viernes, 16 de abril de 2021

TRES BANDERAS EN EL ÁTICO.

Una de las cualidades más apreciadas por el género humano es aquella que motiva la curiosidad para el conocimiento, con respecto a todos esos elementos que comparten nuestros recorridos y andaduras existenciales. Resulta a todas luces positivo y plausible “preguntar” por todo aquello que nos agradaría conocer y ampliar en su contenido conceptual. ¿Y dónde buscamos esa información? Hay una amplia serie de fuentes que nos ayudan en este noble menester: los libros, los profesores, los científicos, las personas de más edad y, por supuesto hoy día, la revolución de Internet, estando dentro de la misma ese versátil y poderoso buscador universal, denominado Google. Esta última y recurrente fuente de respuestas actúa, en la actualidad, a modo de la más poderosa y tradicional Enciclopedia Británica, superándola si cabe, pues “todo” lo sabe, ofreciéndonos páginas y más páginas enriquecidas con muy densa y variada información, y ello en apenas cuestión de segundos.

 

Sin embargo ese afán por conocer, sea cual sea la materia objeto de interrogante, puede pasar de cualidad a defecto cuando el interés se desarrolla, de una forma “enfermiza” y descontrolada, en la búsqueda de “conocimientos” que en nada nos conciernen o importan, especialmente sobre la vida íntima de las personas, quienes han de tener y gozar de su legítima privacidad. Esa desordenada actitud supone la degradación cualitativa y cuantitativa, llevada a términos molestos, exagerados e injustificables, de ese  afán por llegar a la intimidad de los demás. Nos viene a la mente una popular frase, muy repetida por nuestras abuelas, que decía con ironía y humor “el que quiera saber, mentiras en él”. O dicho de otra forma: “pregunte, pregunte, que no le voy a decir la verdad”. Si nos atrevemos a calificar este tipo de personas, que gozan y necesitan introducirse en la vida de los demás, diremos que son “chismosas” en su cotidiano comportamiento.

 

Algo así es lo que le ocurría a Fermina Layara, una señora que durante su vida laboral (más de tres décadas) había trabajado como repostera en una pequeña industria confitera malacitana, que elaboraba diversos pasteles y, de manera especial, unas sabrosas y artesanales tortas de Algarrobo, muy apreciadas y demandadas por el consumidor andaluz. De esta muy “suculenta” actividad se jubiló hace ya dos primaveras, para vivir modestamente con su pensión. Era hija única de Engracia y Estanislao, un maquinista del tren que “conducía” el suburbano desde Málaga al municipio de Vélez, en la Axarquía, popular medio de transporte (llamado la Cochinita) que dejó, infaustamente, de circular aquel 27 de abril de 1968. Fermina nunca pasó por la vicaría del altar, ni por el Registro Civil, permaneciendo soltera, aunque tuvo algún que otro pretendiente. Sin llevarse bien con dos primas hermanas, residentes en la comarca rondeña,  su única “gran familia” está conformada por las vecinas y vecinos del barrio en el que tiene su residencia, ubicado en la muy popular y masificada carretera de Cádiz. Ocupa uno de los pisos en la cuarta y última planta de un vetusto y pequeño bloque de viviendas, propiedad inmobiliaria que le legaron sus padres. Los vecinos de ese bloque y otros muchos de la plaza a la que miran sus ventanas, tienen una cierta prevención y cuidado con respecto a esta expresiva y curiosa mujer, pues conocen su irrefrenable afición por “llevar puntualmente la vida personal” de todo lo que ocurre en ese concurrido núcleo del barrio.

 

A pesar su carácter, abierto a los chismes y chascarrillos sobre los demás, tiene un círculo de amigas “íntimas” (la Filomena, la Candelaria, la Erundina, la Mariana, la Roberta y la Eleonora) que se reúnen muchas tardes en el bar/cafetería el Coliseo, propiedad de don Fausto. Allí pasan las horas, hablando y criticando (“sacando trajes”) además de disfrutar el confortable café con leche o ese buen y espeso chocolate, al que acompaña unas galletas almendradas, elaboradas en Ardales, que ellas tanto valoran. Algunos convecinos chistosos suele llamar a este grupo de señoras mayores “Las Siete Reinas”, aunque otros cambian la última palabra por la de “Chicas” no sin cierta sorna. Por supuesto que cuando alguna de ellas falta a la reunión, es momento aprovechado por las demás para “despotricarla” (criticarla) todo lo que pueden y se inventan. Las siete amigas son convecinas de la gran plazuela urbana de Santo Tomás, a la que dan las fachadas de los pisos en que residen.

 

Una de las distracciones que practica Fermina, no sólo ahora que tiene todo el día libre, sino también desde hace años (entonces  se dedicaba a ello horas durante los fines de semana) es sentarse en su balcón, que tiene orientación sur (o tras los cristales, cuando hace mal tiempo) haciendo calceta, cosiendo algunas prendas o simplemente tomando el sol, cuya calor la reconforta. Pero entre aguja y puntada, haciendo largos reposos para el descanso, contempla con obsesivo detallismo el trajinar de las gentes por las aceras, la vida de las numerosas tiendas de esa pequeña zona urbana circular y, lo que para ella es más interesante, observa el comportamiento de la vecindad, a través de esas grandes ventanas abiertas, durante la primavera y el verano, o a través de los cristales y las cortinas, en las estaciones más frías de la temporalidad.  

 

Entre los objetivos visuales preferentes, para esta observadora señora, se encuentra otro veterano pequeño bloque de cinco plantas más ático, situado precisamente enfrente de su vivienda. En el ático del inmueble ha residido durante bastantes años un pintor de “brocha gorda” llamado Ezequiel, al que no sólo Fermina sino otra mucha gente del barrio calificaban como un hombre bastante raro y escasamente comunicativo, comportamiento que modificaba con algunas visitas que recibía durante los fines de semana y algunas otras noches de los días laborables. Todos conocían que era soltero pero, en esos días señalados, subían a la vivienda mujeres que por su forma de vestir y comportarse, reflejaban inequívocamente su dudosa reputación, siendo objetivo inmisericorde de las “comidillas del barrio”. Pasaban amplias horas en su vivienda, en la que se organizaban algunos “zaraos “ con un sonoro buen ambiente” que rompía la tranquilidad de las noches, especialmente en la víspera del domingo. Fermina no quitada ojo a todos esos movimientos y vivencias que transcurrían en el ático de Ezequiel.  No había tarde, durante las reuniones cafeteras de las siete amigas, en las que la vida del “sátiro” pintor (por el sentido de sus miradas)  no fuese un atractiva cuestión para comentar y “aventurar”.

 

Pero llegó el infausto día en que el controvertido pintor (unos y otros utilizaban la palabra “blanqueador”) abandonó este inconcreto paseo temporal por lo terrenal, con ese billete sólo de ida, cuando aún no había llegado a cumplir los sesenta. Desde sus años mozos, fue un fumador empedernido de Ducados, Celtas e Ideales (picadura barata, pero igual de perjudicial que la Camel o el Chesterfield. Tras su fallecimiento, el propietario del ático, un joven vividor sin profesión reconocida, pero que había heredado de su tío esa y otras propiedades, como plazas de garajes y locales comerciales y que sin embargo estaba lleno de deudas por su desaforada afición a “la rápida”, al juego de la baraja y a la vida alegre, localizó pronto a un nuevo inquilino, que le reportara el pago mensual que tanto “necesitaba” para sus constantes desahogos y disfrutes sensuales.

 

En la reunión del viernes, fue Fermina (no podía ser otra, en aras a su “especialidad”) la que pronto sacó el tema del ático a conversación, basándose en sus seguras averiguaciones:

 

“Me han dicho que el ático del Ezequiel ¡que en buena gloria bendita se encuentre! ya tiene un nuevo inquilino. Han estado pintando la vivienda ¡quien lo iba a decir! pues parece que el blanqueador no cuidaba bien de las paredes, con esas juergas en delirio que se daba hasta muy avanzada la madrugada. Recuerdo una noche en que me agobiaba el desvelo,  por lo que salí a regar mis hortensias y lo vi (a través de los cristales) como corría detrás de una fulana, dando saltitos y haciendo relinchos, como si fuera a caballo. Los dos en paños muy menores … Casi todo lo enseñaban. Bueno, el caso es que ahora viene un hombre de cultura,  que parece entiende bien de música. Dicen que toca el violín. Todo esto lo sé de buena fuente. Podéis creedme.”

 

Efectivamente, unos días después llegó a la plaza un camión de mudanzas, con algunos enseres del nuevo inquilino. Fermina, sentada en su balconada, no perdía cuenta o detalle de todo lo que ocurría. Entre el material descargado del gran vehículo para el transporte, bajaron unas cajas pequeñas que, bien embaladas, podrían contener los aludidos violines. Lo primero que hizo la inquisitiva vecina, a la mañana siguiente, fue llegarse al portal de ese edificio “hermano”, a fin de comprobar en el buzón datos del nuevo residente. En la tarjeta, que ya había sido colocada para el correo, se podía leer: Heliodoro de la Huerta Condesa. Profesor de violín. Bien pronto pudo también comprobar como en las sucesivas semanas llegaban algunas personas, posiblemente alumnos, con sus cajas de violines, que subían al ático de las clases, a fin de recibir las enseñanzas y hacer sus correspondientes prácticas. Los sones tañidos en las cuerdas del delicado instrumental viajaban a través de la atmósfera, llegando no sólo al domicilio cercano de doña Fermina, sino a las demás familias de la muy poblada vecindad. El profesor era un hombre enjuto, alto, con pobladas cejas negras, pero de mirada apacible, manos huesudas y que vestía tonos muy oscuros. Al caminar, solía inclinar mucho el cuerpo hacia delante, en forma de arco o ballesta. Desde luego daba la imagen de una misteriosa persona, que podía ser protagonista de alguna cinta cinematográfica del género terrorífico. Ahora tendría que averiguar si era viudo o soltero, pues no se veía a familia alguna que con él conviviera. 

 

Además de su obsesiva y permanente observación, Fermina trató de sonsacar algún nuevo dato, preguntando a otros miembros de la comunidad vecinal. Entre ellos, al tendero don Anselmo, ya que tras el mostrador y atendiendo a tantos clientes se conoce abundante información con respecto a la ciudadanía. También a don Servando, el párroco de la barriada, que mal enfadaba a la feligresa por su prudencia y discreción en no divulgar lo que sin duda el sacerdote “mucho conocía”. Sin embargo fue el buen y reflexivo barrendero, Arquímedes, quien le dio alguna información interesante, con respecto al tipo de alumnos que visitaban al maestro

 

“… hay algunos que tienen desde luego muy mala cara, como si estuvieran mal alimentados, te lo digo con franqueza, vecina Fermina. Con esto de la música dan la impresión de que no lo están pasando muy bien, que digamos.”

 

Desde luego las clases no eran especialmente alargadas, pues los discípulos permanecían en el ático escaso tiempo, no más de treinta o cuarenta minutos. Todo estaba bien cronometrado, según un destartalado reloj de pesas que la antigua repostera tenía en el salón de su domicilio. Mientras, los tañidos de las cuerdas del violín seguían sonando y sonando, curiosamente con una gran perfección, habilidad que evitaba los “ingratos” desentonos. Eran unos aprendices que sin duda poseían ya una cierta destreza.

 

Algo que llamó poderosamente la atención de la chismosa observadora, en su observancia del ático, eran unos grandes banderines de colores, que colgaban de una vara o mástil atada a los barrotes de la balconada. En ocasiones el banderín era rojo. Este color rojo cambiaba a verde o amarillo, en la sucesión de los días, sin causa alguna que justificase tal cromática modificación. Lógicamente, la aclaración a esta colorida incógnita sólo podría ofrecerla quien colocaba y alternaba los respectivos banderines. Ni corta ni perezosa, se hizo un día la encontradiza con el violinista, cuando éste salía de su portal llevando una gran maleta de ruedas. Artificialmente zalamera, se acercó al ínclito personaje presentándose “nerviosamente” como la convecina de enfrente.

 

“Perdone Vd. don “Heliotropo”. Aunque yo me he dedicado a los dulces, siempre me habría gustado saber tocar algún instrumento musical. Pero en mis años mozos esa enseñanza era sólo para la gente bien ¿Podría asistir a alguna de sus clases? Vd. ya me aclara cuánto me costaría esa gran experiencia. Y sin ánimo de quitarle mucho de su valioso tiempo, veo desde mi balcón (allá enfrente tiene Vd. su casa, para lo que guste mandar) esas bonitas banderas que coloca bien atadas a los barrotes de la terracilla. Por más que me estrujo la sesera, no encuentro explicación al cambio de colores que Vd. elige. No se moleste por mi interés, es que son muchas las horas en que tengo que convivir, a mis largos años, con la soledad”.

 

Visiblemente extrañado y molesto, por las confidencias y peticiones de la curiosa vecina, el facialmente enojado músico trató de quitársela lo más pronto posible de su presencia, con unas palabras en las que mezcló la mínima cortesía, con esa brusquedad represiva, necesaria cuando se habla con personas que adolecen de esa enfermiza naturaleza inquisidora.

 

“Mire, señora, no tengo plazas libres para nuevos alumnos. El coste de las clases es elevado y además en este arte hay que empezar de jóvenes. A su edad y sin ánimo de molestarla, Vd. debe dedicarse a otras funciones o actividades, como benéficas, religiosas o de lo que más le plazca. En cuanto a lo que pongo o quito en mi propiedad, es algo que solo a mi ha de importarle. Dedique su aburrido tiempo a tratar de distraerse, pero respete la privacidad de los demás. Discúlpeme, pero tengo prisa. Buenas tardes, señora”.

 

El gran sofoco que Fermina sufrió, a consecuencia de su breve encuentro con el músico, finalizado con esas contundentes y determinantes palabras, provocó que tuviera que estar un par de días en cama, con calmantes, sales y rezos, tratando de superar la vergüenza que sufría ante la dura lección recibida ante el portal de su rígido vecino.  Menos mal que algunas de sus seis amigas pasaron por el domicilio, tratando de animar y cuidar a una compañera de reunión que se encontraba temporalmente de baja, a consecuencia de su impertinente intromisión en la vida de los demás. 

 

Pero la Tierra gira y la Historia también lo puede hacer. Una mañana de Junio, casi dos meses después de la llegada de Heliodoro a su nueva vivienda, muchos vecinos de la Plaza de Santo Tomás lo vieron salir esposado y acompañado por varios policías, que habían llegado en dos coches patrulla. Algunos de los miembros de las fuerzas de seguridad iban sin uniforme, con sus trajes respectivos de camuflaje. Los policías habían estado registrando desde el amanecer el ático que ocupaba el “maestro de música” ahora detenido, sacando del inmueble una serie de fardos.

 

Las noticias de las dos de la tarde, en la radio local, abrieron con la información de que había sido desmantelado un punto de distribución de sustancias estupefacientes, ubicado en un ático situado enfrente del bloque donde vivía la muy impertinente observadora. Fue la comidilla no solo de ese día, sino que sustentó prácticamente la mayoría de las conversaciones durante varias semanas. En una de las reuniones vespertinas celebradas por las “Siete Reinas”, fue precisamente don Fausto, el propietario de la cafetería el Coliseo, quien aportó abundantes detales sobre el “explosivo suceso”, gracias al buen oído que prestaba el servicial ventero, escuchando los comentarios que se cruzaban muchos policías que solían ir a su establecimiento para desayunar o merendar, durante algunos huecos que se les concedían en sus horas de servicio.

 

“Los supuestos “alumnos” del insigne “maestro” eran realmente traficantes y distribuidores de la mercancía, que traían y llevaban en sus fundas de violín. Mientras hacían el trato económico, con los tiras y aflojas respecto al valor de las “pastillas” que recibían para llevarlas al mercado del menudeo, Heliodoro ponía en marcha su sofisticado equipo de música, el cual poseía unos estupendos amplificadores para su buena escucha por toda la plaza. Las grabaciones de las piezas de violín estaban muy bien elegidas, para convencer a la escucha de lo bien que se practicaba en las clases de insigne maestro”.

 

“Ah, bueno, sé que doña Fermina me va a preguntar por el tema de las banderas, que a ella le sigue trayendo de cabeza. Pues también me he enterado de ese asunto, ya que en este barrio todo, absolutamente todo, se acaba sabiendo. El color de los banderines lo utilizaba para indican a los “alumnos” si el día era seguro para la negociación (bandera verde) si había algún chivatazo o riesgo, para ir con absoluta precaución (amarilla) o si era conveniente evitar acercarse al ático y dejarlo para mejor momento, porque bandas contrarias o la propia policía, podrían hacer su aparición y romper todo el hábil montaje que tan buenos beneficios les reportaban (bandera roja)".

 

El controvertido ático, correspondiente al número 9 de la popular plaza del barrio, continua vacío, aunque se comenta por el barrio que una familia argentina, exiliada por motivos políticos, está negociando el alquiler del inmueble. Conociendo la atmósfera de cotilleo, que domina las horas de su feligresía, el párroco don Servando, trata de poner un poco de orden en el comportamiento colectivo. Una de las medidas que ha adoptado ha sido la de reunirse con algunos grupos, a fin de abundar en el diálogo. También,  utilizar sus homilías domingueras, para concienciar a los devotos y, de manera especial, a organizar actividades más recreativas y saludables. Parecía lógico que llamara a las Siete Amigas, colectivo muy conocido y representativo en la barriada, a fin de reprenderles paternalmente, indicándoles que dediquen su tiempo a actividades más útiles y pongan fin al necio critiqueo de los demás. Con respecto a Fermina, le ha encargado puntual y acertadamente que prepare unas sesiones de actividades pasteleras, dirigidas a chicas y chicos jóvenes del barrio, para que puedan aprender a elaborar suculentas piezas reposteras, facilitándole al efecto uno de los salones parroquiales. Pero esta señora no sólo se halla ilusionada con el encargo del cura, sino también porque a través de esta relación piensa que podrá conocer la vida personal de muchos miembros de la juventud de hoy día, etapa generacional que para ella queda muy lejana en la nostalgia de su memoria.-


 

 

TRES BANDERAS EN EL ÁTICO

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

16 ABRIL 2021

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