viernes, 9 de enero de 2015

RECUERDOS Y SONRISAS, DESDE EL MISTERIOSO Y LEJANO MUNDO DE LOS SUEÑOS.


Vivimos inmersos en una sociedad de intensos contrastes. Es muy probable que casi siempre haya sido así. Tanto por aquí cerca, como también en otras latitudes que nos resultan físicamente lejanas. Esta realidad está incardinada en nuestra existencia y resulta muy complicada de transformar o eliminar. Obviamente, no todos los contrastes son negativos. También los hay que nos hacen sonreír y disfrutar. Pero, cuando miramos el almanaque de la actualidad, es difícil evitar esa percepción, desagradable pero real, de que estamos soportando y protagonizando una situación de crisis global. Crisis en los valores, en los ideales y también en lo fundamentos de la economía material. Miramos a través de la ventana y nuestra conciencia nos hace ver una sociedad que padece unconsumismo acelerado que nos desvirtúa y embrutece. Y, junto a ella, también vemos esa otra sociedad de la pobreza acelerada que, inevitablemente, nos aturde y entristece.

Frente a ese paseo por el centro lúdico de la ciudad, donde hay mil un locales, atestados de gente comienzo y bebiendo, de una manera compulsiva, a horas impensables de la noche y el día, o en los macrocentros comerciales, donde fluyen verdaderas riadas de bolsas y carritos bien atestados de regalos y mercancías, tenemos otras desgarradoras y crudas imágenes. Vemos personas rebuscando nerviosamente en los contenedores de basura, haciendo colas asistenciales de muchos metros por un modesto plato de comida, o portando un cartel, conmovedoramente explicativo, en la puerta del Mercadona de barrio, pidiendo alguna limosna para dar de comer a los más allegados. O aquel hombre que, ubicado en pleno glamour y lujo del Larios central, inicia su texto con unas palabras más que significativas mientras extiende al aire su mano: “soy un hombre pobre……”

En ese contexto de los contrastes, para sonrojo de tantos profesionales impúdicos de la política, hay otra imagen que nos hace también pensar sobre el incivismo descuidado de la ciudadanía. De alguna parte de la ciudadanía. Se trata de aquellas familias o personas que cuando les molesta o no les sirve algo de su patrimonio, se limitan a dejarlo tirado en medio de la calle. No en los contenedores preparados al efecto, o en el lugar adecuado para ser recogido por los servicios de limpieza municipal. No, por el contrario han preferido usar de la incívica comodidad que supone dejar esos enseres abandonados, en el lugar más vistoso o inadecuado de la vía pública. ¿Algunos ejemplos? 

Restos de monitores de televisión: ordenadores obsoletos; colchones llenos de mugre y de aroma pestilente; carritos de la compra, ya sin ruedas o manillar; sillas cojas de alguna pata; maletas vapuleadas por el inmisericorde uso para el trasiego, con un contenido dudoso o vacías de ánimo o materia; freidoras y planchas sin posible solución para sus graves achaques; todas esas cintas de video VHS que se han conservado con esmero para, ese mañana de nunca más ver y tirar; inodoros sustituidos que han soportado solidariamente nuestras diarias necesidades …… y no hablemos de tanta ropa aburrida allá tirada, cuando el contenedor de Madre Coraje está disponible a no muchos metros de distancia.

Paseaba un domingo radiante de luz, aunque con ese frescor gélido de la estación invernal, cuando, en un relativamente céntrico espacio urbano, dos mullidos butacones se presentaron ante mi vista. Como buenos hermanos o cónyuges, cerca uno del otro, como dialogando en silencio acerca del motivo insensible para su abandono. Ciertamente se hallaban en mal estado, envejecidos e incluso uno de ellos con una oquedad que lo atravesaba, a modo de balística castrense realizada en el campo de batalla. A no dudar, tuvieron que gozar de una mejor época, a juzgar por la nobleza de su vestimenta. Estaban guarnecidos con una tejido de calidad, diestramente entrelazado. La curvatura de sus terminales denotaban una artesanía cuidadosa y atenta, a fin de evitar golpes y rozaduras incómodas para los que fueran sus inmisericordes usuarios. Impresionaban esos señoriales reposabrazos, esos confortables  reposacabezas, que harían, a no dudar,  las delicias para el descanso afectivo de su, en otra hora, hospitalaria familia. Sin embargo hoy yacían en la fría moqueta pétrea de un suelo callejero, alejados de aquellos a quienes tanta comodidad supieron con generosidad conceder.

¿Qué podrían ellos decirnos acerca de su historial familiar? Quiénes serían sus preferentes usuarios, en el día a día de todas las vidas?

Cosme y Flora vivían plácidamente su tercera edad, en un pueblecito de la serranía rondeña. Dedicados al peonaje agrícola y a la atención del hogar, respectivamente, se habían esforzado en la educación responsable de su único hijo, Basilio, a fin de ofrecerle una educación que le pudiera conducir rectamente para cuando alcanzase la edad adulta. Pero éste, con la fuerza impetuosa de la juventud, decidió no seguir el camino que su padre había desarrollado para ganar el sustento que sostenía a su modesta familia. Al volver del servicio militar, decidió buscar fortuna en la capital malagueña, donde fue probando distintas ocupaciones, hasta encontrar acomodo en una empresa constructora en la que entró como peón de albañil, llegando a tener con el tiempo un puesto de responsabilidad directiva.

