viernes, 26 de mayo de 2023

EL ALEGRE QUIOSCO DE LA AMISTAD.

Son numerosas y variadas las imágenes con las que convivimos a diario y que conservamos grabadas en nuestra mente a través de la retina de nuestros ojos. Esas interesantes o curiosas “estampas” ciudadanas nos enraízan y fraternizan con el barrio o localidad en la que residimos. Suelen favorecer ese sosiego en el ánimo, que permite sustentar la normalidad rutinaria. Con el avance del tiempo van sumando centenares y miles de instantáneas, que el buen observador sabe captar, interpretar y valorar. Nos vamos a detener en una de ellas, que se repite con su presencia en los espacios y el tiempo de nuestras vidas: un modesto o más ornamentado puesto callejero, dedicado a la venta de chucherías y otros productos para el regalo y en cuyo entorno permanecen a diario un grupo de personas, que improvisan asientos para descansar, acompañar y dialogar. En este simple contexto se integra nuestra narración de esta semana.

Como en cada uno de los días, ENGRACIA SOLERA, una apacible y bondadosa señora, que ya no cumpliría los 50, abría al público su “tenderete”, que estaba ubicado en la plaza porticada del pueblo. En los pequeños estantes de este puesto callejero se hallaba depositada una atractiva mercancía que ilusionaba a pequeños, jóvenes y mayores. Esa vibrante chiquillería y otros muchos adultos observaban y compraban unos deliciosos “manjares”, para tomarlos en cualquier lugar, ya fuera en los inmediatos asientos de piedra y madera que circundaban la plaza o en otros espacios del municipio. Se ofertaba diversos tipos de sabrosos caramelos, cacahuetes, avellanas, bolsitas de pipas tostadas de girasol, almendras, chocolatinas, almendras, chufas y altramuces. No faltaban las bolitas de azúcar, que lucían vistosos colores, las barritas de regaliz y las bolsitas de patatas fritas u otros snacks. En una pequeña nevera tenía también a disposición de quien lo deseara botellines de agua y algunos refrescos. Durante la temporada de verano, una empresa de helados le facilitaba un mediano frigorífico congelador que, por su tamaño, tenía que estar situado al exterior del quiosco, salvo en las noches que, con gran esfuerzo y habilidad lo introducía en el interior, electrodoméstico dedicado para guardar y vender los productos congelados de la marca. En cuanto al material de lectura, sólo había concertado con el principal diario local, a fin de ofrecer a los parroquianos el periódico del día y ganar así unos céntimos, que le entregaban por cada por cada uno de los ejemplares vendidos.

El estado civil que Engracia mantenía era la soltería. Toda su vida la había compartido de manera filial con su madre, doña Marcela, quien en sus años de juventud irreflexiva quedó embarazada de un chico también muy inmaduro, residente en una localidad próxima, que trabajaba de cabrero. Cuando conoció que iba a ser padre, la irresponsabilidad de éste le llevó a abandonar a su infeliz pareja y a “huir” de su propia conciencia. Lo único que Marcela llegó a conocer del desleal compañero es que parece ser se alistó al tercio legionario en Ceuta. No llegó a tener más noticias de él. Así que Engracia creció sin conocer a su padre, lo que incidió en una mayor unión filial con una madre que la supo sacar adelante, con admirable esfuerzo, amor y voluntad. Esta buena mujer se ganaba la vida tricotando y cosiendo, con especial destreza, durante muchas de las horas del día. Enseñó a su hija esa bella y artesanal tarea, trabajando ambas con gran tesón y eficacia. Eran afamados los jerséis que tricotaban, para niños y mayores, prendas que Engracia llevaba para vender a la mercería de Fernanda y así ir ganando un honrado sustento.

Pero avanzados sus cuarenta, se vio inmersa en dos desgraciadas circunstancias que afectaron profundamente a la normalidad rutinaria de su sencilla existencia. Por una parte, se fue de la vida su madre doña Marcela, debido a su avanzada edad y a unos complicados fallos orgánicos. Sumado a esta pérdida luctuosa, Engracia comenzó a detectar el avance de la artrosis por diversas partes de su estructura corporal, de manera especial en la articulación de sus manos, por lo que su tradicional labor con la costura y el ganchillo tuvo que abandonarla. Todo ello condicionó su nueva forma de ingresar el sustento necesario para sus necesidades básicas. Lamentablemente, a pasar de haber sido durante largos años trabajadora autónoma, nunca había cotizado. Tenía que seguir trabajando para poder vivir, pero en alguna actividad que sus manos y resto del cuerpo hicieran posible.

Ese nuevo enfoque económico para su vida se vio determinado por un oportuno hecho que ella supo bien aprovechar. En su barrio había un conocido vecino, llamado Celestino, hombre viudo y con muchos años a sus espaldas, que poseía un modesto puestecillo, con autorización municipal, en el que vendía chucherías para los niños y tabaco para los adultos. Dada su edad, estaba dispuesto a dejar esta humilde propiedad, traspasándola por un precio no elevado (dado el estado en que se encontraba el envejecido quiosco) a quien estuviese interesado en poseerla y rentabilizarla. Especialmente en los pueblos, aunque sean de importante extensión y demografía, las noticias “corren de boca en boca”. Por esta circunstancia, Engracia conoció una interesante posibilidad para su sustento y se mostró muy animada para “embarcarse” en esta nueva aventura para ella.

Fue el propio párroco, un joven y dinámico sacerdote llamado D. Efraín, quien intermedió en el asunto del traspaso, conociendo las circunstancias y deseos de sus dos feligreses. Celestino aceptó traspasar su viejo puesto de chuches, situado en la plaza principal del pueblo, a la Sra. Engracia, a quien bien conocía. Los ahorros de la antigua costurera podían afrontar la compra de esa “propiedad ambulante”, traspaso que quedó fijado en una cantidad fija de 1.000 euros. D. Críspulo, el alcalde de este municipio, favoreció administrativamente esta humana y social transacción, conociendo el buen trasfondo de la misma a través de su amistad con el Sr. cura párroco.

El puesto de Celestino se encontraba, en realidad, en un estado “ruinoso”. Pero ello no fue óbice para que la esperanzadora compra se realizara. La ubicación municipal del quiosco, muy cerca de la iglesia del pueblo, era en sumo estratégica. Estas plazas pueblerinas suelen ser un muy interesante e interesante punto de encuentro diario, para los vecinos de la localidad. También para la vital chiquillería, que gusta comprar todos tipo de chucherías, especialmente por las tardes y durante los fines de semana. Lógicamente, los jóvenes y mayores acudían al “puesto” del Celestino para adquirir el tabaco, las cerillas, los refrescos y esas chocolatinas que tanto gustan. Pero desde que se produjo el traspaso, Engracia, la nueva propietaria, que era mujer acérrima en contra del tabaco y los fumadores, había decidido que en su quiosco no se vendería en el futuro cajetillas ni unidades sueltas de tan “maligna” y desaconsejada mercancía.

Pero era necesario renovar el muy deteriorado quiosco de Celestino. Para ello, Engracia pensó en Urbano, para cuya mujer ella había cortado y cosido varios trajes. Era un buen carpintero que no sólo trabajaba la madera sino también algunos metales, como el aluminio. La receptividad de este profesional fue manifiesta. Renovó la cubierta, para evitar las siempre inesperadas y molestas goteras en los días de lluvia. También aplicó un nuevo blindaje en las zonas frontales y laterales. Un buen repaso de pintura dejó al ”nuevo” quiosco de muy buen ver. El propio Urbano, un gran “manitas” del bricolaje, reformó circuito eléctrico. La factura de los materiales y mano de obra sumaba un total de 525 euros. Cuando Engracia se dispuso a efectuar el pago, el vecino Urbano le dijo con la franqueza de la amistad: “Te cambio la mano de obra por una cena en casa, ya que Águeda me ha comentado lo bien que sabes cocinar. En cuanto al material, vamos a esperar un tiempo, hasta que te vayas desahogando con tu nuevo negocio”. Engracia se sentía feliz y halagada al sentir el cariño y la amistad de tan buenos convecinos.  

Y así comenzó la nueva aventura del QUIOSCO DE LA AMISTAD, título emblemático donde los haya, que reflejaba muy bien ese importante valor que priorizaba en su vida la buena Engracia. Esa nueva actividad de la antigua costurera discurrió por los caminos esperanzados que la activa mujer atesoraba. Preferentemente por las tardes, pero también en las horas matinales, era frecuente ver alrededor del quiosco a una serie de vecinos, la mayoría personas mayores, haciendo compañía a su propietaria y practicando una fraternal tertulia, diálogo que tanto enriquece, tanto por lo que se aprende como por todo aquello que se aporta. Esa tertulia espontánea que se practicaba alrededor del puesto de chucherías iba calando entre el interés de la vecindad. Como ante se expresaba, eran en su mayoría vecinos jubilados que tenían ante sí todas las horas del día y las semanas, tiempo en el que las prisas y los minuteros del reloj han dejado de condicionar y acelerar los latidos vitales del alma.

