jueves, 20 de septiembre de 2018

EL USO INAPROPIADO DE LA EMPATÍA OBSESIVA.

Una ambivalente situación es “padecida” y/o “disfrutada” al tiempo por muchas personas en variados aspectos de su comportamiento diario. Esa peculiar experiencia consiste en que, por la naturaleza de su caracteres y temperamentos, hay mujeres y hombres que viven con demasiada u obsesiva intensidad aquellos argumentos que contemplan proyectados sobre las pantallas blancas de una sala cinematográfica, en las obras representadas sobre las tablas de un escenario teatral, en las historias narradas por hábiles y creativos escritores, en las páginas impresas de los libros, en los numerosos artículos y editoriales publicados en las columnas periodísticas e incluso a través de esas distraídas o más complicadas entrevistas, noticias y comentarios emitidos por las ondas radiofónicas.

Efectivamente, se trata de una “cualidad” que, mal usada, también puede convertirse en “defecto”, respuesta y comportamiento que no pocos ciudadanos atesoran en su específica forma de ser. Sin duda, tú mismo, aquél otro o el que escribe estas líneas, hemos visto llorar a lágrima viva a esos vecinos de butaca, cuando la escena interpretada por los actores excitaba los sentimientos de algunos espectadores, quienes se sentían incapaces de controlar su equilibrio anímico. Esos asistentes a la obra teatral o cinematográfica aplicaban la empatía con tal intensidad a la trama argumental que “se metían o introducían” dentro la obra, como si el problema, dificultad o alegría les afectase también a ellos de manera directa, tal y como les ocurría a los actores protagonistas del enredo. Hay oyentes radiofónicos que están escuchando por el transistor o visionando a través de la pantalla del televisor una competición deportiva cuando, en función de los acontecimientos o la marcha de la “contienda”, se les ve en el salón de su piso o alrededor de la mesa del bar, saltando, gritando, vitoreando, insultando, maldiciendo, riendo o llorando, respondiendo visceral, violenta o compulsivamente, a causa de las buenas o malas noticias derivadas de ese simple juego deportivo.

Las modalidades de esta inmersión psicológica (que puede llegar a convertirse en gravemente lesiva) sobre situaciones de las que eres un simple espectador, lector o radioyente son variadas en su naturaleza y de diversa intensidad según los caracteres, equilibrio y patología de quienes las padecen o “disfrutan”. Unos de esos “urbanitas” que navegan, con mejor o peor suerte, en el estresado laberinto de una gran ciudad es Viro Arranz Bernabé (hay padres que, con grave  y discutible responsabilidad ante la pila bautismal, castigan con el infeliz nombre de Viriato al vástago que han procreado). Acumula ya 42 primaveras, está casado con Alma (otros progenitores hacen gala de mayor sensatez e imaginación) que es tres años menor que su marido. Tienen una hija, que aún no ha cumplido el quinquenio existencial, a quien pusieron el nombre de Celia. Forman una familia de clase media, sociológicamente hablando, pues el hombre es agente comercial, trabajando como activo vendedor de vehículos en una concesionaria de consolidado prestigio, cuya marca y sede central radican en nórdicas e industriosas tierras germanas. También la mujer aporta importantes fondos a la necesidad familiar, ejerciendo como profesora particular de alemán para los que necesitan mejorar en dicha lengua, aunque a veces es contratada por etapas en una academia privada que enseña idiomas a muchos alumnos de todas las edades. Cuando era muy pequeña, sus padres, ante el fracaso económico del pequeño taller de reparación de electrodomésticos que poseían, decidieron emigran a ese emblemático país europeo, Alemania, posibilitando que sus hijos y ellos mismos conocieran las habilidades propias del idioma utilizado en una o la principal maquinaria de la economía europea  e incluso mundial.  

En esta etapa de su existencia, la principal afición que Viro cultiva (de manera compulsiva) consiste en pasar horas y horas “navegando” por las páginas “infinitas” de Internet, consultando la abundante lectura de la prensa periódica y usando ese transistor que, en casa, le acompaña casi de manera continua como un elemento más de la estructura familiar. Y ¿cuál es la modalidad de las noticias, informaciones y comentarios que rellenan tantas horas para el ocio de este comercial o agente de ventas? Dicho de una manera breve y determinante: el “cruel” mundo de la actividad política. Él es una persona que “comulga”, aplicando el fervor y la devoción exagerada del acólito fanatizado, con una ideología profundamente conservadora. Su cónyuge “pasa” de esa desafortunada afición, aunque su mentalidad se halla más en la línea socialdemócrata. Alma vivió durante dos largas décadas en Alemania junto a sus padres. Su cultura política es mucho más abierta y compresiva que la “intolerancia” que de una u otra forma muestra su radicalizado esposo. El caso es que Viriato, ya sea “pegado” a la radio, a la pantalla del televisor o a ese ordenador al que tanto aprecia, sigue y “vive” patológicamente (es necesario utilizar este vocablo) las noticias diarias que afectan a “su partido”, sigue con sumisión filial los movimientos y decisiones que los dirigentes nacionales y locales establecen, sufriendo (física y psicológicamente, al tiempo) los vaivenes, los éxitos y los ataques de esas otras formaciones rivales que conforman el espectro político. Para él, naturalmente y en su más que sectaria conciencia, los seguidores y dirigentes de los restantes partidos no son rivales, sino malvados enemigos del buen funcionamiento de la cosa pública (que sólo su partido sabe defender y bien administrar).

Esta situación, que consolida y agudiza al paso de los años, le provocan sentimientos inestables de alegría y profundos enfados, como se expresaba al comienzo de este escrito, contrastadas alteraciones anímicas que le hacen pasar de los sentimientos plenos de euforia a esos otros nublados momentos que le sumergen en la depresión y el desánimo. Las repentinas variaciones en su carácter repercuten, qué duda cabe, en el ambiente familiar. Alma, que bien conoce y soporta la manera de ser de la persona con quien comparte la vida, trata de ayudarle, aconsejándole que se tome las cosas con más calma y sosiego, que busque otras distracciones para su tiempo libre, pues el camino que sigue por el ámbito de la política no es nada bueno para su propia felicidad y la de aquéllos con quienes tiene relación y convivencia. En este sentido, durante los avatares cotidianos del trabajo, sus compañeros se han visto obligados a preguntarle qué es lo que le ocurría, al igual que sus jefes. El propio don Timoteo, jefe del departamento de ventas, le ha tenido que llamar alguna vez la atención pues le han llegado quejas de determinados clientes acerca de alguna respuesta o gesto que no les ha gustado, cuando han sido atendidos por este activo agente comercial, que, por otra parte, tiene unos excelentes índices de resultados en sus ventas, reconocidos y valorados por el equipo empresarial. Ciertamente, en el ámbito laboral, Viro trata de guardar las apariencias, pero cuando está enfadado, por esa u otra noticia que ha leído o escuchado la noche anterior, por más que trate de disimularlo, la información le acaba condicionando en el necesario equilibrio que ha de mantener para la salud y normalidad de su estado psicológico.

