viernes, 21 de marzo de 2025

UN DESCUBRIMIENTO DE CINE

La Historia de la Humanidad podría resumirse con una fácil y densa definición: el proceso de un continuo descubrimiento. Efectivamente, lo que caracteriza a la evolución de la vida en nuestro planeta es ese maravilloso afán por descubrir nuevos avances, objetivo que carece de límites. Es infinito. Sin descubrimientos no habría avances, difícilmente existiría vida. 

A poco que reflexionemos, llegan a nuestra mente descubrimientos continuos en el desarrollo de la Historia, avances derivados del estudio investigativo y la suerte del azar. Todos los esfuerzos son útiles para este noble fin. Ya sean pequeños o de gran espectacularidad, todos los avances son aprovechables, mejorando y cambiando casi todos los órdenes y materias de la existencia terrenal. Desde el modelado y tallado de la piedra, el aprovechamiento del fuego, el trabajo con el metal, hasta la asombrosa realidad de la I.A. Inteligencia artificial, la humanidad ha ido transformado su forma de vida. Para beneficio de los niños, los adultos y los muy mayores. El asombro, el ímprobo esfuerzo y el placer fascinante por descubrir, es algo consubstancial a la propia existencia humana. Procedamos ya al núcleo narrativo de nuestro relato.  

Comienzos de la década de los sesenta, en la pasada centuria. Un niño de diez años, JAVI, es el único hijo del matrimonio formado por MARIO y JULIA, en una localidad de la costa oriental malagueña, en la zona de la Axarquía. El padre del niño hace unos años que decidió abandonar las redes y las artes de la pesca, cambiándolas por el horno y el obrador del pan y los pasteles, una actividad más estable y menos sacrificada que la aventura del mar. Julia se encarga de las tareas de la casa, hogar de una sola planta sobre el suelo, adosada a otras viviendas similares, de familias que viven de la pesca, en una calle de nombre emblemático: calle del Mar, próxima a la playa llena de turistas en verano y de jábegas y traíñas en cualquier época del año. El mar y la agricultura da de comer a una población humilde en su sociología económica. Es un microcosmos tranquilo, laborioso, de aceptación profunda y continua de la realidad vital. Aún no ha llegado la televisión o la maquinaría informática y la sofisticación electrodoméstica va entrando poco a poco (neveras, lavadoras eléctricas, etc.)  En este pueblo, como en otros de la misma zona, la radio, los tebeos, el baile del domingo y el cine, son las realidades lúdicas más comunes, junto a los juegos reunidos, el balón, las muñecas, los recortables, para los niños y el dominó, los naipes, el parchís y las horas de bar y el café, para los mayores.  

Dada la bonanza del tiempo en esta Andalucía mediterránea, funcionaba un cine de veranoEL UNIVERSAL, cuyas proyecciones se desarrollaban desde finales de mayo hasta comienzos de octubre. Durante los meses de julio y agosto había cine a diario, mientras que en el resto de los meses el cine sólo funcionaba los sábados y los domingos. Javi, desde pequeño, ha sido un gran aficionado a las películas, disfrutando con los grandes héroes de la gran pantalla. La magia del cine siempre ha sido su gran ilusión y mayor preferencia. Su esfuerzo durante toda la semana era conseguir esas 4 pesetas para adquirir una entrada que le permitiera asistir a la sesión de las 9 los sábados. Era la alegría y el regalo más grande que se le podía ofrecer. Con esa localidad, podía entrar todo contento en la gran terraza veraniega, y sentarse en la 5ª o 6ª fila, para estar bien cerca del gran murallón blanco que hacía las veces de pantalla. Por supuesto, también solía ir provisto de esa bolsa de palomitas de maíz o rosetas, que tanto entretenían y “alimentaban” durante la proyección. 

Nunca le habían explicado cómo funcionaba el mecanismo del cine. Sólo sabía que, desde una pequeña ventana, inserta en una caseta elevada situada enfrente de la pantalla, al apagarse las luces de la terraza, salían un foco luminoso, de color blanquecino, que al “chocar con la gran pantalla blanca se convertía en vaqueros a caballo, en indios con plumas rojas, en policías y en ladrones, con sus pistolas y en esos coches que mucho corrían, o en hombres, mujeres y niños que hacían reír, llorar, asustar. Además, podías volar como los pájaros, mientras por los grandes altavoces se escuchaban las palabras, sus voces y sus gritos y también las canciones que entonaban, mezclados con los sonidos de las trompetas, los tambores de los soldados y ese ruido mecánico cuya acústica indicaba que ya comenzaba la película y que dejaba de oírse cuando la proyección finalizaba. Entonces ese foco luminoso se apagaba. ¿Cuál sería el misterio que habría dentro de la casetilla, en cuyo frontal se leía CABINA DE PROYECCIÓN? PROHIBIDO EL PASO. ¿Por qué saldrían de allí tantas historias para la distracción?

Una tarde/noche de cine, Javi fue uno de los primeros espectadores que entraron en la gran terraza de verano. Vio a LUCIO, el electricista del pueblo, que se dirigía a la caseta “mágica” (como el niño solía llamarla) llevando en su mano derecha un gran saco de estopa, con el que subía la escalera que accedía a la cabina de donde salía después el foco de luces de las películas que se convertían en cine. El pequeño dedujo que el electricista era el encargado de “echar el cine” ¡Cuánto le agradaría, todo lo que daría, si un día pudiera entrar en la caseta mágica!

La suerte viene sola, pero también hay que buscarla. El gran objetivo de Javi era poder entrar en esa pequeña habitación, situada enfrente de la gran pantalla, a fin de descubrir cómo se “cocían” los mecanismos mágicos de lo que todos veían en pantalla. Una tarde, cuando este niño cinéfilo estaba con su padre en el obrador de la confitería, mientras que el confitero preparaba una gran tarta de boda, se produjo un cortocircuito y la máquina amasadora dejó de funcionar.  Rápidamente Mario envió a su hijo para que avisara a Lucio el electricista, cuyo taller estaba a sólo dos calles de la confitería panadería. El objetivo era que el técnico electricista se desplazara a la confitería EL ROSCÓN, para que intentara arreglar la avería.  Lucio, siempre muy servicial, se presentó en el obrador, portando un gran maletín con herramientas, tardado en hacerlo no más de 15 minutos. 

Mientras estaba arreglando el cuadro eléctrico, Javi, con una admirable valentía, se acercó al Técnico y sonriente le dijo “Sr. Lucio, Vd. es el que echa cine en el Imperial. Nunca he estado en la cabina donde se “hacen las pelis … Me haría mucha ilusión saber cómo se hacen” “Bueno chaval, ve que te gusta el cine. Pues el sábado, que, se proyecta una peli de soldados e indios, titulada TAMBORES LEJANOS (la rodaron en 1951) y el protagonista más importante es Gary Cooper, vestido de azul, con el uniforme del séptimo de caballería. Vas a disfrutarla y me vas a acompañar en la cabina de proyección, para que me ayudes y veas cómo funciona todo aquello.  Se trata de un capitán que lucha contra los indios seminolas, que llevan en su uniforma muchas plumas de colores. Así que te recojo a las 8 y te vienes conmigo al cine. Ese día no vas a pagar entrada. Te enseñaré todo lo que hay dentro de la “misteriosa” cabina de proyección, como tú la llamas”

Javi apenas pudo dormir aquella noche, pues la emoción lo embargaba. Al fin iba a descubrir el misterio de la magia del cine. Era jueves y faltaban dos días para conseguir el disfrute de aquella tan grata y misteriosa experiencia. Ese mes de agosto de había presentado bastante caluroso. Así que a la llegada del sábado, Julia su madre le preparó una cantimplora con agua fresquita, introduciendo en la misma trocitos de hielo. Además, le preparó un “súper bocata” de pan con mortadela MINA. De postre iba una pastilla de chocolate DOLCA con leche y almendras. Cuando Lucio pasó a recoger al “chiquitín” como cariñosamente llamaba al hijo de Mario, éste les tenía preparado un “papelito con hojaldres, rellenos con cabello de ángel, marca de la casa “¡Pórtate bien con Lucio! Que te va a enseñar la magia del cine. Igual, algún día, te conviertes en maquinista o proyeccionista de películas.”

La primera impresión que el chico, pleno de ilusión, experimentó, aquella tarde de sábado fue la de entrar en el cine sin pasar por la taquilla, que a esa hora de las 7 de la tarde aún se encontraba cerrada. Le impresionó observar la gran terraza con las hileras de sillas vacías, aún no había público en el interior. De la mano de su amigo Lucio, subió por la escalera, que sólo el proyeccionista podía recorrer, y que daba acceso a la caseta a la “misteriosa” cabina, en donde se preparaban las películas que después tomaban vida en la pantalla. ¿Qué misterio encerraba aquella pequeña habitación, como para poner en la gran pantalla una película diferente cada día? Las explicaciones de Lucio no tardaron en llegar. 

“En estos grandes rollos de una tira “infinita” de plástico transparente, llamado “celuloide” está la película dividida en miles de cuadraditos. Tambores lejanos, la que hoy vamos a proyectar viene repartida en cuatro grandes rollos”. Le enseñó, al trasluz” algunos de esos cuadraditos o fotogramas y Javi vio unos soldados a caballo.  Estos fotogramas, al pasar a gran velocidad por la luz que tiene delante una gran lente (como la de las gafas, pero de mayor grosor) dan la sensación de movimiento, cuando llegan a la pantalla. Pasan 24 fotogramas diferentes por segundo por delante del objetivo, Tu mente te hace creer que esas imágenes están en movimiento, como en la vida real. 

Primero montamos el 1º rollo en la máquina proyectora A. Cuando este rollo este terminando de pasar, hay que poner en marcha la máquina B, en donde ya estará montado el rollo 2ª. No nos podemos equivocar de rollo, porque entonces la película no se entendería. A mí me ocurrió una vez y te puedes imaginar la que montó el público que estaba en la terraza. Después haremos lo mismo con el rollo tres y el cuatro. Otro de los secretos del cine es que la luz que se concentra en la pantalla, a través del objetivo, no procede de una bombilla cualquiera, sino de estos dos grandes lápices de “grafito” (carbón) que están conectados a la electricidad dentro de la cámara. Cuando se acercan (hay un mecanismo que los va aproximando poco a poco, cuando las puntas incandescentes se van quemando) dan como una llamarada de luz muy fuerte, se llama arco voltaico, que pasa por los fotogramas y por la lente del objetivo, que agranda la imagen que vemos en la gran pantalla. Esa lente es muy importante pues, aparte de agrandar la imagen, impide que se vea borrosa cuando se proyecta. 

Y ahora te preguntarás dónde está “encerrado” el sonido que escuchamos a través de los altavoces de la sala, pues las imágenes “hablan”. Fíjate en cada fotograma de celuloide, en esta parte izquierda observarás un dibujo negro vertical, que no es siempre el mismo. Es lo que se llama banda sonora, como las que tienen los discos en las decenas de surcos. En los tocadiscos, la aguja pasa por esos surcos produciendo el sonido. En las películas no hay agujas, sino un rodillo especial que “lee” las palabras y la música de cada fotograma. Después ese sonido se agranda o amplifica a través de los altavoces, para que incluso las personas duras de oído puedan escuchar las músicas y las voces grabadas”. 

“Lucio, ¿que son los “cortes” que interrumpen la película y enfadan a los espectadores, que silban, tocan palmas y patean en el suelo?” “Pues muy fácil. A veces la película, el rollo continuo de celuloide, se rompe o se parte. Entonces el rollo sigue girando, pero ya no pasa por delante de la luz ni del objetivo.  Hay que parar de inmediato la máquina de proyección y unir los dos trozos de cinta que se han partido con un pegamento especial que se seca muy pronto, poniendo de nuevo la cinta de celuloide en los rodillos correspondientes para que se pueda ver de nuevo la película. Pegar las dos partes del celuloide se hace en apenas uno o dos minutos, hay que tener mucha destreza y no perder los nervios, a pesar de las chirigotas que se escuchan en la terraza”.

Javi estaba entusiasmado con todo lo que estaba aprendiendo. Ya era casi las ocho de la tarde, estaba oscureciendo y comenzaba a entrar personas en el cine. “Te voy a dar una bolsa llena de recortes de fotogramas, para que te distraigas en casa. Los pones delante de una bombilla y reconocerás a muchos actores y actrices que habrás visto en las películas. Javi ya pensaba en intercambiar algunos de los fotogramas con sus amiguitos del cole por canicas u otros tesoros para jugar. 

El tiempo pasaba y Javi permanecía bien atento a todo lo que hacía su gran amigo Lucio. Hicieron una prueba para pegar fotogramas y como pasar de un rollo a otro, parando y encendiendo una y otra cámara de proyección. Prepararon los trailers de las películas que se iban a proyectar en días sucesivos, también probaron los carbones “voltaicos”. Lucio le puso a Javi unas gafas de sol cuando abría la ventana de los carbones, para que la luz no hiciera daño en los ojos del pequeño. Javi nunca iba a olvidar el sonido de los rodillos girando, cuando se ponía en marcha una de las máquinas y el celuloide corría bien ensartado en los agujeros de cada fotograma. 

Se iba acercando la hora de comenzar la proyección. Faltaban muy escasos minutos para las nueve de la noche. Javi había ya dado buena cuenta del bocadillo que le había preparado su madre. También Lucio tomó el que llevaba preparado desde casa. Y juntos compartieron los dulces que Mario había preparado en la confitería para el postre de la cena. Javi prefirió quedarse en cabina para ver la película, para lo que Lucio le preparó un taburete desde el cual podía mirar cómodamente por otra de las ventanillas de la cabina. La terraza estaba repleta de público, que hablaban, bebían sus refrescos y consumían grandes bolsas de palomitas o rosetas de maíz. El sol ya se había despedido y el celeste del cielo se había tornado en azul, cada vez más oscuro, lo que iba a permitir comenzar la proyección. Fue el propio Javi quien dio tres toques de timbre, avisando a los espectadores que la película iba a comenzar. Previamente dedicaron unos minutos a proyectar los cristales de la publicidad (los cines también ganan, amigo Javi, además de con la venta de entradas, con las consumiciones del bar (chocolatinas, almendras, bocadillos, refrescos, caramelos, pipas de girasol, etc) y con la publicidad que se proyecta antes de comenzar la película). Desde la propia cabina se apagaron las luces de la terraza, dejando sólo aquellas bombillas de seguridad para evitar que los espectadores tropezaran y pudieran caerse al suelo. 

¡Comenzamos! El mágico rrrrrrrrrr de los rodillos sonaba y el celuloide corría como un bólido, a 24 fotogramas por segundo. El gran objetivo modulaba la imagen y filtraba la llama incandescente del arco voltaico que, como un volcán deslumbraba y emocionaba para dar forma a las imágenes grabadas en loe metros “infinitos” del celuloide. “¡Javi, ponte las gafas y vigila que los carbones no se separen demasiado con el desgaste, pues entonces se nos quedaría “sin luz suficiente” la pantalla”. 

Esa noche de sábado se había iniciado la primera y gran lección de un futuro maquinista o proyeccionista de cine. Fueron muchas las noches en que la terraza del Cine UNIVERSAL contó con dos proyeccionistas en cabina. Uno veterano y el otro un adolescente al que le gustaba mucho la magia del cine. Al paso de los años, Javier comenzó a trabajar durante los veranos en la cabina del Universal, ayudando a Lucio quien lo consideraba como a ese hijo que el destino no le quiso conceder. 

Hoy JAVIER CRUZ es jefe de cabina de los multicines El Ingenio, en el centro comercial del mismo nombre, entre Torre del Mar y Vélez Málaga. Controla 12 salas. Visita con periodicidad a su amigo y maestro Lucio, ya jubilado, al que siempre lleva unos dulces de hojaldre con cabello de ángel, de la confitería El Roscón.

 

 

UN DESCUBRIMIENTO 

DE CINE

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 21 MARZO 2025

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 14 de marzo de 2025

LA LEYENDA DE LA CASA ENCANTADA

Cuando tomamos la lúcida decisión de salir al entorno natural, realizando una siempre grata jornada senderista, también cuando conducimos por alguna carretera boscosa, suele impresionarnos la presencia de esas pequeñas o más grandes casas rurales, que están diseminadas por laderas montañosas y valles más o menos agrestes, solitarias y aisladas de los entornos urbanos.

Al margen del estado de conservación de estas viviendas (en apariencia, un tanto “abandonadas” en su cuidado) nos fascina e impresiona la realidad de poder vivir en medio de la naturaleza, frecuentemente en el bosque, alejados de los incentivos culturales, comerciales, lúdicos, sanitarios, con una difícil comunicación respecto a los núcleos densificados de las ciudades.

Parece obvio que la impresión de estas casas “perdidas” y aisladas en el seno de la naturaleza no es la misma cuando las vemos en horas diurnas, en esas mañanas o tardes soleadas, con una cálida y agradable temperatura, que en los días nublados, lluviosos o tormentosos y sobre todo en las horas nocturnas. Pensamos en las dificultades sobrevenidas, cuando sus residentes tengan alguna dificultad o urgencia médica o de otra naturaleza. En este caso, la admiración por esos aislados lugares de residencia “campestre” cambia por completo. En ese contexto de la vida “aislada y natural” se inserta nuestro relato de esta semana.

La historia, objeto de esta narrativa, se genera en una muy “usada” y escasamente reparada casita de campo, ubicada en el entorno vegetativo de la SIERRA DE LAS NIEVES malagueña. Era una vivienda unifamiliar, de planta baja y un piso, cubierta con un gran tejado a dos aguas, protegido con tejas de cerámica andaluza y también con grandes lañas de oscura pizarra. La recia construcción había utilizado y mezclado el ladrillo, la piedra y la madera, con no muchos ventanales para la protección térmica en las estaciones invernales, dada su significativa altura sobre el nivel del mar. Tenía una amplia zona trasera dedicada para establo, en el que había un par de vacas, un caballo, un rebaño de cabras y esas gallinas, tan necesarias para la carne y los huevos.

Allí vivía una familia de cuatro miembros. Los padres, llamados ALONSO, 42, e ISABELA, 38, junto a dos hijos pequeños, VALENTÍN, 8, y LOURDES, 6 (como el abuelo paterno y la abuela materna). El padre, durante un tiempo, había trabajado en la albañilería, yendo cada día a poblaciones no demasiado alejadas, como Casarabonela, Carratraca e incluso a la localidad de Ardales. Para desplazarse cada día al “tajo” de trabajo utilizaba una furgoneta de “muchas manos) de poca potencia y poco gasto en combustible. Le servía de gran utilidad para salir de casa no más tarde de las 7 horas y estar puntual en su labor a las 8, con un horario continuo hasta las 16 horas, cuando emprendía el viaje de vuelta al hogar (con 45 m de descanso para atender al almuerzo que llevaba preparado desde casa. Al paso del tiempo, Alonso fue reduciendo, cada vez más, su trabajo en la construcción, por el sacrificio y dureza de esta labor. Fue dedicando cada vez más tiempo al cultivo, en pequeñas parcelas que iba preparando con ímprobo esfuerzo. Esa dedicación agraria la combinaba cuidando el no abundante ganado que poseía, pero que le proporcionaba beneficio alimenticio para su familia y para poder vender a comerciantes conocidos: carne, huevos, leche, piel, abono para la tierra, etc.

Isabela, mujer de fuerte tenacidad para el trabajo, cuidaba el crecimiento de los niños y aseaba la casa, la ropa, la plancha (de carbón, pues los cortes eléctricos eran más que frecuentes) recogía los huevos, cuidaba las plantas y las verduras. Esta polivalente mujer también preparaba las comidas, siempre atenta para que nada faltase. Alonso llevaba en su furgoneta a los niños para que asistiesen a la escuela de Casarabonela, unidad escolar en donde también almorzaban, volviendo con su padre a casa, a partir de las cinco de la tarde. Había tramos en las pequeñas y estrechas carreteras para los que había que aplicar una gran destreza, pero la experiencia para conducir de Alonso con su furgoneta Citröen era manifiesta, ya que había tramos en los que no había asfalto, sino caminos de tierra. En épocas de lluvias y tormentas, el barro que se formaba era abundante y peligroso, mientras que en las épocas estivales o de sequía, la lucha contra el polvo y la sequedad ambiental era continua, en una zona alejada de los aportes hídricos que humedecieran el ambiente y avenaran los cultivos

Sin embargo, la suerte de la “hidratación agraria” estaba en parte resuelta desde hacía largo tiempo. El abuelo Valentín había construido, además de la casa, un par de pozos que fueron mejorados por su hijo Alonso. Además, el destino les había sido generoso, pues no lejos del hogar había un nacimiento o fuente natural, de la que manaba agua en épocas del año como el otoño o la primavera. La llamaban la FUENTE DE LA FUENSANTA. como la patrona de Coín.

Cuando la electricidad no se “cortaba”, disfrutaban de una vetusta y “grandota” radio (de grandes lámparas) aunque en unos Reyes, alonso compró un transistor a pilas y un aparato de televisión, cuya imagen era harto deficiente, porque la proximidad de peñascos y montañas dificultaba la llegada de una buena señal. El sábado era el día en que toda la familia bajaba al pueblo en la furgoneta, para comprar determinados alimentos o ropa y vender a comerciantes conocidos el queso que elaboraban y también cestillos con huevos, pesetas ganadas que les venían muy bien para el sustento del hogar. También Alonso adquiría semillas e instrumental de trabajo para los cultivos que con mimo cuidaba. Isabela, que era muy devota, aprovechaba para asistir a la misa de doce, en la parroquia de SANTIAGO APÓSTOL de Casarabonela (antigua mezquita y posteriormente Colegiata).

Ahora, tras haber conocido el modo de vida de esta sencilla familia, cuyo hogar estaba encastrado en un entorno natural montañoso, vayamos a conocer el por qué su vivienda era llamada LA CASA ENCANTADA.

Este intrigante y curioso nombre derivaba de una tradición popular, que estaba convencida de que en ella habían tenido, en el decir de la gente, diversos episodios extraños o sobrenaturales. Estos hechos ocurrieron en tiempos del abuelo VALENTÍN, el padre de Alonso, antes de que emprendiera el postrer “viaje” al reino del infinito, tras una muy larga longevidad, por su buena naturaleza y su residencia en un entorno maravilloso de naturaleza, como era la sin par Sierra de las Nieves.

La casa fue construida por el abuelo Valentín, con todo el esfuerzo de sus manos y una rígida e impresionante voluntad. Fue una obra de “autoconstrucción”, posteriormente legalizada, en una zona relativamente aplanada o con pendiente de pocos grados, para ir colocando la cimentación, los pilares, los muros, las ventanas y el tejado protector. Dicen que un cabrero de la zona le ayudó, a cambio de alimento y cobijo, pues éste tenía problemas con la ley. Semana tras semana y año tras año, la casa se fue conformando, habitándola este hombre del bosque, que vivía con su mujer ENGRACIA, alejado de la vorágine urbana. Solo tuvieron un hijo en su no largo matrimonio. El transporte para las necesidades materiales y físicas lo hacían con un carro tirado de una mula.  Vivían, y gozaban a su modo, la felicidad que proporciona el entorno “salvaje” y natural. Pero un mal día, era otoño, como el de las vidas, Engracia se fue a la eternidad. Su propio marido la enterró, en un lugar secreto que sólo él conocía. El pequeño Alonso, con nueve años, vivía muy unido a su padre, ayudándole en todo y aprendiendo de la naturaleza y el cuidado de los animales. Precisamente fue Valentín quien enseñó a su retoño las artes de la albañilería, “para que fuera un hombre de buen provecho”.

Pero Valentín nunca podía olvidar a su mujer. Llevaba mal su viudez. Alonso, en su adolescencia, se despertaba por las noches, cuando desde la cama veía las luces del fuego de la hoguera en la chimenea y escuchaba a su padre hablando con alguien. No comprendía con quien estaba comunicando a esas horas tan avanzadas de la madrugada. Lo más extraño era que, junto a la voz de Valentín, que lógicamente bien conocía, hablaba otra voz, más ronca, apenas perceptible, que parecía proceder desde la ultratumba. Una noche, el joven Alonso se despertó, una vez más, al escuchar palabras, a modo de conversación, desde el salón hogar de la chimenea. El reloj marcaba las tres. Con gran sigilo, se levantó del lecho y caminó de puntillas y descalzo desde la alcoba, asomándose, sin hacer ruido alguno, a los maderos de la escalera, desde donde divisaba gran parte del salón estar. Los leños de la hoguera ardían con una tonalidad anaranjada rojiza, a fin de compensar la frialdad exterior. Su padre estaba sentando en su sillón de culo de anea, mirando el chisporroteo que generaba la resina de la madera quemada en el ardiente hogar.  Como otras noches, Valentín estaba hablando, muy pausadamente. Cuando se callaba, sonaba en la habitación una voz diferente, ronca pero melodiosa, que l respondía a los comentarios que el leñador y pastor le planteaban. Pudo escuchar con nitidez una frase que decía “Gracias, mi amor, por acordarte todas las noches de mi” frase que generó en el joven un miedo terrorífico. ¿Estaba su padre hablando con su madre muerta (hacía más de cuatro años) y ésta le respondía? ¿De dónde procedía esa voz algo dulce y ronca, si Valentín permanecía solo frente al fuego del hogar?

Cuando Valentín bajaba al pueblo y entraba en alguna taberna para tomar su vaso de vino, comentaba (a medida que el alcohol iba haciéndole sus efectos o delirios) que él había hablado recientemente con su difunta Engracia. Por ahí fue también fue comenzando la leyenda de la Casa encantada.

Alonso era consciente de los numerosos ruidos y “misterios” que se escuchaban en la estructura de la vivienda: crujidos de las vigas de madera, grietas en el suelo, sonidos hídricos “impetuosos” que se escuchan en el subsuelo, ventanas cerradas que, de manera insólita, se abrían, cacerolas que se caían al suelo desde el platero, sin que nadie las hubiese impulsado, fuegos en los leños que permanecían ardientes durante toda la noche y que a la mañana siguiente no se habían consumido … Cierto día, cuando Alonso llegaba con su furgoneta a la casa, observó que salía un poco de humo blanco por la chimenea exterior. Cuando aparcó y entró en la vivienda, observó con preocupación que el fuego del hogar estaba apagado, aunque el olor a leño quemado estaba presente en el ambiente.

En otra ocasión, Alonso tomaba un ardiente café en un bar de Casarabonela, acompañado de POLICARPO, amigo escolar desde la infancia, quien trabajaba como panadero en el obrador de una confitería. Había bajado al pueblo y mientras esperaba para recoger a los niños de la escuela, comentaba con su amigo aspectos de “la casa encantada”. Poli, una persona ruda, pero bastante sensata, le decía: “estas cosas suelen ocurrir cuando las personas viven aisladas en medio de la Naturaleza. La falta de proximidad con otras viviendas y familias hace que “veamos y escuchemos” lo qye parecen fenómenos ocultos. La mayoría de esos ruidos o hechos inexplicables están sólo en nuestra imaginación. Esos ruidos o sonidos misteriosos derivan de razones físicas: las diferencias de temperaturas, la acomodación de los cimientos, los mantos de agua subterráneos (que llaman “freáticos) o también, por qué no decirlo, de consecuencias sonámbulas, que hace que encendamos o apaguemos el fuego por alguna ensoñación.

Como ocurre en muchas localidades rurales, apartadas de la densa urbanización o de la vorágine turística, los vecinos disponen de mucho tiempo libre para inventar y exagerar, acerca de los hechos cotidianos de la existencia. De esta manera nació y se difundió, de boca en boca, esos comentarios, chascarrillos o leyendas, acerca de esa casa “perdida entre los escarpes boscosos de la naturaleza. El propio Valentín, con la mayor naturalidad del mundo, le decía a su hijo “anoche hablé con tu madre. Me dijo que te aconsejara que cuidaras mejor a las gallinas, pues sus huevos son un buen alimento y que además se pueden vender muy bien en los colmados de los pueblos próximos. Ella era muy sabia, y me recordó que las rozaduras de los brazos y piernas se curan rápidamente untándote boñiga de caballo o de mula, que cicatrizan muy bien las heridas”.

Poco antes de fallecer, cuándo Valentín deliraba febrilmente en el lecho, su hijo Alonso entró en su habitación porque había escuchado voces desde afuera. Obviamente en la habitación solo se encontraba su padre, que hablaba o deliraba. Lo más importante del hecho es por momentos Valentín modificaba su voz, escuchándose esa pronunciación ronca y melodiosa que su hijo escuchaba cuando escondido entre los maderos de la escalera oía voces en la madrugada y su padre dormitaba junto al fuego. Hablaba y se respondía cambiando la voz. Los “misterios” de la casa encantada se iban desbrozando.

En las noches de intensa tormenta, con aparato eléctrico de gran luminosidad y acústica estruendosa, era muy frecuente que el fluido eléctrico se “cortara” y entonces Alonso, bien resguardado en su pelliza, tenía que salir para poner en marcha el generador de gasolina, a fin de mantener la luz y el calor.

Pero no todo iban a ser misterios y soledades. Cuando llegaba la primavera y el sol radiante se iba introduciendo entre el ramaje vegetal del arbolado, la vivencia en ese entorno natural suponía una delicia emocionante. La generosidad del paisaje, la intensa oxigenación, el dulce aroma de las plantas y las flores, la compañía de esos animales que daban alimento, fuerza y compañía, los florecientes cultivos para la subsistencia, todo ello (y no era poco) gratificaba un ambiente henchido de naturaleza.

Sin embargo, aún hoy, cuando algunos senderistas preguntan en el pueblo, cuál era el mejor camino para tomar, con el objetivo de llegar a un determinado lugar, siempre hay algún lugareño que, con la naturalidad de la tradición y la leyenda, aconseja “sigue por ese sendero y al llegar a la zona más boscosa te encontrarás con la Casa Encantada, en donde Alonso e Isabela te atenderán con amistad y generosidad. -

 

 

LA LEYENDA DE

LA CASA ENCANTADA

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 14 MARZO 2025

                                                                                                                                                                                                                               

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viernes, 7 de marzo de 2025

JUGLARES Y ARTESANOS EN EL LABERINTO URBANO

Hay palabras que en su significado pueden tener diversas definiciones y numerosos orígenes o determinantes. El vocablo elegido para este relato es MIEDO, con sus sinónimos de temor, horror, incertidumbre, angustia, ansiedad, crispación, desesperación, etc. Ese sentimiento puede generarse ante la grave enfermedad, por las consecuencias de una guerra, ante una película de ese género, cuando afrontamos una difícil prueba o examen escolar, ante una competitiva entrevista de trabajo, en un ambiente de oscuridad “tenebrosa”, ante cualquier tipo de amenaza, cuando esperamos los resultamos de una prueba analítica, a la hora de optar por una compleja decisión para nuestras vidas., en el ámbito artístico, el pintor o el escultor se “atemoriza” ante el “horror vacui”, vacíos que hay que llenarlos con relieves, esculturas o dibujos en el lienzo o en la pared. Incluso en el ámbito deportivo, pensemos en el guardameta de fútbol, cuando le van a lanzar un penalti desde los 11 metros de distancia. Como estamos comprobando, hay muchas situaciones en las que podemos sentir esa sensación de miedo. El relato de esta semana va a centrarse precisamente en la “crítica” situación de un escritor cuando, con la pluma o el teclado por delante, tiene numerosas páginas en blanco por rellenar y la inspiración, traviesamente, le ha abandonado. Vayamos, pues, a la historia.

RICARDO Areces Beltrán, es un periodista de mediana edad (47) que trabaja en un periódico de provincias. Está divorciado y tiene dos hijos estudiantes de educación secundaria que viven con su madre, SILVIA. Su trabajo le compromete a escribir una columna de prensa cada día, sobre actividades culturales que se desarrollan en la capital provincial o en pueblos de la provincia. Además de este seguimiento de la programación cultural, ha de preparar un reportaje semanal que se publicará en la revista dominical que se entrega con el periódico ese día, ilustrada con un buen soporte fotográfico. Esos reportajes tratan acerca de temas diversos que exigen una amplia extensión informativa, sustentada siempre en el interés de los lectores. Esos reportajes han de ser entregados con una semana de antelación, ya que la preparación de la revista exige un mayor tiempo de elaboración técnica con respecto a la edición diaria del periódico.

Era una tarde de martes en febrero, por consiguiente, tenía de plazo hasta el sábado para elaborar y entregar el reportaje que sería publicado el domingo de la siguiente semana. El problema y el “miedo” que lo albergaba es que tenía “la mente en blanco” acerca de qué escribir. La pantalla de su MAC, en la que aparecía un archivo Word, estaba completamente vacía o carente de palabras sobre el archivo “inmaculado”. Pasaban los minutos, aguardando la inspiración temática, que se resistía a llegar a su mente. Se ayudaba con alguna infusión, tomaba caramelos para la garganta, ponía música de diversos géneros, pero los minutos se convertían en horas, sin saber sobre qué escribir. Cenó pronto y como se sentía algo cansado del deambular por la mañana por centros culturales, se fue pronto a la cama, cerrando su ordenador, manteniendo el archivo Word completamente vacío de contenidos. Lógicamente había sopesado varios temas, pero antes de ponerse a escribir los veía “sin fuerza motivadora” para su mejor desarrollo, pensando en el interés del lector. La verdad era que llevaba unos días con inspiración bajo mínimos. Ya en la cama, se veía inmerso en una intensa desazón, intranquilidad o “temor” ante el reportaje que tenía que elaborar. Sabía que tenía aún cuatro días para hacerlo, pero esa visión del folio vacío de palabras, como un erial sin cultivo, le generaba un lógico “miedo” y angustia por la responsabilidad contraída.

Ya en el miércoles, tras realizar unas llamadas telefónicas a determinados gestores culturales, a fin de “cuadrar” la columna diaria, envió por correo electrónico la crónica de las actividades escénicas, conferencias y cinematografía para esa jornada. Pero le seguía preocupando cómo “llenar” el reportaje dominical pendiente para la revista VIDA (el título de esta revista se inspiraba en la mítica publicación estadounidense LIFE, que se publicó entre 1889 y 2007, con algunos intervalos por circunstancias diversas). Abría el archivo del ordenador y allí seguía completamente en blanco, sin título ni texto. Entonces Ricardo, como tantas veces solía hacer, se echó a la calle, tratando de encontrar esa inspiración, situación o personajes, que sustentaran el desarrollo de una buena historia, atrayente y motivador, por supuesto con un buen aporte fotográfico (siempre que salía a la calle, le acompañaba su pequeña, pero versátil, cámara LUMIX de Panasonic).

Desde su apartamento, en calle Refino (la calle donde nació y vivió Marisol, Pepa Flores,1948), prácticamente enfrente de la puerta de entrada de materiales para el Teatro Cervantes, fue caminando hacia la Plaza de la Merced, en donde estuvo contemplando el trasiego de turistas, que buscaban la casa natal de Pablo Ruiz Picasso. Continuó su deambular hacia la calle Alcazabilla, no sin antes observar el ritmo constructivo de ese gran hotel que va a sustituir al antiguo Cine Andalucía, a comienzos de calle Victoria. Monumental y gastronómica, casi siempre poblada de un turismo cosmopolita, agradecido a la bondad del tiempo atmosférico, en ese miércoles de febrero. Atravesó el Parque y siguió su caminar por el muelle 2 del Puerto malacitano. Con una admirable ilusión infantil, se montó en una de las barcazas que dan un paseo por la bahía, contemplando desde el mar a esa Malagueta y Gibralfaro, con la gran torre catedralicia, que bailaban al compás del suave oleaje de las aguas mediterráneas. Fue una grata hora de relax y ensueño, buena medicina para una mente aturdida en búsqueda ansiada de inspiración literaria.

De nuevo pisando tierra firme portuaria, reparó en diversos cantautores o versionistas musicales, quienes tocaban sus guitarras o “recitaban” sus canciones, ayudados por sus equipos de música “enlatada” o grabada. Fue precisamente en ese afortunado momento cuando le vino a su mente una lúcida idea, que no original, pero sí aprovechable, como era la de escribir acerca de esas personas que buscaban el sustento diario, ejerciendo sus habilidades cantoras, siempre con el platillo cercano para esperar o rogar la ayuda de aquellos a quienes sobran y de la que ellos carecen. ¿Por qué no hacer un buen reportaje, sobre estos juglares ambulantes que sobreviven por el laberinto urbano, que conforma la gran ciudad?

Obviamente, para realizar este trabajo, apàrte de su experiencia ciudadana, tenía que entablar conversación con algunos de ellos, a fin de tener conocimiento de primera mano acerca de las circunstancias de sus vidas. Incluso antes de provocar amistosamente ese necesario diálogo, fue pensando en un título apropiado para su trabajo: JUGLARES Y ARTESANOS CALLEJEROS EN LA SELVA SOCIAL, aunque lo de “selva social” después lo reconsideraría.

En este terreno portuario “nació” la historia de LUIS Laviña, nacido en Badajoz, perteneciente a una familia “acomodada” con importantes rentas agraria para su mantenimiento. Desde su infancia, el padre de Luis, un melómano de todo lo que sonara a pentagrama musical, lo matriculó en el conservatorio superior de la capital pacense para que recibiera clases de solfeo, queriendo que siguiera el aprendizaje de piano. Pero el adolescente Luis tenía un espíritu rebelde a “lo establecido”, no se acomodaba con facilidad a las pautas organizativas de la enseñanza reglada, por lo que tomó la decisión de abandonar las aulas del conservatorio. Para Luis la guitarra era su instrumento preferido. Realmente estaba dotado de una admirable destreza para trabajar y tañer las cuerdas de esa primera guitarra que, precisamente, le había regalado su padre en una afortunada noche de Reyes Magos.

El hijo menor y “rebelde” de la familia Laviña Floristán se integró, en su ya avanzada adolescencia, en un grupo musical que ganaba unos cuartos tocando y cantando en las ferias pueblerinas y veraniegas de la gran comarca extremeña y provincias limítrofes castellanas y andaluzas. Gente joven que sabía “vivir con poco”.  La arrogancia de su carácter le había llevado a renunciar a las rentas familiares, procedentes del cultivo de olivares y cría de animales porcinos. Sin duda era calificado como la oveja negra de la familia, mientras que sus hermanos Alfonso (doctor en medicina) y Nela (enfermera)buscaban también caminos autónomos para eso de ganarse la vida.

Al paso de los años, la fortuna familiar se resquebrajó, ya que el páter familias Don EUFRASIO, dilapidó gran parte del patrimonio con su patológica adicción al juego de la baraja, práctica o timbas en las que perdía mucho dinero, endeudándose en base al cada vez más limitado patrimonio familiar. Mientras los hermanos mayores se ganaban honradamente la vida, ejerciendo sus respectivas profesiones, Luis continuaba vagando “felizmente” era lo que deseaba) con sus compañeros “cambiantes” del grupo musico vocal LOS IRRESPONSABLES, tocando por aquí y por allá, por “cuatro perras gordas”, teniendo que recurrir a veces al reparto de alimentos de asociaciones benéficas.

Llegó un momento en que Luis, se independizó del grupo y quiso probar suerte como cantante y maestro solista de la guitarra, para la que estaba bien dotado. De apuesta apariencia, simpático y conversador, gozó de varias relaciones, especialmente con señoras mayores de muchas arrugas disimuladas con hábiles capas de cremas, que permitían lucir mejor. A estas señoras, con dinero sobrante, les agradaba tener bien cerca de sus cuerpos ajados a un joven bien parecido, quien además tocaba la guitarra como podrían hacer los “ángeles”. Estas señoras, de la 3ª o más avanzada edad, cuando se cansaban o aburrían del gigolo de turno, lo cambiaban sin miramientos por otro diferente, “Este ya no me gratifica”, vamos a por otro”. Las “respetables” señoras pagaban, así pues, había que bien satisfacerlas con orgánica y anímica “plenitud”.

Ahora, cercano a los 50, Luis trabaja o desempeña el rol de juglar callejero tocando, no a señoras de laxa y cremosa piel, sino alegrando con las cuerdas de su guitarra la vida de los núcleos turísticos. Con ello va obteniendo propinas que le permiten ese bocadillo y Cola, además de ir juntando para pagar las habitaciones de “mala muerte” hacinadas con seres de compleja procedencia, para dormir en el suelo sobre un trozo de goma espuma de dudoso aseo. La bondad climática de Málaga le permite dormir, no pocas noches, cubierto con el manto de colcha celestial dibujada de estrellas.

De todas formas, valora sobre manera su libertad, el no tener que depender de nadie gozando de continuo con la satisfacción que le produce los sonidos de su guitarra. Tiene sus propias canciones, pero le agrada más versionar las obras de los grandes cantantes del repertorio mundial. Opina que vivimos interpretando nuestras vidas en un mundo enfermo, donde la racionalidad, la generosidad y la tolerancia brilla por su ausencia. “Las guerras son las verdaderas pandemias que degradan al género humano”.

Se despidió cortésmente del periodista, explicando que dada la hora tenía que ser puntual para recoger el “menú” del almuerzo, que generosamente le entregaban los Ángeles de la Noche, en Santo Domingo, muy próximo al cauce seco del Guadalmedina. Dejó a Ricardo que le tomase algunas fotos, posando siempre con la mirada lejana y la sonrisa sincera en la mueca expresiva de su rostro. Por el rato de conversación y las fotos para el reportaje, Ricardo le entregó una buena propina, pues este hombre “cincuentón” con cara aniñada, le había proporcionado un interesante material para sustentar ese reportaje que se iba conformando en su imaginación. “Sí Luis, saldrá publicado en la revista VIDA, que se entrega gratis con el diario, correspondiente al domingo de la semana que viene”.

Ricardo, ya mucho más animado con respecto al día anterior, pensó que sería interesante contraponer a la figura del juglar con sus canciones, a una mujer, que también tratara de llevar su arte a la calle. Y la encontró, sin la menor dificultad muy próxima al teatro romano, coronado por la fortaleza reconstruida de la Alcazaba, en la calle del Pimpi, el Albéniz y el Museo de Málaga y todo ello “a dos pasos” de la gran Catedral renacentista y barroca, que da prestancia fervorosa a esta gran ciudad. Allí estaba una frágil mujer, vestida completamente de “noche”, como los alambres con los que hábilmente trabajaba. LAURA Albízar, gran amante de la libertad personal, nacida en San Sebastián, hacía 35 años. En un recio paño de lino beige, exponía el producto de su imaginación y destreza: figuras artísticas conformadas totalmente de grueso y fino alambre, mientras que ella seguía impasible trabajando, con sus manos suaves y pequeños alicates, otras formas, naturales y personales, delante de un público paseante que se detenía unos minutos para echar la correspondiente ojeada, susurrando con delicadeza y admiración ¡Qué maravilla!

“Algunas personas compran, cuando me ven trabajando con el pequeño instrumental. Unos alicantes y la fuerza de mis dedos. La experiencia me permite calibrar el trozo de alambre que he de cortar a fin de ir modelando de esas figuras que los compradores disfrutarán viéndolas en sus hogares. Sentirme libre de las ataduras empresariales es uno de los valores que más aprecio, en mi bohemia forma de vida. Desde muy joven me ha gustado el arte de modelar figuras con este flexible material. De hecho, cuando era pequeña, yo elaboraba mis propias muñecas y peluches que no quedaban tan mal” (entre sonrisas). Realmente he pasado por diversos oficios, yo que soy hija de madre soltera quien, un infausto día, desapareció tras un “viejo” con dinero, con el que se había encariñado. Cuando tengo urgencia de “pasta”, me paso por los hipermercados y ayudo en la reposición y ordenación de mercancías, sacando unos euros que me permiten mantener el alimento y el cobijo de algunas semanas de vida “libertaria” haciendo y vendiendo estas artesanías”.

“No, no me molesta la pregunta. Soy joven. Cuando tengo ganas de sexo, no encuentro gran dificultad para atraer a un joven a mi lado. Pero a la mañana siguiente, nos despedimos con un beso y un adiós. Nos deseamos lo mejor y a seguir caminando por las sendas que el destino nos haya reservado.”

Ricardo agradeció a Laura sus confidencias y el tiempo que le había dedicado, con amabilidad y franqueza. En correspondencia, le compró una bella creación floral, realizada con infinita paciencia y abundante alambre. También esta artesana de la calle permitió ser fotografiada, con toda su natural belleza, para salir en la revista Vida.

Ese domingo salió publicado el reportaje elaborado por Ricardo Areces, bajo el título JUGLARES Y ARTESANOS EN EL LABERINTO URBANO. Las fotos de Luis y Laura, trabajando sus habilidosas y preciosas artes, ilustraban un magnífico reportaje, en el que se analizaba la difícil y mágica existencia de estos “rebeldes” artistas, que marchan y “hacen” su camino al margen de la estructura capitalista empresarial y otros determinantes sociales-.

Siempre hay un EPÍLOGO para cualquier historia. A buen seguro, tanto Luis como Laura compraron el periódico dominical, en el que se adjuntaba la revista VIDA en la que ellos eran protagonistas, con respecto al reportaje del periodista Ricardo Areces. Varias semanas después del “aplaudido” reportaje, el conocido periodista caminaba por el Parque sur. Se dirigía a un prestigioso restaurante en donde había quedado citado con varios compañeros de trabajo y amigos, para celebrar la jubilación de un periodista de la redacción. La cita era a las 14:00 horas, en los salones del hotel Miramar. En un momento de su lento paseo percibió, en unos de los jardines laterales, a una pareja, efusivamente abrazada. Creyó reconocerles. Efectivamente, eran Luis y Laura. Se acercó a ellos, con discreción y mostrando una sonrisa les dijo “Vaya suerte que tengo, viendo a una estupenda parejita”. La veteranía del músico se compensaba con la juventud de la hábil artesana. Los tres se fundieron en un afectivo abrazo. Esta bella historia, de voluntades y existencias alternativas a lo establecido, tenía que acabar bien. Es una modesta y gran potestad del autor. -

 

 

JUGLARES Y ARTESANOS

EN EL LABERINTO URBANO

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 07 MARZO 2025

                                                                                                                                                                                                                               

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viernes, 28 de febrero de 2025

PROFUNDAS DIFERENCIAS ENTRE HERMANOS

 

Un tema bastante recurrente, en las conversaciones familiares y también entre amigos, suele ser la percepción e interrogantes que muchos padres se plantean acerca de la naturaleza y forma de ser en sus hijos. Los progenitores se preguntan y comentan con sus interlocutores, acerca de cómo es posible que sus descendientes directos “hayan salido o resultado personas tan diferentes”, cuando éstos han nacido de los mismos padres, han convivido en idéntico ambiente, han recibido igual educación (incluso en el mismo centro educativo) y han gozado de similares oportunidades ante su futuro. Con preocupación o pesar, esos padres observan que, desde la infancia, la adolescencia o en las etapas más avanzadas de la juventud y la madurez, esos hermanos tienen un comportamiento inequívocamente contrastado, tanto en el carácter como en la aplicación de valores, ofreciendo unas respuestas muy diversas en el discurrir de sus vidas. El asombro, el desconsuelo y la duda de esos progenitores es manifiesta, ante esta compleja realidad. En este contexto temático se inserta la historia narrada para esta semana.

Desde los años de la infancia y adolescencia, dos hermanos, Carlo, dieciséis meses mayor, y Marco, mostraban ser dos personas bastante diferentes, en sus respectivos caracteres físicos y anímicos. El hermano mayor tenía el cabello moreno y castaño era el color de sus ojos. Su forma de ser era notablemente sosegada, pero ello no era óbice para mostrar una positiva actividad, aplicada a sus obligaciones de estudio y empleo del tiempo libre para el ocio. Fue desde pequeño un estudiante ejemplar, ya no sólo por las excelentes calificaciones que obtenía en el colegio y posteriormente en el instituto, sino también por su constante interés por obtener respuestas a sus naturales interrogantes. Al finalizar la etapa del bachillerato, eligió cursar la carrera de filosofía pura, para sorpresa y gozo de sus admirados padres, carrera o grado que culminó también con su habitual brillantez.

Por su parte Marco, generaba desde “casi siempre” diferencias con su hermano mayor. Físicamente tenía el cabello rubio/cobrizo y el color de sus ojos era gris azulado. A pesar de asistir al mismo centro educativo que Carlo, su evolución académica estuvo lastrada con insuficientes y repeticiones de curso, por lo que fue incapaz de terminar los estudios del bachillerato, a pesar de la constante ayuda de sus padres y profesores, quienes tuvieron que aplicar con su “rebelde” carácter una notable dosis de paciencia, habilidad y comprensión, profesional y afectiva.

Este hermano, de carácter difícil y abierto a la conflictividad, se negó siquiera a probar en la interesante posibilidad universitaria, al cumplir los veinticinco años. Siempre activo en la práctica de los deportes y gracias a las gestiones y amistades de su padre, fue probando algunos trabajos temporales como auxiliar deportivo, pero siempre con el condicionante de su inestabilidad, por su falta de responsabilidad ante las obligaciones contraídas. 

El fundamento familiar de esos dos hermanos tan diferentes era estable y sin dificultades económicas o de otra índole. Ezequiel, padre y cabeza de familia, trabajaba como gestor administrativo en una conocida e importante empresa con sede en la capital malagueña y en varias importantes localidades del perímetro provincial. La madre, Alfonsa, mantuvo de casada su trabajo como dependienta, y posteriormente encargada, de una franquicia de cosméticos de gran renombre en todo el marco territorial nacional. Católicos practicantes (muy beatos) y matrimonio ejemplar en la visión de los demás, se preguntaban con frecuencia, medio en broma, medio en serio, cómo el destino les había concedido dos hijos tan diferentes de carácter. Comentaban “incluso en lo físico, tienen más diferencias que identidades”. Pero la familia Oria – Verdal entendía que la divinidad les había encomendado la mejor crianza y educación a esos dos hermanos que tanto contrastaban, a pesar de ofrecerles una identidad de trato, apoyo educativo y cariño desde una lógica y afectiva responsabilidad paternal. 

Un venturoso domingo de septiembre, Carlo, catedrático de Historia de la Filosofía en un centro público de formación secundaria, reunió a sus padres, hermano y a otros familiares allegados, a fin de hacerles partícipes de la importante, sublime y trascendente decisión que había tomado, tras muchos días y noches de profunda reflexión: iba a ingresar, tras solicitar la licencia correspondiente a la Administración andaluza como profesor funcionario, en el Seminario Conciliar de Málaga. Quería prepararse de manera adecuada para dedicar el resto de su vida a la práctica misional del sacerdocio. La feliz noticia, en modo alguno inesperada por parte de sus padres, provocó las naturales lágrimas, parabienes, abrazos y besos, en un clímax emocional escénicamente afectivo. El más frío y pensativo, aunque no le negó el abrazo cariñoso, fue precisamente su hermano Marco.

Tras realizar unos cursos de teología en la Gregoriana de Roma, “cantó su primera misa” como sacerdote consagrado, cuando apenas había cumplido los 32 años de vida. Desde el obispado provincial fue destinado a una barriada obrera y conflictiva en lo social, situada en el norte de la misma ciudad en la que había nacido, encomendándole que ejerciera una difícil y apasionada labor pastoral, en base a su juventud, ideales y profunda actitud vocacional. Ezequiel y Alfonsa se sentían inmensamente felices, ante la providencia y la suerte que el destino y la divinidad les había concedido.

¿Y Marco? Su evolución continuó en esa preocupante dinámica de la caída y el fracaso personal, que se fue haciendo más profunda y preocupante durante las décadas que sustentan la madurez personal, en los treinta y cuarenta años de la cronología vital. Para el mantenimiento de su insegura necesidad económica fue introduciéndose en ambientes “paralegales” haciendo amistades con personas que poco podían aportarle en positivos valores y en honestas actividades para su equilibrio y subsistencia.

Este “cabeza loca” de la familia tuvo un matrimonio fugaz (apenas medio año duró el mantenimiento del vínculo) con Lala, una camarera de alterne, joven que puso tierra de por medio al conocer la verdadera realidad del hombre con el que había matrimoniado. De por medio, el hijo menor de los Oria “navega a la deriva” en medio de la bebida, los juegos ilegales, deudas por doquier y algún consumo de sustancias narcóticas. Su padre tuvo que sacarlo de comisaría en varias ocasiones, pagando de su bolsillo los desvaríos que el desordenado Marco iba cometiendo, un día sí y el otro también.

En esta dura y difícil tarea de ir “limpiando” su equívoca trayectoria, el padre Carlo, su hermano, se sintió obligado a intervenir. No sólo centró partes de sus horas de oración en la inestabilidad de Marco, sino que mantuvo frecuentes y prolongadas (a veces “explosivas”) conversaciones con él, aportándole caminos saludables para rehacer y reconducir su persistente y equívoca trayectoria, en la que a falta de luces sólo resaltaban los errores y las sombras. Le buscó algún cómodo trabajo de vigilante en obras, locales comerciales y almacenes industriales. También acomodo laboral como conserje de portería, en un amplio bloque de pisos ubicado en una “buena” zona residencial. Pero en uno y otro caso, Marco sólo aguantaba unas cuantas semanas, porque no aplicaba una mínima responsabilidad a las tareas que se encomendaban. El incumplimiento de sus obligaciones, así como una injustificada falta de puntualidad en los horarios para su incorporación al trabajo (además de una evidente falta de limpieza, tanto en su ropa como en el decoro personal) obligaba a los empresarios a tener que despedirle de sus funciones, invitándole a que no volviera por el servicio.

Cuando Carlo visitaba a sus padres, éstos se quejaban amargamente de la desigual suerte que habían tenido con sus dos hijos. Sin embargo, el sacerdote los consolaba y tranquilizaba en conciencia, reiterándoles que ellos habían actuado correctamente, pues habían evitado discriminar la formación de uno u otro hijo: “Simplemente, así Dios lo quiere. Lo hace para ponernos a prueba. Él también me ha dado la gracia y la voluntad necesaria para llevar a cabo su proyecto, con el amargo dolor de tener un hermano descarriado, que no ha sabido encauzar su camino por la vida. Hacemos lo que podemos, pero ese es el destino y el reto que se nos ha marcado. Vuestra conciencia puede estar suficientemente tranquila. No tenéis por qué sentiros fracasados o amargados. Os habéis comportado con admirable responsabilidad y amplia largueza en el amor”.

Dedicó también algunas mañanas y tardes para localizar a Lala, la ex de su hermano. Pensaba que tal vez podría recomponer el frustrado matrimonio. Esta chica se ganaba ahora la vida como señorita de compañía de una muy veterana actriz de teatro, con un complicado carácter, quien necesitaba ayuda cuasi permanente para sus limitaciones físicas y psicológicas. Pero su excuñada le narró amargas escenas vividas de esos meses en que convivió con Marco, tiempo muy difícil de unión con una persona que difícilmente “estaba en sus cabales”. En la actualidad, esta joven se encontraba embarazada de Lucio, su nueva pareja, trabajador transportista y repartidor con una vieja furgoneta perteneciente a una fábrica de cerveza, con sede en la capital malacitana. Tras mantener una difícil pero clarificadora conversación con la que había sido compañera afectiva de su hermano volvió a su parroquia, caminando reflexivamente por las arterias viarias de la ciudad, “Hay árboles que dan muchos frutos, en todos los ciclos de la temporada, mientras que otros se “adormecen” e incluso acaban perdiéndose en el largo y enigmático letargo de la naturaleza”.

Y fueron pasando los años, no sólo por el entorno vegetativo de la naturaleza, sino también por los seres que sobre ella desarrollan sus ciclos de vida. ¿Qué ha sido de todas estas personas?

El hermano ejemplar, el sacerdote CARLO, ha superado ya el medio siglo de vida. Fue relevado por sensata y humanizada decisión episcopal de su muy conflictiva parroquia. No pidió este cambio, aunque física y psicológicamente estaba muy “quemado” de ejercer su función pastoral en una zona de constantes y severas tensiones sociales. La feligresía practicante y una mayoría de la opinión popular coincidían en aplaudir la encomiable labor que realizó, optimizando los medios materiales de que disponía y potenciando la entrega y la fuerza vocacional, sin reparar en su salud. En la actualidad presta servicio religioso en una tranquila localidad de la costa occidental, plena de encantos visuales y con una consolidada potencialidad turística.

De MARCO, el díscolo hermano, no es mucho lo que su familia conoce. Parece ser que encaminó sus pasos hacia el territorio helénico, residiendo en la isla de Paros, cuna geográfica de una viuda acaudalada llamada Isadia, necesitada de compañía, cuidado y afecto, casi dos décadas mayor que él. Estas son precisamente las funciones que ahora realiza, por las que recibe una interesante retribución. Conoció a esta veterana mujer, mientras trabajaba en los servicios navieros de una compañía de cruceros turísticos, como auxiliar de carga. Apenas mantiene contacto alguno con su familia. Sólo en fechas navideñas suele enviar algunas palabras amables, dirigidas expresamente a su querida madre Alfonsa.

LOS PADRES de ambos hermanos se mantienen bien conservados, física y anímicamente. Viven con sosiego su jubilosa y merecida etapa de ancianidad. Cierto día Ezequiel, mientras arreglaba el cierre de un altillo, en uno de los armarios empotrados de su domicilio, aplicando su habilidosa afición para el pequeño bricolaje, con el gozo añadido del entretenimiento, observó una antigua carpeta, que había ido de un sitio para otro en su despacho y que había perdido de vista desde hacía años. Contenía diversos y antiguos documentos. Pero en su interior, en un sobre bastante amarillento, por el paso del tiempo, descubrió unas fotos muy comprometedoras para su mujer. En las mismas se veía a una joven Alfonsa, con unas cinco décadas menos sobre su cuerpo, junto a un apuesto vecino, llamado Paolo, que estuvo residiendo en el bloque hacía muchos años. Era un empleado de banca, físicamente muy atractivo, que tenía amplia fama de mujeriego, poco serio y muy “ligón”. Permanecía en consolidada soltería. Parece ser que era un especialista en complicados líos de faldas. Su especial carácter era el de una persona inestable, impulsiva, amante del placer y la buena vida y un tanto condicionado por sus apetencias insaciables de sexo. Tras un par de años de permanencia en el bloque, abandonó la ciudad al ser trasladado a una sucursal de su entidad bancaria, con sede en Santander, su lugar de nacimiento. El problema de las fotos es que ofrecían la visión de su mujer muy “acaramelada” con ese vecino que a todas enamoraba. En la fecha de la foto, escrita en el reverso, ya había nacido Carlo. Pensando que todo debía ser un desliz de inmadura juventud, por parte de Alfonsa, tomó la difícil pero madura decisión de olvidar el muy desagradable asunto, a fin de no ensuciar una trayectoria matrimonial que, aparte esta lamentable y secreta relación, había sido del todo ejemplar. Un dato importante que explica, en este caso, no pocas debilidades y flaquezas humanas: el color del cabello del “gigolo” Paolo era … rubio cobrizo. Cerrando los ojos, Ezequiel rompió las fotos repitiéndose mentalmente “Dios nos enseña a saber personar”. Con tensa firmeza estaba dispuesto a olvidar el escabroso y grave “desliz de su esposa”.

La propia Alfonsa tuvo conciencia de la grandeza de carácter de su marido cuando, meses después de este hecho, limpiaba y organizaba los armarios, junto a una persona de confianza, Micaela, que acudía a su domicilio tres veces a la semana, contratada para ayuda de casa. Había guardado esas tres fotos desde siempre, en el más absoluto de los secretos. Al comprobar su inexistencia, comprendió que tenía que haber sido Ezequiel quien las había visto y probablemente las habría guardado, pero sin hacer mención alguna del hecho. Al igual que su admirado marido, ella tampoco quiso mencionar aquel grave e infortunado error en su juventud. Era mejor olvidar e “ignorar” un hecho que sucedió hacia más de medio siglo: el gran secreto de su vida.

Precisamente, siendo ya octogenaria, estaba un día postrada en la cama, por los molestos achaques propios de la edad. Hacia un par de años que su esposo “había viajado hacia el infinito” como ella una y otra vez repetía. Fue a visitarla, como hacía cada día, su hijo Carlo. Ocurrió en esa afectiva visita un hecho verdaderamente inesperado.

“Hijo mío, mi edad es muy avanzada. Desde hace tiempo he tenido intención de hacerte partícipe de una verdad que bulle en mi conciencia una y otra vez, provocándome profunda desazón. Creo que tu eres la persona indicada para conocerlo”. Pero el sacerdote Carlo no la dejó continuar.

“Madre, no es necesario que me expliques algo que yo bien conozco. Tu has sido y eres una excelente madre, que merece toda nuestra admiración, respeto y el más profundo de los cariños. En su momento Dios te puso a prueba y tuviste un momento de debilidad. Todas las personas cometemos errores, porque somos humanos. Pero estoy completamente seguro de que desde el Cielo se te comprende y se te ha perdonado. Tanto yo, como mi hermano Marco, donde quiera que esté, estamos orgullosos de tener esa madre que tantos querrían, en la que sólo vemos valores y un comportamiento verdaderamente modélico”.  

Este caso, objeto de la narración, no es un hecho de carácter aislado o de naturaleza insólita. A buen seguro ha ocurrido en el entorno privativo de muchas familias. La ciencia genética ayuda, de una manera fácil y dentro de la lógica, a entender las profundas diferencias existentes entre dos personas, que han nacido de la misma madre y han recibido el mismo cariño y la misma influencia educativa. Todo ello en el seno de una familia ejemplar. Puede haber, sin duda, otras razones, incluso igual de significativas, para comprender el radical contraste entre hermanos. Aquí se ha explicado una de estas circunstancias. –

 

 

PROFUNDAS DIFERENCIAS

ENTRE HERMANOS

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 28 febrero 2025

                                                                                                                                                    

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