viernes, 29 de diciembre de 2023

EL ÚLTIMO BILLETE DE TREN

En la vida que, con diversa suerte, vamos recorriendo, somos protagonistas de hechos insólitos, sorprendentes, incluso reñidos con la lógica, que acaecen en momentos o situaciones verdaderamente inesperadas y en modo alguno determinadas por nuestra intencionalidad. Ese tiempo o momento sorpresivo y nuestras propias respuestas en modo alguno se reviste con los atuendos normativos de la racionalidad. Realmente son los caprichos “divertidos” del destino, además del propio azar, quien dirige la evolución de esos acontecimientos que se desarrollan y escenifican en el teatro más o menos gratuito de nuestra existencia.

Aquella tarde del 31 de diciembre, día de San Silvestre, en el “acomodado” domicilio de los Tierrafranca-Castañeda predominaba esa divertida y alegre tensión nerviosa, necesaria para que “todo saliera bien”. Se estaban dando los últimos retoques a la cena de Nochevieja. Don SABINO y su mujer doña ÁGUEDA se multiplicaban en el quehacer, atendiendo a todos los numerosos detalles que permiten ofrecer una buena imagen, sustentadora del reconocimiento social. El veterano matrimonio preparaba una fraternal cena, a la que iban a asistir no sólo las parejas de sus dos hijos, ELADIO y NATIVIDAD, sino también los padres respectivos.

Efectivamente, estaban invitados y habían confirmado su asistencia los padres de GUADALUPE, don BERNARDO (un agente de aduanas que tenía su puesto de trabajo en el puerto de Málaga) con CÁNDIDA, su mujer. A esta familia, ya fraternal, se iban unir también el novio de Natividad, llamado TRINO, con sus padres don SIMEÓN (propietario de un pequeño establecimiento de joyería y relojería, en la popular y densificada zona de la Carretera de Cádiz) y su mujer PITITA (Esperanza). En total serían diez los comensales, para esa entrañable cena de Fin de Año.

El asado de pavo, relleno de trufas y hierbas aromáticas mediterráneas, doraba en el horno su muy generoso volumen, bien regado con vino dulce de Cómpeta. Las bandejas de surtidos entremeses ibéricos reposaban bien cubiertas y ordenadas, en los estantes de la cocina. En cuanto al variado y selecto marisco, encargado directamente a una tienda especializadas en productos gallegos, “atestaba” don grandes bandejas de plata, en el gran frigorífico de esta bien conocida familia, residente en el universitario barrio de Teatinos. El gran tronco para el postre, elaborado de nata, frutas, mazapanes y mezclas de chocolates de la Trapa, lo había traído Águeda de la tradicional confitería Aparicio, primoroso encargo realizado con bastante antelación, dada la abundante demanda que este popular establecimiento tiene en fechas tan señaladas. El servicio de bebidas lo controlada, con mano especializada, Sabino, tras encargo realizado en la bodega gourmet del supermercado El Corte Inglés.

Era tal la alteración nerviosa de esta familia, que Águeda ya se había cambiado el vestuario en dos ocasiones, pues al fin prefería los tonos oscuros, pensando que estos fríos cromatismos ayudarían a disimular mejor los kilos y grasas de sobrepeso que soportaba en su cada vez más fusiforme anatomía.

Aun no habían llegado las parejas de Eladio y Nati, con sus respectivos padres, cuando Águeda echó en falta algo que iba a ser muy útil en esa gran cena familiar para las Campanadas, especialmente pensando en el marisco: las servilletas de papel. Cuando fue a buscarlas, el lugar que ocupaban en la alacena estaba vacío, pues parece que su hijo había utilizado las pocas que quedaban, para una de sus frecuentes salidas senderistas de fin de semana y no las había sustituido. Por algo tan nimio, pero necesario, doña Águeda puso el grito en el cielo. Entonces su marido, con tal de no “escucharla” se colocó de inmediato la gabardina (la noche se había presentado bien fría) y con presteza se dispuso a salir del piso. Pensaba dirigirse a uno de los escasos comercios chinos que había en la barriada y que por experiencia conocía no cerraba hasta las 11 de la noche.

En ese preciso instante sonó el timbre de la puerta. Era Guadalupe, que venía acompañada por sus padres Bernardo y Cándida. Tras los “muy teatrales” saludos, con besos, apretón de manos y abrazos por doquier, ambiente embargado por un fuerte aroma a perfume de las señoras, Sabino se excusó indicando que bajaba por un pequeño detalle de última hora, pero que en no más de 10 minutos estaría de vuelta.

Sabino Tierrafranca, 52 años, ejerce como jefe de planta de confección de señoras, en unos grandes almacenes, de gran prestigio, no sólo en el ámbito comercial malagueño, sino también en el marco territorial nacional. Lleva casado con Águeda veintiséis años. La relación entre estos esposos es cordial, aunque hace mucho tiempo que dejó de ser “efusiva” en las muestras afectivas por ambas partes, dado el “cansancio” del vínculo conyugal. Cumplidor en su trabajo y fiel en su matrimonio, centra sus aficiones en el coleccionismo de sellos, la lectura de artículos económicos (es titulado en Ciencias Empresariales) y es un apasionado del juego de billar, actividad que practica algunos fines de semana con algunos compañeros de tienda.

Tras abandonar el ascensor y bien abrigado por la humedad de la noche, se dirigió al SOL NACIENTE, un espacioso comercio regido por una muy numerosa familia de orientales y en la que se podía encontrar casi de todo, con precios verdaderamente atrayentes, en las numerosas horas del día (también domingos y festivos) en que el establecimiento permanecía abierto al público. Le llamó la atención la cantidad de clientes que había a esas horas, en una noche tan señalada, en las estrechas naves atestadas de artículos para la venta. Probablemente toda esa gente deseaba comprar (como él) algunos artículos y alimentos de “última hora” que habían echado en falta en sus domicilios, para tener una mesa bien dispuesta. Una vez que ya tenía en sus manos los dos paquetes de servilletas de papel, se dispuso a guardar cola ante la caja de pago, en la que el “amigo” Ling cobraba con gran destreza y rapidez, aplicando esa su siempre sonrisa en el rostro, con la inclinación amable, mecánica y servicial de su cabeza ante el cliente que pagaba.

La persona que le antecedía era una mujer de mediana edad, que iba sola y que había comprado (según las dos bolsas que llevaba en el cesto) algunas verduras y frutas. Algo le decía a Sabino que la figura de aquella mujer le recordaba algo en su memoria. Ya al verla de espaldas tuvo esa sensación de conocerla por algún motivo. Esperó unos segundos y cuando la señora puso su cabeza de perfil los recuerdos se le “amontonaron” con ímpetu no sólo en su mente, sino también su corazón. Sin duda ¡era ALEXIA! Una mujer que nunca había podido borrar de su memoria.

En este momento, tenemos que hacer “un flash back” para retrotraernos unas tres décadas atrás en el tiempo, cuando Sabino cursaba el grado de Empresariales, en la facultad de Ciencias Económicas de El Ejido, en Málaga. Los dos jóvenes, Sabino y Alexia eran compañeros de promoción. Desde el primer instante en que se conocieron, intimaron y se atrajeron, en sus afectos. Pronto “ennoviaron”. Fueron tres años de intenso y desenfadado amor. Días y …muchas noches. Dos seres que se amaban, querían y necesitaban con inhibida ansiedad. Eran como “uña y carne” y no desaprovechaban las horas de los días para estar juntos. Cada una de las mañanas Sabino iba a recogerla a la casa en donde ella vivía con su madre, viuda. Era hija única.

El nombre de Alexia provenía de la decisión de su padre, un marino mercante de origen ruso y bastante aventurero. Le pusieron ese bello nombre al nacer, pues a su progenitor le recordaba el antiguo mundo de los zares. Un infausto día, el navío en que navegaba el padre de Alexia tuvo un desgraciado accidente en una noche de impetuosa tempestad, en las frías aguas del Báltico. En ese terrible naufragio, perdió la vida Yaroslav y otros doce miembros, compañeros de la tripulación. Esta durísima circunstancia unió aún más a la joven Alexia con su madre.

Pero el motivo por el que ese muy intenso amor entre los dos universitarios se “fue a pique” se generó en una “noche de juerga”, cuando Sabino y otros compañeros celebraban el final del tercer curso de carrera. Organizaron una “salida alocada” que, después de abundante bebida finalizó en un cutre “salón de señoras” trabajadoras del sexo. Esa desafortunada noche precisamente coincidió con un agravamiento del asma que sufría, desde hacía tiempo, la madre de Alexia, Amara.  Aunque pidió ayuda a su pareja, llamándolo en repetidas ocasiones, su teléfono no fue atendido, pues Sabino estaba de alegre “juerga” con sus amigos y las señoras de “compañía”. La señora estuvo a punto de perder la vida y Alexia no tuvo a su lado a la persona que necesitaba como ayuda en esos críticos momentos. La situación se agravó cuando la chica, tras una noche de dolor y tensión, volvía a su domicilio. Quiso la “mala suerte” que se encontrara a Sabino con su pandilla, que estaba en un estado lamentable de “borrachera” de alto nivel. Ese fue el punto de inflexión de un intenso y recíproco amor que, en una noche infortunada quedó roto. Ni ella ni él pudieron recuperar esa complicidad que los había unido durante los tres años de carrera.

Sabino desapareció paulatinamente de la vida de Alexia y ésta de la vida de su compañero y pareja afectiva. Sin embargo, al paso de los meses y los años, al caminar por sus respectivas existencias, ni Sabino ni Alexia pudieron borrar de su mente y corazón el intenso amor que recíprocamente habían protagonizado.

Unos treinta años después, ambos personajes se encontraron en una noche de fin de año, en un establecimiento regentado por chinos, a escasas horas de que dieran las 12 campanadas. A pesar de los cambios físicos, por el paso del tiempo, se reconocieron sin la menor dificultad. Se miraron una y otra vez. Y la sorpresa inicial se fue tornando para el intercambio de cálidas sonrisas, mientras por sus mentes iba rodando una película de alta velocidad que sintetizaba lo que habían perdido en sus vidas, en las tres décadas pasadas.

Sabino, con un patente y alegre trastorno, no cesaba de repetir una frase que sonaba “a gloria” en los oídos de una mujer que no había sabido o querido rehacer su vida con ningún otro hombre:

“No te puedo perder, mi querida Alexia, en esta segunda y tal vez la última oportunidad que el destino ha querido regalarme” “No te puedo perder, no te puedo volver a perder, mi bien querido y sublime amor. No lo dudes, sigues siendo la razón de mi vida”.

Los cinco/10 minutos revistos para la compra de las servilletas de papel se fueron convirtiendo en 15, 20, 30… Mientras tanto ya habían llegado al Domicio de los Tierrafranca-Castañeda Trino, con sus padres don Simeón y Pitita. Nueve miembros para la cena de Fin de Año, pero faltaba el “señor” de la casa, don Sabino, que se sentía inmensamente feliz, por una vez, al haber encontrado y recuperado, en una tienda de chinos, a la razón de su vida. Águeda estaba profundamente inquieta ante la tardanza de su marido, aunque trataba de disimular, ayudada por la habilidad social de sus hijos Eladio y Natividad, quienes pusieron unos villancicos mientras los padres de sus parejas aportaban temas intrascendentes para evitar esos silencios que además de incómodos crispan aún más un ambiente virado y tensionado “por el qué está pasando”.

Pasaban diez minutos sobre las 22 horas, cuando Águeda recibió en su móvil un mensaje de voz. Lo remitía Sergio y presurosa e incluso temblorosa se fue al dormitorio para escucharlo. Su contenido la dejó inmóvil y profundamente trastornada, sentada en el borde del lecho conyugal.

“Lo siento, Águeda. El destino ha querido que recupere al que fue y es el gran amor de mi vida. Intenta disculparme ante todos los presentes. Mi corazón manda más, que mi racionalidad. Te resultará muy difícil entenderlo y comprenderlo, pero es así. Os deseo tengáis una feliz salida y entrada de año”.

De ese ambiente crispado y nervioso, todos, absolutamente todos, intentaron pasar a la serena escenificación del disimulo. Se consideraban “gente bien” y querían evitar, a toda costa, romper una noche de tan emblemáticos significados. Eladio y Nati, trajeron sus guitarras y acompañaron el canto de villancicos que seguían sonando “sin que nadie los escuchara”. En un momento de gran entereza y madurez interpretativa, Águeda, la mujer, y esposa abandonada, pronunció una elegante, imperativa y responsable frase, que todos escucharon, mudos de admiración y respeto: “Bueno, ya es hora de que todos vayamos a la mesa. Una buena cena nos espera”.

En ese trasiego hacia el ágape fraternal, Bernardo y Simeón se acercaron con discreción a Águeda, para preguntarle, con la mayor delicadeza qué es lo que ocurría. La señora de la casa, con un gran autocontrol personal y forzando una difícil sonrisa, en medio del dolor que le albergaba, respondió:

“Queridos amigos, ese chiquillo inmaduro, llamado Sabino, piensa que ha recuperado al que fue el gran amor de su vida. Dejémosle hacer esa “locura de cincuentón” que tanto le afecta”. Y la noche de las 12 campanadas continuó su “mecánico y escénico” recorrido.

Sabino y Alexia (que vivía sola, en un lindo piso ubicado en la barriada del Puerto de la Torre) celebraron una cena íntima que ella supo organizar con sencilles y camaradería en muy escasos minutos, mirándose repetidamente uno al otro con cálido y ferviente amor. Ya no eran aquellos dos jóvenes vitales en su veintena añorada, sino dos personas “maduras” con los deterioros físicos producidos por el paso inexorable del tiempo. Pero ellos se veían como en aquellos años universitarios en lo que todo era posible, pues la juventud “casi todo lo puede”. Fue una noche de amor, sexo y recuerdos, en la que valoraban y agradecían al destino que al fin los hubiera vuelto a unir, para ser más felices. Eso era lo único y más importante. Los latidos del alma y la unión corporal vitalizaban una existencia lastrada por tres décadas de insoportables y absurdas ausencias. Tomaron las doce uvas de la suerte, mientras encima de la mesa del salón permanecían los dos paquetes de servilletas, que Sabino Tierrafranca había ido presuroso a comprar.

Un nuevo año, con sus semanas, meses y días. La vida de Sabino y Águeda marcha por senderos diferentes. Abogados especializados en rupturas matrimoniales realizan un ágil y eficaz gestión, a fin de resolver “satisfactoriamente” todos los detalles. Alexia, por su parte, es propietaria de una pequeña gestoría, en la que se gestionan multitud de asuntos administrativos. Junto a Sabino, se muestra muy ilusionada, ya que ella sí que ha sabido esperar. Piensan pasar por el Registro Civil a comienzos del verano, pues ambos curiosamente nacieron en ese mes que inicia el estío térmico. Él con 52 y ella con dos años menos. En esa altura de sus respectivas existencias, el amor ha vuelto a sus vidas.

Los hechos aquí narrados sólo pueden acaecer en esa noche alocada, divertida y trascendente, con la despedida y la bienvenida a una nueva anualidad. La sabia magia, en la noche de campanadas, hizo posible una gran “travesura” inesperada, insólita, inexplicable, pero grandiosa para el triunfo del amor. Ese sentimiento reciproco entre dos personas “mayores” que, como en el caso de la energía, nunca se pierde, sino que al fin se hace posible, aunque para ello haya tenido que recorrer la rutina opaca de tres largas décadas en el calendario. –

 

 

EL ÚLTIMO BILLETE DE TREN

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 29 diciembre 2023

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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viernes, 22 de diciembre de 2023

EL MERCADILLO DE LA ILUSIÓN.