En la época del esplendor económico, Basilio vivió de forma acomodada, olvidándose pronto de sus raíces humildes. Tal es así que sus padres sufrieron el olvido, sentimental y económico, de una persona deslumbrada por una sociedad donde el primer valor era ganar y ganar más, a fin de comprar y comprar más. Pero los ciclos económicos en el capitalismo tienen su curso inalterable, y llegaron dos graves crisis económicas, con una deflación que se llevó por delante a centenares y miles de empresas, dejando en la ruina y en el desempleo a sus trabajadores y propietarios. Los padres de Basilio, conociendo la compleja situación que atravesaba su hijo, supieron estar al frente de la ayuda y el sacrificio necesario para tratar de paliar las consecuencias, especialmente difíciles que sufría su nunca olvidada y querida familia. Vendieron la casita del pueblo y, con unos ahorrillos que guardaban, se desplazaron a Málaga, para acomodarse con sus hijos y nietos. Gracias a la modesta pensión de Cosme y al resultado de esas ventas, Basilio pudo “respirar” y resistir esa grave situación carencial que a punto estuvo de hacerle perder incluso su propia vivienda. 

Y aquí aparecen, como significativos y peculiares protagonistas, esos dos cómodos sillones que Basilio, en un arranque de sensatez, compró para la comodidad de sus padres. Éstos, con una edad ya muy avanzada, pasaron los últimos años de su vida sabiendo ayudar y compartir todo lo que tenían con su pequeña y entrañable familia. Para ellos, la televisión era el divertimento más importante. Pasaban las mañanas y tardes sentados, siempre en sus cómodos silloncitos, ante esa pantalla que tanto les divertía y acompañaba. Sus nietos, ya adolescentes, solían comentar esa divertida frase de “anda, levántate de ahí, que vienen los abuelos. Te has sentado en sus sillones”.

Ciclos en la economía, ciclos en la naturaleza y, también, en todos sus seres vivientes. Con muy poca diferencia en el tiempo, primero Flora y después Cosme emprendieron, en un frio y nublado otoño. ese viaje sin retorno al mundo de los sueños. Dejaron a sus herederos, como gran patrimonio, material pero sobre todo espiritual, el buen ejemplo y responsabilidad que como padres tan bien habían sabido asumir. Basilio, hombre siempre un tanto impulsivo, tras la pérdida de sus padres, quiso renovar la vivienda familiar, en un momento en el que el trabajo había vuelto a aflorar tanto para él como para su mujer Ángela. Y, en esas transformaciones del mobiliario, esos dos sillones fueron los primeros que emprendieron también un ingrato viaje….. hacia la calle. Pensaban que dado el mejor estado o conservación de uno de ellos, alguien podría estar interesado en llevarlos para casa y darles un nuevo tapizado que salvara su estructura, aún en muy buenas condiciones. Dicho y hecho. Con la ayuda de un vecino y de sus propios hijos los bajaron hacia la calle. La educación de Cosme y Flora no había logrado sembrar en la conciencia de su hijo ese respeto a las normas de convivencia cívica, tan necesarias para preservar la limpieza de las vías públicas.

Y ahí siguen, bajo el sol del mediodía y la humedad celestial de la noche. Los vi, por primera vez, hace unos cinco días. Hoy, cuando he vuelto al mismo lugar, unos niños jugaban a tratar de escalarlos. a modo de imaginarias colinas. Les habían dado la vuelta, formando una simpática orografía que dejaba entre ellos un valle intermedio a semejanza del paisaje que nos regala la naturaleza. Los chicos jugaban con los dos armatostes, subiendo y bajando, cual alpinistas que escalan una abrupta cadena montañosa.
Posiblemente a consecuencia de esos juegos, o tal vez por algún que otro hecho que me es desconocido, se habrá producido esa oquedad en uno de los sillones. Ambos, a pesar de ese deterioro, siguen conservando la prestancia, comodidad y elegancia de dos habitáculos que supieron ennoblecer y gratificar en comodidad, la serena ancianidad de Cosme y Flora. Desde luego, ellos no desearían ver sus entrañables silloncitos en semejante estado y lugar.

Fue ayer, cuando pasé al lado de un gran contenedor de papeles usados, ubicado en un espacio céntrico de la ciudad. Junto al mismo, unas biografías de importantes autores clásicos del cine estaban tiradas y desordenadas por el suelo. Resultaba penoso ver las fotos de esos grandes actores y actrices que nos han hecho reír, llorar, sentir y vibrar, emocionalmente, tumbados por el asfalto, alrededor de otros contenedores de residuos orgánicos, cristales y envases. Recogí esas nueve biografías de personajes míticos del cine, arreglé algunas de sus portadas y hoy las he llevado a una biblioteca pública que tengo cerca de casa. La encargada del servicio me ha dado efusivamente las gracias y me ha enseñado la estantería de libros dedicados al cine, donde va a colocar esos nueve ejemplares. Son vidas que multiplicaron otras muchas vidas en pantalla. Ahora lo hacen desde las páginas de sus biografías y fotos. Ahí es donde deben estar para su mejor consulta y aprendizaje. Seguro que ellos también estarán de acuerdo con ese mejor uso, desde el misterioso y lejano mundo de los sueños.-


José L. Casado Toro (viernes, 9 enero, 2015)
Profesor
  

viernes, 2 de enero de 2015

UN REGALO DE REYES. THE ROAD TO HAPPINESS.

Inmerso en la vorágine plástica del bullicio callejero, Esteban paseaba aquella tarde de sábado por entre los puestecillos instalados a lo largo del Parque norte, todos ellos bien abastecidos de productos artesanales para regalos. Ana, su mujer, iba a salir con una de sus hijas, Marian, pues tenía que cambiar un par de prendas de ropa que había comprado en las rebajas, este año adelantadas al primer día laborable de Enero. El matrimonio había acordado con sus dos hijas que, a partir ya de estas fiestas, los regalos se harían sólo para los cuatro nietos, pues los mayores gozaban casi de todo y resultaba aburrido y cansino el buscar y buscar ese detalle que, después, tantas veces defraudaba. La operación de cambiarlo de talla, o por un artículo diferente, era un repetitiva acción que este año querían evitar. Eso sí, cuando realizaran algún viaje de vacaciones, no olvidarían  ese simpático recuerdo para regalar a sus hijas y yernos.
Sin embargo Esteban conocía que Ana terminaría por comprarle alguna cosa, pues ella mantenía con fuerza la tradición de la mañana de Reyes, reviviendo esa ilusión de la infancia junto al árbol o el belén. Como aún faltaban tres días para esa lúdica fecha de la sorpresa y, conociendo el comportamiento travieso de su mujer, se “echó a la calle”. Estaba dispuesto a encontrar algo novedoso con el que quedar bien ante su imaginativa cónyuge. Mientras se distraía observando los expositores de esas diminutas tiendecitas, abarrotadas de mercancías, ofreciendo un primoroso espectáculo de color, imaginación y buen gusto, iba repasando mentalmente ese listado de regalos tradicionales a los que siempre se puede recurrir. La joyería, el ramo de flores bien elegidas, el abrigo elegante, un perfume de marca, los últimos best sellers en librería o discografía….. en eso estaba cuando fija su mirada en una de las tiendecitas adosadas, de la que provenía un embriagador olor.

Se acerca y comprueba que el aroma proviene de una barrita olorosa que se está quemando en un dispositivo preparado al efecto. El comerciante, de nacionalidad extranjera (apariencia asiática, tal vez de la India) ha unido dos locales, con lo que el espacio disponible gana o duplica unos metros importantes, para la mejor oferta de su heterogénea y multicolor mercancía. Se distrae observando la variedad ofertada de los expositores, en forma de diversos productos de piel, bisutería de calidad y buen diseño, pequeños juegos, para el deleite de adultos y menores, vistosos pañuelos y chales de seda, cajitas de sustancias aromáticas para quemar en unos artísticos dispositivos….. El comerciante y su mujer esperan las previsibles preguntas (generalmente, los precios de los regalos) de los posibles clientes, muy numerosos a esa hora tardía del cielo ya oscurecido.

“Hola, estoy mirando las cantidad de buenos regalos que tienen a la venta ¡Está todo tan bien dispuesto y organizado ….. es una delicia! De todas formas, se me ocurre preguntarle si disponen de algún producto especial, que sea muy original. Sería para regalar mi mujer el día de Reyes. En las casas tenemos casi de todo, ya casi nada nos asombra. Seguro que tienen algo diferente de lo que ya conocemos, de forma que pudiera hacer las delicias de una persona a quien mucho gustan las sorpresas….”

Amed (al final de la compra, conocí su nombre) es de nacionalidad turca, aunque efectivamente ha vivido muchos años en una ciudad al sur de la India. Mi suposición (por la naturaleza de la mercancía) era cierta. Me comenta que desde hace unos dos años se ha instalado con su mujer  Aysel en Benalmádena pueblo, en un viejo caserío donde almacena esas mercancías que, posteriormente, vende por los mercadillos y ferias de artesanía.  En el bajo de su casa tiene montada un pequeño taller, donde ofrece pequeños cursos para trabajar artísticamente la piel, la madera y los metales. El y su mujer suman ya muchos años en la vida, aunque se conservan muy bien y parecen mucho más jóvenes de lo que son realmente. Se trata de personas afables, de buen trato y que, aun con dificultad, se les entiende su español, lengua que, día tras día, tratan de mejorar. Cuando se sienten confiados ante una persona, gustan intercambiar las palabras con generosidad.

Tras escuchar mi necesidad, veo que se inclina y rebusca un tosco saco lleno de objetos. Al fin localiza una cajita de cartón, de la cual extrae una especie de joyero que parece una verdadera preciosidad. Está construido en madera y recubierto de piel, trocitos de metal, marfil y con otras incrustaciones metálicas. Al abrirlo suena una sugerente melodía, a modo de cajita de música. 

“Observe que en el interior de este cofrecito, hay espejos sobre sus seis paños. Parecen normales, pero si fija la atención comprobará que las imágenes que en ellos se reflejan se tornan intensamente coloreadas. Lo más curioso es que esas tonalidades cromáticas pueden ir cambiando en la evolución de las horas del día. También lo hacen, según el estado anímico de la persona que se contempla en los espejos. Ya de por si el cofre  es valioso, por el arte decorativo aplicado a su construcción y por la nobleza y calidad de sus materiales. Sin embargo, lo más importante de esta cajita, que se llama THE ROAD TO HAPPINESS (algo así como …. el camino para la felicidad) son estos tres sobrecitos cerrados que reposan sobre el espejo basal. En cada uno de ellos hay una sugerencia que, de seguirla, permite recorrer ese camino que sosiega el espíritu y nos hace sentirnos más felices. Si Vd. regala este cofre a su señora, dígale que abra cada uno de los sobres al inicio de las estaciones del año. El primero, el azul, ahora que comienza el invierno. Al llegar la primavera y el verano, deben abrirse los otros dos sobres, el verde y el de color naranja. De seguir las indicaciones que contienen, ella será más feliz no sólo durante el otoño sino para toda su vida. Pero no olvide indicarle que habrá de cumplir fielmente esos mandatos que son como la llave que permite alcanzar una vida mejor. Sin duda, es el mejor regalo que puede ofrecerle”.

Tras abonar los treinta y cinco euros (en un principio, le pidieron cincuenta) Esteban se marchó muy satisfecho con su compra, no sin antes agradecer a Amed y Aysel, toda la información y el amable trato  que le habían deparado. Desde luego la originalidad del regalo era manifiesta. No dudaba que Ana iba a quedar asombrada ante su gesto. Mientras, el paseo norte del Parque malacitano continuaba completamente atestado de un público variopinto. La proximidad de la Noche de Reyes había impulsado a mucha gente a recorrer ese gran mercado navideño, donde encontrar una ilusión para regalar en la mañana del seis. Unos jóvenes, provisto de gorros rojos de Papa Nöel, entonaban canciones navideñas cuando desde el cielo caía una fuerte humedad. Ese húmedo y frío ambiente hacía agradable el uso abrigos, gorros y bufandas que protegían y reconfortaban del frío.  

En la alegre mañana del seis, varios regalos esperaban junto al árbol navideño. Los paquetes, envueltos en papeles de vistosos colores, iban a hacer felices a los nietos de este matrimonio. Como era previsible, Esteban tenía también su recuerdo de SS MM. Una estupenda mochila de piel, color beige, que iba a sustituir a la muy gastada por el uso en sus senderismos los fines de semana. También Ana iba a encontrarse con ese espectacular joyero que los Magos de Oriente habían elegido para ella. Al ver los tres sobrecitos en su interior, quedó un tanto extrañada.

“Me dijeron SS.MM. que tendrías que abrir cada de ellos al comienzo de las estaciones del año, comenzando por la que hemos empezado, la del invierno. Y, desde luego. poner en práctica lo que se te aconseje, a fin de que tengas más felicidad. A pesar de la preciosidad de este cofrecito, lo más importante es el contenido de esos sobres, que te van a ayudar a sentirte mejor. Seguro que más feliz. Aunque no te lo creas,  yo no conozco el contenido de lo que en ellos está escrito….”

Ana fue disciplinada en el cumplimiento de esa ruta que le marcaban los sobres estacionales. En ese primer trimestre del año pudo recuperar la amistad de tres personas alejadas en el afecto para su vida. Una cuñada, una vecina de bloque y el marido de su hija Marian. Fue un esfuerzo verdaderamente encomiable, ante las dificultades propias y ajenas, el que tuvo que poner en marcha. Esteban la ayudó, con sus consejos y su paciencia. Recuperar el buen clima con esas personas, tan próximas a su vida, le hizo ganar en madurez, responsabilidad y bondad.

Para la estación primaveral, el objetivo a cumplir fue  más complicado incluso que el anterior, pues se trataba de entrar en un terreno totalmente nuevo para ella. Al fin, con la mediación de su compañera de laboratorio Eva, entró en contacto con una asociación que se ocupaba de acompañar y atender a personas mayores durante los fines de semana. Reservó las mañanas de los sábados para este humanitario fin. Ya han pasado cuatro meses y no ha faltado ningún sábado a su cita semanal, planificada por esa organización asistencial. Su valiente decisión le ha permitido conocer, y compartir, el dramatismo de muchas vidas en soledad. Con esta hermosa acción, se sintió  útil y solidaria para con los demás.

El último sobre, de color naranja, decía, con la sencillez de lo inteligente, que su lector debía abrir su vida al limpio mundo de la naturaleza. Era un objetivo en sí mismo fácil de conseguir, aunque para Ana, muy vinculada al entorno de lo urbano, supuso un novedoso cambio en su estructura de vida. Eso de levantarse bastante temprano los domingos y prepararse para recorrer amplios espacios enriquecidos por la vegetación, el agua, el sol, el viento o la lluvia, resultó una experiencia muy sugestiva para quien hasta ese momento no la había priorizado entre sus hábitos cotidianos. Una vez más, el bueno de Esteban colaboró para que esa transición existencial, emprendida por su mujer, resultara satisfactoria  y fructífera para la vida conyugal. 

Cierto día, Esteban tuvo la feliz ocurrencia de desplazarse hasta Benalmádena. Deseaba localizar el taller de Amed, a quien quería saludar y agradecer la acertada decisión de facilitarle un regalo de Reyes que había transformado, en lo positivo, su vida familiar. Preguntó y preguntó a muchas personas, pero nadie conocía a ese comerciante, ni a su mujer Aysel. No se dio por vencido, por lo que durante las siguientes semanas, contactó con asociaciones de comerciantes y con el área de comercio de diversos municipios. El nombre de Amed no aparecía en registro alguno de los diferentes departamentos administrativos. No volvió a saber o a entablar contacto con este hombre, ni con la mujer que lo acompañaba. ¿Habría sido todo un sueño? ¿O tal vez un mágico deseo para el cambio en sus vidas? ¿Cómo hallar una convincente respuesta? Lo único cierto es que el cofrecito de los espejos, con los tres sobres, estaba presente entre los más preciados objetos de Ana. Y que esta mujer había sabido y podido recorrer algunos caminos para sentirse más realizada y feliz. Esa era la mejor realidad, en esta curiosa historia. THE ROAD TO HAPPINESS. El complicado y sin embargo fácil camino a la felicidad.-
 

José L. Casado Toro (viernes, 2 enero, 2015)
Profesor


viernes, 26 de diciembre de 2014

FIN DE AÑO INESPERADO, EN EL CAMINAR DE DOS VIDAS.


Ya anochece, cuando apenas pasan unos minutos desde las seis. Tomás observa pensativo, a través del amplio ventanal que da a la gran avenida de las tiendas, ese denso y acelerado trajinar de coches y personas que circulan y caminan por el heterogéneo tejido urbano. Se pregunta el por qué de esas alocadas y estresantes prisas que casi todos parecemos neciamente sufrir. Se multiplican esos bruscos acelerones por ganar unos minutos o segundos al tiempo que, al poco se pierden…. generando comportamientos irracionales en los automovilistas que se sienten importantes, como niños grandes, reinando en la pequeñez de sus habitáculos metálicos. Y también los de a pie, exhibiendo ese agitado caminar. en unos y en todos, con sus bolsas, historias y…. realidades, siempre condicionadas por el rigor implacable de unas manecillas horarias que estructuran, rígida y aritméticamente, nuestras vidas.

Tal vez no sea el mejor día para el sosiego y el andar relajado. Es la tarde-noche del último día de todo un año. Parece que todo el mundo se afana en ser puntual, para esa gran fiesta de los atuendos, la comida y las bebidas exageradas. No faltarán tampoco las danzas al son de la música y los confetis para el más ruidoso de los jolgorios, mientras la pantalla amiga en los hogares nos ofrecerá muchos productos enlatados que priorizan el imprescindible valor de las sonrisas. Otros viandantes poblarán las plazas principales de pueblos y ciudades, para el rito convivencial de las doce uvas al son de unas campanas, asombradas y divertidas, por esa cálida y densa compañía en las horas del frío y las estrellas. Fiestas en los hogares, en las plazas y en tantos y tantos recintos donde mucha gente, especialmente la juventud, baila, bebe y sueña despierta hasta la realidad de un nuevo y esperanzado amanecer. 

Este diplomado en Empresariales, sumando al currículum dos cursos de derecho, carrera que dejó inacabada, no se encuentra solo en las oficinas de la gestoría administrativa e inversiones donde trabaja. A Silvia y a él les ha correspondido hacer guardia, en este día 31, según el amistoso sorteo de los turnos de Navidad y fiestas. Suma ya 43 abriles, muy bien llevados en lo físico, aunque en el campo afectivo tiene sus bajones, especialmente señalados en determinadas fechas conmemorativas. El mazazo de conocer cómo su ex se encariñó, y marchó, con su fisioterapeuta de siempre, en uno de esos gestos alocados para el día a día, muy propio en ella, hizo no poca mella en su equilibrio anímico. Evitó volver a casa de sus padres, por lo que desde hace seis años habita un pequeño ático al principio del camino de los Montes, por la zona norte de la ciudad.

Su compañera de turno hasta las seis, cuando cerrarán el despacho, es hoy Silvia. Acaba de cumplir los veintinueve y lleva trabajando en la empresa casi dos. Mujer inteligente y de trato agradable, tal vez un tanto celosa de su intimidad pero muy generosa en la ayuda hacia las personas de su entorno relacional. Ella y Tomás han almorzado juntos, en un fast food de la calle Hilera, en esa hora autorizada para reponer fuerzas, a partir de las dos. Parece que hoy, final de año, se muestra un poco más comunicativa.

“¿Y como vas a pasar la noche, Tomás? Yo me voy a quedar en casa, pues no quiero dejar a mi tía sola. Está un poco delicada con eso de los huesos y no es persona para jolgorios y fiestas. Es que tenemos muy poca familia. La verdad es que nunca te lo he contado. Pero quedé huérfana siendo una cría. Ella me educó como si fuera su hija. En realidad ha sido como una verdadera madre para mi y yo nunca lo voy a olvidar. He comprado unas cosillas para la cena, que sé le agradarán y, aunque no somos de bebidas, una botella de sidra con la que no nos vamos a marear. Ya ves……. Tendremos le tele  y las uvas, con las que siempre me atraganto. Bueno, un día o una noche más aunque…… ciertamente un tanto especial”.

“No, no sabía esa circunstancia, sin duda dramática en tu vida. Agradezco mucho tu confianza. Me alegra escucharte diciendo que pudiste superar esas trágicas pérdidas con la ayuda maravillosa de ese familiar a la que consideras como una madre. Francamente, admirable. Bueno, yo iré a pasar la noche con mis padres. Estarán también mis dos hermanas, con sus maridos e hijas. ¿Sabes que tengo cuatro sobrinas? Son encantadoras, aunque traviesas y muy escandalosas. Pero me vendrá bien ese ritmo al que me “someten” con sus juegos, para sentirme un poco padre…. No tuve hijos en mi fallido matrimonio. Y esta palabra que he utilizado no quiero que la veas como un reproche o teñida de odio. Probablemente yo tampoco supe tratar a esta mujer y cuando un tercero se puso de por medio, pues se le fueron los ojos y otros sentidos tras el jovencito. ¡Menuda pinta tiene el caballero. Te lo aseguro! Pero allá ellos. Hoy día valoro mucho más la amistad y soy más cuidadoso con el trato que doy a los demás. Ah, por cierto, si me tengo que disfrazar de cotillón, cosa que me temo con mis sobrinillas, te enviaré la foto para que te rías un buen rato. Aunque me veas tan serio a veces, soy también un poquito cachondo….”

Tras abandonar ese mirador privilegiado a la vida ciudadana, Tomás recoge unos documentos que organiza en su maletín. Quiere hacer unas comprobaciones, pero ya desde la comodidad de su apartamento. Internet le facilita todo lo necesario para poder incluso trabajar desde casa, si ello fuese necesario. Espera unos minutos a Silvia y juntos abandonan el edificio, camino de una próxima parada de bus, utilizada por las líneas respectivas que ambos deben tomar. El lo hará hasta finales de Cristo de la Epidemia, mientras que ella tomará la línea número dos que la conducirá a las inmediaciones de Ciudad Jardín. Se despiden con una limpia sonrisa, deseándose una feliz noche y un mejor Año Nuevo. El bus de Silvia llega unos minutos antes que el de Tomás. Un beso sella el cariñoso saludo de dos buenos compañeros y, desde hoy, un poco más amigos.

Son las 10.35 minutos en el domicilio de los padres de Tomás. Allí, dentro de un piso más bien modesto, pero espacioso, todo es animación, risas y voces que alegran el ambiente. Están terminando la cena y las cuatro niñas se ocupan de alborotar, con esa maravillosa inocencia de la vitalidad, el sentimiento de sus abuelos, padres y del tito, que ya lleva un sombrero rojo en su cabeza y ese largo bigote del Capitán Garfio que hace las delicias de las cuatro pequeñuelas. Están en los postres. Hay fruta, dulces navideños y una tarta helada de chocolate que ha elaborado la tata María. En ese preciso instante suena el teléfono. En medio del estruendo, nadie sabe a ciencia cierta a quien pertenece. Al fin Tomás advierte que es su propio móvil el que reclama atención.

“Tomás, perdona que te llame a estas horas. Es que me encuentro muy….. terriblemente nerviosa. Estábamos cenando y a mi tía le ha dado un desvanecimiento. Volvía de la cocina y cayó como fulminada al suelo. Vi que respiraba y apenas pude marcar el numero del 061, donde me pidieron unos datos, asegurándome que a la mayor presteza desplazarían una ambulancia a nuestro domicilio. Pero dado el día que es, han pasado ya más de diez minutos y mi tía está muy mal. Parece que tiene unas convulsiones y su tez es pálida. No sé que hacer. No hago más que llorar …. Estoy desesperada…… no sé que hacer más ….”

“En la medida de lo posible, trata de no perder los nervios, Silvia. El control en estos casos es muy importante. Dame exactamente tu dirección. Voy a llamar yo otra vez a emergencias, explicándoles la situación. Tal como estoy, bajo a la calle y cojo mi coche. En no muchos minutos estoy en tu casa. Venga Silvia …… mantén la calma. Te han dicho que le pongas una almohada debajo de la cabeza. En muy escasos minutos verás como llegan los sanitarios. Bajo enseguida a la calle y me llego a echarte una mano. Todo se va a resolver para bien. Dejo la línea del móvil abierta por si tienes que volver a comunicar. Pronto llego a tu domicilio. Tranquilízate. Es necesario. Lo estás haciendo muy, muy bien”.
Con pocas palabras, explicó a sus padres y hermanos la situación que debía afrontar. Una persona amiga necesitaba su ayuda y en modo alguno la podía defraudar. Se disculpó como pudo, abandonando con rapidez esa cena que se encontraba en el grato momento de los postres. Conduciendo su vehículo cayó en la cuenta de que aún llevaba ese gran bigote cinematográfico que había hecho reír a todos sus familiares. Al fin divisó el domicilio de Silvia. Observó las luces anaranjadas de una ambulancia. Los sanitarios del 061 se encontraba ya en la puerta del edificio desplazando una camilla hacia el interior.

Faltan diez minutos para las doce campanadas. Los dos compañeros aguardan en una desangelada salita de espera, correspondiente a la unidad de cardiología del Hospital Clínico Universitario. Continúan las pruebas y el tratamiento de urgencia para la tía de Silvia. Todos los síntomas indican que el problema, al que se ha llegado a tiempo, corresponde a una insuficiencia cardiaca. En todo el complejo hospitalario se vive un ambiente especial. Una enfermera se les acerca para comentarles que se ha habilitado en el hall de la entrada un espacio con una pantalla grande de televisión. Aquellos familiares y personal sanitario que puedan acercarse a ese lugar pueden ver y escuchar las doce campanadas transmitidas desde la Puerta del Sol madrileña. La cafetería del centro ha preparado unas bolsitas con uvas, para aquellos que deseen tomarlas en ese momento en el que comienza un Nuevo Año. Silvia agradece la información de la enfermera, pero prefiere quedarse en esa antesala, esperando recibir noticias más concretas de la situación clínica de la persona que ha sido una ejemplar madre para ella. Cuando faltan apenas dos minutos para las doce, Tomás vuelve junto a su compañera. Ha pasado por el hall y allí le han facilitado dos bolsitas con las uvas de la Nochevieja. Silvia le sonríe, con una mirada de gran afecto.

“Vaya noche que te estoy dando. Seguro que nunca la vas a poder olvidar. Me sentía muy sola, pero tuve la confianza y el acierto de pensar en ti. Y ahora estás aquí, junto a mi. Siempre, siempre te lo agradeceré. No voy a olvidar este precioso gesto que has tenido conmigo”.

Intercambiándose las miradas, dos personas fueron tomando pausadamente las uvas, en la soledad física, que no afectiva, de una salita de espera hospitalaria. Ambos eran conscientes de que el destino les estaba ofreciendo una hermosa oportunidad para sus vidas. -


José L. Casado Toro (viernes, 26 diciembre, 2014)
Profesor
 


viernes, 19 de diciembre de 2014

MULTISERVICIOS MERRY CHRISTMAS.


“Buenos días. Llamaba a este número, porque he visto en Internet las actividades que presta su empresa y podía interesarme, en especial, uno de sus servicios. Si me permite unos minutos, le explico básicamente mi situación a fin de que puedan entender mejor el objeto de esta necesidad. Verá…. vivo solo, desde hace ya muchos años. Mi profesión era de técnico en electrónica, pero tuve que dejar de trabajar debido a un accidente que sufrí en el ejercicio de esa actividad. Estuve casado y sin hijos, pero mi relación con la que fue mi mujer se rompió precisamente un tiempo después de ese problema laboral, el cual exigió una muy lenta y sufrida recuperación. Aunque me he habituado, al paso de los años, a este tipo de vida solitaria, en determinadas fechas lo sobrellevo bastante mal. Especialmente en Navidad, donde ves que las festividades se celebran en unión de otras personas. Sin embargo tu tienes que hacerlo sin más compañía que la de tu propia persona. Tengo algunos amigos pero, como es natural, cada uno tiene su historia en esos días tan señaladas por el calendario.

Y ya en concreto ¿podrían informarme si alguna de esas prestaciones que he leído en su página web se adapta a mis necesidades? Me refiero a la noche del 24… creo que me entiende. Es Nochebuena y pasarla solo en casa resulta muy duro. Se preguntará por mis familiares…. Aunque soy hijo único, tengo algunos primos en la zona de Cataluña, aunque nuestro trato, desde siempre, ha sido bastante frío y prácticamente no existe comunicación entre nosotros. En fin ¿me pueden ayudar para esa noche del 24 y tal vez la del 31?  ¿Qué es lo que ofrecen y cuáles son sus condiciones?”

Eloy había estado dando las vueltas, durante días, a esta posibilidad que había conocido a través del buscador Google. Era consciente que se acercaban en el calendario esas entrañables festividades y pesaban en su memoria las experiencias vividas en años anteriores, donde la depresión hizo fácil mella en su vapuleado equilibrio anímico. Algo había visto en el cine sobre el tema, pero ahora era él el protagonista de esta decisión, que le había costado bastante esfuerzo adoptar. Por supuesto que carecía de experiencia previa en la misma, sin embargo esa página de Internet parecía bastante seria y convincente. Al fin se lanzaba a llamar en esa teatralizada puerta de la simulación escénica.

Sr. Tendilla. Le he entendido perfectamente y paso a informarle, grosso modo, de nuestros servicios. Lógicamente Vd. podrá hacer, tras evaluar sus necesidades y costes, una concreción más exacta de su petición. Pero debo aclararle que para la Noche del 24 tenemos ya una importante demanda, por lo que contratar sólo ese día va a resultar bastante complicado. Otra cosa sería si Vd. optara por un paquete vinculado, Nochebuena – Fin de Año, que ahora ofrecemos con un 15 % de descuento sobre los precios en tarifa. En este caso, con la duplicidad de sesiones, no habría dificultad para atender a sus deseos. En todo caso si sólo opta a la cena del 24, le voy a inscribir en lista de espera. Bueno, le explico el conjunto de nuestros servicios.

Nuestro pack comprende todo el catering correspondiente, con tres niveles cualitativos en la comida y bebida, según costes. Puede optar también entre uno y seis acompañantes, vinculados a una variada gama de edad, siempre a partir de los dieciséis años y hasta incluso los ochenta. Estas personas mayores van a desempeñar el rol del abuelo que vive con sus hijos. Obviamente, pueden ser del género masculino y femenino. También Vd. decide si prefiere árbol o belén. Tenemos una amplia gama de villancicos, tanto de corte clásico (como La Marimorena, Ya vienen los Reyes o Los peces en el río) o algunos más modernos, interpretados por Lennon, Celine Dion o Sinatra). No faltará tampoco el popular Christmas Carol, Silent Night. Las personas que le acompañarán en la Noche, mantendrán muy bien la velada, entonarán canciones, compartirán su mesa y le sugerirán diversas llamadas a familiares y amigos. También Vd. recibirá llamadas telefónicas o mensajes de correo electrónico, inesperados pero muy simpáticos y cariñosos.

Un servicio reciente que hemos incorporado a nuestro pack es el de la llegada a casa de un pariente lejano, generalmente arruinado pero muy cariñoso y necesitado, que pide ayuda para esa emblemática noche. Se trata con ello de motivar al cliente a fin de  que  desarrolle un gesto caritativo y fraternal.

En caso de mostrarse interesado también por la Noche de Fin de Año, nuestros actores realizarían un sugerente  cotillón, con música y baile, en función del espacio disponible y sus apetencias. Habrá zambombas, panderetas… incluso esa botella de aguardiente que facilita tan acústicos sonidos.  Le aseguramos que no se va a aburrir o entristecer con estos expertos profesionales, personas cualificadamente preparadas para estos singulares eventos. Al la finalización de la velada, un equipo técnico pasará por su domicilio a fin de recoger todos los enseres aportados, dejándole el piso en las mejores condiciones de orden y limpieza. Le aseguro que todo le va a parecer muy cercano a la realidad. Incluso mejor de lo que Vd podría pensar o esperar. Obviamente, todo ello conlleva un coste, pero los excelentes resultados que estamos obteniendo en situaciones similares avalan nuestro prestigio y mejor hacer”.

