viernes, 16 de febrero de 2018

PEQUEÑOS SECRETOS COMPARTIDOS, EN UNA FRIA TARDE DE TERTULIA.



De una u otra forma, las sociedades se han visto desde siempre condicionadas por las manecillas del reloj. Sea éste digital, de pulsera, el situado bajo el campanario de la torre, el que deja caer pacientemente la arena o ese fiel marcador natural, que nos trae diarios amaneceres y atardeceres en el cielo, al compás de nuestro cíclico giro terrenal. Esta división del tiempo para lo laboral, para lo formativo, para el alimento, el divertimento o el descanso, determina nuestros horarios, nuestros proyectos y respuestas, no pocas veces con una rígida “deshumanización”. Efectivamente, esta ordenación del tiempo (necesaria a todas luces) se torna obsesiva y patológica cuando nos determina y estructura con implacable dureza, privándonos del sosiego y alterando, consecuentemente, nuestra estructura anímica. “Carezco de tiempo para…” frase universal que sanea muchas conciencias, alistadas con implacable normativa en las filas castrenses del estrés temporal.

Pero, también de manera afortunada, llega para casi todos nosotros una fase de la vida, en la que ese nuestro tiempo se libera del propio tiempo y hay tiempo para casi todo, a poco que nuestra voluntad y estado de animo así lo sustente. Cuando el almanaque vital te libera de la aventura o la rutina del ejercicio laboral, eres tú (y tus circunstancias) el que has de programar o llenar de voluntad ese reloj que carece de manecillas o, si aún las mantiene, resultan para ti muy relativas las estructuras temporales que día a día vayan marcando. En ese caso, tu tiempo se va liberando de las ataduras inmisericordes ordenadas por esa “divinidad” que durante décadas ha decidido “cruel o benévolamente” por ti. Aún así, se suele producir una curiosa y contradictoria situación. La medida del tiempo te importa menos, pero el tiempo vital lo valoras y lo necesitas más.

Se conocen desde hace muchos años. Han tenido entre ellos momentos en que esa  proximidad fraternal se ha visto alterada por un banal distanciamiento para el que nunca hay, desde la racionalidad, explicación convincente. Más o menos coetáneos en la edad (se hallan en la inmediatez de cumplir su séptima década existencial) a los tres amigos y convecinos les llegó su pase a la retaguardia del protagonismo, abandonando esas profesiones que habían ejercido con proverbial eficacia durante un amplio período de sus vidas. Ahora, ya más apaciguados en sus temperamentos y caracteres, comparten ese valor inmenso de la amistad con más ahínco y serenidad que en fases y épocas pretéritas.

Uno de esos elementos de relación que tanto les gratifica es la esperada reunión de cada miércoles, cita que tiene lugar normalmente en el bar del tío Eufrasio. Esa muy apreciada convivencia para el diálogo y la distracción, disfrutando de las suculentas tapas, con ese café, cerveza o tinto del lugar, que se prolonga en ocasiones hasta horas próximas a la cena, la denominan coloquialmente como la “TERTULIA DEL MOLINO”. Este sugerente y literario nombre hace alusión a que el bar de Eufrasio se halla ubicado en un antiguo caserón, donde funcionaba una almazara o molino de aceite, que aún mantiene como elemento decorativo la gran prensa con los serones de esparto. En su antigua época de actividad el artístico artilugio estaba “mecanizado”  en su movimiento por la fuerza de dos grandes bueyes que realizaban el trabajo de arrastre circular.

No siempre el intercambio de pareceres entre los cuatro veteranos tertulianos se realiza de manera “pacífica”. Hay ocasiones en que la discusión sube de tono, enrocándose alguno de ellos en sus posicionamientos irreductibles, aunque en general la cosa no suele llegar “a mayores” y el estrechamiento de manos y esa nueva ronda de consumo que todo lo sutura les permite volver a sus domicilios sin mayores cicatrices anímicas para su tradicional amistad. Por supuesto que cuando los vaivenes en el diálogo aparecen, el recurso a ese juego universal del dominó o a las cartas o la baraja tradicional de D. Heraclio Fournier González resulta bastante eficaz. Con ello completan las muy frías o sumamente cálidas tardes, según la estacionalidad de una climatología sometida a un régimen extremado de temperaturas. A su edad, las palabras y los juegos son la mejor forma de conocen para “matar” el aburrimiento, como expresivamente suelen decir. Siempre han residido en este monumental y bello municipio vallisoletano, con poco más de 20.000 habitantes, localidad llena de Historia y enclavado en la Comunidad Autónoma de Castilla y Leantiaguamente denominada clavadomte Castilla la Vieja,hoy Comunidad de Castilla y León (región antiguamente denominada Castilla la Vieja).

En un gélido miércoles de febrero, con los termómetros marcando en el exterior del bar una temperatura entre los tres y cinco grados bajo cero, vemos a los tres amigos sentados alrededor de una tosca mesa de madera, situada a poco más de metro y medio de la gran chimenea, sobre la que arden dos gruesos troncos de madera de alcornoque. El fuego hace muy grata la estancia en un gran salón donde predomina la madera, tanto en los suelos como en las paredes, local que se encuentra casi vacío de clientela a esas primeras horas de la tarde. Eufrasio les ha servido tres tazas de café con leche, acompañadas de sendas copas de aguardiente seco. Aunque suelen pedirlos habitualmente, hoy ninguno de los tres contertulios tiene ganas de probar los apetecibles “tonelitos borrachos”, unos dulces redondos de bizcocho, rellenos con crema de cacao y bien cargados o bañados en brandy o coñac. ELADIO es el primero que rompe el silencio, dirigiéndose a sus compañeros de mesa: Pascual y Casimiro, los cuales contemplan ensimismados el rojo ígneo de los leños incandescentes:

“La tarde está metida en frío y agua. He visto al venir unas nubes grises, por el oeste, que como descarguen vamos a tener nieve en abundancia. La verdad es que no se me apetece empezar la tarde de nuestra tertulia con las consabidas partiditas de dominó. Se me está ocurriendo una idea que puede resultar interesante y sobre todo divertida ¿Por qué no contarnos algún secretillo de nuestras vidas, que sea más o menos importante, pero que por alguna razón nunca lo hayamos compartido con nadie, incluso con nuestras propias mujeres?

“Bueno, ya que he sido yo quien dado la idea, pues me tocará a mi ser el primero en contaros algo que no creo haber comentado con nadie, incluso con Carmela, mi mujer, que siempre se va de la boca con las vecinas. Desde que la conocí, siendo mocita, ha sido muy charlatana. Los dos sabéis que he sido electricista toda mi vida … Total, más de cuarenta años. Pero he tenido épocas malas, como todos. Cuando no te hacen encargos y ves que el dinero no te llega a final de mes, desde luego lo pasas mal. Pues en esas épocas que no me iba bien el trabajo, con los encargos, decidí trucar el contador de electricidad. Yo sé como hacerlo y nadie se enteraba de la trampa. Tenía un consumo eléctrico anormalmente bajo, a pesar de tenerlo casi todo electrificado en casa. Los niños eran pequeños y los gastos estaban ahí: alimentos, ropa, las cosas del cole, etc.. Al menos, con esa manipulación que hacía, gastaba muy poco en electricidad. Engañar a la Hidroeléctrica me resultaba fácil. Ahora, con eso de los contadores inteligentes resulta casi imposible hacerlo. Pero en aquella época, a mi me permitió respirar en tiempos de carencia.

