viernes, 10 de abril de 2020

UNA ESPECIAL FIESTA DE CUMPLEAÑOS.PARA LA UNIÓN FAMILIAR.


Sábado, 7 de Mayo. Esa fecha en el almanaque iba a representar una jornada de especial importancia en la vida de Amador Vilagresa. La significación testimonial de ese día hacía coincidir no sólo la llegada de los sesenta y cinco años a su calendario biográfico, sino también el punto de partida para una incierta etapa en la que iniciaba el siempre atractivo periodo de la jubilación profesional. Llevaba semanas preparando esa efeméride a celebrar en su domicilio, aplicando para ello mucho esfuerzo y voluntad generosa, a fin de que todo saliera de la mejor forma posible. Pero, a pesar de todos esos buenos deseos que deseaba aplicar para rectificar demasiados errores en su pasado, sabía perfectamente que ese noble objetivo, de recomponer afectivamente lo que su mala cabeza había roto, no iba a ser ni mucho menos fácil de conseguir.

Entre las variadas cualidades y capacidades de Amador se encontraba la afición culinaria. Había estado toda la mañana de ese viernes, previo a la fiesta, preparando una gran tarta con chocolate, dulce de leche y guarnición de fresas, añadiendo relleno de cabello de ángel a una monumental delicia pastelera que le había quedado muy apetitosa, tanto por su estética confitera, como por el atractivo de su muy goloso contenido. Pero lo más importante de su esfuerzo, en los días previos a la fiesta, había sido la invitación de todos los miembros de su familia a partir de las seis de la tarde de ese sábado. Tenía previsto dedicar toda la mañana de ese día, que debía ser emblemático e inolvidable, para preparar los canapés y las medias noches, pues la reunión tendría el carácter de una merienda-cena de confraternidad. El material relativo a fiambres y bebidas lo tenía ya comprado y ocupaba los estantes de su espacioso frigorífico. 

A eso de las ocho de la tarde se sentía un tanto nervioso, ante la respuesta que iba a encontrar el día siguiente por parte de esas personas con las que compartía los apellidos y el subsiguiente parentesco. Decidió por tanto irse a cenar a un restaurante de comida casera que tenía cerca de casa. La necesidad de estar rodeado de personas, en determinados momentos de tensión, es más perentoria para aquellos que no comparten con nadie la vivienda en la que habitualmente residen. Consumió solamente una completa ensalada con dos cervezas, pues no tenía excesivo apetito debido a la tensión nerviosa que le embargaba. Posteriormente, ante la taza de café y la copa de buen licor que le sirvieron, fue repasando, a modo de una película con miles de fotogramas, fases importantes de su vida en la que obviamente intervenían todos esos personajes que constituían su ahora alejada familia.

La primera imagen a la que recurrió su mente para sustentar los recuerdos fue la de Elba Rivada, la bella mujer con la que contrajo matrimonio, enlace que duró sólo diecisiete años. Esa unión, de la que nacieron dos hijos, estuvo condicionada desde el principio por dos factores que perjudicaron la estabilidad y permanencia conyugal. De una parte, su cada vez más dependencia hacia la compulsiva bebida. Lo que comenzó con unas cervezas en el aperitivo o esa copita de aguardiente, durante el desayuno, se convirtió en un estado de preocupante alcoholismo. Pero él siempre se ufanaba  de que sabía beber “bien”. En realidad nunca se mostró socialmente con una ruidosa “borrachera” pero su carácter se fue agriando y complicando para con los que estaban más cerca de su persona, en este caso su mujer, quien un día decidió poner fin al vínculo conyugal, tras varios ultimátum para el cambio repetidamente incumplidos. También contribuyó al fracaso matrimonial su actividad como representante artístico, profesión que le obligaba a estar casi de continuo viajando, sumiendo en el abandono a la que era su esposa y descuidando la necesaria educación de sus hijos. Tras una conflictiva separación, Elba volvió a su antigua profesión de ilustradora de libros infantiles, en una bien organizada editorial local, de esas con encanto. En este contexto, creativo y laboral, conoció afectivamente a un dinámico fotógrafo profesional, llamado Reyes Pelayo, con el que actualmente  sigue felizmente unida en pareja. 
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El primer hijo que el infeliz matrimonio trajo al mundo fue Claudio, quien con el tiempo se vinculó a la profesión castrense en el ejército de tierra. Actualmente se halla destinado en la comandancia militar de Melilla, aunque los fines de semana se desplaza con su familia al piso de su propiedad en Málaga. Está casado con Neftalí y son padres de Diana y Ariel dos lindas adolescentes, que pasan algunas vacaciones junto a su abuela, pero que en los últimos años apenas tratan al abuelo Amador. La hermana menor de Claudio es Sara, titulada en dermatología y que trabaja en una afamada clínica de injertos capilares. Esta casada con Saúl, técnico informático que presta sus servicios en un centro de reparaciones de material digital. Sus dos hijas, Abigail y Jade, están escolarizadas en la educación primaria. 

