viernes, 15 de febrero de 2013

UN NÁUFRAGO, ENTRE EL OLEAJE DE LA SELVA URBANA.


Son gestos rutinarios, mecánicamente aplicados, en el continuo discurrir de las horas. Llegas a casa, tras la aventura insospechada o previsible de cada día, compruebas el contestador telefónico y, con esa identidad repetitiva que te caracteriza, echas un vistazo al listado de correos entrantes en tu ordenador. Hoy, como ayer, también son muy numerosos. La inmensa mayoría de los mismos (treinta, cincuenta, a veces más) corresponden a la publicidad comercial. Algunos, con atrayentes incentivos para sus ofertas. Otros, aburridamente monótonos en sus escaparates on-line. Resulta algo parecido a lo que diariamente encuentras en el buzón del correo ordinario, ubicado en el portal del edificio en que vives. En este caso, prevalecen las cartas remitidas por las entidades bancarias. Frías y desangeladas, tanto en sus contenidos como en las ofertas para sus, hábiles y retocados, productos financieros. Lo mismo sucede cuando esas misivas llegan a través del servidor electrónico.

Y, al igual que ayer, te encuentras a un vecino, con el que compartes ese breve trayecto viajero en el ascensor, quien viéndote el manojo de cartas con los membretes insertos de bancos y cajas de ahorro, te regala el comentario acerca de aquellas cartas que se escribían hace ya muchas décadas en el tiempo. Es verdad, su naturaleza literaria y caligráfica era esencialmente diferente a las que hoy nos llegan para nuestro desangelado conocimiento. Las de hoy, suelen ser monótonas, aburridas y, en un gran porcentaje, con carencias vitales o narrativas más que perceptibles.

Una tarde, jugando con los descansos ante el estudio, recordé aquellas prácticas o juegos llevados a cabo en momentos de asueto. Se escribían algún mensaje significativo, con  datos que ayudaban para la respuesta. A continuación, se introducía ese texto en el interior de una botella, debidamente cerrada, que era arrojada, con ilusionada esperanza, al mar. Las corrientes, el azar del oleaje, las oportunidades de su hallazgo, posibilitaban que llegase a manos de alguna persona que residía, probablemente, a pocos o muchos kilómetros de distancia. Y no siempre, pero sí en la ocasión que marcan las voluntades, esa misiva viajera por las aguas saladas de los mares, era atendida en su respuesta para la sorpresa y compensación del remitente. Ese símil metafórico de la botella navegante podría aplicarse a esa otra navegación que densifica la circulación informática a través de las redes. Y algo así me ocurrió, para el anecdotario de la imaginación, sustentado en la voluntad por hacer algo diferente.

Dicho y hecho. Fue una travesura comunicativa, para experimentar respuestas desde la inmensidad de la selva urbana. A este fin redacté unas breves líneas, con un mensaje parecido al que sigue:

“Good Corning, buenos días. Es muy posible que te extrañe la recepción de este correo electrónico. Estoy seguro que no conoces al remitente. No te preocupes. Es un simple juego, para analizar las probabilidades psicológicas en lo social. Vivirás cerca, o muy lejos, de quien te habla. Serás hombre o mujer. Joven o con muchos calendarios ya en tu memoria. ¡Existen tantos datos, tantos detalles, en la inconcreción del espacio que nos separa! ¿Y qué desea el autor de este correo? Pues intercambiar alguna palabra, algún contenido, siempre en el anonimato de nuestras respectivas privacidades. Cuando desees dialogar, aquí estaré y atenderé con seriedad tu correo.  El azar ha hecho posible que estés leyendo, con dudas y curiosidad, el e-mail que acabo de remitirte. Repito, sin más rostros o señas que la posibilidad del azar. Entenderé tu cautela, si no te animas a responder. Saludos”. 

Todo ello sin más datos identificativos que mi necesario remite on-line. A continuación, inventé una dirección de destino formada por tres sílabas y, tras el arroba, el servidor correspondiente. Utilicé tres vías electrónicas, para el mágico tren de lo posible: hotmail.com; gmail.com y, finalmente, yahoo.es. El mensaje viajó con presteza, a través de las redes sociales, en busca de un receptor que se acomodase a esas tres sílabas que identificaban su nombre. Posteriormente, como aquel solitario náufrago, que ha de seguir buscando el sustento en su isla, continué con esa actividad cotidiana que tanto nos equilibra o desalienta.

De inmediato, uno de los tres correos me vino devuelto. Mi servidor electrónico es muy eficaz, en su rapidez, para indicarme la imposibilidad de entregar el mensaje, a causa de no haber hallado una recepción que se ajustara a mis datos. Sin embargo, ese envío fallido, me confirmó que había en Internet dos personas que se acomodaban a las tres sílabas que ideé para la experiencia. Pasaron unas semanas, en la orfandad de ambas respuestas. Son numerosas las causas que pueden justificar estos silencios: la prudencia, la desconfianza, el desinterés, la prioridad de otros destinos o la papelera de los receptores.  También, cómo no, los filtros o cortafuegos protectores, para ese spam indeseado.

Ya, con el discurrir del tiempo, casi me olvidé de esta infantil jugada en el estadio universal de la red. Me pregunto ¿hubiera obtenido respuesta ese escueto mensaje, en caso de haber sido yo el receptor correspondiente? La verdad es que no lo sé. Con tan limitados datos y con todas esas leyendas que pululan, con más o menos verosimilitud, en el boca a boca informático, lo más sensato y razonable hubiera sido pasar página de esos mensajes no solicitados. Otros asuntos reclamaban la atención del día a día. Los dos correos sin respuesta volatizaron en el olvido motivaciones e intereses que se iban alejando en las brumas del tiempo.

“Hola, ¿quién eres y dónde vives? ¿A que ya no esperabas recibir este correo? Pero hoy me he decidido a responderte. Habla un poco acerca de ti y tus motivaciones”.

Casi dos meses, había sido el tiempo transcurrido desde aquella oportunidad en la que yo también eché esa “botella”, repleta de curiosidad, al mar de la incertidumbre o la casualidad. Pero hoy me llegaban, al escritorio del ordenador, tan escuetas e inconcretas palabas procedentes de una dirección electrónica que me era bien conocida pues, en su momento, la tuve que inventar. Eran tres sílabas que iniciaban un nombre, real o supuesto, de alguien quien, en el océano ilimitado de las redes, había tomado la decisión de responder a mi llamada. Igual podía ser un hombre o una mujer. Nuestras respectivas geografías podrían estar cercanas o más alejadas. Tampoco me pareció que fuera cosa de niños, pues esas treinta palabras, a pesar de ser muy inconcretas, reflejaban la autoría de una persona adulta. Parecía divertirle la situación. Sin soltar prenda alguna de quien era, al tiempo, planteaba o exigía mi respuesta identificativa. Pensé que era una curiosa oportunidad para entablar amistad o un simple diálogo con alguien desconocido, con todos los riesgos posibles que ello comportaba.

Iniciamos un intercambio de correos, más o menos con el ritmo cíclico de la periodicidad semanal. En principio eran de breve contenido aunque, en más de alguna ocasión, por la temática que dialogábamos, se hacían algo más extensos. Comentábamos noticias de prensa, algunos de los estrenos cinematográficos (ambos compartíamos la afición al cine) anécdotas acerca del quehacer diario o algunos de esos proyectos que diseñamos para enriquecer los fines de semana. De una forma tácita, uno y otro decidimos no aportar datos que concretaran a nuestras respectivas personas. Pero, desde su primer correo, siempre tuve la percepción de que tenía a una interlocutora en nuestro diálogo. Pienso, también, de que ella suponía que hablaba con un hombre. Siempre hay comentarios, giros expresivos, palabras o frases que son más propias o utilizadas en un hombre o en una mujer. Desde luego puede parecer algo infantil, por parte de ambos, que mantuviéramos con tanto celo la intimidad de nuestra privacidad identificativa. Pero lo cierto es que nos fue bastante bien seguir manteniendo esa intriga que fluía de nuestro reciproco desconocimiento.

Esta relación epistolar, intermitente pero continuada, se prolongó durante un par de meses. A partir de esos momentos se fue espaciando en el tiempo hasta que, al llegar el verano pasado, desapareció. Fueron unos tres o cuatro los correos que le seguí enviando, sin obtener respuesta alguna a los mismos. Incluso en el último e-mail, me decidí a explicarle algunos datos básicos de la que había sido mi profesión, además de revelarle la provincia o lugar desde donde le escribía. Esa última parte del correo (el más extenso de entre los que le escribí) decía, más o menos así.

“Entiendo que puedas tener razones para poner fin a este diálogo que hemos mantenido durante los pasados meses. Para mí ha sido muy novedoso, divertido pero, sobre todo, enriquecedor para lo humano. En tu caso, pienso que también te habrá aportado ese valor de intercambiar ideas, opiniones, reflexiones o ese simple quehacer que conforma la historia de cada uno de los días. Veo que quieres silenciar esta comunicación. Y ese deseo, lógicamente, lo debo respetar. Siempre te quedará mi dirección electrónica, para cuando quieras o necesites llamar a su puerta. He soñado, muchas noches, con esa feliz utopía de tener puertas sin cerraduras. Al menos… on-line. Repito, no tendrás necesidad de llamar. Simplemente……. empujas esa puerta que no necesita llaves, para la amistad y el diálogo. Gracias, por haber sido generosa y valiente”.

Y cada día, cuando repaso el buzón de mi escritorio, tengo la esperanza, tal vez la convicción, de que pueden y van a aparecer, otra vez, esas tres sílabas _  _  _  @hotmail.com, que hagan posible la reanudación de aquella fructífera vía para la comunicación. Será una señal inequívoca de que aún existen hoy algunas puertas sin cerraduras, miradas transparentes y el aire fresco de una sonrisa. Sonrisa que fluye, sin duda, del corazón.-


José L. Casado Toro (viernes, 15 febrero, 2013)
Profesor

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