A diario leemos, en las páginas digitales de Internet, ofertas publicitarias verdaderamente atrayentes, para tratar de resolver problemas o necesidades que nos afectan, aplicando una vía diferente a la ortodoxia tradicional establecida por la ciencia o la tradición. Hay una parte de la ciudadanía que genera un cierto recelo a esas “soluciones maravillosas”, sustentadas por las opiniones de usuarios que confirman los buenos resultados, beneficiándose de unos descuentos porcentuales importantes, si se adquieren en un determinado plazo de tiempo. También son muchos los que se animan a probar esas atrayentes opciones, aunque después de pagar notables cantidades por el servicio o producto caen en la brusca realidad de que no reciben lo que reiteradamente se afirmaba o aseguraba en los anuncios publicitarios. Y la política de “devoluciones” es tortuosa y no siempre cierta.
Sin embargo, también observamos que, en la propia ciencia médica o en otras parcelas de la sociedad consumista, hay profesionales titulados que, en un momento determinado del “tratamiento”, optan por aplicar soluciones atípicas o “heterodoxas” a fin de hacer frente a situaciones que no siempre ofrecen resultados positivos o conllevan efectos secundarios notablemente lesivos o de muy elevado coste para los pacientes. Puede haber caminos sencillos que nos sorprenden por su facilidad y rentabilidad, en oposición a otras rutas complicadas que nos marca la ortodoxia.
El personaje central de nuestra historia es CELESTINO Mercado Santillán. Divorciado, después de una tormentosa relación de casi diez años, con una hija, Amina (mismo nombre que su madre), renunció en absoluto volver a pasar por la vicaría o por el Registro Civil, habituándose a vivir su intimidad en soledad. Este pobre hombre, engañado, humillado y pronto olvidado por su exmujer y su hija (se vio obligado a tener que pagar un 40 % de su sueldo mensual hasta que ésta cumplió los dieciocho años) ha trabajado, hasta su reciente jubilación, como conserje de una afamada cadena hotelera, siendo sus destinos principalmente Málaga capital y localidades de la Costa del Sol.
Mientras estaba laboralmente en activo, su vida transcurría con la rutina “placentera” de su horario de trabajo, mezclado con el cine y el fútbol durante su tiempo libre, alternando los paseos por el campo y la ciudad que tanto le animaban. El menú diario prácticamente lo tenía asegurado, como los demás trabajadores del hotel. Periódicamente se inscribía en algunos viajes cortos y económicos para los fines de semana que podía, programados por una popular agencia del barrio donde vivía (Humilladero-La Unión), visitando monumentos y lugares típicos de los pueblos de la provincia, con el almuerzo básico incluido, Así transcurría su sencilla y tranquila existencia, con la monotonía y seguridad subsiguiente, aunque su carácter sosegado no aspiraba a mucho más. Su trabajo en el hotel era el bálsamo que realmente le vitalizaba, para sustentar el paso de las horas y los días. Pero llegó lo que venía preocupándole durante los últimos años: el momento, para él crítico, de acceder a la jubilación. Tener que renunciar a su puesto de trabajo, vistiendo su elegante uniforme en la recepción del hotel, atendiendo a los clientes que llegaban, manteniendo el orden en la sala de recepción, ayudándoles con sus equipajes e indicándoles los servicios y dependencias del establecimiento residencial, dominando como hábil recurso algunas palabras y frases en inglés y recibiendo con frecuencia interesantes propinas, era algo muy duro de abandonar. Pero los 65 años habían llegado en su calendario y la ley indicaba los plazos laborales a los que se tenía que someter. ¿Qué hacer con el amplio tiempo libre que se le “venía encima”?
