viernes, 29 de diciembre de 2017

12 CAMPANADAS ANTICIPADAS, PARA EL LEJANO PERFIL DE LA NOSTALGIA.

Habían compartido la amistad, el estudio e imborrables escenas de ocio, conviviendo en un popular Colegio Universitario de la Universidad de Granada. Fue en los siempre recordados años setenta, cuando Evaristo, Álvaro y Jeremías se conocieron por primera vez allí en la ciudad de la Alhambra, aunque los tres compañeros habían nacido y vivían con sus respectivas familias en Málaga, la ciudad hermana bañada por las tibias aguas del Mediterráneo. Las aventuras y “correrías” que protagonizaron estos tres inquietos y dinámicos estudiantes, en la etapa de su adolescencia avanzada, quedaría imborrable para el recuerdo de esa vitalidad desenfadada que refleja la juventud de los cuerpos y la osadía de la mente. Pero a pesar de todas las promesas y parabienes, a la finalización de las respectivas carreras, con la obtención del ansiado grado de licenciatura, la distancia afectiva y el olvido se hizo dueño de tres personas que caminaron por sendas diferentes en la misma ciudad que los acogió al regreso de su larga etapa de estudio. Algunas esporádicas y rituales felicitaciones navideñas, cruzadas durante los primeros años de alejamiento, fueron caprichosamente desapareciendo en las anualidades siguientes, para sembrar entre ellos un erial afectivo durante dos décadas y media. El espacio urbano del anonimato, con sus indiferencias, las banalidades y las prisas, impidió mantener aquellos prometedores y positivos vínculos, hoy sumidos en el mar del olvido, la superficialidad y la desmemoria.

Parece ser que la ocurrente y feliz idea del reencuentro partió del voluntarismo de Álvaro. Por su profesión de policía local tuvo fácil acceso para la localización de sus dos grandes amigos de universidad, proponiéndoles una positiva y feliz cita a fin de recuperar unos vínculos totalmente aletargados por el paso del tiempo. ¿Por qué no reunirse en la tarde del día 31 para, además de brindar con esa ritual y numérica transición de anualidades, que iba a dar paso al emblemático año 2000, hablar acerca de la evolución de sus vidas durante los veinticinco años transcurridos desde 1974, cuando finalizó su andadura universitaria? Evaristo y Jeremías, en un principio sorprendidos por la propuesta de su antiguo amigo, aceptaron la simpática invitación, no sin expresar un cierto recelo o duda inicial. Todos y cada uno de ellos comprendían que esa merienda de las 12 campanadas pondría sobre la mesa, espacio siempre abierto de las palabras, el agridulce contraste entre las ilusiones y proyectos de la juventud, con esa realidad actual en la que habría mezcla de luces y sombras, logros y fracasos.



El punto de encuentro quedó fijado, para las cinco y media de tarde, en una tradicional cafetería-tetería, ubicada a medio camino entre la monumentalidad renacentista y barroca de la Catedral y la entrada principal del Museo Picasso, en plena centralidad antigua de la planimetría malagueña. Los tres antiguos amigos extremaron su puntualidad, ante un reencuentro que prometía ser cálidamente jugoso con el travieso juego de los recuerdos. Durante unos “crispados” y brevísimos segundos, unos y otros se analizaron físicamente, asumiendo, con las nerviosas sonrisas, el avance hostil del tiempo sobre las epidermis y las estructuras anatómicas que les sustentaban. ¿Qué imágenes ofrecían? La pérdida de cabello o sus encanecidas tonalidades, las más o menos disimuladas arrugas faciales, la gruesa y descolgada “papada” del cuello, la acumulación sebácea en la cintura, el drama del sobrepeso a lo largo del perímetro corporal, la curvatura de esa columna vertebral antes tan esbelta … Todo ello ponía de relieve el avance implacable e inmisericorde de las hojas del calendario, sobre unos cuerpos otra hora esbeltos. Tras pedir las consumiciones y hacer esos necesarios y educados comentarios amables, para personas que llevaban dos décadas y media si verse de manera directa, cada uno de los amigos comenzó a reflejar con palabras diversos aspectos de su trayectoria. El primero que tomó el protagonismo de la sinceridad fue EVARISTO, al que sus dos compañeros llamaban cariñosamente Eva, recordando los divertidos años granadinos.

“Por supuesto que aún no se me ha quitado la emoción de este feliz reencuentro con mis dos grandes amigos. Muchas veces he pensado en vosotros pero, la verdad, es que somos muy “dejaos”.  Siempre “atados” a las prisas y a las obligaciones. Así vamos dejando para mañana lo que sería fácil poder hacer hoy.

Siempre me gustaron los libros y las antigüedades, de ahí mis estudios de Historia. Pero cuando llegó el momento profesional, vi que lo mío no era la enseñanza. Ni de críos grandes o pequeños. En cuanto a las oposiciones para bibliotecas y archivos, el asunto siempre se me planteaba muy difque hubiera una plaza librenvocatorias muy espaciadasa bibliotecas y archivos, demos hacer hoy. ad, es que somos muy "ícil. Escasísimas plazas y convocatorias muy espaciadas. Pasaban años sin que hubiera una plaza de archivos o bibliotecas libre. Se me ocurrió hacer un curso de administración y gracias a él (bueno, también tuve alguna “ayudita”) pude entrar a trabajar en el aeropuerto, donde aún sigo. ¿Y qué es lo que hago durante los cinco días de la semana? Pues controlar los listados de viajeros a través de los programas de ordenador, pegar las etiquetas en los equipajes, diligenciar las tarjetas de embarque, atender las posibles reclamaciones y consultas…. Hay momentos en que el trabajo es especialmente intenso, como sucede durante los meses vacacionales del verano, semana santa y por supuesto la Navidad, épocas en que los viajes se multiplican.  Pensad en la aglomeración de un 31 de julio o un primero de agosto. Es un trabajo en general cómodo, pero intensamente repetitivo. Como tantos otros, por supuesto.

No me casé, no era lo mío. Tuve algunas experiencias sentimentales, tanto con mujeres … como con hombres. No me importa confesarlo. Desde que se “fue” mi madre, vivo solo, organizándome relativamente bien. Todo es cuestión de acomodarse a los que la vida te ofrece. Mucha lectura, cine, compras, museos, exposiciones, viajes (cuando puedo) y esas tareas de la casa, que tiene que llevar a buen término un hombre solitario. Ahora que hemos entrado en nuestra década de los cincuenta, vemos la vida con una mayor lentitud y sosiego o ¡tal vez con excesiva rapidez! Caminamos hacia la plena madurez y a esa dura etapa que todos tememos de la vejez. Todo un poco gris, pero tranquilo. Cuando estás en la juventud parece que te vas a comer el mundo, pero después tienes que tener cuidado en que ese mundo, material, falaz y egoísta, no te coma a ti”.

Los compañeros de Eva pusieron buen cuidado en no interrumpir un muy largo monólogo, compuesto de frases cortas y sorbos de una taza de té (con feliz nombre cinematográfico, de aquellas inolvidables películas rodadas en el desierto) que, de manera paulatina, iba completando con la generosa infusión que contenía la plateada y brillante tetera. Este primer protagonista de la reunión había puesto especial cuidado en su forma de vestir. Alva y Jeromo recordaron con simpatía la sempiterna trenka azul que incluso en primavera se colocaba el bueno de Eva. Para dar más emoción al reencuentro, vestía también esa tarde de Noche Vieja con una prenda de igual color y forma, como la que lucía en aquellos inolvidables años 70. 

JEREMÍAS pidió un segundo chocolate caliente. Esta repetición daba muestra de su actual tendencia golosa hacia la ingesta de alimentos, actitud que le había provocado un sobrepeso a todas luces evidente. Su actual obesa figura contrastaba con la extrema delgadez que mostraba en sus años universitarios.

“Bueno, me toca “ir al confesionario”. Recordaréis que estudié Derecho. Lo hice, en realidad, por mi padre. Él sí fue un buen abogado. Estuvo ejerciendo hasta pocos meses antes de dejarnos. Tampoco era lo mío, aunque a duras penas pude al fin acabar la carrera. Yo fui un ejemplo de esos hijos que miran en demasía la cara de sus padres, incluso eligiendo una titulación que, en los momentos de sinceridad, sabes que no vas a ejercer. Entré a trabajar en ese centro comercial o grandes almacenes que existe en cada ciudad, con un contrato de seis meses. En la actualidad sigo en la misma empresa y ya van para los veinticuatro años. Soy de los más veteranos de la plantilla. Sin duda, he tenido que desempeñar bien mi labor, recorriendo las más variadas secciones (juguetes, ropa juvenil, oportunidades, deportes…) incluso el verano pasado eché una mano en el supermercado, pues tenían diversas bajas del personal. Me casé, tras un noviazgo de muchos años, pero la vida en común, durante las veinticuatro horas del día y de la semana acabó por aburrirnos. Cada uno tiró por su lado. Tenemos dos hijos ya adultos, que viven con su madre. Llevo emparejado varios años con una chica del departamento de cosmética, diez años menos que un servidor. Es paciente y agradable y me sabe tratar bastante bien. Físicamente tiene un perfil aguileño que muchos exigentes de la estética criticarían. Pero, lo importante para nosotros es que sabemos sobrellevarnos, manteniendo algunas respectivas parcelas de privacidad. No gozamos de unos sueldos elevados, pero las comisiones nos permiten completar una liquidez mensual ciertamente suficiente. Lo que peor llevamos es tener que estar tantas horas de pie. Aun llevando plantillas, tengo varices en las piernas y la planta de los pies planos me producen dolores, con problemas de huesos. Esta es, a grandes rasgos, mi normalidad, que acepto sin mayores protestas u oposición”.

“Mi situación no es muy diferente a la vuestra (ahora Interviene ÁLVARO). Quedan ya lejos aquellas ambiciones y valentías juveniles, con las que creíamos que íbamos a poder cambiar el mundo. Me recordaréis como el rebelde de la clase, el trotskista y el dinamizador y mantenedor de las asambleas revolucionarias para la “tercera vía”. Estudiante de Filología Hispánica y una mentalidad marxista que ahora… me ve ejerciendo de policía local o municipal (como se decía antes). Tengo tres vástagos que ahora viven su vida en la universidad. Mi compa y yo apenas nos soportamos. Ella trabaja de administrativa en una notaría. (Guardó unos minutos de silencio). Sé a ciencia cierta que me engaña. Pero, yo también lo hago. Así que nada de reproches. Nos soportamos por los chicos que, en realidad, viven totalmente a su aire. Cuando el servicio me lo permite, soy un “fanático “de las caminatas senderistas. También, aquéllas que hago montado en el sillín de la bici. En el medio natural “puedo respirar” y sentirme persona y libre. En cuanto al trabajo, pues bien, aunque no faltan las situaciones de riesgo. Una vez estuve a punto de no contarlo, pues tuvimos que hacer una operación junto a la policía nacional, a fin de liberar un edificio lleno de okupas.  Uno de ellos, con sustancias y brebajes en su cuerpo, se me abalanzó y no pude evitar el pinchazo en el costado. Estuve casi dos meses de baja, pero “bicho malo nunca muere”.

Algunas veces hago escapaditas a Granada, para recorrer aquellos rincones entrañables y plenos de encanto que sustentaron los años de nuestra juventud. El entorno de Puentezuelas, Gracia, Mesones, Alhóndiga, el Carril del Picón, la plaza de la Trinidad, las Tablas… y por supuesto el inolvidable Palacio de las Columnas o Palacio de los Condes de Luque. Fue mi Facultad de Filosofía y Letras y ahora está habilitado para los estudios de traducción. ¡Cuántas reuniones clandestinas mantuvimos en el lóbrego salón sótano de estudio, denominado por todos nosotros como “la ligoteca”! Por cierto, no me he olvidado de aquel señor del bar que nos servía un delicioso café tinta (por muy pocas pesetas) con el que “toreábamos” el sueño. Era una “pócima milagrosa” que con diestra habilidad el “brujo” (como cariñosamente le llamábamos) preparaba. También recuerdo aquél pequeño montacargas, donde poníamos el carné y la ficha rellena, para que en pocos minutos nos mandaran el libro que necesitábamos. Siempre dije que ese críptico montacargas bajaba hasta los “infiernos” donde se “cocía” la cultura más exotérica. Nuestro Colegio Mayor universitario, San Bartolomé y Santiago sigue prestando excelentes servicios, junto a otros centros, en el seno de la comunidad universitaria”. 

Los tres antiguos amigos llevaban ya casi dos horas de reunión, entre miradas, suspiros y sonrisas, recordando un tiempo pasado que ya no iba a volver. De inmediato, aplicando uno de esos gestos imprevisibles, a los que siempre solía recurrir, Alva se levantó y fue a decirle algo al camarero. El profesional del servicio entendió lo que le estaba pidiendo, esbozando una amplia risa de difícil contención. A los pocos minutos volvió a la mesa mesa, donde colocó en las manos de los tres peculiares clientes sendas bolsitas conteniendo las doce uvas de la suerte. Unos segundos después volvió de nuevo a la mesa, portando en sus manos una botella vacía de anís del Mono. Con una cuchara sopera se dispuso a tocar mediante golpes en el cristal las doce campanadas, algo anticipadas (eran las siete y media de la tarde) pero que los tres compañeros aprovecharon para ir tomando las doce uvas, que ellos llamaron de la “imborrable amistad”. Todos brindaron, fraternal y cariñosamente, por el Nuevo Año.

La despedida fue emocionalmente intensa. Se abrazaron, con el sentimiento evidente que les embargaba. Ya no eran aquellos atrevidos y espontáneos jóvenes universitarios, que sabían dibujar cada día con las ocurrencias más insospechadas y con la firme convicción de que se iban a “comer el mundo”. O, por supuesto, transformarlo. Ahora mostraban el perfil de acomodados y veteranos ciudadanos, con todas esas marcas que la inmisericordia del tiempo va dejando sobre nuestros vapuleados cuerpos. Aquella significativa tarde, en el crepúsculo de la anualidad, había servido para recuperarles una vieja amistad, exageradamente aletargada. Todo ello en un contexto subliminal donde la dialéctica entre las ilusiones y los proyectos de juventud, contrastaba ante una patente realidad que no había dejado de estar presente en la mentalidad de todos y cada uno de los tres amigos. Sabían que, a pesar de sus sanos propósitos de nuevos encuentros, estarían de nuevo un largo tiempo sin volverse a ver. “Cuídate Álvaro. También tú, Jeromo ¡tienes que hacer algo de deporte!. Ha sido un verdadero placer volver a recuperarte, amigo Eva….”

Trataban puerilmente de disimularlo, pero a los tres amigos les brillaban intensamente los ojos. La noche malagueña del 31 soportaba un frío e incómodo manto de humedad. La mayoría de los establecimientos habían cerrado ya sus puertas. Todos apresurábamos los pasos a fin de buscar el cobijo de ese cálido hogar, en donde pensamos olvidar o transformar la realidad, gracias el ruido pautado de un escénico jolgorio que nos hace creer, con mentalidad infantil, en lo imposible. Las cromáticas y aburridas bombillas de led trataban de poner algo de luz y “calor” a esa oscuridad majestuosa, bajo la que dormitaba una noche un tanto huérfana de estrellas.-

“¿Qué os ha perecido? Aquí tenéis el proyecto del nuevo guión. Con los arreglos propios del caso. He tratado de recoger muchas de vuestras sugerencias y aportaciones. La idea es comenzar a ensayar dentro de un par de semanas. Os tenéis que poner el “delantal” del trabajo. Ante todo, naturalidad y sentimiento. Lo que no se siente, difícilmente se transmite. Os comento que Nicolás tiene ya casi asegurada la financiación para la puesta en escena. Él sabe siempre moverse con habilidad, a fin de conseguir un atractivo espacio escénico. Es un mago, para estas cosas organizativas. Parece ser que le van a ceder el coqueto Teatro de la Comedia, desde marzo hasta julio. Yo aún no me lo creo, pero cuando él se propone un objetivo, mueve Roma con Santiago para conseguirlo. De todas formas, pienso que sería bueno iniciar, en su momento, una pequeña gira por algunas provincias españolas, a modo de preparación y ajustes, antes de presentarnos en el “tribunal” de Madrid, en ese momento emblemático de la Primavera”.


José L. Casado Toro (viernes, 29 Diciembre 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga








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