viernes, 5 de octubre de 2018

ARIA Y TASIO, EN LA SUAVE ACÚSTICA DE LOS SILENCIOS.

Nuestra mente se comporta, en muchas ocasiones, de manera un tanto caprichosa para la práctica aleatoria de modular los deseos. Esa actitud es perfectamente natural y frecuente en nuestro comportamiento diario: ahora o en esta oportunidad queremos una cosa; al paso indeterminado del tiempo deseamos o necesitamos la opción contraria. Esta rápida variabilidad en nuestras apetencias u objetivos puede resultar un tanto infantil o difícil de entender, aunque tal vez lo sea menos si analizamos las circunstancias que nos rodean o cuando tenemos en cuenta otros insospechados factores que también afectan a esa nuestra voluntad cambiante.

Resulta perfectamente normal que en ocasiones nos apetezca estar en un atractivo ambiente, en el que nos acompañan muchas otras personas, con el bullicio subsiguiente que ello comporta. Por ejemplo, cuando acudimos a un concierto pop, en el que el ruido es el rey protagonista. Los sonidos estridentes nos “saben a gloria”, porque nos permiten evadirnos de los problemas, movilizando los sentidos en una dirección vitalista, aunque ciertamente ensordecedora. Esa “contaminación acústica” nos hace sentirnos mejor, más hermanados también con esos otros compañeros, amigos o simples desconocidos, que se hallan cerca de nosotros y que nos ayudan a “disimular” el desagradable y cruel “pathos” de la soledad. Sin embargo, en otras determinadas situaciones, esos más o menos potentes sonidos derivados o procedentes de la densificación humana nos molestan, nos desconcentran y llegan a provocar nuestro aturdimiento o incluso un cierto agobio psicológico. En estos casos, buscamos con premura un paraje más sosegado, alejado de la masificación social, ya sea en la tranquila privacidad de nuestra habitación, en la proximidad del mar, en la infinitud vegetal de un valle o en la geometría trazada por esos senderos que circundan la más agreste o suave orografía de un paisaje montañoso. Allí sólo nos acompaña la rítmica acústica del viento, haciendo vibrar las ramas y sus hojas,  tal vez el trinar de los pájaros, el sonido de nuestras pisadas o la percusión de nuestro bastón senderista sobre el suelo que recorremos. Son complementarias y enriquecedoras ambas opciones, acústicamente contrapuestas.

El silencio perfecto y exigible en una biblioteca es cómodamente adecuado, incluso imprescindible, para esa mayoría de usuarios que necesitan concentrarse en sus estudios y lecturas. Pero ese no contaminado y forzado silencio también puede también resultar incómodo e incluso contraproducente para esos otros usuarios que están elaborando un trabajo, solos o en colaboración con otros amigos y compañeros o que simplemente estén leyendo y estudiando, necesitando un poco de “ambiente” para no “dormirse”. Por este motivo solemos ver en esos amplios salones de estudio (también en las propias bibliotecas) no escasos usuarios que utilizan sus cascos y auriculares, perfectamente conectados al Ipod, tablet u ordenador portátil. La música, que previamente han elegido, les acompaña y les hace sentirse mejor frente a la aridez o dificultad de aquellos conceptos y teorías que leen, escriben o estudian. Por todas estas razones, en la mayoría de los centros o establecimientos universitarios, además de las necesarias bibliotecas, son habilitados grandes espacios o salas de estudio, en donde está permitido hablar (que no gritar) manteniéndose, con los diálogos protagonizados por los usuarios, ese acogedor “sonido ambiente” que unos y otros tanto agradecen.

Hay momentos en el día en los que nuestra mente parece necesitar el silencio expresivo, aunque no estemos estudiando, leyendo, escribiendo o viendo una película. Por las razones que sean, no nos apetece articular palabra alguna. Esta necesidad de intimidad silenciosa no siempre es posible, pues se ve interrumpida o imposibilitada por otras personas que nos hablan (a veces de forma compulsiva) y esperan de nuestras palabras. Esta curiosa imagen o escena la vemos y protagonizamos en nuestros ámbitos laborales, en los lugares comunes de la vecindad (portal del edificio o ascensor) o en las plazas y jardines de nuestras ciudades. Resulta comprensible la actitud de esas otras personas, más o menos amigas que, viviendo y soportando la rutina de la soledad, al encontrarse con algún conocido, amigo, compañero o vecino, comienzan a expresarse y a hablar “como máquinas”, de forma compulsiva y ansiosa. La cortesía educacional nos impulsa a tener con estos “parlanchines” una mínima correspondencia, aunque nosotros, en esos precisos momentos queramos mantener el silencio, sencillamente por la temprana o tardía hora del día,  por la situación personal y circunstancial que nos esté afectando o, simplemente, porque lo necesitamos y nos apetece. Nuestro organismo y de manera específica la estructura  mental que nos sustenta reclama el silencio o al menos la necesidad de estar callados.

En este contexto de los silencios y las palabras, en ocasiones podemos tener la suerte de encontrarnos a determinados personajes, a los que desde siempre profesamos un admirado y respetuoso reconocimiento. Entre ellos quiero destacar la insigne figura del pescador solitario, aquella paciente persona que pasa horas y horas sobre la arena de la playa, muy cerca del rompeolas en la orilla o también acomodado sobre los malecones del espigón portuario, siempre atento y vigilante al cimbrear de su larga caña y el no menos prolongado en longitud sedal de pesca. Estos símbolos y emblemas de la paciencia ejecutan cortos paseos de trayectorias pendulares, recorridos que suelen mezclar con esos otros minutos en los que permanecen sentados sobre su pequeña silla en tijera de pescador, oteando pacientemente el horizonte marino. Se trata de admirables seres solitarios a los que solo acompañan el grato aroma de la marisma, junto a los sonidos rítmicos de las olas, que desgranan su inmaculada espuma sobre la superficie arenosa de la orilla, mil veces inundada y otras tantas pulida.

Cierta tarde, del primer otoño meteorológico, decidí pasear por el sereno entorno de un ambiente playero, muy próximo a las estribaciones orográficas penibéticas, cuyos peñascos incluso avanzan y penetran osadamente en las serenas aguas el mar. Un día más necesitaba caminar, sentir el sosiego de la naturaleza y alejarme de todas esas acústicas desequilibrantes que los humanos sabemos generar con abundante generosidad y no calculado riesgo. Tuve la inmensa suerte de encontrarme con un precioso espacio marítimo, prácticamente vacío de viandantes, en el que sólo había una persona de pie, muy próxima a su caña de pescar. Me llamó gratamente la atención el personaje que ejercitaba su silenciosa y paciente afición. Se trataba de una joven mujer, cuya edad se encontraría probablemente situada en la aritmética de su treintena inicial.

La chica, de cabello negro, ojos marrones oscuros y tímidos labios en el rostro, tenía su piel bien tostada por la insolación, aunque cubría su cabeza con un tosco pero útil y simpático sombrero trenzado de palma. Portaba gafas oscurecidas para la protección solar, vistiendo una camiseta blanca de mangas cortas, short azul muy lavado y deshilachado, calzando sandalias de goma beige. Colgando de su fino cuello (la fragilidad de su cuerpo era manifiesta) lucía una cadena plateada que hacía descansar sobre el pecho una cruz del mismo metal, sin figura o grabación alguna.

Me acerqué, de manera pausada (la arena de ese trozo de playa era bastante blanda) a su lugar de asueto y práctica deportiva. Con una media sonrisa le dije una frase que le hizo reír.

“No te preocupes, que no te voy a preguntar por lo que has pescado o si llevas aquí mucho tiempo. Lo que me parece correcto preguntarte es si te molesta que permanezca aquí unos minutos o prefieres estar sola”.

Tras unos segundos de duda, volvió a sonreír y con limpia franqueza me respondió:

“En absoluto. Incluso te agradezco que pasaras por aquí. Me he venido a la playa en horas muy tempranas y llevo aquí pescando y mirando al mar casi dos horas y media ya. En este tiempo no he intercambiado palabras con nadie, pues ahora en el otoño es poca la gente que pasea por aquí, a pasar de que el tiempo es maravilloso para visitar a la naturaleza marina. El no hablar nada durante tanto tiempo también cansa. Bueno, en realidad, hablo para mi sola. Eso nos ocurre siempre, en ese travieso juego entre el silencio y las palabras.

Te aclaro también lo de la pesca: hasta ahora, solo he “capturado” un par de pececillos. Los tengo aquí en ese cubo con agua marina pero al final, como suelo hacer en otras tantas ocasiones, acabaré devolviéndolos al mar”. 
  
Aria (bonito nombre) se sentó en su pequeña silla de tijera. Yo lo hice directamente sobre la arena, pues mi short senderista es bastante resistente para todo tipo de superficies. Allí permanecimos un buen rato mirando hacia las olas, que lucían coquetamente el brillo aportado los rayos solares sobre las aguas y que rompían con rítmico estruendo al alcanzar la orilla. Un rato en silencio, aunque me sentía bien, Ambos disfrutábamos con el paisaje y el sonido sordo de la naturaleza marina. Pasados los minutos, quise cambiar el silencio con alguna pregunta amable. 

“¿Llevas mucho tiempo ejercitando la práctica de la pesca? Nunca lo he hecho, aunque admiro la paciencia de todos aquellos que disfrutáis con todas estas horas situados frente al mar”.

Apliqué prudencia y sutileza a la hora de ir avanzando en confianza con una persona, con la que nunca había intercambiado conversación alguna. Poco a poco, Aria fue desvelando aspectos de su vida. Obviamente, para que hablara sobre sí misma, tuve que aportarle algunos detalles básicos de la persona que se le había acercado. Esas parcelas de reciproca confianza no son rápidas en su consecución, dependen de variados factores que no resultan fáciles de concretar. Tal vez motivación, curiosidad, necesidad, gestos, miradas, los azares del día… En unos casos el diálogo fluye con facilidad, mientras que en otros ese diálogo queda interrumpido a las primeras de cambio por decisión de uno o ambos interlocutores. El tema de la privacidad, con toda lógica, puede mucho sobre el intercambio de la comunicación.

Casi sin “forzarlo” la joven pescadora fue desvelando narrativamente una curiosa e interesante historia que supongo, encerraría grandes parcelas de verdad. Si no fuese así, tampoco importaba en demasía. Lo sustancial en aquel momento era el propio contenido de la historia, más que su propia verosimilitud.

Aria era la única hija de una familia “bien” de la burguesía malagueña, dedicada al negocio del vino, venida a menos progresivamente durante sus últimas generaciones. Nació a la vida siendo sus progenitores bastante mayores. Su padre había enviudado en su mediana edad. Tras años de espera, contrajo nuevo matrimonio con una mujer también viuda, a la que superaba en tres lustros la edad. Por todo ello, la niña había nacido en una edad límite para su madre, pues la señora quedó embarazada a sus 43 años. Se trataba de un matrimonio en extremo religioso, tanto en la mentalidad creyente como en la práctica del culto. En este momento, su padre don Facundo ya había fallecido y en cuanto a su madre, doña Isolda, se encontraba internada como residente en una institución  conventual, atendida por religiosas. Esta señora, ya muy limitada física y mentalmente, había sido una gran protectora de la Congregación mariana del Santo Rosario. De ahí la atención y el cuidado deparado por las monjas del benéfico centro asistencial. 

El intenso fervor religioso de sus progenitores les llevó a sustentar la ilusión  de encauzar por la vía vocacional a quien era su única descendiente. No repararon en medios e influencias para alcanzar tal fin. Organizaron para la niña una estricta y devota educación religiosa,  que tuvo un manifiesto rédito inicial. Con apenas 17 años, esta joven manifestó su deseo de entregar su alma en vida al culto de la Divinidad, profesando como religiosa novicia en un régimen de austera vivencia conventual. Precisamente esas monjas, que ahora cuidaban de su madre, se encargaron de encauzar y cimentar esa inicial vocación religiosa, “domesticando“ y enriqueciendo su débil voluntad para decidir su propio futuro como persona. Tomó los hábitos con 23 años, integrándose con absoluta decisión en un régimen conventual de semiclausura.

Estuvo doce años en el convento, soportando cada vez con mayor dureza y sacrificio unas normas y disciplina religiosa de rígida y estricta  austeridad. A medida de que pasaban los años, Aria de la Divinidad vio como decrecía su tensión vocacional. Sus dudas y confusiones al respecto la fue sumiendo en un inquietante desequilibrio anímico y orgánico. Cada uno de los días que pasaban le fueron llevando a la convicción de que su vocación no era real, sino influenciada por una educación que había “arrasado” con su muy débil madurez para intentar o poder diseñar con personalidad su propio proyecto de vida. La rigidez de las normas y disciplina conventual se le hacía cada vez más difícil de sobrellevar. A pesar de todas las presiones que tuvo que soportar, hace tres años decidió renunciar a sus votos religiosos. Sumaba, en ese decisivo momento vital, los  34 años.

Aún seguía asistiendo a consulta psiquiátrica, pues su desequilibrio le había provocado un marasmo existencial, letalmente preocupante. Pérdida del sueño, descontrol indisimulable en sus respuestas e incluso muestras inquietantes de querer renunciar a la vida. Efectivamente, tuvo algún conato de autodestrucción que, para su fortuna, pudo superar con la ayuda de algunas amigas y compañeras  de comunidades seglares, que supieron tenderle la mano (y aun lo hacen) en éste su nuevo tiempo de exclaustración.  

Me asombraba su irrefrenable locuacidad. Necesitaba, con ansia psicológica, hablar y comunicar. En esos momentos, confesaba tener 37 años. Añadía, con patente ilusión, que tenía una pareja, compañero o novio, en esta nueva y liberada etapa de su vida. Se trataba de un soldado profesional, Tasio, que pasaba largas temporadas en misiones de paz por zonas en conflicto de la geopolítica mundial. Con este apuesto muchacho mantenía gran confianza, amor y descubierta estabilidad. 

“Suelo venir una vez como mínimo, cada semana, a practicar la pesca, por este sosegado entorno junto al mar. Me hacen mucho bien una serie de elementos que encuentro en este paradisiaco, pero también modesto, lugar. El olor a marisma del paisaje, los sonidos repetitivos  del oleaje al batirse con los peñascos de la Penibética, la ausencia de masificación humana en la zona, la cálida tersura solar para broncear y acariciar las epidermis …. Todo ello me ayuda a sentirme más fuerte, más equilibrada y, por supuesto, hace posible que vaya recuperando con lentitud, humildad y paciencia, el verdadero sentido de mi vida”.

Añadía que ejercía como profesora de latín y también de Historia general del Arte, en un importante y tradicional colegio religioso, de titularidad privada, centro educativo ubicado en la zona oriental de la capitalidad malacitana.

Aunque mi interlocutora daba muestras evidentes de querer enriquecer y prolongar nuestro diálogo, el sol había comenzado su rápida despedida. Estábamos en esa estación equinoccial donde los días se van progresivamente acortando en luminosidad, para ceder su protagonismo al reinado de los atardeceres y a esas largas noches de estrellas y luceros. Me tenía que marchar, aunque prometí volver en los próximos días,  a fin de seguir ampliando nuestra muy grata, franca e inesperada comunicación. 
  
Al paso de los días, volví a esa playa donde pensaba encontrar a la joven Aria. Fui a la misma hora de la tarde, donde ella me aseguró que solía ponerse con su caña, anzuelo y sedal (parece que los peces acudían con más facilidad) para hacer algunas capturas a las que posteriormente solía conceder su libertad. Pero la playa estaba completamente vacía de visitantes. Estuve un largo rato disfrutando del plácido atardecer, volviendo después a mi domicilio. Repetí el intento en distintas ocasiones, aunque varié la opción de los días de la semana. En todas esas ocasiones no volví a encontrar a la persona que buscaba. Todo ello potenció, ahora lo reconozco, una cierta obsesión por recuperar las palabras de una historia que me había afectado en demasiada, sin saber exactamente el por qué.

Fue otra de las tardes, ya muy cercano ese invierno “mediterráneo” que gozamos por las tierras del sur, cuando percibí a lo lejos que había alguien pescando en la misma zona donde solía situarse Aria. Me acerqué allí con presteza. Bajo un sombrero de paja y con la piel bien curtida por el paso de los años y la frecuente insolación, me encontré a un muy veterano pescador. Desde luego con mejor suerte que la joven a quien buscaba pues, en el agua que llenaba su cubo, nadaban muchos pequeños y medianos peces. Tras saludarle, le comenté si solía ver por la zona a una joven (aporté algunos rasgos físicos de la misma) que también practicaba el arte de la pesca. Sonrió al escuchar mi pregunta y se mantuvo callado durante unos “largos” minutos. Entendí que estaba buscando la mejor respuesta, pero al tiempo me desconcertó su lentitud en responderme, Al fin lo hizo.

“Ya veo que Vd. ha sido otro más, en encontrarse con la chica. Seguro que le contaría la historia del soldado, a quien espera. Y probablemente también aspectos de su azarosa vida. Parece que la dejan salir alguna vez en la semana, cuando está más en sus cabales. Y entonces se viene por aquí a pescar. Es que su mente está profundamente desequilibrada. Cree que el tal Tasio volverá pronto a por ella. Efectivamente tuvo una pareja, un joven militar, creo que legionario, de esos que acuden a otros países en guerras internas para ayudar a poner orden en los conflictos. Un necio y malvado accidente de jeep puso fin a su vida, cuando se trasladaba a una zona con sus compañeros para cumplir una misión. Pero la cría lo sigue esperando aparecer por la línea del horizonte. La pobre chica cree que el mar se lo devolverá.

Cuando atendía las frases entrecortadas del anciano pescador, me desconcertaba su sonrisa enigmática y a momentos burlona. Agradecí su información y me alejé del lugar. Días más adelante pregunté en una residencia mental que hay por la zona. Nada sabían de esa joven. No se encontraba entre las personas internas, por las señas que yo les ofrecía. Pero una enfermera, al escucharme hablar con la administradora, me esperó junto a la puerta para darme alguna luz acerca de mi interés.

“Le he escuchado y creo que no conoce la leyenda que por este pueblo circula desde hace muchos años. Es una muy romántica y bella (pero también desgraciada) historia, protagonizada por una joven mujer que había profesado como religiosa. Y que abandonó el convento al enamorarse de un soldado llamado Tasio. ¡Desengáñese hombre! es un bonito relato que alguien inventó y que se transmite de generación en generación. Tal vez la joven con quien Vd. habló quiso asumir, para poner diversión a las horas, la personalidad de esa historia que por esta zona la mayoría conoce. La chica con quien habló, desde luego, se lo tuvo que pasar bastante bien. No lo dude.-

ARIA Y TASIO, EN LA SUAVE ACÚSTICA DE LOS SILENCIOS

   

José L. Casado Toro  (viernes, 5 Octubre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga




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