jueves, 12 de julio de 2018

DARLING IN LOVE. NUEVAS DIVINIDADES BENEFACTORAS PARA LA NECESIDAD SOCIAL.


La grandeza y miseria del ser humano necesita y exige, durante esa prolongada o más breve etapa vital que el destino nos tiene reservada, sentirse apoyado, protegido o confortado, por un ente superior de variada nomenclatura, según las distintas culturas, épocas y sociedades que pueblan nuestro heterogéneo y privilegiado planeta. Desde la más “tierna” infancia, hasta la hora final de ese viaje sin billete de retorno, hombres y mujeres han reclamado esa atención protectora, sin la cual resulta difícil entender y soportar el discurrir de los días. Al propio niño se le habla, desde que tiene uso de razón, de ese ser “transparente” y espiritual al que se le llama “ángel de la guarda”, amigo generoso que cuida y protege de tantos errores y maldades que acechan la limpia bondad que sustenta los pocos años de vida. A ese ser invisible se le reza, se le habla y a él se confía como vigilante de los peligros que acechan a la “santa inocencia”.

A medida que crecemos, ese puesto benefactor es ocupado por otras modalidades de creencias religiosas, siempre “todopoderosas”, de las que esperamos la generosidad  de sus bondades y cuidados, justificando en nuestra ignorancia o faltas sus castigos y “crueldades” que, de manera lamentable y dolorosa, están acechando detrás de la puerta a la mayoría de los humanos. Nuestras relaciones con esas divinidades superiores tienen, según cada cual, sus alzas o distanciamientos, etapas y fases derivadas de mil y una circunstancias, de nuestra formación y ¡cómo no! del carácter con que el destino y nosotros mismos nos hemos dotado. Pero incluso aquéllos más rebeldes o desconfiados a su dependencia, unos y otros solemos buscar, en las más adversas situaciones de nuestras “cortas” y las más de las veces absurdas existencias, su providencial apoyo, su milagrosa ayuda o ese ansiado consuelo que tanto “oxigena”. Para ello focalizamos nuestra mirada desvalida hacia la inmensidad celeste del firmamento, donde pensamos puede estar ubicado ese “reino” de la bondad, en donde el dolor, físico y espiritual, desaparece y en su lugar puede estar, sin contraprestaciones materiales, el goce eterno para el sosiego y la explicación de todos los porqués de tan imposible y críptica respuesta, en este valle verdaderamente alocado y absurdo de lo “terrenal”.

En este entorno providencial, para auxiliar nuestras debilidades, limitaciones y creencias, el avance impasible y aritmético del tiempo, aliado de la imaginación que gesta nuestras mentes, ha ido creando y generando nuevas, modernas e inesperadas formas “protectoras”. Son mitos o dioses del hoy, con siluetas de fulgor explícito o con el atractivo misterioso de su nebulosa indefinición, que hoy se nos presentan con su eficaz rotundidad sustentada en los asombrosos avances técnicos de la sociedad digital. Con su paciente insistencia, nos tienden la “magia redentora” de sus manos y consiguen que más pronto o tarde nos hagamos fieles acólitos de tan cibernética religión, buscando el anhelado consuelo que sosiegue nuestra necesitada orfandad o manifiesta incapacidad. Es una nueva “providencia” superior que aplica con habilidad impasible los aparentes infinitos recursos que provee la tecnología digital. Pasemos, sin más dilación, a una de esas historias próximas que sustenta las consideraciones hasta aquí someramente expuestas.

Lucio Talio Vidal había llegado aquel viernes de julio al apartamento que tiene alquilado, desde hace más de dos años, en un vetusto bloque señorial inserto en la malla urbana más tradicional de la capital malacitana. El reloj marcaba ya las 22:30 de un día que a esa hora de la noche mantenía una cálida temperatura, agradablemente sosegada por esa brisa de levante que tanto agradecemos en estos inicios de la estación veraniega meteorológica. Hacía unos treinta minutos en que este comercial de 49 años había finalizado su turno de tarde en unos grandes y prestigiosos almacenes, donde presta sus servicios como dependiente desde hace dos décadas y media. La de hoy había sido una agotadora tarde de fin de semana, en plena vorágine de las “rebajas veraniegas”, lo que había animado a desplazarse a una constante clientela, para visitar los distintos departamentos que integran la bien estructurada y consolidada empresa. Había que atender con presteza y amabilidad a esa “sedienta” masa social consumista, atraída por esas ofertas del “hasta el 50 %” en unas “irresistibles” oportunidades para disfrutar y comenzar bien el verano.