Tras los educados “buenos días”, intercambiados por los vecinos recién llegados, todos iban ingeniando algún sitio en donde sentarse, ya fuera alguna banqueta, taburete, cajón o un simple palé de madera. No faltaban aquellos que llevaban su propia silla desde casa. Allí sentados permanecían muchos de los minutos del día, hablando, mirando, susurrando e incluso soñando. Vemos a Matías, el antiguo carnicero ya jubilado, Fátima la simpática y “parlanchina” panadera, Isidro el fiel sacristán de la parroquia o Emiliano vistiendo algún elemento del uniforme de la legión, preferentemente el gorro que luce alguna que otra insignia, tiempos pretéritos que él recuerda con irrefrenable emoción, nostalgia y fraternidad. También era frecuente la presencia de Anichi, quien a sus muchos ochenta y tantos, memorizaba con asombro y sentimiento aquellos muy lejanos y vibrantes años mozos de su juventud. Narraba con orgullo cómo deslumbraba a todos con su fino talle y ágil andadura, su cautivadora mirada y su sensualidad desbordante de una alegre jovencita que a todos “encandilaba y a muchos “desesperaba”, cuando sus cuerpos temblaban y vibraban ante los requerimientos del cuerpo. Y del alma … Anichi suele ocultar hoy sus manos agrietadas y nerviadas con unos finos guantes, lo que sumado a otros atuendos genera un cariñoso apelativo con el que muchos la señalan: la “marquesita desflorada”.

Y estos convecinos que apetecían echar largos ratos en el quiosco de la amistas ¿de qué hablaban? De todo y de “nada”. Especialmente gustaban intercambiar palabras y frases de todo aquello cuyo contenido pudiera distraer, entretener, hacer más llevadero el paso de los minutos de una aburrida rutina vital. Y de nada importante, en lo social. En realidad, eran más los silencios que las palabras pronunciadas, aplicando ese lenguaje misterioso y críptico que se aprende cuando los amaneceres ya no se recuerdan, ni los atardeceres se pueden enumerar. Al final lo que quedaba, de una tarde o una mañana de compañía eran más las miradas y las sonrisas, que los proyectos y aventuras que no había lugar, fundamento o importancia para narrar.

Dentro del quiosco, Engracia teníoa un gran bote de grueso vidrio, en cuyo interior había decenas y decenas de bolitas de caramelo, teñidos de todos los colores, como un arco iris benéfico, que siempre está presto para regalar. ¿A quién? A esos niños que se acercaban al puestecillo, sin monedas en las alforjas de sus bolsillos, parándose a contemplar con ilusión todos esos “dulces” suculentos que a falta de pecunio no podían comprar, ni degustar. Pero ellos saben y conocen que la “señá” Engracia siempre tendrá el gesto amable y dadivoso de entregarles una de esas bolitas endulzadas del anhelado bote, al que la buena señora ha puesto el nombre del “manantial”. Lo hacía sin un mal gesto, todo lo contrario, añadiendo una caricia junto al caramelo y todo ello sin tener nada que pagar. Esta señora era como si fuera la madre de ninguno, pero sin la de todos los niños del lugar. Esa buena señora que tantas veces repetía: “ningún sin caramelo, ningún niño sin esa sonrisa que tanto nos hace disfrutar”. Y cuando el sol se retiraba y el color anaranjado teñía el cielo del lugar, uno, otro, todos volvían a sus casas, en donde alumbraban y cobijaban con el suave fuego del cariño y la grata fraternidad.

Han pasado muchas hojas del almanaque en todas estas vidas que laten por el lugar.  Vemos a un joven matrimonio integrado por Lara y Nicolás que hoy han vuelto al pueblo de su infancia, pues un motivo importante les ha hecho priorizar la lúcida oportunidad. El trabaja como carpintero en una fábrica de muebles, situada en la no muy capital. Domina bien el artesanal oficio que aprendió de su padre, Urbano, al que ya no podrá abrazar. Ella es la hija de Fernanda, la mercera que, junto a otros necesarios artículos, vendía aquellos jerséis que tan bien tricotaban doña Marcela y su hija Engracia, con extremada belleza, destreza y calidad. Nicolás y Lara eran dos de esos niños que acudían al quiosco de Engracia, a emplear los reales y pesetillas que, con esfuerzo y habilidad, bien podían acumular. Compraban chicles, pipas y caramelos, con los que golosamente podían disfrutar. Y cuando los fondos ya no quedaban, siempre sabían encontrar la mano generosa de la señá Engracia, para abrir el suculento bote del “manantial” y recibir una bolita de caramelo para sonreír y saborear.

Esta vuelta a sus orígenes infantiles es debida a que el Sr. alcalde ha decidido declarar el lugar que ocupaba el quiosco de Engracia, como espacio privilegiado para la amistad. En el sitio que ocupaba el atrayente e inolvidable puesto de caramelos, mana ahora el agua transparente de una gran y vital fuente de mármol blanco, con chorros de “lluvia” continuada que refrescan con acierto el ambiente cálido de los veranos soleados de esta preciosa localidad. Esos chorros de agua transparente son como una dulce lluvia de caramelos, que saben alegrar el ánimo y el paladar.

En un lugar preferente de esa fuente benefactora y refrescante, la respetada autoridad municipal descubrió una placa de metal cromado con un bello texto grabado, con primoroso esmero y respeto en el recuerdo, dedicado a una buena mujer que muchos recuerdan con el cálido cariño de la amistad.

 


“Aquí floreció durante 21 años, para alegría de niños y mayores, el muy grato quiosco de Engracia, aquel inolvidable puesto de caramelos y chuches, para la alegría y la unión popular. Todos te recordamos con cariño y agradecimiento, como a esas buenas personas que nunca se han de olvidar. Gracias, gracias querida, admirable vecina y amiga, por tus entretenidas tertulias, tus sabrosos caramelos y esa maravillosa sociología, que alimenta el ánimo sublime de la fraternidad”.

 

 

EL ALEGRE QUIOSCO

DE LA AMISTAD

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 26 mayo 2023

                                          Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                 Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 



 

viernes, 19 de mayo de 2023

FRIDA, EN SU REALIDAD DE LA NOCHE.

A lo largo del día, podemos relacionarnos con muchas personas. Son aquéllas que habitan en nuestro bloque de viviendas o forman parte del amplio vecindario que conforma el barrio o zona en donde residimos. También hay que sumar el grupo de compañeros, que forman parte de nuestro ámbito laboral. No olvidemos tampoco a nuestros familiares y a los profesionales de los comercios u organismos que solemos visitar. Y así un largo etc. En general, tenemos una imagen formada y un conocimiento, básico o más detallado, de la mayoría de estas personas con las que convivimos en el día a día. Dicho de otro modo, identificamos a cada uno de nuestros familiares, amigos, vecinos, profesionales y compañeros con una serie de rasgos, datos que los individualizan y ubican perfectamente en un determinado lugar o espacio de nuestra preferencia y receptividad. Sus caracteres externos se hallan “dibujados” y perfectamente organizados en nuestro conocimiento. Pero la prudencia y experiencia nos aconseja considerar que toda persona tiene caracteres o planos “desconocidos” para nosotros, pues éstos forman parte, lógicamente, de su legítima e irrenunciable privacidad. En ocasiones solemos manifestar, con “infantil” arrogancia, “conozco muy bien a ese vecino, compañero o amigo. Lo tengo muy bien identificado, ya que lo conozco y trato desde hace muchos años”. ¿Pero, hasta dónde llega ese conocimiento que nos ufanamos en presumir? En este contexto se inserta nuestra historia de esta semana.

En la facultad de Derecho cumple horario laboral, desde hace más de tres lustros, un bedel de plantilla, llamado GREGORIO LISADRA. Este auxiliar por oposición (P.A.S. personal de administración y servicios) antes de vincularse con la institución académica, había estado largos años contratado como eventual en la red de bibliotecas públicas municipales. Con decisión y esfuerzo, mejoró en estabilidad cuando pudo hacer el cambio hacia el campus universitario de Teatinos. Gregorio está casado con HERMINIA, siempre asumiendo y entregada a sus labores de casa. El único hijo que tuvieron en su unión matrimonial, CARMELO, para alegría de sus progenitores está bien “colocado”. Casado y con dos niñas, ejerce como número de la Guardia Civil, estando destinado en la actualidad en el cuartel de la benemérita de la localidad cordobesa de Montilla.

En el barrio de la Victoria, donde este ejemplar y recto matrimonio tiene su piso, la imagen de este trabajador de la universidad, junto a su señora, se ha identificado y señalado desde “siempre” como un vecino de acendrada formalidad, rectitud y religiosidad. Sus compañeros de trabajo en la facultad, tanto los PAS como los PDI (personal docente investigador: catedráticos, profesores titulares, contratados, becarios, ayudantes) tienen a Gregorio en gran estima, positiva consideración que se une a un cierto respeto o “temor” en base a su seriedad de carácter. Su forma de ser es bastante seria y austera, siendo a veces escasamente comunicativo, pero, por fortuna, siempre aplica una extremada rectitud y responsabilidad en el cumplimiento de sus no complicadas obligaciones. Se le reconoce y valora su corrección y generosidad en la ayuda que siempre suele prestar en la necesidad. Esos compañeros comprenden y aceptan su mentalidad intensamente conservadora y religiosa, pues conocen la colaboración que presta en los oficios litúrgicos de su parroquia. Se “sospecha” que es persona de comunión diaria, un mucho “beato”, al igual que su mujer doña Herminia. Aplicando una cierta burlona comicidad, siempre en los parámetros cariñosos de la amistad, hace tiempo que le pusieron un “mote” que se va manteniendo en ese secreto que todos conocen. Le llaman “el sacristán”, apelativo que él simula desconocer y que lo acepta con resignación fraternal, entendiéndolo como la espontánea salida de sus compañeros más jóvenes, siempre abiertos a los chascarrillos y a la risa fácil.

En ocasiones, sus compañeros de facultad le han invitado para que asista con su mujer a diversas celebraciones, ya sean cumpleaños, bautizos o alguna fiesta de facultad. Pero él siempre declina estos ofrecimientos, agradeciendo con amabilidad esos gestos de confraternización “Perdona o entiéndeme. Mi carácter no va con esos “saraos” o fiestas. Soy así, ya me conoces, una persona muy tranquila”. Obviamente, los profesores y catedráticos de la facultad también conocen esta forma de ser del cumplidor auxiliar, valorando y aplaudiendo su rectitud y servicio en el cumplimiento de sus deberes, siempre bajo esa “máscara” de persona seria, taciturna y celoso de su privacidad que aplica desde que entra a trabajar en el establecimiento universitario. En definitiva, es un personaje “intachable” desde el punto de vista laboral, aunque en lo privado habría que calificarle como raro, “misterioso”, atípico. Una de esas personas extrañas que hay que aceptarlas tal y como son, sin entrar en más polémicas ni fáciles chascarrillos.

Un fin de semana de mayo, concretamente para la tarde/noche del sábado, D. SERVANDO del Morral, catedrático de derecho procesal, junto a su mujer Brígida Aliaga, habían concertado salir a cenar con D. FIRMINIO Real, catedrático de derecho canónico (antiguo jesuita secularizado) y su señora Pitita Venecia, profesores universitarios que mantienen una fuerte amistad. Ambos compañeros de la docencia son de la misma generación y están prestos a llegar a su sexta década vital. La relación entre sus respectivas cónyuges es también muy estrecha. Entre Brígida y Pitita desde hace tiempo hay una gran y fraternal connivencia. Suelen salir juntas de compras, también a merendar, momentos en los que las dos mujeres dialogan con franca y grata amistad. En realidad, eran ellas las que casi siempre propician esas agradables salidas a cenar y en las que sus palabras fluyen de continuo, ante la miradas comprensivas e insufribles de sus respectivos maridos.

Para la cena de ese sábado primaveral, Servando (sabía que en esta ocasión le tocaba invitar a él) había reservado mesa en un restaurante bien recomendado en Internet, selecto establecimiento denominado El FOGÓN DE FLAVIO, en donde garantizaban unas carnes a la plancha, exquisitamente adobadas con las hierbas silvestres recogidas en la naturaleza próxima de la zona alta marbellí. El coste del menú individual alcanzaba casi los tres dígitos, pero la calidad de su aromático y suculento contenido era incontestable. El ágape restaurador transcurrió como ya era habitual, en un ambiente de franca y muy grata camaradería. Deliciosa carne, buenas ensaladas y “apasionados” postres para unos estómagos golosos, como eran los de ambos caballeros, según reflejaban los muchos centímetros de sus generosos diámetros ventrales. Por supuesto, el riego de los densos y morados caldos riojanos había hidratado los cuerpos y exaltado oníricamente los ánimos de los cuatro veteranos comensales.

La cena había finalizado sobre las 22:45. La noche estaba artísticamente dibujada con las preciosas pinceladas térmicas de un cielo sembrado de brillantes y juguetonas estrellas. A pesar de sus “maduras” cronologías, las dos parejas se sentían con fuerzas suficientes para proseguir esa “rejuvenecedora” escapada del “finde”. Habían viajado a la cosmopolita localidad de la milla de oro en el Audi de Servando, el galante anfitrión de la noche. Así que antes de levantarse de la mesa, éste propuso elegir algún sitio afortunado o “picarón”, tipo tablao, sala de fiesta, para tomar esa copa embriagadora, avalada por algún espectáculo para sustentar la “infantil” distracción. “Es bueno cargar bien las pilas orgánicas, para afrontar mejor la dureza y rutina de la semana. Le voy a preguntar al maître y propietario Flavio, si nos recomienda algún sitio divertido, pero con clase, para acabar bien esta noche, que siempre deseamos sea inolvidable”.

Efectivamente, el solícito propietario del selecto restaurante no defraudó los deseos de los integrantes de la mesa catorce, complaciendo los requerimientos del profesor universitario de 59 años.

“Por supuesto, sé lo que necesitan para completar con sana alegría esta espléndida noche que se han regalado, con una meteorología sin igual. A mis distinguidos comensales les sugeriría una bien recomendaba sala de fiestas, de reconocido prestigio en la zona, denominada EL AULLIDO DEL LOBO. Está relativamente cerca de aquí. Les aseguro que localizarla es fácil, no tiene pérdida. Suben a su flamante vehículo y se acercan a Puerto Banús. Antes de entrar en la zona portuaria, giran hacia la derecha y se encuentran una carreterita algo terriza que les conducirá (con la ayuda de un gran poste anunciador, con la figura de un lobo mirando al cielo con rostro burlón) a ese bien iluminado y dibujado local de vivos colores, para el divertimento y la ilusión. En resumen, se encuentran a no más de un par de km de ese atrayente espacio, en el que no tendrán dificultad para aparcar el coche. En una sala de fiestas que recibe un público muy consolidado para disfrutar de manera desinhibida a lo largo de la madrugada (cierran a partir de las seis, en el amanecer). Allí encontrarán todo tipo de espectáculos: Karaokes, monólogos, gags, mimos atrevidos, baile flamenco (en su origen fue un famoso tablao, titulado la Cueva del lobo). Y lo más atrayente, es lo que ofrecen a la hora bruja, entre las dos y las tres. (Los ojos pillines de teatrero Flavio brillaban en ese instante como unas baratijas modestas de imitación joyera). Me refiero a la sesión de striptease, que a todos emociona, escenificación por supuesto de buen gusto. A esa hora siempre se reparte chocolate caliente, bien mezclado con un licor exclusivo, para hacer juego con otras calenturas corporales. No se van a arrepentir, si deciden darse una vuelta por allí. Se los aseguro”. 

Pitita y Brígida se miraron e intercambiaron unas nerviosas sonrisas. Estaban verdaderamente azoradas, pero con ese retintín atrayente y miedoso de experimentar algo nuevo en sus normalizadas y aburridas existencias. Firminio opuso algún reparo en acudir a semejante “antro”, como no dudaba sería ese alarido o aullido lobezno. Pero al fin fue convencido por su amigo, el catedrático de procesal “total Firmio, una noche, es una noche”.

Como calculaba Flavio, en no más de veinte minutos estaban las dos parejas delante de un cutre local, iluminado con cálidas luces sensuales y pintado con colores “molestamente” chillones, muy llamativo, pero de precario y decadente gusto. En la puerta, vistiendo un llamativo y ajado uniforme, que parecía sacado de una tienda de disfraces baratos, el orondo conserje, tocado de una alta gorra adornada de pequeños aditamentos de cristal y latón, vestimenta que parecía proceder de los oficiales nazis de la 2ª Guerra Mundial. En lo alto de un no muy elevado palistroque, el aupado lobo con ese su aullido que miraba con fiera audacia al cielo. La imagen que el local sugería era la de un burdel de baja estofa, un lugar de citas y prostitución o todo lo más un somnoliento y triste “puticlub” de carretera.

Penetraron al interior del no muy espacioso establecimiento y con presteza la camarera Lili los condujo a una mesa cercana al escenario. El local estaba casi repleto de asistentes y con la atmósfera densamente viciada por el aroma sudoroso a grasienta humanidad. En ese momento, estaba desarrollándose una sesión de “premios” karaoke. En el tablado, sucio y descolorido por las pisadas y el taconeo del escenario, un señor mayor, calvo pero con una poblada barba, tocado con sombrero vaquero que le quedaba pequeño, pantalones ceñidos y botos muy bien lustrados, aparentando ser un fornido vaquero del viejo oeste, trataba de cantar, con manifiesto desafino y garganta alcoholizada y carrasposa, una antigua canción del género country en la América profunda.