Para este primero de Noviembre, cuando Alma celebra felizmente su onomástica, el matrimonio ha decidido salir a cenar  e ir a tomar después alguna copa en algún establecimiento donde ofrezcan música en vivo. En la intimidad de esa larga y afectiva noche, Viro se ha sentido obligado a confiarle a su compañera que tiene en mente solicitar consulta a un especialista. Él mismo, en los momentos de mayor racionalidad, comprende que ha de poner remedio a una situación que enturbia su vida relacional. Particularmente ha intentado ordenar esa vorágine ideológica que le atrapa, pero es tan fuerte el incentivo de la política y del entorno mediático que le rodea que, una y otra vez, vuelve a las “andadas”. Y así se entrega al visionado de los debates radiofónicos, a las informaciones de prensa y a todos esos impactos emocionales que los líderes políticos, hábilmente “venden” para el goce y exaltación de sus seguidores, bien adiestrados por equipos de asesores, que saben aplicar en ello la mayor cualificación y “adaptabilidad moral”.

En la agenda de los alumnos que Alma atiende para sus clases particulares, se encuentra un joven médico, especialista en psiquiatría, cuyo nombre es Delfín Val de Prodolenko (su padre era un concertista español que contrajo matrimonio con una soprano, natural de Bielorrusia). Este apuesto doctor necesitaba avanzar con urgencia en el dominio básico del alemán, pues iba a realizar, durante el próximo verano, una estancia académica en la ciudad germana de Hamburgo y aunque dominaba cuatro idiomas, ninguno de ellos es el que diestramente su profesora (recomendada por una de las academias donde Alma había trabajado) puede enseñarle. Conociendo y sufriendo los cíclicos vaivenes anímicos y el comportamiento compulsivo de su marido, la profesora pidió a su amable y aventajado alumno si podría “echarle una mano”, pagándole lógicamente su cualificado esfuerzo. El Dr. Delfín, muy agradecido a la maestra que tan bien le enseñaba, no dudó en ofrecer cita en su consulta, para que el esposo de su profesora acudieran a la misma 48 horas más tarde. Cuando esa misma noche (dada la proximidad de la fecha) explicó a Viro la gestión que había realizado, éste se mostró positivamente de acuerdo con la decisión y gestión que su mujer había adoptado. Se sentía cada vez más abrumado con su obsesión por los temas políticos, los cuales le afectaban en demasía como si fueran propios, pero sobre los que no se sentía con la fuerza de voluntad necesaria para integrarlos racionalmente o abandonarlos. Incluso por las noches se despertaba y tomaba su tablet para seguir entrando en la prensa on-line, rebuscando y rebuscando en esas páginas temáticas que tanto le motivaban y al tiempo le perjudicaban.

Ese nublado viernes de Noviembre, Viro pidió permiso en la concesionaria, a fin de salir un poco antes del trabajo. Justificaba la petición con el motivo de la ineludible visita médica. Por decisión del propio facultativo, Viro acudió solo a la consulta. El especialista quería evitar cualquier condicionante que impidiera a su paciente expresarse con entera libertad acerca de los orígenes y desarrollo de ese estado compulsivo que tanto le estaba perjudicando. Durante la larga sesión, le estuvo haciendo preguntas tras preguntas, escuchando y anotando pacientemente lo más interesante o significativo de sus respuestas. El Dr. Delfín se mostró extremadamente generoso y comprensivo con el tiempo que concedió al atribulado paciente. Tras 45 minutos de diálogo y atención a lo que Viro le manifestaba, estuvo unos minutos para repasar y reflexionar acerca del contenido de las notas que había estado tomando.

“Veamos, amigo Arranz. Ante todo, debemos esforzarnos por recuperar ese sosiego que, de forma penosa, parece que nos ha abandonado. Su situación de estrés es … manifiesta. Hay que ir a los orígenes, a fin de buscar y encontrar la estrategia más adecuada e inteligente para nuestros propósitos de recuperación. Tampoco te asustes, existen muchas personas que le ocurren como a ti (permíteme el tuteo). Viven e interiorizan internamente situaciones que no protagonizan, pero que les afecta tal y como si fueran ellos los propios autores de las mismas. Les ocurre esta situación de empatía inmersiva cuando acuden a un espectáculo escénico. Interiorizan de tal forma aquello que ven, leen o escuchan, que se sienten “trasladados” a esos espacios donde transcurre la trama. Ríen, lloran, tiemblan, reflexionan, sufren y gozan, de una manera “descontrolada”, perjudicial para su equilibrio psicofísico, pues es tal su confusión que no perciben que son meros espectadores y no intervinientes directos o indirectos en la acción. Ya sea comedia, drama o cualquier otra actividad profesional, la que presencian ante la confusión de sus ojos. 

En tu caso, la actividad protagonizada por los políticos es la que te tiene a mal traer. Te pasas las horas (en que puedes hacerlo) pegado a la radio, leyendo las informaciones de prensa, o sintonizando aquellos programas emitidos por la televisión, vinculados a la información política. Gozas con los éxitos de la ideología que “profesas”, pero también te derrumbas cuando los vientos no te son favorables para tus deseos. Y en esos momentos te sientes profundamente infeliz y frustrado. Me dices que sufres del insomnio, que te enfadas con los que ninguna culpa tienen, entrando en una fase de fanatismo y sectarismo que en nada te favorece. Tienes que romper drásticamente, aplicando el valor y la ayuda de aquellos que están cerca de ti, con esa espiral ideológica que te hace vivir una existencia errónea, infeliz, banal y escasamente saludable.

Hay otros estupendos incentivos en la vida, fuera de la “viciada” dinámica que envuelve a la actividad política. Y te los estás perdiendo, con el fanatismo de tu actitud, que te tiene “virtualmente” atrapado, metafóricamente atado, quitándote esa libertad para poder gozar de otras alternativas que, sin duda, te harían mucho más feliz. Piensa en el deporte. Piensa en la naturaleza. Piensa en la amistad. Piensa en la generosidad, con los que tanto necesitan. Piensa en la buena lectura. Piensa en todos aquéllos que tanto disfrutan con sus aficiones, sea el bricolaje, los viajes, el aprendizaje de materias y habilidades, ya sean artísticas o de carácter más técnico. Tienes un buen trabajo. Tu familia necesita ese protagonismo que ahora tantas veces les hurtas. Por supuesto, te voy a prescribir unos fármacos, que te pueden ayudar a mejorar ese desequilibrio mental y físico que se encuentra horadado y enfermo con todo ese mundo hipócrita de la política, que tan poco te va a dar. Pero por encima de esa ayuda química, tienes que acudir a otra farmacia que se encuentra en la privacidad de tu voluntad y racionalidad. Sin esa ayuda interior, poco es lo que podremos hacer y alcanzar.

