viernes, 13 de abril de 2018

EL PERFIL MÁS HUMANO DE LA CELEBRIDAD.

En una luminosa mañana primaveral, Teodoro Amara Fehaciente, director de publicaciones en el muy afamado y tradicional magazín semanal “LUNA CRECIENTE”, repasaba los resultados estadísticos (venta y difusión lectora) alcanzados en el último trimestre por este muy cuidado órgano de información periodística. Las cifras resultaban tozuda y penosamente desalentadoras. Al margen de las características de su principal publicación en el mercado, esa baja en las ventas reflejaba un problema comúnmente generalizado en gran parte de la prensa escrita. En la era indefinida del dominio digital era incontrovertible que sólo la inyección económica, procedente de los insertos publicitarios, permitía sostener el complejo montaje del conocido grupo mediático.

Teo, un veterano “combatiente en mil batallas periodísticas” (62 años recién cumplidos) se repetía, una y otra vez “hay que buscar nuevos incentivos que permitan dinamizar y motivar el interés de ese lector, hoy día alejado de su proximidad a los quioscos de prensa”. A pocos minutos de estas reflexiones, sobre las tablas estadísticas que tenía sobre la mesa, llama a la puerta de su bien organizado despacho Abilio Morán Elena, un agresivo (profesionalmente hablando) y dinámico licenciado en periodismo, solicitando pasar al interior del habitáculo. El joven periodista había realizado sus prácticas en esta empresa, gracias a la recomendación de un importante financiero (tío segundo del profesional mediático) que había “inyectado” diversos préstamos (en inmejorables condiciones bancarias) a fin de mantener la viabilidad del semanario. Tras los correspondientes meses de prácticas, Abilio consiguió plaza fija en la plantilla de Luna Creciente,  trabajando eficazmente en diversas secciones de la revista.

“Toma asiento, Abilio. Te comento que estamos pasando unos malos momentos financieros, en cuanto a las ventas de los ejemplares. Desde luego esta revista, por todos los medios posibles, debe evitar entrar en la rutinaria dinámica de la prensa del corazón. Debemos mantener nuestro perfil informativo, ofreciendo un producto de calidad en dos campos básicos de la maquinaria informativa. Por una parte, abundando en el análisis reposado de esas noticias políticas, que apenas duran minutos en su inmediatez, siendo pronto sustituidas por otras informaciones que ocupan la primacía social del impacto. Y de otra, acercarnos al lado humano de esas personas famosas, celebridades en muy diversos campos de la política, la cultura, la ciencia y las artes. Pienso que hay que intensificar y enriquecer este campo informativo sobre esa atractiva y desconocida intimidad personal. A este fin, cada semana vamos a elegir a un personaje de especial trayectoria vital, para entrevistarle. No quiero que nos centremos, de manera obsesiva, en su titulación o en los méritos contraídos a través de su ejercicio profesional. ni tampoco en su significación como imagen pública. Hay que buscar esos ángulos más íntimos, familiares o privativos del personaje, planteándole algunos interrogantes que no suelen ser usuales en el diálogo con tan insignes figuras.

En este ambicioso contexto he pensado en ti, basándome en tu sagacidad y valentía investigativa, para que inicies esta serie que, dentro de un par de semanas, queremos sacar a la luz, con gran difusión publicitaria. Dispondrás de un amplio espacio para el texto y comodidad para un generoso soporte fotográfico. Mueve rápido el trasero y ponte de inmediato a preparar ese tipo inusual de entrevista que motive el interés popular. Para su inicio hemos contactado con el muy insigne y prestigioso autor de best sellers, Arial Clas Lashira, quien, a pesar de su longeva edad, sigue publicando y dominando las listas de los autores más apreciados por el público lector”.

Abilio conocía bastantes datos del afamado escritor a quien debía entrevistar, pero incidiendo de manera específica en aquellas facetas o ángulos de la persona, normalmente desconocidos por la gran generalidad de los lectores. Pero ¿quién era ese prestigioso y afamado literato?

El objetivo periodístico iba a ser un cualificado y reconocido escritor de novelas, centradas en el género de la intriga policíaca. Con antecedentes familiares en Argentina, había desaras ﷽﷽arrollado su infancia en tierras c, habr la generalidad lectora. sta que para su inicio hemos contactado con el muy prnacido desarrollado su infancia en tierras cántabras desarrollado su infancia en tierras  Cántabras. De allí “saltó” a la aventura madrileña, en donde comenzó a desarrollar una convulsa etapa de vivencias afectivas, mezclada con una exuberante creatividad literaria abierta al gran público amante del género thriller, usando una terminología cinematográfica. Aunque la crítica especializada lo consideró desde pronto como un escritor de masas, alejado de los círculos “académicos”, la venta de sus obras lo fue consolidando en el top de las listas de los libros más vendidos durante las sucesivas temporadas culturales. Ese encaramarse a los escalafones preferentes de la aceptación popular en las librerías le fue proporcionando muy sustanciosos réditos económicos, acabando por convertirse, para su vanidad indisimulada, en un referente mundial del género, con sus obras traducidas a los más importantes idiomas del orbe. En estos momentos, muy cerca de convertirse en octogenario, continuaba trabajando en la composición de una nueva novela, protagonizada por su tradicional y bien conocido personaje, el peculiar detective Fabio Entrena.

Abilio había preparado una “suculenta” y heterogénea batería de preguntas, cuyo contenido buscaban llegar a esos puntos ocultos en la intimidad o privacidad del gran personaje, con el que se había concertado la cita, ítems que ofrecieran a los lectores parcelas vivenciales un tanto insólitas  o alejadas del mayoritario conocimiento popular. El espacio de encuentro con este “compositor de las palabras” quedó fijado en uno de los reservados de una importante cafetería de la Gran Vía madrileña, planta primera, establecimiento que gozaba de un luminoso ventanal que miraba a esa importante arteria “tomada” por la gran oferta de servicios diversos, el tráfico de vehículos y el continuo deambular de los peatones. Desde esa plataforma se podía divisar con facilidad el majestuoso Teatro Lope de Vega, con su oferta consolidada El Rey León, más de siete años de representaciones ininterrumpidas sobre el amplio escenario de esta conocida sala, inaugurada en 1950. Siete de la tarde, dos cafés bien cargados sobre una coqueta mesa de mármol beige, no faltando esa gran botella, hoy de wodka, petición inexcusable del bien parecido escritor, cuyo contenido solía bajar notablemente de nivel cuando el transparente envase se hallaba cerca del preclaro contador de historias. No fumaba, pero era un fiel seguidor en el consumo del néctar emblemático representado por el dios Baco. Seleccionemos algunos de los interrogantes que planteó Abilio y lo básico de las respuestas emitidas por su afamado interlocutor

Vd. lleva escribiendo, con gran aceptación dentro y fuera de España, durante más de cuatro décadas. Los réditos de ventas son incuestionables. A pesar de difundir la lengua castellana por medio mundo… ¿qué siente un “artista” de las letras, cuando ve que otros, a años luz de los méritos que Vd. atesora, van ocupando los sillones de la R.A.E. (Real Academia Española de la Lengua? Año, tras año, su nombre nunca aparece en los círculos selectos de los escritores propuestos para tal honor… ¿Cree que todavía hoy sería posible su elección, a pesar de sus muchos y espléndidos años?

