Es bastante probable que muchos de los lectores de estos relatos hayan tenido la experiencia de conocer a algún miembro del clero, regular o secular, monje, fraile o sacerdote, que, en un momento de su ministerio o función sacerdotal, haya tomado la muy difícil decisión de exclaustrarse o secularizarse. La misma “libertad” que esa persona tuvo para ingresar en un monasterio, convento o jurar los votos para ejercer el sacerdocio, también la asume para pasar a la ciudadanía laica, desde el ámbito eclesiástico.
Parece lógico que cuando un miembro militante de la iglesia católica adopta esa “drástica” decisión en su vida de abandonar “los hábitos” no lo hace “a la ligera”. Dar ese paso trascendente, como es dejar su función sacerdotal, debe conllevar largos e intensos meses de reflexión, meditación y sacrificio personal. Durante esa fase de duda espiritual, pueden abandonar definitivamente esa pretensión de secularización. Pero hay otros componentes del estamento eclesiástico que, finalmente adoptan ese cambio trascendente en sus vidas, renunciando a seguir ejerciendo el sacerdocio. En este contexto se inserta nuestro relato semanal.
El Padre EUSEBIO Sibajas, ejercía como sacerdote párroco en una localidad de la Axarquía malagueña. Había estudiado en el Seminario conciliar de Málaga, en donde ingresó en 1941, con apenas doce años. El deseo de su madre, viuda de guerra, fue decisivo en esta opción. En aquellos muy difíciles años de la posguerra española, a partir de 1939, fueron muchos los niños y jóvenes que buscaron en el seminario el mejor centro de estudios en el que podían recibir una formación de calidad, en unos años brumosos de intensas carencias y penalidades. Su aplicación en el estudio como seminarista fue ejemplar y siguiendo el proceso normativo de la curia eclesiástica, fue propuesto para que tomara los hábitos sacerdotales y “cantara” misa a los veinticuatro años, para alegría propia y de sus familiares y amigos, especialmente su señora madre, doña ANGUSTIAS.
Tuvo destinos temporales, por parte del Obispado, como coadjutor del párroco titular en distintas localidades de la diócesis malagueña. Su madre lo acompañaba con el orgullo ilusionado de ver a su hijo “bien colocado” o situado, en un puesto tan importante para la salud religiosa de la feligresía del lugar. Tener un hijo que vestía sotana, al que los habitantes del lugar llamaban “don Eusebio” o Padre Eusebio era toda una satisfacción para una madre abnegada, que tanto había sufrido con los rigores y crueldad de la guerra fratricida española, desde 1936-1939.
Al fin, el Rvdo. Sr. Obispo de la diócesis lo envió a un pueblo de la Axarquía malagueña, ya como párroco titular. A punto de cumplir los cuarenta, era un apetecible logro, para un hijo y su madre, que tanto habían “luchado” en esas décadas nubladas de la Historia de España. Su labor pastoral como el padre cura de la localidad era reconocida por los lugareños de un pueblecito pescador y agrario, que también recibía un flujo económico durante los meses del estío, cuando turistas nacionales se desplazaban con sus familias para pasar esos meses vacacionales, alquilando para ello parte de la vivienda de familias modestas, que se avenían a ceder la parte principal de sus casas para que los visitantes disfrutaran del sol y la playa y de los incentivos rurales del lugar. La popular feria de Santiago y Santa Ana a finales de julio, el desplazamiento para visitar la capital que se realizaba en pocos minutos o usando el inolvidable tren de “la cochinita” en su trayecto paralelo al mar, la serena tranquilidad de la vida rural y una sana y suculenta restauración con precios muy asequibles eran fuertes incentivos para acudir a la localidad. Las pesetas que dejaban los señores de otras provincias españolas “oxigenaba” la precaria economía de estas sencillas familias que trabajaban en la agricultura y en la pesca de arrastre que las barcas de traíñas realizaban durante las horas nocturnas, en las que sacar el copo hacia la arena de la playa era un fascinante y esforzado espectáculo que se complementaba con el pescado fresco que era tan apetecible para consumir frito o asado en los restaurantes y en las mesas de los hogares particulares.
Pasados unos diez años, el Padre Eusebio recibió desde el obispado el traslado de su misión pastoral a un nuevo destino. Era una nueva parroquia situada en una populosa barriada pesquera de la capital malacitana, dada la solvencia sacerdotal demostrada en el ejercicio de sus funciones religiosas. Doña Angustias continuó acompañando y asistiendo a su hijo, en la nueva parroquia, teniendo que abandonar ese pueblecito tan querido en el que también había sido muy apreciada y atendida por las amigas y vecinas.
Las leyes del calendario, en la vida de las personas, generó que la admirada doña Angustias terminase su largo recorrido existencial, falleciendo con la alegría de ver lograda su gran aspiración de tener un sacerdote en la familia, hijo de su propia sangre. La pérdida de una madre tan querida y admirada fue un durísimo golpe anímico y vocacional para el padre Eusebio, ya inserto en su medio siglo de vida. El dolor por la pérdida de una madre que tanto había supuesto en su desarrollo personal se unió al también insoportable dolor de la cruel soledad vivencial, que cada vez más le abrumaba. En los momentos de mayor declive anímico, el ya veterano sacerdote comenzó a sentirse abrumado por las dudas acerca de los verdaderos fundamentos de su vocación pastoral, como miembro cualificado de la iglesia católica. El Eusebio hombre, en la soledad de su actual circunstancia, veía que avanzaba sin pausa el calendario de su existencia, sintiendo que la potencialidad sexual para la genética le atormentaba cada vez más, necesidad que antes había sabido dominar por el ejercicio de sus funciones y la proximidad de su querida madre. Sentía que se le iba acabando la oportunidad, como hombre, de poder formar una familia. En esta vorágine depresiva, se preguntaba si en él había realmente existido esa imprescindible vocación para el ejercicio sacerdotal. El destino, imprevisible y travieso, quiso colaborar en la confusión vocacional de este cura, poniendo en su camino a una mujer parroquial, mucho más joven que él.
Algunos compañeros sacerdotes trataron de ayudarle en ese momento crítico que había llegado a su existencia. Le ofrecieron, con más o menos delicadeza y estilo, “sabios” consejos para que no llegara a la secularización. En el entorno clerical hubo más severidad que comprensión. En la situación tan abrumada, confusa y bien amarga en la que se encontraba, solicitó audiencia con el prelado de la diócesis, su “jefe” directo como sacerdote. El Sr Obispo, tras escucharle con atención y benevolencia, ofreció a su compañero que se recluyera durante unas semanas, para que se centrara en la meditación, la oración y el sacrificio, y que intentara recuperar “la cordura”, sensatez que era necesaria aplicar antes de dar un paso de tal trascendencia en su camino por la vida. La oferta, sugerencia o mandato del prelado fue aceptada por Eusebio, que continuaba a la deriva en un mar embravecido de dudas. Paralelo a todos estos vaivenes anímicos, éticos y vocacionales, encontraba paz e ilusión cuando se reunía con esa feligresa que había despertado su atracción y necesidad, en su acre lucha contra la soledad. El sentimiento y atracción de esa mujer hacia él también era muy intenso.
No había cumplido una semana de hospedaje en el monasterio benedictino burgalés, cuando Eusebio se despidió del abad monacal, quien le dio la bendición para que tomara el camino más sincero y valiente con respecto a su conciencia. Eusebio abandonó las reglas monacales y volvió con toda premura a su lugar de origen. En 24 horas había presentado la documentación necesaria para solicitar la dispensa papal. La alegría de VIRGINIA su compañera afectiva, tratando de guardar la compostura, era emocionante y entrañable.
Don Eusebio Sibajas se gana actualmente la vida como profesor de latín y religión en un centro educativo confesional de titularidad privada, de notable prestigio en la educación malagueña. Está casado “por la iglesia” con ese amor terrenal que ambos, hombre y mujer, se profesaban. En pocos años, trajeron a la vida a tres hijos, preciado tesoro que da luz y sentido a sus vidas. Viven con sencillez y alegría, confiados en haber hecho lo correcto en un momento trascendental de sus existencias. Los dos han cogido kilos y Eusebio no echa de menos el traje clerical, clergyman (antes fue la sotana) que vistió con dignidad y responsabilidad, durante más de dos décadas.
En la sencillez de la confidencia, compartiendo ese café de amistad fraterna con algún amigo “de siempre” (otros habían dejado “injustamente” de serlo) confesaba, con el timbre de su voz melodiosa que le caracterizaba, que al paso de los años ejerciendo como sacerdote fue tomando conciencia de que su vocación inicial no era tal. “Había que sobrevivir, en la angosta y árida dureza de una España, nublada y triste, recién salida de una muy cruenta guerra entre hermanos. La pérdida de mi madre fue definitiva para la secularización. Con ella viva nunca habría dado este paso tan difícil, hacia la sinceridad absoluta de mi conciencia y necesidad. Pero Virginia ha sido mi ángel salvador, en el cruel marasmo de la soledad”. Los dos veteranos amigos continuaron hablando acerca del discutible “precepto” del celibato sacerdotal y sus consecuencias personales y sociales. –
LA DECISIÓN DEL PADRE
EUSEBIO
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 12 junio 2026
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