Se sentía un tanto cansado pues habían sido muchas las horas de estar de pie, sin poder tomar unos minutos de asiento, soportando el normativo “uniforme” profesional con el traje de chaqueta azul o gris, la corbata a juego y lustrosos zapatos negros, traviesamente en una tarde en que el aire acondicionado había estado intermitente fallando, provocando diversos momentos de agobio térmico, que los operarios del servicio de mantenimiento trataban inútilmente en aliviar a pesar de sus generosos esfuerzos. Su padecimiento de “pies planos” se agudizaba en estos días de tensión comercial, en el que había que extremar la actividad a fin de conseguir las oportunas comisiones que disimularan la verdadera realidad de un sueldo en el plano de la vulgaridad.

Lucio vive solo desde hace “dos temporadas” cuando su ex Sophía Canuploc y él mismo acordaron hacer real lo que subliminalmente ambos sentían: poner distancia entre ellos dos, pues cada vez encontraban menos palabras para poder intercambiar intercambiar. Y no sólo esos elementos vocálicos, sino los sutiles o ardientes sentimientos y esas miradas que tanto comunican en el nublado silencio de laca dia. Sus dos hijos, ya adolescentes, Carmen y Mateo, estudiantes de bachillerato, permanecieron junto a su madre en el domicilio familiar, mientras que Lucio buscó acomodo en la oportunidad de un alquiler hallado con suerte. Sophía es auxiliar de farmacia, trabajando como “manceba” en un establecimiento propiedad de su cuñado, licenciado en esa misma especialidad. La relación entre los ex-cónyuges  es racionalmente civilizada. Incluso algunos domingos suelen compartir el almuerzo con sus hijos (que “pasan” de las diatribas afectivas que albergan sus progenitores) en alguna venta rural o restaurante más urbano, reuniéndose también en fiestas anuales de especial y entrañable significación.

Para la cena de esta noche del viernes Lucio se había subido una pizza mediana vegetal, de esas que tan bien sabe elaborar su vecino Blas, que regenta una franquicia a dos manzanas del bloque donde reside. Preparó también un tomate picado, una pinta de cerveza y el correspondiente yogurt desnatado , con el que completaría su suculento y sencillo ágape. Las "pelis" de las distintas cadenas ya iban por la mitad de su contenido cuando recogió la mesa. Como no era cuestión de irse a la cama recién cenado, decidió pasar un rato “navegando” por diversas páginas de Internet, a fin de distraerse y avanzar en su paciente o lenta digestión.

A pocos días llegaba el santo de su hija, por lo que conociendo lo aficionada que la chica es para estar a los aires de la moda, se dispuso a buscar una buena oferta para el regalo que tenía pensado ofrecerle. Sabía que las zapatillas Converse que Carmen usaba, en casi todas las horas del día, mostraban un color bien distinto del blanco original (la moda es no lavarlas y llevarlas con ese “encanto” añadido de la suciedad y el deterioro físico –bien, bien rotas- que tanto “embriaga” a los jóvenes) por lo que decidió comprarle un par de nuevos ejemplares.  Tecleó en el buscador Google “ofertas zapatillas Converse”. A los muy escasos segundos, tenía ante si un amplísimo listado de páginas webs. No sólo durante esa noche, sino también en los días sucesivos, cada vez que encendía el ordenador portátil, aparecían en pantalla ofertas de zapatillas deportivas de esa afamada marca, de una forma tenazmente repetitiva hasta el hartazgo.

No era la primera ocasión en que este hecho ocurría, pues la misma experiencia le viene sucediendo con otros artículos para el consumo. Hace unas semanas abrió un anuncio que ofertaba vaqueros de marcas señeras, por el convincente y persuasivo precio de 6 euros unidad. Parecía que este “regalo” tenía su origen en una franquicia de origen asiático, con material abundante y diversificado de afamados y caros fabricantes. Desde ese día le llueven  estas ofertas de ropa, no sólo en el ordenador, sino también en la correspondencia comercial que recoge en su buzón de correos. 

Este agradable e servicial dependiente no ha podido tampoco olvidar cómo después de diligenciar los documentos de su separación matrimonial con Sophía, le comenzaron a llegar cartas ofreciéndole atractivos alquilares e incluso compras de inmuebles y también centros para las relaciones afectivas para personas con matrimonios rotos para la convivencia. Incluso una tarde, semanas después de habitar su nueva residencia, llamó a su puerta un joven y agresivo vendedor, llamado Tiburcio Serpentín, para ofrecerle un servicio de comidas y cenas diarias en su domicilio, a un precios progresivamente rebajados según el período contractual que estuviese dispuesto a firmar. Variedad en las modalidades culinarias, adaptabilidad a las características médicas del cliente y el incentivo de organizarle una fiesta anual gratuita, a elegir entre onomástica, cumpleaños, Navidad o el Dia del padre/madre.

