viernes, 2 de febrero de 2018

DÚPLICE IDENTIDAD, EN UN CUALIFICADO PROFESIONAL DE LA ESCENA.

Esa siempre interesante proximidad psicológica depende, tanto del temperamento y el carácter, como también de la puntual situación anímica que mantiene cada espectador. Cuando asistes a una proyección cinematográfica, a una representación teatral o incluso a cualquier otro espectáculo, te puedes sentir más o menos motivado por los personajes, la trama narrativa o el tipo de actividad que estás compartiendo. Todos conocemos a numerosas personas que se muestran muy sensibilizadas (llegando, incluso, hasta las lágrimas) cuando asisten a una obra dramática, interiorizando o expresando también, por el contrario, su patente alegría cuando la temática que se les ofrece posee esa alegre o estimulante característica. Los especialistas en estos temas utilizan. para esta mágica identificación, la palabra EMPATÍA.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, ese cada vez más utilizado concepto de empatía hace alusión a “la capacidad de identificación con alguien y compartir sus sentimientos”. Por oposición a esta vinculación anímica, en otras personas esta proximidad o interiorización no se produce, permaneciendo ajenas o “alejadas” de la trama argumental que están contemplando. La vinculación que comentamos no sólo se genera en el espectador, sino que también participa de la misma ¡y de qué manera! el propio intérprete. Acerquémonos a una ilustrativa e interesante historia, inserta perfectamente en este interesante contexto.

Leandro Blancas Lucía ejercía desde su juventud como funcionario de correos, en una estafeta del distrito madrileño de Moratalaz. Una afortunada tarde, por sugerencia de una compañera en la oficina, tomó la decisión de inscribirse en un curso municipal para el arte interpretativo. Soltero y con mucho tiempo libre, a partir de las tres de cada tarde, buscaba incentivos a fin de “rellenar” esas horas vespertinas que tan generosamente estaban a su disposición. Tenía entonces treinta y siete años y aunque desde pequeño había admirado a los actores que ejercía ese creativo oficio, nunca se había atrevido o gozado la oportunidad de ponerse al frente de un público. El cursillo, desarrollado dos días a la semana durante tres meses, le abrió un nuevo campo de actividad o afición, sintiéndose muy satisfecho de las enseñanzas que había recibido y de las prácticas realizadas, comprobando que poseía (según su profesor) muy buenas condiciones de base para avanzar con más ambición en la tan atractiva experiencia.

Su cuerpo presentaba una buena imagen. Estaba dotado de una elevada estatura, aunque no excesiva. Su epidermis o contextura física carecía de cualquier defecto significativo. Desde siempre había sabido controlar su ingesta, con lo que no sufría problemas de sobrepeso. Conservaba, relativamente bien, su cabello castaño y además no soportaba esas incipientes canas que aparecen hoy en edades cada vez más tempranas. Un valor muy apreciado por todos, el de la memoria, también florecía en la mente de este actor aficionado. Leandro había nacido y vivía en la capital del Estado, por lo que su pronunciación podría enmarcarse en los cánones del correcto castellano, sin esas “muletillas” que tanto entorpecen nuestra dicción. Pero, por encima de todas estas cualidades, gozaba de una excelente aptitud (tal vez innata) para la simulación. Su expresividad mímica y gesticular, era verdaderamente notable. Así que este sugestivo camino, para la práctica escénica, se abrió en su vida con unas esperanzadoras perspectivas, en principio limitadas pero que a poco se fueron acrecentado con el discurrir de los meses.

Pronto se integró en un grupo de teatro aficionado, vinculado a una institución eclesial. Esta agrupación de amigos, en la que había personas de todas las edades y condición, solía preparar e interpretar obras sencillas en muchos centros benéficos, como hospitales, residencias para la tercera edad, guarderías, colegio infantiles y también en centros para discapacitados mentales y físicos. Tras un tiempo de aprendizajes y experiencias, abandonó estos círculos clericales para vincularse con otros grupos, tanto aficionados como profesionales, lo que le permitió interpretar obras de mayor enjundia por diversas localidades, tanto en la región castellana como también en el resto territorio español. Aunque sus ingresos no eran significativamente elevados, tomó la valiente decisión de solicitar la excedencia como funcionario del servicio nacional de correos, a fin de profundizar en esta apasionante actividad del ejercicio interpretativo

Se afilió al Sindicato de Actores profesionales, institución en la que llegó a ocupar diversos cargos en los sucesivos equipos directivos, gracias a su capacidad de diálogo y para entablar relaciones de amistad. A pesar del éxito en estas habilidades sociales y a su constante esfuerzo por aprender y avanzar en su naturalidad expresiva, sus intervenciones escénicas no sobrepasaron la cota testimonial de los personajes secundarios, en las obras donde formaba plantel con el resto de los actores. Soportaba, no sin cierto pesar, que su nombre no avanzara hacia los puestos de liderazgo en el escalafón interpretativo de  las carteleras.

Madrid es una ciudad donde “florecen” numerosos teatros, positiva característica cultural que hacen posible muchas oportunidades para la actuación. Este artístico trabajo, aunque no bien retribuido (sólo se les suele pagar bien a las estrellas consagradas y a los primeros actores) permite a sus representantes “ir tirando” más o menos bien, a fin de “ir sobreviviendo”: el pago de la pensión donde cobijarse, el alimento diario, la compra de artículos de primera o subsidiaria necesidad e incluso para acumular algunos ahorrillos, como también le ocurrió a Leandro, quien ya utilizaba el nombre artístico de Isaac Leblanl, nomenclatura que una tarde de otoño recreó y que ya siempre mantuvo. Gracias a todos esos esfuerzos de ahorro y constancia en el trabajo, pudo permitirse, frisando la cincuentena en su vida, comprar un pequeño pero coqueto ático de 3ª o 4ª ocupación, en un punto urbano muy popular dentro del muy densificado callejero madrileño: el céntrico barrio de Fuencarral.

Así fueron discurriendo los años, entre giras provinciales en diversas compañías y la actuación en teatros de la capital madrileña, a donde casi siempre llegaba la obra tras haber viajado por numerosos puntos escénicos del territorio provincial. Quiso la suerte que Isaac Leblan estuviera en el momento oportuno y en el lugar adecuado, a fin de aprovechar la que iba a ser su gran oportunidad en la cartelera teatral ciudadana.

Cierto día, durante los ensayos de una obra dramática, ocho días antes de la fecha de estreno, su actor protagonista, primera figura consagrada en el listado profesional de actores, tuvo la escasa suerte de tropezar y resbalar con una madeja de cables perdidos sobre el tablado. Este consagrado profesional sufrió una incómoda lesión vertebral que le iba a mantener algunos meses alejado de la plataforma escénica. La bien preparada obra se titulaba “Tú y yo, para siempre en el recuerdo”. El elenco de intérpretes lo componían solamente cuatro profesionales: dos actores y dos actrices. Leandro, con inteligente y plausible agilidad, se ofreció a sustituir a una figura teatral de otras épocas pero que ya andaba en sus “horas bajas” en el nivel o ranking de popularidad. La obra llevaba cinco semanas de ensayos, por lo que había tenido oportunidad para conocer y aprender bien el “papel” que interpretaba el prestigioso actor lesionado. Durante tres noches apenas durmió, estudiando y profundizando en su nuevo rol, haciendo uso de su poderosa retentiva y “plástica” capacidad para la memoria. De manera afortunada, ambos actores sólo tenían una diferencia en la edad de tres años. Isaac acababa de cumplir sus cincuenta y ocho “primaveras”.

Para un buen “segundón” de las tablas, esta imprevista oportunidad suponía un premio a su esfuerzo y tenacidad. En modo alguno la iba a desaprovechar: ¡Figurar como cabeza de cartel, después de tantos años de sacrificio y saber esperar, en el listado de los espectáculos ofertados en la capital de España!¡Menuda gozada! Esta comedia-drama ofrecía también en su libreto algunos toques de humor que contrastaba, con el marco general argumental. Ese primer personaje interpretaba a un elegante y habilidoso ladrón de guante blanco, que repartía su amor entre dos muy diferentes mujeres, además de su compulsiva “afición” o necesidad enfermiza para la apropiación de lo ajeno.  

Tal fue la intensidad interpretativa del nuevo  actor protagonista que, al recuperarse (pasados unos meses) su compañero lesionado, la dirección escénica consideró mantener en el protagonismo al veterano pero ya considerado  (se lo había ganado a pulso) primer intérprete Isaac Leblanl. Madrid y algunas giras por la geografía nacional facilitó que una obra, con no muchas expectativas iniciales para la aceptación popular, fuera acumulando meses y meses de representación sobre el escenario de numerosos teatros. Ciertamente la trama argumental combinaba, con un equilibrio bastante compensado, tanto el humor, el drama, la humanidad y por supuesto, la intriga, elemento éste que siempre “vende” bien en la aceptación popular. Dicho, de manera coloquial, la gente disfrutaba con gratitud durante los noventa y tantos minutos de representación. Y en este logro tenía una importante intervención la asombrosa (actitud que no era nueva, por supuesto) empatía total de Isaac con el personaje central del “libreto”. Esta vinculación psicológica hizo posible su consagración total ante el público y, de manera especial, en las valoraciones de la crítica especializada.

Pero todos los soles llevan aparejados nublados de sombras. Esa vinculación magistral entre la persona real y el personaje de la ficción, provocó en el actor una situación enfermiza que fue generando, de manera paulatina, inquietantes problemas psicológicos y una crisis profunda de identidad, anclada en la estructura mental y en comportamiento cívico-social del actor. Había momentos en que no le resultaba fácil delimitar la parcela existencial de su persona, con respecto al ámbito vivencial del personaje creado en el plano de la ficción. Abundaban las noches,  en las que isaac se despertaba , sobresaltado y confuso, pues no sabía realmente quién era. ¿Dónde acababa su vida y comenzaba la de su personaje?

Y lo más grave fue que comenzó a aplicar en su vida relacional aquéllo que tan bien sabía hacer sobre las tablas ornamentales del escenario: primero fueron pequeños hurtos, a modo de divertidas travesuras infantiles, en grandes áreas comerciales y en ámbitos circunstanciales, como por ejemplo en hoteles y mobiliario público. Más inquietante resultó que estos comportamientos, de gravedad menor, pronto se incrementaron de escala o nivel. Tal fue que, en determinadas circunstancias anímicas, también se sintió tentado a realizarlos sobre personas diversas, eso sí, sin aplicar violencia alguna sobre las mismas, mimetizando así perfectamente al personaje protagonista de la obra que diariamente representaba. Se sentía angustiosamente mal, muy confuso y degradado en su integridad ética y equilibrio emocional. Se vio obligado, en esos ratos de lucidez que de manera afortunada nos sobrevienen, a solicitar ayuda médica, lo cual era una decisión obviamente inaplazable.

Un también preocupado director escénico, que conocía a grandes rasgos la desequilibrada situación personal en que se encontraba el cada vez más afamado actor,  le facilitó los datos de un prestigiosa clínica psicológica, para el tratamiento específico de conflictos en la personalidad. Allí se puso en manos del equipo dirigido por el Dr. Avelino Montalbán de la Cetrería, un muy experto especialista en el tratamiento de conflictos en la disyunción de personalidad, por sus estudios y experiencias durante una década en el marco excepcional del Hollywood americano.





El complejo, lento y muy costoso tratamiento, desarrollado durante las mañanas alternas (debido a la actuación del actor, cada una de las tardes) fue dando sus frutos, tras una estudiada aplicación farmacológica en escala variable, numerosas entrevistas y analíticas, junto a unos avanzados módulos de simulación, en una línea vanguardista ya aplicada en centros canadienses, pioneros en el sistema. Ciertamente, la medida más adecuada que hubiera acelerado el proceso de recuperación de Isaac Leblanl hubiera sido una etapa vacacional para el descanso prolongado, con respecto a su participación diaria sobre la escena en la susodicha obra. Pero el público, por esa influencia del boca a boca, más los comentarios elogiosos de la crítica, seguía asistiendo fielmente a las representaciones, en este momento desarrolladas en el marco incomparable del Lope de Vega, ubicado en la arteria cultural de la Gran Vía madrileña. Una vez más el condicionante de los apetecibles taquillajes, posponía la mejor terapia para un actor confundido en su mentalidad con la del personaje que llevaba interpretando desde hacia ya 14 meses, prácticamente de manera ininterrumpida.

“Amigo Isaac o Leandro. Hemos cubierto ya dos meses de “duro” tratamiento. Como director del equipo que te ha ayudado en la curación, con respecto a esa duplicidad de personalidad que te sumía en tan desagradable confusión, puedo afirmar que ya has superado esa complicada dolencia psicológica que te hizo venir a nuestra ayuda. Debes sentirte humanamente satisfecho, con todo el esfuerzo que has estado realizando por recuperar tu verdadero yo.

No se me oculta de que eres un excelente actor (la crítica y el público no deja de aplaudirte) y que te entregas (pienso que tal vez en demasía) a todos los personajes de debes interpretar. En este caso, la prolongada duración de la obra te ha ido perjudicando, qué duda cabe. Pero, desde hace semanas, has dejado afortunadamente de sufrir esa patológica  ansiedad interior por apropiarte de objetos que pertenecen a la propiedad de otras personas. Afirmo que estarás plenamente curado cuando te alejes definitivamente de la vida confusa de ese personaje cleptómano, pieza teatral de la que me dices aún tienes firmado otros cuatro meses.

Pero ya no eres, afortunadamente, un “ratero” o “ladrón”. Eres, por el contrario, un gran actor que profundizas, tal vez de manera obsesiva, con esa gran virtud que supone aplicar la empatía, sumiéndote exageradamente en el cuerpo y la mente de los demás. No te voy a prescribir más medicamentos. Dentro de seis meses, te pasas por la clínica y te renovamos unas analíticas y algunas pruebas complementarias. Decirle a un paciente que está curado me supone una gran alegría y una profesional satisfacción. Dame un abrazo y a seguir maravillando a todo ese público que tanto disfruta con tu arte”.

Isaac abandonó el vanguardista complejo clínico con el sentimiento satisfecho y con ese sosiego que tanto gratifica al percibir que nos hallamos en el camino correcto. Todo el esfuerzo clínico realizado había merecido “la pena” a pesar de su elevado costo (la factura a pagar finalizaba con un debido de cinco cifras). Caminó feliz hacia el teatro, pues esa tarde tenía una nueva interpretación.

Aquella misma noche después de la cena, cuando Daphne preguntaba a su marido, Avelino, si se iba a ir pronto a la cama o terminaría de ver la película, éste le respondió “Creo que ya es tarde. Mañana tengo que madrugar, pues tengo una agenda repleta de pacientes y el día promete ser duro”. Al entrar en su dormitorio el rostro del prestigioso especialista de la medicina evolucionó con rapidez, desde la suave palidez al sofocado rojizo epidérmico, cuando quiso comprobar la hora exacta. En su muñeca izquierda no se hallaba algo que en mucho apreciaba y nunca abandonaba: el muy valioso y espectacular rolex de oro y brillantes, regalo que había recibido de su mujer con motivo de sus bodas de plata matrimonial.-  



José L. Casado Toro (viernes, 2 Febrero 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 26 de enero de 2018

EL ADORMILADO VIAJERO DEL ÚLTIMO ASIENTO EN EL BUS.

Un muy veterano (acumula doce años ya, desde la fecha de su matriculación) autobús interurbano, para el transporte discrecional de pasajeros, realizaba aquel viernes 12 de enero su ruta diaria entre las ciudades de Madrid y Salamanca. Había partido a las 16:30 horas desde la  madrileña Estación Central de Méndez Álvaro, en una fría y tormentosa tarde de invierno, con la previsión de llegada a su destino en la capital salmantina entre las siete y media y ocho horas de la noche. Los 214 kms de distancia, que separan a las dos importantes ciudades por carretera, suelen recorrerse en aproximadamente dos horas y media. Sin embargo esta línea económica de transporte no realiza el viaje exprés o directo, sino que va realizando varias paradas en diversos pueblos y localidades del trayecto, con el objeto de ir dejando y recogiendo a determinados pasajeros. Todo ello incrementa el tiempo normal de ruta, entre los treinta y cuarenta y cinco minutos de duración.


Desde hace días domina el cielo de la Península una intensa borrasca, situación meteorológica que conlleva fuertes aguaceros, hermanados a un tiempo tormentoso con espectacular aparato eléctrico. Viajar en estas fechas no resulta especialmente agradable para casi nadie, pues el frío (son numerosos los paisajes nevados) las precipitaciones y el cíclico tronar desde las nubes, disuade a muchos tomar la carretera, a no ser por esas necesidades o imprevistos que tanto y traviesamente nos vinculan. Aquellas tarde, en las puertas del fin de semana, el autobús iba casi repleto de usuarios. Los escasos asientos vacíos (y aquéllos que desocupaban algunos de los viajeros que se iban apeando)  eran rápidamente ocupados por otros pasajeros que subían al vehículo en las paradas intermedias de la ruta.

Estaba al mando del volante un joven pero ya experto conductor, Esteban López Bahía, quien a sus treinta y cinco años de edad se mostraba satisfecho y feliz con su trabajo, en una época de tantas carencias y penurias laborales. Ciertamente no gozaba de un contrajo laboral fijo, sino eventual, a fin de cubrir las ocasionales bajas del personal u otras necesidades. También era llamado para determinadas fechas (vacaciones, Navidad, festividades y fines de semana) en que la empresa suele incrementar sus servicios de transporte. Pasada ya la época navideña, sus jefes le habían prorrogado los contratos semanales, debido a las bajas propias por enfermedad durante esos meses de catarros, gripes y demás enfriamientos.  Mientras conducía pensaba en Alma, su querida y pequeña de tres años cumplidos, fruto de su matrimonio con Águeda. Llevaban casados ya cinco años, residiendo en un pequeño piso de dos dormitorios que antes de la boda habían comprado a un funcionario trasladado a su ciudad de origen, ubicada ésta a muchos kilómetros de distancia. Los gastos de hipoteca, y aquellas otras reformas urgentes que el viejo piso había exigido, les mantenía sumidos en un conjunto de agobios y estrecheces económicas que, con paciencia y austeridad, iban sobrellevando.

Faltaban apenas veinte minutos para las 20 horas, cuando los cansados pasajeros fueron avistando la entrada Este de Salamanca, que pronto les condujo al punto de destino, final del trayecto: la estación de Autobuses en la histórica ciudad castellana. Todos ellos se fueron bajando con presteza, a fin de recoger sus enseres guardados en la “bodega” del bus. Se iban abrigando también convenientemente, dada la baja temperatura en la ciudad, pues los termómetros marcaban en esos momentos un grado térmico bajo cero. Esteban completaba mientras tanto el impreso reglamentario correspondiente al servicio, informe ritual que debía entregar en la oficina de la Compañía antes de abandonar la estación. Pensaba que ya estaban totalmente vacíos los asientos, cuando reparó que aún quedaba un pasajero, el cual permanecía en su asiento situado en la última fila, junto a la ventana derecha del fuselaje. Un tanto extrañado ante la actitud pasiva de ese hombre, se acercó a él para indicarle que ya se había llegado al punto final del trayecto, lo cual era más que obvio: dentro del vehículo sólo estaban ellos dos.

Aquiles Santos Diana, como poco después tuvo la oportunidad de conocer, era el nombre del extraño pasajero cuya edad no llegaría al medio siglo de vida. Ofrecía, a primera vista, una imegen de persona tímida y de no muchos recursos materiales. Iba enfundado en una “gastada” trenka gris marengo, con botonadura de colmillos marrones, mientras protegía su cuello y parte de su agrietado rostro con una larga y modesta bufanda azul marino. Asía entre sus manos una raída mochila marroquí de piel beige, aclarando de inmediato que no tenía que recuperar maleta alguna pues sólo viajaba con ese pequeño equipaje.

“Me encontraba muy cansado, por una serie de asuntos personales, no muy agradables por cierto. La “cosa” es me he quedado completamente dormido durante casi todo el viaje. El cansancio que acumulaba mi cuerpo era bastante intenso, pues no me he llegado a despertar ni en las diversas paradas del trayecto. Lo que m, mi destino.qás lamento es que precisamente tenía que haberme apeado en Avila, mi destino. Y ahora parece que hemos llegado finalmente a Salamanca. ¡Cuánto he debido de dormir! Los problemas se me acumulan, no lo sabe Vd. bien. Y ahora ¿qué puedo hacer?”

El solícito conductor, persona con nobleza de corazón, a pesar de la dura noche meteorológica y del trabajo acumulado en su cuerpo, tras varias horas en la responsabilidad del volante, se mostró dispuesto sin embargo a prestar ayuda al abrumado viajero. Persona que ahora se encontraba en un punto geográfico que no correspondía lógicamente a sus deseos. Le indicó que podría ayudarle, aunque antes tenía que entregar el impreso de ruta en la oficina de la compañía para la que trabajaba. Una vez cumplida su obligación laboral, ofreció al viajero la posibilidad de que ambos compartieran un café, a fin de aconsejarle lo que fuese preciso en tan confusa situación. Una cálida infusión les vendría muy bien a los dos interlocutores, pues el frío era extremadamente intenso. De manera afortunada, la cafetería de la estación aún permanecía abierta, por lo que ocuparon una de las mesas junto al ventanal exterior. Los escasos clientes que en ese momento permanecían en el establecimiento podían percibir, a través de los cristales empañados del local, el fuerte aguacero que estaba cayendo sobre una ciudad con las calles prácticamente semivacías de viandantes. La tormenta y el gélido nivel térmico que se soportaba hacía escasamente apetecible salir de casa. Cuando Esteban aclaró a su compañero de mesa de que el próximo autobús, que pasaría por la capital abulense, no saldría hasta las nueve de la mañana siguiente, el rostro del ya muy abrumado pasajero adquirió una “desesperada” expresión facial.

“Madre mía ¡Cómo se acumulan los problemas en la vida de las personas! Me desplacé hasta Madrid, hoy muy de mañana, pues me habían respondido a una solicitud laboral para realizar la correspondiente entrevista. Llevo sin encontrar trabajo ya más de dos años, con unas carencias económicas verdaderamente agobiantes para mi modesta familia. Mis dos hijos, que están casados, sufren también el paro. Yo he trabajado como albañil durante bastantes años, pero llegó la maldita crisis, con la reducción al mínimo de las construcciones. Ahí tenemos tantas obras paradas, con los solares vallados, sin nadie que les meta mano ¡Claro que estamos pasando hambre y otras necesidades! La familia trata de echarte algún cable, pero qué se puede esperar de ellos, si también están sufriendo las estrecheces de esta economía bloqueada. Ese posible trabajo, para el que me han entrevistado hoy al medio día, tampoco es que resulte muy agradable. Se trata de un puesto auxiliar, para una compañía de decesos. Pero incluso para esta función tienen que entrevistar a mucha gente. Allí me he encontrado con más de veinte aspirante, todos ansiosos de ser elegidos. Unos y otros estábamos “luchando”  por un “miserable” sueldo mensual. Y aún así, hay que esperar la respuesta que “alegrará” sólo a dos posibles candidatos. Ya vé …  ahora estoy aquí en Salamanca por error, cerca ya de las nueve de la noche, en una ciudad que apenas conozco, con sólo unas monedas en el bolsillo (que no me van a permitir sacer un nuevo billete) y prácticamente con un bocadillo en el cuerpo. Veré si me dejan quedarme aquí durante la noche, tendido en uno de los bancos, hasta que amanezca.  En esta situación, ya ni me da vergüenza tener que pedir, pues tengo que llegar al precio de ese ticket que me permitirá poder volver a casa. Todo ello por haberme quedado dormido en la parada donde me tenía que bajar”.

Esteban no era de las personas que se muestran insensibles o impasibles, ante el dramatismo de las palabras que le estaba transmitiendo Aquiles, mientras éste sorbía con ojos agradecidos el cálido café con leche al que le había invitado la generosidad del solidario conductor. Las palabras del desventurando pasajero parecían convincentes y lógicas (a pesar del error cometido). A todos nos puede pasar algo parecido, agudizándose la situación cuando hay otros elementos o circunstancias negativas que inciden aún más en en ese problema global que le transmitía la sinceridad de su confundido y desanimado interlocutor. Armándose de valor, quiso dar un paso al frente ofreciéndole esa ayuda fraternal que los humanos casi siempre anhelamos recibir.

“Amigo Aquiles. Entiendo que no resulta fácil asumir todo lo que me estás contando. Tiene que ser muy duro sobrellevar tantas carencias. No es el único caso que yo he vivido, con algún pasajero que se pasa de su parada por razones diversas. Pero su situación es complicada, qué duda cabe. Y el caso es que aquí no puede pasar la noche pues, a partir de las 12, cierran las dependencias de la estación. No se autoriza que nadie permanezca en el interior del recinto durante la madrugada. Y la noche se ha presentado de “perros y gatos”, con una gran tormenta que asusta. ¿A dónde va a ir? ¿Cómo se va a proteger? Y encima, con el estómago vacío.

Mi mujer, la niña y yo formamos una familia modesta. Tenemos un pisito pequeño, pero con una hipoteca de esas que “ahogan” cada mes cuando llegan los recibos. Mi trabajo tiene sus alzas y bajas. No podría asegurar si me van a llamar la semana que viene, para llevar el volante de aquí para allá. Pero no puedo dejarle “aquí tirado”. Véngase conmigo, que no nos vamos a arruinar poniendo un plato más en la mesa. Tenemos un sofá, donde podrás descansar y protegerte de la lluvia y el frío (creo que andaremos alrededor de los cero grados). En cuanto a mañana, nos venimos temprano para la estación y hablo con el encargado. Como conservas el billete del ida y vuelta, le explico el caso a mi jefe y tal vez podamos conseguir que te permitan volver gratis hasta Ávila. En todo caso, un nuevo billete para viajar enttre las dos ciudades sólo cuesta 6,60 €. Son 87 kms la distancia a recorrer por carretera. Me dices lo que te queda en el bolsillo … y yo completaría lo que te falta”.  El contexto de la conversación hizo que ambos pasaran del Vd. a ese tuteo que nos aproxima de alguna forma a los demás.

Aquella noche Aquiles la pasó en el domicilio de su hospitalario y nuevo amigo. Águeda, a pesar de su sorpresa inicial, puso un plato más en la mesa y a todos les supo de maravilla ese caldo de cocido caliente que, con esmero y experiencia, había preparado una excelente artesana de la cocina. Alma ya dormitaba en su cuarto, pues su madre había conseguido llevarla pronto a la cama, tras la ducha diaria y la correspondiente cena. Aquiles hablaba poco, pero sonreía más. No querían enturbiar más con sus tristezas la viada apacible de aquel ejemplar y joven matrimonio, que también “negociaba”, cada uno de los días, con las penurias propias de un sistema económico, tenazmente exigente e insolidario. Aceptó de buen grado, con esa mirada complacida que genera el sosiego y la amitad, una taza de menta poleo, necesaria infusión que iba a mejorar un cuerpo sometido a un fuerte constipado, a lo que ayudó el siempre necesario paracetamol. Había que potenciar mejor las defensas de un organismo, presa de un fuerte resfriado y un ánimo intensamente agotado.

Quiso la suerte de que, en la mañana del sábado, Esteban fuera encargado de hacer los dos servicios del día, entre Salamanca y Madrid. Antes de partir, habló con Dino Caraván, jefe de personal, a quien explicó el caso de Aquiles quien, con la necesaria prudencia y expectación, aguardaba en la antesala de la pequeña oficina de organización. La autorización recibida llenó de gozo a una persona “toscamente” tratado por la suerte y la oportunidad. Aunque pudo desayunar con la lógica apetencia en casa de su benefactor, Águeda había preparado sendos bocadillos de queso y morcón para que su marido y el inesperado invitado sobrellevaran mejor los avatares de una larga mañana de trabajo. De manera también afortunada, aunque el cielo permanecía aún lleno de brumas, había dejado de tronar, relampaguear y llover.

Cuando el bus alcanzó la “estación” intermedia de la capital abulense (espléndida imagen de una planimetría en relieve, con numerosos tejados cubiertos de nieve)  ambos amigos se estrecharon en un cálido y afectuoso abrazo. Hubo pocas palabras entre ellos. “Suerte amigo ¡Cuidate! ¡Gracias, gracias. Aún hay gente buena en el mundo!” Mientras conducía, camino de la centralidad madrileña, Esteban pensaba en el porvenir caprichoso que las personas hemos de afrontar. Se sentía bien en conciencia, con la satisfacción de haber prestado ayuda a un “adormilado” pasajero que ayer había perdido su parada y al que la vida no le estaba siendo generosa. Reflexionaba pensando qué habría sido del pobre Aquiles, si hubiera estado al volante otro compañero menos comprensivo y hospitalario. Desde esta curiosa experiencia, ahora suele proclamar en voz alta la estación en la que su autobús se detiene, a fin de que bajen y suban los correspondientes viajeros.

Ha pasado ya casi un mes desde aquella insólita aventura con el humilde pasajero adormilado, en una inhóspita y gélida noche de lluvia y tormenta. Hoy miércoles 7 de Febrero, al llegar a su domicilio Esteban encuentra en el buzón de correos, entre una copiosa y aburrida correspondencia comercial, una carta procedente de la entidad bancaria con la que tiene concertada su “pesada” ayuda económica. Se le cita, a la mayor premura, para que se persone en la oficina, a fin de tratar un asunto importante relacionado con el préstamo hipotecario que les vincula. No podrá hacerlo hasta el viernes, pues el jueves ha de cumplir servicio completo, con una nueva y larga ruta entre Salamanca y Barcelona.

Ese viernes, apenas abierta la puerta del establecimientio financiero,  Esteban ya se halla sentado frente a la mesa ocupada por el interventor Jaime Sanchidrián. El un tanto “atildado” operario administrativo, le explica con mecanicista frialdad un importante hecho relacionado con su hipoteca bancaria.

“Bien… Sr. López Bahía. Hemos recibido una transferencia económica a su cuenta, avalada por un documento notarial, con el fin de sufragar la cantidad que aún le resta por pagar (108.000 €) correspondiente al préstamo contractual que mantiene con la entidad que represento. La documentación, puedo asegurarle, es toda correcta, según nuestro equipo de control jurídico. Por todo ello le voy a entregar un dossier con una amplia documentación que Vd debe firmar, a partir de la cual quedará totalmente liberado de los débitos mensuales hipotecarios que se cargaban en su cuenta bancaria. Un representante de nuestra entidad le acompañará al despacho notarial con el que trabajamos, a fin de realizar las restantes firmas conjuntas, con la que poder avalar su plena propiedad de la vivienda. En el Registro de la Propiedad se realizarán, lógicamente, los necesarios cambios y notificaciones al afecto. Sólo me resta felicitarle, por haber gozado de tan generoso y solvente “protector”. En dicha documentación que le facilito encontrará una carta, dirigida a su persona, en cuyo remite está el mismo nombre que realiza tan sustancial donación: D. Aquiles Santos Diana”.




José L. Casado Toro (viernes, 26 enero 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


viernes, 19 de enero de 2018

ACTITUDES COMPULSIVAS, ANTE UN ABIGARRADO EXPOSITOR DE REBAJAS.

El comportamiento en las personas resulta, las más de las veces, imprevisible y digno de asombro. Las respuestas que en esas insólitas ocasiones ofrecemos podrían ser calificadas de absurdas, cómicas e incluso aconsejables para la aplicación de un tratamiento especializado por parte del facultativo correspondiente. Es propio del género humano el uso de ese reconocido y apreciado valor que denominamos racionalidad, aunque también son muchas las oportunidades en que no sabemos o queremos utilizarlo con la frecuencia que exige su necesidad, en tantas y tantas circunstancias que la vida, relacional o privada, nos demanda. Observando e investigando sobre estos desordenados comportamientos, resulta frecuente alcanzar motivaciones o “aclaraciones” que explicarían el anormal uso de un tan equilibrado y apetecible valor. Pero, sin conocer el fondo de las razones o circunstancias, la imagen que ofrecemos puede pecar de esa irracionalidad y pobreza tan universalmente señalada por su rechazo. Los ejemplos de este previo planteamiento son numerosos. Así es la vida. Detengámonos en un episodio, muy propio de las fechas que estamos actualmente recorriendo en la  cíclica numeración del almanaque.

Dos mujeres han acudido hoy lunes, al igual que otras muchas personas, a uno de los departamentos de ventas de un gran centro comercial. Son poco más de las cinco horas, en una tarde inmersa en pleno inicio de la temporada invernal de rebajas. Hace apenas 48 horas, el calendario cristiano celebró la festividad del Día de Reyes, por lo que el ambiente que hoy se respira en éste y otros muchos comercios de la ciudad es de un gran bullicio y estrés consumidor. Unos y otros buscan esa oportunidad, más o menos “programada” en las agendas de nuestras mentes y deseos, artículo o prenda que a partir de estas fechas es ofrecida sustancialmente rebajada en el precio marcado por su etiqueta. En ocasiones muy puntuales, el descuento puede llegar a alcanzar, para determinados artículos y prendas, hasta el 70 % de su valor original. No hay que olvidar que, en cuestiones de ropa, este primer día de las rebajas es importante pues más adelante es probable que no encuentres la talla o el color adecuado a tu necesidad y deseo. De ahí esa multitud de clientes que se agolpan en estos primeros días de rebajas sobre los percheros y expositores, tratando de localizar esa oportunidad o “joya valiosa” que satisfaga un lúdico y atractivo proyecto de compra para la ilusión.

Hay que fijarse muy bien en el ilustrativo “juego” de las etiquetas, a fin de comprobar tallas, calidades, composición, origen, rebajas efectivas sobre el coste inicial, todo ello en medio de estanterías y expositores, cuyos artículos se disponen en un abigarrado desorden, a pocos minutos desde la apertura del horario comercial. En un contexto ambiental sugerente, donde se priorizan la articulación de las luces y los sonidos, junto a los “irresistibles” carteles con las ofertas, vemos muy largas y sinuosas colas de personas (algunas llegan hasta la misma puerta de entrada del departamento o sección) portando en sus manos esas oportunidades, al fin conseguidas, todos dispuestos a utilizar la tarjeta o el dinero en efectivo a fin de abonar en caja las muy apreciadas mercancías textiles, electrónicas, lúdicas o incluso bibliográficas. El uso de la prudencia, frente a las compras compulsivas, es una razonable norma que no todos sabemos cumplir, ante el montaje de éxtasis publicitario y confusión de valores en el que estamos tan “gratamente” inmersos.

Esas dos mujeres, a las que se ha hecho alusión en líneas previas, están enfrentadas posicionalmente ante un gran expositor de ropa de abrigo. No son las únicas que manosean, una y otra vez, los jerséis, suéters, faldas, camisetas, pantalones y camisas que están “enredados” es la amplia plataforma que enarbola un poderoso cartel indicador con el “enloquecedor” anuncio de ARTÍCULOS HASTA EL 60%. Señoras, jóvenes, adolescentes e incluso algún caballero, hacen lo que pueden a fin de que sus manos puedan llegar hasta una determinada prenda, con el color, la talla, el precio y la calidad deseada. En esa interpretativa plástica dialéctica, las manos de Génesis (32 años, morena con los ojos castaños) están “tirando” de una manga correspondiente a una preciosa trenca de paño azul. El elegante y “deportivo” abrigo tiene los bolsillos exteriores cerrados con botonadura clásica, mientras los interiores son de cremallera, cerrado también su apertura con otra larga cremallera e imaginativos apliques de colmillo beige. Está esmeradamente forrada de seda gris celeste y en la parte superior tiene una capucha bien diseñada para ese look juvenil que la hechura representa. Enfrentada posicionalmente a esta mujer, se encuentra Alba Valeria (supera en cuatro años a su antagonista) que está tirando de la otra manga de la anhelada y disputada prenda de vestir. La conformación física - anatómica de las dos nerviosas clientes concuerda perfectamente con la talla S, marcada en la etiqueta del “conflictivo” artículo de abrigo. Su precio original era de 85 euros. En este primer día de rebajas, dicho artículo se ofrece a 42 euros, con el “agravante” para los compradores de ser la única trenca azul disponible con tan sugestiva oferta.

La crispación, las voces y los nervios, generador entre ambas mujeres, asidas cada una de las dos mangas de la trenka en disputa, ponen de manifiesto su desaforado y cómico ego, provocando las miradas asombradas y divertidas de la concurrencia, al ver tan absurdo “sainete” que las dos compulsivas compradoras están desarrollando. Ante el “climax” del infantil enfrentamiento que las dos clientas protagonizan, interviene Virginia, una operaria que presta sus servicios en la sección. La joven uniformada trata de poner un poco de paz y cordura en la disputa. Ofrece su disposición a consultar en almacenes, por si quedara alguna pieza más que no hubiera sido sacada todavía a la venta. Rápidamente se desplaza hacia al almacén, mientras Génesis y Alba mantienen cogidas con sus finas manos, aplicado con teatral firmeza, las respectivas mangas de ese abrigo con tan juvenil y cuidadoso diseño.

A los pocos minutos la joven vuelve a la zona del expositor. Lo hace acompañada de Claudio Tomás de la Nave, jefe del departamento de ropa juvenil, que se muestra dispuesto a poner orden en tan incómoda y pueril situación. Toma en sus manos la conflictiva prenda de paño azul y ruega a las dos clientas que le acompañen a su pequeño despacho, pues quiere hacerles una propuesta que de alguna forma pueda complacerlas. Les invita a sentarse y les expone su punto de vista para la posible mediación.

“Les aseguro, Srtas. que en mis largos años de servicio comercial he visto muchos y diferentes comportamientos. Pero lo de esta tarde, producto sin duda de los nervios, resulta un tanto incómodo. ¿No han reparado que los demás clientes desean comprar sus artículos en una clima de cordialidad y sosiego, evitando los enfrentamientos, los malos modos, con las tensiones y actitudes intransigentes? ¿Ninguna de vosotras puede optar a otra prenda que sea similar?

Mirad, esta específica trenka es la única que nos ha llegado a la época de rebajas invernal. El resto de la partida ya ha sido vendida. La hemos rebajado tanto (superando el 50 %) porque no nos resulta rentable devolverla a talleres. Tiene una de sus mangas algo más larga que la otra, a causa de un defecto de fabricación. Además soporta una ligera mancha en el forro interior, posiblemente a causa de su manipulación en el traslado y almacenamiento, que apenas se le ve. El arreglo y limpieza en taller, con la compleja estructura de la cadena de fabricación, conllevaría unos costes que, empresarialmente, no nos resultan interesantes para asumir. Estas prendas, junto a otras, son fabricadas expresamente para nuestra cadena comercial. Pronto llegarán los nuevos productos de primavera y los artículos de abrigo no serán tan demandados, en una provincia de temperatura tan cálida y suave como Málaga nos permite disfrutar. Conociendo todo este planteamiento ¿algunas de vosotras renuncia a su compra, a fin de podamos satisfacer a su “aguerrida antagonista?”

Las “buenas artes” del hábil comercial se topaban con el muro irreductible e intransigente de sus dos jóvenes y polémicas interlocutoras, que seguían con sus banales argumentos de que una y otra habían sido las primeras en llegar a tan atractiva oferta. Génesis, matizaba sus explicación indicando que esa prenda era muy similar a una que ella había usado en sus tiempos universitarios y que le traía hermosos e inolvidables recuerdos.  En cuanto a Alba, mucho más intensiva y polémica, en sus gestos y tono de voz,  repetía una y otra vez que “nada de sorteo ni cesión”. Que ella había llegado la primera al expositor y cuando vio una de las mangas entre la “madeja” de ropa” tiró de la misma y entonces la otra cliente aprovechó la oportunidad para asirse a la manga compañera, comenzando también a tirar de la misma. Francamente, un “diálogo para besugos”, utilizando una muy usada expresión coloquial.

Claudio, un tanto cansado de tan infantil, aburrida y prolongada situación, quiso poner fin al crispado enfrentamiento. Utilizó su ordenador para comprobar si había prendas disponibles de la misma trenka en la amplia red de filiales repartidas por todo el territorio nacional. Unos minutos después de trastear con el teclado, la expresión de su rostro generó una pícara sonrisa.

“Tengo una estupenda noticia que ofreceros. He localizado una trenca azul de la misma marca, talla S en la filial de Valencia y otras dos, tallas S y M, en nuestro centro comercial de Vigo. Puedo tenerlas aquí en un plazo máximo de 48 horas. Os aclaro que los tres artículos se hallan en perfecto estado. Sin manchas y con las medidas correctas… Dada la polémica que nos ocupa, estoy dispuesto a que podáis adquirirlas por un precio excepcional, similar a ésta que tenemos encima de la mesa: 50 euros. No hay que olvidar su coste original, marcado en etiqueta: 85 euros. Si están de acuerdo, se les avisaría por teléfono de que han llegado a la tienda para que puedan venir a recogerlas. Hablen con la Srta. Virginia, para que mi compañera (por telefonía interna le doy instrucciones) os cobre su precio total o si preferís dejar una “señal”. También podéis utilizar nuestra tarjeta y hacer el pago diferido en tres meses. Por supuesto quiero agradeceros expresamente, que utilicéis nuestro prestigioso servicio comercial. Aquí nos encontramos para prestar la mejor atención a todos los clientes y que se sientan satisfechos del cuidadoso trato que se les ha deparado en todo momento”.

Con el asentimiento de ambas clientes, la absurda polémica quedó zanjada. Las dos polémicas compradoras, tras el “bufo” sainete que habían protagonizado, pagaron con sus respectivas tarjetas bancarias el precio bien rebajado de una ganga de abrigo, para satisfacer la mejor oportunidad de sus necesidades y anhelos. Mientras tanto (eran ya las siete y pico de la tarde) éstas y otras naves del grandioso centro comercial, continuaban repletas de un público consumista, ávido por encontrar esas oportunidades irrenunciables que nos hacen sentirnos mejor para nuestros afanes y conflictos cotidianos. Espléndida la construcción ambiental de éste y otros centros comerciales, en el que destacan las incisivas luces multicolores, esa hábil acústica dinamizadora camino del éxtasis, los inteligentes anuncios con textos motivadores, la tentación global de las ofertas con el “hasta el 60 %” y, de manera especial, una “abundancia”, aparentemente desordenada, que estimula, enardece e incita muchas voluntades. La principal ley del mercado: hay que vender. Hay que “convencer” y complacer a esas muchas personas necesitadas de la “leyes de la compensación psicológica” sumidas en el desconcierto de sus pequeños o grandes infortunios. La sociedad pone a nuestra disposición numerosas  “materialidades” que, tal vez, equilibren frustraciones y otros déficits anímicos. Un recurso, entre otros muchos, aplicado para la laboriosa construcción de los días.

Pasan 10 minutos de las ocho y el cielo celeste del día se ha visto cubierto con el manto azul oscuro de la noche.  En una cafetería denominada Bahía del Sur dos personas ocupan una de las mesas, consumiendo sendas tazas de “chocolate de la abuela” y café capuchino, respectivamente.

“Hemos conseguido dos estupendas trenkas, por su color, hechura y calidad, con una rebaja de casi el 50 % con respecto a su precio original. Buena la hemos “montado” pero así hemos llenado la distracción de la tarde. Somos ya unas expertas en estos “sainetes” que cada vez nos salen mejor.  Por cierto, he visto un bolso, en un establecimiento de piel que sólo tiene un 15% de rebaja. Vamos a pensar en alguna historia que nos permita conseguir un descuento mayor. Desde luego que eres una artista, querida Alba. ¡Como interpretas! ¿Recuerdas nuestra infancia? Ya en el colegio de las monjas vi que tenías madera de actriz, con aquellos divertidos teatrillos que hacíamos. Te tenías que haber dedicado al arte escénico. Sin embargo a las dos “nos ha tocado” estar detrás de la ventanilla, atendiendo a tanta gente con sus problemas administrativos, un día tras otro, desde las ocho hasta las tres de la tarde. Te aseguro de que cada día soporto peor esta rutina. Pero hoy me siento especialmente feliz, al recordar el “número” que hemos sabido organizar. Con la cara de fraile franciscano que tenía el tal Claudio ¡Qué pasada! Nos tenían que contratar para el cine …”



José L. Casado Toro (viernes, 19 enero 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga