viernes, 22 de noviembre de 2019

LA TENAZ RESISTENCIA DE DON AMALIO, FRENTE A LAS PRESIONES EMPRESARIALES.


Cuando nos desplazamos, sea caminando o montados en un vehículo, a través de las arterias que conforman el laberinto urbano de nuestras ciudades, solemos hacerlo generalmente con una cierta presteza. El tiempo, cada día más, es un importante valor y hay que saber rentabilizar de manera óptima su muy apreciable e innegociable dimensión. Sin embargo hay ocasiones en que nuestro caminar se torna algo más lento, como si no tuviésemos motivos para la urgencia, así que esta placidez en el paseo nos permite fijarnos más detenidamente en elementos del urbanismo que, bien analizados, resultan especialmente significativos. Concretamente me refiero a esas grandes y antiguas edificaciones, normalmente ubicadas en la zona antigua o más céntrica de las ciudades, con sus fachadas sufriendo un evidente abandono en la suciedad y el deterioro pre-ruinoso, paramentos que albergan en su monumental estructura numerosas viviendas, la mayoría o todas ellas deshabitadas de inquilinos por diversas motivaciones de sus propietarios. Van pasando los meses e incluso los años y nuestra memoria visual nos confirma la permanencia de ese triste letargo en que está sumido el inmueble. Aparentemente parece que en esa gran edificación sigue sin vivir persona alguna…

Pero hay un detalle que a la mayoría de los viandantes nos pasa inadvertido. Tal vez porque normalmente nos hemos fijado en ese vetusto y señorial edificio durante las horas diurnas. En efecto, cuando llega la noche resurge un poco de luz a través de alguna de las ventanas que articulan ese antiguo macizo constructivo. La explicación no es difícil deducirla: a pesar de las apariencias de ser un edificio deshabitado, dentro de su estructura constructiva aún permanece algún o algunos vecinos, que se resisten al abandono de su casa. La motivación de esta permanencia obedece a que su voluntad así lo ha decidido y la normativa legal, lógicamente, les ampara. Han vivido allí durante muchos años de su existencia y a pesar de las incomodidades de estos viejos edificios, sus tenaces inquilinos quieren seguir gozando de esa centralidad espacial o también de la importancia sentimental (tal vez allí nacieron o recibieron la vivienda por herencia de sus antepasados) que su “antigua” vivienda les reporta.  No les importa que otros muchos vecinos se hayan traslado a otras zonas urbanas mucho más cómodas y modernas para sus necesidades. Estos pocos vecinos resisten las sustanciosas ofertas o fuertes presiones de grupos inmobiliarios, que pretenden adquirir la vieja edificación para derribarla  o rehabilitarla con fines hoteleros, administrativos, culturales, comerciales o residenciales. No les importa seguir soportando carencias que podrían fácilmente subsanar para su agrado en pisos más modernos (con sofisticados cuartos de baño, ascensores, aparcamientos, fontanería y electricidad actualizada, etc). Sin embargo, con admirable firmeza y aparente testarudez,  continúan viviendo en ese deteriorado hábitat que los cobija desde hace largo tiempo, probablemente muchos, muchos años. En este contexto urbanístico, empresarial y humano se desarrolla la base temática de nuestra historia.

Un día más amanece en el centro antiguo de una dinámica ciudad, territorio felizmente acariciado por el mar Mediterráneo. En ese denso perímetro urbano, con muchos siglos de Historia, se mezclan señoriales y monumentales edificaciones, con otros bloques de viviendas más humildes y con menor tamaño, conformando ambos planos residenciales el visual contraste socioeconómico de las familias que han sido y son sus residentes. Muchas de esas grandes edificaciones hunden sus cimientos constructivos en las décadas iniciales del siglo pasado o incluso en la línea temporal del siglo XIX. Con el paso de los años, algunos de estos monumentos arquitectónicos han ido modificando su “ropaje” exterior e interior, con reformas más o menos afortunadas e incluso la impericia histórica de los dirigentes municipales ha permitido su impune derribo, a fin de que esos céntricos espacios liberados sean sustituidos por otros edificios de nueva planta, más modernos, funcionales y de dudosa o discutible belleza. 

