viernes, 24 de enero de 2020

VIRGINIA Y AQUELLOS MINUTOS IMPORTANTES PARA SU DESTINO.

Ceremonia para el final de curso, desarrollada en las instalaciones de un colegio privado confesional. Son los lejanos años 60 de la anterior centuria. Uno de los puntos de la programación, en ese día gratamente festivo para los alumnos que asistían junto a sus padres (además de los miembros del claustro de profesores) era la imposición de becas o bandas de colores.

Con esta simbología escénica se premiaban y reconocían los méritos de determinados alumnos, que se habían hecho acreedores a tal distinción a juicio de sus tutores y maestros. Cada una de esas bandas eran colocadas, por la religiosa directora del colegio, sobre los hombros y el pecho de los alumnos distinguidos, que mostraban radiantes una gran satisfacción en sus rostros. Estas distinciones de seda o fieltro poseían un determinado color (azul, rojo, verde, violeta, amarillo, naranja…) que aludía simbólicamente a los méritos contraídos por la asistencia a clase, la urbanidad en el comportamiento, el esfuerzo para el estudio, el compromiso religioso, la ayuda a los demás, etc. en cada uno de los casos. Desde luego aquellos méritos eran plausibles y comprensibles en el contexto temporal que ahora estamos recordando, aunque también podrían tenerse en cuenta, por su cualificada naturaleza,  para premiar su cumplimiento en otras épocas más recientes o actuales.

Una de esas bandas tenía una valoración específica que hoy nos puede hacer sonreír, si observamos el modo de comportarse de los niños y los mayores en la actualidad: nos estamos refiriendo al valor inteligente y cívico de la puntualidad.

Efectivamente el hábito temporal de la puntualidad no brilla especialmente, para nuestro pesar, entre aquellos gestos positivos que reflejan nuestras conductas en el tiempo que nos ha tocado protagonizar. Es una realidad manifiesta: a muchas personas no les causa la menor preocupación llegar tarde a las citas previamente comprometidas o a los horarios establecidos de presentación. De esta forma vemos “y soportamos” como numerosas reuniones tienen que retrasarse más de “los cinco minutos de gracia” debido el incivismo de aquellos asistentes impuntuales; hay también dirigentes políticos que llegan sistemáticamente tarde (a veces con treinta minutos o incluso más) a los eventos que por su representatividad y cargo han sido invitados a asistir; ya sabemos que a las ceremonias nupciales, la mujer “debe llegar algo más tarde” que su futuro marido; también resulta del todo punto “normal” que la mayoría de los espectáculos públicos no comiencen a su hora, especialmente cuando su principal protagonista es una figura señera en el campo musical, artístico o interpretativo; esperamos el inicio de una conferencia minutos y minutos, con respecto a la hora programada. Cuando al fin aparece el ponente de la misma, incluso le aplaudimos. La muestra de ejemplos podría ser más extensa. De una u otra forma asumimos con normalidad el mal hábito de la impuntualidad en nuestros actos. Incluso los ingleses tienen dos expresiones que reafirman lo anterior: on time, para la exacta puntualidad; in time, para expresas que, aunque no se ha cumplido con la hora exacta, estás aún a tiempo para “cubrir” el horario establecido.

Aparte de la informalidad y falta de respeto que esta actitud representa para los que esperan, en sí misma puede tener efectos perjudiciales incluso para los que, incívicamente, incurren en la misma. El transporte público tiene que respetar su horario de salida, por lo que puedes perder el viaje en ese tren, bus o avión, sin no llegas a tiempo. Habrá eventos en los que no se te va a permitir la entrada, una vez comenzado el espectáculo. Igual ocurrirá ante una prueba de examen, en la que el profesor no autorizará nuestra entrada, una vez repartidas o dictadas las preguntas o los ejercicios a desarrollar. Acudir tarde a una entrevista de trabajo supone ya un factor (negativo) a considerar, por parte de quien nos ha estado esperando para iniciar el diálogo correspondiente. Piénsese en los maestros integrante de una orquesta. También en este contexto soportamos una falta grave de “puntualidad” cuando los sonidos de algún instrumento “entran tarde” sin acomodarse a la sincronía debida con el resto de los  elementos orquestales. La llegada tardía de un órgano corporal puede ser letalmente definitiva para ese trasplante que intenta salvar la vida del receptor.

Como también le ocurre a tantos hombres y mujeres en nuestro Planeta, Virginia Laria Niebla no había tenido la suerte u oportunidad necesaria para conocer a esa persona, con la que los seres humanos sueñan y desean compartir, con diverso resultado posterior, el resto de su vida adulta. A sus 46 años de edad, podía presumir de poseer una acomodada estabilidad profesional (era presidenta titular del juzgado número cinco en la capital de Segovia). Había sido una alumna aventajada en los estudios de Derecho realizados en la Universidad Central de Madrid, conformando un brillante expediente académico que, lógicamente, enorgulleció a sus padres, un capitán del cuerpo de infantería, don Helenio, actualmente ya en situación de reserva y de su madre, doña Flora, maestra nacional de profesión, actualmente también jubilada. El matrimonio sólo pudo traer a la vida a ese único descendiente que tantas alegrías les fue proporcionando, tanto por su cariñoso carácter filial de la joven, como por su rendimiento en los estudios y posteriormente en el desempeño de su difícil función profesional como jueza en los tribunales de justicia.

Su permanente y “obsesiva” dedicación al estudio en la carrera jurídica y a las difíciles oposiciones a las que se vio obligada a concurrir, en virtud de su intensa vocación profesional, le apartaron de una vida relacional más al uso, durante esas edades donde se viven y cultivan las amistades que van jalonando las diversas etapas de nuestra evolución. No es que se propusiera desarrollar un aislamiento social programado en seno de su agenda diaria, sino que un exagerado compromiso con sus obligaciones de estudio y preparación le ocasionaron un cierto aislamiento personal con respecto a otros incentivos perfectamente compatibles con su esfuerzo y dedicación cotidiana al mundo de la ley. Ese comportamiento “monotemático” por parte de su única hija era percibido con preocupación por sus padres pero, a pesar de esa razonable inquietud ante el paso de los años que no vuelven, privaba en ellos el comprensible pero discutido egoísmo por tener una hija juez en los tribunales de justicia. Se repetían a sí mismos, en un íntimo auto-convencimiento interesado: “Ya llegará el tiempo y la oportunidad para que Virgi encuentre a esa media naranja con la que formar un hogar, en el que Dios ponga unos nietos que nos colmen de alegría, tal y como debe ser”.

A Virginia, tan centrada como estaba en su compleja labor profesional, parecía no preocuparle el hecho de ir cumpliendo páginas en el calendario personal sin modificar ese ritmo vital por el que marchaba su ordenada existencia. Trabajo exhaustivo de lunes a viernes, con una labor jurídica que llenaba muchas de las horas del día, para que a la llegada del fin de semana pudiera “cultivar” esa gran pasión que le acompañaba desde los ya lejanos tiempos de la adolescencia: los largos paseos por la naturaleza. Dedicaba a ello especialmente los domingos, hiciera buen tiempo o la meteorología fuese algo menos amable para caminar entre colinas, planicies o valles. Para esta saludable actividad había encontrado una eficaz compañera, que también amaba las marchas y paseos senderistas. Esta buena amiga (gran experta en ese tipo de deporte) era Claudia Lorigia, funcionaria de la administración del Estado, con veinticinco años de edad en la actualidad. Su compañera de marcha venía acompañada, en algunas ocasiones, por su pareja afectiva Mauricio, aunque este auxiliar de enfermería no siempre tenía libre esos días en los que terminaba la semana, pues tenía que cumplir horas de guardia en el Gran Hospital de Segovia.

En más de alguna ocasión la muy cualificada jueza estuvo sopesando la posibilidad de buscar una independencia de hábitat. Siempre había convivido con sus padres, que se mostraban felices al tener a su única descendiente junto a ellos. Aunque esta proximidad parental había provocado inevitablemente roces y discusiones en algunos momentos, Helenio y Flora trataban de evitar que esas ocasionales diferencias fuesen a mayores, pues en modo alguno querían provocar un estado de incomodidad en su hija, situación que pudiera derivar en el alejamiento físico de quien era su feliz proyección genética. Ambos cónyuges habían ya sobrepasado ampliamente su sexta década vital y valoraban como un tesoro para su seguridad y sosiego esa proximidad física y familiar que tanto bien podía reportarles.