Precisamente por eso de los años, un sillón siempre viene bien a un cuerpo muy trabajado. No sé si los de la R.A.E. son gratamente mullidos … Mire joven, en este país (que muy bien conozco) son muchos los que se tienen que morir (ponga mejor, pasar a la otra vida) para que se les reconozca en justicia su esfuerzo e inteligencia. Los honores, los títulos, los homenajes, las bellas palabras pronunciadas o escritas, la dedicación de calles, los bustos … ahí quedan, mientras el interesado se encuentra “viajando” por otras galaxias. En esas otras galaxias, me pregunto, las condecoraciones que te dan aquí “post morten” ¿servirán para algo, habrá que compulsarlas en alguna ventanilla celestial, serán avales eficaces para llegar antes al Paraíso? No, no he tenido ni tengo padrinos. Esa vieja impronta tan característica del ser hispano, como es la envidia, no ha hecho posible mi propuesta, la letra o el sillón honorable. Una vez me llegó, por vías absolutamente “inconfesables” una consideración pulcramente explicativa: “Ése ya tiene mucha pasta con sus ventas ¿Vamos a regalarle el prestigio de una letra en la Academia? Ni que se lo piense” No me pregunte por datos concretos acerca de la grandeza moral y altura intelectual de quién pronunció esta pobre parrafada.

Y del Premio Cervantes de las letras hispanas, nada de nada, aunque es bien cierto que alguna vez “pudo entrar” en las quinielas. Con no mucha suerte, por supuesto ¿Qué piensa de este premio, máximo galardón de las letras españolas?

Si al preclaro de don Miguel se le concediera el privilegio de un “finde” reencarnado en esta vida y pudiera opinar acerca del susodicho premio o galardón, lo primero que mostraría sería su sorpresa al comprobar que su castellano se parece bien poco al que hoy tan fluidamente se utiliza y se premia en la gran efemérides del 23 de abril. Con lo que se escribe y lee hoy en día, a buen seguro, el bueno de don Miguel adelantaría el viaje de vuelta, regresando con presteza a ese espacio onírico del más allá. Me hace bastante gracia cuando vosotros los periodistas, en fechas próximas a la concesión del premio, hacéis vuestras quinielas y enarboláis con firmeza determinados nombres, añadiendo esa coletilla tan simpática de “este año ya le toca”. La expresión “cuadriculada” del rostro que se le debe quedar a algunos cuando el galardón “sigue sin tocarle”, un año más, debería ser inmortalizada por la plástica de nuestros pintores del barroco o del claroscuro tenebrista.

¿Se atreve, don Arial, a contarnos alguna “chiquillada” de mayor que conserve en su repleta memoria, reconociendo la “culpabilidad” de su protagonismo? No me refiero a las travesuras de la infancia, sino alguna “trastada” realizada en su ya espléndida madurez.

Se la voy a contar, sin dar mayores o especiales detalles identificativos. A pesar de lo que muchos opinan, soy bastante respetuoso con las personas, aunque en esta ocasión … Su recuerdo aún me sigue produciendo sanas y sonoras carcajadas. Cócktail o cóctel (según la R.A.E) de presentación de la última publicación de un escritor “rival” pero, sin embargo, amigo al tiempo. Su señora, un ser verdaderamente inaguantable. Era una “cotorra” engreída y compulsiva  con el uso (mejor, ponga abuso) de la palabra. La verdad es que me vi obligado asistir al evento social por presión de la editorial que publica mis libros. El organizador del catering era precisamente el hijo del escritor y de la parlanchina señora. Este joven, vino a ofrecerme, personalmente, la joya más preciada de su suculenta y selecta carta. Un “apetecible” canapé denominado PERLAS DEL CARIBE que para mi mal recuerdo constaba de los siguientes elementos: unas cebollitas picantes, rociadas de mermelada de jengibre, junto a virutas de hígado fermentado al brandy, composición que reposaba sobre una tejoleta de berenjena frita untada con salsa de queso de Cabrales y polvo de pimienta, todo ello regado con aroma de agua de azahar. Inolvidable. Digno de figurar en un manual práctico de la Inquisición. Tras un primer bocado (estaban sus padres delante) estuvo a punto de darme un síncope, pero supe reaccionar a tiempo. Había mucho bullicio en el Gran Salón, lo que aproveché para, en un hábil y rápido movimiento, depositar semejante “inmundicia” en el espectacular sombrero de ala ancha, con plumas de avestruz, que cubría la cabeza de la cotorra parlanchina, mientras “disertaba” sentada con otro sufrido y desesperado oyente. La señora estuvo después toda la noche paseando, en su sombrero color fucsia con las plumas plateadas de avestruz, el “maravilloso” canapé de las Perlas del Caribe que había elaborado su apreciado (debería poner “peligroso”) hijo restaurador.

Siempre hay en nuestras vidas un determinado juguete que tiene para nosotros unas especial significación. Pero lo que quiero preguntarle es acerca de ese juguete que nunca tuvo en su infancia y que le hubiese gustado o anhelado poseer.

Más que en mi infancia, en estos tiempos en los que ya peinamos canas y disimulamos arrugas. Desde hace muchos años siempre he sentido la insatisfacción por no haber poseído … una muñeca. De porcelana o trapo, da igual. Nunca me la regalaron, ni la he comprado ahora, por razones obvias. En los años de infancia, porque no era un juguete para hombres. Sin embargo  ahora, ya muy mayor, siento la frustración por no compartir la felicidad de ese ser tan inocente, esa niña que tanto aprecia a su muñeca, la viste, le habla, le pone su ropa y la acuna tierna y amorosamente en sus brazos o en el pequeño carrito de juguete. La inmensa naturalidad, el rostro de felicidad de esas niñas que juegan y simulan vivencias con sus queridas muñecas, es un sentimiento que admiro y que, por supuesto añoro. Como bien sabrá, nunca llegué a tener hijos ni hijas.

En su opinión, ¿cuál seria el invento más sensacional e increíble, que podría llegar a cambiar la faz de este nuestro mundo? Cree que dicha invención puede llegar a lograrse alguna vez?

Bueno, me lo pone muy fácil. Todo medicamento que evitase el dolor físico (y anímico) y que también lograra alargar nuestra existencia terrenal sería, socialmente, muy bien venido y valorado, de manera especial, por todos aquéllos que sufren ese injusto y cruel dolor. Pero ya que alude a la transformación de nuestras vidas, pienso en unos comprimidos que nos permitiesen conocer el pensamiento real y verídico de nuestros interlocutores, es decir, de aquellas personas que tenemos, física o digitalmente, delante de nosotros. Le confieso de que no me lo puedo llegar a creer. Su costo y repercusión sería de tal calibre que haría imposible nuestra vida relacional, porque de una u otra forma, acabaría con nuestra privacidad de pensamiento. Sería una catástrofe que provocaría reacciones de resultados imprevisibles. Su posesión entregaría el dominio del mundo al país o entidad científica que lograra su diseño y realización. De manera afortunada, tenemos el valor y potencia de nuestra imaginación y memoria para pensar privativamente sobre todo aquello que nos rodea, facultad que nos permite mantener en secreto nuestros pensamientos, opiniones e ideas. Se imagina que yo pudiera “leer” lo que Vd. está pensando en este momento, sobre mi o sobre otra cuestión?

En esta atractiva entrevista entre un imaginativo periodista y un avezado escritor, hubo otras muchas preguntas y respuestas, entre las cuales Abilio elegiría aquellas más interesantes para la redacción del artículo. Citemos algunas de las mismas sin añadir especiales comentarios al respecto. Ese consejo que nunca le dieron: No dejes nunca de soñar lo imposible. El film que más veces ha visionado y que muy probablemente lo volverá a disfrutar: El guateque, Psicosis o El mundo está loco, loco, loco (añadió su gusto o afición por repetir el análisis de las películas). Una actividad que los Ayuntamientos deberían valorar y compensar: Los músicos callejeros, que enriquecen con sus sones instrumentales tantos lugares románticos de la ciudad. Un gran error en el género humano: esos niños que no quieren ser hombres y esos hombres que no quieren ser niños. Además de la envidia ¿el otro gran trauma o defecto en las personas? El ego exacerbado.


La tarde de primavera oscurecía ya para la noche, tras hora y media de intensa charla. Las dos tazas de cafés habían sido renovadas y el botellón de wodka ofrecía un significativo vacío transparente, para alegría y motivación de su principal valedor y consumidor. Tras su casi completa ingesta, Arial no mostraba el más elemental síntoma de descontrol mental o verbal. Representaba ese viejo y aguerrido combatiente, en mil y una historias, que disfrutaba analizando las expresiones que ofrecía el asombrado rostro de Abilio antes sus inteligentes respuestas. Fue un agotador ejercicio de taquigrafía, relativamente bien llevado por Abilio, pues esa grabadora que “nunca falla” tiene también sus lunes o días para el bloqueo. El moderno artilugio solo funcionó durante los primeros quince minutos de la entrevista. Se despidió cordialmente del escritor, prometiéndole enviarle por correo electrónico una primera redacción del artículo, por si deseaba matizar o corregir algunas de las largas y densas respuestas que había ofrecido. El reportaje saldría finalmente publicado dos semanas después siendo muy bien valorado, a tenor del “boca a boca” para el incremento de la venta de ejemplares.

Aquella misma noche de la entrevista, Abilio abrió su libreta de notas, dispuesto a organizar otra batería de preguntas que conformaría la segunda y peculiar entrevista del ciclo. Las preguntas (para asombro de Teodoro, cuando conoció la intención de su subordinado) iban dirigidas por el joven periodista hacia una persona que éste bien conocía: él mismo.-


José L. Casado Toro (viernes, 13 Abril 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


jlcasadot@yahoo.es

martes, 10 de abril de 2018

EL SIEMPRE EXPLICATIVO LENGUAJE DE LOS SILENCIOS.

Cuando nos preguntamos acerca de abundantes hechos o imágenes, más o menos relevantes, que llegan a nuestro conocimiento, asumimos una realidad dominada por los contrastes. De una parte aceptamos que no todo tiene una fácil explicación, tanto por la propia naturaleza del interrogante que planteamos como por la desigual capacidad de nuestra mente para entender aquello que se nos transmite. Sin embargo no nos cabe tampoco duda alguna de que, por raro, extraño o increíble que parezca esa realidad que mueve nuestra interés, todo hecho o consecuencia tiene una causa, un origen o un principio que provoca la curiosidad, la motivación o el propio asombro en nuestra conciencia o mentalidad. Esta situación fue vivida por el protagonista de nuestra historia, una persona ciertamente observadora y analítica acerca del entono en el que solía desarrollar su forma de vida.

Desde los años de la adolescencia, Ramos del Paz Jaime hizo todo lo posible por integrarse profesionalmente en la que era su gran vocación: el mundo de la interpretación musical. Ciertamente había carecido estudios para sustentar técnicamente su trayectoria en el mundo del pentagrama. Lo suyo fue más bien esa tenacidad, destreza o habilidad autodidacta, que le hacía pasar largas horas trabajando con las cuerdas de aquella su primera guitarra, recibida como regalo de cumpleaños por parte de un abuelo materno que siempre le tuvo en gran estima. Con no escaso esfuerzo y venciendo la oposición de sus padres, que no veían un porvenir claro en su proyecto de avanzar en el mundo de la interpretación musical, logró al fin formar parte de un modesto grupo musical integrado por cinco amigos de la localidad rural castellana donde todos, casi todos, habían nacido.

THE YOUNG DREAMERS (los jóvenes soñadores) fue el nombre elegido (tras difícil consenso) para el nuevo conjunto, integrado por cinco miembros (batería, guitarra baja, guitarra acústica, trompeta y una única mujer que ejercía la función de cantante para las letras de las canciones que interpretaban. Precisamente esta joven, llamada Lunia, era la única componente del grupo que no había nacido en esa pequeña pedanía zamorana, sino que era natural de Tetuán. De escultural cuerpo y plena de simpatía comunicativa, era la integrante que mejor sostenía la actividad de este grupo, que recorría preferentemente la mitad norte de la geografía peninsular, actuando en las fiestas patronales de muchos pueblos y localidades de la zona. No siempre los ayuntamientos que los contrataban eran generosos y cumplidores con el esfuerzo contractual de estos voluntariosos y jóvenes intérpretes. Pero la ilusión por alcanzar la fama en ese difícil mundo de la farándula les hacía a estos jóvenes idealistas sobrellevar y soportar muchas carencias, tanto en el alimento y en la residencia, como en la propia vestimenta o instrumental técnico que necesitaban.

Aquellos hábiles “trileros”, Sres. concejales de las perdidas alcaldías de la zona, les pagaban apenas “cuatro perras” por sostener y distraer las noches veraniegas de fiesta, a fin de animar los bailes de la muchachada del lugar (y también, los pasos o “danzas” de los que ya peinaban muchas canas). Lo hacían con sus canciones, pasodobles y esas versiones románticas o del pop ruidoso, piezas exitosas venidas míticamente del extranjero o procedentes de los grupos más afamados del mercado nacional.

Ramos no era su nombre de pila bautismal. Sus padres, gente chapada a la antigua, habían elegido el de Raimundo por su nacimiento un frío 7 de enero, para el único descendiente que tuvieron en el matrimonio. Nunca le gustó este nombre, por lo que desde pequeño aceptó con agrado  que sus amigos y compañeros comenzaran a llamarle Ramos, apelativo más corto y acústico que el inscrito administrativamente en el Registro Civil de la capital. La suerte quiso que naciera en el seno de una corta y humilde familia, residentes en una modesta pedanía de Zamora. Los tres miembros de la familia subsistían con lo poco que podían obtener trabajando un escasamente generoso trocito de tierra, en el que también criaban algunos animales para que les ayudasen en el trabajo agrario y también como vital alimento para la matanza. Con ello “sostenían” la austera comida que cocinaban y consumían en la olla y en la sartén de cada día.

A Ramos no le agradaba continuar la dura vida familiar vinculada la agricultura, en esas austeras y sacrificadas tierras castellanas, por lo que “huyó” pronto del ocre, tradicional y escasamente esperanzado panorama que le aguardaba. Mantuvo de manera permanente su ilusión por salir de éstos exigentes parajes de su infancia, con el único y preciado bagaje de su música y los grandes e ilusorios proyectos para la fama. Pero la vida del grupo musical en el que participaba comenzó a tambalearse desde el momento en que su principal efectivo, la muy atractiva y buena cantante Lunia, decidió abandonarlo. Fue “engatusada” por un ambicioso negociante que importaba ropa del lejano oriente, prendado de las formas anatómicas del escultural cuerpo que presentaba la joven, a fin de que fuera su nueva compañera en la vida (ya estaba casado y soportaba una “indeterminada” prole a sus espaldas). Su salida del conjunto The young dreamers fue el inicio del fin en la “carrera” de Ramos y sus tres compañeros de aventuras. Nunca ha podido olvidar los verdes ojos y la simpatía de su buena y fraternal amiga. Alguien le comentó, hace algún tiempo, que la “divinal” Lunia, la añorada compañera del extinto grupo musical, es ahora una rolliza madre de una “generosa” familia numerosa. Con sus cuatro embarazos (junto a otro nuevo que estápara su porvenir. cuencia un trabajo m reflexionar a Ramos, en el camino de "entar  a la espera) ha perdido bastante prestancia de aquel espléndido encanto visual que ofrecía en sus jóvenes e idealizados tiempos de soltería.

La drástica decisión de la cantante solista, las profundas carencias materiales un día sí y el otro también, junto al paso de los años, hicieron reflexionar a Ramos, en el camino de “sentar mejor la cabeza” buscando en consecuencia un trabajo más estable para su porvenir. Con tanto “trotar” de un sitio para otro, sintió claro apego por el servicio que oferta la hostelería, marchando en consecuencia hacia las soleadas tierras del sur peninsular e insular, en donde esperaba encontrar más posibilidades de acomodo turístico debido a la mejor templanza climática.

En la actualidad, forma parte del staff o nómina de una importante cadena hotelera, que tiene repartidas sus instalaciones por numerosas ciudades de la geografía española.  Aunque básicamente ejerce la función de camarero, tanto en el bar como sirviendo las mesas en el horario de los desayunos, comidas y cenas,  se presta a realizar cualquier tipo de trabajo para el que se le reclame, pues asimila bastante bien aquello que le enseña su buen “maestro” Ceberio, un polifacético reparador de casi todo lo que se estropea (los problemas imprevistos en la fontanería, la electricidad, aparatos electrónicos y carpintería) en estas poliédricas instalaciones visitadas por tantos y variados clientes. Incluso ayuda también en el mantenimiento de la piscina, motivando el claro aprecio de sus jefes.

A sus treinta y dos primaveras cumplidas, este ahora  trabajador de hostelería acepta la suerte que el destino y su voluntad le han deparado para la existencia. Piensa con sensatez que no se puede quejar de la realidad laboral en que se halla inmerso. Tiene cama y alimento asegurado en el día a día, cotización para su vida laboral y sobre todo ejerce una actividad que le permite conocer y estar en contacto con un variopinto catálogo de personas que pasan en el hotel sus vacaciones anuales o desarrollan estancias más cortas y puntuales, por motivos profesionales o de otra  particular naturaleza.

En esta primavera del 18 se encuentran alojados en el hotel, con un cartel de ocupación de casi el 90 % de las plazas disponibles, un grupo de cuatro matrimonios y dos amigos sin pareja que, procedentes todos de la capital madrileña, viajan juntos a fin de disfrutar los días vacacionales de la Semana Santa. Todos ellos superan el medio siglo de vida y dada la antigua amistad  relacional que los vincula, desde su ciudad de origen, se sientan todos juntos para el almuerzo y la cena, ya que este pequeño grupo ha contratado la pensión completa en el hotel, habiéndoles concedido la dirección una tarifa especial al efecto. Han pedido el favor a Ramos para que les habilite dos grandes mesas juntas en el comedor, petición amablemente atendida. No sólo aparecen unidos en las horas de las comidas, sino que también se les ve juntos en las excursiones programadas por el departamento de actividades y también durante esas horas de asueto en la cafetería del establecimiento o en el espectáculo y bailes de animación que tiene lugar tras la cena, en el gran salón del hotel.

Estos amigos forman una simpática agrupación de sesentones, muy agradables y dicharacheros en el trato. Hablan, ríen comentan y también comparten los juegos grupales (el dominó, el parchís, los dados,  las cartas o naipes de la baraja…) puestos a disposición de los clientes por la organización del establecimiento, en un ambiente de espléndida camaradería. Su protagonismo en las sesiones nocturnas de bailes y concursos es más que significativa. Son conocidos por el personal del hotel como el “grupo de los madrileños”. Dominan extremadamente bien las habilidades sociales, pues su disposición y apertura hacia todos (y, lógicamente, entre ellos mismos) se hace notar, para el aprecio y agrado de la colectividad turística que puebla, en esa lúdica Semana vacacional de Pasión, las bien organizadas instalaciones insulares del hotel.

Ramos se distrae mirándolos discretamente (esta facilidad observadora, para no perder los detalles importantes del comportamiento ajeno, la va potenciando con el paso de los años) en algunos de los huecos que a veces le permite su trabajo, tras la barra del bar o cuando ha de servir en las mesas. Le asombra y admira la vitalidad que muestra especialmente ese grupo de amigo, con sus bromas, chistes, anécdotas, exageraciones y gesticulaciones, que ensalzan y potencian la fuerza de su protagonismo. Todos ellos aportan lo mejor de su carácter, a fin de hacer gratos y alegres los ratos de convivencia y franca amistad. Todos … menos uno.

Efectivamente, no ha pasado inadvertida para Ramos la evidencia de que, en el grupo de los diez, hay un señor, parece que vinculado matrimonialmente o en pareja con una de las mujeres, que apenas abre la boca, en medio de la abierta comunicación que los demás se esfuerzan en establecer y mantener. Este “pensativo” cliente del hotel tiene una mirada serena, tal vez presidida por algún problema íntimo o por una tendencia a “pasar “ de ese jolgorio que sus compañeros de estancia establecen, de manera casi continua. La que parece ser su mujer, amiga o compañera (el sagaz operario ya ha averiguado que responde al nombre de Claudia) tiene mucha menos edad que los demás y que su propio compañero. Comunicativa, jovial, alegre, desenfadada (en ocasiones, incluso se arranca cantando alguna canción) se dirige con frecuencia al supuesto marido, al que llama con el nombre de Foro (probablemente, Telesforo). Ramos se pregunta, en los archivos de su pensamiento “¿cómo es posible que esta dinámica y comunicativa mujer, a buen seguro con unos quince o veinte años menor que su pareja, soporte el extraño semblante de un hombre que desentona y contrasta sin ningún género de duda con respecto a la atmósfera anímica de sus compañeros y, lo que parece más extraño por supuesto,  con el positivo carácter de la que parece ser su mujer?”.

Claudia ha recurrido, en varias ocasiones a la servicial disponibilidad de Ramos que, con la eficacia que le caracteriza, ha solucionado diversos problemas en la habitación que ocupa la pareja, la número 523. La verdad es que esa habitación  parece estar “encantada o embrujada” pues en la sucesión de los días (el grupo ha reservado catorce días de estancia) las averías se han sucedido en el interior de la misma de una forma más que “traviesa”. Parece que hay un genio maléfico burlón que quiere estropear las vacaciones de una mujer tan agradable, a pesar de tener a su lado a un hombre tan taciturno y misterioso. ¿Cuál ha sido la naturaleza de esos problemas? Sintonización de las cadenas televisivas, fallos en el mando a distancia, bloqueos en la “alcachofa” de la ducha y también en el secador… Sin embargo, una y otra vez, Ramos y el buen Ceberio “reconducen” las averías, a fin de que la estancia de estos señores resulte lo más grata y cómoda posible. A lo comentado hay que añadir otro elemento que amplia la connivencia y amistad de la alegre señora con Ramos: el solícito camarero se preocupa en informar a Claudia de aquellos alimentos que contienen gluten, componente que esta cliente debe evitar en su ingesta alimenticia por prescripción médica. Todo ello ha unido en el aprecio, la amistad y las confidencias a una señora agradecida (que rondará los cincuenta y pocos años) con un joven camarero del hotel, que aún no ha cumplido los treinta y tres.

Las gratas y simples conversaciones entre Claudia y Ramos se establecen, de manera preferencial durante las tardes, en el salón cafetería del establecimiento hotelero. Allí, delante del mostrador, la ve aparecer Ramos. De inmediato le prepara ese café solo, bien cargado, con el sobrecito de sacarina, servicio que mucho aprecia Claudia Benita Santa Larigna, nombre completo de la muy agradable cliente. Ella es una persona hipercomunicativa  que, sin perdonar el cafetito de las 5 y media, le gusta sentarse junto a la barra del bar y comunicar con un joven servicial, amable y, para ella también un valor muy importante en las personas: el saber escuchar. Hablan de cualquier tema, durante esos treinta o más minutos de intercambio amistoso. Claudia comenta algunos aspectos y proyectos de su vida en Madrid, mientras que Ramos le cuenta diversas escenas que mantiene en su recuerdo, acerca de la vida rural y musical que le ha llevado, en la actualidad, a trabajar en este prestigioso establecimiento turístico ubicado en el archipiélago insular del Mediterráneo.

La salida del grupo de amigos madrileño está fijada para la mañana del viernes, día en que serán recogidos junto a otros viajeros a fin de trasladarlos al aeropuerto, donde tienen establecido su vuelo de regreso para quince minutos después de las 11 horas. Claudia no desaprovechó la tarde anterior para, manteniendo su habitual puntualidad, aparecer en la cafetería del hotel y disfrutar de su café y ese ratito de amistosa conversación con un joven camarero que atiende las peticiones de los clientes con generosa y servicial eficacia. En esa última tarde de estancia vacacional, la cliente del 523 no apareció sola en el bar. Le acompañaba en esta ocasión su marido Foro quien, sentándose junto a ella en la barra del bar, también consumió otro café. Pero, a diferencia de su cónyuge, su infusión era con leche y un poco de canela, para su mejor aroma. Se mantuvo silencioso durante un buen rato, observando con prudencia los movimientos del camarero ante la máquina cafetera. El matrimonio no intercambió palabra alguna. Cuando ya había consumido el contenido de su taza, Foro hizo una señal a su compañera y abandonó sólo, sin mediar expresión de saludo o comentario, el salón de cafetería. En ese momento, Claudia sacó de su gran bolso playero  un paquetito muy bien envuelto en su presentación. Era un regalo que traía para su joven amigo, como muestra de agradecimiento por tantas tardes de charla y esos arreglos que tan eficazmente había logrado realizar en su habitación. Un reloj de marca, verdaderamente precioso, que Ramos, un tanto nervioso, agradeció con sinceras muestras de afecto. El tuteo ya se había establecido entre ambos.

