viernes, 20 de noviembre de 2020

EL SUGESTIVO RELOJ DE LOS CUATRO COMPASES

 

El tiempo lleno de Historia, que dormita en el interior de los curiosos y elegantes objetos expuestos en las tiendas de antigüedades, nos traslada a modo de ensueño a otras épocas y ambientes del pasado. En esos establecimientos suele llamar poderosamente la atención la imagen peculiar de su propietario, llamado precisamente por el tipo de mercancías que oferta: el anticuario.  En general, se trata de personas mayores, sean hombres o mujeres, quienes además de sumar muchos almanaques, en sus organismos corporales, poseen abundantes conocimientos y una hábil, embriagadora y grata narrativa para motivar al cliente. La mayoría de estos comerciantes hacen gala de poseer abundantes y detallados datos, leyendas y realidades, vinculados a cada uno de los objetos que tienen en exposición.  

A los interesados y curiosos visitantes de estas interesantes y “subyugantes” tiendas suele asaltarles la duda acerca de la verosimilitud de esas apasionantes historias, que con tanto encanto y convicción escuchan del propietario o el vendedor del establecimiento. Hay clientes que se preguntan si por el contrario todo es un producto de la ejercitada y poderosa imaginación del comerciante, facultad o marketing que les hace inventar o exagerar las aventuras y hechos extraordinarios vinculados a los más variados objetos, pudieran o no haber sucedido en la realidad. 

El gran salón, donde reposan las elegantes y misteriosas piezas expuestas esperando al futuro comprador, no suele estar muy iluminado, sin duda para favorecer con su oscuridad esa sensación o percepción de intriga, atracción y ensueño que estos comercios psicológicamente generan. El olor que en ellos se respira es bastante característico: muchos dirían que huelen a viejo, a rancio, algo dulzón, penetrante e indefinido, que nos hacen recordar aromas parecidos a cuando estamos en los archivos de legajos y manuscritos antiguos o incluso al que percibimos en muchas sacristías de aquellos templos con varios siglos acumulados desde su construcción .

Los comercios especializados en antigüedades son espacios llenos de Historia y de silencios, pues los no muy abundantes visitantes a los mismos se esmeran en pronunciar escasas palabras y las frases expresadas son moduladas a un muy bajo volumen, algo parecido a cuando entramos en los museos o en los edificio religioso y aplicamos el debido respeto a las creencias vinculadas a las imágenes ubicadas en sus altares y hornacinas. Es como si no quisiéramos molestar o trastornar la atmósfera de “devoción” que flota por el ambiente.

También el polvo es un elemento consubstancial o “necesario” en estos ambientes, en donde la escenografía y la imaginación aportada tienen una poderosa intervención para la decisión del interesado comprador. Esa fina nebulosa de las partículas depositadas por todos los rincones de la tienda favorecen la realidad y concreción del tiempo cronológico, que las figuras y los más variados objetos atesoran.

Leocadia Miranda es una elegante señora, que ama e invierte en la adquisición de antigüedades. Suele hacer ostentación, casi de continuo, de una cuidadosa y rica cultura que, de una forma admirablemente autodidacta, ha ido asimilando a lo largo de las seis décadas de vida que su documento de identificación manifiesta. El cuidado continuo de su bello cuerpo, la forma señorial en como viste, la escenificación de nobleza que resalta en sus modales, subyugan a todo aquel que la conoce y trata. No tuvo estudios universitarios, pero ella es consciente que tampoco los necesita para aparentar, a la altura de sus muchos años, la imagen de una persona experta en arte y con el glamour exquisito de las grandes damas. Saben aplicar con destreza una brillante y atrayente conversación, capaz de motivar y atraer la atención y el respeto de sus interlocutores, a los que cautiva y deslumbra. Aunque procede de una modesta familia, aquéllos que han tratado por diversos motivos a Leocadia no dudan en suponer o imaginar su inserción en un distinguido árbol  genealógico, por supuesto noble y elitista.

