viernes, 6 de marzo de 2026

UNA CARTA MANUSCRITA PARA GRACIA.

 



Ha resultado inevitable, con el avance de la modernidad. La palabra informática está reinando entre el común de los mortales, que se han convertido en “siervos entregados” a esa religión llamada Internet. Esta revolución post-contemporánea tuvo su inicio en las postreras décadas del siglo XX, y desde entonces no ha dejado de crecer y “totalizar” la inmensa mayoría de nuestros actos. 

Pensamos en aquellas antiguas “misivas” que traía el cartero a nuestros domicilios, con el correspondiente franqueo, fructíferas semillas para el apasionante mundo de los sellos de correo. Nada más haber comprobado el remite, en el reverso del sobre, nos generaba diversos sentimientos: sorpresa, alegría, curiosidad, emoción, cariño, preocupación, nerviosismo o incluso temor. Todo ello, antes de abrir el envío y poder leer su contenido. Una vez abierto el sobre, teníamos en nuestras manos unas cuartillas manuscritas, con buena o regular caligrafía y ortografía. Su lectura se realizaba en soledad (por la necesaria privacidad) o rodeado de la familia, que asistía en silencio o con diversos comentarios, sobre el texto enviado. 

Fuera cual fuese el nivel cultural e intelectual del remitente, éste se había esforzado en cuidar la escritura y sobre todo el contenido de lo que deseaba transmitir. Si era una persona analfabeta o con escasos estudios, pedía ayuda al amigo, compañero o vecino, para que escribiera bien lo que él le estaba comunicando, con poco orden y escasez de palabras. Estas epístolas o cartas antiguas solían comenzar con el lugar desde donde se escribían, con la fecha, en la parte superior derecha de la cuartilla u hoja de libreta. Por ejemplo:

“Queridos y amados padres, hermanos y abuela. Pido a la divinidad que, al recibo de la presente, os encontréis todos bien, yo también bien, por la gracia de Dios.” Eran cartas en la que el remitente explicaba su situación actual. En los párrafos manuscritos contaba a su familia cómo le iba, narrando con todo detalle tanto lo bueno, como lo regular, en esas semanas y meses en que había estado separado del hogar familiar. En ocasiones solía pedir ayuda, para afrontar los momentos de flaqueza económica o, por el contrario, adjuntaba algún billete para ayudar a su modesta familia. Si la cantidad de esas pesetas era elevada, el dinero se enviaba por giro postal. 

El padre o el abuelo leía la carta, en voz alta, ante los miembros del grupo familiar, quienes estaban sentados junto al fuego de los leños ardientes del hogar o chimenea. Unos y otros mostraban sus lágrimas emocionales, sus suspiros, sus alabanzas, sus recuerdos, hacia ese remitente alejado físicamente de la unión familiar. En la despedida, solía mandarse recuerdos a los amigos, vecinos y algún conocido.  Sobra añadir que aquellas emocionales cartas se releían con frecuencia y, sobre todo, se guardaban “como oro en paño”, atados los sobres con una cuerda, cinta o gomillas elástica en el aparador del salón, mesilla de noche del dormitorio o en los cajones del armario, para su cuidada y necesaria conservación. 

El avance de los tiempos ha hecho cambiar y evolucionar aquellas comunicaciones en papel, escritas con el arte epistolar del sosiego,  por otros caminos más inmediatos o acelerador, como el teclado del móvil telefónico y los mensajes del WhatsApp. Con ello se ha ganado inmediatez, el “logro valioso” del tiempo real. No sólo intercambiando palabras, frases o mensajes orales, sino también tomas fotográficas y vídeos documentales. Pero hoy día prevale la pobreza gramatical de los textos e incluso e incluso incorrecciones ortográficas en los mensajes, destacando la carencia emocional que emanaban aquellas viejas cartas de antaño, inolvidables para nuestra memoria. En este contexto de la antigua intercomunicación se inserta nuestra historia semanal de los viernes. 

Nos acercamos a una de las barriadas sociológicamente muy humildes y de economías deprimidas, que suelen tener las capitales provinciales de cualquier país. En este núcleo del plano urbano, el índice de las personas sin trabajo superaba en muchos dígitos el porcentaje medio de la población laboral activa. El dato de los vecinos con estudios universitarios era mínimo con respecto a la media provincial. El abandono escolar en bachillerato e incluso en la educación obligatoria era también importante y preocupante. La estabilidad social se veía gravemente alterada por la existencia de violentos clanes delincuentes, que sembraban con inesperada frecuencia el descontrol y la alteración de la paz ciudadana. Resultaba tristemente habitual la llegada de vehículos de las fuerzas policiales, con el impacto escénico de las luces azules y las sirenas en funcionamiento, para enfrentarse al “menudeo” y al tráfico de sustancias tóxicas y otras actividades delictivas, por parte de jóvenes y mayores al margen de la legalidad. En horas nocturnas y también diurnas, se escuchaban disparos y enfrentamientos de los grupos delincuentes, que sembraban la inquietud y el temor, en la atmósfera social de las familias honradas, 

Sin embargo, este depresivo panorama social se veía esperanzadoramente compensado por un acuerdo tácito y fraternal, entre la vecindad respetuosa con el cumplimiento de la ley. Esta espontánea solidaridad, para ayudarse entre ellos, se concretaba en compartir alimentos, vestidos y zapatos, en las situaciones gravemente carenciales de no pocas familias. También se ayudaba con los cortes de fluido eléctrico, por impago, e incluso en las situaciones extremas de desahucio, para personas y familias que sobrevivían sumidas en la cruel e injusta indigencia. Esa ayuda solidaria se canalizaba a través una asociación social para la ayuda al necesitado o de una forma directamente espontánea.

Y bueno es ya conocer a la protagonista de nuestra sentimental historia. Doña GRACIA Almansa, septuagenaria avanzada, viuda de un vendedor ambulante en los mercadillos de barrio, Camilo Flores, que se fue de la vida hacía casi un par de décadas. De su unión en el Registro Civil, nació el único hijo del matrimonio, ÁNGEL Gabriel,persona desordenada en los valores básicos, que desde la adolescencia comenzó un erróneo camino vital, inducido por dudosas compañías, que le hicieron adentrarse en los terrenos oscuros y cenagosos de la ilícita delincuencia. 

Esta pobre vecina, había trabajado durante toda su vida, pero con más intensidad tras el fallecimiento de su esposo, en lo que su abuela le había enseñado. Principalmente cosiendo, usando unas lentes de muchas dioptrías, que sus amigas de la vecindad le habían gestionado en la Seguridad Social. Así conseguía unas pesetas, para “seguir tirando”. También sacaba tiempo de sus escasas fuerzas, limpiando portales, esperando a recibir “la voluntad”. De la actitud bondadosa de sus amigas, también con básicas carencias, recibía tupers con lentejas, cocido o judías, procedente ese puchero sobrante en las cocinas de algunas familias. Resultaba admirable ese calor fraternal, frecuente en barrios de sociología pobre, para con aquellos que sobrevivían con dificultad en el discurrir de los días, gestos ejemplares por el consuelo afectivo y humanitario que compartían.

Pero a Gracia lo que más dolor le producía era no saber nada, desde hacía muchos años, de su hijo Ángel, quien no hacía honor a su nombre, pues era más que probable estuviera embarrado en el cieno pestilente de la mala vida. Eran muchas las tardes en que, sentándose en la pequeña plaza de la barriada, junto a muchas vecinas para gozar del sol que les llegaba sin coste, decía, una y otra vez entre lágrimas: ¿dónde estará mi Ángel? Hace años que no sé nada de él. ¿Estará en prisión? Nunca me ha enviado unas letras ni ha querido venir a verme. Me acuerdo de cuando yo era mocita, si los hijos se tenían que ir lejos para encontrar trabajo con el que poder vivir, escribían con frecuencia a sus padres, unas cartas llenas de cariño y respeto, para mantener informados y tranquilos a esos padres que ya vestían las arrugad y los achaques de la edad”. Y seguía llorando con los consuelos afectivos de sus sencillas amigas, que la apreciaban y cuidaban en lo posible. La suma de los años había hecho cruel mella en el organismo y el alma de esta buena y sencilla mujer. 

Una tarde de marzo, varios vecinos estaban aprovechando el tibio pero confortable sol que acariciaba la pequeña plaza de la barriada. De manera espontánea fluyó, entre sus banales conversaciones, un tema que sí tenía la suficiente enjundia: el sufrimiento de la buena vecina Gracia. El comentario que prevalecía era que sería bueno darle a esta señora, ya con muchos años, una alegría que vitalizara la debilidad de su ánimo, cada vez más “envejecido ante la realidad terminal de su existencia. 

Cierto era que se le ayudaba materialmente, pero lo que ahora necesitaba con presteza era un fuerte “chute” anímico. La “medicina que todos acordaron, como la más eficaz, sería el recibo de una carta cariñosa, como las que se escribían antes, que fuera lo suficientemente convincente como para “engañar piadosamente a una anciana madre que necesitaba el calor afectivo de un hijo innoble y cruel, al que le había dado la vida. 

Entre todos los concurrentes, nadie sabía qué había sido de Ángel, al que se le había perdido la pista hacía un par de décadas. Cuando el joven se fue “al África” (según algunos), tendría como unos 21 años. Se calculaba que, en estos momentos, el hijo de Gracia “andaría” por los cuarenta. Pero no se conocía rastro de él. Había rumores de que tal vez estuviera por América del sur, mientras que otros lo situaban en la Europa del este. Se presumía que estaría metido en el mundo de la droga o incluso que lo habrían “suprimido” las mafias de las “cloacas”. ¿Quién sería capaz de escribir una carta “como las de antes” en nombre de Ángel Flores Almanza? La idea era bien sencilla. Una vez que la carta a su madre estuviera escrita, se franqueaba el sobre, para que pudiera llegar a su madre, que merecía estar tranquila y en lo posible feliz en esta etapa final de su existencia. Esa persona escribiente tenía que ser un habilidoso de la escritura, para que la suplantación de ángel fuera convincente. Reconocían que en esta barriada la mayoría de los vecinos no serían hábiles con la redacción y la escritura. El porcentaje de analfabetos y de personas sin trabajo era elevado. Algunos se “quitaban el hambre a guantazos” y la tentación de introducirse en el menudeo de estupefacientes era continua, por la necesidad de poder comer, aún a pesar de los riesgos.  Pero alguien aportó una idea luminosa. 


¡Podemos hablar con BLAS “el alpargata”! Se trataba de un vecino de mediana edad que iba de aquí para allá, por los mercadillos de los municipios malagueños, vendiendo ropa y zapatillas. De los seis hijos que había tenido con “la Leonora” había salido uno, CEFERINO “el Chato” que desde su adolescencia le había gustado estudiar, haciendo el “Chiviritato” sic (bachillerato). En su juventud había dejado el barrio donde nació y con su pareja vivían en una vivienda protegida de segunda mano. “Sé que trabaja en una oficina del papeleo, para los coches, los tributos y otras cosas”. 

De esta curiosa forma, el hijo aventajado de Blas, que ejercía de administrativo en una gestoría del centro de la ciudad, tras convencerle, se puso a redactar una sentimental misiva, aplicando una creatividad inventiva verdaderamente admirable. Se trataba de alegrar los sentimientos de una apreciada vecina en la ancianidad, cuyo mayor anhelo era poder saber algo de su único hijo, que andaría sin norte por esos mundos de dios. 

En el bar de Amalio “el legionario”, el aventajado escribiente, rodeado por un amplio grupo de vecinos, todos con la alegría del vino y las cervezas, fueron componiendo una sentida carta que vitalizaría el ánimo de una madre solitaria, firmada por su hijo ausente. En esa misiva “reparadora”, Ángel se dirigía con humildad y cariño a su madre, pidiéndole perdón por esos años de silencio, egoístas e injustificados. Le explicaba que había viajado mucho, buscando diversos trabajos, en distintas partes del territorio español y también del extranjero. Que había tenido momentos buenos y malos, por la dureza de la vida. Que se había unido a varias mujeres, pero que ahora tenía de compañera a una estupenda mujer, LAIMA, de nacionalidad africana. Que ambos habían emigrado a Inglaterra, para trabajar, él de mecánico y ella de cocinera de hotel. Le aseguraba que no la olvidaba y que a partir de ahora le iba a ir enviando algunos billetes, para ayudarla en lo básico (entre todos fueron juntando algunas pesetas, para que en el sobre fuera algún billete, junto a la 

cuartilla manuscrita). Le enviaba muchos besos, de un hijo “travieso” que la seguía queriendo. 

Una vez preparado el sobre, se pusieron de acuerdo con AVELINO Baltanás, el cartero que repartía la correspondencia por las casas del barrio. El servicial y veterano funcionario de correos, entregó el sobre, debidamente franqueado, a la sorprendida señora, cuyo contenido le tuvieron que leer, ya que la pobre anciana estaba presa de la emoción, llorando de continuo, pues no podía creer la inmensa alegría que estaba recibiendo por parte de un hijo al que creía perdido.  

Fue una humanitaria, necesaria y bondadosa “mentira” con el objeto de alegrar el corazón de una madre envejecida y cansada, por una larga vida en la que había habido muchas sombres y escasas luces. Una carta “de las antiguas”había llevado mucha ilusión benefactora en su contenido a una vecina que, como tantas otras, subsistían en un mundo desigual, injusto y complicado, para los que menos tienen y más necesitan. La solidaridad fraternal había funcionado. En los meses sucesivos fueron llegando más cartas, enviadas por un remitente del que nunca más se supo. -  

 

 

UNA CARTA MANUSCRITA

PARA GRACIA

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

   Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 06 marzo 2026      

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viernes, 27 de febrero de 2026

REENCUENTRO EMOCIONANTE EN UNA TARDE DE OTOÑO

 

Son lugares que reúnen a miles de ciudadanos cada día, a los que se acude con la condición previa de tener paciencia para la espera. Estos espacios, estratégicamente situados, resultan cada vez más útiles y necesarios para la movilidad. Nos estamos refiriendo a las paradas de los autobuses municipales y también suburbanos. Cualquier persona, incluso aquellos que tienen movilidad reducida, puede tomar el bus 14, 11 o el 4, etc. para sus necesidades de desplazamiento por la ciudad y localidades suburbanas.

En esas paradas se suelen producir numerosos ejemplos de comportamiento, que reflejan la manera de ser de cada cual y el nivel educacional que se posee, sea cual sea la edad del viajero.  La potencialidad informática actual ha permitido al usuario poder informarse, a través de su móvil telefónico y utilizando la aplicación correspondiente, el tiempo que ha de esperar para subirse a la línea de bus elegida. Actualmente, una mayoría de las paradas urbanas tienen también pantallas que informan, con agilidad, el tiempo de espera para cada línea vinculada a esa parada.

En cuanto al comportamiento de los usuarios, algunos no saben respetar la cola, sino que se sitúan en lugares diversos, “olvidándose” del orden de espera, provocándose discusiones y protestas, ante el interés de acceder pronto al bus, para poder sentarse si hay asientos libres. Viajar de pie, agarrándose a las barras, tiene sus riesgos, en los frenazos bruscos y en los giros pronunciados del conductor. El problema se agudiza cuando hay paradas dedicadas a varias líneas. Cuando hay mucha gente esperando, no se sabe el bus que desea tomar cada viajero. Normalmente a las personas mayores se les respeta, pues tienen asientos reservados y también para los usuarios con problemas de movilidad. 

En este contexto tuvo lugar la siguiente historia cargada de nostalgia. Había tomado el Circular 1, para dirigirme a mi domicilio. Esta es una línea de autobús municipal que, junto a la C2, recorre muchas barriadas de Málaga, realizando grandes circunferencias por el plano urbano de la ciudad. Es un viaje largo, con el incentivo de la distracción, al recorrer un trayecto tan contrastado en la historia de la localidad. Ocupé un asiento que quedó vacío en la parte trasera del abarrotado vehículo. A mi lado viajaba una señora bastante mayor, cuidadosamente arreglada, en ropa, joyas y cosméticos. Di los buenos días, por educación, en voz baja. Entonces la compañera de asiento me observó con fijeza. Algo me decía que aquel rostro, surcado por numerosas arrugas, inútilmente tratadas de disimular con un abundante maquillaje, soportando pronunciadas bolsas bajo unos ojos de mirada cansada que reflejaban manifiesta tristeza, su no abundante cabello, protegido con una gorrita de lana gris azulada y un cuerpo ya inclinado por la debilidad ósea, algo me hacía recordar en la memoria que la imagen de esa persona, ya muy anciana, yo la había visto y tratado antes en algún punto de mi desarrollo vital. 

Las neuronas de los recuerdos actuaron, en esta ocasión, con una sorprendente y eléctrica eficacia. En ocasiones se olvidan datos y detalles recientes, mientras que fluyen en la memoria imágenes, hechos y vivencias, que soportan muchas décadas de distancia temporal. Esa persona me generó como una ráfaga visual en la que te juegas acertar, como en una papeleta de tómbola. “Disculpe la pregunta o indiscreción ¿su nombre es doña ELENA?

Me vi entonces como un adolescente de 13/14 años, que cursaba 4º del antiguo bachillerato elemental, en el Instituto de Enseñanza Media Ntra. Sra. de la Victoria (así se llamaba entonces). La profesora que impartía la asignatura de Literatura Española solía provocar el “temor” y el “horror”, en ocasiones, sobre los 40 compañeros masculinos que asistíamos a sus clases. Eran los años sesenta del siglo XX en nuestras vidas. La percibía como una profesora (era una ilustre catedrática, por rigurosa oposición) que dominaba muy bien la materia en la explicación e incluso recitaba la poética del temario. Siempre vestía con elegancia, con ropa de modista hecha a medida. Cuando explicaba, su pronunciación era más castellana que malagueña/andaluza. Me provocaba curiosidad la forma como hablaba, remarcando las sílabas de las palabras, buscando el impacto acústico y conceptual de los contenidos. Usaba gafas para la lectura y los alumnos la observábamos como una diosa de las letras. El libro de texto que usábamos lo había escrito ella. Pero el “pedestal” o distancia cultural entre ella y aquellos niños del franquismo en la España desarrollista, que estaban en plena pubertad, era para nosotros inabarcable. 



Para aquellos alumnos de los sesenta en su materia, lo que más temíamos, aparte de la severidad de las calificaciones en los exámenes, era su peculiar forma de ser en clase, su rigidez de conducta. Cuando regañaba, se nos “helaba” la sangre. Al corregir a ese compañero que hablaba en clase, cuando ella explicaba o se distraía con algún compañero, no le importaba utilizar palabras “ofensivas” que hoy hubiera provocado incidencias disciplinarias por parte de la inspección educativa, al menospreciar con palabras insultantes o humillantes al adolescente que había cometido alguna falta. Pero en aquella España de los años sesenta, los profesores fumaban en clase y tenían una autoridad “absoluta” sobre sus alumnos. No se movía una mosca en el aula, cuando se dirigía al compañero infractor llamándole “… ese niño tan feo, tonto, estúpido …” mientras anotaba en su cuaderno una falta de conducta, que iba a repercutir en las notas finales. Obviamente, entre la chiquillería, los apelativos o motes que recibía, como a otros profesores, era más que usual. La admiración de ¡cuánto sabe! mezclada con el temor, cuando entraba en el aula, iban unidos, en la mentalidad de aquellos niños. Efectivamente me confirmó que ella había sido catedrática de instituto. Lógicamente, no se podía acordar de este compañero de asiento, que se identificó como antiguo alumno en sus clases del Instituto, en el barrio de Martiricos. 

Y ahora la tenía allí sentada a mi lado, con más de setenta años, aunque su imagen, muy deteriorada, aparentaba muchos más. Conservaba su voz enérgica y la forma de marcar las sílabas, aunque ya sin aquella antigua potencia que recordaba. Decidí también bajarme en la primera parada del Parque, cuando ella se levantó de su asiento. Ya en la acera norte, de ese admirable vergel vegetal atravesado de vehículos, viendo su limitación física en el caminar, tuve el “impulso” humanitario, a pesar de los sufrimientos pasados, de pedirle, con sencillez, si aceptaría compartir un café u otra infusión, con uno de sus antiguos alumnos. Para mi enorme sorpresa, la veterana catedrática aceptó, indicándome que fuera un establecimiento próximo, pues ella residía en el barrio de la Malagueta y evitaba las largas distancias por sus problemas de salud. Fuimos caminando bien despacio, intercambiando diversos comentarios, banales pero llenos de nostalgia, sobre nuestro antiguo instituto, hasta la cercana cafetería Flor próxima a la plaza de toros.



Sentados ya junto a una mesa interior del establecimiento, para evitar la humedad que la proximidad del mar potenciaba, en ese barrio acomodado malacitano, ella ordenó al camarero un chocolate caliente con canela, mientras mi servicio fue un café descafeinado con leche. Tras insistirle, accedió a que nos trajeran dos pasteles de hojaldre, con cabello de ángel. El reloj se acercaba a las 20 horas de ese importante día en el recuerdo de la adolescencia. Brevemente, le expliqué mi vida académica y laboral, desde que dejé el instituto. Pero la veterana interlocutora de mesa, para mi sorpresa, pronto dinamizó con fuerza inesperada sus palabras, a fin de irme resumiendo importantes hitos y logros de su vida intelectual y laboral, de los que se mostraba, lógicamente, muy orgullosa. Mentalmente “cerré” aquellos inadecuados y desagradables episodios escolares, que habíamos también compartido en las aulas de un instituto masculino recién inaugurado, emblemático para la enseñanza pública en Málaga. Lo importante era escuchar a una ilustre profesora, con la que había compartido la enseñanza en los años sesenta. Sus anécdotas, sus “galones” y homenajes, su producción bibliográfica, definían a una intelectual docente y escritora que había enriquecido el clima cultural de la capital malacitana, especialmente en el Ateneo de la ciudad. Doña Elena había nacido en un pueblo aragonés zaragozano, La Almunia de doña Godina, en 1908. Habiendo ejercido en diversos centros del norte peninsular, hasta recalar en Málaga, ciudad marinera y hospitalaria, en donde desarrollo gran parte de su vida. 

Desde el “miedo” en el aula, al reconocimiento de su esfuerzo intelectual, en esa tarde de septiembre, habían pasado más de dos décadas. El reencuentro inesperado y sorprendente, en esa línea de bus, había sido un generoso regalo del destino. Ahora, al final del camino, ese tiempo innegociable había sido cruel con su anatomía, pero como las flores, doña Elena aún conservaba ese encanto y aroma intelectual, desarrollado con miles de alumnos en un Instituto público de la enseñanza secundaria. La prensa publicó la triste noticia de su fallecimiento en Madrid, mayo de 1995.-

 

 

REENCUENTRO EMOCIONANTE EN UNA TARDE DE OTOÑO

 

 

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                                                                                Viernes 27 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 20 de febrero de 2026

UN FALAZ AHORRADOR COMPULSIVO

 

Si tuviéramos que hacer un voluminoso catálogo, con los rostros y los caracteres de las personas que vamos conociendo y tratando a lo largo de nuestras vidas, nos faltarían centenares de páginas para poder completarlo. Somos tan iguales y diferentes al tiempo, que la tarea emprendida sería prácticamente inabordable.  

Esta historia se refiere a una de esas personas obsesionada con el ahorro económico, comportamiento compulsivo o enfermizo que se resume con pocas palabras: gastar poco y guardar mucho “para asegurar el día de mañana”. La avaricia, la tacañería de esta gente puede resultar ridícula y patológica. Llegan a creer que nunca les va a llegar su última hora en esta tierra. 

El personaje protagonista de este relato se llamaba don SILVERIO de la Redonda Cifuentes. Estaba casado con doña AUREA Chinchilla del Portal, matrimonio que no había tenido descendencia. Durante su vida activa, había trabajado como administrativo en la delegación de Hacienda local. Se había jubilado hacía siete años, al cumplir los 65, dedicándose a llenar su amplio tiempo libre en salir cada mañana y tarde de su domicilio, para realizar largos paseos, según explicaba a su mujer. 

Áurea veía con buenos ojos estas diarias ausencias, ya que deseaba estar tranquila para hacer la limpieza de casa, ir a la compra y cocinar el guiso del día, dedicando también bastante tiempo para entretenerse en su tarea favorita: hacer labores de ganchillo. Solía mantener largas conversaciones con sus amigas, a través de móvil, intercambiando los chismes propios de las personas aburridas. 

Con tantos años de unión matrimonial. Aurea se había adaptado y “sometido” al carácter tacaño y ahorrativo de su esposo. El lema vital de este marido era gastar lo menos posible y ahorrar mucho, hasta convertirse en una verdadera obsesión que condicionaba y marcaba su carácter. Su justificación favorita era que había que “estrecharse” en los gastos, a fin de poder vivir bien “el día de mañana”. El objetivo de imponer esta actitud a su mujer parecía en principio razonable, pero al llevarlo a sus límites extremos había generado en él comportamientos ridículos, cómicos y enfermizos, en el discurrir de los años y días. Podrían citarse algunos ejemplos un tanto impropios de una persona razonable y preventiva con el dinero familiar. 

Silverio había “impuesto” a su mujer la necesidad de ir al Mercadona del barrio todos los sábados a últimas horas antes del cierre de la tienda, para hacer la compra semanal. Con ello quería conseguir productos perecederos más baratos, con esa etiqueta amarilla de la bajada de precio.

Gustaba visitar las tiendas de “segunda mano”, entendiendo que en estos comercios se podía encontrar abundante y variada ropa, muebles y otros utensilios, especialmente baratos y en buen estado de uso. 

Si algún día no había podido desayunar en casa antes de ir a la delegación, a causa de haberse levantado tarde, utilizaba los minutos permitidos en el trabajo, para salir a tomar un café. Estaba atento para sentarse en las mesas en donde el cliente anterior había dejado propina para, con la debida discreción, apropiarse de esas monedas que reposaban encima de esa mesa aún no limpiada por el abrumado camarero, con el establecimiento lleno de clientes. Consideraba que así la salía el desayuno más barato. 

Cuando algún profesional tenía que venir a casa, para arreglar o reparar problemas de electricidad, fontanería, albañilería o pintura, se mostraba insistentemente pesado y contumaz en el ejercicio del “regateo”. Se esforzaba en conseguir reducir el precio inicial que se le había dado, ofreciendo una penosa imagen de persona necesitada. Si no lo conseguía, buscaba y “rebuscaba” otras alternativas para ahorrar unas pesetas o euros que iba guardando “para el mañana”. 

Aurea, por disposición de su marido, esperaba a las rebajas para comprar esa ropa que le ilusionaba y necesitaba. Evitaba tener problemas con Silverio, el cual revisaba las compras de su mujer, comprobando que tenía la etiqueta original con la rebaja superpuesta. Esta actitud fiscalizadora del administrativo jubilado, tras sus paseos matutinos o vespertinos, provocaba frecuentes discusiones acerca del dinero gastado. Aurea argumentaba su disconformidad, repitiendo lógicos y humanos razonamientos, que generaban acres y desagradables discusiones en las que ambos cónyuges perdían los papeles. 

Para qué ahorrar tanto y vivir con estrecheces. Eres un obseso del ahorro”. Silverio entonces entraba en un intenso estado de crispación y enfado. “Tú de economía no entiendes ni sabes nada. Sólo dices tonterías. Yo he estado más de tres décadas trabajando en Hacienda y lo sé casi todo acerca de la economía. Seguro que llegará el día en que necesitemos ese dinero que voy guardando pacientemente y con inteligencia guardando en el banco”. Recibía otra fuerte y lógica respuesta de una mujer también muy enfadada y harta de aguantarlo. “Pero cuánto tienes guardado en el banco, a ver si un día me lo dices. Y piensa, de una maldita vez, que ese mañana, que tanto me sermoneas, está aquí. Tienes más de setenta años y yo sesenta y nueve ¿Qué crees que te vas a llevar, cuando abandones este mundo? Ni un céntimo, desgraciado. Ya estamos en nuestro “mañana”. Hay que pasárselo bien y no pensar tanto en vivir sacrificado. Y no me dejas ver esa cuenta bancaria, te tendría que dar vergüenza de tu prepotencia machista”. “Tú eres una profunda y alocada analfabeta, para estos asuntos de la economía familiar. En su momento me tendrás que agradecer mi prudencia y sentido común ante los gastos, para evitar que te veas en la indigencia, impulsiva y analfabeta mujer”. “Tú no estás bien de la cabeza, don Silverio, y yo estoy hasta el … del ahorro con que me has amargado la vida. Igual llegas a millonario, para gozar del dinero en la otra vida, tacaño de mierda”. Estas incómodas y desagradables escenas se repetían cada vez con más frecuencia. Siempre prevalecía el machismo de Silverio. Aurea, en las noches de insomnio, se repetía, con indisimulado desconsuelo “Y ¿a dónde voy yo con la edad que ya tengo?”



Pasaron no pocos meses y días y como a todo ser de la Tierra a don Silverio le llegó el oscuro final del camino. Una inesperada y traicionera gripe, complicada con otros variados achaques, condujeron al tacaño funcionario jubilado de Hacienda a un viaje sin equipaje, con destino desconocido. En doce días, Aurea enviudó. Una vez pasado el funeral, se sentía cansada pero liberada de una vida teñida de ajustes y estrecheces. Le quedaba una pensión modesta, pero suficiente para el tipo de vida al que su marido le había habituado. Pero en medio de la desgracia, sentía interés e ilusión por descubrir, de una vez, el capital ahorrado que Silverio había ido juntando para el mañana. Para ello, se dirigió a la sede de Unicaja banco cerca de su domicilio. Estaba decidida a exponer su peculiar situación. Le pasaron para que detallara su situación al director de la sucursal, don TELESFORO Briales. Tras los saludos pertinentes, le mostró la necesaria documentación identificativa.

“Estimada Sra. Chinchilla. Reciba mi pésame más sincero. Le confieso que me resulta complicado entender, que Vd. no fuera partícipe en el conocimiento de la cuenta que su marido, que en gloria esté, mantenía durante años en esta entidad. Me indica que era su carácter y yo, por supuesto, lo respeto. Me explica que don Silverio iba acumulando pequeños ahorros, para formar un capital a fin de gozarlo en la etapa de la ancianidad. Ante la imposibilidad de conocer el capital, considero que debía Vd. haber venido hace tiempo para exponernos el caso y hubiéramos mediado en el asunto. Le voy a ser clarificador y sincero. Su marido ingresaba pequeñas cantidades con bastante frecuencia. Pero también reintegraba “importantes” cantidades cada mes. En este momento la cuenta de la que hablamos tiene un saldo de 275 euros. Deduzco que Vd. no conocía en qué se gastaba el dinero su difunto esposo. Lamento transmitirle ingrata información. Pienso que las personas tenemos “varias vidas” y la persona con la que convivimos no las conoce en su totalidad. Podrá Vd. reintegrar esos 275 euros en este momento, aunque le aconsejo que abra una cartilla con nosotros, para que pueda gozar de los servicios que ofrecemos a los clientes de la entidad”.

El “golpe” anímico y económico que Aurea recibió fue duro, intenso y pleno de indignación. Pidió ayuda espiritual a su confesor, el Padre FROILÁN de la Espada y este venerable sacerdote la consolaba, aportándole sabias palabras: “lo mejor, querida Aurea, es perdonar y olvidar. Los errores cometidos él los llevará en su conciencia. Con la modesta pensión que te ha quedado, 950 euros, puedes sostenerte con dignidad. Sólo el altísimo Dios conoce a dónde iba ese dinero, que el difunto decía ahorrar para el mañana”. Aurea no tuvo más remedio que acudir al médico de familia y posteriormente a un psicólogo, recomendado por el veterano sacerdote, dado el estado preocupante que su ánimo presentaba. La situación depresiva era evidente. La vecindad era consciente de lo mal que lo estaba pasando. El abandono estético e higiénico de esta infortunada mujer era del todo preocupante. 

Una tarde, doña ENGRACIA Cañadas, una vecina del bloque, con muchos años de vida, bajó en el ascensor y tocó en el timbre del piso de Aúrea. Traía un termo de café con leche bien caliente y un papelito de dulces. 

“Querida vecina. No quiero seguir viendo como sufres. Creo, sinceramente, que te ayudará conocer bien “toda” la historia. Eres una buena persona, bastante inocente, pero te falta ese punto de maldad necesario para enfrentarte a situaciones complicadas. A las personas es muy difícil conocerlas y entenderlas. Muchos vecinos del barrio conocían las grotescas andanzas de tu difunto marido. Era asiduo visitante de una casa, burdel o lupanar… de putas, en donde se dejaba sus buenos “cuartos”. La última “querida” que había conocido en esa casa innoble de citas acabó enamorándose intensamente de ella. Hasta le puso un piso de alquiler, cuidando que nada le faltara. Esta joven profesional, conocida en la zona por sus novedosas habilidades eróticas, tiene por nombre CHIQUI Pedrera Capitán. Silverio, obsesionado con ese amor crepuscular, la llamaba “Chiqui”. Su nombre real es Alfonsa. La fama de tacaño de tu marido tiene una fácil explicación. Su doble vida con esta “querida”, que al parecer no fue la única, tenía que pagarla con esa forma de ser con el dinero, que te obligaba a padecer estrecheces. Era un “putero” compulsivo de libro. Estos falsos y ruines personajes tienen la suerte de encontrar esposas “inocentes” para mejor desarrollar sus necesidades y adiciones sexuales fuera del hogar”. 

En esta trascendente y clarificadora merienda, doña Engracia le habló de un interesante servicio que ofrece la Universidad de Málaga, para las personas mayores que vivan en soledad y acepten recibir a estudiantes universitarios que no tengan casa para residir en Málaga capital. Más que el escaso dinero que el estudiante paga por su habitación, lo importante es la ansiada compañía que prestan a estas personas mayores que sufren con desconsuelo el “pathos” de la soledad. -

      

 

 

UN FALAZ

AHORRADOR COMPULSIVO

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

                      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

                                                                                Viernes 20 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 13 de febrero de 2026

SORPRESAS EN LOS ENCANTOS DE LA CIUDAD VACÍA.




Caminar es un ejercicio manifiestamente saludable, tanto si se realiza a través de la naturaleza o por el laberinto urbano de la ciudad. Además de los incentivos orgánicos para la maquinaria corporal, conseguimos otros positivos réditos en nuestro estado anímico que no resultan menos importantes y valiosos. En esta simple, pero rentable experiencia, podemos encontrarnos con calles completamente vacías de viandantes o de cualquier tipo de locomoción. Normalmente esta ausencia de personas y vehículos se genera fuera de las horas centrales de la mañana y de la tarde, cuando el horario comercial ya ha finalizado, fenómeno que también se hace presente durante días festivos y dominicales. 

Son muchas las personas para las que el sentirse liberado del ingente bullicio humano, con la densificación acústica correspondiente, que ensordece y aturde, supone una sensación agradable, terapéutica y liberadora. Para otros, por el contrario, esa vivencia puede resultarles incómoda y desangelada, ya que no van a encontrar en estos espacios urbanos la compañía personal necesaria que conforta y distrae, compensando con su presencia ese “pathos” invisible y desestabilizador, de la traicionera soledad. 

Como antes se comentaba, esa imagen de la “desertización” viaria (utilizando un vocablo expresivo un tanto radicalizado) suele aparecer o percibirse durante los números del calendario vinculados a diferentes festividades y también en el día final de la semana. Pasear por entre tantos comercios cerrados, para el descanso del personal laboral, con las persianas bajadas o las verjas bien blindadas por cadenas y candados, con el añadido de la ausencia de peatones, puede provocar un sentimiento fantasmagórico, triste y de incomodidad psicológica. Esa imagen, sin latidos acústicos y personales, contrasta con esas otras horas de la semana, presididas por el bullicio comercial y el tránsito viario. 

Así vamos caminando en esos días “no laborables” por la estructura urbana que ahora percibimos desierta, sólo aliviada por la aparición de algún pequeño comercio regentado por vendedores de procedencia oriental, coloquialmente llamados “los chinos”, quienes por su dedicación y atención personal/familiar nunca descansan, tanto de lunes a domingos, como mensualmente, de enero a diciembre. En este contexto temático comienza a desarrollarse nuestra historia. 

Domingo por la tarde, en un febrero frío y seco, con el cielo cubierto de nubes, imagen que tanto motiva a los espíritus nostálgicos, pero que tienta al desánimo en los temperamentos menos románticos.  GRACIELA, joven estudiante universitaria en la facultad de Ciencias de la Información, había previsto acudir a un estreno cinematográfico, película en V.O.S. muy alabada por la crítica, en una sesión que comenzaría a las 18:30 minutos. Por un error personal (ese reloj que suele atrasar y cuya inexactitud suele gastarnos más de una mala pasada) y un problema de buses a la hora punta dominical, accedió a la taquilla del vetusto multicines cuando la cinta llevaba ya unos 18 minutos de proyección. Contrariada, al no poder asistir al interesante estreno en ese momento (avalado con una estatuilla en los recientes Premios Oscar de la Academia de Hollywood y dos Globos de Oro) pues la siguiente sesión comenzaría a las 20:30 y no quería irse a la cama demasiado tarde, ya que el lunes tenía clase a las 8:15 y tendría que madrugar, optó elegir otra película. Pero lo que le ofrecía la cartelera no le seducía mucho, por lo que decidió improvisar alguna nueva aventura para pasar ese rato vespertino en un domingo invernal. 

Como primer recurso pensó en llamar por teléfono a alguna antigua amiga, pero esta posibilidad quedaba bastante limitada para ella. El haber estado formando pareja con HERME (persona un tanto absorbente) en una intensa relación que había durado dos años y algunos meses, le había alejado de muchas de sus amigas de siempre, que ahora tenían nuevos campos de relación y contacto. Aún así realizó un par de llamadas, ambas con resultados frustrados para sus intentos de recomponer el domingo. Marieli tenía un cumple en casa de su prima y Tatiana no respondía a la llamada, pues mantenía el celular desconectado. 

La ruptura con su pareja Hermenegildo no había dejado una especial senda entre ellos que fuese irreparable. En realidad, esa relación, vivida con tan acendrada intensidad, había agotado ya la motivación de sorpresa y predisposición que siempre se suele tener para la novedad. El impulsivo joven, en lo más íntimo de sus deseos, añoraba la perdida libertad de sus años de instituto. Esa “cerrazón afectiva” mantenida entre ambos desvitalizaba la ilusión y la fuerza para el mantenimiento, en unas edades (20 años él, 21 Graciela) muy vitales para experimentar nuevas sensaciones y experiencias. Ambos necesitaban “aire fresco” en sus conciencias y deseos. Así que cada uno de ellos siguió por sus respectivos caminos, respirando un aire menos viciado para los sentimientos. Precisamente Herme estaba preparando oposiciones a una futura convocatoria del cuerpo municipal de bomberos, ya que era persona amante de riesgo y la aventura sobre la opción académica universitaria, para un expediente personal no muy brillante en méritos, calificaciones y sacrificios. 

¿Qué hacer el resto de la tarde, en este domingo “tristón”? se preguntaba la joven Graciela, caminando sin un rumbo fijo por calles de la ciudad. De inmediato desechó la opción de volver a casa. Su madre, CONSUELO, estaría en esos momentos con sus amigas de la Asociación de mujeres separadas, en cuanto a su hermano CLAUDIO no volvería de su caminata senderista semanal hasta la hora de la cena. Con respecto a su padre VALERIO, tras el abandono del hogar familiar que el celador del Hospital Clínico había realizado, para revivir una añorada juventud con una compañera del centro médico, Gisela, 19 años más joven que los 44 que tenía su pareja, la relación era prácticamente nula. Consideraba, no sin fundamento, que la joven enfermera le estaba sacando “los cuartos” al “tontaina” de su padre, totalmente embriagado por los atractivos encantos que encontraba en una jovencita, con la que ilusoriamente estaba viviendo una juventud ya muy alejada. 

Entre paso y paso, iba pensando si sentarse un rato en alguna cafetería o tetería, o en pasarse por la zona de los museos que esa tarde tenían la entrada libre, aunque había que soportar largas colas, hasta poder acceder al interior de estos centros expositivos. Ya se encontraba en los aledaños del Parque, cuando reparó en un antiguo proyecto, sucesivamente postergado por otras obligaciones inmediatas, objetivo que para su futura actividad en la vocación periodística le podía resultar bastante útil. Para el resto de esa tarde, sin otros incentivos, podría desplazarse a uno de los barrios de la periferia urbana, a fin de recorrer esas calles y rincones teñidas con encanto, apenas conocidas y visitadas. A ella le ocurría lo que, a mucha gente con respecto a los barrios ubicados en el extrarradio, por los que no se ha pasado desde hacía mucho tiempo. Son barrios que sabes de su existencia, pero que por muchas circunstancias o motivos apenas se conocen.  Tal vez, porque en esa zona no se tiene familiares, amigos o conocidos. También porque en ellos no hay organismos públicos o privados que de una u otra forma te obliguen a recorrerlo a fin de resolver gestiones administrativas o de interés particular. A lo que habría que añadir otra razón también de peso: los desplazamientos habituales desde tu punto de residencia no tienen relación con esa zona de concentración urbana, por lo que corren los meses e incluso los años sin que se pasee por sus calles y plazas. Consideraba, no sin razón, que para su futura actividad periodística era necesario conocer todos, absolutamente todos, los rincones que conformaban la malla urbana de la ciudad. 

Situada ya en una parada de bus, instaladas en el Parque, observó que la línea 43 finalizaba en la barriada de la Paloma, núcleo “dormitorio y residencial, construida al abrigo de su ubicación por el ensanche oeste/norte de la urbe malacitana.  Su antigüedad apenas superaba unas tres décadas, ofreciendo el atractivo a muchas parejas jóvenes y a hornadas de universitarios que, por los precios bajos en la venta y alquiler de los inmuebles, ubicaban allí su residencia. Las líneas de buses y el propio metro tenían puntos de recogida y bajada de viajeros en su perímetro urbano. Lo que le resultaba curioso era que nunca había tenido motivos para desplazarse a esta populosa y nueva barriada ¿Por qué no hacerlo en esa tarde de febrero, de frustración cinematográfica, dedicando un buen rato a descubrir algunos de sus parajes y zonas con encanto, que desde luego podría albergar? 

En unos 20 minutos de trayecto viajero, llegó a la parada final de la línea. Tras bajarse del autobús observó que había muy pocas personas caminando por las aceras. Los vehículos que circulaban por las calzadas asfaltadas se podían contar con pocos dedos de una mano. Era domingo por la tarde y los comercios estaban cerrados. Sólo alguna cafetería abierta hacía latir lo que parecía una “ciudad dormida”. Silencios, vacíos, ausencias, que se hermanaban con muchos contenedores repletos de residuos. El descuido por suciedad en las calles era bastante manifiesto. No había niños jugando en las aceras o huecos vecinales al “pilla” pilla”, a los policías y ladrones, al piso o a la comba, a la rueda o a las canicas. Tampoco comerciantes voceando sus mercancías, ni ese humo contaminante, procedente de los tubos de escape de los vehículos. Echaba en falta el dulce olor, suculento y familiar, que emana de los obradores confiteros o desde las madrugadoras tahonas del pan, sin olvidar aquel otro que procede de las cafeterías, cuando muelen y prepararan las aromáticas infusiones para el paladar. Sólo destacaba la presencia omnipresente de macizas “colmenas” de cemento, donde habitarían centenares de familias, muchas de ellas incumpliendo esa estética cívica y solidaria de evitar tan penosas y peculiares imágenes de la ropa colgada en los tendederos exteriores, como velas navieras, de camisas, pantalones, calcetines sujetadores o bragas “moviéndose” bajo la fuerza eólica de viento.  Ante sus ojos “lucía” un gran trozo de ciudad aletargada, silenciosa y descuidada en muchos detalles para el abandono. Y los muy escasos trozos de jardín, dormitaban abandonados y deteriorados en su mobiliario y parterres. 


¿Fue casualidad del destino o ese capricho críptico e indescifrable de los dioses en su taumatúrgico poder? La sorpresa de la tarde no se hizo rogar. A unos diez o quince metros delante de Graciela, caminaba una desigual pareja. Un señor barrigón, con indisimulados “michelines” ventrales y con pies algo zambos, caminaba junto a una frágil joven, a la que ponía su brazo sobre los hombros. Los tacones de la chica trataban de paliar la escasa altura en centímetros de su frágil estructura corporal. Aquel hombre, enfundado en una chamarra, imitación de piel color marrón oscuro, portaba en su mano izquierda un paquetito blanco de lo que podrían ser pasteles para la merienda o la cena. Mantuvo las distancias con el desplazamiento pausado de la pareja (parecía un padre con su hija) que finalmente entraron en un bloque de pisos, con el paramento ocre de la fachada, a zonas desconchado. Desde que abandonó el hogar familiar, Valerio sólo le había dicho a su hija, por teléfono, que vivía por las “afueras”. Ahora ya sabía dónde tenían el nido de los placeres, un barrigón de 44 años, su padre, el celador del hospital, junto a la chica de 25, sólo cuatro anualidades mayores que ella. 

Cuando abandonaba ese barrio de la ciudad “vacía” en el bus, se preguntaba qué encantos había visto la joven Gisela en la desordenada “humanidad” corporal de su padre. En una de las paradas del trayecto, subió al bus un joven de caminares atléticos. Iba vestido con ropa y calzado deportivo. En pocos segundos tenía ante si a Herme, ese antiguo amor ahora “enfriado” por las inclemencias del tiempo afectivo. 

“Hola Graciela ¿qué haces tú por aquí, un domingo por la tarde?  Te veo muy bien ¿Cómo van esos estudios? Creo que ahora en febrero tenéis algunos exámenes en la universidad. Aquí me ves con el atuendo deportivo. Vengo de casa de un amigo, con el que he estado haciendo carreras por el campo y hemos comido juntos. También él se está preparando para las oposiciones, que posiblemente se convoquen para el otoño”.  

Graciela escuchaba las palabras amables y correctas de su expareja, preguntándose a sí misma por las casualidades que, inesperadamente nos ofrece el destino. Hacía meses que no había vuelto a saber de Herme. También, un amplio tiempo en el que sólo había hablado en ¡dos ocasiones! con su padre, a través del móvil. Y esa tarde de la película de horario “traicionero” había descubierto una nueva ciudad o barriada dormida o vacía, con dos reencuentros personales vinculados a su vida. Cuando Herme tocó en el timbre, para bajarse en una parada próxima, tuvo la indelicadeza de hacerle una incómoda pregunta: ¿Tienes ya una nueva pareja? Ella no respondió con palabras, sólo esbozó una pequeña sonrisa. El fornido joven bajó del bus sin su respuesta y ella observó a través del cristal cómo se alejaba, mientras los edificios y personas “se movían” lentamente, mientras ella permanecía sentada en ese asiento sin compañero, cerca del conductor. - 

 

 

 

SORPRESAS, EN LOS ENCANTOS

DE LA CIUDAD VACÍA

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

                      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

                                                                                Viernes 13 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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