viernes, 14 de enero de 2022

UN OPORTUNO EFECTO ESPEJO EN LA BIBLIOTECA.

Los avances tecnológicos y el admirable esfuerzo inteligente de las personas ponen a nuestra disposición útiles medios que nos permiten ver objetos, de cualquier naturaleza, a los que en principio parece que “no estamos mirando”. Ello incrementa nuestra privacidad y discreción, ocultando la intencionalidad. Pero ¿a qué nos estamos refiriendo? Citemos algunos ejemplos al respecto.

Vamos conduciendo un vehículo, aplicando una mayor o menor velocidad al desplazamiento. Tenemos ante nuestra visión aquello que nos permite ver el cristal delantero del coche. En algunos momentos también vemos el espacio a derecha e izquierda, por ambos cristales laterales, ayudándonos del movimiento de nuestros ojos y cuello. Pero no tenemos percepción de lo que vamos dejando atrás en nuestra marcha (a menos que cometamos la insensatez de volver la cabeza). Sin embargo, con la ayuda de los espejos retrovisores (tanto el interior como los externos, situados en las puertas delanteras) a poco que los miremos, observaremos el espacio que ya hemos recorrido en nuestro desplazamiento. Esos imprescindibles cristales espejos evitan que tengamos que volver la cabeza, con el riesgo subsiguiente. Parece ser que fueron diseñados y aplicados inicialmente para los coches de carreras deportivas.

Un segundo ejemplo. Por cualquier causa o motivo, deseamos ver cuerpos u objetos sitiados a gran distancia (metros o kilómetros) de donde nos hallamos situados. Utilizamos para este fin unos prismáticos, catalejos o gemelos, que aproximan ante nuestros ojos aquello que a simple vista no podemos distinguir. El objeto personal focalizado difícilmente podrá conocer que lo estamos observando.

Deseamos observar/conocer y, supuestamente, grabar, con discreción, un destalle concreto del paisaje rural o de la misma vida urbana. Carecemos de prismáticos, pero tenemos una cámara fotográfica con un objetivo focal dotado de un buen mecanismo zoom (que hará el efecto prismático). Podremos tomar la correspondiente fotografía de ese detalle que nos interesa, con la mayor discreción y sin molestar al objeto o persona grabada en la memoria digital de nuestra cámara.

En los tres ejemplos (y en algunos otros que se podrían añadir) el elemento nuclear para nuestra ayuda han sido los espejos y las lentes adecuadas de la óptica. Esos cristales, técnicamente tratados, nos acercan y nos alejan del espacio enfocado, nos clarifican o nublan nuestra visión y pueden mostrarnos aquellas imágenes que tenemos detrás o lateral de nuestros ojos.

Sin embargo, hay un cuarto ejemplo realmente interesante por su versatilidad y auxilio de nuestra privacidad. Ese cuarto elemento va a ser protagonista involuntario de nuestra historia, contenido narrativo que a continuación se desarrolla.

Un día me encontraba en el interior de una biblioteca pública municipal, no lejos de mi domicilio. Al ser época vacacional, el centro cultural era utilizado por muchos usuarios, estudiantes y lectores, a fin de preparar futuros exámenes o para simplemente poder leer, consultar libros o escribir, con la comodidad propia de un gran espacio adecuado para estos fines. Me había desplazado a este sosegado lugar en horas de tarde, encontrándome las plazas de lectura ya ocupadas. Pero tuve suerte, pues una chica estudiante recogía sus libros y apuntes, con la intención de dejar libre el asiento que ocupaba. Allí fue donde me senté. Ese puesto de lectura no se encontraba en las grandes mesas de madera, que ocupan los espacios centrales de las dos salas de estudio, sino en una longitudinal, muy alargada, pero más estrecha mesa de grueso cristal verde oscuro adjunta al muro lateral de la sala, muro que en su mayor parte tiene grandes ventanales fijos de cristal que permiten aprovechar, durante las horas soleadas del día, la iluminación natural procedente del exterior. Estos enormes cristales tienen además una especial particularidad. Cuando la tarde oscurece, con la llegada de la noche, esos grandes ventanales hacen un interesante efecto espejo: cierra la visión exterior de la sala, pues a modo de espejo sólo ves el espacio interior de la biblioteca. No sólo te ves a ti mismo, sino que también pueden observar todo lo que sucede detrás de ti, con la nitidez de un espejo “retrovisor” de tonalidad grisácea u oscurecida. Y en este cultural escenario comienzan los hechos específicos de nuestro relato.

