viernes, 1 de octubre de 2021

PERCEPCIONES EXTRAÑAS EN HERTFORD.

Aquella fría, pero sin nubes o alteraciones meteorológicas, mañana de octubre, con un día más por hacer en el calendario de su vida, Mr. Edward Piwkov, se dispuso a salir del amplio apartamento que ocupaba desde hacía más de cuatro meses. Allí residía, tras la ruptura conyugal que su esposa Sarah y él mismo habían decidido realizar, por sus continuas infidelidades afectivas a las que este periodista jubilado era incapaz de renunciar. El suyo había sido un matrimonio muy liberal por su parte, para su egoísta beneficio, y muy consentido o sometido, respecto a esos placenteros comportamientos, por parte de su mujer. Esta señora había soportado todas esas noches asueto que su cónyuge reclamaba, como necesidad visceral para su sensual naturaleza: un día a la semana Edward imponía esa noche de relajación social, por la que no tenía que dar cuenta alguna a su afligida y paciente esposa. En realidad, eran “gozosas aventuras” con mujeres desconocidas, en las sombras anónimas y neblinosas de las horas nocturnas londinenses, “bambalinas” o escenarios caprichosos, cuyas estrellas de colores desaparecían, cuando los rayos matinales solares acariciaban el despertar de una ciudad aún adormilada. Y Sarah callaba, soportando la ignominia continua de la humillación íntima, en el seno de una sociedad hipócrita condicionada por el “qué dirán”.

Sin embargo, esa especial e intensa aventura, con la novedad de la continuidad, mantenida con Evelyn, su mejor amiga desde los años de infancia, compañera de confidencias e intimidades para esas tardes de té y pastas o de divertidas compras en los almacenes Harrods, era demasiado para ese artificial disimulo del mirar hacia otro lado y que a duras penas sostenía el frágil andamiaje de un edificio conyugal construido con banales cimientos de cristal. Perdió a esa su amiga de siempre, vacío relacional que completó con su lúcida y valiente decisión de liberarse de un infiel compañero ególatra, de enfermiza autoestima y traicionera voluntad. Todo fue muy “civilizado” en la ruptura definitiva, en base a las ineludibles apariencias de una sociedad falaz: le mostró la puerta de la calle, con esa frase emblemática de “sal y no vuelvas, salvo por tu ropa y más personales o íntimos enseres”.

Edward, casi tres lustros mayor que Sarah, con muy británica elegancia y frialdad, no opuso apenas resistencia a la drástica, justa y tardía actitud imperativa de su “compañera oficial”. En realidad, ella podría “mantenerse” con el apoyo incondicional de su acomodada y aburguesada familia, propietaria de un fructífero negocio conservero de vegetales importados de zonas más templadas en el clima; por su parte, él gozaba de una cómoda pensión, después de haber trabajado como redactor en un diario local sensacionalista, pero de amplia difusión, denominado The Wind. Incluso tuvo un postrero gesto honorable con su ex, en esa separación matrimonial que se había visto obligado y agradecido aceptar: se comprometió a pasarle una suculenta cuota o paga mensual, evitando así el papeleo jurídico de los letrados y la incómoda difusión de chismes y comentarios emanados en el seno del círculo social al que pertenecían, muy honorable, machista y clasista, pero enfermo de falsedad e hipocresía en lo más íntimo de su aparencial naturaleza.

De inmediato Edward supo echar mano de ayudas conniventes, a fin de mantener su recompuesta imagen en la viciada atmósfera social que sustentaba su teatral andadura existencial. Un amigo de juergas y fechorías afectivas, Mr. Matthew le cedió un viejo apartamento de su propiedad, a cambio de una compensación económica “asumible” para el status del antiguo “plumilla” de los escritos, pequeña pero cómoda vivienda situada a sólo tres manzanas de la muy céntrica Oxford Street.

Como gustaba practicar dos o tres veces en la semana, decidió dedicar aquella fresca mañana de otoño, tras ese suculento breakfast que “ritualmente” tomaba en el The Navigator a las 9 en punto de cada día, para visitar alguno de esos espacios urbanos o suburbanos que encierran encantos y buenas sensaciones para el deleite visual y anímico. Con ello también trataría de compensar los residuos etílicos de otra desahogada noche de afectos y sentimientos eróticos pagados.

Con majestuoso y diligente paso se dirigió a la populosa estación ferroviaria de King Cross. Adquirió en la taquilla un ticket o billete de ida y vuelta, eligiendo como destino una localidad que no recordaba haberla visitado, sino sólo haber pasado por su estación para tomar un nuevo enlace en sus frecuentes viajes: Hertford, localidad perteneciente al condado de Hertforshire y situada a unos 45 kms, medidos desde la centralidad londinense. En realidad hizo lo mismo que practican otras muchas otras personas con abundante tiempo libre y sin otro condicionante que el de intentar distraerse, llenando de contenido visual o relacional las aburridas horas del d visual o relacional libre  ico. Con ellondicionante que el de distraerse llenando de contenido las aburridas horas del dde su jía.  

Al bajar del tren en ese punto geográfico, elegido con esos determinantes del azar, se dejó llevar sin una dirección expresa por la espontaneidad de una geografía ruralizada y monumental de indudables encantos, para iniciar ese otoñal y reconfortante paseo. Tenía firme conciencia de no haber estado nunca recorriendo las entrañas urbanísticas de esa sosegada y agradable localidad. Sin embargo y para su sorpresa, pronto comenzó a tener una sensación extraña e intrigante. Le resultaban “familiares” determinadas viviendas, calles, plazas y espacios ajardinados de la muy coqueta localidad. Esa percepción casi memorística contrastaba con la firmeza mental de que podía dar fe, acerca de no haber nunca visitado los recovecos perimetrales de esa, por otra parte, muy bella ciudad.

Le resultó de gran impacto que, al dar uno de los giros del anárquico itinerario que seguía, en una zona más urbana de la localidad, dibujada de calles estrechas y comerciales, sintiese otra sensación apetitosa y golosa, que sin lugar a duda agradaba su paladar. Esa “pueril” apetencia le condujo a un gran almacén de tejidos y mobiliario para el hogar. La saliva fluía en su boca sin saber el por qué o el cómo. Observaba y remiraba el edificio comercial para elementos del hogar, con un impulso irrefrenable, sin conocer la causa de esta intensa predisposición. El “apetito” se despertaba en su críptica potencialidad. Incluso a su olfato comenzó a llegarle ese familiar olor dulzón a pan cocido y a pasteles suculentos, elaborados con la típica y abundante mantequilla aplicada en los obradores ingleses. ¿Era todo producto de su imaginación? ¿O sólo eran nervios residuales de una noche incontrolada para su ya ajado, pero aun aceptable, cuerpo, cuando lo sometía a las motivadoras respuestas sensuales?

En ese estado de confusión observó que en el centro de gran plaza oval, a la que miraba el edificio de los sabores y los olores (aunque allí solo vendían muebles y tejidos) había una amplia glorieta bien arbolada, con especies que parecían tilos, olmos y tal vez hayedos. Se dirigió hacia esa zona central y a medida que se aproximaba sentía un agradable frescor húmedo, aunque en ese espacio central no había instalado punto hídrico alguno. Aun así, quiso acercarse a la arboleda decorativa y oxigenante, con la ilusión de sentir la caricia de las “imaginadas” gotas de agua sobre su cuerpo. Todo ese conjunto de sensaciones extrañas le provocaba una curiosa mezcla de inquietud y agrado, difícil de explicar o razonar.

Un anciano paseante, al verlo tan desorientado y nervioso, se le acercó. Era un vecino del lugar quien, a pesar de sus muchos calendarios, trataba de mantener erguida su ya un tanto curvada figura. Vestía casaca de cuero oscuro, con botas protectoras para todo terreno y se ayudaba de un elegante bastón de madera barnizada en su mano diestra. Este amable interlocutor se llamaba Tom Murray y a lo largo de su necesitada locuacidad manifestó que había ejercido en la milicia, como oficial de un regimiento de granaderos, durante la parte más importante de su prolongada existencia. Con una indisimulable energía castrense, preguntó al atribulado turista Mr. Edward si en algo le podía ayudar, pues había observado su nervioso estado de desconcierto o confusión.

“Agradezco su gentileza, buen hombre. Es que tengo absoluta conciencia de no haber recorrido nunca las calles y plazas de esta agradable y bella localidad. Sólo había estado en la estación, para hacer trasbordo de una a otra línea de ferrocarril. Sin embargo, al llegar al espacio donde ahora nos encontramos, he sentido hambre, en concreto una intensa apetencia pastelera, con los apetitosos aromas de un buen obrador de confitería. Posteriormente, me ha llegado una también extraña ilusión infantil, como para jugar con el frescor del agua, precisamente cuando me he acercado a esta gran glorieta, en la que no hay fuente sino árboles robustos, que dan buena sombre para la protección de nuestros cuerpos. Son sensaciones difíciles de explicar. De ahí ese estado de confusión que Vd. ha sabido percibir con sus indudables y amables dotes para la observación”.

El viejo Tom sonrió, tratando de aportar serenidad y confianza a la intranquilidad de su nervioso interlocutor.

“Mr. Piwkov, creo sinceramente que tal vez esté Vd. bromeando, porque me atrevería a afirmar que, con lo que me acaba de decir, Vd. ya ha estado por estos parajes. Le veo observando a ese edificio comercial y me habla de que en su cuerpo aparecen sensaciones apetitosas de pastelería. Tengo fundado conocimiento de que hace muchos años, en ese mismo punto o solar, había un gran horno confitero. Era muy popular y los naturales del lugar acudían al mismo para comprar pan, dulces y pastelerías variadas, a unos precios muy asequibles. Eran famosas unas tortas de hojaldre, rellenas con confitura de calabaza, que salían del horno durante las madrugadas. Había colas de compradores, que incluso en las horas nocturnas y en las primeras de la mañana, solicitaban esos dulces bien calientes y apetitosos, que tanto gustaban a pequeños y a mayores. El antiguo obrador pastelero, denominado The funny dessert desapareció con la jubilación de sus propietarios y los vaivenes económicos. Pero le hablo de realidades correspondientes a un tiempo bastante lejano, hace más de setenta, ochenta o noventa años. El vetusto edificio, muy deteriorado, fue derribado, construyéndose a continuación una gran posada, para recibir viajeros y transeúntes, que hace precisamente unos quince o más años fue remodelada para adaptarla a ese vigente centro comercial, dedicado las necesidades del hogar. Todo esto que le cuento tiene un lógico fundamento: mi residencia se encuentra no lejos de donde nos encontramos, sólo a unas cuentas calles de esta misma zona. Conozco muy bien la historia del lugar”.

“En cuanto a esta glorieta, en donde estamos dialogando, he de añadirle que aquí había una gran fuente, de la que manaba abundantes chorros de agua a través de las cuatro ninfas de mármol, dispuestas en la dirección de los puntos cardinales. Esos chorros de agua hacían la delicia de la chiquillería, que gustaba mojarse en los días calurosos del verano y usarla también para saciar la sed. Pero algunos de los chicos y personas adultas comenzaron a enfermar. Se hicieron diversos estudios que confirmaron la existencia de filtraciones de aguas fétidas, procedentes de los pozos ciegos que muchas fincas y viviendas tenían por la zona. The Mayor Cabinet decidió entonces suprimir esa gran fuente, en cuyo espacio fueron plantados los tilos y olmos que hoy podemos contemplar. También hay algún castaño de India, que se adapta muy bien al clima de la zona. En definitiva, Mr. Piwkov, sigo afirmando que Vd. ha estado por estos lugares algún tiempo, y de ahí esos recuerdos que ahora afloran en su mente”.

Edward movía cortésmente su cabeza, negando esa posibilidad. Pero esa “enciclopedia humana” que fluía de la persona que delante, le estaba dando razones más que convincentes acerca de tal posibilidad que él ni remotamente sospechaba. Mientras tanto, Mr. Tom Murray seguía aportando datos para sustentar sus opiniones.

“Si le preguntara, my friend Edward, en donde se encontraba la vieja escuela en la que enseñaba la añorada y respetada Mrs Dorothy ¿qué podría Vd. decirme?” En ese preciso instante, Edward, con un gesto casi mecanicista señaló hacia un edificio de paredes celestes y tejado de dos aguas, formado a base de lascas azuladas de sílex, actualmente dedicado a servicios de atención social. La respuesta del anciano Tom fue concluyente: “Efectivamente, allí estaba situada la antigua escuela de nuestros padres y abuelos. No va a poder repetirme, una vez más, que nunca ha estado recorriendo o viviendo por las entrañas urbanas de esta localidad”. 

Los dos nuevos e inesperados amigos compartieron con plácida alegría unas pintas de cerveza, en un bar cercano al lugar donde se habían conocido y dialogado. Tom, persona de naturaleza profundamente dicharachera y amistosa, continuaba con sus anécdotas y recuerdos relativos a sus largos años en la milicia. Edward atendía con cortesía y respeto al dinámico vecino del lugar, que tan convincentemente exponía sus opiniones sobre los más diversos temas o cuestiones. Pero en el interior de su mente seguía dándole vueltas a todas esas sensaciones que había tenido durante la mañana, percepciones extrañas y que con la ayuda de su interlocutor comprendía que no era nuevo en el lugar, a pesar de repetirse “pero si yo no he vivido nunca en esta localidad …”.

Debido a que su billete de tren tenía fijado el horario de vuelta para las 16:15, se sintió obligado a invitar al antiguo militar para compartir el lunch del mediodía, ofrecimiento que Tom aceptó gustoso, pues en su viudez agradecía no sentarse en la mesa sin tener a nadie con quien hablar. El mundo de las crónicas periodísticas también fue un interesante motivo para que los dos hombres aportaran sus criterios y fundadas opiniones sobre los temas de más candentes de la actualidad. En este terreno Edward gozaba de la ventaja añadida de ser un “aguerrido” profesional, también jubilado, de las letras impresas.

Tom se prestó a acompañarle al edificio de la vieja estación, para iniciar el viaje de vuelta a Londres. Se despidieron con el cordial afecto de dos veteranas personas a los que el azar había abierto las puertas atractivas de una nueva amistad. Quedaron en mantener alguna regular correspondencia postal y en verse de nuevo cuando las circunstancias así lo facilitasen. Estrecharon sus manos como despedida, añadiendo una leve inclinación de sus respectivas cabezas, todo un ritual de personas adiestradas en los establecidos formalismos de la cortesía social.

Mientras las ruedas del tren chirriaban sobre las pulimentadas vías ancladas sobre las traviesas, Edward Pinkow seguía dándole vueltas a esas percepciones que flotaban sobre el mundo onírico de sus recuerdos. Sobre su cabeza sobrevolaba el misterio, la intriga y los incómodos interrogantes sin respuestas. Conocía la existencia de una biblioteca pública ubicada muy cerca de su actual domicilio. A esa bien surtida “library” pensaba dirigirse en la mañana del siguiente día, a fin de documentarse sobre un puntual tema que, tras la extraña experiencia de ese día en la preciosa y cuidada ciudad de Hertford necesitaba información fehaciente que sosegara sus dudas: la delicada y controvertida reencarnación de las personas. Pero esas muy interesantes y necesarias lecturas tendrían que esperar al día próximo, Pues durante esa tarde noche tenía motivaciones más reales y sensuales que atender, con respecto a sus dudas y sospechas sobre el más allá. –

 

 

PERCEPCIONES EXTRAÑAS 

EN HERTFORD

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

01 octubre 2021

                                                                               Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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