viernes, 24 de abril de 2026

INTRIGA EN UNA CARRERA HACIA LA MILLA DE ORO

Un dicho popular, sabio como todos, pues se basa en la experiencia existencial, es aquel que dice mucho en la brevedad de su texto: LAS APARIENCIAS ENGAÑAN. Por supuesto que las generalizaciones, sin fundamento estadístico pueden ser erróneas. Sin embargo, son frecuentes las ocasiones en que la expresión popular acierta. Es conveniente, en este caso, analizar el significado de ese factor identificador llamado “apariencia”, pero la verosimilitud de la expresión puede darnos o depararnos inesperadas sorpresas. 

BALDOMERO Pérez Agua, 31, es un joven asalariado del taxi. La propiedad del vehículo que conduce pertenece a un patrón con bastante dinero, llamado CELSO Cabañas Garcerán, dueño de tierras para el cultivo de cítricos y olivos en Álora y Cártama, que consiguió hasta cuatro licencias para regentar ese útil servicio público.

Baldo, desde que cumplió la mayoría de edad, desarrolló una gran afición al oficio de conducir, obteniendo los carnés correspondientes para conducir distintos tipos de vehículos, en la Jefatura Provincial de Tráfico de Málaga. Una empresa de búsqueda de trabajo le puso en contacto con este empresario del taxi, a quien convenció desde el primer momento para conducir a diario uno de sus vehículos, con centro en la capital malagueña. Era un Peugeot 408, con motor híbrido, que apenas tenía una antigüedad de unos cinco meses. Solía tener su punto de parada en la popular y céntrica Plaza de la Merced, compartiendo el horario de la conducción con los compañeros Herminio Calderón y Demetrio Arias, 8 horas cada uno en horarios quincenales alternantes. 

El trabajo de conductor de taxis exige bastante pericia, hermanada con la racionalidad. Los taxistas no deben cometer “errores” o infracciones, por razones obvias. Deben poseer un buen conocimiento del callejero de la ciudad donde circulen habitualmente. También les ayuda en su oficio tener un básico conocimiento del idioma inglés, especialmente en las zonas turísticas y sobre estas habilidades el inexcusable autocontrol anímico. Pasar muchas horas diarias conduciendo por el “laberinto” urbano y suburbano puede desestabilizar el sistema nervioso, consigo mismo y en la relación con los demás conductores y los propios peatones en la movilidad de sus actos. 

Una interesante característica de este oficio es la cantidad de personas con las que hay que tratar a diario, usuarios de toda condición, carácter y educación relacional. Agradables, comunicativas, campechanas, respetuosas, “estiradas”, tranquilas, compulsivas, parlanchinas o silenciosas o aquellas otras que van indicando al conductor por donde debe ir. Un catálogo variopinto de viajeros, con diversos niveles educacionales, como ocurre en todos los órdenes de la vida. 

Era un sábado de octubre, cuando el reloj marcaba las 22:45 de la noche. Arreciaba la humedad y el frescor otoñal en la atmósfera malacitana. A Baldo le correspondía ese día realizar el horario nocturno, por lo que se había incorporado pocos minutos antes de las diez, dejándole el volante su compañero Herminio. Su compañera familiar, ISABELA, le había preparado un sándwich de mortadela Mina y chorizo de Pamplona, un par de plátanos y un pequeño termo de café con leche caliente, para que pasara bien la fría noche. A esa hora, ya próxima la medianoche se subió al taxi un hombre enjuto de cuerpo, enfundado en una gabardina gris oscura, pantalones también del mismo color y zapatos negros deportivos, posiblemente adquiridos en Decathlon. La ropa que llevaba no era especialmente de lujo, sino de rebajas, con esa tonalidad oscura que suele utilizar el mundo de la delincuencia. Cubría sus ojos con unas gafas de sol, a pesar de la noche, destacando un cuidado bigotillo, que algunos calificarían de tipo “fascistoide”.

El extraño portaba en su mano derecha un maletín que llamaba poderosamente la atención porque era extrañamente voluminoso y alargado. Desistió con una señal que el taxista le abriera el portaequipajes para guardarlo, señal evidente que no quería viajar sin llevarlo consigo. Era una persona cuya figura generaba desconfianza e incluso inquietud, sobre todo cuando ordenó, en un castellano marcadamente anglófilo, “Marbella, Milla de Oro. Concretaré punto exacto”. El taxista, con la experiencia adquirida en centenares de viajes, le indicó que la carrera era en principio 70 km, a la que había que suma la vuelta, y que le tenía que aplicar la tarifa nocturna. El servicio le podría salir por unos 400 euros. Obtuvo una seca y autoritaria respuesta: “No importa, tengo Visa Oro. Haga rápido su trabajo”. De inmediato, Baldo arrancó el motor, para dirigirse hacia la Avda. de Andalucía, tomar la autovía y desde Fuengirola la de peaje hasta Marbella. La seriedad del viajero le impresionaba y algo le asustaba. 

Todas las personas han vito mucho cine en sus vidas. Películas de todos los géneros cinematográficos. Las policíacas, las de intriga o suspense, los thrillers, siempre atraen, a pesar de la violencia, los disparos y las carreras espectaculares mantenidas entre los policías y los delincuentes, a bordo de sus vehículos. La emoción subsiguiente despierta nuestros instintos más primarios, empatizando con la lucha de “los buenos” contra “los malos”.  Y en este punto se generó la imaginación del conductor del taxi. ¿Podría ser el extraño viajero un miembro de la mafia? ¿qué llevará en es “enlutado” y alargado maletín, forrado de una especie de piel negra? A pesar de no mostrar extrañeza por el coste que tendría que pagar por la carrera, la ropa que vestía no era especialmente de lujo, sino aquella que se compra en las rebajas, con esas tonalidades oscuras que suelen usar los delincuentes. La tensión del taxista iba en aumento. El serio y extraño pasajero no pronunciaba palabra alguna. 

En distintos momentos del viaje, el misterioso usuario, sentado en el asiento trasero, extraía de su gabardina una petaca licorera, en la que habría licor de alta graduación, por el olor que emanaba. Tomaba cada vez un par de largos sorbos, guardando la petaca en el bolsillo interior izquierdo de su prenda de abrigo. “Se toma unos buenos lingotazos de whisky, ron o vodka, lo que lleve en la licorera, para potenciar su fuerza y prepararse para el delito que se dispone a perpetrar” pensaba el imaginativo y asustadizo taxista. “¿Y si conecto la radio con la policía, explicándoles la situación que estoy atravesando? Pero conduciendo no puedo escribir textos en el teléfono, para denunciar el caso y si hablo se va a enterar de lo que digo, lo que puede conllevar irremediables consecuencias para mi integridad.

“El punto exacto de destino es la Urbanización las Gardenias. Tengo que llegar antes de las 12. Acelere la marcha del vehículo”

Baldo soportaba un sudor frío por su cuerpo. En ocasiones le temblaban las piernas. El viajero, una vez acabado el contenido de la petaca, extrajo otra del lado derecho de su gabardina, para seguir tomando la dosis estimulante de alcohol. El Peugeot 808 iba devorando km y la tensa situación para el conductor iba in crescendo. “Tengo necesidad de orinar, por lo que me detendré en la próxima gasolinera” La respuesta imperativa del pasajero fue concluyente: “No debe detenerse. Tengo que estar en la Urbanización las Gardenias, no más tarde de las 12. Gratificaré su esfuerzo” El reloj marcaba las 23:40 y el Peugeot se estaba acercando a Marbella. 

El clímax de la misteriosa carrera fue cuando el pasajero comenzó a abrir el alargado maletín que lo acompañaba. Lo hizo con cuidada parsimonia, lo que tensionaba aún más el nerviosismo del taxista, que miraba de soslayo a través del espejo retrovisor interior del vehículo. El pánico inundó el rostro de Baldo cuando vio que el viajero extrajo del maletín las dos partes de un rifle de precisión telescópica. Con la frialdad profesional de los francotiradores, encastró las dos partes del rifle, cuyo “cañón” brillaba a pesar de la oscuridad interna del taxi. El temblor de manos y piernas y las pulsaciones cardiacas se incrementaban por segundos. En su pensamiento bullían esas frases que aparecen en los momentos críticos de nuestras vidas: “Lo presentía, es un sicario francotirador de la mafia” “¿Y si cuando detenga en taxi me liquida, para no dejar pruebas del delito que está a punto de perpetrar? ¡Ay mi pobre Isabela, cuando le informen de este mi último viaje con un asesino! ¿Debo suplicarle que tenga piedad con mi vida, que mi Isabela está esperando nuestro primer bebé? ¿Cómo se lo tomará? “

Durante esos segundos interminables de aturdimiento mental virado de miedo en el conductor, el hombre de la gabardina gris limpiaba primorosamente, con un paño de fieltro rojo el cañón y la armadura de la culata de la poderosa arma de fuego. El GPS, encastrado en el salpicadero del taxi marcaba que el punto de destino se encontraba a un par de km. Baldo seguía sudando, cubierta su cabeza por una gorrilla deportiva. Pensó por un momento en hacerse el héroe y conducir hacia el cuartel de la Guardia Civil que conocía de otro trayecto por la zona. Pero no dudaba que el sicario de las gafas ahumadas lo encañonaría y dispararía, para que hiciera un viaje a la otra vida, si existiera. En esas diatribas se encontraba, cuando vio un cartel iluminado, en un camino interior de pinares: GRAN RESIDENCIAL LAS GARDENIAS. VIVIENDAS DE LUJO.  Sacó fuerzas de flaqueza, para preguntar al “asesino”, quien aún mantenía en mano el fusil de precisión, la calle y número del destino. Ante un inmenso espacio de viviendas paradisiacas, con jardines de flores y arbolado y lujosas piscinas individuales, el viajero indicó: “Siga por esta avenida y en la fuente de colores gire a la derecha, deteniendo el taxi en el chalé 16. Así lo hizo. La gran mansión señorial estaba profusamente iluminada, un grupo de música tocaba en los jardines junto a la piscina y un gran cartel anunciaba en la terraza principal PREMIO AL DISFRAZ MÁS ORIGINAL. En la puerta un hombre gordinflón esperaba, vistiendo de prelado episcopal, con el báculo en la mano derecha y una tiara de obispo sobre su cabeza.

“Has llegado a tiempo, amigo Gavilán, te hemos estado esperando para comenzar la cena. Tu disfraz de sicario asesino es muy bueno. Vamos a ver quién se lleva el premio”

Después de que los dos amigos se abrazaran, ANICETO Gavilán, se acercó al vehículo extrayendo de su gabardina una tarjeta Visa Oro, para pagar la carrera. Baldomero sufrió un leve mareo al bajarse del taxi, con el datáfono en la mano.  

 

 

INTRIGA EN UNA CARRERA

HACIA LA MILLA DE ORO

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 24 abril 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 10 de abril de 2026

SOLUCIONES ALTERNATIVAS COMO MEJOR TERAPIA


A diario leemos, en las páginas digitales de Internet, ofertas publicitarias verdaderamente atrayentes, para tratar de resolver problemas o necesidades que nos afectan, aplicando una vía diferente a la ortodoxia tradicional establecida por la ciencia o la tradición. Hay una parte de la ciudadanía que genera un cierto recelo a esas “soluciones maravillosas”, sustentadas por las opiniones de usuarios que confirman los buenos resultados, beneficiándose de unos descuentos porcentuales importantes, si se adquieren en un determinado plazo de tiempo. También son muchos los que se animan a probar esas atrayentes opciones, aunque después de pagar notables cantidades por el servicio o producto caen en la brusca realidad de que no reciben lo que reiteradamente se afirmaba o aseguraba en los anuncios publicitarios. Y la política de “devoluciones” es tortuosa y no siempre cierta.

Sin embargo, también observamos que, en la propia ciencia médica o en otras parcelas de la sociedad consumista, hay profesionales titulados que, en un momento determinado del “tratamiento”, optan por aplicar soluciones atípicas o “heterodoxas” a fin de hacer frente a situaciones que no siempre ofrecen resultados positivos o conllevan efectos secundarios notablemente lesivos o de muy elevado coste para los pacientes. Puede haber caminos sencillos que nos sorprenden por su facilidad y rentabilidad, en oposición a otras rutas complicadas que nos marca la ortodoxia.

El personaje central de nuestra historia es CELESTINO Mercado Santillán. Divorciado, después de una tormentosa relación de casi diez años, con una hija, Amina (mismo nombre que su madre), renunció en absoluto volver a pasar por la vicaría o por el Registro Civil, habituándose a vivir su intimidad en soledad. Este pobre hombre, engañado, humillado y pronto olvidado por su exmujer y su hija (se vio obligado a tener que pagar un 40 % de su sueldo mensual hasta que ésta cumplió los dieciocho años) ha trabajado, hasta su reciente jubilación, como conserje de una afamada cadena hotelera, siendo sus destinos principalmente Málaga capital y localidades de la Costa del Sol. 

Mientras estaba laboralmente en activo, su vida transcurría con la rutina “placentera” de su horario de trabajo, mezclado con el cine y el fútbol durante su tiempo libre, alternando los paseos por el campo y la ciudad que tanto le animaban. El menú diario prácticamente lo tenía asegurado, como los demás trabajadores del hotel. Periódicamente se inscribía en algunos viajes cortos y económicos para los fines de semana que podía, programados por una popular agencia del barrio donde vivía (Humilladero-La Unión), visitando monumentos y lugares típicos de los pueblos de la provincia, con el almuerzo básico incluido, Así transcurría su sencilla y tranquila existencia, con la monotonía y seguridad subsiguiente, aunque su carácter sosegado no aspiraba a mucho más. Su trabajo en el hotel era el bálsamo que realmente le vitalizaba, para sustentar el paso de las horas y los días. Pero llegó lo que venía preocupándole durante los últimos años: el momento, para él crítico, de acceder a la jubilación. Tener que renunciar a su puesto de trabajo, vistiendo su elegante uniforme en la recepción del hotel, atendiendo a los clientes que llegaban, manteniendo el orden en la sala de recepción, ayudándoles con sus equipajes e indicándoles los servicios y dependencias del establecimiento residencial, dominando como hábil recurso algunas palabras y frases en inglés y recibiendo con frecuencia interesantes propinas, era algo muy duro de abandonar. Pero los 65 años habían llegado en su calendario y la ley indicaba los plazos laborales a los que se tenía que someter. ¿Qué hacer con el amplio tiempo libre que se le “venía encima”?

Desde luego su carácter no estaba preparado para el tiempo de la jubilación. Casi sin poder evitarlo, su carácter se vio sumido en ansiedades, nerviosismos y esa lesiva depresión anímica que tanto distorsiona el equilibrio de las personas. También el “crítico” y desagradable insomnio llegó a su vida. Aconsejado por Tiburcio Cantalapiedra, el director de su hotel SEMÍRAMIS, en el que había desarrollado gran parte de su trabajo como conserje, se puso en manos de un acreditado psiquiatra, ARCADIO Tébar Torreblanca, de origen murciano, 38, especialista que había enriquecido sus estudios con estancias en centros de tratamiento de Suiza, Nevada y Tokio, quien además de dirigir el departamento de psiquiatría del Hospital Clínico universitario, tenía consulta privada, en la que también atendía a los poseedores de pólizas de la compañía ASISA, a la que Arcadio pertenecía. 

El duro planteamiento que el antiguo conserje hizo al cualificado especialista aconsejaba un tratamiento urgente: Insomnio y pesadillas nocturnas, angustia, tristeza, lloros espontáneos, días de pérdida del apetito mezcladas con ingestas voraces, humor cambiante, silencios prolongados, tendencia al aislamiento, comportamientos compulsivos (rascarse de continuo las manos y lavados numerosos de las mismas durante el día) recelos extremados y bloqueantes con determinados colores. El panorama que presentaba el paciente era complejo y preocupante. Los curvas y fallas anímicas eran continuas. Y comenzó, junto a las sesiones de tratamiento quincenal, la fuerte ingesta de fármacos, que afectaban a su estómago y otros importantes órganos corporales. La terapia con fármacos (especialmente antidepresivos) era intensa (10-12 comprimidos diarios) y las pruebas complementarias en los centros de radiología y enfermería también eran frecuentes. El aturdimiento de Arcadio con esta farmacología era patente.

Una tarde de consulta, el Dr. Tébar fue bastante explicito con su cliente.

“Celestino, he dedicado horas a estudiar detenidamente tu caso. Creo sinceramente que no estamos yendo por el camino más adecuado. Te estoy prescribiendo antidepresivos cada vez más fuertes, que facilitan la función antidepresiva, analgésica y estabilizadora. Es la praxis tradicional o convencional de tu terapia. Pero la estamos pagando a un elevado precio y riesgo, para tu equilibrio orgánico. Pienso que el gran problema que te afecta es sentirte vacío con tu forma de vivir en la actualidad. Lo llamaría “síndrome de inutilidad”.  Hay personas que organizan bien la etapa de su jubilación y el abundante tiempo libre, pero ese, lamentablemente, no es tu caso. Hay que dinamizar y optimizar el tiempo que la naturaleza te está concediendo.

Reduciremos paulatinamente el nivel de medicación y paralelamente iremos intensificando la acción relacional que vas a ir desarrollando con respecto a las personas necesitadas. He contactado con un conocido centro residencial para personas de avanzada edad (AMANECER). Allí contactarás con el director, que te asignará a un residente determinado, para que trabéis amistad, dedicándole unas cuatro horas de tu tiempo cada semana. Acompañarás y hablarás con este nuevo amigo/a haciendo más llevadera su permanente estancia en la residencia. Podréis hacer algunos juegos de mesa para el entretenimiento, intercambiar anécdotas interesantes de vuestras vidas, compartir algún aperitivo en la cafetería del establecimiento, pasear por la amplia zona ajardinada, y todo lo que buenamente se te ocurra, con el fin de ayudar a una persona que necesita de tu amistad. Será una labor importantísima, porque no sólo vas a iluminar con generosidad el tiempo de esa persona, sino que también te vas a ayudar en el progreso de tu recuperación. En resumen, menos medicinas y más apertura hacia los demás. Verás como comenzarás a sentirte más feliz y útil en este tiempo de jubilación.”

En 48 horas, Celestino se había convertido en colaborador externo de la Residencia Amanecer. El director del establecimiento, Arsenio Lences, le informó acerca de su labor con la persona que le fuese asignada. Básicamente, hacerle compañía, compartir con ella el diálogo, el consuelo y alguna distracción, como juegos de mesa o la elaboración de algunas manualidades o artesanías. Se desplazaría a la residencia los miércoles y los domingos, para realizar su labor totalmente altruista por las tardes, durante dos horas de cada día. El equipo terapéutico mantendría el control necesario para facilitarle la labor con estas personas mayores y aquejadas del pathos de la soledad anímica y física.  



Quiso la suerte o tal vez la coincidencia buscada, que la primera interna que le asignaron era una mujer, MARIELA que había compartido trabajo con Celestino, hacía ya bastantes años, en el hotel Semíramis. Durante más de dos décadas había estado integrada en el equipo de camareras de habitaciones, efectuando funciones de limpieza, orden en los cuartos y en las camas del establecimiento hotelero. Se había jubilado diez años antes que su compañero Celestino. Para uno y otro compañero, el reencuentro fue emocionante

“Cuando me jubilé, anticipadamente, por un severo problema de vértebras, pensaba que mi hija Delia me daría cobijo en su casa, por mis limitaciones físicas. Desde que ella formó matrimonio, he vivido sola en mi domicilio, pequeño y modesto, pero acogedor. Mi yerno e incluso mis nietos, que vivían en un piso relativamente pequeño, no veían con buenos ojos, al igual que Delia, acogerme en sus vidas. Me di perfecta cuenta de que mi presencia significaba un estorbo indeseado. Desde luego que yo misma favorecí el internamiento en una residencia para mayores del Servicio Andaluz de Salud”. 

Cada miércoles y domingo, Celestino y Mariela mantenían y disfrutaban unas horas de conversación, juegos o incluso una merienda, que el centro facilitaba por la labor que el antiguo conserje realizaba. Hablaban e intercambiaban anécdotas acerca del hotel que ambos habían servido, aunque en funcionas diferentes. Repasaban los nombres de los compañeros con los que habían compartido el trabajo, de muchos de los cuales nada sabían acerca de cómo les iba en la vida. Disfrutaban mucho de los largos paseos que realizaban por las amplias zonas ajardinadas que poseía la residencia, aprovechando para el descanso los bancos de madera que están repartidos por todo el recinto. Mariela aceptó muy contenta el ofrecimiento del compañero y amigo Celestino de añadir un día más a la semana para venir a visitarla.

“Para mí es la mejor medicina saber que mañana o pasado ves a venir a estar un ratito conmigo, en los que podremos hablar de nuestras aventuras laborales o de nuestras familias. También me impresiona cuando estamos en silencio y nos miramos con una sonrisa de agradecimiento y amistad. Y ese papelito de dulces que te gusta traerme, ya sabes que soy un poquito golosa, me hace muy feliz, pues los comparto con mi compañera de cuarto, que se llama Dafne. Dice que de joven se dedicaba a cantar música española, por las ferias del verano en los pueblos de Andalucía. Aunque ya no tiene prácticamente voz, he conseguido que me cante alguna canción, en tono muy bajito para no molestar a otros residentes, y lo hace muy bien”, 

Celestino aún no sabía que Mariela le estaba tejiendo una chaqueta de lana, con mucha laboriosidad y cariño, para que no fuera a coger frío con la humedad de las noches malagueñas. Sería un precioso regalo que el antiguo conserje recibiría con inmensa emoción y el sentimiento del cariño hacia una buena y generosa persona. En las consultas que mantenía con el Dr. Tébar Torreblanca, le confiaba que ahora descansaba mejor por las noches, que se sentía útil y necesario, en la ayuda que prestaba a su antigua compañera de hotel, y que el consumir muchos menos medicamentos había revitalizado en mucho los achaques que antes padecía de continuo. Estaba mucho mejor, con ese cambio que la inteligencia del especialista había logrado reconducir en su postrera existencia. “He aprendido a ayudarme, ayudando y pensando con generosidad más en los demás”. La medicina o terapia alternativa, impartida por el psiquiatra, estaba siendo más lúcida y eficaz que el tratamiento ortodoxo, en una persona abrumada por la soledad y cansada de tan excesiva medicación. -

 

 

 

SOLUCIONES ALTERNATIVAS COMO MEJOR TERAPIA

 

 

 

                                  José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

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Viernes 10 abril 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 3 de abril de 2026

LUCES PARA UN DIFÍCIL PERO FASCINANTE RETORNO


La vida nos enseña cómo, en los momentos más críticos de las personas, pueden aparecer caminos o luces que permiten salir o liberarnos de las tinieblas problemáticas en las que nos hallamos sumidos. ¿Suerte, oportunidad, imaginación, casualidad, esfuerzo…? Ese destino, que tanto interviene en nuestro recorrido vital, siempre ayudado por el aporte insoslayable de la voluntad, sería el único que podría responder a este complicado interrogante. Hay personas que identifican a ese críptico destino, con la fe, con la providencia divina, que sustenta a las diversas religiones. Vayamos ya a la historia de este relato, que aporte valores a nuestra rutina de cada día. 

ISRAEL Ramírez trabajaba como funcionario de la Administración de Correos, en la central madrileña, atendiendo al departamento de clasificación y paquetería. No tuvo estudios destacados, ni especiales resultados, en su etapa escolar. Su mayor nivel de titulación era un módulo profesional de grado medio sobre la técnica cinematográfica, que enriqueció a los pocos años con otro módulo, ya de grado superior, sobre dirección y producción en el cine. 

Efectivamente, desde pequeño Israel se caracterizaba por ser un gran “cinéfilo”. No había semana en que, con sus padres o con sus amigos, faltase a una sesión de programa doble, en las numerosas salas de la capital madrileña. Consideraba el cine como el oxígeno que necesitamos para la distracción, el pensamiento y el enriquecimiento de nuestras vidas. Tuvo varios trabajos en el ámbito de la restauración, hasta que logró entrar como auxiliar en la Estafeta Central de Correos, con 26 años cumplidos. Supo echar raíces en esa “colocación”, pues en un par de años consiguió una estabilidad como funcionario, en unas convocatorias de oposición de régimen interno. Esa actividad laboral le permitía dedicar las tardes a esa gran afición que llevaba “inoculada” en su sangre, siendo un espectador fiel y entusiasta con casi todo lo que se proyectaba en las grandes pantallas de los cines. Su horario laboral era de 8 a 15 horas, entre lunes y viernes, aunque una mañana de cada cuatro sábados tenía que acudir a su puesto de trabajo. 

Ya en la treintena, tras la realización de un curso práctico de dirección de cortos y películas, y disponiendo de una notable bibliografía sobre el séptimo arte, se le despertó esa ilusión, revestida de utopía, que en realidad había mantenido desde años atrás, de dirigir el rodaje de una película. Como era persona diestra en la creatividad literaria, pasó unos meses escribiendo un detallado guion que, en su momento y según las circunstancias, podría ser llevado al cine. Paso muchas tardes sentado ante su entrañable ordenador MAC tecleando con admirable constancia una historia que como título provisional se llamaría PAUL & SARA, una sutil comedia dramática, entre dos personas afectadas por la bipolaridad (trastornos anímicos muy contrastados y cambiantes). Después de casi medio año dedicado, como primerizo, a esta difícil labor, entendió que el dossier (180 folios) estaba presentable, como para llevarlo a encuadernar y ofrecer copias del guion a las oficinas de productoras con una cierta categoría empresarial. 

Con ilusión y paciencia fue visitando productoras madrileñas, utilizando para ellos las tardes que las tenía libres en sus obligaciones laborables de Correos. Trataba de convencer a los productores, para que aceptaran leer “el libreto” que con tanto esfuerzo había escrito. En todas las oficinas, indicaba que, en caso de ser aceptado, se encontraba capacitado para dirigir la película. Fueron muchas las tardes en que, utilizando las líneas del metropolitano madrileño, recorría abundantes km, también a pie, con unos resultados verdaderamente desalentadores.  Algunas productoras le respondían que tenían muchos guiones a la espera de ser leídos y valorados. En otras empresas le decían, con meridiana claridad, que tenía que admitir unas condiciones contractuales, lastimosamente “leoninas” si aceptaban leer su trabajo. 

Pero la suerte hay que buscarla, con tesón y confianza. Se encontró con una pequeña productora, fundada por cineastas jóvenes, EL ARCO IRIS, cuyo propietario financiero era una persona muy peculiar en sus modales y amistades, llamado MODESTO Manaute, un cuarentón gay muy bromista, aficionado al cine (había intentado ser actor, sin posibilidades reales de éxito) que desarrollaba una vida bastante relajada y ociosa, gracias a que había recibido una herencia muy estimable de su abuela materna, propietaria de muchas hectáreas de tierras dedicadas básicamente al cultivo de cereales y ganado bobino, en la provincia castellana de Zamora. Desde el primer momento, hubo sintonía entre Isra y Mode, ya que ambos compartían intensamente la misma vocación cultural y tendencia sexual. El “libreto” guion de Paul & Sara encantó al bien parecido productor quien, después de varios encuentros, en una noche de delirio le confesó su 9ilusionado propósito: “Vas a dirigir tu primera película, querido Mode. Te voy a llevar a los altares del reino cinematográfico”. 

Unos meses después, una vez superadas dificultades técnicas y económicas, la película finalizó su rodaje, contando con voluntariosos actores jóvenes, no conocidos en el mundo del cine, pero que supieron rentabilizar creativamente la carga dramática de una fascinante historia. La maestría innata de Israel Ramírez, director y guionista sorprendió gratamente a la crítica especializada y a los espectadores, que sustentaron un muy interesante y prometedor taquillaje. La película fue premiada en algunos festivales, especialmente de cine indie (independiente de los grandes circuitos, reducida financiación y temáticas experimentales y profundas) y también obtuvo su nominación para los premios Goya del cine español. Paul & Sara no consiguió el Goya a la mejor película, pero parte de la crítica consideró que era la vencedora “moral”. La cinta fue vendida a varios países de habla hispana y también subtitulada o doblada al inglés para ser exhibida en geografías de lengua inglesa. Tal era la euforia del joven director y guionista, 38, que solicitó excedencia de dos años de su trabajo como funcionario de Correos, que posteriormente amplió a cuatro. La ópera prima de este joven realizador había causado un gran, inesperado y positivo impacto entre los “buenos” aficionador al cine. 

El fulgor relacional entre Isra y Mode fue paulatinamente decreciendo en grados afectivos, tal vez por esa rutina imaginativa y cansina que tanto nos desvitaliza, Sin embargo, Mode siempre estuvo dispuesto a financiar nuevos proyectos (buenos euros habían ganado con esta “primerísima obra” de su amigo y protegido director emergente) Así que tres años después, Isra pudo rodar su segunda película, de la que también era guionista. Muy esperado por la crítica y el público aficionado, dio sorpresivamente un enorme “batacazo” en la opinión crítica y fracaso total en las taquillas. En algunos cines, su proyección apenas se mantuvo durante una semana. 

La productora Arco Iris quedó sumida en unos preocupantes “números rojos”. La habilidad de Mode para los negocios permitió sacar a flote a una productora que se “iba a pique”. Fue una gran cura de humildad, que tuvo su negativa repercusión profesional para el futuro cinematográfico del antiguo funcionario de correos. Y así pasaron los meses y años. La vibrante relación inicial entre Mode e Isra ya era historia. El funcionario de correos y frustrado director del séptimo arte se vio obligado a pedir el reingreso en su antiguo ámbito laboral. Tenía que “comer”. Su fama de “joven prodigio” se había volatizado. Era un realizador fracasado, tras su segunda y desafortunada película en la apreciación popular. 

Con una edad que se aproximaba al medio siglo de vida, Isra trabajaba como oficial de Correos, aunque por las tardes seguía disfrutando con el visionado de lo mejor que ofrecía la cartelera cinematográfica. No había dejado de escribir, guardando en los archivos de su ordenador decenas de páginas, que podrían sustentar algún día interesantes guiones para ser llevados a las pantallas. Una tarde, cuando salió de su trabajo, vio con sorpresa que lo estaba esperando su viejo e íntimo amigo, Modesto Manaute. 

“Recuperemos la amistad, mi querido amigo. Te confieso que estoy medio arruinado. En los dos últimos años he tenido una relación afectiva, tumultuosa, llena de denuncias recíprocas y reconciliaciones, con un joven de nacionalidad china, experto en artes marciales, que se esfuerza por ser un gran actor en pantalla. Todo ello me ha dejado con “números rojos” en mi cuenta bancaria. Ahora sólo subsisto con algunos pequeños proyectos y encargos en el ámbito publicitario. Pero no debes preocuparte, ni aceptar el freno de tu carrera como director y guionista. El público se va olvidando del traspiés que tuvimos en tu segunda realización. Te propongo que luchemos juntos, ahora que estás en plena madurez, por la tercera y definitiva obra, que vas a escribir y por supuesto a dirigir, para recuperar ese liderazgo, éxito al que nunca debiste renunciar.”

Isra, con emoción indisimulada, le contó que tenía preparados no menos que cinco guiones, todos ellos “muy aprovechables”. “Se me ocurre que dos de ellos podrían fundirse en una notable producción que atraería masas de público a las salas. Pero necesitaríamos una gran estrella de las pantallas, para desarrollar con atracción popular la historia ¿Pero qué gran estrella del cine va a querer integrarse en el equipo de interpretación como protagonista, en un Arco Iris sumido en el letargo, y a qué precio …?” “Tengo una gran idea en mente. Déjame que le la explique, querido Isra”. 



Y aquí entra en la historia VALENTINA PAZ“Había sido una gran actriz del cine y también de las representaciones escénicas. Tuvo sus años de esplendor en los años 80 y 90. Con el nuevo siglo, esa luz fascinante que irradiaba en sus interpretaciones se fue paulatinamente apagando, a causa de los gustos de los espectadores y también porque la edad fue haciendo mella en su gran belleza. A partir de su medio siglo de vida, sus apariciones en las películas se fueron espaciando cada vez en tiempos más dilatados. Además, le fueron llegando papeles cada vez más secundarios, dejando el protagonismo a otras actrices más jóvenes en la fama diaria. Ella, imagino que con dolor” fue aceptando esta relegación y olvido del gran público. Desde hace más de una década no ha pisado un plató de rodaje. Físicamente lleva bien su categoría de septuagenaria, pero los años no perdonan ante los caprichos de la masa popular. Hace unas semanas tuve la gran oportunidad de dialogar con ella, cuando asistía a la presentación de una novela de un joven escritor con un best seller ya en su trayectoria creativa. Compartimos unos cafés y con dulzura, pero no pudiendo ocultar su tristeza, me confiaba su dolor   por el olvido que sufría por parte de la industria del cine. Y aquí entras tu, Aunque pertenecéis a generaciones distintas, los dos necesitáis un revulsivo para que de nuevo broten nuevas flores, como realizaciones que atraigan de nuevo al público que ha olvidado vuestros nombres. Entre esos guiones que me comentas (siempre has sido un buen escritor) ¿podrías introducir a Valentina, como actriz protagonista? 

De esta forma tan oportuna y sugestiva, el ya veterano Modesto estaba abriendo las puertas de la esperanza a dos artistas que habían caído en el hoyo del olvido profesional y popular. Efectivamente, Valentina Paz había rodado en su época álgida más de cuarenta películas, más de la mistad como protagonista absoluta. En la actualidad, vivía con una elegante modestia (su representante había mal utilizado los ahorros de su época glamourosa). Aunque los años del calendario habían marchitado su cuerpo, mantenía esa pícara sonrisa que tanto le caracterizaba. Nunca había perdido la esperanza de ser reclamada por la industria del cine. Sin embargo, esas llamadas, tantas veces esperadas, no tuvieron la generosidad de ser efectuadas.  De esta manera, dos almas fracasadas buscaban en camino artístico en el que resurgir. 

Fue una conversación emotiva y entrañable, compartiendo sendas tazas de té y unas pastas toledanas, entre un ya veterano director y guionista, que había logrado sobrevivir como funcionario de la administración de correos, y una antigua estrella de la pantalla, que deseaba en su recorrido final por la vida tener una nueva oportunidad para despedirse con dignidad de las bambalinas interpretativas, para el disfrute de sus fieles seguidores.

Isra le dejó un primoroso guion, con el título provisional de LOS ESPEJOS DEL ALMA, para que lo leyera con tranquilidad, prometiéndole que en unas semanas volvería a visitarla para anotar juntos las correcciones necesarias. Todo estaba por hacer, todo estaba por construir, pero dos artistas, sumidos en las horas bajas del camino, habían sabido abrir una puerta esperanzada por donde volvería a entrar esa luz motivadora para un difícil pero fascinante retorno. – 

 

 

 

 

LUCES PARA UN DIFÍCIL PERO FASCINANTE RETORNO

 

 

                            José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 03 abril 2026        

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sábado, 28 de marzo de 2026

RECUERDOS QUE NO SABEMOS CÓMO BORRAR

 


La cafetería SOL, muy bien ubicada en plena Alameda Principal y con una delicada decoración naturalista, tan grata para la vista, estaba casi “al completo” a esa hora para la merienda, como solía ocurrir en todos los atardeceres. JULIO Arriaga, 47, había dejado por un momento el trabajo en el bufete con su apreciado MAC, decidiendo bajar del despacho a la calle, a fin de tomar un café con leche y canela, completado con algunos de los sabrosos hojaldres que elaboraba el popular obrador del establecimiento restaurador. El trasiego urbano era intenso, pues las siete de la tarde es hora paras compras, tomar la merienda y desplazarse en paseo de un lugar a otro para la movilidad ciudadana.

Tuvo suerte en la cafetería restaurante, pues un matrimonio joven, con un retoño juguetón de pocos años, acompañado de un grandote peluche de oso blanco, se levantaron de una mesa esquinera, una vez que el camarero les había traído la vuelta de la consumición. Tomó asiento, mientras el camarero limpiaba la mesa de esos restos que normalmente se dejan desordenados, para que otros hagan el trabajo o esfuerzo de quitarlos. Pronto le trajeron el servicio, disfrutando de la sabrosa infusión y del delicioso pastel relleno de cabello de ángel con canela, que prácticamente habían recién sacado del horno.

El abogado observaba con discreción a unos y otros comensales, que no cesaban de hablar, a veces elevando en demasía el volumen de voz, disfrutando como él de sus meriendas, en las que también abundaban los churros con chocolate caliente de “la abuela”. Estaba un poco ensimismado con el escénico y alegre espectáculo, cuando una frágil mano le tocó o se posó sobre su hombro. Se volvió intrigado y ante sí tenía a una mujer que en un par se segundos supo reconocer.

“¿Cómo estás, Julio?” Quien amistosamente así le hablaba era SONIA Bilbao, a la que vio bastante “cambiada”. Reaccionó con rapidez caballerosa, trayéndole una silla sobrante en una mesa vecina. “¿Me has reconocido ya? Seguro, Sonia, pero es que han pasado … 12 años. Lógicamente ambos estamos muy cambiados. Es la ley del almanaque”. “Te conservas muy bien. Algunas canas, que te dan elegancia y esas arruguillas, que nos toman cariño. Por fortuna no has cogido peso. Yo sí que he cambiado, dos embarazos dejan las inevitables secuelas que son difíciles de disimular.” “Y PABLO Ustariz ¿cómo está? Alguna vez lo he visto de lejos, pero ninguno de los dos hemos favorecido el reencuentro”.

En ese momento, se les acercaron un niño y una niña, preadolescentes. “Mamá, la abuela dice que vamos a llegar tarde a la película”. “Esta es IRENE, 11 años, y ENRIQUE, Quique, de 9. Les gusta mucho el cine y hoy viernes le prometí llevarlos a los multicines Yelmo, en Vialia, para la sesión de las 8. Me acompaña mi madre, Mariajo, que tú ya conoces. Ahora vive en mi casa, desde que mi padre se nos fue. Por cierto, decirte que Pablo ya es historia. Desde hace cinco años vive su vida y yo la mía. Te dejo mi teléfono actual, por si algún día te animas a llamarme e intercambiamos un ratito de charla”. Ante este importante monólogo, expresado por Sonia, su antigua y única mujer, Julio no salía de su asombro. Su corazón latía de forma desenfrenada. ¡Vamos mami! Entonces acertó a responder, inmerso en un profundo aturdimiento: “Sí, seguro que podemos quedar algún día. Me alegro de que me hayas reconocido, después de tantos años. Saluda a doña María José, de mi parte (en su intimidad siempre le había llamado “la lechuza” y no sólo por su afilado rostro)”

Y en segundos, esa totalmente inesperada e idealizada aparición había desaparecido de su vista. Se habían dado la mano, como despedida. La falta de un beso nubló de frialdad ese reencuentro.

Llamó a su compañero RUBÉN, también abogado del bufete, explicándole que se iba a ir directamente a casa, pues no se sentía bien. Le envió un abrazo y ya en la calle sintió necesidad de ordenar un poco su mente, dándose un reflexivo paseo. Esa reaparición de Sonia en su vida le había trastocada el necesario equilibrio anímico. 

Efectivamente habían pasado 12 años. Pero esas “traiciones” nunca llegan a olvidarse. Y en apenas cinco minutos, parecía que todo había vuelto atrás. Pensativo y nostálgico siguió caminando sin norte fijo. Su piso/apartamento lo tenía en el barrio universitario de Teatinos. Se encontraba cerca de la parada del bus 11, pero prefirió seguir caminando, hasta la siguiente parada. Necesitaba tomar oxígeno. El acelerado corazón se resistía a frenar su ritmo descontrolado. Deseaba recordar, tal vez por un irracional masoquismo, una vieja y dolorosa historia que había condicionado drásticamente su vida. En estos doce años había logrado tener dos parejas convivenciales. LAURA NATALIA. Dos y tres años. Pero en ambos casos, el cansancio de la rutina fue desvitalizando ambas uniones, meras sustituciones de un amor no olvidado y cruelmente mancillado por la infidelidad. Con muy buenas formas “pasaportó” ambas frugales compañías. A pesar de su ingratitud, nunca había podido olvidar a Sonia. Su gran amigo Pablo, le había jugado una vil traición, creándole una ósea “cornamenta psicológica” muy pesada de sobrellevar, en todo tiempo y lugar.

Se recreó con dolor en aquella terrible fría noche otoñal, en la que de manera mecanicista y sin apariencia de pesar, culpabilidad o delicadeza, con la mayor calma posible, Sonia le confesó unas palabras desconsideradas, frías, hirientes, bien aprendidas y meditadas. 

“Julio, lo nuestro no puede seguir. Nos conocemos desde hace muchos años, pero el amor y la atracción física, el tiempo nos la ha ido robando o arrebatando. No hemos tenido hijos, pero en este momento estoy embarazada de una persona que me ha estado insuflando, a modo de traviesa y excitante oportunidad, esa ilusión que se había ido volatizando de mi atmósfera vital. Vas a recibir un duro pesado golpe. El padre de este ser que estoy gestando es … (la crispación tensional, había inmovilizado los segundos y los cuartos de las horas, en este tiempo atenazado por la realidad) nuestro común amigo PABLO. Así son los vientos de nuestras debilidades. Pedirte perdón te va a resultar falso e incluso más humillante. Pero así están las cosas”. 


Fue un golpe muy duro en su crudeza, vacío de generosidad. La inmovilidad de este pobre hombre parecía haberlo convertido en una estatua de sal. El peso en su corazón, también en su cabeza, era difícil, muy difícil, imposible de sobrellevar. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, sólo acertó a musitar: “Desde cuando mantenéis relación? Y para qué quieres saberlo, Julio, ¿si ese dato te va a resultar aún más doloroso?”. 

Y pasaron los años, doce. En principio, Julio pensaba que iba superando, poco apoco, esa falla tan drástica y escarpada en su existencia. Lo intentó una humana ley o terapia de las compensaciones, con las dos parejas aludidas, como analgésicos bálsamos sustitutorios. Pero la rutina y la innegociable memoria eliminaban, de continuo, el fulgor escénico de la superficial atracción iniciática. 

Pero, desde esta tarde, había conocido la “buena nueva” de que Sonia Bilbao estaba separada del “amigo” Pablo, que le había dejado una renta genética de dos inocentes criaturas. Ese reencuentro con su antiguo y traicionero amor le había provocado mucha mella, en su frágil estructura psicológica. Incluso se tuvo que poner en manos de un psiquiatra de prestigio, Dr. ALMANSA, que le había recomendado su compañero y amigo Rubén. Este buen médico de la mente era un gran especialista psiquiátrico de avanzada edad, pero muy dinámico en su fluida e imaginativa conversación terapéutica. En la actualidad julio está desarrollando una fase de “desvalorización” de la persona banalmente idealizada: Sonia, esa mujer que tanto supuso para él, en su naturaleza anímicamente fragilizada y que tanto daño infringió en su debilidad temperamental. Desidealización que no le resulta fácil, pero que es la mejor medicina para su objetivo de alcanzar la normalidad. 

Coincide esta situación con la positiva actitud que muestra ESTHER Alda, compañera secretaria del bufete jurídico, y madre soltera de una niña de seis años, llamada Irina. En la rutina de una tarde de trabajo, esta joven mujer, tuvo un gesto de valiente solidaridad, acercándose a Julio, visiblemente cabizbajo, aportándole un poco de ánimo y amistad. 

 

Sé por lo que estás pasando, Julio. Te veo muy pensativo y abrumado. Si me dejas, me gustaría ayudarte. Mereces recuperar esa alegría de vivir, que los recuerdos no te dejan disfrutar. Si te parece, es mejor que dos piensen juntos, antes que una buena persona, como es tu caso, aturdida por los recuerdos se sumerja en las brumas de la soledad”.

¿Pudo ser este este cariñoso y fraternal gesto, el origen de algo más que una sencilla amistad? El destino, junto a las ilusionadas voluntades humanas, podrá responder a esta esperanzadora oportunidad. – 

 

 

RECUERDOS QUE NO SABEMOS CÓMO BORRAR


 

                     José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 27 marzo 2026     

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viernes, 20 de marzo de 2026

UNA APLICADA LECTORA DE LÁMINAS

 


MARTINA Aliaga había cursado la licenciatura de Filosofía y Letras, especialidad de Historia General. Tuvo que ir subsistiendo con variados trabajos temporales, en el comercio y la restauración, ya que no encontraba una fácil salida laboral en las oposiciones para la docencia. Al fin recibió esa luz que siempre se espera, en una convocatoria de trabajo del Ayuntamiento de Málaga, de donde era natural, obteniendo una plaza largamente soñada: directora de una biblioteca pública municipal. Gran aficionada a los libros disfrutaba dedicando muchas horas del día al fascinante hábito de la lectura. Ese puesto de trabajo era para lo que se sentía verdaderamente preparada. Como bibliófila, la aventura diaria de ordenar, clasificar y cuidar los libros, también fomentar su lectura, era uno de los mejores regalos que la vida le podía deparar. 

Tenía una compañera auxiliar, Esmeralda, pero ella era la más puntual en llegar cada mañana, encargándose de abrir la puerta del centro cultural y encender la calefacción o refrigeración, según temporada. Entendía, con el mejor criterio, que los lectores y estudiosos debían tener una atmósfera agradable, para mejor realizar su trabajo intelectual. Cuando algún visitante se acercaba a su mesa de dirección, para efectuar una consulta, la vocacional y profesional bibliotecaria se esforzaba en resolver la pregunta, por complicada que fuere. El público que usaba la biblioteca era, lógicamente, variado. Predominaban los jóvenes estudiantes, de todos los grados de escolarización, especialmente por las tardes, siendo también muy importantes los universitarios. Por las mañanas destacaban las personas adultas y de avanzada edad, que consultaban la prensa del día y muchas revistas divulgativas. El complejo tenía un salón, más reducido, provisto de numerosos ordenadores, para uso de los interesados en la navegación por Internet. En la intimidad de su vida, la joven directora Martina, había logrado superar, con las inevitables secuelas anímicas, un importante y muy doloroso fracaso amoroso. 

Una de las mañanas, un poco más tarde de las 10, accedió a la biblioteca una señora mayor, tal vez septuagenaria o incluso más, bien arreglada en su modesta forma de vestir, quien eligió un asiento cerca del gran ventanal, por donde entraba abundante luz solar en el gran salón de lectura. Una vez acomodada, permaneció unos minutos observando los detalles organizativos de los miles de libros en las estanterías y los movimientos normales que realizaban los usuarios. Al fin se levantó de su puesto de lectura, dirigiéndose a la mesa de la directora Martina, que repasaba unos folios impresos con información bibliográfica. La veterana señora se presentó como ELOISA y desde el principio se mostró muy expresiva. 

“Cuando cumplí los setenta, accedí a la jubilación. Tener tanto tiempo libre ha sido para mí un problema, ya que desde muy joven no he parado de trabajar, con largos y duros horarios. Hace unos días, mi vecina Roberta me habló de lo bien que se está en esta biblioteca. Ahora que ha llegado el frío y las lluvias no se puede estar cómoda en las calles, en las plazas y en los jardines. Por eso he decidido venir aquí muchas mañanas, entre lunes y sábados. Si me pudiera ayudar Srta. Martina le agradecería que me aconsejara algún buen libro, que tuviera muchas láminas y fotos en su interior, para distraerme viéndolas”.

Martina, con cariñosa diligencia, se dirigió a la sección de Historia del Arte, eligiendo un grueso volumen: LOS MEJORES MONUMENTOS DEL ARTE MUNDIAL. Considerando lo “pesado” y el tamaño del libro, se prestó a llevarlo al puesto que Eloisa ocupaba, quien agradeció con una “maternal” sonrisa el gesto de la directora. A partir de ese momento, la señora comenzó a ir pasando lentamente las hojas del libro, deteniéndose bastante tiempo en las numerosas fotos impresas. Así permaneció casi tres horas, dejando el volumen en el lugar de la estantería, pues la biblioteca cerraba a la 1 de la tarde. Se despidió de Martina con educación y agradecimiento. 

Fiel a su propósito “lector”, volvió a la biblioteca al día siguiente. Como cariñoso detalle para con la directora, traía dos bollos de leche, envasados, que había comprado unos momentos antes en la afamada confitería Aparicio. Este gesto agradó mucho a la sorprendida Martina.

¿Desea que le vuelva a traer el libro de las láminas, que parece le agradó mucho ayer? Durante el resto de la mañana, la actitud de la veterana lectora era pasar hojas y hojas, deteniéndose en las bellas láminas que contenía el gran volumen. A Eloisa se la veía disfrutar, como a una niña pequeña, cuando se entretiene con algún juguete. El libro que despertaba tanto interés en la señora estaba dividido en tres partes: arquitectura, escultura y pintura. Así un día tras otro, cambiando lógicamente de libros, y siempre con la ilusión y generosidad de llevarle algún pequeño presente a Martina, con la que siempre hablaba un ratito, aprovechando preferentemente el cierre de la biblioteca a las 13 horas, para volver abrir a las 16:30. 

Martina, buena observadora, percibió que la veterana usuaria y amiga se limitaba a pasar las hojas de los volúmenes, deteniéndose en las fotos durante unos minutos. Cuando las páginas carecían de láminas, pasaba las hojas con gran rapidez, sin pararse en la lectura de los textos impresos. Aprovechando que una mañana de lunes el salón de lectura estaba casi vacío, se acercó a su amiga con el deseo de intercambiar algunas palabras. 

“Elo, observo que pasas las hojas de los libros que te busco, deteniéndote con interés en las fotografías, pero no me parece que te pares a leer las explicaciones que hacen los autores de esas láminas que insertan en sus publicaciones. Te lo digo porque esos textos te ayudarían a entender y valorar los monumentos mucho mejor, ampliando una información que puede ser curiosa e interesante”. 

Entonces la anciana “lectora” esbozó una tierna sonrisa, Con placidez y dulzura, pronunció una frase definitoria de su extraño proceder.  “Es que, querida amiga Martina, apenas sé leer y escribo con garabatos, para las firmas en los trámites del papeleo”. Ante el rostro de extrañeza que mostraba su interlocutora, la buena señora añadió: “He dejado en casa preparado un puchero o cocido muy bueno. Si te parece, cuando cierres al mediodía, me gustaría invitarte a compartir un muy suculento plato. No sé apenas leer, pero guiso muy bien”. 


Eloisa y Martina se marcharon juntas, una vez cerrada la biblioteca. Ambas mujeres, separadas cronológicamente por varias generaciones, caminaban ilusionadas para compartir la enriquecedora amistad. Ofrecían la imagen de una abuela y su nieta, que paseaban juntas por el laberinto urbano de la gran ciudad. La antigua cocinera de hotel vivía en una populosa barriada, en la parte oeste de la capital. Llegaron a un bloque de muchas plantas, envejecido por el paso del tiempo y la falta de cuidados. El piso, primero C constaba de un dormitorio, un saloncito, cocina y cuarto de baño, todo muy limpio y bien cuidado. Lo que más apreciaba su propietaria era el balcón, con orientación sur, repleto de macetas, atalaya que aprovechaba por las tardes para ver a la gente pasar, el trasiego de los vecinos del barrio y la alegría de los niños que todavía jugaban en la calle, especialmente los más pequeños. Destacaba en esa pequeña placita frontal una amplia frutería, una merecería de las que todavía quedan en las ciudades y una tasca El Ventorro, con el sabor de lo antiguo, poblada de sillas y mesas, donde numerosos clientes tomaban el aperitivo y otras consumían el plato del día, 8 euros con bebida y postre. Martina elogiaba la limpieza de la casa y el buen gusto de la modesta pero entrañable decoración. El cocido de Elo resultó exquisito, reflejando las grandes dotes culinarias de una maestra de la cocina. Para tomar el café se sentaron en un tresillo de terciopelo beige, con flores estampadas de tonos suaves. 

“Querida Martina, te voy a contar algo de mi vida. Así me comprenderás un poco mejor. He sido la única hija de una buena madre soltera. No conocí al hombre que me engendró. Parece ser que era un rudo trabajador portuario. Mi madre Aurora trabajaba con denuedo, en “todo lo que surgiera” para poder sobrevivir en aquellos tiempos de estrecheces. Eran los muy duros años 40. Erróneamente entendió que yo debía quedarme en casa, para la limpieza y la cocina, mientras ella buscaba “el pan” por donde fuera. Por fortuna teníamos esta casa, que pertenecía a una tía abuela, que se fue pronto de la vida, dejándola “en papeles escritos”, para nosotras dos. Aprendí, desde muy niña, a limpiar, ordenar, lavar, planchar y, sobre todo, guisar. Tendría unos once o doce años, cuando me “colocó” en un restaurante importante, en donde limpiaba y ganaba unas pesetas que nos ayudaban a poder comer. Un día el cocinero se puso enfermo y una niña adolescente les sacó las castañas del fuego, Desde entonces ya no salí de la cocina y los fogones para guisar de todo y para todo. Y así he pasado toda mi vida, a veces limpiando y la mayoría guisando, en varios hoteles y restaurantes de la ciudad. Cambié las letras y las palabras por la harina, el aceite y la berza. Mi lectura y escritura es muy pobre. Sólo algunas palabras y los rótulos de las tiendas. Aunque parezca mentira, nadie se preocupó de que yo fuera al colegio, pero en aquellos años de la posguerra estas cosas pasaban, lo importante era la supervivencia y comer algo cada día. La radio era mi gran distracción, que me enseñó a bien escuchar y a entender muchas expresiones. Siempre he disfrutado viendo las láminas de las revistas y los libros con fotos. La televisión, desde los sesenta, también me ha ayudado mucho, en eso que llaman “la cultura”. Trabajé hasta los 75, siempre en lo que me gustaba y sabía bien hacer: la cocina. Pasar en la biblioteca muchas horas de la mañana, con la buena calefacción que ponéis, o el fresquito en los días del terral, me conforta. Y al tiempo, me distraigo, en ese ambiente de paz y tranquilidad que hay en el salón de lectura, viendo las láminas de los libros que me recomiendas. Yo “leo” las láminas, no las letras o las palabras”. 

Martina, profundamente emocionada por la franqueza, valentía y sencillez de su amiga “mayor”, la abrazó, diciéndole a continuación:

“Eres una persona admirable, para mí es un honor haberte conocido y gozar de tu amistad. Yo te puedo enseñar a leer y a escribir bien, siempre que así lo desees”. 

Y desde aquel día, la directora de una biblioteca pública municipal emprendió con cariñosa ilusión esa enseñanza a una persona mayor, para que perdiera el miedo o el recelo, a ese fácil aprendizaje que realizan los niños pequeños. Lo hacía en momento impensable, o a destiempo, de su recorrido por la vida. Utilizó para ello unos libros didácticos de imágenes, palabras y sonidos, aplicados a personas sin visión. Ahora Elo ya no se limitaba a disfrutar de la imagen, sino que se animaba a formas palabras y pequeñas frases, que la identificaran. 

La antigua cocinera materializaba su agradecimiento llevando a su amiga, la “maestra de las palabras”, alguna fruta o dulces que Martina aceptaba porque así hacía feliz a su muy mayor e interesada alumna. También utilizaron películas con sonido en español, también subtituladas en el idioma castellano. Elo aprendía con lentitud e interés, por las limitaciones propias e la edad. Pero lo que más apreciaba era el calor humano y fraternal que encontraba en su amiba bibliotecaria, a la que trataba como a una “nieta” a la se quiere, con mimo y necesidad. Por su parte Martina se sentía útil en poder reparar esas historias o intereses absurdos, que generan la limitación cultural de muchas personas. Ella tenía a mano el poder hacer progresar a una de ellas, casi octogenaria, que en los años normales del aprendizaje, y por ser mujer, se vio privada de esa enseñanza básica, tan necesaria, para poder caminar con más seguridad por lo terrenal. 

Un fin de semana, cuando Martina y Elo habían ido al cine y saboreaban después una estupenda merienda, la entrañable cocinera le habló con palabras que brotaban del corazón generoso d una sencilla mujer: 

“Martina, mi “niña”. La vida no me va a conceder mucho más tiempo, pero el tesoro de tu amistad me ha hecho feliz en este finalizar el camino, No tengo descendencia. Mi madre tenía algunos parientes lejanos, a los que nunca he tenido la oportunidad de conocer. Es mi deseo que vayamos, en la próxima semana, a la oficina de un notario. Quiero nombrarte mi heredera universal de los modestos bienes que poseo: una cartilla en Unicaja, con los pequeños ahorros de toda una vida y ese pisito que conoces, heredado de mi madre. Me harás inmensamente feliz si lo aceptas”.

Dos generaciones, separadas por la aritmética del tiempo, unidas la amistad, la sinceridad y la generosidad, lloraron emocionadas. Cuando se despidieron en la parada del bus, bajo la arboleda urbana de la Alameda, sentían en silencio el regalo que el imprevisible y críptico destino les había regalado: la fuerza del cariño fraternal. “Buenas noches, “abuela”. Buenas noches, querida “nieta”.

 

 

UNA APLICADA LECTORA 

DE LÁMINAS


 

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