En un instante concreto levanto los ojos del libro que estaba leyendo, a fin de descansar durante unos segundos el esfuerzo de mi visión, pequeños intervalos que suelo aplicar para compensar el “agotamiento” visual. De manera instintiva miré lo que tenía por delante, ese gran cristal que ya no permitía ver el espacio exterior de la biblioteca, sino que su superficie fumé desarrollaba ese efecto espejo, previamente explicado. En ese cristal me veía reflejado y también lo que ocurría a mis espaldas, en el resto de la gran sala. Básicamente observaba el movimiento de algunos usuarios, entrando, saliendo o dirigiéndose hacia las altas estanterías, repletas de libros. Entre esas imágenes, percibo a una persona mayor, que caminaba pausadamente en dirección a la escalera de salida. Aunque yo me encontraba de espaldas al mismo, podía distinguirlo perfectamente, aunque lógicamente la visión era con una tonalidad de escala de grises, como en las películas en blanco y negro. Esta persona caminaba con lentitud, pues iba observando las distintas estanterías situadas a su izquierda, así que tuve tiempo más que suficiente (unos 40 o más segundos) para reconocerlo.

A pesar del tiempo transcurrido (más de cinco décadas) con los cambios subsiguientes en el físico, tenía en mi favor el haber visto su fotografía en la prensa local, con su nombre y la función correspondiente que había ejercido. De una forma instantánea mi mente “voló” hacia los años sesenta del siglo precedente, con la velocidad de la luz, a modo de un extraordinario “efecto moviola” para la memoria. Él a mi no me podía ver, pues yo le daba la espalda, pero yo sí lo distinguía en mi visión, sin la menor dificultad, gracias a ese cristal espejo que tenía delante. Uno y otro habíamos cambiado físicamente, de niños a personas mayores, con el paso de estas décadas del tiempo por nuestras vidas. Habíamos compartido el mismo grupo escolar durante los cursos de aquel antiguo bachillerato elemental (hoy día serían los últimos cursos de la educación primaria y los primeros de la enseñanza secundaria obligatoria (ESO). La particularidad de nuestro vínculo no sólo era el estar agrupados en la misma aula, por ser coetáneos, sino también por nuestros apellidos, que estaban unidos en las listas de aula, ya que el suyo iba inmediatamente anterior al mío. La suerte del alfabeto no sólo nos unía en los listados de los profesores, sino también en la ubicación física del aula, pues en aquella época los maestros solían sentarnos correlativamente, según el orden de los apellidos insertos en los listados de alumnos. Incluso una de las escasas fotografías escolares que conservaba en casa, correspondientes a esos años, muestra la imagen grupal de nuestro curso, sentados alrededor del Sr, director del colegio, formados en diferentes filas. Nos habían situado por estaturas o envergaduras y los dos compañeros de lista estábamos también juntos en la simpática escena para el recuerdo.

Por fortuna, nunca olvidé su nombre completo, pues los profesores pasaban lista de manera diaria. La repetición de los apellidos hizo que se grabaran indeleblemente en mi memoria. Pasaron los años y, tras el bachillerato elemental, cambiamos de centro y nunca más coincidimos, a pesar de que teníamos una cierta amistad. En alguna oportunidad supe de él a través de las informaciones de prensa, debido a la actividad profesional que ejercía como arquitecto. La imagen actual que ofrecíamos, después del paso de tantos años de distancia por nuestras vidas, era bien diferente de la que aquellos niños de 10-12 años que compartíamos el aula escolar, por lo tanto era previsible que él no me reconociera y yo a él tampoco, si no fuese por la ayuda de las fotografías que había visto en la prensa, con sus nombres y apellidos.

Con presteza abandoné mi asiento, acercándome a su persona. Le indiqué si podía dedicarme unos segundos. Un tanto extrañado, pero con curiosidad, accedió a mi petición y salimos del recinto bibliotecario, para no molestar a los demás usuarios que ocupaban sus puestos de lectura y estudio. Percibí de inmediato, a través de su mirada, que en absoluto me reconocía, lo cual era perfectamente lógico ya que no habíamos mantenido contacto durante más de medio siglo.

