viernes, 8 de enero de 2016

LUCES QUE HABLAN DESDE UN BALCÓN, EN LA NOCHE.

Suele ser frecuente esa comunicativa y plástica costumbre, en la mirada social de los edificios. Se trata de un alegre hábito decorativo que percibimos asociado a puntuales acontecimientos de la más variada naturaleza. Son muestras expresivas que aparecen vinculadas a importantes eventos deportivos, a celebraciones de signo religioso y que también reflejan cíclicos resultados electorales u otras manifestaciones de carácter político. En los balcones y terrazas de muchos edificios, sus inquilinos cuelgan banderas, pancartas, fotos y bombillas de múltiples colores, muestras solidarias que exaltan la felicidad u opinión de sus propietarios, ante determinados hechos relacionados con la religión, la política, el deporte o, incluso también, con protestas reivindicativas que afectan a colectivos ciudadanos. 

La historia que voy a narrar ocurrió durante las pasadas Navidades. Me sentía feliz viendo la generosidad de algunos vecinos de los bloques colindantes a mi apartamento, los cuales habían colgado, desde sus ventanas y terrazas, juegos y composiciones de luces. Con sus brillantes reflejos e intermitencia cromáticas, esas composiciones de leds o bombillas clásicas alegraban, durante unas cuantas horas, la placidez de la noche. Y este sencillo pero reconfortante espectáculo se mantuvo hasta la gozosa festividad del Día de los Niños, cuando los Reyes descargan, desde su siempre mágica caravana, miles y miles de juguetes y regalos que tanto satisfacen a los más pequeños de la casa y, por supuesto también, para todos aquellos que aún saben mantener el sano espíritu de la infancia.

Tras ese lúdico día, que representa el 6 de Enero, los ornatos de luces fueron paulatinamente desapareciendo, siendo previsiblemente guardados para un nuevo uso en esa otra oportunidad que llegará el próximo diciembre. Sin embargo llamó mi atención una de esas composiciones de luces, ubicado en la balconada de un bloque cercano, la cual mostraba un breve pero significativo texto: NAVIDAD ES AMOR. Ese mensaje emitía sus brillantes e intermitentes destellos en el discurrir de las noches. Las fiestas habían terminado, pero las bombillitas continuaban funcionando, un par de horas cada día, hasta el comienzo de la madrugada. Y lo más curioso del caso es que, desde la atalaya visual de mi apartamento, no percibía que hubiese personas habitando en la susodicha vivienda. Las persianas de sus ventanas estaban permanentemente bajadas y en la terracita (donde había algunas macetas y un pequeño tendedero para la ropa) tampoco se veía a persona alguna. Deduje (era la conclusión lógica) de que ese piso se encontraba vacío de residentes aunque, desde alrededor de las diez de la noche hasta las doce de la madrugada, las luces seguían desarrollando su alegre función de cromatizar ese trocito de la fachada, con su bondadoso mensaje. Y así, un día tras otro, durante las primeras semanas del nuevo Año.

He de reconocer que eran muchas las noches en que, durante algunos minutos, me quedaba observando el texto a través del ventanal de mi terraza. Pensaba en la razón de ese alegre misterio que ponía color y sonrisas a esas horas nocturnas, plenas de humedad, silencios y farolas adormecidas. A poco de que “daban las doce” en la aritmética armónica del tiempo, las bombillitas también se marchaban a dormir, apagándose la figura geométrica y el texto que conformaban. Sin duda, ellas también anhelaban un merecido descanso, tras el esfuerzo diario por difundir la alternancia rítmica de su luz y color.

El bloque en cuestión, de siete niveles sobre la planta basal, estaba situado a poco más de unos ciento cincuenta metros desde mi domicilio. Conocía de vista a muchos de los propietarios de esas treinta viviendas que constituían el inmueble, más dos espaciosos locales comerciales. Uno de los mismos estaba ocupado por una asociación de seglares, cuyo nombre era “Camino de la Verdad” la cual, entre otras finalidades tenía como misión básica la orientación y ayuda material a todas esas mujeres cuyo destino y circunstancias les había abocado a “realizar o trabajar la calle”. El otro local estaba regentado por un supermercado de barrio, al que yo periódicamente acudía a fin de completar la gran compra semanal que efectuaba en un importante centro comercial, bastante más alejado de casa. Aunque no tenía amistad directa con ninguno de los propietarios e inquilinos de ese bloque, salvo los saludos ocasionales del “buenos días” y “buenas noches”, los percibía en su mayoría como familias de una avanzada edad, aunque había también algunos matrimonios jóvenes, con hijos aún en la edad que marca la adolescencia. 

Es el caso que cierto día, mientras había bajado por unas cervezas al súper, al guardar cola ante una de las cajas para el pago, vi que me precedían dos señoras mayores a las que reconocí como residentes en el bloque de las luces (como así lo denominaba). Me atreví a hacerles el siguiente comentario.

“Discúlpenme, Sras. Soy vecino de un bloque cercano al que creo Vds, residen. Me ha llamado la atención que, tras la finalización de las fiestas navideñas (estamos casi llegando a finales de Enero) uno de los pisos que hay en su edificio, mantiene encendidas, durante un par de horas cada noche, un motivo de ornamentación navideña, que fue colocado en los primeros días de diciembre. Y sin embargo me extraña que, desde hace unas semanas, no veo luz alguna dentro de sus ventanas, las cuales permanecen con sus persianas bajadas, ni otras señales de residentes en dicha vivienda…”

Las dos señoras, muy bien trajeadas, se miraron una a la otra, con sendos gestos en sus respectivos rostros que denotaban desaprobación y un cierto contenido nervioso. A poco una de ellas, con palabras entrecortadas ante la sorpresa que le había producido mi pregunta, respondió que efectivamente esa vivienda se encontraba ahora vacía, sin residentes. Y que su propietario había dejado esa ornamentación en la terraza. La otra señora, sin poder disimular la incomodidad que le había producido mi observación, comentó que preferían no seguir hablando del tema, dando por finalizado nuestro brevísimo diálogo.

Pero mi atrevimiento explicativo con las dos inquilinas del inmueble, con su inconcreta y nerviosa respuesta, no había hecho sino incrementar ese deseo de conocer, con más detalles, el trasfondo de una historia que, a buen seguro, ellas bien conocían. Y quiso la suerte que, unos días después, alrededor del medio día, yo me encontrase almorzando en mi terraza, dada la templanza del tiempo a pesar del invierno. En un momento concreto, divisé a una mujer en el piso de las luces nocturnas, que estaba retirando las macetas que aún permanecían sobre el suelo. Al rato, esa misma mujer salió desde la puerta de su edificio llevando unos paquetes que  trasladó a un coche que había aparcado en la acera opuesta a su puerta. La misma operación fue repetida en un par de ocasiones. Era evidente que se estaba llevando algunos enseres que habían sido dejados en la que debía ser su vivienda (entre ellos, las susodichas macetas). Al terminar de comer, me desplacé con presteza a la calle dispuesto a hablar con esa señora.

Ante mí tenía a una esbelta mujer, probablemente de cuarenta y tantos años, cuyo rostro algo inconcreto me recordaba. Con las disculpas subsiguientes, le expuse prácticamente el mismo interrogante que a las dos señoras del súper. Esbozó una forzada sonrisa, no exenta de curiosidad ante el atrevimiento alocado de mi pregunta.

“No se preocupe. Aunque Vd. a mi no me reconozca, hemos sido vecinos durante un cierto tiempo. Nos hemos cruzado, en numerosas ocasiones, por estas calles del barrio. En este momento tengo mucha prisa, porque me están esperando. Pero, si le parece, concretamos una hora y día, en donde le podré explicar, con más sosiego, el motivo de esos ornatos nocturnos que tanto han movido su curiosidad.”

Una semana más tarde, alrededor de las siete (ambos fuimos puntuales) nos saludamos en la puerta de una tranquila tetería, muy próxima al Museo Picasso malacitano. Había sido ella quien eligió este lugar de encuentro, comentándome que le cogía muy cerca del que era su nuevo domicilio, en la zona antigua de la ciudad. Una vez más, intentaba rastrear en mi memoria quién era la mujer que tenía ante mí, cuyos rasgos faciales me recordaban la imagen de alguna persona conocida, pero sin saber dónde ni cuando. Desde antes que nos sirvieran las consumiciones, ella mostró su clara disposición a explicarme la que iba a ser para mi conocimiento una curiosa y sorprendente historia.

“Mi nombre es Loreto. Desde el otro día, cuando guardaba los paquetes en el coche y te presentaste ante mí, noté en tu mirada que algo recordabas en mi persona, al igual que estás haciendo en este momento. Pero hay una tiniebla que te nubla la visión y te impide clarificar o identificar esa imagen ¿verdad?”

En ese preciso instante, mi interlocutora extrajo una fotografía de su bolso, poniéndola en mis manos. Reconocí, sin lugar a duda, la imagen de un hombre cuyo rostro me era familiar por haberme cruzado en repetidas ocasiones con él por las calles y comercios del barrio. Entonces miré fijamente a Loreto y me quedé prácticamente sin voz.

“Pero… pero si… pero si es un hombre…”

“Sí, efectivamente la persona que aparece en esa foto… soy yo. He luchado mucho por ser lo que realmente me ha dado la naturaleza. Yo sentía como una mujer, pero encerrada, aprisionada en un cuerpo de hombre. Quirófanos, inversiones costosísimas, muchos sacrificios, pero al fin soy quien debo ser. Unos le llaman, en lo científico, reasignación de sexo. Otros, más coloquialmente, cambio de sexo  e incluso “transformismo”. Antes, yo era Delfín. Ahora mi cuerpo se ha reacomodado a mis sentimientos, a mi cerebro y fisiología y soy Loreto”.

“Todo este proceso de cambio lo he vivido durante los dos últimos años. Pero sufriendo, calladamente, la incomprensión de una serie de vecinos de mentalidad trasnochada, ultraconservadora y cínica. No aceptaban convivir con un Delfín que había dejado en libertad a Loreto. Lo peor fue cuando mi nueva pareja se vino a casa a convivir conmigo. También,  cuando conseguimos, mediante la ingeniería genética, tener una descendencia. En la junta de propietarios, alguna gente farisea de comunión y golpes en el pecho, consiguió que se votara mi abandono de la vivienda, por el lamentable ejemplo que estaban recibiendo sus hijos. He pasado, hemos vivido, unos meses muy amargos.

Al final, ya no pudimos más, con todos los comentarios, miradas, silencios e incluso insultos y nos hemos mudado a una vivienda de alquiler, por la zona histórica de la Merced. Precisamente, la empresa inmobiliaria ya ha puesto, en el día de hoy, un cartel con el SE VENDE en mi antigua vivienda. Pero mientras que el piso sea de mi propiedad, no quitaré esas luces, ni ese texto de NAVIDAD ES AMOR, colocado en la terraza y que todas las noches se enciende durante un par de horas. Con ello les hago ver, a mis intolerantes convecinos, su incomprensión, su hipocresía y la ausencia de amor, con letras mayúsculas, en la teatralización de eso que llaman religión”.

Verdaderamente la cirugía había obrado milagros en la imagen de una mujer que antes sufría en el cuerpo de un hombre. Ahora era ella misma. Había sabido luchar frente a la cerrazón y la deleznable hipocresía social. Al despedirnos, le expresé mi admiración y respeto. Por supuesto, le ofrecí la ayuda que en algún momento pudiera necesitar. Y aquella noche, a eso de las 10 y algún minuto, las luces de ese balcón volvieron a pestañear. El AMOR, una vez más, había sabido vencer a la ausencia de verdad.-   


José L. Casado Toro (viernes, 8 Enero 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

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