Cuando Eloy conoció algunos precios orientativos, por el servicio que pretendía contratar, quedó presa del asombro. Le vino a la mente esa evidencia de que la moneda puede abrir muchas puertas aunque, realzando la segunda parte del dicho, no todas, por supuesto. Ciertamente tenía unos ahorros dispuestos para darse esa ilusión o experiencia, en esa fecha tan señalada en el almanaque que la Noche del 24. Pero, aun gustándole esa golosina de la travesura, a fin de realzar su alicaído ánimo, quiso pensárselo mejor. Aún faltaban dos semanas, para ese temido miércoles de celebración. Rogó que no lo borraran de la lista de espera, pero que daría la respuesta definitiva a no tardar. Eso sí, tuvo que dejar una señal económica, a fondo perdido, para el caso de renunciar al contrato, siempre que fuese llamado para concretar la compra del servicio o celebración. Cincuenta euros de garantía, cifra que estaba en consonancia con lo que tendría que abonar (por encima de los dos mil quinientos euros) en caso de que al fin fuese elegido para recibir a los figurantes de su gran cena.

Eloy, en la actualidad, vive la situación de su retiro laboral, tras haber trabajado durante treinta y siete años en la Administración pública. Le ha quedado una buena pensión económica, situación más que desahogada para una sola persona. No tiene obligaciones con respecto a su ex ya que, en el momento de la ruptura, ambos pactaron vivir cada uno por su cuenta sin ninguna atención recíproca. Conoce que ella rehizo su vida con el propietario de unas bodegas y poco más. Y es que hace nada menos que veintiséis años de aquella desagradable situación que terminó de una manera “muy civilizada”. Al no existir otra responsabilidad personal, como hijos o familiares directos, se puede permitir este capricho escénico a fin de frenar esos bajones anímicos que, cada vez con más frecuencia, le sobrevienen. Especialmente, cuando llegan las festividades navideñas, fechas que a muchos desestabilizan en sus sentimientos y recuerdos.

El martes de la semana anterior a la Nochebuena se fue a dar un paseo después de comer. Se había presentado un día en el que era grato estar sentado en algún lugar, gozando con la templanza de un sol que reconfortaba las gélidas temperaturas de diciembre. Le seguía dando vueltas al asunto de la fiesta. Había momentos en que se ilusionaba, como un niño, por esta travesura que le podría tener a él como principal protagonista. Pero a esos desvaríos le sobrevenían otros momentos de lucidez y racionalidad. ¿Se iba a gastar un dineral para afrontar una alocada experiencia que sonaba más a espectáculo cinematográfico? Analizó una vez más la situación y en un arranque de responsabilidad marcó de nuevo el número de teléfono de los Multiservicios Happy Life. Contactó con la señorita Miller, que le había atendido la vez anterior, explicándole que renunciaba a su opción en la lista de espera. Tras explicarle sus motivaciones para esta decisión, la amable Betty Miller le indicó que era bastante improbable, dada la proximidad de la fecha, que hubiera podido tener acceso al contrato para la fiesta. Y que le iban a ingresar en su cuenta los cincuenta euros que había abonado como señal de garantía.

Tras agradecer a esta amable profesional la comprensión que mostraba ante sus argumentos, se dirigió, ya en la caída de la tarde, a una parroquia cercana a su domicilio. Esperó a que finalizase el oficio religioso que el párroco estaba celebrando. Cuando el sacerdote entró en la sacristía, hasta allí se dirigió Eloy, rogándole si tenía unos minutos para atenderle. Sacerdote y feligrés, se dirigieron al despacho parroquial donde mantuvieron un interesante diálogo.

“Valoro mucho, D. Fernando, la paciencia que ha mostrado al escucharme. Como sin duda comprenderá, atravieso una etapa un tanto desordenada en lo psicológico, que temo me afecte también en lo orgánico. En resumen, quiero pedirle su ayuda. Si Vd conoce alguna familia o persona individual que se encuentre viviendo la crudeza de la soledad y la necesidad, le rogaría me pusiese en contacto con la misma. Me agradaría invitarla a compartir la Nochebuena,  en esa ya próxima fecha del 24 de diciembre. Lo he estado pensando y creo que es una decisión más racional que esa desafortunada locura que he estado a punto de cometer. Yo me ocuparía de comprar todo lo necesario para que resultara una cena agradable, plena de amistad y solidaridad. Le reitero que aceptaría igual a una familia o a una persona individual. Lo que deseo evitar, por todos los medios, es hundirme en el egoísmo de la soledad, en tan emblemático día”.

Resultó una cena sencilla, agradable, cariñosa e intensamente  fraternal. Nati, una madre soltera, que aún no ha cumplido sus tres décadas en la vida, junto a sus hijos pequeños Raúl y Elena, acompañaron a Eloy en esa Noche en la que todos los humanos formamos parte de una gran familia. No faltaron alimentos muy apetitosos. También, villancicos de toda la vida y hasta un pequeño Belén que hizo sonreír a pequeños y mayores. Mientras, en alguna otra vivienda de esa misma ciudad, había actores que interpretaban. En el piso de Eloy estaban cuatro personas, a modo de una sencilla familia, que sabían compartir el calor del amor y el dinamismo de la caridad. Merry Christmas…. FELIZ NAVIDAD. -



José L. Casado Toro (viernes, 19 diciembre, 2014)
Profesor