viernes, 15 de noviembre de 2019

TRAS LA ESPERANZADA LINEA DEL CIELO.


“Buenas noches ¿Le puedo retirar este plato, para su comodidad? Quien pronunciaba esta breve frase, expresada con amable y dulce disponibilidad, era una joven camarera de hotel que cumplía con especial delicadeza y eficacia sus obligaciones laborales, cuando las manecillas del reloj marcaban veinticinco minutos sobre las nueve de la noche. Durante esa cena, desarrollada un jueves a finales de octubre en el gran salón comedor del acomodado establecimiento hotelero, no eran muchos los comensales que compartían los bien preparados platos y copas servidas, por lo que el amplio espacio restaurador aparecía un tanto desangelado, con muchas mesas y sillas vacías. El único cliente que ocupaba una de las mesas en solitario era un consolidado, en la fama, escritor de 58 años de edad, profesional muy conocido por sus trabajos de creatividad literaria, llamado Ventura Arlanza Romial.

La solícita y educada frase, acompañada por una jovial y dinámica sonrisa, provocó un sorprendente magnetismo en el corazón y mente convulsa del veterano escritor, quien se había “refugiado” por una decena de días en un céntrico y moderno hotel burgalés de 4 estrellas. Lo había hecho con el legítimo y razonable ánimo de completar su última e inconclusa novela, trabajo que llevaba bloqueado con preocupantes semanas de retraso. La causa principal de este desconcierto o parálisis creativa obedecía a una complejidad de sentimientos frustrados, que habían sumido al novelista en un estado depresivo para su habitual o normal expresividad. Su mujer Olivia, tras 26 años de aparente feliz convivencia había decidido, de una forma brusca y totalmente sorpresiva, dejar el domicilio conyugal a fin de emprender una nueva vida sentimental con otra pareja, una mujer llamada Idoha, becaria de nacionalidad argentina, compañera de laboratorio de plagas vegetales en el centro investigador en la que ambas trabajaban y en el que se habían conocido tres meses antes. 

Tanto Ventura como Olivia eran dos personas  que por sus múltiples e intensas dedicaciones habían ido dejando marchitar ese amor que hacía casi tres décadas los había unido y que, de manera paulatina había ido cayendo en el letargo de la rutina y en la carencia de “chispa emocional” para sus vidas en común. Había días en que apenas compartían esos momentos de intimidad y convivencia, pues uno y otro estaban tan centrados en sus trabajos que incluso las comidas en común eran cada vez menos frecuentes, ya que ambos se habían habituado a realizarlas fuera de casa. La vida de Olivia era su laboratorio y las investigaciones que llevaba a cabo en el mismo. En el caso del escritor, solía recluirse en su estudio de literatura, un viejo y elevado ático ubicado en las suaves colinas que bordeaban la ciudad, donde pasaba largas horas del día e incluso algunas de la noches centrado en la preparación de sus clases, pero sobre todo en generar páginas y páginas de construcción literaria, la única tarea que “llenaba” de sentido e satisfacción su imaginativa existencia, construyendo textos y relatos para un fiel público seguidor de su obra.

A pesar de estas realidades, el literato nunca pudo sospechar el drástico paso de ruptura dado por su compañera conyugal a la que bien creía conocer. El que tu compañera de hogar te abandone para irse sorpresivamente con otra mujer… es una de esas decisiones que nunca llegas a imaginar, por muy rica y posibilista que sea tu mente. Ventura se repetía, una y otra vez, una frase para la que no encontraba explicación convincente:

“Crees conocer a la mujer con la que has convivido durante casi tres décadas. Pero mientras más certeza tienes acerca de cómo es esta persona, que lo ha compartido todo contigo, en el momento más inesperado chocas con la terrible e inexplicable realidad. Realmente “nada” sabes acerca de la misma. Probablemente ni ella misma se conocía lo suficiente como para imaginar que acercarse a la calidad humana de Idoha le iba a afectar de tal y tan intensa manera como para necesitar unir su vida a la suya”.

Había sido un verdadero mazazo para el adulado y leído escritor, indeseado trance que le hizo pasar de la sorpresa inicial, al bloqueo existencial y finalmente a un desánimo patológico del que tenía necesaria y vitalmente que salir, a fin de no hundir y echar por la borda toda una brillante carrera literaria. 

