viernes, 9 de marzo de 2018

CONFIDENCIAS INSOSPECHADAS, EN LAS VIDAS DE AQUÍ.


Las primeras experiencias suelen siempre dejarnos huellas, más o menos intensas e indelebles, ante lo emocional y novedoso que normalmente resultan. Y ese interés, temor, ansiedad o satisfacción que su “ejercicio” provoca nos sumerge, durante los días previos a su protagonismo, en un estado anímico de confusión o tensión que deseamos, de una vez por todas, recorrer y superar. Incluso cuando esas experiencias estén ubicadas dentro de la normalidad o la rutina, correspondiente al sistema social en el que nos hallemos insertos.

Edurne es una joven que no hace mucho ha superado sus tres primeras décadas de existencia. Vive sola, en régimen de alquiler, habitando un viejo piso donde convivió con sus padres, Fátima y Ventura (los dos bastante mayores) hasta que éstos, hace ya más de año y medio, se marcharon a ese misterio inevitable del más allá, en ambos casos con muy escasos meses de diferencia. Hoy, en la mañana de un lunes con adelanto primaveral de Febrero, ha podido intercambiar su horario laboral con una compañera, que se ha prestado a hacerle ese favor. Trabaja como cajera en un gran hipermercado, ubicado en una zona comercial del sur de la ciudad. Su estado nervioso obedece a la carta que recibió hace unos días, desde un despacho notarial, convocándole para una reunión familiar en la que estarán presentes su tía Felicidad, con sus dos hijas. Allí se va a proceder a la lectura de la última voluntad testamentaria correspondiente a su otra tía, Alfonsina, que falleció hace tres semanas.

Para esta más bien tímida joven, ese desplazamiento que ha de realizar a un despacho notarial le ha producido una gran impresión. No sólo por el contexto protocolario de sentarse ante un señor notario, sin duda una persona muy seria y respetable (como ella comenta) sino también porque todavía no ha superado el impacto producido por el fallecimiento de su amada tía, persona a la que estaba especialmente unida, si cabe aún más desde que perdió a sus padres. Percibe que ahora se halla más sola que nunca en el mundo, pues la relación con ese único parentesco que le queda (ella fue hija única) no es especialmente cálida, sino todo lo contrario. Su tía Felicidad es mujer de fuerte carácter y muy posesiva con todo lo que le rodea y en cuanto a sus primas, Sole y Lara, son dos jóvenes “malcriadas” que, en muchos aspectos, han sacado “genéticamente” el carácter de su insoportable madre. Este ángulo familiar tiene un trasfondo, lógicamente. Lo que en este momento está agudizando, aún más si cabe, las inestables relaciones entre sobrina y tía (junto a sus primas) es el asunto hereditario correspondiente a Alfonsina. Hay intereses y avidez material por ver cómo ha repartido la difunta su previsiblemente  cualificado patrimonio.

Fonsi era la mayor de las tres hermanas. Siendo aún muy joven, se preparó en una academia para opositar a una de las plazas administrativas convocadas por el Estado. Tuvo el justo premio a su esfuerzo, pues consiguió el anhelado puesto funcionarial tras dos convocatorias fallidas en los ejercicios. Durante toda su vida laboral estuvo trabajando en ese primer puesto al que fue destinada: el Registro Civil de la ciudad. Supo disfrutar de la vida, con sus amigas, viajes y otras aficiones, pudiendo invertir en la compra del piso donde residía, situado en una zona antigua pero muy tranquila del urbanismo ciudadano. Gustaba del cine y el teatro, no perdonando cada una de las tardes su ratito en la cafetería, para la merienda con sus amistades y, además, sabiendo ahorrar con inteligencia. Este hábito estaba  favorecido porque sus gastos y necesidades no eran excesivos: al no haberse casado y sin tener descendencia a la que atender, todo su cariño lo centró en sus sobrinas, de manera especial en Edurne, pues las otras dos, a medida que iban creciendo, pronto dieron muestras del vacío en valores que sus caracteres y comportamientos mostraban, plenos de egocentrismo, por la deficiente educación que habían recibido de sus progenitores. Por el contrario, Edurne estuvo siempre muy vinculada a su querida tía, que nunca ocultó su preferencia, afecto y ternura por la hija de su hermana Fátima, sentimiento de cariño que encontraba la correspondiente reciprocidad por parte de su sobrina preferida. 
  
