viernes, 24 de enero de 2014

INTRIGA, EN LA LÍNEA DE CAJA DE UN HIPERMERCADO.



Cuando eres cliente usual del mismo hipermercado, haciendo las compras con una rutinaria frecuencia, se te hacen familiares muchas de las personas que atienden el cobro. En ocasiones, tras un breve saludo, intercambias algún comentario con el encargado o encargada de la caja registradora. Sin embargo, cuando el establecimiento se encuentra lleno de clientes, en los días previos a una festividad o en época de rebajas, las largas colas ante las cintas donde son depositados los artículos aconsejan la mayor agilidad, tanto por el consumidor como por los responsables de la entidad comercial. Unos y otros desean pagar o cobrar de la forma más ágil y rápida posible. Narremos una historia que se produjo en el contexto de una gran área comercial.

Rocío, una joven de veinticinco años, separada (en realidad, nunca se oficializó el vínculo) y madre de una niña que ha cumplido su tercer aniversario, trabaja en este hipermercado desde hace ya casi cuatro años. Vive junto a su madre, Natividad, en una pequeña vivienda de la zona norte, en esa modesta barriada colindante al río o cauce seco que atraviesa la ciudad. Son tres generaciones las que habitan en ese espacio, articulando entre ellas una feliz convivencia muy valorada en estos tiempos de crisis e inseguridad. El sueldo que aporta la joven trabajadora se une a la pensión de viudedad que cobra su madre, que sólo tiene veintidós años más que su única hija. El horario laboral de Rocío cambia de una semana a otra, según los turnos rotatorios establecidos por la dirección del negocio, ubicado en el nuevo centro urbano que estructura la ciudad. 

En las primeras horas de la mañana, suele haber pocos clientes en el hipermercado. Ello le permite estar más relajada ante la máquina registradora y fijarse en algunos de los clientes que con asiduidad repiten sus compras en esas horas tempranas del día. Concretamente había un hombre de mediana edad (probablemente, superaría en poco los cincuenta años) que, con unos pocos productos en su carrillo de compra, solía siempre elegir su línea de caja. Notó que, de una manera poco disimulada, se le quedaba mirando, esbozando una educada sonrisa. Y que utilizaba cualquier pretexto a fin de intercambiar algunas palabras con su persona. Al margen de que las normas de atención al cliente especificaban el saludo correspondiente y la mayor amabilidad hacia la persona que visita el establecimiento, la familiaridad de este hombre le hacía potenciar esa dedicación normativa, durante los escasos minutos que duraba el proceso de pago. Y así un día tras otro siempre que le correspondía el horario matinal, ya que en el turno de tarde este señor nunca solía aparecer. Por supuesto que la corrección del cliente en cuestión era intachable, aunque ella percibía que la observación del mismo hacia su persona era más que destacada. No le quiso dar más importancia al hecho, aunque se llegó a preguntar en la memoria si habría coincidido con él en alguna circunstancia concreta.

La contextura física del cliente era bastante delgada. Su pelo, inicialmente castaño oscuro se había ido entremezclado con ese cabello cano que refleja el paso de los años. El color de sus ojos, entre celeste y gris, reflejaba una mirada agradable pero también cansada, tal vez llena de tristeza, por los avatares propios de la existencia. Solía vestir de una forma juvenil, priorizando el uso de vaqueros y zapatillas deportivas blancas. Desde luego sus modales eran muy cuidados en la forma de trato, aunque se le notaba desde lejos su interés por la joven que atendía la caja de pago.

Esta curiosa historia tuvo un giro inesperado cuando una noche, tras el cierre del establecimiento, Rocío abandonaba el recinto. Esa semana le correspondía el turno de tarde. El estado del tiempo era muy agradable, ya que abril se había presentado con un ropaje primaveral de temperaturas templadas y, curiosamente, sin lluvias. Allí, junto a la puerta de salida, observó a este caballero que, con su inequívoca mirada, la estaba esperando. Le extrañó su presencia, pero entendió que debía ser amable y atenderle con la mayor corrección.

“Me va a disculpar y, en modo alguno quiero que mi actitud sea malinterpretada. Efectivamente la estaba esperando, pues conocía que hoy le correspondía el turno de tarde. Quiero decirle que siempre me trata con mucha consideración, cuando voy a pagar por su línea de caja. Y que agradezco mucho esas breves palabras que a veces podemos intercambiar. El vivir solo, ya desde hace muchos años, hace que valore especialmente cualquier gesto agradable o amable, especialmente en el momento de la comunicación verbal. Mi nombre es Feliciano y yo conozco el suyo, a través de la plaquita que tienen inserta en su uniforme. También aparece en el ticket de pago. Rocío es un nombre muy bonito y dentro de un par de días, es cuando se celebra su onomástica en el santoral. Quiero mostrarle mi agradecimiento por esas palabras y esas sonrisas que sabe regalarme en los breves minutos de la compra. Por todo ello le voy a rogar que acepte un pequeño regalo, para la celebración de ese día. Por favor, no se sienta incomodada, ni vea en mí otro comportamiento que no sea el de valorar su amabilidad”.

En apenas segundos, Rocío vio en sus manos una bolsita de joyería, en cuyo interior había una cajita muy bien presentada. Un tanto cortada y sin saber qué decir, la abrió viendo en su interior una pulsera o esclava de oro que únicamente llevaba grabado su nombre de pila bautismal. También había un par de lindos zarcillos. Ante la sonrisa de su interlocutor, ella se vio embargada de cierta tensión. En un principio hizo ademán de devolver el regalo pero, tras unos segundos de reflexión, interpretó el generoso gesto de una forma positiva. Feliciano le volvió a insistir que aceptase su regalo y que no viera en el mismo malas o dudosas intenciones. Un tanto con los colores subidos en el rostro, la joven dio las gracias, expresándole que no tenía por qué haberse metido en tal gasto. Aunque desconocía la situación económica de Feliciano, el coste de esa joya que le regalaba sin duda tenía un elevado valor. Se despidieron con una sonrisa, intercambiado palabras amables de ¡Gracias! y ¡Felicidades!

Al llegar a casa, su cría ya había cenado y estaba en la cama. La ayuda de su madre, Nati, era fundamental para el cuidado de la pequeña. Estando ya sentadas, ante el aparato de la televisión, Rocío le narró este curioso episodio, mostrándose su madre muy atenta ante la historia que le estaba contando y, de forma un tanto especial, ante las características o descripción física del generoso personaje.

  “Bueno, no te preocupes ni le des más vueltas. Probablemente sea una persona solitaria y con medios económicos, que se muestra agradecida del trato amable que recibe cuando le cobras sus productos de compra. Mientras que sólo sea eso, no tienes por qué inquietarte. Además, como me lo describes, te dobla ampliamente la edad. No creo que vaya con otras actitudes más interesadas. Desde luego sabe elegir los regalos. Esta pulsera es muy elegante y debe tener un destacado valor. Sin duda es una persona presa de la soledad, que ha debido potenciar en exceso las palabras que recibe o el trato amable que tú, muy bien, le sueles ofrecer”.

A pesar de estas tranquilizadoras palabras, por parte de su madre. Rocío no se sentía muy conforme, ante la decisión que, unas horas antes, había adoptado, presa de la confusión ante lo inesperado del regalo. Se despertó, en algunos momentos de la noche, dándole vueltas a la conveniencia o no de quedarse con tan valioso regalo, Tras el desayuno, llevó consigo la cajita con la pulsera a su centro de trabajo, pues se mostraba dispuesta a devolvérsela a Feliciano, cuando pasara por su caja. Por supuesto que lo haría con mejores palabras de agradecimiento. Una y otra vez, seguía sin comprender el gesto de este buen hombre. Pero, aunque ese día iniciaba su turno semanal de mañana, el curioso personaje no apareció para hacer esa pequeña compra que, como costumbre llevaba a cabo casi todos los días. Pasó ese día, también las semanas y los meses, sin que volviera a ver al cliente. Como no sabía más datos sobre su persona (salvo su nombre) no podía ponerse en contacto con él. Guardó la esclava y los zarcillos de oro en casa, pues no se mostraba dispuesta a utilizarlos. Verdaderamente le extrañaba la ausencia de este hombre, al que prácticamente veía pasar casi diariamente por su puesto de trabajo. ¿Qué le habría podido suceder, desde su último encuentro, en la noche de aquel miércoles de Primavera? Nunca más volvió a verle.

Y pasó el tiempo, entre atardeceres y amaneceres, por la sencilla vida de Rocío. Dos acontecimientos marcaron sus próximos años. El más grato fue que supo y pudo rehacer la convivencia familiar, con un compañero de propio supermercado, que también vivía la soledad de un matrimonio roto. Para ambos, el cambio supuso recuperar esa amistad lustrada de atracción sentimental que tan esperanzadamente buscaban. Pero también hay nubarrones que eclipsan las sonrisas, en el caminar del destino. Una fría mañana en Otoño, Natividad les dejó. Emprendió viaje a ese incierto destino, dicen…. más allá de las nubes, desde donde no se contempla el retorno.

Días más tarde de esa cruel, pero natural realidad, Rocío se dispuso a ordenar el cuarto de su madre, eliminando y conservando lo necesario. Hizo unas bolsas con ropa y zapatos, para donarlas a unas Hermanas que atienden a personas mayores muy necesitadas. Organizó los recuerdos y enseres más entrañables que habían pertenecido a Nati. En una carpeta con documentos muy diversos, halló un sobre cerrado, en cuyo anverso estaba escrito, con letras mayúsculas, la siguiente frase. Para Rocío, cuando yo me haya ido de la vida. Intrigada, abrió ese amarillento envoltorio. Dentro del mismo había una carta y una foto, en blanco y negro y perceptiblemente envejecida por el paso de los años. La imagen representaba a un joven apuesto y sonriente. En el reverso de la fotografía, una corta frase: Para ti Natividad, mi mejor amor. Firmaba, Feliciano. De inmediato pensó en el hombre del hipermercado. Evidentemente era este mismo señor, con treinta y pocos años menos.

Sobresaltada, leyó despacio y llena de intriga el contenido de la carta. No era un texto muy largo pero sí repleto de confidencias.

“Mi querida Rocío. Cuando leas esta carta, yo estaré muy lejos de vuestra existencia. Y deseo que conozcas una página oculta que hubo en mi vida. Muchas veces tuve intención de explicártela, pero al final siempre me faltó valor para hacerlo. Llevaba casada año y medio, cuando conocí a una persona que generó en mí un gran amor. Aquella relación, oculta, transcurrió durante un par de meses. Fruto de ella, quedé embarazada de ti. El que siempre has considerado tu padre, tenía una dificultad orgánica para procrear. Tuvo la grandeza de aceptar una hija, que sabía no era suya, y perdonar mi temporal infidelidad. Él siempre tuvo hacia ti un trato de padre. Bien lo sabes. Antes de romperse nuestra relación, Feliciano aceptó también mantener el secreto de su paternidad. Nunca más supe de él, hasta ese día en que me contaste el regalo que te hizo un cliente, a la salida del súper. Por los datos físicos que me diste, sabía que era esa persona que fue tan importante para mi maternidad. Al paso de los años, quiso localizarte. Conocer físicamente a su hija, pero sin descubrir nuestro secreto de amor. Por alguna razón, muy poderosa, eligió ese preciso momento para hacerte el regalo. Después, según me contaste, desapareció completamente también de tu vida. Ahora ya conoces mi secreto. Por esta foto que te adjunto, podrás reconocerlo de joven. Confío y deseo sepas perdonarme. Pero, gracias a Feliciano, tu llegaste a la vida. Tú has sido el gran y principal tesoro de mi existencia.  Un beso. Tu madre”.

Profundamente sobresaltada y nerviosa, Rocío tuvo una intuición. Recuperó la pulsera de oro que tenía guardada en el comodín del dormitorio. La repasó y descubrió que en el borde interior de la misma estaba grabada, con letras muy pequeñitas, una fecha. Esos cuatro números correspondían al año exacto de su nacimiento.-


José L. Casado Toro (viernes, 24 enero, 2014)
Profesor

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