viernes, 14 de diciembre de 2018

UN INVITADO MUY ESPECIAL, A LA CENA FAMILIAR DE NOCHEBUENA.

Ya avanzamos por este Diciembre ritual, generosamente repleto de conmemoraciones y fiestas encadenadas para los mejores deseos. Son días entrañables en los que se mezclan las buenas palabras, los intercambios de regalos, las suculentas y copiosas comidas y bebidas, todo ello bajo un marco cromático de juegos de luces que embriagan la nitidez de tantas y próximas realidades. Estas lúdicas fechas del calendario van señalando el destino imparable de un almanaque que a poco pondrá el fin de otra anualidad, en el acerbo reflexivo de nuestras densas memorias. Y entre las numerosas efemérides a celebrar destaca, con luz propia y fraternal convivencia, la siempre emocionante cena familiar de Nochebuena, en la víspera nocturna del día de Navidad para el calendario cristiano.

Se trata de una Noche diferente, entre todas aquellas cenas que llevamos a cabo durante los 365 días que conforman el año. En esas horas previas a la medianoche, las personas mezclamos tres elementos o factores que iluminan de sonrisas y magia la muy insustituible celebración. El primer factor se escenifica con los gestos amables y cariñosos del necesario reencuentro familiar. En ocasiones son afectos y parientes con los que no se ha tratado en los meses previos. Incluso algunos de estos miembros han de desplazarse desde lejanos orígenes, a fin de estar junto a sus próximos de sangre y parentesco. Esta reunión, como segundo factor, se caracteriza por tener su ámbito de desarrollo en el hogar parental, descartándose el desplazamiento a cualquier otro local de restauración que, por otra parte, tampoco estaría a disposición del público, pues sus empleados y propietarios también permanecen durante esa noche diferente en el seno de sus propios hogares. Y como tercer elemento de unión, para estos dos componentes citados, el sentarse todos los asistentes en torno a la mesa comensal, para compartir los saludos, las palabras, los gestos, las sonrisas y el cariño, junto a una copiosa ingesta de alimentos, que pone a prueba la capacidad de nuestros estómagos para su más que difícil y complicada digestión y asimilación.

En el “acomodado” domicilio de la familia Sensial Calahorra, todo es una divertida tensión durante la mañana del 24 de Diciembre. Los preparativos para la gran cena de esa Noche mantienen ocupada plenamente la actividad de Beno (Benito) y Nema (Nemesia). Ambos forman un matrimonio de mediana edad, que no quiere dejar detalle suelto alguno, a fin de que la reunión familiar de esa noche resulte perfecta y agradable, ante el siempre esperado reencuentro navideño. Mientras Nema, copropietaria de un gabinete de psicología y organización técnica para la autoayuda, apenas abandona la cocina, ayudada por la sobrina del conserje del bloque en el que tienen la residencia, su marido Beno, un técnico especializado en la organización de redes y programación informática, ha salido con un suculento listado de últimas compras camino de la Casa Mira, establecimiento de elevado prestigio en productos y dulces de Navidad.  Sus dos hijos, Máximo (estudiante de segundo curso en el grado de Ciencias Económicas) y Loreto (alumna de un Instituto de Secundaria, donde estudia el segundo curso del bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales) pasan la mañana con sus respectivas parejas celebrando, junto a un grupo de amigos y compañeros, el inicio de las vacaciones escolares para la entrada del Invierno. 

A esta entrañable cena de Nochebuena han sido invitados los más directos familiares: las abuelas Florencia y Palmira, los tíos Héctor y Julia, con sus hijos Pipo y Dana, además del tío Abraham, el soltero de la familia, mientras que la otra tía, Sor Custodia, ha excusado su presencia, ya que como religiosa del Santo Rosario, comunidad en la que profesó tras quedar viuda hace ya más de  tres lustros, se debe a sus obligaciones conventuales. Explicó a su hermana que ha de seguir los oficios religiosos de la comunidad, aunque promete en sus devotas oraciones e invocaciones marianas, para esa noche tan especial, pedir con fervor por la salud espiritual y física de todos sus familiares. En total, el grupo de comensales lo van a conformar once miembros, vinculados por sus diferentes edades a tres generaciones de una familia bien avenida aunque de trato espaciado, debido a sus obligaciones profesionales en el caminar individual de cada uno de los días.

Ya en la sobremesa del almuerzo, que sólo realizó el atareado matrimonio (pues tanto Máximo como Loreto llamaron para avisar que se quedaban a comer con su panda de amigos,) otra llamada, inesperada, provocó la sorpresa de Beno. Al otro lado de la línea hablaba el tío Abraham.

“Perdona que os llame a esta hora, pues tal vez estáis descansando un rato ante la festiva cena que tendremos dentro de algunas horas en vuestro domicilio. El caso es que … no puedo dejar solo en su casa, durante una Noche tan especial, a un amigo íntimo y muy querido que tengo desde hace meses. Se llama Feliciano y vive sólo, pues al igual que yo no ha podido formar una familia. Algunas veces le he pedido que venga a casa a comer algo, pues el pobre hombre está bastante mal de dinero y sé que más de un día se ha ido a la cama con apenas un café en el estómago. Beno, te hago una pregunta y me la respondes con franqueza. Yo entenderé y comprenderé sin problema cualquier respuesta que me des. ¿Sería para vosotros mucho sacrificio sentar a uno más en la mesa? Si es por la comida, yo comparto mi parte gustosamente con e﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ustosamente con ñida, yo comparto la mia con ueza. Yo entenderido que venga a casa a cenar, pues estéste mi buen amigoesésteéste mi buen y entrañable amigo. La verdad es que se trata de un caso de conciencia. No puedo dejarle solo, pues es dado a las depresiones y está pasando una mala racha. Temo con angustia que cualquier día me de un disgusto cometiendo una locura”.

No pasaron ni cinco segundos, cuando Feliciano recibió una sincera y bondadosa respuesta. “¡Venga hombre! No me lo tenías ni que haber pedido. Te vienes a casa con tu amigo esta noche. No hay más que hablar. Donde comen dos, pueden comer cuatro. Ya nos lo enseñó Jesús: todos somos hermanos. En la Última Cena, Él mismo no habría permitido dejarlo abandonado en su soledad. Aquí os quiero ver un poco antes de las nueve”.

“No me esperaba menos de tu siempre gran corazón. Eres un ángel, al igual que Nemesia. ¡Qué pareja tan maravillosa formáis! Dios os lo pagará con creces. El caso es que … no sé como explicártelo. En la vida de Feliciano hay un elemento más que, para él, forma parte indisoluble de su propia vida. Se trata de su … gato, con el que lleva conviviendo desde hace ya casi una década. Se llama Lucifer. Me cuenta que lo encontró una tarde abandonado junto a una escombrera, casi recién nacido, emitiendo pequeños maullidos y a punto de fenecer. La pobre criaturita temblaba aterida de frío. Lo llevó a su casa y supo cuidarlo con un cariño inmenso, hasta convertirlo en un excelente compañero y en una mascota de gran categoría. Cuando voy a su domicilio, lo veo cada día más gordinflón, extremadamente peludo de un color mezcla entre negro, blanco y un marrón claro. Aunque a veces es zalamero, sabe mostrar un orgullo y clase felina digna del mayor elogio. El color de sus ojos es magenta o fucsia, aunque por las noches, en la oscuridad, parece que se torna en un tono más bien verdoso. Feliciano no querría dejarlo solo en casa, pues si no ve a su amo cerca de él se niega a tomar bocado. ¿Podemos llevarlo? Te aseguro que no molestará. Lo podemos trasladar en su gran jaula y lo ponemos delante del televisor, porque le gusta mirar fijamente a las pantallas que muestren colores”.

