viernes, 6 de marzo de 2026

UNA CARTA MANUSCRITA PARA GRACIA.

 



Ha resultado inevitable, con el avance de la modernidad. La palabra informática está reinando entre el común de los mortales, que se han convertido en “siervos entregados” a esa religión llamada Internet. Esta revolución post-contemporánea tuvo su inicio en las postreras décadas del siglo XX, y desde entonces no ha dejado de crecer y “totalizar” la inmensa mayoría de nuestros actos. 

Pensamos en aquellas antiguas “misivas” que traía el cartero a nuestros domicilios, con el correspondiente franqueo, fructíferas semillas para el apasionante mundo de los sellos de correo. Nada más haber comprobado el remite, en el reverso del sobre, nos generaba diversos sentimientos: sorpresa, alegría, curiosidad, emoción, cariño, preocupación, nerviosismo o incluso temor. Todo ello, antes de abrir el envío y poder leer su contenido. Una vez abierto el sobre, teníamos en nuestras manos unas cuartillas manuscritas, con buena o regular caligrafía y ortografía. Su lectura se realizaba en soledad (por la necesaria privacidad) o rodeado de la familia, que asistía en silencio o con diversos comentarios, sobre el texto enviado. 

Fuera cual fuese el nivel cultural e intelectual del remitente, éste se había esforzado en cuidar la escritura y sobre todo el contenido de lo que deseaba transmitir. Si era una persona analfabeta o con escasos estudios, pedía ayuda al amigo, compañero o vecino, para que escribiera bien lo que él le estaba comunicando, con poco orden y escasez de palabras. Estas epístolas o cartas antiguas solían comenzar con el lugar desde donde se escribían, con la fecha, en la parte superior derecha de la cuartilla u hoja de libreta. Por ejemplo:

“Queridos y amados padres, hermanos y abuela. Pido a la divinidad que, al recibo de la presente, os encontréis todos bien, yo también bien, por la gracia de Dios.” Eran cartas en la que el remitente explicaba su situación actual. En los párrafos manuscritos contaba a su familia cómo le iba, narrando con todo detalle tanto lo bueno, como lo regular, en esas semanas y meses en que había estado separado del hogar familiar. En ocasiones solía pedir ayuda, para afrontar los momentos de flaqueza económica o, por el contrario, adjuntaba algún billete para ayudar a su modesta familia. Si la cantidad de esas pesetas era elevada, el dinero se enviaba por giro postal. 

El padre o el abuelo leía la carta, en voz alta, ante los miembros del grupo familiar, quienes estaban sentados junto al fuego de los leños ardientes del hogar o chimenea. Unos y otros mostraban sus lágrimas emocionales, sus suspiros, sus alabanzas, sus recuerdos, hacia ese remitente alejado físicamente de la unión familiar. En la despedida, solía mandarse recuerdos a los amigos, vecinos y algún conocido.  Sobra añadir que aquellas emocionales cartas se releían con frecuencia y, sobre todo, se guardaban “como oro en paño”, atados los sobres con una cuerda, cinta o gomillas elástica en el aparador del salón, mesilla de noche del dormitorio o en los cajones del armario, para su cuidada y necesaria conservación. 

El avance de los tiempos ha hecho cambiar y evolucionar aquellas comunicaciones en papel, escritas con el arte epistolar del sosiego,  por otros caminos más inmediatos o acelerador, como el teclado del móvil telefónico y los mensajes del WhatsApp. Con ello se ha ganado inmediatez, el “logro valioso” del tiempo real. No sólo intercambiando palabras, frases o mensajes orales, sino también tomas fotográficas y vídeos documentales. Pero hoy día prevale la pobreza gramatical de los textos e incluso e incluso incorrecciones ortográficas en los mensajes, destacando la carencia emocional que emanaban aquellas viejas cartas de antaño, inolvidables para nuestra memoria. En este contexto de la antigua intercomunicación se inserta nuestra historia semanal de los viernes. 

Nos acercamos a una de las barriadas sociológicamente muy humildes y de economías deprimidas, que suelen tener las capitales provinciales de cualquier país. En este núcleo del plano urbano, el índice de las personas sin trabajo superaba en muchos dígitos el porcentaje medio de la población laboral activa. El dato de los vecinos con estudios universitarios era mínimo con respecto a la media provincial. El abandono escolar en bachillerato e incluso en la educación obligatoria era también importante y preocupante. La estabilidad social se veía gravemente alterada por la existencia de violentos clanes delincuentes, que sembraban con inesperada frecuencia el descontrol y la alteración de la paz ciudadana. Resultaba tristemente habitual la llegada de vehículos de las fuerzas policiales, con el impacto escénico de las luces azules y las sirenas en funcionamiento, para enfrentarse al “menudeo” y al tráfico de sustancias tóxicas y otras actividades delictivas, por parte de jóvenes y mayores al margen de la legalidad. En horas nocturnas y también diurnas, se escuchaban disparos y enfrentamientos de los grupos delincuentes, que sembraban la inquietud y el temor, en la atmósfera social de las familias honradas, 

Sin embargo, este depresivo panorama social se veía esperanzadoramente compensado por un acuerdo tácito y fraternal, entre la vecindad respetuosa con el cumplimiento de la ley. Esta espontánea solidaridad, para ayudarse entre ellos, se concretaba en compartir alimentos, vestidos y zapatos, en las situaciones gravemente carenciales de no pocas familias. También se ayudaba con los cortes de fluido eléctrico, por impago, e incluso en las situaciones extremas de desahucio, para personas y familias que sobrevivían sumidas en la cruel e injusta indigencia. Esa ayuda solidaria se canalizaba a través una asociación social para la ayuda al necesitado o de una forma directamente espontánea.

Y bueno es ya conocer a la protagonista de nuestra sentimental historia. Doña GRACIA Almansa, septuagenaria avanzada, viuda de un vendedor ambulante en los mercadillos de barrio, Camilo Flores, que se fue de la vida hacía casi un par de décadas. De su unión en el Registro Civil, nació el único hijo del matrimonio, ÁNGEL Gabriel,persona desordenada en los valores básicos, que desde la adolescencia comenzó un erróneo camino vital, inducido por dudosas compañías, que le hicieron adentrarse en los terrenos oscuros y cenagosos de la ilícita delincuencia. 

Esta pobre vecina, había trabajado durante toda su vida, pero con más intensidad tras el fallecimiento de su esposo, en lo que su abuela le había enseñado. Principalmente cosiendo, usando unas lentes de muchas dioptrías, que sus amigas de la vecindad le habían gestionado en la Seguridad Social. Así conseguía unas pesetas, para “seguir tirando”. También sacaba tiempo de sus escasas fuerzas, limpiando portales, esperando a recibir “la voluntad”. De la actitud bondadosa de sus amigas, también con básicas carencias, recibía tupers con lentejas, cocido o judías, procedente ese puchero sobrante en las cocinas de algunas familias. Resultaba admirable ese calor fraternal, frecuente en barrios de sociología pobre, para con aquellos que sobrevivían con dificultad en el discurrir de los días, gestos ejemplares por el consuelo afectivo y humanitario que compartían.

Pero a Gracia lo que más dolor le producía era no saber nada, desde hacía muchos años, de su hijo Ángel, quien no hacía honor a su nombre, pues era más que probable estuviera embarrado en el cieno pestilente de la mala vida. Eran muchas las tardes en que, sentándose en la pequeña plaza de la barriada, junto a muchas vecinas para gozar del sol que les llegaba sin coste, decía, una y otra vez entre lágrimas: ¿dónde estará mi Ángel? Hace años que no sé nada de él. ¿Estará en prisión? Nunca me ha enviado unas letras ni ha querido venir a verme. Me acuerdo de cuando yo era mocita, si los hijos se tenían que ir lejos para encontrar trabajo con el que poder vivir, escribían con frecuencia a sus padres, unas cartas llenas de cariño y respeto, para mantener informados y tranquilos a esos padres que ya vestían las arrugad y los achaques de la edad”. Y seguía llorando con los consuelos afectivos de sus sencillas amigas, que la apreciaban y cuidaban en lo posible. La suma de los años había hecho cruel mella en el organismo y el alma de esta buena y sencilla mujer. 

Una tarde de marzo, varios vecinos estaban aprovechando el tibio pero confortable sol que acariciaba la pequeña plaza de la barriada. De manera espontánea fluyó, entre sus banales conversaciones, un tema que sí tenía la suficiente enjundia: el sufrimiento de la buena vecina Gracia. El comentario que prevalecía era que sería bueno darle a esta señora, ya con muchos años, una alegría que vitalizara la debilidad de su ánimo, cada vez más “envejecido ante la realidad terminal de su existencia. 

Cierto era que se le ayudaba materialmente, pero lo que ahora necesitaba con presteza era un fuerte “chute” anímico. La “medicina que todos acordaron, como la más eficaz, sería el recibo de una carta cariñosa, como las que se escribían antes, que fuera lo suficientemente convincente como para “engañar piadosamente a una anciana madre que necesitaba el calor afectivo de un hijo innoble y cruel, al que le había dado la vida. 

Entre todos los concurrentes, nadie sabía qué había sido de Ángel, al que se le había perdido la pista hacía un par de décadas. Cuando el joven se fue “al África” (según algunos), tendría como unos 21 años. Se calculaba que, en estos momentos, el hijo de Gracia “andaría” por los cuarenta. Pero no se conocía rastro de él. Había rumores de que tal vez estuviera por América del sur, mientras que otros lo situaban en la Europa del este. Se presumía que estaría metido en el mundo de la droga o incluso que lo habrían “suprimido” las mafias de las “cloacas”. ¿Quién sería capaz de escribir una carta “como las de antes” en nombre de Ángel Flores Almanza? La idea era bien sencilla. Una vez que la carta a su madre estuviera escrita, se franqueaba el sobre, para que pudiera llegar a su madre, que merecía estar tranquila y en lo posible feliz en esta etapa final de su existencia. Esa persona escribiente tenía que ser un habilidoso de la escritura, para que la suplantación de ángel fuera convincente. Reconocían que en esta barriada la mayoría de los vecinos no serían hábiles con la redacción y la escritura. El porcentaje de analfabetos y de personas sin trabajo era elevado. Algunos se “quitaban el hambre a guantazos” y la tentación de introducirse en el menudeo de estupefacientes era continua, por la necesidad de poder comer, aún a pesar de los riesgos.  Pero alguien aportó una idea luminosa. 


¡Podemos hablar con BLAS “el alpargata”! Se trataba de un vecino de mediana edad que iba de aquí para allá, por los mercadillos de los municipios malagueños, vendiendo ropa y zapatillas. De los seis hijos que había tenido con “la Leonora” había salido uno, CEFERINO “el Chato” que desde su adolescencia le había gustado estudiar, haciendo el “Chiviritato” sic (bachillerato). En su juventud había dejado el barrio donde nació y con su pareja vivían en una vivienda protegida de segunda mano. “Sé que trabaja en una oficina del papeleo, para los coches, los tributos y otras cosas”. 

De esta curiosa forma, el hijo aventajado de Blas, que ejercía de administrativo en una gestoría del centro de la ciudad, tras convencerle, se puso a redactar una sentimental misiva, aplicando una creatividad inventiva verdaderamente admirable. Se trataba de alegrar los sentimientos de una apreciada vecina en la ancianidad, cuyo mayor anhelo era poder saber algo de su único hijo, que andaría sin norte por esos mundos de dios. 

En el bar de Amalio “el legionario”, el aventajado escribiente, rodeado por un amplio grupo de vecinos, todos con la alegría del vino y las cervezas, fueron componiendo una sentida carta que vitalizaría el ánimo de una madre solitaria, firmada por su hijo ausente. En esa misiva “reparadora”, Ángel se dirigía con humildad y cariño a su madre, pidiéndole perdón por esos años de silencio, egoístas e injustificados. Le explicaba que había viajado mucho, buscando diversos trabajos, en distintas partes del territorio español y también del extranjero. Que había tenido momentos buenos y malos, por la dureza de la vida. Que se había unido a varias mujeres, pero que ahora tenía de compañera a una estupenda mujer, LAIMA, de nacionalidad africana. Que ambos habían emigrado a Inglaterra, para trabajar, él de mecánico y ella de cocinera de hotel. Le aseguraba que no la olvidaba y que a partir de ahora le iba a ir enviando algunos billetes, para ayudarla en lo básico (entre todos fueron juntando algunas pesetas, para que en el sobre fuera algún billete, junto a la 

cuartilla manuscrita). Le enviaba muchos besos, de un hijo “travieso” que la seguía queriendo. 

Una vez preparado el sobre, se pusieron de acuerdo con AVELINO Baltanás, el cartero que repartía la correspondencia por las casas del barrio. El servicial y veterano funcionario de correos, entregó el sobre, debidamente franqueado, a la sorprendida señora, cuyo contenido le tuvieron que leer, ya que la pobre anciana estaba presa de la emoción, llorando de continuo, pues no podía creer la inmensa alegría que estaba recibiendo por parte de un hijo al que creía perdido.  

Fue una humanitaria, necesaria y bondadosa “mentira” con el objeto de alegrar el corazón de una madre envejecida y cansada, por una larga vida en la que había habido muchas sombres y escasas luces. Una carta “de las antiguas”había llevado mucha ilusión benefactora en su contenido a una vecina que, como tantas otras, subsistían en un mundo desigual, injusto y complicado, para los que menos tienen y más necesitan. La solidaridad fraternal había funcionado. En los meses sucesivos fueron llegando más cartas, enviadas por un remitente del que nunca más se supo. -  

 

 

UNA CARTA MANUSCRITA

PARA GRACIA

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

   Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 06 marzo 2026      

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