exabruptos, para ir dosificándolos en contra de vosotros. Todo este montaje está programado de cara a la galería mediática y social”.

Ambos comensales, alejados de las miradas de sus respectivos séquitos ideológicos, fueron “engullendo” con golosa satisfacción las finas y sabrosas lonchas grasientas del patanegra “Joselito” que el camarero les había llevado a la mesa, además de esa atrayente bandeja con tacos de queso viejo manchego y unos “chanquetes” de criadero, humeantes y crujientes, por buena fritura, deliciosos para el buen yantar.

“Lea, no te preocupes, don´t worry, como dicen los ingleses, que te entiendo perfectamente. Es nuestro oficio y a él nos tenemos que someter. En mis contrarréplicas, te he “espetado” un par de barbaridades que ni yo mismo me las creía. Pero tenía que soltarlas como arma granadera, en una balística muy del uso en los bajos fondos. Soltarte eso de las “beatas apulgaradas por la frustración de su fanatismo…..” o lo de “borregos del contubernio romano tridentino….” es pasarse de todas las normas de la sensatez y el respeto más obvio. Pero es que tenemos un plumilla que está luchando por hacer méritos, pensando en que cuando se vuelque la tortilla, pueda tener esperanza de sentarse en la Academia, apoyándose en el sector de la progresía. A él pertenecen estas “joyas” de la más sucia oratoria que no repara en las expresiones más apestadas”. 

A una señal, fue una servicial y joven camarera, quien retiró los platos, ya completamente vacíos, de aquellos suculentos entrantes que han sosegado el apetito feroz de ambos comensales. Con presteza y buen estilo, esos servicios son sustituidos por dos grandes fuentes, primorosamente adornadas por diestras manos, con la carne y el pescado, respectivamente. Como curiosidad, con un precio en la carta de treinta y cinco y veintiocho euros, respectivamente, coste que no se molestaron  en mirar los comensales al ser elegidos. En ese momento del ágape, pidieron un sorbete de limón para aligerar el estómago, pues los entremeses eran demasiado abundantes y había que hacer el oportuno hueco a esos deliciosos platos que centran la opípara cena.

“Sí, yo también te he lanzado, públicamente, lo de “visionarios decadentes del radicalismo moscovita” y eso del “asesinos de vidas inocentes por mor de la lujuria….” ¡Madre mía, cuanta basura es capaz de salir por estas bocas, sometidas a la disciplina partidaria! Pero estamos sometidos a la disciplina del partido y tenemos que actuar con formas exageradas de cara a la galería, aunque en nuestra intimidad discrepemos de ciertas respuestas y no menos acusaciones contra el rival político. Te ves obligado a cerrar los ojos ante determinados planteamientos, directrices o consignas partidarias y esa sucia lucha sin cuartel contra todo lo que no sea la ideología de tu propia agrupación”.

Pero pasemos de todo esto que tan mal huele, se nos vayan a indigestar estos platos y bebidas tan maravillosas que estamos degustando, como dos buenos amigos en la intimidad de la noche. La vida y la militancia nos han situado en dos opciones diferentes que, públicamente, nos enfrentan. Lo bueno y trágico a la vez es que, en nuestra privacidad rechazamos esas formas rígidas, exageradas, fanáticas e intolerantes, mantenidos y aplicadas frente a las ideas de nuestro “enemigo” político”.

Los dos teléfonos, que habían permanecido “mudos” hasta este momento de la cena, sonaron casi de forma simultánea.

“Ha sido el número 1 (al que en broma denominamos el ”Mesías”). Nada de particular. Unas directrices urgentes, para llevar a cabo, durante la jornada de mañana. A buen seguro experimentarás también, en el día a día, eso del ordeno y mando, por parte del líder que todo lo controla, por lo que te harás cargo de que a todo tienes que decir sí pues, en caso contrario, la comodidad de nuestra poltrona puede verse en peligro. Y aunque esté feo reconocerlo, es que vivimos de esto… No me quiero imaginar teniendo que volver a la tiza y a las clases en el Instituto. Por cierto, te he visto un poco alterado con el contenido de tu llamada….”

“No te equivocas. Era de mi mi ex, la sobrina del boticario en Mantilla de la Sierra. Desde que lo nuestro se fue al garete, no deja pasar un momento para importunarme y hacerme ingrata la vida. Que si los niños, que la manutención, que si las facturas…. Fue un mazazo para ella cuando vio que lo mío con Paloma, ya sabes, la Secretaria de Igualdad y Cooperación, iba en serio. No lo ha aceptado y ésta es de las rencorosas. Pero es que yo tenía que vivir mi vida y trepar hasta el puesto que en la actualidad he logrado tener en el partido. Y trabajo que me ha costado. Para ello he tenido que hacer casi de todo. Hasta de cuidador de mascotas, durante los fines de semana. Si yo te contara los “sapos y culebras” que me he tenido que tragar …”

En esta oportunidad, fue Leandro quien pagó la cuenta. Con una generosa propina, fueron 178 euros, abonados con una tarjeta dorada de plástico puesta a su disposición por la agrupación a la que pertenece para gastos “técnicos” y de representación. El martes que viene se verán de nuevo las caras estos dos antiguos amigos, dedicados al noble ejercicio de la práctica política. Será en la sesión semanal para el control gubernamental. Allí escenificarán de nuevo un agrio enfrentamiento, para el que son diestros y consumados artistas, echando mano de toda la basura dialéctica y descalificadora que, en el manual del partido, está muy bien establecida. A buen seguro, después de la previsiblemente virulenta sesión, ambos líderes de la ciudadanía recuperarán el educado sosiego compartiendo, en cálida y privada amistad, el calor afectivo de una grata y suculenta cena fraterna.-
  
José L. Casado Toro (viernes, 24 de Marzo 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 17 de marzo de 2017

EL GRATO VALOR DE LA PRIMAVERA, EN LA AVENTURA DIARIA DE NUESTRAS VIDAS.

Es muy probable que cada persona tengamos un mes o período estacional objeto específico de nuestra preferencia. A veces esta temporalidad suele coincidir con la ubicación de nuestro nacimiento, pero en otros casos no siempre es así. Hay quienes prefieren el Otoño, tal vez por la forma de su carácter o temperamento. Otros, por el contrario, son fervorosos del Verano, por la templanza de sus temperaturas, junto a las previsibles y anheladas opciones vacacionales. Sin embargo hay una estación meteorológica a quienes pocos cae indiferente. Es aquella con la que se inicia el equinoccio de Primavera, este año de 2017, el lunes 20 de Marzo, exactamente a las 10:29 h. UTC del hemisferio norte de la Tierra.

Ciertamente, este cambio estacional, se nos presenta como un período meteorológica de influencias y matices contrastados. Ese “primer verdor” en el que las plantas aceleran su floración, gracias a la bonanza global térmica (con respecto al Invierno precedente) influye también, lógicamente, en los humanos, que sienten en sus organismos unos cambios hormonales influyentes para las respuestas del día a día, con unas consecuencias diversas según cada persona. El estado anímico puede oscilar entre el activismo eufórico y la depresión anímica, junto a los molestos problemas alérgicos potenciados por la polinización vegetal. Pero, en general, la mayor intensidad y duración de la insolación en el día, junto la gratitud escénica de las flores, en los jardines y en la naturaleza, todo ello favorece y potencia un alegre vitalismo mimético en los rostros de la ciudadanía.

No se debe obviar, por supuesto, el sosegado y embriagador olor representado por esa magia del azahar, que inunda de aroma los cítricos (limoneros y naranjos) con sus pequeñas y coquetas flores blancas y amarillas. Ese inconfundible y muy grato olor del az-zahr (vocablo árabe), difundido preferentemente por las ciudades mediterráneas, es un apreciado y delicado  perfume que nos avisa de que la gran fiesta primaveral ha llegado. En nuestras tradiciones y creencias, con la Semana Santa procesional, tras el período de Cuaresma que sigue al Carnaval. Pero, también, con el antecedente universal del 19 de Marzo, día de S. José y su vinculación afectiva (y, sobre todo, comercial) con la celebración del “Día del Padre”, antesala de ese otro “Día de las Madres” que llegará semanas más tarde, en el domingo 7 de Mayo.

En este multicolor escenario se enmarca nuestra sencilla historia, que nos habla de sentimientos, actitudes y respuestas, siempre en el marco sugestivo e imprevisible del comportamiento humano.

Adina es una joven mujer, madre de dos hijos adolescentes. Su marido Fermín trabaja como transportista de perecederos, generalmente verduras, frutas, productos cárnicos e incluso pescados. Ella es hija única de Elián, un padre recientemente enviudado y que además ha iniciado su etapa de jubilación laboral. A pesar que lleva muy mal la dureza de su nuevo estado de soledad, desea seguir residiendo en su vivienda de toda la vida. Siempre ha considerado que convivir con una familia, a pesar de que sea la de su hija y nietos, conlleva más inconvenientes que ventajas. Por todo ello, a pesar de los requerimientos de Adina, se mantiene firme en “negociar” en armonía ese terrible vacío que ha dejado su mujer, compensándolo, difícilmente, con la independencia que supone no tener que compartir servicios, normas e incluso caracteres, con otras personas, aunque sean los de su misma sangre.

Aún faltan días para el 19 de Marzo. Comentando la próxima efemérides de San José, con una compañera en el taller de arreglos de ropa donde trabaja, Adina piensa en buscar un buen detalle para regalar a su padre en ese Día del Padre, que tendrá lugar en la semana próxima. Desde siempre se ha llevado muy bien con Elián, no en balde ella ha sido el ojito derecho o preferido de este hombre, al que el destino no quiso concederle una mayor prole familiar. Al fin, entre varias posibilidades, decide cuál podría ser el regalo más apropiado. Conociendo que ahora, con mucho tiempo libre disponible en su vida, Elian gusta de dar largos paseos, disfrutando con la templanza solar junto a la brisa marítima mediterránea, ha pensado en buscarle un buen sombrero, con que proteger la alopecia y también la vista cansada de su progenitor.

Aprovecha la mañana del sábado (media jornada que tiene libre en el taller) para dirigirse a una buena sombrerería, entre los escasos comercios que hoy se siguen especializando en la venta de este complemento para vestir, dedicado básicamente a los caballeros. Recuerda  desde su infancia un establecimiento tradicional dedicado a la venta de este tipo de artículos, ubicado en pleno centro antiguo de la ciudad.  Para su satisfacción, a pesar de los grandes cambios que experimenta un centro urbano, transformado de una forma excesiva para atender preferentemente a la demanda turística (restaurantes, bares, cafeterías, establecimientos de comida rápida, etc) permanecen “islotes” de tiendas tradicionales, entre las que se hallan dos de estas sombrererías. Acude a la de mayor prestigio (actualmente dirigida por herederos de una cuarta generación del empresario fundador) y contempla en su escaparate una amplia muestra de los artículos ofertados para su venta: sombreros tradicionales, para el uso diario o en acontecimientos de relevancia social, gorras de tela, chisteras altas y bajas, monteras para los profesionales del toreo, las clásicas boinas, todo ello  en diversas calidades, tipos de tejidos, colores y precios. Y, por supuesto, la prenda que ella está buscando: un sombrero panamá de paja trenzada a mano, color beige muy claro con una cinta de color verde oscuro. Su especializada fabricación en Centroamérica y el material de alta calidad utilizado eleva su precio a 90 €.