Pidieron cuatro copas de Baileys con hielo, que fueron servidas con prontitud. Otra camarera, muy ligeramente vestida, entregó a las dos señoras sendos claveles rosas, que agradecieron con la sonrisa del bienestar. Tras el karaoke, continuó una actuación flamenca, con guitarra, baile y sonoro zapateado. Cuando el amplio contenido de las copas había desaparecido, debido al climax emocional que los cuatro clientes protagonizaban, Lili, con proverbial presteza, les recomendó el cocktail especialidad “de la casa”. Como no podía ser de otra manera, ese brebaje tenía por nombre el Aullido del lobo. Sobre una base de licor de naranja, parece ser le habían añadido una buena “dosis” o “lingotazo” de algo que podría ser vodka, esencia de mejorana y unas alegres bolitas congeladas de agua de rosas. El sabor picante que además tenía era de procedencia indescifrable. Los estómagos, no habituados, de los cuatro selectos clientes (el local se había ya prácticamente llenado) comenzaron a dar avisos de severas averías, que exigieron urgentes desplazamientos a los “sexualmente” decorados lavabos

La noche seguía y a eso de las dos y pico de la madrugada, después de escuchar un divertido monólogo de Mateo “el Cabrero” decidieron que ya era suficiente, había que poner fin a la velada. Pero Lili, siempre atenta y solícita, les rogó que esperasen, pues estaba a punto de comenzar la gran atracción, largamente esperada, de todas las noches. FRIDA´S SENSUALLI, el valorado y relamido striptease.

Sobre las tablas gastadas del escenario aparecía una esperpéntica mujer, así vestida, aunque era obvio que se trataba de un travesti bien relleno de cuerpo. Caminaba despacio, contorneando su grasienta y muy cremada figura, vestida al principio con un llamativo atuendo de intensos y básicos colores, adornado con collares de pesadas y largas cuentas, además de remaches, cristales brillantes y latones que simulaban la casaca castrense de una alta autoridad militar. Se cubría el rostro con una máscara anacarada que brillaba de continuo por los reflejos incidentes de los cañones de luces sobre su “patética” figura. La cara enmascarada dejaba ver una larga melena rubia (probablemente postiza) que volaba al aire con los suaves movimientos rítmicos de la “provocadora” artista. Una sensual música sonaba a través de los potentes bafles colocados en oportunos lugares de una sala con perímetro constructivo intencionalmente acorazonado. Frida, con estudiada lentitud escénica y al ritmo acompasado de los sonidos que se mezclaban con el “bombardeo” de luces de todos los colores, iba despojándose de sus finos o más toscos atuendos. A pesar de las medías rosadas que llevaba, las pantorrillas de la contorsionista striptease revelaban que la tal Frida gozaba de un fornido cuerpo masculino, entre las risas, comentarios obscenos y chirigotas de un “baboso” y excitado respetable, con la sangre ardiente y bastante alcoholizada.

Firminio cerraba los ojos ante el patético espectáculo que presenciaba. Servando hacía como si estuviese sonriendo, mientras a su mujer se la veía entusiasmada con ese color anímico que estaba recibiendo en esa diferente noche de sábado. Y es que el “cuerpazo” de Frida motivaba la comicidad, el choteo, las bromas e incluso el comentario lastimero del insólito esperpento representado en el aullido del lobo. Por fin, a redoble de tambor (tocado por una señora de muchos años, pequeña y piel muy curtida con rostro cansado y presa del sueño) llegó el “ansiado” momento en que la artista desvelara su rostro que ocultaba tras la misteriosa máscara plateada y anacarada. En aquel momento sólo cubría su cuerpo con unas bragas rojas que denotaban los signos volumétricos de la “masculinidad” y una suave y glamourosa camiseta estampada de corazones. Un ooohhhhooo del público retumbó en la sala. La imagen confirmaba la figura obvia de un hombre, de cierta edad. A pesar de las capas de maquillaje que trataban de disimular su recia epidermis, el rostro sonriente del ignoto personaje estuvo a punto de provocar sendos “síncopes” en los dos catedráticos que, a duras penas, trataban de apurar el bombazo del cocktail, marca de la casa. Efectivamente el personaje que representaba el striptease no era otro que ¡Gregorio, el “sacristán”, bedel de seria y comedida austeridad semanal! Estas insólitas coincidencias solo las podría explicar un destino o azar juguetón, caprichoso y travieso … maquiavélico.

Firminio se cubrió el rostro con ambas manos, tras constatar la real personalidad de Frida. No quería ver lo que sus ojos le mostraban. Tras unos segundos, miró a Servando, cuyo rostro se había emblanquecido, a pesar de la explosiva pócima que trataba de beber. Frida saludaba contorneando su mullida anatomía, entre el hazmerreír y el choteo de un público enfebrecido por el alcohol y la sensualidad. De inmediato, Servando abonó a Lili los 150 euros de la mesa y con voz autoritaria dijo sin dudar ¡Vámonos! Mientras tanto, algunos asistentes introducían billetes de propina en el pecho peludo del patético artista travestido. Cuando las dos parejas abandonaban la sala, Frida al fin reconoció a esos dos clientes, ilustres y respetados profesores con los que, desde su puesto auxiliar, trabajaba de lunes a viernes en la académica facultad de leyes.  

Durante ese domingo de mayo, los cinco protagonistas de este peculiar episodio dedicaron importantes minutos al pensamiento y al análisis de su estancia en la sala de fiestas El Aullido del Lobo. Los tres más directos implicados coincidían, en sus íntimas reflexiones, en que lo mejor era no remover más un asunto en sumo “incómodo” y desagradable por todos los ángulos que se considerase. El principal actor protagonista de los hechos, el auxiliar Gregorio Lisadra eludió de inmediato la conveniencia de dar una “difícil” o imposible explicación a los dos cualificados profesores, ante un comportamiento que afectaba legítimamente a su más celosa privacidad. Esa duplicidad de carácter que en su vida exhibía tenía su origen en una genética complicada y cruel que, desde pequeño, hubo de afrontar con más o menos sacrificio y eficacia, ante la dura incomprensión, disimulo o intolerancia familiar y social.  Los dos profesores consideraron, a título individual y después cuando hablaron telefónicamente, que lo “menos lesivo” para la buena atmósfera social y relacional de la facultad era “correr un tupido velo” con respecto al comportamiento “más o menos” privado del auxiliar de administración y servicios. Tanto Brígida como Pitita evitaron preguntar a sus maridos acerca del acelerado abandono de la sala de fiestas, tal vez porque asumían de que la visita al peculiar “antro” no había sido una decisión afortunada, después de una cena tan cordial y suculenta. Sin embargo, a una y otra mujer no se les ocultaba ese detalle de que la marcha de las dos parejas se precipitó en el momento en que la travesti Frida, como ellas la denominaban, se quitó la careta para desvelar los rasgos faciales que la identificaban. ¿Había algún conocimiento o relación entre esa persona y sus respectivos esposos? En todo caso evitaron o no quisieron ahondar más en el turbio asunto. Era más prudente, era mejor olvidar ese aventurero “fin de fiesta” sabatino. En otra ocasión habría que saber elegir mejor.

Y llegó el lunes, con la vuelta a las clases. Los tres “implicados” en verdad recelaban del temido reencuentro. El primero que llegó al centro universitario fue el propio conserje, siempre madrugador. Las puertas del centro se abrieron a las 8 en punto de la mañana. Pero desde las 7:30 Gregorio, el “sacristán” ya estaba en su puesto de trabajo, ordenando unas carpetas con materiales que había que llevar a diversos departamentos y a la propia biblioteca. Unos minutos más tarde de las ocho (las clases comenzaban a las 8:30) llegó el catedrático de derecho procesal quien sin apenas mirar al interior de la casetilla del conserje y a paso marcial (era hijo de un comandante del cuerpo de infantería) se limitó a decir, con voz que sonaba un tanto “imperativa” ¡Buenos días! Frío, glacial saludo que fue correspondido desde el interior del habitáculo con la servicial voz de “¡siempre a sus órdenes, don Servando!”. Unos minutos después fue el catedrático de derecho canónico quien pasó por delante de la caseta de conserjería. El antiguo miembro de la Compañía de Jesús musitó unas palabras en voz baja, mirando con fijeza impertinente al servicial y “enrojecido” bedel, quien levantándose de su silla respondió con una forzada inclinación del torso y cabeza, impulsivo movimiento que estuvo a punto de hacerle caer a las no bien limpiadas losetas del pavimento. Las palabras que, al tiempo, expresó el modesto auxiliar fueron simplemente “don Firminio” como en los saludos del oeste americano. Y la vida continuó sin más.

