sábado, 28 de octubre de 2017

AQUEL VENDEDOR DE LOTERÍA O LA REALIDAD DE LO IRREAL.

¿Dónde se halla la realidad de todas esas apariencias que nos rodean por doquier y de las que formamos parte en nuestro deambular cotidiano? Qué nivel de verosimilitud tiene todo aquello que, consciente o subliminalmente, vemos o lo que se nos quiere hacer ver? Son preguntas que nos podemos hacer durante esos espacios para la reflexión que tal vez tengamos la suerte de reservar, en un mundo en que la servidumbre al reloj marca la disponibilidad de los tiempos y la suerte de las voluntades. Realidad o ficción, apariencia o verdad. Veamos una interesante historia inserta en este contexto de luces y sombras.

Me desplazaba viajando en un autobús municipal de transporte, con la intención de llegar a un espacio alejado del centro urbano, cuando observé a un hombre modestamente vestido cuya edad, a tenor de sus rasgos faciales, estaría rondando la sexta década de su existencia. Llevaba colgado de su cuello un chapón, en el que había prendido con unas pinzas metálicas un número indeterminado de décimos o participaciones de la lotería nacional, a sortear en la cada vez más cercana Navidad. Se trataba de una  de esas personas quienes tienen por costumbre o hábito el expresarse con un tono elevado de voz. Así que pude enterarme sin dificultad acerca de aquello que estaba contando, desde su asiento, a otro hombre mayor que permanecía de pie, asido a una de las barras verticales de seguridad que existen en este tipo de transporte público. Parecía interesante todo aquello que este buen hombre le explicaba a su interlocutor, sobre las peculiaridades de su trabajo.

“Le presto un buen servicio a la administración de lotería que me surte de los billetes. Los décimos no vendidos tengo que devolverlos, al menos con dos horas de adelanto, antes de que se celebre el correspondiente sorteo. Si no cumplo este requisito del tiempo, no se me devolvería el importe de los mismos. La venta de estos décimos me deja un 20 % de ganancia o ayuda, que paga el cliente por la compra de los mismos. Es un porcentaje legal establecido por la Administración para la venta ambulante de la lotería. Si te has fijado, ahora no nos obligan a llevar placa identificativa, como parece que antes era un requisito, pero llevar estos décimos ensartados en la solapa revela cómo nos estamos ganando la vida”.

Lo que me dejó más extrañado fue la frase final que le dijo, al que parecía su amigo, antes de que éste se bajase en una de las paradas.

“En realidad, Blas, a mi no me hace falta la ganancia de este porcentaje. Este oficio lo hago (no a diario, por supuesto) por otros motivos que algún día te contaré”.

Antes de bajarse del bus, este amigo del lotero se despidió con un educado “hasta otro día, Julián”, con lo que pude conocer el nombre de esta persona que desempeñaba la función de vendedor “sin tener necesidad para ello”.

A las personas se nos despierta, en ocasiones, ese comportamiento infantil de ejercer de detectives, lúdica afición que probablemente muchos llevamos dentro. Así que cambié el destino del “senderismo suburbano”  mi primer propósito y continué viajando en el bus, sin perder de vista la intriga que representaba aquel curioso pasajero. Llegamos hasta la parada final de trayecto con sólo tres pasajeros y el propio conductor. Además del lotero, también se apeó una señora que visiblemente venía de comprar desde el centro de la ciudad, a tenor por  los paquetes y bolsas que llevaba, indicando éstos su adquisición en afamados y siempre bien concurridos establecimientos. Me dispuse a seguir, con la mayor discreción, a ese hombre con sus décimos en la solapa, el cual caminaba sin poder evitar o disimular una leve cojera que sufría en su pierna izquierda.

Tras caminar por un par de calles, el lotero giró hacia una zona en la que predominaba el entorno natural. Viviendas unifamiliares diseminadas, la mayoría de las mismas con sus patios y pequeñas zonas de cultivo, Entró en una de esas casas encaladas de un blanco reluciente, debido a un día soleado y térmicamente caluroso de otoño, tras atravesar un amplio patio ajardinado por donde paseaban a sus anchas, con su andar majestuoso, un número indeterminado de gallos y gallinas. Anejo a la vivienda había un zona hortícola con cultivos de tomates, pimientos, zanahorias y una gran parra rodeada de varios cítricos, como naranjos y limoneros. Escuché a unos perros que ladraban ante la llegada del dueño probable propietario, aunque estarían amarrados ya que, para mi fortuna, no hicieron acto de presencia.

Con todo este trajín, miré mi reloj que marcaba ya las 13:50. Verdaderamente había salido de casa un poco tarde, para una mañana senderista, pero ciertamente el tiempo había avanzado con rapidez. Se acercaba la hora del almuerzo y me preguntaba que hacía yo allí, en una zona ruralizada del extrarradio, siguiendo a un señor que se ganaba la vida vendiendo lotería y todo por esa frase misteriosa manifestada a su amigo de  que “en realidad no necesito esta ganancia. Algún día te contaré … por qué lo hago”, más o menos, así fueron las palabras que escuché por mi proximidad a los dos veteranos viajeros.

Ya que había llegado hasta allí, me dije “y por qué voy a desistir ahora de conocer lo que puede ser una interesante historia”. Golpeé en la puerta, con los nudillos de la mano, ya que el envejecido timbre colocado en un lateral no funcionaba. Me abrió una señora, entrada en kilos y de parecida edad a la del hombre que había estado siguiendo. Pregunté por Julián, pues no había olvidado ese nombre mencionado en el bus. “Ah sí, es mi hermano. No se quede en la puerta y pase”. De inmediato y a viva voz, reclamó la presencia de este familiar. “Julián, aquí hay un amigo que te busca”. En poco segundos tenía a este hombre ante mi. Ya se había desprovisto de los billetes del sorteo, aunque mantenía la misma ropa que llevaba en el bus. Me observaba con cara de curiosidad y extrañeza, aunque por su sonrisa inmediata entendí que me había reconocido. “Vd. es uno de los viajeros del autobús ¿Me he dejado algo en el asiento? Es que soy algo despistado”. Pero al momento reflexionó. ¿Pero cómo ha dado Vd. con mi domicilio? ¿Es Vd. policía?

“Bueno, ante todo quiero presentarme y disculparme, por aparecer así en su casa. No, no soy policía. Iba en el bus que Vd. utilizaba hace unos minutos y no pude por menos que escuchar parte de la conversación que mantenía con un conocido o amigo. Le confieso que me dejó un tanto intrigado la frase que pronunció, acerca de que ejercía el trabajo de vendedor de lotería, pero que en realidad no le hacía falta. Entre mis aficiones se encuentra la de escribir. Elaboro artículos, narraciones, alguna entrevista, etc. Siempre que llega a mi conocimiento alguna historia, anécdota, suceso, etc. me gusta profundizar en la noticia para después poder aplicar algo de su contenido a esos relatos que construyo con bastante frecuencia. De ahí que me animase a seguirle. Pretendía preguntarle (comprendo que la hora no es la más oportuna para hacerlo) el por qué sigue ejerciendo ese trabajo, sin duda abnegado, cuando no necesita de sus ganancias, pues creí entender que tenía la vida resuelta en el aspecto económico. Efectivamente le he seguido, como si fuera un detective, por lo que de nuevo quiero disculparme. Por supuesto, si acepta hablar conmigo en otro momento, tendré mucho gusto en acudir a la cita y no dude que le compraré un décimo de esa lotería que ofrece, día a día, por toda la ciudad”.

Durante mi extensa explicación, Julián me miraba con su rostro dominado por el asombro. Sin duda se estaba preguntando cómo un desconocido lo había seguido hasta su domicilio, con el ánimo de preguntarle por una frase pronunciada ante un amigo con el que dialogaba minutos antes. Por un momento temí que la reacción del lotero fuese algo drástica y me mandase a paseo. O igual podría pensar que mi intención no era exactamente aquélla que acababa de razonarle. Su hermana, Felisa, no me quitaba un ojo de encima y con cara de pocas amigas. Pasaron unos segundos (que me parecieron años) y entonces el vendedor rompió su expectante y largo silencio.

“No, no tiene  por qué preocuparse. Vds. los que escriben, necesitan temas para llenar las cuartillas con sus historias. En realidad me lo podría haber preguntado en el bus y tal vez yo se lo habría explicado, sacándole de sus dudas. Aunque me parece un poco raro su comportamiento, creo que su voluntad es buena. Son casi las dos y media. Es la hora de echar algo al cuerpo. Si le parece, Felisa no va a tener problema de añadir un plato más a la mesa, por lo que le invito a que coma con nosotros. Vd. me cuenta un poco de su vida y después, cuando tomemos el café, yo le aclaro la frase que tanto le ha motivado, narrándole una historia que es un poco larga pero, le aseguro, interesante ¡Hermana, hoy me decías que ibas a preparar unas lentejas con chorizo y morcilla. Vamos a disfrutarlas”.

Me sentía abrumado por la generosidad de estas dos humildes y amables personas. No pude negarme a su hospitalidad, por lo que compartí un suculento almuerzo, elaborado con la maestra habilidad de la cocina tradicional. Me explicaron que en la bien surtida ensalada, todos sus vegetales procedían del huerto que tenían junto a su casa. Eran productos caseros, al igual que los huevos, la leche y algunas de las carnes que consumían. A la hora del postre, Felisa trajo una saludable bandeja repleta de fruta. Las manzanas y las naranjas también eran cultivos de “la casa”. Una nota simpática, en ese muy agradable almuerzo, fue la entrada en el comedor de la casona de un par de gallinas que pasearon cerca de la mesa con la mayor tranquilidad y parsimonia en sus típicos andares. Curiosamente, ni el perro ni los dos gatos (bien alimentados, dada su gordinflona anatomía) que dormitaban en uno de los sillones, hicieron el más mínimo además para asustar a las dos aves que, tras su “visita” dieron la vuelta y salieron atravesando la puerta por donde habían entrado. Verdaderamente en esta casa, con esta forma de vida tan natural y apacible, se estaba muy bien. Podría afirmar que me sentía feliz con la “osada” decisión que había tomado allá en el bus. Nos sentamos pues a saborear el café junto al hogar, cuyos leños aún estaban apagados. “Por la noche , en esta zona entre colinas, suele hacer ya frío en esta época del otoño”.

“Mi historia es bastante larga, pero voy a tratar de resumirla lo mejor que pueda. Como ya he comprobado que tiene buena memoria, no tendrá que tomar nota alguna. Entonces ¡vamos a ello! Pertenecemos a una acomodada familia, sin problemas para el sustento de cada día. Heredamos de mis padres una serie locales, aparcamientos y algún piso, pues mi familia, en una época de bonanza económica, supo invertir y bien. Pienso que con mucha valentía e inteligencia. Los alquileres de todas esas propiedades nos proporcionaron (y lo continúan haciendo) unas buenas rentas, pagadas lógicamente por sus usuarios. Ha sido siempre un dinero fácil y seguro que nos llega cada mes. Tanto mi hogar familiar como esas propiedades se hallan ubicadas en una provincia andaluza, no lejos de Málaga. Allí nos codeamos con familias de “la buena sociedad” por decirlo de la mejor forma. Somos muy apreciados, si preguntaras en los mejores círculos sociales.

Pero (y aquí aparece el problema) esa forma netamente rentista de vida te pone por delante mucho tiempo de ocio, excesivas horas de no hacer nada y aburrirte, pues nunca he tenido la preocupación, como la mayoría de las familias, por buscar un sustento con mi trabajo. Esa pasividad, esa falta de motivación, ese ir acumulando capital tras capital en los bancos, ese levantarme por la mañana sin saber qué hacer… acabó por afectarme gravemente en lo psíquico. Desmotivación, aislamiento, depresiones a “mantas”, toma de pastillas y mil brebajes… tabaco y alcohol… todo un círculo vicioso que los médicos no sabían cómo parar. A ello ello se unió un importante accidente de moto, con secuelas de movilidad que todavía mantengo.

Esta “ingrata” situación la estuve padeciendo hasta que tuve la inmensa suerte de encontrarme con un médico joven y de ideas innovadoras. Uno de esos especialistas a los que llaman naturalistas. Le expliqué bien toda mi situación (tanta medicación me estaba destruyendo el cuerpo) y, tras estudiar detenidamente el caso, me propuso una aventura que, según su experiencia y conocimientos, podría ayudarme.

La terapia básicamente consistía en que tenía que cambiar de manera drástica mi forma de vida. Y tenía que hacerlo habiendo superado ya los sesenta, en la edad. Estudiamos varias posibilidades y vimos una que podría ponerme en contacto con la gente, abrirme sanamente hacia los demás, saliendo de ese círculo “elitista” en  el que siempre me había movido. Era muy arriesgada, en lo social, por lo que me desaconsejaba llevarla a cabo en mi ciudad natal. Allí sería, seguro, muy malinterpretada. Me dijo el Dr. Caprial “Por qué no `pruebas a ejercer de vendedor ambulante, por ejemplo, lotería? Podrías dedicar a esta honrada actividad una semana o más días cada mes. Creo que te ayudaría a acercarte a ese mundo de la llaneza del que te has alejado por tu “estabilidad y acomodación sociológica”.

Entonces aproveché la generosidad de mi única hermana que, desde su matrimonio, reside en Málaga. Su forma de vida, siempre ha sido bien diferente a la mía. Su marido, ya fallecido, era un honrado y laborioso agricultor. Felisa ahora ya no posee todas las tierras que llegó a disponer hace años, pero aún tiene sus huertos y pequeña ganadería. Vengo a Málaga cada mes, acogiéndome a su desinteresada y generosa hospitalidad, durante un par de semanas. Y ejerzo de vendedor de lotería, pues aquí nadie conoce mi verdadera identidad. Este trabajo o experiencia me reporta, te lo aseguro muy saludables ventajas. La más importante, entre todas, es que mis viajes a la farmacia se han reducido al mínimo. Entablo buenas amistades con gente sencilla, recorro barrios, calle y plazas, analizando y aprendiendo de la reacción que me deparan las personas, con sus metas y proyectos, junto a esas cargas o problemas que también nublan nuestros horizontes, entablando el diálogo y sintiéndome útil. A unos les doy ilusión y premios. También facilito el trabajo de la administración de lotería y ayudo a que Hacienda tenga fondos con que pagar tantas pensiones y proyectos”.

Nuestra conversación se extendió hasta cerca de las cinco de la tarde. Agradecí a los dos hermanos la hospitalidad y comprensión que me habían deparado. Antes de despedirme, les prometí enviarles el borrador escrito de esta historia que obviamente saldría a la luz, con nombres supuestos y con algún que otro añadido que ayudaría a enriquecer el relato. Felisa, la buena señora, me preparó en una cajita una docena de huevos para que los llevara a casa, garantizándose lo bien que comían sus gallinas.

Tomé el bus de vuelta con destino al centro de la ciudad. Mientras viajaba en uno de sus asientos, repasé el número del décimo de lotería que había comprado a Julián, cifra cuyos dos últimos dígitos terminaban en 72, número que me recordó otra curiosa historia en la memoria. Me preguntaba, estando ya muy cerca de mi parada, si todo lo que me había confiado el muy peculiar lotero, respondía a la verdad. Probablemente no sería así, pues nuestras vidas tienen pinceladas de ficción y otras también que reflejan la realidad. Igual ocurre en la elaboración de los relatos, donde la dialéctica entre lo irreal y la realidad enriquecen una muy fructífera y ejemplar construcción literaria.-

José L. Casado Toro (viernes, 27 Octubre 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
jlcasadot@yahoo.es

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