viernes, 18 de septiembre de 2020

ESE OTRO MUNDO, QUE HABITA EN LA NATURALEZA.

El medio natural es un entorno hospitalario para acoger a todos aquellos que disfrutan recorriéndolo. No establece en principio requisito o condición especial para esos visitantes, aunque el sentido común y las leyes establecidas imponen el desarrollo de un comportamiento cívico y racional a los animosos senderistas que van haciendo caminos en su práctica deportiva. 

Uno de estos aficionados a las marchas por el entorno rural era Claudio Farania, soltero de 32 años y titulado universitario en Historia y Teoría del Arte. Después de finalizar sus estudios emprendió esa difícil etapa en la búsqueda de un acomodo laboral, ejerciendo algunas actividades un tanto alejadas de su preparación académica. No sólo fueron las aulas universitarias las que cimentaron sus conocimientos, sino también la amistad de un veterano restaurador de esculturas y pinturas, culto y diestro especialista al que conoció en un congreso. Marcio Spínola, un holandés errante por la vida, se mostró dispuesto a enseñarle las técnicas básicas que él dominaba, viendo el entusiasmo de un joven voluntarioso y capaz por adentrarse en uno de los capítulos más difíciles de la práctica artística. Esas complejas destrezas para “reparar” imágenes, pinturas y objetos suntuarios, fueron las que le abrieron definitivamente paso a un futuro profesional enriquecedor, en una especialidad con la que disfrutaba aprendiendo en el día a día. En la actualidad, este joven especialista ejerce como restaurador y conservador titular en el Museo de pintura y escultura existente en la capital malacitana. 

Como solía hacer durante muchos fines de semana, Claudio había programado un denso y largo recorrido por tierras de la Serranía de Ronda, para este sábado otoñal en que se anunciaba un tiempo aceptable por parte de los expertos en meteorología. El itinerario elegido era un tanto nuevo para él, por lo que debido a esta circunstancia procuró prepararse de manera adecuada. En realidad era un hábito que tenía consolidado por responsabilidad, a fin de evitar riesgos imprevistos que siempre pueden aparecer cuando se visita un territorio o zona por primera vez o después de un largo período sin hacerlo. La buena relación que mantenía con sus padres no había sido óbice para que desde dos años antes buscara vivir independiente en un piso antiguo, alquilado y renovado, muy cerca de la Plaza de Montaño (a dos calles del antiguo y prestigioso instituto de secundaria Vicente Espinel), en pleno núcleo histórico tradicional de la ciudad. 

Todo marchaba normalmente en su caminar por la naturaleza, acumulando kilómetros de aventura, a través de zonas muy densamente arboladas. Hizo su necesario almuerzo, bajo una zona de encinares, gozando a continuación de unos minutos (que se hicieron excesivamente prolongados) para el reposo y la somnolencia. Cuando reanudó su marcha, tal vez por una cierta imprevisión o por un “valiente arrojo”, casi sin darse cuenta se le había echado la noche encima. A los más expertos senderistas también les suele ocurrir esta circunstancia, generalmente por exceso de confianza. Cuando al fin comprobó su GPS, incluido en el sistema de aplicaciones de su móvil, tomó conciencia de que se había metido en un espacioso bosque, cruzado por agrestes barrancos y vaguadas, sistema que formaba un complicado vegetación arbórea de pinares, alcornoques y encinares, con un muy abundante matorral mediterráneo, lo que dificultaba el rápido avance de cualquier caminante por experto que fuese. 

A medida que las manecillas del reloj avanzaban, la luminosidad ambiental iba menguando, lo que provocaba que la nitidez en la visión se limitara entre tantas masas forestales arbóreas. Claudio trataba de no perder el autocontrol ante la dificultad, continuando su avance en dirección sur, pues el GPS le marcaba por esa zona algunas vías o caminos locales que llevarían a una carretera comarcal que le permitiera salir de ese “laberinto” vegetal en el que se hallaba. La noche se le había echado definitivamente encima. La acústica de la zona iba siendo conformada por el zumbido del viento, el crepitar de las ramas y las hojas, algún aullido lejano, todo ello unido a ese temor psicológico de que pudiera aparecer alguna alimaña desagradable en su comportamiento con el confiado caminante. La señal telefónica, en general débil por toda la zona de montañas, provocaba momentos en que era prácticamente inexistente, lo que iba aumentando la inquietud en Claudio que temía el inminente anochecer. Aunque la temperatura no era excesivamente gélida, en aquellos momentos cercanos a las 20:30 no superaba los 14 o 15 grados centígrados, con tendencia lógica a la baja a medida que las horas avanzasen. Consideraba que iba básicamente abrigado, teniendo en cuenta que asumía la evidencia de tener que pasar la noche en el bosque. Lo razonable era buscar algún cobijo adecuado, a fin de estar protegido de algún animal que pudiese aparecer de improviso. 

En cuanto a la disponibilidad alimenticia, no era mucho lo que le había sobrado del almuerzo. Medio bocadillo pequeño de queso, un par de pastillas de chocolate negro. Además, un tercio aproximado de la cantimplora, se mantenía llena de agua. Con estos escuetos “manjares” podría resistir bien la noche, considerando que el cuerpo siempre acumula reservas para casos de imprevista necesidad. De ahí las obesidades que tanto preocupan y deterioran nuestras anatomías. 

¿Suerte, oportunidad, destino, casualidad? Lo cierto fue que sin esperarlo (pero sí necesitarlo) se dio de bruces con un viejo y pequeño caserón en un recodo del camino, encastrado en una zona bastante rocosa. En principio pensó que sería un refugio abandonado en medio de esa naturaleza bastante inhóspita, pero de inmediato cambió de criterio, pues a medida que se aproximaba a la muy tosca construcción creyó apreciar que desde su interior salía algún reflejo luminoso, algo mortecino por su debilidad. Estuviese o no habitado, era un propicio lugar para intentar pasar allí la noche, pues el cielo incrementaba cada vez más su opacidad que por momentos llegaba casi al límite de la oscuridad. Muy escasas estrellas creía divisar entre el denso tejido arbóreo que las ramas habían conformado. 