El reencuentro con sus primas y tía estuvo presidido por una cierta frialdad en los saludos. Pronto pasaron al despacho del Sr. Perkins, el notario que tenía apellidos extranjeros en su parentesco. El veterano jurista procedió a la lectura de las últimas voluntades de la finada. La redacción del testamento no era muy extensa pero, a medida que el sonido de la cansina lectura rompía el silencio ambiental, los rostros de Sole y Lara, dos jóvenes con una edad no muy diferente a la de Edurne, se iban agriando con unas muescas de desaprobación y patente enfado. La propiedad de la vivienda, con todo su contenido, era legado a Edurne. Cada una de sus otras dos sobrinas recibirían sendos depósitos bancarios, cada uno de 30.000 €, puestos a plazo fijo, con la recomendación de que ese capital fueran utilizado en un futuro para afrontar la entrada económica en la adquisición de una vivienda propia, con la que alcanzaran estabilidad en sus vidas. El resto de sus fondos bancarios también sería legado para Edurne (unos 40.000 €). Si el reencuentro fue frío, entre los cuatro parientes, la despedida fue glacial, no exenta de miradas y comentarios crispados por parte de las dos jovencitas que, junto a su también enojada madre, apenas cruzaron la palabra con su prima y sobrina que, un tanto azorada, trataba de mantener la calma y no estimular más el evidente y visceral enojo de sus únicos parientes.
  
Tras las necesarias gestiones administrativas y fiscales del caso, para las que solicitó los servicios de una gestoría que le recomendó su jefe de personal, Edurne pudo dejar (con un cariñoso sentimiento) el piso que había estado habitando durante sus treinta y dos años de vida, la mayoría temporal de los mismos viviendo junto a sus padres. Sus progenitores no habían querido o podido acceder a una vivienda en propiedad. Pagaban una renta de alquiler relativamente baja y esta evidencia los había disuadido de afrontar la compra de una vivienda. En realidad, en esta familia sólo entraba el sueldo de Ventura, su padre, que ejerció de perito en varias agencias de seguros hasta su prematura jubilación y fallecimiento. En cuanto a su madre, Fátima, siempre se dedicó a ejercer las labores del hogar y a cuidar, con gran dedicación y esmero, de su hija y esposo. Los ingresos familiares aportados por su padre, hasta que ella inició su actividad laboral, no eran elevados como para afrontar una deuda hipotecaria y a ello se unía que el “interesante” alquiler de este piso de renta antigua era relativamente reducido. 

Pasaron las semanas y los meses, en los cuales las relaciones con su sus tíos y primas dejaron prácticamente de existir, pues éstos no ocultaban su disconformidad de que Fonsi hubiera inclinado el platillo de la balanza, de forma tan notoria, hacia la tímida prima y sobrina Edurne. Incluso estuvieron visitando un despacho de abogados, consultando si podían hacer algo para recibir una herencia más equilibrada o repartida. El equipo de abogados, tras estudiar todos los flecos posibles del caso, les informaron que no había nada que hacer. La voluntad testamentaria de la finada era absolutamente legal a todos los efectos. La gestión jurídica y administrativa conllevó una minuta de 450 € que los frustrados demandantes tuvieron que pagar. El marido de Felicidad, Marcelo, también había tenido la ilusión de recibir una buena herencia, procedente de su cuñada política, lo que podría haberle liberado al fin de tantos años despachando pan y dulces, en una modesta tahona de barrio.

