viernes, 20 de diciembre de 2013

COMPARTIENDO RECUERDOS, PARA SU MEJOR NAVIDAD.


Desde hacía tiempo sentía ilusión por realizar un reportaje donde prevaleciera la humanidad y sencillez de la memoria, frente a las prisas banales de la representación escénica, casi siempre dictadas por el calendario. Al fin este año me he decidido, tras afrontar dos importantes dificultades que, con la habilidad del diálogo, se han podido resolver. En primer lugar, la autorización que la dirección de la institución benéfica debía previamente conceder. Y también, pero muy importante, la generosa comprensión de mi propia familia, pues el esfuerzo de este trabajo también iba a repercutir en el anecdotario cronológico de sus vidas. Todos han de saber que el periodismo posee estas grandezas y servidumbres. Así que, bien acompañado de mi cámara fotográfica, una pequeña grabadora y un bloc de notas, encaminé mis pasos, a eso de las ocho de la tarde, a esta humilde residencia para la tercera o última edad. En este entrañable espacio, unas abnegadas Hermanas de vocación y caridad, acogen y cuidan a personas mayores que no tienen con quien vivir. Me disponía a compartir la cena de Nochebuena con los residentes de esta Casa llena de amor y solidaridad, para con unos seres que tanto lo necesitan.

En este día tan entrañable, sólo han quedado en el edificio siete de los allí acogidos. El resto de los cuarenta y tanto residentes van a pasar esta Noche junto al calor de algunas familias solidarias o con algún pariente lejano, que se ha acordado de ellos para este emblemático momento anual del calendario. Tres hermanas, una cuidadora social y la encargada de la cocina, se han esforzado en organizar una suculenta cena (dentro de sus limitadas posibilidades económicas) para este martes de un diciembre, con pleno sabor navideño.

Previamente, acompañado de la Hermana directora, hago un recorrido por todas las dependencias del edificio, donde se respira un ambiente de paz y limpieza que gratamente me impresiona. Tras conocer la organización de los servicios comunes y las propias habitaciones de los residentes, accedemos a un gran salón. En él se acomodan siete personas que aguardan el inicio de la cena fijada para las nueve de la noche, algo más tarde de lo que es usual para el resto de los días en el año. Algunos de los siete presentes miran hacia el programa que la televisión está emitiendo, muy cercano a un primoroso Belén en el que todos han colaborado para su construcción. Este otro lee un periódico deportivo, mientras que aquellas dos ancianas descansan, sentadas en uno de los sofás, observándome con cara de cierta extrañeza. Visualmente percibo que todos ellos son muy mayores. Sin duda, octogenarios. Tal vez alguno, incluso, nonagenario. Estrecho la mano de los tres hombres y saludo con un beso a las cuatro señoras, presentándome como un periodista que ha querido compartir con ellos estas horas afectivas de la Nochebuena. 

Intercambiamos algunas palabras y sonrisas. Sus rostros agrietados y cansados por las leyes inexorables del tiempo, ofrecen el semblante de los que ya poco esperan, como no sea ese nuevo amanecer que el destino quiera concederles. En el letargo de sus miradas también percibo la placidez de unas vidas en la que los afanes y tensiones se han sosegado, tras largas historias que se nublan en la lejanía del recuerdo. Al fin la Hermana Sonsoles nos hace una indicación para que pasemos a una sala contigua, donde se ubica el “refectorio” para el alimento. Ayudo a una de las señoras, que camina con dificultad “Hijo mío, estas piernas cada día me pesan más. Y aunque no te lo vayas a creer, en mis años mozos me ganaba las pesetas bailando por esos “puebluchos” de Dios. La Hermana Claudia ha puesto, en un pequeño compact disc, un CD con villancicos tradicionales, que ha modulado muy bajito para que no moleste a la concurrencia. En realidad pronto pude comprobar la degradación auditiva, en más de uno y una de estas personas.

El menú estaba compuesto de entremeses variados, una cálida y sabrosa tacita de consomé (con el acompañamiento de la necesaria ramita de hierbabuena) y un plato de carne mechada con verduras cocidas. Para los postres, tarta casera de chocolate, sin que faltara una gran bandeja, poblada de mantecados, turrones y mazapanes. Aunque siempre se ofrece agua en las comidas, esa noche se añadió vino tinto y unos botellines de cerveza, para los residentes que lo deseasen. Tras la bendición de la mesa, con la oración correspondiente, nos sentamos en hermandad a fin de dar buena cuenta de tan apetitosos alimentos. Debo aclarar que, previamente a mi desplazamiento, pasé por Casa Mira, donde me prepararon una caja surtida de sus afamados productos navideños, modesto detalle que entregué a la Hermana Benita, encargada de la cocina.

Ya en la sobremesa, propuse a los presentes una simpática aportación o juego colectivo. Les expliqué que estaba realizando un reportaje, dedicado precisamente a ellos, en una Noche tan emblemática. Les pedí que cada uno narrase, buscando en el archivo de su memoria, aquel recuerdo que hablase de la mejor Navidad que habían gozado en sus vidas. Todos se mostraron dispuestos para colaborar en este relato multicolor, con historias que iban a llenar de luz una noche presidida por la amistad y el afecto. Debo esmerarme en la síntesis, pues alguno de mis compañeros de reunión era más que fluido en las palabras, no encontrando el momento de poner fin a la detallada descripción que nos hacía.

NOEMÍ. Es la primera en intervenir. Con voz pausada, nos introduce en alguno de sus mejores recuerdos de la infancia. En su mente, siempre quedará grabada la imagen de aquella querida abuela que se encargaba, con hábil destreza, en la elaboración de las rosquillas y borrachuelos, durante la mañana del día 24 de diciembre. Ella misma, entonces muy pequeña, ayudaba junto a sus otras dos hermanas, a la tata Ovidia, que les enseñaba como se hacía la masa de harina para los dulces. No se le podrán olvidar las figuritas de animales que moldeaban con algún trocito de masa que la abuela les dejaba y que, después, también pasaban por ese gran perol lleno de aceite de oliva, donde se freían las rosquillas. La alegría, las risas que de todos fluían y el buen olor al aceite hirviente, son escenas entrañables que nunca se borrarán de su bien trabajada memoria. 

ALEJANDRO. Antiguo sindicalista de la C.N.T. fue tornero fresador de profesión. Tuvo un hijo en su matrimonio “pero él siempre está muy ocupado con su familia. Apenas tiene tiempo de pasarse por aquí. Pero cuando lo hace, me trae libritos de crucigramas, pues sabe cómo me gustan. Él es bueno, pero la “lechuza” de su mujer….” Este buen hombre, de espalda encorvada, nos cuenta que sus mejores imágenes son aquellas de verse ante los escaparates de la tienda Carrión, cerca de la Plaza de los Mártires. En ese mundo de los juguetes, se pasaba horas y horas, disfrutando a través del cristal, soñando despierto todo lo que se iba a pedir en la carta a los Reyes. Día tras día, aquel niño no se olvidaba pasar por esta calle, para ver si aún permanecía allí ese fuerte de madera, con los soldaditos de goma. O esos juegos reunidos Geyper, en su gran caja de cartón amarillo, con la alegre sonrisa de un niño ante la ilusión para imaginar y jugar.

ANTYA. Su vida se ha visto presidida por un intenso desorden. Ella ha sido una “mujer de la calle”. Nunca ha evitado o importado reconocerlo. Nos introduce en aquella última Navidad en la que pudo disfrutar, con sana e infantil emoción, la compañía de sus padres. Tendría, entonces, unos ocho o nueve años de edad. Formaban una familia sencilla y modesta pero, al tiempo, feliz. Después se cruzó aquel mal hombre en la vida de su madre, quien fue banalmente engatusada, provocando su abandono del hogar familiar. Recuerda, con nostalgia aquella última oportunidad en que ella y sus padres celebraron juntos la Nochebuena. Posteriormente, han ido pasando muchos otros diciembres por su existencia, pero ninguno como aquél en que vio a su padre y su madre, unidos y felices. Nunca volvió a ver a su mami, pero sabe rezar todas las noches por ella. Era su madre…. y nunca se borrará de su memoria.

BLANCA. Una mujer soltera, que trabajó durante toda su vida en un taller de costura. Su escasa pensión de jubilación, a causa del mal trato administrativo por parte de la empresa y los achaques propios de la edad, hicieron posible su llegada a esta Residencia de la Caridad, hace ya tres años. Aquella primera Navidad en esta Casa se le ha quedado firmemente grabada como uno de las experiencias más lindas de su vida. Encontrarse rodeada de otras muchas personas que le ofrecían amistad, cariño y cuidados, fue la mejor medicina para sus dolencias y soledad. Recuerda esa fiestecita del día 25, en la que todos acabaron cantando villancicos frente a un precioso Belén, que habían montado en la entrada de la capillita. Fue ella quien se encargó de hacer algunos pequeños trajes para las figuras de San José, la Virgen María y los Magos de Oriente. Su primera Navidad, en esta Casa de todos, le ha dejado para siempre una imagen imborrable de bondad y felicidad. 

