A poco que analicemos la expresión facial y el comportamiento relacional de las personas, en el ejercicio diario de su función laboral, obtenemos una primera percepción: algunos parecen estar disfrutando con el trabajo que realizan, mientras que otros, por el contrario, difícilmente pueden ocultar su bajo estado anímico, ante las obligaciones que tienen encomendadas y que deben desarrollar. Expresándolo de una forma coloquial, aquéllos se sienten felices con lo que hacen, mientras que éstos transmiten su pesar a través de los gestos y el desagrado de sus rostros. Por supuesto que todo profesional puede tener un mejor o peor día, es algo natural en lo humano. Y también es preciso considerar que hay ciudadanos que disimulan mejor que otros los problemas de todo tipo que pueden afectarle. Pero lo que no es normal es que, un día tras otro, sigas estando desanimado, desmotivado y manteniendo esa expresión de “pocos amigos” en tu actividad laboral y social.
Naturalmente, no todos los trabajos tienen las mismas características ni afectan de la misma forma a las personas que los desempeñan. Muchos ciudadanos se ven obligados a desempeñar determinadas funciones, más o menos ingratas para ellos, porque no han podido o han carecido de la suerte o la dedicación en el esfuerzo para ejercer otro tipo de actividades, aquéllas que si les habría gustado protagonizar. Siendo esto verdad, también resulta evidente que hay profesiones que se “alejan” de alguna forma de ese trauma o pesar que proporciona la rutina, el cansancio, el escaso reconocimiento social o la dificultad intrínseca de la propia actividad que han de cumplimentar. Son profesiones especialmente “creativas”, gratificantes y de notable valoración, tanto para uno mismo como para el reconocimiento social. Al margen de la actitud vocacional que cada persona posea, el desempeño diario de su ejercicio parece que casi siempre compensa, a pesar del cansancio o situaciones incómodamente inesperadas que siempre pueden aparecer.
¿Cuáles serían algunas de esas actividades profesionales que apenas “cansan” o desaniman a sus autores laborales, quienes se muestran casi siempre “felices” ante la labor que tienen encomendada o ellos propiamente se imponen?
Citaremos algunas, aunque para algunos puedan ser discutibles. Los maestros pasteleros; los escaparatistas; los jardineros y los vendedores de flores; los compositores e instrumentistas de música; los fabricantes y vendedores de juguetes; el artista de la pintura, la escultura y la arquitectura; el diseñador de piezas de joyería y orfebrería; el escritor de historias; etc.
Es preciso indicar que hay diversas actividades y funciones que algunos trabajadores parecen desempeñarlas con mayor “felicidad” que otros compañeros de profesión. Tal vez esa diferencia vaya en el carácter de cada uno. De igual manera nadie va a discutir que el ejercicio de la medicina, el apostolado religioso, la agricultura, la restauración, la educación o la investigación, también genera esa creatividad que tanto gratifica, tanto al que la ejerce como al que la recibe. Para sus afortunados protagonistas, su laboriosidad no supone un desagradable “trabajo” sino por el contrario un “goce permeable” que se comprueba visualmente a través de la expresividad de sus rostros. Conozcamos una historia vinculada a esta amplia introducción.
Eran dos compañeros de clase y también buenos amigos, para las tardes de juegos y fines de semana, en una España que se quería despertar de su difícil posguerra. Residían en aquella Málaga provinciana, pero fraternal, de los años cincuenta e inicios de los sesenta. BRUNO y TASIOpertenecían a la misma anualidad cronológica, 1950, y estudiaban tercer año de primaria en una escuela pública. Otra característica también los emparejaba: eran hijos únicos en sus respectivas familias.
ELVIRA, la madre de Tasio, enviudó cuando éste apenas había cumplido los dos años. Su marido Nazario, maquinista de la Renfe, sufrió un desgraciado accidente en el ejercicio de su labor, dejando a su corta familia en una situación económica de suma precariedad, pues con la pensión que les quedó apenas tenían para vivir. A causa de ello, esta abnegada mujer tenía que dedicar horas a la suerte imprecisa de la clientela, pues había montado una pequeña peluquería de señoras en su propio domicilio, oficio en el que trabajaba antes de llegar al matrimonio. Esos cortos ingresos apenas podían cubrir las necesidades básicas de un más que modesto hogar, llegando a las carencias absolutas en los duros finales de muchos meses del año.
Por el contrario, HELENIO, el padre de Bruno, heredó de su padre el oficio de pastelero, no sólo el aprendizaje de obrador, sino también la instalación de una muy conocida confitería de barrio, llamada EL BOLLO DE LECHE. Aunque contaba con un ayudante, él mismo desarrollaba el trabajo básico del obrador, mostrando una dedicación vocacional y creatividad verdaderamente admirable y reconocida por sus convecinos. También sabía organizar el tiempo de trabajo para poder ayudar a su mujer TEODORA, que atendía las peticiones de los clientes detrás del mostrador.
Las clases en la escuela comenzaban muy temprano, a las 8:30, por lo que eran muchos los alumnos que apenas desayunaban en casa, aunque llevaban en sus carteras alguna merienda que consumían con ilusión durante la media hora de recreo. En este sentido, Bruno siempre extraía de su maleta una rica torta de aceite con azúcar y canela, coronada con una almendra envuelta en chocolate. Como su amigo Tasio llevaba una rebanada de pan con media pastilla de chocolate, se mostraba generoso en darle a probar un cachito de la rica torta de aceite, que hacía las delicias de quien la consumía. Otra afamada especialidad de la confitería de su padre, eran los llamados Bollos Primados, consistentes en apetitosos bollos de leche, rellenos de una deliciosa pasta, elaborada con los dulces no vendidos y endurecidos, cuyo bizcocho era triturado y amasado con nata de chocolate y cabello de ángel. La naturaleza de la masa y esa crema pastelera en su interior era verdaderamente exquisita, siempre para los paladares más golosos. Algunas mañanas y tardes, Bruno sacaba de su cartera uno de esos bollos especiales, mientras los ojos de su amigo Tasio no podían disimular su petición y necesidad de compartir algo del tan dulce manjar, a lo que Bruno a veces accedía.
En algunas ocasiones, Helenio permitía que los dos amigos le acompañasen durante largos minutos en el obrador de la confitería. Tenía la razonable esperanza que su hijo Bruno, al igual que él hizo con su padre, no sólo fuera aprendiendo las técnicas pasteleras, sino también ir despertando o generando en el pequeño ese amor artesano hacia los dulces que en él estaba siempre presente. Tasio quedaba maravillado al ver la alegría y satisfacción que transmitía don Helenio, cuando les explicaba cómo había que preparar la masa del bizcocho, la mejor forma para cocerlo y posteriormente la “magia” para ir rellenándolo, cubriéndolo con la nata o el chocolate y como colofón, con esos adornos que hacían tanta ilusión a los golosos comensales. Nunca podía imaginarse que de ese gran bizcocho tartero salieran aquellas bandejas de trocitos de dulces que estaban expuestas al otro lado del mostrador, para la elección de los clientes. Resultaba obvio que esos ratitos en el obrador se acompañaban con esa frase ilusionante, manifestada por el papá de Bruno. “Bueno, ahora cuando salgáis, le pedís a Dorotea que os dé un dulce de la tienda. Pero no elijáis el más grande, sino el que más os guste. No se debe abusar de los chocolates y las natas pues os podéis empachar y después ya no queréis tomar la cena”.
Una mañana de agosto, CELESTINO, vicepresidente de una conocida asociación senderista y excursionista, denominada “EL BASTÓN Y LA MOCHILA” entró en la confitería el Bollo de Leche y tras saludar a Dorotea pidió si podía hablar con Helenio. En pocos minutos el confitero, enfundado en su amplio delantal y con un gorro de papel que no se quitaba de la cabeza mientras trabajaba en el obrador, salió del “laboratorio” como tantas veces solía llamar a su lugar de trabajo, abrazándose al visitante. Entre ellos no había mucha diferencia de años y el afecto derivaba de ser antiguos amigos de juventud.
“Pues nada, Helenio, que los críos nos van haciendo mayores. Tu te casaste más tarde que yo con la buena de Dorotea, pero fíjate mi ROSMINA ya ha cumplido los dieciocho y ya sabes como son estas cosas, con los jóvenes de hoy en día. A su pareja lo han admitido en la legión y han decidido casarse. El tiene veintiuno y es buen crío, tal vez algo impulsivo. Pero nada, que tienen prisa por formar una familia. Se conocieron en la asociación y les gusta mucho la naturaleza. Raro es el fin de semana en que no salen a caminar por los campos y las montañas. Se van los viernes por la mañana y no los vuelvo a ver hasta el domingo por la noche. Total, que MARGARA y yo hemos accedido y hemos fijado la boda para el segundo sábado de septiembre. A comienzos de octubre el chico se incorpora al regimiento de la legión en Ceuta y allí van a vivir. Quiero que tú, el mejor pastelero de Málaga y de España, seas el encargado de elaborar la tarta nupcial. El problema es el siguiente: entre familiares, amigos y conocidos de la Peña, podemos llegar casi a los ciento cincuenta comensales. Así que tiene que ser un “tartón” que dé los trocitos necesarios para esa caterva de bocas golosas. Además, nos gustaría que el motivo central del pastelón tenga algo que ver con la naturaleza. Pero yo no tengo que preocuparme ni con el tamaño, ni con la creatividad de la gran tarta, estoy en el Bollo de leche y aquí hay un pastelero, el amigo Helenio, que es el mago de los dulces. Con el cariño que tienes a tu oficio y el arte que te caracteriza, vas a despertar la ilusión y la admiración entre todos los participantes en el convite. Y del dinero no te preocupes. En estas ocasiones hay que rascarse bien el bolsillo”.
El encargo era un buen reto para un verdadero profesional “enamorado” de su labor. Aunque faltaban varias semanas para la cena del enlace matrimonial, estaba ya dándole vueltas a su imaginación para hacer una tarta “gigantesca” que pusiera la admiración en los ojos y las bocas de tantos comensales. Precisamente una tarde, cuando Bruno y Tasio giraban visita por el obrador, Helenio les preguntó con la sonrisa en el rostro.
“Vamos a ver, chicos, cuando vais de excursión al campo ¿qué es aquello que más os apetece ver y disfrutar?” Los dos amigos respondieron, casi al unísono, “… los muchos árboles que hay en el bosque y si tienen frutos, pues mejor”.
La espontaneidad y lógica en la respuesta dio alas a la imaginación y valentía de Helenio: la gran tarta ocuparía el formato de una mesa rectangular. Sobre el bizcocho, que estaría relleno con niveles de fruta endulzada natural, con crema de naranja y otros cítricos, colocaría distintos niveles, a modo de colinas, que estarían pobladas con pequeños árboles de dulce, con el color verde en sus copas y el marrón chocolate en sus erguidos troncos. Desde luego que el tartón tendría que ocupar un buen espacio, pues a cada comensal debía corresponderle uno de esos arbolitos de dulce, sobre un suelo pastelero de lo más exquisito para el paladar. Esos arbolitos de dulce podrían ser elaborado con alguna anticipación, pero no excesiva, pues aunque su composición sería algo similar al mazapán, lo ideal de un pastel es que sus elementos no tengan una demasiada antigüedad que pudiera degradar el sabor. Como agradecimiento por la “ayuda” de los dos pequeños, puso en manos de cada uno de ellos un bollo primado que hizo las delicias en esas naturalezas tan vitales.
Los números del almanaque siguieron su innegociable caminar y a poco ya estaban a una semana del gran convite de boda, que se celebraría en una finca/cortijo de los Montes de Málaga, llamada “EL BUEN ALMUERZO”. Celestino se había encargado de contratar algunos autocares para el desplazamiento de los invitados y, de manera especial, una furgoneta que trasladaría el gran pastelón con las debidas condiciones de seguridad, a fin de evitar su deterioro. Durante tres días, Helenio estuvo elaborando los más de ciento cincuenta arbolitos de mazapán, que ocuparían plaza en ese paisaje orográfico de la Penibética, elaborado con un delicioso bizcocho, mezclado con crema de cítricos y almendras. Bruno y Tasio también colaboraron, partiendo las almendras. A pesar de sus ocho años, sus manos eran admirablemente hábiles.
Veinticuatro horas antes de la fecha nupcial, el tartón estaba completado, para admiración y elogios continuos de todos aquellos que tenían el gozoso privilegio de ver una auténtica obra de arte pastelera. Helenio lo tenía bien dispuesto en una habitación aneja al obrador, donde solía guardar sacos de harina y de azúcar, además de otros componentes confiteros. Pero aquella noche de un viernes casi otoñal un aguacero de gota fría descargó inesperadamente durante un par de horas sobre la ciudad mediterránea. La intensidad de la lluvia fue extraordinaria. El problema fue que dada la hora en que las nubes descargaron, entre las cuatro y las seis del nuevo día, nadie reparó en que una ventana mal cerrada se abrió con el empuje del viento. La inoportuna fuerza eólica de la naturaleza había impulsado muchos de los fuertes goterones de agua sobre la preciosa y admirada obra pastelera.
Cuando a las siete de la mañana helenio tomó conciencia del “desastre” trató de calmarse, gracias al vaso de tila que Dorotea le preparó de inmediato. El deterioro en el tartón era harto significativo, pero no totalmente irreparable. Había que actuar con presteza y coordinación absoluta. El hábil confitero apenas tenía diez horas hábiles para tratar de arreglar, en lo posible, su esfuerzo de tantas jornadas previas de trabajo. Todos colaboraron, bajo la acertada dirección de Helenio, que mostraba una vez más nervios de acero y una sonrisa de fe en lo posible siempre dibujada en su rostro. Dorotea, Elvira y Margara se pusieron a triturar almendras, que previamente pelaban el confitero y su amigo Celestino, padrino de la boda. También Bruno y Tasio ya sabían lo que había que hacer para sacar las almendras de sus cáscaras. El horno de leña no paró de funcionar por horas. Un frigorífico especial enfriaba la pasta de almendras que previamente se había cocinado. Los arbolitos que habían sufrido mayor deterioro se fueron sustituyendo con esa pericia que adorna la experiencia y el mágico juego de las manos. Elvira, a eso de las tres de la tarde, preparó unos sándwiches de queso y jamón cocido, que todos comieron a “paso legionario” pues no había tiempo, minutos o segundos que perder. A las 18 horas, Celestino y Margara se fueron a casa pues tenían que vestirse para la boda. Media hora más tarde, la furgoneta encargada de trasladar la gran tarta, estaba ya esperando en la puerta de El Bollo de Leche, que ese sábado permaneció cerrado por “asuntos propios”. Por cierto, el cielo, después del “tormentón” había amanecido completamente claro y soleado, comportamiento atmosférico muy típico en esas “gotas frías” otoñales.
Los aplausos tronaban cuando el gran pastelón hizo su entrada triunfal en el densificado recinto campestre. Todos querían fotografiarse delante de gran tartón. Helenio y Teodora sonreían satisfechos, acompañados en la mesa por Elvira, Bruno y Tasio, los dos amigos inseparables. ROSMINA y VENANCIO, los dos contrayentes, quisieron dar la nota, pues se presentaron en el convite despojados de los trajes nupciales, cambiados por sendos atuendos senderistas, entre las risas y aplausos del “respetable” y las miradas en todo momento comprensivas de Celestino y Margara sus padres y padrinos de boda. “Papá, yo quiero ser confitero, como tú” “Y yo también, don Helenio”. Al buen confitero se le saltaron las lagrimas cuando su hijo y ese medio hermano/amigo llamado Tasio manifestaron su deseo de aprender en el obrador de la confitería.
Volviendo al principio: ¿Hemos visto algún profesional de la confitería que deje de hablar con amor e ilusión de sus dulces? En absoluto. Un confitero, por naturaleza, siempre mostrará su satisfacción por la artesana y suculenta labor que realiza, difundiendo esa alegría que al mundo parece faltarle. -
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 18 septiembre 2026
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