Desde luego su carácter no estaba preparado para el tiempo de la jubilación. Casi sin poder evitarlo, su carácter se vio sumido en ansiedades, nerviosismos y esa lesiva depresión anímica que tanto distorsiona el equilibrio de las personas. También el “crítico” y desagradable insomnio llegó a su vida. Aconsejado por Tiburcio Cantalapiedra, el director de su hotel SEMÍRAMIS, en el que había desarrollado gran parte de su trabajo como conserje, se puso en manos de un acreditado psiquiatra, ARCADIO Tébar Torreblanca, de origen murciano, 38, especialista que había enriquecido sus estudios con estancias en centros de tratamiento de Suiza, Nevada y Tokio, quien además de dirigir el departamento de psiquiatría del Hospital Clínico universitario, tenía consulta privada, en la que también atendía a los poseedores de pólizas de la compañía ASISA, a la que Arcadio pertenecía.
El duro planteamiento que el antiguo conserje hizo al cualificado especialista aconsejaba un tratamiento urgente: Insomnio y pesadillas nocturnas, angustia, tristeza, lloros espontáneos, días de pérdida del apetito mezcladas con ingestas voraces, humor cambiante, silencios prolongados, tendencia al aislamiento, comportamientos compulsivos (rascarse de continuo las manos y lavados numerosos de las mismas durante el día) recelos extremados y bloqueantes con determinados colores. El panorama que presentaba el paciente era complejo y preocupante. Los curvas y fallas anímicas eran continuas. Y comenzó, junto a las sesiones de tratamiento quincenal, la fuerte ingesta de fármacos, que afectaban a su estómago y otros importantes órganos corporales. La terapia con fármacos (especialmente antidepresivos) era intensa (10-12 comprimidos diarios) y las pruebas complementarias en los centros de radiología y enfermería también eran frecuentes. El aturdimiento de Arcadio con esta farmacología era patente.
Una tarde de consulta, el Dr. Tébar fue bastante explicito con su cliente.
“Celestino, he dedicado horas a estudiar detenidamente tu caso. Creo sinceramente que no estamos yendo por el camino más adecuado. Te estoy prescribiendo antidepresivos cada vez más fuertes, que facilitan la función antidepresiva, analgésica y estabilizadora. Es la praxis tradicional o convencional de tu terapia. Pero la estamos pagando a un elevado precio y riesgo, para tu equilibrio orgánico. Pienso que el gran problema que te afecta es sentirte vacío con tu forma de vivir en la actualidad. Lo llamaría “síndrome de inutilidad”. Hay personas que organizan bien la etapa de su jubilación y el abundante tiempo libre, pero ese, lamentablemente, no es tu caso. Hay que dinamizar y optimizar el tiempo que la naturaleza te está concediendo.
Reduciremos paulatinamente el nivel de medicación y paralelamente iremos intensificando la acción relacional que vas a ir desarrollando con respecto a las personas necesitadas. He contactado con un conocido centro residencial para personas de avanzada edad (AMANECER). Allí contactarás con el director, que te asignará a un residente determinado, para que trabéis amistad, dedicándole unas cuatro horas de tu tiempo cada semana. Acompañarás y hablarás con este nuevo amigo/a haciendo más llevadera su permanente estancia en la residencia. Podréis hacer algunos juegos de mesa para el entretenimiento, intercambiar anécdotas interesantes de vuestras vidas, compartir algún aperitivo en la cafetería del establecimiento, pasear por la amplia zona ajardinada, y todo lo que buenamente se te ocurra, con el fin de ayudar a una persona que necesita de tu amistad. Será una labor importantísima, porque no sólo vas a iluminar con generosidad el tiempo de esa persona, sino que también te vas a ayudar en el progreso de tu recuperación. En resumen, menos medicinas y más apertura hacia los demás. Verás como comenzarás a sentirte más feliz y útil en este tiempo de jubilación.”
En 48 horas, Celestino se había convertido en colaborador externo de la Residencia Amanecer. El director del establecimiento, Arsenio Lences, le informó acerca de su labor con la persona que le fuese asignada. Básicamente, hacerle compañía, compartir con ella el diálogo, el consuelo y alguna distracción, como juegos de mesa o la elaboración de algunas manualidades o artesanías. Se desplazaría a la residencia los miércoles y los domingos, para realizar su labor totalmente altruista por las tardes, durante dos horas de cada día. El equipo terapéutico mantendría el control necesario para facilitarle la labor con estas personas mayores y aquejadas del pathos de la soledad anímica y física.
Quiso la suerte o tal vez la coincidencia buscada, que la primera interna que le asignaron era una mujer, MARIELA que había compartido trabajo con Celestino, hacía ya bastantes años, en el hotel Semíramis. Durante más de dos décadas había estado integrada en el equipo de camareras de habitaciones, efectuando funciones de limpieza, orden en los cuartos y en las camas del establecimiento hotelero. Se había jubilado diez años antes que su compañero Celestino. Para uno y otro compañero, el reencuentro fue emocionante,
“Cuando me jubilé, anticipadamente, por un severo problema de vértebras, pensaba que mi hija Delia me daría cobijo en su casa, por mis limitaciones físicas. Desde que ella formó matrimonio, he vivido sola en mi domicilio, pequeño y modesto, pero acogedor. Mi yerno e incluso mis nietos, que vivían en un piso relativamente pequeño, no veían con buenos ojos, al igual que Delia, acogerme en sus vidas. Me di perfecta cuenta de que mi presencia significaba un estorbo indeseado. Desde luego que yo misma favorecí el internamiento en una residencia para mayores del Servicio Andaluz de Salud”.
Cada miércoles y domingo, Celestino y Mariela mantenían y disfrutaban unas horas de conversación, juegos o incluso una merienda, que el centro facilitaba por la labor que el antiguo conserje realizaba. Hablaban e intercambiaban anécdotas acerca del hotel que ambos habían servido, aunque en funcionas diferentes. Repasaban los nombres de los compañeros con los que habían compartido el trabajo, de muchos de los cuales nada sabían acerca de cómo les iba en la vida. Disfrutaban mucho de los largos paseos que realizaban por las amplias zonas ajardinadas que poseía la residencia, aprovechando para el descanso los bancos de madera que están repartidos por todo el recinto. Mariela aceptó muy contenta el ofrecimiento del compañero y amigo Celestino de añadir un día más a la semana para venir a visitarla.
“Para mí es la mejor medicina saber que mañana o pasado ves a venir a estar un ratito conmigo, en los que podremos hablar de nuestras aventuras laborales o de nuestras familias. También me impresiona cuando estamos en silencio y nos miramos con una sonrisa de agradecimiento y amistad. Y ese papelito de dulces que te gusta traerme, ya sabes que soy un poquito golosa, me hace muy feliz, pues los comparto con mi compañera de cuarto, que se llama Dafne. Dice que de joven se dedicaba a cantar música española, por las ferias del verano en los pueblos de Andalucía. Aunque ya no tiene prácticamente voz, he conseguido que me cante alguna canción, en tono muy bajito para no molestar a otros residentes, y lo hace muy bien”,
Celestino aún no sabía que Mariela le estaba tejiendo una chaqueta de lana, con mucha laboriosidad y cariño, para que no fuera a coger frío con la humedad de las noches malagueñas. Sería un precioso regalo que el antiguo conserje recibiría con inmensa emoción y el sentimiento del cariño hacia una buena y generosa persona. En las consultas que mantenía con el Dr. Tébar Torreblanca, le confiaba que ahora descansaba mejor por las noches, que se sentía útil y necesario, en la ayuda que prestaba a su antigua compañera de hotel, y que el consumir muchos menos medicamentos había revitalizado en mucho los achaques que antes padecía de continuo. Estaba mucho mejor, con ese cambio que la inteligencia del especialista había logrado reconducir en su postrera existencia. “He aprendido a ayudarme, ayudando y pensando con generosidad más en los demás”. La medicina o terapia alternativa, impartida por el psiquiatra, estaba siendo más lúcida y eficaz que el tratamiento ortodoxo, en una persona abrumada por la soledad y cansada de tan excesiva medicación. -
SOLUCIONES ALTERNATIVAS COMO MEJOR TERAPIA
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 10 abril 2026
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