viernes, 2 de enero de 2026

CURIOSAS VIVENCIAS DE UN ESPECTADOR

 

Málaga, junto a otras localidades españolas, es una ciudad positivamente abierta a la difusión cultural. Especialmente entre lunes y viernes, las tardes malagueñas se enriquecen con numerosos actos abiertos al interés general. Entre esas actividades, pueden elegirse presentaciones de libros, con sus respectivos autores presentes en el acto, conferencias impartidas por prestigiosas figuras vinculadas a los diversos grados del saber, proyecciones cinematográficas, conciertos de orquestas, bandas de música y también grupos corales, debates en mesas redondas, entrevistas a personas del cine, la ciencia y la cultura, clubs de lectura, etc. En ocasiones, hay que elegir una de entre cuatro o cinco opciones, todas ellas interesantes. En su inmensa mayoría son actividades gratuitas, para la distracción del público de todas las edades y condición, aunque siempre se aprende y se reflexiona acerca de los temas y contenidos tratados en esas charlas. 

En estas aulas abiertas al interés general, en ocasiones encontramos un anecdotario curioso e incluso divertido, que hace incluso más grata la estancia en estos centros culturales. Vamos a narrar algunas de estas experiencias, que resultan un tanto singulares, De continuo van surgiendo en nuestra presencia frecuente a estos actos. Evitaremos ofrecer datos concretos, por respeto a unos y otros. 

 

Una tarde se celebraba el “DÍA OFICIAL DE LAS LIBRERÍAS”. El anuncio indicaba que varios libreros asistirían, para comentar la situación actual del libro. Obviamente era un tema atrayente, en una época en que la lectura es una cuestión controvertida, dada la fuerte competencia de Internet, las televisiones, las redes sociales, el cine, los sofisticados tablets y móviles, avanzados aparatos electrónicos que disputan al libro su tradicional primacía para la comunicación de toda naturaleza.

Me desplacé, con bastante antelación a la hora de inicio del acto, a fin de tener un buen asiento asegurado. Media hora antes del comienzo, no había nadie en la sala, salvo los encargados del recinto. Esperé pacientemente la llegada de los intervinientes y el resto de los espectadores interesados.  Cuando comenzó la sesión, en la mesa de intervinientes estaban tres libreros, acompañados de una periodista encargada de llevar y moderar el debate. El público que asistía lo formaban cuatro personas, aunque también se sentó en la sala uno de los integrantes de la asociación organizadora. La primera reflexión que vino a mi mente fue la paradoja de que un día dedicado al libro y las librerías hubiera tan escaso público interesado en el acto. De los tres libreros, dos se dedicaban preferentemente al comercio del cómic, mientras el tercero estaba vinculado a una prestigiosa y tradicional librería. El panorama era verdaderamente desolador. 

La periodista trató, con sus preguntas, de motivar el debate, pero la realidad que planteaban los libreros era tozuda. Sobrevivían económicamente gracias al “amor al libro” y a la venta de los best sellers. Tomaban “oxígeno” en las periódicas ferias del libro y cuando llegaban los ganadores de los premios más destacados en los concursos literarios, como Planeta, Nadal, etc. También les ayudaban las publicaciones escritas por personajes famosos, especialmente memorias y la novedad actual con los cómics. Pero la competencia del libro digital y la abundancia de tantas opciones informáticas les iba reduciendo la viabilidad de sus respectivos negocios. 

En el turno de preguntas planteadas por los muy escasos asistentes, más que un interrogante les hice una reflexión acerca de la situación actual del libro. Aquellos que durante nuestra vida hemos comprado muchos volúmenes, nos falta espacio en casa para guardarlos, dada la amplitud de los pisos actuales. Cuando decides regalar un libro que ya has leído, las bibliotecas públicas no los aceptan porque están “colapsados” de ejemplares. Y “tirar un libro” en un contenedor de papel, porque ya no te caben en el domicilio, nos provoca un sentimiento insufrible. La comida sobrante puede eliminarse cuando ya está superada en el tiempo. La ropa y los zapatos pueden regalarse o echarse en los contenedores de las ONG para su reciclaje. Pero es que el libro se “consume” intelectualmente, no físicamente.

Los libreros de la mesa no supieron, en realidad, qué responder. Aludieron al libro digital o a la diferencia que supone leer en papel o en pantalla. Los libros, como todo, ocupan mucho espacio material. Es una época difícil para el libro tradicional, pero entrar en una librería es como hacerlo en un santuario de la cultura. Allí descubres centenares de libros que esperan pacientemente su lectura. El mágico olor a papel y a tinta que percibes en una librería puede compararse al que se siente cuando se entra en una panadería, con el pan cocido aun caliente. El pan es alimento para el cuerpo. El libro es alimento para nuestra inteligencia y el alma. El libro, como el cine, son patrimonio cultural de toda la humanidad. Nunca deben desaparecer. 


Narremos otra experiencia curiosa. Se había convocado, a través de la prensa e Internet, una interesante conferencia, a celebrar en un ilustre recinto para la cultura malagueña. La ponente, persona de madura edad, era una prestigiosa investigadora y escritora de temas literarios. Incluso había dado clase en la universidad y también había desempeñado cargos administrativos oficiales, todos en relación con la narrativa literaria. Durante su intervención demostró una asombrosa vitalidad. Además de la fuerza física, su exposición y dicción eran brillantes, pues dominaba “magistralmente” el tema a desarrollar, que trataba de los escritores de LA GENERACIÓN DEL 27 en España. Por supuesto sus publicaciones eran abundantes sobre esta y otras temáticas.

La asistencia del público al acto era muy importante, la sala se encontraba repleta de público, dado el historial de la conferenciante. El tema podía motivar, pues nos hallamos en los albores del centenario de aquella generación de brillantes escritores de la prosa y poesía hispana. 

La Sra. conferenciante inició su exposición aplicando una riqueza léxica de un gran nivel, dado ejemplo de “las tablas” que poseía para este tipo de actos. El auditorio escuchaba atentamente los certeros contenidos expuestos por la profesora y escritora. 

Sin embargo, cuando llevábamos unos 20-25 minutos de exposición, comencé a escuchar unos ruidos como de pisadas, sobre el parket de madera de la gran sala donde se celebraba el evento. Mi ubicación estaba muy próxima al estrado de la conferenciante. Los sonidos se fueron incrementando, a medida que pasaban los minutos. La ponente, una mujer de carácter nervioso y estilo autoritario, por la gesticulación y movimiento de las manos y resto del cuerpo al hablar, se la veía cada vez más inquieta y desconcertada. En un determinado momento detuvo la exposición y colocándose nerviosamente el pañuelo que envolvía su cuello, se dirigió a los presentes, más o menos, con estas palabras: 

“Pero ¿qué es lo que ocurre? Se está yendo la gente a “desbandadas”. Así es difícil concentrarse con el sonido de las pisadas sobre la madera del suelo. No lo entiendo. Nunca me ha ocurrido nada igual” A duras penas podía disimular el enfado acerca de lo que estaba ocurriendo. El ruido de las pisadas de los asistentes al irse no cesaba. Los que estábamos en las primeras filas, no nos “atrevíamos” a movernos, por más que algunos no éramos especialistas en la literatura de la generación del 27. En su favor, la conferenciante estaba basando su exposición en recortes documentales y de algunas películas, curiosos para el recuerdo. Pero el tema, muy puntual, probablemente no motivaba a los no especialistas.

La señora hizo un esfuerzo por continuar, aunque disimular su enfado por la actitud de los muchos asistentes que se iban no era fácil. Las pisadas no desaparecieron. Cuando podía, en función de lo que hablaba, “soltaba alguna puya irónica” acerca de aquellos que habían abandonado la sala. Miró su reloj y con elegante brusquedad puso fin a la conferencia: “Llevo 50 minutos hablando. Ya está bien. Pues no quiero verme sola aquí”.  La “fuga de espectadores” debía de ser algo nuevo para ella. 

Recibió unos aplausos de cortesía, por parte de aquellos que estuvimos hasta el final del acto. Cuando abandonaba la sala me encontré el típico puesto de una librería, con ejemplares para vender de la conferenciante. Dudo que firmara muchos ejemplares de sus publicaciones. Se la veía tensa y ofendida. No creo que a corto plazo vuelva por estas tierras del sur.



Finalmente, una breve anécdota desarrollada en un centro público abierto a la difusión cultural. Aquella tarde de otoño, una muy cualificada especialista, en el COMISARIADO DE EXPOSICIONES ARTÍSTICAS, con un brillante currículo en su oficio y autora de numerosas publicaciones, iba a impartir una didáctica conferencia acerca de las características, logros y dificultades de la técnica de organizar una buena exposición artística. Había preparado un completísimo Power Point, con imágenes, textos resúmenes de excelentes y fascinantes exposiciones, con el que sustentaría su fácil explicación, dada su proverbial fluidez de palabra. 

Al comenzar la sesión, con un auditorio que llenaba la sala, la persona que iba a realizar su presentación, también con un currículo importante en el ámbito del arte, pero con una expresión vocálica extremadamente lenta, comenzó su tarea, habiendo hincapié en sus muchos conocimientos en la materia. Al hablar lentamente y centrarse exageradamente en ella misma, la introducción se fue extendiendo en el tiempo, improvisando y leyendo los folios que llevaba preparados. Los minutos pasaban y muchos de los presentes en la sala, un tanto expectantes, se empezaban a preguntar acerca de quién iba a dar la conferencia.

La especialista conferenciante sonreía, pero se la notaba claramente molesta por una prolongada presentación que ya superaba los diez minutos. Pero quien iba a interrumpir a una presentadora que se estaba “presentando” ella misma, con todo alarde de conocimientos y anécdotas. Por fin tuvo a bien conceder la palabra a quien había sido invitada a exponer sus conocimientos específicos sobre la materia. Dio una magistral explicación acerca de las funciones, dificultades y objetivos conseguidos por parte de los organizadores de exposiciones artísticas de alto nivel.

La reflexión de este episodio, bastante común entre los presentadores, nos hizo recordar a determinados periodistas de la televisión que, al realizar entrevistas a invitados ilustres parecen, con sus teatrales expresiones y gestos, que los protagonistas son ellos, más que el propio invitado a la charla. 

 

En todos los actos culturales se aprende, se reflexiona y se disfruta con la cualificación del ponente. En muchas ocasiones no sólo nos “enriquecemos” con el valor de los contenidos del tema que ha sido expuesto, sino también con la biografía y actitud de quien interviene en el estrado, sin olvidar las actitudes del público presente en el acto. En este sentido, algunas las preguntas que espontáneamente se realizan al final de la exposición, nos dan que pensar y valorar su contenido, forma y oportunidad. 

 


CURIOSAS VIVENCIAS 

DE UN ESPECTADOR

 

 

            José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

   Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 02 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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