viernes, 6 de febrero de 2015

NUBLADOS ATARDECERES, ENTRE LA LEJANIA Y EL SILENCIO.


A eso de la media tarde, tras prepararse un descafeinado con unas gotitas de anís, volvió a marcar el número de su representante. Ese gesto mecánico, abrigado de tenaz esperanza, lo hacía día tras día, aunque pasaban las semanas y los meses, sin encontrar una respuesta positiva para sus deseos. Damián la atendía con esas palabras cariñosas que susurran aliento, pero sin tener nada sustancial que ofrecerle. Tanto en el plano laboral, como también en la inteligencia anímica. Productores y directores optaban, una y otra vez, por las nuevas hornadas de actores y actrices para el protagonismo artístico de sus películas. Las viejas glorias iban quedando lastimosamente arrinconadas y olvidadas, ante el empuje vigoroso de cuerpos más jóvenes con rostros menos ajados por la cruel impudicia del tiempo.

Mila Leina lo había sido todo, en el ámbito de la interpretación cinematográfica y escénica. Comenzó a destacar a mediados de lo sesenta, siendo muy joven en edad e ilusiones. Para muchos fue la actriz que simbolizaba el ansiado reencuentro con las pautas democráticas, tan complicadas para este contrastado país. No descartaba papel alguno afín de ponerse delante de las cámaras. Sin embargo, ella siempre priorizaba aquellos argumentos que, explicita o subliminalmente, hacían un canto a los valores que debían sustentar una sociedad necesitada, con el gozo de lo imprescindible, para los tiempos del cambio. Libertad, participación, reivindicación, lucha y, de forma especial, solidaridad para con todos. Un cuerpo bien conformado, en el que destacaba esa mirada angelical que, unos ojos celestes y una sonrisa que parecía verdadera, sabía transmitir con la convicción de la credibilidad y la inocencia. Aquellos setenta y ochenta, del siglo precedente, fueron el clímax de un currículum que se hacía prometedor para retos cada vez más ambiciosos y difíciles. Tuvo un afamado protagonismo en determinadas piezas escénicas, marco de singulares experiencias teatrales ante la dificultad de un público en directo. Pero, sin embargo, ella siempre prefirió la magia de los objetivos y el celuloide, pues esta modalidad interpretativa le provocaba menos tensión que el sentirse observada por un poblado patio de butacas, analizando sus palabras, sus gestos y la empatía con los personajes de la comedia o drama  que debía representar.

Fue también para ella una época gozosa de  premios y reconocimientos sociales, en festivales y certámenes cinematográficos. Efectivamente, no había semana en la que Mila careciera de protagonismo, tanto en las revistas especializadas de cine como en los reportajes de otras empresas mediáticas. Pero he aquí que los años fueron pasando, dejando las inevitables huellas y secuelas en un cuerpo antes idolatrado y en una epidermis que, indisimulable, comenzó a reflejar el deterioro temporal. Fue ya en los años noventa cuando avanzó ese declive que fue, más o menos solventando con apariciones aisladas, pero todavía como figura  protagonista, en las cadenas televisivas. Su entrada en el medio siglo de vida marcó una inflexión, sin vuelta atrás, en la atención de las productoras cinematográficas. Desde lo más alto del pedestal demandado, fue cayendo en el olvido y la indiferencia.
Damián, su único representante  desde que comenzó su profesión interpretativa, se movió con toda la agilidad de un buen conocedor de las mejores “teclas a tocar”.  Se esforzaba en intentar conseguir algunos trabajos que hicieran posible sobrevivir a la manifiesta decadencia de su representada. Llamadas y llamadas, visitas tras visitas pero, de una forma u otra, venían a decirle que la figura de Mila  ya no interesaba. El joven publico que acude a las salas de proyección la veían como perteneciente a una época ya muy lejana. Su imagen ya no vendía, por más que ella incluso se hizo unos arreglos quirúrgicos que tampoco sirvieron para modificar su readaptación al cine del año 2000. Le decían que el publico dicta sus gustos y apetencias. La época de Mila Leina había pasado ya para el interés general de los espectadores.

En un principio, las necesidades económicas no fueron especialmente perentorias para la actriz. En su mejor época había sabido administrar bien sus ingresos, comprando alguna propiedad inmobiliaria (un buen piso y un garaje) a partir de los cuales iba recibiendo la correspondiente compensación por sus alquileres. Sin embargo, cuando ves pasar meses y meses sin poder ejercer tu profesión, el saldo de cualquier ahorro, comienza a flaquear. El conjunto de todas las obligaciones tributarias y de la comunidad en la que residía, junto a los gastos de alimentación, las exigencias de peluquería, gimnasio y ropa atractiva, iban mermando su disponibilidad dineraria, situación que se iba agudizando porque llevaba prácticamente dos años y medio sin recibir ingresos por el ejercicio de su profesión. El propio Damián le aconsejó, en repetidas ocasiones, sobre la necesidad de poner en venta alguna de esas dos propiedades, a lo que finalmente nuestra actriz accedió. Vendió el piso y el garaje, lo que le reportó la oxigenación económica necesaria para seguir resistiendo en esta época de crisis y decadencia personal.

Decidió no tener hijos en su época más gloriosa, a pesar que estuvo casada hasta en dos ocasiones (Jason y Omar). Un divorcio bien llevado y un inesperado accidente de tráfico, le hacen convivir, en estos duros momentos, con la más incómoda soledad. A pesar de todas estas dificultades, lo que más le cuesta sobrellevar es el olvido de ese público que en otra hora le fue tan fiel. Ver que su nombre ha ido desapareciendo, paulatina e inexorablemente, de las carteleras que anuncian las ofertas cinematográficas, con todo el glamour que ello reporta, la ha ido sumiendo en un estado de nostalgia y tristeza.

“Dami ¿has tanteado el mundo de la publicidad?  Yo estoy dispuesta a realizar cualquier spot publicitario que me pongan por delante. Otros grandes actores y actrices trabajan ese campo que, sin duda, debe reportar unos ingresos suculentos. Además, mis antiguos seguidores verían que sigo siendo la misma, que no he cambiado y que ahora, con la llegada de la madurez, mi imagen continúa siendo todavía muy atractiva”.

Ante comentarios o sugerencias como éste, el bueno de Damián (curiosamente, es coetáneo de la actriz) esboza una sonrisa, al otro lado de la línea, buscando las palabras más suaves que eviten herir la sensibilidad de su representada y amiga de tantos años. No ahora, sino desde hace algún tiempo este profesional ha llamado a las puertas del mundo publicitario, tratando de buscar acomodo para Mila en ese ámbito. Pero también ha recibido “calabazas” en esta parcela artística, porque la imagen de la actriz sólo sería asumible, en ese exigente campo del marketing, para muy específicos y limitados trabajos o anuncios. Sin embargo una mañana, poco después del desayuno, una llamada telefónica alteró la depresiva rutina de la actriz.

“Mila, no te lo vas a creer, pero tengo una excelente noticia que darte. No te quise llamar anoche, ya que pensé estarías descansando dada la hora. Ayer, a eso de las siete de la tarde, se puso en contacto conmigo un representante de la Comunidad de Madrid para plantearme un proyecto que están elaborando desde el departamento de servicios sociales. Quieren organizar un grupo escénico que actúe en centros específicos como residencias de la tercera edad, hospitales, hogares de acogida, centros penitenciarios, etc, representando piezas pequeñas, sainetes, obras clásicas y modernas, a modo de los cortos en el cine, en la plataforma de lo que denominamos el microteatro.  Me pedía nombres de actores y actrices que estarían interesados en participar en este proyecto. En el aspecto económico el tema ya no es tan boyante. Pagarían una cantidad fija, no muy elevada, por cada sesión teatral desarrollada en esos espacios, a repartir entre los miembros del grupo. Entre los nombres que varios representantes les ofreciéramos, ellos seleccionarían aquéllos más idóneos. Quien decidiría esta selección de aspirantes es una persona que tu conoces muy bien. Tu ex marido Jason Robards. Ya sabes como es. Han pasado los años, pero vuestra separación fue modélica y él sin duda aún te aprecia. ¿Qué te parece esta posibilidad? Tengo en mi cartera una larga lista de actores en paro. Pero tú irías en lugar preferente, en la relación que les voy a enviar”.

Cuando se llevan meses y años, esperando día tras día la atención de alguien que te ofrezca las posibilidad de poder ejercer tu profesión, esta llamada de Damián fue un  soplo de aire fresco para vencer el desánimo por la indiferencia del empresariado artístico. Ella, que lo había sido todo en pantalla, tendría que esforzarse a fin ser seleccionada entre muchos actores en paro. No habría cámaras, clásicas o digitales, ni su nombre aparecería en las carteleras de la Gran Vía o en otros ámbitos de la geografía peninsular. El público no pasaría por taquilla para pagar la entrada de su localidad. Tampoco su nombre ocuparía lugar en las revistas especializadas del séptimo arte. No habría premios Oscar, David de Donatello, Goya, Bafta, César ….  Sería una labor de dinamización cultural y distracción, para personas en situación específica de enfermedad, reclusión, protección o asistencia geriátrica. Pero ¿se puede decir no, en una situación de bloqueo profesional como el que ella atravesaba?

Una semana más tarde, Mila Leina atendió una llamada. Al otro lado de la línea se encontraba su primer ex marido, Jason.

“¿Cómo te encuentras, Mila? He tenido una gran alegría al ver tu nombre en el listado de actores disponibles para este proyecto de acción social ¡Cuántos recuerdos han llegado a mi mente! Éramos muy jóvenes entonces. La inmadurez te hace cometer muchos errores. Y tu estabas en la cima del estrellato. Cada uno siguió su camino, pero sin un mal gesto ni una desafortunada palabra. Han pasado ya muchos años, sumando vivencias de las más insospechadas en mi caso. También he seguido tu carrera y me parece injusto este olvido para una actriz que tanto ha significado en la cinematografía española. Este proyecto es muy humilde, en lo económico. Sin embargo tiene incentivos muy gratos en lo profesional y en lo social, por la humanidad que conlleva, aportando la sonrisa, el pensamiento y la distracción a quienes más lo necesitan. Por mi parte, ya has quedado seleccionada…….”

La sorpresa y alegría de Mila era manifiesta, ante esta cariñosa comunicación. Ella nunca supo que una conversación privada entre Damian y Jason, realizada en una terraza del Parque del Retiro madrileño, mes y medio atrás, había sido el origen de este proyecto. Aunque  el trabajo suponía una modesta actividad, para los oropeles y el glamour que esta actriz había protagonizado, sembraba al menos un poco de luz en el oscuro erial profesional de una estrella del cine que lo fue todo, pero que ahora vive olvidada en esos nublados y serenos atardeceres que generan lejanías y silencios.-


José L. Casado Toro (viernes, 6 febrero, 2015)
Profesor


viernes, 30 de enero de 2015

TENSIÓN Y OPORTUNIDAD. EL AUTOCONTROL EN TIEMPOS DIFÍCILES.


En la mayoría de los días, nuestro equilibrio anímico se ve sometido a una poderosa serie de impactos, elementos de muy heterogénea naturaleza, que acaban por desestabilizarnos, provocando respuestas muy contrastadas e imprevisibles en nuestro comportamiento. Esas inesperadas y descontroladas acciones pueden generar asombro en el circulo social de nuestro entorno. Pero también nosotros sentimos y sufrimos el triste desaliento al no haberlas podido frenar o encauzar. Tal vez los demás desconozcan el origen de aquello que nos ha inducido a esas desacomodadas acciones, sin embargo nosotros sí somos partícipes en el  todo o parte del proceso que las ha ido originando.

Normalmente el proceso de su configuración puede resumirse en el siguiente esquema. Iniciamos, cada amanecer, la construcción de un nuevo día, con la renovación mental y física que las horas de descanso nos han proporcionado. Pasan las horas, con el ejercicio de todas esas actividades, simples o complejas, que nos identifican e individualizan como personas. En el transcurso de ese proceso, nuestro cuerpo y, de manera específica, nuestra mente van soportando esos pequeños o grandes impactos que, con fuerza acumulativa, van tensionando el sosiego y la serenidad que, racionalmente, anhelamos conservar. En la mayoría de los casos podemos controlar esa tensión in crescendo, pero en otros desafortunados momentos perdemos la riendas del equilibrio y estallamos con respuestas crispadas o violentas. No hemos llegado a tiempo a ese nuevo descanso que, de manera normalizada, restablece el equilibrio perdido. Vayamos pues a una historia que sustenta el espíritu básico de esta reflexión inicial.

Aunque en la pila eclesial sus padres le bautizaron como Teodoro, desde pequeño fue llamado Teo por sus familiares y amigos. Tras una infancia muy normalizada, desde su adolescencia se sintió especialmente atraído por el mundo de la informática. Al llegar a la fase universitaria, optó por matricularse en la Facultad de Económicas, gracias al esfuerzo de unos padres de naturaleza modesta que se entregaron con sacrificio a que su único hijo pudiera ejercer profesionalmente en aquello que más le agradaba. Tras la licenciatura correspondiente, tuvo la suerte y oportunidad de entrar a formar parte de una macroempresa comercial, con sede en todas las provincias españolas y que opera también en la capital lisboeta. Dada la estabilidad laboral de que disponían, Teo y su pareja de siempre, Rosa, decidieron contraer matrimonio, con la lógicas buenas expectativas de dos jóvenes profundamente enamorados.

En este proceso vivencial, la ilusionada pareja se embarcó en la compra de un piso de nueva construcción, ubicado en la zona de expansión urbana por el oeste malacitano, en el entorno de la Universidad y la barriada del Cónsul. Era la época del “boom del ladrillo”, por lo que tuvieron que firmar una gravosa hipoteca, que pensaban afrontar con el producto de sus respectivas ocupaciones. Rosa precisamente trabajaba como comercial en una inmobiliaria de las muchas que habían poblado la ciudad, dada la intensa oferta y demanda constructiva, allá por los inicios de este última centuria.

A los años de bonanza económica sucedieron otros en los que las estructuras económicas se fueron penosamente debilitando, hasta generarse una terrible crisis económica que afectó a la mayor parte de la geografía mundial. El efecto positivo de la globalización tiene, a la par, otras derivaciones que también difunden la generalización de la pobreza por las regiones más contrastadas de nuestro planeta. Y en el caso concreto de esta joven familia (incrementada con el nacimiento de un niño y una niña, en un corto espacio de tiempo) la crisis global del mundo capitalista repercutió de manera irremediable en su estabilidad. Rosa acabó perdiendo el trabajo inmobiliario, mientras que Teo se mantuvo en la misma empresa, donde trabajaba en la sección de informática, pero ya con una situación laboral más degradada, por la temporalidad contractual que finalmente hubo de aceptar. Con un solo sueldo familiar, severamente debilitado por la reducción horaria que le fue impuesta, la dificultad para hacer frente al pago de la fuerte hipoteca del piso, junto a los gastos propios de una familia con hijos, generó tensiones, crispaciones y desencuentros en la armonía convivencial de estas cuatro personas.

Era un sábado de enero, en plena época de rebajas. Teo había tenido un día especialmente complicado, por la continua atención a esa clientela nerviosa, exigente y, a ratos, impertinente, que agota hasta lo imposible. Tuvo que ayudar en una sección que no era la de su especialidad. Uno de los jefes le indicó que ese día habría de desplazarse a la planta de ropa de señoras, mucho más visitada que el departamento de informática y telefonía, donde usualmente trabajaba como vendedor. Su horario comenzó a las dos de la tarde y cuando el reloj marcaba las nueve y quince de la noche se sentía profundamente agotado, dada la continuidad en la atención a una populosa clientela. Además, llevaba durmiendo mal desde hacía semanas. Rosa le había aconsejado la visita a su médico de cabecera, para que le prescribiera algún relajante que facilitara el necesario descanso en las horas del sueño. En un determinado momento, el jefe de la sección, hombre de fuerte carácter, se dirigió hacia él con modales imperativos, llamándole la atención por no preparar unos expositores de rebecas femeninas, profundamente desordenadas, dado el manoseo de mil y unas manos. Para mayor inri lo hizo usando formas desabridas, delante de unas clientas que miraban otro expositor de complementos.

En ese crítico momento, el autocontrol de Teo lastimosamente se desbordó. Había ido acumulando tensión, día tras día, hasta llegar a un nivel de evidente crispación explosiva. El trato despectivo e inapropiado del jefe de planta le hizo finalmente estallar, respondiendo también a este señor con exagerada rigidez, tanto en lo acústico como en lo conceptual. Pudo más en este joven la fuerza de la tensión que el aguante táctico de la racionalidad. Fue una situación violenta, ante los todavía muchos clientes que contemplaban atónitos la desagradable escena. Aunque, tras unos segundos, intentó arreglar en lo posible su reacción, su superior comercial le indicó con calculada frialdad que abandonara la planta y se fuera a su domicilio. Y que no dudara que daría parte a la dirección de este grave gesto de indisciplina. Y que no volviera al centro comercial hasta recibir la comunicación correspondiente.

Fue un domingo verdaderamente duro para una familia en situación de evidente inestabilidad. El único sueldo que entraba en la casa, probablemente iba a perderse. Y el asunto de la deuda bancaría permanecía sin resolver. Todos estos factores habían ensombrecido un panorama que se había teñido de gravedad y desaliento. Mientras los niños jugaban en su cuarto, la joven pareja se miraban en silencio, sentados frente a un televisor que hablaba y participaba, sin  que ninguno de ambos cónyuges le hiciera el menor caso.

“Cómo he podido ser tan inconsciente. En la delicada realidad económica en que nos hallamos, lo peor que podía haber hecho es tirar por la borda un comportamiento ejemplar de casi cuatro años ya en la empresa. Y este trabajo nos permitía seguir tirando, a duras penas, ahora que perdimos el sueldo que tú conseguías en la inmobiliaria. Sé que estoy despedido. Por muy cansado, por muy nervioso, por muy abrumado que uno se encuentre, hay que saber mantener el equilibrio. Enfrentarte, como yo lo hice, a tu jefe, ha sido una reacción inconsecuente, infantil y terriblemente equivocada ¡Como unos segundos de error …. Puede hacerte cambiar tan desafortunadamente la vida! Pero la botella se va llenando de presión y al fin acaba por estallar. No sabes lo arrepentido que estoy. Lo que os he hecho no tiene nombre. He sido un irresponsable ante la tensión … ¿y que puedo hacer ahora? Ponte ahora a buscar un trabajo  …. Con el terrible y árido panorama que tenemos ahí afuera…..”

Rosa le escuchaba en silencio. Tomó las manos de su marido y las apretó con fuerza. Con la mirada y una sonrisa, trataba de animarle y transmitirle esas palabras de confianza y cariño que tanto su marido necesitaba.
“No te preocupes. Deja ya de sufrir. Saldremos de ésta. Lo importante es que estamos juntos”·
Lunes y martes pasaron, sin que Teo recibiera esa llamada de su empresa, comunicación anhelada pero, al tiempo, también temida. Fue el miércoles, cuando a eso de las cuatro de la tarde, la secretaria del jefe de personal, se puso en contacto con este empleado, temporalmente suspendido de empleo. Se le citaba para que, en la mañana del jueves, a las nueve en punto, acudiera al despacho del jefe de recursos humanos, a fin de informarle de la decisión que la empresa había acordado con respecto a su caso. Cual sería la sorpresa de Teo cuando, puntual a su cita, se le comunica que debe acudir al despacho del director general. El Sr. Montera, un hombre que rondaba la sexta década de su vida, le indica con un gesto, serio pero elegante, que tome asiento.

“Mire, Agüera, yo también tuve sus veintinueve años. Soy de León. Comencé en esta gran empresa, como mozo de almacén, en Madrid. Este dato no es muy conocido, pero yo se lo quiero transmitir. Con lealtad, esfuerzo, trabajo, paciencia y muchísima ilusión, dejé el trasiego de los paquetes y hoy he llegado a ocupar un puesto de jefatura, dirigiendo todo el proyecto comercial del grupo en esta gran ciudad. En Málaga he pasado los veinte, posiblemente, más felices años de mi vida. Quiero decirle que yo también he cometido errores. Alguno, tal vez parecido al suyo. Y, de manera afortunada, pude gozar de la comprensión y generosidad de mis superiores, que fueron puliendo mis defectos para hacerme un buen profesional, en este complicado sector del comercio.

Tengo aquí, encima de la mesa, el informe del conflicto que protagonizó. En noche del sábado último, no supo controlar los nervios. El día había sido muy duro, lo comprendo, pero tenemos que estar preparados para reconducir y encauzar nuestro estado anímico.

