viernes, 23 de enero de 2026

EN LA CASTILLA PROFUNDA

 

Era un pueblo castellano, de fríos amaneceres, con horas más cálidas durante el día y con letargos atardeceres que anunciaban la gélida noche para descansar de la rutina. Su población era escasa, predominando notablemente las personas mayores. Los jóvenes procreadores, al cumplir la adolescencia, abandonaban el lánguido lugar en donde habían nacido, buscando esperanzados un mundo más “vivo” y diferente, tratando de cambiar el previsible destino: criando y cuidando animales y/o labrando las recias planicies bajo el sol ardiente o el hostil aguacero.

El alcalde la localidad también ejercía de panadero, amasando sólo tres días a la semana, dada la clientela que se acercaba a su modesto establecimiento. HIGINIO explicaba que, con sólo encender el horno de leña, ya reducía su margen de ganancia, con las pocas teleras, panes y civiles que podía vender en su vetusta panadería, heredada de varias generaciones.  La gente mayor, envejecida en el cuerpo y el alma, paseaban y descansaban durante el día en la antigua plaza porticada bajo rudos soportales, para protegerse del sol o la lluvia. El pueblo ofrecía la imagen de muchas viviendas vacías o cerradas, porque sus propietarios carecían del ánimo para volver a la raíz de sus vidas. Hacía años que cerró el único cine, el IMPERIAL, que había distraído a muchas generaciones de vecinos durante dos sesiones a la semana, el sábado y en la tarde dominical. La televisión y después el Internet fue reduciendo la asistencia a la coqueta sala, “ennoblecida” con tapicería de terciopelo rojo, cada vez más desgastado. Era difícil sacar dos sueldos, para pagar a la taquillera ALFONSA y al portero, linternero y maquinista EDELMIRO, también propietario del local. 

Era como un pueblo “dormido” sin muchas ganas o motivos para “despertar”, ubicado en la meseta castellana con el nombre oficial de VILLAFRANCA DE LA SIEGA que los lugareños llamaban VILLASIEGA, desde que la memoria histórica aconsejó suprimir nombres que aludieran al anterior gobernante nacional.  Conservaba, como monumento principal, una antigua iglesia tan grande como una catedral. Con un esbelto y erguido campanario, desde donde a los fieles creyentes llamaban a misa. A ese templo del gótico tardío, sólo acudían algunas feligresas muy mayores, para el rezo del rosario y la misa de las siete, que los domingos cambiaba a la hora del Ángelus, por aquello de la fiesta de guardar. El cura llevaba allí muchos años y en el obispado de la capital entendían que no había que apresurarse, pues pronto se tendría que jubilar. Se llamaba el reverendo don MARIANO Lebrilla y era hijo del lugar. Andaría por los setenta avanzados, cumpliendo cada día sus obligaciones pastorales con los escasos feligreses que acudían al templo parroquial. Don Mariano, a pesar de sus achaques, también ejercía de campanero, tarea que no le disgustaba o pesaba, pues le hacía recordar sus años infantiles, cuando su mayor ilusión era colgarse de las dos cuerdas para hacer sonar las campanas que llamaban al rezo que el cristiano debe practicar. Don Mariano, el cura sacerdote residía en la casa parroquial, aneja a la gran Colegiata de la Santa Virgen del Paular. Era un clérigo de naturaleza tranquila, sosegada y bondadosa, entrado en kilos, pues les gustaba la cocina castellana, con esos suculentos cocidos de garbanzos y alubias, tocino y costilla, manteca añeja, chorizo y morcilla y, en ocasiones, con pezuña de cerdo para “alegrar” el buen caldo que animaba el caminar. Disfrutaba con la “pringue”, mezclando el buen pan que hacía el Higinio, de recia corteza y masa amarilla de calidad, para bien alimentar. De postre nunca renunciaba a un buen trozo de tarta, en la que el chocolate y la crema tostada cubrían el bizcocho, para deleite del paladar. Por supuesto, acompañaba el almuerzo y la cena con una jarra de tinto de Toro, según él para mejorar la digestión de tan copioso yantar. 



Una tarde de invierno, ya oscurecía, con una suave llovizna que alegraba el crecimiento de las mieses de cereal, se encontraba don Mariano en la sacristía, después de haber tocado las campanas para avisar de la misa que pronto iba a oficiar. Pidió permiso para entrar, dando las buenas noches, doña HERMINIA Campanal. Era una señora de mediana edad, que aparentaba más años de los que mostraba su carné de identidad. Vivía de su estanco en propiedad, ya que era hija de un combatiente fallecido en la guerra fratricida del 39, tan difícil de olvidar. Dada la escasa venta de picadura, Celtas cortos, Chéster e Ideales, con los sellos para franquear, había ido variando la oferta de productos que los vecinos podrían comprar. Había puesto caramelos y golosinas, con lápices, libretas de escuela y gomas de borrar. Incluso añadió alguna colonia y jabones, para que las vecinas tuvieran mejor imagen para gustar. No se le conocía pareja, viviendo con sus devociones en soledad, desde que su hermana mayor Heliodora se fue de esta vida, en un mal trance de enfermedad. Muy prudente y recatada, no faltaba día alguno para rezar, confesar y comulgar. Algunas mujeres de iglesia se preguntaban ¿Qué tendrá que confesar una mujer tan ordenada y ejemplo de devoción para los pocos habitantes de este “condado” decadente, que fue lustroso en la lejanía medieval? Esa noche no se encontraba ante la celosía de madera, ennegrecida por el uso de muchas confesiones y descuidada en su limpiar. 

“Don Mariano, quiero consultarle un grave problema que me impide descansar y sosegar mi conciencia, a mis 52 años de bien llevar. “No has de preocuparte, Herminia, que después de la santa misa podremos hablar. Con la lluvia que ya arrecia, pocas personas vendrán a rezar. Hoy no voy a predicar. Así que después hablamos todo lo que me tengas que contar”. 

Cuando finalizó la celebración de la misa, con cuatro devotas mujeres, arrodilladas ante el altar, don Mariano se desvistió con presteza del traje ceremonial. Ya le estaba esperando doña Herminia en la pre - sacristía, abierta a las tres naves del templo, para no dar que hablar. Se sentaron en dos sillas de amarillenta anea, con un brasero eléctrico entre ambos, pus había que calentar una noche muy fría, en una colegiata que era todo piedra para lucir sumonumentalidad. 

“¿Qué te ocurre, hija mía, que te veo tan preocupada y no feliz, después de comulgar? Don Mariano, a mis años, me han pedido relaciones, de esas que nunca he podido probar. Y el vaso es que el cosquilleo me ha entrado por esas partes que excuso nombrar. Me tiembla el corazón, cuando lo veo pasar. Es SEVERIANO, el pastor con sus cabras y su perro Canelo, para que ninguna de ellas se pueda escapar. Hace casi un año se quedó viudo y la soledad no la puede sobrellevar. Me lo ha pedido así de golpe, echándose colonia y afeite para mejor aparentar. A mí nadie me había pedido relación acerca de lo carnal. Me dio tal sobresalto, que una infusión de hierbas de santa Tatiana, me tuve que tomar. Recé tres veces el santo rosario, pidiéndole a la Virgen de la Siega ese amparo que necesitaba para sobrellevar. Que me pida amores un buen hombre, trabajador y fornido, pienso que en algo le tendré que gustar. Yo nunca he tenido amores, ni sé de las obligaciones que una esposa obediente ha de hacer en lo conyugal. Le ruego sabio consejo, padre Mariano, que con su sabiduría y experiencia confesional, bien me podrá ayudar." 

“Ay Herminia, buena mujer, lo primero que habrás que sopesar es si te sientes con fuerza y necesidad para afrontar la vida conyugal.  No veo problema con esta unión, pero bien os tendréis que casar. Severiano es viudo, los hijos emancipados están, tú eres una devota mujer que, sin pensar en la procreación, sabrás y deberás templar esa energía viril que este pastor no puede controlar. Él trabaja con sus cabras, llevándolas de aquí para allá. Tú le preparas el zurrón con el alimento, que bien necesitará alimentar. Lavarás, secarás y plancharás su ropa, para que vaya limpio y no tenga que enfadar. Prepararás la cena, para alimentar el cuerpo muy trabajado en los apriscos de lo natural. Por la noche habrás de calentar bien la cama, para mejor descansar. Y atenderás a todo lo que él te pida, con respeto y sin rechistar, aceptando tu función pensando siempre en la santa divinidad.

Harás lo imposible por traerlo a la iglesia, santo lugar, que él nunca suele visitar y formarás una pequeña familia para alegría de Dios y todos los santos en la hermandad celestial. Aunque ahora no estemos en confesión, puedo darte la absolución de los malos pensamientos para tu tranquilidad. Reza tres padres nuestros y un rosario a la Virgen de la Siega, que bien tu corazón y razón iluminará”. 

Bajo las buenas y hábiles artes del Rvdo. don Mariano, Severiano el cabrero y doña Herminia Campanal, la estanquera, contrajeron sagrado matrimonio en el altar mayor de la Colegiata Catedral. Actuó de testigo don Higinio, el panadero, primera autoridad municipal, asistiendo “todo” el pueblo de Villasiega, que disfrutaron de una pequeña merienda para celebrar una inesperada boda que a todos daba que hablar. El recio espíritu castellano evitó grandes algaradas, porque la mayoría vecinal era gente adulta en la racionalidad. Tras la noche de bodas, en la hora matinal, Severiano ya estaba con sus cabras, para sacarlas a pastar.

Esta fue una historia emocionante que supo curar dos soledades, formando una familia para la alegría eclesial. Herminia comenta con alguna amiga, diciéndole en franca privacidad, que ahora se siente más realizada, adaptándose a la fuerza de un hombre, con elevada y brusca virilidad. Él manda y ella obedece, gozando ambos de la sexualidad. El pueblo sigue con su rutina, inmerso en la plácida llanura castellana, con sus fríos amaneceres y anaranjados anocheceres, para completar otro día que es casi siempre igual. Se trata de LA ESPAÑA “VACÍA”, que no va a ser fácil arreglar. El cereal es grano saludable que da de comer a la mayoría de las familias, aliviando su modesta necesidad. Mañana otra vez amanecerá, en la paz que la naturaleza siempre sabe dar. Y don Mariano Lebrilla dormirá cada noche, feliz y tranquilo, pues todo el pueblo estará en paz. –

 

 

EN LA CASTILLA 

PROFUNDA

 

 

 

                         José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 23 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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