El día había amanecido con un cielo limpio de nubes. FÉLIX Sacristán, 46, un escritor de guiones y proyectos cinematográficos y teatrales se había ido a la cama ya de madrugada, pues quería completar una de las dos historias que le habían encargado con perentoria premura. El reloj despertador, al que le tenía quitada la alarmas, marcaba las 10:40. Se incorporó de la cama con una desgana y con los ojos legañosos. Tras el afeitado, la ducha y un frugal desayuno (cuando escribía le gustaba tener cerca chocolate negro, no menor de 85 %, pues se sentía adicto a tan sabroso manjar) pues la ingesta de una tableta y media no había caído bien en su digestivo. Así que sólo un yogurt y una magdalena de Loja, que había encontrado en los estantes del Covirán cercano la tarde anterior. Puso un CD de Leonard Cohen en su reproductor, cantautor que relejaba sus frecuentes ansiedades. Se preguntó a qué podría dedicar la mañana del sábado. Considerando que había trabajado hasta poco más de las tres de la madrugada, decidió distraerse dando un paseo hasta el complejo comercial que tenía a kilómetro y medio del ya vetusto bloque de viviendas donde residía. Echaría un rato en el Fnac del centro comercial, por si encontraba algún libro interesante para comprar. Y después se traería algo “agradable” del súper para prepararse el almuerzo. No se olvidaría de reponer alguna tableta de chocolate en su alacena.
Cuando llegó al portal de su bloque, comprobó que el día se había nublado inesperadamente. El suelo estaba mojado. Una fina llovizna había comenzado a caer. Subió al piso en la quinta planta, vivienda que tenía alquilada desde hacía ya casi dos años, tras una separación “borrascosa” con GLORIA, con la que había convivido más de siete años. Se consideraba una persona infiel por naturaleza, en materia de sexo. Gloria se había cansado de aguantar engaños. Menos mal que no había habido descendencia entre ambos. Se cambió las zapatillas Quechua por otras impermeables. Cogió un paraguas y desistió ponerse un chubasquero. No hacía frío ni la lluvia era intensa. Ya de vuelta a la calles, sentía como las gotas de lluvia percutían en la tela de su paraguas. La precipitación iba arreciando. Recordando momentos de su infancia, jugueteaba con los charcos que se iban formando en la calzada. Pronto avistó la gran mole arquitectónica del centro comercial, “sembrado” de colores por los llamativos anuncios de los muchos comercios que en su interior se ubicaban.
Ya en las puertas del establecimiento, se sintió uno más de las muchos clientes que entraban o salían del recinto o también muchas personas desocupadas a esas horas de la mañana lluviosa que acudían como él con la intención de distraerse banalmente. En ese momento observó a una mujer joven, no pasaría de los treinta, que también estaba en la puerta mirando hacia el cielo lluvioso. Sus manos conducían un cochecito de niño pequeño. Efectivamente, llevaba a una niña de escasos años que jugueteaba con un peluche de color blanco. En uno de los manillares del cochecito colgaba una bolsa con el logotipo del hipermercado del centro, en donde habría realizado la compra del día. Tuvo de inmediato un impulso de eses que no se piensan, acercándose a la joven madre, quien mostraba un rostros preocupado y nervioso. ¿Puedo ayudarla, señorita?
La joven lo miró, un tanto sorprendida. “Gracias, es que tengo que ir a casa a darle de comer a mi hija LUNA. Es la hora en que debe de tomarse una medicina. Como ocurre casi siempre, no he sido previsora y no me he traído un paraguas. Cuando salí de casa el cielo no estaba nublado. Nos vamos a poner bien mojadas, pues la lluvia viene racheada. No vivo muy lejos, en la zona de Mármoles, pero las nubes traen hoy agua y hay que conformarse.”
“No se preocupe, que todo tiene un arreglo. Si me permite, la acompaño con mi paraguas, que tiene un buen diámetro, y extendemos la capa protectora del cochecito para que su hija no se moje. En 10 o 15 minutos podemos estar en su domicilio”.
JULIETTA, así se llamaba la joven, expresó su primera sonrisa. Asintiendo y dando las gracias repetidamente, comenzó a caminar, empujando el carrito de ruedas. Félix la protegía con el gran paraguas que llevaba. La joven se sentía protegida, mientras el escritor de guiones se sentía útil y distraído al tiempo. Durante esos esos más de media hora que tardaron en recorrer el trayecto, al domicilio de la mamá de Luna, intercambiaron diversos comentarios. Sorprendentemente, Julietta comenzó a hablar de su vida con insólita confianza a ese desconocido que se le había acercado para ayudarla.
Se trataba de una madre soltera que había quedado embarazada en una noche agosteña de feria. Iba con un pequeño grupo de amigos, todos habían bebido en exceso. Se encontraba embriagada y un feriante la convenció para que lo acompañara a una de las grandes furgonetas en donde viajaba, en su nómada vida. La feria finalizó y cuando en un par de meses ella se sintió en estado, su padre, un hombre intransigente y colérico, la echó literalmente del domicilio familiar. Como no sabía en donde refugiarse, pues sus amigos no querían líos, una vecina le aconsejó que fuera a las monjas del servicio doméstico, que sí la cobijaron, prestándole ayuda. Le buscaron un trabajo para servir en una “familia Bien”, que fueron comprensivos con su estado. Tuvo a Luna y ahora trabaja en un hotel, mientras su madre se queda con la pequeña. El padre no quiere que conviva con ellos, por lo que con su sueldo (y la ayuda de su madre) se paga el alquiler de un modesto apartamento, por la zona de calle los Negros.
Cuando llegaron al domicilio de esta sufrida mujer Julietta quiso invitar a tomar un café a su inesperado amigo y benefactor, en correspondencia a la generosa ayuda que le había prestado. Sobre todo, escuchándola. Félix sentía pena por esta joven persona que tanto estaba sufriendo para sacar a su hija adelante, ante un padre cruel e insensible. Félix, desilusionado sexualmente ante la crítica separación que había que afrontar con Gloria, por su infidelidad repetida, se sintió atraído por una bella y desgraciada joven, madre de una niña encantadora y llena de vida y alegría. Compartieron un Nescafé y hablaron, hablaron y hablaron. Los minutos iban avanzando y ninguno de los dos parecían que aquello acabase.
Las manecillas del reloj se acercaban a las 13:30. Por lo que Félix le indicó a su gentil interlocutora que ya debía marcharse. “Prométeme que volveremos a vernos esta tarde, aunque sea sólo un ratito”. Félix la veía cada vez más inquieta y necesitada. “Esta tarde tengo que dedicarla al trabajo, que me da de comer. Pensar, escribir, imaginar y escribir. Seguro que la semana que viene tendremos la oportunidad de volver a encontrarnos. Me dejas tu número de teléfono y te prometo que te llamaré. Me hará ilusión jugar unos minutos con la pequeña Luna, como hemos estado haciendo esta mañana de lluvia”.
En ese preciso instante, sonó la llave de la puerta entrando en el pequeño apartamento un hombre, de una edad similar a la de Julietta, vistiendo el uniforme de una empresa de la construcción. Mostraba el sudor del cansancio y la suciedad del cemento con restos de pintura. Félix se quedó frío y como petrificado. ¿Pero quién era aquel hombre?
“¡Otra vez, querida Julietta! ¡has vuelto a las andadas! De nuevo has engatusado a un hombre, contándole la historia que se te haya ocurrido. Verás cuando se enteren los médicos.”
Félix, recuperando el color, trató de dar una explicación al probable marido de Julietta acerca de lo que había ocurrido.
“Y yo todo el día trabajando como un negro y tú la lías con el primero que se te pone a tiro, contándole lo desgraciada que has sido, cuando no te falta nada de lo básico para vivir con decencia.
ROBERTO, tras escuchar a Félix le explicó que su mujer estaba en tratamiento médico. Que él era el padre de Luna y que su mujer no tiene por qué trabajar. Se encuentra enferma con delirios psicóticos. “Le ruego que nos deje en paz y trate de olvidar este enojoso asunto”, Entonces Félix, bastante nervioso, se disculpó y se ofreció para lo que necesitasen. Abandonó con presteza el apartamento en la calle Los Negros, suspirando profundamente acerca del grave lío en que se podía haber metido, con consecuencias imprevisibles.
Caminando por la selva “civilizada” de la gran ciudad pensaba en esa prudencia que siempre debemos aplicar a todos nuestros actos y que tan pocas veces la usamos. Originalmente su decisión fue hacer un bien solidario, más adelante la posibilidad de mantener una relación curiosa y atrayente que el destino había puesto en sus manos, llegando finalmente la tozuda realidad, en una escenografía cómica y dramática al tiempo. Igual esta cruda experiencia podría utilizarla en algunos de sus guiones cinematográficos o teatrales. Ya había dejado de llover. Pisaba las baldosas móviles de tantas aceras, que ahora expulsaban agua para molestia del viandante. Tomó dirección hacia el puerto en donde encontraría algún lugar para “picar”. El salobre marino solía vitalizar sus fases de atonía vital. ¿Qué será de Gloria? se preguntaba. -
UNA CURIOSA MAÑANA
DE RIESGO
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 5 junio 2026
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