viernes, 18 de septiembre de 2026

LA ILUSIÓN PASTELERA DE BRUNO Y TASIO

A poco que analicemos la expresión facial y el comportamiento relacional de las personas, en el ejercicio diario de su función laboral, obtenemos una primera percepción: algunos parecen estar disfrutando con el trabajo que realizan, mientras que otros, por el contrario, difícilmente pueden ocultar su bajo estado anímico, ante las obligaciones que tienen encomendadas y que deben desarrollar. Expresándolo de una forma coloquial, aquéllos se sienten felices con lo que hacen, mientras que éstos transmiten su pesar a través de los gestos y el desagrado de sus rostros. Por supuesto que todo profesional puede tener un mejor o peor día, es algo natural en lo humano. Y también es preciso considerar que hay ciudadanos que disimulan mejor que otros los problemas de todo tipo que pueden afectarle. Pero lo que no es normal es que, un día tras otro, sigas estando desanimado, desmotivado y manteniendo esa expresión de “pocos amigos” en tu actividad laboral y social. 

Naturalmente, no todos los trabajos tienen las mismas características ni afectan de la misma forma a las personas que los desempeñan. Muchos ciudadanos se ven obligados a desempeñar determinadas funciones, más o menos ingratas para ellos, porque no han podido o han carecido de la suerte o la dedicación en el esfuerzo para ejercer otro tipo de actividades, aquéllas que si les habría gustado protagonizar. Siendo esto verdad, también resulta evidente que hay profesiones que se “alejan” de alguna forma de ese trauma o pesar que proporciona la rutina, el cansancio, el escaso reconocimiento social o la dificultad intrínseca de la propia actividad que han de cumplimentar. Son profesiones especialmente “creativas”, gratificantes y de notable valoración, tanto para uno mismo como para el reconocimiento social. Al margen de la actitud vocacional que cada persona posea, el desempeño diario de su ejercicio parece que casi siempre compensa, a pesar del cansancio o situaciones incómodamente inesperadas que siempre pueden aparecer. 

¿Cuáles serían algunas de esas actividades profesionales que apenas “cansan” o desaniman a sus autores laborales, quienes se muestran casi siempre “felices” ante la labor que tienen encomendada o ellos propiamente se imponen? 

Citaremos algunas, aunque para algunos puedan ser discutibles. Los maestros pasteleros; los escaparatistas; los jardineros y los vendedores de flores; los compositores e instrumentistas de música; los fabricantes y vendedores de juguetes; el artista de la pintura, la escultura y la arquitectura; el diseñador de piezas de joyería y orfebrería; el escritor de historias; etc. 

Es preciso indicar que hay diversas actividades y funciones que algunos trabajadores parecen desempeñarlas con mayor “felicidad” que otros compañeros de profesión. Tal vez esa diferencia vaya en el carácter de cada uno.  De igual manera nadie va a discutir que el ejercicio de la medicina, el apostolado religioso, la agricultura, la restauración, la educación o la investigación, también genera esa creatividad que tanto gratifica, tanto al que la ejerce como al que la recibe. Para sus afortunados protagonistas, su laboriosidad no supone un desagradable “trabajo” sino por el contrario un “goce permeable” que se comprueba visualmente a través de la expresividad de sus rostros. Conozcamos una historia vinculada a esta amplia introducción.

Eran dos compañeros de clase y también buenos amigos, para las tardes de juegos y fines de semana, en una España que se quería despertar de su difícil posguerra. Residían en aquella Málaga provinciana, pero fraternal, de los años cincuenta e inicios de los sesenta. BRUNO y TASIOpertenecían a la misma anualidad cronológica, 1950, y estudiaban tercer año de primaria en una escuela pública. Otra característica también los emparejaba: eran hijos únicos en sus respectivas familias. 

ELVIRA, la madre de Tasio, enviudó cuando éste apenas había cumplido los dos años. Su marido Nazario, maquinista de la Renfe, sufrió un desgraciado accidente en el ejercicio de su labor, dejando a su corta familia en una situación económica de suma precariedad, pues con la pensión que les quedó apenas tenían para vivir. A causa de ello, esta abnegada mujer tenía que dedicar horas a la suerte imprecisa de la clientela, pues había montado una pequeña peluquería de señoras en su propio domicilio, oficio en el que trabajaba antes de llegar al matrimonio. Esos cortos ingresos apenas podían cubrir las necesidades básicas de un más que modesto hogar, llegando a las carencias absolutas en los duros finales de muchos meses del año. 

Por el contrario, HELENIO, el padre de Bruno, heredó de su padre el oficio de pastelero, no sólo el aprendizaje de obrador, sino también la instalación de una muy conocida confitería de barrio, llamada EL BOLLO DE LECHE. Aunque contaba con un ayudante, él mismo desarrollaba el trabajo básico del obrador, mostrando una dedicación vocacional y creatividad verdaderamente admirable y reconocida por sus convecinos. También sabía organizar el tiempo de trabajo para poder ayudar a su mujer TEODORA, que atendía las peticiones de los clientes detrás del mostrador. 

Las clases en la escuela comenzaban muy temprano, a las 8:30, por lo que eran muchos los alumnos que apenas desayunaban en casa, aunque llevaban en sus carteras alguna merienda que consumían con ilusión durante la media hora de recreo. En este sentido, Bruno siempre extraía de su maleta una rica torta de aceite con azúcar y canela, coronada con una almendra envuelta en chocolate. Como su amigo Tasio llevaba una rebanada de pan con media pastilla de chocolate, se mostraba generoso en darle a probar un cachito de la rica torta de aceite, que hacía las delicias de quien la consumía. Otra afamada especialidad de la confitería de su padre, eran los llamados Bollos Primados, consistentes en apetitosos bollos de leche, rellenos de una deliciosa pasta, elaborada con los dulces no vendidos y endurecidos, cuyo bizcocho era triturado y amasado con nata de chocolate y cabello de ángel. La naturaleza de la masa y esa crema pastelera en su interior era verdaderamente exquisita, siempre para los paladares más golosos. Algunas mañanas y tardes, Bruno sacaba de su cartera uno de esos bollos especiales, mientras los ojos de su amigo Tasio no podían disimular su petición y necesidad de compartir algo del tan dulce manjar, a lo que Bruno a veces accedía. 

En algunas ocasiones, Helenio permitía que los dos amigos le acompañasen durante largos minutos en el obrador de la confitería. Tenía la razonable esperanza que su hijo Bruno, al igual que él hizo con su padre, no sólo fuera aprendiendo las técnicas pasteleras, sino también ir despertando o generando en el pequeño ese amor artesano hacia los dulces que en él estaba siempre presente. Tasio quedaba maravillado al ver la alegría y satisfacción que transmitía don Helenio, cuando les explicaba cómo había que preparar la masa del bizcocho, la mejor forma para cocerlo y posteriormente la “magia” para ir rellenándolo, cubriéndolo con la nata o el chocolate y como colofón, con esos adornos que hacían tanta ilusión a los golosos comensales. Nunca podía imaginarse que de ese gran bizcocho tartero salieran aquellas bandejas de trocitos de dulces que estaban expuestas al otro lado del mostrador, para la elección de los clientes. Resultaba obvio que esos ratitos en el obrador se acompañaban con esa frase ilusionante, manifestada por el papá de Bruno. “Bueno, ahora cuando salgáis, le pedís a Dorotea que os dé un dulce de la tienda. Pero no elijáis el más grande, sino el que más os guste. No se debe abusar de los chocolates y las natas pues os podéis empachar y después ya no queréis tomar la cena”. 

Una mañana de agosto, CELESTINO, vicepresidente de una conocida asociación senderista y excursionista, denominada “EL BASTÓN Y LA MOCHILA” entró en la confitería el Bollo de Leche y tras saludar a Dorotea pidió si podía hablar con Helenio. En pocos minutos el confitero, enfundado en su amplio delantal y con un gorro de papel que no se quitaba de la cabeza mientras trabajaba en el obrador, salió del “laboratorio” como tantas veces solía llamar a su lugar de trabajo, abrazándose al visitante. Entre ellos no había mucha diferencia de años y el afecto derivaba de ser antiguos amigos de juventud. 

“Pues nada, Helenio, que los críos nos van haciendo mayores. Tu te casaste más tarde que yo con la buena de Dorotea, pero fíjate mi ROSMINA ya ha cumplido los dieciocho y ya sabes como son estas cosas, con los jóvenes de hoy en día. A su pareja lo han admitido en la legión y han decidido casarse. El tiene veintiuno y es buen crío, tal vez algo impulsivo. Pero nada, que tienen prisa por formar una familia. Se conocieron en la asociación y les gusta mucho la naturaleza. Raro es el fin de semana en que no salen a caminar por los campos y las montañas. Se van los viernes por la mañana y no los vuelvo a ver hasta el domingo por la noche. Total, que MARGARA y yo hemos accedido y hemos fijado la boda para el segundo sábado de septiembre. A comienzos de octubre el chico se incorpora al regimiento de la legión en Ceuta y allí van a vivir. Quiero que tú, el mejor pastelero de Málaga y de España, seas el encargado de elaborar la tarta nupcial. El problema es el siguiente: entre familiares, amigos y conocidos de la Peña, podemos llegar casi a los ciento cincuenta comensales. Así que tiene que ser un “tartón” que dé los trocitos necesarios para esa caterva de bocas golosas. Además, nos gustaría que el motivo central del pastelón tenga algo que ver con la naturaleza. Pero yo no tengo que preocuparme ni con el tamaño, ni con la creatividad de la gran tarta, estoy en el Bollo de leche y aquí hay un pastelero, el amigo Helenio, que es el mago de los dulces. Con el cariño que tienes a tu oficio y el arte que te caracteriza, vas a despertar la ilusión y la admiración entre todos los participantes en el convite. Y del dinero no te preocupes. En estas ocasiones hay que rascarse bien el bolsillo”

El encargo era un buen reto para un verdadero profesional “enamorado” de su labor. Aunque faltaban varias semanas para la cena del enlace matrimonial, estaba ya dándole vueltas a su imaginación para hacer una tarta “gigantesca” que pusiera la admiración en los ojos y las bocas de tantos comensales. Precisamente una tarde, cuando Bruno y Tasio giraban visita por el obrador, Helenio les preguntó con la sonrisa en el rostro. 

“Vamos a ver, chicos, cuando vais de excursión al campo ¿qué es aquello que más os apetece ver y disfrutar?” Los dos amigos respondieron, casi al unísono, “… los muchos árboles que hay en el bosque y si tienen frutos, pues mejor”. 

La espontaneidad y lógica en la respuesta dio alas a la imaginación y valentía de Helenio: la gran tarta ocuparía el formato de una mesa rectangular. Sobre el bizcocho, que estaría relleno con niveles de fruta endulzada natural, con crema de naranja y otros cítricos, colocaría distintos niveles, a modo de colinas, que estarían pobladas con pequeños árboles de dulce, con el color verde en sus copas y el marrón chocolate en sus erguidos troncos. Desde luego que el tartón tendría que ocupar un buen espacio, pues a cada comensal debía corresponderle uno de esos arbolitos de dulce, sobre un suelo pastelero de lo más exquisito para el paladar. Esos arbolitos de dulce podrían ser elaborado con alguna anticipación, pero no excesiva, pues aunque su composición sería algo similar al mazapán, lo ideal de un pastel es que sus elementos no tengan una demasiada antigüedad que pudiera degradar el sabor. Como agradecimiento por la “ayuda” de los dos pequeños, puso en manos de cada uno de ellos un bollo primado que hizo las delicias en esas naturalezas tan vitales. 

Los números del almanaque siguieron su innegociable caminar y a poco ya estaban a una semana del gran convite de boda, que se celebraría en una finca/cortijo de los Montes de Málaga, llamada EL BUEN ALMUERZO”. Celestino se había encargado de contratar algunos autocares para el desplazamiento de los invitados y, de manera especial, una furgoneta que trasladaría el gran pastelón con las debidas condiciones de seguridad, a fin de evitar su deterioro. Durante tres días, Helenio estuvo elaborando los más de ciento cincuenta arbolitos de mazapán, que ocuparían plaza en ese paisaje orográfico de la Penibética, elaborado con un delicioso bizcocho, mezclado con crema de cítricos y almendras. Bruno y Tasio también colaboraron, partiendo las almendras. A pesar de sus ocho años, sus manos eran admirablemente hábiles.

Veinticuatro horas antes de la fecha nupcial, el tartón estaba completado, para admiración y elogios continuos de todos aquellos que tenían el gozoso privilegio de ver una auténtica obra de arte pastelera. Helenio lo tenía bien dispuesto en una habitación aneja al obrador, donde solía guardar sacos de harina y de azúcar, además de otros componentes confiteros. Pero aquella noche de un viernes casi otoñal un aguacero de gota fría descargó inesperadamente durante un par de horas sobre la ciudad mediterránea. La intensidad de la lluvia fue extraordinaria. El problema fue que dada la hora en que las nubes descargaron, entre las cuatro y las seis del nuevo día, nadie reparó en que una ventana mal cerrada se abrió con el empuje del viento. La inoportuna fuerza eólica de la naturaleza había impulsado muchos de los fuertes goterones de agua sobre la preciosa y admirada obra pastelera.

Cuando a las siete de la mañana helenio tomó conciencia del “desastre” trató de calmarse, gracias al vaso de tila que Dorotea le preparó de inmediato. El deterioro en el tartón era harto significativo, pero no totalmente irreparable. Había que actuar con presteza y coordinación absoluta. El hábil confitero apenas tenía diez horas hábiles para tratar de arreglar, en lo posible, su esfuerzo de tantas jornadas previas de trabajo. Todos colaboraron, bajo la acertada dirección de Helenio, que mostraba una vez más nervios de acero y una sonrisa de fe en lo posible siempre dibujada en su rostro. Dorotea, Elvira y Margara se pusieron a triturar almendras, que previamente pelaban el confitero y su amigo Celestino, padrino de la boda. También Bruno y Tasio ya sabían lo que había que hacer para sacar las almendras de sus cáscaras. El horno de leña no paró de funcionar por horas. Un frigorífico especial enfriaba la pasta de almendras que previamente se había cocinado. Los arbolitos que habían sufrido mayor deterioro se fueron sustituyendo con esa pericia que adorna la experiencia y el mágico juego de las manos. Elvira, a eso de las tres de la tarde, preparó unos sándwiches de queso y jamón cocido, que todos comieron a “paso legionario” pues no había tiempo, minutos o segundos que perder. A las 18 horas, Celestino y Margara se fueron a casa pues tenían que vestirse para la boda. Media hora más tarde, la furgoneta encargada de trasladar la gran tarta, estaba ya esperando en la puerta de El Bollo de Leche, que ese sábado permaneció cerrado por “asuntos propios”. Por cierto, el cielo, después del “tormentón” había amanecido completamente claro y soleado, comportamiento atmosférico muy típico en esas “gotas frías” otoñales. 

