viernes, 30 de enero de 2026

UNA TARDÍA Y HERMOSA HISTORIA DE AMOR

 


Doña MARCELA Villacampa Rondón era una señora de avanzada edad, que residía en el tradicional y popular barrio de Lagunillas, donde nació allá por los años 40 de la anterior centuria. Ella y su hermana HERMINIA, ya fallecida, eran hijas del matrimonio formado por EUSEBIO, que ejercía de cartero municipal de Málaga capital, y DESAMPARADA dedicada a las labores del hogar. 

De joven, Marcela comenzó a trabajar en un taller de costura, denominado EL DEDAL, que atendía los encargos particulares, principalmente de señoras, aunque también hacían prendas de vestir para algunos comercios de ropa. Su hermana, cinco años mayor, encontró colocación en una muy popular y céntrica confitería, LA ESPAÑOLA, como dependienta para la venta de apetitosos dulces, pastas y bombonería. 

Marcela dedicó toda su vida laboral a trabajar con el hilo, la aguja, las tijeras, el metro y el dedal, destacando por su especial destreza en el arte del vestido. Gracias a esta labor, ganó el sustento necesario para su vida y para poder disfrutar de una pensión de retiro en la postrera etapa de su existencia. Se jubiló a los 70, siendo muy apreciada por miles de clientas. 

Ambas hermanas no se “molestaron” en buscar pareja matrimonial, ni tuvieron firmes proposiciones para el noviazgo. Eran dos mujeres “normales” en su físico, de trato cordial y educado con sus semejantes, pero el hecho de permanecer juntas, primero con sus progenitores y después compartiendo la vida fraternal en el piso familiar, no les preocupaban carecer de “pretendientes” amorosos. Estaban centradas en sus respectivos trabajos y tenían el gozo de tener algunas amigas, que algunos fines de semana acudían a su casa a merendar y a charlar de sus vidas. Les agradaba mucho más la radio que la televisión. No eran “fanáticas de la pequeña pantalla, aunque solían ir casi todos los fines de semana al cine, especialmente a los que tenían más cerca de casa, como el Victoria, el Andalucía el gran Astoria, sin olvidar que a muy pocos pasos tenían la sala del Albéniz (hoy reconvertido en multi-salas). Vida laboriosa, ordenada, rutinaria, modesta, serena y tranquila, como las mansas aguas portuarias de la preciosa bahía malacitana.  

El fallecimiento de Herminia provocó, lógicamente, una intensa tristeza en su hermana Marcela. El viaje final de su hermana mayor resultó bastante inesperado y doloroso. Sin embargo, al paso de los días y los meses, la madurez de esta buena mujer le ayudó a sobrellevar esa pérdida familiar, que la sumía en una dura soledad existencial. A ello se unió que, por su edad, también le llegó la hora de la jubilación. Entonces decidió centrar su vida en la tranquilidad de cada día, dedicando muchas de las horas a realizar labores del hilo, la lana, la costura, actividad en la que seguía demostrando su habilidad, experiencia y buen estilo en el arte de la costura.  

Su programa diario era bien repetitivo, pero presidido por una sencillez y naturalidad. No solía madrugar. Tras el desayuno dedicaba el tiempo necesario a la limpieza de su hogar. Más tarde se arreglaba con el apropiado decoro, tomando el carrito de la compra para marchar, con paso lento pero diligente, al Mercado Municipal de la Merced para hacer la compra del día. Cuando alguna tarde veía que algo le faltaba o tenía ilusión de algún alimento que le apetecía para la cena, acudía al gran MASKOM para comprar lo que deseaba y de camino se acercaba al monumental TEATRO CERVANTES, para conocer la obra que estaban interpretando en su amplio escenario. Solía ir mucho al teatro con su hermana, eligiendo los asientos de las alturas, incluso el Paraíso (popular “gallinero”), pues controlaban bien el dinero de que disponían, que nunca llegó a ser cuantioso. Tras preparar el almuerzo, dedicaba un buen rato a tejer con el “ganchillo”. Por las tardes, solía dar paseos por los jardines del Parque, por los muelles del Puerto u otros espacios del centro antiguo de la ciudad. A la vuelta a casa, solía pasar por la confitería APARICIO, para llevarse un “papelito” con una parejita de bizcochos de Viena, ensaimadas o también las apetitosas tortas cordobesas, rellenas de cabello de ángel, para tomarlas en las meriendas o como postre tras la cena. Escuchaba algún programa de la radio y antes de irse a la cama gustaba rezar un rosario a la Virgen, pues así descansaba mucho más tranquila. Dormía bien, aunque, en los fines de semana, la movida juvenil en la Plaza de la Merced y alrededores generaba un ruido ambiente que se extendía por toda la zona, despertándola en varias ocasiones. 