Tras resumir Beno a Nema, entre sonrisas, el contenido de la llamada de su hermano, el matrimonio hacía cábalas acerca del número total de comensales que celebrarían la cena de Nochebuena. En total sumaban 12 miembros, más la presencia zalamera de Lucifer, un gato caprichoso que se negaba a tomar alimento sin la presencia de su amo. El matrimonio rió con fuerza  toda esta curiosa historia del amigo íntimo del tío Abraham.

A partir de las 8 de la noche fueron llegando los familiares al domicilio, cruzando las palabras y los saludos amables con esos besos y abrazos para lo fraterno de la reunión. Los primeros en tocar el pulsador del portero electrónico, ya que a Demetrio el conserje, la comunidad le había dado permiso para quedarse con su familia en esa emblemática tarde, fueron Julia y Héctor, con sus hijos Pipo y Dana. Antes de llegar, se habían pasado por el domicilio de la abuela Florencia, para recogerla y traerla con ellos en el coche. Beno había hecho lo propio con su madre Palmira, a eso de las seis, con lo que sólo faltaba por llegar el tío Abraham, acompañado de su amigo Feliciano y el gato Lucifer, trio que apareció poco antes de las nueve. El muy gordinflón felino venía tiernamente acomodado en una gran jaula, recostado entre mullidos y bien decorados cojines. Sus traicioneros y cálidos ojos pronto deslumbraron y cautivaron a todos los presentes. Pronto comenzaron a sonar por los altavoces inalámbricos, que Loreto había instalado junto al luminoso árbol de Navidad, el buen cargamento de villancicos tradicionales, que su primo Pipo se había comprometido a traer en los repletos archivos de su Iphone. Las miradas “solapadas”  de unos y otros centraban su curiosidad en la famélica humanidad (a este hombre le faltaba el alimento, no cabía la menor duda) del amigo Feliciano, bien arropado por el tío Abraham, un peculiar invitado quien, ante las expectativas de esa gran familia, fue desvelando, con hábil y fluida palabrería, algunos retazos de su “complicada” existencia. ¿Conocemos algo de su vida?

Feliciano Laredo Sebastián era natural de Tetuán, hijo único de un padre militar débil ante la bebida, que estuvo por Marruecos destinado en los tiempos “gloriosos” de la soberanía española. Apenas adolescente, acompañó a sus padres en la vuelta de éstos a la península, concretamente a Málaga, donde instalaron su residencia de manera definitiva. Mal estudiante, pero hábil en el trato coloquial con la gente, se fue ganando difícilmente el alimento con el ejercicio de diversos oficios ocasionales y sin arraigo. Sin embargo, desde hace un par de décadas pudo tomar conciencia de su capacidad para ganar esas necesarias pesetas o euros a través de la difícil y abnegada venta ambulante. Su fluido y hábil don de palabra le facultada para reunir alrededor suya a muchos de los viandantes, a fin de ofrecerles, desde su pequeña mesa expositora sobre la vía pública, las “excelencias” de productos útiles para la cocina o el resto del hogar. Se aplicaba a este oficio con la convicción de su sutil “verborrea” complaciente y fácil para los deseos y desánimos de los transeúntes curiosos. ¿Qué solía vender? Exprimidores que no dejaban gota alguna en los frutos para zumos, peladores y cortadores de frutas y hortalizas. seguros y sin peligro para sufrir cortes en las manos, colonias embriagadoras para el amor y la amistad, sorprendentes jarabes contra el mal del insomnio, efectivos “crecepelos” para alopecias consolidadas, cremas milagrosas por sus efectivos resultados para tratar y curar diversos problemas en la piel y esas incómodas y traicioneras arrugas estéticas, a consecuencia de la edad, etc. En definitiva un cualificado charlatán, con muy escasos “cuartos” en la pobreza material de sus bolsillos. Sus progenitores habían fallecido hacía décadas y este hecho había incrementado la cruel soledad de una persona difícilmente abierta o predispuesta para la vida matrimonial.

Los villancicos seguían sonando “a toda pastilla”, mezclándose los muy populares Campana sobre campana, A Belén pastores, los Peces en el río, el Arre burro arre y la Marimorena, con los más sosegados Noche de Paz, la Blanca Navidad y el siempre recurrente Tamborilero. Nema daba los últimos toques a la mesa comensal, a la que no faltaba detalle alguno, bien ayudada por su sobrina Dana y por Loreto, las dos primas que reían y reían, súper motivadas por alguna copa de más que ambas habían tomado a hurtadillas de sus padres. Las dos abuelas Palmira y Florencia, sentadas junto a un radiador de aceite situado en una esquina del salón, suspiraban una y otra vez recordando la ausencia de sus inolvidables deudos y añorados esposos, Expedito y Policarpo, respectivamente. Ante la televisión y con sendas copas que cada uno de ellos se habían servido del muy repleto mueble de las bebidas, Benito, Héctor, Abraham y su íntimo Feliciano, comentaban temas intrascendentes, esperando la llamada de la anfitriona para que cada cual ocupase su lugar en la espléndida y bien montada mesa de celebración. No pasaban más de cinco o seis minutos para que Feliciano se excusara, una y otra vez, a fin de acudir al cuarto de Máximo. Allí habían recluido a Lucifer, quien dormitando sobre una buena “tabla de cojines” sobre la alfombra y mirando el pequeño monitor de televisión, se negaba a tomar su comida especial para gatos si no estaba su amo presente.

La cena resultó espléndida, en contenido y forma. Variados, suculentos e indigestos entremeses ibéricos y una gran fuente de mariscos variados. A continuación, degustaron un sabroso y reconstituyente caldo caliente, procedente de gallinas de corral, sembrado con hojitas de aromática hierbabuena. Con ardientes vítores, apareció el gran pavo trufado, con guarnición de verduras asadas, patatas gratinadas con quesos fundidos en crema picante de Oporto y paté francés, manjar que mereció los elogios unánimes de los asombrados comensales. El postre fue un digno colofón a tan exquisito ágape: un gran bizcocho tartero, realizado con harina integral, bañado en whisky macerado con hierbas provenzales, daba forma a una gran “piscina” de chocolate belga negro fundido, con una cubierta modelada de frutos secos rojos del bosque. Flanqueaba el lustroso y espectacular postre, por sus cuatro lados, una habilidosa labor barroca de dulce de leche espolvoreado con diversas semillas caramelizadas con azúcar de azahar. Los caldos etílicos para digerir tan copiosa ingesta eran de reconocidas marcas, graduación y color. Verdaderamente Nemesia, a quien Beno conoció en una selecta confitería donde trabajaba para pagarse los estudios de psicología, siempre se había caracterizado por ser una artista en todo lo relativo a la cocina, especialmente en la elaboración de repostería y otros postres de alta cocina.

Tampoco faltaban los recordatorios. Palmira no se detenía en mencionar, con nostálgicos suspiros, a su deudo Expedito, mientras la abuela Florencia entonaba en voz baja los villancicos de su ya lejana infancia, ayudada de la música que seguía alegrando el ambiente, ante las miradas divertidas y cómplices deraces ﷽﷽a y alg suspiros,a eran de reconocidas marcas, graduacio, clavos, alicates, sierra y algde todos sus nietos. Feliciano se excusaba por levantarse de la mesa, entre plato y plato, pues se le veía inquieto ante “lo que estará haciendo mi Lucifer”, con la comprensión cariñosa y sonriente de su afecto e inseparable amigo Abraham.

