viernes, 6 de mayo de 2016

ENCUENTRO DE TRES IDENTIDADES, EN LA AVENTURA DE UN SÓLO NOMBRE.

Seguro que, unos y otros internautas, hemos caído alguna vez, poniendo algo de color al tiempo de ocio, en la pícara tentación de escribir nuestro nombre completo sobre el recuadro “sediento” de ese buscador universal, tan versátil para casi todo. Efectivamente, más que localizar alguna información sobre nosotros mismos en el Google nos preguntamos, con esta divertida acción, si hay alguien por esos mundos de Dios al que, el destino u otras circunstancias, le han adjudicado un nombre y apellidos idénticos al nuestro. También resulta atrayente la segunda parte de esa curiosa búsqueda o investigación. Consiste esta fase en pulsar el menú de imágenes, a fin de echarle la vista a ese otro yo que luce y responde a los datos de identidad que nos contemplan, en el Registro Civil de nuestra localidad.

Tampoco hay que extrañarse de que existan, en la amplia geografía nacional o incluso mundial, otras personas que también poseen nuestros mismos nombres y apellidos. Algo parecido ocurre con los topónimos geográficos. Un mismo término puede aparecer en espacios y culturas muy distanciadas o contrastadas. Pero no es lo mismo la coincidencia de un sólo término espacial para la localización, que los tres elementos usuales que componen el nombre completo de una persona. Y esta curiosa coincidencia ocurrió, en el contexto de la historia que vamos a resumir.

Era un cálido sábado de verano cuando Alejandro M.T. un policía local de una importante capital andaluza, se hallaba (a causa de los turnos organizados por la jefatura a la que pertenece) libre de servicio. Su antigüedad en el cuerpo de seguridad local no era muy elevada, ya que alcanzó dicho puesto por oposición cuando había cumplido los 25 años. En la actualidad tiene cuatro años más, está casado y es padre padre de una niña pequeña que ya ha gozado de dos primaveras.

Esa tarde, él y su mujer habían previsto salir. Necesitaban realizar unas compras en el centro comercial de la barriada donde residen pero, dado el intenso calor que aún soportaba la ciudad a esas horas del estío, decidieron esperar hasta después de las siete, cuando la temperatura fuera algo más benévola. Hasta el momento de cambiarse de ropa para la calle, se sentó un rato frente al ordenador. Navegando por entre las páginas webs, llegó hasta el portal de Google y fue entonces cuando se le ocurrió la idea de teclear su nombre completo, con la curiosidad de ver cuáles eran las entradas que le proporcionaba ese afamado buscador universal.

Para su sorpresa, además de un reportaje de prensa con fotos en la que él aparecía con los demás compañeros, el día en que les fue entregado el nombramiento de policías locales, había otras informaciones relativas a dos personas que también tenían sus mismos nombres y apellidos.
Todo aquel que posee experiencia en la “navegación” por las redes de Internet conoce que una página suele llevar a otras, como si fuera un sistema arbóreo de ramas enlazadas. Puede llegar el caso de que el tejido formado por esas redes informáticas sea verdaderamente muy extenso. A causa de ello, Alejandro dejó para la noche la investigación sobre esos otros dos compañeros que portaban la misma nomenclatura en su identidad. 

Tras la cena, mientras su compañera Basi se puso a ver la película que daban por la 2, él se acomodó frente a la pantalla del portátil, dispuesto a continuar la investigación que había iniciado unas horas antes. Aparecía en primer lugar un Alejandro M.T. que, a tenor de unas fotos y unas informaciones sindicales de la provincia castellana de Salamanca, era un transportista de mercancías. Deducía, por la naturaleza de las informaciones ofrecidas, que este profesional ocupaba algún cargo directivo en la estructura de un sindicato local o regional del sector. A tenor de las imágenes, en que se veía a esta persona delante de un enorme tráiler viajero, aparentaba alcanzar el medio siglo de vida, más o menos.

