viernes, 23 de octubre de 2020

EL AFORTUNADO SUEÑO DE ASIER.

Cuando asistimos a una sesión cinematográfica, la gran mayoría de aficionados tenemos como primera motivación la búsqueda de distracción. Pero muchos espectadores se sienten también incentivados por la fama y trayectoria de los actores que interpretan la trama argumental. Hay directores cuyo solo nombre atrae a los aficionados al cine, a fin de deleitarse con su última creatividad. En algún caso también puede ejercer cierto reclamo el compositor de la banda musical. Pero rara vez nos preocupamos por conocer al profesional de las letras que ha elaborado el guión del film. Pensándolo bien, ese “libreto” es el esqueleto temático que articula toda la historia que se nos narra a través de las diversas y sucesivas escenas. Sin un buen guión no hay película o buena película.

“Por favor, sabe Vd. quién es el guionista de la famosa película …? Pues la verdad, me tendrá que disculpar. Lo cierto es que no tengo ni la menor idea acerca de quien ha podido escribir el argumento”. Esta respuesta es la realidad que tenemos, en estos tiempos de las prisas y el estrés vivencial. A la mayoría sólo les interesa distraerse y disfrutar con los noventa o más minutos de proyección.

Antiguamente los títulos de crédito quedaban grabados en los inicios del metraje en celuloide. Pero en las últimas décadas, dichos títulos y nombres intervinientes son colocados al final de la película, apareciendo en pantalla cuando los espectadores que han asistido a la proyección van caminando casi a ciegas, pues las luces de la sala aún no se han encendido, hacia la puerta de salida. Alguno de ellos incluso tropezando con la señora que delante suya se detiene de inmediato en la lenta procesión, a causa de ponerle el sonido al móvil o ese señor que se para en su caminar para ir buscando las llaves del coche o para ponerse la chaqueta que se ha quitado, a tenor de la templanza térmica de la sala. Sin embargo, justo es reconocerlo, hay algunos espectadores que muestran su “heroicidad” permaneciendo en sus asientos, tratando de enterarse acerca de aquellos datos que pueden ser de su interés: actores, director, localización de exteriores, autor de la música y, por supuesto, el nombre del guionista que ha escrito el desarrollo de la estructura argumental. Desde luego que esa saludable afición a estar bien informado no es fácil de llevar a cabo, pues los asistentes que se han levantado tapan con sus cuerpos y movimientos el correcto visionado de la gran pantalla escénica.

La mayoría de las cadenas de televisión “resuelven” con brusca agilidad el asunto de estas informaciones. Cuando la película ha finalizado y van a aparecen los títulos de crédito, cortan de inmediato la emisión de la película para poner esa publicidad que tantos dividendos les reportan.  Así que el espectador se queda privado de poder enterarse de los nombres que han hecho e interpretado el film que acaban de visionar. Y entre esos nombres, por supuesto, el autor del guión que sustenta la historia narrada.

Hay que repetirlo una vez más. Sin un buen guión difícilmente puede “rodarse” una buena película. Muchos profesionales, especialistas en  la crítica cinematográfica, escriben en sus crónicas mediáticas que tal director o los actores intervinientes intentaron sacar fruto de un débil o mal guión que adolecía de numerosas carencias. A pesar de sus esfuerzos, dicha realidad lastró inevitablemente los buenos objetivos marcados en el rodaje. Al escritor le ocurre también parte de lo mismo. En su artículo, ensayo, relato, novela o guión, tendrá que partir y organizar un buen argumento que posteriormente desarrollará y redactará en los sucesivos capítulos de su obra. Aplicando ese triple esquema de la introducción, nudo o trama fundamental y esa parte final, tantas veces complicada en su acierto, del desenlace, en la exposición que ofrece a sus lectores. 

Asier Lama fue desde su infancia un gran aficionado a la lectura y escritura de textos. De niño gustaba emplear abundantes minutos del día a distraerse leyendo tebeos, además de los juegos propios de su edad. Ya en los años de su adolescencia, visitaba semanalmente la biblioteca pública del barrio del Zaidín granadino donde vivía, para sacar en préstamo lecturas de variada naturaleza, libros avalados por el buen asesoramiento que le hacía doña Leonor, una agradable y servicial funcionaria municipal encargada de la bien organizada biblioteca. La buena señora disfrutaba intercambiando comentarios con los asiduos a ese culto espacio que ella dirigía. Asier “devoraba” en el tiempo, con proverbial rapidez lectora,  numerosos relatos y novelas, bien animado también por su profesora de Lenguaje doña Evangelina. Paralelamente a sus horas diarias de lectura, disfrutaba plasmando en libretas, cuartillas y blocs esa innata capacidad para la creatividad y expresividad literaria.

Tras cursar el bachillerato, en el prestigioso Instituto Isabel la Católica, su itinerario universitario lo tenía bien definido. La Facultad de Filosofía y Letras, en la céntrica calle Puentezuelas de la ciudad de la Alhambra, fue el destino elegido, matriculándose en la especialidad de Filología Hispánica. Esta decisión no fue aplaudida especialmente por don Olegario, su padre, quien deseaba ver a su único descendiente cursando estudios administrativos, a fin de que siguiera sus pasos profesionales en la gestoría de la que era copropietario con un íntimo amigo de juventud. Además de los estudios en la facultad, Asier realizó cursos paralelos de narrativa y expresión literaria, pues quería mejorar su estilo creativo en los textos, cada vez más amplios, que elaboraba. Finalizó sus estudios en 1974, en pleno ocaso del franquismo gubernamental, con un buen expediente académico. Ese notable currículo le habría permitido vincularse a algún departamento universitario, a fin de iniciar su tesina y posteriormente la tesis doctoral.

Pero Asier no estaba por la labor de seguir por la senda docente o investigativa. No se veía preparando oposiciones para la enseñanza, ni explicando Literatura en un aula. Por el contrario, él deseaba probar suerte en el complicado, apasionante y difícil campo de la profesión de escritor. Su novia Ariana le animaba en esta actitud vocacional para la que sin duda estaba muy bien dotado. Esta chica, compañera de facultad, era muy hábil con los idiomas. La influencia familiar estaba en la base de esta cualificada capacidad, ya que sus padres siendo ella muy pequeña habían decidido emigrar a Manchester, en donde toda la familia permaneció hasta tres largos lustros (su padre era un cualificado mecánico de la automoción). Al terminar los estudios de Filología Inglesa, la joven  no tuvo especial dificultad para encontrar acomodo laboral como profesora en academias de inglés, preparándose para opositar a una plaza de funcionaria docente en las Escuelas de Idiomas

Una tarde, en un inicio de otoño que ya enfriaba, especialmente por las tardes/noches, Asier y Ariana fueron a merendar a los Jardines del Salón, sentándose en la terraza de un restaurante/cafetería instalado junto al cauce del Genil, río que recoge las limpias y cristalinas aguas de Sierra Nevada y que atraviesa la capital nazarí camino del Guadalquivir. La intención de Asier era exponer a su compañera esos proyectos que bullían en su cabeza, un tanto valientes y aventurados para su proyección vocacional.

“Es una decisión difícil, querida Ari, pero es que debo probar fortuna en una de las dos ciudades donde están ubicadas las principales editoriales del país, si quiero ganarme la vida haciendo aquello que verdaderamente me vitaliza. En este sentido, parece lógico que me traslade a la capital de España. En Madrid buscaré algún trabajo temporal, que me facilite el mantenimiento durante algún tiempo. No quiero seguir dependiendo materialmente del bolsillo de mi padre. No me cabe la menor duda de que tú sacarás plaza en las oposiciones, pues dominas perfectamente el English. Con los traslados te puedes ir acercando, poco a poco, a Madrid, en donde podríamos fijar nuestra futura residencia”.

Al escuchar todas esas sorprendentes argumentaciones y propuestas de su pareja, Ariana estaba hecha un mar de dudas. Tras unos días de reflexión y diálogo, consideró generosamente la conveniencia de animarle, para que viviera la experiencia madrileña. Desde luego no sabía si con esta separación para la aventura, que su pareja estaba dispuesto a correr, la relación que ambos mantenían podría tener mucho futuro. Aun así, no se sentía con fuerzas para “cortar las alas” a una persona de su cariño y aprecio, que quería probar suerte con la profesión de escritor.

Con sus escritos e ilusiones Asier hizo las maletas, soportando la indignación y enfado de don Olegario ante esa “locura” que su hijo iba a emprender, además de las lágrimas de doña Fuensanta, su madre, que sentía con dolor la separación del único hijo que tenía. Tomó el tren en la Estación de Andaluces, un catorce de octubre de 1974, camino de Madrid. Ariana le arropó en la emotiva despedida. Aunque en su interior veía que la relación que ambos mantenían podía irse a pique, era una chica inteligente y comprensiva que en modo alguno quería atar a su pareja en la ciudad donde había nacido y vivía, cortándole el camino de su valentía creativa para con las letras en la capital de España.

La primera semana, acomodado en la “lúgubre” pensión Los Candiles, fue especialmente dura, pero tuvo la suerte de hacer amistad con unos jóvenes que hacían el almuerzo en una casa de comidas muy popular, en una zona cercana a la Plaza de Jacinto Benavente. Le organizaron hueco en el piso que compartían, en pleno centro antiguo del más rancio Madrid: calle del Barco, en un vetusto ático, muy bien iluminado. Allí compartían el gravoso alquiler hasta seis compañeros, cuatro varones y dos chicas, con variadas preparaciones y distintas metas. Las vivencias, ocurrencias y experiencias en aquel batiburrillo cosmopolita, con sus noches de juergas, las comidas “comunitarias”, las obligaciones de limpieza asumidas, la compañía de gente vitalista y positiva, le hicieron ir sobrellevando, con el mejor ánimo, esos tiempos difíciles para buscar el acomodo laboral o profesional deseado. Ejerció diversos trabajos, como camarero, profesor de clase particulares e incluso cuidador de mascotas (dos canes propiedad de un vicedirector bancario que viajaba mucho con su señora esposa, por repetidas obligaciones financieras). Entre hueco y hueco de sus obligaciones laborales para la manutención diaria, se pasaba por las editoriales, llevando en su mochila algunos manuscritos y breves publicaciones, encontrando en las diversas sedes muy escasa receptividad. Estas empresas sólo querían escuchar y atender a gente algo más consagrada. Se lo “quitaban de en medio” con las palabras de cortesía al uso. Las llamadas telefónicas y esas cartas semanales a Ariana le compensaban en su ánimo, dándole la natural y lógica fortaleza.

Un actor de teatro, cine y televisión, de nacionalidad argentina, Flavio pero al que sus amigos llamaban Sócrates, que  visitaba con frecuencia a dos compañeros de Asier en el piso, conociendo la habilidad de éste con el manejo de las letras y los esfuerzos que estaba realizando a fin de encontrar receptividad en alguna editorial, le facilitó la dirección de una nueva y peculiar productora de cine, televisión y publicidad, denominada SEVENTH ART. Puesto en contacto con la misma, conoció que esta empresa, que sólo llevaba unos meses en el mercado, elaboraba cortos cinematográficos por encargo; anuncios para ser emitidos por las cadenas de televisión; proyectos para el rodaje de películas de cine de vanguardia y experimental e impartía clases de interpretación, además de elaborar guiones o libretos de cine para ser dirigidos e interpretados, con los correspondientes rodajes. Esta última modalidad de trabajo entraba de lleno en el interés del joven literato granadino, pues éste se veía cualificado para escribir historias que fácilmente podían ser adaptadas a buenos guiones cinematográficos.

Tras personarse en la empresa, ubicada en una vieja nave industrial de reparaciones ferroviarias, reconvertida con extraordinaria funcionalidad en numerosas y modernas oficinas, aulas y platós, fue recibido por Albert Lavieja, un veterano actor secundario, ya retirado de los escenarios y que en esta organización se encargaba de descubrir y negociar con los nuevos valores emergentes de las artes escénicas. Tras mantener una larga entrevista con Asier, se comprometió a estudiar la selección de trabajos narrativos que el escritor le había llevado. Una primera ojeada de los mismos parece que agradaron al veterano actor convertido en director técnico de la empresa. Para sorpresa de Asier, en cuarenta y ocho horas ya le fueron llegando, por correo urgente, diversos encargos de relatos breves, sobre temas y argumentos puntuales o historias de contenidos prefijados. Era evidente que trataban de conocer, con una mayor verosimilitud y profundidad, las posibilidades del literato, a fin de que que comenzara a trabajar con ellos. Nada de sueldo o contratos fijos. Por cada uno de los trabajos elaborados, le ingresaban en cuenta bancaria unas modestas cantidades que, sin embargo, sustentaban las ilusiones de Asier de poder ir ganando, con su esfuerzo literario, ese sustento tan necesario, haciendo lo que realmente le gustaba. Al paso de los días y semanas, le encargaron la corrección de guiones que otros redactaban y montaban para su posterior interpretación. El sistema de compensación económica por su labor era por horas de trabajo desarrolladas en las instalaciones de la productora y también por los folios y palabras escritas o corregidas. Lo realmente importante, pensaba, es que iba acumulando experiencia para más adelante emprender otros proyectos más importantes de naturaleza editorial.

Un jueves de Noviembre fue llamado urgentemente por la productora. Le informaron que tenían un importante encargo, a fin de organizar el rodaje de una película para la que había una interesante o sustanciosa financiación. Habían sopesado algunos guiones al efecto, pero a los ejecutivos del grupo que había solicitado sus servicios no les convencían ninguno de los mismos. Habían aportado una idea inicial para que fuera desarrollada por el departamento de creatividad. El tema nuclear consistía en construir la vida de una persona, a través de tres fases o etapas de su vida. Infancia y juventud, madurez y ancianidad. A partir de ese esquema inicial, tendría que ponerse a trabajar, aplicando un horario maratoniano, pues necesitaban un buen material en un plazo limitado por la urgencia, ya que en caso contrario la empresa contratante iría a llamar a otras puertas de la competencia. Tenía un tiempo máximo de diez días, para trabajar ese guión inicial que articulara la correspondiente historia.

Asier se puso de inmediato manos a la obra, pero no siempre la creatividad o la imaginación se muestran solícitas con las prisas. En su “vapuleada” pero efectiva vieja máquina de escribir Olivetti Lettera 35, tecleaba y tecleaba decenas de líneas iniciales de posibles historias, pero una y otra vez las iba desechando pues, tras releerlas, no veía en las mismas “futuro” para el importante trabajo que con tanta premura le habían encargado. Le iba quitando horas al sueño, intentándolo una y otra vez, ante la paciencia y comprensión de sus “compas” del piso, que soportaban estoicamente el sonido de las teclas durante las horas más insospechadas de la noche y el día.

El domingo por la mañana, un tanto abrumado y confuso, decidió darse un largo paseo por los jardines del Retiro madrileño, provisto eso sí con un bloc y varios bolígrafos, por si en algún momento la imaginación le daba alguna buena respuesta para trazar líneas de texto y esquemas, material que después desarrollaría en la máquina de escribir. Se encontraba física y mentalmente cansado, pues había dormido poco durante esa noche. Por un impulso un tanto infantil, compró una bolsita de “maní” y otra de alpiste a una señora mayor que los vendía, además de barquillos y otras chuches para que los niños y sus padres disfrutaran. El día se había presentado un tanto frío, con una gélida brisa procedente de la sierra, pero intensamente luminoso por un cielo sin nubes que permitía fácilmente la llegada de los rayos solares. Después de esparcir un poco de alpiste por el albero se vio de inmediato rodeado por un ejército de palomas, que se mostraban agradecidas, hambrientas y competitivas entre ellas ante el suculento alimento que el joven les iba pacientemente arrojando. Con esa plástica y bella imagen de las pequeñas aves acompañándolo, junto a la saludable y serrana brisa mezclada con la tersura templada del generoso sol, su organismo reaccionó para la necesidad, entrado en un profundo sopor. El sueño le dominó profundamente.


Cuando al fin se despertó, no sabía a ciencia cierta los minutos en que había permanecido dormido. Vio a su lado, sentado en el banco de madera que ocupaba cercano al gran estaque de las barquitas, a un anciano bien aseado en su cuerpo, aunque vestía y calzaba ropa muy trillada por el prolongado uso. Su veterano compañero de asiento lo miraba con una pícara sonrisa, no exenta de placidez. También, y para su sorpresa, comprobó que, en el cuaderno que había resbalado de sus manos al quedarse dormido, alguien había dibujado un rostro que él bien conocía, pues era el suyo propio. El anciano, de inmediato, se presentó como Amiel. “Sí, he sido yo quien sin ánimo de molestarte, he dibujado tu rostro, mientras disfrutabas de una prolongado sueño”.

A partir de aquel inesperado encuentro, el joven y el mayor iniciaron un extenso y grato diálogo, en el que cada uno de ellos fueron intercambiando datos interesantes de sus respectivas personas. Amiel, en su juventud había sido un prometedor artista de los pinceles en Mar de la Plata, la ciudad argentina en la que había nacido. Premios, estudios, exposiciones, conferencias, etc. avalaban un futuro prometedor en las artes plásticas para el joven artista de la pintura. Pero en su vida entró una bellísima mujer, algo mayor que él, generándose entre ellos un exuberante amor, pleno de sensualidad física y platonismo romántico. Ello cercenó, de algún modo, la fulgurante carrera del enamorado pintor. El afamado y prometedor artista de los pinceles, se había entregado a Leria, con una fogosidad extrema y descontrolada, que también era correspondida por la necesidad sexual y afectiva de una enigmática mujer que dominaba los días y las noches del impetuoso astro de la pintura. Pero a las pocas semanas y sin saber el por qué, de manera absolutamente inesperada, la musa erótica de Amiel había desaparecido de su existencia material, sumiéndole en el desamparo en el abandono personal y hundimiento vital, aunque la imagen de las bella Leria permaneció y permanece aún hoy, transcurridas muchas décadas, en el onírico plasma de su  idealización anímica.

El destino, la suerte, la oportunidad, el no se qué, habían querido ser generosos con el atribulado escritor. Tenía ante él la mejor materia prima, en este caso con la grandeza y humanidad personal, para generar ese encargo tan difícil que en Seventh Art le habían encomendado.

“Amigo Amiel, estoy luchando por convertirme en un buen escritor. Eso es lo que realmente me vitaliza y me permite caminar con ilusión y valentía en el día a día. Me han encargado un  trabajo muy difícil y precisamente la historia que he de narrar la tengo en ti. Cuando he despertado de mi afortunado sueño, has querido darme esa historia que tanto necesitaba. Te agradecería en el alma que me permitieras poder contarla. Antes de publicar una sola palabra, tu conocerías el contenido de lo que he escrito. Me hablas de que malvives en la indigencia. Yo lucharía para que esa palabra desapareciera de tu difícil existencia. No sólo en lo económico, pues te cedería una parte importante de los fondos que me correspondieran por el guión cinematográfico, basado en tu vida. Sino que además podríamos buscar, tengo amigos cualificados para esta labor, una institución residencial donde llevarías una vida más placentera y estable, para tu avanzada edad, años que me dices con cierta sorna que ni tu mismo sabes los que ya suman en tu “apasionante” y denso calendario”.

Aquel domingo de otoño, Amiel Ventura puedo comer caliente, en unión de un joven amigo a quien no le podía negar lo que, con humildad y franqueza, le estaba pidiendo: poder contar al mundo, aunque fuese con nombres y datos cambiados, su azarosa existencia, entre el arte y el amor apasionado. Los compañeros de Asier, buena gente, habilitaron un antiguo camastro que estaba en el trastero del edificio, para que el anciano Amiel no tuviera que seguir descansando por las noches entre cartones de electrodomésticos y bajo los soportales abiertos de los grandes edificios. Claudio, un mocetón valenciano, el “Perry Mason” de las leyes, quien  preparaba unas difíciles oposiciones a notaría, puso manos a la obra para gestionar en las administraciones, municipal y autonómica, un lugar digno para que ese amigo mayor, que ya lo era de todos, pudiera pasar la última fase de su vida en un régimen de normalizada dignidad. Mientras, durante día y la noche, el voluntarioso escritor granadino, escribía y escribía, sobre la azarosa trayectoria vital de un artista de los pinceles, entregado a los “cantos” irresistibles de una bella, misteriosa  e inolvidable mujer. La esperanza quería ejercer protagonismo, en todas estas almas necesitadas de providencia en su cansino caminar.-

 

EL AFORTUNADO SUEÑO DE ASIER

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

23 Octubre 2020

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