viernes, 15 de noviembre de 2019

TRAS LA ESPERANZADA LINEA DEL CIELO.


“Buenas noches ¿Le puedo retirar este plato, para su comodidad? Quien pronunciaba esta breve frase, expresada con amable y dulce disponibilidad, era una joven camarera de hotel que cumplía con especial delicadeza y eficacia sus obligaciones laborales, cuando las manecillas del reloj marcaban veinticinco minutos sobre las nueve de la noche. Durante esa cena, desarrollada un jueves a finales de octubre en el gran salón comedor del acomodado establecimiento hotelero, no eran muchos los comensales que compartían los bien preparados platos y copas servidas, por lo que el amplio espacio restaurador aparecía un tanto desangelado, con muchas mesas y sillas vacías. El único cliente que ocupaba una de las mesas en solitario era un consolidado, en la fama, escritor de 58 años de edad, profesional muy conocido por sus trabajos de creatividad literaria, llamado Ventura Arlanza Romial.

La solícita y educada frase, acompañada por una jovial y dinámica sonrisa, provocó un sorprendente magnetismo en el corazón y mente convulsa del veterano escritor, quien se había “refugiado” por una decena de días en un céntrico y moderno hotel burgalés de 4 estrellas. Lo había hecho con el legítimo y razonable ánimo de completar su última e inconclusa novela, trabajo que llevaba bloqueado con preocupantes semanas de retraso. La causa principal de este desconcierto o parálisis creativa obedecía a una complejidad de sentimientos frustrados, que habían sumido al novelista en un estado depresivo para su habitual o normal expresividad. Su mujer Olivia, tras 26 años de aparente feliz convivencia había decidido, de una forma brusca y totalmente sorpresiva, dejar el domicilio conyugal a fin de emprender una nueva vida sentimental con otra pareja, una mujer llamada Idoha, becaria de nacionalidad argentina, compañera de laboratorio de plagas vegetales en el centro investigador en la que ambas trabajaban y en el que se habían conocido tres meses antes. 

Tanto Ventura como Olivia eran dos personas  que por sus múltiples e intensas dedicaciones habían ido dejando marchitar ese amor que hacía casi tres décadas los había unido y que, de manera paulatina había ido cayendo en el letargo de la rutina y en la carencia de “chispa emocional” para sus vidas en común. Había días en que apenas compartían esos momentos de intimidad y convivencia, pues uno y otro estaban tan centrados en sus trabajos que incluso las comidas en común eran cada vez menos frecuentes, ya que ambos se habían habituado a realizarlas fuera de casa. La vida de Olivia era su laboratorio y las investigaciones que llevaba a cabo en el mismo. En el caso del escritor, solía recluirse en su estudio de literatura, un viejo y elevado ático ubicado en las suaves colinas que bordeaban la ciudad, donde pasaba largas horas del día e incluso algunas de la noches centrado en la preparación de sus clases, pero sobre todo en generar páginas y páginas de construcción literaria, la única tarea que “llenaba” de sentido e satisfacción su imaginativa existencia, construyendo textos y relatos para un fiel público seguidor de su obra.

A pesar de estas realidades, el literato nunca pudo sospechar el drástico paso de ruptura dado por su compañera conyugal a la que bien creía conocer. El que tu compañera de hogar te abandone para irse sorpresivamente con otra mujer… es una de esas decisiones que nunca llegas a imaginar, por muy rica y posibilista que sea tu mente. Ventura se repetía, una y otra vez, una frase para la que no encontraba explicación convincente:

“Crees conocer a la mujer con la que has convivido durante casi tres décadas. Pero mientras más certeza tienes acerca de cómo es esta persona, que lo ha compartido todo contigo, en el momento más inesperado chocas con la terrible e inexplicable realidad. Realmente “nada” sabes acerca de la misma. Probablemente ni ella misma se conocía lo suficiente como para imaginar que acercarse a la calidad humana de Idoha le iba a afectar de tal y tan intensa manera como para necesitar unir su vida a la suya”.

