viernes, 17 de agosto de 2012

DIÁLOGOS, EN LA RUTINA DE LOS SILENCIOS.


No, no era una tarde de sensaciones agradables. A poco de que el astro solar comenzara su retirada, la luz se había tornado más pálida y la temperatura bajó notablemente en la graduación del termómetro. Ese viento desapacible, que soplaba para estos últimos días de septiembre, aconsejaba buscar acomodo en una cafetería o tetería que permitiera intercambiar los minutos y las horas. Ángel ayudaba en una ferretería, propiedad de su padre, todas las mañanas y también un buen rato, cuando reanudaban la atención del escaso público consumidor, a partir de las 16.30. Había cursado la diplomatura de Empresariales, con ausencia de brillantez en el global de las calificaciones. No le agradaba estar en la tienda pero, en esta coyuntura de congelación o ausencia de la posibilidad opositora, consideraba una salida inevitable, para las necesidades juveniles de sus veintiocho años, trabajar esas horas en un negocio propio, que permitía “ir tirando” a sus padres y hermana menor. Le aburría estar detrás de un mostrador, atendiendo al gotear de compradores, aunque, con la crudeza actual de la economía y las duras y desesperanzadas decisiones impuestas por “el gobierno de los recortes y los impuestos”, se podía considerar una persona  privilegiada, en comparación con otros amigos o compañeros de facultad. 

Para él, mañanas y tardes se habían hecho muy parecidas, al paso de las semanas y los meses. Recogía puntualmente a su novia Marilia, cuando ésta salía de la guardería infantil donde trabajaba, a poco de que el reloj marcara  las siete y media. Con buen tiempo, hacían paseos por lugares “mil veces” ya recorridos, sin alientos para la novedad. Algún tapeo, antes de cenar, y vuelta a casa, no más allá de las diez. La visita al cine, o alguna salida senderista, no faltaban en esos “findes” que se habían hecho muy iguales, tras sus casi nueve años de relación. Había coincidido con Marilia en el Instituto de la ESO. Y desde entonces, habían marchado juntos por la senda de la amistad y el compromiso. Ambos eran casi de la misma edad, aunque sus caracteres se complementaban. Él era más bien tranquilo y metódico, mientras ella reflejaba un temperamento algo espontáneo y nervioso. Ese contraste de personalidad lo habían sabido llevar bien, en la rutina de los números que pueblan el almanaque. Se propusieron acumular unos ahorros, no muy elevados pero ilusionados, con la vista puesta en alguna vivienda de “segunda mano” o un alquiler que fuera soportable para ese objetivo de vivir juntos, sin descartar vicarías o juzgados, con sus escenificadas ceremonias y papeleos. 

Hoy también, para la igualdad de los días, se hallaban sentados uno junto al otro en esa mesa ya habitual de la esquina, en la primera planta de “su” cafetería, desde la que bien divisaban el discurrir de la circulación por entre el arbolado de la Alameda. Les acompañaba la apreciada taza de té, con canela y azúcar, y esa jarrita de cerveza con unos cacahuetes bien fritos para distraer el paladar. Ambos, con el semblante algo serio y la mente aburrida, sin especiales iniciativas para el diálogo. Sin embargo, pasados unos minutos de acústicas banales, y tras juguetear nerviosamente con la cucharilla de su infusión, fue Marilia quien interrumpió el adormilado silencio. Habló con voz baja y con breves paradas en la expresión. Sus ojos aparecieron abrillantados en sus pupilas, por la emoción contenida. Como quien recita una estrofa o discurso, numerosas veces ensayado y preparado, para templar la intensidad del impacto.

“Ángel, llevo bastante tiempo pensando en esto que te voy a confiar. Siento que lo nuestro…. está cada día más gris. Nos pasamos aquí las tardes y cada vez nos cuesta más trabajo encontrar un tema para la conversación. Desde siempre he sabido y aceptado que eres más tranquilo que yo. Pero, en mi caso, me siento como aburrida, sin ilusión o dinamismo, para justificar el porqué de las tardes. De tantas tardes… huérfanas de color. Nuestro comportamiento y respuestas lo percibo como mecánico y, lo que es peor, vacío ya en los sentimientos. A poco, va a hacer ….. doce, sí doce años, de cuando comenzamos a salir. Éramos, entonces, dos jóvenes idealistas, muy niños aún, en nuestro cuarto de la ESO. Tal vez demasiado jóvenes, para esos serios compromisos de la fidelidad y el noviazgo. Y así han ido pasando los años, acomodados en esa rutina de hacer siempre lo mismo, en la que tú te sentirás seguro y posiblemente feliz, pero que a mí me está desvitalizando por una monotonía que la siento insufrible y carente de ilusión. Seguimos ahorrando y, la verdad, no veo una meta cercana para convivir juntos. Esto está…. muy apagado. Más que apagado. No sientas que te estoy culpando en concreto. Creo que son circunstancias del tiempo, de las que ambos somos responsables. Eso es lo que te quería …. decir. No es una reflexión que me haya surgido hoy, por supuesto…. sino que viene desde hace ya algunos, muchos meses. No te quiero hacer sufrir, pero…….”

Entre ambos se genera un largo silencio que fue de segundos, pero que parecieron horas crispadas. Los ojos de ella estaban ya entornados. Los de él, bien abiertos, centrados en su interlocutora. La jarra de cerveza había perdido frescor e incluso esa blanca espuma para la tonalidad. La bolsita del té, descansando en el borde de la taza, dejó caer unas gotas de suspiros sobre la cucharilla que aún brillaba.
 
“Marilia, no te preocupes. También yo estaba viendo de venir, esto que me planteas. Dices bien que ninguno de los dos somos culpables, pero ambos somos protagonistas de “este jardín” en el que parece han desaparecido las flores. De aquella ilusión.... a este aburrimiento. ¿Sufrir? Como ya lo iba viendo venir, pues estoy preparado. Y para ti no ha tenido que ser fácil dar ese primer paso.  Eres valiente. Como siempre, has sabido adelantarte y yo te lo agradezco. Si te parece, nos damos un tiempo, lo largo o corto que sea, para la reflexión. A los dos nos vendrá bien algo de cambio en la planificación o en el quehacer de cada uno de los días. Aunque trataba de disimularlo, a mi también se me estaban haciendo insufribles y poco deseadas estas tardes….. que parecen ser igual como todas las tardes. ¡Tantos proyectos en los años que han pasado! La verdad es que ha habido buenos momentos en nuestra relación. ¿No es cierto? Pero ahora….. En cuanto a esa cartilla en común no habrá problema, claro. La dividimos en dos ahorros exactos y punto. Tu y yo necesitamos un tiempo de oxígeno y cambio. Tal vez sea lo mejor. Seguro que sí ”.

Aquella noche no hubo llamadas, o más comunicación, entre ellos. Esos minutos en la cafetería habían sido especialmente tensos y, aparentemente, sinceros, para el destino, ahora ya definitivamente  frustrado, de sus vidas en común. Sin embargo, al filo de la medianoche, dos llamadas, efectuadas desde sus respectivos móviles, viajaron hacia destinos, mantenidos en el celoso secreto, de las terceras personas. La realidad es que esa supuesta o aparente sinceridad había desaparecido de entre sus vidas, justificando rutinas, vacíos y silencios.

Vicky, te llevo llamando toda la noche y había sobrecarga, o lo que sea, en la línea. No te lo vas a creer. Con todas las vueltas que le he dado, a la hora de confesarle “lo nuestro”, esta tarde se me ha adelantado. Reconoce que nuestra relación hace tiempo que dejó de funcionar. Y que se siente mal, etc, etc. Total, que piensa que es mejor que cortemos. Pata mi este paso, ya sabes, era muy complicado. Llevábamos muchos años juntos. Así que no era fácil decirle “adiós”. Y más teniéndole que explicar que, desde hace meses, estoy “loco” por ti. Pero he tenido mucha suerte. Hemos tenido esa suerte que necesitábamos para evitar disgustos y escenas. Ha sido ella quien ha dado el paso y nos ha hecho el gran favor del mundo. La verdad es que tantos años juntos no están ahí en balde, pero desde aquella tarde, en que mi primo nos presentó en su fiesta de graduación, vi que tu sonrisa, tu alegría y tu bondad, era lo que vitalmente yo necesitaba. Sobre todo, ahora que me encuentro, con esto de la crisis, más bloqueado que nunca. Nuestros encuentros, nuestros secretos y escondrijos, me ha estado dando esa vida, esa ilusión que creí tener perdida. Ahora tenemos esa libertad que tanto hemos añorado durante estos tres meses y medio, desde que nos conocimos. Veo que te has quedado “de piedra” con la estupenda novedad de esta tarde ¿Verdad, mi amor?

En otra zona de la ciudad, Marilia marca un número grabado con clave secreta en su móvil. Ha dejado pasar unas horas, desde su encuentro con Ángel, pues la escena en la cafetería, con esas duras verdades pero también con grandes secretos y problemas ocultos, para la que ha sido su pareja, le ha afectado en el ánimo y en sus fuerzas orgánicas. Apenas ha cenado, explicándole a su madre que ha tenido un día agotador en la guardería. Ahora, sola en su cuarto y recostada sobre la almohada, se pone en comunicación con una persona, Salva, de la que tenía varias llamadas perdidas en la memoria de su móvil.

“Hola, cariño. Ya está todo hecho. La verdad es que pensaba que la escenita iba a ser mucho más complicada y terrible. Y eso es lo que me extraña. La respuesta de Ángel… la esperaba muy, muy diferente. Diría, incluso, que se sintió aliviado, cuando le planteé el final de nuestra relación. Su frialdad….te lo aseguro, me ha desarbolado. Pero ahora hay que pensar ya en lo nuestro. Bastante son los problemas que tenemos por delante. Necesito verte. Tenemos que buscar todos los momentos posibles para estar juntos. Esta mañana pedí permiso para ir a la ginecóloga. Lo previsible. Me ha confirmado lo del test. Dice que estoy de ocho semanas. Ya ves, una sensación de alegría y miedo. Bueno…. preocupación. Pero vamos a luchar, mano con mano, por lo nuestro. Y mañana, te toca tener a tus hijos. Aunque sea tarde, buscamos un ratito para vernos. Sí, ya sé, no te estoy dejando hablar. Son cosas….. de los nervios. ¿Cómo te ha ido hoy el día, mi vida?”

José L. Casado Toro (viernes 17 agosto, 2012)
Profesor
http://www.jlcasadot.blogspot.com/

No hay comentarios:

Publicar un comentario