viernes, 13 de septiembre de 2019

VALENTÍA INUSUAL EN UNA DIFÍCIL DECISIÓN.

Nos asombra positiva o negativamente la llegada a nuestros oídos de informaciones acerca del cambio de ruta que adoptan algunas personas, con respecto a comportamientos muy consolidados en su rutina vivencial. Las más de las veces, esos nuevos caminos que ahora emprenden resultaban verdaderamente impensables e insólitos para sus familiares, amigos o conocidos, por lo que esa primera noticia que nos desconcierta provoca cierta incredulidad o duda, confusión que no resulta fácil de asumir e integrar en las estructuras de nuestro conocimiento

En ocasiones, esa sorprendente información nos llega de “primera mano”, puesta en boca precisamente de quien la protagoniza. Pero las más de las veces esa noticia nos la comenta otras personas vinculadas o amigas ¿Te has enterado de que ….? No te lo vas a creer, pero … Te puedo asegurar que es cierto lo que te voy  contar. Tu conoces a … ¿verdad? pues tengo que decirte que …” Cuando nos recuperamos del impacto que nos produce el inaudito contenido, tratamos de confirmar su veracidad, pues verdaderamente cuesta trabajo llegar a creer la radical, novedosa y valiente información que acabamos de recibir.

El personaje que centra el protagonismo de este relato tiene por nombre Heraclio Lilla Bosnial. Estar vinculado familiarmente a una “dinastía” profesional no cabe duda que puede condicionarte, a la hora de elegir tu futuro proyecto laboral. Efectivamente “Hero” se encontraba inmerso en una amplia genealogía de docentes. El magisterio, con su trascendente y admirable labor en la formación de niños y niñas, se hallaba fuertemente arraigado en la impronta de esta familia Lilla. Se sabe que una bisabuela dedicó toda su vida para trabajar en aquellas míticas aulas rurales de hace muchas décadas. También sus abuelos y su propio padre, D. Viriato, fueron maestros de educación primaria. En este “escolarizado” ambiente familiar, tanto él como su hermana Gladia, tenían muy difícil sustraerse a la influencia docente en el momento de elegir y diseñar sus respectivas carreras formativas, a fin de obtener una preparación y titulación que les facultase para optar a una profesión satisfactoria cuando alcanzasen la edad adulta.

Los dos hermanos eran bastante diferentes al respecto. Mientras que a Gladia, ya desde su infancia, le agradaba el trato y la labor formativa con los niños pequeños, mostrando una innata e influenciada capacidad pera el cuidado y distracción de su hermano menor, así como también con los amiguitos y vecinos del barrio, Hero tenía un carácter menos paciente e imaginativo para el trato con sus amigos y su propia hermana. Desde luego uno y otro, tenazmente aconsejados e influenciados por su progenitor Viriato, cuando llegó la hora de finalizar sus estudios medios, se matricularon en la Escuela Normal de Magisterio, centro donde hace años se formaban a los maestros y a las maestras (en aulas y zonas separadas) instituciones escolares previas a las actuales Facultades de Ciencias de la Educación.

En su académico recorrido formativo, Gladia se mostraba feliz y pletórica para llevar a cabo su idealización vocacional, mientras que Hero en ningún momento estaba convencido que aquella fuera la decisión más acertada para su futuro profesional, posición que sólo su madre, Bibiana, entendía. Por supuesto que a ninguno de los dos, madre e hijo, se les pasaba por la cabeza el intentar contradecir los firmes y autoritarios criterios del tozudo cabeza de familia. Viriato, en algunos momentos de diálogo con su mujer e incluso con su hijo, se lamentaba que éste nunca había demostrado ser un buen estudiante. Ciertamente su expediente académico estaba repleto de calificaciones “básicas” o exentas de esa brillantez que enorgullece no sólo a quien las obtiene sino muy principalmente a sus padres. En esas notas que llegaban a casa abundaban mayoritariamente los “suficientes” y muy escasos “notables”. El veterano maestro criticaba con acritud, recordando cuando su hijo y heredero tuvo que pasar por la humillación y el trago amargo de las recuperaciones en septiembre. Hero tuvo que repetir curso en 1º de bachillerato, pues tras las dos oportunidades de junio y septiembre, le seguían quedando varias materias suspensas que obligaron a la repetición del curso.

