viernes, 15 de febrero de 2019

COMUNICACIÓN Y EQUÍVOCOS, EN EL DÍA DE SAN VALENTÍN.

El cansino ritual de las conmemoraciones, fiestas y otras celebraciones del calendario, continúa con su puntual andadura temporal, año tras año, mes tras mes, en las semanas y los días. Y ello sucede sin que los cambios que la vida nos presenta interrumpa su cíclica y “aparentemente” renovada llegada a todas esas agendas, personales y mercantiles, de nuestros hábitos y costumbres consolidadas.

En este mes de febrero, en una anualidad cuyos dígitos suman el número 12, destaca, entre otros eventos festivos, el gesto amable y cariñoso del jueves 14, con la efemérides del día o fiesta de San Valentín, “patrón de los enamorados”. Es de sentido común: a lo largo de todo un año, hay abundantes motivos y oportunidades para expresar ese cariño y la amabilidad entre las personas, con el intercambio o donación de un simbólico, testimonial, modesto u oneroso presente. Sin embargo, esta fecha del catorce de febrero representa un “algo más” en ese gesto, detalle o atención, que se tiene con la persona amada. Más que el regalo en sí, ya sea una flor, un libro o una joya, lo que verdaderamente importa en la conmemoración del 14 F. es el grato recuerdo, el agradecimiento, la valoración personal, las dulces palabras, las sonrisas, el cariño y las cálidas miradas, que son intercambiadas entre una pareja de novios, unos cónyuges o esos amigos íntimos. Todo estos valores, por encima de las expectativas y markéting de ventas que tengan los grandes almacenes o esa humilde tienda de barrio, regentada por una entrañable persona conocida desde “toda la vida”. Parece que estamos de acuerdo en que cualquier fecha del año puede ser importante para la proximidad afectiva entre las personas, sea cual sea el vínculo o motivación que las relacione. Pero en el día 14, festividad de San Valentín, la oportunidad para esa manifestación cariñosa es más significativa y apreciada, dentro de un mes que es por naturaleza de meteorología difícil y complicada, para esa templanza corporal y sentimental que todos necesitamos y agradecemos.

Paralelamente a esta introducción reflexiva, hay un importante aspecto que, progresiva y erróneamente, va germinando en muchos matrimonios, en las parejas, en los familiares y también en los amigos y convecinos. SE trata de un olvido que perjudica el entendimiento, la proximidad, la complicidad, la amistad y por supuesto el afecto. Ese elemento que aletarga, que “evapora” sibilinamente y que enfría y enrarece los sentimientos, provocando opacidad afectiva, no es otro que el de la falta o carencia de comunicación interpersonal. ¿A qué puede ser debido esta grave realidad? Tal vez a una consecuencia de la vida acelerada, superficial, vaciada de sosegados y fructíferos valores que, de manera inconsciente o con la soberbia de los egos, va penetrando y destruyendo tantas buenas armonías, tantos viejos vínculos, tantas afectivas complicidades. Como consecuencia de todo ello el supuesto cariño se va degradando y “palideciendo, horadando los pilares sentimentales y la fuerza incontestable del amor. Veamos una curiosa y divertida historia, ambientada en este festivo contexto.

Los propietarios del 3ª B y del 4º A tienen una positiva y amistosa relación vecinal. En todos los bloques de viviendas, hay convecinos que se llevan mejor o peor, otros que básicamente cruzan los saludos del “buenos días” o el “buenas tardes” y también aquellos que, a pesar de llevar conviviendo largos años, no han logrado aprenderse el nombre completo de la vecina del 2º A o del inquilino del 7 C. Sin embargo entre esos dos vecinos separados por sólo una planta de escaleras o ascensor, las relaciones son muy cordiales y centradas en esos diálogos insustanciales, en esa ayuda para el tomate o la hierbabuena “que se me ha acabado” e incluso en ese trozo de pastel que he cocinado y que te traigo “para que lo pruebes”.

Cierta tarde de Febrero, serían las ocho y pico en el reloj, cuando Lobato Cabrales, 48 años, estaba solo en su domicilio viendo un partido por televisión, sonó el timbre de su casa, la 4º A del bloque. Tras abrir la puerta, se encontró y saludó al vecino del 3º B, Telesforo Utrilla, 53 años, quien portaba una caja de cartón, de medio tamaño, entre sus fornidos brazos.

“Buenas tardes, Lobo. Vengo a pedirte un favor. Ya sabes que la semana que viene es el día de los Enamorados. Le he comprado a Remigia como regalo esta VAJILLA DE LOZA GRANADINA. Le quiero dar una sorpresa, pero es que ella (te lo he comentado a veces) se las arregla para controlar todos los rincones de la casa. Así que aquí estoy por si me la podías guardar en algún hueco que tengas y el día 14, cuando vuelva del trabajo, subo a por ella? Te lo agradezco mucho, hombre. Es que tenemos la costumbre, desde hace años, de regalarnos algo en esta fecha. Ya ves, he querido que sea una cosa útil para la casa, pues no me gusta regalar tonterías "romanticonas" o bobaliconas, de esas que no sirven para nada”.

Lobato se mostró solícito en atender el favor que le pedía su amigo y vecino de bloque. Tomó la pesada caja (parece que contenía 20 piezas) y le buscó hueco en uno de los altillos del armario de obra que estaba encastrado en el pasillo de los dormitorios. Como el partido de fútbol que estaba en pantalla era interesante, ambos vecinos se sentaron a verlo, junto a dos cervezas en sus manos que harían más grata la velada. Lo que ninguno de los dos conocía es que, un par de días antes, la propia Remigia había hecho lo mismo que su marido, con respecto a una lujosa caja de madera que había comprado, conteniendo tres caras botellas de vino tinto de Rioja, reserva del 2012. Pidió a su vecina Gonzala Blanquilla, esposa de Lobato, que le guardara el suculento y onerosoi presente que había comprado como regalo para entregar a su cónyuge en el día San Valentín. Telesforo era un gran bebedor y muy aficionado a todo lo que tuviera algo que ver con la práctica de la enología (ciencia, técnica y arte de producir vino). En este caso concreto, Gonzala guardó rápidamente la caja con las afamadas y costosas botellas, en un viejo armario que tenían dentro  de un pequeño trastero, que habían encargado construir en el hueco de su amplia plaza de garaje.

