viernes, 2 de octubre de 2015

INESPERADA RESPUESTA SOCIAL, EN LA PLÁSTICA ARTÍSTICA DE VANGUARDIA.


En este mundo alocado que nos ha correspondido protagonizar, sometido a los comportamientos insólitos de la más absurda irracionalidad, donde cada vez producen menos sorpresas las acciones más inverosímiles contra la sensatez y la lógica, cuando todo se nos antoja más que previsible y rutinario por efecto de esa globalización que invade no sólo lo económico, sino las más variadas plataformas de nuestras incógnitas existenciales, surgen historias que, como contraste a tanto desequilibrio y sinrazón, nos hacen sonreír y pensar. Dos positivas actitudes, sonrisas y pensamientos, que ennoblecen a quiénes tienen la plausible capacidad de hacerlas explícitas en el aventurero recorrido de sus vidas.

Germán Dobaños, con gran esfuerzo y tesón (dada la humilde situación patrimonial de su modesta familia) pudo concluir, con un brillante expediente académico sus estudios universitarios en Historia del Arte. Con esta licenciatura humanística en su curriculum, se dispuso a buscar una salida laboral que estuviera acorde a la formación recibida en esa parcela tan atrayente de la cultura. Como primera acción, llamó a las puertas de la función docente, no obteniendo los resultados adecuados que le permitieran acceder a esa deseada plaza en colegios o institutos de titularidad estatal. Sus solicitudes, en el mismo ámbito de la enseñanza de titularidad privada, quedaban sucesivamente archivadas junto a las de otros numerosos aspirantes al ejercicio docente. Pero, al fin, una luz se encendió en ese túnel pedregoso de la búsqueda laboral.

Un nuevo Centro de Arte Contemporáneo, ubicado en una provincia limítrofe con la de su lugar de residencia, publica la convocatoria de un concurso de méritos, a fin de cubrir una plaza de vigilante, ante la próxima apertura al público de sus riquezas escultóricas, pictóricas y otras muy diversas piezas suntuarias. Germán presentó al efecto un denso dossier de méritos, con sus certificaciones correspondientes. Tras una bien mantenida entrevista, con el concejal de cultura del Ayuntamiento, esperó con impaciencia los resultados del concurso. Los méritos aportados por el solicitante fueron convincentes para el tribunal calificador. La obtención de esa anhelada plaza, colmó a nuestro personaje de una inmensa alegría. Firmaba un contrato por anualidades renovables de trabajo, bien es cierto que con un sueldo mensual no muy elevado, dado que su puesto sería el de simple vigilante de sala. Se veía obligado a cambiar de residencia, con respecto a la ciudad donde vivía con sus padres, pero consiguió que la corporación municipal, a través del servicio de asistencia al mayor, le habilitara una vivienda con el compromiso de acompañar a su propietario, una persona octogenaria, para que éste no estuviera sólo en casa durante las horas nocturnas.

Las ocho horas de trabajo en el centro artístico, entre martes y domingo, no eran desde luego demasiado esforzadas. Su misión consistía en controlar el comportamiento de los visitantes en las cuatro salas donde estaban expuestas las numerosas piezas artísticas que el museo albergaba. Se le había entregado, al efecto, un básico material informativo acerca de las mismas, para que pudiera atender u orientar alguna posible pregunta de los visitantes al centro, aunque todos los objetos expuestos tenían unas tarjetas explicativas con los datos necesarios acerca de su significado. En definitiva, un trabajo cómodo, relacionado íntimamente con su titulación académica pero que, al paso de los días, se le hacía intensamente aburrido. Sobre todo porque salvo los domingos, en que la entrada era gratuita, el número de visitantes era muy reducido durante el resto de la semana. La relación con esas escasas personas, interesadas en el arte moderno, era muy limitada, pues éstas apenas hacían preguntas sobre los curiosos objetos que contemplaban.

Buscando algún motivo para el divertimento, en esas largas horas de permanencia en las salas del Museo, sin apenas nadie con quien intercambiar un rato de conversación, pensó en llevar a la práctica alguna acción que le distrajera y, al tiempo, dinamizara en algún sentido la vida aletargada que se respiraba entre tantas piezas inertes. Tal vez, incluso, podría dinamizar la afluencia de visitantes que cada día que pasaba era más reducida. Había jornadas en que apenas pasaban por la taquilla del Museo un par de personas. En uno de los almacenes, sitos en el sótano del edificio, fue acumulando una serie de objetos, con los que pensaba hacer alguna obra de impacto que expondría, aprovechando la ausencia próxima del director. Celso del Haro tenía previsto viajar a París y Londres, con motivo de un Congreso Internacional de centros del arte contemporáneo y otras gestiones relativas a su cargo. Estaría fuera de España durante una semana y media.

Una tarde, lunes de octubre, tras echar el cierre del Museo a las siete, se dispuso a llevar a la práctica la creatividad de su poderosa imaginación. Habilitó un espacio, en la sala tres, sobre el que puso un gran palé de madera, que había encontrado junto a unos contenedores de un supermercado. Sobre el mismo fue entremezclando una serie de adoquines de hormigón, que había cogido en unas obras cercana, con diversas prendas femeninas compradas al efecto en un Centro Comercial. Una blusa celeste, unos short beiges, dos medias finas, sandalias, un bolsito de colgar abierto, en el que se veía preferentemente una barra de labios junto a un botellón de agua mineral a medio consumir. También, un móvil de los antiguos y un llavero, perteneciente a una afamada marca de coches. Y, como colofón, en un agresivo primer plano, unas bragas blancas muy sensuales por su transparencia. Sobre ese conjunto de prendas, que reposan sobre las dos hileras de adoquines, dejó caer pausadamente el contenido de un bote de pintura roja, con salpicaduras y goterones a discreción, representando la sinrazón del dolor. Unas hojas secas esparcidas simbolizaban la estación otoñal. La cartulina informativa titulaba a esta nueva composición: Violencia y cobardía. La autoría de la obra estaba firmada por un nombre imaginario en la plástica rusa: Dimitri Khunasov. Cuando abandonó el recinto museístico, las manecillas del reloj marcaban ya las 12.35 de la madrugada. A esa hora de las estrellas y luceros, no había cenado aún y sólo se había permitido un par de sorbos de agua.

Pasaron las horas y los días y, fuese por la casualidad, el propio interés o la publicidad del boca a boca, la presencia de visitantes en el Museo se fue incrementando. Primero, de una forma moderada pero, ya en el fin de semana, había un mayor número de personas, especialmente mujeres, que llegaban preguntando precisamente por esa nueva obra que había sido expuesta como símbolo conceptual contra la violencia de género. Germán, en connivencia divertida consigo mismo, sonreía y se sentía halagado con la respuesta social que su osada “travesura” estaba provocando.

Ya en el miércoles de la siguiente semana, el diplomado en Artes Plásticas y director del Museo,  Celso del Haro, llamó a Germán, el vigilante, para preguntarle su opinión acerca de los motivos para ese positivo cambio que se estaba produciendo, en la adquisición de los tickets de entrada al recinto.

“Germán, aunque estés desempeñando la función de vigilante, sé que tu preparación está suficiente cualificada para más altas responsabilidades. Te comento que en lo que va de mañana, me han llamado ya desde dos periódicos. En ambos casos, se trataba de los responsables de las páginas para la cultura. Me preguntan quién es este artista ruso llamado Dimitri Khunasov. Tras darle una respuesta plena de inconcreción, he acudido en Internet a su buscador Google. Lo más curioso del caso es que la única entrada que hay para ese nombre se refiere a un mariscal ruso, de la época napoleónica, que parece ser participó activamente contra el emperador francés, en varias batallas. Estuvo presente incluso en Waterloo, pero no hay nada que hable de sus realizaciones o habilidades artísticas …… Estoy hecho un verdadero lío, porque tampoco tengo referencia alguna, acerca de cómo esta afamada obra “Violencia y cobardía” ha llegado a los fondos de nuestro Museo, para su exposición….. ¿Qué opinión te merece el impacto que está produciendo en el interés y aceptación popular? ¿Conoces cuál ha sido el canal de procedencia de esta obra, ahora en nuestro Museo?”

Por la cabeza del vigilante y licenciado de Hª del Arte, Dobaños, circulaban, en ese momento, varias reflexiones. La más importante de todas: ¿cómo era posible que todo un director de Museo no estuviese al tanto del inventario de obras que entraban y salían, dentro de la institución que precisamente él comandaba? ¿Debía o no confesar su alocada y traviesa acción, al atribulado Celso? En caso de hacerlo ¿podría seguir conservando su puesto de trabajo, o sería despedido sin mayores contemplaciones?

En este momento de controversia mental, ante los interrogantes planteados por su director, se acercó a la pareja la secretaria Elena, comentando que desde la televisión autonómica solicitaban permiso para hacer un reportaje sobre las repercusión que la susodicha composición estaba provocando en esa parte  de la ciudadanía interesada por los temas del arte. Viendo Germán que la situación se había desbordado, pidió a Celso que ambos se reuniesen en el despacho de éste, a fin de explicarle todo el trasfondo de esta curiosa historia.

“Director, el responsable de todo este desaguisado he sido yo. Tomé la decisión de construir esa composición simbólica, a fin de demostrar varias cosas. Quería denunciar la cantidad de majaderías que se exponen en estos centros del arte vanguardista y que, sin embargo, provocan ese inesperado impacto mediático y social. Probablemente muchos artistas realizan composiciones cuyo significado ni ellos mismos conocen. Y lo más jocoso de su acción es comprobar la reacción de los analistas, críticos y entendidos en la materia artística, que rellenan  páginas y páginas, con sus elucubraciones, verdaderamente crípticas, que harían reír a los propios autores de esas avanzadas muestras del arte contemporáneo o actual. El público, en general poco entendido en estas claves de la interpretación artística, se pregunta acerca de los objetos que tienen delante y los curiosos títulos elegidos por los autores de estas obras. Más de uno pensará que le están “tomando el pelo”. Yo mismo, juntando varios adoquines, diversas piezas de ropa y una lata de pintura, he conseguido despertar del letargo a este museo, cada vez menos visitado por el gran público”.

Celso del Haro, actuando con habilidad manifiesta en la optimización de recursos, decidió mantener en el puesto de trabajo a su subordinado Germán Dobaños. La referida composición artística continuó en exposición, pero ahora en la sección dedicada a los nuevos creadores. El nombre de Dimitri fue cambiado por el del verdadero autor de esa simbólica obra vanguardista. Ahora, cada miércoles y jueves por la tarde, los visitantes al Museo pueden recibir una sucinta explicación acerca las obras expuestas más significativas. Esta divulgación explicativa es impartida por Germán quien, desde ahora, además de vigilante, suma a su función la de monitor didáctico.-  

José L. Casado Toro (viernes, 2 Octubre 2015)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

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