viernes, 23 de febrero de 2018

PREGUNTAS E IMÁGENES, EN LA CONSTRUCCIÓN DE LOS DÍAS.


Apenas está clareando, en el amanecer, cuando nos planteamos la estrategia para la “construcción” de un nuevo día.  Una gran mayoría de las personas tienen bien marcada esa hoja de ruta, que habrán de recorrer durante las horas siguientes al despertar. Esta ayuda en su itinerario obedece, de manera fundamental, a las obligaciones laborales de cumplimiento ineludible. Pero también hay otros muchos que, a causa de haber ya finalizado su etapa de actividad en el trabajo (sea por la edad, por su estado de salud o por otras circunstancias personales) han de comenzar a diseñar, a construir, como lo vienen haciendo en cada página de su historia, el proyecto de esas veinticuatro horas que tienen por delante. Todos, pero de manera especial estos últimos, van elaborando ese pequeño esquema mental acerca de cómo “rellenar” el tiempo diario que de la mejor forma posible han de “inventar” y protagonizar. Lo hacen permaneciendo aún entre las sábanas, “negociando” con la ducha o, probablemente también, sentados ante la mesa de ese desayuno que debe reportar energía y alimento para nuestro organismo. No podemos tampoco olvidar a todos aquéllos que se dejarán llevar básicamente por la inercia de sus itinerarios, esperando que sea el propio día el que vaya marcando y modelando los tiempos, con sus inesperados y sorpresivos destinos.

Cuando salimos a la calle y vamos recorriendo diversas zonas de nuestra ciudad nos encontramos ya, sin apenas darnos cuenta, construyendo otro nuevo día. Acudimos a nuestro trabajo, a un centro comercial, a un organismo público, a una entidad bancaria o, simplemente, caminamos porque nos apetece y sienta bien el pasear. A poco que pensemos, nos vendrmara﷽﷽﷽﷽﷽﷽ grabando sobre nuestra retina. Algunas de las mismas incluso nos agrada recogerlas con nuestra cçá a la mente una frase cuyo contenido está basado en la racionalidad: ¡Son tantas y tan variadas las “cosas” que puedo emprender hoy! Ya sea cuando nos quedamos en casa o cuando decidimos cruzar el umbral de la puerta. En este último caso abandonamos temporalmente nuestro cobijo familiar, a fin de sentirnos inmersos en un mundo que bulle activamente y en el que tendremos que introducirnos para resolver necesidades, anhelos aventuras y obligaciones varias.

En ese nuestro lento o más ágil recorrido por las plazas y las calles que conforman el laberinto o poliedro urbano de nuestra localidad, son numerosas las imágenes que se nos van grabando sobre la retina. Algunas de las mismas incluso nos agrada recogerlas con nuestra cámara, mientras que otras simplemente las utilizamos como testimonio para la posterior o inmediata reflexión, archivo de la memoria o, lúdicamente, para distraernos. Y nos hacemos preguntas ¡qué duda cabe! sobre aquello que vemos y nos resulta curioso, diferente u original.

La historia de hoy va a estar centrada en una de esas “escenas” que cíclicamente aparecen ante nuestra visión, en determinados puntos de la ciudad donde residimos. Vamos conduciendo nuestro vehículo o en otras ocasiones nos desplazamos en un autobús municipal, taxi de alquiler o en ese autocar de viajeros interurbano. O, simplemente, caminamos. En determinadas arterias viarias, especialmente aquéllas que dan entrada o salida al núcleo urbano, vemos apostados junto a la señalización semafórica algunos jóvenes vestidos y aseados con apariencia inequívocamente bohemia. Como único bagaje viajero, les acompañan, normalmente unas mochilas en las que sobresale algún botellín de agua.  Mientras tanto, estos chicos o chicas mantienen en sus manos unas pelotas de goma o también, en ocasiones, algunas varas (de fino grosor y no muy extensas en su longitud) que parecen de caucho y el típico aro de goma plástica. Ese simple instrumental material será utilizado para realizar ejercicios que pondrán a prueba la  destreza y coordinación manual de estos “artistas” callejeros. Todos esos sencillos recursos suelen ser de una variada gama cromática.  

Aprovechando los breves segundos en los que el semáforo correspondiente da paso al cruce peatonal, y los vehículos han de detener su rodadura por el asfalto, uno de estos jóvenes (van intercalando su orden de actuación) se sitúan en el punto central de la calzada. Optimizando una parte del escasísimo tiempo con que el semáforo marca la luz roja, en la que permanece detenida la circulación de coches, camiones, autocares o motocicletas, estos artistas de la destreza realizan ágiles y sorprendentes juegos malabares con sus pelotitas, aros o barritas de goma, ante la mirada curiosa de aquéllos ciudadanos que están sentados ante el volante o descansan sus manos sobre el manillar de sus motos. En ocasiones, el instrumental de trabajo que manejan esos artistas de la destreza cae al suelo, perdido por algún pequeño error en la coordinación o rapidez de los brazos en movimiento. Pero ellos no suelen inmutarse. Por el contrario sonríen o aportan algún simpático gesto mímico, recogiendo  con rapidez esa pelota perdida que ha abandonado “traviesamente” el ciclo armónico con sus compañeras de juego.

Unos pocos segundos antes de que el programado señalizador cambie de color, los malabaristas detienen su espectacular ejercicio. Se inclinan cortésmente, saludando al distraído “respetable” y se desplazan rápidamente entre las primeras filas de vehículos, con su gorrilla en la mano. Tal vez algún “espectador” quiera dejarles algunas monedas, necesarias a todas luces para su necesidad. En modo alguno molestan o persuaden con sus palabras. En realidad carecen de tiempo para ello, pues el semáforo se ha puesto en color verde. Los primeros vehículos ya están reiniciando su marcha. Son muy escasos los conductores (normalmente, casi ninguno) que bajan sus ventanillas para regalarles algunos de los céntimos que pueden sobrarles en sus privativos monederos y billeteras. Todos solemos llevar prisa, real o infundada, así que una vez que el semáforo se ha abierto, nos apresuramos en seguir la marcha con el vehículo pues el que viene detrás suele poner en marcha su otro y visceral mecanismo, el nervioso, para “contaminar” acústicamente (con su indelicado claxon) el medio ambiente que sobrevuela la zona.

Y una vez más, en el deambular callejero, aparece el interés curioso de los interrogantes. En este caso que narramos, las preguntas eran obvias:

¿quiénes son estos jóvenes? ¿dónde habrán aprendido su tan habilidoso ejercicio? ¿de dónde proceden y cuál es su próximo o inmediato destino? ¿cómo resuelven las necesidades diarias de su sustento? La falta aparente de aseo, en sus cuerpos y atuendos es debida ¿a circunstancias concretas de su realidad o señal indeleble de una desenfadada y particular forma o estilo de vida? ¿En qué lugar acomodarán su necesario descanso nocturno? ¿Cuáles son sus nombres? ¿Cuánto de verdad hay en la permanencia de sus sonrisas? …

Esas imágenes permanecieron en el pensamiento durante algunos días. Las respuestas normalmente exigen el planteamiento previo de sus preguntas. Pero no resultaba fácil tomar la decisión de realizarlas. Siempre juega en nuestra conciencia la balanza previa de la prudencia, la receptividad o incluso la impertinencia. Sin embargo la suerte favoreció que la oportunidad se presentara, como tantas veces ocurre, de una manera absolutamente casual. Era día festivo. No me hallaba muy lejos de donde usualmente estos jóvenes de mentalidad bohemia instalan sus mochilas y aditamentos para el espectáculo. Esa mañana había entrado en un pequeño supermercado, de esos que tanta utilidad reportan a los barrios y a los  que se les permite la apertura (si lo desean) todos los días del año. El único requisito que les impone la ley para esta apertura, en días no laborables, es la superficie espacial de los negocios. Lo pueden hacer si el espacio comercial no superan un determinado número de metros cuadrados (entre 300 y 500 m). También creo que a las tiendas pequeñas se les permite todos los días del calendario anual. No sucede así con las grandes superficies, aunque hay Comunidades Autónomas cuyos gobiernos conceden libertad horaria a todo el comercio, sea cual sea su naturaleza. Son medidas muy discutibles, aunque no es el caso, en este momento, profundizar en su discusión.

Mientras aguardaba mi turno, para abonar en caja un par de artículos que había tomado de los expositores, observé que un poco más atrás de mí aguardaba uno de estos chicos de la farándula callejera. Precisamente tenía en su mano izquierda una de esas pelotas para la exhibición, mientras en la derecha portaba una lata de cola que había cogido del expositor de bebidas frías. Se le veía perceptiblemente sudoroso, a causa del ejercicio que llevaría realizando en muchos minutos de la mañana. Consideré que era una opción de “oro”, por lo que tras abonar mi cuenta, esperé distraídamente en la puerta a que saliera el joven.  

Me presenté ante él como un espectador callejero de sus destrezas. A veces los veía desde el bus, mientras que en otras ocasiones lo hacía desde el volante de mi propio coche. Fuera él mismo u otro compañero/a, le expresé mi alta valoración acerca de la habilidad que demostraban, durante esos repetitivos escasos segundos en los que maniobraba con las pelotas de goma en el aire, sin que éstas cayeran al asfalto que cubre la vía. Añadí que, en uno de mis próximos textos para el relato, tenía la intención de hablar sobre estos artistas de la calle y que me gustaría “robarle” unos minutos a fin de preguntarle algunos interrogantes al respecto. El joven se mostró amablemente receptivo por lo que, dada la hora avanzada de la mañana (serían más de las 13 horas) le rogué que nos sentáramos  minutos eosaomercial su apertura, en d durante un momento en uno de los espacios de piedra construidos a lo largo de toda la avenida. Estos asientos de obra cuadrangular contienen en su interior grandes formaciones vegetales a fin de embellecer el  ornato callejero de las amplias aceras que acompañan a la gran calzada central. Desde luego, el contenido de la conversación (aproximadamente, estuvimos más de media hora charlando) resultó de inestimable interés.

No me concretó su edad, aunque yo deduje que mi interlocutor, de nombre Jonás, estaría a mitad de camino de su veintena. Como era fácilmente identificable, por su forma expresiva, no había nacido en Andalucía. Era natural de La Coruña aunque, por circunstancias familiares, había vivido en diversas provincias españolas, especialmente aquéllas que están ubicadas por el norte peninsular. Me comentó que sus padres habían trabajado siempre en diversas actividades relacionadas con el espectáculo circense. Su relación con los libros se había visto condicionada por esos frecuentes desplazamiento que familiarmente habían tenido que afrontar, sin la necesaria estabilidad residencial. Allí, en el mundo del circo, había aprendido a ejercitarse en diversas modalidades del juego manual con los objetos en el aire, colaborando también laboralmente en los trabajos de montaje y desmontaje de las instalaciones circenses. Pero él no quería someterse o seguir con la vida nómada que habían llevado sus padres. Éstos, ahora ya próximos a su jubilación, pensaban volver a las raíces territoriales familiares, instalándose de una manera estable en un viejo caserón del campo coruñés, que perteneció a sus abuelos ya fallecidos.

Sin un oficio determinado, tenía el proyecto de realizar alguno de los cursillos programados por la consejería de trabajo de la comunidad gallega. Se había inscrito ya en uno de estos cursos, a fin de obtener la acreditación de dinamizador en actividades turísticas, que comenzaría, más o menos, a un mes vista desde la fecha. Hasta que llegara ese momento, se había animado, junto con otros dos compañeros de su trabajo en el circo, para viajar y conocer un poco más de estas tierras cálidas del sur andaluz.  

Reconocía que habían viajado prácticamente “con lo puesto”. El auto stop les había ido relativamente bien, aunque en algún tren habían viajado sin pagar, aplicando para ello decisión, destreza y, por qué no, un tanto de suerte. No obtenían mucho capital con las actividades malabares. Sin embargo, por las noches a la hora del cierre, se acercaban a supermercados y superficies comerciales obteniendo material en productos ya  caducados pero en buen estado. También, a la hora del cierre de los mercados públicos, conseguían rebuscar en las cajas abandonadas junto a los contenedores de residuos. Incluso habían comerciantes que les daban directamente algunos perecederos o productos que obviamente ya no podían poner a disposición del público. Aquí en Málaga han encontrado un maravilloso filón generoso con los Ángeles de la Noche, poniéndote en la cola correspondiente a eso de las siete de la tarde. No falta una bolsa de comida gratuita, con la que calmar esa necesidad que todos tenemos con respecto al alimento.

¿El aseo? En la vida itinerante y bohemia este aspecto no supone una de sus principales preocupaciones. Pero en las estaciones de autobuses, también en las áreas de servicios de las carreteras, suele haber posibilidades para afeitarse, lavarse algunas de las partes corporales e incluso para utilizar una ducha. El dosificador de jabón o gel supone también una ayuda muy apreciada.

Mi interlocutor valoraba en mucho el clima de estas ciudades del sur peninsular.

“Aquí se puede descansar cómodamente debajo de una palmera, en un banco de los numerosos jardines o incluso en ese lecho tan apacible que ofrece la arena en la playa. Para situaciones más complicadas, es bueno informarse si existe algún centro de transeúntes de titularidad municipal, donde te permitan pasar la noche. En algún caso te embarcas en la aventura de “contratar” un trozo de gomaespuma donde dormir esas horas nocturnas, sea en el pasillo de esa vivienda “multi-utilizada” o en una habitación donde hay hasta seis u ocho personas descansando (como “sardinas en lata”) pagando unos pocos euros por este servicio “pirata” del que te informas a través  del “boca a boca” de los compas y amigos”. 

Las manecillas del reloj se acercaban ya a las dos de la tarde. Agradecí al Jonás, sinceramente, toda la información que se había prestado a facilitarme, con esa franqueza y aparente transparencia que contenían sus palabras. Le deseé suerte y la mejor fortuna (también a sus dos amigos, Johnatan y Marcel) para las opciones que eligieran en la posibilidad de los días. Lógicamente me sentí obligado en corresponder a la disponibilidad que había mostrado en atenderme. Era de básica justicia. Le pregunté si prefería que volviéramos a entrar en el súper, en donde nos habíamos encontrado, a fin de comprarle algunos productos alimenticios, o si prefería alguna colaboración económica para mejor sobrellevar ese “road movie” que efectuaba con sus dos amigos (los cuales continuaban, a muy pocos metros, bailando sus cromáticas pelotitas de goma en el aire). Me respondió que, dada la variabilidad de productos alimenticios que el propietario chino ofertaba, le comprara unos bollos de pan con algo suculento que repusiera sus energías. Así lo hice y el joven se fue feliz con sus tres bocadillos bien rellenos, latas de cerveza y unas manzanas. Añadí algún tableta de chocolate pues, según me indicó, les daba fuerza y energía para llevar a cabo los ejercicios de su diestro espectáculo. 

Continué mi deambular callejero, ahora ya camino de vuelta a casa. Lo avanzado de la hora sobre el mediodía aconsejaba hacerlo. Había que reponer fuerzas, tanto en lo orgánico como en la estructura anímica. Había resultado emocionante e interesante el diálogo con este joven aventurero. Ya llegaría después  la tarde, en la que habría que renovar la  construcción de las horas y sus minutos. A buen seguro nos seguirían llegando numerosas imágenes, con sus preguntas y respuestas, para la curiosidad y la distracción. Y siempre con la prevención sobrevenida, ante las numerosas opciones que tenemos por delante para nuestra mejor elección. En cada experiencia no faltarán los aciertos y los errores. Aunque éstos últimos nos incomoden, no hay que olvidar esa socorrida frase que nos habla de la “ley de las compensaciones”. Tiene que haber en lo humano (no puede ser de otra forma) frustraciones y desaciertos, pero al tiempo encontraremos en nuestro protagonismo vital otras opciones acertadas y exitosas, incentivos que nos compensarán y gratificarán ampliamente.

Uno de los protagonistas de este relato no llegaría a conocer el contenido de las palabras que un joven de veintinueve transmitía a otros dos amigos, mientras consumían un suculento bocadillo de jamón y queso, sentados en una de las escaleras del puerto que se sumerge lentamente en las aguas azules del mar. Bajo ese grato sol, con que nos obsequia la primavera cercana, Jonás comentaba con sus compañeros de “ágape” la siguiente confidencia:

“Os comento, colegas, que en un primer momento estuve a punto de explicarle la verdad. Pero, ante lo imprevisto e incisivo de sus preguntas, decidí inventarme (ya conocéis mi facilidad para dar vida e improvisar las más curiosas historias) esa “película” de mi pertenencia a una familia de circenses, junto a mi deseo de llevar una vida más estable y menos trashumante, que la que te ofrecen por las ferias y fiestas de tantos pueblos y ciudades de este país. He acabado situando a mis padres genéticos en un caserón gallego, recibido en herencia de unos abuelos que ya no están. Total, que este hombre se ha marchado tan convencido y agradecido. Encima nos ha comprado la merienda de hoy.

Estas personas nunca se imaginarán que muchos pertenecemos a familias “demasiado” acomodadas, en las que se nos ha dado de todo, en las que hemos tenido de todo, seguro que demasiado, diría yo, mucho más que aquello de lo que realmente necesitábamos. Esa vida de “barroca” opulencia familiar, junto a compañías no muy aconsejables (si os contara la gentuza con la que estado pegado …) nos ha llevado por los caminos tortuosos de la degradación más desagradable (el cielo “hipócrita” de la drogadicción) y la delincuencia.

Pero algún día aparece la luz. El destino nos ha querido poner ahora en estos programas de rehabilitación y simulación, que buenos “cuartos” le cuestan a esa organización benefactora de gente bien que quieren sanear sus malas conciencias, a fin de que encontremos un mejor equilibrio en nuestra azarosa, alocada y peligrosa existencia. Esta noche ya tengo tema suficiente para contarle a mi tutor, por skype, las experiencias del día.

Por cierto, cambiamos una vez más de territorio. La semana que viene creo que nos mandan a Canarias, donde tenemos que improvisar un trabajo de socorristas. Se aprende muy rápido, con esto de pasar de una actividad a otra. La verdad es que con las pelotas de goma y los aros hemos dado el pego. Parecemos unos profesionales de la farándula. Me aclaran que cuando lleguemos a las islas, nos tenemos que poner en contacto con un departamento de la Cruz Roja. Nos indicarán la dirección de esta institución, la cual nos dará las instrucciones oportunas para este nuevo ejercicio de simulación e integración social. Desde pequeño, siempre he escuchado que la población canaria suele tener un positivo y alegre concepto de la vida …”



José L. Casado Toro (viernes, 23 Febrero 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


No hay comentarios:

Publicar un comentario