viernes, 12 de septiembre de 2014

ORQUÍDEAS Y ROSAS ROJAS, EN EL SANTO DE DELIA.


Cada mañana, Delia se despierta muy temprano, cuando apenas ha comenzado a clarear. Así un día tras otro, de lunes a sábado, ya que el domingo cierra sus tiendas el centro comercial donde trabaja, salvo para esos días de fiestas y rebajas señalados en la normativa laboral. Un tanto pensativa, mira a su pareja que aún duerme, disfrutando de esa egoísta apropiación de la sábana y la colcha de las que tan bien sabe dotarse, en su apacible navegar por lo onírico. Mientras él reposa bien envuelto, entre ronquido y ronquido, ella piensa ilusionada en la novedad que fielmente le aguarda, tras la pantalla, mágica y traviesa, de su ordenador. 

Tiene que estar puntual en la tienda, no más tarde de las 9 y media. Aunque cada día, tras el cierre, las cuatro compañeras han de quedarse el tiempo necesario para colocar bien las prendas en los expositores, incluso para limpiar el suelo de la franquicia, se les exige llegar esa media hora antes de la apertura, a fin de repasar los últimos detalles que posibiliten la buena acogida de los clientes. Hoy, al igual ayer, el reloj marca poco más de las siete de la mañana. Hay tiempo más que suficiente para despertarse con placidez, pensando en la nueva sorpresa que a buen seguro la espera en ese escritorio on-line para la ilusión.

Cinco años ya de convivencia con Adrián, compartiendo una normalidad rutinaria y clamorosamente aburrida, en la que lo previsible se hace insoportable y en la que apenas hay encanto para las sonrisas. Él continúa con sus rítmicos resoplidos mientras ella, con los ojos entreabiertos, dibuja palabras y confidencias que pueden hacerse reales, a poco que abandone el lecho para el descanso. Y es que, cada una de las mañanas, ella se encuentra unas palabras de cariño, aliento e incluso amor, tras los píxeles afectivos de un anónimo comunicante. Así ocurre desde hace ya un par de semanas. Pero ¿quién puede ser esa persona que le transmite tan hermosas sensaciones? ¿Quién se esconde tras esos párrafos que le motivan para dibujar el nuevo día con un mejor talante para la vida?

Con presteza se dirige hacia el saloncito donde reposa el ordenador. No hay prisas para la ducha. Tampoco para esa taza de café bien cargado que después completará en la cafetería adjunta al hipermercado del complejo comercial. Tras el reinicio informático, y con la tensión propia de la novedad, abre su listado de correos. Y allí está él, sólo con su nombre, Luis. Ese admirador, amigo, tal vez compañero o vecino, le transmite unas hermosas palabras que le vitalizan y, al tiempo, sosiegan.

“Buenos días, admirada Delia. Hoy sí quiero escribir tu nombre. Aquí estoy de nuevo, para compartir unos minutos o segundos, que te ayuden a sonreír. Nos espera una larga jornada, con ese trabajo que ayudará a sentirnos útiles para el servicio a los demás. Sé que es duro estar tantas horas de pie, atendiendo a un público, a veces caprichoso y en otras ocasiones impertinente o locuaz. Pero, en esos momentos de cansancio o desánimo, quiero transmitirte mi cercanía y admiración. Sabes muy poquito de mí pero ….. es natural. Son todavía escasos los correos que, como éste que lees, escribo cada noche pensando en tu hermosa realidad. Así voy a continuar haciéndolo. Hasta que un día te animes a responder a estas palabras y líneas que sólo encierran, con el susurro de lo íntimo, afecto y amistad. Un beso. Luis”. 

Esta travesura matutina, de la que Adrián es completamente ajeno, sirve para tranquilizar la inquietud ante el nuevo día que Delia ha de afrontar. Igual nos ocurre a casi todos, cuando abrimos las páginas inciertas o previsibles para un número más en el calendario. Tras el ritual de la ducha, cocina y marquesina de bus, viaja camino de su trabajo con otro talante, con otra motivación para la obligación necesaria. Ese ¡Hasta luego! todavía adormilado de su compañero de casa, carece de la mínima fuerza que la joven necesita para superar el sopor cansino de su rutina pero, al menos ahora, está recibiendo esas letras misteriosas que le aportan ilusión y ensueño.

Después, en plena vorágine de clientes, egoístas, pesados, contradictorios y preguntones, su realidad personal se ve invadida y compensada por esa nebulosa terapéutica que disimula el entorno personal, tan carente de estímulo en el que se halla inmersa. Y así fueron pasando los días, con la sorpresa matutina de una persona que se ha fijado en ella, transmitiéndole palabras que saben a frescor, a naturaleza y a vida.

Al fin Delia decidió comentar, con el nerviosismo propio de la confidencia, la gratitud emocional que le embargaba. Lo hizo con su mejor amiga y compañera de tienda. “Sí, Mamen,…. tengo un admirador oculto. Una persona, para mí desconocida, que me envía correos todas las mañanas y del que sólo conozco su nombre, Luis. Me aporta esa frescura, esa vitalidad de la que penosamente carezco en mi relación con Adri. Esta persona, en la distancia o en la proximidad, no lo sé, sabe utilizar sus palabras, su delicadeza, su galantería, poniendo color en el árido paisaje relacional que mantengo con mi pareja. Por supuesto, éste nada sabe del asunto. Aunque pienso que, tal y como es él, tampoco se sentiría muy afectado con la noticia. Y esta historia va a completar ya la segunda semana, desde una mañana de lunes en que recibí su primer e-mail”.

Aquel primero de Noviembre tuvo una significación especial para la joven Delia. Cuando Adrian llegó, sobre las tres y cuarto de la tarde, de su laborioso bregar en mensajería, se lavó las manos y sin quitarse el uniforme de trabajo, se sentó a la mesa, a la espera que su mujer le sirviera la comida. Solo un ¡hola! formal fue la palabra o gesto que salió de su boca, una vez que sintonizó la cadena de euro-sport en la pantalla del televisor. Eso sí, añadió, que venía terriblemente cansado de toda una mañana de reparto, por esa telaraña urbana que conforma la ciudad. Su atención al televisor era absoluta, pues estaban dando en diferido un interesante match de la liga inglesa. Su mujer miraba pacientemente al plato de legumbres que tenía ante sí, con el gesto amable y la tristeza contenida. Cinco años ya de matrimonio y la memoria había volatizado el recordatorio en su marido de la fecha que correspondía a su santo. Tampoco este año iba a recibir la atención afectiva. Ni unas palabras amables por parte de Adri ni, por supuesto, ese cariñoso regalo o detalle que reflejara más la intención que el valor. Tras el almuerzo, retiró los platos y cubiertos de la mesa, poniéndolos en el lavavajillas. Él dormitaba, verdaderamente “traspuesto”, a todo lo largo de un mullido sofá. Tenía que volver a la agencia, no más tarde de las cinco.

Pero a la mañana siguiente, cuando Delia acudió a la pantalla del ordenador, encontró, una vez más, esa grata misiva, de su fiel admirador Luis. Adjunto al correo, venía una foto jpg, con muchos pixels de peso. En dicha imagen, se veía un precioso ramo de orquídeas, mezcladas con una docena de rosas rojas, formando un conjunto románticamente espectacular. La lectura del texto la sumió es tal estado emocional que le hizo leer no una, sino tres veces, las líneas a ella dirigidas.

“Mi querida Delia, algo me dice que ayer, en la fecha de tu onomástica, no recibiste esa cálida y tierna felicitación que, sin duda merecías. Aunque a través del correo no puedo trasladarte unas flores, que reflejen tu belleza, al menos te adjunto una foto de lo que me hubiera agradado mucho entregarte de forma personal. Y ya, a estas alturas de nuestra comunicación, te propongo un punto de encuentro, para cuando tu consideres que podamos dialogar, con la proximidad de dos personas que necesitan conocerse. En todo caso, sabremos mantener ese misterio acerca de nuestras vidas, atmósfera que hace aún más atrayente el sentido de nuestra curiosa relación. A la espera de tu respuesta, enviarte mi amistad, apoyo incondicional y, sobre todo, un cariño irrenunciable. Luis”. 

Ese segundo día de noviembre transcurrió con las pautas de lo previsible para la joven pareja. Sin embargo, ya en la madrugada, Adrián se despertó sobresaltado. Era persona de un buen sueño pero hoy, a causa de una mala digestión, se sentía indispuesto y nervioso. Le extrañó no ver en la cama a su mujer. Especialmente, porque el reloj digital de la mesilla de noche marcaba las 2:55 de la madrugada. Se dirigió a la cocina, buscando un sobre de Almax, cuando observó luz en la habitación donde tenían ubicado el ordenador fijo y el portátil. Se acercó a ese cuartito de la televisión y a través de la abertura que dejaba la puerta, vio a Delia. Estaba escribiendo. ¿A  estas horas?  se preguntó, con mucha sorpresa, el joven. Por su cabeza pasaron, con la rapidez de neuronas bien cargadas de electricidad, todo tipo de hipótesis. Súbitamente entró en la habitación, lo que provocó el grito asustado de su mujer que trató de apagar el ordenador. Pero Adrian lo impidió. Quería conocer, a toda costa, a quién escribía su mujer a esas horas tan inapropiadas de la noche. Delia permanecía inmóvil, sin articular palabra y con el rostro enrojecido, imagen que reflejaba culpabilidad ante el hecho de sentirse descubierta.

El texto que su mujer estaba tecleando sólo estaba en sus inicios: “Mi amada  Delia, otra vez en la mañana vas a tener mis palabras. Aún no sé tu respuesta …..” La joven no había tenido tiempo de añadir más líneas o palabras. La llegada de su marido había interrumpido una nueva carta electrónica que tenía un claro destinatario: ella misma.

Delia lleva ya una semana de tratamiento psicológico. El especialista que ejerce esta función ha recomendado a su marido la conveniencia de pedir cita a un psiquiatra para ayudar a su paciente. También le ha encarecido que cambie de actitud con respecto a su mujer. “Más que fármacos, Delia necesita de Vd. un cambio profundo hacia ella. Apórtele ese cariño, esa ternura, esa atención, ese amor de la que se siente tan huérfana y que la ha obligado a crear en su imaginación la patología de un compañero que tan penosamente echa en falta”.

Al entregar la baja médica, al propietario del comercio, Adrián no ha reparado en la decoración de un angular del espacioso local. Ese rincón se halla adornado por gran ramo de flores, que alguien depositó en un bien tallado jarrón de cristal. Son flores, ya algo marchitas, de orquídeas y rosas rojas.-


José L. Casado Toro (viernes, 12 septiembre, 2014)
Profesor

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