“Por favor, no te lo tomes a mal. Sabes que soy muy observador. En realidad, me distraigo contemplando y analizando el comportamiento de la clientela, durante las numerosas horas que tengo que estar de servicio. Así evito el aburrimiento y la rutina de hacer siempre lo mismo. Ya que mañana os vais, me gustaría hacerte una pregunta. Tal vez sea un tanto impertinente pero, con el paso de los años, voy apreciando cada vez la sinceridad. Lo que te quería decir o preguntar es mi dificultad para comprender cómo puedes ser la mujer de una persona tan silenciosa, seria e incluso inexpresiva, siento tú tan diferente. De verdad que me cuesta trabajo entender como se puede estar viviendo junto a un compañero que muestra esa patente y continua introversión y aparente placidez silenciosa”.

Claudia agradeció el nuevo café, consumición también gratuita para este último día, que le sirvió Ramos con especial delicadeza. Tras dar un par de sorbos al cálido y sabroso contenido, ofreció a su interlocutor unas palabras explicativas que respondían a la intrépida e inesperada pregunta de un joven amigo en esa postrera tarde de la despedida:

No te preocupes, Ramos, que no me molesta en absoluto tu pregunta. Sé que eres una persona sana y directa en el contenido de lo que piensas. Es una cualidad que bien aprecio. Te resumiré, pues el tiempo se nos está yendo. Yo era su secretaria. Se portaba muy humana y bondadosamente conmigo. Era, te lo puedo asegurar, un hombre muy diferente con respecto al que hoy vez e imaginas. Pero un aciago día, perdió a su mujer, de la que en mucho dependía, de la forma más dolorosa. Lo abandonó por un amor furibundo, un romance que tuvo con un amigo íntimo de la familia. Tras veintitrés años de matrimonio, de la noche a la mañana y, sin previo aviso, ella se fue de su vida. Le dejó con dos hijos adolescentes, sin mayores explicaciones. El estaba muy enamorado y ese sufrimiento no lo pudo soportar. Cayó en una inquietante pendiente depresiva, de la que apenas se ha recuperado. Yo supe y quise estar cerca de él. Lo necesitaba, pues se hundió en el fango inmundo y tenebroso de la soledad. Hoy formamos pareja. Me necesita. Sobre todo, anímicamente. Mi carácter es muy comunicativo y positivo. Sus dos grandes carencias, aún en la actualidad, que los médicos tratan “pacientemente” de combatir. Sus amigos le comprenden, ayudan y respetan. Básicamente, eso es todo. Una historia ciertamente bastante complicada, tal vez triste, tal vez incomprensible, pero presidida por el amor.
¿Te parece bien que intercambiemos nuestras direcciones electrónicas, mi buen amigo…? “


José L. Casado Toro (viernes, 06 Abril 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


jueves, 5 de abril de 2018

LA CONFIADA ESPERA DE ELIA, ANTE EL REPARTIDOR DE CARTAS.

Desde hace ya unas décadas, el ejercicio de entregar la correspondencia ha cambiado profundamente con respecto al de otras épocas. Hoy día permanece la importancia de su diario servicio para repartir cartas y otros productos, aunque la revolución de Internet ha modificado profundamente las características de estos envíos. Aún se siguen “echando cartas” en el correo. Esta realidad es manifiesta, pero el contenido de las mismas (de manera mayoritaria) es de naturaleza bancaria o de publicidad comercial. Aquellas entrañables “misivas” que se escribían a mano hace ya muchos años, por parte de los hijos a sus padres, de los maridos a sus compañeras, de los hermanos a sus familiares o amigos, de los novios a sus amadas, con sus textos de carácter afectivo, sentimental, informativo, narrativo, testimonial, etc. han ido desapareciendo prácticamente entre nuestros intercambios. En su lugar, las personas disponen de la versatilidad y rapidez informática que hace posible el correo electrónico, el poderosísimo whatsapp, la video-comunicación del Skipe, junto a todo ese conjunto de intercambios en las redes sociales, que no utilizan la tradición del  papel o el sobre timbrado, sino por el contrario el móvil telefónico, el ordenador portátil o el fijo informático, las tablets y los ipods, todos ellos con una velocidad instantánea (a tiempo real), sumando a esta gran ventaja la posibilidad de transmitir fotos, textos, documentación de la más variada naturaleza, vídeos, canciones e incluso películas.

Tenemos que retrotraernos al siglo pasado, allá en la mítica década de los años sesenta. En un pueblecito de la alta Andalucía, convive una familia, compuesta por Ciriaco y Marta, matrimonio de mediana edad, junto a su única hija Elia (su nombre bautismal es Aurelia) joven de veintiún años que tiene una niña, Alma, de corta edad (en pocas semanas cumplirá su año y medio de vida). Esta humilde familia depende básicamente de los ingresos que aporta Ciriaco, de oficio agricultor, persona muy laboriosa y esforzada que no sólo trabaja en unas pequeñas tierras de su propiedad, sino que además “echa peonadas” en las tierras de otros cortijos como trabajador contratado.

La joven quedó embarazada de un chico, un año menor que ella, que visitaba la localidad en una cálida y alegre noche de Agosto, plena de canciones, baile y copas, cuando el pueblo celebraba su fiesta patronal anual. Aunque los padres hicieron algunas gestiones al respecto, pues según se supo los dos jóvenes se conocían y habían tenido algunos escarceos afectivos, la familia del chico y él mismo, residentes en un pueblo cercano, se desentendieron de la responsabilidad que debían asumir. Al cabo de los meses, Elia dio a luz una preciosa niña, a la que bautizaron con el nombre de Alma. Ciriaco y su mujer asumieron la crianza de este nuevo miembro familiar, aún enojados por la ligereza imprudente con que su hija había actuado aquella desafortunada noche de feria. Dada la época en que este hecho ocurrió y a la intensa religiosidad que presidía la espiritualidad de la familia Natal Viñal, nunca se plantearon interrumpir el embarazo de una hija que había conocido la maternidad sin haber cumplido aún sus veinte años de edad.

Dos días a la semana, concretamente los lunes y los jueves, Tarsio Máximo, cartero titular del consorcio de correos, repartía la correspondencia por los domicilios de Villaflora del Río, lugar de residencia de la familia Natal.  El resto de los días laborables los dedicaba a realizar su labor de cartero por dos pueblos cercanos a ésta más importante localidad, atendiendo al número de personas que integraban su población. Cuando el agradable y servicial profesional, conocido por la mayor parte del pueblo, pasaba por delante de la vivienda de Elia con su gran cartera de piel sobre los hombros, solía encontrarse con una joven madre  ilusionada que repetía, un día sí y el otro también, la misma pregunta: “Buenos días, Tarsio, traes hoy alguna carta para mí?” La respuesta también solía repetirse, casi con las mismas palabras: “Lo lamento, querida Elia, hoy tampoco viene nada para ti. Tal vez el jueves llegue al fin esa carta que tanto te hace esperar”. La sonrisa fraternal de este bondadoso funcionario público, se cruzaba con el semblante  entristecido de la bella joven, que bajaba los ojos, musitando unas cortas palabras “Gracias, Tarsio, a ver si ese día al fin llega de verdad”

El muy sociable y amable cartero (treinta y siete años de edad, diez de ellos repartiendo la correspondencia por centenares de viviendas de las tres localidades mancomunadas) conocía bien la historia de esta joven, hija de Ciriaco. Ella misma le había explicado hacía tiempo que Germán, el padre de su hija, en la única oportunidad que tuvo para hablar con él (desde aquellos hechos derivados de la noche de fiesta, el joven se encontraba ahora fuera de la región andaluza) le había prometido, ante sus insistentes requerimientos y lágrimas, que un día vendría a por ella y su hija, pero siempre y cuando él pusiera orden en su vida y con un buen trabajo para mantenerlas, formando juntos un hogar estable. Pero los meses iban pasando, sin que sus promesas se hicieran efectivas. La pequeña Alma crecía (en estos momentos había alcanzado ya casi el año y medio de vida) alegrando con sus juegos, carantoñas y ocurrencias el semblante comprensivo de sus abuelos y el cariño de una madre que bien la cuidaban. Y en ese tiempo Elia, ante las injustas miradas y crueles comentarios de la vecindad, que la “señalaban” sin piedad como una “perdida madre soltera”, aguardaba y aguardaba esa carta, esas palabras, esa presencia que pusieran fin a una situación por la que sufría y soportaba con dolor sumiéndole en la incómoda desesperanza. No hay que olvidar que nos situamos sociológicamente en la España de la década de los sesenta, años centrales del franquismo desarrollista (turismo, emigración y planes de desarrollo) pero también presidido, especialmente en estas áreas rurales, por una mentalidad extremadamente conservadora y ultracatólica.

A Tarsio le apenaba en el alma ver el fuerte contraste anímico entre la ilusión inicial y la decepción posterior en una muy joven madre que, cada lunes y jueves, mantenía la fe en recibir esa siempre comunicación escrita que frustradamente nunca llegaba. Pero ¿qué podía hacer él sino decirle que “hoy tampoco hay nada para ti”? Por su parte, Elia se mantenía tenaz en la espera confiando el consuelo de unas palabras escritas que le anunciaran la próxima llegada de ese aventurero joven, padre de su hija y el compañero en quien ella seguía confiando, a fin de formar juntos una familia y evitar ser mirada despectivamente por la crueldad vecinal como una persona indigna, carente de principios religiosos, ante su conciencia y la propia comunidad social.

De toda lógica, un cartero siempre desea llevar buenas noticias en los textos de esas cartas que va entregando de puerta en puerta, un día sí y otro también. Pero también comprende que, en no pocas de las ocasiones, el contenido de la correspondencia que reparte no despertara, ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽mlas noticias, pero Tarsio consideraba que por encima de espondencia que reparte á la alegría o esas sonrisas que nos hacen sentirnos más felices, sino todo lo contrario: algunas veces esos textos provocarán lágrimas, tristezas e incluso desesperación. Pero su obligación en todos los casos, como buen servidor público, será entregar a sus destinatarios los correos que los remitentes envían, pagando el servicio con el correspondiente franqueo. Pensaba Tarsio: “serán buenas o malas noticias pero, por encima de esa dicotomía, lo más triste del caso es percibir la pesadumbre de muchas personas, jóvenes o adultas, que anhelando recibir una carta de alguien más o menos conocido, ven pasar los días y los meses sin recibir ese sobre, esas palabras, ese recuerdo, esa atención hacia su persona”. Precisamente, esa era la complicada esperanza de Elia.

Un jueves de Marzo, faltando unos minutos para las once del mediodía, el timbre de la vivienda familiar de la familia Natal Viñal sonó con inusual insistencia. Abrió la puerta Marta, quien se extrañó en ver frente al quicio de entrada la figura familiar del cartero, con el ánimo aparentemente excitado.

“He comenzado el reparto unos minutos antes de la hora prevista. El motivo es que repasando el correo, me he encontrado con una grata sorpresa. Traigo una carta para tu hija Elia. Y en el remite aparece el nombre de Germán ¿Se encuentra ella en casa?”

No había terminado de pronunciar las últimas palabras, cuando, efectivamente, Elia salió de la cocina y un tanto sobresaltada arrebató el sobre que enarbolaba Tarsio. La pequeña Alma observaba, jugueteando con su peluche, el movimiento nervioso que hacía su madre, subiendo rápidamente la escalera hacia el dormitorio, rasgando con energía el sobre que asía en sus manos.

El texto de la carta, numerosas veces leída por la joven y sin poder reprimir las lágrimas, no era excesivamente largo. Estaba fechado en Madrid, dato que confirmaba también el matasellos del franqueo. Germán se dirigía a Elia con palabras amables, disculpándose por su temeroso o “cobarde” comportamiento desde que tuvo noticias del embarazo de la chica. Le explicaba que tenía algún trabajo en la capital española, en el sector de la construcción. Añadía que aunque no ganaba mucho y tenía que costear la pensión donde vivía, procuraba ahorrar algún dinero, pensando en el futuro. Aún no se sentía con la madurez suficiente para afrontar un matrimonio y menos para ejercer la paternidad. Pero que el tiempo le ayudaría a ver la realidad con más claridad y tal vez entonces asumiría su responsabilidad. Mientras tanto le deseaba a ella y a su hija lo mejor. Su despedida era más bien fría. Sólo una frase amable de “con mi respeto. Germán”. En el remite no aparecía anotado dirección alguna. Únicamente, el nombre de quien había escrito la misiva.

En los días sucesivos, contrastaba en Elia la desilusión por lo inconcreto de las intenciones de su amada y lejana pareja, con la tenaz esperanza de que, en un futuro no muy lejano, llegasen nuevas misivas con el anuncio de que “su Germán” vendría a por ella y la hija que ambos habían procreado. Alma necesitaba un padre y un hogar estable, que liberara a las dos, madre e hija, de los comentarios y chascarrillos insidiosos de esas personas que con tan escasa bondad y abundante aburrimiento hacen tanto daño a los demás. Por su parte, Tarsio seguía realizando su cotidiano trabajo, percibiendo en la chica un mayor sosiego en esas esperas ante la puerta, que cada dos días a la semana, realizaba una mujer que mantenía su deseo ilusionado ante el paso del comprensivo y servicial repartidor de correspondencia. La chica preguntaba y él respondía con una “paternal” sonrisa: “hoy tampoco traigo nada para ti, sólo mi sonrisa y amistad, querida Elia, pero tal vez el jueves o el lunes de la semana próxima pueda ser…”

El calendario continuaba su avance, con esa fría aritmética ajena a los humanos errores. Desde aquella carta inicial que recibió Elia, no hubo más comunicación salvo una en Navidad, cuando Tarsio pudo llevar, con alegre emoción, otra carta que, como la primera, venía únicamente con el nombre de Germán en el remite. En su contenido deseaba felices fiestas a Elia y también a su hija. La frase “no os olvido” llenó de esperanza el sentimiento de esta joven madre. También fue una sorpresa que dentro del sobre adjuntara un billete de cincuenta pesetas, a fin de que se le comprara un bonito regalo a Alma, para la emocionante celebración de los Reyes Magos. Las ilusiones de Elia seguían plenamente vigentes, pero nada más aconteció, en este terreno, durante los próximos meses.

Y llegó la cálida estación veraniega. En junio, Alma cumplía sus dos años de edad. Los abuelos, en connivencia con su madre, le habían preparado una pequeña fiesta de aniversario, a la que habían sido invitados diversos amiguitos y amiguitas de la pequeña. Adornaron la casa con alegres dibujos y farolillos de papel tintados con vistosos colores. Marta preparó una monumental tarta de chocolate para su nieta y los demás invitados, que disfrutaron de lo lindo, aquella tarde “aterralada” (con 41 grados a la sombra) en la alberca del tío Raimundo que, en esta ocasión, no protestó por las travesuras y juegos de los niños en el agua.

Serían las seis de la tarde, cuando sonó el timbre de la puerta. Nadie podía imaginar que quien aguardaba en la entrada era un apuesto muchacho, de veintitrés años de edad, el cual traía un gran oso de peluche bajo el brazo. ¡Germán! El inesperado impacto que provocó su presencia resultó muy emocionante para todos, aunque la tensión inicial por parte de Ciriaco era manifiesta, previa a un “estallido” de imprevisibles consecuencias. El enfado de aquél no llegó a mayores. Era el padre de su nieta y en la fiesta de ésta era aconsejable guardar las formas. La propia Elia, al ver allí en su casa al chico por el que tanto había suspirado, cayó fulminada al suelo, presa de los nervios, en un espectacular desmayo que a todos asustó. Rápidamente su madre le preparó una taza con infusión de tila a fin de reanimarla, pues sufrió incluso algunas preocupantes convulsiones.

Todos ya más tranquilos, reanudaron la celebración. Ciertamente, Germán Elia y Alma se apartaron del bullicio de familiares, amigos y vecinos, dirigiéndose a una una zona arbolada plantada de olivos. Mientras que la pequeña jugaba muy contenta con “Pipón” el gran oso peluche que le había traído su padre, los dos jóvenes se miraban y miraban, mezclando las sonrisas y los gestos nerviosos para con las palabras.

“Sé que os he hecho mucho daño. Mi comportamiento no tiene fácil defensa. Pero son cosas de la inmadurez. La falta de experiencia y de años nos hacen cometer actos cobardes, irresponsables y faltos de humanidad. Este tiempo, teniendo que buscarme “las lentejas” en la soledad, sin otra ayuda que mi trabajo, en una gran ciudad como es Madrid, me han venido bien para madurar y reflexionar. A través de mi familia he sabido de vosotros. Y esas dos cartas que me has enviado en estos años, me han servido de mucho. Yo no me atrevía a responderte, aunque al final pensé que lo mejor era ponerme ante ti  y pedirte perdón. Y qué mejor fecha que presentarme aquí el día del cumpleaños de Alma. Y gracias por la foto. Esa foto de ti con la niña siempre la llevo conmigo…..”

“Germán, yo no te he enviado carta alguna. En realidad, tampoco sabía donde vivías ni tu dirección exacta. Y no sólo me extraña lo que dices de mis cartas, pues tampoco te he mandado la foto que dices. No lo entiendo. Acepto que tus dos cartas, en todo este tiempo, me han hecho mucho bien, dándome esas esperanzas que tanto necesitaba. Pero tú bien sabes que en ellas no venían direcciones o datos para localizarte. Por eso no te podía contestar…”

Los dos jóvenes se miraron muy extrañados ante el curioso y difícilmente explicable asunto de las cartas. ¿Qué estaba pasando? Ninguno de ellos tenía conciencia de haber escrito esas misivas que, precisamente, ambos habían recibido. Ante la confusa situación, la propia Elia corrió a su cuarto y trajo los dos sobres (que guardaba primorosamente con celo) para mostrárselos a Germán. Éste leyó el contenido de ambas cartas y muy serio respondió:

“Te aseguro Elia que ésta no es mi letra ni yo he escrito los textos que contienen. Alguien, muy hábil, ha usado mi nombre. Entonces supongo que tus cartas tampoco han sido escritas por ti. Ese alguien, sin duda muy inteligente y creo que con las mejores intenciones, ha querido acercarnos. Ha de ser una persona de mucho bien. De todas formas, lo más importante es que al fin hoy estamos aquí los tres juntos. Tenemos que pensar, con responsabilidad y sosiego, en nuestro futuro. Y, sobre todo, en la educación de nuestra niña, que debe crecer, querida y educada por un padre y una madre que se quieren y necesitan”.-


José L. Casado Toro (viernes, 30 Marzo 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga