viernes, 20 de marzo de 2026

UNA APLICADA LECTORA DE LÁMINAS

 


MARTINA Aliaga había cursado la licenciatura de Filosofía y Letras, especialidad de Historia General. Tuvo que ir subsistiendo con variados trabajos temporales, en el comercio y la restauración, ya que no encontraba una fácil salida laboral en las oposiciones para la docencia. Al fin recibió esa luz que siempre se espera, en una convocatoria de trabajo del Ayuntamiento de Málaga, de donde era natural, obteniendo una plaza largamente soñada: directora de una biblioteca pública municipal. Gran aficionada a los libros disfrutaba dedicando muchas horas del día al fascinante hábito de la lectura. Ese puesto de trabajo era para lo que se sentía verdaderamente preparada. Como bibliófila, la aventura diaria de ordenar, clasificar y cuidar los libros, también fomentar su lectura, era uno de los mejores regalos que la vida le podía deparar. 

Tenía una compañera auxiliar, Esmeralda, pero ella era la más puntual en llegar cada mañana, encargándose de abrir la puerta del centro cultural y encender la calefacción o refrigeración, según temporada. Entendía, con el mejor criterio, que los lectores y estudiosos debían tener una atmósfera agradable, para mejor realizar su trabajo intelectual. Cuando algún visitante se acercaba a su mesa de dirección, para efectuar una consulta, la vocacional y profesional bibliotecaria se esforzaba en resolver la pregunta, por complicada que fuere. El público que usaba la biblioteca era, lógicamente, variado. Predominaban los jóvenes estudiantes, de todos los grados de escolarización, especialmente por las tardes, siendo también muy importantes los universitarios. Por las mañanas destacaban las personas adultas y de avanzada edad, que consultaban la prensa del día y muchas revistas divulgativas. El complejo tenía un salón, más reducido, provisto de numerosos ordenadores, para uso de los interesados en la navegación por Internet. En la intimidad de su vida, la joven directora Martina, había logrado superar, con las inevitables secuelas anímicas, un importante y muy doloroso fracaso amoroso. 

Una de las mañanas, un poco más tarde de las 10, accedió a la biblioteca una señora mayor, tal vez septuagenaria o incluso más, bien arreglada en su modesta forma de vestir, quien eligió un asiento cerca del gran ventanal, por donde entraba abundante luz solar en el gran salón de lectura. Una vez acomodada, permaneció unos minutos observando los detalles organizativos de los miles de libros en las estanterías y los movimientos normales que realizaban los usuarios. Al fin se levantó de su puesto de lectura, dirigiéndose a la mesa de la directora Martina, que repasaba unos folios impresos con información bibliográfica. La veterana señora se presentó como ELOISA y desde el principio se mostró muy expresiva. 

“Cuando cumplí los setenta, accedí a la jubilación. Tener tanto tiempo libre ha sido para mí un problema, ya que desde muy joven no he parado de trabajar, con largos y duros horarios. Hace unos días, mi vecina Roberta me habló de lo bien que se está en esta biblioteca. Ahora que ha llegado el frío y las lluvias no se puede estar cómoda en las calles, en las plazas y en los jardines. Por eso he decidido venir aquí muchas mañanas, entre lunes y sábados. Si me pudiera ayudar Srta. Martina le agradecería que me aconsejara algún buen libro, que tuviera muchas láminas y fotos en su interior, para distraerme viéndolas”.

Martina, con cariñosa diligencia, se dirigió a la sección de Historia del Arte, eligiendo un grueso volumen: LOS MEJORES MONUMENTOS DEL ARTE MUNDIAL. Considerando lo “pesado” y el tamaño del libro, se prestó a llevarlo al puesto que Eloisa ocupaba, quien agradeció con una “maternal” sonrisa el gesto de la directora. A partir de ese momento, la señora comenzó a ir pasando lentamente las hojas del libro, deteniéndose bastante tiempo en las numerosas fotos impresas. Así permaneció casi tres horas, dejando el volumen en el lugar de la estantería, pues la biblioteca cerraba a la 1 de la tarde. Se despidió de Martina con educación y agradecimiento. 

Fiel a su propósito “lector”, volvió a la biblioteca al día siguiente. Como cariñoso detalle para con la directora, traía dos bollos de leche, envasados, que había comprado unos momentos antes en la afamada confitería Aparicio. Este gesto agradó mucho a la sorprendida Martina.

¿Desea que le vuelva a traer el libro de las láminas, que parece le agradó mucho ayer? Durante el resto de la mañana, la actitud de la veterana lectora era pasar hojas y hojas, deteniéndose en las bellas láminas que contenía el gran volumen. A Eloisa se la veía disfrutar, como a una niña pequeña, cuando se entretiene con algún juguete. El libro que despertaba tanto interés en la señora estaba dividido en tres partes: arquitectura, escultura y pintura. Así un día tras otro, cambiando lógicamente de libros, y siempre con la ilusión y generosidad de llevarle algún pequeño presente a Martina, con la que siempre hablaba un ratito, aprovechando preferentemente el cierre de la biblioteca a las 13 horas, para volver abrir a las 16:30. 

Martina, buena observadora, percibió que la veterana usuaria y amiga se limitaba a pasar las hojas de los volúmenes, deteniéndose en las fotos durante unos minutos. Cuando las páginas carecían de láminas, pasaba las hojas con gran rapidez, sin pararse en la lectura de los textos impresos. Aprovechando que una mañana de lunes el salón de lectura estaba casi vacío, se acercó a su amiga con el deseo de intercambiar algunas palabras. 

“Elo, observo que pasas las hojas de los libros que te busco, deteniéndote con interés en las fotografías, pero no me parece que te pares a leer las explicaciones que hacen los autores de esas láminas que insertan en sus publicaciones. Te lo digo porque esos textos te ayudarían a entender y valorar los monumentos mucho mejor, ampliando una información que puede ser curiosa e interesante”. 

Entonces la anciana “lectora” esbozó una tierna sonrisa, Con placidez y dulzura, pronunció una frase definitoria de su extraño proceder.  “Es que, querida amiga Martina, apenas sé leer y escribo con garabatos, para las firmas en los trámites del papeleo”. Ante el rostro de extrañeza que mostraba su interlocutora, la buena señora añadió: “He dejado en casa preparado un puchero o cocido muy bueno. Si te parece, cuando cierres al mediodía, me gustaría invitarte a compartir un muy suculento plato. No sé apenas leer, pero guiso muy bien”. 


Eloisa y Martina se marcharon juntas, una vez cerrada la biblioteca. Ambas mujeres, separadas cronológicamente por varias generaciones, caminaban ilusionadas para compartir la enriquecedora amistad. Ofrecían la imagen de una abuela y su nieta, que paseaban juntas por el laberinto urbano de la gran ciudad. La antigua cocinera de hotel vivía en una populosa barriada, en la parte oeste de la capital. Llegaron a un bloque de muchas plantas, envejecido por el paso del tiempo y la falta de cuidados. El piso, primero C constaba de un dormitorio, un saloncito, cocina y cuarto de baño, todo muy limpio y bien cuidado. Lo que más apreciaba su propietaria era el balcón, con orientación sur, repleto de macetas, atalaya que aprovechaba por las tardes para ver a la gente pasar, el trasiego de los vecinos del barrio y la alegría de los niños que todavía jugaban en la calle, especialmente los más pequeños. Destacaba en esa pequeña placita frontal una amplia frutería, una merecería de las que todavía quedan en las ciudades y una tasca El Ventorro, con el sabor de lo antiguo, poblada de sillas y mesas, donde numerosos clientes tomaban el aperitivo y otras consumían el plato del día, 8 euros con bebida y postre. Martina elogiaba la limpieza de la casa y el buen gusto de la modesta pero entrañable decoración. El cocido de Elo resultó exquisito, reflejando las grandes dotes culinarias de una maestra de la cocina. Para tomar el café se sentaron en un tresillo de terciopelo beige, con flores estampadas de tonos suaves. 

“Querida Martina, te voy a contar algo de mi vida. Así me comprenderás un poco mejor. He sido la única hija de una buena madre soltera. No conocí al hombre que me engendró. Parece ser que era un rudo trabajador portuario. Mi madre Aurora trabajaba con denuedo, en “todo lo que surgiera” para poder sobrevivir en aquellos tiempos de estrecheces. Eran los muy duros años 40. Erróneamente entendió que yo debía quedarme en casa, para la limpieza y la cocina, mientras ella buscaba “el pan” por donde fuera. Por fortuna teníamos esta casa, que pertenecía a una tía abuela, que se fue pronto de la vida, dejándola “en papeles escritos”, para nosotras dos. Aprendí, desde muy niña, a limpiar, ordenar, lavar, planchar y, sobre todo, guisar. Tendría unos once o doce años, cuando me “colocó” en un restaurante importante, en donde limpiaba y ganaba unas pesetas que nos ayudaban a poder comer. Un día el cocinero se puso enfermo y una niña adolescente les sacó las castañas del fuego, Desde entonces ya no salí de la cocina y los fogones para guisar de todo y para todo. Y así he pasado toda mi vida, a veces limpiando y la mayoría guisando, en varios hoteles y restaurantes de la ciudad. Cambié las letras y las palabras por la harina, el aceite y la berza. Mi lectura y escritura es muy pobre. Sólo algunas palabras y los rótulos de las tiendas. Aunque parezca mentira, nadie se preocupó de que yo fuera al colegio, pero en aquellos años de la posguerra estas cosas pasaban, lo importante era la supervivencia y comer algo cada día. La radio era mi gran distracción, que me enseñó a bien escuchar y a entender muchas expresiones. Siempre he disfrutado viendo las láminas de las revistas y los libros con fotos. La televisión, desde los sesenta, también me ha ayudado mucho, en eso que llaman “la cultura”. Trabajé hasta los 75, siempre en lo que me gustaba y sabía bien hacer: la cocina. Pasar en la biblioteca muchas horas de la mañana, con la buena calefacción que ponéis, o el fresquito en los días del terral, me conforta. Y al tiempo, me distraigo, en ese ambiente de paz y tranquilidad que hay en el salón de lectura, viendo las láminas de los libros que me recomiendas. Yo “leo” las láminas, no las letras o las palabras”. 

Martina, profundamente emocionada por la franqueza, valentía y sencillez de su amiga “mayor”, la abrazó, diciéndole a continuación:

“Eres una persona admirable, para mí es un honor haberte conocido y gozar de tu amistad. Yo te puedo enseñar a leer y a escribir bien, siempre que así lo desees”. 

Y desde aquel día, la directora de una biblioteca pública municipal emprendió con cariñosa ilusión esa enseñanza a una persona mayor, para que perdiera el miedo o el recelo, a ese fácil aprendizaje que realizan los niños pequeños. Lo hacía en momento impensable, o a destiempo, de su recorrido por la vida. Utilizó para ello unos libros didácticos de imágenes, palabras y sonidos, aplicados a personas sin visión. Ahora Elo ya no se limitaba a disfrutar de la imagen, sino que se animaba a formas palabras y pequeñas frases, que la identificaran. 

La antigua cocinera materializaba su agradecimiento llevando a su amiga, la “maestra de las palabras”, alguna fruta o dulces que Martina aceptaba porque así hacía feliz a su muy mayor e interesada alumna. También utilizaron películas con sonido en español, también subtituladas en el idioma castellano. Elo aprendía con lentitud e interés, por las limitaciones propias e la edad. Pero lo que más apreciaba era el calor humano y fraternal que encontraba en su amiba bibliotecaria, a la que trataba como a una “nieta” a la se quiere, con mimo y necesidad. Por su parte Martina se sentía útil en poder reparar esas historias o intereses absurdos, que generan la limitación cultural de muchas personas. Ella tenía a mano el poder hacer progresar a una de ellas, casi octogenaria, que en los años normales del aprendizaje, y por ser mujer, se vio privada de esa enseñanza básica, tan necesaria, para poder caminar con más seguridad por lo terrenal. 

Un fin de semana, cuando Martina y Elo habían ido al cine y saboreaban después una estupenda merienda, la entrañable cocinera le habló con palabras que brotaban del corazón generoso d una sencilla mujer: 

“Martina, mi “niña”. La vida no me va a conceder mucho más tiempo, pero el tesoro de tu amistad me ha hecho feliz en este finalizar el camino, No tengo descendencia. Mi madre tenía algunos parientes lejanos, a los que nunca he tenido la oportunidad de conocer. Es mi deseo que vayamos, en la próxima semana, a la oficina de un notario. Quiero nombrarte mi heredera universal de los modestos bienes que poseo: una cartilla en Unicaja, con los pequeños ahorros de toda una vida y ese pisito que conoces, heredado de mi madre. Me harás inmensamente feliz si lo aceptas”.

Dos generaciones, separadas por la aritmética del tiempo, unidas la amistad, la sinceridad y la generosidad, lloraron emocionadas. Cuando se despidieron en la parada del bus, bajo la arboleda urbana de la Alameda, sentían en silencio el regalo que el imprevisible y críptico destino les había regalado: la fuerza del cariño fraternal. “Buenas noches, “abuela”. Buenas noches, querida “nieta”.

 

 

UNA APLICADA LECTORA 

DE LÁMINAS


 

                               José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 20 marzo 2026     

                                                 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

                                                           Otros materiales, en el BLOG DE AMADUMA



No hay comentarios:

Publicar un comentario