Todos estos avatares los iba comentando con Cleo, su compañero de ventas en la sección  de electrodomésticos. Cleofás Quintanilla es bastante más joven que Lucio, a quien trata de animar con sus bromas y chascarrillos pues, como sevillano de origen, gusta sacarle bastante “punta a los lápices” con sus salidas de tono más o menos ingeniosas o atrevidas.

“Mira Lucio, estas cosas funcionan hoy en día así. A mi me ocurrió hace poco con una consulta que hice en la sección de cosmética de un centro comercial. Estaban promocionando diversos productos para los “reflejos” y otros tintes en el cabello. La chica a quien consulté al fin me vendió un producto que era escasamente lesivo para la piel, pues sabes que tengo la epidermis capilar bastante endeble, y con nada que me eche o ponga en la cabeza, para disimular mi tendencia canosa en el pelo (creo que es una tendencia genética, que he heredado de mi padre) me suelen aparecen irritaciones y picores muy molestas sobre la piel. Le pagué con mi tarjeta de crédito y te puedo asegurar que desde el día siguiente, cada vez que encendía mi ordenador me aparecían como ofertas diversos productos para teñir el cabello, una y otra vez, sin yo haber solicitado información alguna al respecto. Después de darle muchas vueltas solo acierto a interpretar que a través del pago con la tarjeta, estos dinamizadores comerciales ya sabían quién era este cliente que había comprado un producto para el pelo. Me pondrían sin duda en la lista y los tuve que aguantar durante muchas semanas, dándome la “tabarra” desde el ordenador y el propio tablet”.

Un domingo, en la semana final de julio, nuestro protagonista se sentía un tanto desanimado, sumido en su soledad del fin de semana. Sus hijos habían estado ese día de acampada y, en cuanto a su ex mujer, Sophía había viajado con su íntima amiga Rufa a Madrid, parece ser con la intención de asistir a la representación de un importante espectáculo musical. Para la tarde dominical Lucio decidió acudir a un multicines y elegir alguna película de interés, a ver si de esta forma se animaba. Además era un domingo de terral y el apartamento que tenía alquilado carecía de aire acondicionado. Tras ver una película del cine francés, estuvo paseando por entre unos jardines cercanos, cenando finalmente un Lahmacun  en un restaurante turco de la cadena Kebab.

Ya en casa, ante la perspectiva e inminencia del lunes con la vuelta al trabajo, se sentía aún más triste y abatido. Además el calor arreciaba, pues el viento de levante no frenaba la intensidad del viento cálido de poniente o terral. No tenía el cuerpo preparado para casi nada. Sentado ante la pantalla de su portátil, por “aburrimiento” entró en una página de encuentros para personas solitarias “DARLING IN LOVE”. Tras mirar durante unos diez minutos las deslumbrantes bellezas que le eran ofrecidas, con las breves grabaciones de video interpretados por cada una de esas “actrices”, decidió tomarse el vaso de leche que como costumbre practicaba todos los días antes de irse a la cama. Eran sobre las 10:45 de la noche y, cuando ya había terminado de cepillarse la boca, escuchó el inesperado sonido del portero electrónico. 

Al otro lado del teléfono estaba una voz femenina, que se identificó como Iris. Indicaba, con un sutil susurro “aterciopelado” y cariñoso, si hacía el favor de abrirle, pues venía a visitarle enviada por la empresa Darling in love. Un tanto intrigado, le franqueó la puerta, tanto la del portal como la de su propio apartamento. Ante él se presentaba una “escultural” delgada y bella joven, de ojos azul verdosos, larga melena color castaño, “regalándole” una sonrisa casi permanente. La forma de comportarse, en la muy atractiva visitante, con sus guiños, gestos y pícara mirada, estaba plenamente repleta de provocativa y delicada sensualidad.

“El grupo Darling in love para el que trabajo, compartiendo el calor fraternal de mi cariño, tiene pleno conocimiento de la soledad que estás padeciendo en la actualidad. Con toda celeridad he acudido a tu necesidad, ofreciéndote mi compañía y la dulzura sexual, con la que vas a recuperar la ilusión vigorosa de un hombre en la plenitud de su capacidad afectiva. Por ser la primera vez en que el destino nos ha unidos, los 30 primeros minutos de lo que espero sea tu mejor noche, serán absolutamente gratuitos, por gentileza del grupo de encuentros al que estoy vinculada. El tiempo de esta “alocada noche” se te tarifará por horas, con el precio de 200 euros, cada una de aquéllas. Admitimos para el pago las tarjetas Visa y Mastercard, utilizando un datafono electrónico del que vengo provista. Si por el contrario prefieres abonar el servicio en efectivo, se te haría un descuento progresivo del 4, 5, 6 % … aplicado a las sucesivas horas de esta noche, que estará plena de amor y traviesa sensualidad. Estoy diplomada en el máster “Corporal and spiritual animation” impartido por la afamada Universidad de Denver, en el estado americano de Colorado. Si te apetece, objetivo que no pongo en duda, te puedo mostrar un ilustrativo catálogo en color, con las “picardías” que podemos compartir tú y yo, en esta inolvidable velada nocturna, a fin de que vayas eligiendo el “itinerario” sexual que más te seduzca y excite”.

El bueno de Lucio no acertaba a salir de su asombro. El aturdimiento embargaba su equilibrio mental y emocional, pues no acertaba a poner un orden racional a la situación que estaba protagonizando. Ese servicio que se le ofrecía  en su propio domicilio y que no había solicitado le hacia preguntarse hasta dónde llegaba la privacidad actual en las personas. Tratando de recomponer su patética y confusa situación, acertó a decirle a la bella Iris, que tenía a muy escasos centímetros de su ser, las siguientes palabras:

“Señorita Iris. En modo alguno pretendo molestarla o ser descortés con mi respuesta. Nunca podía imaginarme que, sin haberlo solicitado de manera expresa, esa organización de la que me habla pudiera estar tan al tanto de mis necesidades o carencias.  Le confieso de que no estoy en este momento preparado mentalmente para continuar con esta “negociación o transacción comercial”. Tendría que asimilarla con un mayor margen de tiempo y preparación. Le agradezco su esfuerzo y franca disponibilidad. Le ruego que me deje alguna tarjeta. Con los datos necesarios, por si en otro momento, tras la reflexión que quiero hacer, solicito de sus servicios. Si tengo que abonarle alguna coste por el desplazamiento (que no le he pedido) me lo indica, pues con deferencia y generosidad lo afrontaré. Desde luego, expresarle mi agradecimiento por su amabilidad y dulzura en el trato. Perdóneme, pero en este momento no estoy preparado, sino todo lo contrario, más bien aturdido”.


Cuando en la mañana del lunes se dirigía a pie hacia su trabajo, recorrido que hacía en no más de 20 minutos, pensaba una y otra vez la experiencia de la noche anterior con la muy atractiva Iris en el pequeño salón de su apartamento. Se preguntaba hasta dónde pensaban llegar esos nuevos dioses de la providencia, que parecen saberlo todo sobre ti. Verdaderamente sentía inquietud, incluso miedo, acerca  de los medios que las tecnologías digitales estaban poniendo en manos de grupos, muy bien organizados, a fin de investigar, controlar e influir en la privada individualidad de las personas. Son como nuevos dioses de esta era temporal, que casi todo lo saben y que casi todo lo pueden. Mientras tanto, la tarjeta serigrafiada de Iris, diplomada en el Corporal and Spiritual Animation” y miembro activo del grupo Darling in love reposaba sobre la mesita de noche en su dormitorio, esperando una mejor oportunidad.

Esa misma mañana una operaria del servicio de limpieza, subcontratado por el gran centro comercial, dialogaba con Cleo, al encontrarse con este comercial en la planta baja. Vistiendo su azulado y blanco uniforme de trabajo, sin los hábiles aditamentos de maquillaje y con el pelo recogido en un moño, nadie reconocería en ella a la escultural Iris de la noche anterior. Mientras la chica narraba a Cleo la escena protagonizada en el piso de Lucio, su interlocutor (sin poder reprimir sonoras carcajadas) le entregaba a la trabajadora una gratificación por la convincente interpretación que había hecho la noche anterior. Iris es en realidad Aurelia Santacana quien por las tarde, cuando dejar de trabajar en la limpieza de locales, casas y oficinas, asiste a un taller de interpretación, promovido por la Concejalía de la Juventud y Deportes perteneciente a la Corporación Municipal de la localidad. -




José L. Casado Toro (viernes, 13 Julio 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 6 de julio de 2018

HUELLAS CONSTRUCTIVAS EN LAS VIDAS DE AYER.


Son como testigos silenciosos de muchas historias que algunos aún mantienen en sus trabajadas memorias. Su generosidad es manifiesta, pues han podido dar cobijo a éstas o a aquéllas familia, a lo largo de varias generaciones. La evolución sin tregua del calendario ha ido haciendo desaparecer a muchas de las personas que habitaron esos entrañables espacios. También ellos mismos se han visto “derribados” a causa de la obsolescencia natural de sus materiales, que ha hecho aconsejable su sustitución por otras estructuras más modernas, cómodas y versátiles, dado el constante avance de la tecnología y la ineludible novedad de los modernos diseños constructivos.

Pero ¿de quién estamos hablando? ¿Qué son esos terrenos, a los que una y otra vez nos estamos refiriendo? En todos los núcleos habitados, siempre hemos conocido solares, más o menos espaciosos, que surgían del derribo de antiguas viviendas, tanto de construcción individual como también bloques de pisos, ubicadas en los barrios de nuestras ciudades. Ese suelo que aparece ahora “disponible” es apeteciblemente disputado por empresas de la construcción, con el fin de edificar nuevas manzanas de viviendas que alberguen a otras familias o esa arquitectura administrativa de oficinas, despachos y consultas de profesionales. Tanto para el caso de la habitabilidad familiar, como para la adecuación a la gestión administrativa, los bajos de esos nuevos edificios suelen estar dedicados a la creación de comercios y tiendas de la más variada gama y naturaleza.

Ciertamente esos enormes huecos poliédricos, situados entre otras edificaciones aún en pie, pronto o más tarde desaparecen, pues en su lugar crecen nuevas estructuras arquitectónicas, de diseño más moderno o incluso manteniendo el clasicismo original (a veces sólo conservan la bien remozada fachada original, que se “respeta para la historia con esos espectaculares tirantes metálicos que protegen su valor histórico monumental).

Sin embargo los vaivenes de los ciclos económicos trajo al mundo esa letal década que tanto daño ha hecho a casi todos, especialmente a la generación más joven que ha visto sustraída muchas oportunidades y esperanzas para la acomodación de sus vidas. Desde el 2008 hasta prácticamente la actualidad, en que parece que vemos a esa cruel recesión en el camino de su despedida, aunque todavía permanecen vaivenes y dudas para la recuperación de la prosperidad de otras épocas.  Se va creando riqueza, se dinamizan los intercambios, el poder adquisitivo va iniciando su despegue en positivo, aunque aún soportamos un paro laboral estructural, con visos de patología sociológica, que afecta a los más jóvenes y también a esa edad madura que no ve luces esperanzadas para su merecida y confortable jubilación.

Muchos de estos huecos y solares, con apariencia de eriales abandonados, van siendo “felizmente invadidos” por grúas y andamios, hormigoneras, palés de ladrillos y numerosos sacos de cemento y arena, pero sobre todo por esa anhelada estampa que forman las cuadrillas de albañiles- Estos profesionales, con sus cascos y aparejos de seguridad, diestramente van limpiando un abandonado suelo “tomado” por matojos y alimañas, excavan en el mismo  y van lanzando hacia las nubes todos esos pilares y tabiques que generan las estructuras de los nuevos edificios para la habitabilidad. Algunos de estos espacios “incultos” llevaban más de una desasosegante década de espera, inundados por una muy descuidada naturaleza vegetal, mientras que los muros que los acotaban se han visto cromatizados por dibujos y grafittis sin que falte, por supuesto una recurrente cartelería comercial, sin el menor equilibrio cívico, calidad o estética visual. Incluso en ocasiones hemos visto temporalmente “ocupados” estos solares por personas o grupos desarraigados, que han aprovechado ese suelo para la erección de chabolas o incluso las más ágiles tiendas de lona. Otros espacios, con menos “suerte” se han convertido en basureros urbanos de escombros, e incluso han servido para soportar el lanzamiento degradadamente incívico de bolsas con residuos, o como útiles urinarios o puntos de defecación de animales y personas, dada la dejadez de las autoridades y responsables municipales por no dotar de estos útiles servicios a la ciudadanía que tributa. 

En este nuevo tiempo para la esperanza, que parece contemplarnos, las empresas de la construcción han entrado “a saco” en esos abandonados espacios, con tal ímpetu y eficacia que los expertos en la materia económica han llegado a temer incluso la eclosión de nuevas “burbujas” financieras ligadas al ladrillo y al cemento arquitectónico.