Intenta, prométemelo, que durante una semana ¡te pido al menos una semana! vas a retirarte de la lectura de esa prensa que tanto te absorbe. De esos programas radiofónicos que tanto te inestabilizan. De esos “telediarios” que tan escasas buenas noticias ofrecen. Busca otros sustitutivos para ese tiempo de ocio. Con la ayuda de Alma, lo vas a conseguir. Abandona el juego de la dinámica política. A buen seguro te vas a sentir un poquito, un mucho mejor. Por tu carácter obsesivo, esa “teatralización” te tiene bien atrapado. Tienes que liberarte de esas ataduras que te aprisionan y desnaturalizan. Nos vemos la semana que viene, a esta misma hora y día. Y seguiremos dialogando acerca de tus éxitos. También de las dificultades. De una forma u otra, te escucharé. Te comprenderé. Te ayudaré. Te animaré. Voy a escribir la medicación y un breve informe para tu médico de cabecera. Él te la recetará, para que no os sea muy gravoso su coste. Lo dicho, amigo Viro. Nos vemos, con mucha esperanza, la semana que viene”.

Han transcurrido quince meses, desde este fructífero diálogo mantenido entre un notable especialista de la mente y su confuso y desequilibrado paciente. Durante ese sustancial período de tiempo es perfectamente normal que las personas apliquen a sus vidas cambios, leves o profundos, en la evolución de los días. Los protagonistas de nuestra historia también han querido asumir e integrar importantes modificaciones en la forma de concebir sus respectivas existencias. Nadie hubiera podido imaginar la intensidad y novedad de las mismas.

Por ejemplo, el notable especialista en psiquiatría doctor Delfín  (que continúa ejerciendo su compleja y cualificada profesión médica) sabe reservar ahora dos tardes a la semana, para dedicarlas a las funciones propias de la secretaría de propaganda, en la agrupación política conservadora en la que ha militado  y milita su atribulado paciente Viro Arranz. En el caso de Viriato, este buen agente comercial sigue desarrollando su profesión de vendedor, pero no en la concesionaria de automóviles donde ofrecía con eficacia su capacidad para convencer a la clientela. Ahora ejerce como representante, para las provincias de Andalucía oriental, de una importante marca de lencería y ropa íntima para la mujer. Vive en pareja con el doctor Delfín, pues el destino quiso que ambos reconocieran su mutua atracción sexual aunque, eso sí, su unión la desarrollan con el recato propio exigido por el partido ultraconservador en el que ambos militan. Finalmente, Alma. Tras ese primer impacto emocional, al conocer la imprevisible realidad de las tendencias afectivas de quien había sido su esposo y padre de su única hija, supo sobreponerse con la suficiente entereza e inteligencia operativa. Además de seguir con sus clases de alemán, ahora milita en una agrupación minoritaria de ultraizquierda, de reciente formación, en la que sólo se admite la integración femenina y que ostenta, como curioso y significativo titulo, El Gineceo liberado. Su creciente y activa agrupación tiene el firme propósito de participar en las próximas elecciones, para la formación de las corporaciones locales. Alma vive en comunidad, junto a su hija Celia, con otras tres compañeras y militantes de la misma agrupación, que defiende la práctica absoluta del amor libre.

El comportamiento y evolución de estas tres personas resultó sorprendente y difícil de predecir. Pero el género humano tiene estas confusas respuestas, entre aquéllos que ejercen su protagonismo. 

Resumiendo, aplicar empatía a nuestra interpretación de lo ajeno es altamente positivo. Sin embargo, esta plausible cualidad se desvirtúa cuando se convierte en desequilibrio compulsivo y desnaturaliza nuestra propia e íntima personalidad.-


    

José L. Casado Toro  (viernes, 21 Septiembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 14 de septiembre de 2018

LA INVIABLE AVENTURA DE RECUPERAR EL PASADO.

Se trata de un entretenido juego con el recuerdo, que muchos solemos practicar durante esos momentos que reservamos para el sosiego a lo largo del día. En ocasiones la motivación carece de un fundamento solvente, apareciendo ese ejercicio en nuestra mente de la manera más insospechada y traviesa. Pero, las más de las veces, el hecho de acordarnos de determinadas personas (ancladas en la lejanía del pasado) recorre un camino acorde con la lógica del azar o de una circunstancia puntual que en cualquier oportunidad nos afecte.  Pero, desde luego, esa persona que “traemos” a la memoria ha debido de tener, a no dudar, una significación especial en nuestra andadura por la vida.

La infancia supone una de las etapas más especiales e inolvidables, en la mayoría de las biografías. Esas imágenes y vivencias, protagonizadas en las aulas u otras dependencias escolares, en las plazas y calles de nuestros barrios familiares, en los pisos que habitábamos con una vecindad variopinta pero humanamente dibujada de interesantes caracteres y temperamentos, toda esa escenificación vivencial difícilmente llega a borrarse de la memoria, a pesar de las nebulosas  y cortinajes acaecidos por la sucesión innegociable del tiempo. Alguna vez, seguro que muchas de las veces, por una u otra razón, germinan y brotan de nuevo en nuestro pasado, pues sus semillas encontraron una fértil tierra para la plasticidad que conlleva la juventud y, por supuesto, esos pocos años  sumados en la impasible aritmética de nuestros  privativos calendarios. 

Valga esta dilatada introducción para introducir el escenario estructural de nuestra historia. Volviendo a esas ya lejanas etapas de nuestra escolarización, una realidad aparece con la fuerza de  su protagonismo para la nostalgia. Unos más que otros, pero todos sin controversia alguna, hemos tenido en las aulas de clase un compañero especial, más próximo,  más proclive a la comunicación y a la confianza de nuestra privacidad, con el que cultivamos la amistad y la distracción de los juegos, en esos años decisivos de la primera o segunda etapa de la formación escolar. Lo más frecuente también es que aquella intensa proximidad se fuera desvaneciendo, debido a que la vida y miles de circunstancias no nos ofrecieran o motivasen más oportunidades para el reencuentro o la renovación de aquella sana amistad. Sin embargo tampoco es improbable que cualquier mañana o tarde, de la forma más imprevisible y afortunada, el destino te coloque delante de aquella persona con la que cultivaste la amistad, compañero, amigo o conocido del que ahora sólo recuerdas su nombre, los rasgos infantiles o alguna que otra anécdota que se resiste a desaparecer.

Todo comenzó cuando aquel día de verano me desplacé a una entidad bancaria, con la intención de resolver un asunto menor relacionado con una cartilla de ahorros. De inmediato creí reconocer a la persona que me atendía. Era un antiguo compañero de estudios, en aquel lejano bachillerato elemental, que se cursaba entre los 10 y los 14 años, en la década de los años sesenta. Mi interlocutor reaccionó con mayor lentitud en nuestro mutuo reconocimiento pero, al leer el nombre y apellidos del cliente que tenía ante su presencia, me saludó con cordialidad, aunque mostrando sin embargo la seriedad innata de su carácter. Ninguno de los dos, al parecer, habíamos cambiado en demasía nuestro físico, a pesar de que desde nuestro vínculo escolar (a comienzos de los años sesenta en el siglo pasado) no nos habíamos vuelto a encontrar. Más de cincuenta años habían pasado por dos vidas en la misma ciudad, sin que el destino facilitara  el menor contacto o relación entre dos antiguos compañeros de clase. En realidad nada anormal, en el contexto de la convivencia masificada en una gran ciudad.

F y yo hablamos brevemente sobre aquellos años infantiles en el  colegio, pero lo hicimos de una manera superficial, pues nosotros no habíamos cultivado la intensidad de la amistad. Fuimos meros compañeros de estudio, en un grupo formado por unos 30 alumnos. Fue precisamente este gestor o administrativo bancario quien hizo alusión a varios nombres de profesores y alumnos, señalando entre ellos precisamente a quien había sido mi amigo más cualificado, aquél a quien la casualidad nos hizo estar unidos correlativamente en el listado de apellidos y también en la ubicación dentro del aula. En aquella lejana época del la última etapa del franquismo, los escolares carecían de libertad para sentarse con quien desearan. Este compañero y amigo (dedicado profesionalmente al trabajo de la arquitectura) parece ser que en alguna ocasión había acudido a una comida de antiguos compañeros. Esta no muy amplia conversación, en la inmediatez de una gestión bancaria. me hizo recordar aquellos inolvidables años escolares y esa natural amistad que mantenía con mi antecesor en el listado de clase y del que no había vuelto a saber nada de él, durante más de cinco décadas. Nos despedimos educadamente, pero sin el menor homenaje. El administrativo bancario era una persona sumamente “fría” de carácter. De manera espontánea, aludió a su desvinculación matrimonial y a un hijo, ya adulto, que residía fuera de España. Percibí que F era una persona con problemas, pues en ningún momento esbozó esa sonrisa amable que conforta lo que fue en realidad un breve diálogo.

Aquel encuentro con F y la alusión que éste hizo del otro FJ, el arquitecto, me hizo trasladarme mentalmente a los años de nuestras infancias. Con ese buen amigo y compañero de clase mantenía las normales conversaciones que comparten dos críos que inician ya la segunda década de sus vidas. Nos prestábamos apuntes, nos contábamos aspectos de nuestras familias y juegos. El estar ubicados juntos en el aula, tanto en las listas de clase, como en las sillas o bancas escolares de aquellas hacinadas aulas, facilitaba esta frecuente intercomunicación y, por qué no decirlo, una cierta rivalidad por el “importante” asunto de las notas. Cada quince días, comparábamos el número de cincos que teníamos en las diversas materias (el cinco era, curiosamente, la nota máxima que se alcanzaba en la puntuación). FJ me contaba acerca de la profesión que ejercía su padre, actividad que al parecer él había seguido en la evolución de sus estudios, llamándome mucho la atención el elevado número de hermanos (ocho) que formaban su familia. También compartíamos la misa obligatoria de los domingos (había un compañero que llevaba las listas y al había que “apuntarse”, pues en caso de inasistencia no justificada éramos castigados durante la semana siguiente a quedarnos más horas en el colegio). Recordaba las homilías del padre jesuita que impartía el oficio divino y también los miedos que FJ y yo soportábamos cuando llegaba la época cuaresmal de asistir, en el mismo templo, a los “severos” Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Las tardes de esos domingos eran algo más lúdicas, pues también compartíamos las películas en blanco y negro, que el propio jesuita proyectaba en un gran  salón anejo a la Iglesia, utilizando un viejo y único proyector al que había que cambiar el gran rollo del celuloide en medio del visionado. Nos reíamos mucho también cuando el propio padre jesuita colocaba, temporalmente, una opaca cartulina delante del objetivo, a fin de evitar que viésemos reflejado en la pantalla algún beso o caricia intercambiada por los protagonistas u otras escenas “inadecuadas” o “peligrosas” que tuvieran relación con el sexo. Recuérdese que en esos tiempos había que consultar la calificación moral de la cartelera, información expuesta normalmente en la entrada de las parroquias. El nivel máximo que se concedía a determinados films era el 4: gravemente peligrosa. También había un 3R: mayores con reparos. Obviamente el jesuita no proyectaba películas con estas calificaciones, sino mucho más livianas. Lo verdaderamente peligroso era el sexo, que no la violencia (de muy diferente signo) grabada y exhibida s través de las imágenes.

Como no se me había olvidado el nombre de aquel buen amigo de la infancia (los profesores pasaban lista varias veces al día) lo tecleé en el buscador Google de Internet, que respondió afirmativamente en eléctricos y acelerados segundos. Se trataba, según los datos, de un prestigioso arquitecto, que tenía su despacho de trabajo en un céntrico lugar del urbanismo antiguo malacitano. ¿Habría cambiado mucho con respecto a la imagen que yo recordaba de aquel compañero de clase, con poco mn otra F para su nomenclatura. l Colegio, tambibos estabamos ¡ce tenpañero , para evitar que visia, con un viejo proyector litabás de diez u once años de edad?  “Pregunté" al buscador por su imagen y a través de las fotos no podía reconocer o relacionar a la persona que respondía por ese nombre con el niño que yo recordaba y que precisamente tenía delante en una vieja foto grupal con los compañeros de clase, en la que ambos estábamos ¡cómo no! sentados juntos, muy próximos al Sr. Director del Colegio, también llamado D. Francisco. Ambos aparecíamos en la foto extremadamente delgados. El paso de los años (más de cinco décadas) había modificado notoriamente el peso y forma de nuestras anatomías, de manera muy especial en su persona.  Objetivamente así lo definían las fotos, tanto la muy antigua que conservaba en casa y esas otras, actuales, que reflejaban la pantalla de mi ordenador.

Pensé en la conveniencia o no de contactar con él. En caso afirmativo ¿sería mejor llamarle directamente por teléfono (su número aparecía reflejado  en Internet) o enviarle una carta a la dirección de su despacho? Opté por esta segunda opción, pues así mi destinatario tendría  mayor margen temporal para su posible respuesta. El contenido de esta sorpresiva misiva era cordial, aunque apliqué cierta prudencia en la redacción, pues en cincuenta y tantos años las personas pueden haber cambiado mucho  (y no me refiero con ello sólo al aspecto físico). Me presentaba como su compañero y mejor amigo de clase. Le comentaba mi encuentro con ese otro compañero F y desde luego mi interés por saludarle y compartir con él un té o similar, a fin de recordar juntos viejos y añorados tiempos.  ¿Cómo recibiría Fj esta carta, franqueada por correo ordinario? Sería su memoria tan puntualmente detallista como la mía, con respecto a nuestra antigua amistad en la infancia?

Al paso de los días, no recibí la esperada respuesta a mi envío. Curiosamente, descubrí que FJ era un asiduo comentarista de las noticias de prensa, escribiendo breves reflexiones en los espacios de la página web dedicado a las aportaciones de los lectores. Sus consideraciones aparecían preferentemente cuando las noticias a las que aportaba su opinión estaban referidas a temas vinculados sobre la naturaleza urbanística. Por el contenido y la forma de sus sensatas valoraciones deduje que se trataba de una persona moderada, muy racional en sus juicios y argumentos, tratando siempre de encontrar puntos intermedios con respecto a los posicionamientos de otros comentaristas que defendían opiniones con un sentido o matiz notablemente más radicalizados.

En modo alguno pasó por mi mente presentarme en su despacho o utilizar la vía telefónica, pues en todo momento decidí que este muy lejano compañero de estudios tuviese la oportunidad de recuperar los recuerdos y de reaccionar con tranquilidad, ante la posibilidad de rehacer una muy antigua amistad de la infancia.  Así  fueron transcurriendo las semanas mientras yo mantenía la esperanza, también la incertidumbre, acerca si FJ habría leído mi comunicación y, en caso afirmativo, ¿por qué no respondía  en uno u otro sentido?

La paciencia compensa con algunos frutos, siempre que se sepa utilizar y dosificar con acierto y mesura. Una noche, en la profundidad del otoño, reparé en un correo electrónico que llegó a mi portal informático firmado por este antiguo compañero. En su breve texto, indicaba que por una serie de reformas realizadas en su despacho de trabajo, mi carta había quedado traspapelada durante muchos días. Se disculpaba educadamente por la tardanza en su respuesta, ofreciéndome, con la satisfacción subsiguiente por mi parte, la posibilidad de que mantuviéramos un encuentro, compartiendo un café o similar, con el objetivo de saludarnos y recuperar los recuerdos.

Percibí, por el tono y contenido de sus palabras, que su memoria no era tan explícita como la mía con respecto a la muy lejana vinculación nuestras personas. Estaba seguro de que no me recordaba con nitidez. Demasiado tiempo, alrededor de unos 55 años, desde que los propios vaivenes escolares separaron esa amistad de la preadolescencia. Su previsible nebulosa mental era perfectamente lógica. MI respuesta a su correo, esta vez utilizando la vía electrónica, facilitó que ambos quedáramos citados para un lunes de octubre, a las seis de la tarde. El punto de reunión no se hallaba lejos de su oficina profesional, curiosamente bastante cercana a un antiguo y elegante edificio donde en aquella lejana década de los sesenta estuvo ubicado el colegio educativo que relacionó  nuestras jóvenes vidas, hoy plenamente dedicado a oficinas y viviendas.

Unos minutos antes de la hora fijada para el encuentro, ya me encontraba en la proximidad de un bar restaurante, con muy suculentos productos a disposición de los clientes, situado en la esquina de nuestra calle “colegial” (a no menos de unos veinte metros del portal de aquella institución escolar que tantos días atravesamos camino de sus austeras aulas. Lo vi llegar pausadamente desde el final de la calle, entre el bullicio callejero a esa hora de plana actividad comercial. Venía caminando por el centro de la calzada, ya que por esa calle sólo circulan en la actualidad los taxis y algunos vehículos que transportan mercancias, para los numerosos comercios que hay ubicados en la zona. Su despacho profesional no distaba más de cien metros de ese lugar. Desde lejos le hice una señal con la mano, gesto que él me devolvió de la misma forma.  En un intervalo de segundos, ambos analizamos el perfil orgánico de nuestras respectivas y castigadas anatomías: la fugacidad del cabello, los indeseados mofletes de la cara, nuestra “excesiva” cintura, la sinuosa curvatura de la espalda… Apenas quedaba nada de la figura de dos niños muy delgados, en su desarrollo infantil de los 10 u 11 años. ¡Cuántos habíamos cambiado!. Casi seis décadas de distancia contemplaban a dos cuerpos extraordinariamente transformados. Físicamente, por supuesto, pero ¿y nuestro carácter?

He de confesar la extrañeza que me produjo el atuendo que FJ había elegido para nuestro feliz reencuentro. Y con esta apreciación no quiero decir que yo me presentara con chaqueta y corbata o zapatos de marca (no representa mi manera de ser) sino que una persona de su categoría profesional, tras seis décadas sin contactar con un compañero de la infancia y en los años de su previsible jubilación, apareciera vestido de una forma tan intensamente divertida y “bohemia”.  En un octubre dulcemente templado, cubria su ahora fornido y pesado cuerpo con una camiseta de tono rosado, sin cuello, en la que se leía con letras moradas un significativo mensaje: DON´T LET SOMEONE ELSE THINK FOR YOU (algo así como “no dejes que nadie más piense por ti”). Llevaba unos vaqueros short y calzaba sandalias de goma para trekking, marca Quechua, por cierto muy desgastadas. Añadía a su peculiar ornato sendos piercings con forma de aros de acero, en los pequeños lóbulos de sus orejas.  Con toda franqueza, no me esperaba esa definida imagen. En modo alguno concordaba con aquel frágil niño de 11 años o con todo un prestigioso señor arquitecto, en su etapa de madurez avanzada.

En los saludos que nos intercambiamos percibí una mal disimulada frialdad, sin duda derivada de no tener bien claro quien era la persona que tenía delante. Posiblemente a mi me ocurría lo mismo pues, en modo alguno, podría relacionar a esa “moderna persona”, de notable o inmensa humanidad, con aquel niño delicado, sensible y extremadamente delgado de los “inolvidables” años infantiles. Para incrementar m. ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ con el FJ que tenron nave e imperativa, de asociacitremadamente delgado de los años infantiles. o el señor arquitectoás el desconcierto que me embargaba o la dificultad de asociación en los planos de la memoria,  estaban los sonidos de su voz, grave y de acelerada dicción. En ese momento se me hicieron nítidos los tonos vocálicos de mi tímido amigo, que nada tenían que ver con el FJ que tenía ante mí.

Fuimos paseando hacia el corazón antiguo de la “urbanitas” malacitana, intercambiando comentarios de temas recurrentes, forzados, inevitables y concordantes con la situación que protagonizábamos. El tiempo en Málaga, los cambios en nuestra ciudad, la cita de profesores concretos, la evolución de nuestras respectivas existencias. Llegamos a uno de los hoteles insignias, con el nombre de la provincia y el apellido nobiliario. Subimos a su elevada terraza y nos sentamos en una de las mesas situada próxima a la barandilla. Desde aquella sin par plataforma divisábamos la vegetación del Parque, las aguas en calma del Puerto, la densidad arborea de una Alameda sin álamos y las cubiertas de una Catedral monumental que “invitaba” silenciosa al fervor de los rezos y las creencias.  Atardecía, con ese color anaranjado que nos habla de un lento adiós, para que pueda llegar a nosotros, con la pausa de los latidos, otro nuevo día.

“¿Te acuerdas de d. Carlos, y su peculiar forma de impartir disciplina? No he olvidado la exquisita caligrafía con que adornaba d. Luis (con esa tartamudez que soportaba) los boletines de nuestras notas. La imagen de d. Francisco el director, entrando en clase y afeando públicamente a d. Miguel, el de Matemáticas, todo ruborizado, que no hubiera pasado por su despacho para recoger de la carpeta el listado de clase, a fin de poder salir un poco antes sin ser visto, me impresionó profundamente. Entonces los profesores fumaban en clase delante de los alumnos, entre otros d. Francisco, un genio de las Matemáticas. Pues d. Rafael, el de Gimnasia, volvió a darme clase en las aulas de Magisterio, allá en el Ejido del magisterio. D. Manuel, el de latín, lo volví a encontrar como profesor de Geografía en la Facultad de Letras malagueña. Curiosamente, la mayoría de los profes eran hombres. Ahora mismo sólo recuerdo a doña Carmen, la que nos daba Francés…”

Y así una larga retahila de inolvidables nombres fueron fluyendo de nuestros recuerdos, todos ellos con esos apellidos en forma de “motes” que alguna vez se les había asignado y del que ya nunca pudieron  liberarse sus “venerables” y respetadas figuras. En un momento concreto de la conversación, entre sorbo y sorbo de las cervezas que ambos habíamos pedido, para disfrutar de la conversación en tan elevada e impresionante atalaya, extraje de mi cartera la foto grupal en blanco y negro, escaneada e impresa que, con fortuna, siempre había conservado. En la misma aparecía nuestro antiguo grupo de clase. Allí estábamos todos, muy niños y alegres, rodeando a la insigne figura del veterano y serio director D. Francisco.  Probablemente la edad de todos nosotros no superaba los 11 años de edad. Como era previsible FJ y yo estábamos sentados juntos, en la primera fila grupal. En ese momento, fue la primera vez que vi a mi interlocutor algo emocionado, pues no recordaba la existencia de esa testimonial imagen. ¡Cuánto habíamos cambiado, desde entonces! A partir de ese instante lo vi algo más abierto y receptivo. Abandonó su inicial y fría actitud de confusión en la memoria y esa “educada” interpretación realizada por alguien que ha acudido a una cita o reencuentro algo forzado, o simulando su escaso y relativo interés.

La tarde continuaba su lenta despedida, para dejar paso con elegancia a la  oscuridad de la noche. Los dos vasos de cerveza estaban ya completamente vacíos y FJ y yo observábamos la preciosa estampa de la Málaga nocturna, intercambiando cada vez menos palabras. Esa foto que yo le había entregado parece que, no sólo a él, sino también a mi, nos había hecho mella. Entre la imagen allí reflejada y nuestra conversación de ese lunes mediaba no sólo un espacio temporal de más de medio siglo, sino la evolución natural de dos personas, que ahora eran lógicamente muy diferentes. Habíamos cambiado notablemente, tanto en lo fisico como en el carácter, en la mentalidad y en la valoración sentimental de las respuestas. Obviamente, nada quedaba de aquella amistad escolar que nuestros apellidos habían favorecido y que la curiosidad me había hecho, vanamente, intentar recuperar. Nos observamos una vez más de manera pensativa y curiosa, comprendiendo que apenas quedaba algo más que añadir. Es muy difícil, inviable, casi imposible, recuperar o tratar de superar seís décadas de silencio y separación. Nos despedimos de una forma amablemente cordial e intercambiamos esos propósitos de seguir manteniendo el contacto, intenciones que probablemente ninguno de los dos pensábamos llevar a cabo. El tiempo pasado hay que dejarlo descansar allá en el misterio de la naturaleza, dormitando plácidamente en las brumas lejanas que parecen nublar los recuerdos.-

    
José L. Casado Toro  (viernes, 14 Septiembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

       

viernes, 7 de septiembre de 2018

ENSÉÑAME A PENSAR.

Esta contrastada realidad sucede en todas las profesiones. El ejercicio de una determinada actividad laboral genera una suma desigual de experiencias que provocan el goce, en unos casos, pero también la incomodidad e incluso el desánimo en otras ocasiones u oportunidades. Esas vivencias, que protagonizamos en mayor o menor medida, pueden significarse con los más variados adjetivos: interesantes, aburridas, agradables, desafortunadas, curiosas, imprevisibles, cotidianas, insólitas, enriquecedoras, rechazables, divertidas, rutinarias, importantes, inservibles, positivas, negativas, cualificadas, inservibles …

Y ello sucede, es conveniente reafirmarlo, en todos los oficios. Su intensidad y variabilidad dependerá tanto de las personas, como de las circunstancias que acompañen al ejercicio de su actividad. En el caso del profesional de la educación, sublime actividad que hemos ejercicio durante inolvidables décadas de nuestra vida, estas “cromáticas” experiencias provienen, fundamentalmente, de un triple origen: En primer ligar de nuestros alumnos, el valor más importante con el que trabajamos y que la sociedad nos encarga, en un importante porcentaje, de dirigir convenientemente su formación, desarrollo e integración en la vida. En segundo lugar, desde sus familias, donde estos niños y jóvenes  protagonizan y conviven la mayor parte de las horas del día. Y, por último, de la propia administración educativa, que sustenta, regula y controla las estructuras organizativas de este imprescindible y decisivo servicio para el colectivo social.

¿Qué profesor o maestro no atesora, en los almacenes infinitos de su memoria, decenas y decenas de vivencias, anécdotas y experiencias, de la más variada naturaleza,  compartidas a lo largo de los años en el seno de la comunidad escolar a la que ha felizmente pertenecido? Estos recuerdos no se borran, sino que permanecen vivos para el sentimiento individual de nuestro pasado (aunque en ocasiones queden “traviesamente” envueltos en las opacas nebulosas del firme discurrir de los años).

En este contexto, el primer artículo de una nueva temporada de relatos (como ya es usual en nuestra costumbre) y siguiendo el cíclico calendario escolar, una vez más va a estar dedicado al vitalista mundo de la educación que, desde la titularidad pública o privada, se ocupa de preparar a las nuevas generaciones para su adecuada integración social, a través de los colegios, los institutos y los centros de formación superior o universidades.

Ocurrió en un ya lejano mes de Junio que, a pesar del tiempo transcurrido, mantenemos con fortuna para la memoria. La tarde se presentaba calurosa, académica y especialmente emocionante, por los sentimientos que a todos nos embargaba. El centro escolar celebraba la graduación de los alumnos de 4º de la E.S.O. Era costumbre que, a finales de cada curso, todo el esfuerzo organizativo estuviera centrado en la fiesta de despedida para los alumnos que dejaban el Instituto, una vez cursado el 2º de bachillerato (etapa final de la formación secundaria) camino del campus universitario. Sin embargo, desde hace unos años, se puso también de moda la saludable costumbre de organizar una agradable y simpática celebración, dedicada a esos otros grupos de alumnos que finalizaban la etapa obligatoria de la secundaria, con la obtención de la primera titulación oficial de su currículo: la graduación en la E.S.O.