DOMINGO. Su situación es otro de los penosos ejemplos que llevan a cabo algunos hijos con respecto a sus padres. “Tal vez sea por ley de vida. Las necesidades, en unos y otros. Los graves problemas económicos que han de afrontar. ¡Qué le vamos a hacer! Al menos respetaron mi muy escasa pensión (trabajé de albañil, para las chapuzas) y me pude venir a esta casa, donde me siento como en una gran familia. MI mejor recuerdo fue cuando mi padre me llevó, siendo yo bastante pequeño, al primer gran concierto en directo al que asistía. Entrar en aquel gran teatro y ver a tantos profesores en el escenario, tocando música de Navidad, fue para mi una de las impresiones más gratas y permanentes que tengo ahí dentro. En la memoria. ¡Cómo sonaba todo aquello que tocaban! Cuando salimos del gran teatro, fuimos a tomar churros con chocolate. Era un día de mucho frío, pero mi madre me había vestido muy bien abrigado”.  

ALMA. Estábamos de viaje, camino del norte, donde vivían mis tíos. Mi padre era natural de Burgos. Dado el mal tiempo, tuvimos que hacer noche en un pueblecito de Valladolid. Ese mismo día 24, cuando nos levantamos de la cama y miramos por la ventana vimos a todo el paisaje que rodeaba al hostal cubierto de un gran manto blanco. ¡Había estado nevando durante la noche! Fue la primera vez en mi vida en que pude jugar, con mis dos hermanos, a construir un muñeco de nieve. Le pusimos hasta una gorrita, y como nariz, una zanahoria que nos dieron en la cocina. Disfrutamos haciendo bolitas que nos tirábamos, en medio de risas, carreras y resbalones sobre un suelo blando de nieve. Después tuvimos que reanudar el viaje, pues teníamos que llegar a casa de los tíos, a fin de pasar la Nochebuena con ellos. Nunca olvidaré aquella mañana, cuando se me hundían las botitas en ese suelo cubierto por aquella alfombra blanca. La felicidad y emoción que sentí es muy difícil de expresar….”.

DAVID. “Mi única hija nació precisamente en la noche de un 24 de diciembre. Cumpliría hoy…. cincuenta y dos años. Pero un día infortunado, Dios, el destino o lo que sea, se la quiso llevar. No entremos en detalles más tristes. Esa noche, en el Materno, también nacieron otros dos niños. Los tres padres celebramos juntos la Nochebuena. Los celadores, médicos y enfermeras, que estaban de guardia, nos invitaron a pasar con ellos esa entrañable fiesta familiar. Compartieron con nosotros los alimentos y dulces que habían llevado para la cena. Fue muy simpática y alegre. Cantamos villancicos y alguno ayudó con su guitarra y una zambomba. Cada dos por tres, tenían que salir corriendo, debido a las llamadas de las embarazadas o parturientas. Al final todos ayudamos, por supuesto. A pesar de la situación, fue mi mejor Nochebuena. Después la vida dio muchas, muchas vueltas. Pero hoy, aquí rodeado de estos amigos y Hermanas tan admirables, he recuperado mucha paz y bondad que creí perdidas. Cuando despierto cada mañana, doy gracias a Dios por concederme una nueva oportunidad”.

Respondiendo a una llamada de mi mujer, pude fijarme en que pasaban ya las once y media de la noche ¡Qué rápido se nos había dibujado el tiempo! El trabajado cuaderno de notas estaba lustrado de apuntes caligráficos. Algunos de estos amigos mayores, también consideraron divertido hablar frente a la grabadora.  Y en aquel preciso momento, entró la Hermana Sonsoles en el gran salón estar, allí donde ahora permanecíamos sentados, formando ese grato círculo de amistad. Se acercó a uno de los presentes indicándole, en voz baja, que había una persona en recepción, deseando verle. Iba a ser la última gran sorpresa, para esta Noche inolvidable e inesperada, en la Casa donde la Caridad no es un concepto etéreo o abstracto, sino real.

Camino de casa, me crucé con numerosos grupos de jóvenes, en general bien abrigados con ternos oscuros, que caminaban ruidosos para profundizar en la fiesta. Algunos, con esas corbatas prestas para días de ceremonia. Algunas, haciendo equilibrios sobre zapatos picudos con tacones al alza. Todos con la sonrisa a flor de boca. Y vehículos de acá hacia allá, tras ese rito escénico de reunión familiar, para una Noche de reencuentros. Sentía frío y calor, al tiempo. Ambiental y anímico. Además de mi familia, me esperaba una larga madrugada, pues la elaboración del reportaje no podría esperar. Había sido… un lindo día de Nochebuena. Mañana, 25, millones de personas, en todos los lugares de la Tierra, disfrutarán la alegría y el bello sentimiento de la Navidad.-


José L. Casado Toro (viernes, 20 diciembre, 2013)
Profesor

No hay comentarios:

Publicar un comentario