viernes, 6 de febrero de 2026

LÚCIDO Y VALIENTE CAMBIO DE RUMBO

 

Hay dos fechas en el calendario especialmente propicias para que la ciudadanía haga proyectos de ilusionados cambios en su trayectoria vital. Esos intentos de cambio de rumbo se nuclean alrededor del inicio otoñal, tras el “letargo” vacacional veraniego y, sobre todo, cuando comienza una nueva anualidad. Nadie debe dudar que esos proyectos para cambiar nuestra forma de vida son, en principio sinceros. 

Una mayoría de personas se proponen, con firmeza, mejorar su buena o regular salud, haciendo ejercicio en determinadas horas de la semana. Gimnasios, centros polideportivos, grupos de pilates y yoga, correr o caminar por la naturaleza urbana o rural, cuando apenas amanece. Controlar las dietas alimenticias, en racionalidad y cantidad. Métodos “infalibles para vencer el insomnio y el estrés. Los más ambiciosos se aventuran en la práctica de un deporte regular, sin demasiados riegos físicos, que facilite la “quema” de gramos y calorías y al tiempo facilite la socialización anímica. Podrían añadirse otros sensatos, valientes y esforzados nuevos proyectos, en cultura, idiomas, belleza, amistades y actitudes que mejoran el carácter. 

La realista experiencia nos dice que esos aventurados y necesarios cambios, en una mayoría de ejercitantes, van decayendo, con intermitencias cada vez más espaciadas que suelen finalizar con esa frustración de incumplimientos y perezas disuasorias. Sabemos aplicar sutiles justificaciones, para compensar nuestra débil voluntad para la permanencia en el pretérito empeño. De todas formas, siempre queda la ilusión, de naturaleza “infantil” de que llegará otro septiembre o enero, a fin de reintentar el fallido proyecto. En este humano contexto se inserta nuestra semanal historia, que compartimos con agrado. 

GASPAR Cano Baltanás, el personaje central de esta historia, había llegado a su medio siglo de vida. Trabajaba, desde hacía más de veinte años, como cajero de una entidad bancaria. Desde la atalaya social, se le consideraba como un ciudadano ejemplar. Cumplía horario laboral, entre lunes y viernes, de 8 a 15 horas, al frente de la contabilidad bancaria y de atención al público, con los ingresos, reintegros, recibos al pago de toda naturaleza, junto a otras gestiones que le eran encomendadas en el ámbito de su especialidad (había realizado estudios Empresariales en la universidad).  Desarrollaba por las tardes cortos paseos, visitas a centros culturales o yendo al cine, para ver alguna película que tuviera buena crítica. Los fines de semana se desplazaba, con su mujer Águeda, al pequeño apartamento que poseían en la costa occidental malagueña, zona de Playamar, para compensar la aburrida rutina de casi todos los días.

ÁGUEDA Barroso Barandilla, su esposa, desarrollaba su “vida social” al margen de las actividades caseras. El fervor matrimonial entre ambos cónyuges se había “fugado” o “levitado” al paso del calendario. Muy celosa de su imagen que, con los años, sufría el deterioro propio de la edad, trataba de compensarlo visitando regularmente “salas de belleza, peluquerías y cosméticas reparadoras”. Gustaba comprar ropa en abundancia, que, al paso de las temporadas, quedaba obsoleta en los cánones interesados de la moda. Como el armario tenía “su capacidad”, para nuevos ingresos de vestimenta, obligaba a la señora a donar ropa, incluso con muy pocas puestas, beneficiando a vecinas modestas del bloque o llevándola al ropero de Madre Coraje o a las Hermanitas de la Caridad, que estaban en contacto con el Cotolengo. Doña Águeda, 46, tenía su círculo de selectas amigas para la distracción, algunas conocidas desde la época escolar de primaria y secundaria. 

La única hija del ejemplar matrimonio, ALICIA, al ver frustrados sus intentos de ingresar en la guardia civil, policía nacional o policía local, por falta de preparación y constancia en el estudio y elevada competencia de optantes, había logrado al fin plaza de vigilante de seguridad privada, en Prosegur, siéndole asignada función en un gran hipermercado de capital francés. Con esa estabilidad laboral, a sus veintiséis años, se había unido en pareja con un fornido reponedor y mozo de carga, que prestaba servicio en el mismo centro comercial. ARTEMIO, seis años mayor que su nueva compañera, estaba separado de su mujer por repetidas infidelidades, teniendo ambos que afrontar la carga de un hijo con la ex que sumaba cuatro años de vida. Este joven reponedor era muy aficionado a las artes marciales que, en algún caso, había practicado en casa y no precisamente de forma amistosa.  Como Alicia se había preparado también en defensa personal y en el manejo de la porra y las esposas, la unión de ambos iba por buen camino, con la fortaleza orgánica que los emparejaba.  El alejamiento de Alicia con sus padres materializaba una realidad que procedía de años atrás. Deseaba vivir con plenitud su absoluta “independencia” familiar.

Gaspar era una persona físicamente no muy fuerte, delgado de cuerpo, usando lentes de forma permanente, derivado de toda la contabilidad y horas de ordenador que había desarrollado, año tras año, en el ámbito bancario. Practicaba poco deporte, sólo el juego de la petanca con otros vecinos del barrio donde residía y algún que otro paseo. Era bastante estricto con las comidas que consumía. Así iba pasando los años, destacando el mes de vacaciones en el apartamento de Playamar, que le hacía cambiar esa vida rutinaria y monótona que cada día le aturdía más. 

En esta corta familia, todos “pasaban” de todos. Pero había alguna fecha en el calendario en que escenificaban esa unión irreal. En la mesa de Nochebuena del 2025, los tres miembros familiares cedieron en su cotidiana indiferencia. Hubo reunión en casa de los abuelos, a la que asistió también Artemio, junto a una hermana soltera de Águeda y un hermano de Gaspar, Ceberio, que se ganaba la vida trabajando de gruista. Esa reunión también se repitió el día 31, para la entrada de un nuevo año, con los mismos asistentes de la Nochebuena. Pronto la pareja de Alicia y Artemio se fueron a disfrutar la noche. 

El día de Año Nuevo, Gaspar y Águeda se fueron al apartamento playero. Ella llevaba varias series televisivas grabadas en distintos canales, pues así pensaba distraerse, sin dejar de llamar a las amigas. Su marido, aprovechando el buen tiempo del día, daba lentos paseos por la arena marítima. Pensaba y meditaba acerca de su vida. Desde hacía algún tiempo se sentía como un simple y minúsculo tornillo, en un complejo y rutinario engranaje que le proporcionaba una profunda infelicidad. 

“Esta dinámica vital la tengo que cambiar, pues ya estoy en el ecuador de la vida. Llevo muchos años, trabajando honradamente detrás de una ventanilla, dando y recibiendo dinero, en función de las necesidades de miles de clientes con respecto a sus respectivos fondos. Contando billetes, a mano y a máquina. Durante esas 8 horas, aguantando todo tipos de caracteres y trato, para lo único que me levanto de la silla es para ir a los servicios, beber un vaso de agua o ante la llamada del jefe o director de la sucursal. Me gustaría, necesitaría, un trabajo que me proporcionara el movimiento físico y mental. Permanecer tantas horas sentado también aturde los músculos y cercena la ilusión. Atender de continuo a un público muy variable en su trato, manteniendo el autocontrol de las sonrisas, cuando a lo peor carezco de ganas para expresar esas sonrisas y delicadezas, que tantas veces sugiere mi director. 

Los fines de semana me veo un tanto “fosilizado”, perezoso para el ejercicio, con los dudosos incentivos de acompañar a Águeda a la Catedral, a la misa de doce, para escuchar al prelado de la diócesis, manteniendo unas formas respetables ante las personas conocidas, “teatralizando” la estabilidad y buenas formas de esta familia, cuidando las apariencias. Ir sólo al Albéniz (Águeda siempre tiene algún plan “importante” con sus amigas) a ver una película, cuando tengo decenas en mi ordenador. Y el lunes, vuelta a mi sillón giratorio, ante la ventanilla, para repetir los mismos gestos y movimientos, para las peticiones de los clientes. Y así, una semana tras otra, durante años”. 

Parecía evidente que Gaspar estaba una fase de su vida que necesitaba un fuerte golpe de timón, para navegar en otras direcciones más motivadoras para la ilusión. El problema para iniciar una ruptura más drástica era obviamente su trabajo, estable y con buen sueldo, que les permitía vivir con desahogo, para él en sumo aburrido, como en realidad son muchos de los trabajos rutinarios, Asumía que sufría una profunda crisis vital: los cincuenta

Abrumado por todas estas reflexiones, pidió cita para hablar detenidamente con su jefe de sucursal, don EFRENIOCampanal, el 2 de enero del nuevo año, exponiéndole con franqueza la dura realidad que soportaba.

 

“Te entiendo, amigo Gaspar. Llevas con nosotros muchos años y has llegado a un momento de tu vida en la que no dejas de hacerte preguntas. Pienso que esta situación le ocurre a la mayoría de las personas, pero unos tienen mejores recursos, a fin de superar esas crisis existenciales. Tu buena trayectoria te hace merecedor de la mejor comprensión y ayuda. Debes visitar a un profesional que te pueda ayudar, un psicólogo o incluso un psiquiatra sin es necesario. Esa creo debe ser el punto de partida. Después, veremos lo que podemos hacer”. 

Tres días después de esta franca entrevista, don Efrenio lo llamó a su despacho.

“Gaspar, le he dado muchas vueltas a tu caso. Percibo que vuestra relación familiar y la carencia de buenos amigos, esa situación de bloqueo en la que te hayas sumido. La oportunidad de lo inesperado nos puede ayudar, Me ha llegado la información de que el encargado de zona, en los pueblos de la serranía rondeña, va a tener una jubilación anticipada inmediata, por severos problemas físicos. Lleva bastantes años, viviendo en una casita encastrada en la montaña, en el precioso pueblo de Genalguacil. Cada semana hace recorridos por los pequeños pueblos de la zona, estando unas horas en unas pequeñas oficinas prefabricadas, en donde atiende los asuntos financieros más perentorios de los habitantes de la localidad. Un buen ordenador y una impresora “lo puede todo”. Gaucín, Algatocín, Jubrique, Alpandeire, Arriate, Benaoján, Igualeja, Montecorto, Montejaque, Pujerra, etc. Son 23 municipios. En los más pequeños en población, es donde están instaladas estas oficinas móviles de las que te hablo. La gran ventaja de este trabajo coordinador es que vives en pleno ambiente natural o rural. La movilidad que tanto añoras la vas a tener recorriendo, de lunes a viernes, pequeños y escarpados caminos, fascinantes para el goce visual y anímico. Los municipios más importantes en habitantes tienen oficinas estables. Son los menos. ¿Te gustaría aventurarte al cambio de la estresante vida urbana por el enriquecedor y saludable mundo rural?”

 


AL PASO DE LOS MESES

La situación personal y laboral de Gaspar Cano ha cambiado positivamente, para su objetivo de incentivar la existencia. Ha podido comprar, dado su bajo precio, una casita de segunda mano en GENALGUACIL. Vive con modesta felicidad rodeado de naturaleza, en este bello pueblo de la serranía rondeña, siendo uno de los 500 habitantes censados, aunque habitualmente sólo residen allí apenas unos 200.  El encargado de zona, don Gaspar, dedica las mañanas a desplazarse a los distintos pueblos de la serranía, para atender, en días alternativos, a los clientes e impositores de aquellas localidades que carecen de oficinas bancarias, utilizando para ello un pequeño vehículo eléctrico que la empresa financiera le ha facilitado. Hay en esas pequeñas localidades unas reducidas oficinas móviles, en donde un día a la semana estará el representante bancario para resolver los asuntos bancarios de la vecindad. El recorrido por esos bellos parajes, de frondosa vegetación, ha sido una eficaz terapia, para un trabajador que se encontraba en profundo estado de bloqueo anímico. Se siente feliz y realizado, viviendo en la fascinante densa soledad vegetal que tanto le aporta. Su relación con los escasos vecinos del pueblo es cordial y placentera. La valentía que ha aplicado a este cambio de vida es del todo ejemplar. - 

 

 

 

LÚCIDO Y VALIENTE

CAMBIO DE RUMBO

 

 

 

                                    José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 06 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 30 de enero de 2026

UNA TARDÍA Y HERMOSA HISTORIA DE AMOR

 


Doña MARCELA Villacampa Rondón era una señora de avanzada edad, que residía en el tradicional y popular barrio de Lagunillas, donde nació allá por los años 40 de la anterior centuria. Ella y su hermana HERMINIA, ya fallecida, eran hijas del matrimonio formado por EUSEBIO, que ejercía de cartero municipal de Málaga capital, y DESAMPARADA dedicada a las labores del hogar. 

De joven, Marcela comenzó a trabajar en un taller de costura, denominado EL DEDAL, que atendía los encargos particulares, principalmente de señoras, aunque también hacían prendas de vestir para algunos comercios de ropa. Su hermana, cinco años mayor, encontró colocación en una muy popular y céntrica confitería, LA ESPAÑOLA, como dependienta para la venta de apetitosos dulces, pastas y bombonería. 

Marcela dedicó toda su vida laboral a trabajar con el hilo, la aguja, las tijeras, el metro y el dedal, destacando por su especial destreza en el arte del vestido. Gracias a esta labor, ganó el sustento necesario para su vida y para poder disfrutar de una pensión de retiro en la postrera etapa de su existencia. Se jubiló a los 70, siendo muy apreciada por miles de clientas. 

Ambas hermanas no se “molestaron” en buscar pareja matrimonial, ni tuvieron firmes proposiciones para el noviazgo. Eran dos mujeres “normales” en su físico, de trato cordial y educado con sus semejantes, pero el hecho de permanecer juntas, primero con sus progenitores y después compartiendo la vida fraternal en el piso familiar, no les preocupaban carecer de “pretendientes” amorosos. Estaban centradas en sus respectivos trabajos y tenían el gozo de tener algunas amigas, que algunos fines de semana acudían a su casa a merendar y a charlar de sus vidas. Les agradaba mucho más la radio que la televisión. No eran “fanáticas de la pequeña pantalla, aunque solían ir casi todos los fines de semana al cine, especialmente a los que tenían más cerca de casa, como el Victoria, el Andalucía el gran Astoria, sin olvidar que a muy pocos pasos tenían la sala del Albéniz (hoy reconvertido en multi-salas). Vida laboriosa, ordenada, rutinaria, modesta, serena y tranquila, como las mansas aguas portuarias de la preciosa bahía malacitana.  

El fallecimiento de Herminia provocó, lógicamente, una intensa tristeza en su hermana Marcela. El viaje final de su hermana mayor resultó bastante inesperado y doloroso. Sin embargo, al paso de los días y los meses, la madurez de esta buena mujer le ayudó a sobrellevar esa pérdida familiar, que la sumía en una dura soledad existencial. A ello se unió que, por su edad, también le llegó la hora de la jubilación. Entonces decidió centrar su vida en la tranquilidad de cada día, dedicando muchas de las horas a realizar labores del hilo, la lana, la costura, actividad en la que seguía demostrando su habilidad, experiencia y buen estilo en el arte de la costura.  

Su programa diario era bien repetitivo, pero presidido por una sencillez y naturalidad. No solía madrugar. Tras el desayuno dedicaba el tiempo necesario a la limpieza de su hogar. Más tarde se arreglaba con el apropiado decoro, tomando el carrito de la compra para marchar, con paso lento pero diligente, al Mercado Municipal de la Merced para hacer la compra del día. Cuando alguna tarde veía que algo le faltaba o tenía ilusión de algún alimento que le apetecía para la cena, acudía al gran MASKOM para comprar lo que deseaba y de camino se acercaba al monumental TEATRO CERVANTES, para conocer la obra que estaban interpretando en su amplio escenario. Solía ir mucho al teatro con su hermana, eligiendo los asientos de las alturas, incluso el Paraíso (popular “gallinero”), pues controlaban bien el dinero de que disponían, que nunca llegó a ser cuantioso. Tras preparar el almuerzo, dedicaba un buen rato a tejer con el “ganchillo”. Por las tardes, solía dar paseos por los jardines del Parque, por los muelles del Puerto u otros espacios del centro antiguo de la ciudad. A la vuelta a casa, solía pasar por la confitería APARICIO, para llevarse un “papelito” con una parejita de bizcochos de Viena, ensaimadas o también las apetitosas tortas cordobesas, rellenas de cabello de ángel, para tomarlas en las meriendas o como postre tras la cena. Escuchaba algún programa de la radio y antes de irse a la cama gustaba rezar un rosario a la Virgen, pues así descansaba mucho más tranquila. Dormía bien, aunque, en los fines de semana, la movida juvenil en la Plaza de la Merced y alrededores generaba un ruido ambiente que se extendía por toda la zona, despertándola en varias ocasiones. 

Una mañana, cuando se desplazaba para realizar la compra, creyó “detectar” a una persona que seguía sus mismos pasos, manteniendo la distancia. Al repetirse esta sensación en días sucesivos le provocó una cierta inquietud. Era la misma persona que, al cruzarse con ella cuando salía de su domicilio, le daba los buenos días, mirándola con intensa fijeza. Ella le contestaba con educación, pero hacía memoria y estaba convencida que no lo conocía de nada. Lo curioso del caso es que cuando salía del mercado, el señor del traje gris y zapatos negros allí seguía, como si la estuviera esperando. Un tanto nerviosa, pues la escena se repetía cada día, quiso consultar a su director espiritual, el párroco de la IGLESIA DE SANTIAGO APÓSTOLdon BENIGNO Rueda



El “paternal” sacerdote la escuchó con atención, aconsejándole que, en estos casos, hay que actuar con firmeza, tratando de aclarar esta persistencia relacional. 

“Doña Marcela, cuando este caballero le dé los buenos días, le devuelves el saludo, preguntándole a continuación el por qué la está siguiendo. Para facilitarle el momento, me pones un whatsapp cuando te dispongas mañana a ir al mercado. Yo estaré cerca, a una prudente distancia, para intervenir o en su caso para llamar a la policía. Tenemos la comisaría muy cerca”. 

A la mañana siguiente, la buena señora envió el mensaje al sacerdote, unos minutos antes de salir de su casa, en calle Corredera. Don Benigno se sentía interesado y divertido de ayudar como detective. La vecina, un tanto preocupada salió de su portal y, para su asombro y preocupación, allí, en la esquina de la calle, se encontraba de nuevo el hombre del traje traje gris y los zapatos negros. Ella no se atrevió a decirle o preguntarle nada en ese momento, pues confiaba que estuviera cerca el sacerdote, por lo que pudiera pasar. Pronto alcanzó la esquina del mercado y allí se detuvo. El señor que la seguía avanzó hacia ella e inesperadamente le dijo: “Señora, ¿puede concederme unos minutos? Marcela dudó unos segundos y en aquel preciso momento salió del interior del mercado el fornido cura, vistiendo un elegante clerigman gris plomo sacerdotal. 

“Caballero, mi nombre es Benigno. Soy el párroco de la iglesia de Santiago y me preocupo con mucho cuidado de la seguridad de mis feligreses. Hace días, según he sabido, viene siguiendo a esta buena señora, doña Marcela. No conocemos sus intenciones. Debo pedirle que se presente”. 

“Si me permite, les invito a un café, en este bar cercano, para hablar con más tranquilidad. Me siento más tranquilo con su presencia, Padre Benigno”

Minutos después, el desconocido caballero, el sacerdote y Marcela estaban sentados alrededor de una mesa, esperando que el camarero les sirviese los tres cafés con leche que habían pedido.  

“Mi nombre es SIXTO Bentabol. Ya alcanzo los 68. He servido como soldado en el Tercio Juan de Austria, de la Legión, llegando a la escala de capitán. Mi matrimonio con la añorada EUGENIA era “perfecto”. Tres hijos, ya independizados y varios nietos. Están repartidos por distintos puntos de España. Vivo o resido en el barrio del Limonar, en la zona del Mayorazgo, sufriendo profundamente la soledad. Eugenia se nos fue al Cielo hace ya seis años, que han sido muy duros de recorrer. Nunca había querido buscar a una persona que la sustituyese, por respeto a los recuerdos de toda una vida. Lógicamente, soy un ciudadano jubilado, que intento vivir tranquilo y con el sosiego que necesitamos. Me considero, sinceramente, un buen hombre. 

Un día, hace varias semanas, paseando por la Plaza de la Merced, quiso el destino que me cruzara con esta bella mujer: la Sra. Marcela. Presumo que debe de gozar de hermosas cualidades. Pero lo que me llamó más la atención, es el notable parecido que tiene con la que fue mi esposa”. En ese momento, extrajo la cartera del bolsillo de su chaqueta, mostrando a sus interlocutores una foto. En ella se veía a una mujer. Benigno y Marcela quedaron asombrados del parecido entre las dos señoras. La fotografía correspondía a unos años previos al fallecimiento de Eugenia. 

“Entonces, lo que he pretendido con humilde curiosidad es tratar de entablar una amistosa conversación con Marcela, a la que efectivamente he seguido en repetidas ocasiones. Mer gustaría que nos conociéramos y pudiéramos compartir esa soledad que nos afecta. He preguntado a algún vecino de la zona y me han indicado que Vd. vive sin otra compañía en su domicilio. Mi intención es buena, fraternal y amistosa”. 

Don Benigno, tras su respetuosa atención al oficial legionario jubilado, intervino en la situación: “Querida Marcela, aquí tienes a un hombre bueno, honrado y cabal. Creo que no tienes nada que temer. Os voy a dejar, para que podáis hablar con serenidad t respeto. Yo voy a continuar con mi labor pastoral”. Sixto y el sacerdote se intercambiaron los números de teléfono, se dieron la mano y se despidieron con una sonrisa de mutua confianza.

Entonces quedaron solos Marcela y Sixto, cuyo silencio inicial se fue fracturando en palabras, sonrisas, miradas y ese afecto que brota del corazón. Los minutos fueron pasando, los datos se fueron intercambiando y la acomodación psicológica se fue enriqueciendo entre dos seres a los que el destino y el azar habían unido para completar sus trayectorias existenciales. 

Sixto, todo un caballero, invitó a almorzar a su nueva gran amiga, a la que regaló una rosa de una florista callejera que pasaba por la popular y romántica Plaza de la Merced. Cada tarde, con puntualidad castrense, cuando las manecillas marcaban la hora del té británica, estaba el antiguo legionario esperando a su “amorcito” como él cariñosamente la llamaba. 

Pasaron unas semanas y una mañana don Benigno los llamó, para que acudieran a su despacho, junto a la sacristía del templo. De una forma todo paternal les dijo: “Bueno, parejita, creo que estáis en el momento oportuno y justo para que os unáis en una cristiana familia. Si os parece, vamos a organizar, con fascinante modestia, los esponsales para que disfrutéis una fiesta feliz, plena de amor y confianza, bajo la mirada del Creador, que así lo ha querido para vuestro futuro, caminando juntos hacia la Vida. 

La Coral de Santiago puso sus bien preparadas voces a una unión de dos personas adultas, que necesitaban y compartían el cariño que permite caminar en los días y las horas. La merienda/cena nupcial tuvo lugar junto a la playa, con una plácida marisma, cuyo aroma y acústica era iluminado por la generosidad de la luna llena y la brillantez de las estrellas. 

Ojalá muchas historias tuvieran tan esperanzador final. El destino quiso mostrarse comprensivo y bondadoso, con en dos vidas tardías que necesitaban aprovechar el tiempo posible con fraterna y humana intensidad. –

 

 

UNA TARDÍA Y HERMOSA

HISTORIA DE AMOR

 

 

 

        José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

        Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

        Viernes 30 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 23 de enero de 2026

EN LA CASTILLA PROFUNDA

 

Era un pueblo castellano, de fríos amaneceres, con horas más cálidas durante el día y con letargos atardeceres que anunciaban la gélida noche para descansar de la rutina. Su población era escasa, predominando notablemente las personas mayores. Los jóvenes procreadores, al cumplir la adolescencia, abandonaban el lánguido lugar en donde habían nacido, buscando esperanzados un mundo más “vivo” y diferente, tratando de cambiar el previsible destino: criando y cuidando animales y/o labrando las recias planicies bajo el sol ardiente o el hostil aguacero.

El alcalde la localidad también ejercía de panadero, amasando sólo tres días a la semana, dada la clientela que se acercaba a su modesto establecimiento. HIGINIO explicaba que, con sólo encender el horno de leña, ya reducía su margen de ganancia, con las pocas teleras, panes y civiles que podía vender en su vetusta panadería, heredada de varias generaciones.  La gente mayor, envejecida en el cuerpo y el alma, paseaban y descansaban durante el día en la antigua plaza porticada bajo rudos soportales, para protegerse del sol o la lluvia. El pueblo ofrecía la imagen de muchas viviendas vacías o cerradas, porque sus propietarios carecían del ánimo para volver a la raíz de sus vidas. Hacía años que cerró el único cine, el IMPERIAL, que había distraído a muchas generaciones de vecinos durante dos sesiones a la semana, el sábado y en la tarde dominical. La televisión y después el Internet fue reduciendo la asistencia a la coqueta sala, “ennoblecida” con tapicería de terciopelo rojo, cada vez más desgastado. Era difícil sacar dos sueldos, para pagar a la taquillera ALFONSA y al portero, linternero y maquinista EDELMIRO, también propietario del local. 

Era como un pueblo “dormido” sin muchas ganas o motivos para “despertar”, ubicado en la meseta castellana con el nombre oficial de VILLAFRANCA DE LA SIEGA que los lugareños llamaban VILLASIEGA, desde que la memoria histórica aconsejó suprimir nombres que aludieran al anterior gobernante nacional.  Conservaba, como monumento principal, una antigua iglesia tan grande como una catedral. Con un esbelto y erguido campanario, desde donde a los fieles creyentes llamaban a misa. A ese templo del gótico tardío, sólo acudían algunas feligresas muy mayores, para el rezo del rosario y la misa de las siete, que los domingos cambiaba a la hora del Ángelus, por aquello de la fiesta de guardar. El cura llevaba allí muchos años y en el obispado de la capital entendían que no había que apresurarse, pues pronto se tendría que jubilar. Se llamaba el reverendo don MARIANO Lebrilla y era hijo del lugar. Andaría por los setenta avanzados, cumpliendo cada día sus obligaciones pastorales con los escasos feligreses que acudían al templo parroquial. Don Mariano, a pesar de sus achaques, también ejercía de campanero, tarea que no le disgustaba o pesaba, pues le hacía recordar sus años infantiles, cuando su mayor ilusión era colgarse de las dos cuerdas para hacer sonar las campanas que llamaban al rezo que el cristiano debe practicar. Don Mariano, el cura sacerdote residía en la casa parroquial, aneja a la gran Colegiata de la Santa Virgen del Paular. Era un clérigo de naturaleza tranquila, sosegada y bondadosa, entrado en kilos, pues les gustaba la cocina castellana, con esos suculentos cocidos de garbanzos y alubias, tocino y costilla, manteca añeja, chorizo y morcilla y, en ocasiones, con pezuña de cerdo para “alegrar” el buen caldo que animaba el caminar. Disfrutaba con la “pringue”, mezclando el buen pan que hacía el Higinio, de recia corteza y masa amarilla de calidad, para bien alimentar. De postre nunca renunciaba a un buen trozo de tarta, en la que el chocolate y la crema tostada cubrían el bizcocho, para deleite del paladar. Por supuesto, acompañaba el almuerzo y la cena con una jarra de tinto de Toro, según él para mejorar la digestión de tan copioso yantar. 



Una tarde de invierno, ya oscurecía, con una suave llovizna que alegraba el crecimiento de las mieses de cereal, se encontraba don Mariano en la sacristía, después de haber tocado las campanas para avisar de la misa que pronto iba a oficiar. Pidió permiso para entrar, dando las buenas noches, doña HERMINIA Campanal. Era una señora de mediana edad, que aparentaba más años de los que mostraba su carné de identidad. Vivía de su estanco en propiedad, ya que era hija de un combatiente fallecido en la guerra fratricida del 39, tan difícil de olvidar. Dada la escasa venta de picadura, Celtas cortos, Chéster e Ideales, con los sellos para franquear, había ido variando la oferta de productos que los vecinos podrían comprar. Había puesto caramelos y golosinas, con lápices, libretas de escuela y gomas de borrar. Incluso añadió alguna colonia y jabones, para que las vecinas tuvieran mejor imagen para gustar. No se le conocía pareja, viviendo con sus devociones en soledad, desde que su hermana mayor Heliodora se fue de esta vida, en un mal trance de enfermedad. Muy prudente y recatada, no faltaba día alguno para rezar, confesar y comulgar. Algunas mujeres de iglesia se preguntaban ¿Qué tendrá que confesar una mujer tan ordenada y ejemplo de devoción para los pocos habitantes de este “condado” decadente, que fue lustroso en la lejanía medieval? Esa noche no se encontraba ante la celosía de madera, ennegrecida por el uso de muchas confesiones y descuidada en su limpiar. 

“Don Mariano, quiero consultarle un grave problema que me impide descansar y sosegar mi conciencia, a mis 52 años de bien llevar. “No has de preocuparte, Herminia, que después de la santa misa podremos hablar. Con la lluvia que ya arrecia, pocas personas vendrán a rezar. Hoy no voy a predicar. Así que después hablamos todo lo que me tengas que contar”. 

Cuando finalizó la celebración de la misa, con cuatro devotas mujeres, arrodilladas ante el altar, don Mariano se desvistió con presteza del traje ceremonial. Ya le estaba esperando doña Herminia en la pre - sacristía, abierta a las tres naves del templo, para no dar que hablar. Se sentaron en dos sillas de amarillenta anea, con un brasero eléctrico entre ambos, pus había que calentar una noche muy fría, en una colegiata que era todo piedra para lucir sumonumentalidad. 

“¿Qué te ocurre, hija mía, que te veo tan preocupada y no feliz, después de comulgar? Don Mariano, a mis años, me han pedido relaciones, de esas que nunca he podido probar. Y el vaso es que el cosquilleo me ha entrado por esas partes que excuso nombrar. Me tiembla el corazón, cuando lo veo pasar. Es SEVERIANO, el pastor con sus cabras y su perro Canelo, para que ninguna de ellas se pueda escapar. Hace casi un año se quedó viudo y la soledad no la puede sobrellevar. Me lo ha pedido así de golpe, echándose colonia y afeite para mejor aparentar. A mí nadie me había pedido relación acerca de lo carnal. Me dio tal sobresalto, que una infusión de hierbas de santa Tatiana, me tuve que tomar. Recé tres veces el santo rosario, pidiéndole a la Virgen de la Siega ese amparo que necesitaba para sobrellevar. Que me pida amores un buen hombre, trabajador y fornido, pienso que en algo le tendré que gustar. Yo nunca he tenido amores, ni sé de las obligaciones que una esposa obediente ha de hacer en lo conyugal. Le ruego sabio consejo, padre Mariano, que con su sabiduría y experiencia confesional, bien me podrá ayudar." 

“Ay Herminia, buena mujer, lo primero que habrás que sopesar es si te sientes con fuerza y necesidad para afrontar la vida conyugal.  No veo problema con esta unión, pero bien os tendréis que casar. Severiano es viudo, los hijos emancipados están, tú eres una devota mujer que, sin pensar en la procreación, sabrás y deberás templar esa energía viril que este pastor no puede controlar. Él trabaja con sus cabras, llevándolas de aquí para allá. Tú le preparas el zurrón con el alimento, que bien necesitará alimentar. Lavarás, secarás y plancharás su ropa, para que vaya limpio y no tenga que enfadar. Prepararás la cena, para alimentar el cuerpo muy trabajado en los apriscos de lo natural. Por la noche habrás de calentar bien la cama, para mejor descansar. Y atenderás a todo lo que él te pida, con respeto y sin rechistar, aceptando tu función pensando siempre en la santa divinidad.

Harás lo imposible por traerlo a la iglesia, santo lugar, que él nunca suele visitar y formarás una pequeña familia para alegría de Dios y todos los santos en la hermandad celestial. Aunque ahora no estemos en confesión, puedo darte la absolución de los malos pensamientos para tu tranquilidad. Reza tres padres nuestros y un rosario a la Virgen de la Siega, que bien tu corazón y razón iluminará”. 

Bajo las buenas y hábiles artes del Rvdo. don Mariano, Severiano el cabrero y doña Herminia Campanal, la estanquera, contrajeron sagrado matrimonio en el altar mayor de la Colegiata Catedral. Actuó de testigo don Higinio, el panadero, primera autoridad municipal, asistiendo “todo” el pueblo de Villasiega, que disfrutaron de una pequeña merienda para celebrar una inesperada boda que a todos daba que hablar. El recio espíritu castellano evitó grandes algaradas, porque la mayoría vecinal era gente adulta en la racionalidad. Tras la noche de bodas, en la hora matinal, Severiano ya estaba con sus cabras, para sacarlas a pastar.

Esta fue una historia emocionante que supo curar dos soledades, formando una familia para la alegría eclesial. Herminia comenta con alguna amiga, diciéndole en franca privacidad, que ahora se siente más realizada, adaptándose a la fuerza de un hombre, con elevada y brusca virilidad. Él manda y ella obedece, gozando ambos de la sexualidad. El pueblo sigue con su rutina, inmerso en la plácida llanura castellana, con sus fríos amaneceres y anaranjados anocheceres, para completar otro día que es casi siempre igual. Se trata de LA ESPAÑA “VACÍA”, que no va a ser fácil arreglar. El cereal es grano saludable que da de comer a la mayoría de las familias, aliviando su modesta necesidad. Mañana otra vez amanecerá, en la paz que la naturaleza siempre sabe dar. Y don Mariano Lebrilla dormirá cada noche, feliz y tranquilo, pues todo el pueblo estará en paz. –

 

 

EN LA CASTILLA 

PROFUNDA

 

 

 

                         José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 23 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 16 de enero de 2026

LA INSÓLITA ESPONTANEIDAD DE UNA NIÑA

 


Hay lugares afortunados en las ciudades, que se ven visitados, a diario, por un importante número de personas, los vecinos naturales de esa localidad y los visitantes foráneos que disfrutan del turismo. Unos y otros recorren esos espacios, que casi nunca se ven ausentes de paseantes, como no sea en horas avanzadas de la noche. ¿Y qué buscan en estos lugares, para visitarlos con tan repetida asiduidad?  Obviamente son espacios tranquilos, muy apropiados para gozar del paseo. El tráfico rodado tiene vetado su paso por esas zonas, salvo los vehículos expresamente autorizados (Sanidad, policía, taxis) que circularán con una extremada prudencia.

Son lugares en los que no suelen faltar la proximidad de jardines, bancos para el descanso y abundante arbolado para protegernos de la radiación solar. Suele también haber, en las proximidades, una atractiva riqueza monumental, sin que falte la oferta comercial o restauradora. Todas las ciudades tienen su paseo, con los incentivos propios generados por la historia urbanística o por la propia naturaleza.

En el caso de Málaga capital, valorando esos encantos que hay que saber verlos, de las barriadas periféricas, tenemos algunos lugares emblemáticos en donde gozar del saludable paseo. Destaquemos el núcleo de calle Alcazabilla y la Plaza de la Merced y el Gran Parque de la ciudad (Alcazaba, Teatro Romano, Museo de Málaga, Catedral, Museo Picasso, Jardines de Puerta Oscura, la subida a Gibralfaro y el Castillo, la tradición de “El Pimpi”). Todos esos incentivos relacionados en un perímetro espacial, no muy extenso, son fascinantes para caminar y disfrutar. 

Sin embargo, hay otra posibilidad muy cercana para el paseo, “encastrado” en el centro de la ciudad. EL PUERTO de mar, acertadamente remodelado, para la navegación, el turismo y el incentivo comercial y restaurador. Pasear al lado del mar, respirando esas brisas frescas y salinas con las que el viento acaricia nuestras epidermis, hace posible una opción que la mayoría ciudadana agradece. Disfrutamos de prolongados minutos transitando por sus respectivos muelles, en los que hay amarrados barcos de toda naturaleza, aunque los mayores cruceros atraquen en la zona este de la Estación marítima, en una plácida bahía. Nos cruzamos con gente de pasea, cantautores y juglares de la poesía o la pericia, puestos de hábiles y alegres artesanías, comercios de variada índole con restaurantes de un cuidado prestigio. La emoción que nos produce el sonido de las sirenas de los buques que llegan o abandonan esta entrada sur a la ciudad, navegando lentamente por ese camino hídrico para la imaginación y el ensueño. En este bello y singular contexto se desarrolla nuestra historia de esta semana. 

Cuando ELENA Segarra cumplió los 18, decidió dejar el cobijo familiar donde residía con sus padres y tres hermanos. Aun siendo la pequeña de la familia, tenía la ilusión de experimentar la vida de manera autónoma, encontrando acomodo como cuidadora de una señora mayor, doña SABINA Aurioles, una veterana concertista de piano que había tenido numerosos “amores” pero ningún matrimonio. Nonagenaria y con dinero, contrató a esta joven para tener esa compañía tan necesaria en las edades avanzadas. Los hermanos y sobrinos de la pianista acordaron con Elena que tendría las mañanas completamente libres para poder continuar con sus estudios, ya que se había matriculado en un módulo profesional de administración y gestión económica. Doña Sabina residía en una casa señorial antigua, en el barrio selecto del Limonar. Otra cuidadora se incorporaba al domicilio de la antigua pianista por las mañanas, para desarrollar tareas de limpieza y cocina hasta las 17 horas. 

Para Elena era una opción muy interesante. Tenía habitación y alimentación gratis, además de una compensación económica, a fin de no depender tanto de sus padres. Y podía seguir estudiando, para labrar su futuro, madurando al tiempo su personalidad. Gozaba de los domingos libres, ya que los familiares de doña Sabina venían a por ella para que pasara con ellos la jornada dominical. 

En dos años obtuvo el título que anhelaba, ampliándolo con otros útiles estudios de Informática y profundización en el dominio del inglés, asistiendo a la Escuela Oficial de Idiomas. La relación con la señora que cuidaba por las tardes y noche era muy agradable, pues doña Sabina era una persona mayor, pero con una admirable e inaudita vitalidad y fraternidad. Y así fueron pasando los años, con la rapidez del calendario. 

Preparó unas oposiciones para la hacienda y tesorería municipal. Después de un intento fallido, obtuvo la plaza que tanto deseaba. Elena comenzó a trabajar en la zona de la antigua Fábrica de Tabacos, reconvertida en una de sus partes ¡en la Tesorería municipal, con un horario laboral de 8 a 15 horas, con el lógico break para el desayuno. Con lágrimas en los ojos, doña Sabina y su amiga de compañía se despidieron “Aquí tendrás siempre tu casa, mi querida Elenita”. 

Con los ahorros que había ido reuniendo con paciencia y su primer sueldo como funcionaria municipal, dio la entrada para comprar un lindo apartamento, de “muchas manos” en la bella atalaya del Camino Nuevo. Sus hermanos le ayudaron a realizar unas reformas (baño y cocina, el resto mostraba buenas condiciones) en ese su nuevo “nido” para la vida.

Alcanzaba ya los 29 años y su vida relacional se circunscribía a un pequeño círculo de amigas, vinculadas a las aulas del aprendizaje. Pero hasta el momento no había tenido suerte con las parejas masculinas. Los chicos con los que había salido le parecían un tanto inmaduros y, en otros casos, bastante “niñatos”. No faltaban quienes querían experiencias “raras” en la cama. Y no es que Elena fuera una “lumbrera”, pero perder el tiempo con algunos que se le acercaba no tenía para ella futuro alguno. Sentía apacible su soledad. Contaba con su trabajo y, lo que era muy importante, su independencia. Se distraía por las tardes con la copiosa oferta cultural que Málaga ofrecía con sobrados incentivos. El cine Albéniz, el centro cultural Malagueta, el Centro Andaluz de las letras, el Conservatorio Superior de Música, el Ámbito Cultural de El Corte Inglés y un largo etc. De todas formas, cuando el buen tiempo acompañaba, lo que más le hacía disfrutar eran los paseos, recorriendo calles, plazas y rincones con encanto, como los que atesora cualquier localidad. 

Priorizaba los recorridos por el centro antiguo de la ciudad, en los que encontraba espacios interesantes para la imaginación y el recuerdo. Había una zona, para sus recorridos, que verdaderamente le subyugaba y no sin motivos. Nos estamos refiriendo al recinto portuario, hace años felizmente bien remodelado. El Palmeral de las Sorpresas, en muelle 2 de las tiendas con “estilo”, el atardecer de la esbelta y blanca Farola, el aroma fresco, salubre y a brea de mar siempre apacible en la “coqueta” bahía malacitana. Le gustaba sobremanera disfrutar la serenidad de las aguas marinas del mediterráneo, con ese colorido verde oscuro azulado para la imaginación y el encanto. Observar el lento vaivén de las grandes y modestas embarcaciones ancladas en el muelle y la llegada de los grandes cruceros en la lejanía del horizonte. En esos frecuentes paseos junto al mar, se cruzaba con personas tan diferenciadas en edad, vestimenta, forma de caminar y con sus formas simpáticas de usar el castellano o ese inglés tan universal que ella entendía y le motivaba tantas sonrisas por los modismos expresivos que cada uno utilizaba. Sentía el suave calor fraternal en la soledad densificada de tantas personas que iban de aquí para allá. Le emocionaba ver a los niños jugar y disfrutar, algunos con sis patines, otros con sus balones, emulando a las grandes estrellas del balompié, y los más con el sano placer de correr, reír y saltar. Comenzaba con el Palmeral, iba recorriendo pausadamente el perímetro portuario hasta la gran señora vestida de blanco, siempre cordial y vigilante con sus luces orientadoras para marinos y aficionados a la mar. Y algún día llegaba hasta el morro o dique levantino, ahora transformado en una, nada abierta para los malagueños, estación portuaria. No se les permite la entrada, a quien no porte la “enseña” de un billete de turista naval.

De tanto repetir esos itinerarios vespertinos, se iba quedando con rostros, figuras, formas y comportamientos de los paseantes “anónimos” a los identificaba con nombres simpáticos, curiosos y ocurrentes. Cierto día tuvo una experiencia que posiblemente nunca olvidará. Un hombre de mediana edad (tendría cuarenta y tantos) paseaba junto a una niña pequeña, que tendría entre seis y siete años. Iba bien arregladita, vestida con alegre traje veraniego, peinada con dos coletas y unos lacitos celestes en sus puntas, no muy bien hechos. La niña llevaba en sus manos un paquete de “gusanitos” o maíz procesado, aunque a veces saboreaba un chupachups de fresa. De tanto cruzarse, una tarde tras otra, la pequeña, muy expresiva, le saludaba con su manita inocente diciéndole “adiós”. Pero ese día, fascinante para recordar, sin esperarlo o suponerlo, la cría se le acercó, soltándose de la mano de su padre: 

“¡Hola! me llamo LEILA y tengo 8 añitos. Mi papá, es ese señor tan alto. Se llama DARÍO. ¿Quieres ser mi segunda mamá?”

Elena no sabía lo que decir, pensar o responder. Sólo acertó a sonreír y a decir sin pensarlo” pues claro que sí, preciosa”. El padre de la niña se acercó con rapidez tratando de arreglar el compromiso en que lo había dejado la sana espontaneidad e inocencia de una niña sin madre. 

“Discúlpenos, los niños son así y dicen lo que piensan de la forma menos condicionada por las formas y los respetos que aplicamos los mayores.” La situación era especialmente divertida, Un padre con los “colores” en el rostro, una niña sonriente y divertida, pero complacida de lo que había hecho, y una joven que desde aquel momento sintió que el destino estaba interviniendo en su vida. Para arreglar el clímax emocional que se había creado, Darío tuvo una oportuna idea. “Bueno, ya que nos hemos presentado, podríamos compartir un helado o alguna infusión, pues la tarde está metida en calor”. Todos rieron y se sentaron en una heladería próxima, con buena clientela, en el muelle dos. Un café bien cargado para Darío y las dos mujeres sendos cucuruchos, con su gran bola de helado. De aquel lugar tan agradable, no se movieron en casi dos horas, destacando el protagonismo de una persona de mediana edad, 47, viudo desde hacía tres años, con una preciosa hija a la que muchas tardes la sacaba de paseo. 

“Leila tenía cinco años cuando perdió a su madre y yo a una gran compañera de vida. La enfermedad no entiende de razones ni consideraciones. Al menos todo fue muy rápido. Y ya han pasado tres años y tanto yo como mi hermana hacemos lo que podemos. Esther está casada y con dos hijos de una edad similar a la de mi hija. Nos ayuda mucho, a pesar del trabajo que ya tiene con su propia familia. Trata a su sobrina como a una hija y su marido Mario también es muy generoso. Soy técnico especialista en obras de arte. En la actualidad estoy adscrito a la empresa Thyssen Bornemisza. Ello me obliga a viajar con frecuencia, para identificar la autenticidad de obras “perdidas” en los lugares más diversos. Una ermita castellana, un capitel que aparece en unas obras municipales, algún anticuario que mantiene que tiene un auténtico Zurbarán…”

Elena también comentó su situación laboral, como administrativa en el ayuntamiento de Málaga, en la sección de tesorería. Los dos adultos intercambiaron sus opiniones sobre diversos asuntos, mientras Leila jugueteaba por unos jardines próximos. Los minutos se convirtieron en horas y ya atardecía cuando cayeron en la cuenta de que el reloj marcaba las 21 horas. Darío se mostró preocupado, esbozando una sonrisa. “Hoy me he pasado y mi hermana me va a echar una regañina, pues es estricta con la cena de los pequeños. Pero ha sido una tarde muy agradable que no olvidaré por años, totalmente inesperada. Parece que el destino me estaba marcando un camino y ha utilizado la sana espontaneidad de Leila, bendita inocencia”. 

Aquella noche, tres almas a las que el destino o la casualidad había querido unir, estuvieron muchos minutos despiertas, analizando la novedosa situación. Era obvio que cada uno de ellos veía la experiencia vivida de una forma diferente. Para ELENA, la posibilidad de convertirse en madre de una niña, que apenas conocía, era una responsabilidad muy grande. Ella alcanzaba los 29 años y el padre de la niña, un hombre muy agradable y culto le superaba en 18 de edad. La ejemplaridad que mostraba con su hija era admirable. Físicamente no estaba mal, cuarentón avanzado, especialista en arte, materia en la que ella apenas entendía. Cuando ella llegara a la cincuentena, él sería septuagenario. Obviamente se había casado “tarde”, quizás con algún enlace previo que desconocía. Incluso había conocido a Raquel, más joven que Darío, pues él quiso mostrarle una foto de la madre y esposa. En estos tres años ¿habría superado la dura pérdida de la persona que amaba?

Los pensamientos de DARÍO también eran confusos. El azar, la travesura de su pequeña hija, lo había vinculado con una joven que a los 29 carecía de pareja. SE preguntaba el por qué. Pensaba que sería una de esas personas a quienes les gustaba vivir sola o la suerte no habría deparado la posibilidad de vincularse en pareja. Físicamente la veía como una persona “normal” con el don apreciable de su juventud. Tenía bellos rasgos y se expresaba muy bien, aunque por la lógica del encuentro mantenía una necesaria privacidad expresiva. Su hermana Esther era sin duda una mujer abnegada, pero comprendía que la carga continua de una sobrina no debería hacerse indefinida. ¿Podría surgir el amor con Elena? Al fin se tapó la cabeza con la almohada, tratando de conciliar el sueño.

¿Y LEILA? Era comprensible que quisiera tener una mamá, como las demás compañeras del cole. Perdió a la suya, cuando estaba a punto de cumplir sus cinco años. Elena le caía muy bien. Ante de ese encuentro providencial, cuando se cruzaban se intercambiaban algunas sonrisas. Parecía “una mami buena”. ¿Cómo sería cuando se enfadase? ¿Podría querer a su papá? ¿Y él se podría enamorar de ella? Se quedó dormida, pensando en la manera en que se lo iba a contar a Julita, su compañera preferida de 3º de Primaria, en el Colegio Sagrado Corazón de las Esclavas. 

Los días sucesivos fueron, para los tres, de una tensa espera. Darío había quedado en verse el fin de la semana siguiente, sábado, en el paseo del puerto, sobre las 18:30. Las tres almas solitarias acudían en una cálida tarde con neblina al punto de encuentro, con la tensión propia de cómo podría resultar su segundo encuentro. Cuando se vieron en la lejanía, las sonrisas fluyeron en sus rostros y fue una vez más la pequeña Leila quien se adelantó corriendo, abrazándose a Elena, mientras su padre sonreía, preparándose mentalmente para cualquier situación en el esperado reencuentro. Tras los saludos cordiales, Darío sugirió que como era su segundo encuentro sería divertido que después del paseo fueran a cenar. ¡Síii, a una pizzería! Exclamó Leila. 

Fue una noche divertida, enriquecida con bromas, compartiendo anécdotas, con el protagonismo vital de una pequeña que se sentía arropada por dos “mayores” que podrían recomponer su familia con una nueva madre. En los tres surgían dudas e ilusiones, acerca de una situación que apenas estaba comenzando. Darío, mientras Leila se entretenía con un cuento que le había regalado Elena, convenció a la nueva amiga para que se vieran los dos solos, el viernes próximo, a fin de profundizar y concretar acerca de una amistad que apenas estaba comenzando y contrastar la predisposición de cada cual con respecto al futuro. 



Y llegó ese anhelado miércoles. Ambos sentados en una mesa esquinera que miraba a un mar sereno, ornado con el elegante atuendo de la noche, en la que ya se dibujaban estrellas dispuestas a no perderse aquella idílica imagen de dos personas necesitadas de amor, comenzó una cena que iba a ser decisiva en el familiar Restaurante EL ANCLA. Darío asumió un necesario protagonismo, “pidiendo” una oportunidad para avanzar en el conocimiento recíproco, mantenido una intensa amistad para la aproximación, dejando que el tiempo y ellos mismos decidieran. Elena, con tacto y prudencia, planteaba la diferencia de edad, como una realidad que podía condicionar las voluntades. La vida de Leila no era mayor problema. Todo lo contrario. Era una niña encantadora que se había quedado sin mami, quien había viajado sin retorno por una decisión absurda y cruel del destino. Estaba muy bien cuidada y arropada, pero sin el calor afectivo e insustituible de una mamá.

Quedaron como prueba verse una vez a la semana para avanzar en el mutuo conocimiento y otra vez, los sábados, para pasear a la pequeña Leila. Y así fueron pasando las semanas y los días, tiempo en que la amistad se fue incrementando, aunque la atracción fue languideciendo. Casi dos décadas de diferencia entre un hombre y una mujer. No ayudó tampoco que NÉSTOR, un compañero de Elena en la tesorería municipal, un año menos que ella, comenzó a “luchar” por su amor. El feeling de Elena hacia su compañero se incrementaba casi sin saber por qué. Darío viendo y analizando la situación, tratando de evitar el sufrimiento de su hija, solicitó traslado a la cercana Granada, para que la pequeña fuera teniendo otras experiencias. Leila pasaba etapa con su querida tía Esther y otras con su padre, quien comenzó a intimar con la catedrática de Historia del Arte de la UGR, LEONOR, divorciada y un año mayor que Darío. 

Pudo llegar a ser una experiencia maravillosa, Darío con Elena. Pero ella fue la más preventiva con respecto a la diferencia cronológica. La vida de uno y otro se fue dibujando por sendas diferentes. 

Y PASARON LOS AÑOS. Otro día de verano, dos parejas se cruzaron en el puerto malagueño, cuando el sol iniciaba su retirada. Uno de los hombres detuvo a su pareja. Una de las mujeres, también hizo detenerse a su compañero. Darío y Elena se saludaron con un beso. Leonor y Néstor fueron presentados. Intercambiaron unas palabras de cortesía. Elena preguntó por Leila. “Pues disfrutando el verano con sus amigos, adolescentes de bachillerato. Te voy a dar su número de teléfono, por si algún día tienes un hueco y habláis. Ella te recuerda con especial cariño”. De pronto una linda niña, corrió hacia el reducido grupo. Tenía los ojos azules como su madre. “mami, ¿quiénes son estos señores?  Elena tomó de la mano a su hija respondiendo: “MARIEMMA, unos buenos amigos de papá y mamá.” –

 

 

LA INSÓLITA ESPONTANEIDAD

DE UNA NIÑA

 

 

 

                       José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 16 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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