viernes, 30 de octubre de 2015

PEQUEÑOS COMERCIOS, SUMIDOS EN LA ORFANDAD DE CLIENTES.

Sin que sepamos exactamente el por qué, solemos mantener un itinerario mecánicamente repetitivo en los desplazamientos diarios que realizamos a lo largo y ancho de la ciudad. Esa nuestra ciudad, definida como el amplio o modesto núcleo sociológico en el que el destino, u otras circunstancias intencionales o azarosas de la vida, nos ha ubicado para residir y convivir.

Repetimos esos breves o largos itinerarios, probablemente, porque nos agrada la comodidad de lo conocido, el ahorro en las distancias, o las costumbres, familiarmente autómatas, de nuestras acciones. Lo cierto es que, bajo un planteamiento estadístico, recorremos, en el día a día de nuestras biografías, las mismas aceras, esas entrañables plazas y bulevares que nos identifican y, entre varias posibilidades, atravesamos las grandes o pequeñas vías utilizando idénticos semáforos. Sí, es cierto también que, en otras ocasiones, decidimos rebelarnos contra esa rutina mecanicista y cambiamos de calle, de paso de cebra o modificamos el ahorro lógico de la distancia, eligiendo otros comportamientos alternativos que reafirman nuestra voluntad y libertad para construir nuevas decisiones o experiencias. Pero, en general, el hábito de la costumbre lo tenemos bien arraigado en nuestra  movilidad por lo urbano.

Nos acompañan en esos desplazamientos cotidianos, con el relevante poder de lo histórico, múltiples bloques de viviendas y comercios que conforman la planimetría de cada ciudad. Son espacios familiares para la vida, con sus barrios, avenidas, puentes, parques y zonas verdes, además de todos esos puntos o áreas neurálgicas que representan la cultura, el deporte, la administración, la sanidad o el latido mercantil que sustenta la necesidad material de los intercambios. En este último elemento del urbanismo vamos a detenernos, a fin de centrar la explicación temática del relato.

Existen, en la identidad de los barrios, comercios de la más heterogénea naturaleza, dependiendo de la mercancía básica en la que se han especializado para vender a la clientela diaria. Y hay tiendas que, en función de las modas, la temporada estacional o las necesidades de cada día, suelen verse más o menos visitadas o repletas de público. La clientela inunda intensamente sus espacios, adquiriendo esos productos que los identifican para atender las necesidades que los compradores demandan. Por el contrario hay algunos otros comercios en que la densidad del público asistente es notablemente menor e, incluso, parece como casi nadie atravesara el umbral de sus puertas. Casi siempre están, o parecen estar, vacíos y desangelados en la orfandad de una clientela que debería justificar la lógica de su permanencia como negocios. Y, sin embargo, sus dueños o propietarios, frente a la lógica de otros compañeros de actividad, que ponen fin con el cierre de esos establecimientos inactivos, permanecen, día tras día, abriendo sus persianas, puertas y escaparates, confiando en la llegada de ese comprador, cliente o curioso, con respecto a las mercancías ofertadas en sus estantes o expositores. 

En mis paseos por las calles de la zona urbana donde resido, me iba fijando en algunas de esas tiendas que casi siempre las percibía o veía como vacías de público para la compra. A veces incluso me detenía frente a sus escaparates observando, tras las mercancías que ofertaban, a ese dependiente o propietario que, solitario hasta el aburrimiento, permanecía sentado tras el mostrador o se entretenía gestionando algo relativo a su actividad, frente a la pantalla del ordenador. En otras ocasiones, esa misma persona distraía su tiempo permaneciendo en la entrada de su negocio, observando el trasiego de la calle o caminando lentamente unos pocos metros ante la puerta de su establecimiento carente de clientela.

Suelo ir con frecuencia a un hipermercado próximo. En ese itinerario, cómodamente elegido, llamaba especialmente mi atención una tienda de regalos, montada desde hacía años en los bajos de un bloque de viviendas. Fuese a la hora en que pasase por delante de la misma, nunca veía a cliente alguno que permaneciese en su interior, salvo una misma persona que, sin duda, debía ser el propietario o dependiente del negocio.

Las mercancías que el empresario ofertaba, en el único escaparate del establecimiento, eran enseres apropiados para decorar el interior de una vivienda, específicamente artículos de regalos. Podían verse, tras la luna de cristal y en el interior de una espaciosa sala, muy heterogéneos y atractivos objetos: portafotos para el recuerdo, diversos tipos de jarrones, elegante cristalería fina, maceteros, espejos con marcos suntuarios, figuras de cerámica y cristal para ubicar en las estanterías y mesitas de salón, lámparas de colgar, también de sobremesa o de pie, algunos pequeños muebles de madera labrada y lacada, como artísticas mesitas, cajoneras y vitrinas. Destacaban, así mismo, unas recias banquetas con asientos de cuerdas trenzadas de esparto. Lógicamente debería de haber otros muchos artículos en el interior de este anticuado establecimiento (por su decoración general) mercancías mayoritariamente apropiadas para regalar en eventos puntuales como bodas, natalicios, cumpleaños y onomásticas u otros eventos conmemorativos. Tampoco faltaban algunos juguetes, especialmente muñecas Pero, lo que más despertaba mi extrañeza es que nunca logré ver a otra persona en el interior del establecimiento, diferente a la que supuestamente debía atender a los posibles clientes.

El poder de la imaginación suele desatarse en estos casos, generando interpretaciones diversas más o menos curiosas o sorprendentes. ¿Cómo puede un negocio permanecer abierto, si no cumple (en apariencia) su principal función como es la de generar ingresos netos, procedentes del legítimo ejercicio comercial entre la propiedad y los diversos clientes?¿Podría este tienda de regalos encubrir alguna otra estructura ilegal de carácter mafioso? ¿Habría venta de mercancías, en esos otros momentos del día en que la imagen del comercio no estuviese ante mis vista? En esas elucubraciones me encontraba, cuando una tarde, camino una vez más de ese hipermercado cercano, observé que el dependiente o propietario de la tienda se encontraba apoyado en el quicio de la puerta que daba entrada al negocio. Y con esos impulsos que nos caracterizan, cuando actuamos sin la suficiente reflexión previa antes de hacer alguna cosa, me acerqué a esta persona con el ánimo de intercambiar palabras.

“Le ruego sepa disculpar mi atrevimiento. Soy vecino de la zona y habitualmente paso delante de su tienda, en ocasiones hasta varias veces al día. Los productos que ofrece para la venta son realmente bonitos, aunque observo que no hay una aparente renovación de los mismos, al paso de las semanas y los meses.  Pero lo que verdaderamente me llama la atención es que, en las veces que paso ante su establecimiento, nunca logro ver a nadie, salvo a Vd mismo, en el interior del negocio. Y me llevo fijando en ello desde hace bastante tiempo. Puede sonar a una impertinencia mis dudas pero, con el debido respeto, me gustaría preguntarle si un negocio puede mantenerse en esta situación de inactividad? Como espectador, igual estoy equivocado o ……..”

Oscar, persona de físico obeso, con abundantes entradas en el pelo fugaz de su cabeza, grandes ojos tras unas gafas de diseño deportivo y vistiendo una chaqueta sin corbata, a la que sumaba unos vaqueros azules de marca, parecía una persona cordial para el diálogo. Resultaba evidente el agrado que le producía el intercambio de palabras, a fin de combatir el no menos patente estado de aburrimiento que soportaba. De inmediato me invitó a pasar al interior de la tienda, con ánimo de responder al curioso interrogante que le había planteado.

“Vecino, en modo alguno me molesta su observación. Yo también le conozco de verle pasar y de quedarse unos minutos mirando los objetos expuestos en el escaparate. Efectivamente, la venta está muy mal. Es mucha y fuerte la competencia que el centro comercial nos hace a los pequeños comerciantes. Hay muchas tiendas y poco dinero para gastarlo en productos de regalo. Entre la comida y los espectáculos, queda poca liquidez para comprar objetos decorativos. La competencia de los negocios regentados por los chinos……Esta tienda la heredé de mi padre, cuando hace ya nueve años en que él se jubiló. Había trabajado, gran parte de su vida, en un prestigioso comercio del centro y la ilusión de su vida era poseer un negocio propio. Ahorros, sacrificios y la suerte de un buen pellizco en una lotería navideña, hizo posible la compra de este local, con una amplia trastienda para el almacenaje. Incluso tenemos un buen aparcamiento, en el garaje del sótano. Todo esto ocurrió alrededor de hace veinti…… veinticuatro años.

Como en todos los negocios, ha habido etapas buenas, para la venta, y otras desgraciadamente muy deprimidas. La crisis económica actual tampoco ayuda, sino todo lo contrario. Efectivamente hay semanas en que no ha llegado a entrar nadie en  la tienda, salvo el cartero o alguien preguntando por una dirección para su necesidad. Y se preguntará ¿por qué no echo la persiana y el cierre, en estas circunstancias? Verá amigo, hay razones de diverso peso. El más importante: ese sentimiento y respeto al sacrificio ilusionado de mi padre. La empresa de componentes ópticos, donde yo trabajaba, quebró hace ya unos años y la oportuna indemnización que me correspondió  pude invertirla muy bien en la compra de diversos aparcamientos, auténticas gangas en su momento, que ahora mantengo alquilados y me proporcionan una interesante renta que me ayuda a vivir. Aunque muy poco, algo se vende y el hecho de venir cada día a la tienda me permite estar ocupado y no quedarme en casa viendo la televisión. Sé que el día menos pensado me llegará una buena oferta para alquilar el local o incluso venderlo. De hecho ya me han llegado algunas propuestas, pero la tradición familiar pesa bastante y él, mi padre, sufriría mucho viendo desaparecer el negocio de su vida, por el que tanto luchó.”

Fue una amable, extensa y convincente exposición la que mi vecino de barrio, Óscar, tuvo a bien proporcionarme. Es bastante probable que otros negocios, en similares situaciones de estancamiento, adopten diferentes soluciones y salidas para la estabilidad o cierre de sus empresas. Los préstamos bancarios, cada vez más difíciles de conseguir y aún más gravosos para devolver, no son caminos adecuados de los que se deba o pueda abusar. Tampoco representan la panacea milagrosa para salvar unos negocios de pequeño comercio que deben tener su sentido y lugar, pero con una amplia reestructuración organizativa, en centros comerciales abiertos o incluso integrándolos en grandes áreas de distribución e intercambio. La asociación entre ellos es más que necesaria, si quieren abaratar costes (en el suministros y otros servicios) a fin de poder efectuar ofertas atractivas en los precios. Pero la razón básica de su presencia urbana será siempre la especialización y el afectivo contacto, directo y familiar, con la clientela. El trato, cálidamente humanizado, entre cliente y vendedor es un valor que lamentablemente hoy no abunda o existe en los macrocentros comerciales.

Volví a casa, con una atrevida e indefinible (por el simbolismo metafórico de su composición) pieza de cristal, piedra y metacrilato, que el bueno de Oscar se  prestó a ofertarme a un precio razonable. Era uno de tantos objetos de ornato que, además de ocupar un preferente lugar en la estantería de los libros y los retratos enmarcados, exige el frecuente ejercicio para su limpieza. Todo ello a causa de ese polvo microscópico que se cuela por las rendijas de nuestros habitáculos y que va recubriendo tanto trasto inútil con capas nebulosas para el desdoro. Efectivamente, había comprado uno de tantos ornatos superfluos que densifican y agobian la nitidez de nuestras habitaciones. Pero al menos aquella tarde, que ya recordaría como la de los interrogantes y respuestas, el comercio del buen Oscar había tenido su único cliente en el día.

Ya en la noche, durante esas pequeñas reflexiones que algunos practican sobre las almohadas, dos personas pensaban acerca de la peculiar escena vespertina que ambos habían protagonizado. Una de ellas sabía, a ciencia cierta, que no había dicho toda la verdad. La incredulidad anidaba en la otra persona, que seguía elucubrando acerca del por qué y el cómo de la situación.-

José L. Casado Toro (viernes, 30 Octubre 2015)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


























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