También, hace ya tiempo, alguien que no os voy a decir quién, llamó un día en mi puerta para pedirme que hiciera algo por lo que me “untaría” la mano con un buen  sobre, sin datos por supuesto que me pudieran comprometer. La cosa tuvo su gracia, pues quien estaba detrás del asunto era un importante líder político que quería “reventar” el meeting  (mitin) político que iba a dar su rival, dos días antes de las elecciones. Cuando éste se dirigía bien ufano hacia el micrófono, la luz, la electricidad “desapareció”. Una de esas averías que no se arreglan en el día. La reunión en la plaza fue un fiasco, pues aunque el político se desgañitaba (acabó con afonía) la gente se fue levantando de sus sillas, pues la oscuridad de la tarde casi no permitía ver a poco más de varios metros. Hasta el día siguiente no se arregló la bien “elaborada” y complicada avería, pero ya no podía repetirse en mitin, pues era el día de la reflexión.  Sí, que queréis que os diga. Me presté a ello. Tenía unas letras que pagar y en esos casos necesitas el dinero. Aclaro una cosa: esto que os he contado lo negaré siempre, pero la verdad es que ocurrió. Y no he dicho nombre alguno ehhh …”

Se miraron sonrientes y comprensivos, ante las revelaciones del amigo Eladio. Pidieron una nueva ronda de aguardiente, pues la tertulia de esta tarde prometía ser interesante en novedades y confidencias. Ahora tomaba el protagonismo de la palabra  PASCUAL, propietario de una pequeña clínica, donde ejerció durante muy largo tiempo su oficio de practicante. Esa importante y social actividad es ejercida por su hija Clara.

“Lo que os voy a contar fue algo muy complicado, que me vi obligado a afrontar con mucho tacto y discreción. Por supuesto que no os voy a dar dato alguno para que podáis identificar a las personas y a los hechos en que aquéllas se encontraron envueltos. Y lo hago por un insoslayable respeto al derecho de la privacidad. Cierta tarde, cuando ya anochecía y me disponía a cerrar la clínica, tras haber hecho diversas curas a varios convecinos, se presentó en la consulta la mujer de un buen amigo mío. Me extrañó su estado de nerviosismo y agobio anímico. Apenas había comenzado a explicarme el por qué de su presencia cuando cayó sumida en un mar de lágrimas. Traté de calmarla, pero era tal su estado de confusión que me vi obligado a darle un Lexatin que de inmediato la calmó un poco. Algo más sosegada, me puso al tanto de su difícil situación, para mí totalmente inesperada por el contenido de su confesión. Yo sabía que ella estaba felizmente embarazada del que iba a ser su tercer hijo (su propio marido me lo había confiado, dada la fuerte amistad que a ambos nos unía). Pero la cosa era más complicada de lo que todos podían percibir. La mujer mantenía una doble relación afectiva, dentro y fuera de su matrimonio, aprovechando la profesión de su esposo, el cual tenía que realizar frecuentes viajes, ausentándose del hogar conyugal con cíclica frecuencia. Me confesó, con esa franqueza que te desarma, que no tenía claro si ese tercer hijo que esperaba era del marido o del amante. Estaréis todos pensando que el problema podía tener una fácil solución, siempre el marido no tuviera conocimiento de la intensa actividad sexual que su esposa era capaz de realizar en el discurrir de los días. Y aquí llegó la explicación de la desesperación que embargaba a mi sollozante interlocutora. El agraciado por sus “favores” no era de nacionalidad española, sino sudamericano. Permitidme que utilice la expresión “amerindio”. El pánico de esta mujer es que le naciera un hijo o hija con los rasgos del peruano. Total, que dada nuestra amistad, venía a pedirme consejo y a desahogarse de sus desdichas. Traté, una vez más,  de calmarla y aconsejarla. Iba ya por el cuarto mes de su embarazo. Había que esperar al momento del parto. No había otra solución. Lo que me llamó especialmente la atención fue su sinceridad ante los sentimientos: ella quería y necesitada a los dos, al marido y al amante por igual … Debo añadir un dato. Mi amigo, el padre o no de éste su tercer hijo, era persona ultraconservadora en todos los aspectos de la vida. Muy de derechas, ultracatólico y extremadamente beato, recientemente había realizado los cursillos de cristiandad. Aconsejé a la señora que tuviera calma. Había que esperar al día en que diera a luz, le volví a repetir. Afortunadamente, cosas del destino, el peruano volvió a su país (aunque, por una serie de detalles, yo tenía certeza de que el amerindio no había sido el único amante de la fogosa y necesitada señora). A fin llegó el momento trascendente del parto. Vino al mundo una niña (precisamente yo estuve ayudando al médico que la asistió) y desde el primer momento vi que los rasgos del bebé no eran, de manera indudable, los de mi afecto amigo. Pasó el tiempo y éste hombre, en más de una ocasión, con unas copas de por medio, me preguntó, dada la confianza en mis conocimientos, eso sí, con suma habilidad tratando que yo no sospechara el objeto de sus dudas, el por qué era tan diferente la niña a sus hermanos. Se le notaba al pobre hombre bastante confundido. Yo le “metía un rollo” sobre las complejidades de la ciencia genética, tratando de calmar sus inquietudes y parece que se iba algo más convencido y tranquilo con mis “hábiles” argumentos. Y hasta aquí la historia. No me vais a sacar una palabra más sobre una experiencia que aún no he olvidado, a pesar de lo que ha llovido desde entonces”.

Había comenzado a oscurecer, en paralelo a los primeros copos de nieve que fueron tiñendo de blanco el relieve de este bello pueblo castellano. La recia plaza porticada de la localidad también quedó cubierta con ese manto gélido en muy pocos minutos. Tanto Eladio como Casimiro evitaron realizar pregunta alguna, sobre la larga, divertida y muy interesante narración que había realizado Pascual. Sabían de antemano que éste no iba a desvelas las luces y las sombras de unos hechos que, tal vez, habrían sucedido hacía muchos años. Precisamente sería CASIMIRO quien finalizaría esta trilogía de pequeños secretos compartidos, a fin de aliviar la rutina de una tertulia que, en un principio un tanto aburrida, había ido enriqueciendo la imaginación y los recuerdos de tres hombres que apreciaban y sabían cultivar el valor de la palabra y la proximidad de la amistad.

“Bueno, yo me sincero en desconocer muchas cosas, pero hay algo que creo dominar. Me he dedicado toda mi vida a la cocina. Como cocinero de profesión, por supuesto, aunque también en casa no han sido pocas las veces que he tenido que preparar aquello que llegaba a la mesa. Aunque parezca un contrasentido, ya sabéis que a Blasa nunca le ha gustado el trajín de los peroles y las sartenes. Pero la mujer ha sabido sobrellevarlo. No le quedaba otro remedio.

Aquí en el pueblo, desde mis años jóvenes, he conocido como vosotros a varios alcaldes. Ahora mismo me vienen a la mente …. más de una docena de nombres. En otros pueblos y ciudades esto no ha pasado y han tenido al frente de sus ayuntamientos primeros ediles que han acumulado largos períodos de mandato, en su mullido y bien pagado sillón. Pues bien, con uno de estos ediles yo no me llevaba especialmente bien. Tampoco él conmigo. Hubo un asunto, a raíz de un golpe que nos dimos con el coche, que acabó en nuestra enemistad. Chiquilladas, desde luego, pero que cuando se cumplen años nos convierten en personas quisquillosas y de reacciones egoístas y polémicas. Total, que nos retiramos la palabra a pesar de que éramos en aquél entonces vecinos de calle. También conocéis que la mayor parte de mi vida laboral la he trabajado en el Restaurante El Lechón, desde luego el más importante del pueblo y no es porque yo fuera el jefe de cocina en el mismo ¡O tal vez si¡ No pongáis esa cara, hombre, que es broma ¡Esperar que voy a pedir otra ronda, con la que podamos quitarnos el frío! Fijaros como los leños están ya bien quemados, pero este Eufrasio es más “agarrao” que nadie, se vaya a arruinar por gastar mucho en madera..

Sigamos con ese munícipe. Se le casaba su única hija. Trabajo que le costó a la chiquilla, porque no consiguió de la divinidad y la naturaleza que la hiciera guapa. Para la celebración, el político municipal, como padrino, se “rascó” bien el bolsillo, contratando la comida junto con la fiesta en el Lechón, como no podía ser de otra manera. A mí me tocaba preparar el menú, cuyo coste negociaba mi jefe con el padrino de la ceremonia. Como plato principal, decidieron que se sirviera, a los casi doscientos invitados (tuvimos que abrir los tres salones) el correspondiente trozo de lechón asado, con patatas, castañas y espárragos como guarnición. La boda fue un domingo, así que me puse a guisar cuando aún no había amanecido ese día, pues tenía que preparar platos para todo ese ejército de comensales. La cena comenzaría a las 8 de la noche.

A eso de las dos de la tarde, se presenta el fulano en el restaurante y le dice de sopetón “al Toribio” (mi jefe) que tiene que ampliar en 60 el número de invitados. Parece ser que eran miembros del partido, que iban a venir desde otros pueblos de la comarca y también desde la capital. Toribio no sabe decirle a los “peces gordos” que no y viene a hablar conmigo para convencerme de que tengo que aumentar los platos. Me explica que le debe favores (cosas de impuestos y algunas facturas que “se habían perdido” por el camino). “Pero Tori, ¿qué le vamos a dar de comer a toda esa gente? Yo sólo tengo material para los doscientos contratados. Y eso haciendo “milagros”. Que estamos en domingo y está todo cerrado  ¿De dónde saco yo comida para sesenta bocas más? Que son casi las dos de la tarde…”

Pero el jefe no entraba en razones. Que le había dicho que sí al alcalde y que yo le tenía que sacar de ese entuerto. Después de mucho discutir, le doy una posible solución. “Aunque encontrara cochinillos (casi imposible en un domingo) no tendría tiempo material para prepararlos. Dile al señorito que puedo preparar un buen estofado de carne, con la misma guarnición que llevarán los platos del cochinillo. Soy experto en ese plato, que también queda muy bien”. Total, que llama al munícipe y explicándole el problema, éste accede. Él y su familia, junto con esos “amigotes” del partido aceptarán el estofado de carne, dejando que los cochinillos vayan para el resto de los invitados.

Me voy a la cámara frigorífica y para mi sorpresa y desconsuelo compruebo que apenas tengo carne de ternera para el guiso. Estas cosas parece que las hace el diablo, todo se junta. Y me quedaban apenas cinco horas para completar los platos y preparar el guiso. Y aquí tenemos lo mejor. Me viene a la mente una historia de hacía unos seis meses. Un representante cárnico de la capital me visitó para ofrecerme material para el restaurante, a un precio difícil de creer por lo barata que era la partida. El comercial nos convenció porque por ese precio no podíamos encontrar nada igual. La carne procedía de América, parece ser. Guardé los bloques de carne congelada en la cámara frigorífica. Tras cobrar, el representante puso tierra de por medio. Era ya tarde, así que no comprobé la mercancía hasta el día siguiente, cuando me vine al restaurante. Para mi sorpresa, nos había vendido una partida de carne congelada, con sus etiquetas y sellos. Cuando leí la letra pequeña de las mismas, vi que aquello no era carne de búfalo ¡sino de caballo!

No se lo dije al Toribio, pues yo tenía que haberlo comprobado. Así que allí quedaron, en el fondo de la cámara, los bloques de carne bien congelados. Pues ya os podéis imaginar el final de la historia. Sesenta comensales, entre los que se encontraba el Sr. Alcalde y su familia más allegada, el nuevo matrimonio y la mayoría de los compañeros de partido, degustaron “apetitosos” y grasientos platos de estofado con guarnición, de una “rica” carne descongelada, procedente de la inmemorial Pampa argentina. Nunca llegaron a conocer la “generosidad” de aquellos nobles equinos, que tuvieron tan suculenta participación en la elaboración del menú consumido por tan ilustres personajes. Tengo que añadir que Toribio (el pobre ya se fue al más allá, hace muchos años) nunca llegó a conocer el trasfondo culinario de aquella tan magnifica y suculenta celebración”.

Un miércoles más se había “salvado” para la tertulia, con tres buenos amigos que sabían apreciar el valor de la palabra compartida, a fin de rellenar tantas horas vacías en su merecido estado de jubilación laboral.  Bien “cargados” sus organismos de aguardiente “garrafero” y dado que ya había caído la noche y una copiosa nevada, pidieron “al Eufrasio” que les preparara algo caliente a fin de equilibrar sus cuerpos. Trataban de evitar que su vuelta a casa, con sus mujeres siempre dispuestas a afearles el estado etílico que presentaban después de cada tertulia, no se convirtiera en un motivo más para la desavenencia. El cuenco de berzas, con garbanzos y chorizo que les trajo “el molinero”, les supo a gloria bendita y puso a tono sus bien cansados cuerpos. Todavía, ante los cafés bien cargados, seguían comentando y riendo acerca de tan jugosas historias que habían escuchado. Algunos “secretillos” de sus vidas habían quedado desvelados. ¡Hasta el próximo miércoles, Casimiro! ¡Me tienes que explicar Eladio, más despacio, eso de los contadores! ¡No sabes la facturas de luz que cada mes me están pasando! ¡Cuídate, Pascual, que ya no somos unos chiquillos! Bien abrigados (con sus boinas, bufandas, pellizas y recias Quechuas) emprendieron sin prisas el camino hacia sus domicilios. Una gran plaza vacía mantenía ese manto de nieve que parecía aún más blanco y brillante, por efecto de una noche de luna llena, con un gélido cielo del que se habían retirado pacientemente las nubes.-   


José L. Casado Toro (viernes, 16 Febrero 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


viernes, 9 de febrero de 2018

FLORES, PALABRAS Y SENTIMIENTOS, EN UN ATARDECER DE SAN VALENTÍN.