Fuese porque a ninguno de los dos se le ocurrió sacar el tema o porque realmente la comunicación entre ellos era cada día menor, tanto en cantidad como banal en calidad, los dos regalos guardados, por encargo de sus vecinos, eran desconocidos para Lobato y Gonzala respectivamente. Y esta carencia entre ellos, para compartir la cosas de cada día, iba a tener unas consecuencias especialmente jocosas, en la jornada del jueves 14 de febrero, santoral de San Valentín. Pero antes de comentar la embarazosa situación que acaeció en ese día, hay que narrar un hecho que sustenta el gracioso equívoco.

El sábado por la mañana, anterior a la festividad del Día de los Enamorados, Lobato bajó al garaje de su bloque dispuesto a lavar el coche, organizar el maletero y a reponer unas escobillas del parabrisas, ya que las anteriores estaban muy gastadas. Quiso el azar que abriera la puerta del pequeño armario, encontrándose para su sorpresa con esa espectacular y valiosa caja de vino tinto. Un tanto extrañado pensó, con algunas dudas, que sería cosa de Gonzala, quien habría guardado allí el preciado regalo. Su confusión procedía a causa de que su mujer y él no practicaban la costumbre de regalarse presente alguno por esa sentimental festividad. Le daba vueltas a la cabeza y … entonces cayó en la cuenta. El año en curso marcaba el veinticinco aniversario, de cuando él y Gonzala se habían unido en santo matrimonio. Dedujo que era un regalo que ella le había comprado, para dárselo en el inminente día 14 de febrero. Decidió no decirle nada del descubrimiento, para no “aguarle” la sorpresa. Al tiempo se propuso salir esa tarde y pasarse por el centro comercial, a fin de comprar algo para su mujer y entregárselo el mismo día de San Valentín.

Pero el carácter de Lobato era en sumo impulsivo. No pudo o supo reprimirse, por lo que antes de seguir con la limpieza del vehículo, ni corto ni perezoso abrió una de las lujosas botellas, y se tomó un buen “lingotazo” de su preciado y embriagador contenido. Se dijo: “total, es un regalo para mí, porque a Gonzala nunca le ha gustado beber alcohol. Ella es una mujer de refrescos. Verdaderamente este vino está de gloria, es exquisito. Como dicen por la televisión, parece que es un milagro o “néctar” de los dioses”. Así que, entre ese sábado y el jueves de la festividad, fueron frecuentes los “paseos” que el “sediento” vecino del 4ºA realizó hasta su plaza de garaje, donde sosegaba su paladar sorbiendo el correspondiente vaso de tinto, la mejor medicina para el cansancio acumulado después de todo un día de duro trabajo, subido a los andamios de las obras. Lógicamente el nivel de la botella fue decreciendo, pues ya no era uno solo el paseo que realizaba al volver del trabajo, sino que buscaba algún motivo que otro para volver al garaje y “cumplimentar el animoso saludo” hacia la muy valorada y cada vez más vacía botella. El propio miércoles, no pudo superar el impuso irrefrenable de abrir una segunda, de las tres que contenía la “espectacular” caja de vinos. 

Las “casualidades” existen en nuestra existencia, aunque no pocas veces también nos tenemos  que esforzar en hallarlas o propiciarlas. El martes, previo a la festividad de san Valentín, Gonzala buscaba por todos los rincones de la casa un termo antiguo, que hacía tiempo no usaba. Precisamente era para prepararle café caliente a su marido, pues a éste lo habían destinado en el trabajo a un erial del extrarradio “perdido en medio de la nada”. Era una zona proyectada para su urbanización, pero que todavía carecía de viviendas, bares o restaurantes a un par de kilómetros a la redonda, en donde poder tomar un café al mediodía o después de comer el contenido que los albañiles habían llevado en sus fiambreras. Miraba por un sitio y otro de la casa y el termo no aparecía. Lo había usado poco, por lo que estaba segura de no haberlo tirado a la basura o regalado a persona alguna. Poco antes del almuerzo se subió a una silla, a fin de mirar en el altillo del armario del pasillo. Para su alegría allí estaba el dichoso termo, perdido detrás de un par de mantas nuevas que hacía unos meses le había regalado su nuera Eladia por su cumpleaños, compradas en una oferta por Internet. Sin embargo, en un lateral de ese armario observó la presencia de una caja de cartón, en cuyo exterior se leía “VAJILLA DE CERÁMICA, estilo granadino. 20 piezas”.

Empezó a darle vueltas a la presencia de esa vajilla nueva, cuya existencia le era totalmente desconocida. Pronto cayó en un estado de profundo sentimiento emocional.

“El pobre Lobato, aunque es muy “burro” para tantas cosas, sin embargo tiene un corazón de ángel. No me ha dicho nada, pero se ha acordado que en este año celebramos nuestras Bodas de Plata y el pobre ha querido darme una sorpresa. Seguro que tiene pensado hacerme este regalo pasado mañana, el día de los enamorados, cuando vuelva de trabajar. La verdad que no me explico este precioso detalle en una persona tan despistada y poco atenta como es Lobo. Pero en la cena de esa noche, cuando venga de la obra, la sorpresa se la voy a dar yo, poniéndole la comida en estos platos nuevos que piensa regalarme”.

¿Qué ocurrió el muy esperado jueves 14? A eso de las siete de la tarde, los vecinos del 3º B, Telesforo y Remigia subieron juntos el tramo de escalera, hasta la vivienda de sus convecinos del 4º A. Muy sonrientes, cuando llamaron al timbre de la puerta, venían a recuperar los regalos que habían entregado respectivamente a Lobato y a Gonzala, a fin de que se los guardasen hasta esa tarde, para no desvelar los “infantiles” secretos que ambos mantenían. En pocos minutos los semblantes de los cuatros amigos pasó de las sonrisas a una situación muy embarazosa. Cuando acompañaron a Gonzala al cuarto trastero, para recoger la caja de botellas, se encontraron con que dos de las mismas estaban completamente vacías. Los colores y el sofoco en el rostro de Lobato, que trataba confusamente de explicar lo sucedido, eran para dibujar una muy divertida imagen. Gonzala también se justificaba, un tanto presa de los nervios, de que algunos platos de la vajilla, que pensaba era un regalo de su Lobato, estaban puestos en la mesa para ser utilizados en la cena de esa noche. Telesforo y Remigia, no daban crédito a la jocosa escena: por efecto de una “divertido” confusión, sus respectivos regalos habían sido “entregados y utilizados por un erróneo destinatario”.

La relación entre estos vecinos no se ha deteriorado en demasía, después de estos desafortunados y traviesos hechos. Tras el burlesco sainete en la tarde noche del jueves, al día siguiente, tanto Lobato como Gonzala fueron presurosos a comprar una nueva caja de botellas y una vajilla de la cerámica granadina que después entregaron, con las excusas subsiguientes, a sus aún confundidos dueños. Telesforo y Remigia, con inteligencia y comprensión, trataron de quitar “hierro” a tan incómodo asunto. La causa última de todos estos errores y sofocos obedecía a esa falta de comunicación y franqueza de la que hoy día adolecen muchas parejas, al igual que sus amigos y familiares. Con un mínimo esfuerzo comunicativo (simplemente que el matrimonio Cabrales-Blanquilla hubiese realizado un pequeño comentario acerca del favor que sus vecinos les habían solicitado) se habrían evitado tan enojosos equívocos y ridículos.

Es bastante conocido el popular y tradicional dicho de que “hablando se entiende la gente”. Pero es que, de forma neciamente lamentable en muchas salas de estar, en los comedores de las viviendas, en las barras de los bares e incluso en los dormitorios para la intimidad, hemos creado, a tenor de la digitalización universal, la figura mecánica de los interlocutores electrónicos. ¿Es que se “dialoga” ahora más con el móvil, el tablet, el ordenador o con el monitor de televisión, que con la inmediatez de las personas físicas? Una vez más habría que hacer una llamada a la recuperación de la sensatez y la cordura, en el esfuerzo por humanizar nuestros actos, palabras y relaciones.-


COMUNICACIÓN Y EQUÍVOCOS, EN EL DÍA DE
SAN VALENTÍN

José L. Casado Toro  (viernes, 15 FEBRERO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga




viernes, 8 de febrero de 2019

EL HOMBRE QUE NO SABÍA SONREÍR.

Cuando nos relacionamos con las demás personas, observando de inmediato la expresión de su rostro, llegamos a una evidente y no agradable percepción: parece que hay seres humanos que aparentan estar siempre o casi permanentemente “enfadados”. Sea más o menos cierta o extremada esta consideración, la realidad es que a algunos de nuestros semejantes les cuesta “un mundo” regalarnos una mirada o expresión amable. No vamos a pedir que aquélla sea cariñosa, pero al menos que no nos inhiba o deprima con su austeridad y rigidez facial. No cabe duda alguna que todos agradeceríamos hallar ese trato amable, motivador y optimista, mímico y conceptual, en nuestros interlocutores. Sería aún más valiosa si esta motivadora actitud viniera acompañada de una muy grata sonrisa, gesto que, a no dudar, nos haría más felices y nos ayudaría a sentirnos bastante mejor. Pensemos en algunos significativos ejemplos, de entre los muchos que podrían aportarse a estas tan necesarias habilidades sociales.
 
Comentaremos en primer lugar el universal ámbito educativo. Se trate de alumnos que cursan la etapa de su formación primaria o aquellos otros que ya están recorriendo los caminos de la etapa secundaria, unos y otros carecen de toda culpa para tener que soportar a muy determinados profesionales docentes. Nos referimos a esos trabajadores de la enseñanza que llegan al aula, un día sí y el otro también, con el ceño fruncido, con la mímica facial puntualmente austera o inamistosa y aportando a sus miradas, a sus palabras y gestos, unas actitudes “amenazantes”, autoritarias y represivas que “alejan” y en modo alguno “aproximan”. Y, entre los asombrados, traviesos, temerosos o pacientes escolares, pronto circulan esos comentarios, expresados en voz baja, de “parece que el profe viene hoy disgustado” “algo le ha tenido que ocurrir ayer al maestro” “¿por qué este hombre parece que está siempre enfadado?” Obviamente, el maestro o profesor, por muchos motivos íntimos que esté soportando, penosa y absurdamente se equivoca al mostrar esa hosca e inamistosa actitud. Sobra matizar que se está utilizando el masculino genérico, en muchos de los párrafos de este artículo.

Pasemos ahora al profesional que ejerce la medicina. ¿Quién no ha tenido que soportar, en alguna ocasión, a esos doctores que además de dirigirse al paciente con una lamentable, altanera y soberbia arrogancia, ante la más mínima pregunta o sugerencia por parte del enfermo, se dirigen al mismo como regañándole o humillándole con sus doctas, ininteligibles o imperativas palabras? Estos comportamientos se traslucen no sólo en la seriedad y hosquedad de sus rostros, en lo inapropiado y desagradable de sus palabras, sino también (en este sector profesional) en cómo algunos escriben los textos de sus recetas, con una caligrafía casi indescifrable que incluso al farmacéutico le cuesta ímprobo trabajo entender. Y ¿qué pecado o culpa tiene el paciente, porque esos profesionales lleve más de tres horas atendiendo a los enfermos o que tengan problemas personales de índole familiar, administrativo o vocacional? Recuerdo una ocasión en que me hallaba en una consulta médica. Aquella tarde, el galeno correspondiente comenzó a dirigirse a mí de una manera y modales inapropiados, a modo de un padre gruñón que riñe a su niño desde lo alto de su “pedestal”. No me pude contener más y, mirando fijamente a los ojos encolerizados que tenía ante mi, le dije: ¿Por qué Vds. los médicos tienen que estar siempre regañando”. Probablemente mi rostro tampoco sería muy amistoso en ese momento. Puedo dar fe de que ese profesional de la bata blanca cambió afortunadamente sus modales crispados, a partir de mi enérgica actitud.

