viernes, 8 de mayo de 2020

EL COFRE DE LAS SORPRESAS, PARA ESPÍRITUS DESENCANTADOS.

Cuando repasamos las portadas y los contenidos de las revistas semanales, aquellas publicaciones que son denominadas popularmente “del corazón”, observamos que, en un muy elevado porcentaje, los protagonistas de sus artículos y reportajes son los personajes “mediáticos”, es decir, esos hombres y mujeres que destacan en el mundo de la política, la nobleza, el cine, el teatro, el deporte, la música, la radio y la televisión. Las acciones y los comportamientos más nimios, banales o particulares de estos personajes, encumbrados dudosamente por la fama, merecen ocupar casi todas las páginas del texto y las fotos en esos semanarios que, un determinado público lector, compra y disfruta con infantil avidez. Es tal la influencia que los “famosos” ejercen sobre la masa popular que sus opiniones, por insólitas o discutibles que parezcan, su forma peculiar o incluso estrafalaria de vestir o su comportamiento desequilibrado en el día a día, son puntualmente seguidos e imitados por esa parte de la  sociedad que sufre una catarsis mimética en el seguimiento o “idolatría” hacia esa élite ciudadana a la que tantos soñarían con pertenecer. 

Sin embargo hay otros millones y millones de personas en el mundo, los ciudadanos “anónimos” y sin interés mediático, cuyas vidas y vicisitudes diarias sería también justo e interesante poder conocer y comentar. Sin embargo el círculo de influencia de estos ciudadanos, alejados de la embriagadora y fanática popularidad, es muy reducido y en consecuencia sus problemas, sus acciones, sus anhelos y vivencias sólo son conocidas por la intimidad de algunos familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo. En la plausible dinámica por también conocer a personas alejadas del populismo mediático, vamos a acercarnos en el relato a la sencillez vital de una mujer, llamada Leire Moncayo Denial.

Esta ciudadana rondeña, que alcanza los 38 años de edad en la actualidad, había nacido en el seno de una modesta familia formada por Genaro, que trabajaba en una pequeña empresa para el abrillantamiento de suelos, y por Natalia, quien además de “llevar las tareas de la casa” atendía la dependencia de algunas señoras, cuya avanzada edad limitaba su capacidad de respuesta, tanto en lo físico como también en  lo anímico. Al finalizar sus estudios obligatorios, estuvo desempeñando distintos trabajos en una confitería, en una tienda de bolsos y otros artículos de piel y también ejerció de aficionada guía turística local. En esta última faceta laboral, conoció a un simpático gestor de una agencia de viajes, con el que estuvo manteniendo una relación afectiva durante varios años. Pero en un tiempo y sin motivos claros que lo sustentaran, la actitud de Julián en el trato cambió de una manera notable, hasta el punto en que un aciago sábado otoñal el chico le confesó que la relación que ambos mantenían no podía continuar. Un embarazo imprevisto obligaba al intrépido administrativo a vincularse matrimonialmente con esa atractiva joven que realizaba prácticas turísticas en la agencia donde él trabajaba y Leire también colaboraba. Como es frecuente en los pueblos y localidades rurales, que casi todo se conozca, este episodio impulsó a la hija de Genaro y Natalia a distanciarse de la ciudad del Tajo, para no soportar las habladurías y perversos comentarios de muchos  convecinos. Decidió con valentía trasladarse a Málaga capital para iniciar una nueva vida. En esta ciudad, gracias a determinadas y buenas amistades, encontró pronto trabajo en la línea de cajas de una importante cadena de supermercados.

Aunque durante una semana estuvo residiendo en una modesta pensión, esta bien parecida paisana rondeña pronto localizó un interesante alquiler en un pequeño piso, el 7ºB, que en fecha reciente había quedado vacío por fallecimiento de su nonagenaria propietaria. El vetusto y degradado inmueble de ocho plantas se hallaba situado en la zona más antigua de la ciudad, a no mucha distancia de las calles céntricas de la capital malacitana. El precio del alquiler era en sumo atractivo, pues los parientes de la finada aceptaban recibir una renta mensual baja, a cambio de tener que afrontar un coste importante para reparar las numerosas “averías” que aparecían por el inmueble, debido al anquilosamiento constructivo de la propiedad.

Una vez instalada en su nueva vivienda, encontró una interesante y generosa ayuda en el vecino del 5º C, Fermín, a la sazón presidente de la comunidad de propietarios. Esta persona había trabajado durante muchos años en el sector de la construcción, pero desde hacia aproximadamente un año había conseguido la baja absoluta permanente, concedida por un tribunal médico, debido a severos problemas cervicales. El dicharachero vecino, junto a su hijo Lucas, le hicieron unos pequeños arreglos en el piso por los que cobraron un dinero “negro” absolutamente testimonial.

Durante los primeros días de estancia como inquilina en su nuevo aposento, todo parecía ir a pedir de boca. Pero a poco y durante el silencio nocturno comenzó a despertarla los ruidos que provocaba una cisterna que no era la suya. Parecía evidente que las fugas del agua procedían del piso superior, el 8ª B, por lo que al día siguiente, después del almuerzo, subió a dicho inmueble y tras llamar un par de veces en la puerta (el timbre no sonaba) sin suerte, bajó a comentárselo a Fermín. Éste le informó que el piso estaba vacío desde hacía casi un año, después de estar habitado por dos universitarios de los que nada más se supo. Aseguraba que los propietarios de esa vivienda residían en Madrid y que por alguna razón desconocida no lograban alquilarlo o venderlo. Desde luego a él como presidente no le habían dejado llave alguna ni señas concretas. La única certeza era que los gastos comunitarios se abonaban en la  cuenta bancaria de la comunidad. Y para colmo, al ser un bloque tan antiguo, la estructura carecía de un cuarto de motores con las llaves de paso correspondientes a  cada vivienda. El agua entraba directamente en los pisos por la presión de la tubería viaria. Por este motivo algunas viviendas tenían problemas, en ocasiones, con el calentador del agua a butano o soportando un suministro con muy débil presión hídrica. Por ahora había que tener paciencia con los ruidos nocturno de la cisterna, aunque Fermín prometió consultar en la entidad bancaria, a ver si lograba obtener algunos datos que le permitieran ponerse en contacto con el desconocido propietario.

Lo preocupante de la situación era que esos ruidos de fontanería se vieron acompañados por otros sonidos indefinibles, a modo de crujidos, que despertaban a Leire de su descanso en medio del silencio ambiental de la noche. Fermín le explicaba, con respecto a estos otros ruidos, que eran comunes en todo el inmueble, debido a la prolongada antigüedad del mismo. Probablemente eran contracciones y dilataciones, derivadas de los cambios térmicos que se producen entre el día y la noche. A pesar de esta razonable explicación, Leire empezó a darle vueltas de si en estos hechos pudiera tener influencia la antigua propietaria y residente de la vivienda, la señora Renata. Algunas vecinas le comentaban que esta mujer se ganaba la vida con prácticas bastante misteriosas. Solía “echar las cartas” a personas que así se lo solicitaban, para averiguar el provenir, la suerte o la desgracia. Incluso se comentaba, habladurías de vecindad,  que Renata tenía algunos “poderes” mágicos o misteriosos, que incluso podrían entrar en el terreno de la magia y la brujería. Todas estas necedades y chascarrillos, a mitad de camino entre la broma y la seriedad, iban afectando al estado anímico de la nueva inquilina que, en momentos de nerviosismo, le hacían pensar que el espíritu de la finada aún continuaba haciendo “diabluras” en el espacio que había habitado mientras vivía. 

En el ámbito laboral, Leire afrontaba un denso horario  entre lunes y sábados. Aunque algunas semanas la temporalización del trabajo cambiaba, en general estaba al frente de la caja para el cobro, que le era asignada, entrelas 9 y las 13 horas, por la mañana y entre las 17 y 20 horas por la tarde. El domingo el supermercado no abría sus puertas y además a cada trabajador le correspondía una media jornada semanal de descanso. Desde un primer momento, Leire intimó con una compañera de trabajo llamada Leonor, una joven muy expresiva y abierta que le hacía partícipe de muchas de sus intimidades, especialmente aquellas que se referían a la relación afectiva pero algo inestable que mantenía con su pareja Domingo, un mecánico por naturaleza bastante mujeriego. Pero al paso de las semanas y los meses, otros dos personajes, vinculados con el supermercado empezaron a “competir” por los amores de la operaria rondeña. Por una parte, un auxiliar reponedor de mercancías, de nombre Elián, unos siete u ocho años menor que Leire que, con bromas al principio, con regalos e invitaciones después, quería ganarse los favores sexuales de su compañera de trabajo. Este joven había sufrido varios “golpes afectivos” y creía ver o encontrar en ella esa estabilidad que tanto apreciaba y que por su inmadurez necesitaba. No era éste el único pretendiente que “sobrevolaba” sobre la personalidad de la atribulada mujer, sino que también aparecieron las pretensiones del encargado del supermercado, Carmelo, un jesuita “exclaustrado” de mediana edad, diplomado en Empresariales, y que desempeñaba el puesto de máxima responsabilidad en este concurrido establecimiento comercial.

Sin embargo, en este sentimental contexto, Leire evitó tomar decisiones precipitadas que pudiesen alterar aun más su estabilidad, tras la dolorosa experiencia con Julián en Ronda. Eran hechos que no estaban lejanos aún en el tiempo y verdaderamente relevantes pues acaecieron cuando ya tenían incluso apalabrada la entrada económica en una vivienda de nueva construcción, obra promovida por un empresario local. Ambos pretendientes pensaban en un no lejano enlace que finalmente no se celebró. El aturdido Julián si acudió a los esponsales, pero con una compañera diferente a la inicialmente prevista. En realidad Elián era una persona inmadura, que sobrevaloraba en su compañera de trabajo ese equilibrio que ella parecía tener. En cuanto a Carmelo, el asunto era más complejo, pues era una persona de elevada formación, con muchos más años que Leyre y que atesoraba un puesto de trabajo excelente. Por razones obvias, este hombre tenía bastante “prisa” por formar una familia.

Tratando de ordenar todos estas emociones y conflictos un miércoles tarde, que tenía libre en su horario laboral, se fue a dar un paseo por el centro de la ciudad, sin un plan preconcebido o itinerario “temático”. Se dejó ir, gozando de esa agradable temperatura primaveral que sobrevolaba por todo este entorno acariciado por las aguas del Mediterráneo. Se iba deteniendo en diversos establecimientos, que ofrecían en sus escaparates muestras atrayentes para el interés de los posibles clientes. Al pasar por una afamada calle comercial, paralela a Larios, ante el gran expositor acristalado de una céntrica librería, se entretuvo unos minutos observando las portadas y títulos de las obras que allí anunciaban. Uno de estos libros tenía un curioso título que centró su atención: EL COFRE DE LAS SORPRESAS, PARA ESPÍRITUS DESENCANTADOS. Rótulo y portada generaron en ella uno de esos impulsos para los que no es fácil racionalizar la motivación. El precio no era excesivo, catorce euros, por lo que a los pocos minutos salió de estos recintos mágicos donde se fomenta la imaginación y la distracción, a través de la lectura, con dicho ejemplar en una pequeña bolsa de papel. No quedaba lejos el gran Parque de la ciudad, era Primavera, la estación que “alarga” y embriaga la luz de los días, todo lo cual invitaba a buscar un rústico banco de madera, rodeado de árboles, en donde iniciar su plácida lectura.

La primera “sorpresa” que como lectora experimentó fue al abrir el ejemplar. Tras su apertura comprobó extrañada que las primeras siete hojas permanecían en blanco, sin que en las mismas se hubiera escrito palabra o letra alguna. Sólo estaban impresos en esas hojas la numeración correlativa de las sucesivas páginas. Al final de la última hoja que estaba sin texto , aparecía una nota explicativa del autor, Uriel Abadía, un prestigioso psicólogo residente en la castellana ciudad de León.

“Amigo lector. Estas siete primeras hojas del manual para la autoayuda que acabas de adquirir, van a ser escritas por ti mismo. Imagino la expresión asombrada, pero ello no debe preocuparte. En  esas páginas sin texto vas a expresar, con la mayor sinceridad que puedas y durante cada una de las siete noches, el principal motivo de desencanto que, en tu opinión, hayas sufrido durante ese día que finaliza.  Al final de esta primera semana para la lectura, elegirás aquella reflexión que más te haya afectado en el sentimiento desencantado. Deseo que la envíes, una vez que la hayas recortado o fotocopiado. También la puedes escanear y me la haces conocer adjuntándola a un e-mail. La dirección del envío la tienes anotada a continuación. Tras su recibo, leeré su contenido y responderé cumplidamente a tus preocupaciones y consideraciones. Si lo estimas necesario, ampliaremos esta original correspondencia. Te espero.”

Este ofrecimiento del autor y especialista leonés resultaba verdaderamente atractivo, por su inteligente marketing comercial y social. Con esta primera gran motivación era fácil adentrarse en las restantes páginas del volumen, estas sí convenientemente repletas de letras y palabras. Con algunos pequeños relatos, a modo de ejemplos, Uriel exponía varios campos de acción a fin de ir encontrando esas compensaciones para aquellas personas que, por diversas razones, se encontraban, con más frecuencia de la asumible, en estados o situaciones de desencanto o desilusión. Había capítulos dedicados al placer espiritual de la música, a la apasionante creatividad artística, a la saludable acción deportiva, a la vitalista inmersión en el medio natural, al disfrute fraternal con el intercambio de la palabra, a la necia infravaloración de las pequeñas pero grandes cosas que tenemos a nuestro alcance, a cómo mirar y sentir un paisaje urbano o rural o cómo controlar mentalmente la significación de los “nublados” para tornarlos en plataformas positivas para el dinámico avance. El último capítulo estaba dedicado, con primorosa generosidad de tratamiento, a significativos valores, priorizando el de la amistad.

Volviendo a las líneas iniciales de esta narrativa, la significación humana de Leire no es objetivo preferente para el tratamiento mediático. Es una persona que atesora la grandeza de lo corriente y el anonimato rutinario pero sosegado de sus datos identitarios. A esta mujer, como a otras, no la vamos a ver impresa en las portadas de las revistas, “escaparates” llamativamente diseñados, que inundan esa prensa del corazón, magazines que semanalmente nos cuentan y muestran la teatralidad banal y programada de aquellos personajes que son famosos… básicamente por la necedad de nuestras apreciaciones y esos delirios empáticos para dejar de ser nosotros mismos. Su importancia insustancial en la fama está en función de nuestra capacidad por recrear y magnificar lo insustancial. Y nos preguntamos ¿por qué renunciamos a ver y sentir los encantos en la rutina de los días, en las sonrisas cercanas, en las mudas miradas de los que nos necesitan, en esas flores que alegran, en esas olas que juegan con la marisma o en esas estrellas inmaculadas que nunca duermen? 

En la actualidad Leire vive felizmente en pareja. Ambos tienen una hija pequeña, llamada Amia, que es la alegría de toda la casa. Residen en una pequeña localidad rural, plena de frondosidad natural, a unos 15 kilómetros de la capital provincial. En las mañanas él escribe y ella atiende a una niña pequeña, que crece y aprende los regalos hermosos que nos ofrece también la vida. Por las tardes, marido y esposa recorren esos kilómetros en la distancia, a fin de atender a los pacientes que esperan. Leire organiza las visitas de los enfermos y Uriel los atiende con la amabilidad que le caracteriza. En la biblioteca de casa, ocupa lugar preferente un ejemplar que posee un especial significado para los padres de Amia. Ellos lo suelen denominar “el libro (o cofre) de las sorpresas  y los encantos”.-


EL COFRE DE LAS SORPRESAS, PARA ESPÍRITUS DESENCANTADOS



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
24 Abril 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           




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