¿Pero cuáles eran las profesiones que despertaban motivaciones íntimas en el privativo carácter de Heraclio? Desde pequeño mostraba su gusto y afición por todo lo relacionado con el mundo ferroviario. Llegadas las fechas navideñas, así como las efemérides del cumpleaños y el santoral, Hero solía “pedir” de una u otra forma algo relacionado con la movilidad del transporte sobre raíles. Complicadas maquetas de trenes, la ilusión desbordante por los convoyes eléctricos, colección elementos complementarios, como vías, estaciones, puentes, casitas con las que formar esa simpática escenografía viajera, láminas, recortables y cromos con imágenes de trenes, cuentos y libritos sobre la misma atractiva temática … Ciertamente no sólo era el transporte ferroviario. También disfrutaba con los barcos, automóviles y aviones de juguete, las “bicis”, los patines y esas patinetas hoy tan de moda y de alto riesgo para los viandantes, pero impulsadas con el esfuerzo muscular del pie.

A “trancas y barrancas” el confuso y escasamente vocacional estudiante de magisterio pudo finalmente alcanzar el preciado y anhelado título de maestro, siguiendo la estela de su hermana, quien obtuvo la misma cualificación para ejercer la enseñanza tres años antes (la diferencia de edad entre los dos hermanos era de dos años largos) y con una mayor brillantez meritoria en su ejemplar expediente. La chica aplicó a tal fin un responsable esfuerzo, paralelo a su mayor capacidad y vocación para esa trascendente función de enseñar y educar a los niños. Sin embargo habría que leer “la letra pequeña” en el diploma de Hero. Viriato había sabido moverse con diligencia y persuasión en los círculos educacionales. Era una época en que las amistades y los favores pendientes generaban verdaderos “milagros”, tanto para conseguir un puesto de trabajo en un colegio privado como para ser contratado en uno de titularidad pública. Esas “ayudas” providenciales también daban excelentes y sorprendentes frutos cuando llegaban la “deseadas y temidas” pruebas de oposición. En ese momento era importante conocer a los miembros de los tribunales que avalaban y designaban los candidatos propuestos para ocupar plaza de titular como funcionario en el cuerpo del Magisterio Nacional. “Yo conozco, tu conoces”: el mundo “taumatúrgico” de la recomendación.

Como ya era usual, en el orden cronológico, primero fue Gladia, quien se convirtió con gran alegría de su familia en maestra nacional. Sigue ejerciendo su profesión con proverbial eficacia y entrega vocacional, felizmente casada y con dos traviesos retoños en su nueva familia. Para conseguir que Hero lograra al fin (tras varias convocatorias fallidas) entrar en el cuerpo nacional de maestros, como funcionario, Viriato tuvo que “negociar” ímprobos esfuerzos, a través de bien situados amigos.  Los esfuerzos paternos se vieron también favorecidos, en esta etapa final de la época franquista, cuando el Ministerio de Educación Nacional realizó unas convocatorias de oposiciones con unas bolsas de plazas muy numerosas. Exactamente un año antes del fallecimiento del anterior Jefe del estado, Heraclio Lilla consiguió al fin plaza de maestro ocupando, eso sí, uno de los últimos lugares en el listado definitivo de aprobados.

Muy próximo a cumplir los veinticinco años, el “forzado“ educador inició el ejercicio funcionarial de maestro nacional, recorriendo durante algunos cursos varias localidades rurales, hasta conseguir destino definitivo en una importante ciudad dormitorio de la capital de España. Había contraído matrimonio con Valeria, su novia desde la adolescencia, quien curiosamente no se vinculó laboralmente el sector de la docencia, sino que dada s también sus raíces familiares, sigue trabajando en un local de peluquería montado por uno de sus cuñados en un populoso centro comercial.

Durante los diecinueve años que Heraclio ha estado ejerciendo la función educativa, ha sido un maestro sin ilusión, imaginación y (también hay que decirlo) sin capacidad. Cumplía, día tras día y año tras año, sus funciones laborales ante los alumnos, sin esa vocación y amor imprescindible, para sentirte feliz y realizado, con aquella misión que la sociedad te ha encomendado y por la que recibes una compensación retributiva. Cuando llegaban los lunes su vida se ensombrecía, por tener que seguir “interpretando” ese papel de educador, que le importaba y gustaba bien poco (por no expresar sus sentimientos con palabras más duras e inapropiadas). La vida se le ofrecía más simpática y agradable cuando llegaban los bien esperados viernes y las posibilidades lúdicas del fin de semana. Pero durante esos días intermedios, se le hacía un mundo tener que “bregar” con la vitalidad incontenible de los treinta y tantos críos que cada curso tenía a su cargo, luchando por mantener el orden en el aula, dura tarea  que agotaba sus energías, un día sí y el otro también. “Sufría” teniendo que explicar, de una forma mecanicista y rutinaria, unos contenidos que no llegaban bien a su muy joven auditorio. Sus palabras palabras, sus gestos y los recursos didácticos utilizados os recursos did tambites al respecto. aplicados salían de su ser sin la necesaria e imaginativa convicción para lograr unos buenos resultados en cuando a la motivación y a la actividad práctica de los escolares. El tedio y la monotonía se le mezclaba con los nervios y las voces que desordenada e inapropiadamente expresaba, con esa debilidad de dar frecuentes “mamporros” cuando se carecen otros recursos más profesionales y didácticos para la causa. Y en su hogar, el aburrimiento insufrible de corregir libretas y ejercicios, con desgana y sin motivación. Por supuesto, nada de prepararse las clases del día siguiente. Pensaba, curso tras curso, que ya sabría improvisar sobre la marcha. La infelicidad en su carácter era manifiesta, estado anímico que cambiaba cuando en el “finde” podía disfrutar, cual niño pequeño, organizando el gran montaje de maquetas de  trenes y estaciones que laboriosamente haba ido acumulando en la buhardilla de su vivienda. Se trataba de una casa muy antigua que necesitó ser restaurada, pero que alquiló a buen precio cuando matrimonió con la paciente Valeria.

Pasaban los años y le iban llegando, a través de otros más motivados compañeros de colegio, unos nuevos conceptos y procedimientos metodológicos en los que nunca quiso profundizar, por un evidente desinterés hacia los mismos. ¿Cuáles eran los títulos de estas nuevas formas didácticas? La atención personalizada a la diversidad. El aprendizaje a través de los talleres de juegos. La eficacia del trabajo cooperativo grupal. La aplicación de las nuevas técnicas informáticas y otros medios audiovisuales en el proceso de la enseñanza y el aprendizaje. Los incentivos de la enseñanza por descubrimiento. La rentabilidad metodológica de las salidas extraescolares del aula, para el estudio in situ de los contenidos de aprendizaje. Las ventajas del trabajo por monitorización. Las comisiones de mediación, para resolver muchos de los conflictos e indisciplinas escolares. La elaboración y el seguimiento de los proyectos curriculares de aula. Las alternativas a los exámenes tradicionales, con los procesos periódicos de evaluación y autoevaluación. Evidentemente, este mundo de la nueva escuela no iba con él. ¿Cómo mantener esta ficción, en la que la autoridad de un padre insensible le había sumido, contando con su más que manifiesta débil voluntad?

Cada vez estaba más convencido acerca de la conveniencia de dar un golpe de timón, muy difícil pero necesario, objetivo que venía barruntando desde hacía tiempo con su mujer Valeria. Persistir trabajando en una profesión para la que se carece de una mínima actitud vocacional supone un clamoroso error y una íntima frustración personal. Ciertamente, dos elementos contribuyeron a facilitar esta drástico y trascendental cambio en la vida de un maestro, sin ánimos para continuar en esa bendita profesión.

Una de estas circunstancia propulsoras fue la jubilación de D. Viriato, importante evento en la vida de un padre absorbente, acontecimiento al que unió la paralela separación matrimonial con su esposa Bibiana. En este hecho familiar tuvo una decisiva influencia la vinculación afectiva del viejo maestro con una bella mujer, 23 años más joven que él, llamada Lania. Esta radical acción, en el comportamiento de un padre siempre perfecto, parece que dio alas a su acomplejando hijo, a fin de buscar un mayor protagonismo vital que le “liberara” al fin de la agobiante “cadena” de la  influencia paterna.

Otro hecho facilitó también el cambio de vida que se había propuesto realizar Heraclio. La amistad con un buen compañero de trabajo, Claudio Bentabol, le permitió conocer los datos básicos de una futura convocatoria de oposición para cubrir plazas de auxiliares en la Renfe. El hermano de Claudio era en ese momento subjefe de la Estación de ferrocarriles, en Ciudad Real. El frustrado maestro puso todo su empeño y esfuerzo en preparar esa “apetecible” convocatoria. Las aprobó con buena nota, obteniendo una apetecida plaza laboral, tras renunciar a su puesto funcionarial en la enseñanza pública. Durante algunos meses estuvo trabajando, con destino provisional, en la expedición de billetes y en otras tareas administrativas y de atención al público. En la actualidad, tras unas pruebas de promoción interna, presta sus servicios como factor de estación, en una importante localidad de la provincia de Córdoba, ciudad a la que se trasladó junto a su mujer Valeria y su hija Cristal que ya alcanza los siete años de edad.

Ahora trabaja, para su felicidad y equilibrio anímico, cerca de los trenes, afición y “sentimiento” que no le ha abandonado desde que era pequeño. Atrás quedó el magisterio docente, con dos apreciables ventajas para los dos principales protagonistas implicados. En primer lugar los alumnos, que no tienen que seguir soportando a un profesor sin vocación en la difícil pero importantísima labor de formar a las futuras generaciones ciudadanas. La seguridad de un sueldo mensual nunca debe justificar el ejercicio de un trabajo que, sumido en la rutina y sin alma ilusionada, te hace profundamente infeliz. En segundo lugar, los alumnos no sólo se liberan de un mal maestro, sino que además éste encuentra su verdadero y feliz camino, vinculado a otra actividad profesional. En este caso, al mundo del transporte y a esos trenes que permiten la movilidad de las personas. Fue una decisión difícil, pero valiente, inteligente y honrada.

Siendo muy pequeño, no tendría más de dos o tres años de edad, Heraclio acompañó a sus padres y hermana para realizar un  viaje en un tren correo, desde Madrid a Salamanca. El motivo de este desplazamiento, llevado a cabo durante las vacaciones del verano, era ir a visitar a los abuelos, maestros de profesión, con destino en esa bella y monumental ciudad castellana atravesada por el Tormes. En pleno y lento desplazamiento (eran los primeros años cincuenta, de la anterior centuria) su padre don Viriato le llevó hasta la máquina de vapor que arrastraba al pesado convoy de vagones, para que conociera el singular y voluminoso artilugio motriz. Al llegar a la tan espectacular locomotora, los dos operarios maquinistas que controlaban la marcha del tren permitieron amablemente que padre e hijo conocieran el cuadro de mandos e incluso que se “acercaran” (con cierto miedo o recelo en ambos, desde luego) al gran fuego de la caldera, a fin de que disfrutaran con esas imborrables y didácticas imágenes. Era exactamente el ya muy lejano año de 1955. Aquella experiencia de impacto quedó grabada en la mente de un crío que caminaba a la vida y que, al paso de los años, nunca ha olvidado la significación que el ferrocarril ha supuesto para su vida y su proyección laboral. Heraclio consiguió, al fin y tras esos tres lustros de magisterio, ser un eficaz y feliz factor en la emblemática compañía de transporte que representa a los ferrocarriles de España.-


VALENTÍA INUSUAL
EN UNA DIFÍCIL DECISIÓN


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
13 Septiembre 2019





viernes, 6 de septiembre de 2019

SEPTIEMBRE Y SUS PROPUESTAS DE RENOVACIÓN.


Con ese ritmo endiabladamente aritmético que, aplicando una correcta y exacta cronología, no atiende a otras razones secundarias, hemos comenzado ya un nuevo septiembre. Lo identificamos como un mes iniciático y renovador, tras esa “desesperada huida” que los humanos solemos emprender, cada vez con más y tozudo ahínco, durante el tórrido período agosteño. Pero este noveno mes de la anualidad, del que apenas hemos recorrido hasta ahora algunos días, con alivio y esperanza nos devuelve a la siempre necesitada y valorada normalidad, en tantos y tan variados aspectos  de nuestra relativamente corta existencia terrenal.

Recuperamos con sentida y gozosa gratitud la percepción de temperaturas más suaves y soportables para el cuerpo, según las zonas geográficas donde residamos. Incluso nos llegan las primeras y añoradas lluvias que paradójicamente suelen ser de carácter impetuoso y dañino, a causa de ese fenómeno atmosférico denominado “gota fría, que condensa la gran cantidad de humedad evaporada gracias al calor soportado durante todo el período estival. La mayoría de los veraneantes vuelven a las “oficinas”, a los talleres y a los demás servicios laborales, en donde reinician o buscan ese imprescindible trabajo que dignifica a las personas. También se recupera la habitabilidad del hogar familiar, tras las experiencias viajeras, el uso de hoteles o la estancia en esa 2ª vivienda que algunos poseen para la etapa veraniega vacacional o durante los fines de semana. Cierto es también que muchos de los ciudadanos han tenido la lúcida oportunidad de no moverse de su domicilio habitual, espacio que con pericia e imaginación ha podido resultar un lugar más que apreciable para la permanencia, comparándolo con determinadas vorágines viajeras, algo o  mucho “sofocantes”.

Septiembre se identifica igualmente como el mes de los mejores o sanos “propósitos de enmienda” que tras el verano emprendemos con manifiesta y sentida ilusión , aunque las más de las veces incumplimos esos objetivos que con tanto ardor habíamos dibujado en nuestras conciencias. Suele comenzarse un nuevo intento de retomar el aprendizaje de los idiomas, con preclaro protagonismo para el English. También nos proponemos diseñar unas nuevas dietas reducidas en carbohidratos y grasas para nuestras ingestas, aunque la voluntad suele mostrar su debilidad ante esas rigideces alimentarias. Por supuesto que también se renuevan con ilusión las matrículas en gimnasios y centros deportivos, en donde el pilates, el yoga y la natación tienen aclamado liderazgo. Ciertamente, fuera de esos espacios organizados para el ejercicio deportivo, también podemos echar mano de la práctica senderista, el running y otras modalidades inteligentes para quemar grasas y no desesperar con el inquietante aumento de las tallas en la ropa.

En el capítulo de las habilidades sociales, le damos una nueva oportunidad a la recuperación del diálogo entre los cónyuges u otros miembros familiares. DE igual forma tratamos de contactar y abrir vías de comunicación con algunos antiguos o enemistados amigos, con los que hemos perdido el contacto o incluso la concordia afectiva, debido a motivos casi siempre banales, infantiles o de difícil explicación para personas racionales y adultas.  

Sin embargo, por encima de todas estas recuperaciones y cambios en nuestros hábitos y costumbres cotidianas, el mes que conlleva el reinicio otoñal trae en sus ricas alforjas una repetida alegre realidad: la reapertura de los ciclos educativos para los más jóvenes de la sociedad. Las puertas de las aulas se abren especialmente para aquellos que se encuentran en la edad administrativa o institucional del aprendizaje o educación reglada, legalmente establecida. Colegios, institutos y facultades universitarias vuelven también a reiniciar el latido esperanzador de la cultura, con la llegada a la “escuela” de jóvenes generaciones, aunque también otros grupos de ciudadanos, con mucha más edad por supuesto, pueblan las aulas de adultos o centros de mayores, vinculados en su admirable gestión a la propia universidad o a los departamentos de cultura municipal de los ayuntamientos u otras organizaciones del ámbito privado.

Entramos en un mes especial en donde los libros de texto, los atlas y todo ese diversificado  material escolar, como son los lápices, las gomas, los sacapuntas, los bolígrafos, la tizas, las plastilinas, las pinturas, las libretas, los blocs, las cartulinas, las mochilas, los uniformes, los ordenadores, las tablets, las pizarras convencionales o electrónicas, etc, dan también vida y color a esos comercios de librerías, papelerías y ropas escolares, material que ofrecen renovado y puesto al servicio de un nuevo curso que con vitalista ilusión abre las puertas de la estación meteorológica otoñal.

Las aulas, los pasillos claustrales, los laboratorios, los espacios deportivos, los salones de actos y las bibliotecas, los comedores escolares, todos esos espacios para la relación y el aprendizaje se verán colmadas de una savia joven, vitalista, ruidosa y alegre, mostrando su disposición para avanzar en su proceso formativo, tarea socialmente encomendada a los especialistas del sistema educativo reglado: los maestros y los profesores. Allí, en ese micro mundo escolar, donde se enseña y se aprende, los niños y jóvenes habrán de convivir con sus maestros y compañeros durante una parte importante de los días de la semana, complementando la educación que también reciben en los hogares particulares por parte de sus padres, madres y otros familiares vinculados. Los escolares se encontrarán con el reglamento de las normas organizativas establecidas, con sus premios y sanciones, con las diarias explicaciones y las prácticas del aprendizaje y con esos más o menos temidos  ejercicios que se concretan en las pruebas y los exámenes de las distintas evaluaciones. Pero sobre todo, además, con el goce de las nuevas amistades y los círculos de relación, que irán sustentando y fomentando la necesaria e imprescindible sociabilidad.

Los escolares y sus profesores habrán de enfrentarse a la compresión, estudio y aprendizaje de los cada vez más amplios y densos contenidos, explicitados en los proyectos curriculares de las distintas programaciones para el curso vigente. La realidad nos confirma que esa sugestiva tarea difícilmente llega a cumplimentarse por la limitada disponibilidad temporal que el curso establece y las necesidades de los respectivos departamentos para desarrollar sus específicas disciplinas. Son tan ambiciosos los contenidos programados que, al final de cada periodo escolar, comprobamos que se han debido ir priorizando unos contenidos sobre otros y que expresándolo de una manera gráfica y comprensible, muchos de los temas de los libros o partes importantes de los mismos no pueden entrar en las pruebas de evaluación sencillamente por que no se ha tenido tiempo material para su adecuado trabajo, dentro y fuera del aula. Esta situación en algunos puede suponer una cierta alegría, aunque en otros esos suspiros de alivio se tornan en desánimo y frustración, básicamente por dos razones. La primera es porque los objetivos y contenidos programados desde la propia administración educativa no se han calibrado bien, con respecto a las posibilidades temporales para su tratamiento real. Han resultado excesiva y exageradamente ambiciosos. En segundo lugar, porque al programar esos objetivos básicos no se conoce de manera adecuada las necesidades, preferencias y prioridades de cada una de las comunidades escolares en donde han de desarrollarse su adecuado tratamiento para el aprendizaje. Porque ¿cuáles son los realmente importantes y cuáles son los que en principio poseen menos relevancia para la formación de los jóvenes?

Cada vez ofrece menos dudas que, en los tiempos actuales, el objetivo básico que el sistema educativo debiera proponerse, con acelerada prioridad, es la “revalorización” de una sociedad con no escasas “dolencias” éticas y morales. Un colectivo que va perdiendo, de forma paulatina, los valores imprescindibles de la persona, llegándose al caso extremo de la carencia de identidades básica para el equilibrio social e individual, provoca la ineludible y grave decadencia de ese grupo humano. Podemos llegar a un erial desalentador que exija la recuperación ética y moral de las personas y ciudadanos, con la mayor urgencia y premura. Una sociedad “enferma” por la carencia de esos positivos valores sería como un jardín sin flores, un mar sin agua, una atmósfera sin oxígeno, un sol que no ilumina o la sinrazón de una infancia sin sonrisas.

Establecer una jerarquía universal, en la importancia de los valores a los que no debemos renunciar, sería una tarea inapropiada o sin grandes acuerdos, en función de los criterios, intereses, carencias y principios que las distintas sociedades asumen entre sus señas de identidad. En realidad, todos los positivos valores son importantes, necesarios e insustituibles, para la buena salud de la persona individual y del colectivo social. Pero también es cierto que cada uno de nosotros optamos por priorizar unos valores sobre los demás que, obviamente, también son pequeños o grandes tesoros en la conciencia y en el quehacer de los seres humanos. Pocos son los que podrían estar en desacuerdo con el desarrollo educativo de los siguientes valores, sin pretender establecer una rígida escala jerárquica:

LA VERDAD. ¿Por qué, cada día más, las personas nos vamos alejando de la valentía que supone mantener una coherencia de pensamiento y acción, refugiándonos en la absurda opacidad de la mentira, la hipocresía, el engaño, la manipulación o la simulación? La carencia de verdad en las sociedades actuales es una endemia que nos empequeñece como personas con una conciencia enferma. La sinceridad es luz. El engaño es oscuridad. ¿Qué sentido tiene alejarse de la verdad y no gozar de la luminosidad?

LA GENEROSIDAD. La solidaridad con aquellos que más necesitan y piden nuestra ayuda se opone o frena la patología moral de los egos. El yo, después yo y más tarde también yo, carece absoluta y penosamente de sentido. Los comportamientos egolátricos y plenos de soberbia conducen, más pronto que tarde, a padecer la soledad e infelicidad más traumática en nuestras vidas. La avaricia nos hace infelices, sumiéndonos en la soledad.

EL ESFUERZO. Frente al pasotismo y la pereza, el ser humano está perfectamente cualificado para conseguir sus metas, grandes o pequeñas, con el esfuerzo físico, pero sobre todo el ético-moral. Si nos habituamos a recorrer la senda del trabajo, como fundamento o principio vital, cada vez nos resultará más llevadero y fácil cualquier objetivo, por complicado y duro que parezca. Aunque haya que trabajar duro, llegar a la meta siempre es posible.

LA BONDAD. Se opone, naturalmente, a la maldad, al odio y al dolor. No nos podemos sentir bien con nosotros mismos, cuando aplicamos estos negativos comportamientos que provocan la infelicidad en los demás y, de una u otra forma, en los innobles autores de esas perversidades. Esa felicidad y paz interior, al hacer el bien (sin esperar nada a cambio) es uno de los sentimiento más gratos y reconfortantes que toda persona puede disfrutar.

LA TOLERANCIA. Se diría, viendo el comportamiento de muchos adultos (pero también en personas jóvenes y adolescentes) que a estas alturas de la historia el valor de la tolerancia todavía no es ejercido o asumido por la universalidad de las personas. Y ello es grave. El no aceptar a los demás tal y como son, siempre que su proceder no infrinja las leyes o normas establecidas contra la acción delictiva, supone que las familias, la institución escolar y la globalidad social tiene aún mucho que aprender y, por supuesto, enseñar. El vilipendiar o atacar a quienes no son como yo o piensan de manera diferente supone que hay que luchar por difundir este imprescindible valor.

LA LIMPIEZA. No hay que referirse sólo a denominada propiamente corporal, tantas veces descuidada para castigo de aquellos que nos rodean. Sino también cuidar la limpieza física de nuestro entorno. ¿Por qué descuidamos nuestro proceder, ensuciando aquello que previamente hemos encontrado limpio? ¿Por qué incrementamos esa suciedad que nos rodea, con la mayor e incívica impudicia? Este saludable valor, como en tanta y tantas oportunidades, ha de comenzar a desarrollarse dentro de la familia. El mal ejemplo de los mayores resulta incalificable, sobre todo porque los hijos asumen lo que tan desafortunadamente hacen sus padres. Y después de la familia, esa “escuela” ha de proseguir con convicción por los colegios e institutos, además de la acción punitiva para los contumaces en echar la basura fuera de los contenedores, en esos otros espacios comunales para el disfrute de la ciudadanía.

EL SILENCIO. Resulta curioso que tengamos que discutir lo saludable de su aplicación. Pero en una sociedad la que cada vez más se intensifican las contaminaciones, entre ellas  las de naturaleza acústica, hay que defender el valor inteligente y saludable de su aplicación. No sólo en el aula, cuando el maestro explica y motiva, sino también en otros muchos ámbitos y espacios que conforman el espectro social. En esos puntos donde se reúnen las personas, en muchas ocasiones no se habla, sino que se grita; no se dialoga, sino que se vocifera; no se escucha, sino que se elevan los decibelios que emiten nuestras cuerdas vocales. El silencio es tantas veces el más bello sonido que el pentagrama logra con misterio y magia componer.

EL RESPETO A LOS MAYORES. Tradicionalmente ha sido uno de los valores y “preceptos” universalmente admitidos e indiscutibles para su difusión y aplicación. Sin embargo, este precioso y justo hábito no todos los de menor edad lo integran en sus respectivas conciencias. Y no es solo el cederles el asiento a esos “jóvenes de la 3ª o 4ª edad”, cuando viajamos en el transporte público o estamos en una plaza o jardín comunal. Ese respeto se demuestra principalmente aceptando que son personas que han vivido más, que tienen lógicamente una mayor experiencia de las cosas y que su capacidad o potencialidad física ha disminuido con el paso de los años.

Existen otros muchos valores que enriquecen y lustran de hermosa humanidad nuestras vidas. Los aquí citados son sólo una pequeña muestra de lo importante y necesario que es su difusión e integración mental  en los centros educativos. Todo ello sin minusvalorar otros contenidos, conceptuales y de habilidades procedimentales que, obviamente, ayudan y enriquecen la formación integral de las personas. La escuela debe ser un punto o espacio de encuentro, donde se trabajen, asuman y disfruten de los mejores valores y hábitos. Sin embargo hay que reconocer que esta trascendente tarea no resulta fácil, aunque tampoco imposible, en entornos acremente materializados y yermos de las mejores sensaciones personales. Se ha dicho que modificar determinados e indeseables hábitos sociales es tarea de varias generaciones. Aun siendo verdad esta realidad, pensamos  que sencillamente lo hay que hacer es empezar a cultivar y no desfallecer. No dejar este hermoso quehacer para mañana. Mejor, hoy. En cuanto a las medidas coercitivas, hay que decir lo poco eficaces que tantas veces resultan, porque no se integra en conciencia el mejor hábito que persiguen. Si no hay buena tierra, donde la planta pretendiera desarrollarse, los tallos no florecerán. La vegetación y las flores dan sentido, espiritual y físico, a nuestras existencias.

Nos visita un nuevo septiembre. Ese mes con ropaje de encanto, sutileza, dulzura y posibilismo. Seamos inteligentes y rentabilicemos su grata y didáctica oportunidad. Comienza un “nuevo curso” que ofrece un sugestivo temario en sus mágicas alforjas, para cambiar a mejorar.-


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
6 Septiembre 2019