Próximo a la entrada de esos dos cuerpos construidos de piedra, adobe y abundante madera (obviamente abundaba este material en tan espaciosa selva boscosa) confirmó que alguna luz se traslucía desde su interior a través de un pequeño ventanuco. No dudó muchos segundos en llamar a la puerta. Repitió esos no intensos golpes pues nadie respondía, pero entonces escuchó unos pasos desde el interior y una voz “poco amable” que gritó ¿quién va? 

“Buenas noches, señor. Mi nombre es Claudio. Perdone que le moleste a estas horas. Soy un senderista que me he quedado perdido por estos parajes, cuando se me ha hecho de noche. Le aseguro que soy una persona de paz. Le ruego, si fuera posible, algo de cobijo hasta mañana temprano, en que reemprenderé la marcha. Se lo agradecería, porque el frío cada vez aprieta más. En la cantimplora apenas me queda un poco de agua”. 

Algún minuto después (posiblemente la persona de este modesto y tosco refugio estaría pensando qué hacer al respecto) la puerta se abrió. Aunque la luz interior era muy débil, Claudio pudo vislumbrar a un hombre de mediana edad, descuidado en su aseo de ropa y cuerpo. Vestía de una forma desaliñada. Tenía la barba crecida de más de un día, el cabello canoso, la piel del rostro muy surcada por las arrugas, ojos pequeños y escrutadores. El presunto propietario le indicó, con unos modales bastante primarios, que pasara y tomara asiento en una larga banqueta de madera, situada no lejos del hogar, en donde ardían unos leños. Todo era muy rudimentario en esa habitación que sería utilizada como lugar de estar, comedor e incluso cocina. Unas cortinas de paño a cuadros adivinaban el paso a ese segundo cuerpo que se percibía desde el exterior, habitación que sería usada como dormitorio. En el trasiego posterior Claudio pudo ver que allí aparecía una cama no muy grande, un lavabo o palangana, instalado en un rudimentario cuerpo de madera y una banqueta cuadrada, con un agujero que hacía de retrete, posiblemente conectado con algún pozo ciego. 

Pero Ramiro (así se identificó) no era el único habitante de este refugio. Además del sonido de un rebuzno o expresión acústica de lo que era en realidad el relincho de un caballo o yegua y el mugido de alguna vaca, sonidos que procedían de la parte posterior de la cabaña, en donde habría alguna especie de establo o caballeriza, en una esquina del aposento las luces ardientes de los leños dejaban ver la figura de una joven en silencio. Parecía una adolescente, aunque en conversación posterior con el furtivo cazador supo que tenía 22 años. La chica, llamada Amara, de pelo castaño cogidos en una larga trenza, ojos pequeños como los de Ramiro, miraba desconfiada al imprevisto visitante. Vestía una bata de guata descolorida por el continuado uso, altas calcetas grises y calzaba unas zapatillas de paño destalonadas. Ofrecía la imagen de una persona delgada pero fuerte. Destacaba el notable tamaño de sus manos, posiblemente por el trabajo diario. Sin duda era el miembro familiar que “llevaba” la casa. Fue presentada por su compañero de hábitat como “su mujer”, a pesar de la notable diferencia de edad que existía entre ambos. 

Aunque con una cierta brusquedad, muy propia por la falta de relación social del que podría ser un cazador furtivo, Ramiro se mostró hospitalario con el senderista. Comentó que ya habían cenado, pero indicó a la joven (con gestos imperativos) que trajera una tajada de pan con una loncha de cecina. Dadas las circunstancias, a Claudio le pareció un menú excelente, especialmente el vaso de recio vino tinto que le hizo recuperar la baja temperatura corporal. Sentados junto a los leños ardientes, poco a poco fue conociendo algo de la vida de este hombre aislado en la naturaleza, a pesar de lo escasamente comunicativo que parecía el personaje. El “matrimonio” vivía de las piezas (carne y pieles) que el hombre cazaba y que vendía en poblaciones más o menos cercanas. Como combustible básico utilizaban la madera que abundaba en el entorno. Para la iluminación tenían un par de candiles de aceite, que producían ese triste resplandor que se reflejaba a través del cristal de la ventana. 

El vino que consumía con generosidad el cazador, parecía que le iba “soltando la lengua”. Comentó que un día, en su adolescencia, se había enfrentado violentamente con su padre. Cansado del maltrato físico habitual que sufría, abandonó el hogar familiar, dejándole unas letras explicativas sólo a su madre. Con frialdad manifestaba que habían pasado casi treinta años y no había vuelto a saber de ellos. Que había ejercido varios trabajos, pero que un día decidió aislarse de una sociedad que consideraba enferma, alejándose de la misma. Conocía esa choza que estaba situada en un paraje verdaderamente recóndito y “mejorándola” con un profundo esfuerzo, allí se recluyó, dedicándose a cazar animales, cuyas pieles y carnes le daban el sustento necesario, al venderlas, para la subsistencia diaria. Se enorgullecía de carecer de electricidad en ese refugio autoconstruido. Nada de radio o televisión. Pero que se sentía “feliz” viviendo como un “náufrago” voluntario en el hábitat inmenso de la naturaleza. 

En un momento de esa velada junto al fuego, el ya confiado Claudio se atrevió a preguntarle por su mujer Amara. En ese momento, el rostro del cazador cambió de semblante con profunda acritud. Sus palabras fueron cortantes y severas. 

“Mire joven, la mujer y el alma son los más importantes regalos, desde luego que sagrados, que Dios nos ha querido entregar. Ambos tesoros debemos cuidarlos de los continuos peligros que les acechan. Solo hay que dar cuenta de nuestro proceder con estos dones a quien nos los ha prestado: el Creador. Así debe ser” 

Amara, mientras tanto, permanecía sentada en la esquina de ese “salón” principal de la casa, asintiendo con la cabeza y con una expresión en el rostro entre el respeto y el temor a su marido. Llegados a la hora del descanso, Ramiro indicó a Claudio que podría pasar la noche en la caballeriza trasera. Allí encontraría paja y unos sacos, en donde descansar, mientras el calor despedido por la vaca y el caballo le haría soportar mejor la frialdad de la atmósfera. Para poner fin a la charla, le ofreció una copita de aguardiente, que fortaleció su cuerpo aunque dejó algo “quemada” su garganta. Un verdadero “matarratas” anisado. En esa natural “suite” emprendió el camino del sueño, arropado en su grueso jersey, los sacos de estopa y un viejo cobertor que le cubría, recibiendo los vapores fétidos de las dos bestias que templaban esa caballeriza parcialmente cerrada. Mientras “atrapaba” el reparador descanso, meditaba acerca de este tipo de sociedad, por llamarlo de alguna forma, que no creía existiera ya en pleno siglo XXI. 

