domingo, 28 de julio de 2013

CANCIONES DE AMOR, PARA UN AUDITORIO AUSENTE.


Me gusta descubrir su existencia y disfrutar con esas posibilidades que generan, para sutil alimento del ánimo y la cultura. Son lugares con encanto, que pueblan y compensan el estrés acelerado que, desafortunadamente, azota en la selva urbana. Aquí en Málaga, entre la Alameda principal y el puerto malagueño, en esa geografía con plano en damero, donde calles estrechas se cruzan perpendicularmente dejando manzanas heterogéneas de antiguos edificios, algunos muy degradados por el paso del tiempo, se encuentra la SALA CHELA MAR. 

Hablamos de un trocito de la ciudad que nos recuerda a una burguesía, industrial y comercial, que habitó en este lugar durante el siglo pasado y que, con la evolución de los tiempos, ha buscado otros espacios residenciales para la preferencia de su acomodo. Hoy día, en los bajos y plantas de estos bloques de pisos, algunos penosamente deteriorados, otros ya restaurados o de nueva edificación, predominan los pequeños comercios, las oficinas y consultas de medicina, las entidades financieras, los bares, los pequeños hoteles y diversos servicios de restauración. En las últimas décadas, bajo el manto de la noche, sobrevuelan por sus calles y esquinas almas desencantadas y solitarias, que buscan e intercambian el mercado del amor, con la fragilidad de sus cuerpos y la ansiedad desbordada en los anhelos y consuelos.

Recientemente el Ayuntamiento se esfuerza por rehabilitar, física y sociológicamente esta zona, con el apelativo, foráneo y oportunista, del SOHO malacitano. Se trata de generar un barrio dedicado para la cultura, el ocio, el pequeño comercio y la restauración. La peatonalización de Muelle de Heredia, importante arteria vial que comienza junto a la Iglesia de Stella Maris, ha sido inteligentemente  afortunada. Muy bien terminada en su solería, se la ha dotado incluso de unas agradables muestras arbóreas, que gratifican vegetativamente el lugar. En sus aledaños, junto a la desembocadura del cauce del rio Guadalmedina, tenemos el Centro del Arte Contemporáneo, con un permanente esfuerzo municipal, expositivo y gratuito, digno del mayor elogio. También en esta zona funciona, pleno de actividad representativa, el veterano Teatro Alameda, ahora centrado en las artes escénicas, tras haber sido referente para la proyección de un cine diferente durante muchos años (tarea que ahora desarrolla el municipal cine Albéniz, anclado en un preciado entorno monumental, situado a muy pocos minutos de distancia). Y en pleno centro del nuevo Soho, ese pequeño lugar, pleno de encanto emocional, al que me refería al comienzo de estas líneas: los Artesanos de la Escena, Sala Chela Mar, en la calle Vendeja, nº 30. 

Este interesante punto de encuentro para la cultura está dirigido por Claudio Adrián Navas Marchioni, diplomado por la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. En este coqueto y reducido espacio (16 metros cuadrados de escenario, aforo para unas 70 localidades) se llevan a cabo cursos para disfrutar y aprender una gama muy variada de artes escénicas: teatro, danza, música, canto, percusión, yoga, pilates, etc. Además, durante los fines de semana, desfilan por su sala artistas de la más variada nacionalidad y género ofreciendo, al público asistente, la riqueza que atesoran por su indudable calidad interpretativa. En un lugar propicio para la comunicación artística, el diálogo y, muy especialmente, la amistad. Los asistentes a cada actuación pueden dialogar con los actores, a la finalización de su trabajo interpretativo, degustando una copa vino, refresco o tapa, con la que amablemente siempre invita la dirección del local.

Para este sábado sábado noche, en un julio muy agradable aún en su temperatura (sin el temible viento de terral, que tan bien conocemos los malagueños) estaba anunciada la actuación del grupo CALLE MANOUCHETTE. Este cuarteto musical iba a ofrecer un apetecible concierto de jazz a la francesa. Pero, a poco de que dieran las diez, hora fijada para su iniciación, sólo éramos seis las personas que esperábamos el inicio de la actuación. Pasando unos minutos de la hora prevista, se abrió la puerta de la entrada en la sala. Con una cierta tristeza en su semblante, Claudio nos anunció  que habían decidido suspender el espectáculo, dado el escaso número de asistentes. Que este concierto se volvería a representar en los próximos meses. Se nos devolvió el importe de la entrada y se nos invitó a degustar un trocito de empanada, bandejas que al efecto tenían ya preparadas para el tapeo final.

Sin embargo, de manera gozosamente imprevista, apareció la figura de Silvia González, voz, alma y cantante del grupo, quien se ofreció a regalar un par de sus canciones, para que nos pudiéramos marchar con el mejor sabor de boca. Era un pequeño milagro, en medio de la desilusión que nos embargaba. Agradeciéndole el gesto, sólo seis enamorados a la música, pudimos gozar de la dulce y melodiosa voz de Silvia, acompañada con la maestría de Antonio Yuste (guitarra acústica), Javier Berrocal (guitarra jazz) y Pepe Triano (contrabajo). Fue una entrañable interpretación en familia, con tres bellas canciones, sensibles y afectivas, finalizadas con La Vie en Rose. Silvia, peinando una corta melena, ojos castaños, sonrisa comunicativa, traje negro de falda-pantalón hasta los tobillos, collar plateado de media luna para el ensueño, actuó intencionalmente descalza. Tal vez queriendo estar más cerca de esa tierra que nos sustenta y define, ante la sensibilidad, misterio y grandeza de unas vidas que necesitan el hálito de la naturaleza. Aplausos, sonrisas, gestos y connivencia, para vernos en una nueva oportunidad en la que el público no se debe equivocar de una buena opción para la noche. Será mañana, tal vez pasado o siempre. Gracias, Calle Manouchette, por el ritmo melodioso y sensible de vuestro arte y generosidad.

Aún el minutero de la noche nos permitiría completarla con un sugerente y agradable paseo, por algún que otro de los espacios que dibujan y pueblan la ciudad. Eran muy pasadas ya las once, cuando nos mezclamos entre un numeroso público hambriento y sediento que aún  abarrotaba las terrazas, los locales de restauración, las tabernas y los sitios de copas. Granada, Larios, Merced, Uncibay, Calderería….. la gente seguía engullendo vorazmente para la necesidad, mientras vaciaba sus vasos y copas a fin de saciar la sed y propiciar los olvidos. Aquí sí había espectadores, con una densidad muy numerosa que, al tiempo, eran también intérpretes y protagonistas de una obra, espiritualmente menos sutil y sensible. Observando el diámetro de algunos “michelines, cualquier sensato observador podría aconsejarles equilibrar el alimento primario de la materia con ese otro, más sublime e intelectual, que nutre y vitaliza el espíritu. Sea una canción, una interpretación o una danza para la vida.

Esos valiosos espacios escénicos, para un público ausente, deben volver a sonreír, a comunicar e interpretar. La empatía, que nos proporciona el teatro, el baile, el cine, la dulzura o la fuerza en la palabra, el arte, la cultura en todos sus espectros para el color, nos enriquece, sosiega y vitaliza.

La noche se había hecho dueña absoluta del tiempo. Unos y otros volvíamos, con esa cuota diferencial de vivencias integradas, a nuestro destino en origen para cada uno de los días. Y allí, junto a unas luces adormiladas que ofrecen algo de color a una calle que se hermana a la Catedral, dos chicas jóvenes reclamaban con su música la atención de tantos y pocos peatones anónimos. Una de ellas, con ese fino rostro dibujado de angelical, entonaba estrofas en inglés. Su compañera, también de apariencia bohemia y afectiva, obtenía de una bien trabajada guitarra esas notas que endulzan los mensajes de las palabras. Apenas nadie se detenía. ¿Alguno realmente escuchaba? Esa calle, teñida de luces marchitas y pisadas inciertas, era un escenario abierto para gentes con prisas que disimulaban sus miradas. Unas pocas monedas en el suelo, reposaban y esperaban.-


José L. Casado Toro (vietnes, 26 julio, 2013)
Profesor

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