viernes, 10 de julio de 2026

CUANDO EL DESTINO NOS ALCANZA

El género humano puede hacer amistades en los momentos y lugares más diversos e insospechados:  jardines, cursos académicos, esperando al autobús, viajes turísticos, celebraciones de cualquier signo, centros comerciales, clubs de lectura y así un largo etc. Lo importante es la actitud de las personas para “abrir” sus privacidades, compartir el tiempo, las palabras y las ideas, con la mejor y generosa actitud relacional. Obviamente, las circunstancias “ambientales” y la naturaleza de las personas son elementos diferenciales en cualquier tipo de amistad. Vayamos ya a la historia de nuestro relato, que se generó en un ámbito hospitalario. 

En los centros sanitarios públicos, las habitaciones que utilizan los pacientes son mayoritariamente compartidas. Por el contrario, en la sanidad privada es frecuente que a cada enfermo internado se le asigne una habitación individual durante su estancia. Como ocurre en la vida, uno u otro sistema tiene sus ventajas e inconvenientes. Lo que se gana en privacidad e intimidad se pierde en convivencia relacional. El problema de espacio en el centro médico también condiciona cualquier decisión al respecto. 

HOSPITAL UNIVERSITARIO VIRGEN DE LAS NIEVES, en Granada capital, vinculado al Servicio Andaluz de Salud. Séptima y última planta, sección de gerontología. Dos pacientes femeninas, ambas de avanzada edad, comparten la habitación 705. Se han incorporado al centro sanitario el mismo el mismo día, lunes 6 de julio, pero a diferente hora. 

La primera paciente que fue instalada en gran hospital público del SAS, a media mañana, se llama LAURA, 81años. Es natural de Granada. Tiene unos parientes lejanos de los que apenas tiene noticias. Vivía sola, en un pequeño piso de un bloque antiguo de seis viviendas, en el popular barrio del Albaycín. Durante su larga etapa laboral ha trabajado como modista, en un gran taller de ropa que elaboraba y arreglaba prendas de vestir, sirviendo a tiendas de ropa y al gran comercio de El Corte Inglés, de la Carrera de la Virgen. Los motivos de su desplazamiento a los servicios de urgencia del hospital se debían a diversos fallos multiorgánicos. Una vecina se puso en contacto con el 061 que trasladó de inmediato en ambulancia a esta mujer, que llevaba varios días sin salir de su domicilio. Soltera, de estado civil.

A media tarde, la segunda cama hospitalaria fue ocupada por otra mujer, septuagenaria, CECILIA, quien durante su vida laboral había ejercido como maestra de niños de formación primaria. Residente en el barrio del Zaidín, tras jubilarse a los 60, su gran ilusión era disfrutar del amplio tiempo de que iba a disponer. Tampoco había contraído matrimonio. Familiarmente tenía una buena relación con una sobrina, que residía en la cercana localidad de Santa Fe de los RR CC. Pero esta joven, titulada en Historia del Arte, que trabajaba en un taller de restauración de cuadros y obras de arte, a los 42 se enamoró de un noruego especialista en subastas de objetos artísticos. Su traslado a Oslo con la pareja afectiva incrementó la cruda soledad de Cecilia, situación que se agudizaba en estos tiempos de jubilación. Hacía tres años, con 75, en una revisión médica se le descubrió un severo y crítico problema: ELA. Esclerosis lateral amiotrófica. Un principio de acción neurodegenerativa, que paulatinamente iba limitando sus capacidades motrices. Las neuronas enfermas provocaban que el sistema nervioso no pudiera seguir enviando “mensajes” a los músculos voluntarios. La parálisis muscular iba lamentablemente en progreso. 

Las dos señoras, tras la recíproca presentación, se sintieron agraciadas de poder establecer una comunicación inmediata, que paliara esa soledad que venían soportando junto al peso ingrato de sus enfermedades. Para ellas era emocionante poder compartir habitación, pues ambas deseaban expresar y comunicar lo que sentían conociendo la realidad de su compañera enferma. Esa primera noche conciliaron el sueño con la ilusión que el destino había querido depararles, para sobrellevar la estancia en un recinto hospitalario. Pensaban que iban a tener tiempo abundante para irse conociendo, compartiendo lo mucho que tenían que decirse. 

Así fueron pasando los días y las horas, mientras ellas hablaban desde las dos camas. La cortina de separación había sido recogida, pues deseaban y necesitaban verse, a fin de aliviar esos acres momentos de tratamiento y dolor que la naturaleza les enviaba, sin que supieran cómo ni por qué. La amistad y la intimidad entre Laura y Cecilia fue en aumento. Las dos enfermas se esforzaban en no perder la conciencia, a fin de poder verse, intercambiar cualquier chascarrillo, reír, sonreír y a veces, incluso soportar algunas lágrimas traviesas que buscaban los surcos del rostro para acomodar su fluidez. 

Una mañana festiva de julio, después de tomar el desayuno, las dos pacientes se sentían más animadas y comunicativas. Con la ayuda de las enfermeras abandonaron las camas y prefirieron sentarse juntas en dos sillones ortopédicos. Fue Laura quien, mirando serenamente a los ojos de su compañera de cuarto, expresó unas “solemnes” palabras. 

“Qué pena, mi buena amiga, que el destino no nos haya proporcionado la oportunidad de conocernos mucho antes, incluso años, aunque las dos hayamos vivido en esta bella ciudad, llena de jardines y monumentos para la Historia. Yo he asumido la soltería porque no he encontrado a una mujer que me quisiera, para darle todo mi cariño, amor y ayuda sin límites. En estas dos semanas que llevamos internadas, a pesar de nuestra avanzada edad te siento como mi otro yo. Me ilusionaría que el tiempo que nos quede de vida, estuviéramos juntas. Querría estar siempre cerca de ti”. 

Cecilia, al escuchar esta fascinante declaración de amor, rompió a llorar emocionada.

“Querida Laura, he pasado toda mi vida ocultando las verdaderas necesidades de mi sexualidad. ¿Por qué lo hice?  tal vez por miedo, por indecisión, por cobardía. Y hoy me encuentro a un ser verdaderamente bueno y maravilloso que abre su corazón y me dice: yo soy, tú eres, nos necesitamos. Nunca nos separaremos. El tiempo que la vida nos dé, caminaremos juntas por la alegría y nos apoyaremos en nuestras dolencias y adversidades. El destino no logrará distanciarnos por más que se empeñe. Siento este día como uno de los más felices de mi existencia”. 

Entonces juntaron sus manos y las entrelazaron como prueba y propósito de su unión inseparable. 

Otra tarde, cuando trataban de paliar y soportar las consecuencias dolorosas de su de su deterioro orgánico, fue Cecilia, la antigua maestra quien le hizo una pregunta trascendente a su fraternal amor: “Laura ¿qué crees que vendrá después de -este martirio-cuando el fin nos alcance? Tras unos largos y silenciosos segundos, su compañera le dijo: “Cecilia, pienso que entraremos en un sueño muy largo, para no despertar. Ya no sentiremos molestias, dolores, angustias, necesidad de medicinas ni pruebas, “pasaremos” de los engaños, ambiciones o maldades. Habremos dejado de sufrir. Ese sueño en la oscuridad mental nos atrapará y nos desintegraremos plácidamente en la inmensidad espacial. Aquí quedará nuestro cuerpo, que también se convertirá, lentamente o con la velocidad del fuego, en polvo, tierra, para la fertilidad de la naturaleza. 

“Yo también pienso como tú, Laura. Durante unas fases de mi vida, cuando era pequeña o cuando ejercía la profesión (tuve que impartir materias diversas, incluso la religión) creí tener esa fe invisible que, en realidad mi cerebro, una y otra vez, no aceptaba, encargándose de llevarme a la realidad. Cuando hay tantas e importantes preguntas sin respuestas, comprobando y sufriendo las barbaridades que el mundo nos genera, como genocidios, matanzas indiscriminadas, guerras absurdas, catástrofes naturales, enfermedades muy dolorosas que afectan incluso a niños y jóvenes, niños con pocos años que pierden a sus madres, todo ello me ha hecho replantearme mis creencias con respecto a la cultura religiosa con la que se nos ha adoctrinado. La incredulidad sí es convincente y racional para mi persona. Y ese es mi problema: la falta de explicación racional alguna para tener que soportar tanto dolor absurdo e injusto que tenemos aquí en la Tierra. ¡Como puede una divinidad, ese dios todopoderoso y providencial permitir tantas crueldades, durísimas desgracias a diario sobre personas inocentes y honradas! Para mí la muerte es la ansiada liberación de un mundo injusto, absurdo y cruel, en donde la maldad y la violencia física y psicológica reina y avanza sin control e impunidad”.

Las hojas del almanaque continuaban su repetido fluir. Días, horas y minutos. En una fase ya previsiblemente terminal de sus vidas, solicitaron hablar con el director del recinto sanitario, Dr. Fernando Albariza. Cecilia fue la protagonista de una excepcional petición. 

“Doctor, el tiempo se nos acaba. Presentimos cada vez más cerca nuestro destino. Laura y yo hemos encontrado por suerte una intensa amistad y fraternidad vincular, que nos ha faltado en el extenso periplo de nuestro recorrido vital. Nos gustaría emprender el camino hacia la inmensidad cósmica juntas. Hemos decidido unirnos en matrimonio ante de que perdamos el control de nuestras conciencias.”

Un notario del ilustre colegio de Granada certificó la unión matrimonial de las dos señoras, en una sencilla ceremonia a la que asistió el director del Hospital y la jefa de enfermería. El conservatorio superior de música, previo aviso, envió un joven cuarteto de cámara para que interpretara tres piezas clásicas breves como colofón a la entrañable unión de dos mujeres que encontraron el amor al final del camino. La cocina del hospital tuvo el detalle de preparar una preciosa tarta, blanca como la pureza de la nieve y roja como los latidos del corazón. Pacientes con autonomía de desplazamiento y personal del centro sanitarios disfrutaron de una sencilla y grata merienda en honor de dos seres contrayentes en la amistad, la necesidad y el amor: Cecilia y Laura.

Septiembre y la llegada del otoño abrieron el camino para ese ignoto viaje de Laura hacia la inmensidad cósmica, como ella había bien imaginado, libre de cargas y pesares dolorosos, que aquí quedaban en su cuerpo inerte. Quiso el destino que sólo tres días después siguiera el mismo camino Cecilia. Muchos dicen que no fue el ELA el motivo de su despedida terrenal, sino la búsqueda fascinante de su amor postrero por los espacios invisibles para la opacidad humana. Fernando Albariza fue el encargado de entregar al viento, desde la plástica monumental irrepetible del MIRADOR DE SAN NICOLÁS, en el barrio del Albaycin, las cenizas terrenales de dos admirables mujeres CECILIA LAURA vinculadas in aeternum por el amor.  -

 

 

CUANDO EL DESTINO

NOS ALCANZA

 

 

 

 

 

 

          José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 10 julio∫ 2026       

                                                 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/





viernes, 3 de julio de 2026

FIESTAS INSÓLITAS PARA LA INCREDULIDAD.

A medida que vamos sumando años, no sólo en el DNI, sino también en nuestra estructura orgánica, incrementamos al tiempo conocimientos y vivencias acerca de este mundo en el que hemos sido insertos sin pedirnos permiso alguno. Muchas veces tenemos la tentación de creer en esa frase que dice “todo está ya inventado, queda poco por descubrir” (como no sea el camino hacia la inmortalidad). Pero la experiencia y el razonamiento nos hace reconocer que el género humano es tan complicado e imprevisible, que en el momento más inesperado vamos a conocer nuevos logros, descubrimientos y ocurrencias fascinantes que despertarán nuestro interés, interpretación y justa valoración. Esas novedades que otros generan despertarán nuestra admiración, alegría, pesar, esperanza, desánimo y también, la lúdica comicidad. Vayamos pues a la historia burlona que nos transmite el relato de esta semana. 

BEATRIZ Almansa, 38, graduada en Literatura Contemporánea, escritora de novelas con varios premios obtenidos en certámenes literarios de nivel medio, goza de una positiva aceptación entre los aficionados a la lectura, según constata la editorial Junco que publica sus obras. Lleva casada cinco años con CELESTINO Erice, 43, propietario de una agencia inmobiliaria, que opera en la provincia de Málaga, por toda la línea de costa desde Maro hasta Manilva.

Este agente inmobiliario llegó al matrimonio con Beatriz tras el divorcio de un amor de juventud, MINERVA Alcaraz, con la que convivió casi una década. Sus repetidas infidelidades impulsaron a la joven profesora auxiliar de la UMA, en el departamento de Biología, a tomar la decisión de “mandarlo a tomar viento” a pesar de que Celestino era un hombre que manejaba la tarjeta bancaria con gran alegría e irresponsabilidad. Erice solía presumir, cuando vendía una propiedad inmobiliaria (no me interesan los pisos para pobres) que los compradores pagaban por encima de los 400.000 euros y que sus ganancias nunca bajaban del 30% de la transacción. “Puedo estar sin trabajar varios meses sin problemas” frase arrogante que desarmaba a sus interlocutores. Realmente este hábil gestor del “ladrillo” gozaba de buena presencia, con un don preclaro de la palabra, don de gentes, intuición para “oler” donde podía sacar una buena “tajada”, especialmente entre los clientes extranjeros. También era muy teatrero, pues había estudiado en sus años juveniles artes escénicas, técnica que ahora aplicaba con agudeza e intuición, “engatusando” como una araña que teje su lienzo con hilos de proteínas, las espidroínas, especialmente a la gente con sobrada liquidez económica. 

Como ocurre en tantos matrimonios, al paso de los meses y los días, el vigor y la ilusión atractiva se va desvaneciendo. La sexualidad rutinaria va como perdiendo encanto, fuerza y necesidad. Beatriz y Celestino eran dos caracteres diferentes y su convivencia fue generando diferencias, en principio banales, pero que con el paso del tiempo se convertían en discusiones llegando al carácter de auténticas “peleas. Se enfrentaban dos egos muy personales. Ella recibía plácemes y reconocimientos, por su acertada e interesante creatividad literaria. Los premios en algunos certámenes sustentaban la valía de su escritura y, también, los ingresos monetarios. Se encerraba cada mañana a la tarea mágica de las palabras y las ideas, sobre el teclado de su “querido” MAC. Se concentraba redactando esas narrativas, artículos, cuentos, novelas, que iban felizmente creciendo en la imaginación de la joven escritora. Le agradaba vivir con un compañero atractivo, charlatán y con dinero, pero desde las primeras semanas se dio cuenta que su esposo necesitaba y no abandonaba la aventura femenina, la novedad, la improvisación relacional y el dulce placer del engaño. Beatriz tenía su propio mundo creativo, por lo que pasaba de nimiedades y chiquilladas, disfrutaba con su profesión y con un hombre simpático y de potente virilidad y expresividad, con la que ganaba bien “los cuartos” y que no renunciaba a la vida alegre. 

Ambos habían decidido aprovechar con plenitud “sus existencias” por lo que no se preocuparon por el trascendental tema de la descendencia. Temían que la llegada de hijos coartase (maternidades y paternidades) su dulce y tranquila estabilidad. 

Cierta e infortunada tarde, en la que Bea estaba ordenando el armario del dormitorio que ambos compartían, descubrió en el bolsillo de la cazadora de Celestino unas “mini bragas” muy sugerentes que ocultarían en poco la suave humanidad de quien las usase. Fabricadas en el mercado chino, ofrecían un intenso color rojo con pequeñas y atrevidas estampaciones del órgano reproductor femenino. Primero sonrió con el trofeo descubierto. “Otra vez Celestino con las suyas”. Pero la sonrisa se mutó en una encadenada carcajada cuando llegaron a las fosas nasales los turbios y añejos aromas que emanaban de la prenda, que por lo visto su mujeriega pareja tanto apreciaba. Otros días fueron llamadas telefónicas a deshora, mensajes de WhatsApp, sonoros delirios oníricos del vendedor del ladrillo edificado. 

Beatriz, después de estos “fascinantes” descubrimientos, volvía con una sonrisa despreciativa al teclado de su ordenador, para continuar su maravillosa tarea creativa de otras vidas y otros mundos. Cuando los minutos se evadían de la ocre realidad, iba a la cocina a prepararse un aromático té “Dunas del Sahara” que se lo había recomendado Abelardo Manzanas, jefe de la Editorial JUNCO donde la escritora trabajaba. Así transcurría la equívoca aventura de un matrimonio, en el que la convivencia era “cómoda” pero cada vez más desvitalizada.Realmente, marido y esposa eran dos egos muy autosuficientes, engreídos y tenaces en sus modus vivendi. La lava volcánica del hastío y la soberbia no tardaría en explosionar. 

Era una tarde de sábado, en la que ambos decidieron ir al cine Albéniz, la última película de Almodóvar, intensa en su dramatismo. Después de cenar besugo asado en un merendero o chiringuito del Paseo Marítimo, paseaban “hundiéndose” en la arena playera. Se detuvieron, cruzaron sus silencios durante unos críticos segundos y se acomodaron en un solitario banco pétreo bajo la humedad malacitana ornada por un cielo majestuoso de estrellas. Estuvieron largo tiempo escuchando la orquesta hídrica de los sonidos percutidos por el oleaje, sin pronunciar palabra alguna.  La valentía de Beatriz quedó una vez más puesta de manifiesto. Mirando fijamente a los ojos de su marido, dijo sin un solo pestañeo:

“Celestino, creo sinceramente que lo nuestro no va. Llevamos cinco años de convivencia y la fuente cada vez mana menos agua ¿Para qué seguir actuando banalmente sobre el escenario, sin un argumento vital que lo justifique?” 

“Como siempre, sabes expresar tus pensamientos como si se los dictaras al teclado” “No son pensamientos, son sentimientos”. Su marido también estaba en la misma onda, pero carecía de ese bien decir. Se encontraba mejor, pera la expresión, en el mundo de los negocios y la apasionada aventura de la cama. En unos días lo tenían bien claro. Iban a romper su vínculo, pero (ambos de acuerdo) lo iban a realizar de una forma festiva. No les faltarían habilidades, tratándose de una imaginativa escritora y de un vendedor de “alta gama inmobiliaria” en sus dotes negociadoras. Dado que conocían a mucha gente, decidieron que iban a dar una feliz gran fiesta de separación matrimonial. 

Contrataron un cáterin especial en la prestigiosa empresa LEPANTO, que se encargaría de organizar todos los servicios con los más mínimos detalles. El precio de la celebración podía “marear” a quien lo conociera, pero los ex contrayentes se lo podían permitir. Entre amigos, compañeros de trabajo, conocidos, familiares, amigos de los amigos, el listado participativo superaba los 300 cubiertos. Todos ellos recibieron esta extensa y “cariñosa” invitación.  

Querido buen amigo. Con exuberante alegría e incontenible emoción, queremos comunicarte que Beatriz y Celestino, tras cinco años de paciente convivencia ¡al fin nos separamos! a dios gracias. Nos sentiríamos inmensamente felices si compartieras con nosotros esta inolvidable ceremonia. Para esta gran efeméride en nuestras vidas celebraremos una gran fiesta, con orquesta y cena incluida, en el afamado cortijo LA ALDABA, Puerto de la Torre, el sábado 25 de julio, fecha del Santo Apóstol, a las 20 horas. 

Sa ruega confirmación de asistencia en el correo electrónico: festival@lepanto.es

Cuenta Unicaja: 001530456075. Para regalos materiales, listado en El Corte Inglés. 

BEATRIZ y CELESTINO.

 

El día del sorprendente y esperado evento la policía local del distrito Puerto de la Torre desarrolló una zonificación de accesos y aparcamientos, aunque también se disponía de dos grandes autocares de la Empresa Torres, que partirían de la puerta del Excmo. Ayuntamiento de Málaga, a las 19 h. 

Habían sido convocados representantes de la prensa local. Las televisiones también enviaron a sus periodista y locutores. El Excmo. Sr. alcalde excusó su asistencia, sustituyéndole el concejal de Servicios Sociales y Armonía familiar Feliciano Alcalá. Dos orquestas o grupos iban a amenizar la gran fiesta: Los JABEGOTES DEL PALO y la Panda de verdiales “LOS CAMPANILLEROS DEL ROCÍO”.

A los armoniosos sones del Himno de Andalucía, cantado por LUPITA DE ALMOGÍA, hicieron su entrada en el muy adornado recinto los “des-contrayentes”, grandes protagonistas del acontecimiento. Celestino iba del brazo de su nuevo “ligue” IRIS Parral de la Oliva (a la que se le notada su estado de buena esperanza) mientras que Beatriz lo hacía del brazo de su señor padre, don LEOPOLDO SAN ANTONIO Almansa, registrador de la propiedad. Esperaba a la radiante pareja, en el estrado ceremonial de separación, un notario amigo de la familia, don LIBERTO Vierteaguas quien dio fe notarial de la gozosa desvinculación. 

La des-contrayente iba ataviada con un lujoso vestido de raso blanco, elaborado exprofeso, por el selecto taller de Manoli Gamba. El des-contrayente vestía una severa y elegante levita de alpaca gris, con el simpático detalle de calzar unas zapatillas deportivas marca CONVERSE de color azul (según había comentado a los amigos, para poder correr y huir con más velocidad de todo aquel montaje, acompañado de su nuevo amorcito Iris). Don liberto certificó la separación, entre los animosos vítores y aplausos, con lluvia de pétalos de rosas, de un enfervorizado público, que ya percibía el suculento olor que emanaba de las bandejas preparadas en manos de los camareros, prestos a servir a los comensales. 

El MENU para la fiesta era suculento. Entremeses ibéricos. Tacita de caldo de caviar a la Siberiana. Parrillada de mariscos. Sorbete de limón o naranja al vodka. Lomo asado a la pimienta, con guarnición de verduritas glaseadas/ Lomos de lubinas asados a la sal de Capadocia, con crema de quesos alsacianos. Gran tarta de 8 plantas, de bizcocho lechado integral con cabello de ángel a la canela, dulce de leche, torrentes de chocolate negro a la guindilla anaranjada. Por supuesto, barra libre para las bebidas. No fueron pocos los invitados que se dejaron vencer por la tentación y acabaron con unas “cogorzas” de manual. 

Cada asistente recibió como regalo una lámina enmarcada en cartón y plástico dorado, dedicada por ambos des-contrayentes, diciéndose adiós con ambas manos, manteniendo en sus rostros pícaras sonrisas, con un fondo de la catedral malacitana en el atardecer. Iniciaron el BAILE de la gozosa ruptura, don Leopoldo con su hija Beatriz y Celestino con su nuevo amor Iris, que lucía una amplia túnica blanca de seda y raso, con remaches dorados y turquesas de botonadura, para disimular su feliz estado de gestación. Los dos grupos orquestales no dejaron de tocar y cantar hasta la media noche, momento en que comenzaron unos vistosos fuegos de artificio, que pusieron color y emoción a la brillante bóveda celestial. Después continuó la fiesta. Sin descanso. El etílico estaba haciendo sus efectos y muchos eran los que planeaban una larga noche de “amor “ y desvarío. Celestino había puesto tierra de por medio, con ayuda de las Converse, aunque Iris, dado su estado y la fractura de una tira de su sandalia izquierda se quejaba del trote “cochinero”, sin que su “Adonis” le hiciera el menor caso. Beatriz, algo ebria, cantaba “a la vida” meditando acerca de cómo aprovechar el gran montaje que habían organizado para su próxima novela

Los autocares partieron de vuelta a la 1 de la madrugada, aunque la mayoría asistentes prefirieron continuar con la glamourosa fiesta, en esa noche inolvidable de estrellas, sexo y luceros, con una luna llena que musitaba sonriente:

“¡Qué gentuza! Cómo entretienen el aburrimiento estos locos y burdos terrícolas”.


 

FIESTAS INSÓLITAS PARA LA INCREDULIDAD


 

 

           José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 03 julio 2026        

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viernes, 26 de junio de 2026

RECORDADOS CHARLATANES CALLEJEROS.

Todas las personas, desde aquellos seres privilegiados en su éxito existencial, hasta la gran mayoría anónima en la humildad de su tránsito terrenal, todos ellos destacan por tener alguna cualidad o capacidad sobresaliente, en cualquier ámbito, género o actividad. Esa habilidad que son capaces de desarrollar en su quehacer público o en su íntima privacidad no es fácilmente explicable, por lo que se les reconoce como una cualidad o destreza innata vinculada a los misterios de la genética o experiencia. 

Los ejemplos que podrían citarse, importantes o banales, serían casi infinitos. Destaquemos algunos de esas insólitas o sorprendentes habilidades.  Caminar descalzo sin caerse por un cable o cuerda de acero, ayudándose de una gran vara flexible para el equilibrio. Construir un velero de la Historia Moderna, con todos los elementos navieros, utilizando para ello centenares de cerillas de madera. Tocar perfectamente la percusión del tambor sobre una puerta, aplicando para ellos los dedos y los nudillos de las manos. Poder dormir a una persona, mirándola fijamente a los ojos y pronunciando algunas frases o palabras. Escribir una corta oración, en la punta de un alfiler. Hablar sin mover los labios, con la destreza de un diestro ventrículo. Poder sumar, restar, multiplicar o dividir cifras en breves segundos, sin utilizar calculadora alguna, sólo con la ayuda de la mente. Saber en todo momento la hora exacta que es, sin tener acceso a reloj alguno, con un acierto asombroso. Averiguar dónde hay un manto freático subterráneo, para construir un pozo, con solo un cordel y un péndulo de plomo (los zahoríes) o con una varilla de madera o metal en forma de Y o L. Leer y resumir el contenido de una novela, en escasos minutos. Y así un largo etc. En este contexto, vayamos pues al relato de esta semana. 

Se llamaba REMIGIO Cestino Balear. Durante su modesta infancia y adolescencia no había destacado en sus labores escolares. Su bagaje formativo solo alcanzaba los estudios primarios. Desistió de estudiar el bachillerato elemental, que en los años 50 se iniciaba a los 10 años. Su padre, HERMINIO, era obrero de carga portuario, entregado a la necesidad de la taberna, finalizando pronto la existencia debido a las profundas borracheras que iba encadenando cada una de las tardes y de manera especial durante los fines de semana. La degradación que provocó en su organismo el alcohol fue un penoso ejemplo para ese hijo único que tenía, en su matrimonio con CARMELA quien, prácticamente en la indigencia se tuvo que “echar a la calle” para “sobrevivir” al fallecimiento de su marido. La pequeña oxigenación económica aparecía, cuando llegaba algún buque de la marina de guerra americana, para recalar en el puerto malagueño durante algunos días. Los fornidos marinos desahogaban sus bríos en los míseros burdeles de la parte antigua de la ciudad.

En ese tan desordenado hogar, Remigio pasaba las horas escuchando con deleite a las señoras mayores de la corrala perchelera donde vivía, distrayéndose con todos los chismes y diretes que intercambiaban como ocio y necesidad las vecinas en el patio común de la corrala. Doña Ramona, doña Engracia, doña Conche, doña Lola, doña Virtudes …  Escuchaba atentamente y asimilaba la “cultura” mundana de aquellas pobres mujeres que tenían mucho recorrido por la vida. Especialmente doña CONCHA, jubilada de la textil malagueña y bien conservada, miembro de la Agrupación Lírica malagueña, que era una charlatana de pro. En ese ambiento convivencial, popular y de intensa llaneza vecinal, fue la “mejor escuela” para un adolescente que no tenía claro el camino decidido por donde iba a circular en su vida. Desde luego Remigio tenía valores innatos para la locuacidad, que se fueron acrecentando con el trato continuo de ese peculiar vecindario de personas mayores y con muchas “aventuras” en sus memorias. Y en el joven Cestino, no sólo iba destacando la capacidad para hablar, sino también la habilidad para convencer, con manifiesta verborrea, al que le escuchaba de sus opiniones y argumentos, aunque fueran más que falaces. 

Dada la precariedad económica de su familia, Remigio comenzó a buscar trabajo “en lo que saliera” cuando aún no había cumplido los quince años. Comenzó de mozo en una tienda de ultramarinos, en donde echó raíces por su formalidad y entrega en sus obligaciones. Al tiempo lo pasaron a la categoría de dependiente, en donde mostraba sus habilidades para atender a los clientes. Así estuvo unos años, hasta que el cambio de propiedad del negocio originó que también cambiaran a los empleados, encontrándose en la calle. Hizo de “Hombre Anuncio” de una marca de productos para el cuidado del cabello. Probó también como ayudante de correos, repartiendo correspondencia por los domicilios de la ciudad durante un largo tiempo. Un amigo le habló de una editorial que ofrecía trabajo a los vendedores de sus enciclopedias. Con la experiencia que tenía, en el reparto de cartas y paquetes postales, fue contratado a comisión para ir por los domicilios y oficinas, ofreciendo la Enciclopedia Espasa, en una edición resumida de 10 volúmenes (la edición general para centros de estudio o personas con dinero alcanzaba los cien volúmenes). Pero sin grandes resultados, pues la gente común no tenía medios ni ganas de gastarse “los cuartos” en libros que no iban a leer y que pesaban más de un cada volumen. 

Un sábado por la tarde, acudió a una casamata residencial en el barrio de Ciudad Jardín. La dirección se la había facilitado la propia editorial, que poseía listados de personas acomodadas en cada provincia. Trataba de convencer, con ímprobo esfuerzo, a don TIBERIO Quintanilla de que adquiriera una enciclopedia histórica, que podía facilitarla a cómodos plazos mensuales. Este comerciante quedó admirado de las brillantes dotes de charlatán locuaz que mostraba el persuasivo vendedor.

“Mire, Cestino. Valoro su esfuerzo en querer endosarme esos seis volúmenes de la Segunda Guerra Mundial, pero a mí me importa “un pepino” los avatares bélicos que padeció el mundo hace unos veinte años.  Comprendo que tiene que ganarse el pan de cada día. Sin embargo, aprecio en Vd. unas dotes expresivas verdaderamente admirables para tratar de convencer a la gente, especialmente a las personas modestas de que adquieran productos útiles para la cocina y la vida diaria. Pertenezco a una empresa de venta callejera, para difundir productos que importamos del mercado chino. Necesitamos vendedores que dediquen sus mañanas a la venta callejera de esos necesarios y baratos productos. Vd. Cestino, tiene el perfil adecuado para trabajar como un dinámico vendedor, con los trucos y habilidades para los que será adecuadamente entrenado”. 

Así, de esta forma tan inesperada e insólita, Remigio se integró en la empresa de Tiberio Quintanilla, como vendedor ambulante. Tras una semana de preparación, instalaba su mesita de tijera o tenderete en un punto urbano de abundante tránsito de viandantes. Era muy conocida su presencia casi diaria en calle Compañía, frente a la gran tienda de cerámicas y cubertería de lujo de Álvarez Fonseca, en la actualidad Museo Thyssen, muy cerca de la Plaza de José Antonio (hoy Plaza de la Constitución).  También se ubicaba en la comercial y muy transitada Calle Nueva y en la Plaza de Félix Sáenz. Ofertaba productos de precio barato y de sorprendente utilidad, como peladores de patatas y frutas. Curiosos y versátiles exprimidores de cítricos. Otras veces eran corbatas de gran calidad a precios increíbles. Mágicos líquidos quitamanchas que actuaban de inmediato sobre la prenda a limpiar. Utilizaba para ello sus grandes dotes de verborrea expresiva (le dieron unas clases prácticas de pronunciación para que aplicara una dicción castellana, que realzaba su figura (vestía con chaqueta y corbata) y convenciera a la masa “poco cultivada” y crédula que, atenta y “boquiabierta”, escuchaba sus atractivas ofertas. 

“Este maravilloso invento no les va a costar ni 25, ni 20, ni 15, ni 10 pesetas. Sólo hoy se lo pueden llevar a casa por el increíble precio de una entrada de cine ¡5 pesetas! Y además les regalo un vaso de plástico, valorado en una peseta, en donde pueden echar el zumo de la naranja, que con el patentado invento del tornillo giratorio, exprime hasta la última gota de zumo que queda en el apetecible cítrico”. 

Remigio llevaba siempre “un reclamo” que se mezclaba entre la masa que rodeaba al convincente truculento vendedor. Era el primero que levantaba el brazo, al grito de “yo le compro un exprimidor”, gesto que animaba a los “embelesados” concurrentes, que pronto abrían su billetero o monedero para sacar las cinco pesetas con que pagar la interesante compra.  

Los niños de aquella época, años 50 de la pasada centuria, buscábamos distracción viendo y escuchando, entre el corrillo de personas adultas, al “mago” de las fluidas expresiones, “envolviéndose” en una densa nube de palabras y gestos, bien ensayados, para “atrapar” de alguna forma a los compradores pusilánimes. Sus modales exquisitos, su elegante porte en el vestir, sus argumentos y hábiles prácticas sobre la mesa de trabajo, generaba nuestra admiración y respeto hacia el locuaz vendedor. 

No podrían finalizar estas líneas sobre los charlatanes callejeros, sin aludir a otro gran personaje de la palabra, en la Málaga de los años 50 y 60. ¡Que viene Matías! Y las gentes rodeaban a esta persona en la calle para escucharle sus certeras palabras. 


MATÍAS Ortega Ruiz había nacido en 1889, en la zona de la Goleta/Molinillo malacitana. Era hijo de un sereno. Estudió en el colegio de los Salesianos y fue soldado durante 16 años. Llegó en la escala castrense a sargento de la Legión. Combatió en la guerra de África, Melilla, obteniendo 8 medallas por su valor en el combate. Cuando la reina Victoria Eugenia de Battenberg (esposa del monarca Alfonso XIII, 1886, 1902, 1931) entregó una bandera en 1921 al Tercio de la Legión (cuerpo de ejército creado en 1920) el sargento Matías pronunció unas palabras ante la regia señora. Volvió a Málaga en 1930 aquejado de una enfermedad mental: Parafrenia (trastornos psicóticos, delirios fantásticos, alucinaciones, ánimo exaltado …) Quedó recluido en el Hospital Civil, en el que gozaba de un régimen abierto, para dar sus diarios paseos y discursos. Iba elegantemente vestido, con sombrero, chaqueta y pañuelo blanco en la solapa. Los malagueños que escuchaban sus discursos y peroratas lo hacían con admiración, cariño y divertimento. Cuando terminaba su perorata, en la que mostraba su gran cultura y agudeza mental, daba una patada en el suelo al grito de “¡lo dice Matías! Falleció en el Hospital Civil de Málaga el 23 de febrero 1971, a los 82 años. 

El autor de estas líneas era uno de aquellos niños que también se arremolinaban alrededor de Matías, escuchando sus palabras y observando sus gestos teatrales y mímicos. Era la España de los 50/60. –

 

 

 

RECORDADOS CHARLATANES

CALLEJEROS

 

 

                      José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 26 junio 2026       

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viernes, 19 de junio de 2026

UNA ATRACTIVA EXCURSIÓN SABATINA

CÁSTULO Zambrana Albarrán era un buen hombre jubilado, que durante su vida laboral había trabajado con dureza en el campo andaluz. Preparaba la tierra, sembraba, regaba, cultivaba y recolectaba en una gran finca (también con una gran zona dedicado al olivar) que poseían los señores condes de MONTEFLORO, en la amplia campiña jienense. Contrajo matrimonio con CASILDA Morón de la Cueva, mujer hacendosa, que había sabido llevar su casa y la crianza de sus tres varones. La vida de Cástulo se simplificaba con escasas palabras: trabajo, comida y cama. En absoluto era devoto de la iglesia, ceremonias a la sí asistía su mujer para escuchar la misa de doce los domingos y fiestas de guardar. 

Los años fueron pasando con paciente rutina, los chicos crecieron, yéndose uno tras otro a la capital, en l que encontraron acomodo en diversos oficios manuales y en la restauración. Formaron sus familias y evitaron volver a su pueblo de VILLAFRANCA DEL PALMAR, en donde habían nacido y pasado su infancia y adolescencia. Bromeaban comentando que ellos se habían hecho “urbanitas” y nada querían de la azada, la hoz y la trilla, trabajando la dureza de la tierra bajo el sol ardiente o los fuertes aguaceros de la naturaleza. Al alcanzar la edad de jubilación, el señor conde, don RAIMUNDO, le dio una palmada en la espalda, agradeciéndole los servicios prestados durante tantos años, junto a un sobre con 500 pts. Para que se las gastara en algún capricho, ahora que iba a tener tiempo abundante para el ocio. 

“Muchas gracias, don Raimundo y que tenga Vd. y su señora esposa, doña ALONDRA muchos años de vida. Siempre seré su fiel servidor para lo que tenga a bien mandar” inclinando su cuerpo hasta en tres ocasiones. 

Este servicial labriego se distraía en su “nueva vida” cuidando unas gallinas, y unas cabras que tenía en el establo. Poseía un pequeño terreno detrás de su vivienda (que había autoconstruido “con sus manos” e ímprobo esfuerzo) cuando volvió de prestar el servicio militar a la Patria) en el que cultivaba algunos vegetales que dieran “cuerpo” a la olla del cocido casi a diario. 

Fue un golpe muy duro que el esforzado esposo recibió cuando “se le fue” su Casilda, a causa de algún fallo en el corazón, agravado por su buen comer y el descontrol con el engorde. Aceptando sumisamente la realidad, continuó viviendo en su casa de siempre, y cultivando el terrenillo y cuidando los animales. Para su distracción poseía un viejo aparato de radio, donde le gustaba escuchar a las divas de la canción española y también el “parte” de Radio Nacional. Por las tardes solía reunirse con su amigo de muchos años, llamado IRINEO, para tomar la cervecita y jugar unas partidas de dominó en el HOGAR DEL JUBILADO, instalado precisamente en un caserón abandonado, junto al tanatorio municipal.   

Ambos amigos se llevaban bastante bien. Irineo había sido cabrero, caminando por muchos campos junto a su rebaño de cabras, tarea que completaba con un pequeño negocio de venta de leche y quesos que él mismo elaboraba. Ahora ese negocio lácteo lo llevaba su hija Venancia.

“Cástulo, el ayuntamiento ha organizado para el sábado que viene una excursión, con comida incluida. Se visita el pueblo de TORREREDONDA. Allí nos enseñarán la iglesia, que llaman “colegiata” de Ntra. Sra. del Amparo, además del Castillo musulmán de Alhaken el Moro. El precio está subvencionado por la asociación. Cada uno paga 35 pesetas, por el autobús, la visita a los monumentos y el almuerzo en el cortijo EL ABEJORRO” Irineo convenció a Cástulo, a regañadientes, de que había que “apuntarse para viajar y salir de casa. 

Ese sábado afortunado para el disfrute, fueron 49 vecinos los que viajaron desde Villafranca del Palmar hasta Torreredonda. A 35 km. de la partida, el muy vetusto autobús de antes de la Guerra del 36, comenzó a expulsar por el motor un humo ennegrecido. Emitía, al tiempo, unos sonidos misteriosos, parecidos a los mugidos de una vaca. TRISTÁN Alcoba, el conductor, quien también ejercía de mecánico, no paraba de repetir “esto es cosa de la junta de culata”. Vieron además que “la camioneta, como la llamaban, perdía combustible por una pequeña grieta en el depósito de gasolina, por pura obsolescencia. Buscaron una cortinilla vieja, desflecada, de una ventanilla y con ella hicieron un tosco torniquete en el conducto de la gasolina hacia el carburador.  Una vez que el motor se enfrió, prosiguieron la marcha, después de una reparación de más de media hora. Tuvieron la mala suerte, pues al pasar cerca de unas colmenas de abejas, algunas entraron por las ventanillas abiertas dado el calor reinante en el exterior del vehículo. Muchos excursionistas se pusieron a “cazar” abejas, una de las cuales picó en la nariz a Felisa, la mujer del alcalde. Algunos viajeros indicaban que no podían aguantar sin “hacer menores”. En un pedregal, con abundante majadas de vacas, el bus se detuvo y cada cual buscó su acomodo. La pequeña zona quedó bien hidratada y el algún caso “abonada”. 

Al fin llegaron al destino de la visita: el pueblo de Torreredonda. Faltaban quince minutos para el mediodía y hasta el momento las incidencias soportadas (aunque superadas) no habían hecho grato el desplazamiento. Aparcaron en la plaza de la localidad y los viajeros se aperaron de la vetusta “tartana” que seguía echando humo desde la zona del motor.

Tras una breve introducción de CAMILO Arana, el guía municipal, resumiendo algunas características históricas, económicas y monumentales del pueblo, caminaron hacia la iglesia colegiata de la Virgen del Amparo. Las escasas personas que había en las calles, muy veteranas, observaban con extrañeza la “comitiva” de los cuarenta y nueve turistas, más el guía que los orientaba con una sombrilla abierta de color verde oscuro para protegerse del intenso sol.  El templo, bastante deteriorado por el paso del tiempo y la falta de cuidados, tenía una monumental arquitectura barroca. Pero se encontraron con las dos grandes puertas cerradas. Había que localizar al párroco, don EZEQUIEL o al sacristán Bonilla, para que abrieran la puerta. La solanera era cada vez más molesta y el calor “castigaba” con fuerza. La espera se hizo larga, pues el párroco había acudido a consulta del dentista en la capital y Wenceslao BONILLA se había marchado a recoger unas olivas en un pequeño terreno que tenía en la colina del Buey, a unos tres km del centro de la localidad. Después de unos tres cuartos de hora esperando de pie o sentados en los apoyos más originales, al fin apareció Camilo “resoplando” con las llaves, que estaban ensartadas en una ruda herradura de bestia. 

El interior del templo, a tres naves, con un olor a pergamino o tocino añejo (posiblemente por las velas) ofrecía un panorama oscurecido y lóbrego, reflejando el ambiente de una época bien remota en el tiempo. Las esculturas de santos, tallas barrocas en madera policromada, sobrecogían por sus austeras expresiones, generando impacto anímico entre los visitantes. El artesonado de la bóveda, la cera ennegrecida sobre el suelo los dos grandes velones en el altar mayor marcaban el sobrecogedor ambiente. Tras una urna de cristal, había un impactante osario, y entre el polvo huesos de todo el esqueleto, venerados como reliquias. El Cristo muerto en el santo sepulcro y los dos confesionarios oscurecidos por la antigüedad de la madera marcaban unos elementos lóbregos y tenebrosos, que se multiplicaba por todo el recinto sacro. El frío de la piedra, la oscuridad sepulcral, el tenebrismo artístico, con pinturas que apenas se distinguían por estar cansinamente ennegrecidas y carentes de restauración y limpieza, esas miradas de patético dramatismo en los rostros de las figuras y persistentemente ese olor de objetos viejos, anticuados, y rancio a sacristía. Verdaderamente el ambiente era escasamente estimulante para exaltar el ánimo sobrecogido de personas bastante mayores, Todo olía y se sentía a viejo. Olía a beata vieja de sacristía.

Cástulo se preguntaba “y yo qué hago aquí, sin en mi vida apenas pasaba por la iglesia, Solo entré en ella para la boda y el bautizo de los niños”. Por fortuna, después de 45 minutos en aquel ambiente deprimente, camilo puso fin a la tétrica visita.



Desde allí se encaminaron a las ruinas del Castillo de Torreredonda , para lo que había que subir una ondulada cuesta, con el suelo de tierra y piedra, cuya longitud se acercaba a los tres km, hasta alcanzar los primeros paños pétreos de muralla. Los resoplidos del veterano labriego, y de muchos de sus compañeros de viaje, con sus años a cuestas se acompasaban con las pisadas en un suelo de tierra pedregoso, cuyos guijarros se hincaban en las suelas de esparto de las albarcas, que Cástulo usaba por sus problemas en los pies. Camilo explicaba y explicaba, tratando de motivas la imaginación de los oyentes, tratando de dibujar en las mentes cómo sería aquella fortaleza seis siglos atrás. El sol seguía calentando a castigo. Cástulo no había sido previsor y no había llevado en su bolsa el botellín de agua, necesario para recorrer los espacios objeto de la cansina visita. La sed lo castigaba en todo su cuerpo ¡Cuánto daría por una cerveza bien fresquita que hidratara su árida garganta, una clarita con sabor a limón! 

Era la 1:30 y el buen campesino, muy cansado, sentía que le picaba el estómago. Al fin dejaron esos pétreos restos castrenses que en su origen constituyeron un “artístico” castillo musulmán. Bajaron la cuesta pedregosa ondulada y se encaminaron al cortijo restaurante del Abejorro. Después de las caminatas y paseos, los estómagos de los participantes estaban ávidos de alimento. Era un almuerzo concertado. En un gran salón, se encontraron tres grandes meses redondas, para 18 comensales cada una. A pesar de unos ventiladores colocados en el techo, hacía calor y las moscas revoloteaban por todo el salón comedor. Y llegó el menú. Plato de ensalada para cuatro. Abundante lechuga, zanahoria, tomate y pimiento. Unas aceitunas y unos trozos de atún se echaban en falta. Sopa de picadillo, con escaso jamón o pollo y mucho huevo duro. El plato central del almuerzo era una chuleta de cerdo frita con patatas a lo pobre, Cuando llegó la chuleta, entre el largo hueso limpio de carne y la “guarnición” de sebo que traía el manjar, la chuleta “útil” quedó severamente limitada para personas hambrientas. Lo más suculentos fueron las patatas a lo pobre. Vino tinto, duro y picado, para todos. De postre un cubito de natillas de la casa, con abundantes grumos de Maizena sin diluir. Aquellos viajeros que deseaban tomas un café, tuvieron que pagarlo aparte.

Cuando a las 5 de la tarde volvía de Torreredonda a Villafranca del Palmar, Cástulo, cansado, hambriento, sofocado por el calor, le decía a su amigo Irineo: “Con lo bien que yo habría estado sentado en el zaguán de mi casa, junto a un botijo de agua fresquita, un abanico y un sombrero de paja, que me aliviara del sol. Otra vez me lo pensaré porque esto de hacer turismo tiene su “coste” y yo no tengo ya el cuerpo para sufrir la colegiata, el castillo en ruinas y el menú del Abejorro. Ni un café nos regalaron. Prefiero la tranquilidad de la vida, amigo Irineo. Tengo los pies, con las albarcas de espartos, llenos de rozaduras, algunas ampollas y los “juanetes” me están martirizando” No resistiría otra expedición”. Los dos amigos se fueron al bar del “Bizco” para pedir sus cafés con leche y para jugar algunas partiditas de dominó. Tomarían algo en el bar y se irían pronto a la cama. El día había sido muy intenso.  -

 

UNA ATRACTIVA

EXCURSIÓN SABATINA

  

 

 

 

 

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viernes, 12 de junio de 2026

LA DECISIÓN DEL PÀDRE EUSEBIO.

Es bastante probable que muchos de los lectores de estos relatos hayan tenido la experiencia de conocer a algún miembro del clero, regular o secular, monje, fraile o sacerdote, que, en un momento de su ministerio o función sacerdotal, haya tomado la muy difícil decisión de exclaustrarse o secularizarse. La misma “libertad” que esa persona tuvo para ingresar en un monasterio, convento o jurar los votos para ejercer el sacerdocio, también la asume para pasar a la ciudadanía laica, desde el ámbito eclesiástico. 

Parece lógico que cuando un miembro militante de la iglesia católica adopta esa “drástica” decisión en su vida de abandonar “los hábitos” no lo hace “a la ligera”. Dar ese paso trascendente, como es dejar su función sacerdotal, debe conllevar largos e intensos meses de reflexión, meditación y sacrificio personal. Durante esa fase de duda espiritual, pueden abandonar definitivamente esa pretensión de secularización. Pero hay otros componentes del estamento eclesiástico que, finalmente adoptan ese cambio trascendente en sus vidas, renunciando a seguir ejerciendo el sacerdocio. En este contexto se inserta nuestro relato semanal. 

El Padre EUSEBIO Sibajas, ejercía como sacerdote párroco en una localidad de la Axarquía malagueña. Había estudiado en el Seminario conciliar de Málaga, en donde ingresó en 1941, con apenas doce años. El deseo de su madre, viuda de guerra, fue decisivo en esta opción. En aquellos muy difíciles años de la posguerra española, a partir de 1939, fueron muchos los niños y jóvenes que buscaron en el seminario el mejor centro de estudios en el que podían recibir una formación de calidad, en unos años brumosos de intensas carencias y penalidades. Su aplicación en el estudio como seminarista fue ejemplar y siguiendo el proceso normativo de la curia eclesiástica, fue propuesto para que tomara los hábitos sacerdotales y “cantara” misa a los veinticuatro años, para alegría propia y de sus familiares y amigos, especialmente su señora madre, doña ANGUSTIAS

Tuvo destinos temporales, por parte del Obispado, como coadjutor del párroco titular en distintas localidades de la diócesis malagueña. Su madre lo acompañaba con el orgullo ilusionado de ver a su hijo “bien colocado” o situado, en un puesto tan importante para la salud religiosa de la feligresía del lugar. Tener un hijo que vestía sotana, al que los habitantes del lugar llamaban “don Eusebio” o Padre Eusebio era toda una satisfacción para una madre abnegada, que tanto había sufrido con los rigores y crueldad de la guerra fratricida española, desde 1936-1939.

Al fin, el Rvdo. Sr. Obispo de la diócesis lo envió a un pueblo de la Axarquía malagueña, ya como párroco titular. A punto de cumplir los cuarenta, era un apetecible logro, para un hijo y su madre, que tanto habían “luchado” en esas décadas nubladas de la Historia de España. Su labor pastoral como el padre cura de la localidad era reconocida por los lugareños de un pueblecito pescador y agrario, que también recibía un flujo económico durante los meses del estío, cuando turistas nacionales se desplazaban con sus familias para pasar esos meses vacacionales, alquilando para ello parte de la vivienda de familias modestas, que se avenían a ceder la parte principal de sus casas para que los visitantes disfrutaran del sol y la playa y de los incentivos rurales del lugar.  La popular feria de Santiago y Santa Ana a finales de julio, el desplazamiento para visitar la capital que se realizaba en pocos minutos o usando el inolvidable tren de “la cochinita” en su trayecto paralelo al mar, la serena tranquilidad de la vida rural y una sana y suculenta restauración con precios muy asequibles eran fuertes incentivos para acudir a la localidad. Las pesetas que dejaban los señores de otras provincias españolas “oxigenaba” la precaria economía de estas sencillas familias que trabajaban en la agricultura y en la pesca de arrastre que las barcas de traíñas realizaban durante las horas nocturnas, en las que sacar el copo hacia la arena de la playa era un fascinante y esforzado espectáculo que se complementaba con el pescado fresco que era tan apetecible para consumir frito o asado en los restaurantes y en las mesas de los hogares particulares. 

Pasados unos diez años, el Padre Eusebio recibió desde el obispado el traslado de su misión pastoral a un nuevo destino. Era una nueva parroquia situada en una populosa barriada pesquera de la capital malacitana, dada la solvencia sacerdotal demostrada en el ejercicio de sus funciones religiosas. Doña Angustias continuó acompañando y asistiendo a su hijo, en la nueva parroquia, teniendo que abandonar ese pueblecito tan querido en el que también había sido muy apreciada y atendida por las amigas y vecinas. 

Las leyes del calendario, en la vida de las personas, generó que la admirada doña Angustias terminase su largo recorrido existencial, falleciendo con la alegría de ver lograda su gran aspiración de tener un sacerdote en la familia, hijo de su propia sangre. La pérdida de una madre tan querida y admirada fue un durísimo golpe anímico y vocacional para el padre Eusebio, ya inserto en su medio siglo de vida. El dolor por la pérdida de una madre que tanto había supuesto en su desarrollo personal se unió al también insoportable dolor de la cruel soledad vivencial, que cada vez más le abrumaba. En los momentos de mayor declive anímico, el ya veterano sacerdote comenzó a sentirse abrumado por las dudas acerca de los verdaderos fundamentos de su vocación pastoral, como miembro cualificado de la iglesia católica. El Eusebio hombre, en la soledad de su actual circunstancia, veía que avanzaba sin pausa el calendario de su existencia, sintiendo que la potencialidad sexual para la genética le atormentaba cada vez más, necesidad que antes había sabido dominar por el ejercicio de sus funciones y la proximidad de su querida madre. Sentía que se le iba acabando la oportunidad, como hombre, de poder formar una familia. En esta vorágine depresiva, se preguntaba si en él había realmente existido esa imprescindible vocación para el ejercicio sacerdotal. El destino, imprevisible y travieso, quiso colaborar en la confusión vocacional de este cura, poniendo en su camino a una mujer parroquial, mucho más joven que él. 

Algunos compañeros sacerdotes trataron de ayudarle en ese momento crítico que había llegado a su existencia. Le ofrecieron, con más o menos delicadeza y estilo, “sabios” consejos para que no llegara a la secularización. En el entorno clerical hubo más severidad que comprensión. En la situación tan abrumada, confusa y bien amarga en la que se encontraba, solicitó audiencia con el prelado de la diócesis, su “jefe” directo como sacerdote. El Sr Obispo, tras escucharle con atención y benevolencia, ofreció a su compañero que se recluyera durante unas semanas, para que se centrara en la meditación, la oración y el sacrificio, y que intentara recuperar “la cordura”, sensatez que era necesaria aplicar antes de dar un paso de tal trascendencia en su camino por la vida. La oferta, sugerencia o mandato del prelado fue aceptada por Eusebio, que continuaba a la deriva en un mar embravecido de dudas. Paralelo a todos estos vaivenes anímicos, éticos y vocacionales, encontraba paz e ilusión cuando se reunía con esa feligresa que había despertado su atracción y necesidad, en su acre lucha contra la soledad. El sentimiento y atracción de esa mujer hacia él también era muy intenso. 

No había cumplido una semana de hospedaje en el monasterio benedictino burgalés, cuando Eusebio se despidió del abad monacal, quien le dio la bendición para que tomara el camino más sincero y valiente con respecto a su conciencia. Eusebio abandonó las reglas monacales y volvió con toda premura a su lugar de origen. En 24 horas había presentado la documentación necesaria para solicitar la dispensa papal. La alegría de VIRGINIA su compañera afectiva, tratando de guardar la compostura, era emocionante y entrañable.

Don Eusebio Sibajas se gana actualmente la vida como profesor de latín y religión en un centro educativo confesional de titularidad privada, de notable prestigio en la educación malagueña. Está casado “por la iglesia” con ese amor terrenal que ambos, hombre y mujer, se profesaban. En pocos años, trajeron a la vida a tres hijos, preciado tesoro que da luz y sentido a sus vidas. Viven con sencillez y alegría, confiados en haber hecho lo correcto en un momento trascendental de sus existencias. Los dos han cogido kilos y Eusebio no echa de menos el traje clerical, clergyman (antes fue la sotana) que vistió con dignidad y responsabilidad, durante más de dos décadas. 


En la sencillez de la confidencia, compartiendo ese café de amistad fraterna con algún amigo “de siempre” (otros habían dejado “injustamente” de serlo) confesaba, con el timbre de su voz melodiosa que le caracterizaba, que al paso de los años ejerciendo como sacerdote fue tomando conciencia de que su vocación inicial no era tal. “Había que sobrevivir, en la angosta y árida dureza de una España, nublada y triste, recién salida de una muy cruenta guerra entre hermanos. La pérdida de mi madre fue definitiva para la secularización. Con ella viva nunca habría dado este paso tan difícil, hacia la sinceridad absoluta de mi conciencia y necesidad. Pero Virginia ha sido mi ángel salvador, en el cruel marasmo de la soledad”. Los dos veteranos amigos continuaron hablando acerca del discutible “precepto” del celibato sacerdotal y sus consecuencias personales y sociales. –

 

 

LA DECISIÓN DEL PADRE

EUSEBIO


 

 

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