La cafetería SOL, muy bien ubicada en plena Alameda Principal y con una delicada decoración naturalista, tan grata para la vista, estaba casi “al completo” a esa hora para la merienda, como solía ocurrir en todos los atardeceres. JULIO Arriaga, 47, había dejado por un momento el trabajo en el bufete con su apreciado MAC, decidiendo bajar del despacho a la calle, a fin de tomar un café con leche y canela, completado con algunos de los sabrosos hojaldres que elaboraba el popular obrador del establecimiento restaurador. El trasiego urbano era intenso, pues las siete de la tarde es hora paras compras, tomar la merienda y desplazarse en paseo de un lugar a otro para la movilidad ciudadana.
Tuvo suerte en la cafetería restaurante, pues un matrimonio joven, con un retoño juguetón de pocos años, acompañado de un grandote peluche de oso blanco, se levantaron de una mesa esquinera, una vez que el camarero les había traído la vuelta de la consumición. Tomó asiento, mientras el camarero limpiaba la mesa de esos restos que normalmente se dejan desordenados, para que otros hagan el trabajo o esfuerzo de quitarlos. Pronto le trajeron el servicio, disfrutando de la sabrosa infusión y del delicioso pastel relleno de cabello de ángel con canela, que prácticamente habían recién sacado del horno.
El abogado observaba con discreción a unos y otros comensales, que no cesaban de hablar, a veces elevando en demasía el volumen de voz, disfrutando como él de sus meriendas, en las que también abundaban los churros con chocolate caliente de “la abuela”. Estaba un poco ensimismado con el escénico y alegre espectáculo, cuando una frágil mano le tocó o se posó sobre su hombro. Se volvió intrigado y ante sí tenía a una mujer que en un par se segundos supo reconocer.
“¿Cómo estás, Julio?” Quien amistosamente así le hablaba era SONIA Bilbao, a la que vio bastante “cambiada”. Reaccionó con rapidez caballerosa, trayéndole una silla sobrante en una mesa vecina. “¿Me has reconocido ya? Seguro, Sonia, pero es que han pasado … 12 años. Lógicamente ambos estamos muy cambiados. Es la ley del almanaque”. “Te conservas muy bien. Algunas canas, que te dan elegancia y esas arruguillas, que nos toman cariño. Por fortuna no has cogido peso. Yo sí que he cambiado, dos embarazos dejan las inevitables secuelas que son difíciles de disimular.” “Y PABLO Ustariz ¿cómo está? Alguna vez lo he visto de lejos, pero ninguno de los dos hemos favorecido el reencuentro”.
En ese momento, se les acercaron un niño y una niña, preadolescentes. “Mamá, la abuela dice que vamos a llegar tarde a la película”. “Esta es IRENE, 11 años, y ENRIQUE, Quique, de 9. Les gusta mucho el cine y hoy viernes le prometí llevarlos a los multicines Yelmo, en Vialia, para la sesión de las 8. Me acompaña mi madre, Mariajo, que tú ya conoces. Ahora vive en mi casa, desde que mi padre se nos fue. Por cierto, decirte que Pablo ya es historia. Desde hace cinco años vive su vida y yo la mía. Te dejo mi teléfono actual, por si algún día te animas a llamarme e intercambiamos un ratito de charla”. Ante este importante monólogo, expresado por Sonia, su antigua y única mujer, Julio no salía de su asombro. Su corazón latía de forma desenfrenada. ¡Vamos mami! Entonces acertó a responder, inmerso en un profundo aturdimiento: “Sí, seguro que podemos quedar algún día. Me alegro de que me hayas reconocido, después de tantos años. Saluda a doña María José, de mi parte (en su intimidad siempre le había llamado “la lechuza” y no sólo por su afilado rostro)”
Y en segundos, esa totalmente inesperada e idealizada aparición había desaparecido de su vista. Se habían dado la mano, como despedida. La falta de un beso nubló de frialdad ese reencuentro.
Llamó a su compañero RUBÉN, también abogado del bufete, explicándole que se iba a ir directamente a casa, pues no se sentía bien. Le envió un abrazo y ya en la calle sintió necesidad de ordenar un poco su mente, dándose un reflexivo paseo. Esa reaparición de Sonia en su vida le había trastocada el necesario equilibrio anímico.
Efectivamente habían pasado 12 años. Pero esas “traiciones” nunca llegan a olvidarse. Y en apenas cinco minutos, parecía que todo había vuelto atrás. Pensativo y nostálgico siguió caminando sin norte fijo. Su piso/apartamento lo tenía en el barrio universitario de Teatinos. Se encontraba cerca de la parada del bus 11, pero prefirió seguir caminando, hasta la siguiente parada. Necesitaba tomar oxígeno. El acelerado corazón se resistía a frenar su ritmo descontrolado. Deseaba recordar, tal vez por un irracional masoquismo, una vieja y dolorosa historia que había condicionado drásticamente su vida. En estos doce años había logrado tener dos parejas convivenciales. LAURA y NATALIA. Dos y tres años. Pero en ambos casos, el cansancio de la rutina fue desvitalizando ambas uniones, meras sustituciones de un amor no olvidado y cruelmente mancillado por la infidelidad. Con muy buenas formas “pasaportó” ambas frugales compañías. A pesar de su ingratitud, nunca había podido olvidar a Sonia. Su gran amigo Pablo, le había jugado una vil traición, creándole una ósea “cornamenta psicológica” muy pesada de sobrellevar, en todo tiempo y lugar.
Se recreó con dolor en aquella terrible fría noche otoñal, en la que de manera mecanicista y sin apariencia de pesar, culpabilidad o delicadeza, con la mayor calma posible, Sonia le confesó unas palabras desconsideradas, frías, hirientes, bien aprendidas y meditadas.
“Julio, lo nuestro no puede seguir. Nos conocemos desde hace muchos años, pero el amor y la atracción física, el tiempo nos la ha ido robando o arrebatando. No hemos tenido hijos, pero en este momento estoy embarazada de una persona que me ha estado insuflando, a modo de traviesa y excitante oportunidad, esa ilusión que se había ido volatizando de mi atmósfera vital. Vas a recibir un duro pesado golpe. El padre de este ser que estoy gestando es … (la crispación tensional, había inmovilizado los segundos y los cuartos de las horas, en este tiempo atenazado por la realidad) nuestro común amigo PABLO. Así son los vientos de nuestras debilidades. Pedirte perdón te va a resultar falso e incluso más humillante. Pero así están las cosas”.
Fue un golpe muy duro en su crudeza, vacío de generosidad. La inmovilidad de este pobre hombre parecía haberlo convertido en una estatua de sal. El peso en su corazón, también en su cabeza, era difícil, muy difícil, imposible de sobrellevar. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, sólo acertó a musitar: “Desde cuando mantenéis relación? Y para qué quieres saberlo, Julio, ¿si ese dato te va a resultar aún más doloroso?”.
Y pasaron los años, doce. En principio, Julio pensaba que iba superando, poco apoco, esa falla tan drástica y escarpada en su existencia. Lo intentó una humana ley o terapia de las compensaciones, con las dos parejas aludidas, como analgésicos bálsamos sustitutorios. Pero la rutina y la innegociable memoria eliminaban, de continuo, el fulgor escénico de la superficial atracción iniciática.
Pero, desde esta tarde, había conocido la “buena nueva” de que Sonia Bilbao estaba separada del “amigo” Pablo, que le había dejado una renta genética de dos inocentes criaturas. Ese reencuentro con su antiguo y traicionero amor le había provocado mucha mella, en su frágil estructura psicológica. Incluso se tuvo que poner en manos de un psiquiatra de prestigio, Dr. ALMANSA, que le había recomendado su compañero y amigo Rubén. Este buen médico de la mente era un gran especialista psiquiátrico de avanzada edad, pero muy dinámico en su fluida e imaginativa conversación terapéutica. En la actualidad julio está desarrollando una fase de “desvalorización” de la persona banalmente idealizada: Sonia, esa mujer que tanto supuso para él, en su naturaleza anímicamente fragilizada y que tanto daño infringió en su debilidad temperamental. Desidealización que no le resulta fácil, pero que es la mejor medicina para su objetivo de alcanzar la normalidad.
Coincide esta situación con la positiva actitud que muestra ESTHER Alda, compañera secretaria del bufete jurídico, y madre soltera de una niña de seis años, llamada Irina. En la rutina de una tarde de trabajo, esta joven mujer, tuvo un gesto de valiente solidaridad, acercándose a Julio, visiblemente cabizbajo, aportándole un poco de ánimo y amistad.
“Sé por lo que estás pasando, Julio. Te veo muy pensativo y abrumado. Si me dejas, me gustaría ayudarte. Mereces recuperar esa alegría de vivir, que los recuerdos no te dejan disfrutar. Si te parece, es mejor que dos piensen juntos, antes que una buena persona, como es tu caso, aturdida por los recuerdos se sumerja en las brumas de la soledad”.
¿Pudo ser este este cariñoso y fraternal gesto, el origen de algo más que una sencilla amistad? El destino, junto a las ilusionadas voluntades humanas, podrá responder a esta esperanzadora oportunidad. –
RECUERDOS QUE NO SABEMOS CÓMO BORRAR
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 27 marzo 2026
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es
Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/
Otros materiales, en el BLOG DE AMADUMA