viernes, 10 de enero de 2020

EL MÁGICO CONTENEDOR DE LOS BUENOS DESEOS.

La mañana se había presentado un tanto desapacible en lo meteorológico, con oleadas intermitentes de frío, viento y lluvia que castigaban nuestras cada vez más sensibles epidermis. En este nuevo otoño, lustrado de Navidad, atravesaba la Península una de tantas borrascas a las que mediáticamente se trata humanizar “bautizándolas” con un bello nombre de mujer. A pesar de la inclemencia del día, Lucio Moral Romano, un joven pero avezado periodista de la sección de grandes reportajes, tenía que desplazarse a una prestigiosa urbanización de lujo ubicada en la periferia del Madrid central, en la ahora “helada” carretera de Navacerrada.


Allí le esperaba, descansando en su muy acomodada vivienda, el personaje objetivo de la  entrevista, Reinaldo Calandría Fermín, catedrático emérito de Filosofía de la conducta, que había ejercido su docencia e investigación, durante largos años, en las aulas de la Universidad Central. Nada más llegar a la lujosa y ajardinada mansión, su propietario, un afamado profesor, investigador y escritor que ya rondaba su séptima década vital, le invitó de inmediato a pasar a su bien nutrida biblioteca/despacho. Allí tomaron asiento, descansando ambos sobre un mullido tresillo de piel que miraba a través de una monumental cristalera hacia la frondosidad próxima de la vegetación ajardinada. No había sido fácil obtener esta cita de trabajo, pues el conocido y polémico intelectual estaba siendo continuamente reclamado por la prensa, a causa de sus originales investigaciones y teorías sobre aspectos interesantes de la conducta y los valores que subyacían en la muy compleja y conflictiva sociedad actual.

Apenas se habían cruzados los cordiales y educados saludos de presentación, cuando apareció en escena una oronda señora, cobijada en una mullida y enguatada bata gris perla de franela ornada con motivos orientales, para ofrecer a los contertulios sendas tazas de café. Sobre una bandeja de fina alpaca reposaban las aromáticas tazas, además de un precioso plato de postre que contenía una suculenta ración de diversas pastas de dulce con mantequilla. El profesor había aceptado que sus palabras quedaran recogidas en una grabadora digital, que Lucio siempre llevaba consigo, aunque también había impuesto la condición de leer (y en su caso corregir) el texto escrito de sus palabras. Comentaba con una cierta pesadumbre acerca de la tergiversación que los grupos mediáticos solían dar a sus expresiones que, por la naturaleza de sus atractivos contenidos, provocaban la curiosidad y el asombro entre un numeroso y variado público lector.

El doctor en Filosofía Reinaldo Calandría, enfundado en una bien usada “chupa” de cuero marrón oscuro,  había nacido en Río de Janeiro, en el seno de una modesta familia de origen español que había emigrado años antes a tierras sudamericanas. El fallecimiento temprano de sus progenitores, en un letal accidente de tráfico, conllevó que con sólo siete años de edad tuviese que viajar con destino a la capital de Cantabria, en donde vivían sus abuelos maternos. Estos veteranos familiares, con amor de padres, cuidaron y completaron la formación inicial de su nieto hasta que, ya en su avanzada adolescencia, el siempre inquieto joven se trasladó a la centralidad madrileña, a fin de iniciar sus estudios universitarios. La carrera formativa en la facultad fue realizada con brillantez y reconocimiento expreso por parte de sus profesores, quiénes veían en el aventajado alumno unas cualidades admirables para la reflexión y la exposición intelectual. Una vez obtenida la licenciatura académica, comenzó a elaborar su extensa tesis doctoral (seis años de dedicación) combinando la investigación con la actividad docente, línea de trabajo que ha mantenido por espacio de más de cuatro décadas, con numerosas investigaciones, conferencias y publicaciones. Sin embargo ha sido en la etapa avanzada de su cronología, cuando sus teorías y aportaciones al marco del comportamiento social han despertado el interés y la curiosidad en el seno de la comunidad mediática, por lo avanzado, original e insólito de sus argumentaciones y propuestas.  

“Estimado y respetado profesor. En primer lugar comentarle que, para mi satisfacción, le veo con una excelente forma física. No sé si practicará algún deporte, pero la percepción de sus movimientos y figura no corresponden, para su merecida alegría, con la edad que tiene en su documento de identidad. Se encuentra, en esta fase de su currículo, caminando en una madura etapa plenamente vital y saludable, no solo en lo físico, sino también en la clarividencia mental que subyace en el permanente trabajo intelectual que realiza para enriquecimiento y gozo de todos sus seguidores. Una de sus últimas aportaciones, lo tengo que expresar con absoluta franqueza y claridad, ha causado una espectacular y desconcertante sensación. Y ese es el motivo nuclear que me ha movido a rogarle la dedicación de su tiempo y fluidez divulgativa. Es necesario que el público lector pueda entender y aplicar la operatividad de sus novedosas y “radicales” consideraciones. El objetivo básico que me ha traído a su domicilio, para “robarle” unos minutos de su privacidad y descanso, es la teoría “espectacular” que habla de poder construir un CONTENEDOR DE LOS BUENOS DESEOS, sugerente posibilidad de la que Vd. es su preclaro autor, para una sociedad aturdida y desconcertada. Confío en que, con la capacidad divulgativa que le caracteriza, nos permita acercarnos a la comprensión y practicidad de su interesante y novedoso descubrimiento”.


 Efectivamente, hacía apenas unos días en que había salido publicada esta noticia, en las portadas de algunos medios de comunicación escrita y en abundantes paginas webs de la red de redes. Se anunciaba que este insigne investigador y pensador había conseguido unos avanzados y prometedores logros en lo que el veterano científico denominaba como “un valioso almacén de buenos deseos” para el uso y disfrute de todos, aunque de manera especial para las personas de buena voluntad. En principio esta curiosa información había sido recibida con una patente incredulidad. No era la primera vez que este polémico o “partisano” investigador había sembrado grandes expectativas, anunciando insólitos logros o descubrimientos que a la postre habían resultado fallidos o eran simples ilusiones o proyectos que no se convertían o materializaban en realidades tangibles o posibles. De ahí que la dirección del periódico EL ANGULAR encargarse a uno de sus jóvenes reporteros, con gran proyección en la consecución y contraste de importantes noticias, para que pusiese la luz necesaria en esta nueva “nube” o “logro real” para el marco del pensamiento filosófico actual.

“Vamos a ver, joven amigo, cómo le explico el fundamento de mi descubrimiento, teoría que algunos han comenzado a desvirtuar o a exagerar. En realidad es una realidad muy fácil, a la que sólo hay que aplicarle imaginación, valentía y una operativa generosidad en la respuesta. En estas entrañables fechas de Navidad y Reyes, resulta admirable la cantidad de buenos, cristianos o laicos, deseos que nos intercambiamos con los familiares, amigos, compañeros, conocidos o simples vecinos del área geográfica en donde residimos. Esta reciprocidad de bondades, que también se transmiten en fechas señaladas del calendario anual (santorales, cumpleaños, festividades…) se generan y propagan por toda la universalidad geográfica. No hay que dudar de que la inmensa mayoría de las mismas van envueltas con un ropaje de positiva y transparente verosimilitud. Y esa sinceridad y credibilidad hay que aplicarla, como no podía ser de otra forma, en el destino a donde se envían y reciben. Sin embargo estos gratos y saludables mensajes conllevan en sus alforjas un desafortunado condicionante que, con inteligencia y racionalidad, habría que eliminar o al menos reducir en su innecesaria y perjudicial operatividad.

¿Y cuál es ese penoso o perjudicial elemento que distorsiona y anula la positiva eficacia del muy necesario y “terapéutico mensaje? La caducidad intrínseca y lamentablemente inmediata del mismo. Esos buenos y hermosos deseos se volatilizan a modo de frágiles nubes que viajan presurosas por el firmamento de nuestras intenciones. Si la humanidad lograra aprehender y mantener esos insustituibles valores de paz, amor, bondad, fraternidad, generosidad, diálogo, imaginación  y racionalidad en algún “recipiente” para que su positiva eficacia relacional no se perdiera de esa forma tan ineficaz y perjudicial para nuestra amistosa convivencia y felicidad, podríamos disponer de un  valioso y permanente tesoro que, a modo de “maná celestial”, generaría la construcción de un mundo mejor. Una sociedad más sana en valores, tanto para nosotros mismos, como sobre todo para aquéllos descendientes que nos han de suceder en esta cota vida o existencia que la naturaleza graciosa y caprichosamente nos concede.

No me cabe la menor duda, amigo Lucio, que me va a preguntar si he logrado diseñar o encontrar algo así como el recipiente mágico que evite la pérdida de tan “aúreo” tesoro, con los mencionados apreciados y anhelados valores. Efectivamente ese contenedor existe y está repartido en siete mil millones de pequeños y grandes al tiempo habitáculos, repartidos por la inmensidad territorial de nuestro contrastado planeta. Esas partes alícuotas de tan inmenso contenedor tienen el nombre de corazón, alma e inteligencia. Entonces corresponde a la cada voluntad individual el hacer buen uso de ese valor o valores que tiene depositados en el receptáculo inalienable e íntimo de su persona. Simple y fácilmente… trayéndolo día tras día, a su actualizada vida relacional. No sólo el 25 de diciembre o el 1 de enero, sino también a todos los números del calendario anual. Así podríamos lograr hacer más felices a los demás. Pero sobre todo a nosotros mismos, porque habremos conseguido ser miembros, con todos los laudables derechos, de un “celestial” y poderoso club con sede en la Tierra: El Club de las buenas personas.”

Un bien elaborado reportaje salió publicado en la edición dominical del Angular, material que fue muy bien recibido por el público lector. Apenas mes y medio después ya estaba en los “apetecibles” escaparates y estantes de las librerías la primera edición de un ensayo que Reinaldo Calandria había firmado con el sugestivo título de EL MÁGICO CONTENEDOR DE LOS BUENOS DESEOS. A la llegada de la estación veraniega, la difundida publicación alcanzaba ya la tercera de sus ediciones en el mercado editorial. Todo un best seller para las librerías. Reinaldo había negociado con la empresa editora que un 5% de los beneficios netos en las ventas serían destinados a una nueva FUNDACIÓN SOCIAL PARA PERSONAS INFELICES, organismo que el sagaz catedrático había creado y de la que fue su primer presidente. Esta benefactora asociación sería técnicamente dirigida por un equipo de psicólogos, asistentes sociales y profesores pertenecientes a distintos niveles de la formación educativa. El Angular quiso ser, también de inmediato, socio fundador de tan ilusionado organismo cuya misión sería ayudar a las personas desorientadas y agraviadas en su recta trayectoria vital.  El investigador y profesor Reinaldo Calandria  fue propuesto, durante el año siguiente, en el listado para la concesión del Premio Princesa de Asturias a los valores sociales. En cuanto al periodista Lucio Moral, suele dedicar tres o cuatro días al mes para colaborar en los plausibles objetivos de la benéfica Fundación. -


EL MÁGICO CONTENEDOR DE
LOS BUENOS DESEOS.


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
10 ENERO 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

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