Le comenté de inmediato que habíamos sido compañeros de aula durante unos cursos, en aquel antiguo bachillerato elemental entre los 10 y 14 años, citándole el nombre del Colegio situado en pleno centro de la ciudad, institución escolar inexistente desde hace años, pero cuyo edificio está hoy dedicado y adaptado a numerosos despachos profesionales. Para facilitar su recuerdo, mencioné mi nombre completo, junto al de muchos de los profesores que nos habían dado clase: D. Francisco, el director del centro, el jefe de estudios don Carlos, don Antonio y don Luis, profesores de guardia, don Alfonso de Matemáticas, don José de Geografía e Historia, don Andrés de Lengua y Literatura, don Florián de religión, don Rafael de Educación Física, doña Carmen de Francés, don Juan de Formación Política, don Manuel de Latín, don Juan de Matemáticas, don Salvador de Física y Química, etc. Concreté bien los apellidos de estos recordados profesores, aunque en esta narración se omitan.

El antiguo compañero escolar, al que llamaremos Francisco, pasó de una expresión de incertidumbre o duda a un estado profundamente emocional. Poco a poco iba recordando a algunos de los alumnos que le iba citando, entre sonrisas y movimientos de cabeza afirmativos. Tras recoger mis “bártulos de estudio” acordamos ir a tomar alguna infusión, a fin de poder hablar y ejercitar la memoria con más sosiego y profundidad.

“Me asombra tu potente capacidad para recordar hechos que protagonizamos siendo muy niños, ya con más de cinco décadas en la distancia. Efectivamente, ahora que me repites tus apellidos, recuerdo que todos los profesores pasaban lista en sus clases y que tu nombre venía siempre detrás de mis apellidos. Tu imagen la tengo envuelta en una nebulosa, que se me hace aún difícil definir. Me dices que también tienes una foto grupal en la que aparecemos todos los compañeros junto al director del colegio. Para mi sería un entrañable tesoro poder verla. Te dejaré mi correo electrónico para que tengas la generosidad de enviármela, pues me comentas que la tienes digitalizada. Los dos hemos cambiado físicamente, por supuesto. El paso de los años nos convierte de niños en adultos y a poco en personas mayores. Es una suerte poder compartir contigo este buen reencuentro, que de alguna forma nos rejuvenece ¿verdad?”

Separados físicamente por sendas tazas de té, pero unidos anímicamente por nuestros lejanos recuerdos de la infancia escolar, continuamos dialogando durante largos y emocionantes minutos, intercambiando simpáticas anécdotas de aquellos lejanos años en el colegio, con el protagonismo de los queridos profesores que, por la lógica temporal, ya no están entre nosotros. Lógicamente, también resumimos la evolución de nuestras respectivas vidas, tanto en lo profesional como en el ámbito privado de lo familiar. En su caso, dentro del marco constructivo de la arquitectura. En el mío, ayudando a modelar personas en el ámbito instructivo educacional. Y así, mientras los recuerdos iban aflorando, las manecillas del tiempo incrementaban la densidad del inesperado y peculiar reencuentro. Y ya, cuando los relojes marcaban su avance inexorable para la lógica despedida y cuando la noche había dibujado esas alegres estrellas que se perciben en el cielo, ocurrió un hecho curioso entre dos seres reencontrados, para la gozosa memoria de nuestras vidas.

Con las tazas ya vacías y somnolientas, las imágenes del pasado algo reconstruidas, los sentimientos ya más sosegados y los latidos anclados en la añoranza, nuestras miradas una vez más se cruzaron, abriéndose entre ambos ese tenso espacio de la reflexión y el silencio. A poco alguna sonrisa y nuestras pupilas seguían fijas, tratando de manifestar con la vista aquella realidad que no fluía con la acústica de las palabras. No recuerdo bien quién lo dijo, pero es igual, la idea nos era compartida y acertada.

“Amigo, es hermoso y estimulante calmar la sed afectiva en los recuerdos, pero ese tiempo pasado ya sólo pertenece a la generosidad de nuestras memorias. No busquemos más el consuelo de unas imágenes y vivencias inexistentes en la actualidad. Todo eso es nuestra pequeña historia que pertenece a otra realidad. Una inolvidable infancia que ya no es posible recuperar”.

Sin renunciar al blindaje de la sonrisa, nos estrechamos las manos, tal vez nos abrazamos y musitamos esa frase amable de tan difícil realización para las efímeras voluntades: “Tenemos que seguir en contacto. Cualquier día, en gozosa oportunidad, nuestras vidas volverán a reencontrarse”.

Camino de casa, tomé conciencia de un inoportuno error. Me preguntaba por qué no utilicé la cámara fotográfica que llevaba en la mochila, a fin de inmortalizar esa valiosa imagen que guardaría en la preciada carpeta de las personas en el recuerdo. De todas formas, el caprichoso y travieso destino, aliado con la tecnología del efecto espejo en los murales de la biblioteca, nos había regalado un sentimental reencuentro, totalmente imprevisible y sorprendente, emocionante reunión que se había dilatado o retrasado durante más de cinco décadas sumadas en las páginas vivenciales de los almanaques. -

 

UN OPORTUNO EFECTO ESPEJO

EN LA BIBLIOTECA

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga.

14 enero 2022

                                                                               Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 




 

jueves, 6 de enero de 2022

EL PERSUASIVO AMIGO DEL PARQUE.

Analizando el comportamiento de esas otras muchas personas, con las que nos cruzamos por las calles y plazas de nuestras ciudades, ya sean familiares, amigos, compañeros, vecinos o conocidos de vista, también haciendo una autorreflexión acerca de nuestra actitud ante la vida, tenemos la convicción o percepción acerca de la gran cantidad de población que se siente “sola” y aburrida a lo largo de los días. Y este último sentimiento es sufrido o soportado, a pesar de las inmensas o numerosas posibilidades hoy existentes, que permiten acceder a situaciones de una más o menos cómoda distracción.

¿Ejemplos para esta "terapéutica"? Resulta fácil constatar la existencia de abundantes bibliotecas públicas, con una amplísima oferta de libros, revistas, periódicos y material video gráfico. La televisión en la actualidad no es como la que se emitía en los años de nuestra infancia, cuando sólo había una o dos cadenas para distraernos e informarnos. Por el contrario, las empresas mediáticas que hoy podemos sintonizar en nuestros televisores rebasan con generosidad el centenar. A poco que busquemos información, nos encontramos, casi todas las semanas, con la oferta de numerosos conciertos, salas de exposiciones y museos, gratuitos o con días y horas de entrada sin coste. La abundancia de parques y jardines públicos es una realidad en nuestras ciudades. El transporte público municipal para las personas mayores, con limitados ingresos, resulta también prácticamente gratuito o con un precio bastante reducido con respecto a la tarifa general. En casi todos los municipios, los ayuntamientos ofertan cursos muy variados para el aprendizaje de las más interesantes materias. En no escasos barrios siguen funcionando las tradicionales y amistosas peñas y asociaciones, vinculadas a las más diversas artes, ciencias y costumbres.  Internet es una sugestiva y “milagrosa puerta o ventana abierta al mundo, a través de la cual podemos encontrar información para casi todo, visitando miles de páginas web y por supuesto con la ayuda inestimable del buscador Google, que nos lleva a viajar por las redes on-line de la cultura, la literatura, el arte y la ciencia. La naturaleza está siempre abierta y receptiva, sólo hay que “andarla”.                               

Sin embargo, a pesar de todas estas lúcidas posibilidades e incentivos, fácilmente disponibles, cuando observamos a las personas que nos rodean, especialmente “mayores”, seguimos percibiendo ese rictus de aburrimiento y soledad que dan, con vileza y desazón, los años acumulados en el cuerpo y en el espíritu. En este global contexto, enmarcamos una interesante historia de una persona que “sufría” la contrastada realidad de un “excesivo” tiempo libre.

Luminosa mañana de invierno, en una dinámica ciudad de suave clima mediterráneo. Hacía algo de frío, más bien elevada humedad relativa del aire, pero la generosidad solar compensaba y gratificaba los cuerpos, permitiendo gozar con esos rayos templados o “aterciopelados” que te hacen sentir bien, sin tener que llevar excesiva ropa sobre el organismo. El protagonista central de nuestro relato es un hombre casado, de mediana edad (54) con dos hijos (varón y hembra) que cursan estudios universitarios. Heliodoro comenzó a trabajar en una entidad bancaria a los veintisiete años, después de algunos empleos ocasionales, con su título de bachillerato y habiendo realizado unos cursos de formación profesional, en la modalidad de administración y contabilidad. Toda su vida laboral la ha ido desarrollando en la misma entidad financiera, ubicada en una barriada en donde también tiene su residencia familiar. Ha ocupado diversos puestos en la sucursal, de la que no se ha querido “mover” pues siempre ha mantenido la convicción de que el conocimiento directo de la vecindad es un factor muy importante para mantener e incrementar la fidelidad clientelar.  

Como a tantos y tantos ciudadanos, los ciclos y vaivenes de las crípticas leyes económicas afectaron a su estabilidad profesional y vivencial. Las sucesivas crisis del sistema capitalista indujeron a los grupos financieros a buscar la concentración bancaria, reestructurando sus organizaciones con la supresión de numerosas sedes y sucursales, hecho favorecido por el auge y desarrollo de la banca on-line o digital. Las plantillas laborales sufrieron también, con penosa lógica, estas modificaciones organizativas, desarrollándose una severa política de despidos y bajas incentivadas o negociadas, de manera especial para con los trabajadores que superaban el medio siglo de vida. Este laborioso interventor de una importante sucursal bancaria, sita en la zona del barrio de la Victoria malacitana, también se vio afectado, pues se encontraba incluido por su edad en el grupo de los señalados para abandonar el puesto de trabajo que ocupaba. Obviamente ese despido, tras casi tres décadas vinculado a la misma entidad fue acompañado de unas condiciones económicas hasta cierto punto ventajosas, pero al tiempo con el riesgo sumado de llegar a la “jubilación” con “excesivo” tiempo libre durante la sucesión de los días. La posibilidad de buscar un nuevo acomodo laboral la puso en práctica desde el primer momento, pero tras los sucesivos “fracasos” cuando llamaba a la puerta de las distintas empresas, más o menos relacionadas con la actividad que había desarrollado hasta el momento, le hizo tomar conciencia de que en época de contracción económica el perfil de edad era un impedimento o hándicap “insalvable” para volver a encontrar un nuevo puesto de trabajo.

Su mujer, Leonor, además de llevar personalmente las tareas del hogar familiar, ocupa las tardes en un comercio de mercería, lanas y tejidos, propiedad de una prima hermana. Este esfuerzo laboral le reporta también el incentivo de salir de casa y poder ayudar (con su pequeño sueldo) a las necesidades de una familia en la que ambos hijos se encuentran estudiando en el campus universitario: Lalo hace traducción e interpretación, mientras su hermana Margara cursa 2º curso de medicina.

En este contexto familiar y personal, Heliodoro, sufre cada día más el anímico padecimiento del aburrimiento. El “inesperado” despido, que tuvo dolorosamente que afrontar hace ya casi un año, no lo ha sabido integrar muy bien en la nueva estructura vital en la que transcurre el paso de los días. Durante muchos años había estado cumpliendo un rutinario horario de trabajo, entre lunes y viernes, con la llegada puntual a su oficina antes de las 8 y permaneciendo en la misma hasta las 15 horas. Incluso dos tardes a la semana también trabajaba en su oficina desde las 17 hasta las 19 horas, con el incentivo económico subsiguiente. De esa forma se sentía responsablemente ocupado, dejando para los fines de semana esos comportamientos lúdicos para salir al campo, asistir al cine o al fútbol o estar sentado en casa leyendo o mirando la televisión. Pero ahora todo es diferente. Cada mañana se ve obligado a “construir” un nuevo día, con todas las horas disponibles, a fin de evitar esa aburrida rutina de no tener nada obligatorio que hacer a diferencia de antes, cuando tenía que cumplir un integrado y “saludable” horario laboral.

El antiguo interventor bancario todavía se siente joven, a pesar de haber superado la cincuentena. Aunque mantiene algo de sobrepeso, su salud es razonablemente aceptable. Ahora que tiene tanto tiempo libre le gusta de practicar los paseos, como saludable y diaria afición. Después del desayuno, abandona su domicilio a fin de recorrer, sin rumbo premeditado, distintas zonas de la ciudad. La opción portuaria es una de las que más utiliza. También gusta acudir a las zonas ajardinadas, entorno vegetal que aprovecha para leer plácidamente el periódico de difusión nacional que adquiere cada mañana. Los entornos que con más frecuencia suele visitar son la Plaza de la Merced, los jardines, tanto los del Parque Central como el del Norte y el de Picasso. También los dos largos Paseos Marítimos, llegando en su caminar por el este hasta los Baños del Carmen o la zona de la Térmica, en el área occidental de la ciudad.  

Al paso de los meses, ha constatado y soportado la actitud de otros muchos jubilados o personas sin trabajo como él, que utilizan diversos métodos para acercarse a su asiento, en donde descansa o practica la lectura, Estos paseantes “anónimos” ansían poder entablar conversación a partir de los más variadas temáticas o motivaciones. Suelen ser personas solitarias, normalmente de edad avanzada, que buscan compartir un rato de charla, que obviamente agradecen, para sosegar su imperiosa necesidad de hablar y ser escuchados. Aunque Heliodoro prefiere centrarse en la lectura de su periódico, acaba aceptando esta muy humana realidad, pensando que la necesidad que aturde a esos desconocidos transeúntes también puede llegar a tenerla él mismo en el futuro, en una sencilla reflexión del “hoy por ti, mañana por mi”. Entiende que hay mucha gente que sufre la anemia psicológica y material de la soledad en sus vidas, sin poseer los mecanismos de ayuda necesarios para alcanzar la auto distracción. Aplicando el dicho popular, considera que estas personas “se aburren como ostras”. En realidad, aparte de la lectura de la prensa diaria, a él le ocurre también parte de lo mismo.

Durante estas experiencias “amistosas” constata que hay compañeros, en ese populoso y rutinario ejército del tiempo libre, excesivamente persuasivos, pesados y reiterativos, aplicando esa actitud de “pegarse” a su persona, impidiéndole poder estar tranquilo para pensar, leer o simplemente pasear. Cierta mañana de febrero, cuando apenas había llegado a los jardines anexos al edificio del Ayuntamiento malacitano, llamados de Pedro Luis Alonso, llevando su fiel diario El País debajo del brazo y había elegido un buen asiento, a fin de evitar la frontalidad solar que le deslumbraba, vio acercarse a un hombre de una edad similar a la suya. Vestía con una chaqueta de pana ancha color marrón, bastante ajada por el continuo uso, pantalones de franela con el mismo color de su chaqueta, calzando unos zapatos negros de pronunciada puntera, con los talones muy desgastados en los laterales diestros, a causa de la peculiar forma en el caminar del individuo. También le resultó chocante observar la boina negra (de esas antiguas) con la que cubría la abundante cabellera gris/canosa de su cabeza, manifiestamente ovalada. Además de un par de orejas muy destacadas en “soplillo”, mostraba un tono de piel bastante curtido y agrietado, tal vez por el paso de los años o por el desempeño de alguna profesión ejercida al aire libre. En su hombro izquierdo portaba una mochila marroquí de color oscuro, muy “descarnada” en su superficie.

El desconocido transeúnte se le acercó sonriente, echando mano de inmediato al “manual temático de protocolo”, a fin de romper el hielo inicial para la amistad (el tiempo atmosférico, la abundancia de turistas en la ciudad, la clasificación de la liga futbolera, el comportamiento de la clase política…). Pero siempre hay un recurso que suele dar óptimos resultados: “yo le conozco a Vd. de algo, pero ahora mismo no lo puedo concretar…” Como el dicharachero transeúnte o paseante no se iba, Helio decidió al fin cerrar las páginas de su periódico. A poco de entablar conversación supo que se llamaba Herminio y que había trabajado como maestro de obras. Manifestaba que desde hacía tres años se encontraba jubilado, por un molesto problema de vértebras.

“Ahora, quien lleva la pequeña empresa es mi hijo Adalberto. Por cierto “amigo”, si tiene alguna chapuza que hacer en casa, como fregaderos, terraza, lavadero, cisterna, chimenea, solería, pintura, techos, tabiques … nosotros le metemos mano incluso a la electricidad y a la fontanería. Dada la hora que es, presumo que está Vd. amigo Heliodoro, jubilado o en paro. He de confesarte que me has caído bien, por lo que te (ahí comenzó el tuteo campechano) voy a ofrecer algo que solo planteo o descubro a personas muy amigas. Especialmente si son gente inteligente, como desde el primer momento he visto en tu persona. Te ofrezco la posibilidad de invertir, a cambio de una rentabilidad no menor del 15 %. Te extraña ¿verdad? Pero esto te lo explico más despacio, con un café caliente de por medio. Tengo el gusto de invitarte. El tenderete del Parque está abierto ya a esta hora. En dos zancadas estamos sentados en la mesa, donde te descubro la “albañilería” de esta sorprendente rentabilidad”.

Desde luego la “labia” de Herminio no tenía parangón. Mezclaba la afilada mirada de sus penetrantes ojos, con hábiles movimientos de las manos y cabeza, en circuitos pendulares bastantes imperativos por su enérgica plasticidad. Era un tipo de comportamiento curioso, un trilero de la palabra, teatrero, amable, simpático, persuasivo, también enérgico en ocasiones … globalmente encantador. Una de esas típicas personas a la que no es fácil decirle “no” o lo que realmente sientes. A los pocos minutos, Heliodoro y Herminio ya se encontraban acomodados en el pequeño bar del Parque, consumiendo sendas y deliciosas, por su aroma y sabor, tazas de soja moka. La verborrea de Armenio carecía de límites expresivos, ante el asombro aturdido de un Heliodoro, claramente superado por la intensidad léxica de su hábil interlocutor.

“Amigo Helio. Te explico. Me entregas 500 euros. A comienzos del mes próximo recibes de mi mano el 15% de rentabilidad: 75 euro. Te cuesta trabajo admitirlo. Lo acepto. En medio año has ganado el mismo dinero invertido y en cualquier momento puedes recuperar el capital original. Esa inversión nunca la pierdes, sino que la mantienes reportándote opíparas ganancias. Pero ¡qué te voy a contar, que no conozcas, si eres un especialista bancario, como generosamente me has comentado! Sin embargo tengo que ser sincero contigo. Como bien comprenderás, este dinero es movido por gente de la “sombra”, la mafia del dinero. Lo más interesante y seguro es que no hay “papel” alguno de por medio. Y te olvidas de pagar el odioso 21 % de IVA: nada de impuestos. No te preocupes por la “bofia”. Piensa que yo a ti “no te conozco”. Tu a mi tampoco. Nuestra garantía queda en el honor, en nuestra inmaculada palabra. Te estoy ofreciendo esta posibilidad, porque desde que te vi me caíste bien. No le des más vueltas: una suculenta inversión para personas ambiciosas y emprendedoras, hastiadas de tributar para que otros vivan muy bien. En confianza, puedes probar un par de meses a ver como lo llevas. Sé valiente y arriésgate con 500 euros, al menos. Después, te aseguro, querrás invertir más y más” Lo veo en tus ojos”.

Dulcemente “embriagado, aturdido, deslumbrado”, por las apetecibles ofertas que le hacía Herminio, se sintió atrapado por una tentación lúdica que había superado la racionalidad de su débil voluntad. Sólo acertó a decir o musitar lo siguiente:

“Heminio, la oferta que me haces es muy suculenta y quiero probar, aunque sólo sea durante un par de meses. No voy a firmar ningún papel o documento, pues esto es dinero negro y nos podemos meter en un buen lío. Pero en mi vida he pagado y sigo pagando muchos tributos y ahora mismo me veo en la calle, con una compensación de paro que es realmente una miseria. Y cuando se me acabe, pues a esperar la jubilación definitiva, hasta que me llegue la edad. Quiero probar. Yo sé que movéis ese dinero negro en bolsas del Este europeo o en negocios o acciones que no quiero pensar. Pero estoy decidido, después de que me hayan puesto en la calle, tras tres décadas de responsables sacrificios.  Ahora mismo sólo llevo 240 euros en la cartera. Pero si me acompañas al cajero, lo completo hasta sumar los 500 euros que me decías, para probar como “funcionan”. Según vea los resultados de esta primera entrega, en los meses siguientes puedo incrementar el monto de la inversión. Tienes unas maravillosas dotes para la convicción”.

“Me enorgullece tu confianza y admiro la inteligencia que muestras, amigo Helio. No dudes que el dinero que se ganan, a manos llenas, las corporaciones, es la rentabilidad o capital que reciben nuestros clientes y sólo por confiar en nosotros. Para los inversores VIP, como es tu caso, siempre llevo algún modesto detalle en la mochila, como prueba de nuestro reconocimiento por la confianza que recibimos.  Es un especial regalo que te entrego, pero que debes abrir en tu domicilio pues, a partir de ahora, debemos extremar nuestros movimientos y actitudes. Recuerda que yo no te conozco de nada y tú a mi tampoco. Nos vemos aquí mismo dentro de un mes. Te entrego un sobre con los 75 euros y, si lo estimas procedente, me entregas otro con la nueva cantidad que desees para incrementar el capital. El lugar de encuentro lo iremos cambiando, para no levantar sospechas. Dame tu número de móvil y recibirás un sims con un lugar y una hora para las próximas citas. Eres un buen tío. Me enorgullezco de haberte elegido. No suelo equivocarme. Llevo en el negocio ya un tiempo y la experiencia me ayuda para elegir a los inversores inteligentes. Comprenderás que el nombre que uso, de Armenio, es simulado. Aunque gran parte de la historia que te he contado sobre mi vida es absolutamente verídica”.

Tras gestionar un reintegro en el cajero automático, se despidió de Armenio (o como se llamara), quien también le entregó un paquetito rectangular, como detalle prometido, primorosamente envuelto en papel de regalo y bien sellado por cinta transparente para pegar. Su peso era notable, por lo que Heliodoro, con gozo, pensó que podría ser algún objeto electrónico. Se repetía asimismo esa sosegada frase “mejor no pensar en su origen”. Llegó a casa “jadeante” tomando conciencia de que a pesar de haber en el ambiente una fresca temperatura, su camisa estaba húmeda por el sudor. Los nervios de haberse implicado en una operación ilegal, la primera vez en su vida, juntado a su sobrepeso, provocaban ese “alegre” sofoco anímico y físico que le embargaba. En principio se había prometido no comentar nada del caso a Leonor, quien estaba poniendo la mesa para el almuerzo. No pudo aguantar más la intriga y se fue al dormitorio, para conocer el obsequio que le había entregado su peculiar nuevo amigo del Parque. Abrió tembloroso el bien presentado paquete, observando que había sido envuelto con esmero, pues tras el papel del envoltorio (“estampado” con pequeñas estrellitas blancas, sobre un fondo rojo) venía un protector de plástico con burbujas de aire, sin duda para evitar los daños de una posible caída. Tras el plástico de burbujas, nuevo papel blanco “acartonado”, para potenciar la protección. Las gotas de sudor nuevamente fluían a su frente, en un estado de catarsis nerviosa un tanto infantil pero naturalmente comprensible. El temblor manual era incontrolable. Y al fin, tras eliminar el grueso papel blanco, apareció el dadivoso presente: una vieja loseta o rasilla de cerámica andaluza, con restos de cemento pegados en su reverso, recogida probablemente en algún vertedero o basurero con escombros de obra. La sorpresa o el impacto anímico en Heliodoro fue de tal calibre, que la loseta se le cayó de las manos, rompiéndose en varios trozos que dañaron superficialmente el reciente terrazo pulimentado del dormitorio.

Nunca le explicó a Leonor la experiencia de aquella aciaga o poco afortunada mañana. Al parlanchín “maestro de obras” no volvió a verlo en sus nuevos paseos por los jardines y calles malacitanas. Tampoco recibió llamada alguna para indicarle un nuevo lugar de encuentro, en donde recibir el supuesto interés del 15 % por su ambiciosa, pueril e ilícita inversión. -

 

 

 EL PERSUASIVO AMIGO

DEL PARQUE

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

07 enero 2022

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