viernes, 4 de marzo de 2011

EL MÁGICO AROMA DE UNA LIBRERÍA.

Todos los sentidos, absolutamente todos, son necesarios para sustentar nuestra comunicación con el entorno, ese espacio para la vida que nos vincula en cada momento, en cada lugar. La vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato. Puede haber prioridades en la opción de jerarquizar la importancia de estas capacidades, recursos que adornan y sustentan la potencialidad de nuestro cuerpo. Es evidente que he ubicado a la visión en un lugar preferente, prioridad que se hace a todas luces muy necesaria e innegociable. Pienso que muy pocos dudarán acerca de la trascendencia de la visión, a fin de iluminar el discurrir de nuestras vidas. Y no es que pretenda, para este momento, hacer una valoración de esa potencialidad sensorial que está incardinada en nuestro ojos. Tiempo habrá, en otra oportunidad, para resaltar el gran tesoro que detentamos aquellos que podemos gozar del espectáculo inenarrable que nos proporciona cada día, cada instante, cada segundo, la capacidad de ver a través de nuestra mirada. Si he ubicado al olfato en un último lugar de esta pentarquía sensorial ha sido, únicamente, porque va a ser el protagonista del artículo o reflexión que a continuación se desarrolla.

El olor como embrujo y catarsis para la comunicación. Hasta la propia cinematografía así lo entendió, con un viejo intento frustrado en las salas de proyección. ¿Quién recuerda esa película? En realidad, tenemos que remontarnos a una distancia de medio siglo. Perfume de Misterio (Scent of Mystery) 1960, dirigida por Jack Cardiff y producida por Mike Todd Jr. Su padre, el director cinematográfico del mismo nombre, que fue el tercero de los ocho maridos que ha tenido Elizabeth Taylor (n 1932), inventó el sistema de proyección Todd – ao (sistema técnico de proyección que posibilitaba una gran pantalla, entre el cinerama y el cinemascope) falleciendo por accidente de aviación, en 1958. Esta película, del género intriga y misterio (intento de asesinato de una rica heredera estadounidense, en sus vacaciones por España, y en la cual el olor permite controlar al delincuente), tuvo una parte de su rodaje en nuestro país, concretamente en Málaga. Aplicaba una técnica, denominada Smell O Visión, que consistía en generar, en determinados momentos de la proyección, unos olores en la sala que se vincularían con las escenas que se desarrollaban en pantalla. Una copa de vino, un jardín repleto de flores, la colonia que emanaba de una elegante dama…. y en la sala se olería ese vino, esas flores y ese perfume de la protagonista. La película, protagonizada por Denholm Elliot, Liz Taylor y Peter Lorre, fue estrenada en tres salas americanas, equipadas con mecanismos para generar esos olores, debidamente sincronizados con las escenas: N. York, Los Ángeles y Chicago. Pero este sistema de aromas en la sala fracasó, lamentablemente, por una serie de dificultades técnicas: los olores llegaban tarde al espectador; su mezcla en el espacio de las butacas dificultaba la comprensión de la película; había zonas en las salas a donde el olor no llegaba; los silbidos que se producían a la hora de ordenar la liberación de los olores perjudicaban la sonoridad argumental; los espectadores, que se encontraban resfriados o con problemas nasales, reducían su vinculación con el proyecto narrativo. Resultó, al fin, una posibilidad interesante, plausible pero fugaz en su desarrollo por las dificultades técnicas aludidas. Y deseo añadir algo, para la memoria. Un destartalado y envejecido coche gris frenaba bruscamente, tras recorrer unos quince metros, en la Plaza de los Mártires, junto a la Iglesia del mismo nombre, en el laberinto “intramuros” de la Málaga antigua. Muchos figurantes acudían presurosos al lugar para ver qué había ocurrido. Esa escena se repetía una y otra vez, entre las órdenes, a gritos por altavoz, de un hombre que lucía bigote rubio, vestido con pantalón corto de color beige, botas cortas de campo y gorra en su cabeza, expresándose con dificultad en un español americanizado. Un niño de nueve años contemplaba, muy atento y desde una calle adyacente (Mosquera), toda la escenografía de personajes, cables, cámaras, focos y filtros para la luminosidad. Ese niño ya sentía una verdadera pasión por todo lo relacionado con el cine. Era la España adormecida del 59, cuando las pantallas del Avenida, Málaga Cinema o Royal hacían volar nuestra imaginación y el disfrute para convivir con tantas y variadas historias y narraciones de, y para, la vida. Era la ilusión, la distracción, nuestra ilusión del programa doble, para casi todos los domingos en la tarde. Pero ¿quién era ese niño, atento espectador, durante el rodaje de aquella puntual escena de “Perfume de Misterio” realizada muy cercana a su domicilio, en la malacitana calle Nosquera? Recuerdo perfectamente aquellas imágenes, en la memoria indeleble de mi infancia. No las he olvidado.

Y es que el olor, como servicial sentido a nuestro organismo, enriquece la percepción y la vinculación con nuestro entorno inmediato. El dulce azahar, que nos avisa el despertar de la Primavera; el humo blanquecino que traen las sabrosas castañas asadas, para el otoño; el romero cuaresmal durante ese Jueves Santo de nuestra Esperanza procesional; ese perfume embriagador y sensual que te hace presente a la persona que quieres; el aroma a tierra mojada, tras la lluvia, en medio de la naturaleza; aquel que desprende el pan recién sacado del horno, que nos hace presente el afecto hogareño y familiar; y, no lo podemos obviar, el que nos regala la marisma salina en una playa o puerto de las ciudades agraciadas por el susurrar del oleaje. Ese olor a piel curtida de los zocos musulmanes, que nos traslada a geografías alejadas del estrés urbano occidental. Personalmente, tampoco olvidaré aqul aroma que gozaba, durante algunos paseos en las tardes de abril, caminando por los senderos que rodean al Palacio nazarí de la Al Hambra (la roja). ¡Son muchas las percepciones, son tantas las sensaciones, hay tantos fotogramas en el multicolor archivo de nuestros ensueños!

Y atravesemos, al fin, los propíleos metafóricos, pero subyugantes, que guarnecen a una librería. No es sólo un comercio o tienda donde se venden y compran libros. Es algo más. Es… mucho más. Lo primero que nos impresiona y asombra es esa agradable atmósfera de sosiego que reina en su interior, frente al ritmo estresante e incómodo que es frecuente encontrar en otros tipos de comercios. Pero no es una tranquilidad similar a la que provoca el letargo o el sopor térmico en una tarde de siesta veraniega. Todo lo contrario. Es un ambiente de paz y silencio que incita, al tiempo, a esa excitante, apasionada y enriquecedora aventura de la lectura. Generalmente, la decoración en estas islas afortunadas para el archipiélago de la cultura fluye por sí misma, sin grandes alardes de marketing en el diseño estructural que se oferta. Son los propios volúmenes, eso sí, perfectamente ordenados por materias, autores o temáticas, los que organizan un espacio lúdico, onírico y real para la vida, sugerente en ese intercambio generoso entre escritor y lector. Y, por supuesto, ese aroma sensual de difícil y misteriosa definición a libros nuevos, recién horneados en el obrador celestial de la cultura. Celulosa, tinta y engomado, ciencia y diálogo, ilusión y misterio. Cuando tengas el acierto de visitar una librería, dedica los segundos que sean necesarios a percibir ese olor a narrativa, a poesía, a ciencia, a historia, a filosofía y lingüística, a memoria, autoayuda y tecnología. Literatura polivalente que tiende su mano silenciosa hacia tu necesidad, sentimiento y consuelo. Cierra por un momento los ojos, capta el acústico silencio de las letras y las palabras, con ese aroma solidario que comparte distracción, cultura y aprendizaje, para las vivencias de cada uno de los días. Para cada uno de nuestros latidos y respuestas.

Entre los centenares de comercios que pueblan nuestras ciudades, siempre hay algún espacio encantador donde se pueden captar esas sensaciones que se han descrito en las líneas que preceden. En realidad no son muy abundantes, comparados con otros tipos de estructuras comerciales. Pero ahí están, tendiéndonos la mano de su amistad y colaboración a fin de llevar un mucho de luz y cultura como alimento para nuestra inteligencia y el lirismo del corazón. Hay, en esa Málaga urbana que observa ensimismada el Mediterráneo, cuatro puntos definidos para el específico comercio bibliófilo. Proteo, Prometeo y Ocasión, junto al norte de la muralla medieval en la zona alta de Carretería. Luces, en la Alameda burguesa del XIX, cercana al río Guadalmedina, mirando entre bloques urbanos al mar. La Casa del Libro, encantadora en su diseño y aprovechamiento del espacio, en esa calle Nueva de las tiendas, paralela al centralismo ciudadano de Larios. Y Fnac, que ha salvado ese complejo desorientado de Málaga Plaza, muy cerca de la vital arteria viaria y mercantil de Armengual de la Mota. Librerías específicas de y para los libros. Pero no podemos dejar de mencionar aquellas otras que enriquecen el marco heterogéneo de los Centros Comerciales: Eroski, Carrefour y El Corte Inglés. Y otras muchas, especializadas o no, por los distintos arrabales y el gran barrio del centro malagueño. Como Rayuela Idiomas, babel de la comunicación en ese recoleto espacio lleno de cultura e historia de la Plaza de la Merced. Todas ellas nos ofertan su “sabrosa” mercancía en forma de páginas, textos, aventuras y narraciones que llaman a nuestro interés, curiosidad y diálogo para alimento del sentimiento y la racionalidad. Frente a miles tiendas de ropa, zapaterías, bares, supermercados, restaurantes y electrodomésticos, encontramos esos plácidos oasis donde puedes saborear el culto aroma a página impresa, que sabe vestir de domingo todas las jornadas para la lectura.

Saber escuchar, expresar, leer, compartir, dialogar, imaginar, reflexionar…. soñar y sonreír. ¡Son tantas las capacidades que adornan y contemplan las potencialidades del género humano!

Y ya otro día tendremos que referirnos a las librerías públicas de Málaga. Mientras tanto, seguiremos aspirando ese olor a libro recién hecho y horneado para alimento espiritual de nuestra necesidad. Precioso y vital alimento en un océano global de tantas indigencias.-

José L. Casado Toro (viernes, 4 marzo 2011).

Profesor.

http://www.jlcasadot.blogspot.com/

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