El abrumado creador de textos pensaba que iba a llevar con dolor, pero con entereza, su nuevo estado de soltería. Sin embargo, al paso de los días y las horas vacías, fue comprendiendo y sufriendo su profunda debilidad anímica, bien adobada por esa soledad que dificulta y nubla la existencia. Tenía unos compromisos adquiridos con diversas empresas editoriales, obligaciones que iba postergando a causa de esa nueva y para él letal fase a la que tenía que hacer frente por una elemental razón de supervivencia. Al tener dos novelas a medio finalizar y ante la urgencia (ciertamente comprensiva) de los editores, había decidido trasladarse unos días a la capital burgalesa a fin de cambiar sus hábitos ambientales. ¿Y por qué eligió la histórica y monumental ciudad castellana? Consideraba la provincia de Burgos como un espacio pleno de sosiego y cultura, elementos que beneficiarían su atribulado ánimo. Además, en este entorno espacial se desarrollaba buena parte de uno de sus relatos inconclusos que, aunque tenía el titulo provisional de CAMPOS DE ÁRBOLES EN SILENCIO,  al paso de los meses modificaría esa portada por otra más acorde con los eventos que él mismo iba a protagonizar.

Ventura solía madrugar bastante cada uno de los días. Después de asearse, escribía durante algo más de una hora hasta que decidía bajar al restaurante del hotel, a fin de tomar el desayuno. El resto de la mañana lo dedicaba a su creativo oficio ante el portátil informático que siempre le acompañaba, escribiendo en el tranquilo silencio de su habitación. A través del los cristales del recio ventanal que tenía ante sí, podían verse las torres góticas de la magna catedral castellana, visión que le hacía descansar el esfuerzo ocular de tantos minutos ante la pantalla digital. Cuando sonaban las campanadas de las 13 horas, ya superado el mediodía, bajaba de nuevo al restaurante para elegir en el bufet aquello que más le apetecía, volviendo a su habitación para reposar el alimento, aunque pronto se hallaba de nuevo sentado ante su mesa de trabajo. A eso de las siete, abandonaba el teclado y dedicaba un buen rato a pasear por las calles y arrabales de una tranquila ciudad que siempre le había encantado por su falta de estrés, junto a la austera sencillez de sus habitantes. Pero le era en sumo difícil, agobiante sin duda, negociar con esa soledad física y existencial que el paso del tiempo le regalaba sin tregua. Por este motivo, en aquella cuarta noche de estancia hotelera, se sintió gratamente confortado cuando una vital mujer, que rebozaba juventud, acertó a regalarle unas serviciales y amables palabras, pronunciadas con esa dulzura que tanto nos ayuda en los tiempos de acerba destemplanza. 
  
Al responder afirmativamente a la solícita camarera, dándole las gracias por su profesionalidad, pudo observar con más lentitud y precisión a esa joven operaria en la que apenas se había fijado o reparado hasta esa noche. Probablemente la chica se había reincorporado ese día al servicio de restauración. Era delgada de cuerpo, mostrando esa agradable fragilidad no exenta de seguridad corporal que le permitía una actividad constante, al servicio de los comensales. Mostraba una permanente atención a la retirada de los cubiertos y platos usados, limpiando las mesas que habían sido ocupadas por otros comensales, vigilando la falta de alimentos en el bufet o atendiendo cualquier señal recibida desde la distinguida clientela. El color celeste de sus ojos quedaba enmarcado en una mirada que Ventura interpretaba como de naturaleza angelical. Vestía con ese uniforme del servicio, en donde el blanco mezclado con el negro ejercía un mágico atractivo para su quehacer restaurador. Pero sobre todo sobresalía y ganaba a los comensales con esa espontánea sonrisa en su tierna mirada, que parecía sincera y que tanto o más valoramos sobre la propia calidad de los alimentos que estamos consumiendo.

Cuando Ventura apuraba ya el café que Neila María le había servido y se levantaba de su silla para marcharse del local, la camarera se acercó discretamente a su espacio para “regalarle” otra frase  llena de atención y delicadeza.

“Que pase una buena noche, Sr. Arlanza. Le deseo un feliz y reparador descanso. Por cierto, a muchos clientes les apetece tomar alguna cosa antes de irse a dormir o cuando se despiertan de madrugada. Si le apetece, le puedo preparar alguna fruta o galletas para llevar. Y si necesita alguna infusión caliente, me indica la hora en que el servicio de habitaciones le atenderá sin compromiso alguno por su parte”.

“Valoro en mucho sus atenciones y su generosa amabilidad, Srta. La verdad es que en los últimos tiempos me está costando bastante conciliar el sueño, porque suelo trabajar un poco antes de irme a la cama y tal vez pierdo el punto inicial del descanso. Tal vez me vendría bien una infusión relajante, a eso de las 12:30. Si es tan amable de ordenarla, se lo agradecería de corazón”.

Tras saludar cortésmente a su interlocutora, se dirigió lentamente hacia su aposento. Mientras recorría el mullido suelo enmoquetado que templaba las pisadas, iba pensando el mucho bien que nos puede hacer, en tiempos de “sequía”, unas cálidas palabras, pronunciadas con ropaje cariñoso y fraternal. Con todo el bien que genera ese noble gesto a quien tiene la suerte de recibirlo ¿por qué seremos tan “avaros” en el uso de esas habilidades que tanto ayudan y que nos hacen sentir mucho mejor en la humildad de nuestros caracteres.

En los días sucesivos la actitud de Neila Mª con respecto al huésped de la 325 mantuvo esa amabilidad y deferencia que tanto apreciaba el veterano escritor. Una tarde, mientras se daba su diario paseo vespertino, Ventura se sintió obligado a corresponder a una buena y diligente persona que con pequeños detalles le hacía sentirse francamente mejor con respecto a los día iniciales de su estancia en ese hotel de la ciudad burgalesa. Compró una pequeña caja de bombones, para entregar a ese ángel que tanto velaba para su necesidad. A los bombones siguió otro regalo (un bonito pañuelo de cuello) que la chica también aceptó con un cierto rubor, pero siempre valorando esos elegantes detalles que expresaban el reconocimiento agradecido de una persona que paulatinamente había vuelto a recuperar la sonrisa, en ocres tiempos de carencia afectiva.

De nuevo y para satisfacción del escritor madrileño, las palabras y las ideas habían vuelto a fluir en su trabajo de cada día, avanzando de forma esperanzada para cumplir con los plazos establecidos en los contratos con los editores. Un mañana, antes de cumplir con su reserva de estancia, habló con el encargado del hotel explicándole su intención de prolongar alguna semana más su presencia en el establecimiento. Tuvo suerte en su deseo, pues al ser época otoñal había algunas habitaciones libres, por lo no hubo dificultad para que el huésped de la 325 mantuviese su residencia, con esas vistas al río y al remozado monumento catedralicio que tanto le agradaban.

Residente y camarera aprovechaban esos minutos oportunos, en el trajinar del servicio, para intercambiar comentarios sobre temas nimios pero siempre atractivos para generar e intercambiar sonrisas, insertas en la gratitud recíproca de las miradas. Unos de los temas que solían repetirse en los pequeños diálogos que mantenían era el relativo al la magia del cine, afición que ambos compartían.  En este contexto, Ventura se sintió con el valor necesario para invitar a Neila a ver una de las películas que proyectaban en los Multicines Odeon, que disponían de las mejores salas de la capital (en la calidad de la imagen y en la sorprendente acústica envolvente). Eligieron el muy reciente estreno de Dr. Sueño, “frustrada” continuación de la mítica El Resplandor, de los años 80. Neila justificaba su afición a las películas de miedo en el hecho de que la tensión argumental le impedía aburrirse o quedarse dormida, lo cual era muy frecuente tras una jornada de duro trabajo en el servicio. Ese sábado tarde lo tenía libre en su organigrama laboral la jovial camarera. Tras el visionado de la cinta, Ventura sugirió que podían tomar alguna cena en el restaurante que la chica eligiera, pues ella conocería mejor que él los lugares más emblemáticos del ocio burgalés. Decidieron ir a la zona del tapeo, en la calle San Lorenzo, no lejos de la Catedral.

Entre pincho y pincho, con el buen vino de Rivera del Duero, Ventura explicó a su atenta interlocutora algunos aspectos de su existencia, especialmente en lo relativo a la profesión de escritor, sin ocultarle el complicado y muy duro  golpe afectivo que había recibido por parte de su mujer Olivia, hacía ya un par de meses.  También Neila se sintió abierta a revelar una inesperada confidencia, en esa noche de sábado para la sinceridad.

“Aunque me ves tan joven y cariñosa, también tengo páginas nubladas y realidades dolorosas en mi vida. Tal vez no los aparento, en el aspecto físico, pero ya he llegado a la treintena. Soy madre de una niña preciosa, que alcanza sus nueve añitos de edad. Vivimos en casa de mi madre, una estupenda mujer que sabe mantener su espléndida y “madura” juventud. Todo ocurrió cuando, con apenas veinte años cumplidos, un chico de la pandilla en la que estaba integrada, llamado Celso, se encariñó alocadamente conmigo. Con mi inconsciencia de aquellos años, no supe controlar de forma adecuada la situación. Son reacciones y comportamientos muy propios de la edad juvenil. Bien aconsejada por mi madre, Ariana, nació Alba, con mucha alegría y felicidad por mi parte, pero no te oculto que también con un intenso miedo ante la nueva responsabilidad que llegaba a mi existencia. Pero esa imprescindible responsabilidad no supe encontrarla en quien era el padre de mi hija.

Él continúa trabajando ejerciendo el oficio de panadero. Siempre ha evitado el reencuentro con el pasado. Aunque parezca mentira, no ha querido ver ni ayudar a su hija. Pero con mi trabajo de camarera de hotel y la ayuda de mi madre (viuda con una modesta pensión) hemos sabido criar a esta alegre pequeña, que no ha sufrido carencias básicas. MI madre es muy hábil también con la pastelería. Elabora unas artísticas y suculentas tartas que sirve a una prestigiosa tetería que tenemos no lejos de nuestro hogar. Pagan muy bien esos postres y eso también nos ayuda en nuestra necesidad.

Sé que lo estás pensando. Y me quiero adelantar a tu lógica pregunta. He tenido, efectivamente, algunos pretendientes, en estos diez últimos años. Pero estos chicos, con más o menos habilidad y delicadeza, se van retirando de mi persona, cuando conocen la situación de madre soltera de la chica con la que han comenzado a salir. Nada de extraño ni de reprochar por mi parte. Demuestran un cariño “egoísta” o incluso ni eso. Pero así somos: muy liberales de “boquilla”, pero extremadamente conservadores y clásicos en la mentalidad”.

Este sincero intercambio de confidencias, entre dos personas que podrían ser padre e hija por sus respectivas cronologías, les hacía ver, tanto a uno como a otra, que no estaban solos en sus problemas. Por el contrario, conocer y compartir vivencias del amigo o amiga, les provocaba esa serenidad de ánimo que creemos recuperar con sólo alguien que nos escuche con atención y esa siempre grata serenidad.

Pasados unos días, el muy recuperado escritor tuvo que volver a su Madrid residencial. Pero el recuerdo de Neila permanecía en su mente. Uno y otro, en esos momentos que todos tenemos de íntima reflexión, habían pensado en intentar una posible relación afectiva, pues valoraban esa juventud y madurez respectiva, que podrían intercambiar para sus íntimas necesidades y apoyos. Pero decidieron dejas ded su notable diferencia generacional, en rea tiempo pues, además de su notable diferencia generacional, en realidad el conocimiento recíproco que poseían era bastante liviano  como para dar ese paso verdaderamente arriesgado en sus respectivas existencias. 

Ventura, aplicando una valiente lógica racional, quiso ayudar a su joven y querida amiga. Supo moverse con habilidad, a fin de conocer la dirección actual de Celso, el padre de Alba. Le envió una explicativa misiva, aconsejándole amistosamente acerca de sus obligaciones y responsabilidad con respecto a una hija a la que nunca había querido reconocer. Una fría carta como respuesta, fue bastante explícita acerca de la situación en que este joven se encontraba actualmente. El chico había formado una familia con una joven compañera de trabajo en el comercio de la tahona y ya tenían descendencia por partida doble. Sin embargo Celso se comprometía a no abandonar en el olvido a esa otra hija que en un momento de inconsciencia juvenil ayudo a venir a la luz de la vida. Añadía que su situación económica actual no le permitía comprometerse materialmente con las necesidades de la niña. Pero que si las circunstancias cambiaban en un futuro, para él y su familia, haría lo posible en ayudar a su madre.

Ha pasado poco más de un año, desde los hechos hasta aquí narrados. Se acerca el día de Navidad y esa tarde noche de jueves, correspondiente a un año que finaliza, contempla las calles céntricas madrileñas completamente llenas de gente. Son personas de todas las edades y condición que van deambulando, siempre con prisas, de aquí para allá, haciendo las últimas compras para esa inminente Nochebuena que reunirá a las familias de todo el orbe en torno a una gran cena fraternal. La Gran Vía madrileña, adornada con sus luces multicolores, era un hervidero de tráfico viario y peatonal, con todos los comercios y establecimientos de restauración atrayendo esas miradas e ilusiones de consumo que ayudan a satisfacer los deseos. El número 29  de esta populosa arteria viaria está dedicado al reino de los libros. En la primera planta de La Casa del Libro hay un afamado escritor, quien después de exponer las características de su nueva e inédita obra, atiende las preguntas de algunos de los asistentes, con un racimo agradable de anécdotas y curiosidades. Tal vez la más significativa de las respuestas que realiza es aquella en la que, sintetizando la historia narrada en su relato TRAS LA LÍNEA DEL CIELO, ESTÁ LA ESPERANZA, confiesa ser él mismo uno de los protagonistas que intervienen en la historia.

En pocos minutos se va formando una notable fila de lectores que, con esta novela en la mano, aguardan su turno para que el autor de la misma les firme una pequeña dedicatoria. Han de tener algo de paciencia pues Ventura, junto a las palabras que escribe en la página tres de cada volumen, gusta intercambiar algún comentario o frase agradable con cada uno de sus fieles lectores.

En un lateral de ese gran salón, guarnecido con cientos de miles de páginas y palabras que cuentan y comunican otras tantas historias, espera sonriente una joven mujer, acompañada de su hija Alba, a la que el gerente de la librería ha regalado un interesante y bien ilustrado libro de relatos infantiles. Por cierto, la novela que se presenta está dedicada a dos nombres también femeninos “Para Neila y Alba, con todo el amor que encontré tras esa línea del cielo”. Tras las firmas y dedicatorias, una ilusionada familia de tres miembros disfrutará de la alegría que rebosa ese deslumbrante centro madrileño, en los días que anuncian la llegada de una alegre Navidad. A la mañana siguiente volverán a su hogar en Burgos, en donde comparten la ilusión de un nuevo feliz renacer para sus vidas.-


TRAS LA ESPERANZADA LÍNEA DEL CIELO

José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
15 Noviembre 2019


viernes, 8 de noviembre de 2019

LOS DINÁMICOS ATAJOS DE UN AMBICIOSO ESCALADOR SOCIAL.

En la heterogénea y cada vez más diversificada “fauna humana” aparecen determinadas “especies” cuyos comportamientos despiertan, al mismo tiempo, reprobación y admiración. Suelen ser personas que aplican con desenfado y orgullo determinados movimientos y respuestas en sus vidas que, desde un plano ético e incluso moral, concitan desde el resto de la ciudadanía acervas críticas, repetidas censuras y jocosas o profundas descalificaciones. Pero desde una parte de ese mismo entorno social se genera una indisimulada admiración, respeto, temor y una “sana envidia” hacia estos otros ciudadanos que han sabido alcanzar ese protagonismo, patrimonio económico y posición social o laboral, a pesar de los muy dudosos y reprobables  métodos utilizados para conseguir esa cualificada plataforma que les enriquece, jerarquiza y “dignifica”.

¿A qué puede deberse esta doble vara de medir en el común de la ciudadanía? Cuando unos y otros pudieran hacerse esta curiosa pregunta, la respuesta que generaría sus conciencias iría más o menos por estos caminos de la complejidad psicológica: “No me cabe duda de que los métodos que este personaje ha utilizado para llegar, con celeridad o esfuerzo, a ese nivel o plataforma social se hallan alejados de esos preceptos y normas que se consideran “infranqueables” para la ética y la racionalidad. Pero al tiempo no puedo reprimir una inevitable admiración, consideración y un cierto complejo, porque ellos han llegado a un lugar al que yo y la mayoría social nunca podremos disfrutar, precisamente por esos principios y normas de conciencia que nos lo impiden”. Obviamente nunca se asume o reconoce hacia el exterior esa “envidia” que se mantiene celosamente oculta en la intimidad de tantos y tantos corazones.

¿Y quiénes son esas inteligentes personas que concitan tan contrastada controversias, a su paso por el entorno mediático de la popularidad?

Suelen pertenecer a muy diversos campos de la actividad política, deportiva, cinematográfica, teatral, musical, científica, financiera, empresarial, etc. Obviamente, muchos de estos “líderes “sociales” han sabido aplicar el esfuerzo constante y el sacrificio en su preparación para alcanzar tan elevadas atalayas en la jerarquía social. Intensa y desaforada dedicación, unida a sus dotes naturales y habilidades profesionales. Pero hay otras figuras de prestigio, normalmente insertas en el ámbito interno de la actividad empresarial, que han logrado controlar responsabilidades de cualificada jefatura por un peculiar “trabajo” en orden a conseguir atajos, vericuetos, caminos o métodos muy discutibles e incluso inconfesables, para alcanzar puestos de responsabilidad y jefatura sobre otros compañeros que, incluso con más méritos, han quedado injustamente relegados en sus legítimas opciones de ascenso profesional. Se les aplica una adjetivación o término coloquial que se adecúa bastante bien al prototipo social que representan: el de TREPA.


A pesar de que ya vamos definiendo algunos elementos de lo que representan, podemos ampliar ese dibujo explicativo acerca del prototipo medio de su carácter. Sería ese compañero de trabajo que sabe aplicar, con diestra habilidad, la adulación, las sonrisas “profiden”, su permanente disponibilidad, los regalos, los engaños y manipulaciones, junto a otras atenciones, a los jefes superiores, a fin de ir “escalando” con asombrosa rapidez puestos más importantes y mejor remunerados en el organigrama empresarial. Todo ello en perjuicio de los méritos y expectativas de otros compañeros que, con similares o superiores méritos, quedan postergados y frustrados en sus legítimas y justas aspiraciones de ascenso laboral. Veamos a continuación la historia sintetizada de uno de estos trepas en su contexto social.

Heliodoro Branko Viluya había nacido en el seno de una humilde familia granadina. Era el mayor de seis hermanos, todos varones excepto la hermana más pequeña, llamada Eleonora. Su padre Nicolás (conocido por Nico, en el barrio del Zaidín donde vivía la familia) aprendió rudimentos del oficio de zapatero remendón durante la etapa del servicio militar. Fue una instructiva escuela, a partir de la función que le fue ordenada en el cuartel de caballería donde prestaba servicio a la patria, no solo atendiendo a los équidos, en sus arneses y pezuñas, sino también arreglando y remendando las botas, correajes y carteras de las quintas militares que iban llegando para el servicio a la patria. Cuando se licenció de sus obligaciones, ya de vuelta a casa, negoció el traspaso de un portal que tenía un pequeño almacén en lo que había sido una antigua bodega. Allí instaló una zapatería de remiendos, denominada LA MEDIA SUELA.

Eran los años finales de la década posterior a la Guerra Civil española cuando Nico tomó por esposa a Cecilia, una humilde y bella muchacha que servía en casa de unos señores bien “los Quintanilla” dedicados al trasiego comercial de encurtidos, haciendo la limpieza y la plancha durante tres días a la semana. Aún después de casada continuó trabajando en el mismo domicilio, aunque en períodos más cortos debido e su estado encadenado de procreación. En efecto, la descendencia iba llegando al domicilio de Nico al ritmo de un embarazo cada año y medio aproximadamente.

La familia Branko vivía en una modesta y popular corrala, junto a otros nueve convecinos, en un ambiente de fraternal camaradería y proximidad. La infancia de Helios, allá en los años 50, fue similar a la de tantos niños humildes, con sus juegos en las calles y plazuelas, asistencia a la escuela pública, cine de barrio algunos domingos y la distracción que proporcionaba la radio en casa, donde se escuchaba “el parte” diario de las 14:30 y la novela de las cuatro de la tarde. Un poco más tarde llegaba (cuando se podía) la merienda de la rebanada de pan con chocolate de algarroba, para regocijo de estos críos revoltosos, que tan bien lo pasaban jugando y peleando con sus amiguitos en un barrio populoso, al que proporcionaban bastante color y alegría en aquellos austeros años cuarenta y cincuenta de la pasada centuria.

El dinero que llegaba a casa procedente de los remiendos y medias suelas, junto a las “bondades” que los Sres. Quintanilla entregaban a “la Cecilia”, no eran precisamente abundantes. Servían, eso sí,  para atender en lo mínimo la elaboración del potaje de legumbres o las gachas de harina que, casi a diario, formaba el plato básico para esos comensales que iban aumentando con el paso del tiempo. Los progenitores buscaban con tesón una hembra, para ayudar en las labores del hogar, pero aquélla no llegó hasta el sexto lugar de todos los intentos. Además estaba el trasiego de la ropa, reutilizada para los de menos edad y talla, junto al pago ordinario del alquiler, la electricidad y algún que otro imprevisto que desequilibraba la precariedad financiera de una familia realmente pobre.

Helio, desde su infancia, fue siempre poco aficionado a los libros. Sin embargo, ya en su adolescencia, mostró una notable capacidad para el “don de gentes”, llegando a muchas personas por su fluidez expresiva y “habilidades sociales”. Cuando cumplió los doce años, Nico se lo llevó al taller de zapatería para que aprendiera un oficio que sustentara su porvenir en la vida. Allí tenía que cortar la piel y el caucho, coser los zapatos, teñir y darles lustre, poner suelas, colocar los pares en la horma, parchear los ojetes de latón, etc. Pero al niño tampoco le gustaba ese control continuo de un rígido padre con su primogénito y los “coscorrones” de que continuo recibía por sus errores y desganas. En ocasiones hacía “novillos” para dejar de acudir al taller, a costa de soportar después en casa el severo castigo que el zapatero le aplicaba.

En esta situación, harto ya de polémicas y fracasos con el zoquete de su hijo, Nicolás habló con don Emerindo del Agua, que trabajaba en una sucursal del Banco regional y que llevaba con frecuencia sus zapatos al taller de la Media Suela, pues el obeso operario financiero tenía una pierna algo más larga que la otra y tenía que aplicársele un alza en el zapato de su extremidad más corta. La persistencia del zapatero, abrió la comprensión y generosidad de su cliente, por lo que el artesano al fin pudo “colocar” a su hijo como ayudante y chico de los recados en el banco, al cumplir éste los 14 años de edad.

En la entidad bancaria Helio hacía casi de todo. Desde recoger el correo y llevarlo a la estafeta, hasta acomodar las carpetas en las estanterías, desplazarse al bar a fin de traer cafés y meriendas que le habían encargados los empleados de la entidad, comprar los periódicos del día, hacer los recados que le mandaban sus superiores y también ordenar y clasificar documentos en los archivos correspondientes. Y así fueron pasando los meses e incluso algunos años.

Pero este joven aprendiz era una persona en la que se había despertado el incentivo de la ambición y esa capacidad social para tratar de caer bien a la gente. A modo de “esponja receptiva” fue captando asimilando las funciones normales que se desarrollan en una entidad bancaria, absorbiendo todo aquello que estimaba podría resultarle útil o rentable para sus aspiraciones de ser un empleado significado en la estructura de una oficina que cada vez conocía mejor. Obviamente sabía que a superior puesto incrementaría la retribución mensual en su salario. Vino positivamente en su ayuda la grata oportunidad de que su “protector” don Emerindo fue ascendido a director de la entidad bancaria en la que trabajaba, por cierto con una gran cartera de clientes por estar ubicada en una céntrica plaza del tradicional barrio granadino.

El servilismo de Helio era continuo y de nivel exagerado. Aprovechaba cualquier circunstancia para ofrecerse a su mentor y mantenerle contento con su persona. Para ello aplicaba no solo las adulaciones y saludos (utilizando las más “barrocas y ´peloteras´” expresiones) sino también sabiendo adelantarse a cualquier posible necesidad del complacido Emerindo. Conociendo que el jefe sentía una gran debilidad afectiva por los perros, cuando éste tenía que realizar algún viaje desplazamiento, se ofrecía para ayudarle de la manera más incondicional y gratuita. “Don Emerio, si necesita a alguien que le saque sus perros a pasear me tiene a su disposición. Ya he llevado algún que otro recado a su residencia, por lo que si lo desea me acerco a la misma dos veces en el día y saco a sus tres perros canes para que disfruten su rato de paseo. Y si lo cree más oportuno, puedo cuidarlos en mi propio domicilio, asegurándole que nada le han de faltar”. El obeso director también era persona que sentía gran debilidad por todo lo relacionado con los dulces y las golosinas. A este fin, cada dos semanas Helio se trasladaba a la carretera de la Sierra, comprando en un apicultor amigo algún tarro de miel o de meloja, procedente de las Alpujarras nazaríes. El mismo lunes, don Emerindo tenía su bote de miel encima de la mesa de trabajo, como regalo del solícito empleado. Cuando llegaba la hora de cerrar la entidad bancaria, tras la jornada de trabajo, Helio estaba al acecho para acudir en la ayuda de su jefe, que por su obesidad tenía dificultar para colocarse bien el abrigo que le protegía del frío. Fue también comentado, con sorna y acre crítica entre los propios compañeros, aquél día en que Helio colaboró en una fiesta de cumpleaños, vistiéndose con la indumentaria de payaso para hacer las delicias y jolgorio de los nietos del complacido jefe.

Todos estos detalles y deferencias, por parte del servil empleado,  fueron dando sus frutos. Hacía ya tiempo que Helio había dejado de desempeñar la incómoda función de “multiservicios” en la oficina. Su capacidad de aprendizaje, en el funcionamiento de una entidad financiera, era manifiesta. En plazos relativamente breves, pasó de auxiliar de sucursal a tener mesa propia como oficial administrativo. Tardó sólo dos años en ser nombrado interventor. La mano de don Emerindo estaba abierta a estas concesiones , como muestra de agradecimiento por todos los servicios y adulaciones que de manera continua recibía por parte del servicial “hijo del zapatero”. Sin embargo la operación de mayor calibre la iba gestando con precisión magistral el ambicioso joven interventor.
Don Emerio (así llamaban muchos al jefe) tenía dos hijos casados y una hija, anclada en la soltería, que tenía por nombre Jimena. La naturaleza no había sido generosa con ella, privándole de esos básicos valores físicos que muchas mujeres anhelan. A punto de cumplir la cuarta década de su existencia, llevaba consigo sufridamente su patente carencia de belleza. No se la había conocido pretendiente alguno. A pesar de los esfuerzos económicos aplicados por el director bancario en su educación,  el fracaso académico de su experiencia universitaria (matriculada en Filología clásica) fue incontrovertible. Ayudaba a su madre, doña Florencia en las tareas del hogar. A pesar de estos no dinamizadores alicientes, la tensión ambiciosa de Helio carecía de límites. Con “maquiavélica” habilidad, emprendió un progresivo acercamiento a la poco agraciada muchacha, aprovechando las idas y venidas que desde hacía años realizaba a la casa del patrón, por el asunto de los perros y esos pequeños bricolajes del hogar que el habilidoso empleado administrativo sabía “aplicar” con manifiesta eficacia. La operación “braguetazo” estaba en marcha.

Bellas y aromáticas flores, en fechas señaladas. Bombones en los momentos más insospechados, que cada vez eran más repetitivos y con efecto potenciador para el proceso iniciado. Palabras amables y llenas se fulgor sensual. Invitaciones a cines, bailes y conciertos. Insinuaciones afectivas y llenas del lenguaje sexual más acrisolado. Poco a poco, pero con la tenacidad suficiente para ir enamorando a la deslumbrada joven, la arriesgada estrategia iba consiguiendo su operativo efecto: Jimena “flipaba”, pues tenía a un joven y apuesto empleado de la entidad bancaria que dirigía su padre, completamente entregado a su conquista amorosa, objetivo que para ella era como el maná milagroso caído del cielo. Entendía que Helio veía en ella unos valores humanos atrayentes, pues los físicos no podía ofrecérselos por su inevitable carencia natural.

Don Emerio no se lo pensó más, tiernamente “deslumbrado” y agradecido por la felicidad que rebosaba la muy halagada  e ilusionada Jimena. A pesar de sus diferencias cronológicas (ella 39  y él 24) el veterano patriarca iba a hacer todo lo posible por complacer y facilitar la felicidad de su esperanzada e ilusionada hija, quien pensaba que las puertas de la maternidad podrían estar aún abiertas para ella. El gran ascenso para Helio, ante el asombro y la indignación de sus compañeros, llegó pronto. De interventor interino pasó a titular y en pocos meses fue designado vicedirector de la entidad. Todo ello con 26 años de edad. Este bien retribuido cargo era el “regalo de boda” que el suegro entregaba a sus inminente yerno.

La comidilla crítica y satírica, entre los empleados de la importante entidad (así como en otras sucursales de la empresa) estaba a la orden del día. Otros compañeros y empleados, con más méritos laborales y de currículo, habían sido relegados por el agradecido jefe, ante la fría, cerebral y calculada acción del muy ambicioso empleado, Helio (el “trepa”, apelativo del que ya nunca más pudo desembarazarse) el vástago mayor de su antiguo y buen zapatero Nicolás, que aún seguía remendando y trabajando todo tipo de calzados con su diestra y excelente eficacia.

Al paso de los muchos meses, don Emerindo estaba pensando con firmeza en una decisión trascendental para su vida: tras 42 años vinculado a la entidad bancaria, consideraba que el momento de su jubilación había llegado. Correlativamente a esta convicción, se planteó la siguiente pregunta: ¿Por qué no dejar a su yerno en la jefatura de la sucursal?  Helio y Jimena ya habían traído a la vida una hija, llamada Esmeralda.


Pero esta veterana madre hace ya tiempo que viene haciendo “la vista gorda”, mirando hacia otro lado, ante las continuas y cada vez más descaradas infidelidades de su libertino esposo. Éste, considerando insuficiente la plataforma empresarial para su proyección social, se está acercando a otros planos de la colectividad ciudadana, donde sus ambiciones de notoriedad pueden verse mejor satisfechas. Se ha hecho miembro de una muy afamada cofradía religiosa, de naturaleza mariana, que procesiona el martes santo. Con su dinero y la habilidad que le caracteriza, a los dos meses de estar inscrito en la misma, ya ha sido incluido en la junta directiva que la preside. Aunque nunca le ha gustado el cante flamenco (lo aborrece en el alma) también ha decidido vincularse a una popular peña “El Martinete” que es visitada por importantes personalidades de la élite granadina y en la que cada lunes actúa un cantaor, con sus coplas y sentimientos que mueven los corazones, maestro acompañado de un cuadro de baile que sigue los sones de las guitarras, las castañuelas y esa percusión acústica que emociona y subyuga.  Y el tercer ángulo de sus objetivos  promocionales lo ocupa el campo de la política. Hasta ahora es un militante de base del partido que sustenta el equipo de gobierno en la corporación municipal. Pero todo se andará. Le han asegurado desde el partido que el Sr. Alcalde de la ciudad al fin le concederá esa cita que tiene solicitada desde hace  mes y medio. El dinero puede obrar milagros, en el siempre difícil frente de la popularidad.

A pesar de todos los cálculos, siempre existen algunos inoportunos flecos que se nos escapan en los objetivos propuestos. La entidad bancaria en la que trabajaba Helio fue absorbida por un importante grupo financiero japonés que dominaba el mercado mundial. La reestructuración comenzó con el cierre de entidades y la reducción negociada de plantillas. Se le ofreció un despido retribuido con arreglo a la ley o en su caso un traslado inminente, para trabajar como oficial administrativo en una sucursal bancaria ubicada de un pueblo de Zamora, relativamente cerca de la frontera portuguesa. Don Emerio hacía tiempo que dejó de significar algo en una empresa ahora dominada por el capital nipón. El “ángel de la guarda” familiar ya no podía apoyar al intrépido y ambicioso personaje. Y más ahora, cuando Jimena le reveló las andanzas de faldas que su desleal esposo mantenía con un amplio catálogo de atractivas y seductoras jovencitas. Los tiempos de “vacas flacas” también llegan para estos hábiles trepadores del espacio social.-


LOS DINÁMICOS ATAJOS DE UN AMBICIOSO ESCALADOR SOCIAL

José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
08 Noviembre 2019