Un hecho inesperado vino a modificar la rutinaria estabilidad personal que florecía de continuo en la muy ordenada vida de Virginia. Tenía por costumbre, antes de conciliar el sueño cada noche, dedicar unos minutos a la lectura, bien cobijada entre los almohadones de su dormitorio. Aquél martes de abril había sido especialmente intenso en la actividad procesal de su judicatura. Por este motivo eligió para entretenerse la revista semanal que compraba su madre, en lugar de alguna de las obras literarias que solía tener encima de la mesita de noche. Fue recorriendo con los ojos somnolientos las hojas de esa “prensa del corazón” que ayuda a pasar el tiempo y a la vez aturde por la banalidad mayoritaria de sus contenidos. Sin embargo se detuvo en un reportaje que el periodista dedicaba a una popular estrella del cine español. La “escultural” actriz narraba su experiencia viajera en un crucero por las románticas islas Cícladas del mar Egeo en el Mediterráneo, vacaciones con las que deseaba superar un reciente conflicto afectivo muy al uso en ese sector de la jet society. Se sintió profundamente motivada con el contenido del artículo, recreándose en la espectacularidad de unas fotos que mostraban la belleza inigualable de un maravilloso entorno natural.

En un “hueco” de su trabajo, durante la tarde del día siguiente, acudió a una agencia de viajes que tenía dos calles más abajo de su domicilio. En el establecimiento turístico le ofrecieron una completa información acerca de varias posibilidades para visitar la insularidad griega. Optó por un sugestivo crucero de 8 días 7 noches, eligiendo la fecha de la primera semana de julio, mes en el que podría hacer uso de sus vacaciones anuales. Se sentía muy ilusionada ante el denso programa a desarrollar por el tour viajero, programado y realizado en un prestigioso navío de la Royal Caribbean. Era tal el incentivo emocional que sentía que los dos meses que había que esperar para el inicio del viaje pasaron para ella con una especial presteza. Tuvo el gesto generoso de sugerirles a sus padres que la acompañaran, pero éstos (con un calculado y responsable criterio) declinaron el ofrecimiento. Entendían que su casi siempre abrumada hija necesitaba disfrutar sola esos gratos días y sobre todo entablar nuevas amistades que le harían bastante bien.

El crucero por las paradisiacas islas del Egeo transcurrió con la normalidad prevista en los proyectos bien programados. Visitas explicativas, actividades de animación y deporte, servicios en el navío de alto nivel, tiempo suficiente para los paseos y las compras de regalos y otros caprichos de los siempre bien atendidos pasajeros, una restauración a la que había que poner el tope de la sensatez para no volver del viaje con varios kilos de más en el cuerpo etc. Todo ello confortaba mucho a la “rejuvenecida” jueza, que se sentía como una chica adolescente estrenando sus nuevos zapatos.



En la quinta noche, cuando habían abandonado el interesante recorrido por la isla de Naxos, Virginia se sintió algo indispuesta. Probablemente había tomado una cena algo copiosa para lo que en ella era habitual (era difícil sustraerse a los incentivos de un muy cualificado buffet) por lo que a eso de las once de la noche se dirigió a una de las cafeterías que había en la cubierta del buque. Solicitó una infusión relajante que le pudiera aliviar de su incómoda pesadez estomacal.  La grata temperatura ambiental que el estrellado cielo helénico concedía, sobre las tranquilas aguas del mar Egeo, animaba a permanecer muchos minutos en la cubierta para soñar en silencio con el suave y delicado vaivén del poderoso navío. No había muchos pasajeros en la cafetería Nalia aquella noche, ya que el día había sido densamente ajetreado con las visitas y desplazamientos contenidos en la programación, lo que invitaba a descansar para el siguiente día. Mientras tomaba su infusión de menta poleo percibió que una joven, en la que apenas había reparado hasta el momento, le estaba mirando con fijeza, aunque trataba educadamente de disimular su interés. Pero en un determinado momento la chica se levantó de su cómodo asiento y se dirigió hacia su mesa, mostrando una serena sonrisa.

“Hola, buenas noches disculpa que te moleste. Tenemos un tiempo estupendo para gozar esta noche. ¿Te importa que me siente junto a ti? Es que no me agrada tomar el café sola, sin compartir las palabras con alguna persona. He visto que viajas sola, como a mi también me ocurre. Como consecuencia a veces tienes la necesidad de comunicar y no encuentras al interlocutor adecuado para ello. Hemos coincidido en algunas de las visitas y actividades, pero entiendo que somos un grupo numeroso de viajeros y apenas nos damos cuenta de los otros pasajeros que comparten la misma actividad…”

Un tanto divertida, Virginia le hizo una amable señal a la joven para que tomara asiento en su mesa. Las dos mujeres comenzaron a dialogar sobre temas más o menos intrascendentes. Si en principio parecía que la inesperada conversación iba a durar unos pocos minutos, la agradable charla, mezclada con silencios y fijeza en las miradas, se prolongó hasta más allá de la 1.30 de la madrugada. La intrigada jueza se dio cuenta desde el primer instante que su interlocutora deseaba “jugar” a los misterios, ocultando en lo posible aquellos detalles personales que más la podían identificar. Solo “logró” averiguar que la chica tenía por nombre Claudine y  aunque francesa de origen, dominaba a la perfección la comprensión y expresión del castellano. Durante esa noche y en los cuatro últimos días de viaje, ambas viajeras apenas se separaron. Se las veía juntas y alegres, tanto en el desarrollo actividades comunes, como en la sensual intimidad con la que ambas indudablemente gozaban,  practicando hasta el cansancio ese lúdico e infantil juego de los profundos silencios y las intensas miradas, mezclando gestos de profunda afectividad. Una y otra mujer mostraban su recíproca y ansiada atracción, practicando esa divertida y enigmática relación de vivir con intensidad los momentos del presente,  postergando hasta lo innecesario cualquier otro conocimiento que profundizara en sus respectivos pasados o en ese mañana que ahora simplemente era superfluo o incluso estorbaba.

Por primera vez, después de tantas vivencias protagonizadas en su ejemplar y “metódica” existencia, Virginia se sentía plenamente feliz. Con esas inesperadas vivencias, parecía que flotaba en una nube que sobrevolaba el mar de las ansiedades y los deseos. Compartía los minutos y los segundos con una joven, probablemente dos décadas menor que ella, gozando de esos latidos misteriosos que son incapaces de ser medidos por cualquier artilugio mecánico, sólo comprendidos y justificados por esas cripticas necesidades insertas en el corazón y en los sentimientos insaciados.


Y llegó el hostil día de la vuelta a los orígenes. La noche de la despedida fue dulce en la ternura y triste en la permanencia del tiempo. Habían disfrutado juntas cuatro días, desde que descubrieron su perentoria y gozosa necesidad y no se habían ocupado en buscar otras causas o porqués. Al fin Claudine intentó poner un poco de orden, con inusitada firmeza, en el siempre estructurado y racional comportamiento de Virginia, ahora sumida en la rebeldía ácrata de la despertada sensualidad.

“Ahora tampoco es el momento de las respuestas ni de las preguntas, mi querida “Virgi”. Aunque estas palabras tendrían que venir de tu racional inteligencia, soy yo la que debo decirte que debemos dejar pasar un tiempo para la prudencia. Con este período de separación comprobaremos si ese nuestro torrente impetuoso aun sigue trayendo agua en su caudal. Y si recuperará de nuevo el viejo cauce para unos sentimientos ocultos pero felizmente despertados en nuestra enriquecida sensualidad. Como carecemos prácticamente de datos al respecto, no hay peligro de incumplir nuestra separación. Pero te propongo que fijemos un lugar, un día y una hora, a fin de comprobar si ese torrente afectivo desecha definitivamente el viejo cauce y busca la aventura de un nuevo camino para la vida. ¿Por qué no París, en la entrada principal de la torre Eiffel? Un quince de septiembre, a las cinco de la tarde. Si estás allí, yo pondré luz a todas tus dudas. Entonces veré si estos dos meses exactos de separación no te han hecho volver a tu antiguo y árido cauce. Si compruebo tu valentía presencial, juntas reiniciaremos para siempre el camino y la vida”.

Para Virginia esos dos meses de espera para el reencuentro estuvieron teñidos de tristeza e ilusionada esperanza. Sus padres y los compañeros de judicatura percibieron en ella un nuevo talante y comportamiento, como algo más relajado con respecto al ritmo estresado y aritmético que era habitual en su profesionalidad. Durante ese período de dolorosa  separación no tuvo, con la extraña y atractiva Claudine, el menor contacto epistolar, informático o telefónico. Pero al fin llegó ese mes renovador de Septiembre, en la antesala otoñal de la anualidad.

Siempre puntual en el cumplimiento de sus compromisos, en este ocasión quiso el travieso azar que una revisión aérea retrasara la llegada de su vuelo Air Europa, Madrid-París, dos horas y media con respecto al horario programado. El reloj de Notre Dame marcaba ya las 19:40, cuando Virginia accedió a la entrada de la emblemática Torre Eiffel. Esperó y esperó, pero inútilmente, la visión ansiada de su deseo. A eso de las 22 horas, otro taxi la condujo de nuevo a su hotel. Durante el siguiente día volvió al punto frustrado de reencuentro, pero Claudine no apareció. Nunca más ha vuelto a tener información de aquella extraña y atractiva joven, que en unos afortunados días de crucero supo despertar en ella sus aletargados e insospechados sentimientos. En la actualidad continúa desarrollando su austera y estricta función judicial, tratando inútilmente de olvidar esa luz, llena de encanto y misterio, que apareció en su vida durante unas vacaciones navegando por las serenas aguas del Egeo. El interrogante de esos minutos perdidos en su cita, permanecerá con firmeza entre sus dudas, sentimientos y recuerdos-



VIRGINIA Y AQUELLOS MINUTOS IMPORTANTES 
PARA SU DESTINO



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
24 ENERO 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           


viernes, 17 de enero de 2020

JUEGOS DEL AYER, COMO ALIMENTO DINAMIZADOR DE LA IMAGINACIÓN.

Entre los numerosos y positivos objetivos a conseguir, en el proceso educativo diseñado para la formación de los niños, los adolescentes y los estudiante universitarios, se encuentra uno que es especialmente valorado por todos los agentes implicados en tan encomiable, trascendente y enriquecedora acción social. Dicho objetivo no es otro que la integración personal de habilidades y destrezas, que puedan ser utilizadas por los escolares en su diaria o futura vida relacional. Entre todas esas ricas capacidades, es preciso destacar y priorizar el desarrollo de la potencialidad imaginativa y el valor de la creatividad, tanto en los juegos para el ocio, como en la futura actividad profesional que más o menos libremente hayan elegido sus protagonistas. 

Creatividad e imaginación son dos excelsos valores que la inmensa mayoría de los ciudadanos anhelaría disponer y bien aplicar en sus heterogéneas y personales vivencias. De manera infortunada, no todos los humanos poseemos niveles avanzados de esas dos muy cualificadas capacidades, principalmente porque la naturaleza es harto caprichosa en repartirlas entre los hombres y las mujeres que pueblan nuestro planeta. Sin embargo, por más que en nuestras estructuras genéticas exista un mayor o menor nivel de tan apreciados valores, también es cierto que estas capacidades pueden mejorarse, adiestrarse o potenciarse, con un innegociable esfuerzo y una tenaz constancia individual. Y todo ello sin contar con el entorno social donde el destino nos ha ubicado.

Dicho entorno “motivador” está constituido por nuestras familias, amigos, compañeros y vecinos. También por la influencia mediática que recibimos en el día a día, a través del cine, la televisión, la radio y la prensa escrita. Tampoco habría que olvidar o minusvalorar (sino todo lo contrario) la acción persuasiva, más o menos activa o subliminal, de los diversos grupos de presión ideológicos (los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones empresariales, el poder de la banca y para las conciencias el efecto misionero de las sociedades religiosas). Final y principalmente, en los tiempos que nos ha tocado vivir, destacar ese tecnológico ente revolucionario, a modo de nueva y moderna “divinidad”, como es la electrónica digital, nucleada en el santuario, onírico pero real, que rige los destinos del mundo: el Olimpo on line de Internet. Todos estos heterogéneos y poderosos núcleos formativos van modelando y cambiando, qué duda cabe, nuestra individualidad, nuestra mentalidad y las respuestas (también en creatividad y valores imaginativos) que ofrecemos en el entorno social en que estamos insertos. 

Si echamos la mirada hacia atrás en la memoria, recordando ese tiempo en la distancia que ya no volverá a nuestras vidas, caemos en la cuenta de que aquellos niños que hoy peinan canas sabían trabajar “mejor”, de una manera sencilla y fácil, esa imaginación que fomenta la creatividad más admirable. Resulta curioso y significativo que fuesen las carencias y la falta de medios lo que precisamente estimulaba la capacidad imaginativa en los niños de los años 40, 50 y 60 de la anterior centuria. En aquellas ya muy lejanas décadas, la mayoría de las familias no tenían televisión en casa. Por supuesto, tampoco ordenador personal o periféricos digitales, para el trabajo, el divertimento o cualquier tipo de gestión. En Málaga, los primeros y míticos aparatos de televisión en blanco y negro apenas llegaron, como “unidades contadas” a comienzos de los 60. Eran pesados y voluminosos monitores que sólo algunas familias pudientes y establecimientos de restauración, como bares y cafeterías, se animaron a comprar. En los domicilios actuales, los niños y sus familias pueden contabilizar más de un aparato de televisión, tanto en el salón de estar como en dormitorios e incluso cocinas. De igual forma tuvo que transcurrir un par de décadas, para que los hogares familiares en nuestra ciudad pudiesen acceder a una segunda cadena, vinculada a la única televisión que entonces funcionaba. Hoy en día, la mayoría de los monitores pueden sintonizar centenares de canales, empresas mediáticas pertenecientes a los países más insospechados.

En cuanto a la revolución digital, hubo que esperar más tiempo. Los primeros ordenadores personales no se difundieron hasta la década de los ochenta. La transformación de la comunicación con los distintos niveles de telefonía, la diversidad de los periféricos y, por supuesto, Internet, es un fenómeno de finales de siglo, cambios que tuvieron como característica más destacada la progresiva rapidez en las operaciones informáticas y las percepción, cada vez más cierta, de su asombrosa infinitud y versatilidad.

En las décadas centrales del siglo, los niños carecíamos de juguetes electrónicos. Su “energía” provenía de las vueltas que había que darle a la llave que muchos de esos mecanismos lúdicos traían. La famosa “cuerda” cuya potencialidad temporal duraba sólo un tiempo limitado: difícilmente superaba el minuto. Lo normal es que el juguete funcionara, con autonomía, sólo unos pocos segundos. La capacidad económica de la mayoría de las familias no les permitía dedicar grandes sumas de dinero para la compra de juguetes. Sólo se hacía ese esfuerzo en fechas determinadas, como la fiesta de Reyes, los cumpleaños y los santos. El regalo para el día de Navidad fue una costumbre algo posterior. Sin embargo, aquellos niños y niñas de los cincuenta y los sesenta, sin los medios actuales (cada vez más, en el reino de la sofisticación) sabían agudizar su infantil imaginación y convertían cualquier objeto. Inservible o desechado, en un nuevo y sorprendente universo lúdico, que ellos creaban con admirable y sagaz creatividad.

No me estoy refiriendo a juguetes “consolidados”. Recordamos con nostalgia el trompo de madera, con más o menos colores, que giraba con la ayuda de una modesta cuerda; aquellos “fuertes” con empalizadas de madera, donde intervenían los indios y los soldados con sus espectaculares batallas; los tirachinas y los canutos de caña, para mil y una travesuras; los juegos reunidos Jeyper o el “maravilloso” Cinenic, con sus películas dibujadas en papel continuo encerado; la tecnología sumamente instructiva del Mecano, en la que las maderas habían sido sustituidas por piezas pintadas de metal, taladradas para su mayor operatividad. Y así un largo etc. Aunque a estos juguetes se les podía aplicar la imaginación a raudales, había otros cuya materia prima tenía un origen bien distinto y desde luego mucho más barato, en función de la escasa disponibilidad económica de muchas familias humildes. Veamos algunos simpáticos ejemplos anclados en nuestro recuerdo.

Una pequeña chapa de latón, de las que se utilizan para cerrar los botellines de cerveza u otras bebidas, se transformaba por arte de “magia” en las mentes infantiles de otras épocas en un muy utilizado “balón de reglamento” para jugar al fútbol con los amigos del barrio. Además de las chapas, podían adaptarse otros elementos para el mismo fin, tales como un pequeño trozo de madera, restos de ladrillo o una simple piedra que no tuviese mucho volumen a fin de facilitar su desplazamiento a través del suelo. Nuestro preciado balón no era de piel de badana o de goma, salvo en circunstancias muy concretas, sino un modesto trocito de lata, recogido en el suelo de bares y cafeterías. Había que correr, driblar y tirar con potencia a la portería contraria para conseguir marcar ese gol que a todos nos alegraba. El cancerbero que guardaba dicha portería deportiva estaba en realidad delante de la puerta de una vivienda (para enfado y enojo de sus inquilinos) o un local comercial. En realidad todo consistía en disfrutar con el juego, aplicando la imaginación a los precarios “recursos disponibles”.

También provocaban una muy saludable distracción aquellas hojas de recortables, en las que estaban dibujadas diversos trajes o prendas de vestir, con sus colores, formas y complementos o abalorios. Todo ello se convertía en una rico vestuario de papel, con el que vestir a las figuras base, fuesen masculinas o femeninas, que podían cambiar su atuendo en función de diversas circunstancias o actividades: ir a la playa, participar en un deporte, trabajar en la oficina o asistir a una fiesta o cualquier otro tipo de celebración.  Muchas niñas y niños dibujaban sus propias figuras en las hojas de las libretas o calcaban las originales para, después de recortarlas,  tener más materiales con los que jugar en sus amplios ratos de ocio. Así esa figura de hombre o mujer podía convertirse en soldado, médico, deportista, policía, bombero o enfermera. Todo era cuestión de aplicar paciencia y creatividad a los dibujos y sus colores,  sin descuidar la habilidad en el manejo de la tijera.

Cuando los Reyes Magos o las familias no podían facilitar un determinado juguete, la imaginación podía sustituir tal carencia. Por ejemplo, no se tenía un tren eléctrico o de cuerda en casa. Entonces juntarse  una serie de cajitas de cerillas vacías, enlazadas por un pequeño cordel, que en el juego desempeñarían la función de los vagones en un tren. Los viajeros que se montaban y sentaban en tan peculiares aposentos podían simularse con pequeñas piedras de la playa o unidades de cereales o leguminosas que las madres facilitaban, fueran granos de cebada, arroz, garbanzos o simples lentejas. Obviamente un parque de automóviles podía simularse de la misma forma, en incluso colorear esas cajitas con diferentes colores de las acuarelas o usando los muy conocidos lápices Alpino.

Los pequeños solían tener su propio cofre de los tesoros, preciado “patrimonio” que guardaban y revisaban con todo el cuidado y esmero del mundo. En el interior de esa caja de zapatos o envase de algún utensilio comprado para la casa podían encontrarse los objetos más insólitos, materiales que en la imaginación infantil adquirían un extraordinario valor sentimental o “económico” por su posibilidad de intercambio con objetos de pertenecientes a los amigos de la vecindad o del barrio. Estos “tesoros” se habían conseguido a través de mil y una aventuras, oportunidades, intercambios, regalos u otras divertidas o “peligrosas” experiencias. El contenido del valioso cofre era en sumo heterogéneo: las cuentas sueltas de un viejo collar; ese mágico imán que atraía o se pegaba a las piezas de metal; corales y otras cromáticas piedras recogidas en la arena de la playa; las muy valoradas estampas de futbolistas y artistas famosos; botones de color y forma variada; restos de juguetes rotos; frascos vacíos de algún perfume familiar; pelotas de tenis encontradas en los aledaños de algún centro deportivo; etiquetas de algún producto, cuya acumulación daría opción a un determinado regalo…

Las cáscaras de las nueces o almendras se convertían en pequeñas embarcaciones que navegaban por ese mar en calma que era el lavabo, la bañera, una palangana o un cubo de plástico, elementos que llenos de agua permitían transportar viajeros o entablar batallas náuticas en los “océanos embravecidos” por unas manos oportunas que agitaban el agua, provocando impetuosos oleajes. Cuando no estaba presente el vecino o amigo oportuno, el niño o niña de la casa ejercía los roles de los “buenos” (que ganaban las batallas) y de los “malos” (que, obviamente, sufrían una dolorosa pero justa derrota).

Fanio y Solio (Epifanio y Salomón) son dos buenos amigos residentes en barrio popular, caminando ambos hacia los 11 años de vida. Son hijos únicos de dos humildes y desestructuradas  familias. La madre de Fanio, Lala, “echa horas” en la limpieza de portales y escaleras de casas particulares y en algunos comercios del barrio donde reside, mientras la de Solio, Beli se gana la vida haciendo tortas de aceite, exquisito producto que reparte en cafeterías, tiendas de ultramarinos y en la confitería del Sr. Tomás. Esta joven mujer, madre soltera, adquirió esta suculenta destreza gracias a las enseñanzas recibidas de un tío carnal, que trabajo muchos años en un obrador de confitería.

Es verano, a comienzos de los años sesenta. Los dos compañeros de escuela tienen muchas horas libres para disfrutar de los juegos. Sentados en un poyete de la corrala en la que vive Fanio, éste comenta a su amigo ¿A qué podríamos jugar esta tarde? Solio, pensativo, le responde “¿Qué te parece si nos hacemos una patineta con ruedas de cojinete, como la que tiene el Rafa? Su padre es carpintero, pero yo tengo claro cómo se construye barato esta locomoción. Nos vamos a distraer y pasear una enormidad, “chorrándonos” por la cuesta del San Andrés, esa que da a la plazuela y por la que no pasan carros ni coches”.

Acudieron, sin dejar pasar más tiempo, a la carpintería de don Anselmo, a quien pidieron si tenía un trozo de tablón cuadrado o rectangular, que no le sirviera. El veterano artesano de la madera, hombre de buen corazón, les respondió: “¡Vaya con los pillines! Bueno, estoy arreglando un viejo armario, sustituyendo una de las puertas que han roto en una pelea familiar de los Frascuelos. Del tablón que voy a sustituir puedo cortaros un trozo, de 60 x 40) a cambio de que me echéis una ayuda. Tengo que llevar en el motocarro estas seis sillas, que  he arreglado para el Casino de los señores. Mientras yo las entrego uno de vosotros se queda en el motocarro vigilando, y el otro me ayuda a ir subiendo las sillas a una primera planta que carece de ascensor. Y yo tengo muchos años y muchos kilos de peso”.

Así lo hicieron. Ayudaron con formalidad al carpintero y éste , en agradecimiento se prestó a a cortarles ese trozo de madera que necesitaban para su “vehículo”. Incluso se lo lijó y pulimentó en sus cuatro bordes, a fin de evitar que pudieran hacerse daño con un inadecuado manejo de la tabla.

Posteriormente se dirigieron a la ferretería de don Mariano, para ver cuánto costaban cuatro ruedas metálicas con cojinetes. El precio de “tres reales” por rueda, más los tornillos, era inasumible para su pobre capital. Entonces idearon aplicar otra hábil estrategia, a fin de conseguir los fondos necesarios para la compra de la imprescindible rodadura. Dedicaron el resto de la tarde a recorrer una serie de comercios, despachos y consultas médicas. Casi siempre, con el protagonismo de Solio, pedían si les podían entregar periódicos ya revistas ya pasados de fecha, material que iban echando a un  saco que habían encontrado perdido en el mercado de abastos. También recabaron, al siguiente día, restos de pan duro, en cafeterías y restaurantes. El objetivo de esta acumulación de materiales era poder venderlos posteriormente en la carbonería de Plácido y sacar unos fondos con que sufragar las compras que tenían en mente. El kilo de periódicos se pagaba a 0,75 céntimos, mientras que por el kilo de pan daban “dos reales”. Después de dos días, entregados al trabajo, pudieron obtener dos pesetas con ochenta y cinco céntimos. Las protestas de ambas madres sonaron fuertes, viendo como sus hijos acumulaban papeles viejos y bolsas de pan duro en sus cuartos, para sacar un dinerillo que necesitaban para la patineta de juegos. “Y no me pidas nada, hijo mío, pues tengo que hacer milagros para que no nos falte la comida de cada día. Para jugar hay otras formas que resultan más baratas”.

Finalmente, después de tres días de trabajo, don Mariano les vendió el tren de rodadura, con los tornillos y tuercas necesarios, elementos que Don Anselmo se prestó a atornillarles en ese tablón que bien les había preparado en su carpintería, pues incluso le dio una pequeña capa de barniz.

La satisfacción de los dos chicos, Fanio y Solio, era inmensa. Con esfuerzo, imaginación y paciencia podían compartir un divertido y hermoso juguete, muy popular en el uso callejero para los niños de la época. El deslizamiento en cuesta, desde el alto de San Andrés, les dio algún que otro sustos al principio de usar el tablón de rodadura. Además de los “cardenales” y el algodón con mercurocromo, se podía soportar con buen talante los previsibles castigos de Lala y Beli,  por haber puesto en riesgo sus cuerpos a pesar de las advertencias recibidas. Una vez que tomaron destreza en el funcionamiento de su “vehículo” disfrutaron de tardes y mañanas deliciosas, en aquel inolvidable verano de los sesenta. 

Así eran los juegos y la fértil imaginación de los niños en otras épocas, ya distanciadas, en las que la creatividad no era digital ni televisiva. La fuerza inmensa de una mente inmaculada por la edad, generaba réditos lúdicos para muchos niños callejeros, con escasos medios pero con una gran alegría para distraerse, jugar y vivir.-



JUEGOS DEL AYER, COMO ELEMENTO DINAMIZADOR DE LA IMAGINACIÓN

José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
17 ENERO 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es