En el amanecer del domingo, Claudio se incorporó somnoliento del improvisado lecho. La atmósfera se mantenía aún con el frío de la noche, aunque se soportaba relativamente bien. Contempló a Ramiro que fuera de la casa ya estaba cortando leña, mientras Amara preparaba el desayuno. Rebanadas de pan tostado con aceite, café con leche y un platito con pastas de manteca y canela verdaderamente deliciosas. 

“Bien, amigo Ramiro. Me llega la hora de la marcha. Me dice que siga por ese pequeño camino entre encinares y robledales, caminando durante un par de horas hasta encontrar la carretera comarcal. Han sido muy amables y hospitalarios conmigo. Me gustaría que aceptaran un pequeño regalo como muestra de mi agradecimiento. Es un objeto que les puede resultar de gran utilidad, pera cuanto necesiten disponer de alguna iluminación y la lámpara de aceite no funcione. Es una linterna de dinamo. Le da vueltas a esta manivela, unas veinte o treinta veces. Y ya tiene una luz potente, para iluminar durante una hora o más. Pulsando aquí se encienden las tres puntos de luz o sólo uno. No necesitan electricidad para cargar la batería que tiene en su interior. Un pequeño regalo para que recuerden a este senderista, al que ayudaron en una noche de frío”. 

Ramiro aceptó el presente que se le ofrecía, ante la mirada asombrada de su joven esposa. Tras un largo caminar, al fin Claudio pudo encontrar esa carretera, castigada en su firme por las inclemencias del tiempo, que le iba a conducir a la monumental ciudad rondeña. En la caminata y durante muchos días después no pudo olvidar los rostros de Ramiro y Amara. Dos seres solitarios que organizaban su vida en la gran isla de la naturaleza, con la apariencia de aceptar serena y felizmente el destino que precisamente ellos habían elegido. Se preguntaba si en alguna ocasión podría volver a encontrar el habitáculo donde vivían aquellas dos extrañas personas solitarias. 

Casi un año y medio después de esta experiencia, Claudio fue a entregar la imagen de una Virgen del Consuelo restaurada, atribuida al taller de Pedro de Mena, escultor del barroco español, granadino aunque fallecido en Málaga, 1628-1688, escultura que había sido encontrada en el trasaltar de una capilla, en el convento de monjas Clarisas franciscanas de Santa Isabel de los Ángeles en Ronda. El muy agradable y veterano Padre Venancio, que oficiaba cada día la misa en el convento, hizo un largo y sorprendente comentario mientras los operarios instalaban la imagen en la hornacina que presidía la capilla. 

“El rostro de esta Dolorosa verdaderamente me recuerda por sus rasgos al de Margarita Venta, aquella joven que hace muchos años huyó de la finca de su padre, estando embarazada de un joven capataz llamado Ramiro. El padre de la chica era un hombre poderoso, intransigente y violento, que juró matarlos si los encontraba. Pero los dos jóvenes desaparecieron del mapa y nunca más se ha sabido de ellos. La Guardia Civil los estuvo buscando, pero sin éxito en la localización. Él ahora podría estar cerca de los cincuenta años y Margarita unos pocos menos”. Al escuchar aquella interesante historia, los latidos cardiacos se aceleraron en la persona de Claudio. “Padre, me ha interesado mucho esa historia. Sería complicado encontrar alguna foto de este suceso?” “Bueno, pásate por mi parroquia, que tal vez podamos recuperar algún recorte de prensa, de los que me gusta conservar, en los que se hable de estas dos personas desaparecidas”. 
 

Cuando terminó la instalación de la imagen, Claudio acompañó al Padre Venancio a la sacristía de su parroquia. En un polvoriento armario, llamado por el apacible clérigo El Arcón de la Historia, tenía la costumbre de guardar muchas carpetas que contenían centenares de documentos y recortes de prensa muy variados. Tras un buen rato de búsqueda, al fin apareció un par de hojas del diario El Tajo rondeño, muy amarillentas y medio apolilladas, en las que se mostraban algunas fotos de los jóvenes desaparecidos. Sin duda, él era Ramiro, con muchos años menos. En cuanto a Margarita, Claudio adivinaba en su rostro algunos rasgos que le recordaban a Amara. Pidió permiso al sacerdote para sacar algunas fotocopias, justificando su interés en un viejo proyecto para escribir relatos sobre personas desaparecidas. 

Dándole vueltas al complicado asunto, el especialista restaurador decidió tomarse un tiempo de reflexión. Tenía que adoptar la decisión más conveniente con respecto a lo que el conocía de esa contrastada pareja, que habitaba en la “entrañas” de la naturaleza más alejada y diferente a las normas concertadas o establecidas de la civilización. Su encuentro con Ramiro y Amara no había sido un sueño, sino una inesperada realidad que, pasados los días, se propuso exponer con detalle al Padre Venancio a fin de que el clérigo, con su natural experiencia, le aconsejara el proceder más adecuado.- 

ESE OTRO MUNDO, QUE HABITA EN LA NATURALEZA 

José Luis Casado Toro 
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga 18 Septiembre 2020 
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es 
Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

viernes, 11 de septiembre de 2020

PENSAMIENTOS HERMANADOS, EN UN MODESTO COMPARTIMENTO DE TREN.


Cinco personas, que carecían de relación previa entre ellos, realizaban un viaje juntos en un vetusto tren correo de la Renfe con destino a Málaga. La acción transcurría a inicios de la década de los cincuenta, cuando el convoy partía desde la estación madrileña de Atocha a las 22:30 de un sábado otoñal, a fin de dirigirse a la estación andaluza malacitana, en donde tenía previsto su llegada, tras realizar numerosas paradas en un trayecto de poco más de 400 km, a las 8 horas del día siguiente, un domingo de octubre.

Se trataba de trenes antiguos, pesados y lentos, con una mayoría de vagones de tercera clase, divididos en pequeños compartimentos adosados, en los cuales el espacio útil era sumamente reducido. Cada uno de esos “camarotes” tenía dos largos bancos de madera enfrentados, con respaldos casi verticales y asientos de especial dureza, formados de recios tablones. Los viajeros pudientes podían costear el uso de vagones de primera clase, en los que encontraban más comodidades, incluso pequeñas literas para echar un buen sueño. Pero en estos vagones, ocupados por usuarios modestos en su poder económico, la incomodidad del recinto para los cuerpos quedaba bien marcada en las casi diez horas de recorrido.  Cada una de las dos banquetas podían ser utilizadas por tres viajeros, aunque en ocasiones podían sumarse en los compartimentos hasta 8 y 10 personas, notablemente apretadas en la ocupación del limitado espacio disponible. El nivel térmico alcanzado en tan “precarias” comodidades solía ser bastante inhóspito, contrastando el frío gélido del invierno con el agobiante calor tórrido del estío veraniego.
Conozcamos ya algunos datos identificativos de esos cinco viajeros, en los difíciles años posteriores a una guerra fratricida entre españoles. La crueldad represora aún continuaba, anclada en venganzas y odios no superados y en un contexto de carencias materiales básicas para la inmediata necesidad. 
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En ese compartimento número 17, correspondiente al tercer vagón, iba una pareja de recién casados, ARMENIO y FELIPA, de veinticuatro y veintiún años de edad respectivamente. El enlace matrimonial se había efectuado ese mismo sábado por la mañana. Tras compartir con algunos familiares y amigos una modesta comida en un ventorrillo de Vallecas, los dos jóvenes habían tomado el tren para viajar hasta Málaga y pasar una corta semana de vacaciones, pues Armenio tenía que volver  a su trabajo como peón agrícola no más tarde del lunes siguiente. La noche de bodas la tendrían que pasar en ese “lujoso hotel móvil”, de muy escasas estrellas, llamado tren correo de Andalucía. Felipa era huérfana de padre y de madre y tenía una especial ilusión por visitar a su única hermana mayor, Paca, que trabajaba como sirvienta de hogar en el domicilio de un importante miembro del régimen. Este severo personaje era un excombatiente de la Falange franquista, quien en la actualidad gozaba de un bien remunerado puesto de trabajo, como director del mercado de abastos o mayorista de la ciudad. El nuevo y joven matrimonio tenía la intención de hospedarse en la Pensión Fátima, ubicada en el entorno de la nueva barriada que se estaba construyendo en la zona oeste de la capital y que iba a recibir el nombre de Carranque. Paca, que no había podido desplazarse a Madrid a fin de asistir a la boda de su hermana, por imperativos de don Raimundo y doña Fuensanta, los señores para los que trabajaba (tenía que cuidar de sus niños pequeños y hacer las tareas de la casa) se había ocupado de buscarles ese modesto alojamiento para su estancia vacacional malacitana.
Cerca de las once de la noche, Armenio extrajo de su morral un cacho de pan, algo oscurecido por la mezcla variada de semillas utilizadas en su elaboración, junto a un trozo de longaniza y un par de manzanas, menú que compartió con su amada, no sin antes ofrecer al resto de los pasajeros, que declinaron con educación y agradecimiento el gesto solidario del joven. A éste se le había olvidado llenar su cantimplora de agua, cosa que hizo con diligencia en el retrete del vagón número cuatro. La sed siempre aprieta y la noche prometía ser larga e incómoda. Pero el amor todo lo puede y Felipa dormitaba reposando su cabeza adornada con dos largas trenzas en el hombro del que ese mismo día se había convertido en su marido. Aunque mantenían en principio las dos manos enlazadas, pronto las separaron, ante las repetidas miradas preventivas del tercer compañero de asiento.
La ilusión de la chica era encontrar pronto una casa “bien” donde servir, como hacía su hermana en Málaga y cuidar de su esposo y los hijos que tuvieran. Aunque también  le pedía a Dios no fueran muchos, en esos tiempos de escasez y profunda necesidad. El pensamiento de él era comportarse como un  buen padre de familia, compensando el duro trabajo del campo con el goce proporcionado por una joven y tierna mujer, que le esperaría fielmente cada tarde en casa al volver de su diaria labor con las espigas, los racimos y los frutos.
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El compañero de banco en el compartimento, de esta joven pareja, era el padre jesuita BENEDITO, que hacía unos meses había cumplido los setenta y cinco años de edad. En su biografía, el religioso podía exponer su función pastoral para la difusión del catolicismo durante más de cuatro décadas de apostolado. De este amplio período de tiempo, alrededor de veinticinco años había estado adscrito a la prisión de Carabanchel, asistiendo a los numerosos reclusos que allí cumplían pena de privación de libertad, la mayoría de los mismos por delitos de motivación política.
La razón de su viaje en ese tren correo obedecía a que, debido a lo avanzado de su edad y a que carecía de familiares directos, la dirección de la Compañía le autorizaba que se dirigiera a la Residencia San Estanislao de jesuitas mayores, que la orden tenía en Málaga. Allí podría descansar y pasar la última fase de su vida religiosa, entre sus hermanos profesos de prolongada cronología.
En los momentos en que no dormitaba, el sacerdote tenía abierto entre sus manos un libro de rezos, que leía en silencio de manera pausada. En realidad, a lo largo de toda la noche para con el tan largo viaje, eran muchos los minutos en que iba repasando su vida como religioso, recordando múltiples imágenes y escenas que acudían a su memoria, relativas a la asistencia espiritual que prestaba a los reclusos. Pero también, y de manera muy especial, no podía borrar de su mente aquellas otras muy difíciles y trágicas noches en que las pasaba en vela, acompañando a los condenados a morir fusilados, durante el alba del día siguiente. En general la mayoría de estos pobres condenados valoraban y agradecían esta paciente compañía, en el  terrible y final destino que en pocas horas les aguardaban. Algunos de estos encarcelados aceptaban la confesión y el rezo compartido. Otros apreciaban el valioso calor humano y la amistad que generosamente el sacerdote les ofrecía. Casi ninguno de ellos se entregaba al sueño. Unos lloraban, otros temblaban o disimulaban nerviosamente su miedo y el pavor al infinito, los más aceptaban su trágico destino y rogaban al sacerdote que les hablase de su vida, de su infancia, de su vocación por los demás, de esa fe en la divinidad que ellos apenas poseían, pero que admiraban en ese bondadoso interlocutor que les acompañaba durante esa última noche de sus vidas. Algunos le hacían preguntas acerca de ese Dios que todo lo puede, otros se limitaban a mirarle con respetuoso silencio y los había quienes le contaban fases alegres de sus existencias y aquellos ideales que con afán y nobleza decidieron defender para sentirse bien y en paz con sus respectivas conciencias.
Este veterano miembro de la Compañía de Jesús recordaba, una y otra vez, esas desangeladas noches de vigilia y frío, en que desobedeciendo las órdenes establecidas, minutos antes de que llegara al calabozo el director del penal, con los guardias y funcionarios que iban a llevar al reo al cumplimiento de la pena, sacaba de su ajado y maltrecho gabán, una antigua licoreta o petaca de metal, permitiendo que el condenado tomara un buen sorbo de coñac, que le aportara un soplo de valor ante el último viaje que, con pasos dudosos, se veía obligado a emprender. Siempre fue consciente o supuso que el director del penal no era ajeno a esta acción “no permitida” que él realizaba, pero que con algún sentido humanitario el funcionario “miraba para otro lado” entendiendo que era lo mejor ante el terrible escenario que todos protagonizaban. Después acompañaba al condenado por las leyes humanas a ese patio que desafiaba al 4º Mandamiento, recitando unas oraciones que simulaba leer en su breviario. Mientras el pelotón aguardaba, los abrazaba finalmente, aportándoles el cálido y afectivo valor de la fraternidad.
En esa larga noche de traqueteo viajero, por unas vías de acústicas chirriantes que rompían el sosegado silencio de la madrugada, el sacerdote jesuita pensaba una vez más en su difícil y abnegada labor apostólica, preguntándose con cierta y humana angustia si su paso por la vida habría sido realmente útil para conseguir o modelar una mejor Humanidad, en este mundo llenos de tantos interrogantes sin fáciles respuestas. Pero ahora, viajaba en ese compartimento número 17, recorriendo kilómetros y kilómetros camino de una “retirada” necesaria y justa por la edad, en ese atardecer vital de su calendario. Y a su mente llegaban esas palabras o dudas que le impedían poder conciliar el sueño: ¿vocación? ¿servicio? ¿soledad? ¿destino? ¿necesidad?
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Los dos restantes pasajeros que completaban el compartimento eran un padre de 43 años, el cual viajaba en el tren junto a su pequeña hija de seis. El azar desgraciado y trágico se había cebado en esta pequeña y modesta familia, desde el momento en que un mal día el viento letal se había llevado al tiempo a una esposa y una madre. ATANASIO, representante de colonias y abalorios para el ornamento de la mujer, tras esta “irreparable pérdida”, por consejo de sus familiares más directos, había decidido llevar a su única hija a casa de su hermano Abilio, casado y con dos niños pequeños. Este generoso familiar, dedicado al trabajo agropecuario y residente en la bella localidad malagueña de Ronda, se ofrecía a cuidar el tiempo que fuera necesario de su sobrina, dada las obligaciones laborales que su hermano no podía desatender. El oficio de representante le obligaba a estar continuamente viajando entre unas y otras localidades, por lo que no podía cuidar de la manera adecuada a una hija de tan corta edad.
LIRIA era el precioso nombre de la pequeña, que vestía un jersey de lana, color gris, una faldita de franela a cuadros y calzaba unos zapatitos de charol negros, que habían perdido el brillo inicial por el continuado y prolongado uso de los mismos. Se entretenía jugando y abrazando a una muñeca de trapo, ya muy manoseada y desflecada, regalo que su mamá le había hecho, tras haber cosido y rellenado una serie de restos de trapos, cuando su hija tenía apenas dos años de edad. Ese preciado regalo lo consideraba algo para ella muy importante, por lo que siempre solía acompañarle llevándola consigo. Llamaba a la muñeca Tara, nombre del principal personaje de un cuento que también le habían regalado por su cumpleaños y a quien la pequeña, en su limpia imaginación, le había encontrado parecido con el rostro de la muñeca de trapo.
En el banco que ocupaban padre e hija sobraba un asiento. El bueno de Atanasio aprovechó ese espacio para juntarlo con el suyo propio y hacerle una muy modesta “cuna” o cama a la niña, despojándose de su chaqueta (a pesar del frío reinante en ese crudo otoño meteorológico) añadiendo una pequeña manta que extrajo del maletón, donde transportaba los enseres de Liria. Por cierto esa maleta de la época (nada de ruedas ni adornos de lujo) tenía que ser atada con un grueso cordel, pues las cerraduras fallaban de continuo.
En el traqueteo del pesado cowboy por las vías, Atanasio se iba preguntando en silencio si durante los siete años en que él y Rosa habían estado casados había hecho suficientemente feliz a esa fiel compañera, ya ausente de sus vidas. Era difícil la existencia en esos años de finales de los cuarenta, tiempos de profundas carencias materiales mezcladas con múltiples y hábiles disimulos, pues había que estar bien con el Movimiento si no quería verse metido en desagradables problemas. Pero consideraba que tenía que seguir luchando por aquello que más quería y le recordaba a su también muy querida e insustituible esposa.
Para ayudar a que la niña al fin lograba conciliar el sueño y de manera sorpresiva, el padre Benedito, “haciendo” de complaciente abuelo, comenzó a contarle a la pequeña una bella historia de animales en la naturaleza, narración que completó con una sencilla oración dedicada a Rosa, la madre ausente, que emocionó a los presentes, de manera especial al pobre Atanasio.
Además de todas las paradas efectuadas por el tren, para recoger y entregar las sacas con el correo, hubo dos momentos de especial tensión para los adormilados viajeros. Ambas situaciones se produjeron cuando fuerzas de la policía secreta, acompañados por miembros uniformados de la Guardia Civil, subieron a los vagones, para pedir aleatoriamente la documentación a los viajeros. Hubo algún caso en que algún pasajero no llevaba “los papeles” en regla, por lo que imperativamente era obligado a bajar del vagón y conducido, sumido en ese miedo nervioso que atenaza el comportamiento, hasta al cuartelillo de seguridad. Allí continuaban las comprobaciones, entre preguntas y respuestas angustiadas, mientras la pesada máquina de “hierro y fuego”, difundiendo intenso vapor y carbonilla, reiniciaba su marcha con el arrastre de las grandes vagonetas, hacia la siguiente localidad en donde habría que efectuar una nueva y regulada parada.

A eso de las 9:40 el tren correo de Andalucía al fin hizo su entrada en la antigua estación de Málaga. Los cinco pasajeros de ese compartimento 17, con los ojos legañosos, rostros cansados y cuerpos emanando aromas algo viciados por el cerramiento y la falta de aseo, se despidieron con educado afecto y humildad, deseándose suerte y providencia para sus anhelos y dificultades. Para alegría de Armenio y Felipa, Paca los esperaba, pues al fin había obtenido permiso de doña Fuensanta (a cambio de llevar los niños al Parque, en esa mañana de domingo que le correspondía de descanso, mientras ellos iban a misa de doce a la Catedral). Atanasio y Liria fueron recibidos con gozo por Evelio y su mujer Juana, que habían hecho el desplazamiento desde Ronda en un viejo autobús de línea, que partió de la ciudad del Tajo a las 7 de la mañana. Les acompañaban sus dos hijos, que hicieron “buenas migas” con su primita, desde el primer instante. Por su parte Benedito, que apenas podía tirar de su maletón por un problema de lumbares, contrató los servicios de un taxi, para que le trasladara lo más cerca posible de la residencia jesuita, sita en una transversal de la calle Compañía. Al anciano sacerdote no le esperaba nadie, sólo un día nublado y de calles mojadas, en un frío domingo de Octubre en 1950.-


PENSAMIENTOS HERMANADOS, EN UN MODESTO COMPARTIMENTO DE TREN


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
11 Septiembre 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           


viernes, 4 de septiembre de 2020

AFICIONES COMPENSATORIAS, PARA ALUMBRAR TIEMPOS INCIERTOS.


Las personas contamos con un eficaz aliado para “alimentar” nuestro tiempo de ocio. La sociedad actual genera, cada vez más en la actividad de los seres humanos, parcelas temporales libres de obligaciones laborales o ajenas al sueño diario para la recuperación orgánica. Ese tiempo libre suele aparece durante los fines de semana, en los períodos vacacionales, en la etapa de jubilación o también entre los numerosos huecos del día. Parece indiscutible que la mejor forma de llenar esa libertad para hacer lo que se desee, que amplía su importancia actual en nuestros horarios, es cultivando alguna o varias aficiones. De esta lúdica forma podemos encontrar esa distracción necesaria que anhelamos, evitando la apatía y el aburrimiento, sintiéndonos por el contrario más felices y realizados en nuestro equilibrio.

Bien es verdad que algunos pueden aplicar a esa afición, que paralelamente les enriquece y condiciona, una dedicación exagerada, obsesiva, absorbiendo en exceso nuestras energías y provocando un desequilibrio enfermizo que resulte perjudicial para nuestra salud. Por eso, como en tantas y tantas oportunidades de la vida, el punto medio es el más aconsejable, prudente y sensato, en todos nuestros hábitos y costumbres. Sin embargo, a pesar de este riesgo, que deriva de una inadecuada práctica en la afición elegida, aún es más grave y desalentadora la imagen de aquellas personas que manifiestan la carencia de alguna afición que compense el ocio del que disponen. Sin duda, esas vidas sin motivaciones o ilusiones deben ser bastante tristes, aburridas y ausentes de la innegociable tensión anímica que debe sustentar el comportamiento de todos los humanos.

Si nos preguntáramos cuántas aficiones se pueden encontrar en el mundo, la respuesta no podría ser otra que “infinitas”, aunque naturalmente todos conocemos algunas más famosas o importantes que otras, al ser cultivadas por un mayor números de personas. En el momento de adjetivarlas, encontramos un largo listado de modalidades: deportivas, viajeras, artísticas, artesanas, coleccionistas, cinematográficas, científicas, literarias, musicales, teatrales, religiosas, culinarias, jardineras, informáticas, fotográficas, narrativas, pictóricas, etc. Otra realidad es que no hay edad para las aficiones. Niños, jóvenes, adultos o mayores pueden aplicar aficiones a sus existencias, aunque habrá algunas que sean más específicas o aconsejables que otras, según la fecha de nacimiento de cada cual. Lo importante para su positiva integración en nuestros horarios de ocio es la aplicación de ilusión y constancia, en el día a día.

Y ya en este punto, vamos a centrarnos en el protagonista de una interesante historia. Como es previsible en este contexto, el personaje cultivaba con cierta pasión una de esas aficiones que tanto nos enriquecen y deleitan, al paso de las horas y las estaciones del almanaque. En su temporalización hay que “viajar” a comienzos de los años 70, correspondiente a la centuria precedente. Natalio Trencilla Vidalia, durante su infancia y adolescencia no había destacado en sus deberes escolares. De  modo que, a los catorce años de edad su padre, de nombre Erundino (un honrado y eficiente profesional de la fontanería) conociendo la escasa afición de su único hijo por seguir el oficio que había y seguía proporcionado el sostenimiento de este modesto pero sosegado hogar, sabiendo además del interés que por el contrario siempre había mostrado el chico por los coches y los vehículos a motor, decidió ponerlo a trabajar. “Nato, te voy a “colocar” en un taller de recauchutados y venta de neumáticos, tanto para automóviles como también para motos y bicicletas. Ya tienes edad para aprender un oficio de provecho. Es una empresa solvente propiedad de un buen amigo, Amaro, al que conozco desde los tiempos del servicio militar, etapa que ambos compartimos en el campamento almeriense de Viator”. 
 
No se equivocaba don Erundino, pues conocía bien a su vástago y acertó plenamente con la tecla elegida. Natalio se sentía a gusto trabajando en un importante entorno vinculado a los coches, motos y bicicletas, como es la buena rodadura de todos esos vehículos. Pasaron los años y su vinculación laboral como obrero dependiente supo transformarla en propietario único del negocio. Lo hizo con los ahorros acumulados y con la suerte de un décimo de lotería que el destino quiso premiarle. Así pudo pagar el traspaso del negocio que bien conocía, cuando su jefe Amaro decidió jubilarse como autónomo a causa de un molesto y severo problema vertebral en la espalda. Conociendo el interés comercial de su responsable y esforzado trabajador, le puso un precio verdaderamente testimonial para la adquisición de ese amplio local donde estaba instalado el taller, del que había sido propietario hasta el momento de su traspaso. Natalio se comprometió, en la escritura notarial de compra venta, a pagar también, durante diez años, una modesta renta mensual a su antiguo jefe, cantidad que sumada a su pensión como jubilado por enfermedad permitiría al antiguo empresario vivir dignamente.

La familia de Natalio estaba integrada por tres miembros más. Éstos eran Casilda, su mujer, una señora siempre bastante crítica con casi todo lo que hacía su marido y Luz y Benigna, las dos hijas del matrimonio, quienes en esos años iniciales de la década del 70 estaban cursando los estudios de bachillerato. El cabeza familiar, desde el tiempo de su juventud, se había aficionado a practicar el coleccionismo de sellos de correo utilizados para el franqueo de la correspondencia. Le gustaba contemplar los dibujos impresos en esas pequeñas estampillas engomadas, las cuales podían ser despejadas con habilidad desde los sobres donde estaban colocadas y posteriormente proceder a su ordenación en hojas, clasificándolas por épocas o años, por países en donde los sellos habían sido impresos y también por los motivos gráficos que estaban dibujados en los anversos de estos franqueos.

¿Cómo había ido formando e incrementando, en el tiempo libre para el ocio, su cada vez más densa colección? En el popular  barrio donde residía y tenía el taller de recauchutados había abundantes establecimientos y oficinas (gestorías, agencias de viajes, tiendas de electrodomésticos, etc.) en donde por amistad y conocimiento le guardaban los sobres de la correspondencia recibida, con los sellos correspondientes. Muchos de sus propios clientes, que acudían a reparar o sustituir los neumáticos de sus vehículos, conociendo la afición de Natalio por los sellos, le llevaban por amistad muchos de los mismos ya recortados de los sobres en donde habían sido utilizados con el “matasello” oficial.  Algunos domingos solía también acudir a un mercadillo en el que además de la venta de frutas, hortalizas, herramientas, ropa, libros y objetos para la casa,  había tenderetes donde se comerciaba e intercambiaban sellos de correos. Allí encontraba bolsas de 100, 300 y 500 estampillas, a buen precio, que tras su compra el coleccionista analizaba y clasificaba en casa, distrayéndose y alegrándose por encontrar algunos sellos curiosos entre una muy abundante “morralla” de escaso valor. Pasaba las tardes de los sábados y los domingos desengomándolos de los sobres y papeles en donde habían sido pegados, limpiándolos, organizándolos en unas hojas que tenía preparadas y que guardaba a modo de álbumes, cada vez más voluminosos. Para ello se ayudaba de catálogos que también había comprado en las filatelias y establecimientos de libros de segunda mano. Los comentarios de Casilda, su mujer, no tenían desperdicio, entre las risas desenfadadas de las dos hijas adolescentes, cuando escuchaban las argumentaciones de su madre ante un padre concentrado en su afición que parecía no hacerle el menor caso a la airada cónyuge.

“¿Otra vez estás con tus sellos? Hay que tener ganas de matar el tiempo en esa cosa tan aburrida, que también te saca los buenos cuartos. Pues yo sé que además de los sobres que te dan, te pasas por las filatelias y te dejas buenas pesetas en comprar nuevas estampitas que no sirven para nada útil.  Más valía que utilizaras el tiempo que gastas en esas chochadas arreglándome en cambio las losetas rotas de la cocina y las del cuarto de baño que se mueven más que unos pipiolos en la discoteca. Te dije, hace ya tres semanas ,que el cierre de la puerta del armario no cierra bien y parece que te entró por un oído y te salió por el otro. ¡Vaya cruz que me ha tocado con este hombre que solo sabe gastar el tiempo en inutilidades! Y que podríamos decir del trastero que tenemos en el sótano del bloque. El otro día intenté entrar para buscar una garrafa que teníamos para guardar el aceite, y cuando moví dos cajas se me cayeron encima una cantidad de cosas viejas que tienes allí guardadas, dios sabe para qué. A ti todo lo que sea coleccionar te flipa, aunque no sirvan para nada. Y no me hables del día de mañana, que con tanto repetirte pareces un disco rallado. Madre mía, ¡Que cruz de hombre me ha tocado!”.

Paralelamente a estas “dulces” palabras, henchidas de comprensión y cálido afecto, Natalio seguía a lo suyo, con su gran lupa, bote de disolvente limpiador, pequeñas tijeras y tres tipos de pinzas, material “auxiliar” preparado al efecto para ser utilizados en el montaje de una nueva hoja, ahora de sellos curiosos editados en países africanos. Ya estaba bien habituado a las “sermoneras” que le dedicaba la señora de la casa que, desde luego hacían poca mella en su voluntad para seguir practicando su atractiva afición por el coleccionismo filatélico.

Pero como tantas veces ocurre, con los caprichos inexplicados del destino, llegaron a la vida de este buen profesional aires de infortunio, que lastraron con sus adversas circunstancias su no consolidado equilibrio económico. Todo se originó cuando en un solar próximo a su taller laboral se construyó un gran centro comercial, con muchos metros cuadrados disponibles, para los componentes del automóvil. Curiosamente el nombre de este espectacular establecimiento, con sus talleres correspondientes para la reparación y la aplicación de componentes, fue el de Automovilandia. La competencia en este sector profesional era muy dura para la expectativas laborales del taller propiedad de Natalio.

En ocasiones, los agobios nunca vienen solos. En su taller, instalado en unos bajos de un edificio con muchos años desde su construcción, comenzaron a fluir unas aguas fecales, cuyo problemático origen no estaba bien localizado, en palabras de varios albañiles que vinieron a estudiar el problema. Había que levantar gran parte del suelo y canalizar bajantes e impermeabilizar los muros de contención. El seguro del local comenzó a echar “balones fuera” y sólo accedía a financiar una parte de la cuantiosa inversión que era necesario aplicar para el coste de la obra. Y otro asunto que tensaba todavía más la cuerda económica familiar era el pago de las inminentes matrículas universitarias de Luz y Benigna, que ya comenzaban sus estudios en el campus de la tercera enseñanza.

Toda esta agobiante situación había sumido en un estado anímicamente depresivo, al bueno de Natalio. Los bancos no le cerraban las puertas con sus créditos, pero lo hacían a cambio de un elevado interés, sumamente gravoso para la estabilidad económica empresarial y familiar. ¿Qué hacer entonces? La posible solución a estos problemas provino del único empleado que aún permanecía en el taller, llamado Eufrasio, prácticamente de la misma edad que su jefe, con el que Natalio tenía una gran amistad, debido a sus ya largos años de vinculación laboral. Conociendo la situación que atravesaba el negocio en donde prestaba sus servicios, con retrasos en la nómina ya de un mes y medio y viendo la situación de agobio familiar que hacía peligrar la viabilidad de los recauchutados, una mañana de viernes aportó al empresario una interesante y sugerente idea.

“Nato, sé y entiendo tu preocupación por esta mala racha. He estado pensado en dos posibles soluciones, cada una de ellas con sus ventajas y dificultades para llevarlas a efecto. Una de ellas, parece que la más lógica, sería intentar negociar con Automovilandia, a fin de vincularte de alguna forma a su poderío financiero y que nos facilitaran algún trabajo del que parece les sobra. Es evidente que cada día se les acumulan más y más clientes, pues pueden ofertar precios más bajos que nosotros. Entonces nosotros podríamos funcionar como asociados o vinculados a su grupo (creo que incluso tienen inversores extranjeros y funcionan con filiales en muchas provincias).

Otra posibilidad, que no excluye a la primera que te he dado, es tu colección de álbumes filatélicos. No me cabe duda que has de tener sellos importantes, ejemplares de cierto valor en el mercado de los coleccionistas, que los podrías vender y ayudarte un poco con ese oxígeno económico que necesitas con urgencia. Mira, yo tengo un primo al que le llamamos Tiago, que se gana la vida con eso de los sellos y las monedas antiguas. Tiene un pequeña negocio que le va bien y con el que mantiene a su familia. Yo le puedo pedir el favor de que eche una ojeada a los álbumes que tu elijas de tu copiosa colección, para que analice si hay algún material que destaca por su valor para una posible transacción. Es buena persona y puedo asegurar que no te va a engañar.”

Las dos sugerencias eran interesantes, por los que Natalio no se cerró a su estudio o posible aplicación. Tras darles vueltas al asunto durante ese fin de semana, solicitó una entrevista con el director de Automovilandia, Mr. Carter, que le recibió con proverbial amabilidad y a quien expuso sus sugerencias de posible colaboración en una actividad que ambos negocios compartían. En principio lo único que ofertaba el ejecutivo de origen británico era el cierre del taller de Natalio, a cambio de una indemnización y “vagas” promesas de trabajo en un futuro. De todas formas se comprometió a seguir estudiando el caso y consultar con sus superiores de la unidad central empresarial.  

Posteriormente, jefe y subordinado fueron a visitar a Tiago, que quedó encargado de revisar los cinco espléndidos y densos álbumes que Natalio le puso sobre la mesa. Era consciente de que a lo largo de los años de paciente coleccionismo, había conseguido algunos sellos que en los catálogos que usaba marcaban un cierto valor de mercado. Pero era lógico conocer la opinión de un experto en la materia, antes de tomar cualquier decisión al respecto. No se equivocaba pues, sin haber transcurrido ni cuarenta y ocho horas, de la visita al establecimiento filatélico, su propietario le llamó, rogándole pasara a visitarle porque tenía buenas noticias que ofrecerle.

El experto filatélico le comunicó que entre los sellos publicados en España, había uno de 1852, que correspondía al reinado de Isabel II, dos años después del establecimiento del franqueo para las cartas. De esa estampilla con la efigie de perfil de la reina, madre de Alfonso XII, se conservaban muy pocas en el mercado de los sellos de correos, por lo que su valor podría alcanzar un muy elevado número de pesetas. Con sus conocimientos y relaciones, podía encontrar un buen comprador, en el mercado del coleccionismo. Si Natalio lo autorizaba, iniciaría las gestiones sin dilación. Le aclaraba que, en estos casos él solía cobrar un 20 % del precio final de la transacción (coste más o menos oficial dentro del mercado) pero que al tratarse de un importante amigo de su primo, en situación de necesidad empresarial, rebajaría sus emolumentos a sólo un 15 %. Dada la premura, impuesta por las adversas circunstancias que atravesaba, el agobiado empresario aceptó las condiciones del filatélico, expresándole incluso su agradecimiento por la franca generosidad del profesional.

En un par de semanas, el preciado ejemplar filatélico estaba vendido a un afanado coleccionista galés, con vínculos familiares en España, propietario en su país de una destilería  de licores de elevada graduación alcohólica.  Al cambio, pagó por el sello 70.000 pesetas de la época, de las cuales Natalio recibió con gran júbilo 59.500. Con ese capital pudo eliminar los problemas de filtraciones de su local, modernizarlo y adaptarlo para diversificar en parte su trabajo de los neumáticos, tras acuerdo con Mr Carter, representante de la multinacional Automovilandia. A partir de ese acuerdo, Recauchutados Trencilla, se convertía en una empresa vinculada al grupo de la multinacional, centrada en la tapicería para el automóvil y en la instalación de equipos de sonidos para los vehículos (además de seguir arreglando los neumáticos, trabajos cedidos por la empresa “madre”. Por una vez, la puntillosa y agriada Casilda tuvo que guardar silencio, ante la buena gestión que había realizado su controvertido marido, salvando un negocio que hacía agua por todas partes y que peligraba “irse a pique” en el mar tempestuoso de los fracasos.  Y todo gracias a la afición por el coleccionismo de sellos, que no sólo distraen a sus seguidores sino que en determinados momentos pueden ser eficaces colaboradores para afrontar tiempos inciertos.

Unos días después de la gratificante transacción con el galés, dos personas se reunieron en una cafetería de la Gran Vía, para completar un asunto pendiente. “El precio de la venta del sello fue de 80.000 pesetas, como ya te aclaré, pero yo simulé una documentación paralela que tu jefe aceptó sin la menor duda. Como ya habíamos acordado, con respecto a ese dinero extra, te entrego el 50%. Aquí tienes en este sobre 5.000 pesetas, que te vendrán muy bien por tu hábil gestión”. Eufrasio abandonó el local la mar de contento, con el buen pellizco que había cobrado con tan solo poner en contacto a Natalio con Tiago. Pero el muy ufano intermediario, nunca conocería que Mr. Carter en realidad había pagado 85.000 pesetas, por la tan curiosa estampilla.-


AFICIONES COMPENSATORIAS, PARA ALUMBRAR TIEMPOS INCIERTOS



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
04 Septiembre 2020
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