Todos los escolares acudieron muy bien ataviados y peinados, con las mejores “galas” que habían podido localizar. Incluso con la chaqueta y corbata para los chicos y el traje largo con los zapatos de altos tacones para ellas (tras una esforzada búsqueda por las mejores franquicias del lugar). Por supuesto, sobre tan emblemáticos atuendos, lucían algunas joyas y una abundante bisutería, adornos y complementos que mostraban con alegre desparpajo y una limpia inocencia desprovista de rubor. Al espectacular desfile, con la entrada de los protagonistas, siguieron unos emotivos discursos, la entrega de las bandas conmemorativas y los diplomas. No faltó la anhelada sesión de fotografía grupal, con todos los alumnos celebrantes acompañados de sus respectivos profesores, ante los sentimientos indisimulados de los padres y familiares, algunos mostrando esas lágrimas en los ojos que tanto expresan y ese ritmo cardiaco que a todos ennoblece. Como tutor de uno de los tres grupos que se graduaban, además de haber ejercido la docencia con otros muchos alumnos de los dos grupos restantes, compartía con ilusión la entrañable ceremonia, intercambiados sonrisas, palabras, parabienes y numerosísimas fotos. Gozábamos de una jornada festiva que potenciaba la amistad, la llaneza, el afecto y ese orgullo por haber cubierto una etapa más en el sublime y difícil ejercicio de la educación, ayudando a tan jóvenes, vitales y receptivas generaciones.

Tras la intensidad festiva de la ceremonia, los alumnos se dirigieron a un restaurante que previamente habían contratado a fin de celebrar una cena y fiesta de “hermandad”, acompañados por algunos profesores y familiares que deseaban estar presentes en tan suculento y emotivo ágape. La dirección del céntrico establecimiento había habilitado un gran salón para que, después de la comida, los protagonistas del evento pudieran realizar sus bailes, al potente sonido de una oportuna discografía, además de los consabidos y simpáticos concursos, entre los que no faltaría las ineludibles sesiones de cantos en karaoke, para  lucimiento de algunos “artistas” y risas en casi todos.

Me ubicaron en una mesa, todo redonda y “grandota” habilitada para diez comensales, teniendo sentada a mi derecha a Neila, la encantadora delegada de 4º A (grupo con el que había ejercido la acción tutorial durante el curso que finalizaba) acompañada de sus amables padres, de origen británico, afincados  desde hacía 11 años en la capital malagueña. Eran personas especialmente educadas que dominaban con perfección el castellano y que profesionalmente estaban dedicados también al negocio de la restauración, como propietarios de un consolidado establecimiento instalado en una calle del casco antiguo de la ciudad, no lejos de esa monumental arquitectura religiosa que es la Catedral de Málaga. Me contaban que en su restaurante ofertaban distintos tipos de menús (a fin de atender la capacidad económica de los comensales) teniendo a disposición de los mismos incluso algunos platos típicos del fast food (comida rápida) platos demandados por los clientes más jóvenes.

Hablábamos de temas más o menos intrascendentes, pero buscando siempre la complicidad de la simpatía, norma fundamental para tan grata velada. En un momento concreto (del interminable y dilatado servicio del menú) esta chica de 16 años, muy trabajadora en sus obligaciones escolares y con excelentes resultados académicos en su expediente, se volvió hacia mi, expresando la siguiente reflexión acompañada de la petición subsiguiente. Estas fueron, más o menos, sus inesperadas y sensatas palabras:

“Profe, aunque soy muy joven, a veces suelo mirar hacia atrás y recuerdo en mi memoria los inolvidables años de la educación infantil, la etapa de Primaria y ésta, que ahora finaliza, de la Secundaria obligatoria. ¡He conocido a tantos compañeros y profesores! En este momento tan especial, resulta emocionante el precioso recuerdo del “largo” camino que he recorrido. Todo parece que fue ayer. En estos años me han transmitido y he aprendido muchos, “infinitos” conocimientos, relacionados con las Matemáticas, la Física y la Química, la Historia, la Literatura, los idiomas, la Ciencia de la Naturaleza, pero… ¿he aprendido a pensar? ¿Me han enseñando a pensar, a desarrollar las potencialidades de mi mente? No tengo tan clara que la respuesta sea afirmativa. Desearía pedirle un favor, como esa gran lección final que deseas recibir de manos de tu maestro. Mucho le agradecería que me enviara unos básicos consejos, seis o siete ideas, no más, que yo debería y podría poner en práctica, para mejorar mi capacidad de pensar. No tenga prisa en hacerlo. Cuando Vd. buenamente pueda. La verdad es que se nos “bombardea” (perdone la palabra) con una gran batería de conceptos y teorías, pero su puesta en práctica o ejercicio es más que relativa. Con tan excesiva y exagerada base teórica difícilmente vamos a poder desarrollar nuestra propia capacidad para pensar con autonomía. Esta opinión que le confieso me viene dando vueltas desde hace tiempo y “eres” el primer profesor a quien se la transmito, precisamente en este día tan especial.”

Verdaderamente, Neila era una adolescente un tanto especial, diferente, encantadora y dinámica. La mentalidad y responsabilidad de su comportamiento resultaba inusual y ejemplar. Poseía un gran predicamento sobre sus compañeros de grupo, que habían visto en ella las cualidades necesarias para ejercer el servicial cargo de delegada, función que desempeñaba con esa mezcla de prudencia, simpatía y “autoridad” que a tantos subyuga. Su intención era matricularse en un bachillerato de Ciencias, siendo la Química una de las materias que más le apasionaba, pues eran muy dada a practicar en casa experiencias con los juegos y libros sobre los elementos quiímicos que sus padres le regalaban, considerando sus específicos gustos. Hija única de Jason y Serena, la bien agraciada joven también destacaba en la faceta deportiva, especialmente en la natación y práctica del trekking, Desde pequeña, por influencia de su madre, una elegante mujer educada en un ambiente donde la música tenía una especial valoración, asistía al Conservatorio del Ejido, trabajando de manera especial el violín.



Le prometí que conociendo su inquietud y necesidad para el ejercicio mental, le iba a enviar vía e-mail algunas ideas y sugerencias con las que, en mi opinión, podría mejorar de manera sensible esa capacidad que ella deseaba potenciar: el recurso maravilloso e “infinito” de la inteligencia. A este fin trabajé en el empeño durante algunos días, con la convicción de que todo lo que le facilitara a esta ejemplar alumna sobre la materia le podría ser de utilidad. Tendrían que ser ideas simples y dinamizadoras, siempre enfocadas a la operatividad de comportamiento para una joven que poseía una asombrosa madurez (no concordante con su edad cronológica). Una semana más tarde, a comienzos de Julio, Neila recibió un largo correo electrónico, remitido por su profesor-tutor. Tras unas consideraciones iniciales, el contenido de las diez reflexiones parece  que resultaron de especial operatividad (así fue la valoración que Neila realizó acerca de las mismas) para una joven adolescente que deseaba mejorar su capacidad de pensamiento y que, a pasos agigantados, se iba adentrando en el protagonismo de su plena autonomía personal.


