La Historia de la Humanidad podría resumirse con una fácil y densa definición: el proceso de un continuo descubrimiento. Efectivamente, lo que caracteriza a la evolución de la vida en nuestro planeta es ese maravilloso afán por descubrir nuevos avances, objetivo que carece de límites. Es infinito. Sin descubrimientos no habría avances, difícilmente existiría vida.
A poco que reflexionemos, llegan a nuestra mente descubrimientos continuos en el desarrollo de la Historia, avances derivados del estudio investigativo y la suerte del azar. Todos los esfuerzos son útiles para este noble fin. Ya sean pequeños o de gran espectacularidad, todos los avances son aprovechables, mejorando y cambiando casi todos los órdenes y materias de la existencia terrenal. Desde el modelado y tallado de la piedra, el aprovechamiento del fuego, el trabajo con el metal, hasta la asombrosa realidad de la I.A. Inteligencia artificial, la humanidad ha ido transformado su forma de vida. Para beneficio de los niños, los adultos y los muy mayores. El asombro, el ímprobo esfuerzo y el placer fascinante por descubrir, es algo consubstancial a la propia existencia humana. Procedamos ya al núcleo narrativo de nuestro relato.
Comienzos de la década de los sesenta, en la pasada centuria. Un niño de diez años, JAVI, es el único hijo del matrimonio formado por MARIO y JULIA, en una localidad de la costa oriental malagueña, en la zona de la Axarquía. El padre del niño hace unos años que decidió abandonar las redes y las artes de la pesca, cambiándolas por el horno y el obrador del pan y los pasteles, una actividad más estable y menos sacrificada que la aventura del mar. Julia se encarga de las tareas de la casa, hogar de una sola planta sobre el suelo, adosada a otras viviendas similares, de familias que viven de la pesca, en una calle de nombre emblemático: calle del Mar, próxima a la playa llena de turistas en verano y de jábegas y traíñas en cualquier época del año. El mar y la agricultura da de comer a una población humilde en su sociología económica. Es un microcosmos tranquilo, laborioso, de aceptación profunda y continua de la realidad vital. Aún no ha llegado la televisión o la maquinaría informática y la sofisticación electrodoméstica va entrando poco a poco (neveras, lavadoras eléctricas, etc.) En este pueblo, como en otros de la misma zona, la radio, los tebeos, el baile del domingo y el cine, son las realidades lúdicas más comunes, junto a los juegos reunidos, el balón, las muñecas, los recortables, para los niños y el dominó, los naipes, el parchís y las horas de bar y el café, para los mayores.
Dada la bonanza del tiempo en esta Andalucía mediterránea, funcionaba un cine de verano, EL UNIVERSAL, cuyas proyecciones se desarrollaban desde finales de mayo hasta comienzos de octubre. Durante los meses de julio y agosto había cine a diario, mientras que en el resto de los meses el cine sólo funcionaba los sábados y los domingos. Javi, desde pequeño, ha sido un gran aficionado a las películas, disfrutando con los grandes héroes de la gran pantalla. La magia del cine siempre ha sido su gran ilusión y mayor preferencia. Su esfuerzo durante toda la semana era conseguir esas 4 pesetas para adquirir una entrada que le permitiera asistir a la sesión de las 9 los sábados. Era la alegría y el regalo más grande que se le podía ofrecer. Con esa localidad, podía entrar todo contento en la gran terraza veraniega, y sentarse en la 5ª o 6ª fila, para estar bien cerca del gran murallón blanco que hacía las veces de pantalla. Por supuesto, también solía ir provisto de esa bolsa de palomitas de maíz o rosetas, que tanto entretenían y “alimentaban” durante la proyección.
Nunca le habían explicado cómo funcionaba el mecanismo del cine. Sólo sabía que, desde una pequeña ventana, inserta en una caseta elevada situada enfrente de la pantalla, al apagarse las luces de la terraza, salían un foco luminoso, de color blanquecino, que al “chocar con la gran pantalla blanca se convertía en vaqueros a caballo, en indios con plumas rojas, en policías y en ladrones, con sus pistolas y en esos coches que mucho corrían, o en hombres, mujeres y niños que hacían reír, llorar, asustar. Además, podías volar como los pájaros, mientras por los grandes altavoces se escuchaban las palabras, sus voces y sus gritos y también las canciones que entonaban, mezclados con los sonidos de las trompetas, los tambores de los soldados y ese ruido mecánico cuya acústica indicaba que ya comenzaba la película y que dejaba de oírse cuando la proyección finalizaba. Entonces ese foco luminoso se apagaba. ¿Cuál sería el misterio que habría dentro de la casetilla, en cuyo frontal se leía CABINA DE PROYECCIÓN? PROHIBIDO EL PASO. ¿Por qué saldrían de allí tantas historias para la distracción?
Una tarde/noche de cine, Javi fue uno de los primeros espectadores que entraron en la gran terraza de verano. Vio a LUCIO, el electricista del pueblo, que se dirigía a la caseta “mágica” (como el niño solía llamarla) llevando en su mano derecha un gran saco de estopa, con el que subía la escalera que accedía a la cabina de donde salía después el foco de luces de las películas que se convertían en cine. El pequeño dedujo que el electricista era el encargado de “echar el cine” ¡Cuánto le agradaría, todo lo que daría, si un día pudiera entrar en la caseta mágica!
La suerte viene sola, pero también hay que buscarla. El gran objetivo de Javi era poder entrar en esa pequeña habitación, situada enfrente de la gran pantalla, a fin de descubrir cómo se “cocían” los mecanismos mágicos de lo que todos veían en pantalla. Una tarde, cuando este niño cinéfilo estaba con su padre en el obrador de la confitería, mientras que el confitero preparaba una gran tarta de boda, se produjo un cortocircuito y la máquina amasadora dejó de funcionar. Rápidamente Mario envió a su hijo para que avisara a Lucio el electricista, cuyo taller estaba a sólo dos calles de la confitería panadería. El objetivo era que el técnico electricista se desplazara a la confitería EL ROSCÓN, para que intentara arreglar la avería. Lucio, siempre muy servicial, se presentó en el obrador, portando un gran maletín con herramientas, tardado en hacerlo no más de 15 minutos.
Mientras estaba arreglando el cuadro eléctrico, Javi, con una admirable valentía, se acercó al Técnico y sonriente le dijo “Sr. Lucio, Vd. es el que echa cine en el Imperial. Nunca he estado en la cabina donde se “hacen las pelis … Me haría mucha ilusión saber cómo se hacen” “Bueno chaval, ve que te gusta el cine. Pues el sábado, que, se proyecta una peli de soldados e indios, titulada TAMBORES LEJANOS (la rodaron en 1951) y el protagonista más importante es Gary Cooper, vestido de azul, con el uniforme del séptimo de caballería. Vas a disfrutarla y me vas a acompañar en la cabina de proyección, para que me ayudes y veas cómo funciona todo aquello. Se trata de un capitán que lucha contra los indios seminolas, que llevan en su uniforma muchas plumas de colores. Así que te recojo a las 8 y te vienes conmigo al cine. Ese día no vas a pagar entrada. Te enseñaré todo lo que hay dentro de la “misteriosa” cabina de proyección, como tú la llamas”
Javi apenas pudo dormir aquella noche, pues la emoción lo embargaba. Al fin iba a descubrir el misterio de la magia del cine. Era jueves y faltaban dos días para conseguir el disfrute de aquella tan grata y misteriosa experiencia. Ese mes de agosto de había presentado bastante caluroso. Así que a la llegada del sábado, Julia su madre le preparó una cantimplora con agua fresquita, introduciendo en la misma trocitos de hielo. Además, le preparó un “súper bocata” de pan con mortadela MINA. De postre iba una pastilla de chocolate DOLCA con leche y almendras. Cuando Lucio pasó a recoger al “chiquitín” como cariñosamente llamaba al hijo de Mario, éste les tenía preparado un “papelito con hojaldres, rellenos con cabello de ángel, marca de la casa “¡Pórtate bien con Lucio! Que te va a enseñar la magia del cine. Igual, algún día, te conviertes en maquinista o proyeccionista de películas.”
La primera impresión que el chico, pleno de ilusión, experimentó, aquella tarde de sábado fue la de entrar en el cine sin pasar por la taquilla, que a esa hora de las 7 de la tarde aún se encontraba cerrada. Le impresionó observar la gran terraza con las hileras de sillas vacías, aún no había público en el interior. De la mano de su amigo Lucio, subió por la escalera, que sólo el proyeccionista podía recorrer, y que daba acceso a la caseta a la “misteriosa” cabina, en donde se preparaban las películas que después tomaban vida en la pantalla. ¿Qué misterio encerraba aquella pequeña habitación, como para poner en la gran pantalla una película diferente cada día? Las explicaciones de Lucio no tardaron en llegar.
“En estos grandes rollos de una tira “infinita” de plástico transparente, llamado “celuloide” está la película dividida en miles de cuadraditos. Tambores lejanos, la que hoy vamos a proyectar viene repartida en cuatro grandes rollos”. Le enseñó, al trasluz” algunos de esos cuadraditos o fotogramas y Javi vio unos soldados a caballo. Estos fotogramas, al pasar a gran velocidad por la luz que tiene delante una gran lente (como la de las gafas, pero de mayor grosor) dan la sensación de movimiento, cuando llegan a la pantalla. Pasan 24 fotogramas diferentes por segundo por delante del objetivo, Tu mente te hace creer que esas imágenes están en movimiento, como en la vida real.
Primero montamos el 1º rollo en la máquina proyectora A. Cuando este rollo este terminando de pasar, hay que poner en marcha la máquina B, en donde ya estará montado el rollo 2ª. No nos podemos equivocar de rollo, porque entonces la película no se entendería. A mí me ocurrió una vez y te puedes imaginar la que montó el público que estaba en la terraza. Después haremos lo mismo con el rollo tres y el cuatro. Otro de los secretos del cine es que la luz que se concentra en la pantalla, a través del objetivo, no procede de una bombilla cualquiera, sino de estos dos grandes lápices de “grafito” (carbón) que están conectados a la electricidad dentro de la cámara. Cuando se acercan (hay un mecanismo que los va aproximando poco a poco, cuando las puntas incandescentes se van quemando) dan como una llamarada de luz muy fuerte, se llama arco voltaico, que pasa por los fotogramas y por la lente del objetivo, que agranda la imagen que vemos en la gran pantalla. Esa lente es muy importante pues, aparte de agrandar la imagen, impide que se vea borrosa cuando se proyecta.
Y ahora te preguntarás dónde está “encerrado” el sonido que escuchamos a través de los altavoces de la sala, pues las imágenes “hablan”. Fíjate en cada fotograma de celuloide, en esta parte izquierda observarás un dibujo negro vertical, que no es siempre el mismo. Es lo que se llama banda sonora, como las que tienen los discos en las decenas de surcos. En los tocadiscos, la aguja pasa por esos surcos produciendo el sonido. En las películas no hay agujas, sino un rodillo especial que “lee” las palabras y la música de cada fotograma. Después ese sonido se agranda o amplifica a través de los altavoces, para que incluso las personas duras de oído puedan escuchar las músicas y las voces grabadas”.
“Lucio, ¿que son los “cortes” que interrumpen la película y enfadan a los espectadores, que silban, tocan palmas y patean en el suelo?” “Pues muy fácil. A veces la película, el rollo continuo de celuloide, se rompe o se parte. Entonces el rollo sigue girando, pero ya no pasa por delante de la luz ni del objetivo. Hay que parar de inmediato la máquina de proyección y unir los dos trozos de cinta que se han partido con un pegamento especial que se seca muy pronto, poniendo de nuevo la cinta de celuloide en los rodillos correspondientes para que se pueda ver de nuevo la película. Pegar las dos partes del celuloide se hace en apenas uno o dos minutos, hay que tener mucha destreza y no perder los nervios, a pesar de las chirigotas que se escuchan en la terraza”.
Javi estaba entusiasmado con todo lo que estaba aprendiendo. Ya era casi las ocho de la tarde, estaba oscureciendo y comenzaba a entrar personas en el cine. “Te voy a dar una bolsa llena de recortes de fotogramas, para que te distraigas en casa. Los pones delante de una bombilla y reconocerás a muchos actores y actrices que habrás visto en las películas. Javi ya pensaba en intercambiar algunos de los fotogramas con sus amiguitos del cole por canicas u otros tesoros para jugar.
El tiempo pasaba y Javi permanecía bien atento a todo lo que hacía su gran amigo Lucio. Hicieron una prueba para pegar fotogramas y como pasar de un rollo a otro, parando y encendiendo una y otra cámara de proyección. Prepararon los trailers de las películas que se iban a proyectar en días sucesivos, también probaron los carbones “voltaicos”. Lucio le puso a Javi unas gafas de sol cuando abría la ventana de los carbones, para que la luz no hiciera daño en los ojos del pequeño. Javi nunca iba a olvidar el sonido de los rodillos girando, cuando se ponía en marcha una de las máquinas y el celuloide corría bien ensartado en los agujeros de cada fotograma.
¡Comenzamos! El mágico rrrrrrrrrr de los rodillos sonaba y el celuloide corría como un bólido, a 24 fotogramas por segundo. El gran objetivo modulaba la imagen y filtraba la llama incandescente del arco voltaico que, como un volcán deslumbraba y emocionaba para dar forma a las imágenes grabadas en loe metros “infinitos” del celuloide. “¡Javi, ponte las gafas y vigila que los carbones no se separen demasiado con el desgaste, pues entonces se nos quedaría “sin luz suficiente” la pantalla”.
Esa noche de sábado se había iniciado la primera y gran lección de un futuro maquinista o proyeccionista de cine. Fueron muchas las noches en que la terraza del Cine UNIVERSAL contó con dos proyeccionistas en cabina. Uno veterano y el otro un adolescente al que le gustaba mucho la magia del cine. Al paso de los años, Javier comenzó a trabajar durante los veranos en la cabina del Universal, ayudando a Lucio quien lo consideraba como a ese hijo que el destino no le quiso conceder.
Hoy JAVIER CRUZ es jefe de cabina de los multicines El Ingenio, en el centro comercial del mismo nombre, entre Torre del Mar y Vélez Málaga. Controla 12 salas. Visita con periodicidad a su amigo y maestro Lucio, ya jubilado, al que siempre lleva unos dulces de hojaldre con cabello de ángel, de la confitería El Roscón.
UN DESCUBRIMIENTO
DE CINE
José L. Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 21 MARZO 2025
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