 

Un año más, fiel a su cita en el calendario, llegan las fiestas más emblemáticas y universales de nuestra fraternidad. La NAVIDAD o el CHRISTMAS TIME, con la significación para todos del cambio de anualidad. Esta gran “luminosa” tradición es respetada y seguida por una gran parte de la humanidad. Efectivamente, las calles de nuestras ciudades son iluminadas con asombrosos juegos de luces. En el mundo cristiano occidental se repiten los cantos navideños, con esos villancicos que hablan de paz, amor y fraternidad, En muchos hogares y en espacios privados y públicos se montan los nacimientos o belenes, además de los árboles adornados para la Navidad. Los comercios se abastecen de objetos de todas las categorías para regalar, Ese comercio para la ilusión, más que para la necesidad, también sale a la calle, con esas decenas de puestos ambulantes, en el que múltiples artesanías son ofertadas para tener “ese detalle” para el regalo en Reyes o Navidad. Son fechas también “simpáticamente peligrosas” para todos aquellos que pretenden adelgazar. Las suculentas y copiosas comidas de hermandad organizadas en los centros de trabajo se unen a las tradicionales comidas y cenas de Nochebuena, Navidad, Fin de Año y el 1er. Día del Nuevo Año. Se ingiere y bebe demasiado pero, como algunos justifican, una vez al año los regímenes alimenticios pueden esperar.

No todo es luz, comida e intercambio comercial. Se programa una muestra cultural grandiosa, específicamente musical, con bellos conciertos dedicados a la magia de la Navidad. En ocasiones, hasta la crueldad de las guerras saben esperar, respetándose algunos días fraternos, impropios para la violencia en el matar.

Nuestro relato de esta semana está dedicado, como no podría ser de otra forma, a la magia de la Navidad. La historia, presta para narrar, se va a centrar en ese lúdico y alegre espacio, universalmente dedicado a esa esperada imagen ilusionada y amable de los MERCADILLOS o PUESTOS NAVIDEÑOS, en los que se generan escenas e imágenes llenas de cromatismo y curiosidad, en todo aquello que se ofrece y que los numerosos paseantes desean, con imaginación y generosidad, comprar.

Érase un mercadillo navideño, como el de Málaga, instalado en el marco incomparable del gran Parque, en un terreno ganado, hace casi siglo y medio, a las aguas del mar. Alegran el ambiente decenas de puestos bellamente adornados con mil y un objetos para comprar y regalar. Una de estas pequeñas tiendas, la número 47, estaba regida por NATALIO Recarte, natural de una provincia norteña, quien a sus 58 años lleva en este negocio del comercio ambulante más de tres décadas. Gran parte de ese extenso tiempo comercial lo ha desarrollado unido a su preciada, anhelada y añorada esposa CARMELA. El destino, la suerte o los caprichos de la genética les impidió esa gozosa descendencia, que tanto deseaban para enriquecer y sustentar su sencilla vida familiar.

Tal vez sea por ese razonable motivo o también por esos corazones tan “grandes” que contemplaban a los dos cariñosos cónyuges, por lo que decidieron que en sus pequeños pero densos estantes, además de en esa gran furgoneta en donde transportaban el material, además de las chucherías de siempre (los dulces de carbón, los variados chocolates de la tradición regional, o esas frutas caramelizadas, etc.) priorizaran entre la oferta comercial, una modesta pero ingeniosa juguetería, que hacía felices , con sus sonrisas llenas de asombro y anhelos desbordados, a los cientos de pequeños de aquellos lugares en donde instalaban su itinerante tenderete, en las fiestas y mercadillos festivos del calendario anual. Eran juguetes a ser posible tradicionales, con los que han jugado los niños de muchas generaciones y que estaban hechos optimizando el uso de la madera, el algodón, el cartón y la goma, productos esencialmente naturales, aunque la fuerza industrial forzara el uso del plástico y las aleaciones metálicas.

Lustrando su mostrados y estanterías, aparecían los denominados “juguetes de siempre”: la armónica, el trompo, el tirachinas, el visor o caleidoscopio, la bolsita de canicas, los juegos reunidos, el Parchís, la Oca, la muñeca de trapo, la cajita de acuarela, el Puzzle y rompecabezas de madera, la cuerda de saltar, las caretas de cartón, el juego de don Patata, los recortables de vestiditos o de soldados, el tambor, la zambomba, la pandereta, la trompeta , la flauta, la carraca, los vestiditos de pastores y pastoras etc.

Un mal día y de improviso, cosas del corazón, Carmela emprendió ese último viaje, sin destino explícito y que los humanos imaginamos hacia el cielo de las estrellas, los luceros o a ese misterioso “Paraíso” donde “dicen” todo es felicidad y armonía. Natalio tuvo que “sacar fuerzas de flaqueza” para superar la intensa tristeza que lo embargaba y continuar haciendo lo que su amada siempre había deseado: seguir con su comercio ambulante por las ciudades, pueblos y pequeñas localidades repartidas por el mosaico multicolor de nuestra geografía.  La vida seguía y este buen comerciante comprendió que el destino, sin mayor explicación, así lo había querido.  

A partir de estos duros momentos, con más afán e ilusión incluso, se esforzó en buscar ese calor humano en todos esos niños que acudían con sus padres, para mirar y remirar sus lindos y pequeños juguetes de siempre. Después de unos divertidos minutos, entre las dudas por la elección, ese pequeño, aquel niño y aquel otro ¡también! se decidían por un determinado juguete, sin duda el que más alegría, ilusión e interés le proporcionaban.

Y aquí aparece el tercer gran protagonista de esta bella historia. Fue en unas Navidades malacitanas, que quedaron fijadas para el buen recuerdo en los corazones de dos personas, separadas por muchos años generacionales.

Este buen comerciante se fijó en un niño, que no superaría los siete años. Este chiquillo se acercaba por las tardes a su puesto instalado en el Parque, junto al restos de los otros 70 autorizados por el ayuntamiento de la ciudad. Todos ellos, ofertando una lúdica mercancía con sabor navideño. El niño, que repetía casi todas las tardes, se paraba en el 47, sin duda motivado porque era el que más juguetes de “estilo tradicional” ofertaba en el mostrador y en las estanterías laterales y traseras. A preguntas de Natalio, el chico respondió que se llamaba ABEL, quien se quedaba largos e interesados minutos observando detenidamente los pequeños juguetes. Lo hacía de una forma sorprendentemente educada para un niño de tan corta edad. En absoluto molestaba al propietario. Con toda su inocencia, se iba deteniendo en unos más que en otros, con esa expresión “golosa” parecida a cuando pasamos por delante de un escaparate o mostrados de confitería y nos relamemos de gusto al ver los apetitosos pasteles que tenemos por delante, tras el cristal correspondiente para proteger la limpieza del dulce producto.   

Como la escena se repetía un día tras otro, Natalio disfrutaba intercambiando sencillas, ingenuas y simpáticas palabras con el pequeño (también con otros niños que se acercaban al stand). DE esta forma fue conociendo datos acerca de la vida del muy joven cliente, que miraba las lúdicas mercancías, pero que no compraba, sin duda por carencia de ese dinero que su familia no podía darle.

Efectivamente Abel sumaba ya los siete años. Por los datos que le daba y la presencia de su modesta vestimenta, debía de pertenecer a una familia sin grandes recursos. Explicó al feriante que vivía en una barriada no muy lejos del lugar en donde se encontraban, llamada El Perchel norte, en la vertiente derecha del cauce del río Guadalmedina. Esto dato resaltaba que el niño se tenía que dar un buen paseo, hasta llegar al lateral norte del Parque, en donde estaba instalado el mercadillo de los juguetes, las figuritas de los belenes, los puestos de los artilugios para las bromas y, por supuesto, los tenderetes para la venta de los interesantes productos de artesanía.

El pequeño Abel había sido criado, prácticamente desde sus primeros años, por su abuela ANDREA, con la que siempre había vivido. Esta buena señora se ganaba honradamente la vida limpiando portales y escaleras, de los bloques que iban poblando la Avda. de Andalucía. La madre de Abel, LORETO, se caracterizaba por ser u a persona muy desenfadada, amante de la “vida libre” no importándole tener relaciones con aquella persona que se le acercaba y que motivara su atracción y divertimento. El papá de Abel podría haber sido cualquier hombre que le gustara la variedad relacional. Cuando Abel había cumplido su segundo año de vida, Loreto se fue con un representante artístico de poca monta, pero de muy hábil y zalamera palabrería, un “fulano” que había prometido buscar escenarios a la joven, que gozaba de cualidades como cantante de música popular española.

Esa mamá “inconsciente” o poco formada, de tarde en tarde llamaba a su madre, la señora Andrea, preguntando por su hijo, quien ilusionado y espontáneo se ponía al teléfono, diciéndole a su mamá cuándo iba a volver. Le pedía que le trajera algún juguete de esos que tanto divierten a los niños para jugar con su inocente imaginación.  Loreto, en fechas señaladas enviaba algún giro postal a su madre. La joven bien sabía que Andrea nunca pararía en conseguir esos euros con los que siempre alimentaria y criaría a su nieto, al que tanto quería y cuidaba.

Toda esta información que Natalio iba recabando, lógicamente, no procedía únicamente de un niño de siete años que se acercaba cada tarde a mirar y a comentar sobre los juguetes. En una de estas ocasiones, Abel vino acompañado de su abuela Andrea. La señora quería conocer a dónde acudía su nieto cada tarde y con quien se relacionaba. De esta forma pudo conocer al este amable y servicial comerciante, con el que pudo intercambiar muchos minutos de amable conversación, oportunidades que se repitieron algunas tardes más.

En esos paseos hasta el Parque, Abel disfrutaba compartiendo la alegría que producían. Los centenares y miles de bombillas de colores que, a partir de las siete de la tarde inundaba ese populoso centro de la ciudad.  Se asombraba, de manera especial, con ese gran salón de palacio, convertido en elevada catedral, en el que la calle Larios se transforma, cuando llega la Navidad. Y sobre todo, cuando se daba el primer pase del espectáculo de juegos de luces, mezclados y sincronizados con esas canciones y villancicos, con sabor a Navidad. Y así cada tarde, en el que Natalio le preguntaba cómo había llevado el día, si se había portado bien, obedeciendo a su abuela y dejando ordenado su cuarto. Cuando Abel se despedía diciendo “hasta la tarde siguiente, Natalio” este “paternal” comerciante siempre ponía en la mano del pequeño alguna chuchería, fuera unas peladillas, caramelos o ese Chupachups con su palito para la seguridad, que tanto gustaba a un niño bien educado, motivado por esa gran amistad que había logrado crear.

¿Y cuáles eran los juguetes, en el “inmenso” reino de los juegos en el que se transformaba el mostrador 47, que más motivaban la curiosidad y la ilusión observadora del niño Abel? A preguntas de Natalio, el pequeño explicaba el porqué de esas sencillas elecciones.

“Me gusta mucho esa armónica. Un día, era domingo por la mañana, mi tata me llevó al circo y había un payaso que la sabía tocar muy bien. Era muy divertido. Yo nunca la he tocado, pero me gustan mucho sus bonitos sonidos. Los Reyes Magos nunca me han traído esa armónica, pero algún año sí se acordarán. Debe ser muy cara ¿verdad?”.

“También me atrae mucho la forma de ese extraño trompo de madera, pintado con círculos verdes y dorados. Tiene un “aparato” encima que no sé para lo que sirve. Yo he jugado con algunos.  Alrededor del trompo ataba el cordel, entonces Tiraba fuerte y lo arrojaba al suelo, en donde “bailaba” y giraba, durante mucho tiempo, siempre que las losetas estuvieran bien puestas porque si no se atascaba y se caía, dejando de bailar. Pero éste, con ese mango tan raro, no sé cómo funcionará”. Entonces Natalio, divertido, como “buen padre” se salía del puesto con el “moderno” trompo, trababa la cuerda con el “cabestrante”, tiraba con fuerza del cordón, el trompo se desprendía y giraba durante unos emocionantes minutos, manteniendo su inercia, hasta que, por alguna inflexión del suelo, se caía de su verticalidad. En ese momento, el niño y el hombre “niño” reían a plena carcajada. Esa admirable e infantil escena se interrumpía, porque de momento llegaba un nuevo cliente a preguntar y/a comprar y había que atenderlo, como siempre hacía,  con amable y servicial cordialidad.

Finalmente, Abel se había fijado en dos tipos de caleidoscopios de juguete, que Natalio tenía en el expositor. El paciente comerciante dejaba al pequeño que mirase por ambos visores, el cual se quedaba maravillado acerca de cómo los cristalitos de colores formaban preciosas figuras geométricas, que se iban modificando cuando iba girando el sorprendente instrumento para la visión. Todo ello en medio de un oohhhh emocionante y divertido al tiempo. L otro caleidoscopio carecía de cristalitos de colores en la pantalla. Ésta era un grueso cristal cuya conformación multiplicaba 18 voces aquellos dibujos o formas geométricas que se le acercaban o ponían por delante. Las constantes exclamaciones de Abel divertían mucho al buen comerciante que, en aquellos ratos por la tarde en que el niño aparecía, se sentía ejerciendo de ese padre que no pudo llegar a ser. Y todo por el destino caprichoso que determina la vida de los seres humanos. 

Y llegó la NOCHE MÁGICA DE REYES. Con la cabalgata en las calles, aún ese alegre día apareció el niño Abel por el puesto 47, para alegría de Natalio que se había habituado a compartir esos minutos gratos con un niño que bien podía ser su nieto por la edad, aunque el comerciante veía más en él a ese niño que el destino o la suerte no le quiso dar.   

¿Le has escrito ya la carta a los RR MM. de Oriente? Aunque no lo hayas hecho, es suficiente con que antes de dormir se lo pidas con esa ilusión que te caracteriza y ya veremos si mañana te han dejado algo en casa, de aquello que te gustaría tener para jugar y disfrutar. No olvides que los Reyes son unos “sabios” y pueden conocer incluso aquello que no le hayas pedido. Lo importante es desearlo, ofreciendo a cambio tu buen comportamiento con tu tata Andrea y con este amigo, muy mayor quien, te aseguro, nunca te va a olvidar”.

Cuando en la mañana del 6 de enero, Abel se levantó de su cama, fue caminando, con pasos sigilosos (era muy temprano y la Tata aún dormía, hacia un pequeño árbol que a comienzos de las fiestas navideñas habían decorado, con bolitas de colores y unos racimos de luces que pestañeaban una y otra vez. Junto a sus dos gastadas zapatillas quechua, que su abuela le había regalado en día de su cumpleaños, había ¡un precioso balón de badana! de color blanco, como los que utilizan los futbolistas en los campos verdes de césped. Ya Andrea también se había levantado y sonreía satisfecha al ver la cara de alegría que mostraba su querido nieto. Pero a pocos cm del árbol reposaba sobre la alfombra una pequeña caja de cartón que estaba envuelta en vistosos y brillantes colores de un plástico especial para regalos. Con infantil intriga Abel la fue abriendo, con esa emoción propia de no saber qué puede contener.

Al abrirla definitivamente, ese oohhh ya característico en un niño de siete abriles ¡una armónica, un trompo y un caleidoscopio! ¡Qué sabios son SS MM! Los saltos de felicidad de Abel eran de lo más divertido.

Y como en la pantalla de los cines, un flash back que nos lleva a unos días atrás. Una mañana Andrea se llegó hasta el puesto 47 con la intención de saludar a Natalio y agradecerle esos ratitos que tan bien hacía pasar a su nieto. Como regalo, le llevaba en su bolsa una fiambrera, llena de apetitosos rosquitos fritos de miel y unos borrachuelos rellenos de cabello de ángel. Ese presente llenó de emoción a Natalio, que explicó su “paternal comportamiento con Abel.

“Me hace pasar muy gratos momentos, en mi soledad existencial, a pesar de que siempre esté atendiendo al público que se acerca a mi stand. Es un niño muy bueno y que razona de una manera asombrosa con las conversaciones que mantenemos. Me alegra muchas de las tardes en que no hay demasiada venta. Lo considero como ese hijo que nunca tuve y al que me gusta enseñarle comportamientos buenos para que sea feliz en la vida que tiene por delante para recorrer”.

El atento comerciante preparó en una cajita de cartón esos tres regalos que tanto emocionaban al nieto de Andrea y se los entregó como regalo para que tuviera unos buenos RR MM en honor de su amigo, el del “puestecillo” 47 del Paseo del parque. El agradecimiento de la abuela fue efusivo y emocionante.

Ante la insistencia de Andrea, Natalio estuvo almorzando en casa de esta pequeña pero cariñosa familia durante los dos últimos días de estancia en Málaga. En la hora de la despedida, los dos grandes amigos se prometieron que al menos una vez al mes intercambiarían esa carta postal, en la que se contarían “cosas bonitas de sus vidas”. Y así sucedió. Cada mes, sin faltar, dos cartas viajaban entre Burgos y Málaga, misivas que contenían cálidas palabras de afecto y cariño, con la promesa de que de nuevo se verían y jugarían, cuando el comerciante castellano viniera de nuevo a la provincia malacitana, por feria o festividad.

¿Y qué ocurrió, al paso de los años, en esta bella historia de Navidad?

Abel Lozano, a sus 22 años, es un joven e imaginativo comerciante propietario de una bien montada tienda de juguetes, en una emblemática y comercial calle de la capital malagueña, Nueva. En este popular comercio, EL PARAÍSO DE LOS JUGUETES, además de vender tan lúdica y alegre mercancía, ha habilitado una zona para juegos y talleres de cuentos, dedicado a los clientes infantiles que la quieran visitar. Natalio, antes de despedirse con humildad de esta vida, legó ante notario todas sus pertenencias a este amigo, ahijado, ese hijo no de sangre sino de corazón, que conoció en una lejana Navidad, en el Paseo del Parque malacitano. Allí tuvo la suerte de sembrar y creer en la verdadera amistad. En un marco precioso de madera y cristal, que preside la tienda, se muestran tres valiosos y pequeños juguetes: una armónica, un caleidoscopio de cristalitos de colores y un curioso trompo, con un mango en la parte superior, que una y otra vez Abel tiene que explicar cómo funciona a todos esos niños, mayores y pequeños, con ganas de saber y aprender. -

             

 

EL MERCADILLO

DE LA ILUSIÓN

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 22 diciembre 202

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viernes, 15 de diciembre de 2023

UN EXTRAÑO CORREO, PARA LA INCERTIDUMBRE

A muchos nos suele ocurrir con frecuencia, de manera especial si somos personas algo distraídas o soportamos un cierto despiste en nuestra memoria. Vamos caminando a través de la ciudad y de manera inesperada alguien se nos queda mirando y de forma educada nos saluda. Además de mostrar expresivamente su sonrisa, en ocasiones incluso detiene su marcha, se nos acerca y nos pregunta cómo “van las cosas”. Incluso añade algún dato personal. Entonces te ves obligado a “disimular”, ante tus dudas, respondiéndole de manera amable y cordial. Tras la despedida y al reiniciar la marcha, sigues manteniendo en tu pensamiento esa repetida frase de “Pero ¿quién es este señor –o señora- a quien he saludado?  No lo logro localizar en mi memoria”.

La misma o similar experiencia se repite en el correo electrónico del ordenador o incluso a través del Blog personal. En ese también inesperado mensaje, aparece un remitente que con frecuencia se suele presentar de la misma forma: “Estimado … Te/Lo he localizado a través de Internet. He sido alumno/compañero suyo y lo recuerdo con gran afecto”. A continuación, añade algunos datos no especialmente concretos de la supuesta relación que hemos mantenido. “Lo he venido siguiendo por los contenidos de su blog y hoy finalmente me he animado a escribirle”. Como son escasos los datos que te ofrece, no resulta fácil realizar su localización en la memoria. A fin de evitar un desaire, tu respuesta se viste con formas “mecanicistas”, por supuesto cordiales, sin que sepas exactamente a quién estás escribiendo.

Lo sorprendente del caso es que, después de una semana y media del primer correo, ese “desconocido” que manifestaba llamarse URBANO, reaparece en mi vida. Sigue mezclando las frases amables, con algunos datos aislados referentes al destinatario. Pero lo fundamental de este segundo mensaje estaba en la petición que realizaba para que acudiera a una cita y pudiéramos mantener una conversación personal. Lo hacía de una forma explícitamente “suplicante”, pues daba a entender que se encontraba soportando un grave problema de naturaleza económica.

Desde luego, la primera respuesta que normalmente fluía ante la extraña petición es no hacer demasiado caso de un asunto que carecía de claridad por los cuatro costados. Pero en el misterioso correo adjuntaba una copia fotográfica, en la que se mostraba a un grupo de jóvenes, chicos y chicas, disfrutando de una mañana en la playa. Entre esos jóvenes, más o menos adolescentes, estaba mi propia imagen. Efectivamente, hace muchos años éramos miembros de un grupo juvenil parroquial, que participábamos en diversas actividades recreativas. En aquel grupo existían “altas y bajas” continuas de jóvenes, pues el colectivo tenía su sede en un lugar bastante céntrico y emblemático de la ciudad y además, para poder integrarse y entretenerse con las numerosas actividades que se llevaban a cabo no había que pagar cuotas ni mayores requisitos. La amistad era el aval imprescindible para echar unas horas durante las tardes y en los fines de semana, en el gran local que la parroquia gratuitamente nos cedía.  

Volviendo a la entrañable fotografía (en blanco y negro o escala de grises, como ahora se acostumbra a decir) la rebusqué afanosamente entre mis recuerdos de muchos años atrás y al final apareció, por cierto, con un buen estado de conservación. Recordaba algunos nombres de los amigos que allí aparecían y a los que no había vuelto a ver desde muchísimo tiempo. Y es que habían pasado ya más de cuatro décadas y media, desde la toma fotográfica de una entrañable y alegre mañana en la playa de la Misericordia malacitana. Era lógico pensar que la persona que firmaba el correo sería uno de los muchos jóvenes que aparecían en la escena grupal sobre la arena. Pero ese nombre carecía absolutamente de relevancia en mi memoria.

Sin embargo, a pesar de esa mi primera intención, decidí en uno de esos momentos en que miraba la foto rebuscando en la memoria, acceder a la petición del extraño personaje, que me “hablaba” desde la red informática. Quedamos en vernos en una cafetería, no lejos del monumento catedralicio, un viernes de otoño, a esa oportuna hora de las seis de la tarde.

Acudí a la cita con puntualidad. Tras estar un buen rato esperando en la puerta del establecimiento, sin que hiciera acto de presencia mi extraño interlocutor, me senté en una de las mesas que aún no estaban ocupadas por esa voraz clientela, que prolonga el tiempo de la merienda hasta las horas en que muchos extranjeros ya descansan en su cómodo lecho. El esperado personaje, por alguna razón que tuviera, no se presentó al encuentro concertado.

Sin embargo, aquella misma noche, para mi sorpresa, recibo una comunicación electrónica de Urbano. En dicho correo se justifica por su incomparecencia. Parece evidente que estuvo allí, pues aportaba algunos datos acerca de la ropa que yo llevaba puesta. En pocas palabras indicaba que su estado físico estaba actualmente muy deteriorado, a consecuencia de una mala vida de consumos y vivencias. En definitiva, que no tuvo fuerzas o ánimos suficientes para mostrarse ante mi persona. Pero a continuación de esa somera explicación, planteaba de manera abierta la necesidad que tenía de ayuda económica, además de buenos consejos para salir del marasmo y, por supuesto, esa confianza afectiva de la que se sentía huérfano.

El problema nuclear que le estaba provocando su principal motivo de desazón derivaba de un conflicto económico, con muchos flecos, en el que estaba preocupantemente inmerso. Lo explicaba a su manera. Había perpetrado diversos hurtos o robos monetarios, en la empresa de comercio textil donde trabajaba, filial de una importante cadena de ropa a nivel nacional. Ya no era sólo el despido lo que temía, sino las implicaciones penales que podían sobrevenirle, a consecuencia de su ilícito y delictivo comportamiento. Parece ser que ejercía funciones contables, en su desempeño profesional. Finalmente añadía que había acudido o llamado a muchas puertas, encontrando desigual respuesta en personas más o menos allegadas o amigas, Y a partir de ahí, concretaba su extraña petición.

El “amigo Urbano” (del que yo seguía sin recordar nada al respecto, tenía que ser uno de aquellos adolescentes y jóvenes que grupalmente nos habíamos fotografiados en una mañana de playa, hacía más de cuarenta años) me explicaba que había una asociación que le podía resolver el problema más grave, que no era otro que el fraude contable y la falsificación de los datos, para sostener los hurtos y robos subsiguientes. Dicha asociación podía recibir entregas económicas de personas que quisieran ayudarle, préstamos de 300 a 500 euros, que en el plazo de un año podrían ser devueltos con un interés notablemente más elevado que el que ofrecen en la actualidad las entidades bancarias. En definitiva, era una sociedad que manejaba o invertía un dinero negro inversor, de espaldas a la Administración tributaria. Según fuese los inversionistas que quisieran ayudarle, la ilícita asociación podría “sanear“ de alguna forma sus problemas contables, aunque él tendría que dedicar parte de su tiempo libre para trabajar a favor de los turbios negocios que ese grupo ilegal emprendía, un día tras otro. 

Desde luego todo parecía muy “turbio” y con muy precarios niveles de credibilidad. Me facilitaba una página web y una dirección electrónica, para que a través de la misma entrase en contacto con tan extraña sociedad financiera/inversionista, denominada PROFIT FACTORY. Al final de su largo correo me daba repetidas veces las gracias por la ayuda que pudiera prestarle, rogándome encarecidamente que fuese absolutamente discreto con toda la información que me había facilitado, pues estábamos tratando con un mundo muy peculiar, con el que no deberías “irte de la boca” pues en caso contrario las consecuencias podrían ser en extremo peligrosas. Apelaba, sentimentalmente, a ese vínculo de amistad grupal que nos había unido, en tiempos lejanos de nuestra lejana adolescencia y dinámica juventud.

La sede de dicha sociedad inversionista tenía que ser un “secreto de alto nivel” pues cuando entrabas en la página de la sociedad, toda ella escrita en inglés, ese dato era totalmente inexistente. Había que operar a través de Internet y esa supuesta localización parecía ser como una nube informática, sin una geografía espacial definida. Todo conducía a una realidad virtual. A consecuencia de esta dudosa percepción, consideré oportuno e inexcusable priorizar la prudencia antes de tomar decisiones de las que posteriormente me pudiera arrepentir.

Sin embargo, los acontecimientos se fueron sucediendo a una velocidad insospechada. En la noche del día siguiente recibí una llamada telefónica, de una voz un tanto angustiada. Era el tal Urbano que había localizado mi número móvil posiblemente a través de Internet. Me volvía a pedir, con reiteración que le ayudara. Me aclaraba que estaba realizando diversas llamadas a viejos amigos, a fin de que no dudaran de la bondad de dicha sociedad inversionista, con la que se podían obtener interesantes beneficios, a demás de ayudarle a superar una situación en extremo problemática para con su persona.

“Te estoy pidiendo sólo esa primera inversión de 300 euros, que tu puedes pagar sin un esfuerzo excesivo. Verás como dentro de un mes, la página de Profit Factory ya te ha sumado a esa cantidad un 15 %. Por supuesto que es un negocio en el mercado negro, pero mientras más personas inviertan, más seguridad voy a tener de que mis problemas se pueden resolver. Yo ya estoy colaborando en la dinamización de dicha sociedad. No tengo, para mi pesar, otra salida para estos problemas que me abruman. Te reitero y suplico que veas el funcionamiento de esta sociedad con una inversión mínima. Verás como en el futuro te sientes atraído a incrementar ese pequeño esfuerzo inversor, ante los óptimos resultados para tu economía que puedes obtener”.

Contra toda lógica, unos días después decidí evitar “dejar tirado en el lodazal” a un joven con el que, en los años de juventud, podría haber compartido el tiempo grupal, en los aledaños de una famosa y céntrica parroquia malacitana. No tenía conciencia de haberlo vista ya de mayor y en la foto aparecían muchos jóvenes y adolescentes. Aunque no sabía quién era el tal Urbano, decidí realizar una primera inversión. Y con la lógica intriga, cautela e incredulidad, adopté la decisión de esperar a ver la evolución propia de los acontecimientos. 

Pasaron las semanas. También algunos meses. No volví a tener contacto con el “antiguo amigo o compañero de grupo juvenil” pues, aunque al par de meses le escribí breves correos electrónicos, el servidor correspondiente me los devolvía de inmediato, pues no había encontrado un destino adecuado para la dirección que yo tenía, en donde depositar el susodicho e-mail. Di el asunto por zanjado, pues llegó el verano, con todos sus incentivos y aquella aventura nostálgica primaveral “sólo” me había supuesto trescientos euros. Y de la inversión y de ese interés del “mercado negro financiero” nada más se supo. Mal negocio, desde luego. Tal vez en aquel momento pudo más en mi el iluso sentimiento. sobre la prudencia y sensatez de la lógica.

Cuando en aquella mañana de septiembre sonó el timbre de mi puerta, no podía imaginar que en pocos minutos se iban a desvelar muchas preguntas y no escasas incertidumbres. Tras observar por la mirilla, veo a un hombre de mediana edad, vistiendo una chaqueta vaquera celeste, pantalones de la misma marca y calzando unas deportivas, posiblemente de las que se compran en Decathlon. Se presentó, enseñándome la placa correspondiente, como el subinspector del cuerpo nacional de policía Fermín Trascapilla. Persona de cuerpo delgado, complexión atlética, expresión algo cansada (comentó que había estado de guardia toda la noche) y portaba una mochila en su hombro izquierda. De cabello moreno, al igual que sus ojos, mostraba una incipiente barbilla que recorría toda su fina mandíbula, completándola con un bigote muy reducido en su desarrollo. Le ofrecí asiento de inmediato y lo primero que hizo, sin esbozar la menor expresión en su rostro fue la de extraer de su chaqueta un sobre blanco, un tanto “ajado” por su manoseo que me ofreció sin articular palabra. Probablemente quería observar la expresión que yo mostraba al comprobar su contenido.

Dentro del sobre había seis billetes de cincuenta euros. Los trescientos euros que el subinspector ponía en mis manos sumaban exactamente la cantidad que por transferencia yo había enviado a la sociedad financiera Profict Factory, hacía, aproximadamente, unos cinco meses, con el fin de ayudar a mi supuesto “amigo” de la adolescencia Urbano. De inmediato y con las palabras muy bien aprendidas, para decirme exactamente sólo lo que yo tenía que saber, se expresó más o menos de la siguiente forma:

“Sr … Le entrego en mano este dinero que es suyo. Sabrá, sin duda, a qué me estoy refiriendo. Como ha comprobado, es el dinero exacto. Tal vez eche en falta ese señuelo que le han dicho acerca de que su “esfuerzo inversor” tendría la compensación de un quince por ciento. Pero debe dar gracias por haber recuperado su capital, que tenía irremediablemente perdido. Y ahora debo indicarle lo siguiente, rogándole que no me haga preguntas al respecto, sobre todo porque todo lo que podría ampliarle tiene la consideración de materia reservada. Le encarezco, simple y sencillamente, que olvide, para su bien, todo el contenido o raíz de este complejo asunto.  Sólo le añadiré que en el mismo hay implicada gente muy importante y hay que “taparlo” como sea. Como si nada hubiera pasado. Si sigue estas indicaciones, le aseguro que no tendrá problema alguno en el futuro”.

A partir de este momento, el subinspector Trascapilla se incorporó de su asiento, esbozó una extraña y ritual sonrisa y se dispuso a abandonar mi apartamento. Me dejó un tanto más extrañado cuando, antes de estrecharme la mano como despedida, añadió una más enigmática y breve frase “Incluso pienso que sería mejor que Vd. asumiera que mi presencia aquí en su domicilio no ha tenido lugar. Muchas gracias y le deseo lo mejor”. En muy pocos segundos, el sonido y mecanismo del ascensor trasladaba a este enigmático funcionario lejos de mi vida cotidiana.

He de reconocer que, durante los días y semanas siguientes, fueron numerosos los momentos en que me sentí vigilado, controlado, “perseguido” en mis movimientos cuando paseaba por el tránsito urbano o me desplazaba para hacer los quehaceres. Por fortuna he de añadir que nadie se me acercó para recordarme o comentarme nada acerca de esta misteriosa historia de la que, obviamente, había sido uno de los protagonistas. Por cierto, no tuve futuras noticias o comunicaciones de aquel chico inconcreto de la fotografía, en la que formábamos grupo en un día playero de verano. Pensé que era mejor no dirigirme de nuevo a Urbano, a través de la dirección electrónica que mi comunicante había utilizado para ponerse en contacto conmigo.

¿Que había de verdad en las tribulaciones humanas y económicas de esta persona? La página web de Profict Company había desaparecido de la web. El tiempo ayuda a conllevar mejor los olvidos y las inquietudes. Ahora, cuando un desconocido me saluda por la calle, siempre que ello sea posible, le pregunto con la mayor cordialidad y firmeza que tenga a bien aclararme exactamente quién es. –

 

 

UN EXTRAÑO CORREO,

PARA LA INCERTIDUMBRE

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 15 diciembre 2023

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viernes, 8 de diciembre de 2023

UNA LLAVE MISTERIOSA

 

 

ELÍAS Auras Balán había llegado bien temprano a su despacho, en la corporación CONVINCET COMPANY, una importante empresa de publicidad, en donde ejercía como técnico de grandes proyectos desde hacía ya tres lustros. Esa mañana tenía que estudiar y preparar un Power Point que su equipo había elaborado para la campaña inminente de un innovador y espectacular producto farmacéutico, que ayudaba a eliminar grasas corpóreas superfluas.  

Aquel miércoles de abril se había despertado con el estómago un tanto pesado, por lo que decidió dejar el desayuno para más adelante, tomando algo apetecible a media mañana, De todas formas, siempre tenía a mano la máquina dosificadora de café y otras infusiones, situada en la sala de estar del espacioso y muy moderno en su decoración centro de trabajo. CLAUDIA, su mujer, aún dormía, al igual que DORI y AXIEL, sus hijos, quienes habían llegado bien tarde a casa, ya en la madrugada, pues estaban en época de exámenes y se habían pasado la tarde en los domicilios de unos “compas” dedicando horas al estudio.

Tras un rato de trabajo, abandonó por unos minutos su despacho para ponerse una taza de café solo bien cargado, ya que su “adicción” a la cafeína se le había hecho presente. Saludó a su compañero de trabajo y muy buen amigo ADRIÁN con un ¿Qué tal la mañana!? encargado del área de publicidad en los medios de comunicación. Mientras tomaban su taza de infusión caliente, llegaron a la máquina expendedora Auri y Sol, auxiliares administrativas, especialistas en diseño gráfico por ordenador.

La primavera se había presentado bastante fresca. Madrid soportaba mañanas un tanto gélidas y una vez más esa falta de templanza térmica se le había cogido a su garganta, por lo que estaba un poco constipado. La faringitis era una molesta dolencia bien arraigada en su salud. Al tercer estornudo fue a sacar su pañuelo del bolsillo. En un gesto involuntario, se le cayó el llavero al suelo enmoquetado. Se agachó para recogerlo y guardarlo en el bolsillo. Pero una vez que tenía el llavero en sus manos, se fijó en una de las llaves, la cual tenía un formato original y diferente a las demás. La parte de su cabecera estaba cubierta por una pátina anacarada o esmaltada de color verde. La observó con fijeza, no encontrándole parecido con ninguna de las que usualmente utilizaba. No recordaba haber sacado copia alguna, ni que amigos o familiares le hubieran entregado esa específica llave.

Continuó con su trabajo, revisando algunas carpetas de folios impreso, pero en determinados momentos volvía a remirar la extraña llave, de la que nada sabía o recordaba. De lo que estaba seguro es que era la primera vez que la veía. Su particular y original formato la hacía bien diferente a todas las demás. Se preguntaba “¿De quién será esta llave? Puedo tener algún despiste, pero desde luego que yo no la he puesto ahí. Y (en broma) si fuera yo el autor de ese hecho, tendría que consultar al psicólogo…”

La mañana transcurrió con normalidad. Dio algunos retoques a la presentación informática. Revisión obligada de unos dosieres con variada documentación. Y ya sobre las 12, le dio un toque a su amigo Adrián para tomar juntos algún aperitivo. Su compañero tenía mucho trabajo ese día, pues por la tarde tenía reunión en el diario El País, por un asunto del cambio climático. Aun así los dos compañeros y grandes amigos tomaron juntos ese aperitivo del mediodía.

“El viernes de la semana próxima, Adri, celebramos Claudia y yo el 15 aniversario de nuestra boda. Claudia me repitió varias veces que no me olvidara de invitaros, pues sois nuestros mejores amigos. Así que se lo comentas a LALIA. Nos haría felices que nos acompañarais. He contactado con un restaurante que me recomendaron, EL CEBIAL, que preparan una carne a la brasa, con unas hierbas aromáticas marroquíes, que la hacen exquisita. Este establecimiento se encuentra en la carretera de Navacerrada, a no muchos km de la capital”.

Los dos amigos se despidieron con las normales palabras de afecto, “encerrándose” cada uno en sus respectivos puestos de trabajo. Elías echó de nuevo una mirada al llavero, moviendo la cabeza y preguntándose de dónde habría salido aquella “elegante” llave. “Preguntaré a Claudia cuando llegue a casa, a ver si ella me saca de la duda”.  

Ese mismo día, el matrimonio almorzó solos, pues sus hijos, como ya era habitual, ambos estudiantes de bachillerato, iban a estudiar con los amigos y ese estudio habitualmente comenzaba en los populosos comedores de Mac Donald.

“Te quería preguntar, Claudia, si tú me has puesto esta llave en el llavero. Para mí es una llave desconocida y no me explico cómo ha podido llegar hasta mi bolsillo. Tiene un diseño muy curioso y elegante, pero te aseguro que yo no la he visto hasta esta mañana. Soy algo despistadillo, pero puedo asegurarte que no sé de dónde procede”.

Claudia, un tanto nerviosa y sobresaltada, en cuanto la vio, trató de inmediato de mantener la calma. Negaba que ella la hubiera visto antes. “Igual te la han dado en el trabajo y estarías distraído o hablando con alguna persona y ahora no lo recuerdas. Si lo deseas, yo te la puedo guardar y cuando recuerdes su origen me la pides, sé que eres despistadillo y eres capaz de perderla. Llevas muchos asuntos en la cabeza. Te vendría bien tener unos días de descanso, a fin de relajar esa tensión que de manera casi continua mantienes”.

Entonces Elías le respondió que en absoluto le molestaba llevarla encina. “Es una llave muy bonita, con ese mango anacarado de color de color verde. Además, debe ser muy manejable, debido a su reducido tamaño. “Tiene que haber una explicación y yo la tengo que encontrar. Tú me conoces bien y ya sabes lo testarudo que soy para estas cosas”.

Cuando Elías salió de casa, para volver a la empresa, tomó la línea 1 del metro, que lo dejaba en Sol, para recorrer unos metros hasta llegar a la calle Arenal, sede de Convincet Company. Su mujer, como una “posesa” se lanzó a buscar en su bolso la preciada llave, que tanto valoraba y necesitaba. Repasó “una y mil veces” su bolso y llavero y para su desaliento allí no se encontraba. Precisamente la llevaba su esposo, en el llavero habitual o familiar de bolsillo. “Pero ¿cómo ha viajado esa llave de mi bolso a su llavero?” Por más vueltas que le daba, no hallaba explicación lógica. Hecha “un manojo” de nervios, se preparó una tila, para controlar su alterado estado emocional. Aún presa de los nervios, tomó su móvil, en el que marcó un número repetidamente utilizado.

Hola, cariño. Te cuento algo absurdo que ha sucedido, pero que me tiene descontrolada. Nuestra llave del apartamento de Fuencarral, que yo siempre la tenía en el bolso, a buen recaudo, “ha viajado” al llavero de Elías. Cuando hoy ha venido para almorzar, me la ha enseñado, preguntándome si yo la había colgado de su llavero. Me iba a dar un “soponcio” cuando la vi. Yo le he negado esta acción e incluso le he sugerido que me la diera para guardársela … hasta que se acordara de donde procedía. Él ha preferido conservarla, “hasta hacer memoria”. Todo, como ves, mi “amorcito” verdaderamente surrealista”.

“No pierdas la calma, mi vida. Lo importante es que Elias no sospecha. Por naturaleza es bastante despistado. Llegará un momento en que olvidará completamente el asunto. Esta tarde te haré una copia y te la entrego el sábado, cuando “tú tienes que ir a la peluquería”. Nos vemos en el portal de siempre, nuestro portal, a las 18 horas en punto. Desde luego que esa llave no ha volado por sí sola. Investiga en tu entorno. No tendrás sonambulismo, ¿verdad? Muchos besitos llenos de amor, mi afrodita preciosa. My darling, my love”.  

Aquella noche, los cuatro miembros de la familia compartían la cena. Dori y Axiel iban a lo suyo, con sus móviles siempre cerca de sus platos. Los mayores procuraban aparentar normalidad, pero tanto Elías como Claudia tenían en su mente pensamientos y preguntas, con un común denominador: la “misteriosa llave con el mango anacarado de color verde.

Pasaron unos días y ninguno de los dos cónyuges hicieron alusión alguna a este hecho “curioso” de una llave viajera, aunque uno y otro le daban vueltas al asunto, obviamente con diferente significación para cada uno de ellos. En el caso de Claudia, se preguntaba con lógica que, si ella no había puesto la llave en el llavero de su marido, tenía que haber sido alguno de sus hijos. Pero lo más complicado era razonar el porqué de tal acción, si su relación afectiva extramatrimonial ella la mantenía en absoluto secreto. Una noche después de la cena, su hijo Axiel (1º de bachillerato) se fue pronto a su cuarto, porque en dos días tenía unos exámenes. Claudía decidió entrar en su cuarto y hacerle una pregunta: “Axi, ¿has necesitado coger mi llavero del bolso para algo?”. El chico, con gran extrañeza, le respondió que no, pues él tenía sus llaves. “¿Es que te han perdido, mamá?”

Después de este breve diálogo, tenía ahora que buscar la oportunidad para hablar con Dori del asunto. Fue en la propia cocina, pues su hija se iba a preparar un sándwich pues se iba a quedar estudiando en casa de una amiga. “Yo no cojo tus llaves, mamá, porque después soy yo la culpable de que no las encuentres”.

El sábado, Claudia fue a la “peluquería” por lo que Adrián, su amigo íntimo y amante pudo darle o facilitarle una copia de la llave anacarada, ahora en manos de Elías. Tranquilizó a su amor. Cambiaron el lavado, tintado y peinado, por dos sensuales horas de intimidad sexual, siempre ardiente y fervorosa. Tras el ejercicio, ese diálogo relajante que agrada a los protagonistas.

“Me he enterado de que Elías tiene previsto un viaje a Valencia, durante la quincena próxima. Se trata de un proyecto de publicidad subliminal y directa, para una cadena de hoteles importantes repartidos por toda la geografía nacional y portuguesa. Serán tres días de ausencia, tiempo que tú y yo podremos “rentabilizar” sin condicionantes. Seguiremos usando este nuestro “nidito” de Fuencarral, gracias a la generosidad de Abolafio, ese compañero amigo que presta su uso a buen precio, 700 euros al mes, mientras que no le llegue un alquiler de larga temporada. Y deja de pensar en la llave que mantiene Elías consigo. No quiero que nada ni nadie enturbie la llama ardorosa de nuestro amor”.

Tal vez sea el destino, el azar, la suerte, quiso hacer una nueva “travesura” en este contexto de infidelidad conyugal. Porque los errores o los actos fallidos suelen aparecer en nuestros movimientos, en los momentos y situaciones más insospechadas.

Se había convocado una reunión en Convincet Company para las siete de la tarde. Tendría lugar en la sala de juntas, a fin de estudiar la oferta que había realizado una muy famosa y popular marca de chocolates, cafés, cacao, además de otros productos, como el agua embotellada y un nuevo tipo de soja con multifruta. Estaban los convocados en plena reunión, cuando J. Morgan, el vicepresidente de la sociedad centraba sus explicaciones sobre la video proyección de un Power Point en pantalla. Para su incomodidad, comprobó que le fallaban las pilas a su puntero láser. Entonces Adrián, siempre servicial, rebuscó en el bolsillo de su pantalón, comentando:

“Siempre me guata llevar el láser en mi bolsillo. Te lo presto. Y así ganamos tiempo”. Con gestos rápidos, mezclados de un cierto nerviosismo servicial, extrajo del bolsillo su puntero láser, sacando al tiempo su llavero, que cayó al suelo enmoquetado, con ese error de no haber sacado del mismo la llave del mango anacarado correspondiente al apartamento de Fuencarral, calle de la Ballesta. El citado llavero, ensartado en una figura de gamo o corzo (Adrián era muy aficionado a la caza) cayó a un metro de la silla que ocupaba Elías, al que se le cambió el color facial de su cara, al observar con nitidez que su gran amigo Adri llevaba una llave con el mango anacarado verde, igual que la que él mantenía en su llavero. Aguantó como pudo el impacto inesperado que el destino le había deparado. Cuando llegó esa noche a casa, apenas quiso probar su plato. No tenía apetito y se mostraba profundamente serio.

Claudia notó que algo pasaba. Cuando la cena (a la que había faltado Dori, que estaba en casa de su amiga Auxi) finalizó, Axiel, percibiendo que sus padres necesitaban hablar de algo serio, se quitó discretamente de en medio, aduciendo que tenía una videoconferencia pendiente con una compañera de instituto.  El diálogo que mantuvieron los dos cónyuges fue tenso, pero educado, clarificador y al tiempo desalentador. Claudia no negó las suposiciones que defendía su marido. Tampoco hubo lágrimas, disculpas o propuestas de reconciliación y rectificación. Obviamente, la llave anacarada estuvo en el centro del debate, pero ninguno pudo concretar cómo había podido llegar al llavero de Elías.

El tiempo no se detiene. Del almanaque han caído varias hojas, desde esa infausta noche. La vida de todos estos protagonistas ha sufrido cambios de desigual notoriedad.

ADRIAN y CLAUDIA comparten abiertamente sus vidas, aunque el fulgor de atracción inicial en la nueva situación va progresivamente decreciendo ¿Por qué? La rutina constante en el trato diario y la ausencia motivadora de esos encuentros “fugaces” y secretos, sumidos en la infidelidad de la acción que ambos mantenían previa a su unión, justifica la actual y moderada racionalidad relacional.

ELÍAS y ADRIÁN continúan trabajando en Convincet Company. Pero, desde la dirección, se ha procedido “oportunamente” a ubicarlos en ámbitos departamentales separados, ubicados en las dos secciones que la empresa tiene en la capital de España: una en el centro de Madrid (Gran Vía) y la segunda en el municipio de Móstoles. La relación entre ambos es mínima y estrictamente profesional.

La amistad entre LALIA y ELÍAS, ambos “golpeados” por el infortunio de la infidelidad, se mantiene. Incluso suelen verse y compartir alguna cena. En ocasiones van juntos al teatro o a proyecciones cinematográficas. Pasan gratos momentos que ayudan a confortar sus frecuentes desánimos, en una recíproca ayuda que les resulta muy benefactora.

En cuanto a los hijos de Elías y Claudia (Adrián y Lalia aún no tenían descendencia) ambos en las puertas de la mayoría de edad, decidieron permanecer junto a su padre, aunque durante algunos fines de semana comparten con su madre agradables encuentros relacionales. DORI y AXIEL son dos jóvenes desenfadados, imaginativos, inteligentes, gozando de ese valor maravilloso de una juventud que se abre a la vida.

Una tarde AXIEL, haciendo un hueco en sus estudios de Historia de España, para el examen final de la materia, tocó en la puerta de la habitación de su hermana Dori. Quería hacerle una pregunta, que tenía en mente desde hacía tiempo.

“Vamos a ver, flacucha. Yo no fui el autor de la travesura. Creo que todas las papeletas llevan tu nombre, como la autora del cambio de llave, desde el bolso de mamá al llavero de papá”:

Dori sonrió. Autocontrolada, sosegada y plena de serenidad le respondió: “Hermanito, yo no podía permitir que se siguieran riendo de nuestro padre”. -

 

UNA LLAVE 

MISTERIOSA

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

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Viernes 08 diciembre 2023

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