Sin embargo, siempre nos encontramos con determinadas edificaciones que, por muy diversas motivaciones, han permanecido prácticamente “intocables” por decisión de sus propietarios o por quienes las han habitado. Generación tras generación han conservado su prestancia y señorío, mientras veían a “otros compañeros de arquitectura” desaparecer bajo la piqueta, solares que servían de base posteriormente para levantar nuevas formas edificatorias. Uno de estos bloques históricos, emblemático en la historia de la ciudad por su estructura y elementos ornamentales, observa desde su elevada “estatura” a otras históricas calles y avenidas, por las que en la actualidad no pasean o circulan plácidos transeúntes, “aromáticas” y acústicas caballerías o aquellas lentas carretas para el transporte de mercancías y vituallas, arrastradas por la fuerza humana o animal. Hace años que llegaron los vehículos a motor, las vías para los tranvías y finalmente un transporte democráticamente individualizado de automóviles, variopinto y densificado, que ha hecho sufrir a muchos de los árboles que circundaban, ensombrecían y oxigenaban a esas y otras calles y avenidas de la ciudad. Algunos de estos otros monumentos “vegetales” han resistido, con mayor o peor suerte, la atmósfera más contaminada y sucia del aire, a causa del combustible fósil utilizado por los ruidosos motores de esos vehículos, sometidos al culto y a la demencia de la velocidad.

Ese bloque de observadores e impertinentes balcones, levantado sobre 8 plantas, ha llegado a cobijar hasta 48 familias, formando cíclicas generaciones de abuelos, padres, hijos y nietos, que han ido heredando los respectivos inmuebles. El avance de la modernidad y el subsiguiente desplazamiento de muchas familias a zonas más tranquilas y espaciosas del extrarradio, con las ventajas de la salubridad y calidad de vida subsiguiente, ha ido vaciando numerosas de las viviendas de una edificación con mucha historia entre sus paredes. Realmente los incentivos de estas viviendas, para la burguesía que las habitaban, estaban nucleados básicamente en torno a la centralidad de la ubicación que poseían sus inquilinos y en las buenas vistas que tenían las plantas más elevadas. En el interior de los pisos dominaban los altos techos, las deficiencias en el baño, la carencia absoluta de aparcamientos o garajes e incluso la paciencia que había que tener con unos antiguos elevadores, ascensores que se estropeaban un día sí y el otro quizás también.

Desde hacía años algunos vecinos compartían su estancia con una segunda propiedad situada en zonas nuevas urbanizadas, más próximas a entornos naturales o a localidades de la costa, preferentemente occidental, aunque también oriental. La desocupación se vio acelerada cuando algunas importantes empresas inmobiliarias pusieron sus ojos en estos vetustos pero elegantes y céntricos edificios, con el objetivo especulativo de adquirir todas las propiedades y actuar constructivamente sobre sus estructuras.

Un consorcio inmobiliario, agrupado bajo el rótulo de BUILDING HOUSES, financiado con capital internacional, comenzó a negociar con unos y otros propietarios, consiguiendo culminar numerosos contratos de compra/venta, tras ofrecer poderosas partidas económicas, para acceder a la propiedad de los inmuebles. La tenacidad y habilidad de los agentes negociadores se puso de manifiesto en el último año y medio pues, de los 48 propietarios, 45 accedieron a negociar los contratos de propiedad catastral, cediendo sus inmuebles, a cambio de diversas y atractivas cantidades, siempre muy superiores a los valores catastrales establecidos administrativamente por el ayuntamiento de la ciudad. El consorcio inmobiliario no ocultaba sus intenciones con respecto al monumental bloque: remodelar integralmente el edificio para dedicar las plantas superiores a la construcción de viviendas de lujo, otras plantas serían dedicadas al alquiler o venta de oficinas y despachos, delegaciones de empresas y consultas médicas privadas. En cuanto a la planta baja y entresuelo, la idea era establecer una serie de pequeños comercios de productos suntuarios de alta cualificación, nucleados en torno a un restaurante de muchos tenedores, dirigido por un chef de renombre internacional.

De los tres vecinos que se resistían, legítimamente. a ceder contractualmente la propiedad de sus inmuebles, dos de ellos  al final accedieron ante las nuevas y tentadoras ofertas económicas que se les ofrecieron y a circunstancias privadas que les obligaban a modificar, con más o menos temporalidad, su lugar habitual de residencia. Y en este contexto aparece el personaje focal de nuestra historia. Don Amalio de Sicilia-Vallés y Montealto, Marqués de Campoquinto, propietario titular de la vivienda 5 C.

Se trataba de un septuagenario miembro de la antigua nobleza decadente y “apolillada”, casado con Dorita de Fuentehermosa y Clarival, matrimonio sin herederos directos que ha vivido de las rentas proporcionadas por unas hectáreas de olivares, plantados entre las provincias de Córdoba y Jaén. Esas tierras heredadas, desde varias generaciones de antepasados, han proporcionado unos desahogados medios de vida en el variable (pero siempre seguro) negocio del aceite.

Aunque marido y mujer eran originarios de un medieval señorío ubicado en la sierra alta de Jaén, llevaban residiendo en esta vivienda del sur peninsular desde hacía 39 años, buscando el agradable clima reinante y la muy frecuente alegría que subyace en la capital malacitana. Era notoria, entre sus convecinos, la frialdad sentimental entre ambos esposos, hasta que Dorita (ya en su sexta década existencial) se encandiló con un bien apuesto ganadero americano, “forrado” de dólares, al que conoció en un crucero primaveral realizado por las islas Cícladas. Mr. Lion Walter, algo más joven que Dora y que ya acumulaba tres matrimonios a sus espaldas, y la desencantada marquesa consorte parece ser que huyeron juntos hacia el disfrute de su felicidad en el rudo oeste americano. Estos hechos ocurrieron hace exactamente cinco años y entre la vecindad y otras amistades fue unánime el reconocimiento del equilibrado valor de don Amalio, quien frustrado en sus gélidos amores, supo con entereza rehacer su vida, perfectamente ayudado por dos señoras del servicio que le gestionaban la limpieza del inmueble, el cuidado de la ropa y la elaboración del almuerzo diario. La cena siempre solía realizarla el engañado cónyuge en distintos y elegantes restaurantes de la zona, establecimientos que (en voz baja) comentaban su habitual tacañería para con los miembros del servicio. 

El decadente marqués de Campoquinto mantenía con firmeza su irreductible reticencia a las repetidas negociaciones de compra de su bien espaciosa vivienda. Esas ofertas resultaban cada vez más generosas pues, después de más de un año de negociación, era el único propietario que se mantenía “en sus trece”, negándose una y otra vez a la cesión contractual de su antiguo inmueble. Desde luego que no resultaba fácil persistir en esta continua negativa, pues la metodología negociadora de la Building houses fue cambiando, con ofertas cada vez más tentadoras: fuertes sumas de dinero, la entrega de un chalet en la sierra jienense, viajes para dar la vuelta al mundo, pisos en cualquier parte del territorio español (incluso también alguna acción en la línea punible de los tradicionales “asusta viejas” –técnica ésta última que de inmediato se desechó, por los riesgos evidentes ante la justicia-). Tentaron de igual manera a un sobrino nieto de don Amalio, Trinidad Vallés, médico forense y con residencia en Extremadura, para que mediara acerca de su tío abuelo, a fin de convencerlo para que su lejano familiar negociara afirmativamente con el consorcio inmobiliario. Los esfuerzos del Dr. Vallés tampoco dieron el fruto deseado (no sólo para las partes implicadas, sino también para él mismo, pues se le garantizaba una comisión de regalo si el marqués al fin accedía a la venta de su piso). Pero la testarudez del rentista olivarero era infranqueable. Así que, en cada una de las noches, la única luz “somnolienta” que se percibía en el emblemático edificio provenía de la planta número cinco. Las 47 viviendas restantes habían sido ya completamente desocupadas por sus antiguos propietarios.

Pero el destino tiene sus leyes, crípticas, caprichosas y sorprendentes para la totalidad de los mortales. Una mañana otoñal, con el cielo pintado de tonos grises y azulados (parecía que la descarga pluvial era inminente) Alfonsa Peñalva tomó el incómodo y obsoleto  ascensor instalado en los años sesenta del siglo pasado. Abrió como todas las mañanas la puerta de 5º C, pues tenía que preparar el desayuno y la limpieza de la casa a su señor que, probablemente, aún dormía. Don Amalio era un voraz lector de obras clásicas, eligiendo sobre las demás aquellas que tenían una base histórica, filosófica o moral, por lo que se iba a la cama con la madrugada bien avanzada. Durante las ultimas semanas estaba enfrascado en la lectura de la magna obra titulada Historia de los heterodoxos españoles, escrita por don Marcelino Menéndez y Pelayo, quedándose no pocas veces dormido con el pesado volumen abierto en sus hojas reposando sobre la alfombra del suelo. A eso de las 10, después de sonar las campanadas de la no alejada catedral, esta señora del servicio, incrementaba su estado de preocupación pues su amo, el señor Amalio, no se levantaba, ni tampoco se escuchaba el rezo diario  u otras oraciones que el marqués solía hacer casi a diario.  Golpeó con suavidad la puerta del dormitorio “señorial” con el ánimo de preguntarle si ser encontraba bien. El silencio que recibió como respuesta le hizo inquietarse, pero aún así dejó que su señor durmiera un ratito más. Pero antes de que dieran las once menos cuarto decidió entrar en el noble dormitorio. Ese silencio que escuchaba no era normal a esas horas ya avanzadas de la mañana.

Los servicios sanitarios del 061 apenas tardaron en llegar a la casa unos diez minutos. Sólo pudieron certificar el fallecimiento del insigne y testarudo marqués de Campoquinto, a la edad de 79 años. Su cansado corazón había dejado de latir, varias horas antes. Avisado al efecto, su sobrino nieto Trinidad Vallés viajó con urgencia a la ciudad malagueña, a fin de gestionar todo lo relativo a estos ingratos pero inevitables avatares de la vida.

Una semana más tarde del inesperado óbito, Trinidad tuvo que desplazarse a la dirección de un prestigioso despacho notarial, en el que su titular le dio cumplida información acerca de la  muy precaria situación económica en que se encontraba su tío abuelo desde hacía bastante tiempo. Apenas podía mantener su pomposo estilo de vida, empleando sin embargo para ello, con discreción y tacañería, los intereses que le proporcionaban algunas rentas invertidas en instituciones bancarias, fondos económicos procedentes de sus olivares (parte de los cuales había tenido que vender para subsistir). El solitario marqués estaba prácticamente arruinado y la herencia que iba a recibir no era muy tranquilizadora, pues tenía deudas por todas partes, así que como único descendiente o pariente cercano tenía la obligación de hacerse cargo de esos agujeros negros que el marqués había dejado en el patrimonio familiar.

Por más que lo intentó, el esforzado médico forense no pudo dar con el paradero de su tía abuela Dorita (a la que el frustrado marqués no le había dejado patrimonio alguno). Los bienes familiares estaban separados, pues doña Dora apenas pudo aportar dinero alguno en el momento de su boda. Don Amalio era un fervoroso asistente a los garitos y salas de fiestas, donde se bebía, se jugaba y se discutía acerca de temas intrascendentes o políticos bajo una percepción muy conservadora. Una noche de “bacanal” y parranda se fijó en una ajada corista, de las que cantaban ante un publico mayoritariamente de hombres con ojos saltones y ansiedad sexual. No muchos meses después acabó llevándola al altar como su obediente esposa, a los sones de G. Strauss. Habían convivido juntos durante 38 años, hasta que la “señora” se marchó con el americano, siguiendo el olor y la estela de los dólares, junto a los arrullos sentimentales, que  el vaquero estadounidense era generoso y diestro en dispensarle.

Trinidad básicamente heredaba la propiedad de la vivienda 5º C que con tanto celo había mantenido el marqués, frente a los repetidos intentos del consorcio inmobiliario. El médico forense, con su vida muy estabilizada y acomodada, decidió atender los requerimientos del grupo Building houses que, con gran satisfacción, vieron como la naturaleza les había ayudado a conseguir lo que con tanto ahínco y frustración habían intentado en vida del finado marqués.

Ocho meses han transcurrido desde estos eventos narrados. El monumental inmueble, propiedad ya en su totalidad del poderoso consorcio, está sufriendo una profunda remodelación para convertirlo en un hotel de cinco estrellas, MÁLAGA SOL. establecimiento que una ciudad en pleno auge turístico necesita. Se van a organizar en su antigua y renovada estructura 120 habitaciones dobles, dotadas con todos los más avanzados incentivos tecnológicos y suntuarios. Los futuros huéspedes dispondrán de una piscina en la terraza superior, con una parte adjunta climatizada. El gran restaurante estará situado en la entreplanta, en la que también habrá tres salones para convenciones, habilitándose en los sótanos del inmueble un garaje aparcamiento de 52 plazas, para los residentes del hotel y automovilistas externos que paguen un precio especial para el uso de este servicio. Los bajos del bloque ya están alquilados por unas poderosas franquicias extranjeras, a fin de instalar varios comercios de lujo. 

Mientras la piqueta está trabajando en la tabiquería y muros interiores de la poderosa estructura (por regulación normativa ha de conservarse un elevado porcentaje de la fachada tradicional, debidamente reparada y actualizad) una mañana de primavera la prensa local se ha despertado con una sorprendente e impactante información. El cronista desvela que la policía ha confirmado la aparición de lo que parecen ser restos humanos, emparedados en la planta quinta del majestuoso bloque señorial. El departamento de medicina forense está analizando, con el asesoramiento técnico de diversos laboratorio especializados, el origen de estos restos. Algunas voces y comentarios mediáticos, no debidamente confirmados, manifiestan que dichos restos pudieran corresponder a los de una mujer. -


LA TENAZ RESISTENCIA DE DON AMALIO, FRENTE A LAS PRESIONES EMPRESARIALES

José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
22 Noviembre 2019

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

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