Resulta interesante y muy saludable pasear por la ciudad. De esta manera podemos fijarnos en numerosos solares que aún esperan la llegada de las máquinas. En las paredes de los edificios adjuntos aún pueden percibirse las huellas de los datos que identificaban al bloque de viviendas del que hoy apenas queda nada. Sin especial agudeza comprobamos el número de plantas sobre el suelo, la altura de las viviendas, el grosor de los muros, el tipo de materiales que fue usado para su construcción, el color de las paredes en muchas habitaciones, los restos de ese papel pintado que algunos utilizaban sobre la tabicación e incluso algunos dibujos a modo de adorno sobre esas mismas paredes.

Expresadas estas consideraciones, vamos a detenernos ahora en uno de esos vetustos y degradados espacios, que está situado en el núcleo más antiguo y sin embargo céntrico de la malla urbana que conforma geométricamente nuestra ciudad. Por las características de los edificios colindantes y el conjunto de toda la zona, este humilde bloque de planta baja, sobre la que descansaban otras dos en altura, debió de ser construido en los años inmediatos de la posguerra, probablemente en los años cuarenta o a comienzos de la década de los cincuenta, en el siglo pasado. Tenía, ayudándonos también de nuestra memoria, dos viviendas por planta, siendo habitado en consecuencia por cuatro familias, más una tienda de ultramarinos a nivel de calle, además de la puerta que daba entrada a la vivienda y un gran almacén a su derecha, con su correspondiente persiana metálica. El bloque carecía (dado el lugar y la época) de garajes o aparcamientos y tampoco tenía esas cavidades tan útiles para guardar material como eran y son los sótanos subterráneos. Esta construcción carecía de cubierta aterrazada pues, al igual que sus edificios colindantes, finalizaba con un tejado a dos aguas, que blindaba, con su forma triangular y unas tejas muy gastadas, toda la cubierta del edificio. Eran tejas de cerámica muy gastadas por el paso del tiempo, lo que provocaba, dada las deficiencias y deterioro de su construcción, “divertidas goteras” para los más pequeños de las dos casas del segundo piso. Para las personas mayores esas goteras sembraban la preocupación y los suspiros exagerados, dificultad que se intentaba resolver colocando latas vacías, cubos y palanganas en el suelo, a fin de recoger los goterones que con más o menos fluidez caían desde el humedecido techo. Era frecuente que todos los miembros de la familia colaboraran con su esfuerzo para realizar el correspondiente movimiento de muebles, que evitase el deterioro de la madera con el que toscamente estaban construidos.

Las cuatro viviendas eran abalconadas, con numerosas y “agotadas” macetas de barro, debido a una tierra que no se abonaba y se regaba en demasía. Tantas macetas, debido a la cortedad espacial, dejaba escaso suelo útil para los inquilinos del piso. Curiosamente los dos balcones de la primera planta tenían un cierro de madera y cristal que potenciaba la privacidad del interior familiar, pero que permitía sin embargo observar con comodidad las vivencias de las viviendas vecinas y el paso de los viandantes por la calle. Ese cierro actuaba a forma o modo de celosía.

La escasez de niveles o plantas y lo humilde de la construcción no había favorecido la instalación de un ascensor para el uso de los inquilinos, todos ellos en régimen de alquiler (parece ser que el propietario actual era el nieto de un marqués, el cual había recibido el inmueble como herencia y quien cada mes se encargaba de pasar por las viviendas para el cobro de los correspondientes  recibos). Por esta razón, sus residentes estaban habituados a subir los escalones de madera, muy gastada por el uso y que provocaba en ocasiones los peligrosos resbalones y las lesivas caídas al bajar, cuando los usuarios lo hacían con prisas y no asían bien sus manos a la también muchas veces repintada barandilla, construida en hierro y madera.

¿Quién se encargaba de abrir la puerta de la calle, cuando alguien como el cartero, el cobrador del Ocaso o algún que otro visitante tocaba en el llamador de hierro que se hallaba situado en el frontal del viejo portón? Para estos casos, los cuatro vecinos habían previsto una larga cuerda que iba desde una argolla ubicada junto a la barandilla de la segunda planta hasta el pestillo de la cerradura en la puerta. Este pestillo se estropeaba con frecuencia, debido a los fuertes tirones que se ejercían desde arriba. El cartero casi siempre, una vez dentro del portal y ante la puerta, después de tocar en el pomo gritaba a viva voz el nombre del vecino para el que traía alguna correspondencia.

En esas viviendas modestas, de los años cincuenta y sesenta, la mayoría de las casas carecían de cuartos de baño. Las familias disponían de un simple cuarto de aseo. Los inquilinos de las casas tenían que lavarse “a trozos” o utilizando alguna cubeta o barreño donde se introducían y una vez enjabonados se echaban por encima algo de agua previamente calentada, tibia o incluso fría en verano. Precisamente las cocinas de este inmueble utilizaban unas cavidades, hornillas o fuegos, construidas de ladrillo, en cuya parte cenital se aplicaban unas rejillas, muy adecuadas para calentar, freír o guisar las comidas. En cuanto al combustible o energía utilizada, era el carbón la materia energética más común y económica. Ya a finales de los cincuenta, muchas familias compraban unos hornillos o “infiernillos” de petróleo, como solución más avanzada, aunque hubo que esperar el avance de los sesenta para que las bombonas y cocinas de gas fueran de uso mayoritario.

Este pequeño bloque, como otros tantos de la época, tenía un ojo de patio interior, que iluminaba y oxigenaba las habitaciones y que no daban a la calle. En ese pequeño patio descansaba una gran pila de cerámica esmaltada, que era usada por las cuatro familias para lavar la ropa. Las lavadoras eléctricas no habían llegado aún al común de los hogares. Así que las cuatro vecinas buscaban la oportunidad de bajar al patio para “hacer la colada”. Tomaban el agua de un enorme pilón o barril metálico al que periódicamente echaban las cenizas de los braseros. Esa agua con ceniza ejercía como lejía de sosa que facilitaba el lavado y no se “comía” o dañaba el color de la ropa. El “detergente” usado era grandes tacos de jabón verde que con esa agua hacía bastante espuma. La ropa lavada era tendida por cada una de las vecinas en unos cables o cuerdas que cruzaban el hueco que daba al lavadero. Tanto el tendido como el lavado era una atractiva y alegre oportunidad para intercambiar chascarrillos, los avatares de la novela radiada “Ama Rosa” el serial más popular y lacrimógeno de la época. También era motivo frecuente de diálogo el coste de los productos de la compra, las travesuras y castigos de los niños y esa frase tan socorrida del “te voy a contar algo que no te lo vas a creer, pero me tienes que prometer que no se lo vas a contar a nadie: dicen que han visto a la Elo….” Obviamente, dicho comentario o “chisme” malintencionado llegaba pronto a toda la vecindad e incluso “traspasaba” en su conocimiento el marco urbano donde primero se había compartido, llegando con presteza a otras calles próximas del barrio.


 



El local o tienda de ultramarinos lo regenta el muy conocido por todo el barrio Benito Paz, el cual vive con su familia en el 1º B del bloque. La suya es una tienda preferentemente de artículos alimenticios de venta al por menor o detallista. El buen corazón del tendero le hace mantener una densa libreta de “fiados” que muy lentamente van disminuyendo el nivel de sus deudas, pues todos los días hay que comer y este sector de la ciudad, aunque muy próximo al centro, está habitado de manera generalizada por gente bastante humilde. Benito tuvo que luchar con “los rojos” en la Guerra Civil, aunque nunca se significó por sus ideas y al finalizar la contienda, tras unos meses de cárcel, quedó libre y pudo casarse y formar una familia con esfuerzo, paciencia, trabajo y un corazón pleno de bondad. Su mujer Amelia está dedicada por entero a las labores del hogar. Tienen tres hijos, dos niñas y un varón llamado igual que su padre, al que sus padres han dado estudios de peritaje, pues desde su infancia deseó trabajar en la Renfe. Las dos hijas aprenden, tras la escuela, en el taller de costura de la señora Carmela.

En el 1º A, piso también con esa privada atalaya de cierro en el balcón, vive un hombre llamado Julián Valdenueva, que se dedica al negocio ilegal de apuestas de “La Rápida”, ingresos que complementa con la reventa de entradas, para los espectáculos taurinos, futbolísticos y cinematográficos. Vive junto a una chica mucho más joven que él, aunque nadie conoce si han pasado por la vicaría o el Registro Civil. La Loli lava la ropa en algunas “casas bien” y atiende con gran respeto la autoridad de su pareja, que emplea mano dura para que esta joven no se salga de una servil obediencia. Julián ejerce como protector, jefe y dueño de esta chica que, con el paso de los años, va acumulando gramos en su cuerpo. Las vecinas criticonas del lugar comentan en voz baja que “el Julián” sacó a “la Loli” del negocio carnal,  en los duros años de carencias y degradados hábitos para la supervivencia, originados en la posguerra de España.

Subiendo por la escalera de la barandilla repintada y el largo cordel como abridor, llegamos a la segunda y última planta del aquel variopinto edificio de una calle con grados importantes de desnivel hacia el también abandonado Altozano. El 2º A está ocupado por la familia Nogueroles. Fermín trabaja como carpintero en los talleres ferroviarios de la Renfe. Hombre dado al trabajo y a la autoridad paternal, no perdona en la tarde del viernes y sábados sus buenas copas de desahogo en el Quitapenas de la Plaza del estanco. Aunque bebe como una cuba y llega tambaleándose a casa, sabe evitar el escándalo, yéndose con presteza a la cama para dormir su silenciosa cogorza etílica. Su mujer, Claudia, acepta con resignación la autoridad que ejerce quien trae al final de cada mes el dinero a casa, aunque ella se desahoga con largueza en la educación de sus dos hijos, niño y niña, con la disciplina de mano dura de aquellas madres de los cincuenta, para corregir las travesuras de estos críos de siete y nueve años de edad. Como casi todos los niños del barrio, éstos juegan en la calle. con sus amiguitos de las casas vecinas. En aquellos años no había televisores, ordenadores, tablets o bicicletas. Todo lo más a que los niños del barrio podían acceder era a rudas patinetas de madera y ruedas de goma, como la que Fermín fabricó a su hijo en los talleres de la Renfe, aprovechando esos momentos residuales que la empresa estatal posibilitaba. Claudia tiene tantas macetas en su reducido balcón que cuando escucha algún ruido o a gente armando bronca en la calle, incluso cuando ha de llamar a Pablito y Maruchi o para hablar con su vecina, saca parte de su cuerpo por un hueco de la puerta que cierra la parte posterior del balcón, desprovisto del correspondiente cristal.

Y, ya por último, tenemos en el 2º B a la familia de Palmiro Martínez, confitero de profesión, que trabaja en un obrador propio que tiene alquilado en una calle muy populosa, a “tres manzanas” de su domicilio. Allí, junto a su cuñado Pelayo, elaboran una variada gama de pasteles y tartas, además de la panadería del día, productos que venden en la parte delantera de ese bajo, donde la numerosa clientela del barrio acude a comprar el pan caliente del día y esos golosos dulces para alegrar los postres, las meriendas, los cumpleaños y los santos. La confitería/panadería tiene por nombre La Tahona, estando al frente del mostrador como expendedora la mujer del confitero, llamada Saturma (conocida popularmente por Sati) a quien ayuda una sobrina que ha venido del pueblo, de nombre Perpetua, hija única de unos labriegos muy humildes. La chica ha encontrado la hospitalidad y el trabajo en la familia de sus tíos, quienes le han preparado un pequeño cuarto como dormitorio en la trastienda de la confitería, aposento ubicado junto al obrador de los dulces. Palmiro y Saturna tienen dos hijos, Damián y Custodia, que dedican muchas de las horas del día a distraer sus energías con los juegos de la calle junto a sus amiguitos del barrio. El “pilla pilla”, “policías y ladrones”, la “pelota empotrada”, las canicas o bolas  de cristal, el “escondite”, el salto de la comba”, la “rueda”, son las diversiones más recurrentes en su desbordante y asombrosa energía de estos niños que utilizaban la vía pública como campo de juegos, en aquellos inolvidables años de los cincuenta y sesenta. Damiio de velos y sotanas. lo religioso y mantiene la distancia con todo el beatera de la confiterde solemnidad án también practica de "monaguillo", ayudando a don Servando, párroco de la Iglesia del barrio, en la Santa Misa y demás oficios litúrgicos del calendario anual. Su padre piensa que, a través del cura, el niño tal vez pudiera entrar en el Seminario a recibir una educación de provecho, aunque él mismo no es practicante en lo religioso y procura mantener las distancias con todo el beaterio de velos, sotanas y “golpes en el pecho”.

Son muchos los solares, como el protagonista de este relato, que en sus “castigadas” estructuras aún nos recuerdan las “castizas” y populares vivencias que albergaban hace más o menos siete décadas, conservadas en los fieles archivos o anaqueles documentales de nuestra memoria. En la actualidad, con la “desigual” recuperación social de los flujos económicos, la actividad constructiva centra en ellos sus intereses y esfuerzos a fin de concederles una nueva oportunidad. A buen seguro, otras generaciones, jóvenes actores del Siglo XXI, los habitarán e intercambiarán solidariamente en ellos otras formas de vivir, disfrutar y dibujar sus propias  líneas de ruta, ante los retos que el destino, la imaginación y el voluntarismo les ha puesto como metas. Esos jóvenes del hoy recorrerán, con esa mezcla de esperanzas, prisas y desconciertos, los hitos siempre progresivos y futuribles de un calendario para el que no se han construido o habilitado estaciones de espera.- 



José L. Casado Toro (viernes, 6 Julio 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga