viernes, 5 de febrero de 2021

LOS NUBLADOS ERRORES DE LA VOLUNTAD.



La sociedad genera de continuo una serie de servicios, gratuitos algunos, de “pago” los más, a fin de que el ciudadano pueda enfrentarse y superar todas esas adiciones, dependencias y hábitos cotidianos desordenados que, gravemente, le están perjudicando, tanto en su salud corporal como en su equilibrio anímico y mental. Infortunadas prácticas adictivas que también conllevan, en la mayoría de los casos, un continuo gasto que el paciente ha de afrontar con su tarjeta de crédito, la cartera o el monedero. Se trata de interesantes y necesarios servicios de ayuda, prestada por diversas asociaciones y colectivos, de naturaleza pública o de titularidad privada, para el tratamiento de importantes problemas arraigados en nuestras alteradas conductas. Por supuesto, la ciencia médica tiene sus específicos especialistas para este patológico debilitamiento de la voluntad, como son los médicos psiquiátricas y los especialistas en psicología.

La metodología que se aplica a estos enfermos en su conducta es muy variada, pero sobre todo se trata de que la persona adicta o dependiente tome conciencia del perjuicio que supone para su vida  (también para las personas con las que ha de convivir y relacionarse) el estar “enganchado” a esas debilidades en las que cae una y otra vez, degradándole cada vez más en su autoestima. Además de esa asunción del error en el que está inmerso, se hace todo lo posible para que no se sienta solo, en la difícil y dura lucha que ha de emprender para frenar ese vicio que tanto daño y mal le está provocando.  En la mayoría de estos casos se les suele aconsejar la asistencia a terapias de grupo, tratamientos farmacológicos controlados y sugerencias de sustitutivos alternativos a su dependencia, menos lesivos y con reconocidos valores de proyección social e individual.

¿Quiénes son los desafortunados protagonistas de estos excesos y adiciones? Las personas dependientes del alcohol, de practicar en exceso los juegos de azar, los obsesos del sexo, los bulímicos y anoréxicos en el desorden alimenticio, los fumadores empedernidos, los adictos a los medicamentos y estupefacientes, el coleccionista enfebrecido de objetos, los enfermos con el síndrome de Diógenes, los cleptómanos, los compradores compulsivos…

Estos excesos afectan al  comportamiento humano, que se siente inmerso en la debilidad para controlar su obsesiva necesidad. El enfermo piensa que con esta equivocada practica se sentirá más feliz. Sin embargo, a medio o largo plazo, el ejercicio de la misma le va destruyendo y degradando en su imprescindible equilibrio personal. En muchos de los casos el origen de estos desajustes pueden hallarse en no saber afrontar los problemas cotidianos, en las inadecuadas compañías, en la manipulación y reiteración publicitaria, en una infancia desgraciada, en los fracasos afectivos, en el error de querer “tapar” unos problemas con otros, en la insatisfacción integral y en un gran problema que afecta a la sociedad híper materializada y de valores aletargados en la que estamos inmersos: el “aburrimiento” e insatisfacción vital. Analicemos, a partir de esta somera introducción, una curiosa historia, protagonizada por un personaje afecto a estas dependencias.

Como suele hacer durante muchas de las tardes, un modesto ciudadano disfruta recorriendo los grandes almacenes y algunos establecimientos “señeros” instalados en las principales arterias urbanas de Málaga. En estas visitas, a las que aplica un tiempo generoso para la distracción, va comprobando las últimas modas, esas siempre interesantes novedades en el mundo del vestir. Y con una proverbial frecuencia, encuentra oportunidades “irresistibles”, con las que sacia esa gran afición por adquirirlas, “necesidad” que tiene profundamente arraigada desde los no lejanos tiempos de su adolescencia y la juventud. Con el comprar y comprar, satisface su ego sediento de posesión y lucimiento. Pero ¿quién es la persona que ofrece tan peculiar comportamiento?

A sus treinta y nueve años de edad, Abilio Fonseca continúa manteniendo su soltería, asumiendo con la mayor naturalidad ese vivir en soledad para la que no ha hecho grandes esfuerzos en contrario que le permitan la formación de una familia. Reside en un piso antiguo de la centralidad malacitana, vivienda que era propiedad de sus padres, ya fallecidos. Su único hermano mayor, Fausto, está afincado en la ciudad hermana de Granada, junto a su mujer y las dos hijas pequeñas nacidas del matrimonio. En el momento de resolver la herencia de sus progenitores, este extraño ciudadano que apetece la soledad compró a su hermano la parte legal correspondiente al valor catastral del inmueble familiar .

Abilio ejerce como vigilante de seguridad en una afamada fábrica de cerveza instalada en la capital, con un horario de trabajo de ocho horas diarias, en turnos rotatorios que desempeña durante las mañanas, las tardes o las noches. En esta empresa comenzó a trabajar hace ya trece años, manteniendo esa actividad laboral de vigilancia, para la que nunca ha sentido en realidad especial afición. Concibe su trabajo como una forma rutinaria de obtener un sueldo mensual que le proporcione medios económicos para subsistir en sus necesidades y también para poder invertir en aquello que realmente le apasiona: la compra compulsiva e innecesaria de ropa, zapatos y otros adornos para el cuerpo.

Una de esas tardes de paseo, por un gran y afamado centro comercial, mantiene un “cómico” e infantil enfrentamiento con otro cliente del establecimiento, ya que ambos mantienen que “han llegado antes que el otro” para elegir  unas ofertadas zapatillas Converse, que estaban rebajadas en un 55 % con respecto a su precio original. El desagradable roce entre los dos clientes se salda satisfactoriamente cuando el experto vendedor que interviene en la mediación, trae otras zapatillas similares a las que estaban en disputa, manteniendo el apetitoso descuento ofertado. Esa pueril refriega es observada por una mujer de mediana edad quien, una vez que Abilio ha pagado las deportivas, se le acerca con cuidada educación y con una sonrisa “comprensiva” le indica si querría hablar con ella durante unos minutos. Tras aceptar, un tanto extrañado, el ofrecimiento, ambos se dirigen a la cafetería del establecimiento, en donde comparten unas tazas de café.

“Sin duda se sentirá un tanto desconcertado por este diálogo que obviamente yo he provocado. Mi nombre es Dariana, soy psicóloga de profesión y he presenciado sus reacciones, un tanto exageradas, por un artículo que, aún rebajado, no justificaba, en mi opinión, la alta tensión que he percibido en su rostro. Y le confieso que, sin duda alguna, el otro cliente había llegado al expositor antes que Vd. Por mi profesión (mantengo un gabinete de ayuda conductual) me gusta estudiar y analizar estas reacciones, por lo que le he rogado estos minutos de diálogo. Por supuesto que en mi no está la intención de molestarlo o incomodarle, sino que en base a mi experiencia, creo podría aportarle alguna ayuda que, honestamente, pienso necesita”.

De esta curiosa forma se inició una agradable e inesperada amistad, entre un hombre un tanto atribulado y una dinámica profesional de la psicología, a través de una serie de encuentros periódicos que mantenían, compartiendo las palabras y esas tazas de café que ambos tanto apreciaban. A través de las confidencias de Abilio, Dariana fue comprendiendo el origen y caracteres de los respuestas condicionadas que tanto afectaban a la conducta de su receptivo interlocutor.

Desde luego resultaba un caso curioso esa acción compulsiva protagonizada por un hombre, en el tema de la compra de ropa. Normalmente se suele adjudicar este comportamiento a la mujer, pero en este caso era el hombre el que sentía una necesidad desbordante por acumular prendas de vestir y calzar. Esa desviación en la conducta derivaba de una infancia muy ajustada en lo económico. Los dos hermanos pertenecían a una humilde familia (su padre era tendero de una tienda de ultramarinos) cuyo único patrimonio material era ese antiguo inmueble que habían heredado generacionalmente. En esta modesta familia, Fausto, el hermano mayor, era el que en la infancia y adolescencia siempre “estrenaba” todas aquellas prendas que sus padres podían comprar (o que su madre, doña Elvira,  adaptaba de su esposo don Gonzalo) para los hijos. Abilio, el menor, tenía con irritable enfado que aceptar y llevar puesta la ropa y los zapatos que se le quedaban pequeños a su hermano mayor. A pesar de sus protestas, tenía que aceptar las consecuencias de no ser el primogénito de la familia.

Ese trauma, magnificado en su mentalidad infantil, le quedó profundamente arraigado en su carácter. Por esta razón, siempre que podía, en cuanto comenzó a trabajar, empleaba la mayor parte del sueldo que recibía en adquirir esa ropa nueva de la que siempre careció en sus años infantiles.  Pero esa compensación no finalizaba en la adquisición de prendas y calzado nuevo, sino que también se deformó al considerar que la ropa de marca y de moda poseía una mayor relevancia para realzar la significación social de quien la llevaba puesta. Por este motivo, en su mente condicionada, Abilio acudía a las secciones de ropa de los más afamados fabricantes, además de la tiendas de zapatería deportiva, a fin de elegir  las marcas señeras, en lo más último de las modas que conformaba el mercado para el vestir. Esta errónea conducta derivaba en que se gastaba un verdadero dineral en la compra de artículos que, por su abundancia repetitiva, apenas podía “gastar” o deteriorar en su uso cotidiano. Así que iba llenando armarios, altillos y esas cajas de plástico que colocaba en cualquier hueco de la casa, con esa ropa que de continuo adquiría, la mayoría enseres sin estrenar.

Cuando ya su no espacioso piso era incapaz de acumular tanta ropa entre sus huecos, se veía obligado a malvenderla en alguna de las tiendas de barrio, especializadas en la compra/venta de “la segunda oportunidad”. Esa ropa de segunda mano (llegó a vender muchas prendas que estaban sin usar o con una sola puesta) se la pagaban ¡al peso! Abonándole unos precios irrisorios: 1 euro por cada kilogramo de tela (lana, poliéster, tergal o algodón) 0,80 céntimos por kilo de zapatos.  

Dariana anotaba en su cuaderno esos datos que necesitaba para sus estudios y la terapéutica necesaria. A sus 46 años, esta profesional se hallaba divorciada de un ingeniero agrónomo, con el que había tenido dos hijos ya adolescentes. La verdad es se encontraba a gusto con este paciente ocasional, muy expresivo en su sinceridad, que había encontrado precisamente en una tarde “de compras”. Se reunían al menos una vez a la semana, eligiendo para sus peculiares entrevistas ese Rock Café del puerto malacitano, con espléndidas vistas entre el mar y las colinas de Gibralfaro. Era evidente que su cada vez más animado amigo y paciente padecía el síndrome del comprador compulsivo. Estaba dispuesta a prestarle toda la ayuda necesaria, pues Abilio le confesó con sinceridad que no se sentía feliz con esta absurda dependencia enfermiza.

Una tarde de sábado, acordaron verse en casa de Abilio, para ayudarle en llenar unas bolsas con ropa repetida (jerseys, pantalones, calcetines, camisas, camisetas, chalecos, abrigos, zapatos, sandalias, deportivas, etc) que reposaba en los muy repletos armarios de la vivienda. A continuación se desplazaron a la Residencia de las Hermanitas de los Pobres, en la zona de la estación de ferrocarriles, para hacer donación de ese material a los ancianos allí atendidos o el más adecuado uso y reparto asistencial que las religiosas estimaran para la abundante ropa. Les prometieron que el sábado siguiente volverían con una nueva entrega, recibiendo el agradecimiento y simpatía por parte de las abnegadas y admirables cuidadoras. Efectivamente, en semanas sucesivas, giraron visitas a otras asociaciones, O.N.Gs. y centros asistenciales, entre ellas, Cáritas diocesana.

El agradecido vigilante nocturno también confesaba a su proverbial amiga y terapeuta su profunda insatisfacción por el trabajo que le daba de comer. Consideraba que el oficio de vigilante era poco creativo y en exceso aburrido, repitiendo cada uno de los días los mismos movimientos y acciones por la fábrica cervecera. Dariana, siempre dispuesta en ayudar a sus pacientes (y en este caso al cada vez más afectivo amigo) no perdió tiempo en buscarle una inscripción en un curso práctico que solía organizarse, para participar en un taller de sastrería, corte y confección. Abilio acudía al mismo, verdaderamente interesado, dos veces en semana. Con fortuna y al paso de los meses, el compulsivo comprador de prendas para vestir ha cambiado de oficio. En la actualidad trabaja de cortador de patrones en una fábrica de confección textil, ubicada en uno de los más importantes polígonos industriales instalado en la capital malagueña. Es una actividad que le hace feliz y le permite estar entre toda esa ropa que tan bien conoce y que hace posible el ejercicio de su creatividad, diseñando nuevos patrones y modelos que son estudiados y valorados por los técnicos de la empresa de confección.

Pero como en casi todas las historias, hay algunas imágenes y datos ocultos, que no se hacen explícitos por la naturaleza de su privacidad o conveniencia.

“Gracias Dariana, por la estupenda labor que estás realizando con una persona “enferma” como era mi hermano. Fue Elsa, mi compañera, quien me habló sobre un artículo que había leído en Internet, y que tu habías escrito sobre los diversos comportamientos compulsivos en las personas. Ella sabe manejarse muy bien en la navegación por las redes informáticas. Fue también ella quien me facilitó tu dirección para que nos pusiéramos en contacto, pues conocía  (yo le había dado los detalles precisos) sobre los comportamientos cada vez más preocupantes que tenía Abilio, con esa manía obsesiva para comprarse ropa que le era, en realidad, innecesaria. Lo que me ha dado también mucha alegría es que, además de la terapéutica que le estás aplicando, hayáis intimado tanto y vuestra amistad vaya viento en popa. Te aseguro que es una buena persona y ahora, con ese nuevo trabajo que tanto le está reportando para su ánimo y equilibrio, el calor humano de tu persona es la mejor medicina que se le puede aplicar. Y si te sientes bien junto a él, te aseguro que a la larga no te defraudará. Para mi ha sido también un honor conocerte y apreciar todos los valores que atesora tu excepcional persona”.

Esta relevante y privada conversación la estaban manteniendo Dariana, Fausto y Elsa, en la consulta que dirige esta cualificada profesional de la psicología. La relación entre la especialista y el ahora técnico de diseño textil ha ido incrementándose, pasando de un nivel investigativo y profesional a una íntima amistad entre dos personas que han encontrado un esperanzador espacio de unión para sus vidas. Abilio fue durante años ajeno a esta intervención familiar que había reconducido de manera adecuada su errático y desordenado equilibrio. Entre bromas, muchas veces comentan que no son las mujeres las únicas compradoras compulsivas, sino que también los hombres “navegan” a la deriva, con esta curiosa dependencia en el complejo mundo que nos sustenta.-


 

LOS NUBLADOS ERRORES

DE LA VOLUNTAD

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

05 Febrero 2021

 

 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal:http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario