viernes, 19 de agosto de 2016

LUCES DE PELIGRO, EN LA FRÍA NOCHE DE UNA CARRETERA SECUNDARIA,


Un vehículo circula, manteniendo una moderada velocidad, por la zona de la alta Andalucía oriental. La naturaleza de la vía, una carretera nacional de doble sentido y con numerosas curvas, desaconseja superar los 70 kms/hora. Al volante del mismo se halla un único viajero, Romano De la Iglesia quien, a sus cuarenta y nueve años de edad, ejerce como representante comercial en una importante empresa de productos farmacéuticos. Es viernes noche y teme llegar demasiado tarde para la cena a su domicilio familiar, situado en el barrio de la Cartuja granadino, donde le esperan su mujer Custodia y la única hija de ambos, Nydia, que ha comenzado durante este otoño sus estudios de Grado en Educación Primaria.

Esta semana ha sido especialmente intensa en la agenda de este activo profesional de la industria química. Ha tenido que realizar numerosas gestiones con profesionales de la medicina pública y privada, por diversas localidades de las provincias de Córdoba y Jaén. Al anochecer de este Noviembre lluvioso, Romano ha terminado su última entrevista de trabajo más allá de las siete y media y sabe que aún le quedan aproximadamente unas tres horas de conducción hasta su domicilio, contando con que tendrá que parar en algún punto del trayecto a fin de tener un pequeño descanso y tomar alguna infusión. Aprovechará esos breves minutos de recuperación física para volver a contactar telefónicamente con su mujer, concretándole si llegará a tiempo para compartir juntos la mesa.

En la radio de su automóvil ha insertado un CD grabado con piezas de música clásica, modalidad a la que es buen aficionado. Esos gratos sonidos le ayudan a sentirse algo más acompañado en su viaje por estas estrechas vías secundarias, únicamente iluminadas por los dos faros del coche, salvo en puntos aislados de casitas rurales que reflejan alguna débil luz entre la brumosa la vegetación.

Tras detenerse brevemente en una perdida venta de carretera, después de unos ciento cincuenta kilómetros de marcha, reanuda su viaje sabiendo que aún habrá de recorrer casi la misma distancia hasta llegar a Granada, probablemente sobre las once de la noche. La marcha de su viejo Citroën se torna bastante cansina, pues no puede acelerar por una vía limitada a un máximo de 80 kms/h. Superar la velocidad establecida le ha supuesto varias infracciones de tráfico, siendo estas multas gravosas para un sueldo básico, sólo incrementado con las comisiones en la venta de productos. La empresa le abona unas dietas para estos desplazamientos y el coste del combustible, todo ello muy controlado por el departamento de contabilidad.

En el seno de la oscuridad de la noche, divisa a lo lejos unas luces amarillas, en estado de intermitencia. Desde hace bastantes kilómetros, no se ha cruzado con ningún otro vehículo. La circulación, a esas avanzadas horas del viernes, es muy escasa, por esta larga carretera secundaria que le ha de llevar hasta la autovía general. En pocos minutos se va acercando a ese punto de luces, de tonalidad entre amarillo y anaranjado.

Cuando está a corta distancia, reconoce que esas luces proceden de un automóvil parado en el estrecho arcén opuesto a su marcha, lo que obliga al mismo a ocupar algo de la calzada. Los faros de su vehículo apenas permiten distinguir dos siluetas, fuera del coche, que parecen ser las de un hombre y una mujer. Una de ellas mueve sus brazos, llamando la atención al conductor que circula en sentido opuesto a la dirección que ellos ocupan.

Deduce, en la necesaria lógica de muy escasos segundos, que le están pidiendo que se detenga. Sin duda, necesitan algún tipo de ayuda. Su primera intención, es aminorar la marcha y parar, en el casi inexistente arcén que tiene a su derecha. Pero también, en esos brevísimos segundos, le vienen a la mente algunas de las noticias y leyendas urbanas, acerca de ese supuesto accidente con que te encuentras en la carretera, en medio de la oscuridad de la noche. Después resulta que todo es un teatral simulacro, para obligar a detenerte. Cuando bajas del vehículo, a fin de ofrecer la ayuda que te están solicitando, el montaje se desvela y el aparente siniestro o avería mecánica resulta que no es más que una escenificación para perpetrar un desagradable  delito de robo o agresión personal.

En centésimas de tiempo, levantó el pie del freno y continuó su marcha. Ante la disyuntiva a tomar, durante muy  breves segundos, el sentido de la prudencia, junto a la autoprotección, se superpuso a la obligación cívica y solidaria, recogida en la normativa legal, de ayudar en carretera o en cualquier otra circunstancia, a todo aquel que manifiestamente la necesite o demande. Recorre así unos tres o cuatro kms. sumido en una profunda confusión anímica. Se dice sí mismo: “he debido parar, he debido parar, he debido parar”. Pero, a continuación, añade:

“¿Y si todo es una trampa? Verme robado, agredido o humillado. No puedo poner en riesgo mi vida pues, por encima de mi propia seguridad, está Custodia y mi hija Nydia …”

Una y otra vez, el representante De la Iglesia, vuelve a repetir en su conciencia la misma cantinela, sopesando los pros y contras de la decisión que ha adoptado en cuestión de segundos. El pensar que aquellas personas pudiesen estar heridas o con algún problema orgánico, o que tuviesen el vehículo averiado allá en el vacío de una noche, cuya temperatura se iba haciendo paulatinamente cada vez más baja, le desasosiega profundamente, incrementado de manera notable su estado de tensión nerviosa.

Tras esos pocos kilómetros de marcha, desde su sorpresivo encuentro con las luces de peligro, Romano observa que a corta distancia aparece un vetusto ventorrillo, con sus luces encendidas de una baja intensidad. Aparca el coche y entra en el interior, tras empujar una vieja puerta que chirría nada más tocarla. En aquel reducido espacio, donde predomina la madera ennegrecida por la humareda del hogar y con un fuerte olor a taberna descuidada y refritos cárnicos, no hay otro cliente más que él. El ambiente que ofrece el inquietante establecimiento es un sumo deprimente. El ventero, una persona entrada en años, mal aseada y con el semblante adormilado, le “pregunta” con la mirada y un gesto mímico qué va a tomar. El resto de un cigarro, ya casi quemado, permanece atrapado entre los labios de una boca (un tanto desdentada, como después pudo comprobar) no muy amiga de pronunciar palabra alguna.

Pide un café con leche, pues la baja temperatura de la noche no invita al consumo de cervezas u otro tipo de bebidas. Mientras saborea la infusión, le sigue dando vueltas a la insolidaria respuesta que ha dado a esas dos personas que reclamaban su ayuda al borde de la carretera. Cada vez más abrumado por su conciencia, paga la consumición a ese silencioso y desagradable tabernero, de ojos picarones y barba descuidada con un par de días sin rasurar. Con los nervios “a cuestas” cambia de actitud y decide volver a recorrer esos tres kilómetros que lo separan del posible vehículo accidentado. Las manecillas del reloj siguen su curso y este nuevo cambio de conducta le va a retrasar aún más la llegada a casa por lo que, antes de abandonar el fantasmagórico establecimiento, envía un nuevo whatsapp a Custodia, su mujer.

En pocos minutos llega de nuevo a ese punto de la solitaria carretera, donde estaba el Peugeot 307 gris plata con las luces intermitentes de peligro. Allí seguían esas dos personas, que de nuevo le hacen señales con los brazos para su detención. Romano siente miedo y desconfianza acerca de lo que se puede encontrar. Si aquello es una trampa urdida para atracarle, se verá atrapado en medio de un acto de delincuencia que le provocará imprevisibles y negativas consecuencias. Sin embargo está su conciencia, con ese martilleo constante que le recuerda su responsabilidad ante personas perdidas en una solitaria carretera. Sin duda, están reclamando ayuda. Sin duda, es una disyuntiva o situación muy complicada de resolver.

Efectivamente, se  encuentra con un chico joven, de unos veintitantos años y su acompañante, una mujer de parecida edad. Le comentan que se han quedado sin combustible, por alguna imprevisión o fallo en el marcador del depósito. Se dirigían hacia Extremadura y no sabían dónde se podía encontrar la estación de servicio más cercana. En más de hora y media que llevaban allí parados, sólo el coche de Romano había pasado por delante de su vehículo. Le agradecen profundamente que hubiera dado la vuelta, a fin de atenderles en su necesidad. Ambos comprendían que detenerse en una carretera de escasa circulación y a esas horas de la noche (el reloj marcaba ya las 10:15 h, en Noviembre) suponía tentar al imprevisible riesgo de la suerte.

Se disculpa por no haberse detenido en la primera ocasión, cuando vio sus señales. Les explica que, dada las historias que había leído en los medios de comunicación y en los comentarios populares, sintió una intensa preocupación de que un supuesto accidente pudiera ser el encubrimiento para atracarle o producirle algún tipo de agresión. Les ofrece su vehículo para trasladarles a alguna estación de servicio, donde pudiesen comprar algunos litros de combustible, a fin de poder reanudar su marcha.

En ese preciso momento aparecen, desde distintos puntos ocultos tras el arbolado, otras dos personas que, a tenor de las cámaras que llevan consigo, indican claramente su profesión de periodistas. Incluso alguien enciende algún punto de luz instalado dentro del vehículo sin combustible. Los cuatro jóvenes, vinculados a una empresa mediática se disculpan a su vez con Romano, explicándole que están realizando un reportaje sobre la solidaridad de los automovilistas en carretera. Dicho reportaje después lo ofertan para su emisión a través de diversas cadenas de la comunicación audiovisual. Habían estado grabando la actitud del atribulado representante, con cámaras ultrasensibles, las cuales podían operar en zonas de oscuridad o con muy bajo nivel de luminosidad. 

Cuando De la Iglesia al fin alcanza a su domicilio, en la zona del Realejo granadino, pasaban unos minutos de la una y media de la madrugada. Custodia, aún despierta, ha permanecido esperándole. Nydia ya descansa en su cuarto. A pesar de las llamadas telefónicas recibidas, la mujer se mostraba un tanto intranquila acerca de los curiosos avatares que su marido le había ido comentando durante su viaje de vuelta. Pero lo importante era que, aunque tarde, ya se encontrara en casa y con esa gran anécdota o experiencia por detallar.

Aproximadamente un mes más tarde de estos hechos, acaecidos en la fría noche de una carretera solitaria, el controvertido representante recibió una carta, procedente de la empresa audiovisual a la que pertenecían los imaginativos reporteros de la escenificación. En la misiva, le explicaban el día, hora y cadena en la que el programa sería emitido. Precisamente, en esa determinada fecha, un servicio de mensajería urgente entregó en el  domicilio familiar un pequeño paquete. Dentro del mismo venía un regalo de joyería para Custodia, la mujer del improvisado “actor” en el “reality show” o peculiar simulación escénica, acaecida en una noche desapacible de Otoño.-

José L. Casado Toro (viernes, 19 de Agosto 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

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