¿Eran estos la totalidad de los familiares invitados a la celebración del 7 de mayo? No, había alguien más. Precisamente una persona muy importante en la vida de Amador. Se trataba de un divertido guitarrista flamenco y en ocasiones también palmero de fiesta, llamado Segundo Prensial. Desde hacía años formaba parte del equipo que llevaba el dinámico representante artístico, por las ferias, saraos y festivales celebrados en la geografía española. La intensa amistad entre Amador y Segundo se fue labrando en la vida itinerante y “nómada” que el grupo flamenco desarrollaba. El guitarrista, diez años menor que Amador, era un joven muy apuesto, simpático y siempre abierto a la confianza y afecto que le ofrecían los demás. Amador se sentía feliz cuando ambos hablaban, reían e incluso compartían habitación en los modestos hoteles y cutres pensiones en las que el grupo se veía obligado a pernoctar. Esa cada vez más intensa amistad se fue transformando en una “infantil” atracción, entre dos hombres que sufrían un evidente problema de íntima soledad. Las sensaciones que Segundo despertaba en la madurez aburrida y rutinaria de Amador eran de tal naturaleza que el representante se comportaba como un chiquillo enamorado que hubiera descubierto una nueva y extraordinaria dimensión en su existencia. Pero a través de los continuos mensajes en el móvil, muchas veces dejado en el sofá por su marido, alguna que otra carta olvidada en ese bolsillo delator de un abrigo o la expresión facial cuando hablaba de su amigo Segundo, Elba se fue dando cuenta de que la sexualidad de su marido era claramente ambivalente. Ese fue el tercer, espectacular e insólito motivo para la ruptura de un matrimonio convencional que soportaba excesivo tiempo de vidas distanciadas. Una vez que ambos cónyuges decidieron poner nuevos rumbos a sus destinos, la relación de Amador con sus hijos y nietos cayó en la más profunda de las indiferencias, que reflejaban sin disimulo ese rechazo enfadado por parte de unos hijos que no entendían la naturaleza bisexual de su padre.

Todo lo cual derivó en que, entre un padre “poco ejemplar” y unos hijos muy críticos con el comportamiento mundano de quien había colaborado para que llegaran al mundo, ya sólo hubo alguna fría e incómoda llamada por Navidad, cumpleaños o santos. Así pasaron los años hasta que en el momento actual, Amador había querido recomponer algo de ese distanciamiento y enfriamiento relacional que existía entre él y su descendencia genética. Aprovechaba para ello la oportuna motivación de su cumpleaños, fecha especial pues también coincidía y  abría puertas a la jubilación para la tercera edad. Esperaba desde luego una mejor comprensión y reconciliación filial, ante la circunstancia de que Segundo hacía ya año y medio en que había buscado un nuevo cobijo afectivo. El guitarrista se había puesto en manos de un veterano cantante de melodías, versionista de toda la discografía de Julio Iglesias y enriquecido con una herencia reciente legada por un familiar lejano, que no tenía otros parientes más inmediatos a los que favorecer, tras iniciar ese viaje sin retorno al país de las estrellas. 

Ya de vuelta a casa en la noche,  seguía dándole vueltas a la cabeza a todos estos recuerdos. Pero sobre todo dudaba en cómo responderían todos esos “lejanos” familiares a los que con humildad y sencillez había invitado a pasar una cariñosa tarde de reconciliación y acercamiento afectivo. Con una patente estado de inquietud y nerviosismo, se despertó en varias ocasiones del sueño durante aquella mágica madrugada, previa al gran día del muy esperado y ansiado reencuentro familiar. 

Tras el aseo y el desayuno, se observó una vez más en el gran espejo niquelado del salón diciéndose a sí mismo: “No lo he llevado tan mal. Sesenta y cinco tacos y aún estoy de buen ver. Hoy es mi cumple. Y también el inicio de una tercera etapa en la longitud mi vida. Desde luego el  mejor regalo sería poder recuperar a esa familia, a la que con tantos errores neciamente perdí. Hoy puede ser el inicio de una nueva y feliz oportunidad”.

Le llevó buena parte de la mañana preparar las bandejas con los pequeños bocaditos de delicias para el paladar, todos ellos abundantes y variados. Repasó bien los refrescos preparados para los más jóvenes, así como los vinos, licores y las cervezas para los mayores. Le dio un buen fregado a la entrada del piso, así como al salón. Y se “enfundó” la americana vaquera, para salir a la calle y caminar hacia la plaza en donde cada sábado, junto al monumento central, solía situarse un anciano para vender ramos de flores, tesoros vegetales que se hidrataban en varios cubos de plástico y aluminio. Con el rostro feliz del florero ambulante, ante la excelente e inesperada venta que había realizado, volvió a su domicilio con la intención de repartir ese agradable lustre vegetal por las zonas más emblemáticas del espacioso apartamento. Eligió bien la vestimenta que iba a lucir a partir de la hora fijada para el inicio de la entrañable fiesta y, a fin de evitar el olor a comida de la cocina, en la que el extractor de humo seguía estropeado, bajó con agilidad los cuatro tramos de las escaleras hasta la calle, para ir a tomar algo al restaurante del amigo Frasco. Pidió el plato del día, que consistía en unas lentejas con chorizo y morcilla, añadiendo al plato caliente un poco de ensalada. De bebida tomó dos cañas que, por deferencia del amigo Montalvo, fueron cervezas tostadas y de marca. Una tajada de melón como postre, fruta que, a pesar de la fecha, estaba deliciosamente dulce y exquisita. Pagó los nueve euros del menú y se fue a descansar o más bien a pensar como iba a recibir a cada uno de los familiares, a los que había invitado mediante llamadas telefónicas y correos electrónicos. También había contactado con Segundo, ese amigo para las experiencias ocultas, a quien podía considerar como un miembro más de su pequeña e intima genealogía. 

El sonido del móvil le despertó sobresaltado. Se había quedado dormido. El reloj marcaba las 17:03 m. Al otro lado de la línea se hallaba la voz, siempre educada y amable, de quien le había mostrado respeto y consideración cada vez que había tenido la oportunidad de saludarle:

“Buenas tardes, Amador, soy Reyes. A pesar de que Elba no quería darte explicación alguna, por mi cuenta y riesgo quiero felicitarte y desearte una feliz etapa de jubilación. Ya la conoces. Tu ex tiene muchas cualidades, pero la consideración que te profesa no es precisamente amistosa. Yo lo he intentado por activa y por pasiva, pero al final lo he tenido que dejar, porque temo que entre en una de sus fases de bloqueo depresivo o crispado, según el mes. Así que me llamas algún día y quedamos para tomar café”·.

La llamada telefónica, correcta y generosa, del compañero actual de su ex mujer le dejó un tanto desilusionado. En realidad sabía que Elba nunca le iba a perdonar su lastimoso comportamiento, durante tantos años, desaciertos que habían dado al traste con el matrimonio que ambos compartían. Pero en esos pensamientos se encontraba, cuando una nueva llamada le hizo “despertar” desde el mundo de los recuerdos. Era su hija menor, Sara:

“Papá, te llamo desde Granada. Resulta que esta mañana llamaron a Saúl para que se desplazara urgentemente a la ciudad de la Alhambra. Es que el partido andaluz Nazari tiene allí hoy un mitin político y se han encontrado con todos los ordenadores bloqueados. Como ya lo conocen de una ocasión anterior, lo han vuelto a llamar con urgencia y él no se ha podido negar. Pagan muy bien y me ha pedido que le acompañe. Era una oportunidad estupenda de volver a Granada y pasar aquí el fin de semana. Las pequeñas se han quedado con los padres de Saúl, que son muy cachucheros y quieren siempre que les dejemos a Abigail y a Jade. Pues que lo pases muy bien. Como sé que habrás hecho una tarta, nos guarda un trocito (pero que no esté muy toqueteado) A pesar de mi endocrino de Naturhouse, siempre me han gustado tus dulces. A las niñas les hará ilusión el pastel de su abuelo”.

El reloj marcaba las 18.15 y el timbre de la puerta permanecía en silencio. Amador caminaba dando pequeños pasos alrededor de la mesa central, adornada con un precioso centro floral. En un momento dado se acercó a la terraza, en la que entró para apoyarse en el bien construido muro de obra, cubierto por una cerámica teñida con el color del mar. Desde esa planta séptima se divisaba una panorámica de la capital malacitana que conformaba un puzzle de calles, plazas, terrazas y tejados, en los que el color dorado del sol ornamentaba de lujo y escalas cromáticas la vida de una ciudad en ebullición, ante su contrastada acústica e intensa movilidad. Se sentó unos minutos en una muy usada y llena de polvo hamaca veraniega y marcó el número de su antiguo amigo y amante, Segundo. Al tercer intento, el ahora desafecto destinatario atendió la comunicación.

“Sí, Amador, recibí tu correo electrónico. Pero desde el primer momento tuve clara conciencia de la inconveniencia de presentarme en tu casa. Muchos de tus familiares me ofendieron gravemente cuando “lo nuestro” estaba en su desarrollo más feliz. Tuve que escuchar palabras muy fuertes y leer abyectas descalificaciones hacia mi persona. Y todo, porque tú habías encontrado alguien que te comprendía, ayudaba y que te hacía sentirte bien, muy feliz. Al cabo del tiempo lo nuestro, al igual que ocurre en el mundo vegetal, se desvitalizó y yo tuve que buscar el amor en otras fuentes más vitales para la sensibilidad. Deseo que pases una feliz tarde en unión de tus afectos de sangre. Nuestra oportunidad, con intensas e inolvidables experiencias gozosas, ya pasó. Ahora, querido Amador, “bebo” en otras fuentes y frecuento nuevos parajes. Y en las horas de desánimo o dudas, los sones de la guitarra renuevan mis ansias de vivir, amar y sentir”.

Enfadado consigo mismo, tras olvidar su dignidad y haber vuelto a llamar al compañero amante que un día le dijo adiós por otro personaje con “más pasta”, se sirvió una copa de licor, a fin de recuperar un poco la fortaleza ante una tarde que deseaba fuera la de reconciliación y recuperación familiar. Pero el reloj marcaba las 18:45 y el timbre de la puerta seguía manteniendo la sordera acústica del silencio más absoluto. Pensó en Claudio, su hijo mayor, el mismo que un día le dijo algo así como “eres la vergüenza de mi memoria…” Reflexionaba consigo mismo “¡Qué difícil es restañar las heridas de los viejos errores”. Los canapés, los bocaditos y las bebidas, seguían dormitando en el interior del frigorífico. El gran pastel de fresas y chocolate, esperaba en la encimera de la cocina, cubierto con una campana de plástico transparente, con seis velitas y media sin encender.

En el instante del más intenso desánimo, a muy pocos minutos ya de las 19 horas, el sonido del timbre le hizo dar un brusco “salto” desde la silla en la que estaba sentado. Se dirigió presuroso hacia la puerta, preguntándose quién podría ser. Para su sorpresa, al otro lado de la puerta estaba una adolescente de doce años, que le miraba sonriente con sus ojos azules, cabello liso castaño claro, vestida con un traje faldero celeste y blanco, calzando unas zapatillas deportivas, también blancas. “Pero… Diana ¿has venido sola?”

“Sí, abuelo. Al final he convencido a mi padres de que me dejen venir. Ellos no lo van a hacer, pero es igual. Hoy es tu cumple y yo tenía que estar aquí. He venido en el bus. Cuando era pequeña, recuerdo que tú me contaban cuentos y me llevabas a los jardines del Parque, en donde yo me lo pasaba muy bien. Y siempre, bueno algunas veces …no, te has acordado de mis cumples y santos. Yo quería venir. Lo sentía, porque sé que estas muy solito. Bueno, espero que tengas algún dulce para merendar”.

Una de las nietas y su abuelo quisieron y supieron “salvar” aquella tarde “familiar” preparada para el reencuentro y la reconciliación. El timbre no volvió a sonar en ese domicilio habitado por un hombre solo, en el día que ingresaba en el veterano club de la tercera edad. Después de reír y disfrutar con las simpáticas ocurrencias de Diana, durante más de una hora, bajaron al garaje del bloque a fin de tomar el vehículo con el que llevaría a la pequeña a su domicilio. Llevaban consigo una fiambrera de cocina, en la que Amador había introducido un buen trozo del pastel de fresa, para que lo compartiera esa noche con sus padres y hermana. Cuando el antiguo representante artístico volvió a su domicilio, no tenía apetito para la cena. Preparó todas las bandejas de bocaditos y canapés, además de los refrescos y la mayor parte de la gran tarta, en dos voluminosas bolsas que a la mañana siguiente tenía la intención de llevar al asilo de personas mayores y sin recursos, atendido por las Hermanitas de la Caridad. Escribió en su diario, antes de irse a la cama, unas breves líneas.

“En este día de mis sesenta y cinco cumpleaños, he pasado una feliz tarde con la compañía de Diana, esa nieta que todos los abuelos anhelan tener. Este cielo de persona, con sus lindos ojos y generoso corazón, expresa la esperanza, la ilusión y el cariño de verdad”.- 



UNA ESPECIAL FIESTA DE CUMPLEAÑOS, 
PARA LA UNIÓN FAMILIAR



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
10 Abril 2020


Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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