Y ¿qué podríamos comentar acerca de ese señor o señora que está detrás de la ventanilla o sentado en su mesa administrativa, encargado de gestionar asuntos bancarios, tributarios o facilitar y recibir impresos de cualquier otra naturaleza? No se debe dudar que esa persona, al ser contratada empresarialmente, o al ganar unas oposiciones funcionariales al efecto, asume unas obligaciones básicas, con respecto a la debida consideración que debe mostrar en la atención al cliente, que es también ciudadano con todos sus derechos. Sin embargo, no siempre encuentras esa amable predisposición en la persona que debe atender tu petición, consulta, solicitud o gestión. Aparte de la eficacia o diligencia que encuentres en tu interlocutor, lo que más agradeces es esa expresión y amable disponibilidad que, si llega el caso, puede contener incluso el valor de una sonrisa. Esa celebrada expresión resulta en sumo reconfortante para quien tiene que resolver un asunto que, por fácil que resulte, es para él complejo y difícil, dada su inexperiencia. Pasemos ya (es el momento idóneo) al desarrollo narrativo de una historia concreta.

Hilario Castañar de la Encina es uno de los cuatro comerciales que, en la actualidad, atienden a la constante clientela de un prestigioso y monumental concesionario de automóviles. Diplomado en Ciencias Empresariales, a sus 38 años de edad lleva ya una década continuada vinculado, desde diversos segmentos del organigrama laboral, a esta señera marca en el mercado de la automoción. Dado su responsable y eficaz expediente laboral, hace año y medio en que fue asignado al departamento de ventas, cumpliendo desde el primer momento las expectativas que sus superiores en él habían depositado. Su emolumentos salariales no son en demasía elevados aunque, como el resto de los compañeros que desempeñan su trabajo en ese segmento empresarial, posee unos variables incentivos económicos, en función de las unidades que hayan logrado vender en este muy competitivo y difícil mercado de la movilidad personal y el traslado de mercancías. Está casado con Idaia, licenciada en Ciencias Químicas y con excedencia en un laboratorio municipal de consumo, completando la unidad familiar la hija de ambos, de tan sólo tres años de edad, llamada Estrella del Mar.

Aquella tarde de Marzo, minutos antes de las 19 horas, Hilario recibió una comunicación de la secretaria de Felices Brañán, director del departamento de ventas. Normalmente este alto ejecutivo se relaciona con sus empleados con emails informáticos, salvo en las periódicas reuniones de equipo, a fin de planificar y corregir la política de dinamización comercial. Pero en esta ocasión, este superior jerárquico necesitaba mantener una entrevista personal y de carácter urgente con su subordinado comercial. Faltaban sólo unos cinco minutos para la finalización de la jornada laboral y para mayor contratiempo Hilario había quedado para recoger a Idaia, con el objetivo de llevar a la pequeña Estrella a la pediatra, pues habían detectado en su hija signos evidentes de intolerancia a determinados alimentos. La cita con la especialista había quedado fijada para las 7:30 minutos, por lo que la requisitoria que el empleado recibía desde la dirección era un incómodo contratiempo, lo que le obligó a llamar a su mujer e indicarle que él se desplazaría directamente a la consulta médica, en cuanto quedase libre de la tan urgente e inesperada convocatoria por parte de su jefe.

“Toma asiento, Castañar. Amigo Hilario, desde hace unos días me esfuerzo en buscar un hueco oportuno, que nos permita dialogar con una cierta tranquilidad acerca de un importante asunto personal que a ambos nos concierne. Ante todo expresarte nuestra satisfacción (valoración que ya conoces) por tu trayectoria en los años que llevas en la empresa. Pero junto a este merecido reconocimiento, hay un asunto que últimamente nos preocupa y sobre el que me he propuesto trabajar, a fin de hallar la mejor solución. Este asunto o problema obviamente te concierne. Desde hace unos meses, hemos detectado una preocupante bajada económica, en los resultados de tu facturación clientelar, con relación a los datos conseguidos por tus compañeros de equipo. Ya conoces que la maquinaria de la empresa posee unos detectores “automáticos” que nos avisan con fiabilidad y presteza, acerca de los problemas que surgen en alguna parte del circuito de producción, aportando algunos mecanismos y “terapias” para su más eficaz superación. El departamento de psicología empresarial abordó tu caso y aplicando unos parámetros de observación y estudio (lo que realiza con todo el personal laboral) ha emitido un informe acerca de las causas más probables de ese retroceso en las cifras de tus resultados mercantiles.

Por favor no te asustes ante todo lo que, con la mejor voluntad, te transmito. Ya conoces que los empleados somos en realidad meros “tornillos o piezas”, dentro de una heterogénea y complicada maquinaria que sustentan y articula el proyecto financiado y retroalimentado por parte de la masa accionarial. Por ello estamos expuestos a que se nos observe, analice y estudie, en orden a reconducir los humanos e imprevisibles desajustes que puedan acaecer en el adecuado y exacto proceso empresarial.

Vamos a ir concretando. El estudio sobre tu caso nos indica que ese decrecimiento en la cartera de clientes, al margen de aspectos coyunturales y puntuales, obedece a un aspecto personal que tiene una especial incidencia en que la demanda clientelar prefiera ser atendido por otro comercial antes que por ti. ¿Y cual es ese aspecto que habría, que necesitarías corregir a la mayor premura? Las encuestas orientativas y prospectivas realizadas al efecto señalan inequívocamente a tu incardinada seriedad, como el factor más seguro de ese desistimiento hacia tu persona como vendedor. Me explico, no es que los atiendas mal, por supuesto. No es que los trates de una forma incorrecta o deshonesta. No es que realices un trabajo inadecuado en cuanto a la gestión de cara al cliente. No es eso, Hilario, es algo más sutil, que dificulta la atmósfera de armonía, familiaridad y proximidad entre tu persona, como vendedor, y entre el cliente, como potencial comprador. Desde siempre, junto a otras magnificas cualidades, hemos apreciado en ti un factor que pensábamos corregirías, en la evolución de ese trato a las personas que se acercan a nuestra concesionaria. Ese factor era el de tu seriedad. Eres por naturaleza una persona excesivamente seria.  Y ahora detectamos que ese indeseado factor no ha disminuido, sino todo lo contrario, se ha incrementado con la edad en tu persona, siendo perjudicial en el marco de las psicológicas y necesarias habilidades sociales.