A su edad, ya en los parámetros de la jubilación para la mayoría de los mortales, no ha desempeñado profesión conocida que se le conozca, lo que no ha sido obstáculo para que disponga en la actualidad de una acomodada suma en su cuenta bancaria, siendo además propietaria de dos amplios locales alquilados a una poderosa cadena de establecimientos para la venta de perfumes y productos estéticos para embellecer el cuerpo, ubicados en estratégicas zonas del barrio de Salamanca madrileño. Estas propiedades le reportan mensualmente atractivos ingresos, para mantener su cualificado nivel de vida. Reside e una suntuosa villa señorial, con amplio jardín privado y marmórea y pétrea construcción, situada en una zona boscosa de la carretera de Navacerrada. El “dudoso” en principio origen de tanta opulencia procede simplemente de sus encantos y habilidades para enamorar a viudos con abundante capital y notablemente mayores que la propia señora Miranda.

Esta atractiva mujer ha estado casada en tres ocasiones. Su primer cónyuge fue un conde italiano, de nombre Giuseppe Contoni, que había amasado abundante dinero en el negocio de las heladerías. Por su avanzada edad y ajetreada vida sexual falleció a los tres años y medio de matrimonio, dejando a su amada una buena “tajada” económica en el documento testamentario, a pesar de la oposición de la amplia prole (seis hijos) que el finado había gestado en su primer matrimonio.

Un financiero francés, llamado Marcel Derlaz, que se encontraba también en estado de viudez, muy hábil en el negocio de la revalorización constructora en barrios marginales, adquiriendo solares con edificaciones ruinosas, relativamente próximos a los núcleos del centro histórico en importantes ciudades galas, fue su segundo marido. Lo conoció en un crucero por el Mediterráneo, produciéndose la declaración amorosa en Mykonos, una paradisiaca isla del Egeo en las Cicladas griegas. Con el francés vivió seis apasionados y sensuales años de amor, abundancia material y felicidad. Pero el idílico castillo erótico se derrumbó drásticamente cuando el francés calculó mal un descenso, en una estación de esquí de los Alpes suizos, “volando” por los aires hasta el firmamento infinito. Los tres herederos que tenía Marcel, de su primer matrimonio, accedieron, a fin de honrar la memoria de su progenitor, a ceder a la compañera que tanta felicidad le había deparado, la lujosa villa o palacete residencial en la que actualmente reside la acaudalada señora Leocadia.  

Y del tercer cónyuge, también bastante mayor que su interesada compañera, no ha vuelto a saberse más de él. Esta nueva conquista ”huyó” –literalmente- de su avariciosa compañera, tras comprobar que su “amor infinito” le había descapitalizando su acomodada fortuna, conseguida durante años en el negocio bodeguero. El vinatero “fugado”, llamado Arnaldo Dorronsoro, era un leonés, también viudo de su primera esposa. Los  gastos en joyas que Leocadía realizaba, usando la tarjeta oro que su amantísimo esposo le había entregado, hizo que éste fuera embargado de algunas propiedades y capitales bancarios. El bodeguero puso tierra der por medio y de él nada más se ha vuelto a saber. La señora Miranda tiene esas valiosas joyas guardadas en cajas de seguridad fuera de la Península Ibérica. Los frecuentes viajes a Berna de Leocadia pusieron en guardia a su ilusa pareja de alcoba.

Tres “fructíferos” matrimonios, pero sin el don genético de la cigüeña. Leo se entretiene en la actualidad  “llenando” de antigüedades y objetos suntuarios la enorme mansión: Villa Miranda del Sol donde reside en soledad, fruto en herencia de su segundo esposo. Para esta culta, entretenida y costosa labor, visita con repetida frecuencia las tiendas de antigüedades de mayor prestigio, tanto en Madrid, como en otras capitales españolas e incluso algunas ubicadas fuera del territorio nacional. Sus viajes a Londres, París y Roma (además de Berna) siguen siendo frecuentes. Su afán es encontrar aquella pieza rara, elegante y “deslumbrante” , que enriquezca los largos pasillos y las “barrocas” estancias del palacete legado por el añorado y apuesto Marcel.

Una tarde de Otoño, a pesar del saludable frío que la capital de España soportaba, Miranda acudió al establecimiento de un anticuario, situado en la parte más elevada de la Cuesta de Moyano, negocio de bastante prestigio que había conocido en las páginas de Internet a través del buscador Google. La “lúgubre” fachada de la instalación, denominada Treasures. Antiguedades, estaba ubicada en la planta baja de un edificio de nueve plantas, en una muy antigua construcción alguna vez remodelada, que hacía bastante juego con el comercio de objetos artísticos que ocupaba prácticamente toda la planta basal del inmueble.