Este muy curioso episodio, al que se puede calificar de insólito, increíble, inesperado, sorprendente, pone de manifiesto cómo muy cerca de nuestro “pequeño y ridículo mundo”, en el ambiente relacional en que estamos inmersos, puede haber, tiene que haber, duplicidades de caracteres en muchas de esas personas que integran el cuerpo social. Ya no sólo formas de ser ocultas o mejor o peor disimuladas, sino en comportamientos integrados en respuestas sorprendentes para el entono convivencial que difícilmente salen a la luz. Esas respuestas no aparecen con más frecuencia en el espejo natural debido a que el valor de la tolerancia no está bien arraigado en las mentalidades colectivas e individuales. Esa cruel intolerancia hacia lo diferente, que provoca tanto estupor y escándalo en nuestras turbias hipocresías, es una asignatura pendiente que al paso de las décadas sigue sin resolverse. El mundo que los ortodoxos de la “pureza” quieren imponer a los que sienten y piensan en diferente, es la injusta y forzada brutalidad que las sociedades siguen sin resolver
en muchos de sus integrantes. Y nos preguntamos ¿No serán ellos, realmente, los heterodoxos de la libertad y del respeto a los demás?   

 

 

FRIDA,

EN SU REALIDAD DE LA NOCHE

 

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 19 mayo 202

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viernes, 12 de mayo de 2023

LA INVIABLE RECUPERACIÓN DEL PASADO.

Caminaba lentamente por el lateral sur del Parque malacitano, sin esa vigilancia subliminal del reloj que tanto suele condicionarnos para las prisas. Aunque la primavera es una etapa meteorológica de contrastes, la atmósfera reinante a esa hora del paseo, serían las seis de la tarde más o menos, era en sumo agradable. La permanencia solar compensaba térmicamente esa suave brisa marina del levante que permite tonificarnos y provoca que nos sintamos mejor. La jornada de ese martes de abril en las aulas, para Julia Naliana, profesora de inglés en un nuevo centro de enseñanza secundaria situado en la zona oeste de la capital, había sido harto laboriosa y, de manera especial, durante las clases finales del día. Ahora que el tiempo mejoraba, esta joven docente de 31 años y sin compromiso afectivo en ese momento, solía dedicar un par de lúcidas horas siempre que podía para realizar un paseo urbano vespertino que tanto le confortaba. Los hacía por distintas zonas de la ciudad, aunque con la llegada de las estaciones más plácidas en el tiempo, gustaba priorizar para esas pequeñas caminatas senderistas la zona portuaria o playera. Siempre valorando la proximidad íntima y física del mar. El placer de contemplar y fotografiar un bello atardecer era un poderoso atractivo para esta casi diaria opción. Por fortuna ese martes no tenía que dedicar tiempo a correcciones de pruebas o ejercicios y las tres clases del miércoles no le suponían la menor dificultad, pues eran alumnos de bachillerato y con ellos los comportamientos no generaban especiales problemas de disciplina.

Mezclaba esa tarde, en su saludable y lúdico desplazamiento, la zona central del paseo con algunos recorridos a través de la zona más densificada en arbolados y macizos florales, disfrutando de un sosegado ambiente vegetal, en el que se intercalaban zonas para el juego infantil con otras creatividades jardineras, como estanques, pequeñas plazas para el descanso y la reunión social, además de unas esculturas alusivas a distintos motivos y personajes de la tradición malacitana o de otros ámbitos espaciales. Situada ya en el conocido como Paseo de los Curas (denominación alusiva a los frecuentes recorridos que hacían por este camino paralelo a la verja portuaria, en las décadas centrales de la anterior centuria, grupos de estudiantes seminaristas y muchos de los sacerdotes y canónigos vinculados a la cercana Iglesia Catedral) se vio de inmediato acompañada por numerosos jubilados que reposaban sus cuerpos cansados, soñaban sus recuerdos o conversaban amigablemente, sentados en los bancos laterales de hierro y madera, ubicados a lo largo de todo el recorrido lineal, dirección Este de la ciudad.

En un momento concreto, creyó divisar a lo lejos, en la bruma difusa de la distancia, a un hombre que caminaba en dirección opuesta a la suya. Cuando la proximidad se reducía, supo reconocer de inmediato a esta persona, que mostraba su elevada estatura y la fortaleza atlética de su cuerpo, algo menos delgado de cómo ella lo recordaba en el tiempo. A pesar de haberse dejado crecer una corta barba en su “afilado” rostro, no tenía duda alguna de que iba a reencontrarse con Abel Palencia, a quien no había vuelto a ver desde hacía probablemente algo más de un lustro. Pero ¿quién era este ciudadano que, de inmediato también, había centrado sus ojos azules en esa mujer treintañera que le observaba con especial fijeza?

La amistad entre estas dos personas había surgido en una alegre fiesta de cumpleaños a la que ambos habían sido invitados, hacía más o menos unos doce años. En aquellos ya lejanos tiempos, ella cursaba segundo curso en el grado universitario de Filología inglesa. Su nuevo amigo, también estudiante universitario de medicina, era tres años mayor que ella. Fueron presentados por amigos comunes y pronto intimaron, pues el carácter de Abel era muy abierto, ocurrente, simpático y desde aquella tarde hizo todo lo posible para estar cerca de ella, generándose un acercamiento y atracción afectiva por parte de ambos. En apenas un par de semanas el noviazgo entre esta pareja era todo un hecho, opinando y valorando muchos de sus amigos que parecían “estar hechos el uno para el otro”. Efectivamente, así lo era. Se equilibraban la forma de ser más sensata y tranquila de Julia, con esos impulsos inteligentes inquietos y valientes que mostraba el temperamento imaginativo de un joven de acomodada familia, vinculada en generaciones con el ejercicio de la medicina. La familia de Julia era más modesta, pues su padre se ganaba honradamente la vida con el ejercicio libre de las reparaciones y montajes eléctricos, una persona muy laboriosa que con el esfuerzo diario mantenía a su familia y pudo dar estudios a quien era su única y muy querida hija.

Así pasaron los meses y los cursos académicos, con un noviazgo muy íntimo y necesitado entre ambos, aunque, como es perfectamente comprensible, hubo sus rencillas y diferencias, pero nunca de especial gravedad. Julia terminó su carrera lingüística con veintitrés años, mientras que él había comenzado a preparar las pruebas del MIR, en la especialidad de ginecología, rama de la medicina nunca ejercida por miembros de su familia.

Pero en esa crucial etapa de sus carreras universitarias, se juntaron y cruzaron dos razonables opciones que comenzaron a generar problemas de relación entre ambos. Por una parte, ella tenía el proyecto de pasar una temporada en territorio británico, a fin de practicar y profundizar más en el conocimiento de la lengua inglesa, sumando dos importantes estancias, tanto en la zona londinense, como también en la modalidad irlandesa. Estaba dispuesta a trabajar en lo mejor que pudiera encontrar, a fin de poder pagarse estos viajes y estancias que iban a tener aproximadamente una duración anual. Sin embargo, su pareja afectiva, cada vez con más fuerte carácter (por la tensión nerviosa ante las pruebas que tendría que afrontar para aprobar el MIR) pretendía que ella le acompañara a la capital de Asturias, en donde él había contratado plaza con un cualificado preparador de esas oposiciones tan concurridas en participantes y por tanto muy difíciles. Quería que ambos iniciaran una convivencia “conyugal”, contando con el apoyo económico de sus padres, a pesar de la reticencia de estos a que su hijo se vinculara de esa forma “tan bohemia” con una buena chica, desde luego, pero muy alejada familiarmente del estatus social que ellos representaban.

El enfrentamiento y los reproches no tardaron en surgir entre ambos. Así estuvieron durante unas semanas, con etapas de “concordia y reconciliación” a las que pronto sobrevenían posturas irreductibles, por los objetivos profesionales y formativos que uno y otro mantenían. Ninguno entendía las razones de su pareja, ni quería dar su brazo a torcer. Y en ese otoño “trágico “ para la aventura, llegó una tozuda ruptura, en una pareja amorosamente unida pero profesionalmente enfrentada por los egos y la testarudez. El “año británico” de Julia se prolongó algunos meses más, pues la acomodación de esta mujer en tierras inglesas e irlandesas fue muy lograda, ejerciendo diversos oficios (preceptora para el estudio de los hijos de algunas familias; profesora de español en un popular centro de idiomas; incluso también completó sus ingresos trabajando en cadenas de restauración como camarera). Residía en una buhardilla que compartía con una ciudadana italiana, Thais, que trabajaba de enfermera en un gran hospital no lejos de la gran arteria fluvial que irrigaba el Támesis. Por su parte Abel había marchado a Oviedo, para su adiestramiento con un prestigioso preparador. Allí dedicaba largas horas al estudio, etapa de esfuerzo que abarcó prácticamente un año de su vida. Todos los gastos que generaban su estancia en la capital asturiana, tanto por el apartamento que había alquilado, como por la alimentación y el costoso pago al preparador iba a cuenta de la cuenta corriente de sus padres que se sentían más tranquilos, una vez que la intensa relación sentimental entre su hijo y Julia no tardó en “enfriarse” en la dinámica “traviesa” de las distancias.

Efectivamente, en un principio uno y otro intentaron conservar una cierta amistad, aunque la ruptura afectiva entre ambos era más que patente, de manera especial en Abel, que nunca quiso asumir ni aceptar los racionales planteamientos profesionales y formativos de quien había sido una íntima compañera durante esos cálidos años de relación. Durante las primeras semanas, la comunicación electrónica permitió cruzar algunos correos, pero la intransigencia egoísta y soberbia del joven impidió las últimas respuestas a esos mensajes que ella se esforzó en enviar algunas de las noches. En apenas tres o cuatro semanas, la relación entre ambos había prácticamente desaparecido, tanto a nivel telefónico como a través de sus respectivas direcciones electrónicas. Cuando llegaron los eventos de Navidad, los dos jóvenes viajaron a Málaga, para compartir esas entrañables fiestas en familia, pero dada las circunstancias entre ambos, ninguno de los dos dio el paso necesario para concertar cita alguna que permitiera mantener el tibio fuego o calor de la amistad. Y las hojas del almanaque continuaron con su caída, como las de un bosque de pálidos castañares caducifolios, al ritmo estacional del sol, el viento y la lluvia.   

El inesperado reencuentro de esa tarde en el romántico Paseo de los Curas tuvo un educado comportamiento escénico por parte de ambos, quienes en un principio se esforzaron y cuidaron en mantener. Especialmente por parte de Abel, que sacó a relucir todas esas “académicas” formas que más pronto que tarde se adivinaban vacías, formales y carentes de esa verosimilitud que sustenta la transparencia.

“Vaya sorpresa ¡quién me lo iba a decir! ¿Cómo estás, Julia? Desde luego te veo muy bien… Han pasado ya cinco años, mucho tiempo desde luego y ya es curioso que nunca hayamos coincidido. Pero, cuéntame cómo te van las cosas, mujer. De todas formas, pienso que como la tarde está muy apetecible y primaveral, si no llevas mucha prisa, te invito a que compartamos un café o algo fresco que se te apetezca y así podemos contarnos algo de nuestras vidas”.

Verdaderamente Julia se había quedado como “cortada” y a medida que “corrían” los segundos no se le ocurrían palabras o frases acertadas con lo que decir. Al ver a su expareja tan amable y abierto, aceptó esa amable invitación que le hacía. Se hallaban muy cerca de la zona portuaria, por lo que caminaron sin mayor problema, intercambiándose sonrisas y esas palabras que son recurrentes cuando se encuentra a alguien que ha estado muy vinculado a nuestra vida. En pocos minutos ya se encontraban sentados en torno a una de las mesas, con atrayente márquetin escénico, en una cafetería de especial nombre en el listado de las franquicias: el Hard Rock Cafe. Uno y otro interlocutor, tras agotar esos básicos recursos de conversación iniciales, extremando una reciproca amabilidad, fueron desvelando aspectos más íntimos y relevantes, acerca de cómo les habían ido las cosas en ese “largo y corto quinquenio”.

Julia pudo conocer que su primer y único novio obtuvo sin mayores problemas plaza de médico interno residente, en la especialidad que él deseaba: la ginecología. Y que, en su estancia por tierras asturianas preparando las pruebas de oposición, encontró el calor afectivo de una mujer de la tierra, seis años mayor que él, vinculada a una rica familia dedicada al negocio de la sidra. En plena oposición conoció la alegre y complicada noticia de que iba a ser padre, por lo que la dinámica estrategia de ambas familias se movió con prudente y acelerada inteligencia. El matrimonio de Abel y Llara se celebró al fin, “como Dios manda” en la capital del Principado. Significativamente, el muy expresivo doctor en medicina mostró algunas fotos de su hija Aida, que en la actualidad alcanza sus cuatro años y medio de edad, aunque no lo hizo con respecto a la imagen de esposa.

De la misma forma y en correspondencia a tan expresiva locuacidad, Julia le resumió como había evolucionado su vida en estos años. Sus vivencias en tierras británicas y, después, la obtención de esa plaza de profesora por oposición también, para la que le fue en sumo útil, en cuanto al dominio de la expresión, la estancia de casi dieciocho meses en esos dos países del norte europeo. En un momento concreto, recibió esa pregunta muy propia del carácter pleno de ego en la persona que tenía a muy escasos centímetros de ella misma ¿Vives actualmente en pareja? Al conocer la respuesta negativa que ella pronunció en voz baja, el guardó un “prolongado, interminable y desagradable silencio” durante más o menos un minuto.

Lo que hasta entonces había sido un fortuito y amable reencuentro, entre dos personas que habían compartido sentimientos y muy profundas intimidades durante una importante fase de sus respectivas existencias, de inmediato cambió en las actitudes de uno y otro interlocutor.

Comenzaron los recuerdos incómodos, los malentendidos, los reproches y esa incómoda tensión que pone de manifiesto que las “razones” de uno y otro difícilmente tenían acomodación para la concordia.

“Cuando más falta me hacías, priorizaste por el contrario tu larga estancia en Inglaterra” “Yo también tenía mi vida y para ti lo único importante era la tuya” “Me tuve que casar porque había una niña que venía en camino. Esa es la única verdad” “No supiste ni quisiste esperarme” “Yo siempre he tenido la esperanza de reiniciar lo nuestro, pero de ti nada supe hasta hoy” “Nunca le gusté a tu familia. Ellos querían algo “mejor” para ti, de acuerdo con su estatus” “Ni una llamada, ni una felicitación en Navidad. Nada de nada” “Fuiste tu quien me dejó de escribir” “No sabes lo que supuso estar viviendo en una tierra extraña, alejado de la familia y de la persona a quien quería. Fue muy duro” “Y tú me vas a hablar de egoísmo. Lo que más te ha importado siempre es tu propia persona” ¿Crees que yo no sufrí, viendo que todas mis ilusiones contigo quedaban en la nada? ….

Así las manecillas del reloj iban avanzando, asombradas, incomodadas, incluso cansadas,

La atmósfera relacional de aquella inesperada tarde de reencuentro, entre Julia y Abel, había alcanzado un acre clímax de sinceridad y franqueza, que tenía la contrapartida de avanzar por la senda de los agravios, las acusaciones, con los egos respectivos dominando los diálogos, en los que había desaparecido la teatralizada y la muy cordial concordia inicial. Ante la inevitable tensión, lo mejor era poner fin a un incómodo lienzo de trazos, sentimientos y posicionamientos cíclicos y baldíos. En ese punto, ambos retomaron las formas educadas, en el que las sonrisas y las palabras recurrentes escritas en el manual de las habilidades sociales, aunque vacías y huérfanas de contenido, encontraron finalmente acomodo. Fue él quien mecánicamente dijo “Quedamos en llamarnos” recibiendo como respuesta un sonoro silencio por parte de una bella mujer a quien no había olvidado y echaba profundamente de menos, en esos breves momentos de intensa sinceridad ante los espejos veraces de su memoria y conciencia. Resultó curioso que ni uno ni otro hicieran ademán para un beso, apretón de manos y otra muestra expresiva de cálida afectividad. Muy fría y formal sonó la huérfana acústica del adiós y adiós.

Mientras que Abel tomó con presta diligencia la dirección hacia el centro de la ciudad, Julia caminó pausadamente, hacia la zona este del paseo marítimo, llegando en pocos minutos hacia uno de los espigones que se adentran en las aguas sosegadas del mediterráneo malacitano. Llegando al extremo sur del gran malecón, observó y disfrutó con la línea visual del horizonte oeste de la ciudad, marcada por un sol que en su despedida se había adornado con ese atuendo anaranjado que contrastaba con el celeste/azulado de un cielo encortinado de una tibia neblina. Sintiéndose dulcemente acariciada con ese aroma a salobre marisma que embriagaba su olfato, se dijo a sí misma unas palabras mentales, nunca pronunciadas “Mañana también volveré a disfrutar con la alegría del amanecer”. –

 

LA INVIABLE RECUPERACIÓN

DEL PASADO

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 12 mayo 2023

                                                                                                        Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es         Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/ 



 

jueves, 4 de mayo de 2023

EN UNA HONORABLE FAMILIA.

Los integrantes de este modélico matrimonio, que a nivel de la consideración popular podría calificarse como “de gente bien”, desde un punto de vista sociológico se incluirían en el grupo de la clase media alta. EUFEMIANO del Portal y Areces, 49 años, era un cualificado y afamado abogado, propietario de un bufete especializado en herencias, instalado en la Alameda Principal malagueña. También destacaban, con cierto prestigio, en la asesoría financiera de importantes capitales para su más rentable inversión. Los ingresos anuales por la prestación de estos servicios sumaban cifras de elevados dígitos en la opulenta cuenta corriente de la entidad bancaria.

Además de estas excelentes perspectivas económicas, con su hermano Aniceto, era poseedor de un importante patrimonio familiar heredado de sus padres. Numerosas hectáreas dedicadas al olivar, en la zona occidental  de la provincia de Jaén, tierras muy rentables de la alta Andalucía. En definitiva una familia con bastante dinero, lo que les permitía llevar un tren de vida en sumo ostentoso.

Femio, como era llamado cariñosamente a nivel familiar y de amigos, llevaba casado veinticinco años con Malvarrosa Candeal Paisaje, 46 años, titulada con el grado de psicología, especializada en los problemas de la evolución adolescente. Malva, como también era llamada por sus afectos, había dado a luz a dos descendientes, en la actualidad ambos emancipados, siempre con la sosegada seguridad de poder contar con la tarjeta bancaria de “papá” para afrontar cualquier contingencia. Berto, 24, analista y programador informático, iba “libando”  de flor en flor para sus necesidades afectivas. Su hermana Alma, 22, desde la adolescencia se había sentido motivada por la sensibilidad artística. Estaba finalizando el grado de Historia del Arte. Por influencia de su madre había encontrado acomodo laboral en una prestigiosa galería de arte, en las inmediaciones de calle Granada, en el núcleo antiguo de la ciudad. Allí trabajaba por las tardes, como asesora de proyectos y exposiciones.

Hacía una semana desde que, en la tarde de un lunes de abril, Malva al fin se había decidido, por consejo e insistencia de su íntima amiga Fina Manzanares, a pedir cita en una importante agencia privada de detectives, denominada LA INVISIBLE, nombre debidamente registrado en la delegación de comercio de la administración regional. Fina, amiga de los años de infancia escolar, era propietaria de una consolidada tienda de trajes para celebraciones, especialmente bodas y comuniones, ubicada en la zona de la Plaza de Félix Sáenz. Las confidencias entre ambas amigas eran continuas, dialogando casi a diario a través del móvil o echando esas tardes de merienda con hojaldres en cafeterías selectas. Fue precisamente Fina quien le sugirió contactar con esta prestigiosa agencia de profesionales, para el seguimiento investigativo de conductas y comportamientos anómalos. Sus trabajos se caracterizaban por su exquisita discrecionalidad y eficacia, lo que derivaba en el elevado coste de la minuta por sus servicios, generalmente con excelentes resultados para el cliente contratista.

Ese nuevo lunes, Malva fue recibida por el director de la agencia, Napoleón Cienfuegos, un veterano profesional de las investigaciones personales y económicas, tenaz bebedor de copas con alta graduación alcohólica y antiguo miembro del cuerpo nacional de policía, quien escuchó atentamente las explicaciones y datos de una atribulada cliente. La perspicaz psicóloga  sospechaba, con fundamento o indicios, que su marido tenía una ardorosa amante. Se basaba en esos pequeños pero significativos detalles, que una “despierta” mujer sabe detectar en la pareja con la que convive.

Tras más de una hora de reunión y habiendo rellenado dos amplios cuestionarios, con interrogantes y datos, además de facilitar fotos al respecto, el Sr. Napoleón le aseguró que en el plazo de un par de semanas ya poseerían resultados básicos para elaborar un primer informe, que se iría completando con otras pesquisas y nuevas vías investigativas. Le informó de que su oficina estaba vinculada con un despacho de abogados, especializado en complejas separaciones, divorcios y reparto de bienes,  por si fueran necesarios utilizar estos servicios. La minuta que tuvo que abonar en la secretaría de la agencia, por esta primera consulta, ascendió a 200 euros, más un depósito de 1500 para gastos diversos (todos ellos justificados puntualmente) que se fueran presentando  en el transcurso de la investigación. Cuando volvió a su domicilio, mantuvo una larga conversación telefónica con Fina, explicándole el resultado de la visita. Su amiga le reiteró que evitase comentar dato alguno con su marido, hasta tener en mano los primeros resultados del seguimiento que iban a realizar los cualificados detectives.

Dos semanas después, fue citada de nuevo para que visitara la agencia. A las 18:30 comenzó la segunda entrevista con Cienfuegos, quien serio y ceremonioso, le ofreció un primer informe elaborado por el equipo investigativo.

“Lamento comunicarle, estimada Sra. Candeal, que sus sospechas acerca del comportamiento infiel de don Eufemiano del Portal, su esposo, han quedado perfectamente confirmadas y documentadas. Desde hace aproximadamente siete meses (nuestros profesionales aplican medios muy sofisticados para estas concreciones temporales, D. Eufemiano se halla en relación afectiva con una joven de 22 años, llamada Eloisa, que trabaja en el bufete que dirige su marido como auxiliar administrativo, cuyas fotos debo mostrarle, pidiéndole encarecidamente disculpas, pues en las imágenes aparece junto a su “jefe” en actitud intensamente amorosa y … muy ligera de ropa, por lo que estas imágenes pueden herir su exquisita sensibilidad. En el disquette correspondiente que le voy a entregar, además de las fotos, están grabados unos archivos de voz y también algunos vídeos, que sustentan el comportamiento sexual que estas dos personas mantienen”.

A Cienfuegos le llamó la atención que, analizando el semblante de su cliente, ésta no parecía estar extremada o sofocadamente afectada ni, por supuesto, hizo escena alguna de la información tan relevante y explícita que llevaba bajo el brazo. Con la prudencia que le aportaba los largos años en el oficio, este veterano investigador privado procuró controlar bien la situación, tratando de aportar sosiego y control mental a la mujer que tenía ante sí, infielmente engañada por su marido. Había vivido decenas y decenas de experiencias, muy similares a la que esa tarde de lunes estaba protagonizando.

“Debo pedirle, por la experiencia que atesoro, que en modo alguno se precipite, Sra. Malva. Analice con prudencia la situación. Le facilito un día de la semana próxima, a fin de que tomemos la mejor medida que Vd. puede desear, entre las variantes que podamos ofrecerle. Debe estar tranquila, en lo posible, pues le aseguro de que poseemos un gran equipo especializado en arbitrajes y conciliación, junto a otro que trabaja con gran experiencia en las demandas ante los tribunales de justicia. Si le parece bien, el jueves de la semana próxima nos vemos en este mismo despacho, a las 11 en punto”.

Malva pagó otros 200 euros por la dura y realista entrevista que había mantenido con Napoleón Cienfuegos. Llegada a casa sobre las 19:45, se preparó un café bien cargado, tomándolo con parsimoniosa lentitud. Una vez más marcó el número de su íntima Fina Manzanares.

“Le puedes sacar una buena pasta, querida Malva, después de lo que me has contado, siempre y cuando te pongas en manos de un buen abogado que separa defender con astucia y estrategia castrense tus legítimos intereses. Te puedo recomendar el letrado que defendió a Belinda Clavicerca, cuyo nombre es Brando Mendicutti. Es más que un abogado, un verdadero genio. Consiguió para ella que se quedara el gran piso en el que residían, el coche Alfa Romeo familiar, el lujoso chalet apartamento de Altea y lo que es más contundente: una pensión del fulano de su marido que asciende a 2.200 euros netos mensuales, para el mantenimiento de los dos hijos del matrimonio roto. En el régimen de la custodia, sólo un fin de semana al mes para el ex. De todas formas me dices que ese gabinete de detectives tiene equipos muy cualificados. Te lo piensas con tranquilidad. La minuta de Mendicutti no baja de los 15.000 €. Es un profesional muy carero, pero los resultados mandan, por la eficacia de lo que consigue en el terreno judicial”. 

Aquella noche y en los siguientes días, Malva evitó decir palabra alguna o gesto impulsivo por lo que sabía a Eufemio. Era consciente del engaño desconsiderado de que era objeto, pero en ese momento pensaba era más inteligente aplicar la cautela si lo que deseaba era obtener un buen rendimiento de “su mala suerte”. Entre ellos hacía tiempo que practicaban una relación matrimonial con vistas a la galería. Desde hacía meses habían decidido dormir en camas separadas. El ardor sexual había desaparecido de sus vidas, mucho antes de esos veinticinco años de casados. Eufemio roncaba con incómoda acústica y tenía algunas alteraciones intestinales que le producían muy frecuentes episodios de inoportunos gases que alteraban el sosiego nocturno. Era más higiénico que cada uno de ellos tuviese su propio lecho para el descanso.

Sin duda era una desafortunada noticia, la información que le había facilitado Napoleón Cienfuegos. Pero había llegado ese momento en que era más inteligente actuar con fría y puntual estrategia  a fin de obtener “una buena tajada”. El patrimonio familiar de su esposo era muy “suculento” y tenía que actuar con cuidado pues, en el tema de las tierras jienenses, habían hecho en el momento del matrimonio separación de bienes, teniendo en cuenta la propiedad legítima que correspondía a su cuñado Aniceto.

Pasaron los días y Malva le seguía dando vueltas al asunto. No todo era un objetivo o problema “crematístico”, aplicando el lenguaje popular, tras la muy previsible desvinculación conyugal, sino también que como mujer le seguía dando vueltas a esa jovencita, de 22 años, administrativa en el bufete de Eufemio, cuya juventud y evidente belleza había “encandilado” al “casi” cincuentón decadente de su cónyuge. Por mucha fuerza mental que aplicara al conflicto, era una mujer que se sentía relegada por la belleza, juventud y vitalidad de esa niña candorosa, amable y “vampiresa” del amor, con bonitos ojos azules y algo “chinescos”, larga melena dorada, como los mejores rayos del astro sol. La tal Eloisa había hecho mella sentimental en el ego y amor propio de una madura y ya “agrietada” malva, con severos kilos de más, muy difíciles de disimular.

Tenía la cita con Cienfuegos para el jueves, Sin embargo, algo habría debido suceder cuando el martes recibió una llamada telefónica desde La Invisible, indicándole que debido a nuevas averiguaciones, quedaba convocada para el lunes siguiente. Se le reiteraba que para esa nueva entrevista, prevista para las 17 horas, estarían presentes representantes del gabinete jurídico, pues las decisiones a tomar iban a necesitar un buen soporte judicial. Se le encomiaba a que no faltase a esta cita, por los muy importantes asuntos que en la misma iban a ser tratados.

Este cambio de fecha y la previsión de nuevas informaciones, dejó un tanto inquieta y extrañada a una mujer en un trance muy complicado de su existencia. De inmediato contactó con su consejera y amiga de pro Fina Manzanares, pidiéndole insistentemente que la acompañara, pues tenía la percepción de que algo “especial” estaba apareciendo en el asunto de su relación con Eufemio. Todo se sumaba a que en los últimos días había también percibido unos cambios evidentes en el trato habitual que recibía de su esposo, siempre muy ocupado pero que ahora parecía que había alterado un tanto esos condicionantes laborales. Lo veía muy pensativo, su mirada ya no era la misma, tal vez preocupado. Sin duda estaba urdiendo algo que condicionaba un comportamiento diferente del usual.

Aquella misma tarde hizo una muy prudente y “secreta” llamada a una persona vinculada a su privacidad:

“Algo ocurre con Femio. Lo veo muy teatrero y algo tenso. Aunque tengo especial cuidado en nuestros movimientos, se me ha podido escapar algún detalle que motive era supuesta sospecha que estoy percibiendo. Puede sospechar algo. Creo que lo más aconsejable sería posponer nuestra “reunión” del viernes. Esta semana “no voy a poder ir a la peluquería”. También te comento que me han aplazado la reunión con Cienfuegos hasta el lunes. Aún están desarrollando el proceso investigativo. Tendremos tiempo para vernos, disfrutar e intercambiar palabras y gestos de amor. Cuídate. Estás siempre en mi corazón”.  

Cuando ese nuevo lunes Malva y Fina llegaron a la agencia, Mariam la secretaria las condujo a una pequeña sala decorada con un acogedor mobiliario. Incluso había a disposición de los clientes VIPs  un pequeño frigorífico con agua, refrescos y diversos snaks. Unos diez minutos más tarde, la secretaria volvió a hacer acto de presencia, pidiéndoles que la acompañasen a la sala principal de reuniones. Ya en su interior vio a Cienfuegos, junto a dos señores que probablemente eran abogados, todos muy serios aunque ceremoniosos.

“Es un placer saludarte, estimada Malva. Sra. Manzanares, encantado de conocerla. Me acompañan dos abogados integrantes del gabinete jurídico que trabajan con nosotros desde hace años. Por favor, tomen asiento”.

En este momento, Cienfuegos hizo una indicación gestual a Mariam para que saliera a cumplir algo previamente acordado. La atmósfera en la funcional sala era algo tensa. No habían pasado ni tres minutos, cuando se abrió de nuevo la puerta, entrando de nuevo la secretaria. Lo hacía acompañada en esta ocasión por una persona harto conocida para Malva: ¡Su marido, Eufemio del Portal! Cuando los dos esposos se encontraron, cruzaron aviesas miradas de sorpresa, rencor y probablemente de profundo desprecio. En uno y otro, el ritmo cardiaco se les había acelerado. Pero, después de unos segundos de crispación interna, ambos supieron integrar y teatralizar la insólita y cómica situación, disimulando con esa clase cínica, atesorada en años, el terrible impacto que a duras penas trataban de asumir. Entonces Napoleón, aparentando ejercer un poco de “juez de paz” habló:

“Tengo que decirles que es la primera vez, en el desarrollo de mi vida profesional, que me hallo en esta muy incómoda e insólita tesitura. Dos de nuestros equipos han estado trabajando de manera independiente, por encargo de dos respetables clientes. Esos dos clientes, son Vds. obviamente estaban vinculados en matrimonio. En un determinado instante, hace escasos días, los datos se han cruzado, comprobándose que estábamos haciendo dos seguimientos a personas que mantenían relaciones extramatrimoniales, de manifiesta infidelidad. Si me permiten definir esta peculiar coincidencia, utilizando una expresión que puede parecer burda, pero que me perdonarán en aras la innegociable claridad. Vd. Sr. Del Portal estaba engañando infielmente a su mujer y Vd. Sra. Candeal estaba engañando infielmente a su esposo. Si desean que cambie el tiempo pasado por el tiempo verbal presente, no tengo la menor dificultad para hacerlo. Esta duplicidad de infidelidades ha coincidido en dos de nuestros equipos de trabajo, que sin saberlo trabajaban paralelamente con dos personas que estaban jurídicamente vinculadas.

Llegados a esta peculiar, tal vez cómica y dolorosa situación, sugeriría y aconsejaría que las dos partes, ambos respetados clientes, a quienes incondicionalmente nos debemos, se esforzaran en llegar a un sensato punto de encuentro. Sería una muestra de pragmatismo, inteligencia y buena voluntad, valores que, sin duda, albergan en sus muy honorables y ejemplares personas. (Eufemio y Malva escuchaban mirando atónitos a don Napoleón Cienfuegos, en su magistral exposición. Por momentos no sabían si reír o llorar).

El gabinete jurídico va a intervenir a partir de este momento. Les asesorarán y ofrecerán el camino más pragmático que encauce esta anómala relación, siempre contando, eso sí, con la aceptación que estimen procedente o cualquier otro acuerdo al que, con pragmatismo, puedan alcanzar”.

SEIS MESES MÁS TARDE. La vida de los protagonistas de esta historia ha tenido, necesariamente, que cambiar en distintos sentidos en función de sus voluntades y deseos, siempre condicionados por sus acendrados y particulares egos. Malva Candeal y Eufemio del Portal siguen residiendo en el gran piso de su propiedad, 256 metros cuadrados, inmueble cuya distribución han cambiado, zonificando y tabicando los espacios de manera diferente. Una parte es ocupada por él. Ella hace su vida en la otra zona. Prácticamente evitan cualquier tipo de comunicación, salvo cuando han de acudir a determinados actos sociales, momentos en que teatralizan una fría y educada relación, todo de cara absolutamente a la galería. Cuando esas acciones sociales finalizan, se ignoran, incluso en lo más íntimo se desprecian y “odian”. Malva recibe para sus gastos cotidianos una importante asignación mensual. Eufemio también se hace cargo del coste del servicio (tres personas) que tienen contratado. Especialmente destaca un personaje, Jeremías, que ejerce de mayordomo, 57 años, y que actúa de enlace para las inexcusables situaciones que vinculan a “los señores”. Malva ha renunciado para siempre, bajo notario, a cualquier intento de acceder al importante patrimonio familiar de Eufemio y Aniceto, bajo compensación económica de 100.000 €. La minuta final de la agencia La INVISIBLE, por los servicios realizados, presentada al efecto por Napoleón Cienfuegos, ascendió a 3.200 euros, coste del que también se hizo cargo el letrado Sr. del Portal.

¿Sus hijos? Berto ha decidido marcharse a vivir al estado americano de California, para proseguir y cimentar su consolidada carrera informática. “Papá” se hace cargo de todos los gastos que supone este cambio de residencia. Alma, por su parte, termina su carrera de Arte en la Complutense madrileña, a cargo económico también de don Eufemio. Sin embargo, comparte sus estudios con un interesante trabajo en la capital. Está contratada en la Galería Minerva, gracias a las influencias de doña Fina Manzanares. Los dos hermanos, después de todos los cómicos y vergonzosos hechos, divulgados por entre la comidilla de esas amistades “de toda la vida” han puesto” tierra de por medio”, buscando la esa lejanía terapéutica que en modo alguno encuentran en la atmósfera viciada que representan sus maduros y “decadentes” progenitores.

¿Y aquellos dos jóvenes amantes de estos prestigiosos señores?  Lurio Pontoni, el atractivo físicamente pintor y escritor italiano, de 24 años, que en su momento fue paciente del gabinete psicológico y “lover” ardiente de la “doctora” Malvarrosa, y Eloisa Carriscosa, que trabajaba en el bufete de don Eufemio como auxiliar administrativo y “otras funciones técnicas” al servicio de éste, se han conocido y ya han compartido un par de fines de semana pleno de intimidades y sentimientos ardientes. Piensan, con vehemente atracción sexual, que el futuro está cronológicamente de su parte. -

 

EN UNA HONORABLE

FAMILIA

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 05 mayo 2023

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