viernes, 20 de diciembre de 2013

COMPARTIENDO RECUERDOS, PARA SU MEJOR NAVIDAD.


Desde hacía tiempo sentía ilusión por realizar un reportaje donde prevaleciera la humanidad y sencillez de la memoria, frente a las prisas banales de la representación escénica, casi siempre dictadas por el calendario. Al fin este año me he decidido, tras afrontar dos importantes dificultades que, con la habilidad del diálogo, se han podido resolver. En primer lugar, la autorización que la dirección de la institución benéfica debía previamente conceder. Y también, pero muy importante, la generosa comprensión de mi propia familia, pues el esfuerzo de este trabajo también iba a repercutir en el anecdotario cronológico de sus vidas. Todos han de saber que el periodismo posee estas grandezas y servidumbres. Así que, bien acompañado de mi cámara fotográfica, una pequeña grabadora y un bloc de notas, encaminé mis pasos, a eso de las ocho de la tarde, a esta humilde residencia para la tercera o última edad. En este entrañable espacio, unas abnegadas Hermanas de vocación y caridad, acogen y cuidan a personas mayores que no tienen con quien vivir. Me disponía a compartir la cena de Nochebuena con los residentes de esta Casa llena de amor y solidaridad, para con unos seres que tanto lo necesitan.

En este día tan entrañable, sólo han quedado en el edificio siete de los allí acogidos. El resto de los cuarenta y tanto residentes van a pasar esta Noche junto al calor de algunas familias solidarias o con algún pariente lejano, que se ha acordado de ellos para este emblemático momento anual del calendario. Tres hermanas, una cuidadora social y la encargada de la cocina, se han esforzado en organizar una suculenta cena (dentro de sus limitadas posibilidades económicas) para este martes de un diciembre, con pleno sabor navideño.

Previamente, acompañado de la Hermana directora, hago un recorrido por todas las dependencias del edificio, donde se respira un ambiente de paz y limpieza que gratamente me impresiona. Tras conocer la organización de los servicios comunes y las propias habitaciones de los residentes, accedemos a un gran salón. En él se acomodan siete personas que aguardan el inicio de la cena fijada para las nueve de la noche, algo más tarde de lo que es usual para el resto de los días en el año. Algunos de los siete presentes miran hacia el programa que la televisión está emitiendo, muy cercano a un primoroso Belén en el que todos han colaborado para su construcción. Este otro lee un periódico deportivo, mientras que aquellas dos ancianas descansan, sentadas en uno de los sofás, observándome con cara de cierta extrañeza. Visualmente percibo que todos ellos son muy mayores. Sin duda, octogenarios. Tal vez alguno, incluso, nonagenario. Estrecho la mano de los tres hombres y saludo con un beso a las cuatro señoras, presentándome como un periodista que ha querido compartir con ellos estas horas afectivas de la Nochebuena. 

Intercambiamos algunas palabras y sonrisas. Sus rostros agrietados y cansados por las leyes inexorables del tiempo, ofrecen el semblante de los que ya poco esperan, como no sea ese nuevo amanecer que el destino quiera concederles. En el letargo de sus miradas también percibo la placidez de unas vidas en la que los afanes y tensiones se han sosegado, tras largas historias que se nublan en la lejanía del recuerdo. Al fin la Hermana Sonsoles nos hace una indicación para que pasemos a una sala contigua, donde se ubica el “refectorio” para el alimento. Ayudo a una de las señoras, que camina con dificultad “Hijo mío, estas piernas cada día me pesan más. Y aunque no te lo vayas a creer, en mis años mozos me ganaba las pesetas bailando por esos “puebluchos” de Dios. La Hermana Claudia ha puesto, en un pequeño compact disc, un CD con villancicos tradicionales, que ha modulado muy bajito para que no moleste a la concurrencia. En realidad pronto pude comprobar la degradación auditiva, en más de uno y una de estas personas.

El menú estaba compuesto de entremeses variados, una cálida y sabrosa tacita de consomé (con el acompañamiento de la necesaria ramita de hierbabuena) y un plato de carne mechada con verduras cocidas. Para los postres, tarta casera de chocolate, sin que faltara una gran bandeja, poblada de mantecados, turrones y mazapanes. Aunque siempre se ofrece agua en las comidas, esa noche se añadió vino tinto y unos botellines de cerveza, para los residentes que lo deseasen. Tras la bendición de la mesa, con la oración correspondiente, nos sentamos en hermandad a fin de dar buena cuenta de tan apetitosos alimentos. Debo aclarar que, previamente a mi desplazamiento, pasé por Casa Mira, donde me prepararon una caja surtida de sus afamados productos navideños, modesto detalle que entregué a la Hermana Benita, encargada de la cocina.

Ya en la sobremesa, propuse a los presentes una simpática aportación o juego colectivo. Les expliqué que estaba realizando un reportaje, dedicado precisamente a ellos, en una Noche tan emblemática. Les pedí que cada uno narrase, buscando en el archivo de su memoria, aquel recuerdo que hablase de la mejor Navidad que habían gozado en sus vidas. Todos se mostraron dispuestos para colaborar en este relato multicolor, con historias que iban a llenar de luz una noche presidida por la amistad y el afecto. Debo esmerarme en la síntesis, pues alguno de mis compañeros de reunión era más que fluido en las palabras, no encontrando el momento de poner fin a la detallada descripción que nos hacía.

NOEMÍ. Es la primera en intervenir. Con voz pausada, nos introduce en alguno de sus mejores recuerdos de la infancia. En su mente, siempre quedará grabada la imagen de aquella querida abuela que se encargaba, con hábil destreza, en la elaboración de las rosquillas y borrachuelos, durante la mañana del día 24 de diciembre. Ella misma, entonces muy pequeña, ayudaba junto a sus otras dos hermanas, a la tata Ovidia, que les enseñaba como se hacía la masa de harina para los dulces. No se le podrán olvidar las figuritas de animales que moldeaban con algún trocito de masa que la abuela les dejaba y que, después, también pasaban por ese gran perol lleno de aceite de oliva, donde se freían las rosquillas. La alegría, las risas que de todos fluían y el buen olor al aceite hirviente, son escenas entrañables que nunca se borrarán de su bien trabajada memoria. 

ALEJANDRO. Antiguo sindicalista de la C.N.T. fue tornero fresador de profesión. Tuvo un hijo en su matrimonio “pero él siempre está muy ocupado con su familia. Apenas tiene tiempo de pasarse por aquí. Pero cuando lo hace, me trae libritos de crucigramas, pues sabe cómo me gustan. Él es bueno, pero la “lechuza” de su mujer….” Este buen hombre, de espalda encorvada, nos cuenta que sus mejores imágenes son aquellas de verse ante los escaparates de la tienda Carrión, cerca de la Plaza de los Mártires. En ese mundo de los juguetes, se pasaba horas y horas, disfrutando a través del cristal, soñando despierto todo lo que se iba a pedir en la carta a los Reyes. Día tras día, aquel niño no se olvidaba pasar por esta calle, para ver si aún permanecía allí ese fuerte de madera, con los soldaditos de goma. O esos juegos reunidos Geyper, en su gran caja de cartón amarillo, con la alegre sonrisa de un niño ante la ilusión para imaginar y jugar.

ANTYA. Su vida se ha visto presidida por un intenso desorden. Ella ha sido una “mujer de la calle”. Nunca ha evitado o importado reconocerlo. Nos introduce en aquella última Navidad en la que pudo disfrutar, con sana e infantil emoción, la compañía de sus padres. Tendría, entonces, unos ocho o nueve años de edad. Formaban una familia sencilla y modesta pero, al tiempo, feliz. Después se cruzó aquel mal hombre en la vida de su madre, quien fue banalmente engatusada, provocando su abandono del hogar familiar. Recuerda, con nostalgia aquella última oportunidad en que ella y sus padres celebraron juntos la Nochebuena. Posteriormente, han ido pasando muchos otros diciembres por su existencia, pero ninguno como aquél en que vio a su padre y su madre, unidos y felices. Nunca volvió a ver a su mami, pero sabe rezar todas las noches por ella. Era su madre…. y nunca se borrará de su memoria.

BLANCA. Una mujer soltera, que trabajó durante toda su vida en un taller de costura. Su escasa pensión de jubilación, a causa del mal trato administrativo por parte de la empresa y los achaques propios de la edad, hicieron posible su llegada a esta Residencia de la Caridad, hace ya tres años. Aquella primera Navidad en esta Casa se le ha quedado firmemente grabada como uno de las experiencias más lindas de su vida. Encontrarse rodeada de otras muchas personas que le ofrecían amistad, cariño y cuidados, fue la mejor medicina para sus dolencias y soledad. Recuerda esa fiestecita del día 25, en la que todos acabaron cantando villancicos frente a un precioso Belén, que habían montado en la entrada de la capillita. Fue ella quien se encargó de hacer algunos pequeños trajes para las figuras de San José, la Virgen María y los Magos de Oriente. Su primera Navidad, en esta Casa de todos, le ha dejado para siempre una imagen imborrable de bondad y felicidad. 

DOMINGO. Su situación es otro de los penosos ejemplos que llevan a cabo algunos hijos con respecto a sus padres. “Tal vez sea por ley de vida. Las necesidades, en unos y otros. Los graves problemas económicos que han de afrontar. ¡Qué le vamos a hacer! Al menos respetaron mi muy escasa pensión (trabajé de albañil, para las chapuzas) y me pude venir a esta casa, donde me siento como en una gran familia. MI mejor recuerdo fue cuando mi padre me llevó, siendo yo bastante pequeño, al primer gran concierto en directo al que asistía. Entrar en aquel gran teatro y ver a tantos profesores en el escenario, tocando música de Navidad, fue para mi una de las impresiones más gratas y permanentes que tengo ahí dentro. En la memoria. ¡Cómo sonaba todo aquello que tocaban! Cuando salimos del gran teatro, fuimos a tomar churros con chocolate. Era un día de mucho frío, pero mi madre me había vestido muy bien abrigado”.  

ALMA. Estábamos de viaje, camino del norte, donde vivían mis tíos. Mi padre era natural de Burgos. Dado el mal tiempo, tuvimos que hacer noche en un pueblecito de Valladolid. Ese mismo día 24, cuando nos levantamos de la cama y miramos por la ventana vimos a todo el paisaje que rodeaba al hostal cubierto de un gran manto blanco. ¡Había estado nevando durante la noche! Fue la primera vez en mi vida en que pude jugar, con mis dos hermanos, a construir un muñeco de nieve. Le pusimos hasta una gorrita, y como nariz, una zanahoria que nos dieron en la cocina. Disfrutamos haciendo bolitas que nos tirábamos, en medio de risas, carreras y resbalones sobre un suelo blando de nieve. Después tuvimos que reanudar el viaje, pues teníamos que llegar a casa de los tíos, a fin de pasar la Nochebuena con ellos. Nunca olvidaré aquella mañana, cuando se me hundían las botitas en ese suelo cubierto por aquella alfombra blanca. La felicidad y emoción que sentí es muy difícil de expresar….”.

DAVID. “Mi única hija nació precisamente en la noche de un 24 de diciembre. Cumpliría hoy…. cincuenta y dos años. Pero un día infortunado, Dios, el destino o lo que sea, se la quiso llevar. No entremos en detalles más tristes. Esa noche, en el Materno, también nacieron otros dos niños. Los tres padres celebramos juntos la Nochebuena. Los celadores, médicos y enfermeras, que estaban de guardia, nos invitaron a pasar con ellos esa entrañable fiesta familiar. Compartieron con nosotros los alimentos y dulces que habían llevado para la cena. Fue muy simpática y alegre. Cantamos villancicos y alguno ayudó con su guitarra y una zambomba. Cada dos por tres, tenían que salir corriendo, debido a las llamadas de las embarazadas o parturientas. Al final todos ayudamos, por supuesto. A pesar de la situación, fue mi mejor Nochebuena. Después la vida dio muchas, muchas vueltas. Pero hoy, aquí rodeado de estos amigos y Hermanas tan admirables, he recuperado mucha paz y bondad que creí perdidas. Cuando despierto cada mañana, doy gracias a Dios por concederme una nueva oportunidad”.

Respondiendo a una llamada de mi mujer, pude fijarme en que pasaban ya las once y media de la noche ¡Qué rápido se nos había dibujado el tiempo! El trabajado cuaderno de notas estaba lustrado de apuntes caligráficos. Algunos de estos amigos mayores, también consideraron divertido hablar frente a la grabadora.  Y en aquel preciso momento, entró la Hermana Sonsoles en el gran salón estar, allí donde ahora permanecíamos sentados, formando ese grato círculo de amistad. Se acercó a uno de los presentes indicándole, en voz baja, que había una persona en recepción, deseando verle. Iba a ser la última gran sorpresa, para esta Noche inolvidable e inesperada, en la Casa donde la Caridad no es un concepto etéreo o abstracto, sino real.

Camino de casa, me crucé con numerosos grupos de jóvenes, en general bien abrigados con ternos oscuros, que caminaban ruidosos para profundizar en la fiesta. Algunos, con esas corbatas prestas para días de ceremonia. Algunas, haciendo equilibrios sobre zapatos picudos con tacones al alza. Todos con la sonrisa a flor de boca. Y vehículos de acá hacia allá, tras ese rito escénico de reunión familiar, para una Noche de reencuentros. Sentía frío y calor, al tiempo. Ambiental y anímico. Además de mi familia, me esperaba una larga madrugada, pues la elaboración del reportaje no podría esperar. Había sido… un lindo día de Nochebuena. Mañana, 25, millones de personas, en todos los lugares de la Tierra, disfrutarán la alegría y el bello sentimiento de la Navidad.-


José L. Casado Toro (viernes, 20 diciembre, 2013)
Profesor

viernes, 13 de diciembre de 2013

CUATRO PERCEPCIONES, EN LA ANGUSTIA DEL MIEDO.


El día se ha presentado un tanto desapacible, desde aquellos nubarrones oscuros que quisieron abrir la mañana. Las aceras y calzadas mantienen, a esta hora de la media tarde, algunos charcos de agua que se han ido formado por un fuerte aguacero que al fin descargó en este otoño prenavideño. La circulación continúa fluida. Aún lucen los colores de aquellos paraguas que tratan de evitar las húmedas sorpresas procedentes de los árboles, los balcones y de ese viento que agita las gotas. Algunas zonas aparecen cubiertas por una mullida alfombra de hojas anaranjadas, lustrando ese colorido nostálgico, pero placentero, al gris indefinible de una suciedad acumulada por la necesidad y descuido de los viandantes. La acústica de la vida se mezcla, a modo de peculiar orquesta, con los silencios múltiples generados por tan contrastadas intimidades.

Patricia Galera, se halla muy próxima a su medio siglo de vida. Dirige con la destreza de la experiencia, junto a una muy cualificada titulación, su afamada consulta de atención psicológica, situada en una de las arterias principales en la bella ciudad de los Cármenes. Poco más de las siete, en el reloj. Reunidos en una confortable sala, pintada con tonos suaves y decorada con láminas y macetones que sosiegan el ánimo, hay cuatro pacientes que necesitan una mano experta que les ayude a encauzar el desasosiego que les afecta. Aunque cada una de las personas asistentes ha tenido una atención particular, por parte de la especialista, hoy jueves ha decidido reunirlos a fin de trabajar una modalidad de terapia convivencial.
 
Ninguno de ellos, tres mujeres y un hombre, se conocían hasta esta primera sesión grupal que hoy los ha vinculado. ¿Y por qué precisamente a ellos cuatro, de entre todos los enfermos que acuden a esa clínica? El problema que todos ellos sufren, y que está degradando arteramente el equilibrio de sus existencias, se halla en esa patología del miedo, sin fundamentos concretos que lo justifique, en el rutinario quehacer de sus días. Obviamente, con la racionalidad de los hechos, ninguno de ellos podría explicar, con la necesaria convicción, ese pánico o angustia que les condiciona para el dolor y la duda. Pero es que lo están pasando muy mal cuando esa inseguridad, de origen indefinible para ellos, inestabiliza sus equilibrios y la certeza en sus comportamientos. Patricia ha decidido que, para estas próximas semanas, estas cuatro personas solidaricen sus padecimientos y traten de analizar aquellas circunstancias que puedan  arrojar alguna luz a los posibles orígenes de sus respectivos problemas.

Iniciada la sesión, cada uno de ellos realiza una somera presentación personal para, a continuación, comenzar a compartir ese trauma que tanto les afecta. Ciertamente su psicóloga ha mantenido, con cada uno de ellos, diversas entrevistas en las que ha ido recabando datos, de muy diversa naturaleza, que le han permitido un primer e importante acercamiento a los caracteres individuales de estos pacientes. Pero entiende que el diálogo compartido, con estos compañeros de dolencias, puede abrir nuevas vías para una mejor terapéutica que alivie la angustia en que se hallan confusamente sumidos.

La primera que rompe la tensión expectante de la tarde es Berta, una administrativa que trabaja en la delegación de  la Consejería de Medio Ambiente. Tras siete años de convivencia, con un compañero de trabajo, ambos decidieron dejarlo hace menos de un año. Lo hicieron de una forma concordada y amistosa. En realidad, él se había prendado en una joven muy extrovertida, con quince años de diferencia entre sus respectivas edades. Pero los problemas que sufre Berta, en su equilibrio anímico, vienen de lejos. De pequeña, su madre, una mujer chapada a la antigua, solía castigar sus travesuras con frecuentes encierros en un pequeño trastero, prácticamente interior. Ese miedo al “cuarto oscuro” ha quedado anclado en las raíces de su temperamento. Ahora, cercana ya a los cuarenta, se siente indefensa e inmersa en una situación de miedo y paroxismo, ante la falta, ocasional o condicionada, de luz eléctrica o solar. Por las noches, cuando se despierta de ese primer o segundo sueño, le tiembla todo el cuerpo y se entrecorta la respiración cuando abre los ojos y comprueba la carencia de luminosidad ambiental. Su imaginación se desata por senderos misteriosos, a mitad de camino entre lo onírico y la irrealidad del absurdo. Ha probado, sin éxito, no pocos recursos. Luces y radios encendidas, ventanas abiertas a fin de que penetre la claridad de la calle, tranquilizantes…. Pero el que fue su compañero no estaba por la labor de ayudarla. Comentarios jocosos e indelicados era la pobre ayuda de un hombre que ya pensaba en otra.

Ahora le corresponde hacer uso de la palabra a Lourdes. Nadie podría sospechar acerca de los problemas de esta mujer que suma los cincuenta y tantos de edad. Tiene dos hijos que ya le han dado nietos. Su marido que controla un par de importantes negocios de hostelería, que han sustentado la estabilidad económica familiar. Suele estar siempre muy ocupado. Sólo posee una formación de nivel medio. Su actividad está centrada en esa dedicación, de manera continua, a las necesidades de los suyos. Nunca probó, ni consideró necesario, trabajar por cuenta ajena fuera del hogar. Se apoya en algunas amigas, con las que se reúne ocasionalmente para el café de las tardes. Completa su tiempo con la rutina de las compras, más o menos superfluas y, ahora, cubriendo las peticiones de sus hijos con niños aún muy pequeños. No siente placer por la lectura, pero sí reparte muchas de sus horas libres frente a la pantalla del televisor. Así es su plan de cada uno de los días, frente a las ocupaciones de su marido con el que mantiene, básicamente, una relación de distante amistad. Cuando se despierta por las mañanas y, de forma especial, al tener que tomar cualquier decisión, por nimia que ésta sea, se siente duramente afectada por la angustia del miedo. Tal vez lo suyo sea, piensa y explica con palabras entrecortadas, el temor al no saber qué hacer. Se pregunta, una y otra vez ¿miedo a qué? Realmente no podría señalar una motivación concreta, a esa ansiedad  que le hace sufrir anímicamente, entristecerse e incluso le provoca incómodos temblores nerviosos en su estructura orgánica.
   
La atención que todos prestan al compañero o compañera que habla es profunda y plena de curiosidad. Como en los grandes conciertos de la sinfónica, el protagonista de la palabra focaliza el respeto, comprensión y apoyo de todos los demás. Se está compartiendo, de forma inteligentemente solidaria, una cruel e invisible patología que todos padecen, desde los más complicados orígenes.

Esa respiración alterada y sudoración nerviosa que Mario ofrece, al comienzo de su intervención, es similar a la que soporta en los instantes en que le aparece o surge el miedo ante el vértigo. Trabaja en la construcción como pintor. Tiene 28 años y, desde hace unos meses, le está atenazando la angustia de las alturas, agudizada  e incontrolable para su necesidad laboral. No sólo cuando está encima de un andamio o colgado de una fachada, a la que ha de enlucir, sino también cuando pinta techos altos desde las baldas de una escalera. El asomarse a un balcón, cuando este se encuentra por encima de la segunda planta del edificio, le genera angustia, mareos o ese pánico ante el vértigo. Siempre le había gustado practicar el senderismo, pero ahora ha de cuidar las zonas que visita, para no tener la visión de precipicios, taludes o fallas con verticalidad. En su trabajo ha de disimular aunque sus compañeros, conocedores del problema, tratan de arroparle y ayudarle, a fin de que no sea despedido. Incluso cuando duerme, ese enemigo que le aturde no le permite descansar. Comenta que, en ocasiones, sueña que se cae de la cama hacia un abismo al que no se le ve su final.
   
Finalmente, toma la palabra una joven madre llamada Rosina. En ese contexto patológico que los identifica, su caso sería el más comprensible si no fuese porque su percepción se ha desbordado hacia el descontrol. Sentir miedo al dolor es algo perfecta y naturalmente comprensible. Imaginarse, o exagerar hasta el patetismo, dolencias que realmente no se padecen, ya resulta más que inquietante. Este problema le viene desde su infancia. Sus padres, y ella misma, siempre trataron de quitar importancia a un temperamento y carácter temeroso ante dolencias que, básicamente, eran nimias o no existentes, salvo en una imaginación que exageraba los síntomas de dolor. Para ella, un simple arañazo o corte en el dedo es un  mundo que condiciona, no sólo a ella sino también, a las personas con las que comparte su convivencia. En sus años de estudiante quiso estudiar medicina. Pero dejó la facultad a los pocos meses de su matriculación, cuando se iniciaron las prácticas de anatomía. Obviamente, muchos de sus dolores son de naturaleza psicológica. Y el pavor que le domina, cuando llegan las molestias físicas o las lesiones orgánicas, le está sumiendo en un agobiante desequilibrio que exige una terapéutica inmediata e intensa.

Las exposiciones de estas personas ha ocupado gran parte de la hora prevista. Patricia ha pedido que cada uno de los presentes aporte algún comentario o primera sugerencia a los problemas que han planteados sus compañeros de reunión. De forma especial, ante las causas que pueden provocar ese miedo que todos ellos padecen y alguna primera o pequeña solución. Han quedado en reunirse para salir el fin de semana, a propuesta también de la psicóloga. Van a intentar, este domingo por la mañana, estar juntos y pasear un rato por la naturaleza. Acudirán al punto de encuentro ellos solos o acompañados del familiar que estimen procedente. Cada uno llevará algo de comida, que compartirán en la mejor armonía. Han intercambiado los e-emails y los números de sus móviles. En los momentos en que se sientan aturdidos por el pánico ante el dolor, se llamarán entre ellos a fin de buscar el sosiego de la palabra. Es un compromiso que todos han asumido con naturalidad y necesidad.

Lo hasta aquí planteado es otra inteligente estrategia para compartir la ayuda que todos ellos ansían. Esa modalidad de trabajo en equipo puede ser especialmente provechosa en mentes confusas. “Rosina, Berta, Lourdes…. Mario, no vais a estar solos ante ese miedo que os está haciendo la vida más incómoda y desagradable. De entre todas las medicinas prescritas, ésta de la amistad es la que mejores resultados os puede facilitar. Y, además, carece de contraindicaciones”. Cada uno de ellos ve y analiza, en la proximidad del dolor, el problema de los demás. La fórmula aplicada es sagazmente inteligente, aunque el camino a recorrer promete ser largo. Juntos van a luchar contra diferentes formas de miedo: la oscuridad, el vértigo, el dolor y, especialmente ese algo irracional que nos hace temblar, sin que sepamos a ciencia cierta el por qué.

Al otro lado de los cristales, ha comenzado otra vez a caer una intensa lluvia racheada por la fuerza del viento. Los cuatro pacientes, antes de abandonar la consulta, cruzan una vez más sus miradas. Susurran, íntimamente, dudas y prevenciones teñidas de curiosidad. Patricia piensa que, a partir de ahora mismo, estos cuatro sufridores del miedo van a ser probablemente mucho más fuertes ante su inevitable y urgente combate-


José L. Casado Toro (viernes, 13 diciembre, 2013)
Profesor

viernes, 6 de diciembre de 2013

EL SOLITARIO INQUILINO DE LA BUHARDILLA DOS.


Lleva ya unos cuantos años alejado de su actividad laboral. Se vio obligado a solicitar ante un tribunal médico, a consecuencia de sus inestables problemas anímicos, la anticipación de la jubilación profesional. A pesar de esos condicionantes, de naturaleza básicamente psicológica, mantiene una aceptable forma física, lo que le permite subir y bajar, varias veces al día, los cuatro tramos de escalera sin ascensor del bloque en el que vive. Al igual que él,  sus convecinos también sufren esta incomodidad constructiva. El edificio, muy bien conservado en su estilo neoclásico de finales del XIX, observa, piropea y subyuga a una romántica Plaza que nos recuerda a todo un pasado lleno de historia, arte y cultura. En los bajos de este bloque, destaca un atractivo restaurante de comida griega, bien valorado en las guías culinarias. Además de las tres plantas, con techos elevados hasta los tres metros, existe una cuarta, algo más baja en altura y encastrada entre las vertientes que conforman el tejado, en donde se ubican dos atractivas buhardillas. En una de las mismas, allí reside el protagonista de esta entrañable historia.

Tomás ha ejercido como mecánico ferroviario  (también, fue la profesión de su padre) durante una parte importante de su vida. Contrajo matrimonio ya próximo a la cincuentena, con Clara, una mujer mucho más joven que él, la cual trabajaba, como asistenta de compañía, para personas situadas en la cronología postrera de la ancianidad. Precisamente ella fue la encargada de atender, hasta su fallecimiento, a la madre de Tomás, hombre de carácter bondadoso y con una cierta estabilidad económica. Todo ello facilitó el acercamiento de estas dos personas que decidieron unir sus existencias en el matrimonio, a pesar de que el fervor amoroso entre ambos era más bien frío. El deseo de esta joven, por no acelerar su maternidad, fue un primer motivo de enfrentamiento entre los esposos, a los que se unió ese carácter impulsivamente abierto a lo novedoso (en lo humano) que, prácticamente, desde los primeros meses de boda siempre quiso mostrar la chica. Celos, discusiones, reproches, reconciliación y, de nuevo, lo hiriente de las palabras y la crueldad de los gestos, iban agriando y enfriando el calor de su respectiva unión.
Una mañana de abril, Clara salió de su domicilio y ya no volvió. Con un nuevo romance en puertas, quiso poner distancia a un matrimonio en el que, probablemente, nunca había creído. Esta situación de soledad dejó sumido a Tomás en un estado depresivo, agudizado por la soledad y frustración de sentirse postergado y engañado. Una agenda olvidada de Clara mostraba  el juego casi continuo que la joven había llevado a cabo en ese año y medio de matrimonio. La agudización anímica y el hundimiento en su autoestima obligó, a quien había sido su esposo, a refugiarse en los fármacos y al abandono de ese rutina laboral que, durante tantos años, sustentó su estabilidad y el sentido de la existencia.

Desde entonces se ha convertido en un hombre taciturno y escasamente comunicativo. Su orden del día es bastante regular en lo repetitivo. Se levanta temprano y, antes de hacer el desayuno, se da un largo paseo hasta más allá de la Farola. Tras reponer fuerzas, completa la mañana leyendo la prensa o alguna novela (género literario al que es aficionado) hasta la hora temprana del almuerzo, que suele hacerlo en un restaurante económico, pero donde siempre le ofrecen comida caliente y casera. Por la tarde, nuevos paseos por el laberinto urbano, aunque a veces toma el bus y se aleja a zonas más apartadas de ese centro antiguo donde reside. Suele ir bastante al mundo de las pantallas cinematográficas, donde distrae su tiempo en la inmersión de no pocas escenas que combaten el aburrimiento, aderezado con los contrastes térmicos estacionales. Sus parentescos familiares son muy reducidos y sólo contacta con ellos en fechas señaladas, especialmente en los gratos días que iluminan la Navidad. Eso sí, mantiene una buena amistad con un antiguo compañero ferroviario, también ya jubilado, con el que sale algunos fines de semana a caminar por la naturaleza. Como vemos, desarrolla una vida anónima, silenciosa y presidida por el aislamiento social, estado que tiene bien asumido.

Clara, su ex mujer, en el transcurso de estos últimos cuatro años, ha seguido libando de flor en flor, con esas parejas cambiantes que le han ido apareciendo, sin estabilidad relacional, en la ilusión de los días. Su ansiado y alocado  intercambio en lo humano se ha visto condicionado por el nacimiento de una niña, a la que ha inscrito como Lucía, pero cuyo “supuesto” padre nada ha querido saber de la responsabilidad sociofamiliar que le compete. De manera afortunada, los abuelos de la recién nacida han sabido estar al frente de ese apoyo tan necesario, en una situación grata pero, al tiempo, complicada para una madre soltera y de vida convulsa. La degradación de esta mujer, ya muy próxima a cumplir las cuatro décadas de vida, no sólo se patentiza en su peculiar jerarquización de valores, sino también en ese valor material que ella tan bien ha sabido subastar y vender hasta el momento: su físico. El desorden, en lo personal, más las leyes ineludibles del calendario, han ido borrando los mejores trazos de su cuerpo y rostro, mutando aquella su placentera imagen, hacía el abrupto terreno de la vulgaridad y la decadencia en lo físico.

Y un día, de manera inesperada, ocurrió.

“Tomás, soy Clara. Gracias por no colgarme el teléfono. Sé que ha pasado mucho tiempo. También sé que debes tener un sentimiento hacia mí de profundo rechazo. Mi desaparición y silencio, en estos años, te han debido hacer mucho daño. Puedo asegurarte que mi vida ha sido alocada y desordenada, desde entonces. Y que he pasado por momentos de abatimiento y autodestrucción. En este momento me encuentro también muy mal…….. Y te preguntarás a qué viene esta llamada. En realidad ha sido porque, echando la mirada hacia atrás, tu has sido lo mejor y más honesto que he tenido en la vida. Tengo ahora una niña que va a cumplir los dos años. Gracias a mis padres, esa niña tiene la estabilidad que difícilmente yo podría darle. No, por supuesto, ni tengo derecho ni te voy a pedir o rogarte nada. Aunque por mi orgullo me cuesta trabajo, quiero pedirte perdón, por haberte dejado solo y de aquella manera. Sin unas palabras de justificación, que tu merecías. Cuatro años ya, de aquella locura en la que me apunté, para esta desesperación que hoy sufro.  Como ves, necesitaba hablar….”

Nunca descartó recibir una llamada de esta naturaleza. Pero, a medida que el tiempo avanzaba, esta posibilidad, en los sentimientos del frustrado Tomás, se había ido alejando y haciéndose patentemente irreal. Ahora tenía a Clara, al otro lado del teléfono. Después de unos cuatro años de silencios para las palabras ¿Qué decirle? ¿Qué responderle? ¿Era el momento de los reproches, por el intenso dolor causado, o la oportunidad de la generosidad, para atender el valor del diálogo y la comprensión?

“Has dejado pasar mucho tiempo… para intentar curar algunas de las heridas del alma. Que son las más dolorosas. Creo que sería un error, no sólo por mi parte, que continuáramos dándole posibilidad a un diálogo que murió de inanición. Yo tampoco lo he pasado bien, en todo este periodo. Incluso he tenido que dejar de hacer aquello que más me gustaba. Mi trabajo en los trenes. Y he tenido que someterme a la servidumbre de los fármacos, posiblemente al igual que tú. Sin embargo ahora llevo una vida más sosegada, muy sencilla, en las aspiraciones del cada uno de los días. Y, en modo alguno quiero alterarla. Soy uno más de tantos seres solitarios que, día tras día, vagan por las calles y las plazas de nuestras ciudades. De ti no quiero, no deseo nada. Sin embargo, sí me gustaría conocer a esa niña pequeña, que sin duda, ha de aportarte luz y sensatez en tu vida. Falta un mes y medio para la Navidad. Si te parece, ese día de paz y alegría, nos vemos unos minutos, en ese lugar donde nos presentaron. Recuerdo que fue sobre las seis de la tarde. Lleva a tu hija. Tú, que no querías tener descendencia conmigo, ahora tienes el mejor tesoro que la vida te ha regalado”.

Tras este largo monólogo, sólo quedó en la comunicación telefónica la triste acústica del silencio o la ausencia afectiva de las palabras. Los ojos de ambas personas estaban inundados de lágrimas. Para ambos, pero especialmente en Tomás, el impacto de aquella tarde fue muy intenso y revelador de un tiempo desafortunado. Esos años habían sido neciamente perdidos para dos seres a los que el destino había tratado con limitada generosidad.

25 de diciembre, 18 horas. Terraza exterior del Parador Nacional, Málaga-Gibralfaro. La tarde se ha presentado agradable, con ese sol de diciembre tan acogedor en nuestra ciudad. Desde media hora antes, Tomás se halla sentado en un ángulo de ese espacio maravilloso, desde donde se divisa toda la bahía malagueña y gran parte del la rica flora del Parque. Ahora, con la renovación del Puerto, el espectáculo visual ha ganado en intensidad. El azul del mar se confunde con el del cielo. En un hermanamiento apto sólo para espíritus sensibles hacia la belleza. Transcurren los minutos y una segunda taza de té ayuda para una espera que se prolonga en el tiempo. La soledad continúa haciendo acto de presencia en esta persona, ilusionada en conocer a esa cría pequeña, hija de Clara. Para ella ha comprado un lindo peluche blanco. Cerca de las siete, el sol ha viajado ya lejos, a fin de realizar ese periplo diario a otros lugares donde también, de manera ansiada, lo necesitan. Con profunda tristeza, Tomás espera el bus que ha de bajarle desde esa pequeña colina Penibética que guarnece a los malagueños. Hace tiempo ya que dejó de conducir, por consejo de su médico neurólogo. Vuelve a su entrañable buhardilla. A su constante, asumida y cruel soledad.

A mediados de febrero, un sábado infortunado, Tomás recibe una emocionada llamada telefónica. Es del padre de Clara, con el que no ha tenido relación alguna, desde que su hija lo abandonó. Este hombre, con la voz temblorosa le comunica algo que nunca querría escuchar, aunque siempre lo había temido como posible. Hacía 24 horas que Clara había viajado al reino de las estrellas. Le explicó que su hija se encontraba ya muy enferma, cuando le llamó para pedirle perdón por sus errores.

Ahora, cada uno de los sábados tarde, Tomás recoge a Lucía, en la casa de sus abuelos, admirables personas con los que vive y que tan bien saben cuidarla. Van juntos a merendar, al cine o a ese parque infantil que tanto hace disfrutar a la pequeña. Algún día, contemplan la gran Plaza cuadrangular, desde la lúdica ventana de la buhardilla. Desde ese mágico y romático lugar observan a otros niños jugando con sus bicicletas y el paseo de las personas hacia destinos insospechados. Observan los árboles que ofrecen su sombra y el ruido de la vida que florece a través de nuestros sentidos. Para la pequeña, él es el tito Tomás. Le explica y cuenta historias que Lucía, con juguetona atención, agradece.  A eso de las nueve, la devuelve a casa de sus abuelos, siempre con algún regalo o detalle que despierta la ilusión de una niña encantadora. Tal vez….. seguro que entre las nubes o el cosmos infinito, el alma de una mujer también se muestra sonriente y sosegada para la esperanza.- 


José L. Casado Toro (viernes, 6 diciembre, 2013)
Profesor

viernes, 29 de noviembre de 2013

EL MISTERIOSO AMANTE DEL GABÁN AZULADO Y UN SOMBRERO GRIS.


El otoño estaba metido en agua y el frío de aquel día calaba hasta los huesos. Diversos asuntos en la agencia me habían tenido ocupado toda la mañana. Cuando el reloj marcaba las tres, sobre el mediodía, al fin pude tomarme un bocadillo de tortilla, que me supo a gloria, con una copa de Rioja. De postre, café solo y bien cargado con un muy generoso chorreón de coñac. Y ya, con este “suculento” menú en el cuerpo, hice de tripas corazón y a las cuatro menos cuarto me encontraba, dentro de mi viejo y entrañable Ford, ante la puerta de un bloque con pisos de lujo. Los datos que me habían facilitado en el dossier hablaban de que, como cada miércoles, sobre las cuatro, saldría puntual de su domicilio la persona a quien se me había encargado de vigilar. Efectivamente, a un par de minutos de la hora prevista, la vi aparecer bien enfundada en un elegante abrigo de tono oscuro, entre gris plomo y morado. Esta señora, que rondaría los cuarenta y tantos en su calendario, peinaba una cabellera bien trabajada en peluquería, cubriendo sus ojos con unas gafas de sol de montura plateada (a pesar de que no teníamos ni un pequeño rastro de sol). Soportábamos una fina agua nieve, con un nublado que entristecía esa circulación rutinaria y pesarosa de aquellos que tienen que volver al trabajo, tras el almuerzo tomado en el domicilio o en ese bar cercano, útil para las prisas.

Adela Santacana es la esposa de un dinámico y adinerado empresario que controla el importante sector de la restauración, en tres importantes provincias del sur peninsular. Se trata de una pareja, vinculada a una muy acomodada burguesía local, sin hijos en su matrimonio. Esta mujer no ha ejercido profesionalmente su titulación en Historia del Arte, por lo dispone de mucho tiempo libre, a fin de distraer su rutinaria agenda diaria. Su marido, Secundino Páez, ha acudido recientemente a nuestra agencia, ya que se muestra preocupado por algunos movimientos que realiza su esposa, a fin de cubrir los huecos de cada jornada. Se confiesa como una persona que sufre de los celos. Especialmente le inquieta esa salida que su mujer realiza todos los miércoles por la tarde y de la que no vuelve a casa hasta cerca de las diez de la noche. Ella le ha comentado que es un día que dedica a estar con unas amigas, conocidas de la familia y que fueron compañeras de estudio en la facultad. Pero esta aparente normalidad ha quedado desmontada cuando, hace precisamente un par de semanas, supo que esas dos íntimas amigas de cafetería y compras, Fina y Dorita, estaban disfrutando con sus maridos de un crucero por el Mediterráneo. Encargó a nuestro departamento de investigación privada la mayor información sobre esos movimientos que hacía su pareja, en esos miércoles tarde.

Seguí, con una prudente discreción, el taxi que ella tomó (parece ser, según los datos de su marido, que es una persona condicionada en su equilibrio nervioso, por lo que dejó de conducir hace ya algunos años) hasta que ella bajó del vehículo, entrando en un lujoso bloque de apartamentos, edificado en la zona oeste de la ciudad. Me ubiqué en una cafetería cercana, frente a la puerta de entrada del coqueto edificio y, en aquella hora de la tarde, con una día tan desapacible, comprobé el escaso movimiento de personas que cruzaban el umbral de la puerta. Pero entre esos pocos visitantes o residentes en el edificio, me fijé en uno determinado. Era un hombre que rondaría los cincuenta, muy bien trajeado y abrigado, curiosamente también con gafas oscuras y con un elegante sombrero gris que la calaba su fornida cabeza. Llegó unos quince minutos después de Adela, caminando con cierta presteza. Sentado ante otra taza de café, me dispuse a esperar preparando, con especial esmero, la cámara fotográfica de precisión y alcance en su objetivo que siempre llevo habilitada para estos menesteres profesionales.

Las horas se me hicieron muy largas, pero no olvido que uno de los valores inexcusables de mi trabajo es el de la paciencia. Tuve tiempo para pensar y trabajar con un sudoku, calmando también mi necesidad estomacal con un sándwich completo de queso con sabor a plástico, regado con otra confortable (por la incómoda temperatura del local) copa de tinto. Por supuesto, no le quitaba ojo a la puerta del edificio aunque, según la información de mi jefe, la elegante dama no lo abandonaría hasta pasadas las nueve de la noche. Efectivamente, tras esas interminables horas de espera, Adela salió a la calle, bien abrigada, acompañada esta vez por el misterioso Sr. del abrigo marrón oscuro con su sombrero gris. Continuaban llevando sus gafas oscuras. Se despidieron con un lento y cariñoso beso, tierna escena que quedó inmortalizada y bien grabada en mi versátil cámara de vídeo y fotos.

Toda esta escenografía se repitió milimétricamente el miércoles siguiente, también lluvioso por un otoño o “fall” que seguía regalándonos ese agua tan necesaria para la vida. En esta ocasión supe aprovechar el tiempo que sabía iba a disponer. Con decisión, me acerqué a “negociar” con el portero de la finca. Entre mi necesidad y su afán por conseguir algún dinerillo extra, me informó que el piso al que subía la señora y el caballero era el 5º D. Se trataba de una lujosa vivienda amueblada, que había sido alquilada hacía dos meses. Su coste rondaba los 1800 euros mensuales. Efectivamente, el nombre de la inquilina (que sólo acudía a ella los miércoles por la tarde y algún que otro día perdido en la semana) correspondía al de la Sra. Santacana. Mi fuente de información se prestó a comentar que eran dos personas muy reservadas pero generosas con las propinas. Para el día de la semana, en el que habitaban la vivienda, solían hacerse traer una buena merienda/cena desde un afamado cátering. Y que poco más podía ampliarme, en este mes y medio en el que allí pasaban la tarde los nuevos residentes. Generalmente llegaban separados, aunque abandonaban juntos el edificio.

Adela había dejado una llave a Cleofás, por si en su ausencia se producía algún problema en el acomodado apartamento. Una vez más el interés del dinero venció los escrúpulos de este solícito, pícaro y ambicioso portero. Una importante cantidad en su mano me permitió visitar el interior de la vivienda, travieso escondrijo donde se reunía esta mujer con su enigmático amante. Y este calificativo lo aporto, tras poder visualizar y fotografiar el dormitorio que había acogido, en uno de esos miércoles, a los dos acurrucados tórtolos para el amor. Allí, en medio de todo el desorden, se había escenificado algo más que un sencillo o agradable diálogo. Fue suculento, artísticamente hablando, el reportaje que pude realizar, ante la mirada asombrada de Cleo, al que le brillaban los ojos junto a una malévola sonrisa por el divertido espectáculo.

Todo este esfuerzo investigador iba haciendo posible la formación de un documentado dossier informativo que, cíclicamente, mi jefe, iba entregando al cliente que lo había encargado: el frustrado y engañado marido de Adela. Mi gran problema es que al galante compañero (eran preciosas las flores que algunas semanas traía junto a sí) en los adúlteros devaneos de esta mujer no era fácil identificarle pues, ayudándose de este otoño tan crispado en la temperatura ambiente, iba prácticamente embozado para hacer muy complicado su reconocimiento. Era la pieza que me faltaba para poner fin a mi bien documentado trabajo. Desde luego sí me extrañó que, en el tercer miércoles de las citas, apareciera aquella tarde sin el usual bigote, muy poblado y entrecano, que solía llevar desde mi primer conocimiento.  Tomé la decisión de seguirle y averiguar algo más de su persona pues, al engañado y cornudo D. Secundino, ese concluyente dato le sería de suma utilidad en la dolorosa decisión que, sin duda, se vería obligado adoptar.

Un inesperado y fuerte catarro con fiebre, que me hizo guardar cama durante un par de días, impidió que el siguiente miércoles pudiera completar el ya voluminoso e ilustrado informe. Pero a la semana siguiente me dispuse a seguir al misterioso amante de la aburguesada señora. Tenía su vehículo aparcado en una calle colateral a esa gran avenida arbolada, junto al río. Como mi Ford lo había dejado en el otro paseo paralelo a  la arteria fluvial, aproveché el paso de un taxi y, como en las buenas películas del mejor cine clásico, ordené al profesional del volante esas emblemáticas palabras que podían haber sido pronunciadas por Grant, Douglas o el mismísimo Connery. ¡Siga a ese BMW azul. No lo pierda de vista. Habrá una buena propina! 

El taxista, sintiéndose divertido protagonista de una movida película de acción, metió todo el gas que pudo a su envejecida berlina. El coche al que seguíamos llegó a una zona residencial de bellos chalets individuales, deteniéndose ante uno de ellos, mientras se abría el portón del garaje. Pagué la carrera al hábil taxista, con una generosa sobretasa, por su demostrada eficacia conductora, y me bajé del vehículo. “No se preocupe, que lo voy a esperar. Vd tiene que ser detective o policía”. Este operario del taxi se sentía divertidamente protagonista de una película de espionaje. Tomé mis fotos, fijándome especialmente en el nombre de esta lujosa residencia enclavada, junto a otras, en medio de la naturaleza: “Villa sonrisa”. Mientras hacía mis tomas fotográficas, sentí abrirse la puerta principal. Mi enigmático personaje abandonaba la residencia, con un maletín en la mano. Sacó su vehículo del garaje, disponiéndose de nuevo a continuar su viaje.

Pedro, el conductor, y yo le seguimos, intrigados a fin de conocer el siguiente destino de su desplazamiento. Mi sorpresa fue de campeonato. Llegamos al bloque de pisos, en el que precisamente residía Adela. Entró con su vehículo en el garaje comunitario y ya no volvió a salir. ¿Qué estaba pasando? ¿Era todo una desafortunada broma? El taxista me llevó a mi domicilio. Le facilité el número de mi móvil, pues el buen hombre quería conocer el final de esta historia. Cené algo que encontré en mi huérfano y anticuado frigorífico. Y estuve hasta altas horas de la madrugada completando un nuevo informe que, bien temprano, dejé en la mesa de Marco Fargón, el director de la agencia.

Dos días más tarde me llamó a su despacho. Tras pedirme que me sentara, comenzó su exposición, manteniendo una burlona mirada:

“Quiero felicitarte por todo el esfuerzo y eficacia que has estado demostrando en este caso. Todo está aclarado y… bien pagado. Como sospechabas, el misterioso amante de la Sra. Adela es su propio marido, el tal Secundino. Gente con mucho dinero y aburrimiento, que trata de distraerse con gestos insospechados por lo extraño de su naturaleza. Han  querido escenificar un engaño de amor, cada uno de los miércoles. Incluso se han alquilado un nidito, para potenciar sus aventuras eróticas, ya que dinero no les falta precisamente. Parece ser que eso de  tener un detective vigilándolos, le daba más morbo y emoción a sus aventuras y exploraciones íntimas. En el mundo de las emociones, dentro del sexo, hay muchas páginas curiosas e increíbles, hasta que llegan directamente a nuestro conocimiento. Cuando te sobra el dinero y no sabes ya en qué emplearlo, llegas a estos extremos. Haces, al tiempo, de amante ilícito y marido legal de tu propia mujer. Un doble juego para esta ralea de burgueses decadentes y pacientes necesarios de una clínica psiquiátrica ¡Menuda gentuza! Pero bueno, siempre que paguen y lo han hecho bastante bien, allá ellos. Tendrás este mes una gratificación por todas las horas extras que has dedicado a esta peculiar investigación. Por supuesto ya conoces que la discreción en éste y en todos los temas investigados, la mantenemos a hierro ardiente”.

Pedro, el intrigado taxista, me llamó a los pocos días. Le prometí hacer una buena comida juntos. Pero que se olvidara completamente de este incómodo asunto. Camino de casa, entre siluetas autómatas y luces aburridas, iba recordando a la “traviesa Adela” y a su misterioso “caballero amante”, con el gabán azulado y el sombrero gris.- 

José L. Casado Toro (viernes, 29 noviembre, 2013)
Profesor