Aproximadamente un año y medio después de estos hechos, Edurne conoció y fue intimado con un joven, tres años menor que ella, asiduo cliente del hipermercado donde ella continuaba cada día atendiendo una de las cajas de pago. Alejandro, natural de Cantabria, era policía de profesión. Este joven, muy vocacional y estudioso en su oficio, llevaba unos años destinado en esta provincia del sur peninsular, adscrito al departamento de la policía judicial, donde preferentemente investigaba delitos financieros y empresariales, junto a negocios ilegales de estupefacientes. Desde el primer día en que el destino quiso reunirlos, quedó prendado de la sencillez, dulzura y cálidas sonrisas de tan agradable cajera. Hacía todo lo posible por ponerse a la cola del puesto de pago número 17, el que usualmente solía gestionar Edurne. Cuando no había mucha público para el cobro de las mercancías compradas, podía cruzar algunos diálogos y comentarios con esa atractiva y tímida joven que, obviamente también se había fijado en un hombre tan amable, correcto y educado. Cierto día, Alejandro al fin se armó de valor y la esperó en la puerta del establecimiento, hasta que ella finalizase su horario de trabajo. El sentimiento era recíproco, por lo que ambos quedaron para ese sábado, a fin de ir al cine y después tomar un picoteo de tapas para cenar. Así comenzó un ilusionado noviazgo que, como en las mejores historias, acabaría en la feliz unión matrimonial de la joven pareja. Sin embargo hubo un episodio inesperado que, por los azares del destino, arrojó luz y memoria a la vida de Edurne. El protagonismo de Alejandro en esos hechos fue decisivamente importante.

“Edu, llevo casi dos meses trabajando sobre un difícil asunto, que me llegó por otras investigaciones paralelas. Se trata de una trama muy compleja que, para mi sorpresa, creo que te afecta. A estas alturas, no tengo la menor duda. Ya conoces mi “amor” por la profesión que he elegido. A ella suelo dedicar mucho tiempo, esfuerzo y dedicación. Pero ese interés se acrecienta cuando descubres hechos e informaciones en el que intervienen personas que conoces o están muy próximas a ti. Y en esta ceso, apareces tú. Te voy a contar unos hechos en los que eres protagonista y sin embargo eres ajena a su conocimiento. Te los voy a explicar pero, antes de nada, quiero pedirte que mantengas la calma ante lo que vas a escuchar.

Me habían encargado que investigara sobre unas denuncias de personas que consideraban que al nacer fueron entregados o vendidos a otras familias. Lógicamente, estas personas querían conocer quiénes eran sus verdaderos padres. En esas prácticas delictivas, que sucedieron hace muchos años en diversos puntos de nuestra geografía, intervinieron diversos agentes. Médicos, enfermeros, hospitales, religiosas, secretos y presiones y, por supuesto, el dinero, en un contexto donde el interés, la ideología, la pobreza y la opulencia, tuvieron partes decisivas en este desafortunado tráfico de bebés.
  
Investigado documentación muy diversa, relativa a varios expedientes, me encuentro con unos apellidos que me resultaban conocidos. Continuo “tirando del hilo” (ya sabes que soy bastante tenaz, cuando se me mete algo en la cabeza) y voy completando el “resto de la madeja”. Descubro nombres trucados, documentos manipulados…. Y a estas alturas tengo una composición bastante certera de un complicado asunto que afecta a la persona que amo y con la que, de aquí a pocos meses, voy a pasar por la vicaría.

Es muy fuerte lo que vas a escuchar. Ten calma, por favor. Tus padres, Fátima y Ventura, no podían tener hijos. Es más que probable que el problema orgánico que lo imposibilitaba se hallaba en tu madre. Parece ser que tu tía Alfonsina aceptó prestar su cuerpo para que tu padre procreara en ella un nuevo ser. Fue un embarazo llevado en secreto, del que muy escasas personas tuvieron conocimiento. En los últimos meses del embarazo, ella se declaró en baja aduciendo problemas de salud, situación avalada y protegida con la documentación de un médico amigo, que fue precisamente quien le asistió al dar a luz. Tu madre Fátima también se apartó de la vecindad en esos últimos meses, antes de que tú nacieras y, en el momento del parto, su hermana (tu tía) le cedió el bebé, cuyo padre era su propio cuñado. Fátima “volvió” a la sociedad, con una preciosa niña en sus brazos, a la que bautizaron con el bello nombre de Edurne. Por supuesto, que la documentación médica fue manipulada y “debidamente corregida”. No quiero calificar todos estos hechos, cuyos actores son personas que ya no están en la vida. Pero sí debemos valorar y destacar la grandeza afectiva de tu tía Alfonsina, que aceptó ser embarazada a fin de que su hermana Fátima gozara de la gran experiencia maternal. Fonsina, fue tía y madre a la vez. En el fondo de su corazón, ella te consideraba y eras su verdadera hija”.- 



José L. Casado Toro (viernes, 9 Marzo 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 2 de marzo de 2018

RACIONALIDAD Y RESPONSABILIDAD, PARA ALCANZAR LA MEJOR OPCIÓN.


El reloj instalado en un lateral de la veterana Sala de Profesores marcaba las 13:30, en un azulado día de Marzo primaveral. Como normativamente sucedía, según la indicación del horario oficial, durante todos los lunes de aquel curso tenía que dedicar esa última hora de la mañana a una clase o sesión didáctica que a todos los implicados en la misma nos “enriquecía”. Trabajar la acción tutorial, con el colectivo grupal de alumnos, suponía una estupenda oportunidad para avanzar humanamente en su conocimiento, tratar de ayudarles en la orientación de su aprendizaje y, también, sugerirles aquellos consejos que mejorasen su evolución como jóvenes personas en crecimiento. Los escolares, resultaba obvio, también lo agradecían: al tratarse de una hora ya tardía en el cansancio de la mañana, podían así cambiar la rutina de las materias académicas por ese sugestivo diálogo intergrupal que normalmente tanto nos vitaliza.


Ese año me había sido adjudicada una tutoría correspondiente a un curso de 4º de la E.S.O. Los alumnos que integran este nivel académico acumulan una edad media de 15 años, aunque hay algunos que ya van avanzado por la senda de los dieciséis. Tenía diversas motivaciones que me hacían valorar el trabajo con alumnos de ese nivel. Tras la superación de este curso, los alumnos obtienen el primer título de su recorrido académico: el Graduado en la ESO. Este incentivo les hace extremar su dedicación y esfuerzo en el estudio y en la adquisición de las correspondientes habilidades explicitadas en el currículum. A ellos y a sus familias se les sitúa, una vez superado este nivel, ante la tesitura de tener que optar por el itinerario del bachillerato, con vistas a un posterior acceso a la Universidad, o bien iniciar ese otro proceso paralelo de los ciclos formativos profesionales, de primer o segundo grado. Por otra parte, los chicos y chicas de esta edad se encuentran en un nivel de su proceso psico-evolutivo, que podemos ubicar entre los cambios orgánicos de la pubertad y esa entrada desde la adolescencia en el ámbito de la plena juventud. Sin duda son años decisivos en la vida de todas las personas, pues en esta fase de la existencia es donde se asientan mejor los fundamentos que irán conformando nuestro carácter y la forma de ser temperamental ante la vida. Todo ello justifica el interés que el profesional de la educación encuentra en este específico nivel de la regulación escolar. Dicho de una manera coloquial: si se siembra bien en estos decisivos años de la vida, podemos esperar buenos frutos en ese futuro que a todos nos alcanza. 

El tema elegido para la clase de aquel día se titulaba: RACIONALIDAD Y RESPONSABILIDAD, PARA ALCANZAR LA MEJOR OPCIÓN. Como introducción al debate posterior, comentaba a mis alumnos una realidad que era incuestionable: a lo largo de la vida, las personas hemos de tomar decisiones de índole muy variada (materiales, afectivas, profesionales, formativas, técnicas, lúdicas …). En no pocas ocasiones tenemos que elegir entre varias y hasta contradictorias opciones que se presentan ante nuestra voluntad y racionalidad. Y esas disyuntivas también suelen resultar complicadas de resolver, pues tememos equivocarnos si optamos por una decisión que puede resultar fallida o desacertada. Pero, ante las diversas posibilidades que tenemos por delante, nos asiste el derecho a elegir lo más conveniente para nuestros deseos y necesidades, aunque no sea fácil tomar esa mejor decisión entre otras muchas.

Solía aconsejarles un recurso que daba buen resultado, para esas tesituras en las que tantas veces nos hallamos insertos. Les decía que tomaran una cuartilla de papel y la dividieran con una línea por la mitad. En el rectángulo izquierdo irían anotando las ventajas que ellos pensaban alcanzar si adoptaban esa decisión. En el lado derecho irían anotando las desventajas o inconvenientes que pensaban podría derivarse de seguir por ese mismo camino. Básicamente sintetizaban los “pros” y los “contras” de cualquier opción, siempre con un adecuado razonamiento. Una vez que hubiesen finalizado esta aportación de elementos opuestos, sopesarían la suma de unos y otros en una balanza imaginaria, la cual señalaría la opción más acertada o aconsejable, teniendo en cuanta esos pros y contras de los dos (o más) caminos analizados. Aun así deberían actuar con prudencia, evitando la siempre desaconsejable precipitación. Sin embargo, una vez que todos los aspectos o elementos hubiesen sido bien racionalizados, el camino finalmente elegido habría de ser seguido con firmeza y plena convicción.

Aquél día llevamos a la práctica varios ejercicios, basados en esa libertad de opción responsable (cuestiones sugeridas en parte por iniciativa de los propios alumnos). Citemos algunos de los temas o disyuntivas que aportaron los grupos en que el colectivo escolar fue dividido: Bachillerato o ciclos formativos; el mejor regalo en las festividades cíclicas anuales: Navidad, Reyes, San Valentín, Día del Padre, Día de la Madre, onomásticas y “cumples”; piercings y tatuajes; tabaco, alcohol y deporte; comida rápida o mediterránea; etc. Esa hora final de la mañana, dedicada a la acción tutorial, resultó bastante amena, controvertida y divertida. Creo, sinceramente, que a todos nos supo a poco, las posibilidades de esa clase que resultaba plenamente enriquecedora, por lo que prometí que, en una próxima sesión, seguiríamos trabajando esta atractiva temática.

Ya en la noche de ese lunes, compruebo con sorpresa que una de las alumnas, Estrella, me enviaba un correo electrónico. Debo aclarar que, desde el primer día de clase, tenía por costumbre facilitar mi dirección electrónica a quienes iban a conformar el grupo de tutoría. Lógicamente también sus integrantes me facilitaban sus datos, direcciones y otras útiles informaciones, que precisamente anotaban en  u en u ﷽﷽﷽﷽ edlectrdatos y direcciones electna de las alumnas, Estrella, me enviaba un correo edlectrna completa ficha que les entregaba al efecto. Aclaraba previamente, para evitar equívocos, de que el uso del correo debería estar reservado sólo para cuestiones académicas o aquéllas otras de naturaleza personal que considerasen especialmente importantes. De manera afortunada, nunca llegué a tener queja del uso que los estudiantes hicieron de esta útil y versátil herramienta para la comunicación y el intercambio de materiales, puesta a nuestra disposición por la red de Internet. 

¿Cómo era Estrella? Quince años, edad que resume cualquier otra definición. En rendimiento escolar, más bien “normalita”. Se relacionaba muy bien con sus compañeras y amigas. En las más de las ocasiones, le gustaba tener un “simpático” protagonismo. Su aspecto físico entraba de lleno dentro en esos saludables parámetros de una maravillosa edad. Tanto en serio como en broma se quejaba, ante las personas “próximas” de ser en exceso bajita, abusando un tanto de las plataformas y “elevadores” en los zapatos que potenciaban su estructura anatómica. En las últimas semanas había percibido en ella cambios contrastados y radicales de carácter, pasando con rapidez de la risa nerviosa y desenfada a la introversión ensoñadora y silenciosa, tal vez con un rictus de tristeza que reflejaba algún problema que le estaba afectando. Esas inesperadas alternancias en sus respuestas sociales podían entenderse, dada su edad, como consecuencia de los “naturales” cambios orgánicos que todas las personas experimentan en su paso a la adolescencia.

El contenido de su correo no era excesivamente extenso, considerando su redacción, pero profundo y testimonial por su importante y complicado contenido. No es literal, el único párrafo del e-mail, pero las siguientes líneas resumen perfectamente la naturaleza del mensaje:

“Profesor disculpe la hora pero, después de la clase de tutoría que hemos tenido esta mañana, me he animado a escribirle. Lo estoy pasando bastante mal, francamente mal, a nivel familiar. El matrimonio de mis padres hace agua por los cuatro costados. Es como un barco que se hunde, día tras día. Hace tiempo que no se aguantan. Pasan de las palabras, a los gritos y a los malos modos. Algún vaso o plato, los he visto caer estrellados contra el suelo. El ambiente se hace incómodo. Creo que se van a separar. Se lo quería contar para que pueda entender un poco mejor mi comportamiento en las últimas semanas. Ya le iré dando más detalles de una desagradable situación que nos hace sufrir tanto a mí como a mi hermano. Pienso que ellos dos también lo estarán pasando muy mal. Buenas noches y perdone. Estrella”.

Aproveché los minutos del recreo del día siguiente, martes, para dialogar con esta alumna. Tenía que hacerlo de manera urgente. Le expliqué que en esa difícil situación, por la que al parecer atravesaba la relación de sus padres, ella debía mantener un prudente equilibrio en el trato con ambos, evitando en todo momento perjudicar o incrementar con su comportamiento esas pequeñas o más grandes rencillas que se habían generado entre sus progenitores. Que ayudase especialmente a su hermano menor. Y que esta complicada situación familiar no sirviera de excusa para relajarse en el estudio. A partir de esa entrevista individual, junto a otros correos que con intermitencia iban llegando en las horas avanzadas de la noche, fui ampliando la base de información acerca de los integrantes de esta familia.

Su madre Norma, que poseía una licenciatura en Ciencias Económicas, trabajaba fuera del hogar como interventora de una entidad bancaria. Según su hija, se caracterizaba por tener un carácter en exceso autosuficiente, con tendencia al control y a la dominación de su entorno. Era persona un tanto obsesiva con el orden y de mentalidad “matemática”, muy rigurosa con los detalles y la exactitud en todo su comportamiento. Calculadora y con tendencia al egocentrismo. Dedicaba gran parte de su tiempo a seguir los acontecimientos de la bolsa de valores, donde parece ser tenía algunas inversiones. Obviamente yo había tenido la oportunidad de conocerla, a partir de una entrevista tutorial que bajo mi petición concertamos (al igual que hacía con todos los tutores familiares a comienzos de curso). Recuerdo que no había asistido a la reunión colectiva de padres, realizada a finales de octubre. En esa primera entrevista se presentó “ataviada” con una exquisita solemnidad social.

En cuanto a su padre, de nombre Abel, ejercía la profesión de fotógrafo, trabajando en un despacho o agencia de publicidad. Parece ser que era una persona amante de todo lo cultural, destacando su afición por la música, la imagen, el diseño y el contacto con la naturaleza. Soñador, lector empedernido, amante de los viajes y un tanto distraído y despreocupado. Solía relativizar puntualmente los problemas, los propios y aquéllos otros que conocía a través de la red mediática. En uno de sus correos, Estrella me transmitió una confidencia que tenía bien reservada: “Aunque es un secreto, puedo afirmar que mi padre tiene una amiga íntima, tal vez desde hace algún tiempo. Por un hecho casual, tuve oportunidad de verlos juntos cuando se disponían a entrar en un cine. Se les veía bien “acaramelados”. No conté nada a mi madre acerca de esa imagen, cuando volví a casa”.

