jueves, 4 de agosto de 2016

AQUELLOS NOBLES IDEALES, EN LA REALIDAD DE UNA AGENDA DE LOS AÑOS 80.

La información que había estado leyendo en el AEMET había disuadido a Julia de ir esa mañana a la playa. El mar se encontraba bastante revuelto y el cielo ofrecía un entoldado plomizo, a pesar de que el calendario marcaba esa canícula veraniega de los comienzos de agosto. En su mes de vacaciones, a pocos días de iniciar un circuito viajero pleno de aventura e Historia, por el mosaico insular del Egeo, esta profesional vinculada a un grupo financiero, licenciada en derecho y con dos masters en un completo y preciado currículo, se dispuso a modificar su mañana. Pensó que sería interesante poner un poco de orden en el contenido de un voluminoso aparador de los recuerdos, que reposaba en el lateral derecho del salón de estar.

Julia, acaba de cumplir los cincuenta y un años de vida. Tiene dos hijos, Nara y Marco, que están cursando sus primeros años universitarios. Su ex marido Iván, con el que compartió siete años de matrimonio, vive su ya tercera experiencia en pareja con una dominicana de muy buen ver y de la que podría ser su padre, por las diferencias que ambos tienen en edad. La situación económica de esta emprendedora mujer es gozosamente acomodada. El desempeño de un cargo ejecutivo en la empresa donde trabaja le reporta elevados ingresos anuales, lo que le permite vivir muy bien, sin que ella y sus hijos tengan que depender de los vaivenes e irresponsabilidad manifiesta de Iván, tanto en su comportamiento personal como en el inestable estatus económico que le contempla.

Tras encargarle a Esther, la joven que le ayuda en las tareas de la casa, unas compras en el súper, se encaminó a la sala de estar. Se mostraba dispuesta a poner al fin un poco de orden en esos cuatro últimos cajones de un aparador densamente ocupado por objetos de variada utilidad e importancia sentimental. Dedicó un buen rato a clasificar las decenas de fotos que estaban repartidas y mezcladas en sobres y carpetas, algunas ya con bastantes años de antigüedad. En esta tarea clasificatoria se encontraba cuando, debajo de unos expedientes escolares de sus hijos, se encontró con un sobre de cartulina color crema, tonalidad ya muy degradada por el paso del tiempo. El grueso volumen del mismo llamó su atención. Lo abrió y para sorpresa de sus recuerdos comprobó que su interior guardaba una entrañable agenda perteneciente a los años de juventud. En la portada de la misma, cuatro pequeñas cifras indicaban la puntual anualidad: 1985. ¿Qué sentido tenía haber conservado una antigua agenda, usada por ella cuando gozaba de aquellos inolvidables veinte años de vida?

Durante aquel ya lejano curso, en la primera parte de la década de los ochenta, ella estudiaba segundo, en la Facultad de Derecho. Su predicamento reivindicativo, la convicción que difundía entre sus compañeros a través de la palabra y el ejemplo, la permanente estrategia contra las supuestas injusticias de que los estudiantes eran objeto por parte de las autoridades universitarias y su planteamiento continuo de ayuda y defensa con respecto a los grupos sociales más desfavorecidos, facilitaron que fuera elegida dirigente y líder estudiantil por sus compañeros universitarios. La fuerza y tenacidad que desarrollaba en la formación de células revolucionarias, en el seno de las diferentes asambleas del movimiento estudiantil, le condujeron a un unánime protagonismo como delegada tanto de curso, como de nivel y, posteriormente, como representante de la facultad en la lucha juvenil por el cambio de una sociedad que amplios colectivos juveniles consideraban enferma y profundamente decadente.

Con una mezcla de ánimo, en el que había intriga, memoria, sentimientos y curiosidad, comenzó a pasar páginas, deteniéndose en algunos párrafos escritos, normalmente, bajo la intimidad cósmica de cada una de las noches.

“Hoy me siento satisfecha de haber conseguido una votación mayoritaria, en el seno del sindicato estudiantil, para el inicio de unas jornadas de huelga y lucha anticapitalista, especialmente contra la banca. Este insaciable sector  exprime, innoblemente, a los humildes impositores con tasas, penalizaciones y altos intereses que sólo consiguen “engordar” las ubres avaras y ambiciosas de los grupos dominantes con poder económico, político y, por supuesto, en la cultura social. Duro será, pero no cejaremos en nuestra lucha contra una política que hace a los ricos más poderosos y a los desfavorecidos más pobres y menesterosos”.

Este duro alegato era escrito, un 25 de abril,  por una joven que a sus veinte años se esforzaba por cambiar ese mundo que los mayores habían legado a los jóvenes de su generación.

“Esta tarde he sido golpeada, detenida y encerrada en un sucio y repugnante calabozo, durante más de cuatro horas. Todo ello por haber defendido a los trabajadores del sector comercio, en su huelga contra las imposiciones innegociadas del sector empresarial. He colaborado con el activismo obrero en la quema de contenedores y otras acciones callejeras, frente a las fuerzas represivas que sostienen las ambiciones capitalistas de los poderosos. Intereses éstos que pasan por encima, sin el mayor decoro, de las necesidades populares”.

En este caso, las palabras escritas que tenía ante sus ojos correspondían a un lunes de octubre, en el 85.

Julia pasaba lentamente las páginas, por esta manoseada agenda que superaba los más de treinta años de antigüedad. Reconocía, con indisimulable emoción, esos textos manuscritos con la caligrafía que tanto utilizaba en esa época de su juventud, hoy un tanto abandonada por el uso de los teclados informáticos, físicos o virtuales. Leía, con el sentimiento y nostalgia propio de la memoria, aquellos ardientes y limpios contenidos que reflejaba su forma de hacer y pensar durante los años de permanencia en las aulas universitarias. ¡Cuánto había cambiado su vida desde entonces!

Detuvo por unos minutos la entrañable lectura que realizaba, a fin de ir a la cocina en donde se preparó una taza de buen café con unas pastas. Volvió con la suculenta infusión al salón y, antes de volver a recorrer las páginas de su juventud, marcó el número de teléfono de su fiel amiga Merce, con la que nunca había dejado de tener una excelente relación desde que ambas fueron compañeras de estudio en las aulas de la facultad.

“¿Sabes  Merce que hoy me he reencontrado con mi agenda escolar del 85-86? La tenía guardada en un sobre, cuando ponía un poco de orden en las cajoneras del aparador. El impacto ha sido muy grande, especialmente en lo anímico, pues estas reflexiones, que solía escribir cada una de las noches, me acercan a una imagen personal ya lamentablemente perdida con el paso del tiempo, Aquellos años de nuestra juventud estaban presididos por esa nobleza, idealismo y valentía reivindicativa, a favor de los más débiles o desfavorecidos en la suerte de sus vidas, de la que hoy apenas queda nada. Realmente, ya no queda nada”.

“Mi amiga, no lo puedes negar. A ti te ha ido muy bien en la marcha por la vida, a pesar del fracaso en un matrimonio que difícilmente tenía que acabar bien. Yo conocía bastante bien a Iván, y sabía que no era una persona estable para mantener una relación de largo recorrido. Aún me asombro de esos siete u ocho años que lograste retenerlo a tu lado. Sin embargo, en el terreno profesional, todo te ha ido sobre ruedas. Por supuesto, tu excelente preparación y envidiable capacidad profesional justifican plenamente el status que con esfuerzo has conseguido labrarte. Pero no podemos negar que ese estado, especialmente en tu caso, de amplia solidez económica ha transformado nuestras vidas, llevándonos al terreno del aburguesamiento. Es la evolución por el tiempo, Julia”

Las dos antiguas amigas continuaron hablando durante algunos minutos, comentando diversos recuerdos y situaciones que hoy, esa agenda bien conservada, había permitido recuperar en sus respectivas memorias. Quedaron para una próxima tarde, en la que compartirían una merienda, las buenas palabras y, sobre todo, ese afecto que ambas habían sabido mantener.

Esta ejecutiva financiera continuó releyendo algunas páginas que resumían sus andanzas juveniles. Cada vez más en estado de confusión, especialmente en lo anímico, tomó la decisión de salir a la calle a fin de dar un largo paseo, por algún lugar donde encontrara vegetación, murmullos y esa ternura acústica e indefinible de los silencios. Necesitaba caminar, por lo que desechó sacar el Audi del garaje, dirigiéndose a pie hacia una parada de bus que la trasladó hasta el final del Parque malacitano. Desde allí se dirigió hacia las escalinatas de la Coracha, en las estribaciones de la colina de Gibralfaro y comenzó a subir hacia esos miradores desde los que se divisa el entorno portuario y gran parte de la ciudad. Reposando en unos de los asientos de piedra que jalonan el camino, divisaba desde esa inmejorable atalaya la placidez majestuosa del mar, el fluir constante de la circulación y el movimiento vitalizado de las personas en sus afanes, dificultades y sentimientos. 

Allí permaneció durante bastantes minutos del tiempo, reflexionando acerca de cómo pueden cambiar tanto las personas (pensando en sí misma) a lo largo de tres décadas. En su muy cualificado estatus, ella era en la actualidad una máquina de hacer ganar aún más dinero a todos aquellos que disponían sobradamente del mismo. En el recuerdo de los años ochenta, por el contrario, recordaba a una joven que se afanaba en ayudar a los que menos tenían, para que intentasen recuperar esa dignidad vivencial arrebatada por la desmedida ambición de unos pocos privilegiados ególatras del dinero. Resultaba paradójico: en este momento crucial para la reflexión, ella se veía a sí misma alistada y profesa en el culto materializado del capital.

¿Sería aún posible recuperar algo de aquellos limpios valores, que sustentaban una juventud abandonada en las brumas del tiempo? De manera afortunada hoy, en la casualidad de la vida, una vieja agenda le había hecho recordar que, frente al yo, existe el tú, el todos y ese valioso ejercicio, siempre necesario en lo humano, de la solidaridad.


José L. Casado Toro (viernes, 5 de Agosto 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

No hay comentarios:

Publicar un comentario