Tras pasar al interior del establecimiento, la acaudalada y antojadiza señora se disponía a entretenerse un buen rato, aplicando en esa afición que tanto le gustaba, siempre con la esperanza de hallar alguna pieza interesante para comprar, siempre negociando el precio con el vendedor de turno. En este caso se trataba de un hombre también bastante mayor. Permanecía sentado detrás de una mesita abarrotada de carpetas y papeles un tanto desordenadas, observando de reojo a la única clienta que tenía dentro de la espaciosa sala. Leocadia, después de un breve saludo, también miró durante unos segundos al extraño e intrigante personaje, probablemente el propietario del negocio. El anticuario vestía con una gran bata de color gris, tenía un monóculo sobre su ojo derecho enganchado a una cadenilla que le salía del bolsillo superior de la bata, sufría una avanzada alopecia que trataba de disimular con dos acumulaciones de pelo canoso, ubicadas en ambas zonas temporales de su oronda cabeza. Al igual que tantas personas calvas, se había dejado crecer una espesa barba, acrecentando con todo ello esa imagen intrigante a juego con el abigarrado y empolvado material expuesto por toda la superficie comercial. Cuando se incorporó de su silla, a petición para consulta de la nueva cliente, caminaba diligente aunque apoyándose en un barnizado bastón de madera, color marrón caoba.

Leocadia carecía de prisas o asuntos pendientes que resolver, por lo que estaba dispuesta a echar un buen rato en el atrayente, para su interés, establecimiento de Treasures. Miraba y remiraba, rebuscando por todo el “laberinto” comercial algo novedoso que incrementara la decoración de su gran mansión, en la que aún había muchos huecos por rellenar. Pasó muchos minutos en el empeño de buscar algo original. Sin embargo la mayor parte de los objetos que analizaba no le motivaban en demasía. Ya un tanto cansada de dar vueltas, entre tanto objeto suntuario, recurrió a una práctica que había aprendido en sus recorridos comerciales, dentro y fuera de España.

“Buenas tardes. Mi nombre es Leocadia Miranda y dedico muchas horas de mi tiempo a buscar objetos originales y elegantes, para el ornato del palacete en donde resido. Sé por experiencia que los profesionales de las antigüedades, además de los productos que tienen en exposición, poseen algunos objetos que por razones varias no están dispuestos para la venta en general, salvo para ofertarlos a clientes muy especiales: tanto por la amistad en el conocimiento, el precio elevado en que están valorados los objetos o cualquier otra circunstancia que motive esta privacidad. Todos los anticuarios que conozco suelen tener una pequeña sala reservada, en donde guardan algunas piezas de gran valor Por tanto, apelando a su comprensión ¿tiene algo, verdaderamente especial, para ofrecerme?” 

“Encantado de conocerla, señora. Soy Hermógenes Vivar, el propietario de esta establecimiento de objetos antiguos, que acumulan un gran valor histórico y estético. Este negocio lo heredé de mi padre y he mantenido su tradición de ofertar a los clientes piezas de especial calidad y con la suficiente garantía de autenticidad. La he visto repasando muchas de las figuras y demás objetos y he llegado a la conclusión de que Vd. está buscando algo verdaderamente especial, original y diferente, de lo que está expuesto. Percibo que es una persona con cualificado conocimiento y exigente con aquello que desea adquirir. Vamos a pasar a la trastienda, donde tengo algunos elementos que sólo enseño a clientes muy especiales. No me cabe la menor duda que Vd. Leocadia, tiene el perfil adecuado de ese tipo de personas”.

Ambos interlocutores entraron de inmediato a una sala, no muy espaciosa, pero densificada en piezas nobles que poblaban armarios y estanterías. Los objetos allí depositados y seleccionadas probablemente tendrían un gran valor. Hermógenes, visiblemente emocionado, se detuvo delante de un gran reloj de pared o mural con pesas, que estaba encastrado en una gran caja rectangular y vertical de madera noble, con filigranas decorativas talladas en sus distintos paramentos.

“Disculpe mi emoción, pues aquí le muestro, con honor y sentimiento, una de mis joyas más preciadas y queridas, una verdadera obra de arte. Tanto en lo artístico, como en el complicado e ingenioso mecanismo de su funcionamiento. Este gran reloj de pared, por una pequeña placa grabada que tiene inserta y en la que se lee 1882, procede de un gran lord inglés (del que me va a permitir respetar su nombre). Este preclaro miembro de la nobleza, tras conocer con amargor y desesperación la infidelidad que su amada duquesa y esposa le deparaba a sus espaldas, abandonó frustrado y enfurecido la mansión en la que residía, para dirigirse al extranjero en búsqueda de una nueva vida. Posiblemente su destino fue el Oriente asiático. De él nada más se supo. Cuando su infiel esposa tuvo conocimiento de que su marido se había llevado con él todo el elevado capital bancario que poseían, dejándola en la ruina, se sintió desesperada, pues su aprovechado amante, viendo la perspectiva que se les avecinaba, también la abandonó. Todo ello provocó el desequilibrio de la señora que para mantener la mansión y poder comer, en el día a día, comenzó a vender las mejores piezas suntuarias que su marido había acumulado, con paciencia y tenacidad, a lo largo del tiempo. Yo conseguí, hace un par de años, este tesoro de reloj de pesas, a través de una deuda de juego que mantenía conmigo un miembro de la mafia italiana, vinculado a las joyas del arte. Esta pieza de museo se llama EL RELOJ DE LOS CUATRO COMPASES. Además de su valor artístico indudable, que no dudo Vd. percibirá, tiene un mecanismo especial, que le permire tocar “los cuartos, las medias y las enteras”, utilizando las notas musicales grabadas o taladradas en unas cintas preparadas y articuladas (verdadera ingeniería) con toda la mecanización de  las manecillas que marcan las horas y los minutos.

Vd. muy distinguida señora, me cae especialmente bien. Es culta. Tiene modales exquisitos. Una verdadera señora de la nobleza que con su presencia prestigia el nombre de este establecimiento. Sin embargo no le oculto que me costaría desprenderme de este tesoro mecánico y monumental, a menos de escuchar por su parte una razón muy convincente, que me moviera a ponerle precio al valioso reloj. Piense despacio y sosegadamente esa motivación y si le parece mañana proseguimos esta grata conversación. No se precipite. No olvide que la razón que me ofrezca ha de ser harto convincente para que yo accediera a venderle el elemento más distinguido y atrayente de mi colección de antigüedades.”

“No es necesario dejar pasar veinticuatro horas, ni cinco minutos, amable y entendido especialista, pues me he encariñado tanto con el reloj que le voy a ofrecer una poderosa motivación a fin de que, con su profesionalidad y generosidad, acceda a venderme este precioso y suntuario artilugio mecánico. Señor Hermógenes: cada uno de los cuartos, escuchando sus compases musicales, me harían sentirme plenamente feliz, ya que me recordarían  que he vivido un cuarto de hora más, siempre por generosidad de los dioses que presiden nuestros actos. Lo cuidaría con mimo y Vd tendría las puertas de mi mansión abiertas, para su gozo, contemplándolo y escuchándolo cuando lo deseara y lógicamente yo lo autorizara. ¡Póngame un precio por esta joya que no quiero en modo alguno perder!”

El sagaz anticuario dejó pasar unos instantes, tensos y silenciosos, moviendo lentamente su oronda cabeza y poblada barba, hasta acertar responderle a su obsesiva interlocutora:

“Respetable y bella Señora: La deuda de juego, de la que le he hablado confidencialmente, equivalía a unos 20.000 euros. Por 24.000 euros estaría dispuesto a desprenderme del reloj, si con ello favorezco su buen estado de felicidad. Es un precio realmente simbólico. Pero si ello enriquece y potencia su estado de felicidad, yo me siento muy honrado y generoso de hacer este sacrificio, que le aclaro no me resulta fácil. Pero cada minuto que pasa soy más consciente de la grandeza de su persona. Doña Leocadia, Vd. merece mi profundo, leal y cariñoso sacrificio.”

En cuarenta y ocho horas, Leocadia gestionó la liberación de uno de los plazos fijos que tenía depositados en una importante entidad bancaria. En modo alguno quería dejar pasar la oportunidad de costearse ese costoso capricho, con el que pensaba iba a ennoblecer aún más su ya barroca y suntuosa mansión.

Una vez ubicado el gran reloj, en un lugar preferente del espacioso salón estar del palacete, organizó una deslumbrante cena con fiesta, a fin de presentar la nueva y costosa adquisición a sus distinguidas y escogidas amistades. Ante los presentes aquella lúdica velada y a todas las horas y cuartos de los días siguientes, el mecanismo horario hacía sonar los cuatro compases cada quince minutos, entonando el engranaje acústico unos sones de piezas clásicas, henchidas de incuestionable belleza, para gozo y orgullo de la muy obsesiva señora.

Todo marchaba a pedir de boca, para los deseos de Miranda, cuando apenas una semana después de la suntuaria y costosa compra, el reloj detuvo imprevistamente su marcha, a pesar de que tenía la cuerda bien “dada”. Probó una y otra vez, pero por más cuerda que le aportaba, el mecanismo no reiniciaba su marcha. Abrumada y desconcertada, apenas pudo dormir en aquella noche de desvelo. Pero para su sorpresa, en el silencio relajado de las estrellas, comenzó de nuevo a escuchar el tic tac, tic tac. El reloj había reiniciado misteriosamente su marcha. Los sones musicales de los cuartos volvían a alegrar los oídos y el corazón de la ansiada dueña de la mansión Ya mucho más sosegada, pudo al fin dormir unas cuantas horas.

Al levantarse de su lecho, antes de asearse, fue a comprobar que aquellos sonidos del tic tac correspondían o avalaban el buen estado del engranaje mecánico. Vio marcada una hora muy extraña, corrigiéndola de inmediato. Tras el aseo y el desayuno, fue otra vez a contemplar su querido reloj y quedó profundamente preocupada, cuando comprobó que las manecillas del reloj no sólo habían atrasado, sino que ¡avanzaban hacia atrás! En vez de sumar minutos y horas las iba restando, en la señalización de sus dos manecillas. Curiosa y extrañamente las notas musicales de los compases también sonaban para mayor absurdo “caminando” hacia atrás. Era ¿Magia? ¿Premonición? ¿Desgracia? ¿Qué misterio encerraba el caminar de ese anómalo mecanismo?

Un tanto trastornada, bajó al centro de Madrid, con la intención de consultar al vendedor Hermógenes y exigirle una convincente explicación. Una vez ante el anticuario, le expuso el caso con educados, pero muy apenados, modales. La respuesta que recibió le dejó sin poder articular palabra alguna.

“Mi admirada Señora. Ya le advertí que este reloj podía traer suerte a su poseedor, aunque también podría favorecer algún estado de desgracia. Al lord propietario le generó la ruptura matrimonial, tras el engaño propiciado por su mujer. En mi caso, por el contrario, favoreció que mi negocio mejorara en sus ventas. Vd. Doña Leocadia ha tenido toda la suerte del mundo con esta adquisición, pues el reloj no quiere sumar horas a su excepcional existencia, Está restando horas, para que su actual poseedora pueda avanzar, con la magia del destino, hacia esa juventud que a todos nos va pasando. Cada día será Vd. un poco más joven, pudiendo comprobar este gran misterio, en su cuerpo y en su espíritu. Ese es el gran don que el reloj de los cuatro compases quiere donarle.  No dude que la trágica hora de su fallecimiento cada vez se alejará más de la hermosura que preside su excepcional vida.”

En la actualidad Hermógenes Vivar y Leocadia Miranda conviven en la mansión propiedad de esta acaudalada señora. Cada una de las mañanas, el jubilado y persuasivo anticuario la sigue convenciendo de que su cuerpo se rejuvenece, pausada pero constantemente. El monumental reloj, con sus acústicos y clásicos compases sigue caminando, con la magia de lo desconocido, hacia atrás, marcando la juventud inexplicable de la ilusionada señora.- 

 

EL SUGESTIVO RELOJ

DE LOS CUATRO COMPASES

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

20 Noviembre 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 
 

viernes, 13 de noviembre de 2020

EN LA RETIRADA DE UN BUEN ACTOR SECUNDARIO.

Al igual que ocurre en tantas facetas de la vida, la retirada del escenario o las cámaras del cine por parte de una gran figura de la interpretación resulta muy contrastada con aquella que realizan los actores modestos, que siempre han ejercido de “segundones” en el staff de los diferentes repartos escénicos. Se trata de esos actores secundarios, cuyos nombres aparecen escritos con letra pequeña en las carteleras y que aparecen en las obras interpretando “papeles” o roles de relleno, para los que no tienen que expresar muchas palabras. Pueden ser mozos para el reparto de mercancías, criados o miembros del servicio en la gran mansión, obreros anónimos, soldados integrantes de un batallón, comensales en un restaurante, jardineros que limpia las brozas de los setos con flores, porteros de edificios con oficinas o dependientes tras el mostrador de las gasolineras. Y así un largo etc. 


Muchos de estos actores secundarios nunca llegan a poder interpretar personajes protagonistas, pues los directores escénicos no se fijan en ellos para concederles la oportunidad de que asuman ese protagonismo que, sin duda, aquéllos anhelan. Obra tras obra han de estar siempre a la sombre de las “figuras de relumbrón”. Y gracias, pues al menos tienen trabajo. En sus modestas biografías, sin embargo, soportan el “pálido” honor de haber actuado, aunque sea con muy escasos minutos en la acción, junto a grandes figuras de la pantalla o del arte teatral. Muchos de estos famosos actores protagonistas, al finalizar la gira o a la conclusión de los rodajes, ya han olvidado los nombres de estos compañeros “complementarios” aunque traten de disimular, en los posibles nuevos encuentros, con la destreza que los actores saben y suelen aplicar.

 

En el plano económico, a estos actores de reparto se les suele retribuir con un sueldo cuya cuantía está a “años luz” del que reciben los grandes y consolidados protagonistas de la interpretación. Aun así pueden seguir “medio tirando”, ellos y sus familias, e incluso ir sumando algún ahorro a fin de tener alguna cobertura de seguridad para cuando sobrevienen épocas de “vacas flacas”. Son esas etapas inciertas en las que han de soportar el hambre y la desesperación, al ver pasar las semanas y los meses sin recibir llamada alguna, de sus representantes, directores o productores teatrales.

 

En el ejercicio diario, los “segundones” han de mantener contentas a las “figuras de relumbrón”. ¿De qué forma? Pues aguantando y disimulando sus caprichos y sus desplantes. Sonriendo, cuando no hay verdaderos motivos para hacerlo o haciéndose el sordo, sobre comentarios o palabras hirientes. Dándoles la razón, cuando no la tienen, mirando hacia otra parte, para soportar sus injusticias. Expresando palabras amables, cuando ellos no las reciben. Callando, cuando el cuerpo y la razón te piden responder. Aceptando “papeles oscuros” cuando otros más interesantes se los llevan los amigos de los actores principales. Bajando el tono y volumen de voz, cuando la “figura” grita y vocifera. Aceptando viajar en incómodos autobuses, cuando las estrellas VIPs lo hacen en avión o en la clase preferente de los trenes de alta velocidad.

 

Otra muestra de este trato desigual se suele dar cuando alguno de estos actores de reparto enferman. Muchos de ellos no dudan en salir a escena incluso con fiebre, con molestos dolores dentales, disimulando esguinces de tobillos o incluso después de haber pasado la noche en vela por haber estado cuidando a algún familiar enfermo. Dada la competencia laboral y los intereses de las compañías, estos artistas no famoso silencian sus problemas, a fin de evitar “roces” con sus jefes. Sin embargo, cuando el actor principal acude al teatro con un catarro o una molestia articular, por citar ejemplos frecuentes, aparece con urgencia una “riada” de médicos para lograr que la estrella se recupere o si ello no es posible está el “cóver” dispuesto para sustituirle o incluso no se duda con suspender la representación de esa tarde.

 

Y si todos estos ejemplos no son suficientes, añadamos la reacción del director escénico cuando un secundario comete un lapsus de error, en comparación a los olvidos de frases del actor protagonista o a las improvisaciones que estos divos articulan, simplemente porque no se han estudiado bien el papel o han pasado una noche de juerga y desvarío, sin aplicar el necesario y reparador descanso. En el primer caso, surgen los enfados, los malos modos e incluso gritos y amenazas de sustitución inmediata. Por el contrario, para los actores y actrices de renombre, todo es comprensión, paciencia, “flores” y cómplices sonrisas. Es la penosa consecuencia entre ser importante y no serlo, en el competitivo y exigente mundo del espectáculo.

 

La representación teatral de una obra titulada (precisamente) VACACIONES PARA EL ADIÓS, que se iba a desarrollar un domingo 30 de Junio en el Teatro Municipal de Estella (Navarra), tendría un significado muy especial y emotivo para uno de los actores. Con esa representación la compañía de la empresaria y actriz Celeste Blázquez finalizaba un largo recorrido por numerosas localidades españolas, tras haber estado en la cartelera madrileña del Lope de Vega durante ocho meses ininterrumpidos de representación. Esta prestigiosa y afamada empresaria estudiaba ya nuevos proyectos para después del verano, en los que ya no contaría con el veterano actor de reparto Wenceslao Fresnilla quien, con sus 75 años recién cumplidos, se despedía de las tablas escénicas, en las que había permanecido actuando durante cinco esforzadas décadas, interpretando siempre papeles secundarios o no protagonistas.

 

Wences había conocido y trabajado, durante esta larga trayectoria profesional, con los más importantes actores de la escena nacional y alguno internacional, siempre bajo el control de numerosos directores, recorriendo los teatros de casi todas las capitales españolas y de muchos de sus municipios más destacados. Pero su nombre en las carteleras y prospectos informativos siempre aparecía escrito con esas pequeñas letras que casi nadie se molestar en prestarles atención para la lectura. Sin embargo, siempre priorizó en su esfuerzo la destreza, la dignidad y la responsabilidad en el oficio. 

 

Nunca quiso pasar por la vicaría ni por el registro Civil, pues comentaba que “eso del matrimonio” era para las personas de vida estable y en su concepción del oficio esa palabra no contaba. Sus compañeros de reparto expresaban acerca de este “secundario de lujo” diversas opiniones que dibujaban algo del perfil de su misteriosa vida privada. Por ejemplo decían que Wences había tenido diversos amoríos, que le gustaban por igual las mujeres y los hombres, que un doloroso desengaño amoroso le había hecho “huir” de las claves matrimoniales. Lo cierto era que ahora, en las fases avanzadas de su existencia, sentía con especial acritud ese fantasma que se nos aparece en los momentos más necesitados y que recibe el nombre de la soledad, ese vacío relacional que dificulta o impide nuestra convivencia, el diálogo y el afecto fraternal.

 

Aunque con los achaques propios de la edad, aún tenía arrestos para subirse a las tablas del escenario e interpretar, con la maestría de la experiencia, esas breves apariciones o intervenciones de figurante que, además de los gestos o la mímica expresiva, le permitía decir sólo unas cuantas frases que no contenían excesivas palabras en su composición.

 

Una sobrina, de profesión maestra de párvulos, a la que visitaba de tarde en tarde, hija de una hermana ya fallecida, le había ofrecido, para esa gozosa y a la vez difícil etapa de su retiro, la estabilidad de un pequeño estudio en la propia capital murciana. Esa propiedad la había recibido su marido en herencia y la habían estado alquilando por diversos períodos a una serie de inquilinos, cuyo dudoso e incívico comportamiento les había provocado más problemas que réditos económicos. Wences estaba dispuesto a aceptar el generoso ofrecimiento de este familiar, pues aparte de fijar su residencia en una bella ciudad, tendría la proximidad y el “calor humano” de ese parentesco,  matrimonio con niños pequeños, a quienes les podría echar una mano en todo aquello que necesitasen, pues ambos cónyuges trabajaban en la docencia.

 

Había sabido guardar algunos ahorros pues, aunque había sufrido etapas de silencio por parte de los productores y directores escénicos, el prolongado ejercicio de su oficio le había proporcionado esos euros en la cartilla bancaria que ahora le permitían una mínima seguridad a su futuro. Por consejo de prudentes compañeros, había estado cotizando durante los últimos veinticuatro años, para cuando llegase el momento de su retiro y pudiese acceder a esa pensión tan necesaria para las necesidades diarias. Pero lo que más le preocupaba, por encima de todo, era la soledad en su vida, a partir de estos momentos. El no poder sentirse útil, el vacío o el anonimato, sembraban de incertidumbre muchas noches de desvelos en las brumas del inamistoso insomnio.

 

Aquella noche, en la histórica ciudad navarra de Estella, la percibía con el agrio sabor de la despedida. Era un adiós prolongado a las giras, a las representaciones diarias, al trato con los compañeros de reparto, a ese nerviosismo por comprobar cuántas butacas permanecían vacías en el momento de elevarse el gran telón y presentarse ante las ilusionadas miradas de los espectadores. Aquella noche le embargaba un sentimiento confuso y taciturno, mezcla de emoción, tristeza, ante la llegada a una meta con numerosas incertidumbres. Como era habitual en su profesionalidad, se esforzó en aplicar una profunda  responsabilidad a su breve trabajo. En la línea habitual, hizo las dos apariciones e intervenciones que tenía en la obra, unos quince minutos de actuación en total, iniciando después esa profunda despedida que él asumía, no sin razón, definitiva.  

 

La representación de Vacaciones para el adiós finalizó a las 9.15 de la noche. Tras los saludos ante el público, todos los actores volvieron a sus fríos camerinos del Teatro Municipal que los había albergado. La instalación tenía habilitada unas duchas, que Wences y otros actores aprovecharon para relajar el cuerpo con el agua bien caliente. La compañía iba a dormir en Estella aquel domingo, para a la mañana siguiente iniciar el viaje de vuelta en tren a Madrid, aunque los dos intérpretes principales lo harían, como ya era habitual, en el coche particular de uno de ellos.

 

A pesar de estar ya en pleno verano, el ambiente atmosférico se había presentado bastante fresco aquella noche. Había que buscar algún lugar agradable para cenar. Ya vestido de calle, vio que se le acercaba Colás Frutos, encargado del material, para hacerle algún comentario.

 

“Wences ¿cenamos juntos esta noche una buena pizza? Me explica el taquillero que hay un restaurante italiano, no lejos del teatro, que tiene una buena cocina y es bastante económico. Vamos hombre ¡anímate!” Aquellas palabras amigas le supieron a gloria, al cada vez más abrumado y taciturno actor de reparto. Pensar que la de aquella noche sería la última presencia suya ante un publico atento en sus butacas, después de tantos años… le provocaba una profunde desazón y tristeza. Se preguntaba una y otra vez si en realidad estaba preparado para ese gran cambio de vida que se le avecinaba de inmediato. Esperó que el amigo Colás terminara de recoger diversos materiales que pertenecían a la compañía y, tras unos minutos sentado en una butaca de la primera fila, emprendieron unidos el paseo hasta ese establecimiento recomendado para alimentar el cuerpo.

 

Cuando llegaron al restaurante El Coliseo comprobaron que el bonito local de restauración estaba prácticamente vacío de comensales. Se les acercó un camarero, quien con gesto solícito les sugirió que podrían cenar en una sala reservada para eventos, pues allí estarían más relajados, ya que en pocos minutos iba a llegar un autocar con cincuenta estudiantes en viaje de estudios, para una cena concertada con la agencia de transporte. “Ya saben que son gente joven, con ganar de pasarlo bien y que no cuidan el volumen de voz. Les paso a ese reservado, en donde podrán cenar con una mayor tranquilidad”.

 

Al abrir la puerta de la sala, rotulada como “La Fontana de Trevi” las luces estaban apagadas. Cuando el camarero pulsó el interruptor para iluminar el recinto, un estruendoso aplauso, que duró varios minutos, totalmente inesperado, emocionó el semblante del veterano actor secundario. Rompió a llorar como un niño pequeño, presa de la emoción y la tensión contenida. Allí estaban, puestos de pie, todos los miembros de la compañía, sonrientes y agradecidos. No faltaba nadie. La propia Celeste Blázquez, a sus sesenta y tantos años y algunos achaques puntuales de salud, se había desplazado desde Madrid, para no perderse el emocionante evento. Aquella última noche de actuación, querían acompañar en la cena a ese buen compañero de tantas “batallas” interpretativas, entre besos, abrazos, parabienes y palabras entrañables para la despedida.  

 

Una suculenta cena, bien regada con unos vinos de la tierra, potenció el ánimo de todos estos actores, regidores, técnicos y especialistas, expertos en el noble arte de multiplicar las vidas e historias cotidianas. Pero sobre todo celebraban el adiós de un compañero que, en la mente de todos, esa noche no ocupaba las esquinas de los carteles, con su nombre escrito en letra pequeña. Wenceslao Fresnilla era en ese momento el gran actor principal de una gran obra escrita a lo largo de toda una vida entregada a las tablas escénicas. Todos los presentes habían colaborado en ese gran regalo, que su compañero bien merecía. Un reloj Rolex, el “capricho” que Wences, en repetidas ocasiones, había manifestado querer tener algún día. En la base del mismo había sido grabada una hermosa dedicatoria. “Wences gran actor. Tus compañeros. 30 VI 2010” Una foto grupal puso fin a esa entrañable cena de despedida, en la que un modesto y gran profesional del arte de Talía estuvo arropado por actores quienes, en ese restaurador espacio, no interpretaban obra alguna. Expresaban, con grandeza, el sentimiento de sus propias vidas agradecidas.-


 

 

EN LA RETIRADA DE

UN BUEN ACTOR SECUNDARIO

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

13 Noviembre 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/