viernes, 22 de mayo de 2026

EL EQUÍVOCO DE DOS ELEGANTES CARTERAS


La tía JULIA había estado en una excursión de cuatro días en MARRUECOS. Se trataba de un viaje organizado por la peña recreativa LOS LIMONES, a la que esta señora pertenecía desde unos años antes de acceder a su jubilación. Cuatro días, tres noches, que le había permitido visitar y conocer algunos lugares emblemáticos de Rabat, Tetuán, Tánger y Casablanca. Además de las explicaciones del guía y el consumo de comidas propias del país, la organización del viaje había dejado tiempo libre a los participantes, para que visitasen los populares mercados callejeros o zocos, en donde podían degustar productos típicos, además de comprar esos regalos que siempre gusta traer a los familiares y amigos. 

Doña Julia, antigua oficiala de un importante taller de ropa, pensaba en su hermano don ADEODATOCarabantes, 59, que trabajaba en el Registro de la Propiedad, también en su cuñada. Doña SATURNABenavides, 58, que dedicaba horas a la semana como presidenta del Ropero Parroquial de su feligresía. No se olvidaba de su sobrino SERAFIN, 29, médico de familia, en el ambulatorio del SAS ubicado en el barrio de Humilladero-La Unión, en la capital malagueña. ¿Qué regalos compró para su afecta familia?

Para su cuñada Saturna eligió un precioso chal de seda, de tonalidades azules y áureas, mientras para su hermano y sobrino estuvo viendo unas elegantes carteras de piel de camello, tipo ejecutivo, elaboradas con gran calidad, para llevar en la mano o colgadas del hombro. La gran capacidad de estas carteras hacía posible que estuvieran divididas en varios departamentos, en los que guardar documentos, libros, ficheros e incluso el móvil telefónico y la cámara compacta para fotos. Adquirió dos de estas carteras, de piel color negra, ambas idénticas, consiguiendo una buena rebaja, aplicando hábil “regateo”, con respecto a su elevado precio inicial.  

Cuando Julia regresó de este fascinante viaje, esperó al fin de semana para ir a casa de su hermano y cuñada quienes la habían invitado a una espléndida cena. Todos estaban con la ilusión de escuchar las abundantes anécdotas que la tía Julia estaba habituada a narrar, tras ese inolvidable recorrido por las arenas doradas del gran país marroquí. Había realizado tan elevado número de fotos, que se vio obligada a traerlas en un pendrive que Serafín conectó al televisor, para su mejor visión en la pantalla del gran monitor de 64 pulgadas. La locuacidad de Julia era proverbial, deteniéndose en los más nimios detalles, poniendo a prueba la paciencia de los comensales en la cena. 

A los postres, al fin Julia sacó de una gran bolsa los regalos que había traído, despertando la ilusión de su querida familia. El rico chal de seda y algodón para su cuñada Saturna y las dos grandes y elegantes carteras de piel de camello labrada, para el padre y el hijo. Los felices receptores realizaron grandes elogios de esos magníficos presentes. Serafín y Adeodato parecían dos “hombres niños”, con los zapatos nuevos. ¡Cuánto te habrán costado estos preciosos regalos! ¡Tita, eres muy generosa! Decía el siempre cariñoso Serafín. “Nada, nada, vosotros, mi única y querida familia os merecéis estas “bagatelas” y mucho más”. 

Cada mañana padre e hijo marchaban al trabajo bien “trajeados”, pues un médico y un registrador de la propiedad, pensaban, debían estar bien presentables en sus respectivos puestos laborales. La familia Carabantes-Benavides era un ejemplo de armoniosa clase media acomodada, católicos practicantes y muy apreciados por la vecindad, como personas “bien”, ejemplo de una familia modélica. La meritoria labor que Saturna realizaba, en la acción social a los necesitados, en la parroquia patronal de Santa María de la Victoria, era reconocida y elogiada por la feligresía de la zona. Serafín, médico de familia en el “difícil” (por la elevada densidad de población en este barrio malagueño) ambulatorio de Humilladero-La Unión, se había labrado una muy buena imagen profesional y humana, dada su juventud y vocacional dedicación al enfermo. En cuanto al recto y serio cabeza familiar, don Adeodato, se le consideraba como un excelente funcionario, austero de carácter, pero enormemente eficaz en el cumplimiento de sus obligaciones, opinión sustentada tras más de 25 años de servicio. Era menos sociable que su mujer, pero siempre atento y servicial con el ciudadano que acudía a su sección para resolver o consultar asuntos relativos a la propiedad inmobiliaria. 

Una mañana, como ocurre en la mayoría de las familias, al despertador no se le “escuchó” o no se le quiso atender. Al padre y al hijo se le habían “pegado las sábanas”. Tuvieron que ducharse y vestirse a ritmo legionario. Doña Saturna dormía plácidamente, como en ella era habitual, pues se quedaba despierta muchas noches, para disfrutar con esas series televisivas que enganchan hasta la adicción. La residencia de esta familia estaba situada en la zona de la Victoria. Así que salieron padre e hijo presurosos y sin desayunar, pensando que ya tomarían algo a media mañana. Se subieron al Circular 1 de la EMT, para que los dejaran cerca de sus puestos de trabajo. 

Las prisas suelen ocasionar errores, ocurre en todas las personas. Cuando don Adeodato abrió la cartera de piel negra en su oficina, se encontró con un fonendo, un medidos de pulsaciones, un termómetro electrónico y el móvil telefónico de Serafín. También había una bolsa de cacahuetes tostados a medio tomar, chuchería a la que su hijo era muy aficionado. Se sintió muy mal con la situación, pero ¿qué podía hacer? ¡Habían intercambiado las dos carteras, que eran idénticas, con las prisas para el horario de trabajo!

En el caso de Serafín la situación fue bien diferente. Cuando llegó a su consulta en el ambulatorio, comprobó con una sonrisa el error que habían cometido con los acelerones de esa mañana. Tenía el teléfono de su padre y tres dosieres de folios impresos, relativos a la actividad paterna. No quiso darle más importancia y comenzó a recibir a los pacientes según el listado horario que disponía. Pasado un rato, sonó hasta tres veces seguidas el móvil que estaba dentro de la cartera de su padre. Lo miró por si fuera algún whatsaap urgente. Le produjo extrañeza que los mensajes procedían de una mujer ALICIA. No pudo reprimir la tentación de leer sus contenidos. 