En uno de esos correos, que yo consideraba de “desahogo”, dada la dificultad de comunicación que la chica mantenía con sus padres (a pesar de mis consejos de que hablara serenamente con ambos) me confesó lo que venía siendo más que previsible. Norma y Abel se habían reunido con Estrella y su hermano menor (10 años) planteándoles claramente su crispada relación. Habían decido con firmeza emprender el camino abierto de su separación, a fin de no seguir manteniendo una ficticia situación que se les antojaba insostenible. Aunque ellos tenían una opinión al respecto, consideraron conveniente preguntar a los dos críos con cuál de sus padres querían seguir viviendo. El pequeño, Fran, dijo que el quería seguir en la casa de siempre, junto a su mamá. Por su parte Estrella, aunque sentía más connivencia con su padre, no quería de ningún modo separarse de su hermano. Sabía que iba a chocar con frecuencia con una madre cuyo carácter ella no soportaba, pero sabría sobrellevarlo. Además estaría con su padre muchos fines de semana y los períodos pactados durante las vacaciones.

“No supongas (mis alumnos solían mezclar el tuteo, con la mención inicial de mi nombre. Esta forma de trato facilitaba la proximidad) que ha sido fácil. Los pros y los contras se enfrentaban, entre el corazón y la mente. Pero me ha ayudado bastante aquella clase del lunes, en tutoría, en la que practicamos el hábito y la estrategia de la decisión entre varias opciones. Tomé mi folio en blanco y en las dos columnas fui poniendo las ventajas y desventajas de optar por irme a vivir con mi padre o quedarme en casa con mi madre. El “platillo” de la balanza finalmente me ha aconsejado adoptar la mejor opción. En esos momentos, complicados desde luego, recordé aquello que nos decías acerca de que todo lo que se aprende y practicas, más tarde o temprano, resulta útil y te puede ayudar.”

El sentido de la madurez que una chica de quince años estaba aplicando, en una muy difícil  situación personal y sintiéndose inmersa en una conflicto de intereses y caracteres alejados de la armonía, me resultaba en sumo admirable, ejemplarizante y digna de asombro. Todos esos largos minutos, que el problema de esta alumna me hacían permanecer delante del ordenador, los daba por bien empleados. Obviamente, la acción tutorial no finaliza en los minutos de clase o del recreo. La complejidad y grandeza tutorial exige prolongar, en el tiempo de la privacidad, la dedicación necesaria para esas muy jóvenes personas que lo necesitan, dadas las carencias (afectivas o de otro género) que puntualmente pueden encontrar en el ambiente familiar.

Pensaba que este asunto se había llevado bien, dentro de lo doloroso que supone para unos hijos pequeños “vivir” la ruptura de la estabilidad afectiva dentro de su propia familia. Cité en un par de ocasiones a la madre de Estrella, pero sin suerte en la respuesta. Mi intención era seguir ayudando a Estrella, en todo lo que estuviera en mi mano, para superar ese amargo trace.. Hablé con el resto del equipo de profesores, a fin de que hicieran todo lo que estuviera de su parte por ayudar a una alumna que soportaba ese amargo trance de vivir con unos padres que, radicalmente enfrentados, habían optado por la situación menos lesiva de poner distancia entre ellos. Sin embargo, la sorpresa, bastante ingrata, aún estaba por llegar.

Aquella mañana de un viernes, finalizaba mis clases a las 13.30. Cuando ordenaba la cartera de trabajo con unos dossiers, antes de abandonar el centro escolar, uno de los conserjes vino a decirme que había una madre en la puerta que quería hablar conmigo. Aunque no tenía cita alguna pendiente para ese día, salí de la sala de profesores con el ánimo de atender a esa persona que aguardaba en la entrada. Para mi sorpresa, era la madre de Estrella quien me estaba esperando. Sólo había hablado una vez con ella, pero recordaba bien sus rasgos faciales. Desde un primer momento percibí que venía a verme con un ánimo en el que podía entrever su enfado y una actitud presta para la polémica.

Venía a decirme, con unos modos en absoluto amistosos, que había estado controlando el correo electrónico de su hija, enterándose que Estrella me había estado poniendo al corriente de los problemas que atravesaba su familia, que me había estado pidiendo consejos y que yo la había estado ayudando, “metiéndome” en unos asuntos que no me concernían. Me exigía, de forma absolutamente imperativa, que cortase cualquier comunicación con su hija. Que Estrella tenía a su madre y que no le hacía falta nadie más.

Traté de mantener la calma, pero no dudé en responder, con firmeza y convicción, a la muy atribulada e irascible interlocutora.

“Señora. Como tutor escolar de su hija, me he limitado a cumplir con mis obligaciones. En la reunión de primeros de curso con los padres y madres de mi tutoría, a la que Vd. o su marido no asistieron, expliqué detalladamente las responsabilidades que me competen como profesor tutor. Precisamente, le he propuesto en dos ocasiones, durante estas últimas semanas, mantener un diálogo individual y aun estaba esperando su respuesta. Sólo hemos hablado una vez. Ocurrió en Noviembre, antes de que surgiera este complicado asunto. Y también fue a petición mía.

Su hija, al igual que el resto de sus compañeros, tiene mi dirección electrónica. Yo también tengo la de todos mis alumnos. Comunicación electrónica que sólo debe ser usada en situaciones de importancia y, preferentemente, relativas a temas de estudio. Era evidente. Estrella necesitaba, dado el amargo y difícil trance por el que está pasando, dialogar con alguien que la escuchara y le aconsejara de la mejor forma, a fin de no perder la concentración y el buen ánimo en el proceso de su aprendizaje. Lo que ella quiso o necesitó comentarme, junto a mis respuestas al respecto, ahí las tiene Vd. escritas en la pantalla del ordenador. Puede acudir con ellas a donde mejor estime oportuno. Yo me siento muy orgulloso de haber ejercido mi función tutorial en una situación que, obviamente, es difícil y dolorosa. 

Le aseguro que lamento mucho la ingrata desafección en la que se hallan inmersos. Pienso que Estrella es una gran chica, con una madurez impropia a sus quince años de edad. Se debe sentir muy orgullosa de la actitud responsable que ella ha sabido mantener en este desagradable contexto. Ayude a su hija. Esté cerca de ella. Gánese, con paciencia, comprensión y afecto, su confianza. Vd. necesita a su hija y Estrella necesita a su madre. Si me permite, le sugiero que dedique todo el tiempo posible, y aún más en estas duras circunstancias, a sus hijos. Los profesores no buscamos el protagonismo. Se  lo aseguro. Los más importantes protagonistas, en la comunidad escolar, son los alumnos. Sólo nos importa, pienso que al igual que a sus padres, el equilibrio, el esfuerzo, los mejores valores, la maduración, de unos seres en desarrollo que deben ser felices en el hábito y ejercicio de la responsabilidad”.

Los correos procedentes de esta alumna cesaron de llegar a mi ordenador. Era evidente que los canales de comunicación con sus padres serían ahora  más fluidos. En aquella tarde muy calurosa de Junio, cuando celebramos en el centro la fiesta de graduación de los alumnos de 4º de la ESO, vi que Estrella había venido acompañada, como era lógico, por sus padres y hermano. Tras la imposición de las bandas y la entrega de diplomas, esta alumna, muy bien “ataviada” para la emotiva efemérides (al igual que la mayoría de sus compañeros) se me acercó y un tanto emocionada me dijo “Gracias, profe, por todo”. Me acerqué para estrechar las manos de sus padres, que aguardaban a un par de metros. Entre nosotros no hubo apenas intercambio de palabras, sólo unas educadas y correctas sonrisas.-   


José L. Casado Toro (viernes, 2 Marzo 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga