viernes, 1 de julio de 2022

MÁGICO E INESPERADO REENCUENTRO CON LAS ESTRELLAS.

Es costumbre bastante generalizada en los viajeros, cuando tienen la oportunidad de visitar un determinado lugar, buscar y comprar algún producto típico de la zona que recorren, como recuerdo personal o para regalar a familiares o amigos cercanos. Para conocer esos atractivos recuerdos, suelen preguntar al guía que los dirige o incluso a los naturales o residentes del municipio, quienes normalmente se prestan gustosos a informar y complacer el interés del turista o visitante que llega a su localidad. En general, cualquier objeto representativo suele cumplir esa simpática misión, aunque es bastante común que el material que se adquiera suela ser preferentemente alimenticio o vinculado a algún monumento representativo.

Hipólito Aliaga, administrativo de Renfe, cumple horario laboral en la taquilla de atención al cliente, escuchando y resolviendo las preguntas, quejas y sugerencias de los viajeros que utilizan el popular servicio ferroviario. A sus 35 años, había convivido durante aproximadamente un septenio con Minerva, una azafata de tierra, también administrativa, de la empresa aérea Iberia. De esta unión conyugal no habían tenido descendencia genética, decisión adoptada de común acuerdo por la joven pareja. La frialdad relacional entre ellos, especialmente durante los dos últimos años de convivencia les había aconsejado poner fin a la misma, aunque Hipólito mantenía la fundada sospecha de que había un tercero en discordia, quien motivaba los cambios sentimentales de su compañera. En definitiva, fue una ruptura muy civilizada entre dos personas que ya no encontraban razones de peso para seguir juntos en sus respectivas trayectorias vivenciales. Fue precisamente Minerva quien decidió abandonar el piso alquilado que compartían, en la barriada universitaria de Teatinos de la capital malagueña.

El administrativo de Renfe afrontó relativamente bien la nueva situación de su vida, distraído y profundamente ocupado por sus obligaciones laborales. Pero durante los fines de semana (trabaja entre lunes y viernes desde las 8 de la mañana hasta las 18 horas de la tarde, con un descanso para el almuerzo de dos horas) el abundante tiempo libre de que dispone le llevó a buscar algunos incentivos lúdico-culturales a fin de llenar el lúdico horario de ocio. Desde la niñez era un gran aficionado al séptimo arte, visionando los mejores estrenos cinematográficos avalados por la crítica, siendo un habitual espectador de las películas proyectadas en las pantallas del cine municipal Albéniz, siempre en V.O.S. Salir a la naturaleza, para hacer recorridos senderistas, era también otra lúcida opción que Hipólito practicaba junto a Minerva desde los primeros inicios de su ahora frustrada convivencia. Y, por supuesto, atender en lo posible a las necesidades del piso en el que residía (limpieza, alimentación, lavado de ropa, etc).

En cuanto a los paseos sabatinos o domingueros, solía elegir alguna determinada localidad de la provincia malagueña que tuviera lúdica motivación o ese encanto que tanto nos impulsa en nuestros proyectos. Partía muy temprano desde la estación de autobuses, con su mochila a la espalda y un buen calzado para recorrer kilómetros y kilómetros de naturaleza, llevando a la práctica ese sano ejercicio turístico y senderista que tanto le atraía y vitalizaba. Cuando el bus llegaba a uno de esos más de cien municipios de que consta la provincia de Málaga, lo primero que hacía era visitar algún monumento significativo del lugar elegido para esa jornada, fuera un palacio, una iglesia, una fortaleza militar o algún edificio cultura. Y de inmediato, el incentivo de visitar la naturaleza más agreste, vital y significativa, para el sano ejercicio del organismo. Hasta las dos o las tres de la tarde, no frenaba su mecánico y deportivo caminar. A la hora del almuerzo no tenía mayor problema para la elección. Preguntaba al primer aborigen o paisano que se encontraba si podía recomendarle un buen establecimiento de saludable comida casera, en el que pudiera encontrar algún plato típico de la zona. El informante podía ser en ocasiones un policía municipal, el propietario o vendedor de algún quiosco de prensa o la primera señora o el apacible jubilado que paseara sin prisas y sin destino. De inmediato recibía, con la simpatía y hospitalidad del lugar, la información precisa de dónde mejor acudir para la necesaria restauración.

En esos recuerdos para llevar de los lugares visitados, tenían un suculento protagonismo los dulces, a los que Hipólito siempre ha sido un buen aficionado. Para su fortuna, la ingesta de esos pasteles no repercutía de manera excesiva en su diámetro corporal, gracias a un activo metabolismo orgánico y a la práctica de ese placer que supone caminar en los fines de semana por los espacios urbanos y naturales.

Iniciaba destino a pueblos de amplia densidad demográfica y a otras zonas habitadas por unos cientos de habitantes. Después del ejercicio caminante y las visitas culturales, antes del viaje de vuelta preguntaba una vez más a los viandantes con los que se cruzaba o incluso en algún bar de la localidad por ese producto típico, más o menos afamado y elaborado en el lugar. Como ya se ha explicado, el recurso más sugerido o aconsejado era el típico dulce o chacina, que a pesar de ser domingo podía localizar y adquirir perfectamente, en esas tiendas o casas particulares siempre con las puertas abiertas al turista viajero. Así también dinamizaba la economía de estos parajes humildes, alejados de la maquinaria del gran comercio instalados en los centros urbanos. Fruta, aceite, vino, los roscos y tortas conventuales… casi siempre había algo original para llevar.

Cierto día en el inicio del verano, Hipólito, tras finalizar su habitual recorrido dominguero (esta vez por la senda litoral de una bella y tranquila localidad de la costa occidental malagueña, en el límite con la “frontera” gaditana) se acercó a un hombre mayor que estaba cuidando una pequeña zona ajardinada junto a la iglesia de la villa. Mantuvo un breve y grato diálogo con este vecino, llamado Severiano, que ejercía de sacristán en ese templo. Obtuvo una interesante información, para comprar y llevar algo de la tierra.

“Amigo viajero, vive en el pueblo no lejos de donde estamos, una señora de bastante edad, a quien todo el mundo conoce como María. Es muy habilidosa, pues elabora unos primorosos paños de crochet blancos que son muy útiles y decorativos para colocarlos encima de la mesa del salón o en las mesitas de noche, adornando con estilo las estancias de la casa. Esta señora, que parece no tiene familia, vino a vivir a este pueblo hará unos diez años. Parece que la buena mujer tenía unos ahorros y compró una casita antigua, que estaba casi en ruinas, en una pequeña loma que goza de excelentes vistas al mar. Un albañil local se la fue arreglando, aunque ella residió desde el primer día en ese lugar, del que se prendó con gran ilusión. Es persona agradable y cariñosa en el trato. Vive sola y la verdad que nunca se ha visto que vengan familiares a visitarla. Parece que no tiene muchos medios económicos, pues viste con cierta modestia y ese esfuerzo de elaborar pañitos, de todos los tamaños, le permite ir sacando unos euros para sostener sus necesidades básicas, que no son muchas. Sus labores los lleva a la mercería del Leandro, para que este los exponga en su escaparate, pagándole una pequeña comisión por cada uno de los que el comerciante logre vender.

Si le interesa comprar alguno, cosa que le animo hacer ya que hará una buena acción y se llevará para casa una preciosa artesanía hecha por manos diestras, no podrá adquirirlo en la mercería del Leandro, que está hoy cerrada por ser domingo. Pero puede ir directamente a la casita de doña Maria, siguiendo por este camino terrizo de la izquierda, en donde se encontrará con la Cuesta de la Espuela, en cuyo final está esa casita blanca con las tejas marrones, tirando a rojas. Dada la proximidad del mar, suele haber encima del tejado algunas gaviotas. De ahí el nombre de la vivienda, que a pesar de su modestia tiene un bonito rotulo de cerámica junto a la puerta donde se lee Villa Gaviota.  Allí vive la señora. Caminando no va a tardar más de diez minutos y se ve que eres un gran deportista. Incluso tardarás menos. Le dices que te ha mandado el Seve, para que te ponga un buen precio por el pañito que vayas a comprar. No es “carera”, tiene unos precios muy ajustados. No te vas a arrepentir de ese estupendo regalo para llevar a casa”.


El amable y dicharachero informante recibió de Hipólito el agradecimiento efusivo por su sencilla y documentada amabilidad, poniendo camino de inmediato a Villa Gaviota. Disponía todavía de casi tres horas, antes de tomar el bus de vuelta a Málaga. Con las indicaciones recibidas, se encontró en pocos minutos ante una linda construcción, de reducido volumen, con una entrada enriquecida con numerosas y bien cuidadas macetas. Del portón de entrada colgaba una campanita, a modo de “timbre”. Tras hacerla sonar, esperó unos segundos, escuchando a continuación una melodiosa pero algo ronca voz desde el interior de la vivienda ¿Quién es? Hipólito manifestó su deseo de adquirir alguno de los paños de crochet que le había recomendado el sacristán. De inmediato el portón se abrió, apareciendo frente a él una señora de avanzada edad, vestida modestamente con un delantal. Estaba sin pintar y el peinado, aun tintado, dejaba entrever las raíces canosas derivadas del calendario. Cubría su delgado cuerpo con una ajada camiseta celeste, unos vaqueros de pala ancha y calzaba unas sandalias muy usadas de cuero beige claro. Era evidente que venía de la cocina en la que, dada la hora, estaría fregando los platos del almuerzo.

“Pase, joven, no se quede en la puerta. Le mostraré algunos que tengo en casa y aún no he llevado a la tienda. Me gusta tener siempre unas cuantas labores en la reserva, para atender a los visitantes que vienen en domingo. Podrá elegir aquel que más le agrade, para llevar a su novia o mujer”.

La señora Maria tenía la casita muy arreglada y llena de detalles (preferentemente de objetos de cerámica) que favorecían una muy hogareña decoración. El suelo de la casa era de loza rústica andaluza y en cuanto al mobiliario era básicamente de madera, destacando los asientos de anea de las sillas. A medida que pasaban los minutos, el afortunado cliente comenzó a darle vueltas a la imagen de la señora María. Sus ojos, de tonalidad verdosa, alguna mueca de la boca cuando hablaba, la forma de mover las manos… Todo ello le iba reafirmando que ese rostro, soportando el paso de los años, le traía algún recuerdo en su memoria, como si la hubiera conocido en otra época siendo la señora, lógicamente, mucho más joven. Pero seguía sin tener claro el dónde y el cuándo.

A los pocos minutos volvió María al saloncito de estar, portando en sus manos varias de sus labores que extendió sobre la mesa redonda central para su mejor visión. Los había de varios tamaños y formas: redondos, rectangulares, cuadrados, grandes y algunos que podían servir como un simpático posavasos. Todos los paños eran de color blanco, con dibujos interiores de estrellas, círculos, rombos, formas vegetales o incluso imitando los peces de ese azulado y plácido mar que tan bien se divisaba desde la terraza de la muy hogareña vivienda. Las artesanías mostradas eran verdaderamente preciosas y reflejaban la diestra paciencia en horas de trabajo con el ganchillo para su perfecta elaboración. La muy habilidosa señora, a medida que se los iba extendiendo sobre la mesa comentaba los precios de cada uno que, con la minuciosidad del trabajo aplicado, resultaban incluso “baratos”. Hipólito eligió de inmediato dos grandes piezas de formato circular (uno de ellos para regalárselo a su madre) añadiendo también otro más pequeño, para su mesilla de noche.

María introdujo la mercancía comprada en unas bolsitas de seda, color rosa claro, también elaboradas por sus hábiles manos. Una vez abonado su precio, Hipólito comentó con una amplia sonrisa esos recuerdos difusos en forma de imágenes que habían venido a su mente.

“Señora María, perdóneme, pero desde que me abrió la puerta de su lindo hogar y pude saludarla, percibí detalles en su rostro, sus gestos, incluso la forma de caminar. Algo me está “diciendo”, le aclaro que en forma de esos recuerdos inconcretos que a veces vienen a nuestra mente, que la conozco. Es como si recordara haberla visto en otros momentos o en algún lugar. Mi memoria me lo indica, una y otra vez. Tal vez Vd. me pueda ayudar…”

María sonrió al escuchar las palabras del joven cliente. Con sus ojos cada vez más abrillantados en una epidermis agrietada y con numerosos pliegues motivados por el “almanaque”, respondió al comentario de Hipólito:

“Me has comentado que aún tienes un par de horas hasta la hora de salida del bus para Málaga ¿Te apetece una taza de té? Nos sentamos y entonces podremos hablar con tranquilidad, para tratar de explicarte acerca de esos recuerdos o imágenes que vienen a tu mente”

En pocos minutos, dos generaciones separadas por muchos años estaban sentadas en torno a la mesa camilla del salón. La imagen que ofrecían era la de una señora muy mayor, tomando una grata infusión con su nieto o incluso, forzando los tiempos, biznieto. Tras los primeros sorbos de la deliciosa infusión, la señora continuaba mirando sonriente al intrigado joven. No habían terminado de beber el contenido de sus tazas cuando las palabras de María incrementaron la intriga de Hipólito.

“Acompáñame, que te voy a mostrar algún secreto que prácticamente nadie conoce en este agradable pueblecito, salvo don Leandro, el párroco de la localidad”. Entraron en un pequeño cuarto, a modo de “santa sanctórum”, cuyo contenido dejó atónito y maravillado al joven viajero quien, de manera efusiva, no pudo reprimir un grito alegre diciendo “¡lo sabía, lo sabía!”

“Eres María Rosa Laguna, una bella intérprete de cine y teatro, que actuaban en muchas películas, en las décadas de mi infancia y juventud.  He visto muchas de tus películas, en vídeo y televisión, porque soy un gran aficionado al cine clásico. Siempre me ha emocionado esa mirada alegre, desenfadada, incluso “picarona” y sensual de la gran actriz María Rosa. Por supuesto que han pasado los años, el tiempo no ha dejado de correr… pero el fulgor de tu mirada no lo has perdido. Continúas siendo emocionalmente cautivadora”.

El cuartito, a modo de sentimental y espectacular santuario, estaba literalmente empapelado de carteles, fotogramas, trajes y zapatos de aquellos gloriosos años del celuloide, periódicos y revistas ya muy amarillentas, para alimento de los recuerdos y la memoria.

“Aunque te resulte sorprendente, ya tengo joven amigo 92 años, con fortuna bien llevados, pero en el anonimato de la prudencia. Hace casi quince años, sumida en el olvido de todos los espectadores, invertí mis pequeños ahorros en esta maravillosa casita de la colina, villa Gaviota, abandonando el ruido y la vida estresante de la ciudad. En este paraíso, e cada mañana puedo divisar y disfrutar de las aguas azules del mar y de la verde/anaranjada naturaleza que habita y reluce en la montaña. Mi tiempo, en cada uno de esos días que el destino aún quiere regalarme, lo ocupo cuidando de mis plantas y haciendo muchas labores, preferentemente con el crochet. Rezo, pienso y alimento mi memoria con esos añorados y vitales recuerdos de la juventud. Fue un tiempo de gloria pasajera que ahora se ha tornado en otra gloria, mucho más plácida, serena y paciente, que también enriquece y sosiega. Aquí me conocen como la vecina María. En el anonimato, gozo con este tipo de felicidad. Me retiré del cine cuando apenas había cumplido los 40 y es que comencé la interpretación siendo muy joven, con apenas 16 años…”

Fue una deliciosa hora y algunos minutos, disfrutados ante una antigua estrella de la pantalla que había buscado ese bello rincón de la costa occidental malacitana para disfrutar del paraíso climático, marítimo y vegetal, en las postreras horas y latidos de su gozosa existencia. Para Hipólito fue un milagroso paseo por el cielo de sus recuerdos, ante una mujer cuya bella sonrisa delataba su identidad en la ficción anónima de la realidad. Conservaría como una joya preciada una foto regalada por María Rosa, que mostraba su juvenil imagen de muchos años atrás:

“Para Hipólito, un gran amigo que afectivamente supo recordarme tras el paso del tiempo. Con cariño, María”.

Prometió volver a visitarla. Besó su mano, con ceremonial respeto. Ella besó, con maternal sentimiento, su rostro. El bus de vuelta a la realidad semanal devoraba kilómetros. En su interior iba un joven apasionado del senderismo, sumido en el gratísimo recuerdo de ese fin de semana, el más cinematográfico y emocional de su existencia. No resulta fácil tener y gozar ese mágico e inesperado reencuentro con las estrellas. -

 

 

MÁGICO E INESPERADO REENCUENTRO

CON LAS ESTRELLAS

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

01 julio 2022

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/



 

viernes, 24 de junio de 2022

ILUSIONES COMPARTIDAS AL ATARDECER

Tres veteranos y antiguos amigos, Amancio, Bernabé y Onofre, sexagenarios avanzados, se reúnen la mayoría de las tardes, no más tarde de las seis, en la cafetería/bar La Almazara, popular establecimiento ubicado en la plaza principal de una localidad rural de Andalucía, cuya portada mira hacia el edificio del ayuntamiento. Durante un par de horas, minutos arriba/abajo, “eternizan” o apuran el consumo de esas tazas de café con leche que tanto les confortan, merienda de tarde que suelen acompañar con alguno de los apetitosos hojaldres, rellenos de cabello de ángel o crema pastelera, entre los afamados dulces que elabora la “señá” Mariana, cocinera, pastelera y esposa de Basilio, propietario del establecimiento.

Los tres jubilados esperan con disimulado interés ese momento diario del encuentro tertuliano, para compartir opiniones acerca de cualquier tema, cuestiones generalmente banales que les facilitan el entretenimiento, la discusión o el chascarrillo gracioso. Cuando sus tazas del café ya están vacías y aún quedan minutos para completar la tarde, piden a Basilio la cajita del dominó, a fin de jugar unas partidas con esas fichas que esperan vengan “bien dadas”. En esos casos, el perdedor de las cuatro o cinco rondas se tendrá que encargar de pagar la cuenta de lo consumido descontando el coste de los pasteles, que están siempre fuera de la competición en función de los gustos de cada cual. Pero ¿quiénes son estos tres sencillos personajes, que se conocen casi desde la infancia?

El más dicharachero de la tertulia suele ser el peluquero AMANCIO, que ha trabajado en la barbería de Heliodoro durante casi cuatro décadas. Por sus manos y tijeras han pasado a buen seguro las cabezas de todos los habitantes masculinos de Villanueva del Genil, 1276 habitantes, según el último censo. Este conocido vecino se encuentra en estado de viudez desde hace un lustro, soledad familiar que lleva relativamente bien y que a pesar de la insistencia de su hija Emelina, casada y con cuatri niños, sólo acepta ir a su casa para el almuerzo del mediodía. Tanto el desayuno como la cena sabe “agenciársela” (esa su expresión) sin la mayor dificultad. A pesar de su ideología izquierdista desde bien joven, se lleva bastante bien con sus dos íntimos amigos de reunión. Desde siempre ha tenido el sobrenombre o mote de El Navajero, por el arte con que manejaba ese instrumento cortante para rasurar y arreglar las barbas de sus convecinos. Ayuda a la muy modesta pensión que le ha quedado con lo que le reporta un cuarto de fanega de tierra que le dejó en herencia su padre y que está plantada de viejos olivos.

El menos expresivo de los tres amigos es BERNABÉ, quoen ejerció diversos oficios relacionados con el agro, pero que en los últimos veinticinco años de vida laboral ha sido el barrendero municipal, noble tarea a la que aportaba una paciencia y un esfuerzo encomiable. Todos los alcaldes de la villa le mantenían el contrato, pues se encontraban contentos con lo bien limpia que tenía la principal zona para el paseo y la relación vecinal, El Parque de Santa Benita, nombre de una monja clarisa, con fama de milagrera, que vivió en el convento de la localidad (hoy ya vacío de religiosas), entre el final del XIX y comienzos del siglo XX. Ha permanecido soltero durante toda su vida, viviendo junto a su madre ya fallecida.

Por último, está el “gordinflón” de ONOFRE que ha dedicado toda su vida laboral a servir mesas, en el ventorrillo de Las Cigüeñas, conocido lugar para la celebración de fiestas y celebraciones. También ha trabajado en la taberna del tío José, familiar del propietario del ventorrillo. Tanto su abuelo como su padre habían mantenido una ideología muy conservadora (su progenitor se ufanaba de haber vestido el uniforme falangista) por lo que Onofre siempre ha mantenido su fervor al régimen franquista. Sus discusiones con Amancio, en esas tardes de asueto, son vibrantes e incluso divertidas, con cruce de “dardos” de toda naturaleza, mediando la templanza bondadosa de Bernabé para sosegar la vibrante atmósfera dialéctica que tantas veces se crea. El ideologizado camarero está casado con Tomasa, quien hasta su jubilación ha llevado un taller de arreglos de ropa, ahora en manos de una de sus hijas.

Entre la camaradería vecinal, los tres amigos que se reúnen en La Almazara son denominados o conocidos como los “Tres en Raya” por la consolidada costumbre de que cuando paseaban por las empedradas calles del pueblo solían ir en paralelo, guardado muy bien la línea en su trayectoria de desplazamiento.

En ese ratito por las tardes hablan de todo, pero les gusta elegir algún tema especial que centre el mayor tiempo de la conversación, ya sea el fútbol, los toros, alguna decisión o inacción del alcalde, el estado del tiempo, una próxima boda o ese inicio tan recurrente de “me he enterado de que “fulanita…” Una tarde de julio, cuando el calor apretaba, a pesar de lo cual mantenían la costumbre de las tres tazas de café con leche, no tenían un tema concreto para iniciar “el palique” como ellos decían. Tampoco les apetecía recurrir a la tradicional partida de dominó. Estaban dejando pasar los minutos, un tanto callados y somnolientos, cuando pasó cerca de ellos un vecino del pueblo, Leocadio, acompañado de su chiquillo, para ocupar una mesa cercana en La Almazara. Entre el padre y el niño Crispín (no más de seis o siete años) se mantenía la típica conversación que se suele dar entre diferentes generaciones. En ese contexto, Leo preguntó a su hijo, mientras esperaban la llegada del camarero “¿Y qué te gustaría ser de mayor? El niño respondió, tras pensárselo unos segundos, enumerando una serie de actividades, de la más diversa naturaleza: “pues aviador, futbolista, constructor de casas, como hago con mi arquitectura, conductor de coches de carrera...”

Esta humana y simpática conversación, entre Leocadio y Crispín, llegó sin dificultad a los oídos de los tres amigos que ocupaban una mesa inmediata. Entonces fue Amancio, el antiguo peluquero, quien propuso a sus dos compañeros un juego simular al que mantenían el padre y el niño:

“Los tres hemos tenido una honrada profesión. Sin embargo, tal vez no haya sido el trabajo que hubiéramos querido desarrollar en nuestra vida activa. Seguro que cada uno de nosotros conserva en su mente esa profesión o destreza que le hubiera gustado desempeñar en su vida ¿Qué os parece si decimos nuestra deseada o frustrada profesión y explicamos el por qué precisamente nos hubiera gustado tener esa determinada actividad?”

Los dos amigos acogieron con agrado ese juego de “confesarse” públicamente ante ellos, exponiendo aquello que les hubiera gustado “haber sido”. Curiosamente fue BERNABÉ, el muy conocido y apreciado barrendero municipal quien primero quiso narrar la profesión deseada en su vida.

“He pasado gran parte de mi existencia limpiando lo que otros, con más o menos intencionalidad, ensuciaban. En mi trabajo diario, alguna vez os lo he comentado, me he ido encontrando, en las aceras, en los rincones más diversos, en los bancos del parque…. una gran cantidad de cosas variadas, que difícilmente os podéis imaginar. Pero esos objetos no eran míos. Yo no me los podía quedar (os aseguro que nunca se me pasó por la cabeza esa humana tentación). Cuando me encontraba con algo que podría tener algún valor, lo recogía y lo llevaba a la oficina municipal de objetos perdidos. Algunos de esos objetos eran reclamados y retirados. Otros, la mayoría, eran conservados durante algún tiempo y después donados al centro benéfico que lleva don PERPETUO, el cura del pueblo, para atender a la gente necesitada o de mucha edad.

Os aseguro que cuando recogía algún objeto de valor, en los basureros o en la calle, siempre me decía lo bien que me hubiera venido ir guardando estas cosas, para formar una gran colección de objetos curiosos y de un cierto valor. En realidad, es que siempre me han gustado las cosas antiguas. En conclusión, que me hubiera gustado ser un importante anticuario. Y recibir en mi tienda a numerosos coleccionistas de objetos con historia y de un cierto valor. También me hubiera gustado dirigir un museo, repleto de obras artísticas que la gente admirase. Pero ya veis, toda la vida con mi escoba y mi carrito para ir vaciando las papeleras”.

Los dos compañeros de mesa atendían con interés lo que les estaba contando Bernabé. Ambos quedaron agradablemente impresionados de que su amigo de la infancia, un buen, esforzado y paciente barrendero, añorase que el destino o la suerte no le hubiese colocado en el camino del tráfico de objetos suntuarios. Pidieron una nueva ronda de cafés fríos, porque el calor continuaba golpeando, con una contundente suavidad, estas tierras intra-béticas de Andalucía. La línea roja de un gran termómetro, instalado en la farmacia de don Tobías, iba ya superando la crítica marca de los 40 grados centígrados. Pidieron la nueva ronda de frescas infusiones. La tarde prometía ser interesante.   

ONOFRE, el camarero de ideología conservadora, se animó a intervenir en esa declaración pública de sus frustrados deseos juveniles.

“Bueno, ahora me toca contaros algo de mis deseos, ya frustrados, de adolescente. Conocéis mi dedicación de tantos años atendiendo a la clientela. El Cama, como muchos me llaman aún. Horas y horas de pie, llevando comidas y bebidas a las mesas ocupadas por los clientes, con sus caprichos y manías en el trato. Así es como me he ganado la vida. Pero tengo que deciros, tengo que confesaros, que me hubiera gustado estudiar y componer música. Mis padres no entendían de conservatorios… bueno aquí sigue sin haberlo. Estudiar el solfeo y esa música culta o clásica. ¡Cuánto me hubiera gustado dirigir una orquesta! Con todos los profesores controlando sus instrumentos bajo las órdenes de mi batuta y el movimiento de mis brazos para que la armonía orquestal no se rompiera.

Esto que os cuento es un pequeño secreto, pero en casa tengo discos, de los antiguos de vinilo, en los que están grabadas piezas de la mejor música clásica. Aunque no entiendo de notas musicales, me gusta mucho escucharlas y en algunos momentos hago como si yo dirigiera a esa gran orquesta que interpreta a los maestros compositores de la mejor música. También me gusta, siempre que puedo, poner la radio y escuchar Radio Nacional 3 de música clásica. Ahora tengo más tiempo, pero antes tenía que “bajarme de mi puesto de director” y volver a la dura realidad: servir miles de cafés, cervezas, platos de boquerones fritos, hamburguesas con patatas y kétchup. Así ha sido mi vida.

Quise que mi hijo estudiara algo de música, pero aquí en el pueblo no había posibilidades para recibir clases. Al igual que pasa en la actualidad. Algunas familias hacen el sacrificio de llevar a sus retoños a ese pueblo, cabeza comarcal, en donde hay incluso conservatorio. Pero son 40 kilómetros de carretera, ochenta con la vuelta, la distancia que hay que recorrer. Incluso el crío me dijo un día, cuando se lo comenté, que prefería ir de paseo con los amigos, antes de meterse en carretera para hacer esos dos viajes a la semana de las clases. En fin, ya conocéis mi afición frustrada, como le pasa a tanta gente”.

Amancio y Bernabé miraban con rostro de asombro a su compañero de mesa, al que nunca habrían calificado como una persona amante de la cultura. Un ejemplo más de esos secretos que llevamos celosamente ocultos en nuestra privacidad y que en algún momento nos decidimos a compartir con las personas más cercanas en la amistad.

Finalmente, le correspondía al peluquero AMANCIO tener que “mojarse” y descubrir su profesión deseada y no realizada. En realidad, era él quien había hecho la propuesta del juego para el entretenimiento y la sinceridad, en aquella tórrida tarde de julio por las tierras centrales de la región andaluza.

“El número de cabezas y barbas que he “cortado y rasurado” no puedo saberlo. Bueno, todos los hombres del pueblo han pasado por la peluquería del Anielo, para cortarse el pelo, al menos una vez al mes. Pero yo también tengo un pequeño secreto. Os explico que me hubiera gustado ser un escritor famoso. Mi Magdalena, que en gloria esté, sabéis que trabajaba por las tardes en la biblioteca pública del pueblo. De vez en cuando me traía a casa algún librito en préstamo, no muy “gordo” en páginas, para que me entretuviera, especialmente en los fines de semanas del otoño y el invierno. Confieso que, como vosotros, no pasé de estudiar los estudios primarios. Las cuatro reglas, y a no sacar muchas faltas en las planas de escritura. Creo que tenía unos doce años cuando mi padre, que era esquilador, me colocó de aprendiz en la peluquería del Anielo (ahora la lleva Cirilo, su hijo) en la que he estado toda mi vida trabajando con las tijeras, la brocha del jabón y las cuchillas de la faca.

Me asombraba que hubiera personas que pudieran escribir esos libros tan gruesos, con centenares de páginas y millones de letras. No lo oculto, me hubiera hecho feliz verme en el escaparate de la papelería de la Felisa, con algún libro que llevase mi nombre. O cómo vemos por la tele, a esos grandes maestros de la escritura, firmando y dedicando los libros que han escrito, echando mucha imaginación y tiempo al bolígrafo, a la máquina de escribir o a los ordenadores, que tan bien manejan los jóvenes. También admiro a los periodistas, que cuentan lo que pasa en el mundo, escribiendo cada día en los periódicos. Pero qué le vamos a hacer. Alguien tiene también que ocuparse en arreglar las cabezas y barbas de los demás. Y la vida puso en mis manos unas tijeras, las navajas y un peine, para poner guapos a los camaradas del pueblo, niños, jóvenes y mayores”.

El color de la tarde iba palideciendo, con ese maravilloso tono anaranjado que el sol nos regala cada uno de los días. En este momento de la tarde, el astro solar comprende que su generosa su tarea, de poner luz y aliento térmico para dibujar de vida la naturaleza y a las personas que comparten las vivencias, va finalizando. Con discreción y sutil delicadeza acude a otros espacios para realizar esa plástica, cromática, solidaria y milagrosa, para la vida.  Alrededor de una mesa esquinera de la Almazara no estaban sentados el prestigioso anticuario, ni el afamado compositor y director de orquesta, ni ese prolífico escritor de best sellers. Un trabajador de la limpieza, un peluquero y un camarero de restauración, modestos paisanos jubilados, acababan de compartir esos ilusionados deseos de sus vidas, objetivos que ninguno, por los azares de sus existencias, había podido realizar en las fechas propicias.

Superadas ya las ocho campanadas en los toques de la iglesia, decidieron que era ya la hora propicia para la vuelta a casa. Los tres veteranos amigos de siempre, con pasos ajenos al tiempo, caminaban en paralelo por las aceras solitarias, pero aún cálidas y pintadas por las pinceladas solares. Al igual que hicieron ayer. Al igual que también lo harán mañana. Entonces buscarán y encontrarán algún nuevo tema de conversación, para sustentar la merienda y rellenar de contenido esos minutos, lúcidos y hermanados, concedidos por la Providencia. Pero esta noche, negociando protagonismo con los insomnios y los desvelos, pensarán en tantos años de almanaques y rutinas. Y soñarán despiertos, al igual que hacía ese niño del bar que “pilotaba” aviones entre las nubes, en las páginas de los libros que se van rellenando con letras y palabras, en los instrumentos orquestales que suenan de maravilla tocados con manos y mentes expertas y en esas piezas suntuarias que encierras y transmiten informaciones relevantes de cómo fuimos, de cómo quisimos ser. Y un día más, el sol iluminará ese nuevo y cansino despertar que, acaso una tarde más, querrán narrar, dibujar y recordar.


 

ILUSIONES COMPARTIDAS

EN EL ATARDECER

 

 

 



José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

24 junio 2022


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Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 





 

viernes, 17 de junio de 2022

CORREOS CON FRANQUEO ORDINARIO

Hoy en día las comunicaciones entre las personas pueden realizarse utilizando medios informáticos, tan versátiles e inmediatos como el propio ordenador personal, el IPad o tableta, los móviles telefónicos con múltiples prestaciones, la universal aplicación de Whatsapp e incluso contando con los mensajes de voz o la ayuda mágica de SIRI en determinada telefonía. Ya no tienes ni que marcar el número con el que pretendes comunicar, sino utilizar la voz para ordenar al medio electrónico tu intención o necesidad. Es el adelanto infinito de la informática y la Revolución de Internet.

Pero había otros tiempos, no tan remotos o lejanos, en que esa comunicación no era tan fácil o al menos tan inmediata. Nos referimos a los años cuarenta, cincuenta o sesenta del siglo pasado. Por supuesto que se disponía del teléfono, pero no existían los móviles, la informática era una “revolucionaria posibilidad” más bien inserta en la ciencia ficción o en estructuras secretas de algunos poderosos gobiernos. La ciudadanía común utilizaba con profusión el correo ordinario, con esas cartas manuscritas que hoy apenas se redactan. Precisamente ese correo ha quedado hoy prácticamente reducido para la propaganda comercial o de información bancaria. Pero no podemos olvidar aquellas “míticas” bellas y literarias cartas personales, a las que se aplicaba una cuidada caligrafía, se franqueaban y se introducían en los buzones de correo, sobres que “viajaban” durante algunos días hasta que el repartidor o cartero los llevaba al domicilio del destinatario, el cual los abría y extraía la misiva interior con interés, alegría, emoción, duda, ilusión o preocupación. Algunas de esas cartas no llegaban a su destino, generalmente por error en los datos anotados en los sobres correspondientes. Esta es la atmósfera temática, en la que está inserto el presente relato.

Se habían conocido durante una tarde de guateque y pick up dominguero, en la década de los años sesenta, cuando ambos estudiaban sus respectivas licenciaturas universitarias en la ciudad nazarí de Granada. Ninguno de los dos jóvenes era natural de esa mágica y romántica localidad de la Alhambra. Él procedía de la capital malagueña, mientras que ella tenía su residencia familiar en Murcia, dos ciudades vecinas de aquella provincia que habían elegido para estudiar sus respectivas carreras universitarias, un par de años antes. CLAUDIO estaba matriculado en 2º curso de comunes, pues quería hacer la especialidad de Filología Románica, en la facultad de Filosofía y Letras de la calle Puentezuelas. DORA estudiaba también 2º curso de Farmacia, en las instalaciones docentes de la calle rector López Argueta, en la céntrica zona de San Jerónimo.

Desde el primer instante de la presentación, los dos estudiantes tuvieron la impresión de estar iniciando una buena amistad. Disfrutaron esa lúdica tarde con la música, los bailes, los refrescos, además de intercambiar anécdotas acerca de sus respectivos colegios mayores donde residían. En el caso de la chica, el C.M. Jesús y María, en el Polígono de Cartuja, mientras que el de Claudio era el C.M. Albayzin.

Quiso el destino o el azar que ambos jóvenes volvieran a coincidir en diversas oportunidades festivas o simplemente callejeras, por lo que la sencilla amistad inicial se fue cimentando con más confianza diálogo e intimidad. Con periodicidad quedaban para ir a las proyecciones de arte y ensayo en el cine Príncipe, películas que analizaban posteriormente en algunas de las buenas tascas que pueblan el plano urbano de Granada. También acordaban estudiar juntos, de manera especial en época de exámenes. Elegían normalmente la biblioteca de la Facultad de Letras, muy céntrica y de ambiente agradable, en cuyo edificio neoclásico (Palacio de los condes de Luque o de las Columnas) habían habilitado un espacio para el estudio, denominado popularmente “la ligoteca” pero en el que estaba autorizado poder hablar y compartir la realización de trabajos. Junto a ese punto de encuentro y diálogo se había instalado un pequeño bar, en donde podían adquirirse unos sabrosos cafés preparados por un simpático camarero al que privadamente se le conocía como “el brujo, por la eficacia que sus infusiones generaban en la memoria y concentración de los abrumados estudiantes. Claudio y Dora disfrutaban degustando tan sorprendente pócima. Por supuesto que algunos viernes eran dedicados para hacer la ruta de las cervezas, a fin de recibir con buen talante el fin de semana, recorriendo numerosas tascas y ambientes estudiantiles, en los que la bebida estaba acompañada por unas suculentas tapas con las que prácticamente se podía cenar y bien alegrar el ánimo personal.

Claudio no estaba vinculado a pareja estable, le gustaba poder disfrutar de la libertad que daba su espléndida juventud, pero Dora si tenía pareja “formal” desde hacía tiempo en su Murcia natal. Sin embargo, consideraba a Claudio como su mejor amigo, para intercambiar en confianza las alegrías y los problemas. Compartían también numerosas actividades culturales y recreativas, como exposiciones, teatro experimental, tesis doctorales, conferencias, cine fórum, subida a la Alhambra y el Generalife, presentaciones de libros y todo aquello que sustentase ese buen ambiente universitario de que siempre ha gozado la ciudad de los cármenes. Ella nunca ocultó a Claudio que tenía novio formal en su ciudad de procedencia. Se llamaba ELADIO, era cinco años mayor que Dora y ya había finalizado su carrera de medicina, teniendo como proyecto la preparación del MIR en Ginecología. Era una persona seria de carácter, muy responsable de sus obligaciones y obsesivamente centrado en los estudios. Desde luego que carecía de las ocurrencias vivenciales y literarias del malagueño Claudio.

Precisamente a Dora le divertía y enriquecía la poderosa capacidad imaginativa, lúdica y traviesa de este compañero de Letras, cuya amistad equilibraba el austero mundo de formulaciones químicas y numerosas horas de laboratorio que su especialidad demandaba. Cuando estaba aturdida por el estudio de apuntes, libros y la realización de trabajos, donde predominaba la seria responsabilidad, llegaba la complicidad de su amigo Claudio, con sus poemas, relatos, proyectos y aventuras escenográficas y esa lúdica forma de ver al mundo que la enriquecía y sosegaba con irrenunciable necesidad. Era una sana amistad que nada pedía, pero que regalaba sonrisas, naturaleza, nubes y estrellas, percibiendo en casi todos los momentos el lado bueno, positivo, lúdico y cromático de la existencia.

Una noche de sábado, Claudio invitó a su amiga a subir al barrio del Albayzín. Iban a recorrer el denso tejido de arterias empedradas, oscuras, misteriosas y mágicas, en un barrio que “rezuma” encanto y estimula la ensoñación y la leyenda. Todo ello ayudado por ese acústico toque de guitarra que acompaña el sentimiento emocional de los cantares populares que hablan del amor y el dolor, protagonizado por la gente sencilla. Pero Claudio deseaba mostrar a su amiga una sensación nueva para motivar sus latidos vitales. Tras recorrer numerosas y angostas callejuelas y recovecos, acabaron en una coqueta placita, no lejos de San Nicolás. En el centro de la misma, dormitaba una antigua fuente de piedra, con tres caños, de los que manaban finos chorros de agua que, con el paso del tiempo, habían provocado suaves depresiones cónicas en el fondo del gran vaso receptor que parecía de mármol.

En un momento concreto, Claudio miró con sumo afecto a Dora diciéndole: “entorna los ojos y piensa en el azul del firmamento y el fulgor brillante y alegre de las estrellas. Escucha el sonido del agua percutiendo sobre el mármol mojado en el fondo de la fuente”. Así lo hizo su joven amiga, permaneciendo ambos en silencio durante unos largos minutos. La acústica orquestal protagonizada por el agua, junto a la suave brisa nocturna que traía el dulce aroma de algún Carmen cercano, regalaba un bello concierto en un lugar inigualable para la sensibilidad y el sentimiento. “Esta noche hemos asistido a un sensible y emocionante espectáculo, que lo guardarás y recordarás con cariño en el patrimonio de tus recuerdos”. Así era Claudio.  Aquella noche del fin de semana la completaron en el ventorrillo El Candil, tomando unos tintos de barrica, acompañados de tapas de papas bravas, con chorizo alpujarreño.

Durante los veranos, cuando volvían a sus raíces familiares, intercambiaban algunas cartas para mantener la comunicación amistosa, aunque uno y otro sabían que la presencia de Eladio en la vida de Dora había que respetarla. El novio médico, futuro profesional de la ginecología, era muy apreciado en el entorno familiar de la joven. La joven pareja se conocía desde los años de la adolescencia y la fidelidad entre ellos era respetuosamente mantenida. Todo ello suponía una “gran muralla” para los sentimientos de Claudio, que no veía posibilidad alguna de romper esa bien trabada urdimbre socio afectiva, con el escénico y único bagaje de sus poemas y relatos, sus inesperadas y divertidas ocurrencias y la alegre lírica de sus palabras, miradas y sonrisas.

En el verano del 69 llegó a los dos universitarios el esperado y grato momento de la graduación, en sus respectivas licenciaturas. Claudio y Dora prometieron mantener la amistad en la distancia, aunque uno y otro sabían que eran más los buenos deseos que la lógica de una tozuda realidad. Apenas hubo unas líneas y poco más, en el discurrir de los meses. De hecho, en la primavera del 70, Claudio recibió un sobre con el remite de Dora. Lo abrió con esa mezcla de alegría, intriga y nerviosismo infantil, que se convirtió pronto en un profundo silencio embargado de realidad: en el interior del sobre había una tarjeta de invitación a la boda de Eladio y Dora, enlace que iba a celebrarse a comienzos de mayo. Sólo una dedicatoria, en el anverso de la invitación, amable, correcta, tal vez afectuosa, pero fría en su lirismo y poesía: “Bueno, compa. Como ves, ya me toca formar una familia. Nos alegraría contar con tu presencia. Un beso. Dora”. La decisión de Claudio fue difícil, pero valiente. Se excusó con cortesía, no sin antes encargar en Interflora el envío de un gran ramo de flores, para ese sábado, alegre y nostálgico de la primavera. “Queridos amigos Dora y Eladio. Os deseo una inmensa felicidad. Besos, Claudio”.

El paso del tiempo continuó impulsando la marcha inexorable del almanaque. Las vidas de Claudio y Dora no volvieron a cruzarse. El silencio comunicativo entre los dos antiguos e íntimos amigos se mantuvo durante décadas. El intercambio de palabras y confidencias había desaparecido entre ellos, por la lógica y ociosidad del destino.

A comienzos del nuevo siglo, Claudio, ya jubilado como profesor de lengua y literatura hispánica en secundaria, ordenaba unas antiguas carpetas de fotos, textos, cartas y recuerdos de tiempos pretéritos. Entre el material revisado, encontró un viejo sobre con numerosas fotos de su ya lejana estancia en Granada, durante la etapa estudiantil. Entre esas fotografías, no faltaban algunas en las que aparecía junto a Dora. Motivado por los recuerdos, estuvo navegando por Internet, buscando información sobre su antigua e íntima amiga. ¿Qué habría sido de ella? No le fue difícil obtener información para responder a sus interrogantes. Su amiga había sido propietaria de una farmacia, instalada en la localidad de Cartagena. Se animó a enviar una carta franqueada a la dirección de ese establecimiento, con el ánimo de poder contactar con Dora. Era una carta manuscrita, respetando y añorando esos otros tiempos en los que no existía el correo electrónico. La misiva estaba presidida por un contenido cordial y afectivo, aunque comprendía que habían transcurrido más de tres décadas de silencio entre ellos. Se presentaba como el viejo amigo de los estudios en Granada. Le preguntaba cómo se encontraba y le expresaba su interés con mantener alguna comunicación, que recordase aquellos entrañables y fugaces años de la juventud universitaria.

Manteniendo el ritual de los viejos tiempos, franqueó el sobre y lo echó a un buzón de correos. Para su racional desaliento, pasaron los días y los meses sin que le llegase respuesta alguna a su envío. Comprendía que tantos años en la distancia, habrían borrado los recuerdos o el interés por mantener un contacto que, en los momentos actuales, carecía de una lógica o interesante motivación. Olvidó el asunto sin más. Se dijo a si mismo que el tiempo pasado es, obviamente, imposible de recuperar. Lo mejor es preparar de forma adecuada el que ha de sobrevenir.

Hasta tres años transcurrieron desde esta “infantil” historia de su carta al pasado infinito. Pero el destino es travieso, absurdo, caprichoso y “milagroso” en ocasiones. Un nuevo mancebo, en la antigua farmacia comprada a Dora Valiana, limpiaba unos altillos y detrás de unos anaqueles expositores, descubrió una vieja bolsa. En ella había antiguas facturas, algunos botes de medicinas caducadas y un bloque de cartas, atadas con una gomilla, que se deshizo nada más tocarla. Entre las cartas (la mayoría eran de ofertas publicitarias y algunas bancarias) estaba la que envió Claudio a Dora tres años atrás. El prudente mancebo evitó abrirla por respeto y en su lugar hizo lo posible para que llegara a manos de su destinataria, ciertamente con un notable retraso…

Cuando la farmacéutica jubilada leyó la misiva de Claudio, le dio un vuelco el corazón. Se decía “tanto tiempo, tanto tiempo y aún se acuerda”. Respondió de inmediato al remitente con otra carta franqueada, mostrándole la alegría por saber de él, después de tres décadas largas de silencio y manifestándole su ilusión para que se produjera un reencuentro, aunque fuese breve, pero desde luego emotivo y profundamente sentimental. Le enviaba su actual correo electrónico y el número de teléfono de su móvil. Así todo transcurrió mucho más rápido, que utilizando el viejo y entrañable correo.

¿Dónde quedaron en verse para ese feliz e inesperado reencuentro? No podía ser en otro lugar mejor que en la romántica ciudad nazarí de la Alhambra, en donde ambos pasaron una etapa muy importante de su juventud. ¿Y cuál sería el punto urbano que los iba a unir de nuevo, casi cuatro décadas después?  Internet y Siri les confirmó que aún existía el ventorrillo El Candi, ahora regentado por los nietos del buen Aurelio Palanca. Y tenía que ser un sábado, ¿cómo no? “Por cierto, Dora, no podemos dejar de pasar por la fuente de los Tres Caños, porque tienes que cerrar de nuevo tus lindos ojos, para soñar y bailar imaginativamente, con la percusión hídrica del chorro de agua sobre el mármol”

Y ese sábado de junio, 2010 al bueno de Claudio le temblaban las piernas cuando tomó el microbús en la Gran Vía, para subir al Albayzin. La hora fijada para el ansiado reencuentro sería a las 8 de la tarde. Al aproximarse a la puerta de El Candil, dos almas muy veteranas se miraban y dudaban. El paso del tiempo es cruel para la apariencia corporal. Pero el alma y los sentimientos resisten mejor el envejecimiento material. Desde aquel feliz día de la graduación, en el 69, había pasado por sus cuerpos un espacio temporal de 41 años. Ambos protagonistas dieron un paso adelante y se abrazaron emocionados. La buena señora no podía reprimir las lágrimas. Claudio también lo hacía. Y unos centímetros más atrás, permanecía un hombre de facies seria, traje elegante y de modales extremadamente educado, que los miraba con gran comprensión y respeto.

“Encantado de conocerle, amigo Claudio. Mi nombre es Eladio Pomares. Creo, honestamente, que he sido un buen esposo para nuestra querida Dora. Pero nunca he dudado que a ella siempre le faltó ese algo maravilloso y lírico que yo nunca pude o supe darle y que ella bien gozó durante sus años de facultad. Dora ha mantenido en su corazón esa feliz y gozosa etapa universitaria, desarrollada en esta tierra maravillosa de atardeceres, sultanes, sonidos del agua, zambras y cantos en la madrugada ¡Cuántas veces me lo ha repetido con sus palabras y con sus silencios! Y todo ello gracias a ti, respetado Claudio. Por eso me vais a perdonar que me ausente durante unas horas. Esta cálida noche del pre-verano, bajo el embrujo y el encanto granadino es vuestra. Absolutamente, vuestra. A eso de las doce, volveré al Candil. Para daros un fuerte y cariñoso abrazo a los dos. Tenéis mucho de que hablar. ¡Cuántas vivencias tendréis que contaros! Hasta luego, tortolitos ¡Portaos bien!”.

Un taxi esperaba, situado a pocos metros, al viajero Eladio. En pocos segundos el vehículo desapareció por entre las angostas callejuelas de un barrio hecho para dibujar sentimientos y emociones, en donde ya sonaban las cuerdas de la guitarra y esos vibrantes cantos recitados que hablan del amor, los latidos del alma y las carencias de la necesidad.- 

 

CORREOS CON 

FRANQUEO

ORDINARIO

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

17 junio 2022

                                                              Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 

 







 

jueves, 9 de junio de 2022

EL HABILIDOSO SEÑOR DE LAS ARENAS

Cuando nos cruzamos por las calles y plazas, en el discurrir del trasiego diario, con decenas y centenares de personas, no siempre somos conscientes de la calidad humana, capacidades y destrezas formativas o complejas problemáticas, de esos seres que comparten con nosotros los espacios públicos. Y es que la apariencia no siempre es el espejo del alma. Son muchas las veces en que podemos equivocarnos. Por esta elemental razón habría que actuar con prudencia y cautela, pues las personas atesoran patrimonios vitales, que asombrarían si nos fuera posible su conocimiento.   

El cambio climático que soportamos, con la notable subida de los termómetros en fechas impropias, favorece las visitas a las zonas playeras, cuando aún no ha llegado el verano meteorológico. Antes eran fechas reservadas para julio y agosto. Ahora, niños, jóvenes, adultos y veteranos en la edad, toman sus bártulos playeros cuando pueden y les apetece, gozando de las gratas zonas litorales incluso en días que no son del fin de semana.

Las localidades que están gozosamente bañadas por el agua del mar tienen el privilegio de ofrecernos arena, olas, olor a marisma, para el sano deleite de bañistas y tomadores de sol, todos ellos amantes de la vida placentera. Esa lúdica escenografía puede completarse con alguna cerveza bien fresca y un delicioso espeto de sardinas plateadas y asadas, innegociables placeres que la playa regala con alegría, además de los divertidos juegos con las olas y los saludables paseos descalzos por su fina arena cristalina.

En estas playas de aquí cerca, llámese el Palo, Pedregalejo, las Acacias, el Dedo, la Malagueta, San Andrés, Huelin, la Misericordia, la Térmica o Sacaba, destacaba, desde hacía unas semanas, una peculiar figura. Tenía por nombre ELIAN, aunque los habituales en la zona solían llamarle Eliano. Aparentaba haber cumplido con largueza el medio siglo de vida. Ofrecía una delgada figura de cuerpo, con el cabello castaño oscuro muy crecido y ya entrecano, manteniendo una poblada barba de muchos días sin rasurar. Ojos pequeños de color gris claro, fortaleza muscular en los brazos y piernas y sobre todo una tonalidad de piel bien curtida y agrietada, reflejo de haber estado sometida a una intensidad solar sin límites ni precauciones. Cuando desarrollaba su artística labor, solía cubrir su cabeza con un viejo sombrero de paja o una deportiva gorrilla azul, escasamente aseada. Completaba su “uniforme” con una camiseta de tonalidades claras o incluso blanca, unos raídos y gastados vaqueros bermudas azules y unas sandalias de goma blanca, tipo hawaianas. Desde luego que tal `personaje podría parecer un “ogro abismal”, pero los niños se reían cuando él hacía alguna chirigota, para motivar la desenfadada alegría de los pequeños.

Pero ¿en qué ocupaba su tiempo este asiduo y popular personaje a las playas malacitanas?

Llegaba cada mañana a la zona marítima, no más tarde de las nueve, portando en el hombro una manoseada mochila de piel de camello, que sería beige en su origen pero que ahora lustraba un cromatismo indefinible bastante oscurecido, posiblemente por sus muchos años de uso. En ella traía su modesto instrumental de trabajo (cucharillas viejas, un pequeño palustre de albañil, unas escobillas, un par de trozos de plástico rectangulares y un pequeño transistor, cuya sintonización con emisoras especialmente musicales le acompañaba en sus largas horas de laboriosidad. En su mano diestra portaba un cubo mediano de plástico celeste, en el que veía ensartada una paleta del mismo material y color, como ese cielo que acaricia y piropea de continuo al cálido y sosegado mar mediterráneo, de mil y una aventuras por los anales de la Historia.  

Trabajando con tan sencillo material y utilizando como materia prima el inmenso arenal traído por el cíclico y acústico oleaje, comenzaba a levantar una nueva arquitectura, tras destruir con elegancia la que había construido en la jornada precedente. Cuando esto hacía, sonaba un ooohhhh de amable decepción, ya que los bañistas y paseantes por la zona no entendían el por qué derribaba una obra de arena, tan bien hecha y con evidentes destellos de genialidad. Pero el artista siempre pensaba que era el dueño y autor de la obra realizada, por lo que podía hacer con ella lo que bien quisiera.

A continuación, Elian comenzaba a remover y renovar la arena playera, a la que iba humedeciendo con una “lluvia” de gotas de agua salada, hidratando no sólo la materia prima sino también el aire de levante que soplaba desde el rompeolas. Ya había encendido su entrañable transistor, sintonizando sólo cadenas que emitiesen música, en aquellas horas mañaneras. Con su paleta y palustre iba conformando una nueva arquitectura en miniatura, que a medida que pasaban los minutos reflejaba la valiente osadía artística de este gran constructor de la arena. Posteriormente iba añadiendo detalles, con sus cucharillas y piedras diversas que traía desde la orilla.

Trabajaba de manera casi continua, desde su llegada a la playa hasta las seis o siete de la tarde en que finalizaba. Aplicaba un intermedio temporal a su labor edificatoria, pues a eso de las 14 horas su estómago le pedía algo que alimentara y saciara la necesidad. Tras el trabajo a pleno sol, sólo protegido con su gorrilla o sombrero, interrumpía su realización, acercándose a algún chiringuito, en donde por escasas monedas le servían alguna ensalada o pescado sobrante de esas frituras que no han quedado bien preparadas o algo quemadas, por descuido del cocinero super ocupado. Siempre respetaba un buen rato de siesta, bajo la protección de alguna barca varada o en alguna esquina donde encontrara un poco de sombra, a fin de reponer fuerzas con tan intenso calor como el termómetro marcaba a esas horas centrales del día.

Entre las perfectas edificaciones que construía, destacaban los castillos o fortalezas. Con diestra habilidad artesana iba conformando las torres, los paños de muro con sus correspondientes almenas, no faltando tampoco las saeteras para que los defensores de esta tradicional arquitectura militar pudiesen defenderse de sus enemigos, disparando miles de flechas con sus arcos. En la zona privilegiada de la construcción se erigía la señorial y elevada torre del homenaje, para el ceremonial nobiliario. Las fosas y vados también estaban muy bien conseguidos. Su esfuerzo no solo se limitaba al gran castillo, sino que también conformaba el paisaje exterior, con sus montañas, valles, riachuelos y casitas esparcidas por la geografía del lugar.

Turistas, playeros, paseantes, todos ellos se detenían para contemplar con admiración el extraordinario trabajo de este “SEÑOR DE LAS ARENAS”, con esa pinta personal en la que había algo de hippy, juglar, mendigo, trilero, aventurero y viajero del mundo. Unos y otros llegaban a preguntarse “¿pero de dónde habrá salido este peculiar y habilidoso artista?” Algunos de esos distraídos “mirones” se sentían “obligados” por el hábito o el agradecimiento, a arrojar monedas al entorno de la fortaleza, contribución o generosidad económica que Elian no había pedido. De hecho, nunca puso platillo o gorrilla para recoger esas dádivas. Sin embargo, cuando algún espectador lanzaba su ayuda económica, el paciente y esforzado artista agradecía con una sonrisa y un amistoso saludo, realizado con sus nerviadas manos.

Empezaba a recoger sus bártulos e instrumental de trabajo a eso de las seis y media de la tarde y, antes de abandonar su obra en la arena, se daba una buena y fresca ducha, que su cuerpo agradecía por todo el sudor acumulado durante la jornada. Los pescadores y camareros de los chiringuitos cercanos bien que lo conocían, manteniendo con el curioso personaje esa amistad afectuosa que también les interesaba. Esas obras artísticas, construidas de arena y agua, atraían a muchos turistas y familias que acababan sentándose en los establecimientos restauradores, para consumir jarras de cerveza y ese pescadito asado que tanto apetece junto al mar. Por eso tenían con Elian un trato preferente. Era un personaje y reclamo turístico que en absoluto molestaba, sino que por el contrario atraía clientela hacia la zona de los merenderos. Con frecuencia le llevaban alguna jarrita de cerveza y algún sabroso “espetito” de sardinas que Elian agradecía y consumía con irrefrenable placer.

Un día de junio, sobre las doce horas del mediodía, el joven periodista LAURO PERIANA vinculado al periódico local MALAGA SIEMPRE, se acercó al lugar donde trabajaba en una nueva construcción el paciente “artista de la arena”. Aunque lógicamente traía referencias, quedó maravillado del nuevo castillo que construía el habilidoso Elian. Como siempre sucedía, se había formado un corrillo de personas alrededor del personaje, quienes observaban y comentaban la destreza imaginativa del genial “arquitecto” playero. Tras la presentación y saludos, le pidió que tuviera a bien concederle una entrevista, para darlo a conocer a los lectores del diario. No solo quería resaltar cómo dinamizaba con su labor la cultura de playa, sino que consideraba de especial interés dar a conocer el aspecto más humano y vivencial del personaje. Elían no se negó, sino que se prestó gustoso a colaborar con la importante labor informativa que realizaba el joven periodista.

Debido a que las manecillas del reloj superaban en algunos minutos las 13 horas, Lauro propuso que compartieran unas pizzas, con una buena jarra de cerveza, que sosegara el apetito y el intenso calor reinante, en un día en que el viento de levante había dejado de soplar. Como buen profesional de las linotipias, el periodista ya tenía una básica información del peculiar, artístico y desaliñado personaje, al que pensaba nombrar en el reportaje como el HABILIDOSO SEÑOR DE LAS ARENAS.  Ya sentados en uno de los chiringuitos, a escasos metros de la TORRE “MONICA”, Elián no pudo disimular el profundo apetito y la sed que tenía, sintiéndose animado para narrar todo lo que su interlocutor le preguntara.

Desde un principio, Lauro pudo comprobar que Elian no era un mendigo de la incultura, ni mucho menos. Por el contrario, a poco que lo escuchaba, percibía que era una persona de cultura y formación y que, de forma extraña, estaba ofertando una imagen de suciedad, desaliño, arte y comportamiento marginal, ante la sociedad en la que estaba inmerso. Las razones de este raro contraste solo estarían en la conciencia y la historia de este imaginativo trabajador de la arena. Disfrutaron de una nueva jarra de cerveza y se refrescaron con varias tajadas de roja y dulce sandía, antes de pasar a los cafés. Elian no puso objeción alguna en responder a todas las preguntas que le hacía el periodista, ante una grabadora que iba acumulando rica e interesante información acerca del arquitecto de la arena.

El admirado “constructor” era de origen napolitano, habiendo estudiado tres cursos de arquitectura, pero sin llegar a finalizar la carrera. Trabajaba en una importante empresa constructora, vinculado al departamento de diseños de grandes proyectos urbanísticos. Enamorado y casado con una muy bella mujer, IRIANA, de nacionalidad siria, administrativa en la misma empresa donde su marido diseñaba nuevas operaciones en estructuras urbanísticas, formaban un matrimonio en apariencia muy feliz. Tuvieron dos hijos varones, uno de ellos actor de telenovelas emitidas por la RAI en la actualidad y el otro restaurador de pinturas y objetos de arte suntuario. La relación de ambos con su padre es prácticamente nula en estos momentos. Después de 17 años de “feliz matrimonio” Iriana decidió un día buscar un nuevo sentido a su vida, marchándose, casi sin decir adiós, con un adinerado ejecutivo de un grupo financiero, parece que vinculado a la Camorra Italiana.

En un principio, Elian se sintió fuerte y pensó que superaría el amargo trance, pero al paso de los días y las semanas su equilibrio anímico se fue paulatinamente degradando. De esta manera fue tomando conciencia de lo importante que era Iriana en su vida, lo mucho que le aportaba y que él no suficientemente valoraba y correspondía. La sustitución afectiva no era en modo alguno fácil, porque su juventud ya había pasado, lo que conllevó que entrara en una terrible espiral de decadencia personal. No sólo fue la bebida, sino también su propia capacidad para seguir trabajando con el necesario acierto. Tuvo algún tratamiento psicológico, pero sin grandes resultados. Su voluntad era débil para atender con humildad y eficacia las indicaciones médicas. 

Con Iriana se le había ido también bastante de su propia identidad. En la evolución de los hechos, su propio equipo de trabajo tuvo que despedirle, pues estaba lastrando la eficacia organizativa empresarial. Las carencias económicas en las que fue entrando hicieron que comenzara a ir vendiendo su propio patrimonio, hasta comenzar a vagar por el desierto del anonimato y la necesidad. Su salud se fue resquebrajando, con diversos problemas orgánicos, decidiendo entonces abandonar definitivamente su vida anterior, comenzando la experimentar el contacto diario con la naturaleza y la generosidad popular.

Hacía unos meses en que había decidido venir a España, desplazamiento que hizo gracias a la ayuda que le prestó un conductor que transportaba mercancías en un tráiler con dirección a Andalucía. Aquí en Málaga recaló en un centro de acogida de titularidad municipal. Son muchos los días en que recibe una bolsa de alimentos que entrega una organización benéfica privada. En estos momentos sólo desea devolver a la sociedad esa ayuda que recibe para seguir subsistiendo.

Comentó también a Lauro que de pequeño le gustaba mucho jugar con la arena de las playas. De ahí ese trabajo que realiza casi a diario, de levantar construcciones de arena en las playas más concurridas. Con su labor ayuda a los centros de restauración playeros, distrae a jóvenes y mayores y pone una nota de color e ilusión en el ambiente, aplicando sus habilidades y conocimientos en algo tan sencillo y simple como es “jugar con la arena playera”. Ya se ha explicado que no pide limosnas, aunque recibe la generosidad de muchos viandantes y turistas que se detienen a fotografiar y admirar sus construcciones. Es todo un personaje de vida e indumentaria bohemia.

La publicación de este reportaje por parte de Lauro, en la edición dominical del diario, bien ilustrados con numerosas tomas fotográficas del personaje y sus construcciones, tuvo una importante repercusión y aceptación entre los lectores. El trabajo fue titulado como EL HABILIDOSO SEÑOR DE LAS ARENAS. De alguna forma este grato reportaje ha influido en que los servicios sociales del municipio hayan conocido el caso. Así han ofertado un útil acomodo colaborador para Elian: le han encargado la dedicación de algunas horas semanales para acompañar, distraer y ayudar a los ancianos acogidos en las residencias del municipio. Su capacidad imaginativa le permite ir recorriendo estos centros geriátricos, en los que promueve actividades muy diversas para ayudar a las personas de la tercera edad allí internados. La modelación con la plastilina y el barro, los dibujos con acuarelas, la papiroflexia y el cartonaje son actividades que distraen a los ancianos, pero sobre todo ello sobresale en importancia el diálogo, la compañía, el afecto y calor amistoso que Elian sabe perfectamente transmitir.

A sus 61 años (aparenta físicamente muchos más) el señor de las arenas se siente útil y necesitado en esta nueva vida u oportunidad que el destino, la suerte y su esfuerzo le han concedido. Especialmente en la temporada veraniega, Elian sigue desplazándose algunos días de la semana a las playas, en donde continúa levantando preciosas edificaciones (especialmente fortalezas y castillos) que provocan la admiración y el aplauso de los bañistas, turistas y demás transeúntes.

¿Quién podría imaginar que detrás de su actual imagen, extremadamente bohemia y desaliñada, habita una vida bien diferente que aquella que muestra hoy en el discurrir de su curiosa y artística existencia?

 


EL HABILIDOSO SEÑOR

DE LAS ARENAS

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

10 junio 2022

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