Había sido un verdadero mazazo para el adulado y leído escritor, indeseado trance que le hizo pasar de la sorpresa inicial, al bloqueo existencial y finalmente a un desánimo patológico del que tenía necesaria y vitalmente que salir, a fin de no hundir y echar por la borda toda una brillante carrera literaria. 

El abrumado creador de textos pensaba que iba a llevar con dolor, pero con entereza, su nuevo estado de soltería. Sin embargo, al paso de los días y las horas vacías, fue comprendiendo y sufriendo su profunda debilidad anímica, bien adobada por esa soledad que dificulta y nubla la existencia. Tenía unos compromisos adquiridos con diversas empresas editoriales, obligaciones que iba postergando a causa de esa nueva y para él letal fase a la que tenía que hacer frente por una elemental razón de supervivencia. Al tener dos novelas a medio finalizar y ante la urgencia (ciertamente comprensiva) de los editores, había decidido trasladarse unos días a la capital burgalesa a fin de cambiar sus hábitos ambientales. ¿Y por qué eligió la histórica y monumental ciudad castellana? Consideraba la provincia de Burgos como un espacio pleno de sosiego y cultura, elementos que beneficiarían su atribulado ánimo. Además, en este entorno espacial se desarrollaba buena parte de uno de sus relatos inconclusos que, aunque tenía el titulo provisional de CAMPOS DE ÁRBOLES EN SILENCIO,  al paso de los meses modificaría esa portada por otra más acorde con los eventos que él mismo iba a protagonizar.

Ventura solía madrugar bastante cada uno de los días. Después de asearse, escribía durante algo más de una hora hasta que decidía bajar al restaurante del hotel, a fin de tomar el desayuno. El resto de la mañana lo dedicaba a su creativo oficio ante el portátil informático que siempre le acompañaba, escribiendo en el tranquilo silencio de su habitación. A través del los cristales del recio ventanal que tenía ante sí, podían verse las torres góticas de la magna catedral castellana, visión que le hacía descansar el esfuerzo ocular de tantos minutos ante la pantalla digital. Cuando sonaban las campanadas de las 13 horas, ya superado el mediodía, bajaba de nuevo al restaurante para elegir en el bufet aquello que más le apetecía, volviendo a su habitación para reposar el alimento, aunque pronto se hallaba de nuevo sentado ante su mesa de trabajo. A eso de las siete, abandonaba el teclado y dedicaba un buen rato a pasear por las calles y arrabales de una tranquila ciudad que siempre le había encantado por su falta de estrés, junto a la austera sencillez de sus habitantes. Pero le era en sumo difícil, agobiante sin duda, negociar con esa soledad física y existencial que el paso del tiempo le regalaba sin tregua. Por este motivo, en aquella cuarta noche de estancia hotelera, se sintió gratamente confortado cuando una vital mujer, que rebozaba juventud, acertó a regalarle unas serviciales y amables palabras, pronunciadas con esa dulzura que tanto nos ayuda en los tiempos de acerba destemplanza. 
  
Al responder afirmativamente a la solícita camarera, dándole las gracias por su profesionalidad, pudo observar con más lentitud y precisión a esa joven operaria en la que apenas se había fijado o reparado hasta esa noche. Probablemente la chica se había reincorporado ese día al servicio de restauración. Era delgada de cuerpo, mostrando esa agradable fragilidad no exenta de seguridad corporal que le permitía una actividad constante, al servicio de los comensales. Mostraba una permanente atención a la retirada de los cubiertos y platos usados, limpiando las mesas que habían sido ocupadas por otros comensales, vigilando la falta de alimentos en el bufet o atendiendo cualquier señal recibida desde la distinguida clientela. El color celeste de sus ojos quedaba enmarcado en una mirada que Ventura interpretaba como de naturaleza angelical. Vestía con ese uniforme del servicio, en donde el blanco mezclado con el negro ejercía un mágico atractivo para su quehacer restaurador. Pero sobre todo sobresalía y ganaba a los comensales con esa espontánea sonrisa en su tierna mirada, que parecía sincera y que tanto o más valoramos sobre la propia calidad de los alimentos que estamos consumiendo.

Cuando Ventura apuraba ya el café que Neila María le había servido y se levantaba de su silla para marcharse del local, la camarera se acercó discretamente a su espacio para “regalarle” otra frase  llena de atención y delicadeza.

“Que pase una buena noche, Sr. Arlanza. Le deseo un feliz y reparador descanso. Por cierto, a muchos clientes les apetece tomar alguna cosa antes de irse a dormir o cuando se despiertan de madrugada. Si le apetece, le puedo preparar alguna fruta o galletas para llevar. Y si necesita alguna infusión caliente, me indica la hora en que el servicio de habitaciones le atenderá sin compromiso alguno por su parte”.

“Valoro en mucho sus atenciones y su generosa amabilidad, Srta. La verdad es que en los últimos tiempos me está costando bastante conciliar el sueño, porque suelo trabajar un poco antes de irme a la cama y tal vez pierdo el punto inicial del descanso. Tal vez me vendría bien una infusión relajante, a eso de las 12:30. Si es tan amable de ordenarla, se lo agradecería de corazón”.

Tras saludar cortésmente a su interlocutora, se dirigió lentamente hacia su aposento. Mientras recorría el mullido suelo enmoquetado que templaba las pisadas, iba pensando el mucho bien que nos puede hacer, en tiempos de “sequía”, unas cálidas palabras, pronunciadas con ropaje cariñoso y fraternal. Con todo el bien que genera ese noble gesto a quien tiene la suerte de recibirlo ¿por qué seremos tan “avaros” en el uso de esas habilidades que tanto ayudan y que nos hacen sentir mucho mejor en la humildad de nuestros caracteres.

En los días sucesivos la actitud de Neila Mª con respecto al huésped de la 325 mantuvo esa amabilidad y deferencia que tanto apreciaba el veterano escritor. Una tarde, mientras se daba su diario paseo vespertino, Ventura se sintió obligado a corresponder a una buena y diligente persona que con pequeños detalles le hacía sentirse francamente mejor con respecto a los día iniciales de su estancia en ese hotel de la ciudad burgalesa. Compró una pequeña caja de bombones, para entregar a ese ángel que tanto velaba para su necesidad. A los bombones siguió otro regalo (un bonito pañuelo de cuello) que la chica también aceptó con un cierto rubor, pero siempre valorando esos elegantes detalles que expresaban el reconocimiento agradecido de una persona que paulatinamente había vuelto a recuperar la sonrisa, en ocres tiempos de carencia afectiva.

De nuevo y para satisfacción del escritor madrileño, las palabras y las ideas habían vuelto a fluir en su trabajo de cada día, avanzando de forma esperanzada para cumplir con los plazos establecidos en los contratos con los editores. Un mañana, antes de cumplir con su reserva de estancia, habló con el encargado del hotel explicándole su intención de prolongar alguna semana más su presencia en el establecimiento. Tuvo suerte en su deseo, pues al ser época otoñal había algunas habitaciones libres, por lo no hubo dificultad para que el huésped de la 325 mantuviese su residencia, con esas vistas al río y al remozado monumento catedralicio que tanto le agradaban.

Residente y camarera aprovechaban esos minutos oportunos, en el trajinar del servicio, para intercambiar comentarios sobre temas nimios pero siempre atractivos para generar e intercambiar sonrisas, insertas en la gratitud recíproca de las miradas. Unos de los temas que solían repetirse en los pequeños diálogos que mantenían era el relativo al la magia del cine, afición que ambos compartían.  En este contexto, Ventura se sintió con el valor necesario para invitar a Neila a ver una de las películas que proyectaban en los Multicines Odeon, que disponían de las mejores salas de la capital (en la calidad de la imagen y en la sorprendente acústica envolvente). Eligieron el muy reciente estreno de Dr. Sueño, “frustrada” continuación de la mítica El Resplandor, de los años 80. Neila justificaba su afición a las películas de miedo en el hecho de que la tensión argumental le impedía aburrirse o quedarse dormida, lo cual era muy frecuente tras una jornada de duro trabajo en el servicio. Ese sábado tarde lo tenía libre en su organigrama laboral la jovial camarera. Tras el visionado de la cinta, Ventura sugirió que podían tomar alguna cena en el restaurante que la chica eligiera, pues ella conocería mejor que él los lugares más emblemáticos del ocio burgalés. Decidieron ir a la zona del tapeo, en la calle San Lorenzo, no lejos de la Catedral.

Entre pincho y pincho, con el buen vino de Rivera del Duero, Ventura explicó a su atenta interlocutora algunos aspectos de su existencia, especialmente en lo relativo a la profesión de escritor, sin ocultarle el complicado y muy duro  golpe afectivo que había recibido por parte de su mujer Olivia, hacía ya un par de meses.  También Neila se sintió abierta a revelar una inesperada confidencia, en esa noche de sábado para la sinceridad.

“Aunque me ves tan joven y cariñosa, también tengo páginas nubladas y realidades dolorosas en mi vida. Tal vez no los aparento, en el aspecto físico, pero ya he llegado a la treintena. Soy madre de una niña preciosa, que alcanza sus nueve añitos de edad. Vivimos en casa de mi madre, una estupenda mujer que sabe mantener su espléndida y “madura” juventud. Todo ocurrió cuando, con apenas veinte años cumplidos, un chico de la pandilla en la que estaba integrada, llamado Celso, se encariñó alocadamente conmigo. Con mi inconsciencia de aquellos años, no supe controlar de forma adecuada la situación. Son reacciones y comportamientos muy propios de la edad juvenil. Bien aconsejada por mi madre, Ariana, nació Alba, con mucha alegría y felicidad por mi parte, pero no te oculto que también con un intenso miedo ante la nueva responsabilidad que llegaba a mi existencia. Pero esa imprescindible responsabilidad no supe encontrarla en quien era el padre de mi hija.

Él continúa trabajando ejerciendo el oficio de panadero. Siempre ha evitado el reencuentro con el pasado. Aunque parezca mentira, no ha querido ver ni ayudar a su hija. Pero con mi trabajo de camarera de hotel y la ayuda de mi madre (viuda con una modesta pensión) hemos sabido criar a esta alegre pequeña, que no ha sufrido carencias básicas. MI madre es muy hábil también con la pastelería. Elabora unas artísticas y suculentas tartas que sirve a una prestigiosa tetería que tenemos no lejos de nuestro hogar. Pagan muy bien esos postres y eso también nos ayuda en nuestra necesidad.

Sé que lo estás pensando. Y me quiero adelantar a tu lógica pregunta. He tenido, efectivamente, algunos pretendientes, en estos diez últimos años. Pero estos chicos, con más o menos habilidad y delicadeza, se van retirando de mi persona, cuando conocen la situación de madre soltera de la chica con la que han comenzado a salir. Nada de extraño ni de reprochar por mi parte. Demuestran un cariño “egoísta” o incluso ni eso. Pero así somos: muy liberales de “boquilla”, pero extremadamente conservadores y clásicos en la mentalidad”.

Este sincero intercambio de confidencias, entre dos personas que podrían ser padre e hija por sus respectivas cronologías, les hacía ver, tanto a uno como a otra, que no estaban solos en sus problemas. Por el contrario, conocer y compartir vivencias del amigo o amiga, les provocaba esa serenidad de ánimo que creemos recuperar con sólo alguien que nos escuche con atención y esa siempre grata serenidad.

Pasados unos días, el muy recuperado escritor tuvo que volver a su Madrid residencial. Pero el recuerdo de Neila permanecía en su mente. Uno y otro, en esos momentos que todos tenemos de íntima reflexión, habían pensado en intentar una posible relación afectiva, pues valoraban esa juventud y madurez respectiva, que podrían intercambiar para sus íntimas necesidades y apoyos. Pero decidieron dejas ded su notable diferencia generacional, en rea tiempo pues, además de su notable diferencia generacional, en realidad el conocimiento recíproco que poseían era bastante liviano  como para dar ese paso verdaderamente arriesgado en sus respectivas existencias. 

Ventura, aplicando una valiente lógica racional, quiso ayudar a su joven y querida amiga. Supo moverse con habilidad, a fin de conocer la dirección actual de Celso, el padre de Alba. Le envió una explicativa misiva, aconsejándole amistosamente acerca de sus obligaciones y responsabilidad con respecto a una hija a la que nunca había querido reconocer. Una fría carta como respuesta, fue bastante explícita acerca de la situación en que este joven se encontraba actualmente. El chico había formado una familia con una joven compañera de trabajo en el comercio de la tahona y ya tenían descendencia por partida doble. Sin embargo Celso se comprometía a no abandonar en el olvido a esa otra hija que en un momento de inconsciencia juvenil ayudo a venir a la luz de la vida. Añadía que su situación económica actual no le permitía comprometerse materialmente con las necesidades de la niña. Pero que si las circunstancias cambiaban en un futuro, para él y su familia, haría lo posible en ayudar a su madre.

Ha pasado poco más de un año, desde los hechos hasta aquí narrados. Se acerca el día de Navidad y esa tarde noche de jueves, correspondiente a un año que finaliza, contempla las calles céntricas madrileñas completamente llenas de gente. Son personas de todas las edades y condición que van deambulando, siempre con prisas, de aquí para allá, haciendo las últimas compras para esa inminente Nochebuena que reunirá a las familias de todo el orbe en torno a una gran cena fraternal. La Gran Vía madrileña, adornada con sus luces multicolores, era un hervidero de tráfico viario y peatonal, con todos los comercios y establecimientos de restauración atrayendo esas miradas e ilusiones de consumo que ayudan a satisfacer los deseos. El número 29  de esta populosa arteria viaria está dedicado al reino de los libros. En la primera planta de La Casa del Libro hay un afamado escritor, quien después de exponer las características de su nueva e inédita obra, atiende las preguntas de algunos de los asistentes, con un racimo agradable de anécdotas y curiosidades. Tal vez la más significativa de las respuestas que realiza es aquella en la que, sintetizando la historia narrada en su relato TRAS LA LÍNEA DEL CIELO, ESTÁ LA ESPERANZA, confiesa ser él mismo uno de los protagonistas que intervienen en la historia.

En pocos minutos se va formando una notable fila de lectores que, con esta novela en la mano, aguardan su turno para que el autor de la misma les firme una pequeña dedicatoria. Han de tener algo de paciencia pues Ventura, junto a las palabras que escribe en la página tres de cada volumen, gusta intercambiar algún comentario o frase agradable con cada uno de sus fieles lectores.

En un lateral de ese gran salón, guarnecido con cientos de miles de páginas y palabras que cuentan y comunican otras tantas historias, espera sonriente una joven mujer, acompañada de su hija Alba, a la que el gerente de la librería ha regalado un interesante y bien ilustrado libro de relatos infantiles. Por cierto, la novela que se presenta está dedicada a dos nombres también femeninos “Para Neila y Alba, con todo el amor que encontré tras esa línea del cielo”. Tras las firmas y dedicatorias, una ilusionada familia de tres miembros disfrutará de la alegría que rebosa ese deslumbrante centro madrileño, en los días que anuncian la llegada de una alegre Navidad. A la mañana siguiente volverán a su hogar en Burgos, en donde comparten la ilusión de un nuevo feliz renacer para sus vidas.-


TRAS LA ESPERANZADA LÍNEA DEL CIELO

José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
15 Noviembre 2019


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