La decisión, con respecto a su despido, estaba tomada desde el mismo lunes por la mañana. Pero ese mismo día, a eso de las doce, una mujer, una valiente y gran mujer, solicitó hablar con el director general en Málaga. Quiso la casualidad que yo había bajado a la sección de personal. Cuando esta joven se identificó, me pareció de gran interés quise hablar con ella. Y mantuvimos una entrevista de superó los treinta minutos en mi despacho. Pude conocer datos importantes de su vida, a fin de enriquecer y completar el contenido de este informe. Me he tomado casi dos días de reflexión y al fin he decidido darle una nueva oportunidad. Sin duda, Vd. es un buen profesional. Hasta esa infausta noche, ejemplar con su desempeño laboral. Dentro de unos minutos vamos abrir las puertas al público. Vd volverá a su puesto en la sección de telefonía e informática. Aprenda esta lección y no la desaproveche.
En cuanto al grave problema que tiene con su hipoteca, la empresa le va a ayudar a renegociar las condiciones contractuales con la entidad bancaria. Fíjese, algo así también hicieron conmigo, en mis años de juventud.

Por cierto. Quiero felicitarle por la suerte que tiene, al contar con una mujer tan admirable como es su señora. Puedo dar fe de ello”.  


José L. Casado Toro (viernes, 30 enero, 2015)
Profesor

jueves, 22 de enero de 2015

EL ÚLTIMO TREN DE LAS SEIS, EN LA ESTACION MADRILEÑA DE ATOCHA.


El reloj de la estación ferroviaria de Atocha, en Madrid, marcaba diez minutos sobre las seis de la tarde. El trasiego de viajeros era muy intenso, en ese último día del año. Grupos familiares y personas individuales iban de acá para allá, con sus maletas, bolsas, mochilas, ilusiones y realidades, caminando de forma apresurada hacia los andenes con los destinos señalados en sus respetivos billetes. Allí esperaban los trenes, dispuestos a transportarles a ese lugar especialmente anhelado, en una fecha tan señalada para el reencuentro afectivo y la transición de la anualidad. Es el día 31, de un frío y festivo diciembre. En ese preciso momento un hombre de mediana edad se acerca, visiblemente nervioso, a la ventanilla ocupada por uno de los funcionarios ferroviarios que expenden los diversos tickets de viaje.

“Buenas tardes.  Deseo plantearle un problema que me afecta y confío pueda ayudarme. Como verá en la reserva, tenía que viajar en el tren que ya ha partido para Valencia, hace unos diez minutos. Por una serie de dificultades en el tráfico, a lo que se une una imprevista circunstancia en la gestión empresarial que me ha traído a Madrid, he llegado tarde a la estación. He comprobado en el panel informativo que mi tren ya ha partido para ese destino. ¿Sería muy complicado hacerme un hueco en el siguiente viaje, que parece sale a las siete en punto?”

Ramiro, un veterano empleado de Renfe, recibe el billete que le muestra el preocupado y nervioso viajero que tiene ante sí.  Comprueba detenidamente en pantalla la disponibilidad de plazas y trayectos para lo que resta del día. Mario observa a su vez el semblante del funcionario, en el que percibe un movimiento de cabeza negativo para la necesidad que le está afectando.

“Tengo que indicarle, y lo digo con preocupación, que no va a ser posible atender aquello que me está solicitando. Comprenderá que estamos en un día un tanto especial. En este última fecha del año, casi todas las líneas adelantan, o mejor dicho, suprimen algunos viajes a partir del horario de tarde. Concretamente, ese último viaje de las siete hacia Valencia es uno de los suprimidos. Aquellos viajeros que habían sacado sus billetes con antelación, han sido reubicados en otros trenes, especialmente en el que ha partido hace ya unos quince minutos. Tratándose de un día festivo, con la circunstancia propia del fin del año, el siguiente viaje hacia Valencia no saldrá hasta mañana, a las diez en punto. Lo lamento de veras pero, en este momento, ya no hay otra combinación posible.”

Mario, mostrando una serena preocupación, insiste ante el paciente funcionario ferroviario. Le ruega hable con sus superiores para ver si existe alguna otra solución que le permita pasar la última noche del año en casa, junto a su familia. Ramiro le aclara que no es cuestión de jefes o jerarquías. Con delicadeza le indica que ha llegado tarde para tomar el último viaje hacia la ciudad levantina. Y que hasta la mañana siguiente, la pantalla del ordenador muestra con claridad que no habrá un nuevo desplazamiento hacia ese destino.

“Marta, te llamo desde la estación de Atocha. He llegado tarde al tren y hasta mañana no sale otro hasta Valencia. Aquí, en la taquilla, están hablando con la dirección, pero me temo que no habrá solución hasta mañana a las diez. Por ser el día que es, han quitado el tren de las siete y me veo aquí, solo, esta noche tan especial en la que íbamos a celebrar el tercer aniversario de nuestro compromiso, con las doce campanadas. El contrato inmobiliario con ese cliente inglés se fue complicando y el reloj avanzaba. Pero ¿qué podía hacer? Esa venta al galés era muy importante para la empresa y tuve que convencerle de muchos detalles que no estaban claros para él. Total que aquí me veo, triste y con el ánimo alicaído, sin poder estar contigo y la niña. Ahora después te vuelvo a llamar, que parece quieren decirme algo. Un beso”.

Efectivamente Ramiro había realizado dos llamadas telefónicas, a fin de localizar y consultar al interventor jefe. Le había explicado el caso, por si veía alguna solución que aliviara el grave problema en que se hallaba el cliente, por haber llegado tarde a la hora de salida de su viaje. La circunstancia del día y la calidad humana de este trabajador explicaba el interés y el largo esfuerzo negociador que el funcionario en taquilla había estado realizando. Al fin hizo una señal a Mario para explicarle cuál era la disposición u oferta por parte de Renfe.

“Sr Celdrán. He estado hablando con mi superior, exponiéndole su caso. Debe entender que nuestra empresa no es responsable de que no pueda estar esta noche en su ciudad. Vd. ha llegado tarde a la hora de tomar el tren y este ha partido a la hora fijada. Pero no hay más viajes hasta mañana, como ya le he explicado. De todas formas, considerando la situación del día en el que estamos, el departamento de atención al cliente quiere ser especialmente generoso con su persona y le ofrecemos la posibilidad de que pueda pasar la noche en un hotel concertado con Renfe. El coste de la habitación será a cuenta de nuestra compañía. Le cambio también su billete, a fin de que pueda viajar mañana a su casa. El tren saldrá a las diez en punto. Es todo lo que podemos hacer por Vd.”

Mario agradeció efusivamente el esfuerzo que su interlocutor estaba realizando, a fin de aliviar, en lo posible, la desagradable situación en que se hallaba, por mor de una serie de circunstancias. Demasiado bien estaba respondiendo la compañía ferroviaria antes unos hechos derivados, fundamentalmente, de la significación cronológica y por su retraso a la hora de subir al tren. Recogió un documento que le permitía pasar esa noche en un pequeño hostal, ubicado dos manzanas más allá de la gran estación madrileña.  Cariacontecido, abandonó la taquilla y con su trolley y maletín de mano, se desplazó hacia ese el hostal, donde tendría que pasar la Noche de fin de Año. Cuando entró en su aposento, comprobó la frialdad decorativa de aquel desangelado espacio, cuya única ventana daba a un patio interior. Faltaban escasos minutos para las siete y ya la noche se había enseñoreado de un cielo limpio de nubes. La temperatura ambiente en la calle era de tres grados. En su habitación al menos tenía calefacción, lo que haría menos ingrata esa peculiar noche.

Volvió a telefonear una vez más a Marta, explicándole la realidad en que se hallaba. Ese aniversario de compromiso lo iban a pasar separados, y sin confetis, canciones o una mesa bien organizada para una entrañable familia de a tres. La pequeña Sylvia al menos acompañaría la soledad de su mujer que, razonablemente, comprendió el necesario sacrificio laboral de su marido, en un día tan particular.

El hostal no servía comidas esa noche, por lo que Mario salió del edificio buscando un lugar donde poder tomar algo. No era un día apropiado, pues casi todos los establecimientos de restauración en la zona estaban ya cerrados. Tampoco era el caso de desplazarse a largas distancias, para buscar cenas con cotillón. Verdaderamente su ánimo no se hallaba predispuesto para fiestas y jolgorios.

Quiso la fortuna que ya cerca de las ocho, andando por las calles aledañas a la estación, encontrara un espacioso comercio chino abierto. Además de vender productos de bazar, tenía una parte dedicada para productos alimenticios. Compró un par de persimmons, una botella de agua y una lata de cerveza. El comerciante oriental le preparó un bocadillo de queso con sobrasada. Al pagar el importe, el propietario del negocio, mostrando una amplia sonrisa, añadió como regalo dos mantecados navideños. Este iba a ser el ‘suculento’ menú que un esforzado trabajador, vinculado a una afamada inmobiliaria levantina, iba a tener para celebrar la entrada del nuevo año.

Al volver al hostal, de nuevo tuvo que encontrarse con una persona que desde un principio le incomodó. Era el encargado de entregar las llaves y hacer las reservas de habitaciones. Se trataba de un personaje verdaderamente sacado de alguna película del cine negro. Era bajo de cuerpo y mostraba una obesidad mórbida, pues siempre estaba masticando algo en su boca. Su cabeza grandota estaba totalmente rapada, aunque la sombra del pelo mostraba un perímetro que hablaba de su mayoritaria escasez. Ojos pequeños, pero saltones e incisivos. Tenía varios dientes frontales revestidos de color dorado, y la barba crecida de veinticuatro horas. Lo descuidado de su aseo, especialmente las uñas de las manos y los poblados espacios interdentales, daban a la figura de ese gerente un misterioso y siniestro aspecto. Parco en palabras, mostraba una sonrisa entre sádica y burlona. Tras recibir la llave 204, subió andando los tramos de escaleras hasta la segunda planta porque, con el frio que hacía en el exterior, le apetecía hacer ese pequeño ejercicio a fin de coger algo de calor.

La calefacción estaba baja de intensidad, pero al menos atemperaba la temperatura madrileña que ya estaría por debajo de cero grados, a esa hora de las nueve menos cuarto. El panorama para esa noche ‘festiva’ no ofrecía mayores dudas. Tomaría ese suculento menú que había conseguido en el bazar chino, vería algo de televisión e iría pronto a la cama. Las doce uvas y el cava estarían en la Puerta del Sol y en millones de hogares de todo el mundo. Pero Mario carecía en esos momentos del ánimo y la fuerza necesaria para acercarse, dentro de tres horas, al kilómetro cero peninsular. Él no dejaba de pensar en Marta y en su pequeña Sylvia. Lamentaba una y otra vez el retraso de esos diez o quince minutos, provocados por un minucioso y complicado cliente galés, que había firmado al fin la compra de un apartamento en Altea…….. un 31 de diciembre. Desde luego había sido una laboriosa y esforzada venta.   Gajes “traviesos” de la profesión.

Tomó una toalla del lavabo y la colocó sobre la mesita de noche, espacio que iba a servir como bandeja para disponer su cena de Nochevieja. En eso estaba cuando sonó el timbre de la puerta. Mario, un tanto intrigado, abrió la puerta, encontrándose con la oronda figura del conserje o gerente, que con su inquietante sonrisa habitual le decía que, abajo en la entrada, había alguien que preguntaba por él.  Cerró la puerta y ambos bajaron los dos tramos de escaleras. En el pequeño espacio del hall en la entrada, aunque iba sin el uniforme reglamentario, reconoció de inmediato a la persona que le esperaba.

“Buenas noches, Sr. Cerdán. Soy Ramiro, me reconocerá pues hemos estado hablando esta tarde en la taquilla. Le he estado dando vueltas en la cabeza a su situación y he decidido venir a verle. Me hago cargo de lo que supone pasar esta noche aquí, por un desagradable retraso de unos minutos. Vivo con mi madre, una persona ya muy mayor. Tengo alguna familia, pero está repartida en distintos puntos de España. Le ofrezco compartir nuestra cena. Así se sentirá menos solo y juntos elevaremos el ánimo. No hemos hecho un extraordinario, pero la comida será muy grata y en un ambiente acogedor. Pasar aquí la entrada del año…. no resulta plato apetecible. Se preguntará por qu. ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ue hicieramn algo astaredor.  pero la comida serfamilia, pero en distintos puntos de lña Pené hago esto. Básicamente porque, poniéndome en su lugar, me haría feliz que alguna persona tuviese ese detalle o gesto hacia mí”.

Mario nunca olvidaría la bondad de esta noble y generosa persona.-

José L. Casado Toro (viernes, 23 enero, 2015)
Profesor