Una mañana, cuando se desplazaba para realizar la compra, creyó “detectar” a una persona que seguía sus mismos pasos, manteniendo la distancia. Al repetirse esta sensación en días sucesivos le provocó una cierta inquietud. Era la misma persona que, al cruzarse con ella cuando salía de su domicilio, le daba los buenos días, mirándola con intensa fijeza. Ella le contestaba con educación, pero hacía memoria y estaba convencida que no lo conocía de nada. Lo curioso del caso es que cuando salía del mercado, el señor del traje gris y zapatos negros allí seguía, como si la estuviera esperando. Un tanto nerviosa, pues la escena se repetía cada día, quiso consultar a su director espiritual, el párroco de la IGLESIA DE SANTIAGO APÓSTOLdon BENIGNO Rueda



El “paternal” sacerdote la escuchó con atención, aconsejándole que, en estos casos, hay que actuar con firmeza, tratando de aclarar esta persistencia relacional. 

“Doña Marcela, cuando este caballero le dé los buenos días, le devuelves el saludo, preguntándole a continuación el por qué la está siguiendo. Para facilitarle el momento, me pones un whatsapp cuando te dispongas mañana a ir al mercado. Yo estaré cerca, a una prudente distancia, para intervenir o en su caso para llamar a la policía. Tenemos la comisaría muy cerca”. 

A la mañana siguiente, la buena señora envió el mensaje al sacerdote, unos minutos antes de salir de su casa, en calle Corredera. Don Benigno se sentía interesado y divertido de ayudar como detective. La vecina, un tanto preocupada salió de su portal y, para su asombro y preocupación, allí, en la esquina de la calle, se encontraba de nuevo el hombre del traje traje gris y los zapatos negros. Ella no se atrevió a decirle o preguntarle nada en ese momento, pues confiaba que estuviera cerca el sacerdote, por lo que pudiera pasar. Pronto alcanzó la esquina del mercado y allí se detuvo. El señor que la seguía avanzó hacia ella e inesperadamente le dijo: “Señora, ¿puede concederme unos minutos? Marcela dudó unos segundos y en aquel preciso momento salió del interior del mercado el fornido cura, vistiendo un elegante clerigman gris plomo sacerdotal. 

“Caballero, mi nombre es Benigno. Soy el párroco de la iglesia de Santiago y me preocupo con mucho cuidado de la seguridad de mis feligreses. Hace días, según he sabido, viene siguiendo a esta buena señora, doña Marcela. No conocemos sus intenciones. Debo pedirle que se presente”. 

“Si me permite, les invito a un café, en este bar cercano, para hablar con más tranquilidad. Me siento más tranquilo con su presencia, Padre Benigno”

Minutos después, el desconocido caballero, el sacerdote y Marcela estaban sentados alrededor de una mesa, esperando que el camarero les sirviese los tres cafés con leche que habían pedido.  

“Mi nombre es SIXTO Bentabol. Ya alcanzo los 68. He servido como soldado en el Tercio Juan de Austria, de la Legión, llegando a la escala de capitán. Mi matrimonio con la añorada EUGENIA era “perfecto”. Tres hijos, ya independizados y varios nietos. Están repartidos por distintos puntos de España. Vivo o resido en el barrio del Limonar, en la zona del Mayorazgo, sufriendo profundamente la soledad. Eugenia se nos fue al Cielo hace ya seis años, que han sido muy duros de recorrer. Nunca había querido buscar a una persona que la sustituyese, por respeto a los recuerdos de toda una vida. Lógicamente, soy un ciudadano jubilado, que intento vivir tranquilo y con el sosiego que necesitamos. Me considero, sinceramente, un buen hombre. 

Un día, hace varias semanas, paseando por la Plaza de la Merced, quiso el destino que me cruzara con esta bella mujer: la Sra. Marcela. Presumo que debe de gozar de hermosas cualidades. Pero lo que me llamó más la atención, es el notable parecido que tiene con la que fue mi esposa”. En ese momento, extrajo la cartera del bolsillo de su chaqueta, mostrando a sus interlocutores una foto. En ella se veía a una mujer. Benigno y Marcela quedaron asombrados del parecido entre las dos señoras. La fotografía correspondía a unos años previos al fallecimiento de Eugenia. 

“Entonces, lo que he pretendido con humilde curiosidad es tratar de entablar una amistosa conversación con Marcela, a la que efectivamente he seguido en repetidas ocasiones. Mer gustaría que nos conociéramos y pudiéramos compartir esa soledad que nos afecta. He preguntado a algún vecino de la zona y me han indicado que Vd. vive sin otra compañía en su domicilio. Mi intención es buena, fraternal y amistosa”. 

Don Benigno, tras su respetuosa atención al oficial legionario jubilado, intervino en la situación: “Querida Marcela, aquí tienes a un hombre bueno, honrado y cabal. Creo que no tienes nada que temer. Os voy a dejar, para que podáis hablar con serenidad t respeto. Yo voy a continuar con mi labor pastoral”. Sixto y el sacerdote se intercambiaron los números de teléfono, se dieron la mano y se despidieron con una sonrisa de mutua confianza.

Entonces quedaron solos Marcela y Sixto, cuyo silencio inicial se fue fracturando en palabras, sonrisas, miradas y ese afecto que brota del corazón. Los minutos fueron pasando, los datos se fueron intercambiando y la acomodación psicológica se fue enriqueciendo entre dos seres a los que el destino y el azar habían unido para completar sus trayectorias existenciales. 

Sixto, todo un caballero, invitó a almorzar a su nueva gran amiga, a la que regaló una rosa de una florista callejera que pasaba por la popular y romántica Plaza de la Merced. Cada tarde, con puntualidad castrense, cuando las manecillas marcaban la hora del té británica, estaba el antiguo legionario esperando a su “amorcito” como él cariñosamente la llamaba. 

Pasaron unas semanas y una mañana don Benigno los llamó, para que acudieran a su despacho, junto a la sacristía del templo. De una forma todo paternal les dijo: “Bueno, parejita, creo que estáis en el momento oportuno y justo para que os unáis en una cristiana familia. Si os parece, vamos a organizar, con fascinante modestia, los esponsales para que disfrutéis una fiesta feliz, plena de amor y confianza, bajo la mirada del Creador, que así lo ha querido para vuestro futuro, caminando juntos hacia la Vida. 

La Coral de Santiago puso sus bien preparadas voces a una unión de dos personas adultas, que necesitaban y compartían el cariño que permite caminar en los días y las horas. La merienda/cena nupcial tuvo lugar junto a la playa, con una plácida marisma, cuyo aroma y acústica era iluminado por la generosidad de la luna llena y la brillantez de las estrellas. 

Ojalá muchas historias tuvieran tan esperanzador final. El destino quiso mostrarse comprensivo y bondadoso, con en dos vidas tardías que necesitaban aprovechar el tiempo posible con fraterna y humana intensidad. –

 

 

UNA TARDÍA Y HERMOSA

HISTORIA DE AMOR

 

 

 

        José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

        Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

        Viernes 30 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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