Amplió la foto del chat, que mostraba a una mujer de notable belleza. Muy joven, con el cabello rubio y los ojos azules verdosos. Los contenidos de los tres mensajes eran atrevidamente sensuales. Las respuestas y mensajes previos de su progenitor eran ardientemente amorosos. Ante su sorpresa, no cabía la menor duda: su señor padre, toda rectitud de cara a lo social, mantenía un cálido idilio extramatrimonial con una joven verdaderamente atrayente e irresistible para la febril comicidad de un hombre “veterano” (y feo) de 59 años. Leyó y leyó los mensajes cruzados entre los dos “tortolitos”, mientras los pacientes aguardaban inquietos fuera de la sala de consulta. 

Cuando el doctor Carabantes finalizó el listado de pacientes, tuvo la tentación, realizada, de repasar la cartera de su padre, por si hallaba algún elemento más vinculado a la intensa aventura que mantenía con la joven. En uno de los bolsillos interiores, encontró un sobre que contenía una hoja manuscrita, dedicada “al amor de mi vida, mi pequeña Ali”. El registrador de la propiedad tendría previsto entregar ese sobre en un próximo “encuentro”. Al finalizar la lectura de la misiva, el doctor Carabantes no pudo por menos que pensar: “verdaderamente no conocía a mi padre, un hombre tan serio, tan ordenado, tan estricto, con la rectitud como norma vital, aparecía ahora como un adolescente perdidamente enamorado o prendado de una bella chica que no superaría en mucho los veinte abriles”

Serafín no iba a volver a casa hasta por la noche, pues había quedado para almorzar con unos compañeros médicos. Iba a tener tiempo suficiente para meditar bien la mejor postura a tomar. Durante esa horas posteriores, no dejó de hacerse preguntas. ¿Sería conveniente no darse por enterado y hacer un simple intercambios de carteras? ¿Cómo actuar si su padre espontáneamente le comentaba la realidad de su comportamiento? Esta segunda opción la percibía como más improbable, conociendo la rectitud y severidad de don Adeodato.¿Qué hacer con su madre, la pobre esposa engañada por un esposo infiel, cínico y “viejo verde” que jugaba a la juventud perdida? ¿cómo quedaba la responsabilidad e imagen social y familiar de Saturna? ¿Pero qué había visto una jovencita en la flor de la vida, en un hombre feo, talludo, de piel agrietada y pellejos colgantes, que marchaba con una irresponsabilidad manifiesta camino de la ancianidad? ¿Qué o cuánto le estaría sacando esa chica, al “viejales” del registro de la propiedad?

Cuando esa noche volvió a su domicilio, encontró a sus padres sentados en el salón estar del antiguo pero remozado piso de Compás de la Victoria. Saturna tricotaba, Adeodato leía el ABC y la televisión hablaba en voz baja, sin que ninguno de los presentes le hiciera el menor caso. Entregó la cartera a su padre, haciendo un comentario jocoso y. la vez forzado: “le voy a poner a mi cartera una pegatina artística, para evitar nuevas confusiones”. El adusto registrador de la propiedad no hizo comentario alguno. Tomó su cartera y se retiró al dormitorio, con un breve “buenas noches, voy a descansar”. 

Serafín tomó la bandeja que le había preparado su madre, con una cena fría, sentándose junto a ella en el tresillo. Un filete empanado, con ensalada variada. Piquitos integrales y un vaso de leche. Como postre un pastel de hojaldre con cabello de ángel. Al terminar de cenar, observó que Saturna lo miraba con fijeza, mostrando una maternal sonrisa. 

“No te preocupes, hijo mío. Lo que seguro has descubierto en el día de hoy, por el intercambio de carteras, yo lo he conocido, vivido y sufrido desde hace años. Fue muy duro al principio, pero estabas tú. Quise que vivieras una adolescencia y juventud agradable, con una “familia estable” y que te centraras en los estudios de medicina. Tu padre, como hombre que es, no supo admitir que todos nos marchitamos. Necesitaba de continuo flores más frescas para libar su vicioso y desordenado sexo. Gracias a sus intervenciones en la Bolsa de valores, tiene fondos para pagar sus caprichos y “consumos carnales”. Entre nosotros no queda nada, absolutamente nada de afecto. Solo la apariencia de la misa los domingos, para la falseada imagen social. La interpretamos bien. Yo vivo mi vida con sencillez. El consume su desenfreno y su repugnante cinismo. En realidad, es un pobre y decadente ser, en manos de sus instintos”. 



Había sido un muy duro día, en el que las bambalinas escénicas dejaron al descubierto, para el doctor Carabantes, la imagen de un padre falso y cruel. Mientras dormitaba la llegada del sueño, meditaba una posibilidad que rondaba su cabeza desde hacía tiempo. Buscar un acomodo diferente de ese “hogar” contaminando y falso, en donde había vivido 31 años y convencer a su madre que abandonara esa convivencia con un ser que la humillaba y degradaba. Él se encargaría de facilitarle esa protección, mantenimiento y cariño, para que viviera con sencillez y tranquilidad eso que llaman felicidad, en esta tierra a la que nos han hecho venir. Mañana de nuevo amanecerá. -  

 

EL EQUIVOCO DE DOS

ELEGANTES CARTERAS

 

 

          José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 22 mayo 2026      

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sábado, 16 de mayo de 2026

OTROS MUCHOS AGENTES DECISORES EN NUESTRA EXISTENCIA

Es una obviedad que muchas e importantes decisiones que afectan a nuestras vidas son tomadas por otros, de manera especial aquellas opciones vinculadas a los primeros años de la existencia. Somos procreados y nadie nos pregunta si queremos nacer y protagonizar este tipo de vida. Nacemos hombre o mujer, cambiar de “bando” es complicado. Se nos bautiza o inscribe con un nombre y ya cargamos con él para el futuro de nuestra “estancia”. Asimilamos un idioma, cuando otros se expresan de forma diferente. Nacemos inscritos en una sociedad religiosa, aunque algunos hablen de laicismo, en la que nos aguardan miles de preguntas sin respuestas racionales. Se nos matricula en un determinado colegio, en el que tratan de acomodarnos a un determinado tipo de conducta. Allí se nos dice lo que está bien y lo que está mal. Cuando crecemos vamos conociendo cómo se aplica el bien y el mal, en una sociedad que parece no estar muy cuerda. Y llegan ¿nuestras? opciones. La carrera académica, la primera novia, el primer trabajo, el primer hijo. A poco que analicemos nuestro pasado nos daremos cuenta de si hemos estado realmente condicionados o no para este individual o colectivo caminar por la vida. La naturaleza, los dioses, las circunstancias ponen fin un día y hora, básicamente inesperado, a nuestra existencia, cuando lo más probable es que querríamos haber terminado el recorrido antes o mucho después, o nunca, o de otra forma menos cruel. En definitiva, que nuestra voluntad queda lastrada por otros muchos decisores que en la inmensa mayoría de los casos no conocemos. Somos un mucho “juguete” de ese destino del que sólo conocemos sus siete letras. Hay “afortunados” que resuelven sus interrogantes con las gafas opacas de la fe. Pero la racionalidad es una preciada facultad que poseemos y poco utilizamos, y que nos sumerge, cuando la aplicamos, en una duda sin respuesta, infinita, sin fin. 

 

Durante mi vida laboral en la docencia he tenido la suerte de tratar a numerosos alumnos, de diferente carácter y condición. Alrededor de 5000 en la enseñanza directa. Entre tan elevado número de escolares, en su inmensa mayoría, guardo un cariñoso recuerdo acerca de su comportamiento como personas en formación. Aún hoy mantengo contacto con muchos de ellos, a través del correo electrónico. Eran educandos o escolares de secundaria, 12-18 años, una edad y etapa difícil y trascendente en sus vidas. Lógicamente, entre todos esos alumnos, había caracteres y actitudes especiales, con respecto a la norma media de los escolares en estas edades. Entre esos alumnos “diferentes”, las anécdotas eran frecuentes. Muchas de ellas divertidas. Voy a narrar un breve episodio, que un día su protagonista me contó. Es verosímil y su credibilidad es elevada, conociendo al autor. En su contenido he añadido información, dentro del campo de la ficción, que lo enriquecen y en modo alguno lo desvirtúan. De todas formas, el lector tiene la palabra. 

Resulta que M.J. un alumno de bachillerato, entregado a la lectura de toda naturaleza, con un nivel de reflexión acerca del entorno inmediato o lejano muy superior al del resto de sus compañeros de grupo, que exhibía un humor y sarcasmo característico en las personas notablemente críticas con respecto al mundo en el que viven, muy educado en sus formas y cerebral en sus decisiones y manifestaciones, al final de una clase me contó espontáneamente lo siguiente.

“Una mañana de primavera me desplacé al Palacio Episcopal de Málaga, ubicado en la Plaza del Obispo, frente a la portada barroca de la Catedral. Deseaba realizar una compleja gestión y al entrar por la puerta principal, en el mostrador de atención al público me indicaron que esa entrada estaba sólo reservada para las visitas a las exposiciones que se realizan en sus salas, bajo el patrocinio de Unicaja. Entonces me dirigí a la puerta trasera del Palacio, en la calle Santa María, en donde estaban centralizadas las oficinas de la curia y en cuyos pisos superiores se encuentra una residencia para sacerdotes jubilados. Un largo mostrador que sostenía una ventana acristalada continua poseía una amplia ventanilla para la atención al público. Tras la misma se encontraba un sacerdote de avanzada edad, que vestía una sotana clásica. Observé detrás de la cristalera una habitación amplia que cubría sus paredes con altas estanterías repletas de legajos y carpetas. Varias mesas cubrían el espacio, y en ellas trabajaban dos hombres mayores y una señora, con sus carpetas y ordenadores fijos de mesa.”

M.J. se acercó a la ventanilla y dio los buenos días al cura mayor que atendía al público. “¿Qué deseas joven? ¿Algún asunto de partida de bautismo, confirmación, matrimonio o anulación u otro certificado? No padre, venía a informarme qué tengo que hacer para borrarme”. El rostro del sacerdote mostró una cierta extrañeza, pero haciendo uso de su larga experiencia y con voz paternal indicó: “¿Es que te habías apuntado a la peregrinación mariana que la diócesis va a realizar a Lourdes el mes que viene y por alguna fuerza mayor no vas a poder acompañarnos? “No, padre, no pretendo ir a ninguna peregrinación mariana. Lo que pretendo es borrarme de la iglesia católica y veía a consultar las gestiones tengo que realizar para tal fin”. 

El rostro del sorprendido cura fue cambiando de color a la velocidad de la luz. Fue pasando del blanco, al amarillo estabilizándose en el rojo. El anciano sacerdote parecía haber despertado de su letargo y su temperamento se tornó en un estado de cólera explosiva. “¡Qué me estás diciendo, hijo de Satanás! ¡Te quieres convertir en un desgraciado apóstata! ¡Te vas a condenar al infierno!” El indignado clérigo ya no hablaba, sino que gritaba en su sofoco. Estaba a punto de darle un síncope. 

Las personas que trabajaban en la oficina de la curia auxiliaron de inmediato al sacerdote, con un vaso de agua y aire con una toalla para su mejor oxigenación. Al joven M.J. le indicaron que su petición era muy inusual (no recordaban otro caso similar) y que por lo tanto tenían que consultar con “instancias superiores”. Que volviese en una semana y ya le indicarían el procedimiento a seguir, en cuanto a la documentación pertinente y si persistía en su objetivo de “apostasía”. La señora administrativa le dijo a M.J. “Mira, chico, creo que estás en un momento de crisis existencial. Debes hablar con tus padres y explicarles lo que te está ocurriendo en esta etapa de tu vida. Y en todo caso un buen especialista te podría ayudar con la eficacia médica. Seguro que, después de que estas personas te ayuden, verás el destino con horizontes más esperanzadores. Estás en la flor de la vida y las malas compañías te pueden haber llevado a esta situación de crisis. No desaproveches, con tonterías, esa juventud tan maravillosa que Dios te ha dado”.  


Viendo la tensión que había provocado su pretensión, en la vetusta oficina de la curia, M.J. optó por abandonar el recinto, para evitar males mayores. A lo largo de los años he tenido la oportunidad de conocer algunos elementos en la evolución de este muy aventajado alumno de bachillerato. Pero este relato debe centrarse en esa atípica, valiente, sorprendente e insólita decisión que querer romper administrativa y jurídicamente con una vinculación religiosa que decidieron realizar sus padres, con todo el discutible derecho, en el momento de su nacimiento. Habría que añadir que cuando M.J. acudió a las oficinas de la curia malacitana, para plantear una ruptura tan insólita, por escasas semanas ya había alcanzado la mayoría de edad. Muchos pueden pensar, al leer el contenido de este relato, que en la acción de M.J. influyó ese afán de protagonismo diferencial que asumen aquellos que se sienten dotados de una inteligencia y formación superior o especial con relación a la normalidad de su grupo de edad. También puede pensarse que fue un acto cómico, gamberrada o “pasada”, propia de una juventud alistada en el campo de la contracultura, que rechaza gran parte del mundo o sociedad “establecida” en la que se sienten incómodos para vivir. Conociendo, desde la atalaya escolar y en otras labores sociales posteriores, a esta persona, creo que no fue una espontaneidad o afán de lucimiento, su acción en aquella mañana soleada sobre nuestra bella ciudad acariciada por el mar. -

 

 

OTROS MUCHOS AGENTES DECISORES EN NUESTRA EXISTENCIA

 

 

                José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 8 mayo 2026        

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viernes, 1 de mayo de 2026

LA DUPLICIDAD DE LA IMAGEN, EN LA REALIDAD DE LO HUMANO.


     

Casi siempre, por razones más o menos justificadas, hay personas que nos caen muy bien, mientras que a otras tratamos, en lo posible, de evitarlas. Los ejemplos para citar serían muy numerosos. Una cajera del hipermercado, el vecino que encontramos casualmente en la cabina del ascensor comunal, el conductor de una línea de bus municipal, un compañero de departamento o claustro escolar, uno de los sacerdotes que confiesan en la parroquia, y así un largo etc. Cuando podemos, tratamos de que nos atienda otro dependiente, o nos situamos en otra línea de caja al pagar en el supermercado o también evitamos coincidir con ese vecino que nos resulta incómodo, aunque a veces no nos queda más remedio que “tragar saliva” y “enfrentarnos” a esa persona que no nos cae bien, aplicando las reglas básicas de la educación en las relaciones sociales. Tras este comentario inicial, vayamos con presteza e interés al desarrollo de nuestra historia.

Tenemos la percepción cierta de que hay personas que parecen gozar provocando la intimidación, el recelo o incluso el miedo en su interlocutor. Se llamaba don TANCREDO Abolafio Baltanás. Debería andar por los 50 y era un funcionario del departamento de abastecimiento de agua, en un ayuntamiento importante de una localidad andaluza. Parece que la naturaleza no había sido generosa y la genética había puesto en su rostro cara de “malas pulgas”. Grandes entradas en su canosa cabellera, ojos pequeños y saltones, para los que tenía que usas lentes de lejos y de cerca con notables dioptrías. Cuidaba un bigote prolongado en sus extremos, que hacía recordar al mítico asiático Fu Manchú. Tenía una mella antigua en su dentadura (algunos bromeaban aclarando su origen en un buen y merecido puñetazo que había recibido por su carácter altanero y despreciativo) que ahora disimulaba con un diente cubierto de oro que potenciaba su siniestra apariencia. La escasa longitud de su cuello hacía que elevara sus hombros para tratar de incrementar la corta estatura. Su voz ronca y taciturna potenciaba el clímax de temor o desazón en quienes tenían que resolver alguna cuestión administrativa referente al agua en su ventanilla (corte de suministro sin razón alguna, permisos para contadores individuales, turbiedad del agua que manaba por los grifos, disconformidad con los niveles de consumo marcados por el contador, recibos impagados, etc.)

El gran problema de este desagradable funcionario municipal era la altanería, brusquedad y malos modos que mostraba ante el paciente ciudadano que tenía que acercarse a su ventanilla. Muchos de los asistentes a la oficina de aguas, lo llamaban Tancredo “el tiburón 5” siguiendo el orden de la saga cinematográfica. Resultaba temerario llevarle la contraria, pues entonces enseñaba sus colmillos incisivos (existía la leyenda popular de que se los afilaba). En ocasiones, por necesidades del servicio, el ínclito personaje no estaba detrás de su ventanilla, lo cual se reflejaba en la alegría y tranquilidad de los usuarios que iban a pagar sus recibos o realizar alguna gestión, consulta o reclamación, respecto al consumo de agua en sus contadores. 

Algunos usuarios, conociendo como se las gastaba el personaje, se acercaban a la oficina con humildad y servilismo. “Don Tancredo, es una “alegría” verle. Venía a rogar de su generosidad, con estos recibos que tengo impagados, por mi grave situación de paro y con hijos a los que mantener. El aviso de que me van a cortar el agua nos tiene sin poder dormir. Le ruego por caridad que nos dé un poco más de tiempo para hacer frente al impago que hemos acumulado”. La respuesta que recibía el solicitante era fría y contundente: “déjese de lisonjas, Cercedilla, tiene dos meses impagados. Haga frente a los mismos y no me haga perder el tiempo ¡he dicho!” dando un golpetazo en el tablero de la ventanilla ¡El siguiente!” Así era el sentido caritativo del insensible y severo funcionario de la administración municipal. 

Esta imperativa y desagradable imagen de Tancredo se tornaba como el día y la noche, cuando volvía a su domicilio y se encontraba con su mujer, doña HELIODORA Campillo Alacrán. Esta señora avanzaba hacia el medio siglo de vida, tenía un cuerpo generoso en kilos y trabajaba como matrona del gran Hospital local. Madre de dos hijos, Fermín y César, era una mujer de “armas tomar”. Al igual que hacía en su puesto sanitario, también actuaba en casa con la energía propia del ámbito castrense (sus vecinas solían apodarla como “la coronela”, por su genio y dotes de mando). Era temida por sus “bufidos” acústicos y por esas palabras viradas de imperativos en la gramática española.

Cuando el funcionario de aguas llegaba a su domicilio, todos sus oropeles que lucía en su puesto laboral desaparecían por completo, a modo de encanto o magia. Más bien “necesidad”. Su agrio carácter se transformaba en un corderillo, doblegado a los caprichos y exigencias de su fornida cónyuge. Imponía a su esposo una serie de ordenanzas “innegociables”. Tancredo las aceptaba, a fin de evitar males mayores. Hacer la compra semanal en los sábados. Traer el pan a diario de la panadería. Bajar los residuos en bolsas al contenedor. Hacer “su” cama (dormían separados) y servir la mesa. Limpieza del hogar por zonas, según día de semana. Prioridad de Heliodora, en la visión de los programas televisivos. Se repartían las quincenas, para poner la lavadora, tender la ropa y el necesario paso por la plancha.

Don Tancredo no osaba rechistar o polemizar, porque las veces en que lo había intentado obtenía sin reparos la iracundia de su mujer, escénicamente violenta y agresiva. Gritos, gesticulación, espavientos e incluso manotazos, en la sumisa y temerosa actitud de su pusilánime marido en casa.  ¡Quién lo iba a imaginar! El temido “tiburón 5” de la ventanilla, se convertía en un pelele para los antojos y exigencias de su autoritaria señora, la “coronela” de los servicios hospitalarios de ginecología. 

Los vecinos, que estaban al tanto de la situación, mostraban reacciones contrastadas, como suele ocurrir en la mayoría de los conflictos. Unos u otros se posicionaban en favor del hombre humillado o defendían la autoridad de la muy contundente mujer. Pero todos comentaban, con los chascarrillos correspondientes, la contrastada imagen del vecino del 7º A en su puesto laboral y en la intimidad de su hogar. En las trifulcas más violentas (golpes y salida de algunos enseres por la ventana) alguien reclamaba la presencia de la policía local, temiendo que el enfrentamiento acabase en una tremenda desgracia. Un marido magullado, con chichones y algún que otro cardenal, les habría la puerta, recibiendo el comentario de los agentes, con la guasa propia andaluza “¿Otra vez, don Tancredo? vamos a tener que llevarle a la casa de socorro, para que le curen “las caricias” que ha recibido de su ofendida y respetada señora. Tiene que mostrar más empeño en el diálogo con doña Heliodora”.    

Las apariencias suelen resultar falseadas por la intra-historia de la realidad. La vergonzante humillación y pasividad como persona, que mostraba en su hogar, la “fogaba” compensatoria y cruelmente en su puesto de trabajo, en donde podía sentirse como rey y señor, ante los modestos ciudadanos.  Cobarde en casa y miserable tras la muralla funcionarial de la ventanilla del negociado. Patética figura en el hogar y en la oficina municipal. Pero así son algunas personas, que ofrecen dos imágenes antitéticas, según los escenarios. Con distintas modalidades, son “pobres personajes” con los que nos cruzamos por las calles y plazas de nuestro pequeño mundo. “Figuras” crueles y desgraciadas, que muestran esa esquizofrenia moral en su dúplice carácter. 

Tancredo, al paso del tiempo, tomó residencia en una pequeña buhardilla reformada, cerca de la plaza de la Iglesia. Ahora ejerce como aburrido jubilado, caminando cada mañana y tarde por la vereda del gran río que atraviesa la localidad. Descansando en los recios bancos adosados al paseo, se distrae observando el caminar de las parejas que por allí frecuentan y gozan su idilio juvenil, mientras que los niños pequeños juegan persiguiendo a las palomas que buscan su alimento, alegrando las mañanas y las tardes de una ciudad tranquila, pausada y llena de Historia. Nadie hace esfuerzo por conocerle o saludarle y al alejarse murmuran punzantes comentarios, que ridiculizan su memoria y nublan con acritud la soledad de sus recuerdos. –

 

 

LA DUPLICIDAD DE LA IMAGEN, EN LA REALIDAD DE LO HUMANO


José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 1 mayo 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 24 de abril de 2026

INTRIGA EN UNA CARRERA HACIA LA MILLA DE ORO

Un dicho popular, sabio como todos, pues se basa en la experiencia existencial, es aquel que dice mucho en la brevedad de su texto: LAS APARIENCIAS ENGAÑAN. Por supuesto que las generalizaciones, sin fundamento estadístico pueden ser erróneas. Sin embargo, son frecuentes las ocasiones en que la expresión popular acierta. Es conveniente, en este caso, analizar el significado de ese factor identificador llamado “apariencia”, pero la verosimilitud de la expresión puede darnos o depararnos inesperadas sorpresas. 

BALDOMERO Pérez Agua, 31, es un joven asalariado del taxi. La propiedad del vehículo que conduce pertenece a un patrón con bastante dinero, llamado CELSO Cabañas Garcerán, dueño de tierras para el cultivo de cítricos y olivos en Álora y Cártama, que consiguió hasta cuatro licencias para regentar ese útil servicio público.

Baldo, desde que cumplió la mayoría de edad, desarrolló una gran afición al oficio de conducir, obteniendo los carnés correspondientes para conducir distintos tipos de vehículos, en la Jefatura Provincial de Tráfico de Málaga. Una empresa de búsqueda de trabajo le puso en contacto con este empresario del taxi, a quien convenció desde el primer momento para conducir a diario uno de sus vehículos, con centro en la capital malagueña. Era un Peugeot 408, con motor híbrido, que apenas tenía una antigüedad de unos cinco meses. Solía tener su punto de parada en la popular y céntrica Plaza de la Merced, compartiendo el horario de la conducción con los compañeros Herminio Calderón y Demetrio Arias, 8 horas cada uno en horarios quincenales alternantes. 

El trabajo de conductor de taxis exige bastante pericia, hermanada con la racionalidad. Los taxistas no deben cometer “errores” o infracciones, por razones obvias. Deben poseer un buen conocimiento del callejero de la ciudad donde circulen habitualmente. También les ayuda en su oficio tener un básico conocimiento del idioma inglés, especialmente en las zonas turísticas y sobre estas habilidades el inexcusable autocontrol anímico. Pasar muchas horas diarias conduciendo por el “laberinto” urbano y suburbano puede desestabilizar el sistema nervioso, consigo mismo y en la relación con los demás conductores y los propios peatones en la movilidad de sus actos. 

Una interesante característica de este oficio es la cantidad de personas con las que hay que tratar a diario, usuarios de toda condición, carácter y educación relacional. Agradables, comunicativas, campechanas, respetuosas, “estiradas”, tranquilas, compulsivas, parlanchinas o silenciosas o aquellas otras que van indicando al conductor por donde debe ir. Un catálogo variopinto de viajeros, con diversos niveles educacionales, como ocurre en todos los órdenes de la vida. 

Era un sábado de octubre, cuando el reloj marcaba las 22:45 de la noche. Arreciaba la humedad y el frescor otoñal en la atmósfera malacitana. A Baldo le correspondía ese día realizar el horario nocturno, por lo que se había incorporado pocos minutos antes de las diez, dejándole el volante su compañero Herminio. Su compañera familiar, ISABELA, le había preparado un sándwich de mortadela Mina y chorizo de Pamplona, un par de plátanos y un pequeño termo de café con leche caliente, para que pasara bien la fría noche. A esa hora, ya próxima la medianoche se subió al taxi un hombre enjuto de cuerpo, enfundado en una gabardina gris oscura, pantalones también del mismo color y zapatos negros deportivos, posiblemente adquiridos en Decathlon. La ropa que llevaba no era especialmente de lujo, sino de rebajas, con esa tonalidad oscura que suele utilizar el mundo de la delincuencia. Cubría sus ojos con unas gafas de sol, a pesar de la noche, destacando un cuidado bigotillo, que algunos calificarían de tipo “fascistoide”.

El extraño portaba en su mano derecha un maletín que llamaba poderosamente la atención porque era extrañamente voluminoso y alargado. Desistió con una señal que el taxista le abriera el portaequipajes para guardarlo, señal evidente que no quería viajar sin llevarlo consigo. Era una persona cuya figura generaba desconfianza e incluso inquietud, sobre todo cuando ordenó, en un castellano marcadamente anglófilo, “Marbella, Milla de Oro. Concretaré punto exacto”. El taxista, con la experiencia adquirida en centenares de viajes, le indicó que la carrera era en principio 70 km, a la que había que suma la vuelta, y que le tenía que aplicar la tarifa nocturna. El servicio le podría salir por unos 400 euros. Obtuvo una seca y autoritaria respuesta: “No importa, tengo Visa Oro. Haga rápido su trabajo”. De inmediato, Baldo arrancó el motor, para dirigirse hacia la Avda. de Andalucía, tomar la autovía y desde Fuengirola la de peaje hasta Marbella. La seriedad del viajero le impresionaba y algo le asustaba. 

Todas las personas han vito mucho cine en sus vidas. Películas de todos los géneros cinematográficos. Las policíacas, las de intriga o suspense, los thrillers, siempre atraen, a pesar de la violencia, los disparos y las carreras espectaculares mantenidas entre los policías y los delincuentes, a bordo de sus vehículos. La emoción subsiguiente despierta nuestros instintos más primarios, empatizando con la lucha de “los buenos” contra “los malos”.  Y en este punto se generó la imaginación del conductor del taxi. ¿Podría ser el extraño viajero un miembro de la mafia? ¿qué llevará en es “enlutado” y alargado maletín, forrado de una especie de piel negra? A pesar de no mostrar extrañeza por el coste que tendría que pagar por la carrera, la ropa que vestía no era especialmente de lujo, sino aquella que se compra en las rebajas, con esas tonalidades oscuras que suelen usar los delincuentes. La tensión del taxista iba en aumento. El serio y extraño pasajero no pronunciaba palabra alguna. 

En distintos momentos del viaje, el misterioso usuario, sentado en el asiento trasero, extraía de su gabardina una petaca licorera, en la que habría licor de alta graduación, por el olor que emanaba. Tomaba cada vez un par de largos sorbos, guardando la petaca en el bolsillo interior izquierdo de su prenda de abrigo. “Se toma unos buenos lingotazos de whisky, ron o vodka, lo que lleve en la licorera, para potenciar su fuerza y prepararse para el delito que se dispone a perpetrar” pensaba el imaginativo y asustadizo taxista. “¿Y si conecto la radio con la policía, explicándoles la situación que estoy atravesando? Pero conduciendo no puedo escribir textos en el teléfono, para denunciar el caso y si hablo se va a enterar de lo que digo, lo que puede conllevar irremediables consecuencias para mi integridad.

“El punto exacto de destino es la Urbanización las Gardenias. Tengo que llegar antes de las 12. Acelere la marcha del vehículo”

Baldo soportaba un sudor frío por su cuerpo. En ocasiones le temblaban las piernas. El viajero, una vez acabado el contenido de la petaca, extrajo otra del lado derecho de su gabardina, para seguir tomando la dosis estimulante de alcohol. El Peugeot 808 iba devorando km y la tensa situación para el conductor iba in crescendo. “Tengo necesidad de orinar, por lo que me detendré en la próxima gasolinera” La respuesta imperativa del pasajero fue concluyente: “No debe detenerse. Tengo que estar en la Urbanización las Gardenias, no más tarde de las 12. Gratificaré su esfuerzo” El reloj marcaba las 23:40 y el Peugeot se estaba acercando a Marbella. 

El clímax de la misteriosa carrera fue cuando el pasajero comenzó a abrir el alargado maletín que lo acompañaba. Lo hizo con cuidada parsimonia, lo que tensionaba aún más el nerviosismo del taxista, que miraba de soslayo a través del espejo retrovisor interior del vehículo. El pánico inundó el rostro de Baldo cuando vio que el viajero extrajo del maletín las dos partes de un rifle de precisión telescópica. Con la frialdad profesional de los francotiradores, encastró las dos partes del rifle, cuyo “cañón” brillaba a pesar de la oscuridad interna del taxi. El temblor de manos y piernas y las pulsaciones cardiacas se incrementaban por segundos. En su pensamiento bullían esas frases que aparecen en los momentos críticos de nuestras vidas: “Lo presentía, es un sicario francotirador de la mafia” “¿Y si cuando detenga en taxi me liquida, para no dejar pruebas del delito que está a punto de perpetrar? ¡Ay mi pobre Isabela, cuando le informen de este mi último viaje con un asesino! ¿Debo suplicarle que tenga piedad con mi vida, que mi Isabela está esperando nuestro primer bebé? ¿Cómo se lo tomará? “

Durante esos segundos interminables de aturdimiento mental virado de miedo en el conductor, el hombre de la gabardina gris limpiaba primorosamente, con un paño de fieltro rojo el cañón y la armadura de la culata de la poderosa arma de fuego. El GPS, encastrado en el salpicadero del taxi marcaba que el punto de destino se encontraba a un par de km. Baldo seguía sudando, cubierta su cabeza por una gorrilla deportiva. Pensó por un momento en hacerse el héroe y conducir hacia el cuartel de la Guardia Civil que conocía de otro trayecto por la zona. Pero no dudaba que el sicario de las gafas ahumadas lo encañonaría y dispararía, para que hiciera un viaje a la otra vida, si existiera. En esas diatribas se encontraba, cuando vio un cartel iluminado, en un camino interior de pinares: GRAN RESIDENCIAL LAS GARDENIAS. VIVIENDAS DE LUJO.  Sacó fuerzas de flaqueza, para preguntar al “asesino”, quien aún mantenía en mano el fusil de precisión, la calle y número del destino. Ante un inmenso espacio de viviendas paradisiacas, con jardines de flores y arbolado y lujosas piscinas individuales, el viajero indicó: “Siga por esta avenida y en la fuente de colores gire a la derecha, deteniendo el taxi en el chalé 16. Así lo hizo. La gran mansión señorial estaba profusamente iluminada, un grupo de música tocaba en los jardines junto a la piscina y un gran cartel anunciaba en la terraza principal PREMIO AL DISFRAZ MÁS ORIGINAL. En la puerta un hombre gordinflón esperaba, vistiendo de prelado episcopal, con el báculo en la mano derecha y una tiara de obispo sobre su cabeza.

“Has llegado a tiempo, amigo Gavilán, te hemos estado esperando para comenzar la cena. Tu disfraz de sicario asesino es muy bueno. Vamos a ver quién se lleva el premio”

Después de que los dos amigos se abrazaran, ANICETO Gavilán, se acercó al vehículo extrayendo de su gabardina una tarjeta Visa Oro, para pagar la carrera. Baldomero sufrió un leve mareo al bajarse del taxi, con el datáfono en la mano.  

 

 

INTRIGA EN UNA CARRERA

HACIA LA MILLA DE ORO

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 24 abril 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 10 de abril de 2026

SOLUCIONES ALTERNATIVAS COMO MEJOR TERAPIA


A diario leemos, en las páginas digitales de Internet, ofertas publicitarias verdaderamente atrayentes, para tratar de resolver problemas o necesidades que nos afectan, aplicando una vía diferente a la ortodoxia tradicional establecida por la ciencia o la tradición. Hay una parte de la ciudadanía que genera un cierto recelo a esas “soluciones maravillosas”, sustentadas por las opiniones de usuarios que confirman los buenos resultados, beneficiándose de unos descuentos porcentuales importantes, si se adquieren en un determinado plazo de tiempo. También son muchos los que se animan a probar esas atrayentes opciones, aunque después de pagar notables cantidades por el servicio o producto caen en la brusca realidad de que no reciben lo que reiteradamente se afirmaba o aseguraba en los anuncios publicitarios. Y la política de “devoluciones” es tortuosa y no siempre cierta.

Sin embargo, también observamos que, en la propia ciencia médica o en otras parcelas de la sociedad consumista, hay profesionales titulados que, en un momento determinado del “tratamiento”, optan por aplicar soluciones atípicas o “heterodoxas” a fin de hacer frente a situaciones que no siempre ofrecen resultados positivos o conllevan efectos secundarios notablemente lesivos o de muy elevado coste para los pacientes. Puede haber caminos sencillos que nos sorprenden por su facilidad y rentabilidad, en oposición a otras rutas complicadas que nos marca la ortodoxia.

El personaje central de nuestra historia es CELESTINO Mercado Santillán. Divorciado, después de una tormentosa relación de casi diez años, con una hija, Amina (mismo nombre que su madre), renunció en absoluto volver a pasar por la vicaría o por el Registro Civil, habituándose a vivir su intimidad en soledad. Este pobre hombre, engañado, humillado y pronto olvidado por su exmujer y su hija (se vio obligado a tener que pagar un 40 % de su sueldo mensual hasta que ésta cumplió los dieciocho años) ha trabajado, hasta su reciente jubilación, como conserje de una afamada cadena hotelera, siendo sus destinos principalmente Málaga capital y localidades de la Costa del Sol. 

Mientras estaba laboralmente en activo, su vida transcurría con la rutina “placentera” de su horario de trabajo, mezclado con el cine y el fútbol durante su tiempo libre, alternando los paseos por el campo y la ciudad que tanto le animaban. El menú diario prácticamente lo tenía asegurado, como los demás trabajadores del hotel. Periódicamente se inscribía en algunos viajes cortos y económicos para los fines de semana que podía, programados por una popular agencia del barrio donde vivía (Humilladero-La Unión), visitando monumentos y lugares típicos de los pueblos de la provincia, con el almuerzo básico incluido, Así transcurría su sencilla y tranquila existencia, con la monotonía y seguridad subsiguiente, aunque su carácter sosegado no aspiraba a mucho más. Su trabajo en el hotel era el bálsamo que realmente le vitalizaba, para sustentar el paso de las horas y los días. Pero llegó lo que venía preocupándole durante los últimos años: el momento, para él crítico, de acceder a la jubilación. Tener que renunciar a su puesto de trabajo, vistiendo su elegante uniforme en la recepción del hotel, atendiendo a los clientes que llegaban, manteniendo el orden en la sala de recepción, ayudándoles con sus equipajes e indicándoles los servicios y dependencias del establecimiento residencial, dominando como hábil recurso algunas palabras y frases en inglés y recibiendo con frecuencia interesantes propinas, era algo muy duro de abandonar. Pero los 65 años habían llegado en su calendario y la ley indicaba los plazos laborales a los que se tenía que someter. ¿Qué hacer con el amplio tiempo libre que se le “venía encima”?

Desde luego su carácter no estaba preparado para el tiempo de la jubilación. Casi sin poder evitarlo, su carácter se vio sumido en ansiedades, nerviosismos y esa lesiva depresión anímica que tanto distorsiona el equilibrio de las personas. También el “crítico” y desagradable insomnio llegó a su vida. Aconsejado por Tiburcio Cantalapiedra, el director de su hotel SEMÍRAMIS, en el que había desarrollado gran parte de su trabajo como conserje, se puso en manos de un acreditado psiquiatra, ARCADIO Tébar Torreblanca, de origen murciano, 38, especialista que había enriquecido sus estudios con estancias en centros de tratamiento de Suiza, Nevada y Tokio, quien además de dirigir el departamento de psiquiatría del Hospital Clínico universitario, tenía consulta privada, en la que también atendía a los poseedores de pólizas de la compañía ASISA, a la que Arcadio pertenecía. 

El duro planteamiento que el antiguo conserje hizo al cualificado especialista aconsejaba un tratamiento urgente: Insomnio y pesadillas nocturnas, angustia, tristeza, lloros espontáneos, días de pérdida del apetito mezcladas con ingestas voraces, humor cambiante, silencios prolongados, tendencia al aislamiento, comportamientos compulsivos (rascarse de continuo las manos y lavados numerosos de las mismas durante el día) recelos extremados y bloqueantes con determinados colores. El panorama que presentaba el paciente era complejo y preocupante. Los curvas y fallas anímicas eran continuas. Y comenzó, junto a las sesiones de tratamiento quincenal, la fuerte ingesta de fármacos, que afectaban a su estómago y otros importantes órganos corporales. La terapia con fármacos (especialmente antidepresivos) era intensa (10-12 comprimidos diarios) y las pruebas complementarias en los centros de radiología y enfermería también eran frecuentes. El aturdimiento de Arcadio con esta farmacología era patente.

Una tarde de consulta, el Dr. Tébar fue bastante explicito con su cliente.

“Celestino, he dedicado horas a estudiar detenidamente tu caso. Creo sinceramente que no estamos yendo por el camino más adecuado. Te estoy prescribiendo antidepresivos cada vez más fuertes, que facilitan la función antidepresiva, analgésica y estabilizadora. Es la praxis tradicional o convencional de tu terapia. Pero la estamos pagando a un elevado precio y riesgo, para tu equilibrio orgánico. Pienso que el gran problema que te afecta es sentirte vacío con tu forma de vivir en la actualidad. Lo llamaría “síndrome de inutilidad”.  Hay personas que organizan bien la etapa de su jubilación y el abundante tiempo libre, pero ese, lamentablemente, no es tu caso. Hay que dinamizar y optimizar el tiempo que la naturaleza te está concediendo.

Reduciremos paulatinamente el nivel de medicación y paralelamente iremos intensificando la acción relacional que vas a ir desarrollando con respecto a las personas necesitadas. He contactado con un conocido centro residencial para personas de avanzada edad (AMANECER). Allí contactarás con el director, que te asignará a un residente determinado, para que trabéis amistad, dedicándole unas cuatro horas de tu tiempo cada semana. Acompañarás y hablarás con este nuevo amigo/a haciendo más llevadera su permanente estancia en la residencia. Podréis hacer algunos juegos de mesa para el entretenimiento, intercambiar anécdotas interesantes de vuestras vidas, compartir algún aperitivo en la cafetería del establecimiento, pasear por la amplia zona ajardinada, y todo lo que buenamente se te ocurra, con el fin de ayudar a una persona que necesita de tu amistad. Será una labor importantísima, porque no sólo vas a iluminar con generosidad el tiempo de esa persona, sino que también te vas a ayudar en el progreso de tu recuperación. En resumen, menos medicinas y más apertura hacia los demás. Verás como comenzarás a sentirte más feliz y útil en este tiempo de jubilación.”

En 48 horas, Celestino se había convertido en colaborador externo de la Residencia Amanecer. El director del establecimiento, Arsenio Lences, le informó acerca de su labor con la persona que le fuese asignada. Básicamente, hacerle compañía, compartir con ella el diálogo, el consuelo y alguna distracción, como juegos de mesa o la elaboración de algunas manualidades o artesanías. Se desplazaría a la residencia los miércoles y los domingos, para realizar su labor totalmente altruista por las tardes, durante dos horas de cada día. El equipo terapéutico mantendría el control necesario para facilitarle la labor con estas personas mayores y aquejadas del pathos de la soledad anímica y física.  



Quiso la suerte o tal vez la coincidencia buscada, que la primera interna que le asignaron era una mujer, MARIELA que había compartido trabajo con Celestino, hacía ya bastantes años, en el hotel Semíramis. Durante más de dos décadas había estado integrada en el equipo de camareras de habitaciones, efectuando funciones de limpieza, orden en los cuartos y en las camas del establecimiento hotelero. Se había jubilado diez años antes que su compañero Celestino. Para uno y otro compañero, el reencuentro fue emocionante

“Cuando me jubilé, anticipadamente, por un severo problema de vértebras, pensaba que mi hija Delia me daría cobijo en su casa, por mis limitaciones físicas. Desde que ella formó matrimonio, he vivido sola en mi domicilio, pequeño y modesto, pero acogedor. Mi yerno e incluso mis nietos, que vivían en un piso relativamente pequeño, no veían con buenos ojos, al igual que Delia, acogerme en sus vidas. Me di perfecta cuenta de que mi presencia significaba un estorbo indeseado. Desde luego que yo misma favorecí el internamiento en una residencia para mayores del Servicio Andaluz de Salud”. 

Cada miércoles y domingo, Celestino y Mariela mantenían y disfrutaban unas horas de conversación, juegos o incluso una merienda, que el centro facilitaba por la labor que el antiguo conserje realizaba. Hablaban e intercambiaban anécdotas acerca del hotel que ambos habían servido, aunque en funcionas diferentes. Repasaban los nombres de los compañeros con los que habían compartido el trabajo, de muchos de los cuales nada sabían acerca de cómo les iba en la vida. Disfrutaban mucho de los largos paseos que realizaban por las amplias zonas ajardinadas que poseía la residencia, aprovechando para el descanso los bancos de madera que están repartidos por todo el recinto. Mariela aceptó muy contenta el ofrecimiento del compañero y amigo Celestino de añadir un día más a la semana para venir a visitarla.

“Para mí es la mejor medicina saber que mañana o pasado ves a venir a estar un ratito conmigo, en los que podremos hablar de nuestras aventuras laborales o de nuestras familias. También me impresiona cuando estamos en silencio y nos miramos con una sonrisa de agradecimiento y amistad. Y ese papelito de dulces que te gusta traerme, ya sabes que soy un poquito golosa, me hace muy feliz, pues los comparto con mi compañera de cuarto, que se llama Dafne. Dice que de joven se dedicaba a cantar música española, por las ferias del verano en los pueblos de Andalucía. Aunque ya no tiene prácticamente voz, he conseguido que me cante alguna canción, en tono muy bajito para no molestar a otros residentes, y lo hace muy bien”, 

Celestino aún no sabía que Mariela le estaba tejiendo una chaqueta de lana, con mucha laboriosidad y cariño, para que no fuera a coger frío con la humedad de las noches malagueñas. Sería un precioso regalo que el antiguo conserje recibiría con inmensa emoción y el sentimiento del cariño hacia una buena y generosa persona. En las consultas que mantenía con el Dr. Tébar Torreblanca, le confiaba que ahora descansaba mejor por las noches, que se sentía útil y necesario, en la ayuda que prestaba a su antigua compañera de hotel, y que el consumir muchos menos medicamentos había revitalizado en mucho los achaques que antes padecía de continuo. Estaba mucho mejor, con ese cambio que la inteligencia del especialista había logrado reconducir en su postrera existencia. “He aprendido a ayudarme, ayudando y pensando con generosidad más en los demás”. La medicina o terapia alternativa, impartida por el psiquiatra, estaba siendo más lúcida y eficaz que el tratamiento ortodoxo, en una persona abrumada por la soledad y cansada de tan excesiva medicación. -

 

 

 

SOLUCIONES ALTERNATIVAS COMO MEJOR TERAPIA

 

 

 

                                  José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 10 abril 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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