Los aplausos tronaban cuando el gran pastelón hizo su entrada triunfal en el densificado recinto campestre. Todos querían fotografiarse delante de gran tartón. Helenio y Teodora sonreían satisfechos, acompañados en la mesa por Elvira, Bruno y Tasio, los dos amigos inseparables. ROSMINA y VENANCIO, los dos contrayentes, quisieron dar la nota, pues se presentaron en el convite despojados de los trajes nupciales, cambiados por sendos atuendos senderistas, entre las risas y aplausos del “respetable” y las miradas en todo momento comprensivas de Celestino y Margara sus padres y padrinos de boda. “Papá, yo quiero ser confitero, como tú” “Y yo también, don Helenio”. Al buen confitero se le saltaron las lagrimas cuando su hijo y ese medio hermano/amigo llamado Tasio manifestaron su deseo de aprender en el obrador de la confitería. 

Volviendo al principio: ¿Hemos visto algún profesional de la confitería que deje de hablar con amor e ilusión de sus dulces? En absoluto. Un confitero, por naturaleza, siempre mostrará su satisfacción por la artesana y suculenta labor que realiza, difundiendo esa alegría que al mundo parece faltarle. -

 

 

                                      José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 18 septiembre 2026          

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viernes, 4 de septiembre de 2026

UN LIBRO CON REGALO

Las técnicas de marketing para atraer al cliente se van renovando de continuo. Se “juega” siempre con la psicología del interés. Este verano, con la amplia oferta de libros de bolsillo (ediciones más económicas) hemos visto que muchos de los títulos traían adjunto un pequeño regalo, para incentivar o agradecer su compra. Entre esos “detalles” de la editorial había pequeños bolsitos, alegremente diseñados, para transportar el ejemplar u otra pertenencia, señaladores muy originales, mantenedores térmicos para los vasos o latas de refrescos, un segundo libro de coste gratuito, etc. Pero ahora, vayamos a nuestro relato de esta semana desde esta necesaria introducción. 

Se llamaba DAMIÁN Zalea del Moral. Había cumplido los 67 y hacía dos años que se había jubilado como conductor de autobuses de viajeros en la empresa ALSA. Este empleado responsable acumulaba una vida laboral de casi 40 años, cumpliendo servicios diarios en diferentes trayectos de la geografía andaluza, aunque mayoritariamente hacía la línea Málaga-Granada y viceversa. Le agradaba este trayecto, en los últimos años de conductor, porque, aunque malagueño, su única hija ESTRELLAtrabajaba como profesora en el Instituto Giménez de Quesada, ubicado en la localidad de Santa Fe de los RR CC, a unos 12 km. de la bella capital nazarí. Cuando llegaba a su destino, se dirigía al piso que tenía alquilado su hija y preparaba algo de almuerzo para cuando ella volviera del instituto, en su Citröen C3, de “segunda mano”, pero en muy buenas condiciones. Su antiguo propietario era un compañero de Historia de la Filosofía que se había encaprichado con un Alfa Romeo, vendiéndoselo a buen precio y con no muchos km. Después de descansar, tras la comida, Damián realizaba el trayecto de vuelta a Málaga, a partir de las 17:30. Con frecuencia, le gustaba llevar a su “niña” algún detallito que compraba en la parada que realizaba el autobús en el Área de Servicio de los ABADES. También mezclaba este trayecto con viajes a Sevilla o a Córdoba, como establecía la empresa.

Pero como a todos los trabajadores, a Dami (como le llamaban familiarmente) también le llegó el día de su jubilación, que para él fue escasamente “jubilosa”. Efectivamente, ahora tenía todo el tiempo del día para hacer lo que quisiera, porque su esposa FRASCA llevaba perfectamente las necesidades del hogar. Era mujer muy religiosa y como su esposo viajaba a diario ella tenía su misa, sus novenas o triduos, y sus horas de confesionario con el Padre SIMEÓN, del que recibía esa terapia espiritual y mental que tanto le vitalizaba. Estrella había crecido y Damián viajaba. Así que ir a la iglesia era una razonable opción. 

Su antigüedad en la empresa de transporte de viajeros y la generosidad de carácter que siempre mostraba favoreció que sus compañeros le organizaran una comida de despedida, en el mesón La Liebre del Puerto de la Torre, con baile y pasodobles incluidos. La dirección de la empresa le regaló un ordenador portátil, para que se entretuviera durante los días y las horas en esta nueva etapa de su vida. Su señora recibió un vistoso ramo de flores. 

Al día siguiente, cuando se levantó a la hora habitual y “mental” de las 6:30, se quedó unos segundos mirando a Frasca que aún dormía abrazando a la almohada y después se puso ante el espejo del baño, pensando con humildad eso de “¡Cómo hemos envejecidos!” La primera decisión que tomó fue la de llamar a Estrella, diciéndole que le regalaba el MAC que recibió en el homenaje de despedida. “Has con él lo que quieras, que tú de informática sabes mucho. Yo desde luego no quiero encerrarme en casa, ya que estoy acostumbrado a que me dé el aire cada día”.

Damián tuvo la suerte de gozar, en esta etapa de su vida, la buena amistad que siempre había mantenido con BIBIANO Cabrales, mecánico de la E.M.T. en las cocheras de los Prados. Era dos años mayor que él y ambos iban a compartir la “soledad” del tiempo libre de que disponían. “¡Tantos años de duro trabajo y ahora no tenemos claro qué hacer con la mayor parte de las horas del día!”. Desde su domicilio en la barriada de Carranque, tomaba el bus 14 para bajarse en el Parque, en donde estaban citados los dos amigos, pues Bibiano llegaba en el 11, desde la barriada de El Palo donde vivía. Tras el saludo mañanero, echaban un buen rato de paseo, trazando diversos itinerarios, aunque preferían volver a la la hermosa zona vegetal del gran parque malagueño, en la que encontraban numerosos asientos con buena sombra debido a la altura del arbolado. El puerto cercano les enviaba esa esa fresca brisa marítima, con aroma salubre y a ilusionada aventura.  Bibiano fumaba, pero conociendo que Damián no lo hacía y que le molestaba el humo del tabaco, pronto sacaba su bolsa de los caramelos de regaliz que le compensaban la carencia del pitillo. Les gustaba, después de caminar muchos metros, sentarse y ver de pasar a la gente, comentando entre ellos algunas características simpáticas o curiosas de los paseantes: tipo de ropa o zapatos, forma de caminar, el buen o regular parecido de sus rostros, el tema de los tatuajes por distintas zonas del cuerpo, etc. Pronto surgía alguna anécdota o historia relativa a sus antiguos trabajos de mecánica y conducción, que les distraía narrar y escuchar. Cuando llegaban las campanadas de las 12, buscaban algún bar cercano para disfrutar de una fresca y espumosa cerveza, con la tapa que el etablecimiento tuviera a bien regalar. 

Damián solía sacar de su bandolera marroquí una cajita con las 28 piezas del dominó. Jugaban hasta cinco partidas y el que ganaba se beneficiaba de que su contrincante pagase las dos consumiciones. Y así hasta las 14 horas, en que se despedían, con ese ¡hasta mañana, amigo, que nos veamos otra vez! Algunos martes se citaban para ir al cine, con la entrada económica de jubilados. La elección de las películas era motivo de broma y chanza, jugándose la opción no pocas veces a los “chinos”. Bibiano tenía cuatro nietos de sus tres hijas, por lo que muchas tardes ejercía de abuelo cariñoso, mientras que Damián leía o acompañaba a Frasca al centro comercial. 

Una de esas mañanas fraternales, se sintieron fuertes para subir a los jardines de Puerta Oscura, en la zona sur de las estribaciones del Castillo y la Alcazaba. Llegaron al tradicional puesto de piedra con asientos, lugar en el que muchos lectores dejaban e intercambiaban libros que habían leído, a fin de que otros amantes de la lectura pudiesen disfrutarlos. A Damián le gustaban las biografías de personalidades ilustres, también las revistas temáticas, pero no “del corazón”, mientras que Bibiano era un gran aficionado de las novelas cortas. Se llevaron un par de libros, prometiéndose que a la semana siguiente los devolverían y añadirían alguno que tuvieran por casa. 

Efectivamente, el viernes siguiente subieron otra vez a Puerta Oscura, buscando nuevas lecturas para el fin de semana. Alguien había dejado en los estantes de piedra unas cuantas novelas de MARCIAL LAFUENTE ESTEFANÍA, Toledo 1903, Madrid 1984, máximo representante de novelas de bolsillo del género western, con unas cien páginas cada una. Escribió más de 3000 novelas del Oeste a lo largo de su carrera y tenía un público muy fiel. Bibiano ojeaba una de estas novelas, concretamente LA SOBRINA INDIA, cuando para su sorpresa encontró CUATRO BILLETES DE 50 EUROS en su interior, a modo de “separadores”.  Un tanto nervioso y emocionado, se lo comentó de inmediato a su amigo, el cual ojeaba unos tebeos de Hazañas Bélicas. 

“¡Y qué podemos hacer con este lucrativo hallazgo? No sabemos quién ha podido tener este libro antes de que lo hayas abierto y la causa de haber introducido en él 200 euros. Si lo dejamos aquí otro lector se encontrará con los cuatro billetes y probablemente se los quedará. SI lo llevamos a la policía local, se van a hartar de reír, porque llevar a la oficina de objetos perdidos municipal, en el Pasaje de la Trini de calle la Victoria, sería algo insólito como para publicarlo en la prensa. Creo que lo más sensato es que nos llevemos los cuatro billetes y ya tenemos para hacer varias merendolas con nuestras mujeres, en algún buen chiringuito de Pedregalejo o el Palo. Yo llevo a la Frasca y tú te traes a la Felisa. Verás que bien lo vamos a pasar. Invita don Marcial Lafuente Estefanía.”. 

Y allí dejaron a la Sobrina India, sin sus doscientos euros y se marcharon tan contentos a casa para contárselo a sus cónyuges. El sábado concretaron el lugar del primer almuerzo que iban a celebrar con el dinero que habían “encontrado”. Bibiano propuso el lugar de encuentro, ya que residía en la barriada “paleña”. Conocía al dueño del establecimiento, ROMUALDO “el chato”, que casi siempre estaba de bromas. “Conozco un chiringuito cuyos precios son interesantes y que además ponen un pescado fresco que ellos mismo pescan por las noches en sus traíñas. Se llama EL ROMPEOLAS”. Reservaron mesa para cuatro, Damián y Bibiano con sus respectivas señoras, muy bien arregladas. El menú era verdaderamente apetecible: 4 espetos de frescas sardinitas asadas, que supieron a gloria. Una cazuela familiar de arroz con mariscos variados, especialidad de la casa. Dos grandes jarras de cerveza bien fresquita, para disfrutar en un día caluroso de julio. Aún se animaron con el postre:  generosas tajadas de sandía, con 4 cafés con leche para digerir el suculento almuerzo. Romualdo los invitó a cuatro chupitos, que los dejó “felizmente” mareados.

Después de una plácida sobremesa, Bibiano le dijo a su amigo Romualdo que le trajera “la dolorosa”. 77 euros y “la voluntá”. Muy ufano, el antiguo mecánico dijo “Paga don Marcia Lafuente, que en gloria esté” poniendo en la bandejita dos billetes de 50 euros. “Cobra 85”. Se agradece señores. Bibiano, eres todo un “marqués”. También la compaña. Da gusto tener clientes tan espléndidos y “lustrados”. Aquí tenéis vuestra casa. Consideradnos como de la familia”. 

Pasaron los minutos y Romualdo no traía la vuelta. Pero había que disimular, pues eran tratado como unos señores con exquisita educación. Pensaban que podrían repetir, con los euros de don Marcial, el domingo próximo. Por fin, tras unos 10 minutos de espera, apareció el “Chato” con el rostro muy pícaro. 

“Ay, Ay, Bibiano, eres un mecánico cachondo, so pillín. Siempre tienes una broma para alegrar nuestros encuentros. Reconozco que los dos billetes son perfectos, pero por “atrás” tienen escrito, en letra pequeña COMPRE MERMELADA LA JUANA50 céntimos descuento presentando este billete”, así que ráscate el bolsillo, no te digo la bragueta, y saca otros dos billetes que no sean de la Juana”. 

Después de aquel bochorno, que jamás olvidaron, el conductor y el mecánico no volvieron a subir en sus paseos matinales al puesto de lectura de Puerta Oscura, en las estribaciones la colina de Gibralfaro. –

 

 

 

 

 

                     José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

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viernes, 28 de agosto de 2026

HERMANOS GEMELOS

Los designios de la naturaleza, aliada con un destino siempre “travieso”, suele regalarnos abundantes y curiosas realidades en nuestro devenir por la vida. Una de ellas, singularmente importante, corresponde a las leyes de la genética. Es el nacimiento de dos seres idénticos físicamente, popularmente llamados GEMELOS, en el mismo parto. La alegría inicial de los padres afortunados es manifiesta. “Hemos tenido no un niño, sino dos”. En su desarrollo vital estos recién nacidos no serán parecidos, sino iguales, siempre en su apariencia física. A estos hermanos gemelos, tan idénticos, sus padres los vestirán normalmente de la misma forma, lógicamente durante su infancia. Ya en su juventud y madurez no mantendrán la misma indumentaria. Otra característica de los hermanos gemelos es que les apetecerá estar juntos, especialmente cuando son pequeños. Pero a la igualdad física no se le añadirá la similitud de mentalidad o carácter. En este peculiar contexto se inserta el relato de esta semana. 

La familia Corrales-Berlanga está formada por don AVELINO, magistrado juez de la audiencia malagueña y doña CASIANA, maestra infantil en un grupo escolar público de la misma ciudad. Este matrimonio tuvo severas dificultades para concebir descendencia durante años, por lo que decidieron, de común acuerdo, acudir a una clínica privada de fertilización genética. Siguiendo fielmente las normas establecidas por los especialistas en el tratamiento, Casiana tuvo la muy feliz noticia de quedar embarazada. En poco tiempo los médicos anunciaron a los venturosos padres que iban a ser papá y mamá no de un hijo sino de dos. Así nacieron RAÚL y NICOLÁS, aportando la natural alegría a un matrimonio que había sufrido la carencia paternal y maternal. 

Estos hermanos gemelos “idénticos” en lo físico, fueron creciendo y paulatinamente se fueron diferenciando en su carácter. A muchos padres les cuesta entenderlo. Igualdad también en la educación familiar y escolar, pero la forma de ser diferente, entre uno y otro, era perceptible sin gran esfuerzo. 

Raúl mostraba ser un chico muy activo, deportivo, intrépido e impulsivo, líder entre sus compañeros y amigos, que manifestaba su deseo de llegar a ser como actor el rey de las pantallas. Le gustaba la “fama” y el glamour, pues su afición al cine y a las pantallas era muy intensa. El rendimiento escolar, era normal tirando abajo. 

Nicolás era más pasivo, tranquilo reflexivo. Añadía a sus horas de estudio una especial intuición para comprender la cuestiones y problemas de toda naturaleza, No le preocupaba ser eclipsado por la “popularidad” de su hermano, entre los amigos y compañeros. Como había nacido en un hogar repleto de libros, su nivel de lectura era bastante prometedor y cuando se le preguntaba expresaba el deseo de llegar a ser, en su día, un buen e incluso famoso escritor. 

Ambos hermanos estudian en un Instituto público de Educación Secundaria, por decisión de Casiana que desea que sus hijos se formen en la enseñanza pública, a la que ella pertenece. Las instituciones educativas privada, laicas o confesionales, considera que no son las más adecuadas para el tipo de ciudadanos que Raúl y Nicolás puedan llegar a ser. Desde su ingreso en el instituto, el equipo orientador decidió separar a los dos hermanos, que hasta el momento habían estado juntos en el régimen escolar.  

Los años iban pasando y ya los vemos cursando 1º de bachillerato. Una noche Nico estaba en su cuarto leyendo un libro de relatos cortos, que había conseguido por Internet a buen precio. Le agradaba disfrutar de esas pequeñas historias que te van enseñando cómo se van comportando las personas en su microcosmos existencial, tratando de encontrar valores que enriquecen la personalidad. Se abrió la puerta sin llamar, como en Raúl era habitual, apareciendo su hermano con rostro entristecido y pensativo. El enfado era patente, sentándose en la cama sin pronunciar palabra alguna.

“Si me cuentas lo que te ocurre, te puedo echar un cable. Pero me tendrás que invitar a una merienda (risas). ¿Te ha pasado algo con tu musa, la dulce GEMA? “Pues que me ha dado “calabazas”. A mí me gusta mucho esta niña. La agilidad de su cuerpo, lo tranquila y divertida que parece en su carácter, con esa sonrisa divina que casi siempre tiene para casi con todos. Durante los dos últimos sábados conseguí que aceptara mi invitación al cine. Pero esta tarde me ha hablado claro. Me ha llegado a decir que mi forma de ser no coordina bien con el suyo. Que físicamente no le desagrado, pero que prefiere con otra persona que ser acomode más a su forma de ser. Y me ha soltado un bombazo que no me esperaba. Resulta que te prefiere a ti, porque tu carácter coordina mejor con el suyo. Y con el cambio mantendría el físico, pues somos iguales”. 

Nico a duras penas podía contener la risa. “Yo he hablado un par de veces con ella y sólo hola y adiós. No es que me desagrade, me parece una buena chica, pero yo no estoy por ahora con el celo noviero. Me quiero dedicar a mis cosas. Me estoy formando para ser un gran escritor. Tiempo habrá. “No pretenderás que vaya a hablar con ella y haga de casamentero para que te de una nueva oportunidad ¡Vaya par de gansos!” “Pero tú, que tienes mucha facilidad de palabra, le puedes decir que al igual que somos iguales en lo físico, también lo somos en la forma de pensar y actuar”. “No me lo puedo creer, te han dado calabazas y ahora quieres que yo arregle el entuerto”. “Pero yo me fio de ti, para que intercedas por mí”. 

Después de pensarlo unos segundos, el bueno de Nicolás, esforzándose, puso la mano encima de Raúl y le dijo “Hermano, veré lo que puedo hacer. Pero después te pasaré la factura (risas) “Eres un artista, Nico, yo sé que siempre puedo confiar en ti”. 

La merienda de Nico con Gema se celebró unos días después, en el atardecer de una heladería junto al mar, Puerto de Málaga. La chica estaba emocionada y un tanto avergonzada de tener junto a ella el físico de Raúl, pero el carácter de su hermano gemelo (las bromas de sus amigos los llamaban “los iguales”). 

“Yo estoy por ti, Nico, desde hace tiempo. Pero me daba vergüenza decírtelo”. “Yo te lo agradezco Gema, pero en estos momentos no quiero meterme en parejas. Quiero vivir sin condicionantes. Sabes que mi intención es dedicarme a las letras. Te puedo hacer una poesía, si eso te conforma, (risas). Pero tú has nacido para Raúl y él te necesita” “Es que es una cabeza loca” “Mejor, así tendrás una vida más divertida y emocionante” “Mira Nico, si has venido aquí de Brígido ye digo que se te darán muy bien los escritos, pero no te va el oficio de casamentero. Sabes lo que te digo, que después de escucharte ya no te quiero de pareja. Y me voy a pedir una copa de tres bolas de helado con chocolate. Espero que seas un caballero” “¿Para qué?” Para invitarme y pagar la cuenta”. 

El almanaque “no se casa con nadie”. Siguió su avance irrenunciable, con primaveras, veranos, otoños e inviernos, en ciclos sin fin. Raúl al fin convenció a Gema para que fueran pareja. Al finalizar el bachillerato decidió no entrar en la senda universitaria. Se centró en módulos profesionales de aprendizaje escénico. Don Avelino, conociendo la actitud vocacional de su hijo por el cine y el teatro, se avino a costearle una estancia en la capital madrileña, para que se matriculara en la escuela de interpretación de la afamada Cristina Rota (La Plata, Argentina, 1945), para que realizase seminarios intensivos de iniciación escénica. Su interés por el mundo interpretativo y la buena preparación técnica que recibió en la academia de Cristina le fue abriendo puertas en teatros para actuar como figurante y pronto también en los platós cinematográficos. De su unión con Gema (técnico de organización de actividades culturales y espectáculos municipales) nació una preciosa niña, Celeste, que se convirtió en el tesoro humano de toda la familia.

No nos hemos olvidado de Nico, desde aquella difícil y cómica tarde en la heladería portuaria. Optó por cursar, tras realizar los exámenes de Selectividad, Filología Hispánica y a continuación Psicología (consideraba que era necesario conocer bien el comportamiento psicológico de las personas, para sustentar mejor la credibilidad de los personajes que aparecían en sus escritos. Don Avelino le consiguió un puesto de colaborador en un periódico digital, también en Madrid (sus padres deseaban que los dos hermanos no estuvieran muy alejados el uno del otros. Confiaban más en el sentido común de Nico). Publicó, tras una elaboración de dos años, su primera obra escrita titulada Historia de una familia, cuya tirada se vendió bien. La editorial le ha prometido una reedición. Por influencia de Raúl también probó el campo creativo de los guiones cinematográficos. 


No puede finalizar este relato sin que el autor comente una experiencia que vinculo a estos dos hermanos tan iguales en su físico y diferentes en su carácter. Convertido en un atractivo y buen actor de cine, RAUL CAMPAL (segundo apellido de su madre, doña Casiana) realizaba su primera interpretación protagonista en una película de Mediaset (en colaboración con Netflix) Cuando quedaba una semana para finalizar el rodaje, Raúl, siempre caprichoso, quiso pasar un fin de semana esquiando en Navacerrada, deporte en el que no era especialmente diestro. Se presentó un domingo tormentoso, pero el actor y unos amigos se animaron a salir a la pista con una fuerte nevada. Raúl en un viraje peligroso, saltó por los aires. Los servicios de salvamento lo trasladaron a una clínica madrileña. Numerosas fracturas y severas contusiones que exigían un reposo absoluto de varias semanas, tras pasar por el quirófano. La productora “echaba chispas” pensando en demandar al imprudente actor, pues quedaba una semana de rodaje en donde Raúl intervenía durante muchos minutos. Alguien comentó acerca de su hermano gemelo. La maquinaria de emergencia se puso en marcha para localizar a Nicolás. Al fin lo convencieron, ante la disyuntiva de presentar una fuerte demanda económica contra su hermano. Nico entendió que además de ayudar a Raúl, era una interesante experiencia vital. Sometido a un entrenamiento de urgencia, lo prepararon para que suplantara al protagonista de la película. Nadie se enteró de que en cuatro importantes escenas Raúl Campal no actuaba, sino que lo hacía, bastante bien, por cierto, su hermano Nico. Una simpática oportunidad y beneficio de ser hermanos gemelos. - 

 

 

 

 

 

 

                José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 28 agosto 2026     

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viernes, 21 de agosto de 2026

AÑOS ILUSIONADOS DE JUVENTUD

En todos los colectivos sociales unos integrantes destacan sobre los demás, debido a sus características positivas de sociabilidad, simpatía, iniciativa y generosidad. También influye su capacidad intelectual y los elementos estéticos que la naturaleza le ha concedido. Obviamente, también puede una persona significarse por sus no valores o formas negativas de ser: timidez, egocentrismo, falsedad, ambición, hiper protagonismo y ausencia absoluta de belleza. No olvidamos tampoco aquella frase, curiosa y definitoria, que decía, más o menos, “intenta que hablen de ti, aunque sea para mal”. Sin embargo, hay quienes desean pasar desapercibidos por las razones que sean. 

Nuestra historia se localiza en un colectivo de estudiantes universitarios. Facultad de Filosofía y Letras, curso 1º de Filología Hispánica. La edad dinámicamente desbordante, hiper activa y vitalista de los 18/19 años, que abre las puertas a la “maravillosa” y prometedora etapa de la juventud, estimula los comportamientos relacionales dentro y fuera del aula.  En un grupo de más de sesenta matriculados, comienza a significarse un joven estudiante bien parecido y de modales muy educados, hijo de médico neurólogo y escritora vinculada a una editorial. Siempre abierto y receptivo hacia sus compañeros, éstos aprecian en SANTI Lasarte Auriol su proverbial vitalidad, inteligencia, sentido del humor y el trato amable con todos los que comparte las vivencias diarias del aula. Tiene una hermana, Susana, que estudia segundo curso en la Facultad de Medicina. 

En estas esperanzadoras edades abiertas a la juventud, tradicionalmente los alumnos “iban detrás” de las mejores compañeras, a fin de merecer sus favores. No precisamente en el estudio (aunque también se valoraba este factor) sino sobre todo en su imagen física y psíquica. Y entre esas compañeras de privilegio, unos y otros competían para “ligar” con ellas, estableciéndose verdaderas operaciones de acercamiento que abrieran las puertas a la intimidad afectiva. Aquellas alumnas más agraciadas y atractivas llevaban su corte de “mansos” compañeros que aspiraban a una mirada, una atención, una sonrisa o alguna respuesta o palabras hiper valoradas que sembraran la ilusión en aquellos que soñaban con la “compa” noche tras noche. Pero estas jóvenes, aduladas y ensalzadas por esa masa borreguil que las seguía, iban dando “calabazas” a muchos de esos “moscones” que revoloteaban alrededor de la dulce flor. Algunos compañeros frustrados ante esa idealización “imposible” entraban en depresión, descontento y ansiedad. Los fracasos se digerían bastante mal, como niños pequeños que no consiguen el juguete que tanto les obsesiona. 

Al paso de los años, por fortuna, el sentido igualitario de los sexos ha posibilitado que ahora también las alumnas pongan sus ojos en algún compañero prometedor. En este caso, Santi Lasarte era un objetivo especialmente atractivo para tenerlo como algo más de un simple compañero, amigo o más que amigo. Pero Santi, sintiéndose halagado y cortejado, sabía cómo “torear” bien los embistes y propuestas de sus traviesas y alegres compañeras. Muchas de ellas cuidaban sobremanera el acercamiento a este apuesto joven, de buena familia, cautivador en sus modales, esforzado estudiante que llegaba al campus universitario montando su bicicleta, con la sonrisa en su rostro. El listado de compas que intentaron seducirlo era cómicamente alargado: Ansu, Belinda, Mª Cruz, Ignacia, Ketty, Isabel, Jessica… A pesar de ímprobos esfuerzos, ninguna de ellas conseguía el rédito anhelado a sus intentos: “ennoviar” al mito de moda, en 1º de Filología. 

Pero como todos los ídolos, la base de su pedestal no era totalmente de mármol almeriense de Carrara. Un aciago día, pedaleando camino del campus tuvo un descuido de concentración, tal vez motivado por una intensa noche de estudio ante unas próximas pruebas, examen un tanto descuidado ante la completa agenda social que el ínclito Santi desarrollaba.  Al entrar en un carril bici, no reparó en el bordillo protector de goma endurecida, dándose un gran “batacazo” contra el cemento, derrumbando al tiempo a un limpiador de Limasa que realizaba su trabajo de aseo viario. La bicicleta quedó en estado de siniestro total, dada la proximidad de un ficus cunetero. Operario municipal y joven ciclista acabaron en el Hospital clínico universitario, situado no lejos del lugar. La mayor lesión fue sufrida por Santi: fractura de cúbito y también del peroné y conmoción cerebral de la que se recuperó en horas. Tras unos días en el hospital, tuvo que desarrollar la convalecencia en casa, durante tres semanas. 

La desagradable noticia impactó entre sus compañeros de clase. Había estado a punto de “matarse”. Por fortuna su juventud le permitió afrontar bien el siniestro. Durante sus largas horas en casa, algo misterioso sucedió. Cada tarde llegaba a su correo electrónico los apuntes tomados durante la mañana, acompañados de unas líneas de ánimo por parte de una compañera llamada ALICIA. ¿? No lograba localizar quién era esta generosa compañera, entre los 65 alumnos que conformaban el grupo. Siempre hay nombres y caras, menos populares que se nos escapan en la concreción. 

Un tanto sorprendido y emocionado de que una compañera a la sin duda poco o nada había tratado, se esforzara en enviarle los materiales del día, acompañados de palabras animosas que siempre sientan bien, respondió de inmediato, valorando el compañerismo y la amistad que Alicia le mostraba. Se disculpaba de que entre tantos alumnos en el grupo no la recordara. Incluso le rogó una foto, pues deseaba conocer quién era la buena samaritana. 

Alicia Cáceres era una joven que lucía una melena morena recogida con algún lazo simpático en su cromatismo. Ojos claros azules, delgada de cuerpo y un rostro “angelical”. Una joven preciosa, hija única de padres humildes, cuyo mejor patrimonio era esa buena hija que el destino les había concedido. Sus padres, fontanero de profesión y cuidado de la casa respectivamente, se habían esforzado con denuedo para que su Ali llegara a ser universitaria. Como a la chica le gustaba mucho escribir, esperaban que llegara a ser una afamada novelista

Santi la invitó a su domicilio para merendar y así conocerla con mayor detalle. La chica, a pesar de su timidez, hizo un esfuerzo y se presentó un sábado por la tarde en el piso de la familia Lasarte Auriol. Cuando estuvo delante de su compañero, éste la reconoció de inmediato. Era esa compañera, muy estudiosa y con muy poco protagonismo en clase, que se sentaba en un lateral de la tercera fila del gran aulario. La amistad entre los dos jóvenes floreció desde ese primer reencuentro que tuvieron, en el espléndido domicilio del doctor. 

Cuando el “endiosado” alumno de reincorporó a las aulas de nuevo se vio rodeado de ansiosas jovencitas, que un tanto “embobadas” buscaban con ahínco ese detalle de amistad por el que tanto luchaban. Alicia quedó un poco decepcionada cuando sólo mostró una breve cortesía con ella. Sin embargo, el viernes por la tarde, Ali recibió una llamada de Santi. El corazón le dio un vuelco.  La invitaba al cine y a tomar algo de cena, en la tarde noche del día siguiente. El joven deseaba agradecerle la dedicación que había tenido con él durante su accidente, durante su ausencia en el aula. Consideraba en su conciencia que Alicia lo merecía y era lo menos que podía ofrecerle. Sin embargo, Ali se ilusionó en demasía. No se lo podía creer. Que el mítico Santi, objetivo de tantas compañeras decidiera dedicarle esa tarde, era algo muy fuerte que la alteró en su habitual equilibrio. ¡Cuando las “compas” lo sepan se van a poner a rabiar de envidia! Ella, que tenía la imagen de chica modesta y empollona. Buscó sus mejores galas para ese día tan especial. Pasaron juntos una bonita tarde, cine Albéniz, pizzería la Romántica, en la que se divirtieron y hablaron, conociéndose un poco más, especialmente por parte de ella, ya que Santi era muy inteligente y cauto con su privacidad. Fue muy caballero, todo el gasto lo repercutió en su tarjeta Visa. 

Durante la semana todo transcurrió con normalidad. Las obligaciones de estudio, ante los próximos exámenes condicionaron cualquier otro comportamiento relacional. El sábado siguiente, fue Alicia quien se puso en contacto con Santi, a fin de proponerle una saludable y simpática excursión para el domingo, por el entorno de los Montes de Málaga. Ella prepararía los bocadillos y la fruta para el almuerzo. Pero la respuesta de su compañero fue agradecer la iniciativa, explicándole que iba a viajar con sus padres a Granada, para visitar a tía Clara que se encontraba enferma. “¿Podría ser la semana que viene?” “Ya buscaremos otro hueco, Alicia, para hacer un paseo rural”.

No es inteligente que una mujer “insista” ante un hombre que no está por “la labor”. Lo mismo habría que decirle a un hombre en esos intentos relacionales, cuando se pasan de frenada. Él deseaba en este momento de su juventud integrarse en actividades grupales y sentirse “halagado” por unas y otras compañeras. Alicia se entristecía, porque se había hecho ilusiones sin un fundamento claro para su difícil objetivo. En la fiesta final de curso, ambos jóvenes coincidieron en algunos momentos, pero Santi trató de “controlar” y equilibrar el trato con el resto de las compañeras y amigos. Su whatsapp se iba llenando, con inadecuada frecuencia, de mensajes de Alicia, con pretextos y motivos nimios y banales, como informaciones, fotos, reenvíos, etc. El autocontrol de la joven estaba lamentablemente fallando. 

Una tarde de julio el corazón de Alicia gozó de un impacto anímico. Se entusiasmó ante una llamada inesperada de Santi, indicándole que deseaba hablar con ella. La invitaba a merendar. La recogería a las siete, en su Peugeot 206, de segunda o tercera mano, regalo de sus padres, por sus buenas calificaciones. Él vestía, dada la temperatura estacional, de manera deportiva, mientras que la chica se había “ataviado” con sus mejores galas, todo lo rápido que pudo. Ahora era el momento de regalarle ese libro muy famoso del escritor David Uclés (que ya había superado las treinta ediciones, hecho excepcional en el mundo editorial) que le había comprado hacía unos días. Santi celebraba su onomástica al día siguiente.

¿Qué podía esperar de esta cita, tan esperada en el sufrimiento afectivo, durante las últimas semanas? Todo o nada … Las recogió en su domicilio de calle Cristo de la Epidemia, y se dirigieron al Parador Nacional de Gibralfaro, por sus espléndidas vistas de la ciudad y la bahía. Pidieron té con canela y jengibre y unas pastas heladas. “Este es un detallito por tu santo. LA PENÍNSULA DE LAS CASAS VACÍAS.  Pienso que te va a gustar, pues ya me has comentado que te agrada mucho la buena lectura”. “Me han hablado mucho y bien de él. Lo leeré con gran interés. No tenías que haberte molestado, pero te lo agradezco mucho”.

“Bueno, Alicia. He querido pasar esta tarde, previa a mi santoral, con una maravillosa compañera, que luce un corazón lleno de generosidad y amistad. Evidentemente, tú no eres como las demás. Algún día publicarás novelas muy bien escritas y serás famosa en el mundo editorial. (Risas). Eres una gran amiga, pero yo no quiero hacerte sufrir. Eres la mujer que hará feliz a un buen hombre. Tienes grandes valores, que son dignos de admirar. Pero yo no puedo luchar por ti. Como amigo, todo lo que quieras y mereces. Pero no más. (Clímax de silencio inacabable). ¿Pero no te gusto, Santi? No es ese el problema. Cualquier hombre estaría flipando por estar cerca de ti. Ali, todas las personas tenemos secretos, más o menos importantes, que necesitamos guardar celosamente en nuestra privacidad. Cuando tenía doce o trece años, comencé a dudar de mí mismo por unos impulsos y reacciones que no lograba entender. Hablé con mis padres, personas muy cualificadas, que me llevaron a especialistas de gran entidad. Recibí mucha y especializada ayuda para que me aceptara como soy. Mi sexualidad es complicada. Quiero decir mi bisexualidad. No sé cómo ni por qué. Tengo don de gentes ¿verdad? Es la armadura que me permite generar sonrisas e imágenes, que agradan y magnetizan a unos y otros. Esa teatralidad me divierte. Ahora lo que pretendo es aprovechar mis estudios y, en lo posible, pasármelo bien. Le he prometido a mi madre que seré un buen creador literario. Ella entiende mucho de esta faceta cultural. Ahora ya conoces mi situación. A ti no quiero ni debo engañar. Te admiro y aprecio mucho. De ahí mi sinceridad”. “No sé si podremos continuar como amigos. Me agradaría y mucho. Te ruego discreción, por lo que te confiado”. 

Alicia perdió su capacidad expresiva. Se sentía mareada, aturdida, desconcertada, con un sentimiento de orfandad. Centró su húmeda mirada en la taza de té, semivacía, que los minutos habían enfriado. Sus sentimientos también lo estaban. Santi la acompañó hasta su domicilio y respetó su silencio. Se despidieron con un beso, sin el soporte cálido de las palabras-

 

 

AÑOS ILUSIONADOS DE 

JUVENTUD

 

 

 

               José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 21 agosto 2026     

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viernes, 14 de agosto de 2026

HERMOSOS LATIDOS QUE FORMAN PARTE DE NUESTRAS VIDAS

Hay personas en el entorno inmediato que al paso de los años las consideramos felizmente integradas con plenitud en nuestro microcosmos diario. Incluso hay ocasiones en que muchos de estos conocidos, vecinos y amigos están más próximos a nuestra intimidad, que algunos familiares a los que vemos de tarde en tarde o de tiempo en tiempo. Son seres muy cercanos y valiosos, en este mundo presidido por crueldades inexplicadas, que van recorriendo con humildad y paciencia el camino existencial que se nos haya concedido. Cuando “desaparecen” de nuestra visión cotidiana, nos sentimos preocupados y más huérfanos, pues su presencia nos falta para nuestra inseguridad o necesidad, para la ansiada tranquilidad y el inexcusable sosiego. 

Al gran protagonista de nuestra historia, SAMUEL Albarilla Garcerán, cuando se le pregunta por su edad, con pícara sonrisa responde: “No me acuerdo, pero muchos más de los que tu supones. 80, o tal vez más…”. Cada día, incluso festivos, soleados o regados por las nubes, acude a la plaza del pueblo en el que siempre ha vivido: Villanueva del Jándula, bella localidad ornada de olivos, que alcanza los mil cuatrocientos habitantes empadronados. En esta plaza principal, en donde se halla ubicado el Ayuntamiento, la iglesia de San Pedro y San Pablo y la muy importante tienda/panadería LA ALONDRA, se sienta para descansar en el templete o pérgola de la música, ocupando uno de los cuatro bancos de madera y metal, desde los que se divisa el rico entorno natural de hectáreas de olivos que sustenta la economía de la zona. 

Samuel es un buen y querido convecino, en opinión mayoritaria del pueblo. Se encargó, durante décadas, de una tienda /panadería en la que se amasaba el pan y se cocía en horno de cerámica, con el fuego y brazas de leña. Tres o cuatro veces al mes tomaba su gran carro, tirado por una fuerte yegua que él llamaba MARIPEPA(en honor de su inolvidable y querida madre) dirigiéndose a la capital provincial para comprar mercancías en la cooperativa de consumos, que después vendería en su popular tienda. Persona muy caritativa y humanitaria, nunca salía de su tienda un vecino necesitado del pueblo con las manos vacías, tuviera más o menos dinero. Su mujer GENARA de la Cruz le ayudaba llevando su modesta casa autoconstruida y también “despechaba” en la tienda, junto a un joven mozo al que consideraban como a un hijo, que la naturaleza y la “cigüeña” no les dio. MARCELINO Cabañas había sido concebido por una muy modesta madre cuya pareja la abandonó al poco de nacer el pequeño. El chico, al paso de los años, siempre consideró a Samuel y Genara como unos padres que le deparaban cariño y educación.

El veterano tendero probablemente se jubiló con los setenta años muy avanzados. Marcelino, su ayudante de siempre, se quedó con el negocio, por decisión generosa de su mentor. Y desde aquel día cada mañana, tras el desayuno que le preparaba Genara, acude a la Gran Plaza del Ayuntamiento, ocupando uno de los asientos de la glorieta, observando pacientemente a lo lejos un gran espacio de lomas, donde crecen los olivos. Cualquier convecino que pasa por el lugar recibe el saludo fraternal y respetuoso de Samu (como la mayoría lo llama) que sólo se levanta de su asiento cuando el paseante es don GREGORIO, el veterano y cariñoso cura de la localidad, en señal de respeto. Lo que más le satisface es que le acompañe un vecino del pueblo, con el que pueda intercambiar las palabras en una sencilla conversación, sintiendo esa afectiva compañía muy necesaria para el paso de los minutos y las horas, al igual que ayer y quizás mañana, compensando esos sumisos silencios ante la vida que pasa con rapidez. No pocos lugareños, mayores y algunos más jóvenes, cuando tienen alguna pregunta, cuestión personal o problema, se acercan al asiento de Samu el “panadero” a fin de pedirle consejo o también para desahogarse de sus tribulaciones, teniendo a quien los escuche. 

Como todo municipio, Villanueva del Jándula tiene un ayuntamiento formado, en este caso, por sólo tres concejales. Todos de la misma ideología política. Pero allí todos también se conocen, por el número de ciudadanos censados. Por encima de ideologías, priorizan la tranquilidad, el sosiego y la camaradería vecinal. El respeto de unos y otros es un valor que no desean perder. Ese clima aletargado de paz que se respira en la localidad es uno de los mejores patrimonios que atesoran. El otro gran valor en el aspecto social y material es el OLIVO, el “oro verde” de toda la comarca. 

“Buenos días, don Samuel. ¿Echamos un ratito juntos? El día es largo, amigo y la vida corta. La soledad no hace bien a nadie. Samu, mi mujer Bernarda quiere hacerme unas magdalenas para mi santo, pero que sean originales y no sepan a bicarbonato, como las que venden en paquetes de la industria. Después vendrá a escucharte, pues también eres un maestro como repostero. Samu, es una alegría verte ¿Cómo has pasado la noche? Me dijeron que andabas algo resfriado. Eso te lo voy a curar con un buen café con leche. Vamos al bar de Jacinto “aceituno” Yo invito. Vecino, nunca te he visto fumar ¿Cómo lo has conseguido?  Me falta voluntad para dejarlo. Anichi la partera la han llevado al hospital por unas fiebres. Me han dicho que una vez ayudaste a traer al mundo al hijo de Celestino “el bellota”. Frasca va a dar a luz en una semana. ¿Contamos contigo para que le eches una mano a don Roberto el practicante?”

Otras veces, Samu no tenía esa suerte infinita de la compañía y pasaba las horas en solitario silencio, observando desde lejos el paisaje de masas arboladas y el lento avance solar, desde el este hasta el oeste, que marcaba las fases del día. Pero los lugareños que necesitaban aliviar en algo su rutinario aburrimiento buscaban el chascarrillo, la pequeña historia, la leyenda popular y la narración sorprendente en el antiguo y admirado panadero. Todo ello tras esa mirada cansada, irónica, paternal y agnóstica, de un anciano que lo había vivido todo y ahora descansaba en los silencios personales de ausencias y nostalgias.  


Y así pasaban los días y las horas, en este pueblo hermanado con la naturaleza en el que la novedad casi nunca llegaba. Las campanadas de la iglesia iban marcando las horas del día. Desde muy temprano, la marcha de Ceferino con sus cabras, acompañado con su perro Sultán. El grato aroma a desayuno, café con rebanada de pan con aceite de oliva, a medida que el sol iba templando las casas blanqueadas y la verde arboleda. Los paseos de los mayores a los asientos de la plaza, para digerir mejor el avance vacío de las horas. El embriagador olor a campo y naturaleza que ningún perfume de marca podría en absoluto imitar. La visita diaria a la panadería tienda La Alondra, en donde Marcelino abastecía a los vecinos de lo más necesario. La presencia de Samuel en la glorieta, enhebrando chascarrillos con aquéllos, muchos, que tienen todo el tiempo de sus horas para escuchar. Las campanadas del Ángelus, en las que algunos se persignan y otros guardan silencio o encienden un cigarrillo en ese mediodía del tiempo en su caminar. El sabroso olor a potajes y cocidos, que están en la lumbre de cada casa, preparando los almuerzos necesarios para alimentar. El letargo agradable y silencio de la siesta que ayudan al descanso y al bien soñar. El café con leche por la tarde, que sirve el bar de Frasquito el legionario (hizo la mili en este glorioso cuerpo militar) en las mesas de su establecimiento en donde suenan las fichas de dominó y un televisor colgado en la pared, al que nadie se esfuerza en escuchar. Samu ha vuelto a su pérgola de la música, en donde se encuentra tranquilo para volver a mirar la arboleda y esperando a ese amigo que ya tarda en llegar. Las campanadas de las siete avisando de la misa diaria que don Gregorio va a oficiar, para cuatro o cinco feligresas beatas mayores que buscan dormir cada noche con la devoción del alma en paz. Las luces de las casas se van encendiendo, a medida que los rayos solares se tornan muy anaranjados avisando que una nueva noche va a llegar. Los quince niños en edad escolar van haciendo sus deberes, para que don Raimundo el maestro no tenga por la mañana que regañar. Es la hora de la cena, suenan algunos televisores y pronto el silencio vuelve a reinar, pues mañana es otro día del almanaque y hay que pronto acostarse para volver a madrugar. 

Pero hoy es una fecha que los vecinos de Villanueva ya nunca van a olvidar, pues el recuerdo de la emoción a todos afecta sin poderlo evitar. LIBORIO el barrendero se acercó para despertar al amigo Samuel que una vez más se había quedado dormido en su plácido descansar. ¡Samu, despierta y vamos para la casa, que pronto va a refrescar! Pero el longevo panadero había emprendido un largo sueño, del que ya no iba a despertar. Viajaba el buen y querido vecino sin destino conocido a esa inmensidad cósmica que la racionalidad humana no puede explicar. Mientras, aquí quedaba su cuerpo para el humilde ceremonial que el cura del pueblo, don Gregorio, se aprestaba a oficiar. Estas grandes personas son hermosos latidos de nuestras vidas que desaparecen, sin que ya nunca podremos recuperar. Sólo el recuerdo de sus vidas permanece en los misterios de la memoria, que la naturaleza nos ha querido regalar. 

 

  

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