El panel informativo municipal, instalado en una acera cercana, marcaba ya las 19:45 horas del día. Aquella tarde de Febrero el ambiente dinámico de la ciudad gozaba con una grata temperatura que oscilaba, según los minutos, entre los 18 y 20 grados centígrados. Un hombre, físicamente entrado en su cuarentena vital, se acerca a uno de los numerosos puestos de flores instalados en la acera lateral sur de una céntrica y permanentemente concurrida arteria viaria. Desde los días precedentes, estos pequeños y alegres comercios se hallan especialmente adornados con un vistoso y vitalista marco de flores, dibujado de innumerables colores y aromas, a causa de la celebración anual del Día de los Enamorados, fiesta de San Valentín. Desde hace meses, el número de estos ornamentales tenderetes florales se ha visto notablemente disminuido, pues los ubicados en la acera norte de la vía han tenido que ser evacuados, a causa de las prolongadas obras del metro en esa estratégica zona de la ciudad.

Este histórico espacio de la Alameda Principal se ve atravesado por la principal vía para el tráfico rodado, en el núcleo principal de la capital malagueña. Se trata de una prolongada y lineal arteria que une el Parque y la Plaza de la Marina, en el este/sur malacitano, con la Avenida de Andalucía, ya en la zona oeste de la ciudad, tras atravesar el cauce, casi siempre seco, de la desembocadura del río Guadalmedina. El área se ve “agobiada” en la actualidad por un tráfico constante, tanto de personas como de numerosos vehículos, con una elevada contaminación acústica, añadiéndose a estos condicionantes las prolongadas obras de infraestructura para la movilidad que supondrá la llegada del metro y una vitalidad un tanto estresada que no favorece precisamente el necesario sosiego que gratifica la comodidad de los paseantes. Por supuesto, el aparcamiento cerca de los puestos de flores es totalmente imposible. Algunos automovilistas detienen sus vehículos peligrosamente, cuando quieren comprar flores, pero lo hacen con el riesgo de ser multados e incluso de bloquear el complicadísimo tráfico que por allí circula.

Regenta ese bien organizado y pequeño comercio, en función del limitado espacio disponible, una joven universitaria, licenciada en Ciencias Biológicas, llamada Leira Aresti Solozábal, quien ha puesto un sugestivo nombre a su romántica y ornamental tienda: un simpático rótulo anunciador nos dice: FLORES PARA LA ILUSIÓN. Esta joven trabajadora autónoma estuvo años buscando, sin buenos resultados, un puesto laboral que estuviera vinculado a su preparación y conocimientos. Llamó a numerosas puertas, pero en ninguna de las mismas halló el eco deseado. Aconsejada por algunas amigas, hace ya dos años decidió personarse en una entidad bancaria y, dada sus dotes de insistencia, simpatía y convicción logró, por parte de un comprensivo interventor, la concesión de un préstamo financiero. La cantidad solicitada le iba a permitir compensar económicamente a un muy veterano matrimonio, propietarios de un antiguo punto floral en la Alameda Principal, cansados de bregar con un negocio que les proporcionaba escasos réditos y exigía una abundante dedicación horaria. Estos receptivos propietarios aceptaron traspasar la correspondiente concesión administrativa municipal a cambio de 18.000 euros, cantidad que la emprendedora joven tuvo que abonarles para una cesión documental sin fecha de caducidad. Esta elevada suma (en una persona que contaba apenas con algunos ahorros por parte de su madre) obliga a la nueva inquilina a tener que afrontar, en cada uno de los meses, la “innegociable” y puntual factura bancaria, con sus respectivos intereses prestatarios.

Desde su niñez, Leira había sabido expresar, tanto a sus familiares más íntimos como a los amigos, vecinos y compañeros de aulas, su profundo amor por la naturaleza, junto a todos esos elementos (vegetales y animales) que potencian y adornan su indiscutible belleza. Sin haber cumplido aún los catorce años, tuvo que acompañar a su familia en el traslado desde el País Vasco hacia el sur peninsular, por motivos profesionales de su padre, que trabajaba como recepcionista de hotel. Este fornido ciudadano vasco era bastante mayor que su mujer, por lo que pronto le llegó el momento de la jubilación. Desde que esta reducida familia pisó el suelo de Málaga, decidieron afincarse definitivamente en esta bella ciudad, donde apreciaron la dulzura del clima y el ánimo positivo en la generalidad de sus convecinos. El matrimonio de Alexis con Nora fue un vínculo o enlace basado en el amor, a pesar de la gran diferencia de edad entre ambos contrayentes. Hace ya siete años que Leira perdió a su padre, el cual se fue a ese mundo desconocido, pero  confortado con el amor de su mujer y la admiración de una hija que entonces estaba a punto de cumplir los veintidós años de edad.  La joven florista continúa viviendo felizmente junto a su madre a quien le quedó una corta pensión de viudedad, dado el tiempo efectivo de cotización que constaba en la vida laboral de su difunto esposo. La empresa para la que siempre trabajó no había sido suficientemente leal con este trabajador.

El negocio que afrontó la emprendedora joven marcha en la actualidad relativamente bien, aunque la competencia de otros puestos de flores en el mismo espacio comercial dificulta unos mejores números financieros. Este tipo de comercio sólo alcanza cifras positivas en determinadas fechas del año, como es el caso de algunas onomásticas que gozan con un santoral muy popular y difundido, celebraciones anuales de gran tradición como el Día de la Madre, el Día de los Enamorados, el 23 de abril, para el Día del Libro y, por supuesto, las épocas de más álgidos natalicios y también los inevitables decesos. De todas formas siempre hay clientes con el mejor gusto y sutileza, a quienes ilusiona tener flores en casa, regalarlas o expresar determinados sentimientos con ese sin par regalo de la naturaleza, expresado en alegres y emocionantes colores, delicada o intensa fragancia y esa perfección en sus formas que tan universalmente todos nos preciamos en admirar.  

Volvamos al inicio de esta interesante historia. Efectivamente, un hombre de mediana edad se había acercado a este “puestecillo” de flores, mostrando un cierto nerviosismo, preocupación e indisimulable insistencia.

“Buenas tardes, Srta. Por favor, necesitaría un ramo de flores, muy bien presentado, que debe ser entregado antes de que finalice este día en un domicilio cuya dirección de inmediato le facilitaré. Comprendo que ya es un poco tarde para esta urgente gestión, pero mi interés es que se reciba precisamente hoy, el Día de los Enamorados. Por supuesto que, además de pagar el coste del ramo, también le abonaré los gastos del desplazamiento correspondiente, a fin de efectuar el servicio domiciliario. Debo aclararle que, por una serie de razones, prefiero un tipo de flores en las que predomine el color violeta”.

A pesar de que era ya una hora bastante avanzada de la tarde, Leira se sintió especialmente interesada por esa postrera posibilidad de ganar unos euros, en una fecha tan especial para este tipo de regalos. Las ventas, en la jornada conmemorativa del 14 de Febrero, no habían cubierto las “ambiciosas” expectativas que ella y otros comerciantes de la zona había imaginado, a fin de hacer una buena y ansiada caja que en algo saneara sus estrecheces económicas. Ya casi al final de del día (solía cerrar su tenderete sobre las 8 - 8:30 de la noche) le había llegado esta suculenta venta, con el incentivo de la gratificación por la entrega domiciliaria. La suerte le había sonreído de la manara más inesperada. En modo alguno la iba a desaprovechar.

“No se preocupe hombre, que le voy a preparar en unos minutos un espléndido ramo. Seguro que le va a encantar a la persona a quien lo envía. El problema es que… el chico que realiza los servicios de entrega, tanto para mi como para otros comerciantes de este mercado, se llevó todos los encargos del día a las cuatro de la tarde y ya no volverá. Pero entiendo su interés, urgencia y necesidad para que el precioso regalo llegue a su destino dentro de este miércoles, tan señalado por el amor en el calendario. Voy a hacer un esfuerzo especial y yo misma lo acercaré a la dirección que me indique (me quedan, en realidad, escasos minutos para el cierre de la tienda) aunque, lógicamente, habrá de pagar el extra de este servicio”.

La destreza y delicadeza expresiva de la joven florista era manifiesta. En unos diez minutos preparó un bello y espectacular ramo de flores, donde predominaban los tulipanes, los lirios, los alhelíes y un ramillete de románticas orquídeas, todo ello con un dominante cromático violeta, exigencia del elegante y generoso cliente. Éste, ya mucho más tranquilo por la eficacia profesional con la que había sido tratado, abonó con su tarjeta de crédito los 65 euros que le solicitó la muy preparada profesional de las flores, más otros quince por el especial servicio de entrega a esas avanzadas horas del día. Se había hecho ya completamente de noche y la temperatura permanecía templada, aunque cada vez más húmeda.

Muy cerca ya de las 20:30, Leira terminó de guardar con cuidado todo el material dentro del tenderete, abatiendo la puerta del mismo (una recia persiana metálica). Aunque la joven poseía carnet de conducir, sólo era propietaria de una pequeña motocicleta que últimamente, con la complicación del tráfico por el centro de la ciudad, apenas utilizaba para bajar con ella hasta la Alameda. Para el desplazamiento diario desde su domicilio, en la barriada de santa Rosalía Maqueda, hasta la ubicación del puesto de flores,  solía utilizar las líneas de autobuses de la E.M.T del Ayuntamiento. Para realizar la gestión que le había sido encargada, tenía a pocos metros de su negocio la cabecera de línea número 32, que la trasladaría hasta la zona del Limonar – Mayorazgo, donde se hallaba la dirección de la afortunada persona a quien tenía que entregar el hermoso regalo. Un muy delicado presente floral que había preparado con vocacional esmero. Por supuesto, un esfuerzo bien retribuido.

No conocía a la perfección el barrio residencial del Mayorazgo por lo que, antes de apearse del bus, pidió ayuda al conductor del vehículo. Con la información precisa que le facilitó el amable profesional, se dirigió hacia una calle, con nombre de labor agrícola, en donde se hallaba ubicada la vivienda de la tal Iluminada Marenga, destinataria del elegante y dadivoso regalo. El bloque tenía su nombre inserto en una placa metálica, adosada a la verja que rodeaba el amplio jardín: LOS JAZMINES. Pulsó el portero electrónico a fin de que le abrieran la puerta de esa zona ajardinada, lo que consiguió sin escuchar palabra alguna al otro lado del pequeño interfono. Tomó el ascensor hasta el piso 5ºA y allí tocó dos veces el timbre del domicilio. Tras un ratito de espera, abrió la puerta una misteriosa Sra. que parecía de nacionalidad extranjera (pues apenas “chapurreaba” el castellano) que se desplazaba con dificultad por un suelo de toscas losetas  de barro andaluz, apoyándose en un coqueto bastón de madera blanca barnizada. La inquilina o propietaria del piso, con muchos años tanto en la memoria como en su humanidad corporal, presentaba una imagen muy descuidada, tanto en su aseo personal como en la vestimenta que la cubría. Despeinada, ridículamente embadurnado de pintura su agrietado rostro y  abrigándose con una raída bata de color verde oscuro, no parecía que tuviera mucha compañía familiar en aquel desordenado aposento. Leira llegó a contar hasta tres gordos felinos de ojos brillantes y verdosos con incisivas miradas, al igual que también hacía su “inquietante” ama. Al preguntar por la Srta. Iluminada, la anciana Sra. se le quedó mirando con fijeza, sin apenas pestañear. Tras unos interminables segundos, esbozó una desagradable y forzada sonrisa, con la que mostró la apertura de una boca pequeña que dejaba ver una inestable dentadura mellada, pues le faltaban varias piezas. “My name is Nathalie. No vivir aquí ese Iluminado o iluminada. Sólo yo con mis gatos Tin, Ram y Colín (señalando a las desconfiadas y un poco agresivas mascotas). Son mis pequeños hijos”. Curiosamente, para incrementar aún más la desazón que sentía la jovial vendedora de flores, el pequeño plafón del hall de entrada hacía temblar intermitentemente la escasa luz que difundía, emitiendo al tiempo unos curiosos sonidos (a modo de un problema de instalación eléctrica) que incrementaba la cutre, incomodada y desagradable atmósfera ambiental que aquella vivienda ofrecía. El dulce aroma de las flores que portaba contrastaba con el pestilente olor que emanaba desde la desaliñada señora y sus gordinflones felinos de ojos verde esmeralda.

Tras disculparse educadamente por las molestias que pudiera haber causado, bajó rápidamente las escaleras del inmueble, ya que le urgía poner tierra de por medio con respecto a la un tanto tenebrosa o incómoda experiencia que acababa de vivir. Tuvo suerte, pues encontró todavía en su parada el bus nº 32 que la dejó en el Parque, en donde tomó el 25 que la llevaría finalmente hasta su domicilio. Mientras se desplazaba en los buses, iba reflexionando acerca de la extraña situación que estaba protagonizando. Era evidente: el hombre que le encargó el ramo de flores le había facilitado una dirección errónea. Mañana llevaría el regalo a su puesto, a ver si ese señor aparecía de nuevo y le aclaraba la confusa situación. Cuando llegó a casa, Nora quedó prendada de tan artística combinación vegetal, con los sutiles y delicados aromas, colores y tonalidades que tan precioso presente, preparado por su hija, representaba. Ésta le resumió la curiosa experiencia de esa tarde / noche y fue su propia madre quién le sugirió una interesante idea. “¿Y por qué no abrimos el tarjetón que te entregó ese cliente, para adjuntarlo al regalo, y así podemos conocer un poco más de esta historia que parece un telefilm de domingo? Total, nadie se va a enterar…” La intriga que soportaban ambas mujeres pudo más que la necesaria prudencia ante la privacidad personal del anónimo cliente.

Ambas comprobaron que en el interior del sobre había una tarjeta de visita, en la que se leía el nombre de Liberto Cantial de la Encina, sin ningún otro dato identificativo. Adjunta a la misma encontraron una hoja manuscrita, precisamente dirigida ¡a la muy asombrada florista!

“Estimada Leira. Entiendo que estés confundida y probablemente un tanto enojada, tras el frustrado viaje que esta noche has tenido que realizar. Ante todo, pedirte disculpas por esta incomprensible situación que te he hecho protagonizar. Ahora debo ofrecerte una explicación que te puede ayudar a entender algo de este confuso episodio.
Las preciosas flores son, en realidad, para ti. En ti pensaba cuando, a pesar de mi complicado carácter, me decidí a adquirirlas. Mi puesto de trabajo no se halla lejos de tu romántico y generoso tenderete comercial. Te observo, día tras día, desde la ventana de mi oficina, en donde tengo que realizar un trabajo, normalmente aburrido y rutinario, de naturaleza administrativa. Este sopor que me afecta, siendo todos lo días muy parecidos, lo compenso observando tu vitalista y positiva actitud ante la vida. Llegas cada mañana al puesto, desde luego bien temprano, para construir tu día entre las más bellas flores que la naturaleza quiere concedernos. Lo primero que sueles hacer es limpiar tu trocito de acera y después dedicas el tiempo necesario a preparar los macetones, eliminando aquellas flores que estando un tanto marchitas no van a poder bien lucir junto a sus más esbeltas compañeras. Atiendes a tus clientes con esa sonrisa maravillosa que siempre he percibido, plena de sinceridad y agrado. Y hay  días, qué duda cabe, que no te encontrarás animada por mil y un problemas. Sin embargo sabes ofrecer a la clientela esa sonrisa, esa actitud ilusionada, comunicativa, que te sale espontánea y sanamente del alma.

Me hago también numerosas preguntas, con las que no quiero incomodarte. Veo que tomas muchas fotos, con tu pequeña cámara, a esas composiciones florales que con tanta destreza sabes combinar. A buen seguro has de poseer una extraordinaria colección de imágenes, con todas esas instantáneas que vas tomando en tus pequeños minutos dedicados al descanso. También me llama la curiosidad verte leyendo algunos libros, cuando no estás preparando la tu sin par mercancía o atendiendo a ese cliente que “llama” a tu puerta para su necesidad comercial. ¿Son libros de flores o es otro tipo de literatura, todas esas páginas que por tu actitud tanto te deleitan? Un día tras otro te veo llegar, trabajar y marcharte, sin nadie que te acompañe. Disculpa una vez más mi imprudencia, pero me extraña no verte con esa pareja que, sin duda, se sentiría muy afortunado de compartir el tiempo y la vida con una persona de tus sugestivas y valiosas características.

Debo finalizar ya esta extensa carta explicativa. Ideé esa complicada situación de encargarte la entrega de un buen ramo floral, con esos colores que son los que mejor sientan a tus ojos. Quiero agradecerte tantos momentos de buena imaginación que sin saberlo, tu me ofreces en el discurrir de mis monótonas horas y soledad vital. Hacerte ir a una dirección equivocada tal vez no haya sido la mejor manera de contactar personalmente contigo, a pesar de haberte abonado el coste de esa entrega. Pero… aunque parezca absurdo es lo primero que se me ocurrió. De nuevo, disculparme y rogarte que aceptes esas bellísimas flores que ahora y antes han sido sólo para ti. También, por supuesto agradecer esa alegría, delicadeza e imaginación que sabes aportar a un mundo aburrido, con unos valores muy discutibles, estresado y profundamente egoísta. Gracias, Leira. Gracias por ti. Liberto”.

Pasan los días y se van dibujando en su construcción las nuevas semanas. Durante los numerosos intervalos que realiza en su bello trabajo, esta joven florista suele dirigir su mirada hacia los edificios colindantes a su pequeño tenderete comercial. Lo hace con el ánimo ilusionado de poder ver al fin ese rostro solitario que, en su monótona y aburrida obligación laboral, contempla el delicado y alegre quehacer que ella realiza con “el jardín” de sus flores.

Suele responderse, a tantos interrogantes imaginados en la aventura, que tal vez se trate de una persona profundamente tímida, receloso por alguna amarga experiencia afectiva o confusamente dubitativo por la diferencia de edad que a ambos los separa.

Pero Leira no pierde la esperanza. Una tarde, o tal vez en la media mañana, a buen seguro que se presentará ante ella el tal Liberto para decirle, con la expresividad de las palabras o con ese lenguaje universal de las miradas, que aquél gesto dadivoso, mezclado de un confuso y extraño comportamiento, junto a sus dulces frases escritas en la carta del 14 de Febrero, suponían simplemente una súplica de la necesidad. Observando la belleza infinita de unas flores que expresan lo mejor que nos regala la naturaleza, continúa pensando en esa frágil y carencial persona que sufre su profunda soledad relacional y que se encuentra mecánicamente “atado” a la rutina administrativa de un “cansado” teclado de ordenador. Al menos ella ahora conoce que, con su alegre quehacer, puede generar algunos minutos de alegría o esperanza en ese hombre que, tal vez en este preciso momento, puede estar observándola a través de un cristal que permite vislumbrar esa grata luz que siempre nos conforta.-


José L. Casado Toro (viernes, 9 Febrero 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


viernes, 2 de febrero de 2018

DÚPLICE IDENTIDAD, EN UN CUALIFICADO PROFESIONAL DE LA ESCENA.

Esa siempre interesante proximidad psicológica depende, tanto del temperamento y el carácter, como también de la puntual situación anímica que mantiene cada espectador. Cuando asistes a una proyección cinematográfica, a una representación teatral o incluso a cualquier otro espectáculo, te puedes sentir más o menos motivado por los personajes, la trama narrativa o el tipo de actividad que estás compartiendo. Todos conocemos a numerosas personas que se muestran muy sensibilizadas (llegando, incluso, hasta las lágrimas) cuando asisten a una obra dramática, interiorizando o expresando también, por el contrario, su patente alegría cuando la temática que se les ofrece posee esa alegre o estimulante característica. Los especialistas en estos temas utilizan. para esta mágica identificación, la palabra EMPATÍA.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, ese cada vez más utilizado concepto de empatía hace alusión a “la capacidad de identificación con alguien y compartir sus sentimientos”. Por oposición a esta vinculación anímica, en otras personas esta proximidad o interiorización no se produce, permaneciendo ajenas o “alejadas” de la trama argumental que están contemplando. La vinculación que comentamos no sólo se genera en el espectador, sino que también participa de la misma ¡y de qué manera! el propio intérprete. Acerquémonos a una ilustrativa e interesante historia, inserta perfectamente en este interesante contexto.

Leandro Blancas Lucía ejercía desde su juventud como funcionario de correos, en una estafeta del distrito madrileño de Moratalaz. Una afortunada tarde, por sugerencia de una compañera en la oficina, tomó la decisión de inscribirse en un curso municipal para el arte interpretativo. Soltero y con mucho tiempo libre, a partir de las tres de cada tarde, buscaba incentivos a fin de “rellenar” esas horas vespertinas que tan generosamente estaban a su disposición. Tenía entonces treinta y siete años y aunque desde pequeño había admirado a los actores que ejercía ese creativo oficio, nunca se había atrevido o gozado la oportunidad de ponerse al frente de un público. El cursillo, desarrollado dos días a la semana durante tres meses, le abrió un nuevo campo de actividad o afición, sintiéndose muy satisfecho de las enseñanzas que había recibido y de las prácticas realizadas, comprobando que poseía (según su profesor) muy buenas condiciones de base para avanzar con más ambición en la tan atractiva experiencia.

Su cuerpo presentaba una buena imagen. Estaba dotado de una elevada estatura, aunque no excesiva. Su epidermis o contextura física carecía de cualquier defecto significativo. Desde siempre había sabido controlar su ingesta, con lo que no sufría problemas de sobrepeso. Conservaba, relativamente bien, su cabello castaño y además no soportaba esas incipientes canas que aparecen hoy en edades cada vez más tempranas. Un valor muy apreciado por todos, el de la memoria, también florecía en la mente de este actor aficionado. Leandro había nacido y vivía en la capital del Estado, por lo que su pronunciación podría enmarcarse en los cánones del correcto castellano, sin esas “muletillas” que tanto entorpecen nuestra dicción. Pero, por encima de todas estas cualidades, gozaba de una excelente aptitud (tal vez innata) para la simulación. Su expresividad mímica y gesticular, era verdaderamente notable. Así que este sugestivo camino, para la práctica escénica, se abrió en su vida con unas esperanzadoras perspectivas, en principio limitadas pero que a poco se fueron acrecentado con el discurrir de los meses.

Pronto se integró en un grupo de teatro aficionado, vinculado a una institución eclesial. Esta agrupación de amigos, en la que había personas de todas las edades y condición, solía preparar e interpretar obras sencillas en muchos centros benéficos, como hospitales, residencias para la tercera edad, guarderías, colegio infantiles y también en centros para discapacitados mentales y físicos. Tras un tiempo de aprendizajes y experiencias, abandonó estos círculos clericales para vincularse con otros grupos, tanto aficionados como profesionales, lo que le permitió interpretar obras de mayor enjundia por diversas localidades, tanto en la región castellana como también en el resto territorio español. Aunque sus ingresos no eran significativamente elevados, tomó la valiente decisión de solicitar la excedencia como funcionario del servicio nacional de correos, a fin de profundizar en esta apasionante actividad del ejercicio interpretativo

Se afilió al Sindicato de Actores profesionales, institución en la que llegó a ocupar diversos cargos en los sucesivos equipos directivos, gracias a su capacidad de diálogo y para entablar relaciones de amistad. A pesar del éxito en estas habilidades sociales y a su constante esfuerzo por aprender y avanzar en su naturalidad expresiva, sus intervenciones escénicas no sobrepasaron la cota testimonial de los personajes secundarios, en las obras donde formaba plantel con el resto de los actores. Soportaba, no sin cierto pesar, que su nombre no avanzara hacia los puestos de liderazgo en el escalafón interpretativo de  las carteleras.

Madrid es una ciudad donde “florecen” numerosos teatros, positiva característica cultural que hacen posible muchas oportunidades para la actuación. Este artístico trabajo, aunque no bien retribuido (sólo se les suele pagar bien a las estrellas consagradas y a los primeros actores) permite a sus representantes “ir tirando” más o menos bien, a fin de “ir sobreviviendo”: el pago de la pensión donde cobijarse, el alimento diario, la compra de artículos de primera o subsidiaria necesidad e incluso para acumular algunos ahorrillos, como también le ocurrió a Leandro, quien ya utilizaba el nombre artístico de Isaac Leblanl, nomenclatura que una tarde de otoño recreó y que ya siempre mantuvo. Gracias a todos esos esfuerzos de ahorro y constancia en el trabajo, pudo permitirse, frisando la cincuentena en su vida, comprar un pequeño pero coqueto ático de 3ª o 4ª ocupación, en un punto urbano muy popular dentro del muy densificado callejero madrileño: el céntrico barrio de Fuencarral.

Así fueron discurriendo los años, entre giras provinciales en diversas compañías y la actuación en teatros de la capital madrileña, a donde casi siempre llegaba la obra tras haber viajado por numerosos puntos escénicos del territorio provincial. Quiso la suerte que Isaac Leblan estuviera en el momento oportuno y en el lugar adecuado, a fin de aprovechar la que iba a ser su gran oportunidad en la cartelera teatral ciudadana.

Cierto día, durante los ensayos de una obra dramática, ocho días antes de la fecha de estreno, su actor protagonista, primera figura consagrada en el listado profesional de actores, tuvo la escasa suerte de tropezar y resbalar con una madeja de cables perdidos sobre el tablado. Este consagrado profesional sufrió una incómoda lesión vertebral que le iba a mantener algunos meses alejado de la plataforma escénica. La bien preparada obra se titulaba “Tú y yo, para siempre en el recuerdo”. El elenco de intérpretes lo componían solamente cuatro profesionales: dos actores y dos actrices. Leandro, con inteligente y plausible agilidad, se ofreció a sustituir a una figura teatral de otras épocas pero que ya andaba en sus “horas bajas” en el nivel o ranking de popularidad. La obra llevaba cinco semanas de ensayos, por lo que había tenido oportunidad para conocer y aprender bien el “papel” que interpretaba el prestigioso actor lesionado. Durante tres noches apenas durmió, estudiando y profundizando en su nuevo rol, haciendo uso de su poderosa retentiva y “plástica” capacidad para la memoria. De manera afortunada, ambos actores sólo tenían una diferencia en la edad de tres años. Isaac acababa de cumplir sus cincuenta y ocho “primaveras”.

Para un buen “segundón” de las tablas, esta imprevista oportunidad suponía un premio a su esfuerzo y tenacidad. En modo alguno la iba a desaprovechar: ¡Figurar como cabeza de cartel, después de tantos años de sacrificio y saber esperar, en el listado de los espectáculos ofertados en la capital de España!¡Menuda gozada! Esta comedia-drama ofrecía también en su libreto algunos toques de humor que contrastaba, con el marco general argumental. Ese primer personaje interpretaba a un elegante y habilidoso ladrón de guante blanco, que repartía su amor entre dos muy diferentes mujeres, además de su compulsiva “afición” o necesidad enfermiza para la apropiación de lo ajeno.  

Tal fue la intensidad interpretativa del nuevo  actor protagonista que, al recuperarse (pasados unos meses) su compañero lesionado, la dirección escénica consideró mantener en el protagonismo al veterano pero ya considerado  (se lo había ganado a pulso) primer intérprete Isaac Leblanl. Madrid y algunas giras por la geografía nacional facilitó que una obra, con no muchas expectativas iniciales para la aceptación popular, fuera acumulando meses y meses de representación sobre el escenario de numerosos teatros. Ciertamente la trama argumental combinaba, con un equilibrio bastante compensado, tanto el humor, el drama, la humanidad y por supuesto, la intriga, elemento éste que siempre “vende” bien en la aceptación popular. Dicho, de manera coloquial, la gente disfrutaba con gratitud durante los noventa y tantos minutos de representación. Y en este logro tenía una importante intervención la asombrosa (actitud que no era nueva, por supuesto) empatía total de Isaac con el personaje central del “libreto”. Esta vinculación psicológica hizo posible su consagración total ante el público y, de manera especial, en las valoraciones de la crítica especializada.

Pero todos los soles llevan aparejados nublados de sombras. Esa vinculación magistral entre la persona real y el personaje de la ficción, provocó en el actor una situación enfermiza que fue generando, de manera paulatina, inquietantes problemas psicológicos y una crisis profunda de identidad, anclada en la estructura mental y en comportamiento cívico-social del actor. Había momentos en que no le resultaba fácil delimitar la parcela existencial de su persona, con respecto al ámbito vivencial del personaje creado en el plano de la ficción. Abundaban las noches,  en las que isaac se despertaba , sobresaltado y confuso, pues no sabía realmente quién era. ¿Dónde acababa su vida y comenzaba la de su personaje?

Y lo más grave fue que comenzó a aplicar en su vida relacional aquéllo que tan bien sabía hacer sobre las tablas ornamentales del escenario: primero fueron pequeños hurtos, a modo de divertidas travesuras infantiles, en grandes áreas comerciales y en ámbitos circunstanciales, como por ejemplo en hoteles y mobiliario público. Más inquietante resultó que estos comportamientos, de gravedad menor, pronto se incrementaron de escala o nivel. Tal fue que, en determinadas circunstancias anímicas, también se sintió tentado a realizarlos sobre personas diversas, eso sí, sin aplicar violencia alguna sobre las mismas, mimetizando así perfectamente al personaje protagonista de la obra que diariamente representaba. Se sentía angustiosamente mal, muy confuso y degradado en su integridad ética y equilibrio emocional. Se vio obligado, en esos ratos de lucidez que de manera afortunada nos sobrevienen, a solicitar ayuda médica, lo cual era una decisión obviamente inaplazable.

Un también preocupado director escénico, que conocía a grandes rasgos la desequilibrada situación personal en que se encontraba el cada vez más afamado actor,  le facilitó los datos de un prestigiosa clínica psicológica, para el tratamiento específico de conflictos en la personalidad. Allí se puso en manos del equipo dirigido por el Dr. Avelino Montalbán de la Cetrería, un muy experto especialista en el tratamiento de conflictos en la disyunción de personalidad, por sus estudios y experiencias durante una década en el marco excepcional del Hollywood americano.





El complejo, lento y muy costoso tratamiento, desarrollado durante las mañanas alternas (debido a la actuación del actor, cada una de las tardes) fue dando sus frutos, tras una estudiada aplicación farmacológica en escala variable, numerosas entrevistas y analíticas, junto a unos avanzados módulos de simulación, en una línea vanguardista ya aplicada en centros canadienses, pioneros en el sistema. Ciertamente, la medida más adecuada que hubiera acelerado el proceso de recuperación de Isaac Leblanl hubiera sido una etapa vacacional para el descanso prolongado, con respecto a su participación diaria sobre la escena en la susodicha obra. Pero el público, por esa influencia del boca a boca, más los comentarios elogiosos de la crítica, seguía asistiendo fielmente a las representaciones, en este momento desarrolladas en el marco incomparable del Lope de Vega, ubicado en la arteria cultural de la Gran Vía madrileña. Una vez más el condicionante de los apetecibles taquillajes, posponía la mejor terapia para un actor confundido en su mentalidad con la del personaje que llevaba interpretando desde hacia ya 14 meses, prácticamente de manera ininterrumpida.

“Amigo Isaac o Leandro. Hemos cubierto ya dos meses de “duro” tratamiento. Como director del equipo que te ha ayudado en la curación, con respecto a esa duplicidad de personalidad que te sumía en tan desagradable confusión, puedo afirmar que ya has superado esa complicada dolencia psicológica que te hizo venir a nuestra ayuda. Debes sentirte humanamente satisfecho, con todo el esfuerzo que has estado realizando por recuperar tu verdadero yo.

No se me oculta de que eres un excelente actor (la crítica y el público no deja de aplaudirte) y que te entregas (pienso que tal vez en demasía) a todos los personajes de debes interpretar. En este caso, la prolongada duración de la obra te ha ido perjudicando, qué duda cabe. Pero, desde hace semanas, has dejado afortunadamente de sufrir esa patológica  ansiedad interior por apropiarte de objetos que pertenecen a la propiedad de otras personas. Afirmo que estarás plenamente curado cuando te alejes definitivamente de la vida confusa de ese personaje cleptómano, pieza teatral de la que me dices aún tienes firmado otros cuatro meses.

Pero ya no eres, afortunadamente, un “ratero” o “ladrón”. Eres, por el contrario, un gran actor que profundizas, tal vez de manera obsesiva, con esa gran virtud que supone aplicar la empatía, sumiéndote exageradamente en el cuerpo y la mente de los demás. No te voy a prescribir más medicamentos. Dentro de seis meses, te pasas por la clínica y te renovamos unas analíticas y algunas pruebas complementarias. Decirle a un paciente que está curado me supone una gran alegría y una profesional satisfacción. Dame un abrazo y a seguir maravillando a todo ese público que tanto disfruta con tu arte”.

Isaac abandonó el vanguardista complejo clínico con el sentimiento satisfecho y con ese sosiego que tanto gratifica al percibir que nos hallamos en el camino correcto. Todo el esfuerzo clínico realizado había merecido “la pena” a pesar de su elevado costo (la factura a pagar finalizaba con un debido de cinco cifras). Caminó feliz hacia el teatro, pues esa tarde tenía una nueva interpretación.

Aquella misma noche después de la cena, cuando Daphne preguntaba a su marido, Avelino, si se iba a ir pronto a la cama o terminaría de ver la película, éste le respondió “Creo que ya es tarde. Mañana tengo que madrugar, pues tengo una agenda repleta de pacientes y el día promete ser duro”. Al entrar en su dormitorio el rostro del prestigioso especialista de la medicina evolucionó con rapidez, desde la suave palidez al sofocado rojizo epidérmico, cuando quiso comprobar la hora exacta. En su muñeca izquierda no se hallaba algo que en mucho apreciaba y nunca abandonaba: el muy valioso y espectacular rolex de oro y brillantes, regalo que había recibido de su mujer con motivo de sus bodas de plata matrimonial.-  



José L. Casado Toro (viernes, 2 Febrero 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga