viernes, 28 de octubre de 2022

EL JARDÍN DE LOS SENTIDOS.

Son muchas las ocasiones en que nos hacemos una interesante pregunta, que nos ayuda a resumir la jornada. Especialmente planteamos ese interrogante cuando el día ha perdido insolación, dejando paso al reinado de la noche. Así decimos ¿Cuántas veces he acertado hoy y en qué he podido equivocarme? En realidad, no siempre es posible concretar si algunas de las decisiones adoptadas han sido certeras o erróneas. La respuesta nos llegará más adelante. En todo caso nos sentimos satisfechos de los aciertos, que nos alegran, mientras que los errores tratamos de analizarlos, a fin de evitar su incómoda repetición. En una y otra posibilidad, casi siempre finalizamos con esas palabras “a modo de consuelo”: “otro día saldrá mejor. Peor habría sido la inacción”. En este contexto insertamos una historia, cuya escenografía tiene lugar en la Alameda sur malacitana, espacio acertadamente peatonalizado para el disfrute de los miles de viandantes, nacionales y foráneos, que recorren en el día a día unos de los espacios más gratos de la ciudad.

Allí se hallan felizmente instalados hermosos puestos de flores, que ofrecen su delicada y sugestiva materia, irradiando con sutileza color, aroma y una motivadora belleza no exenta de grata sensibilidad.  Son numerosos los clientes, de todas las edades y condición, que se acercan con indisimulable ilusión a esos puntos de venta tan repletos de flores en jarrones y en ramos que incluso tienen que ocupar el espacio exterior para exponer tan bella y elegante mercancía.

A uno de esos pequeños comercios de flores se acercó un sábado por la tarde un cliente, para pedir a la florista que le formara un pequeño ramo, con sus expertas manos o que ella misma eligiera uno de los ya conformados, que costara entre 10 - 12 euros. Sabina, una experta vendedora de flores, lo atendió con la mejor de sus sonrisas, preparándole una cromática composición, cuyo ramo se acomodaba al precio sugerido por el pensativo cliente quien, tras el pago, le dio las gracias, marchándose visiblemente satisfecho con el servicio recibido. Lo curioso del caso es que el sábado siguiente, ese mismo cliente repitió una compra similar, acción que se repetía el mismo día en cada una de las semanas. Pero ¿quién era ese fiel comprador, que repetía sus visitas al mismo puesto floral cada uno de los sábados? 

ALONSO, “el señor de las flores, que viene los sábados” (en palabras de la vendedora) suma cuatro décadas de vida. Trabaja como encargado de mantenimiento del material docente, además de otros servicios complementarios, en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad malagueña. Está adscrito al PAS (personal de administración y servicios). Tras la finalización de los estudios obligatorios, durante su adolescencia, cursó un módulo profesional, grado medio, de programador cultural, titulación que le fue útil para ocupar el puesto asignado en el departamento universitario. Se siente satisfecho con la labor que realiza, pues además tiene las tardes o algunas mañanas libres, en su horario de trabajo, tiempo de ocio que suele dedicar para pasear, visionar películas u otros espectáculos culturales y para entretenerse con el papel y cartón, pues gusta trabajar la papiroflexia, habilidad que posee de sus tiempos de infancia. Habita un pequeño ático alquilado a buen precio en el barrio de Lagunillas, espacio urbanísticamente degradado, pero muy próximo al centro cultural y turístico de la ciudad.

Por esos azares, no fáciles de explicar, ha carecido de suerte, oportunidad o decisión, para encontrar o sentirse a gusto con una compañera, con la que poder formar una familia. Tal vez su carácter no le ha ayudado a esta natural opción para la vida, pues Alonso es persona un tanto reservada, con ese punto de timidez, especialmente ante las mujeres, que en realidad no perjudica el trato amable y servicial que depara a los demás. Así le van pasando los años, manteniendo su soledad y privacidad (padres muy mayores, residentes en un pueblecito de la Axarquía, al igual que una hermana casada) porque se siente mejor solo con sus pensamientos, distracciones y habilidades, evitando en lo posible la vinculación con ruidosos compañeros o amigos, que alteren su tranquilidad y sosiego personal.

Ese sábado inicial, para la compra del ramito de flores, paseaba sin rumbo fijo por la Alameda de las flores. Se fijó en un determinado puesto de flores por varios motivos: tal vez por la disposición floral de la delicada y atractiva mercancía, en macetones y ramos de bella composición, tal vez por ese impuso del “me gusta la persona que vende las flores”, aunque además influyó el motivador texto escrito en un gran cartel anunciador, con un rótulo que indicaba EL JARDIN DE LOS SENTIDOS: visión, olor, tacto y sonido. ¿Qué decía el texto?

“Amable cliente: puede gozar admirando el colorido y forma de las flores. Goce con el mágico y embriagador aroma con que vitalizan el ambiente, la delicada textura de su ropaje vegetal y esa acústica orquestal que promueve la brisa marítima cuando cimbrea los tallos y las hojas de las flores y las ramas de los árboles cercanos. Son compañeros fraternales que nos protegen con su sombra y oxigenan el aire que nos permite la vida. Disfrute del maravilloso paraíso terrenal que conforman las flores”.

La repetición semanal de esa compra, que Alonso realizaba los sábados, facilitaba unos pequeños y alegres diálogos entre el cliente y la florista, cuyo contenido se fueron ampliando al paso rítmico de las semanas. Mezclaban palabras educadas con temas intrascendentes en los que prevalecía la amabilidad, la ocurrencia y siempre la generosa simpatía. Era evidente que aquella primera sonrisa que la vendedora le regaló, el día de su primera compra, había cautivado la necesidad afectiva de este “sonámbulo solitario” deambulando por el anonimato de la gran selva urbana. Sabina, la vendedora, le transmitía alegría, sensibilidad, sencillez, amor a su trabajo … y sobre todo, proximidad. Pero ¿quién era esta profesional de la venta de flores?

Su juventud es manifiesta, 36 años. SABINA vive con su madre, que soporta un grado medio de invalidez articular. Es la única hija de esta madre soltera, que quiso tener a su hija, a pesar de la indiferencia de esa puntual pareja en una alocada noche de fiesta. Doña Casilda tiene una modesta pensión de invalidez, tras haber trabajado muchos años como personal auxiliar de limpieza, en el Hospital Clínico Universitario de la capital. Con sus ahorros y los que Sabina había logrado juntar, como reponedora de artículos en el hipermercado de un gran centro comercial, ubicado en el norte malacitano, pudo conseguir el traspaso de este puesto de flores que regenta desde hace tres años, con ese sugestivo título del Jardín de los sentidos. Su amor y sensibilidad hacia el mundo de las flores lo tenía incardinado en su vida desde la más esperanzada adolescencia. Se decía a sí misma: “Ahora trabajo en lo que verdaderamente me gusta”.

En el terreno afectivo, es un caso parecido al de Alonso, el misterioso comprador de los sábados. ¿Casualidad, caprichos del destino, los duendes de la vida …? En este caso, la unión a esa madre esforzada para sacarla adelante en la vida, ahora en estado de limitación física, tal vez haya podido condicionar la situación vivencial que asume con firmeza la responsable y dinámica vendedora de flores.

La repetición semanal de la misma y simpática escena facilitaba unos pequeños diálogos que paulatinamente se iban ampliado para el conocimiento recíproco, provocando esa satisfacción que Alonso buscaba de forma evidente. Cuando había otros clientes comprando, el fiel comprador espera los minutos necesarios para ampliar o reiniciar esa confortable charla que tanto bien parecía aportarle.

Uno de esos sábados “para la ilusión”, Sabina se sintió valiente y al tiempo algo traviesa para saciar su lógica intriga. Se mostraba decidida a dar un paso más en la situación, pues quería conocer el motivo de esas semanales compras que el curioso cliente realizaba. Obviamente ya conocían sus respectivos nombres para utilizar el tuteo. A pesar de todo, le costó un poco de pudor, trabajo y “riesgo” plantear al ya amigo, más que cliente, el razonable interrogante:

“Hola, Alonso, me alegra mucho verte otro sábado por aquí. Supongo que deseas que te prepare el ramito de flores de cada semana. Sin ánimo de incomodarte, me gustaría conocer el nombre de la afortunada joven que recibe, semanalmente, tan preciado y delicado gesto. Por supuesto, no te debes sentir obligado a responderme, es que soy algo curiosilla, ya sabes …”

En realidad, Alonso esperaba una pregunta más o menos parecida de la alegre florista, desde hacía semanas. Pero como se acercaba una festividad religiosa señalada, a comienzos de noviembre, había en aquel momento ante el puesto de flores una apreciable clientela, que demandaba ser atendida. Por ello sugirió a su interlocutora si, cuando llegara la hora de cerrar el tenderete, podría dedicarle algunos minutos, a fin de poder compartir una cerveza, refresco o similar y así disponer de mayor tiempo y sosiego para la respuesta. Alrededor de las 9 1/2 de la noche, Alonso y Sabina estaban sentados en un bar/cafetería, ubicado en el entonces muy animado barrio del Soho, dada la templanza térmica que gozaba la capital malacitana a finales de octubre. Previamente Sabina había comunicado con su madre, doña Casilda, para comentarle que no se preocupase, pues volvería a casa unos minutos tarde, con respecto al horario habitual. La florista había pedido un batido de sandía y maracuyá, mientras que el operario de la UMA degustaba una apetecible pinta de cerveza negra irlandesa. 

“Amiga Sabina, voy a tratar de resumir mi, en principio, extraño comportamiento, añadiendo otros datos complementarios. Las circunstancias de la vida, sin saber exactamente el por qué, no me ha facilitado lo más normal en la vida de cualquier persona: una compañera, con la que compartir los días y las horas. Bueno, no quiero culpar sólo al destino o a la suerte, reconozco que yo también he podido ser la causa de esa frustración.

Un día, sábado para más señas, paseando por el espacio de la Alameda, me fijé en tu precioso puesto floral, con esa sugerente cartelería del JARDIN DE LOS AROMAS, FORMAS Y COLORES. Llamó mi atención todo lo que tenía ante mi vista. No pretendo ruborizarte, pero la expresión de tu mirada, tu ágil quehacer y, después, esa lírica forma de hablar, sinceramente me cautivó. De inmediato, tuve que improvisar. Te solicité un ramito de flores, que no superase en precio los 10-12 €. Más o menos, como si fuera una entrada de cine. Y es que yo me sentía como viviendo una película. Pero real, pues asumía uno de los roles. Y el más importante eras tú. 

Durante los siguientes días, estuve dándole muchas vueltas a esas imágenes que habían calado tan. Intensamente en mis sentimientos. El sábado inmediato tomé la decisión de repetir, por supuesto con la necesaria cautela y respeto, pues son numerosos los “palos” y errores que he tenido que asumir, por no calcular bien las distancias. Así que repetí ese segundo sábado, al que sucedieron un tercero, un cuarto… bueno, ya los conoces.

Cada vez me atendías mejor. Cada vez, me sonreías más, potenciando mi atracción y necesidad. Yo trataba de ampliar los minutos que permanecía ante tu puesto y persona. Todas tus palabras, gestos y miradas, las grababa con firmeza en la memoria, para recrearlas, disfrutarlas y dibujarlas con la ilusión de un chiquillo enamorado. Cuando estoy junto a ti siento un estado de felicidad, verdad y dinamismo, atracción y necesidad, que es difícil su definición, porque los sentimientos están revestidos de lo espiritual y anímico, siendo su ropaje transparente, sacral, inmaculado. Para mí, es lo más parecido al AMOR sentimiento tan erróneamente desvirtuado en estos estresados y vacíos tiempos que solemos protagonizar.

Buenos, he de evitar cansarte. Las flores las llevaba a casa. Cuando volvía del trabajo, sonreía y alegraban mi visión. Me recordaban a tu persona, No te ofendas. Es como si permanecieras allí conmigo, compartiendo la cena, las palabras, los gestos y la sensualidad de las miradas. A través de las flores, te tenía cerca y es que siempre te he percibido como la más hermosa y preciosa flor, de ese pequeño y gran jardín que conformas con sutileza en los jarrones que jalonan en reducido espacio comercial, que con cuidado, imaginación y esmero tan bien sabes cuidar.

Te confieso que no me reconozco, siendo tan explícito con todo lo que acabo de narrarte. Pero me siento feliz y contento, por haber podido expresarte los sentimientos que despierta tu maravillosa realidad en mi humilde persona. ¿Vas a dejarme que continúe comprando ese ramito de flores, en esos sábados luminosos para la ilusión y la necesidad?”

Sabina había sabido guardar un asombrado, cariñoso, emocional silencio, ante las hermosas palabras que había pronunciado una persona buena, sencilla, imaginativa. Una persona intensamente enamorada. El cálido momento tensional alcanzó un elevado grado de confusión, que se concretó en unas lágrimas que corrían, un tanto desordenadas, por las tersas mejillas sonrosadas de una mujer halagada.

“Es precioso lo que acabas de decirme. Sentimentalmente embriagador, placentero, limpio y sublime. Tú sí que eres la mejor flor que se ha acercado a mi tenderete. Comprenderás que estoy muy confusa, feliz y preocupada, ante esta maravillosa situación que has sabido regalarme con su sencilla y valiente forma de ser. Déjame reflexionar, unos días. El sábado próximo seguiremos hablando. Te prometo que seré muy explicita y generosa. Y no tienes que acercarte a comprar más ramitos. Yo siempre tendré uno preparado, que te entregaré como agradecimiento, para alegrar y complacer tus sanos recuerdos.  No sé cómo como darte las gracias por tanta bondad, cariño y proximidad. Te admiro intensamente, eres un gran hombre, una mejor persona”.

Aquella noche, de un sábado feliz, ninguno de los dos pudo conciliar un largo tiempo de sueño. Alonso pensaba que había abierto a la verdad de su corazón. Tenía la firma convicción de estar ante ese tren que solo pasa por nuestra estación una vez en la vida. En modo alguno podía dejarlo pasar. Hasta su dormitorio llegaba el cálido aroma de unas flores que en esta ocasión Sabina no había querido cobrarle. Al fin, cuando apenas iniciaba a clarear, el cansancio emocional le venció.

En el domicilio de la florista, madre e hija hablaron largamente en aquella noche de sábado. Sabina no solía ocultar nada a su querida madre, quien correspondía a esta confianza dando a su hija todo el amor y comprensión del que su corazón era capaz. Tras contarle los hechos de esa tarde y después de unos minutos en silencio, con la sonrisa en su boca, doña Casilda dio una vez más ejemplo de amor, comprensión y responsabilidad, ante su hija, su único vínculo familiar, de treinta y seis años, que se encontraba abrumada “en un cruce de carreteras” vital para su futuro.

“Mi querida Sabina, mi adorada niña. Los años pasan de forma rápida y hay momentos en la vida en que es necesario dar un paso adelante, para enriquecer tu vida y ese futuro feliz que bien te mereces. Si tienes la convicción de que es un buen hombre, que te quiere sin fisuras y que te está pidiendo eso tan hermoso y natural de caminar juntos, no debes dudar en la respuesta. Si es lo que tu deseas, como me estás demostrando, aprovecha esta gran oportunidad que el destino ha querido poner ante ti".

La semi invalidez que padezco no ha de ser un obstáculo, pues en casa puedo moverme y hacer una vida normal sin mayores dificultades. A mi edad, yo necesito bien poco. Trabajé con denuedo en el Hospital Clínico universitario, haciendo mi tarea de limpieza, con el único objetivo de sacarte adelante, ya que quien te gestó, de manera cobarde no quiso saber nada de nosotras. Tengo mi modesta pensión, con lo que nada básico me ha de faltar. También sé, porque me lo ha demostrado con creces, que nunca me vas a olvidar. Une tu vida la de ese buen hombre, que me dices se llama Alonso. Yo permaneceré en este nuestro piso, que también es el vuestro. Los matrimonios deben estar solos, sin familiares que perjudiquen su necesaria intimidad y privacidad. Y cuando vengan los hijos, la abuela Casilda sabrá estar en su lugar, ayudando y ofreciendo cariño a la única y gran familia que tiene y de la me sentiré muy orgullosa”.

Sabina, con lágrimas en los ojos, besó tiernamente a su madre. Ambas mujeres acabaron abrazadas y así permanecieron un largo y emotivo tiempo, en el silencio de la complicidad y el amor recíproco.

 

En el domicilio de Alonso y Sabina todo es un divertido ajetreo. Esta tarde celebran el primer año de vida de su hija Esperanza, una niña preciosa, con los ojos azules de su mamá y el cabello castaño oscuro de su padre. La abuela Casilda se ha encargado de preparar un gran pastel de chocolate, dulce de leche, bizcocho con cabello de ángel y florecitas de dulce acaramelado, que simula un gran puesto floral. También está ya preparada la gran piñata (elaborada con gran destreza por Alonso) colgada en el salón del piso, rellena de caramelos y pequeños regalos para el disfrute. Están invitados hasta siete compañeros de guardería, a donde es llevada la pequeña cada mañana. Alonso se ha ocupado de contratar a un mimo escénico, de los que estudian en la escuela de arte expresivo de la UMA, el cual se encargará de distraer y divertir a los pequeños.

Hoy sábado, el Jardín de los sentidos se ha cerrado a las 13 horas. La fiesta comenzará a las cinco de la tarde. Durante la mañana, Sabina ha tenido hueco para preparar un gran centro de flores que, ya en casa, ha colocado en un lugar preferente del aparador familiar. Dicha composición floral va a provocar, sin duda, gran admiración de los vecinos, amigos y padres de los invitados, por su estructura, belleza, colorido y aroma floral.

En el transcurso de la fiesta, Alonso se siente feliz por haber sabido tomar ese sugestivo tren que pasó con generosa oportunidad por la estación de su vida. Pero en aquel viaje a la realización personal, el operario de la UMA ya no viaja solo. Le acompaña una feliz y bella compañera, Sabina, aquella que le preparaba los ramitos de flores, a doce euros, en cada uno de aquellos sábados para la ilusión. –

 

 

EL JARDÍN DE LOS SENTIDOS

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

28 octubre 2022

                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 

 




 

viernes, 21 de octubre de 2022

REENCUENTRO IMPOSIBLE CON EL PASADO.


En los tres tiempos verbales, el futuro es claramente indefinible, incierto, inconcreto, aunque lo podemos ir preparando o modulando, en uno u otro sentido, con nuestras acciones y con la previsión que nos ofrece, generosamente, la experiencia. El presente lleva la marca del fugaz tiempo que vivimos, obviamente condicionado por un pasado que nos determina e influye para un mejor o desafortunado acierto en nuestras acciones diarias. Puede ser el tiempo más modificable y cambiante, en tiempo y lugar. Lo vamos recorriendo con cautela, pues no somos ajenos a que este presente es la antesala de un futuro, que nos va llegado de manera continua, sin negociación o pausa para la receptividad. Por el contrario, el pasado es el tiempo que “mejor” conocemos y que guardamos o conservamos en el preciado “cofre” de nuestra memoria, con nostalgia, afecto o sufrimiento, sembrado de acciones afortunadas y otras profundamente erróneas. Sin embargo, carecemos de la llave necesaria o mágica para abrir ese cofre virtual de experiencias y proceder a su cambio o sustitución, pues el destino no nos permite revivir o repetir la misma existencia ya recorrida por nuestro protagonismo vital.

Ese martes, de octubre 22, iba a tener una especial e inesperada significación para Rogelio Lablanca. Había tenido un casual encuentro con Jenaro Leal, un antiguo compañero de facultad, con el que no había mantenido contacto alguno durante tres largas décadas del almanaque. Su memoria le había trasladado a esos lejanos y felices tiempos de universidad. Deseaba recuperar y restañar unos vergonzantes “nubarrones” que golpeaban su conciencia, en una época en que su calidad humana dejaba bastante que desear. El reencuentro con Jenaro fue más bien breve, pero con el tiempo suficiente para convencerlo para que compartieran una cena, durante la cual él quería limpiar o sosegar su conciencia de muchos recuerdos innobles.

“No se hable más, compañero y amigo Jenaro. Nos vemos este viernes en el restaurante La Garita (en la transversal de calle Larios, hacia la Catedral) a la nueve en punto de la noche. Yo me encargo de reservar mesa. No habrá problemas porque, aun siendo un establecimiento muy visitado por la una selecta clientela, conozco bastante al maitre del elegante local, Daniel, que nos reservará un sitio de privilegio, a fin de que podamos hablar con sosiego y profundidad, disfrutando de una espléndida cena”.

Como ya se ha citado, Rogelio y Jenaro habían compartido las aulas de la facultad de derecho malacitana durante cinco cursos, en la década de los noventa. Ambos pertenecían por edad a la “quinta” del 70, año en el que nacieron, en el seno de dos familias muy diferenciadas en su estatus social. Rogelio era el típico “hijo de papá”. Efectivamente, su progenitor tenía un prestigioso bufete de abogados, con una cartera de clientes bien consolidada, que proporcionaban un óptimo rendimiento económico al final de cada mes, en el siempre atareado y concurrido espacio legal. Nada más cumplir los 18 años, y tras aprobar las pruebas de selectividad, tuvo a su disposición un utilitario de estreno, con el que se desplazaba a las instalaciones universitarias del campus de Teatinos. En su currículo escolar nunca demostró ser un buen estudiante. Aprobaba los cursos sin brillantez o con la rutina del mínimo esfuerzo, pues gustaba dedicar mucho de su tiempo para hacer una “variada” vida social, con todas esas chicas “en las que ponía el ojo” para el disfrute y la diversión.

La naturaleza de su carácter era arrogante, vanidoso, seguro de sí mismo, atrevido, bromista sin control, con esa habilidad propia de los señalados por la suerte que le llevó incluso a mantener la jefatura de curso como delegado, durante los cinco años de carrera (1988-1983). Su mayor defecto era el ataque el débil, mezclando el señuelo hipócrita de la broma como justificante de su innoble actitud, contra los compañeros menos fuertes en carácter, ejerciendo un malvado “bullying” descarnado y cínico. Acoso que después trataba de aliviar con alguna cerveza que tapara sus vergüenzas, aplicando esa disponibilidad económica que venía de la tarjeta bancaria facilitada por su acaudalado padre. Uno de sus objetivos malsanos era ridiculizar, con cruel persistencia, al compañero Jenaro, posiblemente el más débil de carácter, entre su cartera de divertimentos para el gozo y la autocomplacencia personal. Siempre aplicando una burda estrategia de lo medio en broma, medio en serio, que hería y dañaba la autoestima humanitaria de los espíritus menos consolidados.

Por su parte, Jenaro, era un compañero de aula universitaria muy diferente al soberbio Rogelio. Este silencioso e introvertido alumno había podido llegar a las aulas de la facultad de derecho por su propio y sacrificado esfuerzo y también por el admirable sacrificio de su familia. Su padre era un sencillo tendero de una tienda de ultramarinos, en un barrio popular de la ciudad. Jenaro, al igual que Rogelio, era también hijo único.  De carácter tímido, desde pequeño, algo “apocado o corto” en su relación social, evitaba cualquier protagonismo ya en su juventud. En clase se esforzaba en pasar desapercibido. Pero Rogelio lo puso en el punto de mira de sus ataques, burlas y bromas, comentarios hirientes, tratando de conseguir risas, divertimento y plácemes del auditorio, cruel comportamiento que hacía mucho daño anímico al humilde compañero de grupo. Era un caso nítido de bullying, pero desarrollado ya en la fase juvenil de la persona. Jenaro soportaba las insidias del arrogante delegado de clase, compensándolas con una intensa entrega al estudio, a fin de no perder la beca que la administración le había concedido por su excelente expediente académico. Cuando se organizaba alguna fiesta grupal decidía no asistir o trataba de pasar lo más desapercibido posible, pues sabía y temía que sería el centro de las burlas y maldades de su compañero Rogelio, un verdadero líder grupal. Éste intensificaba sus ataques, viendo que el “pobre” compa obtenía calificaciones mucho más altas que las suyas, lo que despertaba su envidia, poniendo en práctica ese “ataque” continuo a la dignidad de una débil persona que no sabía defenderse.

Cuando en 1993 finalizó su licenciatura, comenzó un proceso de liberación personal, en una persona sensible y afectiva, que había estado sufriendo un trato injusto por parte de un malcriado, inmaduro y prepotente “niño de papá” delegado de grupo, casi siempre rodeado de todas aquellas bellezas que lo soportaban por su manejo del dinero y sus jocosas y estúpidas ocurrencias.

En ese sorpresivo encuentro del lunes Jenaro se esforzó en mantener las formas, tratando de forzar las sonrisas, mientras Rogelio teatralizaba un trato comedido, sintiéndose culpable, en su conciencia, del daño que había provocado al compañero de estudios, tres décadas atrás. Con su obsesiva verborrea, apenas dejó hablar a su interlocutor, forzándole a esa comida “de amistad” con la que en su interior quería limpiar muchas escenas vergonzosas que vagaban en su mala memoria, por su indeseable calidad humana.

En la actualidad, Rogelio se encontraba divorciado, con dos hijos de los que “pasaba” salvo para financiar su educación y mantenimiento. Seguía siendo el pertinaz mujeriego que había demostrado desde su lejana adolescencia, comportamiento heredado de su padre, don Florencio. Penosamente había “hundido” económica y socialmente el bufete que le había puesto su padre en bandeja, por lo que desde hacía años trabajaba, en función de amistades con favores pendientes, como asesor jurídico en una importante agencia constructora que sumaba importantes promociones en la Milla de Oro, zona de Marbella, Estepona y Manilva.

Jenaro, también con 52 años, continuaba trabajando en una sucursal bancaria de barriada, en la que había alcanzado el puesto de interventor. Su buen expediente laboral le había facilitado estar (con muchos puntos a su favor) en una lista preparada al efecto por la entidad financiera, para designar director de una nueva sucursal que se pensaba abrir en el barrio universitario de Teatinos. Ese objetivo le tenía esperanzado y feliz, para ofrecérselo a su querida esposa, Elisa, y a sus dos hijas Estrella y Lucía.

 

LA CENA.

Aunque no era una de sus escasas cualidades, Rogelio acudió a la cita concertada con 15 minutos de antelación. Tenía la convicción de que con esa “comida de amistad” iba a limpiar de alguna manera sus vergüenzas de conciencia, necesitada sin duda de un buen repaso. Su amigo Daniel, el maitre, les había ubicado en una zona preferente, situada en la entreplanta, con un gran marco acristalado, desde donde se divisaba el ya adormilado reloj de la torre catedralicia malagueña, con la visión de una calle populosa de transeúntes, que recorrían un culinario espacio sembrado y poblado de locales restauradores, la mayoría de lujo en sus servicios. El menú “normal” de La Garita se montaba en un mínimo de 45 euros por comensal, sin contar las bebidas y el pago del IVA.

Mientras esperaba la llegada de su compañero de estudios, pidió al servicio que le trajeran una cerveza pinta negra, de marca alemana, que sólo se servía en este restaurante, pues sus dueños la importaban directamente desde la Germania y en pequeños lotes, dada su fabricación exclusivamente artesanal. Mientras se deleitaba con la espumosa y densa cerveza (grado alcohólico 8,4%) los recuerdos y vivencias iban y venían a su memoria. Se sentía de una forma ambivalente, ante la futura presencia de Jenaro. Por una parte, quería restañar, borrar, compensar, limpiar, toda aquella larga serie de insidias y malas acciones que desarrolló en su periplo universitario, centradas en el “más débil de la clase”.  Sin embargo, por otra parte, su innata egolatría y soberbia se sentían complacidas porque una vez más tenía la oportunidad de protagonizar la aventura del triunfador, sobre la percepción que tenía de un perdedor en la inhumana y competitiva selva social.

Miró una vez más su reloj, marca Rolex, y vio que pasaban cinco minutos sobre las 21 horas. Le extrañó pues recordaba que su esperado compañero de mesa nunca solía llegar tarde a clase, todo lo contrario, sentándose en primera fila de la bancada, entre las sonrisas, comentarios sarcásticos y cuchicheos de esos otros compañeros que ocupaban las filas traseras, por supuesto instigados por la banal palabrería del delegado de clase.

Se había traído de casa una foto grupal en blanco y negro, harto amarillenta por el paso del tiempo, en la que aparecían los dos comensales:  Rogelio ocupando una posición preferente, en el centro grupal, mientras que el modesto Jenaro ocupaba un puesto esquinal, al final de las seis filas de universitarios sonrientes.

El ya impaciente Rogelio seguía disfrutando su cerveza alemana. Paralelamente se fue acordando de algunas trastadas que protagonizó contra su futuro compañero de mesa, acciones en las que estaba rodeado de una corte servil y aduladora, unida contra el débil del grupo. Un día echaron polvos picapica para el continuado estornudo, sobre el puesto de clase que siempre ocupaba el infortunado Jenaro. Su cadena de estornudos provocó que don Lucas Cabestriña, catedrático de procesal, invitara con sus malos modos habituales, a que el avergonzado alumno abandonara el aula, entre el hazmerreír de la joven concurrencia.  En otra ocasión, instigó a una alumna de clase, muy bien parecida, para que comenzara a “tontear” con el pusilánime compañero, aparentando que le gustaba. La dulce carta de amor que Jenaro le escribió fue repartida en fotocopias y puesta en el tablón de anuncios de los alumnos, para el divertimento y choteo general. Más dura fue la diabólica acción, engañando al conserje de la facultad, para que llevara un falso aviso urgente al alumno Jenaro, por el que debía acudir urgentemente al hospital general, a consecuencia de un grave accidente familiar en la persona de su madre. La cara de angustia y patetismo que mostraba el atribulado alumno contrastaba con las risas contenidas y las miradas cómplices de sus compañeros, liderados por Rogelio, cuando aquél abandonaba apresurada y hecho un manojo de nervios el aula, sin poder reprimir las lágrimas por su rostro. Fue una acción teñida de una crueldad incalificable y despreciable. En otra ocasión esparcieron granos de arroz y azúcar en el suelo, en las losetas que solía pisar en cada una de las clases Jenaro. Cada vez que éste movía los pies, sonaban los correspondientes crujidos, que acabaron enfadando al catedrático de Penal, don Viriato del Alcázar, quien, a voces destempladas, muy propio de su autoritario carácter, señaló imperativamente la puerta al alumno, el cual tuvo que abandonar su asiento y el aula, con el rostro bien enrojecido por la vergüenza. Por supuesto que los motes que le aplicaron fueron variados y con la pobreza deleznable del peor ingenio: “el chupaflautas”, “el hijo del charcutero” “el insignificante” “Jenoro, el troglodita” …

A las 21:20, encontraba ya extraña la tardanza de su antiguo compañero. Así que tomó la determinación de llamar al número de móvil que Jenaro le había facilitado, después de insistirle en un par de ocasiones. Marcó ese número, repitiendo la llamada, sin que esta fuera atendida. Unos minutos después, 21:35 y sin que apareciera el compañero comensal, llamó al camarero. Esa tarde no había merendado, pensando en la suculenta cena que iban a pedir, por lo que a esa hora sentía necesidad de comer. Le sirvieron una tabla de quesos franceses y lonchas de jamón de Jabugo. Unos cogollos con arenques y salsa marinera, como antesala de una sartén de angulas auténticas, salteadas y con guarnición de verduras cocidas al vino de jerez. De postre llegó a su mesa una buena ración de tarta de zanahoria calada con brandy, guarnecida con nevaditos helados de dulce de leche. La botella de tinto Rioja, reserva del 2016, permanecía sobre la mesa, con apenas un 10% de su contenido inicial. 

A las 22:35 pagó la minuta, utilizando su tarjeta Visa Oro: la cuenta de la cena consumida sumaba 82 euros, más el IVA correspondiente. Dejó sobre la mesa una propina diez euros, que Daniel agradeció en nombre de los camareros, con una inclinación de cuerpo que casi llega a sus rodillas. “Gracias, don Rogelio. Siempre a su servicio para lo que guste mandar”. Entristecido y defraudado, abandonó con paso lento la Garita, en ese momento con sólo tres mesas ocupadas. Hacía un frescor húmedo, bastante intenso, en las calles ya no muy pobladas de viandantes. Tomó dirección al aparcamiento municipal de Plaza de la Marina, para recoger su vehículo Audi. Se veía caminando pausadamente entre los amantes de la noche, acompañado por personas anónimas, pero más solo que nunca.

A las 11:15, ya en su domicilio, instalado en una bien ajardinada y selecta urbanización del barrio del Limonar, se preparó un vaso de sales de frutas, pues la ingesta en el restaurante había sido abundante, tal vez excesiva, y el estómago estaba pasándole factura con molestias e incómodos gases. Pensaba, una y otra vez, en el frustrado encuentro o cena “liberadora” para su conciencia, pero esa persona, a la que tanto había vilipendiado en épocas juveniles, había finalmente declinado su presencia. ¿Tal vez había podido ocurrirle algún imprevisto? Lo cierto es que su acción purificadora para su memoria había fracasado. Al menos tenía su número de teléfono, móvil sin voz, en aquella noche otoñal de la oportunidad. No tenía ilusión por irse a la cama o encender la caja “embrutecedora” televisiva, por los que se tendió en un amplio tresillo de piel que había adquirido recientemente, desde el cual podía divisar el cielo azulado en una noche de luna llena.

En un estado de somnolencia, se despertó sobresaltado al escuchar el sonido de un whatsapp, a esa hora en que ya había comenzado un nuevo día. Quiso coger su Iphone, 5ª generación, desde el sofá donde dormitaba, pero lo que hizo fue tirar el celular desde el sofá a la mullida alfombra que ese verano había comprado en su viaje de vacaciones a la India. Era un mensaje, cuya autoría procedía del compañero ausente en la cena. Con manos nerviosas y temblorosas, encendió la luz de la lámpara, para leerlo con una mayor facilidad, dado que estaba padeciendo una pérdida de visión con la oscuridad, preocupación que ya había transmitido al oftalmólogo de ASISA que solía atenderlo desde hacía años. Era una breve comunicación de Jenaro, enviada a las 0:25 horas.

“Rogelio, aunque he dudado, al fin me he decido a enviarte estas bien meditadas palabras. Ese lejano pasado que nos vincula, teñido de burlas, crueldades, dolor y humillaciones para mi persona, es mejor dejarlo donde está. Nuestro pasado es inmodificable. Dialoga con tu conciencia. Ella te dirá todo aquello que necesitas escuchar. Buenas noches. Jenaro”.

Aquella noche, el sueño estuvo ausente, en repetidos e incómodos momentos, para una persona que parecía tenerlo todo, pero que en la realidad carecía de lo fundamental: la tranquilidad de conciencia. Días después, Rogelio se animó a marcar el número del móvil de Jenaro. Al otro lado de la línea apareció una voz, que parecía cansinamente enfadada, aclarándole que era un nuevo usuario del número que había marcado. –

 

 

REENCUENTRO IMPOSIBLE

CON EL PASADO

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

21 octubre 2022

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viernes, 14 de octubre de 2022

EL COMODÍN DE LA ABUELA LORENZA.

Esa noche de jueves se fue muy tarde a la cama. Aunque no comprobó la hora, tenía conciencia de que serían no menos de las cuatro de la madrugada, pues la experiencia de otras noches de vigilia le recordaba que, a esa hora más o menos, pasaba el camión de la recogida de residuos, con los estruendos propios de la máquina que elevaba los contenedores para vaciarlos en el vetusto y ruidoso transporte de la basura. Cuando ya se había marchado el vehículo municipal, se quedó profundamente dormida, tras unas horas sacrificadas al estudio, preparando unas pruebas inminentes en el cuatrimestre.

Se hallaba en el más profundo de los sueños, cuando la joven Auri se despertó sobresaltada, aunque su madre Alfonsa había movido suavemente su cuerpo para despertarla. Entreabriendo los ojos, vio el rostro de su madre visiblemente nerviosa. Con palabras entrecortadas, ésta le transmitió una noticia desgraciada e inesperada. El reloj marcaba en ese instante las 7:45 del amanecer.

“La abuela se nos ha ido, Auri. Hace apenas una media hora, me ha llamado D. Sebastián, el cura párroco de la Virgen de la Aurora, a quien hace años dejé mi número de teléfono. Con sus palabras siempre bondadosas, me informó que tras administrarle los últimos sacramentos (por indicación de don Roberto, el médico) entró en un profundo sopor del que no ha logrado despertarse. Las dos vecinas de la casa, Carmela y Fernanda, indicaron que por la tarde habían estado hablando con ella, pero no daba apariencia de estar enferma. Sin embargo, por la noche, horas después de la cena, cuando veían que no se apagaba la luz del piso y seguía sonando el televisor, llamaron a don Sebastián, quien acudió acompañado del sargento Cabrales, de la Guardia Civil y forzaron la puerta para la entrada. Se hallaba tendida en el suelo y de inmediato llamaron al médico, quien, tras atenderla, sólo pronunció dos palabras: “el corazón”. Como te he contario, parecía estar como ausente y no más tarde de una hora y media, su cuerpo dejó de latir. Tu padre ya se ha puesto en contacto con el jefe de la empresa, para el correspondiente permiso por defunción. Queremos salir para Montilla, sobre las nueve y sin mayor dilación, porque el correspondiente sepelio será esta tarde a las cinco. Te arreglas con rapidez y nos acompañas”.

A la pobre Auri se le unió el aturdimiento propio de una noche de estudio, con la muy triste noticia de que su abuela Lorenza, que era casi una madre para ella, había dejado esta vida. Así que, de inmediato, se dio una reconfortante ducha y preparó un pequeño trolley de viaje, con una muda, su neceser y, por supuesto, los apuntes de Estadística, bien encuadernados, a los que echaría un vistazo cuando pudiera. Tenía un duro examen en la semana próxima.

¿Y quién era la finada? Lorenza Almansa fue durante toda su vida una apacible mujer, de carácter y temperamento muy sosegado, habiendo estado casada con Arcadio, carpintero de profesión, durante treinta y ocho años. Tuvieron una única descendencia, Alfonsa, que en una feria de julio se prendó de un fornido muchacho, Claudio, de profesión fontanero, que se había desplazado desde Málaga con unos amigos, para disfrutar de la feria del Santo (San Francisco Solano, patrón de la localidad cordobesa de Montilla. Fraile y sacerdote franciscano, nació en esa ciudad en 1549, misionó y evangelizó las tierras peruanas durante dos décadas, muriendo en tierras americanas en 1610. Lo canonizaron en 1726, y se le atribuyen prodigios y milagros. Falleció un 14 de julio). Una vez casados, el joven matrimonio de Claudio y Alfonsa se trasladó a Málaga, aunque el vínculo de ambos con Lorenza y Arcadio fue constante, de manera especial cuando su hija Auri pasaba las vacaciones en casa de la abuela, desplazamiento que también realizaba durante algunos fines de semana.

Arcadio había fallecido hacía nueve años, dejando a su viuda una muy modesta pensión, pues no había cotizado lo suficiente como profesional autónomo. El pago del alquiler del piso, junto a los gastos propios del día a día, provocaba estrecheces económicas en la buena señora, aunque esta nunca quiso depender de la ayuda de su hija “ya tenéis bastante con los gastos que dan el vivir en una gran ciudad”. Alfonsa le sugirió entonces que se trasladase a Málaga, pues ya le harían un hueco en el piso que habitaban, pero la anciana se negó con rotundidad, argumentando que ella había nacido y vivido en Montilla, su querida tierra y que de allí no se movería. Además tenía cerca la tumba de su marido Arcadio, para rezarle las novenas de la Virgen de la Aurora. Añadía que sus dos vecinas, Carmela y Fernanda, eran buenas personas y a quienes podía pedir ayuda en caso de urgencia o necesidad. “Me conformo con que Auri tome el autobús de línea, de vez en cuando y siempre que se lo permitan sus estudios, quedándose algunos días conmigo, pues para mi es como la segunda hija que no pude llegar a tener”.

Efectivamente, cuando Auri viajaba junto a sus padres, aquella mañana de viernes, camino de Montilla, iba recordando, con sentimental afecto y nostalgia, sus divertidas y numerosas vivencias mantenidas con la abuela Lorenza, que “casi” la crio y la educó, aplicando mucho cariño y la necesaria severidad para las faltas y travesuras. Iba rememorando las largas e interesantes conversaciones que ambas mantenían, sentadas en el balcón de la casa, durante esos tórridos veranos en los que un búcaro amarillo de barro o arcilla porosa enfriaba el agua que calmaba la sed por el caluroso ambiente de la Andalucía interior. Entonces la nieta siempre esperaba con ilusión la orden y las monedas de la abuela para ir a comprar, en la tienda del Cosme, esos golosos helados de chocolate y vainilla que tanto les gustaban. Cuando Auri se matriculó en la universidad, las visitas a su abuela en los fines de semana fueron espaciándose, por las exigencias naturales de una chica de dieciocho años con un amplio círculo de amigos. Sin embargo, la comunicación entre Lorenza y su nieta se mantuvo fuerte, por la acción de la “genética” y el afecto recíproco de ambos corazones.  

Las exequias de ese vienes tarde, presididas por don Sebastián, fueron entrañables en el afecto y respeto a la muy apreciada señora, acudiendo a la parroquia centenares de vecinos del barrio donde vivía y de otras zonas de la localidad montillana, todos ellos acompañando a los tres miembros de la familia Partal Alegría, visiblemente compungidos. La jornada del sábado fue dedicada por la familia de Lorenza para ordenar el contenido la casa. En principio habían decidido no mantener el alquiler de renta antigua, pues no tenía sentido ya que ellos residían en Málaga, en cuya facultad de Ciencias económicas estudiaba Auri. Sin gran dificultad hallaron una carta manuscrita de Lorenza, en la que a modo de voluntad testamentaria dejaba a su nieta Aurora todo el contenido y valores de la vivienda, documento que el lunes llevaron a una notaría del municipio para su completa legalización. La amabilidad y buena disposición del notario, que se comprometió a gestionar la documentación correspondiente cobrando la tarifa mínima, fue muy valorada y agradecida por Claudio y Alfonsa.

Durante ese fin de semana, mientras estaban reunidos para el almuerzo y la cena, comentaron con emoción el número tan elevado de personas que habían querido estar presentes en la despedida de Lorenza, mostrando su cariño y respeto a la misma. Les extrañaba la gran afluencia de asistentes, porque la abuela tenía un carácter donde resaltaba la privacidad, la modestia, siempre huyendo (por su serena timidez) de cualquier alarde o protagonismo social. En esa masa vecinal presente en la ceremonia religiosa destacaban, de forma mayoritaria, personas de muy modesta condición, principalmente campesinos y jornaleros, que trabajaban con abnegada dureza a fin de poder llegar económicamente a final de mes con sus familias, o incluso aquellos otros que tenían que acudir a la parroquia para pedir algo de ayuda material, cuando soportaban esos meses de paro laboral, cuando no había oferta de trabajo en el campo. Decía Alfonsa, con lágrimas en los ojos:

” La verdad es que no creía que mi madre fuese una persona tan apreciada y conocida en el pueblo, cuando casi siempre gustaba de permanecer en su domicilio, laborando con su crochet, leyendo sus novelas (ejemplares que sacaba en préstamo de la biblioteca pública municipal)  o pegada a un viejo receptor de radio, muy querido y apreciado, ya que lo había recibido como regalo de aniversario del “papá” Arcadio. ¡Las horas que dedicaba a la cocina, elaborando esos bizcochos redondos, rellenos de crema de chocolate y regados con almendras, azúcar glaseada y naranja confitada! Sé que muchos de esos dulces los regalaba a don Sebastián, un alma bendita y también muy golosa, a sus vecinas o a esos críos que apenas tenían para merendar un trozo de pan con media libra de chocolate y que recibían alborozados un trocito de bizcocho de la “señá” Lorenza”.

Ya el lunes por la tarde tenían previsto regresar a Málaga, pues Claudio y Alfonsa tenían que volver a sus respectivos trabajos. Sin embargo, su hija Auri, que se había llevado los apuntes de Estadística a Montilla, para estudiar el examen del próximo viernes, tomó la decisión de quedarse unos días más en el piso de la abuela, espacio entrañable en donde había pasado tantos días de su infancia y adolescencia, para dedicarse al estudio con tranquilidad y concentración, mezclando el esfuerzo intelectual con largos paseos por los alrededores rurales, sembrados de olivos, de la localidad que tan bien conocía. Acordó con sus padres de que tomaría el bus del jueves a las 17 h, con dirección a Málaga. También pensaba entretenerse, en los momentos de descanso, rebuscando en los cajones del armario y el mueble comodín, aunque era consciente que a su abuela no le gustaba ostentar joyas ni lujosos abalorios., pues vestía modestamente y ya siempre de negro desde que perdió a su amado de inolvidable Arcadio.

Ya habían preparado unos hatillos de ropa, en buen estado, para llevar al centro benéfico parroquial. La intención era dejar el piso lo más vacío posible, pues a final de mes pensaban dejar el alquiler del mismo a los herederos de su antiguo propietario, don Simón Cantalapiedra, un amigo de la infancia de Arcadio, el cual había heredado varias propiedades de un tío indiano (que decía ser poseedor del título de marqués de las Albarizas) alquilando una de sus viviendas a los padres de Alfonsa, cuando éstos contrajeron matrimonio.

El miércoles tarde, en un receso del estudio, Auri entró una vez más en el dormitorio de la abuela, entreteniéndose unos minutos repasando el contenido de la artística y bella cajonera o comodín, hecho por el abuelo Arcadio con madera de caoba, dada su habilidosa capacidad carpintera, reconocida en todos los rincones de Montilla. Esa preciada obra de arte en madera labrada fue el regalo de aniversario que Arcadio había hecho a. su mujer, con motivo del veinte aniversario de boda, sintiéndose Lorenza muy halagada con el monumental presente, en el que guardaba la ropa de cama, alguna ropa interior y de vestir y algunos otros recuerdos de la infancia de su hija y nieta. En realidad, el hábil carpintero guardaba al fondo del cajón inferior algunos ahorros, que había ido logrado juntar, manteniéndolos en casa pues por su mentalidad “no se fiaba” de las cajas de ahorros o bancos instalados con sucursales en el término municipal.

Auri es una joven muy observadora. Sus padres siempre han destacado esta cualidad que mantiene desde pequeña.  Comprobando, una vez más, el contenido de la gran cajonera se dio cuenta que el 5º cajón, el más próximo al suelo, aunque externamente tenía el mismo formato que los del resto del gran comodín, su interior tenía una menor capacidad con respecto a los otro cuatro: casi la mitad de altura y volumen. Era evidente que tenía un doble fondo. Repasó y repasó y al fin reparó en una palanquita esquinera. Probó a moverla en distintos sentidos y en uno de los intentos sonó un agudo click que “liberó” la tapadera de ese doble fondo, que quedaba oculto a la vista exterior si no se quitaba esa tapadera que lo ocultaba. Era un trabajo de carpintería muy bien hecho, que sólo podía salir de las hábiles manos artesanas de su abuelo Arcadio.

Al observar el contenido de ese doble fondo, la asombrada joven se llevó una soberana sorpresa. En una caja de cartón había 12 bolsitas de plástico, repletas de billetes y monedas de euro. Y a la derecha de ese 5º cajón, una manoseada gran libreta de alambre helicoidal, donde estaba anotada una contabilidad que, obviamente llevaba la abuela, por la dudosa caligrafía que siempre aplicaba en sus escritos. El listado de nombres anotado era extenso: Evaristo, Simeón, Manuela, Dorotea, Águeda, Felisa, Rosiña, Irineo, Josechu, Josefina, Román, Florián… junto a una fecha y la cantidad que recibía como préstamo, finalizando la línea con un garabato como firma, aunque algunos, sin duda profundo analfabetos, “firmaban” el pagaré con la yema de su dedo impregnado en tinta. En una de las esquinas del falso fondo, estaba un muy reseco tampón de tinta azul, usado para los más desventurados de la cultura y la destreza caligráfica.

Llamó por el móvil a sus padres y les contó el descubrimiento, en el que ninguno había reparado hasta el momento. Así que el fin de semana volvieron a Montilla, para dejar la vivienda lista para su entrega a los propietarios, con los que ya habían contactado y que no habían puesto objeción alguna para la finalización del contrato, ya que deseaban reformar y alquilar la vivienda a un precio mucho más rentable para ellos. Alfonsa contó el dinero en efectivo que tenía guardado su madre y sumó los débitos de los pagarés o deudas no resueltas. Estos débitos sumaban 8.300 euros y estaban muy repartidos, la mayoría con cantidades de 100, 150 euros. Comentaba con su marido la sorpresa que le había provocado la imagen de ¡la abuela prestamista! Acción que la anciana nunca les había comentado.

“Quién lo diría, en una persona tan pacífica, privativa, apacible, sin graves necesidades económicas, pero que, sin embargo, tal vez por distracción o por sentido social, “prestaba dinero, a las ganancias”. La verdad es que concedía plazos muy amplios, para la devolución, con un interés muy bajo que no superaba el 5%. Y si te has fijado, en muchos de los pagarés ya cubiertos, la devolución o el interés cobrado se sustanciaba en una gallina, un cesto de huevos, dos tarros de miel … ¡Vaya con la abuela Lorenza!” en palabras de Claudio.

Ahora se explicaban mejor toda aquella “caterva” de montillanos, integradas por jornaleros y pastores de apariencia muy humilde y modesta, presentes el día del sepelio, que gozaban con un peculiar “banco familiar” para sus necesidades más inmediatas. Tras analizar la situación, dándoles vueltas al incómodo asunto, tomaron la decisión de acudir, en esa tarde del sábado a la casa parroquial, a fin de hablar con el muy apreciado párroco D. Sebastián y pedirle consejo.

El venerable, orondo de cuerpo y sonriente sacerdote, guardó silencio unos minutos, tras escuchar a los hijos y nieta de su antigua feligresa.

“Hijos míos en el Santísimo sacramento, me asombra que no supieseis nada de esta encomiable acción o labor social que la buena Lorenza realizaba, ayudando a decenas y decenas de familias muy humildes y necesitadas, circunstancialmente, de algún aporte económico puntual. Esta situación la conoce todo el pueblo, aceptándola y aplaudiéndola. Sé que la Caja de Ahorros protestó (quería denunciar) ante la Guardia Civil, pero la benemérita comprobó que estas “cesiones” de muy reducido costo se hacían prácticamente sin interés y con plazos de devolución en modo alguno rígidos. Viendo la situación, el propio sargento Valeriano Cabrales, hombre y soldado de gran corazón, hizo un poco “la vista gorda”, mirando hacia otro lado. La masa social estaba tranquila pues confiaba mucho en su convecina Lorenza, teniendo tan próxima esta ayuda tan asequible y familiar”.

Ya lo habían hablado y especialmente Auri, “heredera legal“ de las pertenencias de su abuela, estaba totalmente de acuerdo. Claudio puso el bloc de las cuentas, con los pagarés correspondientes, encima de la mesa del sacerdote. Fue Auri quien habló: 

“Padre, devuelva esos pagarés adeudados a todos esos modestos vecinos, que nosotros tenemos suficiente con el cariño que profesaban a mi abuela. Estamos pagados con creces. También le entregamos este sobre con algún donativo por si algún vecino necesita ayuda inmediata, de verdadera necesidad, Vd. sabrá hacer el mejor uso de esta donación, siempre en memoria de la cristiana Lorenza Almansa".

Don Sebastián se levantó de su silla y pronunciando una frase en latín, bendijo a la familia Partal Alegría y mostrando un rostro sonriente y feliz les entregó a cada uno de sus miembros una lámina de la Virgen de la Aurora, con dos oraciones impresas en el reverso. “Estoy muy orgulloso de vosotros. Considero a vuestra santa familia como la mía propia, de santos hermanos”.  

El domingo por la tarde, tras haber entregado a un transportista algunos enseres de recuerdo sentimental, especialmente la cómoda de doble fondo, para su traslado a Málaga, abandonaron con nostalgia la bella localidad cordobesa de Montilla, cuna de Lorenza y en cierto modo también de su hija Auri, que “no descansaba” de tomar fotos para conservar el mejor de los recuerdos. La joven universitaria pensaba, en lo más íntimo de su corazón, que la abuela les sonreía, desde ese paraíso, azulado e ingrávido, más allá de los luceros y las estrellas. Se sentiría plenamente feliz viendo la generosa solución que sus hijos habían sabido dar a su “traviesa” y solidaria ocurrencia financiera. Las apariencias no siempre reflejan la realidad que imaginamos, porque detrás de la percepción visual siguen latiendo otras muchas vidas acomodadas en el corazón. -

 

 

 

EL COMODÍN DE

LA ABUELA LORENZA

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

14 octubre 2022

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viernes, 7 de octubre de 2022

LAS SOMBRAS DE LOS TRES ARCÁNGELES.

Se habían conocido hacía más de dos años, en una fiesta verbenera del barrio malagueño donde residen, Huelin, en la zona del largo paseo marítimo del oeste ciudadano, denominado Antonio Banderas. La motivación festiva y marinera era, nada menos, que la celebración de la Virgen del Carmen, en un julio caluroso del almanaque. La concejalía municipal de fiestas había organizado una gran fiesta popular, en el gran parque de 32.000 metros cuadrados, construido en terrenos que antes ocupaban los grandes depósitos de la Campsa. En este amplio espacio, alrededor de un coqueto gran lago artificial cercano a un típico faro marinero, se extiende una extensa zona ajardinada con más de 700 árboles de diferentes especies, disponiéndose varios espacios para los juegos infantiles y distintos caminos para disfrutar el grato y saludable paseo y el sosegado descanso.

En esa alegre celebración festiva se organizaron distintas actuaciones para los más pequeños, bailes para los jóvenes y adultos y numerosas casetas para la degustación de meriendas, tapas y bebidas. El alegre evento tuvo una asistencia multitudinaria, en la que destacó el protagonismo de una “ruidosa” orquestilla que no cesó de tocar pasodobles y canciones versionadas de cantantes famosos, hasta cerca de los dos de la madrigada. Esa tarde/noche de fiesta era viernes, por lo que la mayoría de los asistentes no tenían que madrugar en la mañana del sábado, para acudir a sus obligaciones laborales.

En una de las improvisadas barras del bar, los protagonistas de esta historia tomaban unas cervezas, acompañados de una eufórica y feliz clientela que cantaba, bailaba y consumía. La casualidad o el lúdico destino quiso que estos tres clientes comenzaran a entablar una animada conversación, mezclando el frescor cervecero con banales comentarios sobre temas intrascendentes, lo que facilitó que se generara entre ellos una sencilla amistad que se fue manteniendo e incrementando a lo largo de los siguientes días y semanas. Estos tres amigos residían en la misma calle, denominada el Rebalaje, aunque en distintas manzanas de edificios. Se conocían de vista, pero nunca habían intimado hasta ese día del Carmen.

A partir de entonces comenzaron a citarse en los fines de semana, para verse, compartir la conversación y las tapas e incluso para hacer alguna actividad que les agradara en los días de ocio. Quiso la casualidad que se llamasen como los tres primeros Arcángeles, nombres que tras su cotidiana a relación (solían acudir juntos a la tasca La Maroma) provocó que otros vecinos les denominasen, de manera burlona, LOS TRES ARCÁNGELES, aunque la verdad es que de almas celestiales tenían bien poco.  

El mayor de los tres amigos, MIGUEL, 46 años, era un esforzado técnico antenista, contratado en una empresa instaladora del sector audiovisual. Casado con Rosalía, paciente mujer que se ocupaba del trabajo en el hogar. Dos hijos habían venido a este matrimonio, los cuales en este momento estudiaban en un colegio público de la zona sus cursos de la ESO. Una familia sencilla, normalizada, que se veía ensombrecida por los severos problemas de Miguel, con respecto a su esposa. Celos que lo dominaban y agriaban su carácter. Esa debilidad venía de “lejos”, a los pocos meses de casado. Pensaba o se imaginaba que vecinos, amigos o simples transeúntes ponían sus ojos en la buena figura que seguía manteniendo su esposa. Esa obsesión lo desquiciaba, haciéndole infeliz. El enfermizo problema provocaba frecuentes discusiones y disgustos entre los dos cónyuges que, de una u otra forma, agriaba la atmósfera familiar.

El segundo amigo del grupo era GABRIEL. Tres años menor que Miguel, se ganaba honradamente la vida como montador/ instalador de todos, por toda la geografía provincial, empleado en la empresa Todo Sol, muy bien consolidada en el mercado turístico y familiar. Casado con Amalia, quien con admirable voluntad ayudaba a la economía de su casa, trabajando por las tardes en un taller costurero de arreglos de prendas de vestir, denominado La Aguja y el Dedal. Formaban un joven matrimonio sin descendencia genética, con la peculiaridad que ninguno de los cónyuges hizo apenas nada por conocer los motivos o causas de esta infertilidad en su unión. Al igual que la familia de Miguel, y como suele ocurrir en no pocos matrimonios, un problema enturbiaba la armonía de la pareja. En este caso era la debilidad que Gabi tenía ante los juegos de azar. Pensaba que un buen premio podría darle la suficiente capacidad económica para poder montar su propio negocio. Pero la suerte es muy traviesa y esquiva, por lo que ni el juego de la primitiva, la lotería nacional, el bingo o el juego de cartas o naipes al dinero (aprendido de un abuelo ludópata) le daban aportes económicos. Todo lo contrario, pues iba reduciendo el no abundante patrimonio familiar. Había meses en los que tenían dificultades para llegar a final de mes, con la desazón subsiguiente de la paciente Amalia y la frustración humana del controvertido y “manirroto” ludópata.

RAFAEL era el tercer “arcángel” y el más joven de este trío de amigos, con 41 años en la actualidad. Nunca destacó por su esfuerzo ante los libros, por lo que al terminar la educación obligatoria se unió a su padre que poseía una pequeña empresa de pintura para viviendas. Tras la jubilación de su progenitor, se hizo cargo de la dirección de esta modesta empresa (con cuatro pintores en total) que trabajaba como subcontratada con otros grupos inmobiliarios de mayor potencia y capacidad. Estaba casado con Almudena y tenían una hija, Liria, en plena adolescencia de los doce años.  Almu aplicaba los conocimientos que había adquirido en un curso de marroquinería, organizado por el área de cultura de la concejalía municipal, para hacer trabajos y labores artesanales con la piel, como bolsos, monederos, correas, chalecos, gorros, sandalias y otros complementos, que llevaba para su venta a los mercadillos domingueros que promovía el propio ayuntamiento en lugares emblemáticos de la ciudad, como el Parque, la Plaza de la Merced, Alcazabilla o el puerto marítimo, puntos de gran atracción turística. Esta artesana labor le daba esas satisfacciones y creatividad que tanto necesitaba, dado el preocupante problema que tenía su marido, desde hacía años, pero ahora con mayor intensidad y gravedad. Esa adicción al alcohol, arraigada en Rafa desde los ya lejanos tiempos de guateques juveniles, enturbiaba la necesaria armonía familiar. Lo grave del caso era que la adicción fue pasando del grado cervecero y el vaso de tinto, al consumo de botellas de marca de elevada graduación, preferentemente durante los largos fines de semana. En distintas ocasiones el pintor había prometido a su esposa abandonar esta dependencia, pero las esperanzas de Almu se desvanecían una y otra vez, cuando descubría esas botellas de licor vacías, “disimuladas” en el cubo de los residuos.

Una tarde de sábado de elevada templanza térmica, a esa hora mágica de las siete de la tarde, los tres amigos estaban reunidos en la cafetería bar Los Gorriones, ubicada en los bajos de un elevado bloque de viviendas, a muy escasos metros del Parque Huelin. Como era habitual, a esa hora del día, compartían unas cervezas y una bandejita de frutos secos, como tapa gratuita del establecimiento. Entre ellos se generaba la conversación, el chascarrillo y también la modulación de los silencios, en una armonía sublime de amistad y camaradería, valores no frecuentes en estos tiempos convulsos para mostrar esos egos llenos de soberbia y vanidad que tanto envilecen.

En un momento concreto, MIGUEL dejó el vaso de cerveza sobre la mesa, después de haber saboreado un prolongado trago.

“¿Os habéis enterado de que Rosalía, Amalia y Almudena se están también reuniendo, compartiendo algunas meriendas, en nuestros domicilios, para comentar y tratar de resolver sus problemillas cotidianos, ayudándose unas a otras? Pienso que también nosotros podríamos hacer algo parecido. No nos engañemos, todos somos conscientes que cada uno de nosotros tiene alguna debilidad que, aunque la ocultemos al exterior, están ahí perjudicando la buena armonía de nuestros matrimonios. Como soy el más veterano del grupo, voy a dar el primer paso, contando cual es el problema que me afecta, aunque pienso que algo sabéis acerca del mismo.

Desde siempre he sido muy celoso. Es algo que no lo puedo evitar. Cuando veo a alguien mirando de refilón o a cara descubierta el cuerpo de mi Rosalía, se me van los nervios y no sólo culpo al mirón que disfruta con la figura de mi mujer, sino que la culpo a ella por su forma de vestir, la forma de contornearse, enseñando en demasía la belleza de su anatomía. Las discusiones por este mi problema son cada día más frecuentes y desagradables y lo que temo es que mal día nos vamos a tirar los trastos a la cabeza, pudiendo ocurrir una desgracia. Se me bloquea la mente y ya no razono, sino que me ofusco diciendo cosas de las que después me tengo que avergonzar. Me tenéis que ayudar, echándome una mano, con ese “no sé qué” que se me mete entre ceja y ceja y me descontrola, haciéndome infeliz, no sólo a mí sino también a una buena mujer como es la Rosa”.

Sus dos buenos amigos no echaron en saco roto su petición. Supieron moverse con agilidad, prudencia y acierto, para sacar del atolladero a ese amigo al que traicionaba la propia inseguridad de su carácter. En no más de quince días, Miguel fue recibido en los servicios sociales de la concejalía del barrio, en donde trabajaban un grupo de jóvenes psicólogos, que se ocupaban en atender las necesidades de los vecinos, para tratar de ayudarles a recuperar o reconducir las anomalías de su comportamiento y la recuperación del equilibrio mental. En una época y sociedad tan estresada como la actual, este gabinete de ayuda gratuita era muy necesario, aportando soluciones eficaces para que la armonía ciudadana y familiar no se viera enturbiada por esos pequeños y grandes defectos o anomalías que tanto daño hacen a nuestro carácter.

Miguel colaboró sin rechistar al esfuerzo de sus amigos y ya en la segunda sesión del gabinete psicológico, acudió acompañado de Rosalía. Era muy conveniente el que hablaran entre ellos ante una persona experta, a fin de poner la voluntad necesaria para construir o recuperar una armonía y entendimiento conyugal, con el que harían renacer esa convivencia afectiva que cada día más se enturbiaba. Y todo por el duro condicionante de los celos, que tanto daño hacen al que los padece (por falta de confianza y autoestima) como al que sufre las consecuencias de esa distorsión mental. La situación, aunque no resuelta, ha mejorado entre ellos y Miguel sigue asistiendo a esas terapias de grupo, que tan beneficiosas son para sus participantes.

El caso de GABRIEL era algo más complejo, porque estaba el salario familiar de por medio. El propio Miguel y su amigo Rafael se pusieron a la labor, visitando el primer lugar el bingo, en donde habitualmente Gabi se dejaba sus buenos y necesarios “cuartos”. En la empresa se comprometieron a no dejarle pasar, una vez mostraron una declaración de Amalia, debidamente avalada con su firma, de las dificultades económicas que pasaban para sostener los gastos familiares. Al tiempo, compraron una lotería (de las de juguete) para utilizarla algunas tardes en unas partidas de bingo, apostando objetos u objetivos “inofensivos” para la dependencia ludópata, como caramelos, bombones, vasos de cerveza, entradas de cine…

Por supuesto que también Gabi acepto pasar por el gabinete municipal de ayuda al vecindario necesitado, en donde el mismo grupo de psicólogos mantuvieron diversas entrevistas con el ciudadano afectado de ludopatía. Hoy en día, aunque continúa el proceso de recuperación, Gabi se esfuerza en salvar su matrimonio, corrigiendo en lo posible sus débiles y costosas tendencias ante los sorteos y otros juegos de azar.

Y llegamos a la “sombra” de RAFAEL. El caso era aún más peliagudo. Convencieron al compañero dependiente del alcohol para asistir a una asociación de ayuda de alcohólicos anónimos, muy próxima al cauce del río Guadalmedina. Aunque Rafael se mostraba ciertamente remiso, no faltó a la cita, acompañado de Miguel y Gabriel, que esperaban en la puerta de la sede, a fin de evitar que Rafael decidiera abandonar la reunión antes de que finalizase las sesiones de terapia, para la desintoxicación etílica, que se celebraban los martes y los viernes de cada semana.

La rehabilitación del compañero tuvo sus alzas y bajas, pero fue aceptando utilizar las botellas de 00 en sus comidas y en los ratos de ocio. Afortunadamente las botellas vacías de licor de alta graduación fueron desapareciendo del cubo de los residuos, en su domicilio. En esta labor de ayuda fue decisiva la colaboración que prestó su única hija, Liria, quien tuvo la fuerza y el ánimo necesario para hablar abiertamente con su padre, desalmando emocionalmente la fortaleza y el ego del pintor de viviendas.

Los tres “arcángeles” de Huelin eran reales. Subían un grado el admirable valor de la amistad, enalteciéndolo en una sencilla y difícil al tiempo colaboración para ayudar al compañero que lo necesitaba y, obviamente, agradecía. Este esfuerzo solidario entre ellos, abierto siempre a otras opciones para los demás convecinos, llegó a oídos de Benito Lisarga, el concejal encargado de la zona oeste playera. Con justa y hábil respuesta, el munícipe organizó, con el compañero de la concejalía de playas y fiestas, un sencillo y entrañable homenaje a estos tres vecinos del barrio que habían sabido elevar la imagen e individualidad de sus personas, hasta ese momento algo degradadas en lo familiar, a una praxis solidaria de ayuda al amigo, que no podía o sabía superar su gran “sombra” sin la ayuda generosa de los demás.

En la fiestecilla popular de ese sábado, celebrada en el marco marinero del Parque Huelin, alrededor del gran Lago con la bella isleta central, una masa vecinal con ganas de pasárselo bien acudió al evento “verbenero” para saludar y felicitar a esos tres ejemplares convecinos del barrio y de paso para bailar, congeniar, beber y tapear. Espectadoras de excepción fueron tres ejemplares mujeres, Rosalía, Amalia y Almudena, quienes sonreían creyendo en la sutil esperanza de que, a partir de ahora, todo iba a ir mucho mejor en el seno de sus respectivas familias. A buen seguro que allá arriba, en las dunas ingrávidas celestiales, otros tres verdaderos Arcángeles contemplaban con satisfacción su buen quehacer y se felicitaban ante comportamientos humanos que enaltecen el gran valor de la amistad. –

 

 

 

LAS SOMBRAS DE

LOS TRES ARCÁNGELES

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

7 octubre 2022

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