sábado, 4 de julio de 2020

EN EL JUICIOSO CAMINO DE LA VERDAD.

Existen realidades, hábitos y comportamientos, paralelos y opuestos, que interactúan de manera continua en la vida de las personas. Ese paralelismo antagónico hacen que se revistan con dos etiquetas o atuendos contrapuestos, de valores y defectos, para su calificación ética: la verdad es universalmente aceptada con una cualificación positiva, admirada y merecedora de aplauso. Su antítesis, la mentira, es por el contrario considerada como defecto, con una calificación negativa, crítica y de rechazo. Ambos recursos en nuestras respuestas cotidianas son repetidamente usados, incluso por las mismas personas, según los momentos, las necesidades y las circunstancias en que nos vemos inmersos. También solemos aplicarlos en diferente porcentaje, según sea nuestro carácter, mentalidad y moralidad. Hay personas que se esfuerzan en mantener y decir casi siempre la verdad, mientras que otros hacen lo propio falseando y mintiendo casi de manera continua.

A pesar de la valoración negativa que conlleva la acción de mentir, todos caemos en ese defecto o recurso, sea cual sea nuestra condición o circunstancia. Lo practica el político, para tergiversar la realidad y ganar un puñado de votos. Lo  hace el periodista, cuando no refleja la verdad de los hechos. Lo aplica el presunto delincuente, ante la policía o ante el tribunal que lo juzga. El niño se resguarda en la falsedad ante sus padres, cuando ha cometido una travesura. También el publicista, que manipula la información para favorecer la venta de un  determinado producto. De igual manera lo hace el comerciante, a fin de incrementar sus resultados comerciales. Lo practica el vecino, cuando con maldad quiere perjudicar a otro propietario del inmueble. Y así una larga lista de infractores para con la verdad. Incluso hay religiones que, entre sus preceptos, condenan el uso de la mentira, cual es el caso de la comunidad católica con el quinto mandamiento. Pero al final llegamos a la conclusión de que mientras haya vida, habrá verdad y falsedad.

La suerte y la desgracia son dos circunstancias que se dosifican, temporalmente, en la vida de los seres humanos. La alegría y el alborozo de la primera contrasta con la tristeza y la desesperación de la segunda, de manera especial cuando los porcentaje respectivos se intensifican decisivamente a favor de una u otra realidad en las personas. Algo parecido fue lo que le sucedió a Rosendo Eslavia, responsable padre de familia  y trabajador ejemplar en una empresa que comercializaba e instalaba todo tipo de toldos, mamparas y cerramientos, tanto a clientes particulares como a instalaciones oficiales y a diversos establecimientos turísticos. A este buen hombre, en un relativamente breve marco temporal, comenzaron a sobrevenirle unas experiencias desafortunadas que pusieron en tela de juicio su resistencia y capacidad para afrontar y superar tan incómodas y desdichadas influencias, todas ellas nucleadas bajo el carácter de la mentira y la falta dolosa de verdad.

Había comenzado a trabajar en la empresa de toldos Protecciones y Cubiertas, con tan sólo 23 años de edad. Allí se fue labrando un merecido prestigio de obrero responsable y entregado felizmente a su labor, no solo entre sus compañeros de trabajo sino también por parte del propietario empresarial don Hermenegildo. Pero al paso de los añosa, este “capitán del navío” debido a su prolongada edad decidió ceder el timón del mando a sus dos hijos, Tobías y Saúl, dos jóvenes malcriados y disolutos en su comportamiento cotidiano. En muy pocos años, los gastos incontrolados de ambos para sus caprichos y ambiciones particulares y su falta de vocación y de gestión directiva acabaron por ir descapitalizando la empresa, que fue entrando en números rojos contables, cierre de las cinco filiales que tenía repartidas por Andalucía, suspensión de pagos y quiebra técnica. A pesar de que los trabajadores pidieron explicaciones en diversas oportunidades, e incluso accedieron al padre de los actuales gestores, quien desde su retiro no podía dar crédito a lo que estos operarios le informaban, los dos jefes se escudaban en la habilidosa y delictiva falsedad contable y unas promesas infundadas y carentes de verdad, con las que sólo pretendían ganar tiempo y no acabar en manos de la justicia. A sus cuarenta y nueve años de vida, Rosendo, junto a otros dieciséis compañeros de trabajo se vieron en el muy ingrato drama laboral y familiar del despido laboral.

En el contexto de este duro golpe, sobrevino otro grave asunto en la vida de Rosendo, generado en el seno de su propia unidad familiar. En realidad el problema de la infidelidad conyugal de su mujer Adelaida venía actuando desde hacía algún tiempo, sin que él tuviera conocimiento alguno de este infiel comportamiento. Esta señora había estudiado durante sus años juveniles solfeo y piano,  en el Conservatorio oficial de la ciudad. Aunque no había practicado función laboral alguna fuera del hogar, estaba vinculada con un grupo coral “Voces del Mar”, que ensayaba y actuaba en distintos eventos liricos y corales, dentro y fuera de la capital malagueña. Las relaciones afectivas que mantenía con el director de la agrupación musical, Esteban, al principio mantenidas en riguroso secreto, poco a poco fueron siendo conocidas y comentadas entre los integrantes del colectivo coral. Por cierto Esteban y Rosendo cultivaban una antigua amistad, pues ambos además eran miembros de una sociedad deportiva que practicaba el golf, durante algunos fines de semana. Precisamente cuando ya se encontraba en situación de despedido ante su empresa en quiebra, comenzó a recibir algunos mensajes en los que, de manera anónima. le denunciaban la realidad de que estaba siendo “engañado” por su esposa. Adelaida en principio negó todos los hechos, pero en las semanas siguientes asumió algún comportamiento inadecuado con Esteban, justificándolo en razón de una debilidad o juego infantil sin mayores “pretensiones”. Prometió rectificar, ante la confusión anímica que embargaba a Rosendo, en su precaria situación laboral. Pero entre ambos cónyuges ya nada volvió a ser como antes.

Un inesperado tercer vértice angular, en ese polígono de los tiempos infortunados, fue protagonizado por su hijo mayor Lucas, a quien le estaba pagando la carrera de medicina que cursaba en la provincia de Salamanca (Rosendo era natural de esa monumental ciudad castellana, manteniendo en ese entorno territorial algunos vínculos familiares que propiciaron que el joven, a pesar de su “precario” expediente, tuviera acceso a ese distrito universitario. Cursaba “oficialmente” el primer curso de la carrera doctoral, pero en realidad pasaba la mayor parte del tiempo inmerso en su verdadera vocación: la práctica teatral. A todos sus familiares engañaba, pues cuando decía ir a las aulas universitarias, en realidad acudía a la sede de un grupo experimental, en la que pronto se “lió” con una actriz, quince años mayor que el controvertido joven. Las horas de práctica en las tablas del escenario y los desahogos amorosos en las frías noches salmantinas dejaban escaso tiempo para intentar al menos leer los apuntes que compraba en el sindicato de estudiantes, ya que su presencia en el Campus claustral era más bien excepcional. Cuando llegaron los exámenes de junio, los resultados académicos fueron bastante uniformes: suspensos y no presentados. Un hábil compañero en el majeo informático le “construyó” una papeleta de notas, en la que los retoques aliviaban la realidad de un año perdido para la carrera de futuro galeno. Cuando Rosendo tuvo en sus manos las calificaciones de su hijo mayor , fue comprensivo y le animó a que en septiembre recuperara esas dos materias que, en el engaño, únicamente le habían quedado por superar.

Faltaba otro ángulo poligonal más, en las desdichas para el engaño de Rosendo. Conocía a don Remigio desde hacía años. Este persuasivo y convincente director de sucursal bancaria, le había convencido para que invirtiera prácticamente todos sus ahorros en la compra de unos fondos de inversión “garantizados” que tenían unos incentivos en cuanto a interés bastante interesantes.

“Rosendo, es una posibilidad que tengo reservada sólo para clientes selectos y especialmente a los amigos de toda la vida. Te vas a ganar un interés inusual en el mercado bancario. Son unos bonos especiales que, si no los tocas en siete años, pueden llegar al 6,5% de interés sobre el capital. Esta oportunidad no va a volver a pasar por tu puerta. Sé inteligente y valiente. Los frutos de la recompensa los vas a disfrutar en su momento. Puedes confiar en mí”.

Transcurrido el septenio correspondiente, Rosendo se pasó por la oficina, para consultar a don Remigio. En realidad lo que había hecho, bajo la endulzada mentira, era invertir en un fondo de buitres, dentro del mercado ruso, vinculado al mercado de armas, cuyo riesgo eran bastante elevado según la situación geopolítica mundial. Fue un verdadero batacazo económico, precisamente en una época de indigencia a consecuencia del despido laboral. Sintiéndose cruel e irresponsablemente engañado, sólo pudo recuperar una tercera parte del capital invertido, esos 45.000 euros ahorrados pacientemente con el trabajo de años. Don Remigio echaba “balones fuera”, por su falta de claridad y sensatez en el consejo inversor al “buen cliente y amigo”.

Pero los vientos de la suerte, en su aleatorio y caprichoso desplazamiento eólico, suelen en ocasiones cambiar de ruta y soplar a favor de algunas personas que, hasta ese momento, han estado desprovisto de la brisa  esperanzadora que tanto y bien conforta. Aunque no jugaba regularmente cada semana, en ocasiones Rosendo gustaba echar, de vez en cuando, una quiniela  “Primitiva” por si la “flauta sonara”. En todo caso, era un simple entretenimiento de modesto coste. Aquel viernes de agosto fue para el desafortunado personaje un día de inmensa alegría para lo económico, pues había tenido cinco aciertos, en los números de la suerte. Como aquel día era un sorteo con bote, la cantidad que tocó a los escasos y afortunados acertantes superaban los 135.000 euros. En principio no comentó a nadie esa inyección de capital que había ganado, pues quería pensar con el necesario sosiego el mejor partido que podría obtener con una buena administración.

Depositado el boleto ganador en otra entidad financiera, diferente que la regida por don Remigio, pudo negociar sin dificultad un préstamo bancario a fin de comprar dos bajos espaciosos, que habían funcionado como almacén de un antiguo supermercado ubicado en su barrio. Tras una conveniente reforma, esos locales se convirtieron en la sede de una nueva pequeña empresa de toldos y cerramientos que Rosendo siempre tuvo ilusión en organizar.

De inmediato contactó con dos de sus antiguos compañeros de trabajo en la empresa ya cerrada, caracterizados por su responsabilidad en las obligaciones, ofreciéndoles que trabajaran junto a él como contratados. Los tres profesionales conocían muy bien el oficio y podían contar con una cartera de clientes que oxigenaría de inmediato los primeros pedidos. En estas decisiones quiso implicar a miembros de su familia.  Como ya había descubierto la realidad estudiantil  de su tracalero hijo Lucas, le dijo a éste que el grifo del dinero de papá se había cerrado. Le ofrecía trabajo en su nueva empresa, en la que no tendría favoritismo de trato alguno.  El hijo “actor” se encargaría de llevar los portes de material en una furgoneta que había adquirido de segunda mano. Y si el joven quería seguir estudiando, ahora de verdad, pues tendría que sacar horas al sueño para ampliar sus estudios abandonados.

Aunque llevaba meses separado de su mujer, tuvo el noble gesto de contactar con Adelaida para ofrecerle un puesto de telefonista en la empresa, a fin de que atendiera las consultas y los encargos de trabajo efectuados por los clientes. Sin embargo la buena señora no quiso aceptar esta posibilidad laboral, pues vivía bastante bien con la asignación mensual que su ex marido puntualmente le pasaba. Entonces decidió que de esta función recepcionista se encargaría también Lucas, mientras los tres compañeros estaban trabajando en el montaje de los encargos correspondientes, en los pisos particulares y en los establecimientos e instituciones públicas.

La empresa de este nuevo emprendedor fue titulada con el nombre de Toldesol  y pronto se hizo con un buen puesto en el mercado, debido a los atractivos precios que ofrecía a los clientes y la seriedad y garantía en la labor profesional que tan eficazmente desarrollaba. Tal es así que uno de los dos hermanos propietarios de la antigua Protecciones y Cubiertas, Tobías, tragándose su orgullo y mala conciencia, vino precisamente a pedirle horas de trabajo a fin de conseguir ganar un sueldo con el que poder subsistir. Rosendo fue hasta cierto punto generoso con su antiguo jefe, pues aunque no le puso en nómina de inmediato, periódicamente le encargaba colaboración laboral, cuando la demanda de pedidos así lo aconsejaba.

En la vida de Rosendo Eslavia, el defecto o la debilidad en el uso de la mentira había tenido un doloroso protagonismo, ya que lo había tenido que soportar y sufrir en varias de sus muchas modalidades. Por ello no es de extrañar que, en la actualidad, toda persona que entra en su despacho ve colgado en la pared frontal que tiene ante sí, por detrás de la mesa del empresario, un gran mosaico de cerámica esmaltada. En el mismo se ve la representación de un bello paisaje con flores que rodea a una frase emblemática cuyo breve texto dice así: LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES Y MÁS FELICES.  Muchos clientes se preguntan el sentido de esta elemental y positiva frase, en un negocios de toldos y cerramientos. Para su aclaración, bueno sería que leyeran los párrafos previos de esta humana y sencilla historia.-

EN EL JUICIOSO CAMINO
DE LA VERDAD


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
03 Julio 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

domingo, 28 de junio de 2020

UN ENCUENTRO INESPERADO DE CINE.

La experiencia que vivió aquella tarde de viernes Lurio Reinada, estudiante universitario de tercer curso de Ciencias Políticas, en la Autónoma madrileña, puede considerarse inusual o imprevisible. Sin embargo. en lúcidas ocasiones, lo inesperado o insólito puede vestirse con el ropaje oportuno de la suerte, hasta convertir lo “imposible” en una interesante y divertida realidad.

Era mes de junio y castigaba un calor continentalizado procedente de la Meseta, a eso de las seis de la tarde en pleno centro de Madrid. Llevaba abundantes horas sentado ante su mesa de trabajo, rodeado de “colinas” de apuntes, carpetas desordenadas, libros manoseados y vasos sin limpiar con restos de té, esperando sin prisas ser llevados al fregadero. El cansancio y estrés por la situación de estudio y trabajo que atravesaba, movió a este joven toledano de 21 años a dejar su cuarto alquilado, en ese piso que compartía con cuatro compañeros más, en un viejo bloque del castizo barrio de Fuencarral. Antes de salir a la calle, buscando un poco de oxígeno e incentivos anímicos, se encontró por el pasillo de la vivienda a Erundio el “Rasputín” (hoy con la perilla descuidada) que se dirigía al baño con pasos vacilantes, tras haberse levantado de la cama para el nuevo día a la “temprana” hora de las 16:30 en la tarde. Este compañero de piso, todo legañoso y desaseado, iba tan colgado por el pastillaje consumido, que sólo acertó a levantar una mano como saludo, sin pronunciar palabra alguna.

Situado ya en la puerta principal del inmueble, avistó el denso “tráfico” de peatones que circulaban de un lado para otro por esa popular arteria de barrio, perpendicular a la Gran Vía. Se dejó llevar por el alegre y comercial ambiente que se respiraba a esa hora del “té anglosajón”, disponiéndose a caminar sin ruta fija, en la búsqueda de algún motivo para la distracción y la terapia de la variedad. Hizo una parada en el “Donuts Center” (café o chocolate, más un dulce anular a elegir, por dos euros) en donde pasó un agradable rato de merienda, sentado junto a la gran ventana “empolvada” y abandonada  del establecimiento, por eso del encanto y misterio que tiene lo sucio natural. Ya más relajado en su ingesta, cuando pasaban unos minutos de las siete, tuvo la feliz ocurrencia de distraer su “abarrotada” memoria de apuntes, con la opción de echar un par de horas de cine, que ayudaran a equilibrar con el alimento fílmico sus trabajados y cansados “émbolos cerebrales”.

Pensó que en los cines Callao, ubicados en la Plaza del mismo nombre, pondrían algo interesante para salvar la tarde. Esas salas le quedaban muy cerca y en pocos minutos ya tenía una entrada en su poder. Había elegido, para la sesión de las 20 horas, una película española, interpretada en su papel protagonista por una nueva estrella de la pantalla, Fanny Amores, quien, tras el sorprendente éxito de su primera y divertida película, repetía esta nueva historia de vidas y relaciones afectivas en esos jóvenes situados por la tercera década de su existencia. La crítica había sido algo rígida con esta segunda oportunidad ante la cámara de la prometedora intérprete del cine y la televisión, pero la experiencia te dice que hasta que no ves todo el metraje de una película no puedes hacer una adecuada valoración de su contenido.  

Una vez sentado en la sala 2 del vetusto pero bien cuidado complejo cinematográfico, entretuvo la espera hasta el comienzo de la proyección con uno de los numerosos juegos que tenía descargados en su móvil telefónico. Le extrañó que para esa sesión de un viernes a las 8 no hubiera mucho público en las butacas. Sin contarlos, calculaba que apenas llegarían a las dos decenas los espectadores que lo iban a acompañar en la sala. Llevaría la película apenas un cuarto de hora en su recorrido, cuando una de las escenas rodada en exteriores, provocó una intensa claridad en el patio de butacas, reflejaba por la gran pantalla. Esa oportuna y momentánea  iluminación le permitió observar que tres asientos a su derecha, en esa fila seis que ocupaba prácticamente casi vacía de público, había una joven solitaria que le llamó poderosamente la atención. La observó con curiosidad y gran sorpresa, pues no cabía duda alguna: ¡Era la actriz protagonista de la película que se proyectaba en pantalla. La mismísima Fanny Amores! ¡Qué emoción! se decía. Estar viendo su interpretación en pantalla y tenerla físicamente presente,  a sólo a tres butacas de su asiento.  La coincidencia suponía la suerte de toda una gozada.

A medida que transcurría el desarrollo de la trama argumental, percibía como esa chica, de profesión actriz, con veintitantos años de edad, iba observando al resto de espectadores desde su ubicación estratégica, en una sala de no muchos metros cuadrados para el aforo. En determinadas escenas, en las que ella puntualmente intervenía, miraba y “remiraba” a los compañeros de sala. Sin duda quería conocer, de primera mano, algunas de sus reacciones, gestos, comentarios y mímicas faciales que, posteriormente, parecía estaba escribiendo o anotando en un pequeño bloc que, a pesar de la oscuridad, llevaba consigo. En un momento concreto, la actriz abandonó su asiento durante unos minutos. Cuando volvió al mismo lugar de su perspectiva, lo hizo con un paquete de palomitas de maíz en la mano. El mimetismo que generó en los espectadores hizo que algunos de estos también salieran hasta el ambigú del cine, para comprar ese maíz inflado o “rosetas” blancas saladas y apetitosas. Resultó curioso, pues el consumo de las palomitas ayudó a generar entre los asistentes mayores expresiones de risas y comentarios entre parejas. Sin duda, el “apetito saciado” mejoraba la predisposición o química psicológica entre quienes observaban lo que estaba ocurriendo en pantalla.

Minutos antes de que finalizara la proyección, Fanny se levantó de su asiento. Lurio pensaba que abandonaba la sala, pero en realidad la actriz  se quedó de pie delante de las cortinas que cerraban la puerta. Quería así observar la reacción global y puntual de los asistentes, cuando se encendieran las luces a la finalización del “metraje” (se trataba de una video-proyección digital).

Después ocurrió lo popularmente previsible. Gran parte de los espectadores (jóvenes en su mayoría) se “abalanzaron” sobre la actriz, que mezclaba sonrisas y risas ante los gestos, las preguntas y las ocurrencias de aquellos que la rodeaban, sintiéndose sin duda famosa y agradecida. De inmediato llegó la sesión de los autógrafos, que la joven firmaba en las propias entradas que la mayoría de asistentes conservaba. Lurio, manteniendo una distancia prudente con el pequeño bullicio de la antesala, escuchaba las “ingeniosas” preguntas y observaciones que se le hacían a la actriz protagonista: “Has estado genial” “Me gustó tanto tu primera película que no podía dejar de venir a ver esta tu segunda interpretación” “¿Estas saliendo de verdad con el chico del que te enamoras en la trama?” “¿Te han pagado mucho por tu participación?” “¿Para cuando la tercera película?” ”Ese modelito tan “chuli” que luces en la peli y que tan bien te sienta ¿dónde lo encontraste? Me gustaría comprármelo” Por cierto, Fanny iba vestida con un “pichi” vaquero azul, sobre una fina camisa celeste de manga corta. Calzaba unas sandalias planas de piel de color beige. Los acomodadores y el gerente del multicines asistían también divertidos a la reacción de los espectadores que salían de la sala y la de aquellos otros que aguardaban para penetrar en la misma, para la sesión de las diez. 

La joven actriz daba las gracias a unos y otros, con esa mímica sonriente que no le abandonaba. Ante su pregunta sobre qué les había parecido la película, las respuestas también eran unánimes: “divertida; romántica; me ha hecho reír y olvidarme de los problemas; lo haces muy bien; se me saltaron algunas lágrimas cuando dejaste a Tommy por Pietro; muy verdadera; la vida tal como es; ya estoy echando en falta una segunda parte…”  Las fotos para el recuerdo se iban acumulando en las pobladas memorias de los teléfonos móviles.

Cuando ya el “clímax” de frases hechas, elogios desmesurados, banalidades y más tonterías, se iba calmando, unos y otros se iban retirando del grupo buscando la puerta de salida de las multisalas. Pero Lurio seguía allí, tomando nota visual y mental de todo ese otro espectáculo que la fortuna le había regalado en aquella tarde de junio. Como también suele ocurrir en el mundo del cine, las miradas de espectador e intérprete  se cruzaron en esos metros de distancia que les separaban. Fue precisamente Fanny  quien se le acercó. Sin abandonar su sonrisa de marketing, mostró su interés de la siguiente forma:

“Hola, te observé durante la proyección. Éramos compañeros de fila. Tu actitud me parece interesante. Es muy diferente  de aquella que muestran la mayoría de los que te acompañaban en las butacas del cine. No pides el consabido autógrafo. No sacar el móvil para el selfy.  No haces elogios gratuitos e insinceros. No preguntas lo que todos neciamente plantean. Creo que no eres el típico forofo, en donde yo no puedo encontrar lo que realmente busco y por lo que he venido esta tarde al cine, en primera persona ¿Tienes unos minutos para que podamos intercambiar palabras con más comodidad?”

En realidad, el estudiante de Políticas estaba “flipando” por dentro de su ser, pero tenía la habilidad de disimular perfectamente aquello que tenía en su interior, mostrando una frialdad facial y temperamental que “asustaba”. Esa útil capacidad la había adquirido en sus años de adolescencia, cuando su madre lo matriculó –por frustración personal- en una academia de artes escénicas, en donde no completó el curso por eso de la rebeldía contra todo lo impuesto. No lejos de Callao, en la Plaza de Santo Domingo, encontraron un garito de copas y tapas, llamado el Camino de Vuelta. Eligieron una mesa esquinera, en cuyas paredes colgaban dibujos y collages de aficionados al arte de la vanguardia y ante la sorpresa del camarero, un argentino llamado Claudio José, pidieron dos cervezas sin alcohol. Ante la sonrisa de ambos, la tapa regalada de la casa fue un pequeño cubilete de barro esmaltado que contenía un “puñado” de palomitas de maíz, por cierto con un fuerte sabor añejo, probablemente por el aceite de “barrica” usado y la antigüedad que acumulaban desde su elaboración.  

Dime la verdad, Lurio. ¿Qué es lo que no te ha gustado de la película? Te explico el porqué de esta pregunta tan directa. Verás, cuando terminamos de rodar hace dos años mi primera obra de protagonista, tras mis “correrías” televisivas, no podíamos imaginar el enorme éxito en taquilla que nos iba a deparar aquella trama de historias cruzadas. Por eso cuidamos con esmero esta segunda oportunidad ante las cámaras, ayudados por el mismo guionista de la primera. Con franqueza tengo que reconocer que la película no está funcionando como eran  nuestros deseos. Las críticas han sido muy contrastadas, pero el problema es que ahora no estamos teniendo ese efecto del boca a boca, que acaba llenado las salas de espectadores. Algo no funciona en la trama y no sabemos exactamente lo que es. Todos los colaboradores nos hemos repartido para pasar por las salas donde se exhibe, a ver si damos con esa tecla que nos está provocando muchos dolores de cabeza. Anotamos las reacciones del público, expresadas cuando contempla la proyección. De esto va la cosa. Creo o percibo que tu opinión me va a resultar bastante interesante y de utilidad”.

“Fanny, yo no soy un especialista cinematográfico. Estudio Políticas y me gusta, desde siempre, el cine. Esa maravilla que multiplica nuestras vidas, si sabemos aprovechar los argumentos e interpretaciones que las pantallas nos ofrecen. Al margen de que me ría, a veces, me divierta, en otras y reflexione, sobre determinados mensajes que el guionista ofrece, que no se quedan en lo superficial, con franqueza tengo que decirte que no te veo verdadera, suficientemente creíble, en el personaje. No sé si me paso al decírtelo. Lo interpretas, pero no lo vives, cumples con tu trabajo, pero no lo sientes. Tal vez, porque tú no eres, realmente, como la Charlotte del argumento. Y esa falta de “verosimilitud, de verdad a secas, actúa como un lastra en tu papel, que aparece como ficticio, manipulado, forzado. En modo alguno pretendo ser descortés. Pero me has pedido sinceridad y ese valor es el que prefiero ofrecerte”.

Hablaron con Claudio José quien, todo amabilidad, les sugirió un mesón, Andros y Cleo, ubicado a no más de  tres manzanas en la distancia. Estaba relativamente cerca del más antiguo Madrid. Allí preparaban unas ensaladas suculentas, y un jamón asado al licor, muy bien valorado en las guías de comidas con encanto. En efecto, la cena dio para muchos minutos, transformados en horas de comunicación e inesperada y atrayente amistad.

Y llegaron los momentos para una más sincera intimidad. Lurio le confesó a su interesada y divertida interlocutora que sus estudios de Políticas tenían, en origen, un fundamento de enfrentamiento generacional. Era hijo de un padre “facha” que trabaja en el Registro de la Propiedad. La ideología ultraconservadora y sectaria que profesaba este obsesivo personaje le enfrentaba, en repetidas ocasiones, con un hijo que quiere y tiene entre sus ideales ayudar a construir un mundo mejor. Fanny quiso también aportar un poco de luz a esa noche de identidades abiertas. Los meses del rodaje de esta su segunda cinta coincidieron con un  fuerte desengaño amoroso, en el que hubo médicos, terapeutas y fármacos de por medio.

A pesar de la insistencia de Fanny, cada uno pagó su parte de esta cena verdaderamente original e inesperada. “Te confiaré un nuevo secreto, Fanny. No fui sincero cuando te comenté que era un simple aficionado al cine. Hago colaboraciones en algunas revistas del ramo, analizando muchos de los estrenos. Algo me pagan, por supuesto. Una buena crítica lleva su tiempo. Quizá me encarguen algo sobre tu película. Prometo ser comprensivo, pero sin descartar la valentía que va en lo mío”. Se intercambiaron sus correos electrónicos respectivos y se dijeron un ¡Hasta siempre! con sendas sonrisas agradecidas.

El verano continuó su avance, con el septiembre otoñal a la vuelta de la esquina. Hasta ahora, ni Lurio ni Fanny han hecho uso de esas respectivas direcciones electrónicas. En todo caso, fue una bella e insólita oportunidad que ambos supieron disfrutar en una cálida tarde noche de Junio, cuando el estío pide permiso para tonificar y embellecer el “rodaje” argumental de nuestras vidas.-


UN ENCUENTRO INESPERADO
DE CINE



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
26 Junio 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

viernes, 19 de junio de 2020

EL TAXISTA Y LA ILUSIONADA VIAJERA, ILUSTRADORA DE LIBROS.

Así sucede en cada uno de los días, durante las mañanas y las tardes. En ocasiones, también lo hace restándole horas a la noche. La eficacia de su trabajo exige conocer perfectamente la hora de llegada de aquellos vuelos “interesantes”, con aviones repletos de pasajeros, o también de esos trenes del AVE, en horas punta muy propicias para la anhelada y densa clientela. A ello añade esos recorridos sin destino, a través  del laberinto o malla urbana, esperando la señal oportuna para un nuevo servicio al que atender con rapidez y profesionalidad. Sin embargo prefiere jugar en esa “tómbola” del viajero sin previsión, que puede depararle muchos kilómetros de recorrido que engrosarán las cifras digitales de un taxímetro siempre presto para avanzar y sumar.

Mario Dariana ha elegido, para la tarde de este viernes pre-veraniego, el punto de espera del aeropuerto malacitano. A esa hora emblemática comprendida entre las cinco y las seis, cuando el sol inicia su declive, concurren en la terminal aérea la llegada de varios vuelos procedentes de distintos orígenes internacionales, pero también otros originados en la geografía hispana. No sólo él, sino otros muchos compañeros de profesión han elegido también este cosmopolita lugar, convencidos de que van a tener al menos un servicio seguro, trayecto que esperan sea beneficioso para cubrir los gastos del día con una buena “carrera” a desarrollar. Pero esa tarde, por tener que atender un servicio previo a una cercana localidad costera, Mario llegó algo tarde a su previsión  inicial, por lo que tuvo que ocupar un lugar muy postergado en la amplia densidad de vehículos de servicio público que aguardaban a los clientes antes que él. Había que aplicar paciencia en la espera, actitud bien asumida por estos profesionales del taxi.

Pero la tarde tampoco colaboraba con sus deseos y los de otros compañeros al volante. Muchos viajeros ya tenían servicios contratados en origen, a través de Internet y de los propios establecimientos hoteleros. Otros elegían medios de transporte más económicos, como el cómodo tren de la Renfe hasta Fuengirola y el bus municipal hasta el mismo centro de la ciudad o incluso optaban por los incentivos de los vehículos Uber y Cabify, con mejores precios para determinados trayectos. Así que en esa espera prolongada observó a una señora de mediana edad, que parecía algo desorientada acerca de cual serie la decisión más oportuna a tomar.  Con su experiencia acrisolada en el oficio, se acercó a esa pasajera y le preguntó si deseaba un vehículo para el traslado. La mujer estuvo observándolo durante unos segundos. Tras el paso de los mismos mostró su firmeza en aceptar el ofrecimiento del profesional que tenía ante sí.

“Verá, hace un rato que mi avión ha tomado tierra. He venido a Málaga por uno de esos impulsos o nostalgias que a veces tenemos los humanos. Veo que está Vd dispuesto a ayudarme. Tengo que confesarle que necesito esa ayuda. Pues no tengo, aunque parezca extraño, reserva de plaza en ningún establecimiento. Solo he venido para estar en esta ciudad y “recuperarla” durante unos días ¿Podría aconsejarme y trasladarme a algún hotel u hostal en donde pudiera encontrar plaza, aunque carezca de reserva previa? Bueno, perdone, mi nombre es Eunice Ramal y procedo de Cambados, en Pontevedra ”.

El taxista estaba habituado a experimentar muy contrastadas experiencia. Pero de inmediato percibió que tras la imagen personal que tenía ante sí, subyacían una serie de complejos elementos que le eran en sumo extraños y desconocidos. A pesar de todo se dispuso, con generosidad y diligencia, a prestar ayuda a la desorientada señora de la camisa celeste.

“No se preocupe, señora. Ha dado Vd. con el profesional apropiado. Conozco un hostal, muy seguro, que está a dos pasos de la zona centro de la capital. Es propiedad de un familiar. Aunque no es muy grande, seguro que le pueden hacer algún hueco. Ahora mismo llamo a mi cuñado y salimos de dudas. En caso contrario, buscaremos alguna alternativa para que no se encuentre “tirada” en la calle.

Las dotes de convicción de Mario dieron pronto su fruto. Una cancelación de última hora, permitía ofrecer a la peculiar turista una habitación individual, durante siete noches, por un excelente precio. Durante el trayecto hasta el Hostal La Flor de Mar, Eunice le hizo al diligente taxista una atractiva oferta.

“Hace casi cuatro décadas, cuando tenía dieciocho años, estuve por primera vez en esta bella ciudad mediterránea, en un viaje de estudios con mis compañeras de clase. En numerosas ocasiones he querido volver a estas tierras pero, por una u otras razones, sólo he llegado a pasar por el aeropuerto. Ahora quiero recuperar aquellos recuerdos de una lejana adolescencia, disfrutando unos días de vacaciones para redescubrir la ciudad y su entorno. Si Vd. se encuentra dispuesto, me agradaría contratar sus servicios, para que me llevara a los lugares más emblemáticos, aquéllos que más me puedan agradar. Fijamos un precio que sea justo, por las horas aplicadas, sean de mañana o tarde. Seguro que llegamos a un acuerdo”.

A Mario le pareció muy atractiva la oferta que recibía de una persona en sumo agradable y necesitada de ayuda. Acordaron dedicar tardes o mañanas a ese semanal recorrido turístico, aunque también habría días que por las características de los desplazamientos serían jornadas completas. Aunque sospechaba que Eunice era persona con una cierta capacidad económica, le planteó un precio global que no era excesivamente gravoso por una interesante actividad que no era la primera vez que desempeñaba: taxista y “guía” turístico.

En días sucesivos y a lo largo de los trayectos recorridos, con las explicaciones básicas ante determinados entornos monumentales e incluso durante las comidas que compartían, Eunice fue abriendo o liberando interesantes elementos de su identidad personal. Esa positiva actitud que encontraba en su interlocutora hizo que Mario se sintiera motivado a corresponder con franqueza, llaneza y amistad.     
       
La viajera gallega se identificaba como una mujer de cincuenta y seis años, ilustradora gráfica de publicaciones editoriales, que en el lejano 1982, año en el que cumplía su mayoría de edad, había realizado un divertido viaje de estudios por diversas ciudades andaluzas. Quedó en su memoria la muy grata experiencia de su estancia en Málaga, por lo que siempre quiso volver, aunque no se decidió definitivamente a llevarlo a cabo hasta estos momentos, por cierto infortunados para su vida sentimental. Su marido, persona vinculada al espectáculo teatral, mantenía una secreta relación afectiva con una compañera del elenco escénico al que ambos pertenecían, a la que superaba en casi una generación. Explicaba Eunice que este hecho familiar le había afectado profundamente, de tal forma que había necesitado ayuda médica y la ingesta de fármacos antidepresivos. En la terapia psicológica de recuperación, le habían aconsejado la realización de un viaje, hacía un punto geográfico que le trajera buenos recuerdos en el acerbo ilusionado de su memoria. Por eso eligió recuperar una grata etapa de su pasado, volviendo a una ciudad con encanto que no había vuelto a pisar en casi cuatro décadas.

Por su parte Mario, siete años más joven que su clienta, confesó a ésta que su trabajo, en el sector del transporte de viajeros sobrevino después de estar vinculado laboralmente, durante muchos años, con una empresa de suministros y complementos para el automóvil. Esa empresa había quedado severamente descapitalizada, por la acción desleal de los dos hermanos propietarios de la misma, lo que llevó inevitablemente a la suspensión de pagos, la quiebra económica e incluso a la denuncia penal. Superadas las fases judiciales, un fondo de garantías se había hecho cargo de la indemnización que recibieron los ocho operarios que trabajaban en el negocio. El capital que legalmente recibió lo invirtió en parte para la compra de un vehículo, dedicado al servicio de taxi y el resto de la compensación para el “traspaso” de una licencia municipal, puesta a la venta por un veterano taxista que accedía a la jubilación. La compra de esta licencia le había supuesto un desembolso incluso mayor que el propio coste del vehículo adquirido.
En la actualidad llevaba ocho años ya en el sector del taxi, con la eficacia y pericia de no haber sufrido accidente o siniestro alguno que fuera reseñable. Compartía con Eunice también una profunda afección sentimental, pues esos complicados momento del cambio profesional se vieron gravemente turbados con la actitud que adoptó su ahora ex mujer Lenia, que prefirió continuar su ruta vital con una nueva pareja, que le gratificaba y vitalizaba profundamente. Para asombro de muchos y de él mismo, una agradable compañera en un conocido despacho de gestoría administrativa, al que todavía sigue perteneciendo laboralmente.


Había que planificar bien la semana, a fin de rentabilizar el tiempo para las visitas. Y en esta faceta Mario era una persona habilidosa, prudente y sumamente creativa. No se le ocultaba que Eunice era una persona de cultura y formación, en función de la forma cómo se expresaba, los modales que aplicaba en sus gestos y ese aval de ser ilustradora de libros, lo que le tenía que facilitar estar cercana al mundo de las letras y de la imaginación literaria. Así que taxista y clienta se sentaban en el taxi, a horas tempranas de la mañana, para dirigirse hacia aquellos espacios que Mario había elegido y en donde pasaban los minutos necesarios para satisfacer la curiosidad y el interés de la señora procedente de las rías gallegas.

Hubo tiempo para visitar museos (Picasso, Pompidou, Tyssen, Ruso, Málaga, Arte Contemporáneo, Cristal y Automóvil). Lugares emblemáticos y bellos monumentos, como el Parador de Gibralfaro y el Castillo (con las  mejores vistas de una parte de la ciudad) Puerto marítimo, Parque central, Alcazaba, Barrio del Soho, Playas de Pedregalejo y el Palo, Catedral, zona universitaria de Teatinos y el  Jardín Botánico de la Concepción. Hubo tres “escapadas” con encanto, hacia Ronda, Antequera y Mijas. Y gracias a determinadas amistades que Mario  había labrado en su profesión, se pudo visitar la fábrica de cerveza Mau-San Miguel, con todo el proceso de producción y una simpática degustación. Inolvidable el delicioso ratito de café y merienda junto al actor Antonio Banderas, con sus fotos “espectaculares” para el recuerdo. Había coincidido oportunamente esa semana con un  Concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga, en el Teatro Miguel de Cervantes. Eunice pudo valorar y gozar la sonoridad y maestría de las notas musicales que llegaban a la tercera planta del gran teatro municipal, el gran secreto de la ubicación para los entendidos en la pureza acústica del pentagrama. Inolvidable fue también el lento y enriquecedor paseo en barco por la bahía, a fin de gozar desde el mar con la visión de una Málaga que se cubre de naranja y oro, cuando simula atardecer en una noche que en realidad amanece.

Denso y vitalista programa cultural que hizo las delicias de dos personas aliadas en un maravilloso proyecto: por una parte el profesional del taxi, quien amaba intensamente a su ciudad y de otra parte la ilusionada ilustradora de libros, que deseaba cubrir una asignatura pendiente iniciada en tiempos de su ya lejana adolescencia. No todo sería cultura, monumentos o comprensión de la realidad. También se había generado entre ellos ese valor, transparente y sublime, de la proximidad. En tiempos de afectos ausentes, generaron la complicidad mágica y lúdica de la necesidad y la amistad.

En la noche previa a la despedida, quisieron volver a la colina de Gibralfaro, para disfrutar la visión de una Málaga encendida de incentivos secretos, bajo “miles” de pequeños focos cromáticos emanados de las estrellas, vestidos de un blanco iluminado solo visionado por espíritus sensibles a la imaginación y a la belleza poética. En el final de una cena, enriquecida de platos muy malagueños (pescaíto, salmorejo, tarta malagueña) llegaron esas palabras que cultivan la sensible intimidad. En su final, hubo un simpático intercambio de regalos: un llavero de plata, con el relieve simbólico de la Catedral compostelana; una bien elaborada guía de Málaga, para cimentar los recuerdos en los anaqueles infinitos de la memoria.

En una separación, mezclada de una indefinible alegre/tristeza, se dijeron adiós, hasta mañana y esas gracias, pronunciadas con el mímico lenguaje afectivo de las miradas. “Has de volver” “Pronto, muy pronto, te escribiré”. Había sido una inesperada y muy agradable experiencia, para dos personas convalecientes en sus vidas de sentimientos y afectos equívocos. Tanto uno como el otro tenían la certeza que las buenas semillas siempre germinan en el suelo fértil y generoso de la amistad.

No había pasado aún una semana, desde estos gratos siete días de vivencias compartidas, cuando una noche Mario recibió en el buzón de su correo electrónico un extraño e inesperado e-mail. El mensaje procedía de una productora cinematográfica y en el mismo se le convocaba a una reunión que tendría lugar en Madrid. Se le ofrecía la oportunidad de participar en una película que estaba en fase de pre-producción. Los avales del casting estaban ya superados y en cuanto a las condiciones y características de la colaboración serían discutidos y analizados en esa entrevista, que había sido fijada con una antelación de diez días. Se adjuntaban dos archivos en el correo: un billete ida/vuelta en avión, junto a la estancia de una semana en Madrid, en un céntrico hotel con un régimen de pensión completa. También se le solicitaba una cuenta bancaria en donde hacer una transferencia, a fijar, por los días en que no podría realizar su trabajo ordinario en el taxi. El correo venía firmado por Eunice Ramal, directora y guionista de cine e ilustradora gráfica.-  

EL TAXISTA Y LA ILUSIONADA VIAJERA, 
ILUSTRADORA DE LIBROS



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
19 Junio 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es