Otro Alejandro M.T. vestía en las fotos un elegante clergyman, sobre su generosa humanidad corporal. Persona mayor, aparentaba andar por las seis o siete décadas en su existencia. En las entradas de texto, había unas hojas parroquiales de catequesis, con textos firmados por este venerable sacerdote. Esos y otros datos indicaban una localización espacial aragonesa, no exactamente de Zaragoza capital sino de otro municipio de la región.
Alejandro, muy aficionado a la lectura y al disfrute con las películas en el cine, trató de imaginarse algunos rasgos acerca de los caracteres de sus otros dos compañeros de identidad. El salmantino ofrecía una imagen de persona resolutiva, activa, lógicamente viajera y con previsibles dotes de liderazgo. Tal vez, un tanto nerviosa o temperamental. Tenía la piel muy cobriza, bronceado consecuente de estar muchas horas en la sucesión de los días, viajando de un lugar para otro, desplazando las mercancías a su cargo. En cuanto el cura aragonés, su imagen sugería o aparentaba ser una persona tranquila, sosegada, bonachona, amante sin duda de la buena mesa, por la circunferencia que mostraba la horizontalidad de su cuerpo. Dada la hora avanzada de la noche, decidió irse a la cama para descansar. Al día siguiente, aunque era domingo, le correspondía prestar servicio durante una larga jornada. En concreto, una de esas actividades programadas era la de hacer guardia, junto a otros compañeros, en la celebración de una corrida de toros, espectáculo en el que no se sentía en absoluto a gusto. Nunca había sido seguidor de una fiesta popular que consideraba cruel  para con los animales.

Ya en la cama, antes de conciliar el sueño, estuvo elucubrando la mejor forma de ponerse en contacto con estas dos personas de su mismo nombre. Tal vez en Estadística o en el Registro Civil del Juzgado pudieran proporcionarle algún dato telefónico al respecto. De todas formas, se propuso rastrear mejor por las páginas de Internet,  a fin de buscar un correo electrónico o incluso entrar en los listados de Facebook. Se mostraba dispuesto a conocer, un poco más en lo posible, a estos dos compañeros de nomenclatura.

La constancia de este policía local fue dando sus frutos, aunque no de una forma rápida. Consultas en las redes sociales; visitas a la Delegación local de Estadística; también, correos a las de Zaragoza y Salamanca; entrevistas con responsables del Registro Civil; investigación a través del buscador Google; cartas a los departamentos de estadística de diversos ayuntamientos; llamadas telefónicas al obispado de Zaragoza; también, a la Asociación Nacional de Transportistas; contactos con varias compañías de telefonía móvil; etc.  Todo ello fue creando, de manera paulatina, una base de datos que permitió, finalmente, poner en comunicación a los tres Alejandros, que residían en Andalucía, en Aragón y en la Comunidad Autónoma de Castilla y León. Tras un par de meses en el proceso y un mes más, a fin de cuadrar fechas en las respectivas ocupaciones que los tres ciudadanos desempeñaban, acordaron reunirse en Madrid, punto más o menos equidistantes de sus ciudades de residencia, en un sábado de diciembre, estando muy próximas ya las fiestas navideñas.

Ese día, desde sus respectivos hoteles, las tres personas del mismo nombre acudieron a un céntrico restaurante, cercano a la muy concurrida Plaza Mayor de Madrid. Tras un cordial saludo inicial, dedicaron unos muchos segundos en escudriñarse recíprocamente, contrastando la imagen inicial que todos ya poseían (habían intercambiado unas fotos) con la realidad física que ahora tenían a muy pocos centímetros de su vista. Curiosamente, los tres Alejandros M.T. en un gesto nervioso, sacaron de sus carteras los D.N.I que cedieron amablemente para su comprobación a sus interlocutores. Tomaron una mesa y tras ojear la carta, que el camarero les había facilitado, pidieron un cocido madrileño. Mientras esperaban la suculenta comida, con sus copas de Rioja bien repletas, cada uno de ellos fue haciendo una breve presentación biográfica para el conocimientos de los demás.

“Me doy cuenta (habla el sacerdote, Alejandro M.T.) que pertenecemos, por nuestras edades, a tres generaciones distintas. Es evidente que, con mis 68 años, yo soy el mayor. Mi familia es muy reducida. Sólo tengo un hermano, bastante menor, que ¡es actor! y vive en el extranjero, hace ya muchos años. Desde que me hice sacerdote, he pasado por diversos destinos pastorales hasta fijar mi residencia de una manera más estable. En la actualidad soy párroco de un precioso municipio en el norte de Zaragoza. Aunque nunca me he puesto a investigar como tú, siempre he pensado que todos tenemos por ahí nuestro otro yo, tanto en los nombres como en el parecido físico. Sabéis que somos obra de Dios y de la naturaleza, verdades que, no pocas veces, se comportan de una manera traviesamente divertida y misteriosa. Lo que resulta curioso es que nuestros apellidos hayan coincidido en tres momentos del tiempo, separados por unos veinte años de diferencia. Y eso sin que nuestras familias hayan tenido contacto alguno. Pero así son estas casualidades, en estas nuestras primeras vidas”.

Todos sonreían, ante las “paternales” palabras del bondadoso sacerdote, un cura de almas, como antes se solía decir. A continuación tomó la palabra el transportista, Alejandro M.T. expresivamente una persona de modales menos cultivados o elegantes.

“La verdad, yo tengo que decir que todo esto me parece una historia de cine. Demasiado novelesca. Y tampoco hay que darle tanta importancia a que otra persona se llame igual que tú. Pues será una coincidencia. Esas cosas pasan. Pero este no es mi problema. Yo me gano la vida en la carretera, llevando de aquí para allá, todo tipo de mercancías. Desde electrodomésticos y comida, hasta animales vivos. Recuerdo una vez que tuve que transportar una camioneta llena de cochinos. Me tengo que ganar así la vida, Y el lunes, otra vez a la carretera. Llueva o haga sol. Entiendo la curiosidad del policía, que ha movido todo esto. Pero a mi, el estar aquí hoy, me ha costado mi buena pasta. Y los euros no te los regalan.. Pero nada, sigamos con la película”.

Finalmente, con la sopa inicial del menú, encima de la mesa, fue el andaluz, Alejandro M.T. quien expresó su planteamiento inicial.

“Efectivamente, he sido yo quien ha dinamizado esta posibilidad. Y os agradezco en el alma vuestra generosidad y esfuerzo, para que hoy pudiéramos estar aquí reunidos. Localizaros y acordar este punto de encuentro, os lo aseguro, no ha sido tarea de un día. Pero qué cosa resulta fácil en estos tiempos, en que todos estamos “atrapados” por nuestras ocupaciones y tentaciones materiales. Como decía Alejandro, de Aragón, en este caso yo sería el menor, como “el nieto” en esa generación que conforman nuestras edades. La razón de todo este entramado es que tenía curiosidad por conocer a esas otras personas que llevan exactamente mi nombre y apellidos. Sí, Alejandro, de Castilla, tal vez sea una tontería, pero no me negarás que resulta curioso el que sin tener vínculos familiares se dé también la coincidencia de los apellidos. Ya conocéis que trabajo en la seguridad, como policía local. A partir de hoy podré decir que tengo dos amigos más, o si queréis, algo así como un padre y un abuelo. Cosas de la vida”.

Poco a poco, la atmósfera relacional se fue relajando para la curiosidad y necesidad del afecto. Dieron las cinco de la tarde y aún continuaban con la sobremesa de los cafés, hablando y charlando sobre sus vidas y los avatares diarios de la profesión que los tres desempeñaban. Por sugerencia del sacerdote, acordaron reunirse una vez cada año, por estas fechas. Irían alternando los lugares del encuentro. Comenzaría este recorrido anual por Zaragoza, lugar de residencia del mayor de los Alejandros M.T. Al sentirse de alguna forma “hermanados” y con el fervor propio de la emoción, la buena mesa y la embriagadora bebida, se comprometieron a prestarse ayuda recíproca, no sólo en lo material, en caso de necesidad. Finalmente, intercambiaron algunos regalos que habían traído para la reunión. Un rosario de plata, con la Virgen del Pilar, una botella de tinto reserva de Toro y una artística jarra de cerámica granadina.

Ya en la mañana del domingo, volvieron a encontrarse en la estación cosmopolita  de Atocha. Con breves diferencias en el tiempo, los tres Alejandros partieron hacia sus lugares de origen. El sonido pautado de las ruedas, sobre los raíles de la distancia, alejaban y, al tiempo unían, a tres vidas, a tres generaciones y a un solo nombre.-


José L. Casado Toro (viernes, 6 Mayo 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

No hay comentarios:

Publicar un comentario