A media mañana del domingo 19, Adina se desplaza al domicilio de su padre, acompañada por  su marido e  hijos. Previamente han felicitado a Fermín, entregándole una moderna caña de pescar, deporte al que es muy aficionado. Al entrar en ese piso que ella bien conoce  (en él transcurrieron aquellos inolvidables años de su infancia y juventud) percibe en Elián una extraña sonrisa y expresión, entre nerviosa y pícara. Se encuentra hoy a una persona inusualmente alegre ya que, desde la viudez, ha sido más que frecuente apreciar la mirada taciturna de su padre, los largos silencios expresivos y esa tristeza interna que el rostro apenas puede disimular. 

“Hola Papá. Te hemos traído una sorpresa, por ser hoy el día del “mejor” de los padres.  A buen seguro que te va a gustar este regalo. Ábrelo con parsimonia y emoción, pues te aseguro que no nos ha sido fácil encontrarlo. Además de bonito y de gran calidad, te va a resultar muy útil para todos estos largos paseos con que distraes las mañanas y también muchas de las tardes. Especialmente ahora que viene el buen tiempo y el sol aprieta con todas sus ganas”.

Elián agradeció con muestras de alegría el presente que le ofrecían sus hijos y nietos. Con el panamá en su cabeza, este hombre parecía mucho más esbelto y atractivo. Prometió usarlo, de manera especial, para estas estaciones calurosas, donde el sol calienta y broncea en demasía e incluso deslumbra en exceso, sobre todo para aquellos ojos un tanto gastados por el fluir de tantas hojas del calendario. Dada la efemérides del día y como compensación al grato detalle recibido, invitó a su pequeña familia a comer en algún buen restaurante o chiringuito del paseo marítimo del oeste. “Por esa zona es más fácil encontrar aparcamiento. Además también quiero daros una sorpresa pero, ese también mi regalo, no lo haré hasta los momentos del postre, cuando brindemos por la celebración de muchos “días del padre”. Estas curiosas palabras dejó en todos los presentes un cierto poso de extrañeza. Se preguntaban qué podría haber detrás de sus sonrisas y el misterio con que deseaba envolver aquello que les iba a transmitir.

Un día radiante de sol acompañaba a ese grato y suculento  almuerzo “marinero”  celebrado junto a la agradable brisa, procedente de un mar en plácida calma. Jugosos comentarios, divertidos chascarrillos, buena mesa y estimulante bebida, hacía que el día transcurriera perfecto. Elián, tocado con su nuevo sombrero panamá, parecía rejuvenecido, con ese vaquero y chaqueta fina de sport que, según confesó, hacía una semana se había comprado.  

En algún momento de la comida, el homenajeado padre había estado manejando su móvil “en traviesa “negociación” con esos sonidos característicos de los mensajes del whatsapp. Ya en los postres, una mujer aún joven (posiblemente, con los cuarenta iniciados) se acercó a la mesa que ocupaban los miembros de la familia Torreserena. Con una tierna sonrisa se puso junto a Elián, mientras este abrazaba con su mano la cintura de la inesperada invitada. A los pocos segundos, el “patriarca” familiar se puso de pie junto a ella y con una voz un tanto nerviosa, pero con amorosa intensidad afectiva, pronunció las siguientes palabras:

“Yo también tenía un regalo que ofreceros. Quiero presentaros a Celeste, la mejor y linda persona que ha logrado que recupere la ilusión y las ganas de vivir. Llevamos ya un par de semanas, en nuestra maravillosa relación, por lo que hoy, en un día un tanto especial, quiero transmitiros nuestro deseo de emprender para siempre un camino juntos. Hay una simple y gran realidad: nos queremos, nos necesitamos y nos amamos. Tal vez podáis considerar que la diferencia en edad sea un obstáculo, pero nosotros no los estimamos así. La madurez y la juventud se complementan en armonía y cada uno aporta al otro todo aquello que, generosa y sabiamente, puede enriquecerle. Celeste y yo buscamos, con ansiedad, ese muy cercano día en el que podamos pasar por la vicaría. Ella va a ser vuestra nueva madre, con todo ese cariño y sabiduría que tan bien sabe compartir”.

Adina estaba en “profundo estado de shock”. Fermín se bebió, en no más de dos segundos, la copa llena de Rioja que asía en su mano. Los niños sonreían con naturalidad, ante la divertida escena que estaban presenciando. El murmullo elevado de los demás comensales en el merendero compensaba el silencio glacial que dominaba la mesa de los Torreserena.

Ya de vuelta a casa, tras un almuerzo en el que todos se vieron obligados a interpretar su obligado papel escénico, mejor o peor improvisado, Fermín expresaba con palabras sensatas su punto de vista ante la nueva situación que llegaba, con la mayor sorpresa, a sus vidas.

“Mujer, no te lo tomes así. Tu padre ha encontrado la mejor medicina para la soledad que ha tenido que afrontar, durante todos estos meses, desde el fallecimiento de tu madre. Eso que dices que viene a llevarse los ahorros de Elián yo no lo veo así. Parece ser una buena mujer que busca en él su madurez. Por el contrario, él necesita de esa juventud y vitalidad que ella puede ofrecerle. ¿Para qué pensar en herencias y sandeces!. Nosotros vimos honestamente de nuestro trabajo y los críos han de labrarse su propia hoja de ruta en la vida. Te confieso que no me ha gustado tu actitud con esta chica. Debes reflexionar y darles esa oportunidad que todas las personas merecen. Tu madre hace ya once meses que nos dejó. La vida ha de seguir, nuestro tiempo ha de continuar”.

De manera afortunada, ese buen espíritu primaveral, que sabiamente nos vitaliza, comenzó a movilizar voluntades y a provocar la proximidad de dos personas, prácticamente de la misma generación. Adina y Celeste supìeron, con paciencia y generosidad, ir asumiendo el nuevo rol familiar que el destino había querido generar en sus vidas. Esa hermana que Adina siempre echó en falta podía ser (por la cronología y temperamento) la nueva esperanza rejuvenecedora que Elían había encontrado en la rutina solitaria de su avanzada etapa de madurez. Por su parte Celeste, ciertamente con unos antecedentes convulsos en su trayectoria vital, tuvo la suerte de hallar a un hombre que sabría poner orden, estabilidad y experiencia, en su persona.

La Primavera, con toda esa magia de contrastes y respuestas que genera,  puede colaborar en ese “renacer” que, sin duda, unos y otros necesitamos. Pero es siempre la voluntad individual el elemento o fármaco decisivo que nos facilita la fuerza renovadora para avanzar, con ilusión y confianza, en la construcción, día tras día, esfuerzo tras esfuerzo, de nuestro protagonismo en esta relativamente breve representación escénica que supone la existencia.-
 
José L. Casado Toro (viernes, 17 de Marzo 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


viernes, 10 de marzo de 2017

TIEMPOS DE COMPRENSIÓN Y GENEROSIDAD, EN LA DECISIÓN DE ANEL.

Habían sido unas semanas extremadamente duras, en la vida de Anel y sus dos hijas. Sin embargo, gracias al afectivo calor familiar, junto a una ayuda psicológica especializada, todas ellas pudieron ir asimilando la terrible realidad en que se habían visto inmersas, de la forma más fatalmente imprevisible. Perder a un marido y a un padre, en sólo unos minutos de un otoño aciago para el mecanismo cardiaco, supuso una cruel orfandad. Ausencia no sólo para esas hijas, que no verían más a su padre, sino para una mujer joven e inteligente que, a partir de esta decisiva experiencia, tendría que sacar adelante, con el mayor tesón y equilibrio, a una familia que había quedado dolorosamente rota. 

Un rayo de luz y esperanza vino en su ayuda cuando esa tarde, con la generosidad más oportuna, recibió una llamada telefónica de su antiguo jefe en la notaría, gabinete donde ella había estado trabajando hasta que llegaron los nacimientos de las pequeñas. Tras darle un sentido pésame, disculpándose por no haber conocido la desgraciada información a su debido tiempo, le ofrecía la posibilidad de volver a su antiguo puesto laboral en el grupo.

Anel poseía un esmerado currículum, con una licenciatura en derecho. Durante los siete años de su colaboración en la notaría, había dejando una positiva estela profesional, debido a su dedicación y buen hacer en todas las misiones, por complicadas que fuesen, a ella encomendadas. La oferta laboral era, como puede suponerse, al igual que el “agua de mayo” para la naturaleza. Asier, su difunto marido, era un eficiente intermediario comercial que trabajaba de manera autónoma, por lo que la situación económica familiar, tras su fallecimiento, exigía en ella una ineludible vuelta al trabajo lejos del hogar. Había que seguir manteniendo a flote el, ahora más reducido y debilitado, navío familiar.

Pasaron unos meses y, aún con las dificultades propias del drama que habían tenido que vivir, sus hijas Esther, ocho años, dos más que su hermana Silvia, y ella misma, fueron recuperando lentamente el complicado mecanismo de la adaptación a una nueva realidad, en la que las tres mujeres pusieron lo mejor que sabían y podían.

Durante la cena navideña, en casa de su cuñada Norma, ésta le aconsejó ir cambiando, en la medida de lo posible, el marco ambiental en el que vivían, a fin de reducir la influencia de un marido y padre que ya no podría estar, físicamente, en sus vidas. “Podrías pintar y redecorar algunas de las habitaciones, sustituir también algún mobiliario obsoleto y hacer un buen uso del amplio vestuario que Asier ha debido dejar”. Este último aspecto fue una de las primeras acciones que Anel decidió realizar, aprovechando para ello unos días de vacaciones que en el gabinete notarial se habían tomado, desde el comienzo del Año Nuevo hasta después de la fiesta de Reyes. Su marido siempre había sido muy cuidadoso en disponer de un “buen ropero” dado su trabajo de intermediación o representación comercial, actividad para la que cuidaba ofrecer una buena presencia, actitud que abría muchas puertas en la negociación mercantil. En este sentido Anel aprovechó una tarde, en que las niñas jugaban con amigas de un piso vecino, a fin de organizar toda esa ropa, la mayoría en muy buen estado, guardándola en grandes bolsas. Pensaba donarlas a diferentes instituciones benéficas, como medida más acertada.

En esa tarea se encontraba, intercalada con algunos brotes emocionales para el recuerdo cuando, doblando una de las chaquetas de sport que usaba su marido, percibió la existencia de un sobre en el interior del bolsillo derecho. Con sensatez, repasaba toda la ropa antes de guardarla en las bolsas, por si pudiese llevar algún objeto personal que mereciera su atención. Efectivamente, había en ese bolsillo interior un sobre de color blanco, en cuya portada destacaba el rótulo de “Para mi Asier”. El sobre había sido previamente abierto y en su interior había un folio manuscrito, con una caligrafía desordenada, de trazos escasamente uniformes. Un tanto sorprendida, tomó asiento en el borde de la cama y se dispuso a leer el breve contenido de la, para ella, tan extraña misiva.

“Mi bien amado Asier. Hace hoy ya un año, en el que inundaste de luz y esperanza mi vida. Conocerte, entenderte, apoyarte y amarte, a pesar de todas las dificultades que se interponían entre nosotros, ha sido y es una preciosa aventura que vitaliza y justifica mi existencia de cada día. Esas escasas horas en las que podemos estar juntos, justifican y compensan los amargos tiempos en los que no puedo tenerte a mi lado. En algunos de esos preciosos momentos, llegas malhumorado, entristecido o con el cansancio aburrido de la rutina. Pero esa incomunicación o desánimo, que te provocaba dolor, pronto la compensas con el cariño de nuestra proximidad. Tú y yo sabemos que podemos transformar esa oscura pesadumbre, a fin de que surja en nuestros corazones la alegría, las sonrisas, los proyectos ilusionados, para que la vida se torne más bella, sensible y hermosa. Cuando me abrazas, me siento protegida y querida; cuando me miras, mis ojos pueden ver a través de ti; cuando me hablas, tus palabras saben hacerme comprender y entender todo tipo de complejidad. Te necesito, te siento, te amo. Tu Leyra”.

El bombazo anímico que para Anel supuso la lectura de estas líneas, plenas de amor y sensualmente manuscritas en una cuartilla de color rosa, fue de los que causan impacto. La relación entre ella y Asier había sido aparentemente ejemplar, tal vez algo fría para lo sentimental en algunas ocasiones, debido a las obligaciones profesionales de una persona que tenía que estar de aquí para allá, viajando mucho y llegando a casa en horas tardías, bastante cansado tras una ajetreada jornada. Pero de ahí a imaginarse que su marido, buen padre en sus obligaciones básicas, pudiera estar llevando o interpretando una doble vida, era algo que no se le había podido pasar por la cabeza, incluso en esos tiempos de discusión o enfado a que todos los matrimonios se ven abocados, por la vida relacional que necesariamente han de mantener. Lo que era evidente es que el “bueno” de Asier había mantenido, desde hacía al menos doce meses, un vínculo afectivo, secreto a su conocimiento, con esa otra mujer que sabíí﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ tan  vida, era algo qcoimiento, con esa otra mujer que sabnte es que el bueno de Asier ndo una doble vida, era algo qa expresar tan sensibles y amorosas palabras.

En unos pocos minutos sus sentimientos atravesaron el camino de la sorpresa, la incredulidad, la convicción, el estallido de indignación y rabia, junto al silencio depresivo posterior del rencor. Lágrimas incontenibles recorrieron sus mejillas, durante largos y desdichados minutos.

El sábado por la mañana, después de Reyes, tras dejar en la institución benéfica las cinco voluminosas bolsas que portaba en el maletero, con toda esa ropa y zapatos de Asier, condujo hasta la casa de Norma. La relación con la única hermana de su difunto marido era excelente, pues entre las dos mujeres siempre había existido proximidad, no sólo en el parentesco sino también por la formación y actividad jurídica que ahora ambas ejercían. Norma la esperaba en casa, ya que previamente le había telefoneado al efecto. Las niñas disfrutarían jugando con sus primos, mientras ellas hablaban de un tema que le hacía sentirse profundamente infeliz y desgraciada.

Le hizo a Norma un planteamiento sereno, pero puntual, mostrándole el contenido de esa carta que había quedado olvidada en el bolsillo del blazer azul de Asier. Le extrañó, sobremanera, la falta de mímica o gestos de asombro, por parte de su interlocutora. Pronto entendió la verdad de la situación.

“Es un tema, también para mí, complicado y difícil, querida Anel. Mi primer conocimiento del hecho que me estás confiando fue una tarde, hará unos tres meses, en que los vi, tomando café en el ático aterrazado de ese hotel que mira hacia el puerto. Fue algo ocasional este encuentro, aunque me hizo dudar la actitud de íntima proximidad que ambos mantenían. No me quise acercar a su mesa. Tan ensimismados y acaramelados estaban, que Asier no se dio cuenta de mi presencia. Unos días después, aprovechando que él vino a casa para entregarme un documento de nuestra madre, le comenté dubitativa mi visión de aquel día en la terraza del hotel. Evitó darme datos concretos aunque le vi un tanto confuso y nervioso, cuando le expresaba mi sorpresa por la actitud que ambos estaban manteniendo. Sólo logré sacarle la promesa de que esa situación relacional tendría que encauzarla en uno u otro sentido. Nunca más tuvimos oportunidad de volver sobre este espinoso asunto. He de confesarte que me dispuse a hacerlo en alguna ocasión pero, con franqueza, no sabía si podría arreglar o empeorar una situación que repercutía a varias personas … realmente se trataba de un tema delicado en extremo. Después llegó ese fatal día, que tanto daño nos ha hecho a todos y que tan duro nos está suponiendo poder  sobrellevar”.

Poco a poco, Anel intentó superar este nuevo impacto emocional, también pleno de desasosiego para su vida. De la tal Leyra nada sabía. Salvo el texto de la carta y la fugaz visión que tuvo Norma, aquella tarde en la terraza del hotel. Pero una noche, ordenando y eliminando mucho del papeleo que Asier tenía en sus carpetas, se fijó en los resúmenes de la entidad bancaria donde su marido tenía la cuenta personal, impresos muy bien archivados y conservados. Repasó las anotaciones de los últimos meses, llamándole la atención una cantidad de trescientos euros, que era ingresada cada final de mes, en una cuenta a nombre de Ana F.C. Los ingresos en esa cuenta se hacían siempre a final de la mensualidad y siempre por la misma cantidad.

Con estos escasos datos se acercó a la entidad bancaria, rogándole al interventor si podía aclararle el destino exacto de estas transferencias de capital. Sobre todo, deseaba conocer alguna información más concreta acerca de la persona destinataria “por si era necesario continuar con esa aportación que su marido realizaba, cada uno de los meses”. El empleado del banco, un gestor apoderado muy amable y eficiente, tras consultar en su ordenador, se prestó a realizar una llamada al teléfono de esa persona, llamada Ana, que aparecía en los listados, explicándole la situación planteada por la ahora propietaria de la cartilla. Tras hablar unos minutos con ella, le pasó el móvil a Anel.

“Sí señora, este señor ingresaba en mi cuenta 300 euros cada mes, por unas horas de trabajo que semanalmente yo realizaba en casa de una mujer joven, pero con visibilidad muy limitada. Prácticamente nula.  Yo me encargaba de limpiar, ordenar un poco las habitaciones y, por supuesto, preparar algo de comida para esta pobre chica. Iba dos veces a la semana, durante las mañanas de los lunes y jueves. Pero hace unas semanas, la chica me comentó que nada sabía de su amigo y que ella no me podía seguir pagando. Por eso dejé de trabajar esas horas en su domicilio. Si es algo importante, no me importa darle la dirección donde vive”.

Efectivamente, la tenacidad de Anel fue dando sus frutos. Pudo conocer a una dulce y joven mujer que había aportado a su marido ese sosiego, esa alegría, esa atracción o ese algo que ella no había sabido o podido darle. Leyra había ido reduciendo de manera paulatina su visión, siendo aún muy niña y, en la actualidad, su capacidad para ver el color y forma de los objetos apenas alcanzaba el 12 % y sólo en uno de sus ojos. La triste historia que había detrás de esta joven de veintitrés años hacia que ahora viviera prácticamente sola en un pequeño apartamento, gestionado con la ayuda parroquial y municipal.

La decisión a tomar era, sin duda, más que difícil. Sin embargo, pudo en ella más la generosidad personal de su corazón, sobreponiéndose a la lógica frustración afectiva como evidente esposa engañada. Anel hizo las gestiones necesarias para que Ana continuara apoyando, en esas importantes horas semanales, las necesidades básicas de Leyra. La comprensión solidaria y la generosidad de valores debían estar por encima de cualquier otro tipo de pobreza o rencor. Aun con ese conflicto interior en lo humano, sintió como iba serenamente gozando esa perdida paz espiritual que con tanto ahínco y esfuerzo se esforzaba en recuperar.-
 
José L. Casado Toro (viernes, 10 de Marzo 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 3 de marzo de 2017

UN EJERCICIO DE EMPATÍA GENERACIONAL, PARA LOS INSEGUROS SENTIMIENTOS DE ALEXIS.

Alexis es un auxiliar de clínica, con horario de trabajo entre las ocho de la mañana y las tres de la tarde. Permanece soltero, ofreciendo el perfil de una persona un tanto especial con ese valor que suele reflejar la diferencia. Se trata de un hombre que no ha sabido encontrar la pareja conyugal con la que poder formar una familia, por lo que siempre prefirió vivir junto a su madre, en el piso donde él vino al mundo. Esta laboriosa señora, ya de muy avanzada edad, enviudó a los pocos años de su matrimonio. Supo sacar a su único hijo adelante, dedicando toda su vida profesional a la enseñanza y la educación de los niños pequeños. En Alex también permanece la frustración de no haber podido disfrutar con esos hermanos que la naturaleza se mostró esquiva en concederle, pero la convivencia con su anciana madre suple esa y otras carencias que a sus cuarenta y siete años aún mantiene. Pero un día infortunado, el destino rompió esa afectiva unión entre madre e hijo. El fallecimiento de Dña. Lola sumió a su hijo en esa intensa lacra afectiva que conlleva la soledad. A pesar de su edad, este hombre encerraba en su carácter una aletargada y profunda inmadurez psicológica que, en estos aciagos momentos, se despertó y potenció, desequilibrándole anímica y físicamente.

Está demostrado que toda pérdida por fallecimiento, en personas de nuestra proximidad, nos afecta con dureza, entre otras causas por la probable percepción de “orfandad” en que nos sentimos inmersos. Pero este sentimiento de dolor se acrecienta cuando ese ser que nos abandona ha sido precisamente aquél que nos ha concedido la vida y los mejores años de nuestra existencia. El significado de una madre es imposible de sustituir en el acervo sentimental que atesoramos. La pérdida de ese querido ser resulta algo tan dolorosamente especial que su asimilación en el quehacer cotidiano conlleva mucho tiempo, sufrimiento y racionalidad. En el caso de Alexis esta situación se magnificaba, por la evidente situación de “dependencia afectiva” que le vinculaba a una persona que significaba todo en los vínculos de su débil equilibrio emocional.

Los compañeros de trabajo trataron de animarle, viéndole tan deprimido día tras día, ante la nueva situación a la que habría hacer frente desde ahora. Pero ¿cuáles eran esos síntomas, que sembraban una intensa preocupación, entre las personas con quienes se relacionaba? Principalmente percibían en él un menor deseo de comunicación, la mirada baja y la seriedad casi permanente. Ante sus preguntas, él les explicaba que el hecho de volver a casa y no encontrar allí a la persona que le quería, le atendía y le escuchaba, comentándole los pequeños avatares del día surgidos en la cocina, en la compra, los livianos chascarrillos de la comunidad, compartiendo ambos posteriormente la mesa y preocupándose por su ropa, sus proyectos, sus problemillas… era una nueva y dolorosa  situación muy difícil de sobrellevar.  

A los más cercanos de sus compañeros les confiaba a veces esa inquietante frase de “me siento como un niño pequeño, a pesar de mis cuarenta y tantos “tacos”, al que le han dejado inesperadamente abandonado”. El sueño también lo tenía desestabilizado, padeciendo un insaludable insomnio que le provoca frecuentes fases de aturdimiento y somnolencia durante el día, a consecuencia, obviamente, de la ausencia de ese  necesario descanso nocturno que nos permite recuperar el equilibrio fisiológico y también mental.

El enfermero jefe, en la sección de traumatología donde Alexis se encuentra destinado, conociendo la preocupante situación patológica que atraviesa su subordinado, decidió enviarlo de manera imperativa para una consulta con el equipo de psicología y psiquiatría del complejo hospitalario en el que ambos prestan sus servicios. Allí, tras el examen correspondiente, se le prescribió una terapia de abundantes fármacos que el auxiliar habría tomar sin la mayor demora.  Al paso de las semanas, las medicinas ingeridas no ejercían gran influencia en su estado depresivo lo que determinó, siguiendo las sugerencias de unos y otros, que probara suerte en otras plataformas a fin de lograr una mejora en el bloqueo anímico en el que se veía atrapado. Incluso una de las vecinas de bloque, donde Alex reside desde su nacimiento, pidió ayuda al párroco del barrio para que las buenas palabras del sacerdote pudieran ejercer el revulsivo necesario. No faltó tampoco la visita a un centro de autoayuda, regentado por un gurú de nacionalidad india. Pero, tras varias sesiones, donde básicamente se cantaba y rezaba con las manos entrelazadas en torno a un viejo tronco de árbol rodeado de velas, procedente desde el lejano Nepal, comprendió que lo único que iba a obtener de este ridículo antro comunicatorio es que le sacaran un buen dinero, mientras su perfil anímico continuaba perdido entre las tinieblas del desconcierto.

“Te agradezco que hayas aceptado compartir un té junto a mí esta tarde. No te preocupes por el reloj. Mi pareja sabe esperar, cuando estoy haciendo algo importante. He de confesarte, Alexis, que verte llegar cada mañana al trabajo con esa alicaída imagen, logra sacarme de mis casillas. Y te voy a hablar muy claramente. No eres la única persona que ha perdido a un ser muy querido. Sé lo importante que era para ti esa madre, que ya no está. Pero lo mismo ocurre con otras miles de madres. La naturaleza, el destino, las circunstancias, nos someten a estas duras realidades, contra las que difícilmente podemos luchar. Y hay que ser valiente e inteligente, a fin de saber aceptarlas. Fíjate en las plantas. También ellas nacen, crecen, se desarrollan y un buen día pasan, por esas leyes que ni tú ni yo podemos modificar, al reino o el paraíso de los vegetales. Igual ocurre con las personas. Por muy afectivas y necesarias que nos sean, su protagonismo en la vida llega un día en que se nos acaba. Y mientras antes se acepte este hecho insoslayable, pues más llevadero resulta el trauma y, sobre todo, la superación del mismo.

Basta ya de refugiarte “cobardemente” en todas esas palabras que te tienen hecho un muñeco y que comienzan por el “des”. Desánimo, destemplanza, desgana, desconsuelo, desidia, depresión… Tienes que ponerte, de una vez, a racionalizar muchas cosas en tu mundo. Y lo primero que me atrevo a proponerte es un simple ejercicio de empatía generacional ¿Te atreves a llevar a la práctica algo que, en mi opinión puede hacerte mucho bien? Como tienes el turno de mañana en el trabajo, ahora que el tiempo mejora, te vas a ir por las tardes a esos jardines que están situados alrededor del Hospital Materno Infantil. Te sientas en uno de sus bancos y reflexiona sobre todas esas madres y padres que ves pasar, saliendo del complejo clínico con una canastilla, llevando en la misma un nuevo hijo para la vida. Has de entender e integrar que, mientras unos nacen … otros se nos van. Y no hay nada que hacer por evitarlo. La alegría por los nacimientos se superpondrá a la tristeza por aquellos que nos dejan. Es una simple y exacta ley de las compensaciones. La naturaleza provoca el final de la vida, pero esa misma naturaleza trae la vida a nuestra proximidad ”.

Quien así le hablaba, con dos tazas de un aromático té entre ambos, era Nerea, una vitalista joven (también auxiliar de enfermería) compañera de trabajo de Alexis, en este momento destinada en la unidad de cuidados intensivos, U.C.I. La intención de la generosa y dinámica amiga era sembrar en la persona de su interlocutor el revulsivo necesario que reorganizara una situación personal que, a todas luces, iba cada día de mal en peor. Y lo que le estaba proponiendo, aunque éste no lo veía claro en su eficacia, podría resultar interesante para superar la degradación anímica en que se encontraba. En realidad no tenla ingesta de  ahora en que su cuerpo estaba cada vez sometido a los fía nada que perder, especialmente ahora en que su cuerpo estaba cada vez más sometido a la ingesta de fármacos, tipo Valium y similares, con resultados muy dudosos para su fisiología orgánica.

Y así ocurrió. Vestido con atuendo deportivo, aprovechó la mañana de un sábado primaveral para desplazarse al gran complejo clínico de la Maternidad. Se dijo a sí mismo: “si veo que este paso supone una tontería, sólo habré perdido un poco de mi tiempo. Puedo después tomar un bus y acercarme a las estribaciones de los Montes, cerca del Jardín Botánico, a fin de caminar un poco por entre los árboles y esas flores de abril que ya comienzan a mostrarse generosas ante nosotros”. Compró uno de los diarios locales. A continuación se puso a ojear las páginas del periódico, acomodado en un banco de madera ubicado en uno de los espacios angulares de la gran zona ajardinada.

Cuando percibía movimiento de personas, levantaba los ojos del papel impreso y observaba como, efectivamente, además de los ocasionales visitantes al hospital (muchos padres y madres con sus niños…) salían del mismo algunas familias que, con rostro de satisfacción y con rítmica intermitencia, portaban en sus manos las típicas canastillas con los recién nacidos, camino de esos hogares a los que el nuevo ser iba a poner una sin par nota de alegría y esperanza. Sentimiento feliz no sólo para sus progenitores, sino también para todos esos familiares, amigos y vecinos de los sonrientes y satisfechos papás y mamás.

No se movió de esa peculiar atalaya durante un par de horas, largo tiempo que, de manera curiosa, se le hizo entrañablemente corto. Obviamente se sentía distraído e interesado por las actitudes de unos y otras personas que por allí pasaban. Vio llegar también a mujeres que, con un avanzado estado de gestación y acompañadas de sus nerviosos cónyuges,  se encontraban muy próximas para ese gran milagro de dar a luz nuevas vidas. Mezclaba estas gratas visiones, que motivaban a la vida, con la reflexión de la situación anímica de otros muchos que, como era su propio caso, habían perdido aquello que más amaban en el mundo: ese generoso ser que sustentaba el pilar maestro de sus ahora “desvalidas” existencias.

En esos pensamientos se encontraba cuando vio salir por la puerta del grandioso complejo clínico a una débil figura de mujer. La joven portaba en uno de sus brazos un recién nacido, protegido y recostado en una modesta toquilla, mientras con la otra mano arrastraba un carrito de los usados para la compra. Quien lógicamente debía ser la madre del nuevo ser, vestía una larga falda estampada con figuras de simbología islámica, una rebeca celeste sobre una camiseta blanca, calzando unas sandalias de piel beige oscura, muy vendidas en los zocos y mercadillos marroquíes. Le impresionó, de manera especial, el rictus de profunda tristeza que mostraba el rostro de la joven madre. Parecía un tanto desorientada y, al poco de sus pasos, tomó asiento en otro de los bancos anclado en la zona de los jardines. A esa joven algo le ocurría, hecho que confirmó cuando discretamente se acercó hacia ella, atreviéndose a preguntarle, con una prudente delicadeza, si sufría algún problema. Percibió que sus ojos de pupilas oscuras estaban llenos de lágrimas.

Fueron amplios los minutos en los que prestó atención a la historia que Karima se prestó a narrarle. Sin duda, la chica necesitaba desahogarse de sus congojas. Con no escasas dificultades, la joven había obtenido permiso tiempo atrás para residir en España. Aquí llevaba viviendo, más de dos años y medio ya, en una casa de “gente bien” donde comenzó a trabajar en ese servicio de casa, que hace y se ocupa un poco de todo. Limpieza, cocina, mercado, echar también una mano en el cuidado de los tres hijos pequeños que tenían sus señores e incluso atender a la madre de la señora que, con su avanzada edad tenía que ir compensando achaques y dependencias.

Para Karima esta situación resultaba sin embargo apetecible, dada la situación (muy degradada y empobrecida) que dejó en Arcila, la pequeña ciudad donde nació y donde viven actualmente sus padres y … siete hermanos.  Hacía aproximadamente un año que el señor de la casa había centrado sus intenciones en la fragilidad y juventud de su cuerpo. Hombre poderoso y egocéntrico, no era persona que aceptara un no a las primeras de cambio, para sus sexuales intenciones. Ella cedió … todo lo que tuvo que aceptar. El secreto de su embarazo logró mantenerlo, hasta que fue perceptiblemente visible para todos. Las amenazas y presiones, del impresentable personaje, le hicieron callar y crear una fabulación para lo social consistente en el encuentro con un joven, en una tarde alocada de feria. Supuestamente, este joven sólo la necesitó para esa tarde y de él nunca más se supo. La historia, muy hábilmente creada por “su señor” fue convincentemente aceptada por el entorno social de la prestigiosa familia. Tras haber dado luz a su niña, la “buena familia” la había puesto de patitas en la calle, con la pobre compensación de un mes de sueldo. Ahora no tenía a dónde ir, ni a dónde llamar. Por eso estaba tan triste. Por eso lloraba, abrazándose a lo único importante que realmente poseía.

Fueron cortos los minutos cedidos a la duda. Alexis no quiso abandonar a estos dos seres tan necesitados, tras conocer una historia tan entrañable y sentimental para la vida. El destino había decidido unir la concurrencia de estas tres personas. Se abría ante ellos un camino, una bella posibilidad para restañar carencias y soledades. Era una oportunidad única a fin de poner algo de luz y esperanza en las brumas, siempre inciertas y caprichosas, con que los humanos construimos esos senderos que alimentan el acerbo de nuestra memoria.-
 
José L. Casado Toro (viernes, 3 de Marzo 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga