Si tuviéramos que hacer un voluminoso catálogo, con los rostros y los caracteres de las personas que vamos conociendo y tratando a lo largo de nuestras vidas, nos faltarían centenares de páginas para poder completarlo. Somos tan iguales y diferentes al tiempo, que la tarea emprendida sería prácticamente inabordable.
Esta historia se refiere a una de esas personas obsesionada con el ahorro económico, comportamiento compulsivo o enfermizo que se resume con pocas palabras: gastar poco y guardar mucho “para asegurar el día de mañana”. La avaricia, la tacañería de esta gente puede resultar ridícula y patológica. Llegan a creer que nunca les va a llegar su última hora en esta tierra.
El personaje protagonista de este relato se llamaba don SILVERIO de la Redonda Cifuentes. Estaba casado con doña AUREA Chinchilla del Portal, matrimonio que no había tenido descendencia. Durante su vida activa, había trabajado como administrativo en la delegación de Hacienda local. Se había jubilado hacía siete años, al cumplir los 65, dedicándose a llenar su amplio tiempo libre en salir cada mañana y tarde de su domicilio, para realizar largos paseos, según explicaba a su mujer.
Áurea veía con buenos ojos estas diarias ausencias, ya que deseaba estar tranquila para hacer la limpieza de casa, ir a la compra y cocinar el guiso del día, dedicando también bastante tiempo para entretenerse en su tarea favorita: hacer labores de ganchillo. Solía mantener largas conversaciones con sus amigas, a través de móvil, intercambiando los chismes propios de las personas aburridas.
Con tantos años de unión matrimonial. Aurea se había adaptado y “sometido” al carácter tacaño y ahorrativo de su esposo. El lema vital de este marido era gastar lo menos posible y ahorrar mucho, hasta convertirse en una verdadera obsesión que condicionaba y marcaba su carácter. Su justificación favorita era que había que “estrecharse” en los gastos, a fin de poder vivir bien “el día de mañana”. El objetivo de imponer esta actitud a su mujer parecía en principio razonable, pero al llevarlo a sus límites extremos había generado en él comportamientos ridículos, cómicos y enfermizos, en el discurrir de los años y días. Podrían citarse algunos ejemplos un tanto impropios de una persona razonable y preventiva con el dinero familiar.
Silverio había “impuesto” a su mujer la necesidad de ir al Mercadona del barrio todos los sábados a últimas horas antes del cierre de la tienda, para hacer la compra semanal. Con ello quería conseguir productos perecederos más baratos, con esa etiqueta amarilla de la bajada de precio.
Gustaba visitar las tiendas de “segunda mano”, entendiendo que en estos comercios se podía encontrar abundante y variada ropa, muebles y otros utensilios, especialmente baratos y en buen estado de uso.
Si algún día no había podido desayunar en casa antes de ir a la delegación, a causa de haberse levantado tarde, utilizaba los minutos permitidos en el trabajo, para salir a tomar un café. Estaba atento para sentarse en las mesas en donde el cliente anterior había dejado propina para, con la debida discreción, apropiarse de esas monedas que reposaban encima de esa mesa aún no limpiada por el abrumado camarero, con el establecimiento lleno de clientes. Consideraba que así la salía el desayuno más barato.
Cuando algún profesional tenía que venir a casa, para arreglar o reparar problemas de electricidad, fontanería, albañilería o pintura, se mostraba insistentemente pesado y contumaz en el ejercicio del “regateo”. Se esforzaba en conseguir reducir el precio inicial que se le había dado, ofreciendo una penosa imagen de persona necesitada. Si no lo conseguía, buscaba y “rebuscaba” otras alternativas para ahorrar unas pesetas o euros que iba guardando “para el mañana”.
Aurea, por disposición de su marido, esperaba a las rebajas para comprar esa ropa que le ilusionaba y necesitaba. Evitaba tener problemas con Silverio, el cual revisaba las compras de su mujer, comprobando que tenía la etiqueta original con la rebaja superpuesta. Esta actitud fiscalizadora del administrativo jubilado, tras sus paseos matutinos o vespertinos, provocaba frecuentes discusiones acerca del dinero gastado. Aurea argumentaba su disconformidad, repitiendo lógicos y humanos razonamientos, que generaban acres y desagradables discusiones en las que ambos cónyuges perdían los papeles.
“Para qué ahorrar tanto y vivir con estrecheces. Eres un obseso del ahorro”. Silverio entonces entraba en un intenso estado de crispación y enfado. “Tú de economía no entiendes ni sabes nada. Sólo dices tonterías. Yo he estado más de tres décadas trabajando en Hacienda y lo sé casi todo acerca de la economía. Seguro que llegará el día en que necesitemos ese dinero que voy guardando pacientemente y con inteligencia guardando en el banco”. Recibía otra fuerte y lógica respuesta de una mujer también muy enfadada y harta de aguantarlo. “Pero cuánto tienes guardado en el banco, a ver si un día me lo dices. Y piensa, de una maldita vez, que ese mañana, que tanto me sermoneas, está aquí. Tienes más de setenta años y yo sesenta y nueve ¿Qué crees que te vas a llevar, cuando abandones este mundo? Ni un céntimo, desgraciado. Ya estamos en nuestro “mañana”. Hay que pasárselo bien y no pensar tanto en vivir sacrificado. Y no me dejas ver esa cuenta bancaria, te tendría que dar vergüenza de tu prepotencia machista”. “Tú eres una profunda y alocada analfabeta, para estos asuntos de la economía familiar. En su momento me tendrás que agradecer mi prudencia y sentido común ante los gastos, para evitar que te veas en la indigencia, impulsiva y analfabeta mujer”. “Tú no estás bien de la cabeza, don Silverio, y yo estoy hasta el … del ahorro con que me has amargado la vida. Igual llegas a millonario, para gozar del dinero en la otra vida, tacaño de mierda”. Estas incómodas y desagradables escenas se repetían cada vez con más frecuencia. Siempre prevalecía el machismo de Silverio. Aurea, en las noches de insomnio, se repetía, con indisimulado desconsuelo “Y ¿a dónde voy yo con la edad que ya tengo?”
Pasaron no pocos meses y días y como a todo ser de la Tierra a don Silverio le llegó el oscuro final del camino. Una inesperada y traicionera gripe, complicada con otros variados achaques, condujeron al tacaño funcionario jubilado de Hacienda a un viaje sin equipaje, con destino desconocido. En doce días, Aurea enviudó. Una vez pasado el funeral, se sentía cansada pero liberada de una vida teñida de ajustes y estrecheces. Le quedaba una pensión modesta, pero suficiente para el tipo de vida al que su marido le había habituado. Pero en medio de la desgracia, sentía interés e ilusión por descubrir, de una vez, el capital ahorrado que Silverio había ido juntando para el mañana. Para ello, se dirigió a la sede de Unicaja banco cerca de su domicilio. Estaba decidida a exponer su peculiar situación. Le pasaron para que detallara su situación al director de la sucursal, don TELESFORO Briales. Tras los saludos pertinentes, le mostró la necesaria documentación identificativa.
“Estimada Sra. Chinchilla. Reciba mi pésame más sincero. Le confieso que me resulta complicado entender, que Vd. no fuera partícipe en el conocimiento de la cuenta que su marido, que en gloria esté, mantenía durante años en esta entidad. Me indica que era su carácter y yo, por supuesto, lo respeto. Me explica que don Silverio iba acumulando pequeños ahorros, para formar un capital a fin de gozarlo en la etapa de la ancianidad. Ante la imposibilidad de conocer el capital, considero que debía Vd. haber venido hace tiempo para exponernos el caso y hubiéramos mediado en el asunto. Le voy a ser clarificador y sincero. Su marido ingresaba pequeñas cantidades con bastante frecuencia. Pero también reintegraba “importantes” cantidades cada mes. En este momento la cuenta de la que hablamos tiene un saldo de 275 euros. Deduzco que Vd. no conocía en qué se gastaba el dinero su difunto esposo. Lamento transmitirle ingrata información. Pienso que las personas tenemos “varias vidas” y la persona con la que convivimos no las conoce en su totalidad. Podrá Vd. reintegrar esos 275 euros en este momento, aunque le aconsejo que abra una cartilla con nosotros, para que pueda gozar de los servicios que ofrecemos a los clientes de la entidad”.
El “golpe” anímico y económico que Aurea recibió fue duro, intenso y pleno de indignación. Pidió ayuda espiritual a su confesor, el Padre FROILÁN de la Espada y este venerable sacerdote la consolaba, aportándole sabias palabras: “lo mejor, querida Aurea, es perdonar y olvidar. Los errores cometidos él los llevará en su conciencia. Con la modesta pensión que te ha quedado, 950 euros, puedes sostenerte con dignidad. Sólo el altísimo Dios conoce a dónde iba ese dinero, que el difunto decía ahorrar para el mañana”. Aurea no tuvo más remedio que acudir al médico de familia y posteriormente a un psicólogo, recomendado por el veterano sacerdote, dado el estado preocupante que su ánimo presentaba. La situación depresiva era evidente. La vecindad era consciente de lo mal que lo estaba pasando. El abandono estético e higiénico de esta infortunada mujer era del todo preocupante.
Una tarde, doña ENGRACIA Cañadas, una vecina del bloque, con muchos años de vida, bajó en el ascensor y tocó en el timbre del piso de Aúrea. Traía un termo de café con leche bien caliente y un papelito de dulces.
“Querida vecina. No quiero seguir viendo como sufres. Creo, sinceramente, que te ayudará conocer bien “toda” la historia. Eres una buena persona, bastante inocente, pero te falta ese punto de maldad necesario para enfrentarte a situaciones complicadas. A las personas es muy difícil conocerlas y entenderlas. Muchos vecinos del barrio conocían las grotescas andanzas de tu difunto marido. Era asiduo visitante de una casa, burdel o lupanar… de putas, en donde se dejaba sus buenos “cuartos”. La última “querida” que había conocido en esa casa innoble de citas acabó enamorándose intensamente de ella. Hasta le puso un piso de alquiler, cuidando que nada le faltara. Esta joven profesional, conocida en la zona por sus novedosas habilidades eróticas, tiene por nombre CHIQUI Pedrera Capitán. Silverio, obsesionado con ese amor crepuscular, la llamaba “Chiqui”. Su nombre real es Alfonsa. La fama de tacaño de tu marido tiene una fácil explicación. Su doble vida con esta “querida”, que al parecer no fue la única, tenía que pagarla con esa forma de ser con el dinero, que te obligaba a padecer estrecheces. Era un “putero” compulsivo de libro. Estos falsos y ruines personajes tienen la suerte de encontrar esposas “inocentes” para mejor desarrollar sus necesidades y adiciones sexuales fuera del hogar”.
En esta trascendente y clarificadora merienda, doña Engracia le habló de un interesante servicio que ofrece la Universidad de Málaga, para las personas mayores que vivan en soledad y acepten recibir a estudiantes universitarios que no tengan casa para residir en Málaga capital. Más que el escaso dinero que el estudiante paga por su habitación, lo importante es la ansiada compañía que prestan a estas personas mayores que sufren con desconsuelo el “pathos” de la soledad. -
UN FALAZ
AHORRADOR COMPULSIVO
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 20 febrero 2026
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