El problema no es que a partir de este momento te propongas ser más jovial, amable, dicharachero o simpático, con tus clientes. Esa actitud de rectificación no la descarto entre tus propósitos. El caso es que los estudios al efecto indican que tu carácter tiene esta forma “innata” o “permanente” de ser, por lo que en estos casos los cambios no suelen ser rápidos ni siempre eficaces. Por todo lo cual, se te ha reservado una próxima cita en un gabinete médico de psicología clínica, que desde hace algún tiempo lleva colaborando con nuestro grupo empresarial. Ellos podrán ayudarte, desde una base médica muy cualificada, para ir limando esa seriedad arraigada, que no te ayuda en tu imprescindible proximidad clientelar. Esa complicidad anímica está fallando y te perjudica. También a todos nosotros, como perfectamente entenderás.”

El mazazo anímico para el bueno de Hilario fue de órdago. Él de sobra conocía que era una persona con una marcada seriedad en su rostro, rasgo de carácter bastante agudizado. Pero en modo alguno podía pensar de dicho elemento facial y expresivo pudiera ser un factor tan disuasorio para que los clientes prefirieran a otro comercial, con respecto a la eficacia mercantil y buena gestión que él se esforzaba en ofrecerles. Pero ante esta tesitura, no tenía más remedio que someterse a las directrices de sus superiores.

Apenas en una semana fue atendido por el equipo que dirigía el Dr. Fabián Apial Lenz, prestigioso facultativo especialista en alteraciones profundas del carácter. Tras una serie de pruebas, de diferente naturaleza en el campo de la psicología relacional cognitiva, se le prescribieron 15 sesiones de terapia grupal, todo ello a coste de la empresa en que trabajaba. Nuestro comercial también debía matricularse en una innovadora escuela de interpretación y artes escénicas, a la que asistiría durante tres semanas sucesivas, en sesiones de inmersión para la mímica gestual y expresiva, de dos horas de duración cada una de ellas.

Además de todo este proceso “reeducativo” para la evolución de su carácter, en el centro médico le facilitaron un conjunto de películas en DVD, cuyas temáticas argumentales facilitaban y provocaban las más acústicas carcajadas en las reacciones anímicas de quienes las visionaban. Cada noche debería ir visionando las correspondientes “cintas” cómicas, en las el humor y las risas eran los ingredientes más eficaces contra la seriedad y el pesimismo vital. Desde luego Hilario, persona servicial, educada y responsable, se entregó con el mejor talante que pudo a este necesario proceso que le reeducaría en la forma de atender y escuchar, con esas sonrisas que cautivan, aproximan y dinamizan la vinculación anímica (en este caso, mercantil) con sus interlocutores.

Aquel honesto y servicial empleado de la factoría automovilística, el mismo que confesaba con humilde franqueza al Dr. Apial su dificultad, tal vez innata, probablemente también adquirida, para generar y expresar sonrisas, se entregó con tal fuerza y responsabilidad al proceso de cambio en su carácter, que avanzó en una demasía “de alto riesgo” para ese prudente y equilibrado objetivo. Por un efecto pendular en nuestras reacciones, el bueno de Hilario se transformó –con una velocidad insospechada para quiénes le conocían- en una persona en exceso dicharachera, bromista, jocosa y banal, con esas sonrisas de diseño permanente que teatralmente aturden y sofocan, provocando la incredulidad, hartura e incomodidad, en quienes han de soportarlas. El hombre que no sabía sonreír, ahora reía demasiado. Tanto cuando era necesario, rentable o educado hacerlo, como en otras situaciones en que la prudencia y el decoro exigían una mayor templanza y naturalidad en los gestos, a fin de conseguir una transparente, convincente e insoslayable credibilidad. El propio Felices Brañán, comentaba en una de las reuniones del comité ejecutivo, con un movimiento negativo en su cabeza “creo que con Hilario nos hemos pasado de tuerca. A ver si con tanta reeducación vamos a perder o a echar por la borda a un excelente y eficaz profesional”.

En la mayoría de las ocasiones, el “punto medio de la balanza” es el plano más aconsejable y certero, para aplicar en la mayoría de nuestros actos. Sin embargo, esos actores sin titulación, en que la mayoría nos hemos convertido desde la llegada a la vida, deben calibrar bien las necesidades ajenas, incluso por encima de los egos y soberbias interesadas, producto de nuestra inevitable humanidad. Pensemos en los demás. Es una excelente terapia, para purificar y oxigenar ese “pequeño mundo” en el que el azar, la voluntad y todos esos misterios de la naturaleza, han querido situarnos. La alegría, las sonrisas, la bondad, son elementos eficazmente contagiosos, que ayudan  y permiten mejorar la salubridad ambiental de nuestros contactos sociales. 

Por cierto ¿que fue de Hilario Castañar? Durante los fines de semana colabora en un grupo que se autodenomina “Cómicos para el enredo” apoyado económicamente por la Consejería regional de Cultura. Son actores aficionados que representan sketchs “desternillantes” en humor por las diferentes juntas de distrito, grupos parroquiales, centros de la tercera edad y entidades hospitalarias. La mayor compensación que obtienen (la subvención económica es testimonial) son esas miradas y gestos alegres, sembrados y generados en la mayoría de las personas que asisten a sus celebradas y divertidas representaciones.

A nivel empresarial, este dúctil y servicial comercial tuvo que ser reenviado a la escuela de artes escénicas por Felices Brañán, a fin de realizar otra terapia reequilibradora, a causa de su radical y extremado cambio de carácter hacia la “permanente” y extremada hilaridad.


EL HOMBRE QUE NO SABÍA
SONREÍR


José L. Casado Toro  (viernes, 8 FEBRERO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 1 de febrero de 2019

VIVENCIAS DE LOS TIEMPOS FUGACES, INSERTAS EN LA MEMORIA.


Las ciudades cambian, es algo evidente, al igual que ocurre también con las personas. Posiblemente, las transformaciones que “sufren o gozan” los paisajes urbanos sean más lentas en su desarrollo que aquéllas que inciden en las epidermis evolucionadas de nuestros cuerpos y organismos. Hay edificios urbanos que incluso muestran en el frontal de sus paramentos el año exacto de su construcción. Dicha cita cronológica en algunos inmuebles nos llega a asombrar, pues vemos que permanecen hoy casi como ayer, aunque acumulen en sus estructuras más del centenar en años. Pero lo normal es ese cambio, lento, constante, en la fotografía urbana. También vemos estas modificaciones novedosas por toda esa vegetación que da lustre natural y agradecido a nuestras ciudades, aun conservando estupendos ejemplares que son más que centenarios. Sin embargo, a pesar de todas estas no aceleradas transformaciones, comprobamos fácilmente cómo la antigua imagen de muchas calles, plazas y rincones de nuestro entorno ya no es la misma. Esa memoria fotográfica ha quedado profundamente alterada, a través de las modificaciones que han ido recibiendo muchos de sus edificios y otros elementos urbanos del área residencial donde se ubican.

La mejor forma de comprobar esta realidad cambiante es realizar un relajado paseo por las zonas, más o menos antiguas, de la ciudad donde esté fijada nuestra residencia o hayamos vivido durante un tiempo estimable. Tengamos una mayor o menor agudeza observadora, las imágenes que perciben nuestros ojos avalan dichos cambios en el paisaje edificatorio, siempre en íntima colaboración con los fundamentos de nuestros recuerdos. ¿Quién no ha dedicado una de sus tardes o alguna mañana para realizar un pausado y “sentimental” recorrido a través de ese puzle edificatorio, que estructura el barrio o la zona donde nacimos, jugamos y crecimos, en nuestra ya alejada infancia? Vemos el cambio en muchos edificios. Se han diseñado nuevas plazas y calles. La decoración y el mobiliario urbano es muy diferente del que reposa con más o menos nitidez en los anaqueles de nuestra memoria. Es una sensación tan impactante la que te embarga que incluso hay momentos en que te ves corriendo, jugando o paseando por los mismos lugares de “ayer” o entrando en comercios o viviendas que ya no están, sin olvidar ese diálogo con personas concretas, de nombres y apellidos, que al ser mayores que tú hace años que emprendieron sus últimos y postreros viajes a esa inmensidad desconocida de la que algo imaginamos y de la que casi nada o nada sabemos.   

En este “geográfico” contexto, emerge la figura de un modesto ciudadano llamado Heliodoro Radial Ermita. Acumula más de seis décadas vitales en su calendario y aún hoy está en activo laboral, como conserje de un importante museo de titularidad pública, entre los muchos centros expositivos que pueblan los latidos culturales de la ciudad. Generalmente cumple un horario continuado de mañana, desarrollando su jornada laboral desde las 8 am. hasta las 15 horas. Esta temporalización del trabajo le permite dedicar parte de las tardes a cultivar algunas de las aficiones que más le incentivan, como son el cine, las visitas a exposiciones diversas, la asistencia a conciertos de música variada y, en ocasiones, también gusta practicar alguna actividad deportiva, de intensidad media o baja, como es el senderismo por la naturaleza, siempre que el buen tiempo lo permita. También disfruta con el mayor agrado de ese caminar inconcreto por la propia ciudad, a fin de recorrer los barrios por los que usualmente apenas pasamos y que se hayan alejados de nuestros itinerarios profesionales, comerciales o familiares.

El personaje de nuestra historia reside en un antiguo 3º B sin ascensor. Su piso está integrado en un pequeño bloque centenario ocupado por sólo seis familias, mientras que en el bajo existe desde hace muchos años un comercio de carnicería, cuyo propietario, el Sr. Colás  sabe dar amena conversación a muchas parroquianas y parroquianos que pueblan un barrio muy popular, ubicado en la zona norte del Molinillo malacitano. Helio permanece soltero, pues ha carecido de ese don de gentes para atraer a una compañera con la que formar una familia. En su vetusta vivienda de toda la vida, propiedad familiar, vive junto a su madre doña Casilda (viuda de don Lisandro, que en vida fue factor de la Renfe) con esos años inconcretos y cambiantes que ella manifiesta (en el libro de familia aparece julio del 1936, como la fecha de su lejano nacimiento). Son errores cronológicos comprensibles debidos a un principio de alzhéimer que esta Sra. padece, con fortuna aún no muy pronunciado.

El episodio que iba a condicionar la vida apacible de este modesto funcionario de la Administración civil del Estado comenzó en una húmeda tarde del mes de febrero, cuando esa misma mañana leyó, en su pequeño habitáculo de la conserjería del Museo, una información publicada en la prensa local acerca de una interesante exposición fotográfica, que estaba teniendo lugar en el salón de exposiciones de la Sociedad Económica de Amigos del País. El muy atrayente motivo de esa muestra fotográfica estaba centrado en testimoniales imágenes de la Málaga de finales del XIX y gran parte del siglo XX.

A las seis en punto de la tarde de ese mismo miércoles, ya estaba Helio atravesando la puerta de la histórica institución, con entrada libre para la difusión cultural entre la sociedad malagueña y los miles de  turistas que pueblan las calles, los monumentos, los bares y los comercios  de la ciudad. Tras ir repasando las primeras muestras fotográficas, el muy interesado visitante iba quedando asombrado al comprobar los cambios tan profundos que ha ido experimentando Málaga a lo largo de las décadas. El puerto, el entorno de la Catedral, el propio Parque y la Alameda, barrios como el de Capuchinos, Trinidad o la Cruz del Humilladero, etc. Comparar la densidad y monumentalidad edificatoria del actual barrio de la Malagueta, con la imagen que tenía ante sí de casitas modestas de pescadores, todas de planta baja, construidas con materiales muy pobres y de escasa consistencia, era toda una lección acerca de evolución urbanística de la planimetría y “relieve” malacitano. Cambios que resultan un tanto increíbles, al haber tenido lugar tenido lugar en el transcurso de no más de setenta u ochenta años. Observando las fotos, percibía que esas transformaciones no afectaban sólo a los volúmenes edificatorios y al muestrario vegetal de la antigua ciudad, sino también incidían en sus habitantes, siendo estas diferencias evidentes tanto en la forma de vestir, viajar o de emplear el tiempo de ocio. 

En su lento pasear ante las láminas expuestas iba deteniéndose unos minutos entre foto y foto, cuando inesperadamente llegó a una gran imagen (por su tamaño) en la que se mostraba una sociológica y bella estampa dominguera, correspondiente a un lejano mes de marzo. La toma fotográfica estaba datada en 1961 y en ella se mostraban a varios grupos de personas paseando por entre los jardines del importante y heterogéneo tesoro botánico, por sus valiosas especies, parque malacitano. Su sorpresa fue mayúscula, cuando entre las personas que deambulaban por los coquetos jardines identificó a un niño: ¡era él mismo! siendo muy pequeño (apenas habría cumplido entonces los cinco años de edad). Sus dos manos las entregaba una a su mamá, fácilmente reconocible por su juventud y belleza, mientras que la otra mano la llevaba un señor, algo mayor que se madre, persona a quien en nada conocía. Desde luego podía afirmar, sin ningún género de dudas, que ese hombre quien le llevaba también de la mano no era su padre Lisandro. Obviamente la mayoría de los paseantes que integraban la populosa imagen no estaban posando, sino que el fotógrafo en la toma los había impresionado circunstancialmente en el celuloide de su cámara, mientras apaciblemente caminaban. Con más detenimiento observó que los dos adultos, quienes le asían de las manos, intercambiaban sonrisas, mientras que él tenía sus ojos centrados en un grupo de palomas que estarían recogiendo con sus picos algún alpiste perdido por entre la gravilla, albero y losetas del suelo.

Mostrándose muy interesado por aquella muestra fotográfica de su infancia, en la que había quedado impresionado por una cámara profesional o aficionada, se dirigió a la encargada de la exposición, Clara Báguena, a quien consultó la posibilidad de solicitar una copia de esa foto, titulada “Paseo dominical por el Parque”. Explicó los motivos a la responsable de la muestra, la cual le ofreció dos posibilidades que podrían satisfacer sus deseos. Una de ellas consistía en acudir al propietario de las láminas expuestas, el muy veterano fotógrafo Plutarco Cambials. Pero el medio más rápido era que tomase con su móvil una copia de esa fotografía. Así lo hizo, aunque esa noche estuvo localizando a través de Internet datos del fotógrafo propietario de las imágenes, a fin de ponerse en contacto con él. Desde que se vio allí retratado de manera involuntaria y durante los días siguientes, aparte de la alegría de reconocerse allí siendo un niño, en una imagen que había conocido más de medio siglo después, le daba vueltas a la cabeza acerca de la identidad de ese hombre, con sombrero y recatado bigote, que acompañaba a su madre en tan placentero paseo. Lo más curioso fue la reacción de su madre cuando le mostró esa parte de la fotografía, notablemente ampliada en su móvil. La Sra. Casilda, un tanto desorientada y algo nerviosa balbuceó unas palabras en el sentido de que no recordaba nada de lo que allí se veía. Aceptaba que era ella y su hijo, pero que no sabría explicar quien sería ese señor que tomaba de la mano al niño Helio. Sus problemas de memoria eran cada vez más intensos y preocupantes.

Aplicando la mayor paciencia y constancia, al fin pudo contactar con este fotógrafo, ya retirado profesionalmente, propietario de las imágenes expuestas. Era un venerable señor nonagenario quien, tras escuchar las explicaciones de Helio, accedió a facilitarle una copia de esa foto, con la gentileza de no cobrarle nada por el trabajo. En realidad él no la había tomado, sino que la descubrió, junto a otras tomas, en el negocio de un anticuario de la calle Andrés Pérez, sino en una de las zonas más recónditas de la Málaga antigua. La guardó con gran esmero pues, aunque resultase curioso, no poseía apenas fotos de su infancia. Al preguntarle a su madre acerca del por qué no conservaba fotos de sus primeros años, aquélla trataba de cambiar de conversación o aportar la excusa de que su difunto marido no era persona aficionada al arte fotográfico. No quiso incidir más en el asunto, pues era un tema de conversación que no parecía agradar a la buena señora, en sus momentos de normal lucidez.

Pasaron algunos meses desde estos hechos cuando otra tarde de tiempo primaveral, al volver de un largo paseo deportivo por el paseo marítimo del Oeste, Helio decidió darse una reconfortante ducha, pues la temperatura del día había sido anormalmente elevada. Los primeros terrales de la temporada se adelantaban en el calendario, debido probablemente a las alteraciones meteorológicas del cambio climático. Al salir del cuarto de baño, comprobó que su madre se había quedado adormilada ante la televisión, sentada plácidamente en su apreciada mecedora. Pensó salir de nuevo a la calle, con la idea de acercarse a una pizzería que tenían cerca de casa, a fin de comprar algo para la cena. A doña Casilda le gustaba preparar excelentes ensaladas, con lo que ya tendrían el menú dispuesto para esa noche. Observó que su madre había dejado la luz de su habitación encendida y al ir a apagarla vio que un cajón de la cómoda estaba medio abierto y una pequeña bolsa de terciopelo rojo había caído al suelo. Se agachó a recogerla con la curiosidad propia de no haber visto nunca esta bolsita, que parecía tener muchos años por su textura y uso en manos de su madre. Percibió que estaba llena de algo que parecían pequeñas cartulinas, por lo que decidió mirar más detenidamente en su interior.

No se equivocaba en su suposición. La bolsa de tela roja contenía un bloque de pequeñas fotografías que sumarían no menos de un par de docenas. Tal vez, más. Todas ellas eran en blanco y negro, aunque tenían un “virado amarillento” por ambas caras, debido al paso del tiempo y al probable “manoseo” de las mismas. Sufrió un gran impacto el reconocer, desde las primeras fotos, la imagen de ese hombre del sombrero elegante y con bigote recortado que acompañaba a su madre y a él mismo en su infancia, durante un muy lejano paseo dominguero por el Parque. Había muchas fotos de este hombre, cuyo nombre firmaba como Uriel, en la amorosas dedicatorias dirigidas a su amada Casilda. Guardó las fotos en la bolsita de terciopelo y las devolvió al cajón de la cómoda, para reflexionar con más tiempo como debía actuar con respecto a ese descubrimiento. 

Durante la cena de ese día y en otras oportunidades de los días sucesivos sopesaba la conveniencia de preguntar abiertamente a su madre acerca de la identidad de ese hombre que aparecía tantas veces junto a ella, dedicándole tiernas y muy cariñosas palabras, en el anverso y reverso de las fotos. Pero no tenía el ánimo suficiente para poner en aprietos a la persona de quien había recibido la vida y a la que amaba profundamente. por todo el bien que ella había sabido darle, tanto en los años de crianza y desarrollo hasta la actual etapa de su plena madurez. Pero al fin sus dudas pudieron más que la necesaria prudencia ante la compleja intimidad de un ser tan querido. Un luminoso lunes de marzo, mientras servía a su madre un tazón con leche caliente, que la buena señora gustaba consumir, añadiendo migas de pan en su contenido, se sentó junto a ella en la mesa camilla y, mirándole con serenidad a sus ojos, planteó la correspondiente y difícil pregunta:

“Mamá ¿has conocido o tratado alguna vez a una persona con el nombre de Uriel?” Esperó serenamente la respuesta de la veterana señora, a quien se le cambió el color del rostro, en el instante de escuchar ese significativo nombre, pronunciado por su único hijo. Casilda no respondió, pero entornó la vista y siguió como si nada, migando el pan sobre la leche caliente que llenaba su tazón preferido. Helio hizo lo propio, moviendo lentamente la cucharilla en la taza de té que también se había preparado. Guardó silencio, ante el silencio de una anciana señora que sentía, en lo más íntimo de su ser, verse descubierta ante el secreto de toda una vida. La escena conformó una bella y plástica imagen. Un hijo que serenamente se levanta de su asiento, retira el tazón y su propia taza, ya consumidos, para llevarlos al lavaplatos. Vuelve al salón de la vivienda y, tras besar a su madre, le comenta que va a dar un paseo. “Abrígate un poco, porque puedes coger algo del frío en la humedad de la noche”. Estas fueron las únicas palabras que Casilda pronunció, en aquella significativa tarde que ya nunca más olvidó.

El desenlace explicativo de esta sencilla pero al tiempo compleja historia, entre un hijo y su madre, hay que buscarlo casi dos años después, cuando aquél organizaba el dormitorio, con los enseres y recuerdos de una muy querida persona que ya no volvería a ocuparlo. Helio había soportado unos muy tensos y dolorosos días, con esos cansinos trámites administrativos, entremezclados de conflictos afectivos, que todos los decesos conllevan. Preparaba hatillos de ropa, para cederla a las Hermanitas de los Pobres y también a la organización Cáritas. Al fin le llegó repasar la vieja y entrañable cómoda de doña Casilda que, filial y respetuosamente, no había querido volver a investigar. Efectivamente allí, en ese tercer cajón hacia el suelo, reposaba la pequeña bolsa de terciopelo rojo, con ese fajo de fotografías que dos años antes tuvo inesperadamente en sus manos. Pero junto a las imágenes “apresadas” en unos pálidos y “somnolientos” cartones, debido a su antigua cronología, había un sobre blanco, inmaculado como la nieve, dirigido a él mismo. Contenía en su interior un muy largo folio explicativo escrito con una dubitativa y torpe caligrafía y ortografía, aunque pleno de sentido, amor y cariño hacia su genético y afecto destinatario.

“Mi querido y muy amado Helio. Leerás estas líneas cuando ya me haya tenido que ir. No debes estar triste en ese momento, pues las leyes de la naturaleza hay que aceptarlas y asumirlas. En este carta vas a tener la respuesta a la pregunta que me hiciste, con extrema delicadeza, hace muchos meses y que yo no supe o no pude responder. Haberlo hecho, en aquél momento, habría sido como traicionar una promesa que tenía anclada en mi conciencia. Pero en estos duros momentos, que no quiero resulten tristes para ti, creo en justicia que debes conocer un secreto que he sabido mantener oculto durante gran parte de mi existencia.

Como entenderás, la vida en aquellos lejanos años 50 era muy diferente a la actual. Mi matrimonio con tu padre era medianamente feliz … a pesar de ese su difícil carácter que le surgía en las ocasiones más inesperadas. En el fondo se sentía un hombre frustrado, porque no venía esa descendencia que reafirmara su personalidad como hombre de la casa. De la forma más simple e imprevista, conocí a una gran persona llamada Uriel. Tuvo un accidente cerca de casa, no demasiado grave aunque aparatoso, viajando en su moto. La casualidad quiso que yo me encontrara en la puerta de nuestra casa y me apresté a ayudarle en sus molestas heridas. Así de simple nació nuestra entrañable amistad.  Era militar de profesión y estaba casado con una difícil mujer que le había dado tres hijos, pero con la que se sentía profundamente infeliz. Nos seguimos viendo en secreto, aprovechando las ausencias que por su trabajo en la Renfe tenía que realizar Lisandro. Agradecía y valoraba mi cariño y dulzura con su persona. La naturaleza y la divinidad quiso que sembrara la semilla de tu vida en mi cuerpo. En modo alguno quisimos poner fin a un ser que reafirmaba nuestro cariño, en realidad un vínculo imposible. No eran los tiempos del siglo XXI. Ninguno de los dos podíamos, ni queríamos en realidad, romper con nuestras familias. Era una época difícil, muy difícil y autoritaria, para adoptar actitudes valientes y escandalosas, ante los ojos de una sociedad profundamente hipócrita, machista y clerical.

Lisandro creyó siempre que era el padre de un hijo que al fin el destino le regalaba. Mientras que Uriel y yo nos conjuramos a mantener el secreto de por vida y a afrontar nuestra muy dolorosa renuncia afectiva. Dejamos de vernos, aunque durante algunos años buscamos algún encuentro puntual y secreto, siempre en la fecha del 26 de Marzo, la fecha en que tu naciste, para que durante algunos minutos el pudiera verte y llevarte de la mano.

De Uriel, tu verdadero padre genético, sé que falleció hace mucho tiempo, cuando participaba en unas maniobras militares. Mi ilusión sería que tras este mi último viaje, pudiera encontrarme con él, la persona a quien mucho quise, a quien de verdad amé. Tal vez ese encuentro se produzca en la inmensidad de ese infinito sembrado de estrellas y regado por la humedad de las mágicas nubes. Sería una alegría, un milagro, que algo así sucediera.

Perdóname que nunca fuera sincera contigo. Pero el juramento que hicimos Uriel y yo debimos y supimos cumplirlo. Con todo mi fervoroso amor, siempre tu madre, Casilda”.  


VIVENCIAS DE LOS TIEMPOS FUGACES, INSERTAS EN
LA MEMORIA.

José L. Casado Toro  (viernes, 1 FEBRERO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga