viernes, 25 de agosto de 2023

EXTRAÑA AMISTAD EN LA MADRUGADA

Los seres humanos trazamos o dibujamos fechas emblemáticas en nuestras vidas, datos cronológicos que para unos resultan en sumo afortunados, mientras que para otros esos mismos o similares aconteceres soportan momentos o colores infortunados y complicados para la memoria. Después del iniciático existencial, como es el nacimiento de una persona, vamos protagonizando otras vivencias significativas y trascendentes en nuestras biografías. La llegada o nacimiento de un hermano, la entrada en un nuevo centro escolar, el primer amor de la adolescencia, la mayoría de edad legal, nuestro primer trabajo, el evento matrimonial, el nacimiento de los hijos, el fallecimiento de un familiar o de algún amigo entrañable y, de manera especial, ese día, supuestamente “jubiloso” a partir del cual ya no se ha de cumplir con el diario horario laboral. Para todos esos aconteceres, en realidad casi nunca se está bien preparado. Sin embargo, esta interrupción definitiva de la rutina laboral, unos la afrontan con mayor acierto, mientras que para otros supone una desventura, sumamente difícil de integrar o superar. En este contexto se inserta nuestro habitual relato semanal.

HIPÓLITO Alberca, 67, ha sido dependiente de una consolidada y popular tienda de alimentación, Ultramarinos COSME, en la que ha trabajado más de treinta años, a las órdenes de dos generaciones de la propiedad. Casado con ALFONSA, gestaron un único hijo, Armando, que ejerce como auxiliar de enfermería en Palma de Mallorca, ciudad de la que es natural su mujer. Sólo en determinadas fechas del almanaque, especialmente en Navidad, se reencuentra con ese hijo que dejó pronto el hogar familiar.

Para esta apacible y “anónima” persona, la fecha en la que cumplió los 65 años quedó bien marcada por dos hechos determinantes en su vida. El propio hecho de la jubilación, con todo un horario abierto para construir en la sucesión de los días. Paralelamente a este cambio trascendental o muy importante en su sosegada rutina, le sobrevino otro hecho aún más doloroso, pero “previsible”, aunque por su especial carácter no era totalmente consciente del mismo. Su mujer Alfonsa, tres años menor que él, le planteó con cruda firmeza que deseaba cambiar de la monótona existencia que había recorrido con él, durante las casi cuatro décadas de vínculo. Que ya “apenas nada” los unía, situación que ella soportaba desde hacía tiempo. Que se iba a vivir temporalmente con una amiga, para dibujar una nueva trayectoria existencial.

Esa separación no fue explosiva ni traumática. Hipólito, simplemente” dijo “adiós”. Tal era su tranquilo, gris, aburrido y tolerante carácter. Ahora su vida se tornaba solitaria, más repetitiva que incluso en su etapa laboral, con la televisión, la biblioteca pública, los paseos matinales y vespertinos y alguna que otra vez acudiendo al cine, siempre en los “días del espectador”. También ocupaba su amplio tiempo libre para hacer las compras en el súper y la necesidad de entrar en la cocina, aunque algunos almuerzos los hacía en el bar de Epifanio, por aquello del plato caliente y de cuchara. Un planing que cada día se parecía al de ayer y era un calco del que tendría mañana. Cuando por la noche apagaba esa cadena televisiva que le distraía, se llevaba el transistor a la cama, cuyos programas nocturnos le acompañaban, en los frecuentes episodios de insomnio que su organismo soportaba.

Una noche, aún no serían las 12:30, sonó “con estruendo” inesperado el teléfono fijo de la mesita colocada junto al aparador del salón. Se levantó de la cama, un tanto extrañado, preguntándose “quién podría ser a esas horas”. Al otro lado de la línea sonó una voz masculina, plácida y serena, que se presentó como JACINTO Faragua. De inmediato, y ya más nervioso, se disculpó por llamar a una tan intempestiva.

“¿Puede, por favor, dedicarme unos minutos? En caso contrario, no se preocupe. Estoy preparado para comprender a las personas que me cuelgan de inmediato. En realidad, lo único que pretendo es poder dialogar durante un ratito”. Hipólito, tras escuchar esta somera explicación y teniendo en cuenta su propia circunstancia personal, sólo acertó a decir: “dígame, dígame”. “Le explico: desde hace algún tiempo tengo el sueño profundamente alterado. Cada noche suelo efectuar varias llamadas al azar. Le confieso de que la mayoría de las respuestas están cargadas de un profundo enfado y me cortan rápidamente la comunicación. Sin embargo, hay otras que se muestran receptivas, con las que es posible dialogar unos interesantes minutos. Este intercambio de palabras me hace bastante bien. Me siento así menos solo, en mi circunstancia personal”.

Desde luego, la escena o situación era bastante insólita. Recibir una llamada telefónica, más allá de la medianoche, procedente de alguien a quien no conoces y, a pesar de sus disculpas o explicaciones, con el extraño o más “comprensible” motivo de intercambiar un ratito de conversación, podía ser todo lo que fuera, menos un comportamiento normalizado. Aun así, Hipólito que era una gris, rutinaria, poco cualificada, pero buena persona, con la coincidencia añadida de encontrarse también soportando una incómoda soledad, se dispuso a continuar con este peculiar y extraño “juego” que el azar le había proporcionado. Pensaba que sería interesante conocer aquello que el desconocido interlocutor deseara transmitirle. Se dispuso, por consiguiente, dejar hablar al tal Jacinto.

Resulta que este extraño personaje había ejercido de maquinista o proyeccionista de cine, habiendo desarrollado su labor en dos empresas cinematográficas hasta el momento de su no lejana jubilación, hacía unos cuatro años. Confesaba que tenía los 69. Sin hijos, había enviudado recientemente de su mujer AMELIA, con la que decía había estado muy unido. Reconocía que era de estas personas que no sabían enfrentarse bien a esta necesaria fase de la jubilación en sus vidas. El haberse quedado prácticamente sólo, desde hacía medio año, era una penosa realidad que difícilmente podía sobrellevar. Comentaba que había intentado inscribirse en una peña recreativa, que tenía no lejos de casa, pero ese ambiente de jolgorio que se encontró los primeros días y con la evidencia de no conocer prácticamente a nadie allí, le hizo desistir de continuar acudiendo a esta peña de relación social.

Para tratar de dar algún respiro, a ese casi monólogo continuo que desarrollaba Jacinto, Hipólito también intercalaba información acerca de su persona, datos que su interlocutor agradecía, por sentirse compensado con respecto a lo que él comunicaba. Como la conversación ya se acercaba a la media hora, el comunicante entendió que no era el caso seguir molestando más, tratándose del primer día de esa “nueva amistad”. Ya era suficiente. Agradeció una vez la disponibilidad de Hipólito y en la despedida le preguntó si no le importaría que en noches sucesivas volviera a llamarle, a lo que el antiguo dependiente de ultramarinos, aún con algunas dudas, no se negó.

Durante los días siguientes las llamadas de Jacinto continuaron, siempre a partir de la medianoche (explicaba que era cuando más sufría con la soledad de su vida) comunicaciones que Hipólito aceptaba, comprendiendo que estaba realizando una buena acción, tratando de ayudar a un humilde amigo, al que todavía no había tenido la oportunidad de tenerlo “cara a cara”. Entre ellos se intercambiaban largas parrafadas, en el acumulativo proceso de conocimiento recíproco. Estas dos almas solitarias expresaban sus opiniones, anécdotas, reflexiones y preguntas sobre los más variados temas.

En un momento concreto ambos contertulios coincidieron en que, al margen de esa saludable “terapia nocturna” que ambos desarrollaban, sería positivo mantener un encuentro directo, a fin de ponerle cara a ese amigo con el que se hablaba en horas tan peculiares como son las de madrugada. Era jueves y ambos acordaron citarse para la tarde del sábado, sobre las 18 horas, en algún céntrico lugar de la ciudad, a fin de compartir alguna sabrosa infusión para favorecer el diálogo. Pensaron en alguna de las teterías o cafeterías que se ubican junto al Museo Picasso, próximas a la iglesia de san Agustín, a dos pasos de la magna catedral malacitana. Un entorno cultural muy agradable y con un elevado trasiego turístico que a los dos podría ayudarles a sentirse menos solos.

Hipólito, aunque en mucho valoraba esa inesperada y extraña amistad, que el destino o el cielo le había deparado, incluso desde la primera noche, había captado algo, fueran detalles, alusiones, comentarios, que le hacían pensar o dudar de que su persona fuera totalmente desconocida o nueva para el tal Jacinto Faragua. Por eso tenía un especial interés en tenerlo ante sí, a fin de contrastar si esas “dudas” o sospechas tenían algún fundamento.

La meteorología marcaba la estación otoñal, aunque aún no habían llegado los fríos. Los dos coincidieron en llevar sendos chalecos de hilo, uno gris y el  otro azulado, a fin de reconocerse. En una calle muy transitada, fue Jacinto quien primero se acercó a Hipólito, lo que reafirmó a éste de que no era totalmente desconocido para el extraño comunicador de la noche. Intercambiaron un saludo cordial y tomaron asiento de inmediato en La Tetería, de reconocido prestigio por los productos que ofrecen a sus clientes. A pesar de ser un par de años más joven, Hipólito parecía más “envejecida” que su nuevo amigo, quien mostraba un cuerpo más deportivo y ágil. Obviamente, pasaron unos interesantes segundos escudriñándose, aunque pronto comenzaron a dialogar de temas diversos: sus respectivas profesiones, a los dos les gustaba seguir la dinámica futbolera, también comentaron sobre el urbanismo en Málaga e incluso sus gustos ante la cocina, ahora que ambos tenían que entrar y trabajar en ese laboratorio para la alimentación personal. De común acuerdo, prefirieron dejar al margen la temática política, que tanto suele enfadar y distanciar a las personas.

Decidieron también que sustentarían la amistad con nuevos encuentros, preferentemente por las tardes, dos o tres veces a la semana. A Hipólito le llamó la atención que, desde ese su primer encuentro, Jacinto sólo usó el  teléfono de la medianoche para enfrentarse al “pathos” de la soledad  en una sola ocasión, durante las semanas siguientes.

Aunque Hipólito extremó la prudencia, seguía teniendo la percepción de que Jacinto conocía algo de él, por encima de lo que le había contado o mencionado en sus conversaciones. Pequeños detalles que al proyeccionista se le escapaban y que él captaba fundamentado sus sospechas. Por ejemplo, cuando en una tarde Jacinto, en el contexto del diálogo, le dijo “seguro que a tu hijo Armando le gustaría saberlo”. Tenía la convicción de no haber mencionado en ninguna ocasión el nombre de su hijo. Y así otros pequeños y variados detalles: una tarde, cuando se despedían, Jacinto comprobó si llevaba las llaves de casa, sacando del bolsillo un llavero que era exactamente igual que el suyo, lo cual en principio no tenía nada de extraño, si no fuera porque se lo trajo su mujer Alfonsa, cuando acudió con la parroquia al santuario de Lourdes y él no pudo acompañarla, ya que tenía que seguir trabajando en la tienda de ultramarinos Cosme.

En ese interesante proceso detectivesco, otra tarde estaban los dos amigos merendando en una cafetería del puerto malacitano, cuando el proyeccionista se disculpó porque tenía que ir a los lavabos. Había dejado mal colocada su chaqueta vaquera sobre el respaldar de la silla, por lo que al pasar el camarero entre los asientos empujó el de Jacinto, cayendo la prenda de vestir al suelo. Se disculpó, recogiéndola de la solería. En ese momento salió del bolsillo de la chaqueta la cartera del amigo, abriéndose al caer. Hipólito la recogió del suelo, junto a unas tarjetas de crédito y el bono bus de jubilado. Lo que le dejó impactado es que junto a esas tarjetas, había una pequeña fotografía, en la que se veía a él junto a su mujer Alfonsa. No era una foto muy reciente.  ¿Cómo tenía Jacinto esa foto …? Algo estaba ocurriendo y tenía que desvelar el misterio.

Cuando Jacinto volvió a la mesa, Hipólito lo miró con fijeza, esbozando una sonrisa. Había colocado la significativa foto sobre la mesa, junto a la taza de té, imagen que hizo mudar el rostro de su amigo. El descontrol nervioso era evidente en su persona.

“Bien amigo, desde la primera noche, cuando marcaste mi número telefónico, capté que tú ya conocías algo de mi. Durante estas dos semanas de trato, he ido abundando en esta opinión. He recogido tu cartera del suelo, se había caído de la vaquera que dejaste sobre la silla, y entre las tarjetas estaba esta foto que, obviamente, yo no te he entregado”. Jacinto, visiblemente azorado, guardaba silencio. Tras unos incómodos minutos, al fin se decidió a hablar, a fin de ofrecerle una convincente explicación.

“Lo entiendo, Hipólito. Más pronto que tarde, me tenías que “pillar”. Efectivamente, yo sabía de ti y tú nada de mi. La llamada de aquella noche, no fue fortuita o casual. Yo conocía el número que tenía que marcar. Lo que te voy a contar puede ser duro, pero creo que sabrás afrontarlo. Hace unos años, casi cuatro, Alfonsa y yo nos conocimos. Ella es aficionada al cine y algunas semanas iba al cine Málaga Cinema, en donde yo trabajaba como operador proyeccionista. Hablábamos y hablábamos y entre nosotros surgió el amor. Ella se quejaba y me confiaba que, con el paso de los años no se llevaba ni bien ni mal contigo, simplemente que “no se llevaba”. Que el feeling amoroso había desaparecido entre vosotros hacía bastante tiempo. Lo nuestro duró un año y pico, casi dos. Ella te engañaba o se distraía con una persona que le ayudaba a sentirse bien, mejorando la ocre vida que decía llevar. Y entonces llegó tu jubilación. Parece que no soportaba tener una convivencia más prolongada contigo, por lo que ella también se jubiló no sólo de ti, sino, y esto es lo que nunca entendí, también de mi persona, su amor secreto durante esos dos años. Ahora creo que tiene una nueva pareja, mucho más joven y apuesto que nosotros (los he visto) pero desconozco cuál es su nombre.

Yo te quería conocer en persona, no sólo en esa foto que ella un día quiso darme y que hoy tú has descubierto en mi cartera. Por eso escenifiqué, en la noche de la llamada, una historia de profunda soledad, lo cual no es todo ficticio, pues tiene su fundamento.  Amelia falleció, como te comenté y ahora estoy bien solo, pero lo sobrellevo. Te parecerá un tanto pueril, ¿por qué no conocer bien al marido de la única mujer a la que he sabido amar en mi vida?

La reacción de Hipólito, a esta cruda y “sincera” confesión fue, muy propio de su carácter, fría, gélida e incluso muy difícil de entender, por el hábil protagonista del “doble engaño”. Tras guardar un largo y crispado silencio, el antiguo dependiente de ultramarinos solo acertó a decir:

“Esto que me acabas de narrar… pone un punto final a nuestra “supuesta amistad”. A partir de ahora, cada uno debe trazar su propio camino, con su historia, su conciencia y sus recuerdos”.

Hipólito, abrumado también por la situación, Se levantó de la mesa y marchó a paso lento camino del centro de la ciudad. Jacinto permaneció sentado ante una, ya fría, taza de café, que ya no tenía apetencia alguna de tomar. 


Los dos esenciales protagonistas de esta historia, desde aquella especial tarde en la cafetería El Vagabundo, ubicada en el Paseo Marítimo de Málaga, próxima a la Farola, no se han vuelto a ver o comunicar. Uno y otro evitan intentar reiniciar una amistad que venía lastrada por un doble engaño, imposible ya de restañar. Hipólito apenas sabe nada de Alfonsa quien, a estas alturas de su existencia, intenta dibujar sus afectivas aventuras “vespertinas” en la edad, para recuperar ese tiempo de lo imposible, ya perdido en las rígidas exigencias de la cronología. Incluso un día, el aburrido tendero tuvo el generoso gesto de marcar el número de su móvil, pero no obtuvo respuesta a su llamada, pues ella quiere olvidar plenamente a ese remitente, en el que nada espera o desea encontrar.


Ahora, como ayer y como mañana, Hipólito sigue cubriendo los días con paseos, recorriendo la malla anónima de ese “laberinto” urbano, en el que el destino y nuestra voluntad nos ha ubicado. Acepta con resignación su patente y silenciosa soledad. Supone un estado físico y anímico que el antiguo dependiente de ultramarinos incluso valora más, que esa fugaz compañía que resultó fallida, proporcionada por un falaz y poco auténtico Jacinto, persona con profundos problemas de conciencia y lealtad. –

 

 

EXTRAÑA AMISTAD

EN LA MADRUGADA

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 25 agosto 2023

                 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                 Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/



 

viernes, 18 de agosto de 2023

EL INSÓLITO VERANEO DE LOS CARRALA DEL PORTAL.


Hay personas y familias que, de manera infortunada, padecen esa preocupación enfermiza acerca “del qué dirán” o pensarán los demás, con respecto a ellos, en sus comportamientos, actitudes y nivel material. Este defecto, limitación u obsesión se agudiza, cuando “desde siempre” se ha querido o deseado “aparentar más” de lo que realmente poseen, tanto en lo económico como en los valores personales. En muchas ocasiones, la inseguridad o autoestima de estos ciudadanos sufre más por esa visión u opinión externa, que por las propias carencias o ambiciones no satisfechas. Lo grave y cómico de este “infantil” comportamiento provoca, en numerosas ocasiones, situaciones jocosas, esperpénticas o ridículas, denotando la pobreza de valores en quien las protagoniza y padece. En este contexto insertamos nuestra peculiar y divertida historia de esta semana.

Aquella infausta y calurosa noche de junio, D. Ambrosio Carrala, perito industrial de 48 años, llegó a su domicilio en Málaga, barriada den El Cónsul, con el rostro visiblemente preocupado. Ejercía como representante comercial colegiado de una marca de freidoras con aire caliente, empresa radicada en Barcelona, para la que trabajaba desde hacía unos 8 años a comisión de los contratos y ventas que consiguiera realizar (tenía un fijo mensual muy reducido)  Su hija Fernanda (Nandi, para los amigos, compañeros y familiares) se había ido esa tarde al domicilio de Clara, una compañera de clase, para preparar juntas unos exámenes finales de la facultad de Ciencias biológicas, en cuyo segundo curso ambas estaban matriculadas. Hija única, desde siempre había sentido gran atracción por todo lo concerniente a la naturaleza y su inadecuado deterioro. El cansado representante, tras refrescarse un poco y cambiarse el traje “de representante” como él lo llamaba, se puso a cenar con su mujer, Dña. Eufemia del Portal, 46, con la que llevaba casado desde hacía 23 años. Femi, como la llamaba cariñosamente, pertenecía a una familia vinculada al negocio de vinos y vinagres, que por la “mala cabeza” y desacertada gestión de sus padres el negocio se había venido a menos, “hundido” financieramente, por lo que se vieron abocados al cierre empresarial. La “encopetada” señora hoy sólo mantenía el apellido de la marca vinagrera, con ese “del” que ella se había alegremente añadido, por aquello del lustre que pensaba daba la preposición

Eufemia era mujer siempre preocupada por aparentar más de lo que realmente tenían o poseían. Sus grandes preocupaciones eran la ropa, que continuaba compraba y sustituía, las visitas a la peluquería (con el objetivo de disimular u ocultar la canicie de su cabello), las compras frecuentes en el súper mercado, la marca de coche que su marido tenía y, sobre todo, los ostentosos viajes para las vacaciones.

En este último aspecto, desde hacía semanas venía comentando a sus amigas y vecinas el proyecto deseado para este verano: un crucero por el mar Egeo, visitando las más importantes islas que “flotan” por el helénico mar. Presumía de su pasión por la cultura griega, aunque en su adolescencia no pudo completar el bachillerato, por más esfuerzo que aplicó al académico objetivo. Las matemáticas y la Física y Química fueron, según la Sra. del Portal, las aviesas culpables de este su “oscuro” currículo disciplinar.

En la sobremesa, Ambrosio, bastante serio durante toda la cena, pidió a su mujer que le preparara un buen café y que se sentaran, pues tenía algo importante que contarle.

 “Femi, no te he querido comentar la verdadera situación de mi trabajo en estos últimos meses, para evitar preocuparte. Las ventas de freidoras por aire no se han relanzado y ya sabes que trabajo a comisión, salvo ese fijo que nos dan mensualmente y que es puramente testimonial. Cuando la empresa se centró en la fabricación de secadores para el pelo, el trabajo daba para una cierta rentabilidad. Pero al pasar a las freidoras, la situación se ha estancado. Incluso ha retrocedido. Yo, que me muevo en la zona de influencia de Andalucía oriental, compruebo que, día tras día, los contratos que puedo realizar se van reduciendo de una manera drástica. Te confieso, con franqueza, que durante estos dos últimos meses hemos estado viviendo de los ahorros, que no son muchos. Y sin contratos, no hay comisión. Es duro reconocerlo, pero estamos en una mala racha. Estamos “sin blanca”. Incluso me he enterado de que la empresa tiene dificultades para hacer frente al fijo, la “miseria” que paga a los comisionistas o representantes. Resumiendo: que las vacaciones de este verano, en agosto, no tenemos con qué pagarlas. La escasa liquidez que nos queda hay que dedicarla a los gastos ordinarios e inmediatos. Esta es la cruda realidad”.

A Eufemia esta confesión que le hacia su marido la hundió en un mar depresivo (el “helénico” se alejaba. Su proyecto griego se iba “al garete”. ¡Qué iban a decir sus amigas y convecinas, cuando se enteraran de que sus “castillos helénicos” se desmoronaban… por falta de liquidez para construirlos! El ansiado crucero por las “mil Islas” del Egeo, para reencontrarse con Ulises y Penélope, no se podría llevar a cabo. Esa “dolorosa” y degradante situación era muy difícil de soportar.  

“Yo no puedo pasar por la vergüenza y humillación personal de quedarnos en casa, durante el mes de agosto, Ambrosio. Ya me imagino y tiemblo las caras de comicidad y diversión de esas arpías, chismorreando acerca de nuestra “pobreza”. Como se enteren Fina, Margara o Leocadia, en poco más de una hora es “jugosa” noticia social en todo el barrio”.

Era obvio de que el drama había llegado a la familia de los Carrala del Portal. El no poder ir de veraneo era algo inasumible que difícilmente estaban en condiciones de soportar, de manera especial en el caso de Femi, pues Ambrosio era más comedido y paciente ante la mirada social del vecindario. El resignado representante le encarecía a su mujer la verdadera realidad económica en la que se veían sumidos, por encima de los castillos y fábulas veraniegas que Femi había creado en su irreal mentalidad, fanfarroneando con sus amigas acerca de un crucero por la Hélade que no podrían realizar. Ese año tocaba quedarse en casa, para “espanto” de una mujer que se resistía a aceptar la realidad. Su familia había llegado una fase en la que había que “atarse los pantalones” y afrontar con entereza el vacío y el chismorreo del condicionante social.

Ambrosio le daba vueltas, una y otra vez, al desencanto y sufrimiento de Femi, pero no encontraba una solución realista que paliara un momento de vacas flacas en su economía. Se desvelaba por las noches tratando de encontrar un camino que ayudara a superar la intransigencia de su esposa. Nandi, su hija, aunque se había ilusionado con las ínfulas festivas de su madre, aplicaba el razonamiento a la realidad en que la familia se encontraba. El mundo no se iba a acabar para ellos, por no poder realizar un viaje durante ese mes de agosto, vacacional por antonomasia.

Una mañana de julio, mientras caminaba por la Avda. de Andalucía camino de la pequeña oficina, en donde tenía la sede de su representación, se acordó de un antiguo compañero con quien hacía años había trabajado, ofertando a muchos comercios andaluces productos de la marca catalana. Ese compañero, llamado Lorenzo Revellón, un tanto cansado de las pocas expectativas que le proporcionaba la actividad de representante, se despidió de la empresa de los secadores de pelo, dedicándose desde entonces a una actividad que le motivaba mucho más, en función de su lúdico y abierto carácter: el negocio turístico, en sus más variadas facetas. Ambrosio conocía, según le habían contados amigos comunes, que el tal Lorenzo había estado empleado en diversos hoteles y que había logrado montar su propia agencia de actividades turísticas. Lo último que le habían contado es que ahora trabajaba como empresario de una “cadena de chiringuitos” en las playas de Cádiz y Huelva. Miró en su agenta de contactos y para su suerte allí estaba el número de su antiguo amigo. Ambos interlocutores eran casi coetáneos.

Tras los saludos iniciales, muy cordiales, le expuso crudamente la situación “financiera” que estaba atravesando. Añadió la obsesión de su mujer por salir en el mes de agosto de casa, condicionada por “el qué dirán las amigas, si nos ven que no podemos veranear “fuera” como las mejores familias hacen”. Lorenzo, que era un “cachondo” mujeriego, un “viva la vida”, pero persona de gran y rápida iniciativa, fue muy receptivo a los problemas de su antiguo amigo y compañero.

“Entiendo perfectamente la situación que atraviesas, amigo Ambrosio. Y sobre la preocupación de tu mujer, no me tienes que dar más detalles ¡Si yo te contara…! Puedo ofrecerte una salida airosa, a ese bloqueo en que os encontráis. Lo piensas y sin compromiso me respondes. Desde hace un par de años me dedico al negocio del turismo y, la verdad, no me va nada mal. Precisamente en el verano pasado me hice cargo de tres chiringuitos, mediante un traspaso muy rentable para mis intereses. Están ubicados a lo largo de la costa gaditana y onubense. En uno de ellos, concretamente en las playas de Matalascañas tengo en la actualidad falta de personal. Y más en este momento en que la afluencia de turistas se densifica y todas las manos resultan pocas para bien atenderlos. Mira, Ambrosio, necesito una persona para la cocina y un camarero. Si tu mujer y tu estáis de acuerdo… os incorporáis de inmediato. Sobre todo, lo urgente es ese mes de agosto, para el que faltan apena una semana y media. Para ejercer de camarero no se necesitan estudios. Y menos, en esta vorágine veraniega. Simplemente, hay que servir las mesas, limpiarlas, cobrar y atender a todo aquel que te reclame. Tu eres persona activa y no te iría mal con la experiencia. Prueba en este agosto y en septiembre hablamos, porque el negocio se extiende en estos lugares, de buen clima, mucho más tiempo. Te pago el salario base legal y las propinas (los comensales suelen ser bastante generosos). Y si Eufemia se incorpora a la cocina, ya tenéis un buen respiro económico. Todo esto lo hago por ti, pues siempre fuiste un buen amigo. Y sé de tu bondad y responsabilidad”.

Ambrosio, un tanto azorado y conociendo a su cónyuge, se encomendaba a Dios y al cielo, esperando la explosiva respuesta que Femi podría dar a esta propuesta que su buen amigo le hacía. Cuando aquella noche se lo transmitió a su mujer, ésta tuvo que tomar sales y un Lorazepam para calmar su patente ansiedad. Ciertamente, el representante se puso serio, por una vez:

“Tal y como están las cosas, esta propuesta de Lorenzo es un buen respiro. Así puedes lucir que nos vamos a las doradas playas onubenses, con ese buen clima de que gozan para ponerte morena y disfrutar de la buena vida. Yo estoy dispuesto a ganar unos euros sirviendo las mesas. Nadie me va a conocer en aquella zona. Y si tú no quieres estar en la cocina, pues no pasa nada. Ya saldremos de ésta como mejor podamos. Fíjate en Nandi, lo ha entendido bien e incluso se siente ilusionada de tener un veraneo en esos bonitos parajes, de clima maravilloso y de arena bien dorada, no lejos de Doñana y a dos pasos del sur de Portugal”.

Femi estuvo “rumiando” la idea toda la noche y por la mañana, a la hora del desayuno aceptaba “a regañadientes” la propuesta laboral de Ambrosio. Todo ello “para salvar las apariencias”. Horas después ya vendía esta idea, en el rellano de la escalera.

“Te lo explico, querida Margara”. Hay que actuar con sensatez. Como el mundo está tan lleno de tensiones y enfrentamientos, vamos a ser prudentes y nuestro veraneo este año lo vamos a tener en España. Será en Matalascañas, en la zona de Huelva, que tiene unas maravillosas playas, denominadas Costa de la luz. Estaremos en un lujoso hotel de cuatro estrellas, “Hotel Resort Los Gavilanes” (lo había buscado en una guía turística) en régimen de pensión completa. Estoy plenamente ilusionada, y con el ánimo de ponerme bien bronceada en esas semanas tan necesarias para disfrutar”.

Cuando el ya más tranquilo Ambrosio le dio el O.K. a Revellón, le preguntó dónde podrían quedarse cuando acudieran a trabajar para el chiringuito Marazul, que así se llamaba. Lorenzo quiso “terminar bien la faena” con este amigo que tan mal lo estaba pasando.

“Poseo un almacén, en donde guardo y organizo el material alimenticio y otros enseres, para los tres chiringuitos que tengo funcionando. Ese almacén está en una antigua nave de ferrerías y conserva un pequeño apartamento que utilizaba el guarda de aquella fábrica de latones. Tiene un pequeño dormitorio y un plato de ducha en el aseo. Me dices que tu niña os acompañará. Os llevaré un sofá cama que me sobra en mi chalet, para que Nandi lo utilice. En definitiva, viejo amigo, vas a vivir una experiencia juvenil, que buena falta te hace, porque me temo que te has ido aburguesando y convirtiendo en un venerable “carroza”. Todos vamos en esa línea, aunque yo trato de disimularlo (risas)”.

A finales de julio, la familia Carrala – del Portal, hicieron las maletas para dirigirse a su “divertido” objetivo veraniego. Femi se despedía de sus amigas, con bromas y parabienes, aunque en su conciencia sabía lo que se le venía por delante. Tendrías que “quitarse los anillos” y bajar a la realidad de la vida, para dedicar ocho horas diarias a trabajar en la cocina del chiringuito Marazul, mientras su marido iba a tener la nueva experiencia de trabajar como camarero sirviendo comidas, tapas y raciones a los bañistas y comensales que acudieran al establecimiento de su amigo. La más ilusionada con la insólita experiencia era Nandi, quien tendría que sacar tiempo en la turística Matalascañas para, además de disfrutar de la playa y los lugares de reunión para jóvenes, dedicar todos los días unas horas al estudio, pues en los exámenes de fin de curso le habían quedado un par de materias para recuperar en septiembre. El establecimiento donde sus padres iban a trabajar estaba especializado en paellas y “pescaito” frito, además del gazpacho marinero. Ese verano del 2023. iba a marcar un verdadero hito insospechado en la irreal vida de esta familia, habituada a la ostentación y al disimulo social. Al menos Ambrosio y Femi, podían disfrutar de unas horas de asueto, para acercarse por las mañanas a la playa y poder conseguir un bronceado adecuado con el que lucir a la vuelta de las “estupendas vacaciones”.

Pero la casualidad juega curiosas coincidencia que el destino sabe bien administrar. A mediados de agosto, en una noche de alta densidad turística, la familia Carrala difícilmente podría imaginarse que uno de los jóvenes comensales que, junto a sus amigos, se había acercado al chiringuito Marazul, para cenar el famoso y buen “pescaito” que el establecimiento ofertaba, era Sandro, el hijo mayor de Margara, convecina de Eufemia, esposa de Benito Larrubia, interventor bancario de la entidad Bansander. Este chico era precisamente compañero de clase de Nandi, en la facultad de Ciencias Biológicas. Con el primer miembro familiar, que el sorprendido joven se encontró, fue con el vecino Ambrosio, ejerciendo y con el atuendo o uniforma correspondiente al servicio del restaurante. El representante/camarero tuvo una hábil rapidez de reflejos, para improvisas una justificación. cuando tuvo por delante al sorprendido hijo de su vecina.

“No te extrañes, querido Sandrito, que me veas aquí sirviendo las mesas. Todo es a causa de una muy divertida apuesta que he hecho con un antiguo amigo de juventud. El tema era si yo era capaz de pasar un par de horas comportándome como un verdadero camarero. Y ya vez que no lo hago tan mal. En mis años jóvenes, hice muchas experiencias teatrales,”

Sandro que no se creyó en absoluto “la historia de don Ambrosio” prefirió desplazarse a otro lugar para cenar, porque el Marazul estaba a rebosar. En todo caso aprovechó para utilizar el WC y al salir del mismo la sorpresa en su rostro aumentó de tono cuando vio a Femi tras la ventana de la cocina, que estaba poniendo en la barra de los camareros un par de platos, con raciones de boquerones fritos y calamares. En realidad, los dos cruzaron sus miradas en la distancia, pero hicieron como si no se hubieran visto.

En la mañana siguiente, Sandro recibió un muy breve mensaje de WhatsApp en su móvil, cuya remitente era su compañera, amiga y vecina Nandi: “Porfi, Sandro, guarda silencio de lo que has visto. En ello va nuestra amistad”. Esa “suplicante” comunicación tuvo una rápida y ejemplar respuesta. “No te preocupes, compi. Nosotros no somos tan criticones, como los “carrozas” que no gestaron. De mi parte no va a salir palabra o comentario alguno. ¿Quedamos para esta tarde? Dime hora y lugar, que lo vamos a pasar requetebién. Me voy a quedar por aquí hasta el sábado”.

Así es la irreal vida de algunos. Así son las personas que la protagonizan. El “cielo” imaginado y la “realidad” vital que nos determina. Pero, para los Carrala - del Portal, aquel inesperado verano del 23 fue una inesperada y educativa experiencia (con más luces que sombras) que ya nunca olvidarán. -

 

 

EL INSÓLITO VERANEO DE

LOS CARRALA DEL PORTAL

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 18 agosto 2023

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viernes, 11 de agosto de 2023

14 AÑOS DESPUÉS.

La muy bella y sencilla oración, en la que se explicita el perdón hacia los demás, es pronunciada o rezada por los creyentes en repetidas ocasiones a lo largo de sus vidas. Su contenido supone una decisión generosa y fraternal, en la que nos proponemos poner en práctica el valiente y “terapéutico” mensaje de la divinidad. Pero en el mundo “terrenal”, probablemente muy alejado del “celestial”, la realización del noble precepto no resulta fácil. Por el contrario, esa plausible intencionalidad, en la mayoría de las ocasiones se torna complicada, abrupta, incluso heroica. Tal vez, porque supone un comportamiento divino … hecho por los humanos. Éstos, sean hombres o mujeres, no son dioses. De ahí esa complicada dificultad, en la aplicación del precepto. En este contexto se inserta nuestra reflexiva historia de esta semana.

Romualdo Cabrillana, 39 años, camionero de profesión, contrajo matrimonio, al fin, con Natividad Infante, 28, en el bello pueblo andaluz y cordobés de Priego, de donde ambos eran naturales. Pronto llegó a la vida (ella se encontraba ya embarazada, antes del enlace) una preciosa niña, a la que pusieron el nombre de Alba en la pila bautismal. El transportista, principalmente trasladaba frutos y otros productos vegetales, era persona un tanto “primaria” y exageradamente “sensual”. Debido a su oficio, tenía que ausentarse en repetidas ocasiones del calor afectivo del hogar, a fin de realizar numerosos y largos viajes, tanto por el territorio español, como por diversos países de Europa e incluso por la zona norte de África. Las infidelidades que perpetraba, en tan numerosas idas y venidas eran más que frecuentes (en los momentos de lucidez y sinceridad él lo interpretaba o justificaba como una necesidad vital, incontenible), comportamientos infieles que no pasaban desapercibidos para la sumisa Nati, mujer que trataba de “pasar página” con esa balsámica frase de “son cosas de hombres”. El trato que recibía de su marido, una persona brutal y zalamera, al tiempo, era bastante descortés y autoritario. Él era el marido, dueño y señor de la casa.

Nati, mujer sencilla y sin apenas estudios (sólo los básicos o primarios) desde muy joven había estado entregada al esforzado trabajo agrario, en una pequeña parcela que tenían junto a su casa autoconstruida, ayudando también a sus padres, Celestino y Cándida, humildes labriegos, que poseían animales de tiro, leche y corral. Tierra y ganado les proporcionaban escasos rendimientos que apenas les daban para vivir con cierto desahogo económico. La mayor ilusión de esta joven esposa era criar con esmero, mucho cariño y dedicación, al gran tesoro de su vida, esa pequeña Alba que, cuando le sonreía, se sentía plenamente feliz y realizada, olvidándose de las trapalerías e infidelidades de su fogoso marido.

Cuando Alba tenía tres años, durante las fiestas patronales del pueblo prieguense en honor de San Marcos, Romualdo se enamoró alocadamente de una muy joven cupletista “barata”, que ofrecía un cuerpo muy sensual y atrayente para los ardientes chicos y mayores del lugar. La “escultural” artista cantaba lo que podía, con su modesta orquesta, para ganar unas “pesetas” por esos pueblos de Dios. Se llamaba Nela (MARIANELA Y LOS NIAGARA). El transportista echó mano a su billetera, gastándose sus buenos “cuartos”, con la “despampanante” jovencita, durante los cuatro días de feria. Estaba literalmente enloquecido, con los favores sexuales que recibía de Nela. Tal es así, que el descontrolado transportista cogió su maleta y la camioneta de carga y se fue con la chica, dejando a su mujer e hija abandonadas y en manos del chismorreo popular, muy típico en estas localidades rurales.

“Nati, me voy con mi nuevo amor, una chiquilla que me tiene totalmente transformado. Te dejo algún dinero para que vayas tirando con la niña. También te puedes poner a servir, para ganar ese dinero que necesitarás.  Pero ahora mi entrega sexual está en el corazón de otra mujer. Lo mejor que puedes hacer es volver junto a tus padres. Con ellos encontrarás un buen cobijo. Esto es lo que hay. A mi potencia y ardor sexual tengo que dale lo que pide”.

Así fue esta “romántica” despedida.

En ese trágico momento del abandono, el protagonista de esa insidia, hombre egocéntrico y amante de los placeres carnales, tenía 43 años. Su mujer e hija, 32 y 3 respectivamente. En cuanto a su nueva amante, 19 avanzados. Las dos mujeres vinculadas a Romualdo eran bien diferentes, no sólo en cuanto a su edad. Nela era muy fina de cuerpo, pero un tanto “basta” o ruda de carácter. Despierta, provocadora, zalamera y muy amante de la moneda. Por su parte, Nati había cogido algo de sobrepeso. Era sumisa, paciente, muy humilde, responsable y bastante trabajadora, cualidades que tenía desde pequeña. A pesar de que bien conocía los comportamientos y andaduras de su marido, ese abandono fue un muy duro golpe anímico, centrando desde ese momento las habladurías de esa “fraternidad pueblerina” que multiplicaba las interpretaciones de la ruptura familiar que sufría una convecina.

Madre e hija tuvieron que hacer las maletas y abandonar el amplio y cómodo piso que Romualdo tenía alquilado, viéndose obligada a llamar en la puerta de sus padres, pidiendo hospitalidad, con sencillez y santa paciencia. En todo momento la respuesta de Celestino y Cándida fue cariñosa y protectora.

“Aquí tienes tu casa, mi Natividad querida. En ella encontraréis, tú y mi nieta, todo lo que necesitéis. Os cobijaréis del frio y del calor. El humilde sustento que tenemos, los cuatro vamos a compartirlo. Y, sobre todo, mucho cariño, que ese mal hombre te ha negado, de la manera más vergonzosa. Donde comen dos, también lo pueden hacer cuatro. Y nunca faltará en la despensa de nuestros corazones ese amor y calor fraternal, tanto para ti como para la pequeña Alba”.

Aunque Celestino no era persona religiosa en absoluto, pues nunca le habían gustado las sotanas y el entorno clerical, su mujer era persona de iglesia, confesionario y sacristía. Así que, en la mañana siguiente, Cándida fue a pedir consejo a don Jeremías, el cura párroco de la Encarnación, un orondo y ceremonioso sacerdote quien, después de la misa de nueve, atendió con paternal benevolencia los problemas y pesares de su fiel y recatada feligresa.

“No debes preocuparte, Candidita, pues entiendo bien la situación y me voy a poner en movimiento, hoy mismo, para que tu hija, esa chiquilla, oveja descarriada, no se nos pierda, en este duro momento que la pobre está sufriendo. Es importante buscarle alguna casa “bien”, en donde pueda trabajar y ganar un honrado y necesario sustento, para criar, alimentar, vestir y educar, a tu nieta. Sé que sois personas humildes y que no os sobra el dinero, todo lo contrario. Así que actuaré en consecuencia, para que Nati encuentre de inmediato ese trabajo que necesita. Mientras tanto, a rezar, para que Romualdo, ese hombre “trastornado” encuentre su camino y vuelva a su responsabilidad familiar”.

En dos días, las gestiones de don Jeremías habían dado un feliz resultado. Natividad entró como chica del servicio, en casa de los señores de Villalba, gente muy acomodada, que siempre presumían de ser herederos o parientes lejanos del conde de Montecorto, aunque nadie había visto documento alguno que así lo acreditara. Y así fue pasando la vida para estas personas, con la tristeza e indignación por un padre y esposo que no se ocupa de su mujer ni de su hijita. Pasaban los santos, los cumpleaños y ni una carta o llamada telefónica. Incluso tampoco, en esa fiesta emblemática que a todos los humanos une, en la fraternidad navideña, con la transición de un año a otro. El egocéntrico y ardiente Cabrillana había desaparecido de la zona y de él nada se volvió a saber en el transcurso de los años.

Por fortuna de la Providencia, a Isabel nunca le faltó el cuidado que madre y abuelos le ofrecieron con la más que generosa entrega. Educación, alimento, vestimenta, cariño, en suma. También desde “el cielo” de los astros y las estrellas, el “Papo” Celestino cuidaba y velaba por su querida nieta, encareciendo a los ángeles del Paraíso que la llevaran por el buen camino. Nati seguía al servicio de sus señores de Villalba, don Torcuato y doña Regalada, con su caterva de hijos, ya que constituían un matrimonio muy prolífico.

Alba era muy buena alumna, además de cariñosa y obediente hija y nieta, que desde pequeña mostró una gran habilidad para las tareas artesanas. Fabricaba muñecas de trapo, adornadas con simpáticas pinturas y pequeños abalorios, juguetes que la adolescente llevaba los domingos al mercadillo dominguero, para ganar unas pesetas, con las que disfrutar el resto de la jornada dominical, generalmente asistiendo al cine Gran Capitán, en donde “ponían” bellas, románticas o más violentas películas, en las que siempre “ganaban” los buenos. Esta empresa cinematográfica contaba con la gratuita supervisión de don Jeremías, que actuaba como un buen censor para proteger a su feligresía de “los males de la modernidad”. De manera especial, de las películas calificadas con 4: gravemente peligrosas.

Alba había terminado sus estudios de primaria, con excelentes calificaciones y cursaba el bachillerato. Su ilusión era matricularse, en su momento, en un centro de Formación profesional, en el que pudiera avanzar en sus destrezas artísticas y artesanales, algo relacionado con las manualidades, para lo que tenía una fina y hermosa habilidad. Le apasionaba esa creatividad artística, con la que pensaba podía ganarse muy bien la vida en el futuro. Al paso de los meses, pudo iniciar los estudios en un centro de FP, según eran sus deseos, en un módulo denominado ARTESANÍA Y CREATIVIDAD ARTÍSTICA.

Una tarde de septiembre, cuando la alegre adolescente volvía a casa, después de finalizar sus clases, observó cerca de su domicilio a un hombre que le pareció mayor o severamente envejecido, que vestía con un humilde ropaje. Ese hombre se le quedó mirando con “impertinente” fijeza. Ella pensó que le iba a pedir alguna limosna, para poder comer. Básicamente lo percibía como un pordiosero que mendigaba la caridad pública. Alba, que gozaba de un generoso carácter, se le acercó y sacando una peseta de su monedero se la puso al pobre hombre en la mano, que muy extrañado la recibió sin pronunciar palabra alguna, aunque de inmediato respondió con una sonrisa, al recibir la preciada e inesperada dádiva de la jovencita. El hombre vestía con una chaqueta de cuadros beige y marrón, pantalones anchos de pana del mismo color que la chaqueta, calzando unas raídas botas de mediacaña, cuyos talones se veían con patente desnivelación provocada por la descompensada obesidad corporal y la forma de caminar del misterioso personaje.

En la tarde siguiente, cuando Alba volvía del centro educativo, observó de nuevo al pobre hombre quien, en esta nueva ocasión, se adelantó hacia ella, para entregarle un pequeño ramito de margaritas, modesto y elegante presente que tal vez había preparado recogiéndolas de unos macizos silvestres cercanos. A la chica le hizo gracia el inesperado regalo, tomándolo en sus manos con una sonrisa, sin reparar en la regañina que al llegar a casa iba a recibir de su madre y de la abuela Candi, quienes le aconsejaban, una y otra vez, que tuviera mucho cuidado y desconfiara de los mendigos callejeres, pues el peligro acecha en cualquiera de las esquinas. Efectivamente así sucedió y en medio de la seria plática que estaba recibiendo de las dos mujeres, sonó, inesperadamente, el timbre de la puerta. ¿Quién puede ser, a estas horas de la tarde?

Abrió Cándida y observó que era un hombre mayor, a quien no reconoció de inmediato, aunque reflejaba los rasgos que su nieta le había narrado. Rápidamente su hija y Alba acudieron a la puerta. A Nati estuvo a punto de darle un “bloqueo cardiaco” o “flato” como se decía antes, pues ella sí reconoció la patética figura de ese visitante misterioso, vagabundo o pedigüeño, que rondaba por las calles de Priego.

 

A pesar de mi pobre y avejentado aspecto, soy Romualdo y he venido a pediros,

a mi mujer y a mi hija, la caridad del perdón, por mis pecados”.

 

Y pronunciada esta no menos patética frase, se arrodilló ante Nati que, con el rostro lívido y descompuesto, se había quedado tan impactada como para no poder pronunciar palabra alguna.

Verdaderamente la escena alcanzaba un elevado clímax dramático. Alba miraba y remiraba al que decía ser su padre. A Nati le temblaban las piernas y tuvo que sentarse pues percibía como le faltaba la fuerza y la respiración, en una mezcla de ira, desconcierto, indignación y odio visceral. No podía creer lo que estaba pasando. Era como si viera a un fantasma del pasado.

 

“¡Quítate de mi vista, cínico, hipócrita, mal hombre, putero vicioso. Ya me arruinaste una vez la vida. Y ahora te atreves a aparecer ante mí y tu hija, después de catorce largos y tristes años de abandono, desprecio y profunda maldad. Eres un desgraciado. Sal de nuestra casa, rata inmunda y asquerosa”.

Alba se abrazó a su madre y ambas rompieron a llorar, plenamente superadas por la emoción y el desconsuelo. La más entera de las tres mujeres, probablemente debido a su edad generacional, era la abuela Cándida quien, con firme y autoritaria voz, señaló a su avejentado yerno con muy duras palabras:

“Romualdo, no eres bienvenido a esta casa, honrada y de paz. Toma el portante y sal por la puerta que has entrado y que nunca has debido atravesar” Y con mano firme, le señalaba el camino que debía seguir. “Y si insistes con tus mentiras y trapalerías, me voy de inmediato al cuartel de la guardia civil, porque estás ensuciando la paz de esta familia, con esa vergüenza que nunca has tenido”. Viendo el crispado panorama que tenía ante sí, el antiguo transportista se incorporó del suelo.

“Señora Cándida. No quiero alterar vuestra paz. Estoy profundamente arrepentido de todo el mal que os he hecho. Sólo pido, ruego, el perdón. Es humano que quiera conocer a esa hija a la que apenas disfruté. Estoy en una habitación compartida de la pensión Julia, la más humilde y barata del lugar. Nada tengo ya. Soy un pobre hombre, arruinado, enfermo, mayor y sin nada. Una pobre persona”.  

Una vez que Romualdo había abandonado la casa, Cándida hizo tila para las tres, indicándole a su hija: “Nati, arréglate un poco, que me vas a acompañar a la parroquia. Vamos a hablar con don Jeremías, cuando termine de rezar el rosario de las siete y media. Con su recta sabiduría nos aconsejará lo mejor”.

El ya veterano cura párroco de la Encarnación, que acababa de cumplir los 75 años, recibió paternalmente en su despacho parroquial a las tres generaciones que acudían en busca de su acrisolada sabiduría para el mejor consejo. Tras escuchar pacientemente a las dos mayores, don Jeremías se dispuso a hablar, no sin antes rezar en voz alta un Padre Nuestro, seguido devotamente por Cándida (su hija y nieta permanecieron en silencio) pidiendo la sabiduría y providencia del Espíritu Santo.  

“Hijas mías, tras esta muy bella oración, que Jesucristo nos enseñó, quiero sosegar vuestra inquietud, con la ayuda del Salvador. Debo confesaros que estoy al tanto de la compleja situación que os afecta, pues hace un par de días, esta oveja descarriada y viciosa de Romualdo vino a verme y me confesó sus errores, sus pecados, su vergüenza y su necesidad de perdón. Malas mujeres han estado “jugando” con este desgraciado, sacándole hasta la última peseta de su ya inexistente patrimonio. Este hombre, entregado a los vicios de la carne, hoy nada tiene. Es prácticamente un mendigo. Solo le queda su arrepentimiento, su humillación y esa añorada familia a la que abandonó hace ya casi tres lustros.

Desde luego vino a verme en son de paz, con el firme propósito de rectificar sus graves errores y maldades que provocan un continuo dolor a su conciencia. Sólo quiere, implorando piedad y perdón, recuperar a esa familia que destrozó con su desafortunado proceder. Querida Nati, la vida ya le ha castigado lo suficiente. Ahora solo pide, fervorosamente, ese perdón que sólo tú se lo puedes dar, a fin de aprovechar los años de vejez y de vida que el Santo Señor quiera concederle. Trata de darle ese amor verdadero que en su mal momento él os negó. Perdona, querida Nati, perdona, lo que ayudaría a recuperar el amor de una familia que mucho ha sufrido por los errores de una oveja descarriada del Señor”.

Transcurrieron segundos de un muy difícil silencio, a partir de los cuales Nati se incorporó de su amarillenta silla con sudado asiento de anea entrelazada. Con voz en principio temblorosa y mirando con puntual fijeza a los ojos del orondo y venerable clérigo prieguense, habló con serenidad, pero con no menos firmeza:

“Padre Jeremías, durante catorce largos años, he tenido que luchar contra la soledad, el abandono y la humillación de una mala persona, que me engañó una y otra vez, y nos hizo sufrir el más cruel abandono. Gracias a la bondad de mis padres, Alba, mi gran tesoro, es hoy una linda y educada joven, con un brillante porvenir. Nada le ha faltado, en lo material, pero sobre todo en el cariño que enriquece nuestro espíritu. Sólo ha carecido de un padre que no quiso ejercer como tal, entregado a sus vicios y a su irresponsabilidad. Yo no quiero saber nada de esa persona. En las “vacas flacas” de su existencia, que llame a otras puertas para que lo cuiden, pues las mías él las cerró y yo no se las voy a abrir. Se lo aseguro: en absoluto. Que tenga una buena vejez, pero en nuestra casa no le voy a permitir jamás, jamás la entrada. Hace años estuve en los juzgados y una maravillosa asistente social me ayudó a gestionar la separación.

En cuanto al Padre Nuestro, con el que comenzó nuestra plática, es una preciosa oración. Pero hay otra “oración” cuál es la dignidad de una persona, de una mujer, de una madre cruelmente abandonada y no dudo que Dios sabrá comprenderme”.

“Mamá, vámonos de aquí, vámonos a casa. Ya no tenemos más que decir. Tú has sido, junto a la abuela Candi, mi madre y también mi padre. Todo lo que soy te lo debo a ti”.

Madre e hija salieron abrazadas del despacho de don Jeremías, mientras que Cándida miró al “impactado” sacerdote y sonriendo se despidió cortésmente.

“Perdone Padre, pero … es mi hija. Es mi nieta. Quédese con Dios”. -

 

 

14 AÑOS DESPUÉS

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 11 agosto 2023

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                 Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 



 

viernes, 4 de agosto de 2023

UN GENEROSO CONDUCTOR DE TAXI.

Como en cada una de las mañanas, o en esas somnolientas noches bajo las estrellas, su vehículo recorre una vez más el poliedro caprichoso del laberinto urbano, llevando la compañía de esos ciudadanos con prisas, generalmente silenciosos y siempre abstraídos en sus íntimas privacidades. No importan las decisiones meteorológicas del tiempo, con la lluvia, el viento, las zonas encharcadas o empolvadas por la desidia y el abandono, haga frío o el tórrido calor. Este profesional continúa con sus diestras manos en el volante, atento a una señal manual, un mensaje radiofónico desde la central o en esas esperas largas y aburridas, en los “caladeros” propios de la necesidad ciudadana para la imprescindible movilidad. Cuando ejerce el trabajo encargado, está siempre acompañado, pero al tiempo también solo, pues ese cliente puntual pronto abandonará su lugar, para dejar paso a un nuevo viajero que, normalmente, tendrá prisa en llegar a su finalidad.

Patricio Lama, 36 años, casado con Serena desde hace casi un lustro, tienen una hija, Estrella, que ya suma tres años de vida. Un par de años antes de su enlace matrimonial, después de haber desempeñado diversos trabajos (reparto de publicidad, construcción, recogida de frutas y hortalizas) caracterizados por su temporalidad, entró a formar parte de la plantilla de la multinacional Carrefour, con carácter de fijo discontinuo, en la que cumple horario de cinco horas como reponedor de mercancías. Algunas tardes o incluso los fines de semana, ayuda a su padre Ramiro, conduciendo el vehículo de este veterano taxista, para lo que tiene, lógicamente, el carné correspondiente. Sus otros dos hermanos nunca han mostrado interés o afición por seguir con el oficio de su padre.

Una tarde de sábado, al final de la estación veraniega, Ramiro llamó por teléfono a su hijo Patricio. Quería hablar con él de manera personal, en función de la importancia de aquello que deseaba transmitirle. Además, el abuelo quería disfrutar con la presencia de su única nieta.

“Bueno, Patricio, los problemas de arritmia que te comenté hace unas semanas me han llevado a ponerme en manos de los galenos. Éstos me dicen, tras las pruebas que me he tenido que hacer, que padezco una deficiencia cardiaca, posiblemente agravada por mis muchos años como gran fumador. Me dicen claramente que el trajín del taxi en absoluto me beneficia, sino todo lo contrario. He reflexionado con tu madre y a mis 59 “tacos” creo que ya he conducido bastante. Por consiguiente, he tomado la decisión de cederte el taxi, un querido Citroën muy bien conservado y que bien conoces, de los ratos en que me sustituyes cuando puedes hacerlo. No hay problema con la licencia municipal, pues la pongo a tu nombre y punto. Piensa si es conveniente de que hables con tus jefes de Carrefour, para que te den un horario más reducido, o te centras totalmente con el oficio de taxista. Es un regalo que te hago. Te lo has merecido por todos los ratos de ayuda que me has prestado. Considéralo como una parte de la modesta herencia que te puedo dejar. Tus hermanos nunca se han sentido animados a trabajar en esto del servicio del taxi. Así que me gustaría que aceptaras. Te puedes ganar la vida honradamente bastante bien, porque, y es mi orgullo, yo te he enseñado a conducir. Y lo haces muy bien”.

Patricio consiguió que le redujeran a cuatro, las horas que ejercía como reponedor, desde las 9 a las 13 horas de la tarde. Así podría dedicar el resto de la tarde e incluso algunas horas de la noche a conducir el taxi que su padre le había cedido. Era una dedicación laboral bastante intensa, pero que le venía muy bien económicamente pues, además de “llevar” a su familia, le permitía afrontar los pagos de la hipoteca del piso que había comprado poco antes de la boda. Tenía conciencia de que, más pronto que tarde, la dedicación al Híper la tendría que dejar, si los ingresos derivados del taxi eran favorables para afrontar sus necesidades.

Siempre le había gustado conducir. Incluso intentó, en más de alguna ocasión, entrar en la plantilla de la EMT (Empresa Municipal de transporte) o en alguna otra de titularidad privada. Lo ponían en lista de espera, como trabajador eventual, pero nunca fue llamado. Sabía que los familiares de los actuales conductores municipales tenían una cierta prioridad para acceder al puesto como conductores.

La tarea matinal era más cansina y monótona, pues su función era ir reponiendo las mercancías en los estantes (tanto alimenticias, como de cualquier otro género) que se iban vendiendo. También tenía que ir ordenando las grandes baldas metálicas de productos, puestos a disposición de los clientes. La actividad del taxi era mucho más atractiva, pues al estar vinculado al servicio de Tele Taxi le iban comunicando trabajos y destinos muy diversos, durante las horas que estaba al frente del volante. El 333333 sonaba cuando menos lo pensaba: “Acuda a un servicio, en la calle …. Hay un cliente delante del banco …”

Tras un par de meses compaginando ambas actividades, Patricio se despidió del Híper mercado, agradeciendo al jefe de personal la comprensión que había tenido hacia su persona. A partir de ese momento iba a centrarse, con exclusividad, en el transporte privado de viajeros. Algunas noches, se tomaba un café y se quedaba despierto repasando el plano urbano de Málaga, especialmente en las barriadas periféricas. Al fin se hizo con GPS, indicador que le marcaba muy bien los destinos y las trayectorias previas más aconsejables para el tráfico.

Como en cualquier actividad, el desempeño continuo de una profesión tiene luces y sombras. Hay momentos gozosos y otros no tanto, en los que es inteligente aplicar una benévola paciencia. Para su labor de servicio público Patricio aplicaba, de continuo, la virtud de la espera. Esperar con serenidad, a que un ciudadano reclame tu servicio o esa llamada “salvadora” de la centralita, indicando la ubicación de futuro cliente. Por fortuna, no había tenido riesgos con viajeros “peligrosos”, aunque siempre tenía el recurso de llamar a la centralita, que se ponía en contacto de inmediato con la policía en caso de peligro o agresión. La tipología de la clientela en el taxi era muy variada, tal y como son los caracteres personales: los habladores compulsivos, los silenciosos misteriosos, los inquietos y nerviosos, los serenos y tranquilos, aquellos caprichosos con el calor o el frio interior del vehículo, los que le indicaban la mejor vía a tomar (aunque no fuera la más aconsejable), aquellos a quienes se les había “olvidado” la cartera en casa, los que se inhibían y seguían con sus carantoñas hacia sus parejas, los preguntones por todo y los que de inmediato sacaban el tema político, con los que era conveniente tener especial cuidado, pues no sabían “contener” su radicalizada y tensa ideología… etc.  

Patro, como era llamado por familiares y amigos, se esmeraba en mantener bien limpio su vehículo Citröen, no sólo en la carrocería exterior, sino también dentro del cuidado habitáculo. Se le ocurrió también la inteligente idea o detalle de llevar en una pequeña nevera botellines de agua mineral que ofrecía a determinados “pasajeros”, copiando la modalidad de esos amables gestos que ponen en práctica los vehículos de turismo con conductor VTC, vinculados a las empresas UBER; CABIFY; BOLT. Sin embargo, lo que peor soportaba era esa soledad comunicativa del taxista, con esos clientes a los que les costaba abrir la boca para decir un “buenas tardes” u otras palabras amables, aparte del destino elegido o añadiendo en ocasiones lo de “necesito llegar con la mayor premura. Corra todo lo que pueda.”

Y las anécdotas. Al paso de los días y los meses. Son miles, las que un taxista puede acumular en su memoria, derivadas de los continuos servicios que casi siempre está presto a realizar.  Patricio solía comentarlas con Serena, cuando volvía a casa y ya la pequeña Estrella al fin dormía. Ese ratito de charla íntima, durante la cena o en la sobremesa con su afecta compañera era lo más gratificante del día, saboreando una buena taza de infusión caliente o algo más fresco durante la estación veraniega. Una de esas anécdotas Patricio la recuerda con más relevancia, pues la experiencia que vivió una y otra vez revive en sus recuerdos, en medio de variados interrogantes.

Cierta tarde, cuando volvía de prestar un servicio con destino a la barriada universitaria de Teatinos, circulaba por la Avda. de la Aurora, cerca de los Jardines Picasso, viendo como una joven, acompañada por un niño pequeño, rodaba pausadamente una mediana maleta trolley, de cuatro ruedas. La chica era delgada de cuerpo y su pelo relucía color castaño. Se protegía del frío desapacible de un nublado noviembre con una gabardina celeste impermeable, que le ayudaba a soportar el ligero “chirimiri” que había comenzado a caer. Calzaba unas botas marrones, algo desgastadas por el uso. El niño que la acompañaba iba enfundado en un voluminoso anorak color plomo y cubría su cabeza con un gorro de lana azul con algunos dibujos infantiles. Al ver el taxi, parado en un semáforo, la chica le hizo una señal, acercándose a la ventanilla del conductor.

“Deseo ir a la localidad de Frigiliana, con mi hijo, en donde residen mis padres. Pero sólo tengo este billete de 20 € ¿Sería suficiente?”

El taxista se quedó dubitativo de la petición. Aparcó unos metros más adelante, mientras pensaba en el kilometraje que habría de recorrer. Unos 114 km. entre la ida y la vuelta, aunque con la ventaja de poder utilizar la autovía. Observó que la joven tenía los ojos “llorosos” y el niño se le veía bastante cansado. Arreciaba el frío y la lluvia se tornaba más intensa.

“Verá, ese trayecto, si no cojo algún servicio para la vuelta a Málaga capital, le costaría un mínimo de 50/60 euros. Con el dinero que Vd. me indica, apenas podríamos llegar a Torre del Mar. Aunque ya son las 7.30 de la tarde, puede ir a la estación de autobuses y encontrar una línea que le sea más rentable para ese desplazamiento”.

Entonces la chica, cuyo nombre era Natalia le explicó que venían precisamente de la Estación de Buses. Ya no había línea para ese pueblo de la Axarquía, hasta las 11 de la mañana del día siguiente. Y que no tenían donde pasar la noche, ella y su hijo Pedrín. Necesitaban llegar al pueblo, donde sus padres, labriegos ya muy mayores, residían. Que ellos cobijarían a su hija y a su nieto. Añadía que una vez en el destino, podría pedirles algún dinero para pagar el coste total del servicio.

A Patricio algo le decía en su conciencia de que debía ayudar a esta joven madre, a quien veía muy aturdida y abrumada. “¿Piensas que tus padres pueden afrontar el pago de la cantidad que le falta? “Sinceramente, aunque son personas muy humildes, creo que algo podrían hacer”. En esta peculiar situación, por esos “prontos” que todos tenemos en nuestras vidas, este buen taxista se dispuso a entrar en esta extraña aventura, en la que exponía dinero y tiempo. Indicó a Natalia que ella y su pequeño subieran al vehículo, pues ya se habían mojado bastante y le daba “pena” ver al niño con el gorrito mojado pegado a su madre, con el rostro indisimulable de frío y cansancio. Minutos después, los tres viajaban camino de la localidad malagueña. Pedrín pronto se quedó dormido, medio recostado en brazos de su madre. El reloj marcaba las 7:45 de esa tarde entrada en tormenta.

Durante muchos km. tanto el conductor como la pasajera permanecieron en silencio. Patricio buscaba el momento oportuno para inquirir más datos acerca de este poco claro asunto en el que ya estaba implicado. Cuando llegaron a nivel de Torre del Mar, preguntó a Natalia si les vendría bien tomar alguna cosa, a lo que la chica respondió afirmativamente, sobre todo por el niño, que debido a los problemas familiares prácticamente sólo había tomado el desayuno. Pararon en una pequeña venta, en el camino hacia Vélez y pidieron unos sándwiches, un par de cafés y para el crío un vaso de leche con Cola Cao.

            “Natalia, me parece que estáis como huyendo ¿Me equivoco? Si prefieres desahogarte,               estoy dispuesto a escucharte”.

“Me uní a una persona que parecía buena, hace unos cuatro años. Estaba embaraza de él. Con el paso del tiempo y la convivencia diaria, esa imagen esperanzadora, que tenía de Moisés (así se llama) no se ha confirmado, sino todo lo contrario. He sufrido en diversas fases su maltrato. En realidad, cuando mejor me he sentido ha sido cuando él “desaparecía” durante unos días o semanas, para irse con la “fulana” de turno. También ha estado mezclado con gente de la droga. Verdaderamente yo no lo conocía. Me dio al principio una imagen totalmente falseada y con mi inexperiencia no supe ver lo que se me venía encima, ¿Violencia física? Pues sí. ¿Violencia psicológica? Pues también. Ahora, casi sin nada en la maleta, vuelvo a casa de mis padres. Son personas mayores, a los que tenía “engañados” con respecto a mi situación, para que no sufrieran. Ellos han sido labriegos, gente sana del campo, que se ganaban modesta y esforzadamente la vida. Veremos el disgusto que les voy a proporcionar, cuando me vean llegar con este penoso estado”.

¿Y nunca has pensado en acudir a la policía, que tiene personal y servicios especializados para ayudaros, cuando os encontráis en esta tan complicada situación?

“En algunos momentos, cuando le decía mis intenciones, me amenazaba con la vida, si acudía a la policía” ¿Se atreverá a ir a casa de tus padres a buscaros? La verdad, no lo descarto”.

Al fin llegaron a la bella localidad de Frigiliana, ya completamente de noche. Por fortuna, había dejado de llover, aunque la atmósfera estaba muy húmeda y fría. Patricio los dejó a escasos metros de una vieja casona, en donde suponía vivirían los padres de Natalia y abuelos de Pedrín.

“Natalia no te voy a cobrar, por este viaje. Lo he pensado mientras “devorábamos” kms. Hay casos en que el dinero queda en una posición muy secundaria y lo más importante es la ayuda que puedas prestar a los demás. Estás en una situación difícil y necesitas ese poco dinero que tienes, para atender a tu hijo. Te vuelvo a aconsejar que acudas a la policía. Ahí es donde te van a prestar una ayuda eficaz y segura. Volver junto a tus padres es una decisión, sin duda, muy inteligente y oportuna”. Te deseo lo mejor, amiga, querida amiga”.

El destino también quiso que Patricio encontrara un servicio urgente con destino a la capital malagueña, al parar en una gasolinera de carretera para llenar el tanque de combustible. Su buena acción se vio hasta cierto punto recompensada, tanto en su conciencia como en su “bolsillo”. Cuando llegó a casa, cerca de la medianoche, Serena le estaba esperando para cenar juntos. Quedó maravillada e impresionada de la preciosa historia que su marido le había narrado. Son nobles acciones que enaltecen a quienes las protagonizan.

 

Casi un mes después de este ejemplar episodio, Patricio había trasladado a unos clientes a la barriada de San Julián, ya que tenían que recoger su vehículo que había sido reparado en la concesionaria Peugeot Cayetano Motors. Al taxista algo le había sentado mal en el almuerzo, por lo que entró en un bar de la zona, denominado El Palangre, a tomar una tónica con limón, pensando que esa bebida le sentaría bien. Ocupó una esquina de la barra, en donde había un taburete libre, pues el local (ocho de la tarde) estaba bien repleto de clientes, la mayoría operarios que volvían del trabajo y deseaban tomar algún aperitivo antes de llegar a casa. El taburete era giratorio, por lo que se entretenía en su breve descanso dándose unas traviesas y lentas vueltas, para observar la masa humana que llenaba el local. En una de esas vueltas, fijó su mirada en la silueta de una joven, quien sentada de espaldas llevaba una gabardina, color celeste, que le resultaba conocida. Desde su ángulo podía observar bien la panorámica del local, sin ser observado directamente. Además, esa persona se encontraba de espalda. Esperó a que moviera la cabeza y entonces ya no tuvo duda: ¡era Natalia! Estaba sentada junto a un apuesto joven, con figura de galán televisivo o cinematográfico. Ambos parecían muy encariñados. Prefirió, en principio, no acercarse a esa pareja de verdaderos “tortolitos”. A los pocos minutos llegaron otros acompañantes, dos hombres y una mujer, vestidos ellos con chalecos beiges de tela vaquera, y portando en sus manos dos grandes bolsas de las que sobresalían un trípode y un foco móvil. Al cabo de unos diez minutos, los cinco componentes de la mesa, después de acabar sus cervezas, se levantaron y entre risas e intercambio de frases jocosas salieron de local, caminando hacia una furgoneta mal estacionada en la calle, pues ocupaba parte de la zona señalada en amarillo, delante de la parada del bus de la línea nº 5 de la EMT. A través del cristal fumé del gran ventanal, el taxista pudo leer el gran rótulo que lustraba la “veterana” furgoneta de color verde militar: PRODUCCIONES CINEMATOGRÁFICAS EL CISNE. Sevilla.

Empezó a darle vueltas a sus recuerdos de aquella tarde/noche lluviosa, cuando ayudó a Natalia a desplazarse a Frigiliana con su pequeño, en una situación de verdadera “emergencia”. Después de cenar y sin decirle nada a Serena acerca del descubrimiento de aquella tarde, se sentó ante el ordenador y a través del Google buscó información acerca de la citada empresa cinematográfica. Tenía una página web muy completa de textos informativos y documentación gráfica. Producía una afamada serie o telenovela titulada LEJOS DE TI. Una de las protagonistas del elenco de actores era IRIDIA MARFIL, la que él conocía como Natalia, la joven “maltratada” por un indeseable hampón. La serie se emitía por la 101 TV y también por un canal en YouTube dado el éxito de audiencia. Ya iba por su 2ª temporada de éxito. Se sentía profundamente abrumado y engañado.

Dos días después, Siro Capitán, un compañero del taxi, paró su vehículo junto al suyo y bajando la ventanilla y a grandes voces entre risas le dijo “La semana pasada te vi en una serie muy famosa de la tele. Conducías tu taxi, no me cabía duda alguna. Y llevabas de pasajera a una de las principales protagonistas de la telenovela, Natalia Guzmán. No sabía ¡bribón! que ahora hacías también colaboraciones en el cine.” -

 

 

UN GENEROSO

CONDUCTOR DE TAXI

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 04 agosto 2023

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