viernes, 12 de octubre de 2018

AQUELLOS MITOS DEL AYER, RENOVADOS HOY DE REALIDAD.

Había tenido que desplazarme a un bello entorno paisajístico, ubicado entre el mar y la imponente vertiente montañosa que da nombre a una extensa y atractiva localidad. Era el momento adecuado para resolver una rutinaria cuestión tributaria en la oficina del Ayuntamiento, cuyo edificio central se encuentra precisamente situado en la parte montañosa del amplio municipio, que sabe extenderse en su planimetría hasta el mismo borde del mar. Una vez abonadas las diferentes tasas municipales, aproveché la oportunidad del breve viaje para completar la mañana visitando los numerosos rincones del pueblo repartidos, con proverbial encanto, por un sinuoso perímetro de desniveles que aprovechan la peculiar orografía del entorno. Se trata de uno de tantos pueblos blancos de Andalucía, con centenares de casitas pintadas con ese color que recuerda la nieve, la pureza y esas flores de “comunión” que tan bien adornan y aromatizan los misterios de la noche. Junto al espiritual colorido de las edificaciones, allí puedes disfrutar de grandes masas arbóreas teñidas con ese verde esperanza tan característico del ser andaluz. Para completar esta bella pintura, dibujada con esmero y encanto, una celestial cubierta donde el sol brilla y tonifica con fuerza, a modo de generoso maná, que alimenta a tantos y tantos corazones.

En esta parte más antigua de una ciudad repartida en tres grandes áreas, destaca la economía sustentada en decenas y decenas de pequeñas tiendas, dedicadas a la venta de productos artesanos, entre los que predomina la buena y útil marroquinería de la piel (correas, chaquetones, mochilas, babuchas, bolsos y sombreros, etc), el artístico modelado de una variada y cromática cerámica (platos, jarrones, tazas, cuencos, etc), numerosas prendas de vestir que utilizan preferentemente los materiales naturales del algodón y la lana, no faltando otros muchos e imaginativos regalos en los que el metal y la madera tienen preferencia para su cuidada terminación. El tráfico general en el pueblo es necesariamente lento y tranquilo, pues las vías son en sumo estrechas y empinadas. Aún así, hay a diario numerosos visitantes que con sus vehículos particulares, o utilizando los voluminosos autocares y el bus de línea, disfrutan ese sugestivo e interesante turismo que deja importantes beneficios en la comunidad, aplicando los turistas sus desembolsos no sólo a la compra de regalos y recuerdos, sino también a visitar los también numerosos servicios de restauración, en placitas y calles trazadas con encanto. Muchos de estos establecimientos se hallan encastrados o “colgados”, con valiente e imaginativa osadía, en difíciles vertientes y peñascos, desde los que se divisa un paisaje inolvidable que emociona, con la visión del mar a lo lejos, el verdor y aroma de la naturaleza y ese sol que embriaga las epidermis de color y tersura para hacer más alegre y razonable la vida.

Como tenía el resto de la mañana disponible, tras abonar los tributos municipales, pensé en sentarme un ratito a descansar. Antes había dado un largo y saludable paseo por el “castrense” cinturón de la muralla, que rodea pétreamente todo el núcleo más antiguo de la localidad. Las vistas y panorámicas que se divisan en este singular recorrido, a modo de un gigantesco ventanal circular, resultan verdaderamente espectaculares. Elegí una de las numerosas terrazas habilitadas para la restauración, muy popular por estar ubicada mirando la gran plaza central, punto de reunión que nuclea todos los caminos de este pueblo que abraza la montaña. Prácticamente eran las doce del mediodía, pues en pocos segundos sonaron las doce campanadas tocadas desde el campanario de la Iglesia dedicada a la Inmaculada Concepción, el principal templo de este tranquilo pueblo andaluz. La buena temperatura y la sed provocada por la larga caminata, me hacía apetecer una buena jarra de cerveza y algo de “picoteo” para acompañarla. Mi desayuno, como tenía por costumbre, lo había realizado a muy tempranas horas de la madrugada.

Cerca de mí estaban dos personas mayores, con la piel bien curtida por el paso de los años y la exposición solar, que ocupaban otra de las mesas del establecimiento. Sobre la misma descansaban dos tazas, probablemente ya vacías, de alguna aromática infusión. Uno de estos contertulios se levantó de la silla que ocupaba, despidiéndose afectivamente de su amigo.


“Ya me tengo que marchar, amigo Benta. Me he alegrado mucho de nuestro reencuentro. Espero que pronto podamos echar un nuevo rato de conversación. Es que hacía tanto tiempo que no te veía… Nada, que sigas muy bien y sacando muchos ánimos, que yo sé que a ti te sobran”. 

Esas cálidas palabras fueron respondidas por su también veterano acompañante.

“Gracias, muchas gracias, mi buen Valerio, por este agradable rato de compañía que me has dedicado y que tanto echo en falta. Y también por este buen café al que has querido invitarme. Me ha sabido a gloria”.

Efectivamente, Valerio había abonado al camarero el escaso coste de tan usual, estimulante y simple consumición. Pero antes de marcharse quiso hacer una agradable señal a su amigo, dándole a entender que no merecía las gracias. Se alejó de la mesa con una sonrisa en su rostro mesclada perceptiblemente de cariñosa nostalgia.

¿Benta? Desde luego no era un nombre muy común. Curiosamente me recordaba a un famoso futbolista, que jugaba de defensa central en el equipo de mi ciudad y al que admiraba mucho en mis tiempos de infancia. Aquel jugados se llamaba Desiderio Bentabol, aunque en las crónicas deportivas se le denominaba precisamente por las dos primeras sílabas de su apellido. Lo recordaba como un corpulento, pero también mago o artista, del balón, que solía deslumbrar por su eficacia y estilo en el juego que practicaba por nuestros estadios o campos  de fútbol. A pesar de jugar en la zona defensiva, también anotaba espectaculares goles cuando lanzaba, con su potente pegada, las faltas directas cometidas al borde del área del equipo rival. Yo lo tenía también en mis álbumes de cromos, donde coleccionaba a los futboleros de primera y segunda división, a los que llamábamos “cabezones”  porque junto a la foto de su cabeza añadían un pequeño dibujo de su cuerpo muy disimétrico con respecto al tamaño de aquélla. Llegó a jugar algunas ligas en 1ª división pero, mayoritariamente, el equipo de nuestra ciudad se situaba en la división intermedia del fútbol nacional. Aquel afamado deportista del balón dejaría los campos de juego a finales de los años sesenta.

Desde luego el nombre de Benta, que Valerio había pronunciado, me trajo a la mente a ese mítico futbolista de aquella ya lejana época ¿Podrían ser la misma persona ese ídolo de mi infancia y este señor mayor que ahora tenía a pocos centímetros de mi mesa? Lo estuve observando con paciencia y discreción. El muy escaso cabello que le quedaba lo tenía completamente encanecido. Su cuerpo acumulaba muchos kilogramos de peso. El rostro que yo recordaba no era, obviamente el que en ese momento tenía delante. Pero algo en su mirada, por su ojos un tanto “saltones” si lo identificaba en mis recuerdos. En su rostro había rasgos que me hablaban de aquél buen futbolista. Pero ¡es que habían transcurrido ya casi seis décadas desde entonces…! El físico en las personas cambia, sobre todo cuando ha transcurrido tan largo período en el tiempo.

Un acertado impulso afectivo hizo que me acercara a este veterano lugareño, al que dirigí unas palabras.

“Disculpe la pregunta. He escuchado a su compañero de mesa, probablemente su amigo, con la forma como se ha dirigido a Vd. Le ha llamado Benta, nombre que me ha hecho recordar al gran deportista y mago del fútbol Desiderio Bentabol, que jugó en el equipo de nuestra ciudad hace ya casi sesenta años. En las crónicas deportivas y entre los aficionados se denominaba a ese futbolista con el nombre de Benta. Me pregunto ¿No será Vd. ese profesional del balón, al que me estoy refiriendo? En sus comentarios, he creído también escuchar una cierta tonalidad del habla argentina…”

Mi interlocutor, un tanto asombrado, se quedó mirándome en silencio durante algunos segundos. Al fin me respondió:

“Veo que tienes una excelente memoria fotográfica, amigo del alma. Madre mía, ¡con lo cambiado que estoy a mis años! ¡Aún te acuerdas de un joven futbolero, que corría por los campos de juego detrás de un balón, hace ya más de cinco décadas! Ven, siéntate aquí a mi lado y pregunta lo que quieras. No te has equivocado de persona, desde luego. Me gustaría invitarte, pero estoy muy falto de pesos, plata o euros, como queráis llamarle”.

Un tanto emocionado tomé asiento junto a uno de los mitos de mi memoria. Acerté a decirle ¿Compartimos una cerveza?. MI ahora compañero de mesa respondió afirmativamente con una entrañable sonrisa. Allí permanecimos dialogando, durante más de una hora, en torno a dos jarras de cerveza y un plato de tapas, de las que dio buena cuenta el voraz apetito del ex futbolista.

¿No le ha ido bien la vida, Benta, cuando “colgó las botas”?

“Admito que crié fama. No lo puedo negar. Gané buenos cuartos, plata engañosa que pronto voló. Por mi inconsciencia y por esas personas que actúan como amigos, pegándose a tu poderío como una “lapa”. Son “tus hermanos” cuando eres famoso. Después son hábiles y rápidos para dejarte en la estacada, volando a otros panales más apetitosos. Desaparecen de tu vida cuando perciben que careces de esa plata de la que siempre quisieron aprovecharse.

Pues sí, tras colgar las botas, allá por la segunda mitad de los sesenta, emprendí varios negocios con algunos ahorros que tenía de la época más gloriosa. Concretamente, invertí mi dinero con otros dos socios que poco pusieron en el proyecto, aportando eso sí sus muy bellas y hueras palabras. Montamos una gran tienda de artículos deportivos. Al paso de los meses, estos dos “boludos sinvergüenzas” fueron descapitalizando el negocio. Les gustaba darse todos los caprichos del mundo, mientras que el “tonto” del Benta no hacía más que poner su trabajo y por supuesto sus ahorros, que iban con rapidez decreciendo. Ese par de granujas eran maestros en saber “engatusarme” con sus muy bellas palabras, grandes arquitectos en la construcción de “castillos en el aire” y yo, con la necedad del nuevo rico (procedo de una familia muy pobre y humilde) no supe verle las orejas al lobo. Para colmo, llegó el auge de los grandes centros comerciales, con los que no podíamos competir ya que esas corporaciones tenían poderosos medios y vínculos financieros, nacionales e internacionales, con los dueños del capital mundial. Esos que manejan el mundo a su antojo.  Total, que en menos de un lustro aquél negocio, en el que puse todos mis cuartos, mi ilusión y cariño, se vino completamente abajo.

Ya metido en la cuarentena (me retiré con treinta y muchos años, estuve incluso jugando en tercera división con cerca de cuarenta tacos) me puse a buscar …  trabajo. Tenía que comer y lo había perdido todo, por mi mala cabeza. Pero carecía de oficio y “papeles”, es decir, titulación, para que me pudieran dar una actividad con la que poder mantenerme y llegar a final de mes. Los dos hijos que tuve de un matrimonio, que duró hasta un par de años después de dejar el fútbol, ya se habían hecho mayores y viendo que nada podían sacar de mis bolsillos “volaron” dispuestos a vivir su vida.

No te niego de que algunas personas quisieron ayudarme, pero en aquellos años yo tenía un infantil orgullo para aceptar lo evidente. Estaba en la bancarrota. Ese orgullo que me sobraba, es el que hoy me falta para aceptar el café pagado por algún conocido o amigo, que me permite estar aquí sentado un par de horas, viendo pasar a la gente y recibiendo la gratuita bendición  del sol. Pero es que hace años que entré en la séptima década de mi existencia y a estas edades se antepone ya el respirar de cada día a otras consideraciones que siendo más joven ocupan el primer lugar en tus respuestas.

Te hablaba de esos trabajos que, durante más breves o largos períodos, me vi obligado a desempeñar. He hecho casi de todo. Portero de discoteca. Repartidor de propaganda comercial, utillero de equipos de la regional, conseguidor o gestor de seguros. Incluso … acompañante de “señoras bien”. La cosa es que cuando pasas de la cumbre al barro, pierdes incluso el sentido de la dignidad. Veo la cara que has puesto con ese “oficio” de la compañía, Era como un “perrito faldero” disponible para casi todo … y sin “casi”. Son “cosas” que se hacen, con un orgullo ya laminado o desaparecido, a cambio de ese plato de lentejas que necesitas cada día, y un techo que te resguarde del frío y de la miseria. Pero es que en realidad, comportándote así, vives en otra miseria aún más dolorosa y no menos degradante.

¿Ahora? Pues apenas sobrevivo (te aseguro que no sé a veces como veo llegar los nuevos amaneceres) con una pensión mínima de esas que se conceden a los que no han tenido la previsión o inteligencia de tributar en los años “felices” de su vida. Recibo esa “mijita” de plata, como una obra de caridad social. Aquí, el cura del pueblo, don “Florian” ha organizado unos locales, en donde puedes disponer de una cama para dormir, compartiendo la habitación con otros cinco o seis menesterosos que también necesitan un techo para protegerse. Una asociación, como la que tenéis en la capital (creo que la llaman los “ángeles de la noche”) nos dan bolsas (no todos los días tienen medios para hacerlo) con algún alimento y la acción humanitaria del ayuntamiento también nos entrega unos vales para menús económicos, aunque no para  todos los días de la semana. Ya ves para lo que ha quedado aquel gran Benta que tú  (serías muy niño, desde luego) viste correr por el verde césped de los campos de juego. Pero no te niego que me ha resultado emocionante el que hayas pensado o imaginado que este anciano era el mismo “gran” Benta que te deslumbró en tiempos de la infancia”.

Las campanas de la Iglesia, con esos solemnes sonidos o acordes celestiales que siempre agradecemos disfrutar, habían dado ya los sones de las dos de la tarde. Hice una señal al camarero para que nos trajera la carta con los menús del día. Rellenamos de nuevo nuestras jarras de cerveza y ese día, en la profundidad de la más sublime Primavera, pude compartir mesa y mantel con uno de los mitos de mi infancia, etapa ya muy lejana pero bien recordada. Le rogué a un comensal cercano si nos podía hacer un par de fotos, con esa pequeña cámara que siempre me regala buenas imágenes para la memoria. Durante nuestro fraternal y suculento almuerzo, hablamos y compartimos no pocas historias, ahora ya con ambos semblantes mucho más alegres. No me apetecía pedir café después de los postres, pero sí lo hizo el admirado Benta (“esta infusión me vitaliza, buen amigo. Para mi vapuleado cuerpo es como si fuera la pócima mágica de Astérix , aquella osada aventura que tanto os gustaba leer”).

Llegó la “cruel” hora de la separación. Intercambiamos una prolongada sonrisa y quisimos evitar las palabras. La simbología del fuerte abrazo suponía la mejor y más inteligente gramática, a fin de expresar esos sentimientos que justifican cada uno de los amaneceres en el alba. Él y yo conocíamos la efímera temporalidad de esa puntual y emocional despedida. Hay días en los que aprendes esa siempre útil lección para la vida: los mitos del Olimpo también son arrojados, las más de las veces, a vagar por el reino próximo de la realidad.-

AQUELLOS MITOS DEL AYER, RENOVADOS HOY DE REALIDAD.



José L. Casado Toro  (viernes, 12 Octubre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


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