El lustroso y muy generoso ágape no finalizó hasta pasadas las 12 de la noche. A esa hora del inicio de una fría y húmeda madrugada, los más jóvenes estaban citados con sus amigos, a fin de “seguir haciendo la larga Noche”. Minutos antes de esa hora, ya se habían despedido, con los besos y abrazos de rigor, recibiendo con jocosa resignación las advertencias propias de sus padres, a fin de que que fueran responsables y no cometieran travesuras peligrosas.

A poco de la marcha de los más jóvenes, los mayores también consideraron de que el momento para las despedidas había llegado. En ese relamido ritual de los saludos cariñosos y de palabras agradecidas, siempre amables y con afecto, algunos de los presentes repitieron divertidamente los cálidos gestos, en algún caso, a consecuencia de ese traicionero y divertido alcohol que, disimulado entre la copiosa ingesta, provoca la equivocación en nuestros ya adormilados controles. Héctor y Julia, al tener ahora tres asientos libres en su vehículo, se ofrecieron a llevar a las abuelas quienes, ante una televisión que seguía “hablando” para un auditorio que hacia tiempo había dejado de prestarle atención, estaban literalmente sumidas en el mundo de los sueños, dando pendulares cabezadas tras cabezadas, con la acústica placenteras de los ronquidos. Alguien pronunció esa consabida frase que todos estaban pensando “Con todo lo que no se ha comido, vais a tener menús para varios días”. Nemesia asentía con un gesto inevitable de la cabeza y ofrecía “¿no queréis llevaros algo de la comida sobrante… porque en el frigorífico apenas tengo ya hueco para nada. Os preparo algunos “tuppers” y ya resolvéis el almuerzo de Navidad?”. En ese momento, la abuela Palmira abrió sus grandotes y cansados ojos, entrando de lleno en una de esas frases finales ingeniosas para las despedidas. “Tengo en casa unas hierbas de Santo Toribio de los tres perdones, que son milagrosas para las malas digestiones y los “flatos” de barriga, aunque también alivian las almorranas”.

Amaneció un siguiente día gratificado por el sol, pero refrescado por la intensa humedad propia de una ciudad acariciada por el mar. Era ¡el 25 de Diciembre! núcleo central e insustituible de las fiestas navideñas. Beno y Nema dejaron las sábanas, cuando ya habían sonado las 11 campanadas en la basílica catedralicia. El matrimonio desayunó sólo un par de tazas de café con leche y sendos trocitos del insustituible bizcocho panettone. Máximo y Loreto aún no habían regresado de sus noches locas de pandilleos, así que el matrimonio Sensial Calahorra decidió arreglarse un poco e ir hacia la zona centro, a pasear por entre los jardines del Parque y de paso distraerse recorriendo los bien montados puestos de artesanías y Sabores de Málaga, instalados en ambos laterales de ese gran espacio verde que adorna la ciudad. Nemesia, por naturaleza bastante presumida, se estuvo “acicalando” por si se encontraba alguna vecina o amiga inesperada. Ya todo arreglada, un poco más tarde del mediodía, empezó a rebuscar por entre su tocador y entre los dos joyeros que tenía en el primer cajón. Beno se quejaba de lo que tardaba su cónyuge, aunque obviamente ya estaba acostumbrado a estas habituales e interminables esperas.

“Es que no encuentro mi Rolex. Hoy lo quiero lucir pero, por más que miro y rebusco, no lo veo en ninguno de los joyeros. El caso es que también la esclava con las esmeraldas, tampoco está en su sitio. Me la puse hace un par de semanas, cuando fuimos a la fiesta de las bodas de plata que dio Clarita en su chalé. ¡Que cosa más rara. Precisamente las dos alhajas más valiosas y encariñadas que poseo no están en su lugar! Esto me da muy mala espina. Me están entrando unos sudores … porque no quiero ni pensar que se puedan haber perdido. Santo Dios ¡Pongo la mano en el fuego, Beno, que yo no los he tocado desde la fiesta de Clarita, hace quince días!”

A pesar de su intensa búsqueda, las dos preciadas joyas no aparecieron, para desesperación de su muy aturdida propietaria.-

UN INVITADO MUY ESPECIAL, A LA CENA FAMILIAR DE NOCHEBUENA


José L. Casado Toro  (viernes, 14 Diciembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 7 de diciembre de 2018

UN ORIGINAL SORTEO, EN EL COMPLICADO ANDAMIAJE DE CADA DÍA.

 La estación otoñal continúa su contrastado y puntual caminar influyendo, de una u otra forma, sobre nuestras peculiares y aventureras vidas. En lo meteorológico, aquí en el sur peninsular, alternamos los días de lluvia e incómoda ventisca con otras jornadas soleadas y de placidez térmica que ayudan a templar nuestros bien necesitados organismos. Y en el ropaje social de la ciudad, aparecen ya colocadas y al servicio del sentimiento navideño y la vorágine consumista, miles de bombillas de todos los colores (con la tecnología led) que ponen esa nota de alegría y entusiasmo en el tono de nuestro espíritu, ante la proximidad de las fiestas de Navidad. No olvidemos tampoco la presencia, siempre fiel por estas fechas, de esos entrañables y simpáticos pequeños puestecitos y tenderetes, con abundante mercancía de motivación específicamente navideña, complementados con otros puntos de venta en los que se oferta una variada, atractiva, laboriosa y muy útil artesanía, especialmente pensada para todos esos regalos que generan sonrisas y los mejores recuerdos y afectos repartidos entre familiares, amigos y conocidos.

Muchos son los que pensamos que los más apetitosos dulces navideños son aquellos que se consumen, precisamente, muchas semanas antes de las entrañables efemérides de Nochebuena, Navidad y fin de Año. Y es cierto, pues para cuando llegan esas emblemáticas fechas, nuestros organismos están ya bien saturados de mazapanes, turrones y mantecados, cuya venta ha estado disponible en tiendas, supermercados y grandes área comerciales desde finales de septiembre. Como en tantos otros factores de nuestras costumbres, el dulce de Navidad también va asumiendo esa deslocalización temporal, lo que provoca que, al llegar la fecha más propicia para su consumo, nuestro organismo ya no los reciba con la alegría de antaño, en que su fijación temporal estaba más concentrada y sincronizada con los eventos festivos de diciembre.

Esa desubicación temporal afecta también al siempre esperado sorteo del 22 de diciembre, con la lotería del “Gordo de Navidad”. Apenas ya nos extraña que los décimos de este insustituible sorteo comiencen a venderse en el térmico y veraniego mes de agosto. Aunque la mayoría de los participantes se tengan que conformar con algún “reintegro” “pedrea” o la complaciente frase de ”el mejor premio es la buena salud” siempre es divertido el “monótono” sonsonete y retahíla de las voces infantiles protagonizadas por los alumnos de San Ildefonso, cantando los números y los premios insertos en las miles de bolas dispuestas para la fortuna. Todo el año está densificado de variados y cada vez más consolidados sorteos y apuestas benefactoras, tanto para las numerosas entidades sociales necesitadas, como también para esa gran otra olla reguladora de inversiones, pagos y pensiones que es la Hacienda pública estatal. Sin embargo, el lúdico y nacional sorteo del 22 de diciembre siempre mantendrá ese sabor y tono especial a todo el ayer y al pasado de nuestras infancias y adolescencias, institución popular que bien sustenta el sentimiento indeleble de la memoria.