“1) Cada mañana, tarde o noche, siempre que te sea posible, procura hacerte preguntas acerca de todo o casi todo lo que suceda en tu esfera o campo del conocimiento. Obviamente, la curiosidad es la madre de esos caminos que generan cultura. Una vez planteado ese ramillete cíclico de interrogantes, habrás de buscar y hallar respuestas para los mismos, cuya procedencia y solución puede estar en las más insospechadas fuentes. Ese ejercicio de plantearte preguntas tonificará y madurará tu capacidad intelectiva, disciplinando el ejercicio del pensamiento. Es como un hábito que, a fuerza de prácticarlo, te supondrá cada vez menos esfuerzo.

2) Busca información para dar respuesta a tus preguntas. En esa búsqueda de conocimientos, no te conformes con utilizar una única fuente. Utiliza todas las que puedas. Verás que no siempre “dicen” lo mismo. Tendrás que comparar y contrastar una y otras vías para el conocimiento. A través de esas variadas informaciones e interpretaciones, ve optando por una posición intermedia y equilibrada pues es probable que todas ellas tengan algo de verdad y también algo de error. La interpretación absoluta siempre es discutible. ¿A qué fuentes me refiero? Prensa, radio, televisión, libros, Internet, profesores, investigadores, conferencias, debates, exposiciones, archivos, bibliotecas, etc.

3) Observa y analiza los detalles. Están ahí, muy cerca, pero son muchas las veces en que se nos pasan desapercibidos. Abre bien los ojos y pon a trabajar todos tus sentidos. No olvides que detrás de esos muchos o pocos detalles, que a primera vista puden parecer nimios o de escasa relevancia, puede estar la clave explicativa de aquello por lo que te has preguntado. Sé constante en la percepción de esas “señales” que, en principio superfluas, pueden tener la clave o llave para un contenido explicativo mucho más amplio.

4) Sé humilde e inteligente a la vez. No tengas duda de la siguiente realidad: del “sabio” puedes aprender mucho. Pero también aprendemos de las personas sencillas y modestas, pues todas esas personas que nos rodean pueden enseñarnos mucho acerca de la vida. Ese barrendero, que limpia las calles de tu barrio. Ese anciano, que medio dormita en uno de los bancos del parque. Ese jardinero , que arregla y cuida los parterres y setos de flores. Ese vendedor ambulante, que ofrece sus artesanías exponiéndolas sobre el suelo del tránsito callejero. Ese policía, que vigila y cuida nuestra seguridad. Ese albañil, que coloca con paciencia las hiladas de ladrillos para las edificaciones… Todas esas personas, hombres y mujeres de apariencia modesta, nos pueden enseñar y ampliar el foco explicativo de nuestras dudas e intereses.

5) Lee todo lo que puedas y más. Valora la inmensa cultura que se halla “encerrada” en los millones de páginas que forman los libros de las bibliotecas. Ese será tu principal “alimento” mental. Pero, al tiempo que lees, debes también escribir. Expresa por escrito, o por medio de la palabra hablada, tus ideas, tus pensamientos y reflexiones. Es bueno sustentarse en las opiniones de las grandes “autoridades” pero también hay que crear aquéllas consideraciones que son nuestras. Como dice “fulano”, como dice “mengano” pero… ¿qué dices tú?

6) La mejor forma de dominar un conocimiento es intentar explicárselo a otra persona, para lo que deberás adecuarte a su capacidad intelectiva y peculariedad de carácter. Esa forma o costumbre de enseñar o explicar una teoría o cuestión, enriquecerá notoriamente tu inteligencia, pues aprenderás mejor acerca de la misma, ejercitarás las neuronas cerebrales y anímicamente te sentirás feliz por haber dado un poco de luz a los demás, acerca de lo que sabes o conoces. 

7) Siempre que acudas al cine, acostúmbrate a elaborar mentalmente tu propia valoración crítica acerca de la película que acabas de visionar. Has lo mismo, cuando acudas al teatro  o a una conferencia impartida por un persona cualificada en el tema. Realiza y construye tu propia crónica acerca de lo que has visto y vivido, ya sea desde la pantalla, ya desde las tablas de un escenario o desde el estrado magistral de un conferenciante.

8) Viaja y enriquece tu percepción vital. Cualquier lugar que visites te mostrará otras formas de concebir las manifestaciones culturales y esas peculiaridades acerca de cómo organizan su vida diaria. Observa y analiza las diferentes costumbres en el vestir, el lenguaje que utilizan para su comunicación, la forma de mirar, cocinar o sonreír. Las modalidades de vida que han querido dotarse. Las diferencias y similitudes en los comportamientos, con respecto a todos aquellas formas que utilizamos en nuestras aldeas, pueblos y ciudades. Existen muchas diferencias, a pesar de ese proceso inevitable que nos lleva a la cultura globalizada. Esta atractiva práctica siempre contribuirá a madurar tu pensamiento y esos caminos que adornan nuestra inteligencia.

9) Evita o rechaza la timidez, el recelo o la duda por tener que preguntar. Y si no encuentras pronto esa respuesta, que saciará tu interés, no desesperes. Busca o localiza a otra persona que te pueda aclarar aquéllo que desconoces. Como dicen los aforismos, rectificar es de sabios, pero también lo es el inteligente hábito de preguntar. No hacerlo es de de ignorantes. Y si eres tú quien recibe la pregunta, responde sin arrogancia. La sencillez es un apreciado e inestimable valor.  

10) Y ya, en este momento o por ahora, mi último consejo, querida Neila. Por encima de todos los pensamientos y reflexiones, trata, lucha por ser feliz. Es un objetivo que te puede resultar complicado. Pero, interpretando y aceptando con bondad la forma de ser de los demás, te sentirás mejor, más sosegada y feliz. Trata de “darle la vuelta interpretativa” a la supuesta maldad en los demás. Piensa en bien, en positivo, en el bello camino de la comprensión y la tolerancia hacia los demás. Es una eficaz forma de ponerle sonrisas a ese trocito de tiempo que corresponde a nuestras vidas.

Creo sinceramente que algo de lo que te he escrito y sugerido (tal vez me haya extendido en demasía) puede ayudarte en ese camino hacia el ejercicio, no sólo en el cultivo del pensamiento, sino también en el espléndido proyecto de vida que te contempla. Serán días y noches, que tú habrás de construir y rehacer con esmero. Que goces de un feliz verano y que mañana, ahora y siempre, podamos continuar con nuestro enriquecedor diálogo”.

Así fue la inesperada e insólita pregunta o sugerencia de la joven Neila. Así fue la respuesta de su profesor y tutor.-



José L. Casado Toro (viernes, 7 Septiembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga