Caminar es un ejercicio manifiestamente saludable, tanto si se realiza a través de la naturaleza o por el laberinto urbano de la ciudad. Además de los incentivos orgánicos para la maquinaria corporal, conseguimos otros positivos réditos en nuestro estado anímico que no resultan menos importantes y valiosos. En esta simple, pero rentable experiencia, podemos encontrarnos con calles completamente vacías de viandantes o de cualquier tipo de locomoción. Normalmente esta ausencia de personas y vehículos se genera fuera de las horas centrales de la mañana y de la tarde, cuando el horario comercial ya ha finalizado, fenómeno que también se hace presente durante días festivos y dominicales.
Son muchas las personas para las que el sentirse liberado del ingente bullicio humano, con la densificación acústica correspondiente, que ensordece y aturde, supone una sensación agradable, terapéutica y liberadora. Para otros, por el contrario, esa vivencia puede resultarles incómoda y desangelada, ya que no van a encontrar en estos espacios urbanos la compañía personal necesaria que conforta y distrae, compensando con su presencia ese “pathos” invisible y desestabilizador, de la traicionera soledad.
Como antes se comentaba, esa imagen de la “desertización” viaria (utilizando un vocablo expresivo un tanto radicalizado) suele aparecer o percibirse durante los números del calendario vinculados a diferentes festividades y también en el día final de la semana. Pasear por entre tantos comercios cerrados, para el descanso del personal laboral, con las persianas bajadas o las verjas bien blindadas por cadenas y candados, con el añadido de la ausencia de peatones, puede provocar un sentimiento fantasmagórico, triste y de incomodidad psicológica. Esa imagen, sin latidos acústicos y personales, contrasta con esas otras horas de la semana, presididas por el bullicio comercial y el tránsito viario.
Así vamos caminando en esos días “no laborables” por la estructura urbana que ahora percibimos desierta, sólo aliviada por la aparición de algún pequeño comercio regentado por vendedores de procedencia oriental, coloquialmente llamados “los chinos”, quienes por su dedicación y atención personal/familiar nunca descansan, tanto de lunes a domingos, como mensualmente, de enero a diciembre. En este contexto temático comienza a desarrollarse nuestra historia.
Domingo por la tarde, en un febrero frío y seco, con el cielo cubierto de nubes, imagen que tanto motiva a los espíritus nostálgicos, pero que tienta al desánimo en los temperamentos menos románticos. GRACIELA, joven estudiante universitaria en la facultad de Ciencias de la Información, había previsto acudir a un estreno cinematográfico, película en V.O.S. muy alabada por la crítica, en una sesión que comenzaría a las 18:30 minutos. Por un error personal (ese reloj que suele atrasar y cuya inexactitud suele gastarnos más de una mala pasada) y un problema de buses a la hora punta dominical, accedió a la taquilla del vetusto multicines cuando la cinta llevaba ya unos 18 minutos de proyección. Contrariada, al no poder asistir al interesante estreno en ese momento (avalado con una estatuilla en los recientes Premios Oscar de la Academia de Hollywood y dos Globos de Oro) pues la siguiente sesión comenzaría a las 20:30 y no quería irse a la cama demasiado tarde, ya que el lunes tenía clase a las 8:15 y tendría que madrugar, optó elegir otra película. Pero lo que le ofrecía la cartelera no le seducía mucho, por lo que decidió improvisar alguna nueva aventura para pasar ese rato vespertino en un domingo invernal.
Como primer recurso pensó en llamar por teléfono a alguna antigua amiga, pero esta posibilidad quedaba bastante limitada para ella. El haber estado formando pareja con HERME (persona un tanto absorbente) en una intensa relación que había durado dos años y algunos meses, le había alejado de muchas de sus amigas de siempre, que ahora tenían nuevos campos de relación y contacto. Aún así realizó un par de llamadas, ambas con resultados frustrados para sus intentos de recomponer el domingo. Marieli tenía un cumple en casa de su prima y Tatiana no respondía a la llamada, pues mantenía el celular desconectado.
La ruptura con su pareja Hermenegildo no había dejado una especial senda entre ellos que fuese irreparable. En realidad, esa relación, vivida con tan acendrada intensidad, había agotado ya la motivación de sorpresa y predisposición que siempre se suele tener para la novedad. El impulsivo joven, en lo más íntimo de sus deseos, añoraba la perdida libertad de sus años de instituto. Esa “cerrazón afectiva” mantenida entre ambos desvitalizaba la ilusión y la fuerza para el mantenimiento, en unas edades (20 años él, 21 Graciela) muy vitales para experimentar nuevas sensaciones y experiencias. Ambos necesitaban “aire fresco” en sus conciencias y deseos. Así que cada uno de ellos siguió por sus respectivos caminos, respirando un aire menos viciado para los sentimientos. Precisamente Herme estaba preparando oposiciones a una futura convocatoria del cuerpo municipal de bomberos, ya que era persona amante de riesgo y la aventura sobre la opción académica universitaria, para un expediente personal no muy brillante en méritos, calificaciones y sacrificios.
¿Qué hacer el resto de la tarde, en este domingo “tristón”? se preguntaba la joven Graciela, caminando sin un rumbo fijo por calles de la ciudad. De inmediato desechó la opción de volver a casa. Su madre, CONSUELO, estaría en esos momentos con sus amigas de la Asociación de mujeres separadas, en cuanto a su hermano CLAUDIO no volvería de su caminata senderista semanal hasta la hora de la cena. Con respecto a su padre VALERIO, tras el abandono del hogar familiar que el celador del Hospital Clínico había realizado, para revivir una añorada juventud con una compañera del centro médico, Gisela, 19 años más joven que los 44 que tenía su pareja, la relación era prácticamente nula. Consideraba, no sin fundamento, que la joven enfermera le estaba sacando “los cuartos” al “tontaina” de su padre, totalmente embriagado por los atractivos encantos que encontraba en una jovencita, con la que ilusoriamente estaba viviendo una juventud ya muy alejada.
Entre paso y paso, iba pensando si sentarse un rato en alguna cafetería o tetería, o en pasarse por la zona de los museos que esa tarde tenían la entrada libre, aunque había que soportar largas colas, hasta poder acceder al interior de estos centros expositivos. Ya se encontraba en los aledaños del Parque, cuando reparó en un antiguo proyecto, sucesivamente postergado por otras obligaciones inmediatas, objetivo que para su futura actividad en la vocación periodística le podía resultar bastante útil. Para el resto de esa tarde, sin otros incentivos, podría desplazarse a uno de los barrios de la periferia urbana, a fin de recorrer esas calles y rincones teñidas con encanto, apenas conocidas y visitadas. A ella le ocurría lo que, a mucha gente con respecto a los barrios ubicados en el extrarradio, por los que no se ha pasado desde hacía mucho tiempo. Son barrios que sabes de su existencia, pero que por muchas circunstancias o motivos apenas se conocen. Tal vez, porque en esa zona no se tiene familiares, amigos o conocidos. También porque en ellos no hay organismos públicos o privados que de una u otra forma te obliguen a recorrerlo a fin de resolver gestiones administrativas o de interés particular. A lo que habría que añadir otra razón también de peso: los desplazamientos habituales desde tu punto de residencia no tienen relación con esa zona de concentración urbana, por lo que corren los meses e incluso los años sin que se pasee por sus calles y plazas. Consideraba, no sin razón, que para su futura actividad periodística era necesario conocer todos, absolutamente todos, los rincones que conformaban la malla urbana de la ciudad.
Situada ya en una parada de bus, instaladas en el Parque, observó que la línea 43 finalizaba en la barriada de la Paloma, núcleo “dormitorio y residencial, construida al abrigo de su ubicación por el ensanche oeste/norte de la urbe malacitana. Su antigüedad apenas superaba unas tres décadas, ofreciendo el atractivo a muchas parejas jóvenes y a hornadas de universitarios que, por los precios bajos en la venta y alquiler de los inmuebles, ubicaban allí su residencia. Las líneas de buses y el propio metro tenían puntos de recogida y bajada de viajeros en su perímetro urbano. Lo que le resultaba curioso era que nunca había tenido motivos para desplazarse a esta populosa y nueva barriada ¿Por qué no hacerlo en esa tarde de febrero, de frustración cinematográfica, dedicando un buen rato a descubrir algunos de sus parajes y zonas con encanto, que desde luego podría albergar?
En unos 20 minutos de trayecto viajero, llegó a la parada final de la línea. Tras bajarse del autobús observó que había muy pocas personas caminando por las aceras. Los vehículos que circulaban por las calzadas asfaltadas se podían contar con pocos dedos de una mano. Era domingo por la tarde y los comercios estaban cerrados. Sólo alguna cafetería abierta hacía latir lo que parecía una “ciudad dormida”. Silencios, vacíos, ausencias, que se hermanaban con muchos contenedores repletos de residuos. El descuido por suciedad en las calles era bastante manifiesto. No había niños jugando en las aceras o huecos vecinales al “pilla” pilla”, a los policías y ladrones, al piso o a la comba, a la rueda o a las canicas. Tampoco comerciantes voceando sus mercancías, ni ese humo contaminante, procedente de los tubos de escape de los vehículos. Echaba en falta el dulce olor, suculento y familiar, que emana de los obradores confiteros o desde las madrugadoras tahonas del pan, sin olvidar aquel otro que procede de las cafeterías, cuando muelen y prepararan las aromáticas infusiones para el paladar. Sólo destacaba la presencia omnipresente de macizas “colmenas” de cemento, donde habitarían centenares de familias, muchas de ellas incumpliendo esa estética cívica y solidaria de evitar tan penosas y peculiares imágenes de la ropa colgada en los tendederos exteriores, como velas navieras, de camisas, pantalones, calcetines sujetadores o bragas “moviéndose” bajo la fuerza eólica de viento. Ante sus ojos “lucía” un gran trozo de ciudad aletargada, silenciosa y descuidada en muchos detalles para el abandono. Y los muy escasos trozos de jardín, dormitaban abandonados y deteriorados en su mobiliario y parterres.
¿Fue casualidad del destino o ese capricho críptico e indescifrable de los dioses en su taumatúrgico poder? La sorpresa de la tarde no se hizo rogar. A unos diez o quince metros delante de Graciela, caminaba una desigual pareja. Un señor barrigón, con indisimulados “michelines” ventrales y con pies algo zambos, caminaba junto a una frágil joven, a la que ponía su brazo sobre los hombros. Los tacones de la chica trataban de paliar la escasa altura en centímetros de su frágil estructura corporal. Aquel hombre, enfundado en una chamarra, imitación de piel color marrón oscuro, portaba en su mano izquierda un paquetito blanco de lo que podrían ser pasteles para la merienda o la cena. Mantuvo las distancias con el desplazamiento pausado de la pareja (parecía un padre con su hija) que finalmente entraron en un bloque de pisos, con el paramento ocre de la fachada, a zonas desconchado. Desde que abandonó el hogar familiar, Valerio sólo le había dicho a su hija, por teléfono, que vivía por las “afueras”. Ahora ya sabía dónde tenían el nido de los placeres, un barrigón de 44 años, su padre, el celador del hospital, junto a la chica de 25, sólo cuatro anualidades mayores que ella.
Cuando abandonaba ese barrio de la ciudad “vacía” en el bus, se preguntaba qué encantos había visto la joven Gisela en la desordenada “humanidad” corporal de su padre. En una de las paradas del trayecto, subió al bus un joven de caminares atléticos. Iba vestido con ropa y calzado deportivo. En pocos segundos tenía ante si a Herme, ese antiguo amor ahora “enfriado” por las inclemencias del tiempo afectivo.
“Hola Graciela ¿qué haces tú por aquí, un domingo por la tarde? Te veo muy bien ¿Cómo van esos estudios? Creo que ahora en febrero tenéis algunos exámenes en la universidad. Aquí me ves con el atuendo deportivo. Vengo de casa de un amigo, con el que he estado haciendo carreras por el campo y hemos comido juntos. También él se está preparando para las oposiciones, que posiblemente se convoquen para el otoño”.
Graciela escuchaba las palabras amables y correctas de su expareja, preguntándose a sí misma por las casualidades que, inesperadamente nos ofrece el destino. Hacía meses que no había vuelto a saber de Herme. También, un amplio tiempo en el que sólo había hablado en ¡dos ocasiones! con su padre, a través del móvil. Y esa tarde de la película de horario “traicionero” había descubierto una nueva ciudad o barriada dormida o vacía, con dos reencuentros personales vinculados a su vida. Cuando Herme tocó en el timbre, para bajarse en una parada próxima, tuvo la indelicadeza de hacerle una incómoda pregunta: ¿Tienes ya una nueva pareja? Ella no respondió con palabras, sólo esbozó una pequeña sonrisa. El fornido joven bajó del bus sin su respuesta y ella observó a través del cristal cómo se alejaba, mientras los edificios y personas “se movían” lentamente, mientras ella permanecía sentada en ese asiento sin compañero, cerca del conductor. -
SORPRESAS, EN LOS ENCANTOS
DE LA CIUDAD VACÍA
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 13 febrero 2026
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