Focalizamos la historia de hoy en la precaria situación laboral protagonizada por tres jóvenes graduados, que hace ya dos cursos académicos obtuvieron su titulación universitaria en la rama de Publicidad y Relaciones públicas. Como a otros cientos de miles de graduados, les ha tocado vivir en la actualidad una etapa social bastante complicada y “deshumanizada” en el contexto del muy competitivo mundo de lo laboral. “Estudias para lo que te gusta y crees que sirves, topándote de bruces con el difícil e insolidario mundo empresarial, con esos repetidos y desalentadores noes y “portazos” cuando te decides a llamar, una y otra vez, a sus blindadas y muy calculadoras puertas”. Este es el trágico y realista pensamiento que anida en las mentes de estos tres amigos y compañeros y también en los sentimientos de otros muchos miles de diplomados que ansían conseguir, legítimamente, una imprescindible estabilidad profesional.

Meli, Damo y Helio (son los nombres coloquiales de Amelia, Dámaso y Heliodoro, respectivamente) se conocieron en las científicas y dinámicas aulas universitarias. Intimaron desde su vinculación relacional y han sabido sustentar una proximidad en la amistad, consolidada no sólo en ese inolvidable lustro de convivencia estudiantil, sino que, una vez obtenida la titulación, se propusieron colaborar de alguna forma en el ejercicio de la actividad para la que habían sido académicamente formados. Bien es verdad que en un principio cada uno intentó ”hacer la guerra por su cuenta” buscando un acomodo o trabajo a través de las prácticas profesionales realizadas en diversas empresas. Pero más pronto que tarde, tras la cruda realidad de no poder continuar trabajando en esas y otras entidades, para las que habían dedicado meses de entrega animosa y esfuerzo responsable, decidieron unir sus voluntades formando un equipo profesional de amigos, con el sano objetivo de buscar una salida o camino laboral digno para sus bien legítimas y humanas expectativas.

Comenzaron a colaborar en la realización de algunos encargos parciales, integrados en proyectos de una mayor envergadura. Pero esa limitada y breve oxigenación económica que les reportaba sus muy intensos esfuerzos, en modo alguno sustentaba la necesaria estabilidad que todos ellos apetecían. La escasa compensación económica que recibían por esas colaboraciones no concordaba con sus necesidades materiales básicas, por lo que tuvieron que seguir manteniendo la vinculación, tanto en residencia, alimento y básicas necesidades, con sus tres respectivas familias. Esa situación de dependencia parental en modo alguno les agradaba. Necesitaban por su edad (los tres amigos se encontraban en la horquilla cronológica de los veintinueve y treinta años de edad) desvincularse de  la carga económica que suponían para sus padres, que en modo alguno nadaban en la abundancia económica sino todo lo contrario. Estaban dispuestos a “echarse a la calle” a fin de hallar una salida autónoma para sus propias vidas, liberando a sus familias de la carga que ellos representaban.

A este fin necesitaban localizar y contratar, de manera prioritaria, un local apropiado en donde estabilizar la sede física de la oficina publicitaria que deseaban fundar. Pero en primer lugar emprendieron las gestiones administrativas necesarias para declararse como autónomos jóvenes emprendedores. A continuación, comenzaron a buscar la sede apropiada para su nueva y joven empresa. Fue precisamente Helio, el más imaginativo y dinámico en su personalidad de los tres amigos, quien aportó una luz propicia para los afanes empresariales que a los tres embargaba. Un tío abuelo de su madre, el “tío” Gracián, siempre vinculado al negocio de la distribución de garrafas y botellas de aceite, para las grandes áreas comerciales, los supermercados y los comercios minifundistas, disponía de varios almacenes en los polígonos y naves industriales de la ciudad. Dada su avanzada edad, había ido vendiendo paulatinamente esos locales y almacenes, pues entendía que era hora ya de disfrutar una merecida jubilación, bien ganada con tantos años de trabajo y esfuerzo.

Hablaron con este veterano empresario y muy comprensivo familiar de Helio, quien les confió  la existencia de un pequeño local de su propiedad, sito en uno de los polígonos industriales de Málaga. Era uno más de los espacios que él había utilizado para el almacenaje de garrafas de aceite, previas a su distribución por el comercio menor. Pretendía desembarazarse del mismo, por lo que lo había puesto en venta. Como las ofertas de precio de los posibles compradores no le satisfacían, había pensado ponerlo en alquiler. Ante la petición de su sobrino, portavoz de los otros dos compañeros, explicándole las características de la empresa de autónomos que habían creado, se mostró  dispuesto a cederles el local, fijándoles una tasa de alquiler mensual más bien baja: 350 euros, prácticamente testimonial si se analizaban el precio medio del mercado para los alquileres de las propiedades inmobiliarias. Obviamente la “nueva sociedad” tendría que afrontar los gastos necesarios para las reformas básicas, en albañilería y electricidad, además de la adquisición de un adecuado mobiliario, a fin de reconvertir ese viejo y no muy grande almacén en unas adecuadas oficinas para trabajar y atender a los futuros clientes. Lógicamente, los gastos de electricidad, agua y otros tributos municipales también estarían a cargo de los nuevos inquilinos.

A pesar de su entusiasmo, los números de la aritmética comenzaron a “imponer su ley”. Decidieron sumar algunos “sacrificados” ahorros, procedentes de esas cartillas bancarias que los tres mantenían para los momentos de carencias. Los familiares también contribuyeron con algunas aportaciones, pero las necesidades de liquidez superaban en mucho la disponibilidad acumulada con tanto esfuerzo voluntarista. En este momento inicial de la nueva empresa, un miembro del equipo aportó una interesante vía, a fin de sostener los gastos en los que se habían embarcado. Los padres de Meli mantenían una interesante vinculación familiar con el director de una caja de ahorros: Mateo de la Ermita. este agradable ejecutivo de la entidad financiera, les escuchó con atención y tras las correspondientes gestiones administrativas con la central bancaria, puso sobre la mesa la posibilidad de un préstamo de no muy elevada cuantía, a devolver en un plazo razonable de tiempo. El interés financiero del mismo era asumible, siempre que la máquina de esta pequeña empresa comenzase a funcionar con una cierta credibilidad y eficacia.

Pero como tantas veces ocurre, recuérdese el tradicional “cuento de la lechera”, los buenos resultados para nuestros esfuerzos no resultan tan acelerados para nuestros deseos, a fin de construir esa bella estructura que hemos edificado (sin grandes fundamentos) en los espacios etéreos de nuestra mente. El voluntarioso y animoso trío de profesionales publicitarios estaba endeudado “hasta las cejas” (expresión ilustrativa en la acepción popular) pues unos pequeños, espaciados y “terciarios” encargos profesionales en modo alguno generaban los ingresos suficientes que eran en urgencia imprescindibles para solventar el pago de todas esas facturas que se iban acumulando. La impaciente e inamistosa montaña de los débitos provocaba la desesperanza tensional. Los números seguían sin cuadrar en la rígida aritmética de la contabilidad empresarial. Algo había que hacer para salvar GESFIPLUB (Gestión y eficacia publicitaria, nombre que habían ideado para su joven empresa) y el tiempo apremiaba con  descaro, se iba acortando sin complacencias para salvar a una pequeña sociedad, sumida en la “selva” competitiva y egoísta de lo social.
 
Fue una vez más la agudeza imaginativa de Helio Mariscal quien pudo las bases de un pequeño pero potencial proyecto del que podrían fluir inconcretos fondos oxigenantes para poder “resistir” en esa lucha que tres admirables voluntades protagonizaban, en aras de labrar un futuro profesional creíble y mínimamente eficaz. Las fechas de la Navidad se iban acercando en el caminar innegociable del calendario. Esa tarde de Octubre, Helio solicitó que les sirvieran tres cafés procedentes de un pequeño bar situado a unos 15 metros de su bien remozado (por los adornos florales de Meli) local. Reunió a sus dos compañeros de empresa y puso sobre la mesa una muy curiosa e inteligente propuesta.

“Sé que alguno, probablemente a todos nosotros, se nos ha pasado por la cabeza la drástica y desacertada idea de “tirar  la toalla”, argot que procede del boxeo profesional. Precisamente esa dura y noble modalidad deportiva que, por supuesto, en modo alguno me agrada, ha sabido motivarme para buscar salidas urgentes al muy evidente agobio financiero en el que nos encontramos. Sería de necios no ser realista, ante la penosa situación que nos persigue. Pero también sería una cobardía quedarnos de brazos cruzados y agachar la cabeza con la mímica drástica de la derrota. Es evidente que necesitamos “liquidez” monetaria y ésta ha de llegar de manera urgente. “Dándole a la cabeza” una y otra vez he imaginado un esquema que a modo de idea nos puede reportar esos ingresos perentorios, que nos posibilite continuar en nuestro camino por hallar un hueco en el tráfico publicitario local e incluso regional. Os explico sintéticamente la propuesta.  Os ruego que no me interrumpáis mucho, pues es sólo un esquema o proyecto cuyos flecos habría que cortar y pulir, en el caso de que este proyecto o posibilidad lo veamos viable . Cuando termine de explicarlo, respondo a todas las preguntas y objeciones. Vamos a ello”.

“La idea es que a través de las páginas de Internet propongamos una rifa, en vinculación con los números del sorteo de la lotería de Navidad. Hacemos participaciones on-line, para tres grandes y “suculentos” premios, coordinados con los números del primer, segundo y tercer premio de ese sorteo navideño. El precio de las participaciones numeradas y nominativas sería muy asequible, para quien desee adquirirlas. No más de dos euros cada una. Por supuesto los nombres de los adquirentes quedarían registrados en una base de datos. Son 100.000 números y boletos posibles, que corresponden a las bolas que llenan el bombo del sorteo de Navidad. Y sólo tres de esos números se llevarán los premios que sorteamos. En el supuesto (irreal) que vendiéramos todas las “papeletas”, haríamos una recaudación de 200.000 euros. Por supuesto, habría que pagar a la Hacienda Pública el 20 % correspondiente al ingreso que hayamos tenido por esta venta, a fin de evitar problemas tributarios. Y ahora vamos ya a los premios que podríamos sortear, vinculados a los tres números que resulten agraciados en la lotería cantada por los niños del Colegio de San Ildefonso. Por supuesto, han de ser unos premios atractivos y creíbles. Os aclaro que ya me he puesto en contacto con diversas empresas, para informarme y establecer una valoración del coste aproximado de estos productos que recibirían los boletos ganadoresbricas, bodegas Jijonaatractivas de turronesxviableva y joven empresa. ”.

“En realidad, los tres premios son en sí mismos de gran interés, bajo mi punto de vista. Incluso me atrevería a afirmar que para muchos el tercer premio podría ser incluso más interesante que el primero o el segundo. Os explico mi idea acerca de lo que podríamos sortear, entre otras muchas opciones, por supuesto”.

“Habría un premio, que podría ser el primero, por la significación navideña para el consumo alimenticio. Sería una MACRO CESTA DE NAVIDAD, en la que no faltarían los productos ibéricos de la mejor calidad y marca consolidada: el jamón de bellota pata negra, los lomos embuchados de la misma categoría, diferentes tipos de quesos, salchichones, butifarras, chorizos, las conservas vegetales y cárnicas más atractivas, el salmón ahumado y el caviar ruso, los dulces, mantecados alfajores y mazapanes, todas las modalidades atractivas de turrones, con preferencia los de la marca Jijona, los vinos licores y cervezas de las mejores fábricas, bodegas y añadas, los chocolates y los bombones más exquisitos, con ese nivel de cacao no inferior al 80 %. No se me ha olvidado un gran “ramillete” de frutas de origen tropical y otras procedencias de las más significadas regiones hispanas, etc. etc. Una “alacena” de Navidad que causaría impacto y emoción irrefrenable para quien la recibiere. Me han dado diversas cifras para el coste de esta gran cesta, oscilando los precios entre una horquilla de 2.000 y 2.500 €”.

“El boleto con el número del segundo premio de la lotería, sería agraciado con un sugerente VIAJE DE VACACIONES de ocho días de duración (7 noches) para dos personas mayores de edad, en un gran hotel bajo el régimen de pensión completa (desayuno, almuerzo y cena). El establecimiento hotelero tendría la categoría de cuatro estrellas. ¿Dónde sería la estancia?. Este inolvidable periplo vacacional sería elegido entre Mallorca, Tenerife o las islas Azores. El transporte de los afortunados hasta el punto de destino y la vuelta a su lugar de residencia también estaría recogido entre las condiciones contractuales de la agencia de viajes. Los traslados desde el aeropuerto hasta el hotel y viceversa que le correspondiera, obviamente también están contemplados. Algunas empresas y agencias de viajes me ofertan en el paquete la gratuidad incluso de hasta cuatro excursiones potestativas, entre las ofertadas para realizar durante los días de la estancia. Algunos de los hoteles garantizan divertidos espectáculos para disfrutar tras la cena.  La realización del viaje no podría ser disfrutada en temporada alta, pues dispararía el costo. La pareja ganadora de este premio tendría que hacer realidad su viaje entre Febrero y Junio del 2019. El coste de este premio, negociado con diversas agencias de viajes (nos harían un precio especial, dada la significación que ellos entienden de una empresa como la nuestra que está comenzando) lo sitúan en una horquilla que va desde los 800 hasta los 1.200 €”.

“La mayor originalidad, desde mi punto de vista, está en la naturaleza singular del tercer premio. Es un “regalo” sublime e ideal para los que aman el cine,  para todos esos aficionados que no pueden caminar sin ese oxígeno vital que les aporta todas esas tardes y momentos de pasión ante una pantalla, donde se proyecta una película. El premio consistiría en DOS BONOS DE CINE, con tarifa plana, para asistir a todas las películas que se exhiban en uno de los multicines de nuestra ciudad, con cuyo gerente he tenido ya una primera toma de contacto a fin de sentar las bases de la correspondiente negociación. Obviamente se trata de la posiblemente más importante cadena de salas cinematográficas, que tienen presencia en la mayoría de las ciudades de nuestro país. Para el supuesto de que el premio recayese en una ciudad donde no tuviera presencia esa cadena de multicines, el propio gerente me ha asegurado que me facilitaría los contactos necesarios para negociar con la propiedad de las salas que funcionara en esa localidad. Esos dos bonos, nominativos o personalizados, tendrían validez durante seis meses, desde Febrero hasta Julio, ambos inclusive. Me los ofrecen por un coste alrededor de los 600-700 €”.

En fin … ¿qué os parece amigos mi propuesta, desde un punto de vista global? Por una inversión de unos tres mil –tres mil quinientos euros, podríamos obtener una sustanciosa liquidez económica (que buena falta nos hace, tanto como “el comer” según el dicho popular. No se me oculta que la cuantía de los ingresos va a depender del esfuerzo informático que lleváramos a cabo por todas las redes sociales y, sobre todo, de la respuesta que den los internautas a nuestra propuesta. Desde luego habría que trabajar con toda intensidad ante la pantalla del ordenador.  Centralizamos todas las trasferencias a una cuenta bancaria y …”

Meli y Damo escuchaban absortos la genial idea de su compañero de empresa. De sus bocas sólo salieron parabienes a ese inteligente y divertido proyecto, del que podrían obtener réditos muy interesantes para “limpiar” y resolver muchos pagos y tomar nuevas fuerzas, materiales pero también anímicas, a fin de continuar esa lucha sin tregua por abrirse camino en el difícil  mercado publicitario. Los tres copropietarios de  Gesfiplub se pusieron “el mono de trabajo” y se conjuraron con esa positiva máxima de “A más trabajo, mayores esperanzas” para el imprescindible éxito en la obtención de liquidez financiera. Fue el de aquella tarde un hálito de confianza y esperanza, para tres jóvenes empresarios que tenían fe en su capacidad para obtener un espacio profesional acorde con su preparación y tensión imaginativa.

A las 24 horas en punto, del día 21 de diciembre, la admisión de compras de boletos on-line para esa preciada rifa de las ilusión quedó completamente cerrada. Lógicamente, no se vendieron los 100.000 números de las bolas introducidas en el gran bombo del Palacio Nacional de la Lotería, en la capital de España. Habría sido milagroso conseguir esta ambiciosa meta.  El recuento informático a ese hora de la madrugada dio una cifra exacta de los boletos vendidos, durante un mes y medio de intenso trabajo por todas las redes sociales: 47.359, fueron los boletos vendidos, números no consecutivos sino diferenciados, pues cada comprador podía elegir el número que le apeteciera y estuviese libre en un listado actualizado al segundo. El trío de jóvenes empresarios había invertido poco menos de 4.000 euros en el proyecto. Recaudaron casi más de noventa mil euros, que quedaron reducidos a setenta mil por el 20 % del pago tributario a la Hacienda pública española. Muchas deudas fueron saneadas. Su cuenta bancaria renació en liquidez.

Ha pasado ya un año desde estos curiosos hechos. En la actualidad, Helio, Damo y Meli continúan trabajando, con denuedo y eficacia, en ese local del polígono, que ya ha tenido que ser ampliado. Ocupan profesionalmente un lugar de prestigio, bien merecido, en el complicado mercado publicitario. Varias importantes empresas del sector les han hecho ofertas, a fin de que se integren como asociados en sus respectivos organismos empresariales.-


UN ORIGINAL SORTEO, EN EL COMPLICADO ANDAMIAJE DE
LOS DÍAS


José L. Casado Toro  (viernes, 7 Diciembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


viernes, 30 de noviembre de 2018

OPORTUNIDAD Y SUERTE, PARA ILUMINAR LA OPACIDAD EXISTENCIAL.

El ser humano  trata siempre de encontrar una o varias explicaciones, para casi todo aquello que acaece a su alrededor o tiene noticia a través de la densísima malla mediática que nos sustenta. Es perfectamente normal esta loable actitud pues, en caso contrario, resultaría insoportable y desalentador desconocer las motivaciones básicas de todo aquello que sucede y que “vemos” y sentimos, desde que nos levantamos por la mañana, llamándonos la atención su peculiaridad, singularidad o rareza. ¿Por qué sucede esto? ¿Cuál es la causa de aquello? En este contexto, si nuestra voluntad, percepción y motivación es intensa, tratamos de hallar respuestas en todas aquellas fuentes que nos sean más propicias. Por ejemplo, ya sea en las “autoridades” que mejor entienden sobre el tema, en la copiosa bibliografía existente o también en ese buscador universal que hoy es el Google y en otras plataformas informáticas. Con más o menos esfuerzo o dificultad aparece para nuestro servicio esa autoridad científica y cultural, que se presta a divulgarnos o aproximarnos a esa casuística que ha provocado el efecto o realidad objeto de nuestra interrogación.

Cuando no resulta tan fácil disponer de fundamentos racionales para “entender” determinados hechos o fenómenos, siempre nos queda el recurso de echar mano de la religión, de la ciencia ficción o de una mágica palabra que “resuelve” nuestra búsqueda e inquietud investigadora, tanto en los hechos agradables, como también en aquellos otros aconteceres menos afortunados. Ese “comodín” para nuestro sosiego es … la suerte, ya sea buena o mala (good or bad luck, en el idioma inglés) que el destino ha querido depararnos. Es una “panacea” útil: cuando la respuesta se nos hace imposible, acudimos a ese importante elemento de nuestra existencia, a fin de justificar muchas de nuestras inquietudes, dudas e interrogantes. Tanto cuando viaja acompañada de “guiños” positivos, como cuando lleva aparejada en sus alforjas elementos para el infortunio.

Afortunadamente, todos conocemos personas que atraviesan fases en sus vidas caracterizadas por la “buena suerte”. Y ello nos debe alegrar, por un básico sentido y valor de la solidaridad. A pesar de que muchos mantienen que esa buena suerte hay que buscarla o facilitarla con el esfuerzo, el trabajo, la oportunidad y la constancia, es también verdad que los "idus" del destino, en su caprichoso deambular, nos regala “días de sol” en contraposición a esos otros nublados que, a pesar, de su desesperanza, hay que saber integrar, sobrellevar y superar. Nadie lo duda, Hay personas con una suerte generosa y otras que, por el contrario, son ignorados por esa grata “estrella”, abandono que va dejando a su paso infortunios e incomodidades (más o menos graves) que carecen de una fácil comprensión e interpretación. Estas desafortunadas personas son también señaladas para su desgracia con duros o poco bondadosos apelativos (cenizos, tristones, gafes…) emanados desde la desconsideración irrespetuosa de la expresividad popular. La suerte, es ese “tren” que hay que saber “coger” en tiempo y lugar, aunque para otros muchos esa “dádiva” nunca se presta a recorrer o pasar por las vías próximas de nuestra estación.

Valentín Riduela Monasterio es una de esas personas que, desde una plataforma de análisis sociológico, podría ser calificada como “gris”, rutinaria, vulgar, “plana”, anónima, aburrida …  sin que su frágil silueta e imagen destaque precisamente por la vulgaridad existencial que acumula en su “prescindible” biografía. De carácter entristecido, taciturno, serio y poco imaginativo, a sus 49 años no ha encontrado compañera para formar una familia. Tal vez es que tampoco se ha afanado en esa tan vital búsqueda. Pero es que su sosería de carácter y falta de espíritu, a la que hay que añadir una presencia sin incentivos físicos, ha impedido que mujer alguna ponga sus ojos en su escuálida y poco apetecible figura. Delgado o “famélico” de cuerpo, avanzada alopecia, sienes ya plateadas, ojos grises muy clareados, ridículo bigotillo, manos huesudas y surcadas por abundantes nerviaciones, no especialmente dotado para movimientos elegantes, un poco zambo de piernas, pies planos por el ejercicio de su profesión de dependiente, a lo que hay que añadir algún que otro tic nervioso en su rostro, representa una figura que alguien con cruel y poca caritativa gracia definiría como ¡menudo pimpollo o bien prescindible “regalito” de la naturaleza!

Este ciudadano ha permanecido siempre viviendo en la casa familiar junto a su madre, doña Candelaria Monasterio Parral de la Ermita, longeva señora aún con vida, viuda de un confitero llamado Saturnino, que trabajaba por cuenta ajena en un obrador de dulces. Antes de su fallecimiento (hace ya 21 años) la única herencia que dejó a su hijo fue la de “colocarlo” a los 15 años de edad en un colmado de ultramarinos, en el que se vende una gran variedad de ricos productos alimenticios. Efectivamente Valen entró a trabajar en este establecimiento denominado “La Antillana” como aprendiz. Desde ese puesto de chico recadero de los paquetes y mostrando una gran laboriosidad, sumisión y respeto a sus jefes, fue avanzando en la confianza de los dueños de la tienda. Para esta pusilánime persona, supuso una gran “fiesta interior” el día en que fue autorizado a ocupar un puesto detrás del mostrador, como dependiente para la atención del público consumidor. Lleva 24 años despachando mercancías alimenticias, con un horario laboral que comienza a las 9:30 horas de la mañana, hasta las 13:30, en que dispone de un tiempo para tomar el almuerzo. Por la tarde vuelve al trabajo, con un  horario a partir de las 17:30 hasta las 21:30 en que se echa el cierre de la “apetitosa” tienda (por los ricos y cualitativos  productos que allí se pueden encontrar, como son los mejores quesos, jamones, embutidos, dulces, vinos de marca y hasta panes “catetos”, servidos por un horno ubicado en la carretera de los Montes.

Su pasión por el deporte queda reducida a “estar pegado” al transistor o a la pantalla del televisor, a fin de seguir los partidos del fútbol domingueros, más la lectura de la prensa deportiva, especialmente el AS y el Marca. Muy educado en la religión católica por sus padres, centra su oxigenante “beaterio” en la asistencia a la misa de 12 dominical en la parroquia de Ntra. Sra. de la Clemencia, regida por un párroco llamado don Agapito, bondadoso cura de los de antes, quien a sus 81 años cumplidos continúa llevando una raída sotana, justificando el atuendo “porque así me siento mejor”. Las homilías del venerable sacerdote colman de paz y sosiego a un feligrés como Valentín, que no deja de pasar por el confesionario a fin de dejar limpia su intranquila  y “obsesiva” conciencia.

A decir verdad, sólo tiene un amigo en el barrio donde reside. En este rancio entorno urbano, Doña Candelaria y su hijo habitan en el piso alquilado de “toda la vida”, situado en la cuarta planta de un viejo caserón en el que también residen otros once convecinos. A este edificio le han instalado recientemente un pequeño ascensor, en el que sólo caben dos personas por lo reducido de su capacidad. Ese persona con la que Valentín comparte su amistad se llama Celestino, un hábil, trápala y bondadoso truhán que se gana la vida con la venta de la lotería nacional, ofreciéndola por las calles y plazas con ese sagrado 20% “pa mi bendita nazesidad (sic)”, vendedor que devuelve los décimos no vendidos (siempre en la tarde anterior al sorteo) en esa administración regida por doña Lusarda con aires “castrenses”. Este simpático y convincente “trilero” también sabe negociar con algún “contrabando menor” (tabaco, transistores, relojes, bisutería y algunas otras “cosillas” que sólo oferta a personas de gran confianza). La apetecible mercancía procede de unos proveedores del norte africano. Uno y otro amigo son más o menos de la misma “quinta”, conociéndose desde los pupitres escolares, donde ambos no se caracterizaban por la brillantez de sus notas, sino por todo lo contrario. Esa antigua amistad la han sabido mantener al paso de los años. Normalmente su relación consiste en largas y pausadas caminatas, que realizan los domingos y festivos, recorridos que terminan casi siempre en el bar de Blas “el tonelero” como cariñosamente llaman al propietario del concurrido y populachero local. Valentín gusta escuchar la verborrea callejera y divertida de su amigo Celestino, que utiliza un rico argot popular y castizo, dando muestras (con el “teatro” que le caracteriza) de saber de casi todo o como bien él matiza de “tó lo que hoy es nazesario sabé (sic)”.

El reloj marcaba las 18:15 de una otoñal tarde que ya oscurecía con presteza, dada la fría y nostálgica estacionalidad. Era vienes y el tránsito acelerado de personas y vehículos densificaba muchas de la calles ubicadas en el centro urbano malacitano. Un hombre de obesa anatomía, representando una sexta década en su vida, tocado con una gorra de lana sobre su oronda cabeza, gabardina clásica de color gris plomo, calzando zapatillas trekking de la marca Quechua y con  gafas de cristales oscurecidos, repasaba con deleite y feliz atención los apetitosos productos expuestos tras la luna acristalada del escaparate en un céntrico establecimiento de ultramarinos. Llevaba en su mano diestra una cartera de piel beige, ajada y oscurecida por el uso diario, de la que sobresalía por uno de sus extremos el mango de un paraguas plegable, sensata previsión pues el suelo estaba algo mojado, con algunos pequeños charcos, ya que durante las horas anteriores había estado cayendo una no muy intensa llovizna.

Ese atractivo escaparate comercial pertenece al prestigioso establecimiento de ultramarinos La Antillana, así llamado en honor a la abuela del  propietario don Damián. Esta señora llamada doña Rosario Clareal era hija de padres españoles, los cuales que emigraron, allá por los comienzos del pasado siglo, a la singular isla de Cuba, en aguas de Centroamérica. Estos antepasados hicieron algún capital como tratantes de licores, por lo que en su vuelta a la península hispana se afincaron en tierras malagueñas, siendo los fundadores de esta tienda de productos alimenticios, ya centenaria, a la que pusieron el nombre geográfico (y el apodo de la abuela) que actualmente preside su fachada.

El misterioso hombre de la gorra y las gafas oscuras, tras un repaso visual con deleite por los alimentos expuestos tras la luna del escaparate, tomó la decisión de entrar en el establecimiento, dirigiéndose a uno de los dependientes que estaba libre en ese momento tras el mostrador. Ese trabajador, enfundado en su bata de color gris clara, no era otro que Valentín  quien, a pesar de mostrarse un tanto cansado por todas la horas de estar de pie atendiendo a la clientela, escuchó con atención y eficaz diligencia la petición de su interlocutor. “Buenas tardes. He visto anunciado en el escaparate que preparan Vds. bocadillos. Si fuera posible me gustaría comprar uno de jamón ibérico, con una loncha de queso de cabra en aceite, que veo tienen en esa bandeja. Le rogaría que el pan del bocadillo fuera integral, ya que me facilita la digestión. Si es tan amable, por favor, me lo envuelve, cuando esté preparado, pues me lo voy a llevar para hacer una estupenda merienda”.

Quien así se expresaba tiene por nombre Leandro Marugán Laguno y es un prestigioso director de cine español, con antepasados argentinos, Es persona muy golosa y amante del deleite alimenticio. A esa hora de la tarde había salido a dar un largo paseo por la ciudad, provisto de su pequeña cámara fotográfica a la que nunca abandona. Iba a tomar algún “tentempié” en alguna de las muchas cafetería céntricas, pero la visión de las exquisiteces del escaparate de ultramarinos le hizo detenerse y solicitar la preciada y sabrosa vianda. Mientras Valentín preparaba con diligencia la orden del cliente, el veterano creador de historias en imágenes observaba puntualmente todos los pasos, la anatomía y los gestos del solícito dependiente.

La vista del incisivo artesano cinematográfico estaba más pendiente en analizar la figura del honesto trabajador, que de la propia materia restauradora que preparaba para su venta el tendero. Le observaba con tan fijeza que se diría quería llevar en la memoria visual todos los detalles del personaje que focalizaban sus ojos, ahora ya desprovistos de las lentes con vidrios ahumados protectores. La operación que el diligente tendero realizó duró apenas unos seis o siete minutos, tiempo que el atento observador utilizó para no perder detalle (de manera obsesiva) acerca de la persona que le atendía. Tras abonar el importe de la mercancía (4:50 €) el observador cliente preguntó la hora en que el establecimiento cerraba sus puertas para la venta, exactamente a las 21:15. “Es mi hombre”, se dijo en voz baja, mientras abandonaba el colmado de ultramarinos.

Como era usual cada día de trabajo, Valentín era el último en abandonar la tienda, echando el cierre de la persiana metálica que blindaba la puerta y ajustando con la llave el candado de seguridad. Mientras realizaba esa rutinaria operación, unos minutos después de la hora fijada para el horario comercial en un pequeño cartel de atención al público, advirtió que tenía alguien detrás.  Esta persona esperaba pacientemente a que finalizara la operación del cierre. Ese individuo no era otro sino el cliente que había comprado el bocadillo de jamón y queso, casi tres horas antes.

“Buenas noches, amable tendero. Hace unas horas ha podido atenderme detrás del mostrador. Mi nombre es Leandro Marugán y ejerzo de director cinematográfico. ¿Sería mucho rogarle que me concediera unos minutos, a fin de poder exponerle una consideración que pienso le puede interesar? Podríamos tomar un café o una cerveza, en alguna cafetería cercana. Así podría explicarle más cómodamente la oferta que estoy dispuesto a plantearle”.

Valentín, todo aturdido, se preguntaba para su interior quién era realmente esta persona que le estaba esperando a la salida de su trabajo y cuáles serían las motivaciones que tendría con respecto a un modesto dependiente. Por naturaleza, él era un tanto desconfiado y salvo con su amigo Celestino no prestaba su confianza a muchas más personas. Pero los modales educados de aquel señor de la gorra y la cartera, que tenía ante sí, le inspiraron una cierta confianza y se dispuso aceptar la invitación que le hacía para hablar unos minutos con él. Caminaron en silencio hacia una cafetería/bar cercana y ocuparon una de las mesas desde la que se podía observar, a través de los grandes ventanales, el trasiego del personas en pleno centro histórico de la capital malagueña. Valentín “ordenó” un café solo bien cargado, mientras que a Leandro le sirvieron la copa de Rioja que había pedido, acompañada de una pequeña tabla de quesos.

“Como hace unos minutos que le he explicado, mi profesión es la de director de películas. Igual Vd. no me conoce, si no es aficionado al cine, tanto el que proyectan en las salas cinematográficas, como aquellos films que se emiten a través de la pantalla del televisor. En estos meses, llevo preparando la realización de una muy interesante y divertida historia, tarea que me viene ocupando casi todo el tiempo disponible durante las horas del día. Tengo que darle retoques a ese guión que un escritor me ha facilitado, buscar financiación para la realización del rodaje, ir conjuntando un complicado equipo de personas que intervendrán en la preparación y desarrollo del rodaje, etc. etc. Todo es muy laborioso.  Las escenas interiores se rodarían en unos grandes estudios que tengo contratados en unas naves situadas a unos 60 kms. del centro de Madrid. En cuanto a los exteriores, estoy visitando diversas provincias, buscando zonas apropiadas para la trama argumental de la película. He visitado algunas provincias y ahora llevo un par de días en esta bella ciudad, desde la que me he desplazado para inspeccionar un par de atractivos paisajes de la provincia. Pero, a pesar de todo este esfuerzo que le narro, hay un elemento básico en cualquier película, como es el de la elección de los actores que van a interpretar el guión. Quiero decirle que el elenco de actores y actrices lo tengo ya muy perfilado y contratado, aunque hay determinados personajes cuyos posibles interpretes no me convencen. De ahí que siga realizando “castings” rotatorios, a fin de dar con la imagen y el estilo de actor apropiado que yo, como máximo responsable de la película  necesito”.

Valentín no acertaba a pronunciar palabra alguna. Sólo se preguntaba, dándole vueltas al café con la cucharilla plateada en su mano diestra ¿qué pintaba él, un modesto tendero de tienda, en todo ese “fregao” que le narraba el dicharachero personaje que tenía ante sí, sentado en la mesa del bar que ambos ocupaban.

“¿Y por qué le cuento todo esto? Se lo explico con la mayor claridad. Cuando entré en La Antillana (tenía hambre y necesitaba comprar un bocadillo) fue Vd. quien me atendió, con la mayor corrección y eficacia. El caso es que fui analizando las características físicas de su rostro, de todo su organismo, la forma de caminar y de actuar allá detrás del mostrador. Puedo afirmar que su figura ofrece una serie de parámetros y requisitos exactos para un personaje que interviene en el guión quien, sin tener una presencia en pantalla extensa, aporta unos suficientes e interesantes  minutos que enriquecen la descripción del relato. Vd. es la persona e imagen que ando buscando. Tendría que estar a nuestra disposición desde unas semanas previas al inicio del rodaje, a fin de adiestrarle en lo que tiene que hacer y decir, hasta el propio desarrollo de las tomas y las escenificaciones correspondientes. Calculo que en total serían dos meses que, en función de cómo nos vayan los preparativos y el propio rodaje, podrían quedar reducidos en algunas semanas. En cuanto a la vinculación laboral con la tienda, nos encargaríamos de hablar con los propietarios o propietario del establecimiento, a quien también compensaríamos económicamente del “préstamo” humano que nos va a realizar, que no es otro que la persona de su dependiente. Perdóneme que sea un tanto brusco con estas expresiones, pero es que deseo ser todo lo claro y puntual que me caracteriza. Le estoy ofreciendo, además de una muy sugerente experiencia para su vida, unos ingresos extra que le podrían ser muy suculentos para sus necesidades y caprichos”.

El modesto y no bien parecido tendero, trataba de asimilar todo lo que le estaba transmitiendo la habilidad palabrera de un “viejo lobo” en la dirección escénica. No podía dar crédito a que él pudiera ser tan importante como para merecer la atención de un famoso director de cine.

“Señor Leandro. No sé que pensar. Si está Vd. de broma o si verdaderamente cree que yo puedo hacer todo aquello que necesita. Compréndame, yo no soy actor. Mi físico, por todos los lados que se lo mire, es bastante desafortunado, por no decir una palabra más dura, pero más exacta: feo. ¡Como voy yo aparecer en las pantallas de los cines, con esta cara y este cuerpo tan mal hecho que dios me ha dado? De verdad, sin querer ofenderle … no se lo tome a mal, pero tengo la impresión de que se está Vd. riendo de mi y eso no lo debo permitir”.

“En absoluto, mi querido amigo. Le hablo con toda la seriedad y profesionalidad que mis años por los rodajes pueden avalar. Es que en esto del cine  necesitamos a veces unas imágenes, unos personajes, en función de la trama argumental, que no resultan fáciles de encontrar. Vd. ha utilizado unos calificativos muy críticos con su físico. Pues precisamente por eso le necesitamos. Por extraño que le parezca, su físico (es Vd. quien ha utilizado la palabra “feo”) nos va a servir para un curioso e interesante personaje de mi próxima película”.

Para la persona de Valentín, esta singular e inesperada experiencia iba a transformar su vulgar y anónima vida. Más que en lo puramente material, en el estímulo anímico y potenciación psicológica para ayudarle a incrementar esa bajísima autoestima que, a lo largo de su calendario, se había encargado de trazar en las páginas difuminadas y opacas de su muy modesta biografía. Todo resultaba tan extraño, insólito y misterioso … ¿Tal vez, milagroso? ¿Por qué no pensar en esa siempre deseada y enigmática suerte que al fin llegó a Valentín, a causa de saber estar en ese “viejo andén de una estación” en donde el cowboy ferroviario sólo se detiene una vez, durante los años imprevisibles de nuestra frágil existencia?


OPORTUNIDAD Y SUERTE, PARA  ILUMINAR LA OPACIDAD EXISTENCIAL



José L. Casado Toro  (viernes, 30 Noviembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga