viernes, 8 de abril de 2016

PEQUEÑOS SECRETOS QUE NOS ALIVIAN, EN TIEMPOS DE ANSIEDAD.

Ese tiempo para compartir lo esperan con  ilusión, durante cada una de las semanas. Pero las cíclicas y entretenidas reuniones, donde hablan y meriendan en la tarde de los jueves, no es el único punto de encuentro que les permite seguir enriqueciendo su ya antigua amistad. Son también muchos los domingos de cada mes en que eligen una buena película de la cartelera, para ir juntas al cine. Y, por supuesto, los whatsapps navegan  entre sus móviles con admirable frecuencia diaria.

Son tres amigas que se conocen desde hace ya muchos años, prácticamente desde las aulas escolares de la secundaria. En el momento actual de sus vidas, Claudia, Gracia y Bea, recorren la senda, siempre esperada y temida, de la jubilación laboral. Son coetáneas en sus fechas de nacimiento y ahora caminan ya por la sexta década en el historial cronológico de sus respectivas biografías. Conozcamos, un poco más, acerca de las tres personas que nuclean esta atractiva historia para la reflexión.

Gracia y Bea enviudaron hace unos años, cuando aún ejercían sus profesiones de auxiliar de farmacia y maestra de preescolar, respectivamente. Por su parte. Claudia, la tercera amiga del grupo, ha permanecido trabajando durante la mayor parte de su vida laboral como agente comercial en una agencia de seguros. Hace precisamente  ahora un lustro en que ella y su marido decidieron poner fin, de manera civilizadamente amistosa, a la convivencia mantenida desde aquel vínculo matrimonial sellado en su apasionada juventud.

En general, el sosiego de esta etapa de jubilación es llevado bastante bien por las tres mujeres, aunque no es menos cierto que algunas circunstancias, relativas a los achaques propios de la salud y los imprevisibles roces familiares, enturbian en ocasiones la placidez necesaria en esa tercera fase que todos los humanos, de una manera u otra, hemos de afrontar.

En este jueves de abril, la cita semanal ha quedado fijada para las siete y media de la tarde. Bea tiene una revisión médica con su dentista para las cuatro. Piensa que ese tiempo intermedio será más que suficiente a fin de llegar a la cafetería habitual con la debida puntualidad. Cuando así lo hace, sus dos amigas ocupan ya una de las mesas del establecimiento elegido, ubicado en pleno corazón urbano. Como casi siempre hacen, han pedido tazas de descafeinado para las tres, además de unos suculentos hojaldres, rellenos con cabello de ángel, postre especialidad de la casa. Mientras meriendan, comentan algunos hechos intrascendentes del día hasta que, en un preciso momento, es Claudia (siempre imaginativa) quien aporta una curiosa posibilidad de diálogo a sus dos compañeras.

“Como tema básico, que podemos comentar esta tarde, se me ocurre lo siguiente. Pienso que la mayoría de las personas tenemos siempre algún recurso o comportamiento, más o menos secreto, con el que tratamos de compensar esos momentos o fases de agobio, desánimo o estrés que a lo largo del día nos pueden afectar. Por eso os propongo que desvelemos, entre nosotras, aquello que solemos hacer cuando nos sentimos superadas por hechos o circunstancias que no son precisamente afortunadas o agradables”.

La peculiar sugerencia es recibida por Gracia y Bea, primero con una cierta sorpresa, aunque pronto se muestran receptivas ante la posibilidad de conocer en los demás esas acciones que solemos usar en el ámbito de nuestra privacidad como mecanismos de defensa. Las tres amigas se miran a los ojos, a fin de conocer cual de ellas es la primera que va a romper el hielo del silencio. Al fin es Claudia, precisamente la promotora del entretenido debate, quien se presta a iniciar el relato de aquello que suele hacer en esos momentos desafortunados que a todos nos pueden afectar.

“Yo, que he propuesto este juego de sinceridades, debo ser la primera en contaros mi experiencia en este delicado terreno der la intimidad. La verdad es que me suele dar buen resultado, en esos momentos en que te sientes superada por algún hecho de gravedad o por esos pequeños impactos negativos que se van sumando en tu línea de equilibrio anímico. Ante todo, busco priorizar el silencio y un ambiente lo más desprovisto de luminosidad. Incluso, si ello no es posible, suelo cerrar los ojos, durante los minutos que sean necesarios, a fin de ir recuperando esa tranquilidad, penosamente perdida. En ese contexto pongo a trabajar la mente, a fin de pensar en situaciones agradables o compensatorias, sean más o menos importantes o nimias, que me faciliten nivelar todo aquello que me está aturdiendo y provocando la desagradable ansiedad que coyunturalmente soporto.

Me veo, sumida en esa ensoñación con los ojos cerrados, caminando por algún grato lugar, pisando la fina arena de la playa o respirando la limpia brisa de un paisaje arbolado en plena naturaleza. La gratitud de esos atractivos espacios me ayudan a relativizar los impactos negativos, en los que me siento atrapada, llegando pronto a la conclusión de que existen soluciones en medio del desorden, estrés o aturdimiento exterior. Resumiendo, me traslado mentalmente a un contexto en el que hallo esa paz que me es negada, desde lo externo o, incluso, desde mi propia debilidad interna”. 

Gracia y Claudia asentían, mientras escuchaban con atención y curiosidad las palabras de su amiga. Pronto las tazas de café quedaron vacías, así como la bandeja de los hojaldres que hicieron las delicias en unos paladares tan receptivos como los de las tres mujeres. Por cierto, los gramos de sobrepeso anidan en sus anatomías, en realidad bien conservadas si tenemos en cuenta sus similares cronologías. Ahora el turno protagonista correspondía a Beatriz, la que en realidad más había sufrido la desvinculación con la profesión de toda su vida: la formación de los niños pequeños.

“En mi caso, pienso que os vais a mostrar un tanto sorprendidas. Pero cada uno tenemos esos mecanismos defensivos a los que tan bien aludía Claudia en su confidencia. Cuando me siento muy mal, en lo anímico, por supuesto, me entrego a una práctica que, sin saber por qué, ayuda a que consiga esa recuperación tan necesaria frente a la ansiedad o el aturdimiento. La actividad consiste en ponerme a recortar fotos y figuras, de las revistas ya leídas y, posteriormente, voy formando historias a modos de collages, cuando las pego en los folios que tengo preparados al efecto.

En esas composiciones o cortas historietas, suelo añadir algunos “bocadillos” en los que escribo textos pronunciados por los personajes que aparecen en los recortes. No os miento cuando afirmo que el contenido de esos textos os asombrarían, os harían reír y también pensar. Son bastante críticos y también rebosan de ironía y criticismo. Igual en este recurso, de recortar fotos de los periódicos y revistas, me ha influido mi actividad con los preescolares y niños de infantil. Cuando en clase trabajábamos estos recortables, comprobaba cómo se sentían relajados y satisfechos, concentrados en esa simpática labor por sacar figuras del papel. A mi también me tranquiliza y sosiega, en esas tempestades que te afectan y piensas que todo te sale mal. Básicamente, consigo relajarme”.  

Así iban pasando los minutos, en este tiempo de amistad para la tarde del jueves. La idea que Claudia había sembrado, en la iniciativa de conversación, estaba dando sus frutos. Aunque en principio la respuesta de cada amiga provocaba una cierta extrañeza o curiosidad en las demás, pronto se valoraban los beneficios que la aludida iniciativa podría tener para todas en esas situaciones de aturdimiento o incluso crispación en que nos vemos inmersos. Las tazas permanecían vacías sobre la mesa, el bullicio del local había disminuido y ahora correspondía a Gracia comentar ese trocito de su intimidad.

“Me parece que yo no estoy a la altura de esos estupendos recursos que vosotras vais aplicando, para tomar un poco de oxígeno en los momentos convulsos de nuestras vidas. Los míos son más simples pero, la verdad, también me ayudan a recuperar fuerzas y sentirme mejor. Por ejemplo, me entrego a la limpieza, personal y de la casa. No me refiero sólo a ponerme debajo de la ducha, acción siempre tonificante, sino que además cojo la bayeta del polvo, o el cubo con la fregona, para dejar un poco más limpio el piso donde estoy viviendo. Además de quemar unas buenas energías, en el empeño, consigo que todo brille más y, al tiempo, pienso menos en los problemas que tanto nos desalientan o magnificamos. Tal vez tanta limpieza peque de hábitos compulsivos, pero me va bien. Lo peor en esos aciagos momentos sería dejarte caer en un sillón y martillear tu conciencia repitiéndote, una y otra vez, lo infeliz que te sientes. La actividad es la mejor y más útil medicina para ese depresivo letargo. Además, tengo siempre preparada una buena música en mi iPod para esas situaciones necesitadas. Me pongo los auriculares (a buen volumen) y los sonidos, junto a las palabras, son mis compañeras en ese quehacer que me ayuda a despegar de la siempre perjudicial inacción”.

Al fin el día se iba despidiendo con ese aroma a primavera que tanto nos agrada percibir a través de nuestros sentidos. Una hora y media de reunión había dado para mucho. Las tres amigas caminaron juntas, entre farolas de colores y gente con prisas, hasta una cercana parada del bus, un tanto abarrotada de usuarios. Se despidieron hasta el próximo domingo. Bea, la “entendida en cine” se ocuparía de elegir una película agradable con la que pasarían juntas la tarde de ese festivo. El circular 1 fue dejando a cada una de ellas en distintas paradas de su sinuoso recorrido. Cuando las tres mujeres se dirigían hasta sus respectivos domicilios, iban pensando en esos pequeños secretos que acababan generosamente de compartir. Unas y otras sonreían con picardía, pues eran conscientes de haber expresado la verdad pero no toda la sinceridad.

Ninguna de las tres quiso hacer mención acerca de las compras, tal vez compulsivas, de nuevas prendas innecesarias para guardar en el armario; ni de ese par de horas traviesas dedicadas para el juego en el bingo; ni las copas de alcohol embriagadoras, aplicadas para compensar situaciones extremas; ni de esas cajas de bombones rellenos, consumidos en una sentada; ni de los minutos de oración frente a la siempre devota imagen del templo; ni esa llamada de móvil para concertar una cita secreta, con el amor imposible de siempre…

Son tres buenas amigas. Claudia, Gracia y Bea. “Ha sido una estupenda tarde ¡Nos veremos el próximo domingo. No faltéis tampoco el jueves que viene!”

José L. Casado Toro (viernes, 8 Abril 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 1 de abril de 2016

CUANDO AQUELLAS NUBES DEL PASADO NOS ALCANZAN.

La hora de la entrevista había quedado definitivamente fijada para la mañana del martes, a las once en punto. La tarde anterior, de esa importante reunión en la vida de Silvia, estuvo presidida por una confusa mezcla de sentimientos diversos. De una parte, su mente soportaba una intensa preocupación ante esos minutos que podrían recomponer la penosa etapa de bloqueo laboral que soportaba, tras el cierre empresarial del laboratorio en donde había estado trabajando durante más de cinco años. Al mismo al tiempo le embargaba una esperanzada ilusión ante el hecho de que su curriculum fuera uno de los que habían superado una primera y decisiva criba, a fin de adjudicar la ansiada plaza de técnico analista en una conocida empresa local que elaboraba postres lácteos. A sus treinta y cinco años de edad, un matrimonio frustrado y una niña de siete años a la que atender, se repetía mentalmente, una y otra vez, sobre la necesidad de no cometer fallos en un esquema de entrevista que había estado preparando y ensayando con meticulosidad, durante los días previos a la decisiva cita.

Aquella noche, minutos antes de irse a la cama, tomó un par de comprimidos recetados por su médico de cabecera, a quien había explicado los problemas laborales y familiares que sufría para descansar. Necesitaba conciliar pronto el sueño y conseguir unas buenas horas de recuperación en su organismo, especialmente afectado en estos día por los nervios. Había dejado bien organizada tanto la ropa, con la que se iba a presentar en la entrevista, así como el pequeño dossier donde llevaría copias de su historial académico y laboral, con los certificados correspondientes a fin de acreditarlos en caso de consulta.

El sonido del despertador le ayudó a levantarse con presteza del lecho, dedicando un buen rato al aseo y el cuidado personal. Apenas sentía apetito aquella mañana, pero se esforzó en tomar un buen vaso de zumo de naranja natural así como una tostada integral con aceite de oliva. A eso de las diez y quince, bajó a la parada cercana del metro, medio de transporte que la iba a trasladar, desde su residencia en el moderno barrio de Teatinos, hasta el núcleo intercambiador de Vialia. A pocos metros de ese punto estratégico, donde confluyen trenes, autobuses, metros y taxis, se encontraba la oficina de empleo donde tendría lugar la anhelada reunión. Habría de presentarse en el departamento de psicología laboral, donde se desarrollaría la prevista entrevista clasificatoria.

Al entrar en la salita de espera vio que otras tres personas (todas ellas varones) aguardaban ya su intervención. Los cuatro candidatos al puesto intercambiaron miradas de soslayo, con un  semblante presidido por una indisimulable tensión anímica. Con intermitencia de entre veinte a treinta minutos, la secretaria les fue indicando que pasaran al despacho en donde iban a mantener el diálogo. Quiso la suerte (en realidad el llamamiento fue realizado manteniendo el ordinal alfabético de sus apellidos) que Silvia fuese la última en presentarse ante una psicóloga laboral, encargada de realizar los informes psicotécnicos y curriculares que señalarían a la persona más adecuada para la plaza ofertada.

Nada más entrar en la pequeña sala que ofrecía una imagen de frialdad, tanto en lo térmico como en su vacío decorativo, creyó reconocer a la persona que estaba sentada detrás de la mesa. Encima de este espacio descansaban varias carpetas cerradas y un dossier abierto. El rostro de aquella mujer, con la que tendría que entablar un difícil diálogo analítico, le traía algún recuerdo en su memoria. Pero, en principio, no lograba ubicar dónde ni cuándo había existido esa posible relación personal. Tras un brevísimo saludo, su interlocutora también la observaba con una mezcla de curiosidad y seriedad. 

“Puedes tomar asiento, Silvia. Disculpa que haya utilizado el tuteo. Pero aunque para ti pueda resultar difícil reconocer a la persona con la que vas a entablar esta conversación, en mi caso no es así. Observo que el paso del tiempo ha sido generoso con tus rasgos y apariencia. Ves que no he podido olvidar tu nombre. Tú debes saber bien el por qué. Cuando has entrado por esa puerta, te he reconocido sin la menor dificultad. Yo he tenido que esforzarme mucho para ofrecer la imagen que ahora tienes en tu presencia. Soy Reme, tu compañera de clase en el Instituto. Con veintitantos kilos de menos y con una titulación profesional de la que me considero muy orgullosa. No. no ha sido fácil llegar a ocupar este puesto y la confianza que la empresa consultora ha depositado en mi persona.

A poco que hagas memoria, entenderás fácilmente el motivo por el que no guardo buen recuerdo de aquellos años de nuestra adolescencia en las clases. Todo lo contrario. Me traen muy dolorosas imágenes de cómo se puede focalizar tanta crueldad en el trato sobre una chica de quince o dieciséis años, que lo único que pretendía era ser una más entre las demás, tener amigas y poder estudiar con un mínimo de tranquilidad y sosiego afectivo. Nada de eso me fue concedido y tú, Silvia, fuiste la líder de todo ese sufrimiento que, de forma tan inhumana, tuve que soportar.

Pero, afortunadamente, no soy como tú. Y, en este momento del reencuentro, sabré actuar con la responsabilidad y profesionalidad que me es exigida. Aunque fue durísima esa crueldad, que permanece en mi memoria, no debe ser éste tiempo para el rencor. Vamos a comenzar nuestro diálogo, a fin de objetivar los datos necesarios que permitan elegir a la persona adecuada para ese puesto de trabajo al que aspiráis los cuatro candidatos finalistas”.

La sorpresa anímica en el rostro de Silvia era bien manifiesta tras el inesperado reencuentro, teñido de esa tensa y larga introducción. Se vio trasladada, en su memoria, a un par de décadas atrás. Efectivamente eran tiempos de adolescencia para las dos mujeres que, en este crucial momento, estaban sentadas frente a sí. Ahora ya reconocía, a pesar del radical y positivo cambio en su apariencia, a su compañera de bachillerato Reme, a quien ella precisamente había puesto el nombre de “la foca”, apelativo que se difundió fácilmente entre la muchachada, debido al sobrepeso manifiesto que el orondo cuerpo de la joven ofrecía. Pero si fue cruel tener que soportar ese mote, para una chica de quince años, más dolorosas fueron las burlas, la exclusión relacional y el desprecio afectivo que precisamente ella, Silvia, se encargó de tejer con esa maldad vergonzante del fuerte sobre el débil, en la pobre e infantil búsqueda del liderazgo social. En realidad todo era una banal forma de compensar otras carencias afectivas que ella tenía que vivir en el seno de su propia familia, ante el profundo desamor entre sus padres.

La entrevista profesional entre, psicóloga y aspirante, duró apenas unos quince minutos. Fue la más breve de las cuatro que tuvieron lugar aquella mañana de marzo, en el centro de cualificación laboral. A la finalización de la misma, Silvia, aún con un cierto shock por ese reencuentro caprichoso que el destino le había deparado, hizo un último esfuerzo de disculpa, que resultó forzado, escasamente creíble y desde luego patéticamente impudoroso.

“Sé que te debo una disculpa, Reme. Pero has de entender que son comportamientos que se tienen en la adolescencia. A los quince años se hacen muchas tonterías. Y que, por supuesto, pueden ser dolorosas para quien las recibe. En aquella fase de nuestras vidas, yo era la fuerte y tú una persona muy tímida y débil. Siempre percibí tu cobardía para responder a mis ataques. Pero han pasado ya unos veinte años. Ahora yo necesito y tengo que luchar por conseguir este puesto de trabajo. He de cuidar de una hija pequeña y mi vida afectiva continúa siendo, como en aquellos tiempos del Instituto, no muy afortunada. Confío que en este momento puedas superar aquellas niñadas escolares. Al menos, en lo físico y en lo profesional, son evidentes los positivos avances que has conseguido”.

Aquella misma tarde/noche de marzo, Reme finalizó la calificación argumentada de los cuatro aspirantes al puesto de técnico analista para una afamada empresa de yogures, que necesitaba cubrir esa preciada plaza laboral. Tras la cena, ayudó a su madre a quitar la mesa y ordenar la cocina. Aunque daban una buena película por la segunda cadena, se sentía cansada por los avatares que había tenido que afrontar en el día. Se fue pronto a la cama pues, a primera hora de la mañana, habría de entregar a Delio, su jefe, los respectivos informes que había elaborado.

Antes de conciliar el sueño, su mente viajó una vez más a los convulsos tiempos escolares del Instituto. Se hacía esa pregunta, tantas veces repetida en las brumas de su memoria ¿Por qué los profesores no tuvieron el acierto de intervenir, cuando ella tanto sufría la sinrazón de sus compañeras? Nunca olvidaría aquella respuesta que recibió de su tutor, cuando al fin un día se decidió a pedirle ayuda. “Son cosas de crías, Reme. Tú también eres responsable de ese circulo en el que dices te sientes atrapada. No culpes sólo a las demás. Debes examinar también tu propia responsabilidad en esos hechos, que me parecen exagerados según la descripción que me estás haciendo”.

¿Sabría este muy desafortunado profesional el acre significado que tiene el concepto de BULLYING (acoso escolar) para una chica en el alba de su adolescencia? La acción tutorial es una función decisivamente importante, para ser ejercida por personas carentes de una cualificada formación y profesionalidad en la práctica educativa. Y estos lamentables errores, tanto en la infancia como en la adolescencia, son muy difíciles de superar para quien ha tenido la desgracia de soportarlos.

Silvia no consiguió la plaza laboral a la que aspiraba. Su puntuación quedó en tercera posición, entre los cuatro candidatos participantes al puesto. Ella y Reme no han tenido, hasta el momento, una nueva oportunidad de contacto.-

José L. Casado Toro (viernes, 1 Abril 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

jueves, 24 de marzo de 2016

DOS ENTRADAS, PARA UN ATRACTIVO ESPECTÁCULO MUSICAL.

Una tarde, mientras volvía de mis clases en la UMA, vi el cartel anunciador de un importante espectáculo musical en la fachada del Teatro Cervantes. Dado el interés que sin duda iba a suscitar esa actuación en Málaga, me acerqué a la taquilla para comprar un par de entradas, a pesar de que la fecha del espectáculo estaba fijada para un mes y medio más tarde. Anticiparse en la adquisición de localidades siempre es positivo, pues así te aseguras una buena butaca, en la ubicación o zona que hayas elegido, permitiéndote mejorar la visión del escenario. Además hay determinadas localidades con precios especiales para colectivos, como son los jóvenes o las personas mayores, que pronto quedan agotadas en su oferta desde que son puestas a la venta. Aquel día guardé las entradas en la billetera, aunque casi siempre lo suelo hacer en otra cartera donde tengo las tarjetas bancarias, y otros documentos de plástico, como son los bono buses, DNI, carnet de conducir, etc.



Normalmente, al llegar a casa, pongo las localidades anticipadas en una carpeta archivadora, no sin antes anotar en la agenda la fecha y hora de ese concreto espectáculo. Sin embargo, en esta ocasión, no lo hice así. Efectivamente escribí los datos de la atractiva actuación en la agenda pero, por alguna razón que no recuerdo, dejé las dos entradas en la aludida billetera. Y allí permanecieron al paso de las horas. 

Unos días más tarde, fuimos a ver una película en el único cine que queda en el centro antiguo de la ciudad. Asistimos a la sesión de las 20:30 y a la salida de la sala decidimos tomar algo de cena en un restaurante italiano cercano. Ya era tarde para esperar a un autobús pues, a esas horas de la noche, la frecuencia de paso en los mismos se hace mucho más dilatada. Por ello tomamos un taxi para la vuelta a casa. Tras pagarle al conductor su servicio, subimos a nuestro domicilio. Al abrir la puerta, reparé en que la billetera no estaba en el bolsillo trasero de mi jeans. Lo más probable es que, tras guardar la vuelta monetaria entregada por el taxista, se me hubiese caído al asiento o al suelo del vehículo utilizado. Y fue precisamente en aquel momento cuando recordé que, además de una cantidad de dinero (no especialmente elevada) también había dejado guardadas en la billetera aquellas entradas adquiridas unos días antes.

Tras el natural nerviosismo de incomodidad y enfado, ante el error en la pérdida, había que poner en marcha los medios adecuados a fin de poder recuperar mi pertenencia. Al margen de la cantidad monetaria que hubiera en la cartera, lamentaba las buenas localidades para el teatro que, en ese momento, ya no se encontraban en mi poder. Realicé sendas llamadas telefónicas a las dos empresas más importantes de los radio-taxis, desde donde difundieron los datos que les aporté por toda la cadena de vehículos conectados a las dos dinámicas centrales para la movilidad de la ciudadanía. Me indicaron que si en las próximas horas no recibía alguna llamada por parte de los taxistas, lo más conveniente sería acudir al Servicio de Objetos Perdidos, dependiente el Ayuntamiento malacitano. Después de dejar pasar un tiempo prudencial, me fui a la cama dejando el móvil encima de la mesita, junto al despertador. Pero el teléfono no sonó en toda la noche.

Dejé pasar unos días y entonces decidí desplazarme a la Oficina Municipal de Objetos Perdidos. Allí fui atendido con amabilidad. Me mostraron unas cajas con carteras y billeteras, pero ninguna era la mía. El funcionario municipal me explicó que la recuperación de objetos solía ser bastante lenta. Que había personas que al encontrarse alguna cartera o documentos solían echarlos en los buzones de correos. Otros, sin embargo, los entregaban a algún efectivo de la policía local o nacional. Ciertamente también había ciudadanos que llevaban directamente ese valor encontrado a la propia oficina, donde en aquel momento me hallaba. Y, por supuesto, los más incívicos, se quedaban con el valor encontrado o echaban al contenedor de residuos aquello que nos les interesaba. Pero lo más sensato era esperar. No sin antes aconsejarme que siempre era conveniente adjuntar algunos datos en el interior de las carteras o billeteras, confiando en la mejor voluntad de aquellos quiénes las encontrasen, para su mejor recuperación.

Las hojas del calendario continuaron su inexorable viaje por las sendas inesperadas del tiempo. Aun sin mucha fe en mi búsqueda, pregunté en las taquillas del teatro si alguien había devuelto esas entradas. Obviamente era una ilusión un tanto infantil, pero quise explorar todas las posibilidades. Una vez allí, ante la previsible respuesta por parte de la Srta. que atendía el servicio de venta, opté por comprar un par de nuevas localidades, pues no quería perderme la asistencia a ese gran espectáculo. Tuve que optar por dos asientos que se hallaban cinco filas más atrás y ya no junto al pasillo central. Me preguntaba si el día de la representación esas dos estupendas localidades perdidas estarían ocupadas. No lo sabría hasta tres semanas más tarde, fecha en la que todos los asistentes disfrutaríamos de la calidad del concierto.

He de aclarar que volví a pasarme, en un par de ocasiones, por la oficina municipal de objetos  perdidos, sin resultado alguno para mi búsqueda. Francamente, las posibilidades de la recuperación ya las asumía como muy remotas. Por cierto, me impresionó comprobar la cantidad de llaveros de viviendas y vehículos, teléfonos móviles, gafas, relojes, paraguas y monederos que allí aguardaban, debidamente clasificados en unas grandes bandejas de plástico. También había algunas máquinas informáticas, como tabletas e iPods. Son muchos los objetos que dejamos olvidados en los autobuses, centros comerciales, cines, parques y otros lugares de la más variada naturaleza. Lo más curioso es que sus propietarios no se esfuerzan en acudir a este centro de atención a la ciudadanía, servicio que es naturalmente gratuito para aquel que solicita la atención correspondiente.

Y un viernes de Enero, llegó el día fijado para la celebración del anhelado concierto. Como era más que previsible, el teatro se hallaba como en sus mejores galas. El recinto estaba completamente atestado de espectadores, pertenecientes a todas las edades aunque con una preeminencia del público juvenil. Una media hora antes del inicio, ocupamos nuestros asientos. Yo sabía perfectamente los números de mis dos primeros asientos, cinco filas más adelante que la que estaba ocupando en ese momento. Transcurrían los minutos y no eran ocupados por nadie. Poco antes de que sonaran los tres avisos para el comienzo del espectáculo, un chico y una chica, de veintipocos años ambos, se acomodaron en esas dos butacas objeto de mi control. Su desenfadada forma de vestir y su look aparencial me hacía identificarlos como dos jóvenes, posiblemente universitarios, amantes de ese tipo de música que los asistentes íbamos a disfrutar.

Dejé transcurrir la primera parte del concierto (aproximadamente unos cincuenta minutos) y al llegar el tiempo del descanso, me aproximé con presteza a ambas personas, las cuales se estaban levantando de sus asientos en ese preciso momento.

“Perdonad que os moleste. Pero os quería hacer una pregunta, si me concedéis unos minutos”. Ambos jóvenes mostraron su extrañeza, pero con una sonrisa en sus rostros me respondieron que no tenían inconveniente alguno. Los tres salimos juntos a la antesala del teatro. 

“Veréis, yo había comprado las dos localidades que estáis ocupando, hace ya casi un mes y medio. Esas dos entradas, las guardé en una billetera que perdí, una semana después. Además en la cartera iba una pequeña cantidad de dinero. Pero lo que me interesa, en este momento, son las entradas. Evidentemente, esas localidades que estáis ocupando no las habéis adquirido en taquilla. Entonces me gustaría conocer, si no os importa y por supuesto sin acritud por mi parte, cómo han llegado estas dos entradas a vuestro poder…”

Pablo (después conocí su nombre) de contextura delgada, con gafas y corte de pelo prácticamente al cero, dada su evidente alopecia, desde el primer momento se mostró dispuesto a colaborar en la explicación. Sin embargo Ana, con unos apliques en sus orejas y un cabello teñido de intenso color morado, calzando ambos las típicas zapatillas Converse blancas, me observaba con una indisimulable extrañeza en el rostro, junto a una expresión de profunda incomodidad ante mi presencia. Fue él, un tanto “nervioso” quien me respondió.

“Bueno, le explico la realidad. Y le pido que no se moleste, por lo que le voy a decir. Yo he comprado las dos entradas por Internet. Además de las páginas web especializadas, que todos conocemos, hay otros “portales” de compra venta para todo tipo de cosas, en las que puedes encontrar los objetos más raros o diversos que busques, siempre a unos precios verdaderamente agresivos por su competitividad. En este caso cada una de las entradas, cuyo coste en taquilla es de 62 euros, me han salido sólo por veinticinco. Tras el pago correspondiente, las he recibido por correo. Le puedo asegurar que no sé quien me las ha vendido. Tampoco es fácil averiguarlo, pues los datos de la página son muy escasos y están bien encriptados. Estas cosas funcionan así. Evidentemente las entradas no llevan la propiedad de nadie, sólo los datos del numero de asiento y fila. Si es verdad todo lo que me cuenta, y no tengo por qué dudarlo, sólo me queda pedirle disculpas. Pero le repito que, en este mundo de lo digital, existe otro comercio  y con una potencialidad que aumenta día tras día”.

Ya estaban sonando los timbres avisando que en pocos minutos comenzaría de la segunda parte del concierto. Comprendí básicamente la situación y evité prolongar una conversación que nos era ciertamente incómoda. Eso sí, antes de separarnos, le hice un breve comentario sobre mi punto de vista de este desafortunado asunto.

“Entiendo perfectamente cómo “funciona” este mercado. Pero os tenéis que poner en mi lugar, también. En esa billetera pudo haber, aparte del dinero y las entradas, alguna tarjeta o documento verdaderamente importante. Y cuando una persona se encuentra con algún objeto que pertenece a otra, debe dar una muestra de honradez y tratar, en lo posible, de hallar a su propietario. Hay una oficina municipal de objetos perdidos… La honradez siempre debe ser un valor por el que debemos luchar. Vosotros que sois muy jóvenes lo iréis comprobando en el día a día de vuestras vidas. Bueno, vamos a volver a este concierto que para mi ya siempre tendrá un significado muy especial”.

Observé que la pareja abandonaba sus asientos, unos minutos antes de finalizar la representación musical. Deduje que deseaban evitar encontrarse de nuevo conmigo. Tras los aplausos y vítores subsiguientes, todos los espectadores abandonando los asientos. La fuerte acústica de la noche, muy bien interpretada, me había hecho vibrar emocionalmente Salí muy satisfecho de haber presenciado una actuación memorable.

Y ya el martes, cuando salía de mi clase en la UMA, observé que alguien se dirigía hacía mi. Reconocí de inmediato a la joven Ana, que venía sola sin su pareja Pablo. Con un escueto “hola” me entregó un sobre blanco en la mano. “Hemos estado pensando en lo que nos dijo y por eso le traigo este sobre. Decirle que sentimos, una vez más, lo que ha pasado”. Tras lo dicho, dio media vuelta y se confundió entre las personas que se dirigían hacia la zona de Ciencias Económicas. Abrí de inmediato el sobre y en su interior estaba mi billetera. Además del dinero, en uno de sus departamentos se hallaba la tarjeta universitaria, con mis datos personales y fotografía.-


José L. Casado Toro (viernes, 25 Marzo 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 18 de marzo de 2016

LUCES Y SOMBRAS, EN LA CRÍTICA ESPECIALIZADA DE CINE.

Para el buen aficionado al cine, la celebración en su lugar de residencia de algún festival cinematográfico, supone no sólo una excelente oportunidad en el visionado de nuevas creaciones fílmicas, sino también para disfrutar todo el grato entorno que rodea y conforma ese mágico arte que nos vitaliza y distrae. Es cierto que durante esos diez días, en que se  desarrollan las diversas sesiones del evento, existe la posibilidad de conocer decenas de nuevas películas, así como de revisar los trabajos de antiguos actores y actrices, a través de ciclos específicos bien seleccionados al efecto. También se organizan actividades paralelas al festival, vinculadas a la música, a la bibliografía, al vestuario, a la gastronomía, a las escuelas de interpretación, a la cartelería, etc, todas ellas vinculadas, lógicamente, con ese mundo de la gran pantalla que se sustenta en la vieja técnica del celuloide o en el soporte digital actual.

Una de las actividades que más enriquecen, a todos aquellos que ostentan con satisfacción el apelativo de cinéfilos, son las mesas redondas y conferencias, protagonizadas por directores, actores, técnicos y analistas del cine. Aprovechando esta última posibilidad, decidí asistir a la conferencia, y posterior debate, protagonizado por Jordí Barnés, un prestigioso crítico cinematográfico que publica semanalmente sus trabajos en un periódico de tirada nacional. También sus crónicas aparecen, con puntual regularidad mensual, en la más afamada y especializada revista del género editada en nuestro país.

En una sala bien repleta por parte de un público heterogéneo, sin duda motivado por la cualificación de un gran especialista en los géneros cinematográficos, el conferenciante inició su exposición planteando una serie de pautas básicas para la realización del adecuado análisis fílmico. Posteriormente se abrió un jugoso turno de preguntas y respuestas que prolongaron la sesión hasta casi la hora y media de duración. A su finalización, cerca ya de las siete y media de la tarde, me desplacé a una cafetería cercana con el objeto de saborear una buena taza de té. Quiso la suerte de que, a los pocos minutos de estar sentado en una de las mesas que habilitan el local, apareciera en el establecimiento el afamado conferenciante, al que minutos antes había estado escuchando en esa actividad de mesa redonda. Venía sólo, con una grueso dossier bajo el brazo. Ocupó una mesita no lejos de la mía y, junto a una taza de café, le fue servida una gran copa, posiblemente bien acomodada de una bebida estimulante. Por uno de esos impulsos, que a veces resultan acertados, me acerqué al lugar que ocupaba este famoso personaje mediático y, tras el correspondiente saludo, me identifiqué como uno de los asistentes a la reciente conferencia que él había, con eficaz maestría, protagonizado.

Para mi sorpresa, este profesional de cuerpo delgado, mirada inquisitiva, sonrisa enigmática y gestos con tendencia a la teatralización, probablemente bien avanzado ya en su cincuentena, me recibió con amabilidad y sencillez, sugiriéndome que trajese mi taza a su mesa, a fin de compartir unos minutos de conversación. Vestía una atractiva camiseta, de tonalidad turquesa clara, con un texto impreso de letras rojas en inglés que decía “If you don´t like this or that, you must dream and live” (frase que, básicamente, puede ser traducida como: Si no te gusta esto o aquello, debes soñar y vivir).

Tras hacerme algunas preguntas, a fin de conocer algo del interlocutor que tenía ante sí, comenzó a desgranar largos monólogos acerca de su profesión de crítico cinematográfico. De forma intercalada, iba yo sugiriéndole algunos aspectos de esta labor en la que, sin duda, él era un experto y consolidado analista. Lo hacía con el ánimo de que profundizara o matizara en cuestiones que me interesaban y que, tal vez, no habían quedado suficientemente desarrolladas en la exposición y debate recién finalizado.

“Efectivamente la documentación previa es imprescindible, cuando te vas a enfrentar ante el visionado de una nueva película. En este sentido, tienes que conocer, de manera prioritaria, quién es la persona que la ha dirigido. Y no me refiero sólo a su currículo profesional, sino que también resulta positivo adentrarse en la personalidad y la biografía humana de aquél que nos va a contar, con imágenes y sonidos, una historia, un relato, un trozo de vida. Y, aunque no sea tan perentorio, igual has de aplicar el mismo método con respecto a los principales intérpretes que intervienen en la cinta. Esta tarea, llamémosla de investigación, te puede aportar claves y datos, a fin de poder comprender muchos de los giros y detalles que aparecen en la trama argumental. Por supuesto que esta labor conlleva un importante esfuerzo temporal, en la construcción de una buena base de datos y demás documentación paralela. En otras palabras, amigo mío, has de conocer muy bien a quién dirige y a quién actúa en el film”.

“No te he de negar que, antes de hacer la correspondiente valoración crítica, he tenido que repetir el visionado de muchas películas. En ocasiones, hasta tres veces o, al menos, partes importantes de la trama. Las empresas distribuidoras, antes de ponerlas en pantalla, suelen enviarnos alguna copia original, a fin de que tengamos oportunidad de analizarlas con más detenimiento, previamente a su estreno. Esto nos permite fijarnos en muchos detalles y aspectos que con un sólo visionado pudiesen pasar inadvertidos. Yo creo que también los buenos aficionados al cine, siempre que ello les fuese posible, debían ver algunas películas en más de una ocasión, para tener una concepción más exacta de las mismas. No es fácil, por supuesto, realizar esta practica repetitiva con las películas de estreno. Al margen de que puedas conseguir alguna película no estrenada, en Internet, las productoras esperan unos dos o tres meses antes de sacar a la venta estas cintas, en formato DVD. Pero, volviendo al principio, ver varias veces determinados films resulta objetivamente enriquecedor, por lo que estas repeticiones y revisiones nos pueden enseñar”.

“¿Y cómo plantear la exposición de la trama argumental? Esta es una cuestión acerca de la que existe bastante controversia. Hay quienes opinan que sólo deben aportarse unas líneas básicas acerca de la historia que el director nos ofrece. Por el contrario hay otros quienes mantienen que el espectador, si lo cree necesario, debe acceder a una completa información sobre el contenido argumental del film que se dispone a visionar. En mi opinión, el critico de cine debe ofrecer una completa narrativa  al espectador aunque sin descubrir, lógicamente, el final o desenlace de la historia. Algunos datos y detalles, fundamentales para el conocimiento argumental, deben estar advertidos mediante los necesarios “spoilers” es decir, que el lector debe conocer a través de esa palabra que, a continuación, va a aparecer en la crítica una información detallada y explícita  que puede impedir la novedad o la sorpresa de quien esté viendo la cinta en cuestión por vez primera”.

Me encontraba entusiasmado, viendo la fluidez expresiva y el afán didáctico de un gran especialista en el análisis crítico de aquellas historias que se proyectan en las pantallas de los cines o en nuestros avanzados aparatos electrónicos, como son las televisiones, los ordenadores, las tabletas digitales o, incluso, en los móviles telefónicos de la última generación. Aunque me avisó de que, en unos diez minutos, tendría que marcharse a fin de asistir a la premier de una comedia, con trasfondo político, que iba a estrenarse en esta edición del festival, pidió al camarero que le llenara de nuevo su copa y entró de lleno en uno de los temas más incómodos que se me había ocurrido plantearle.
  
“Qué quieres que te diga. Desde luego yo siempre me he sentido libre e independiente para hablar y escribir sobre todo aquello que pensaba debía decir. Aunque no te voy a ocultar que esta libertad e independencia del crítico ha podido ser tentada y condicionada en más de alguna ocasión. Pero quienes así lo han intentado se han topado con el muro de la honradez y la valentía, a fin de superar esas más o menos explícitas presiones, en las líneas de lo que escribo y expreso con mis palabras.

Ya sabes, la industria cinematográfica mueve muchos millones e intereses. Cuando tienes un nombre en las páginas de la prensa o en los programas mediáticos, una crítica muy lacerada puede hacer “pupa” en los santuarios inmaculados del interés crematístico. Dicho con otras palabras, puedes reducir o incrementar la asistencia a las salas de proyección, a tenor del sentido con que valores una determinada película. De ahí que tengas que “jugar “ y equilibrar en los terrenos de lo objetivo, lo subjetivo y, por supuesto, en ese criterio de profesionalidad que debe dar sentido a tu trayectoria e imagen. Hay “figuras” que, cuando dices en tus crónicas que su actuación ha dejado mucho que desear, se sienten muy heridas y esperan una próxima oportunidad para “devolvértela”. Pero eso no te debe importar cuando te sientes delante del ordenador o del micrófono. Ir por otro camino sería como engañarte a ti mismo, por encima de tu conciencia. Con respecto a lo que dices de los regalos y otras lisonjas, he decirte que efectivamente existen. Pero el buen crítico debe estar por encima de todo eso”.

Eran ya más de las siete y media, cuando ambos nos levantamos de nuestras sillas. Agradecí su deferencia y, de manera especial, el sentido didáctico con que había revestido sus cualificadas opiniones. Pero antes de que nos separáramos, no pude evitar hacerle otra pregunta.

“La claridad expositiva, que has tenido con respecto a mis interrogantes, la echo en falta cuando leo muchas crónicas de películas, firmadas por prestigiosos analistas en la materia. ¿Por qué utilizáis un lenguaje complicado, barroco, académico, sólo apto para diplomados y especialistas, cuando esos escritos van dirigidos, de manera lógica, a la gran masa del público aficionado?

“Sí, entiendo que en muchas ocasiones nos alejamos de la claridad expositiva y damos la impresión de que estamos hablando a personas de un determinado perfil intelectual. Nuestras crónicas y comentarios han de ser entendidos por la inmensa mayoría de aquéllos que opten por acceder a los mismos. Y, en esta mayoría, hay especialistas en cine y otros muchos que sólo quieren tener una idea de la película que van a elegir, para disfrutarla, o simplemente para contrastar su opinión, tras el visionado. Tal vez pequemos, en más de alguna oportunidad, de arrogancia y engreimiento expresivo. Esta actitud navega en contra de nuestro interés, cual es la de acercarnos a una gran cantidad de lectores y oyentes. Es bueno reflexionar con humildad y, obviamente, rectificar”.

Tras un cordial apretón de manos, buscó en su dossier y me entregó una nueva revista de cine, de periodicidad bimensual, en la que él colabora con una sección dedicada a los nuevos valores del cine español. Lo vi alejarse entre la marea humana que inundaba esa monumental zona de la ciudad, donde se respiraba el grato aroma del azahar mezclado con las vibraciones y latidos del cine.

En aquel instante, percibí la acústica de un gran alboroto. Muchas chicas y jóvenes adolescentes corrían entre gritos enfervorizados hacia un determinado lugar. Me acerqué hacia esa zona para contemplar el espectáculo de éxtasis popular protagonizado por un joven de vaqueros deshilachados y barba de un par de días quien, regalando sonrisas, trataba de abrirse paso por entre el entusiasmo popular de los más jóvenes. A una jovencita de vaqueros short, puntualmente rotos camiseta blanca y linda melena corta, le pregunté acerca de quién se trataba. Me respondió, en medio del griterío y presa de una evidente excitación nerviosa, con una mirada de patente incredulidad. “Pero hombre ¿en qué mundo vives? ¿de verdad no conoces a … ?” Otra vez he vuelto a olvidar el nombre del afamado y bien parecido actor.-  

José L. Casado Toro (viernes, 18 Marzo 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga