viernes, 3 de abril de 2026

LUCES PARA UN DIFÍCIL PERO FASCINANTE RETORNO


La vida nos enseña cómo, en los momentos más críticos de las personas, pueden aparecer caminos o luces que permiten salir o liberarnos de las tinieblas problemáticas en las que nos hallamos sumidos. ¿Suerte, oportunidad, imaginación, casualidad, esfuerzo…? Ese destino, que tanto interviene en nuestro recorrido vital, siempre ayudado por el aporte insoslayable de la voluntad, sería el único que podría responder a este complicado interrogante. Hay personas que identifican a ese críptico destino, con la fe, con la providencia divina, que sustenta a las diversas religiones. Vayamos ya a la historia de este relato, que aporte valores a nuestra rutina de cada día. 

ISRAEL Ramírez trabajaba como funcionario de la Administración de Correos, en la central madrileña, atendiendo al departamento de clasificación y paquetería. No tuvo estudios destacados, ni especiales resultados, en su etapa escolar. Su mayor nivel de titulación era un módulo profesional de grado medio sobre la técnica cinematográfica, que enriqueció a los pocos años con otro módulo, ya de grado superior, sobre dirección y producción en el cine. 

Efectivamente, desde pequeño Israel se caracterizaba por ser un gran “cinéfilo”. No había semana en que, con sus padres o con sus amigos, faltase a una sesión de programa doble, en las numerosas salas de la capital madrileña. Consideraba el cine como el oxígeno que necesitamos para la distracción, el pensamiento y el enriquecimiento de nuestras vidas. Tuvo varios trabajos en el ámbito de la restauración, hasta que logró entrar como auxiliar en la Estafeta Central de Correos, con 26 años cumplidos. Supo echar raíces en esa “colocación”, pues en un par de años consiguió una estabilidad como funcionario, en unas convocatorias de oposición de régimen interno. Esa actividad laboral le permitía dedicar las tardes a esa gran afición que llevaba “inoculada” en su sangre, siendo un espectador fiel y entusiasta con casi todo lo que se proyectaba en las grandes pantallas de los cines. Su horario laboral era de 8 a 15 horas, entre lunes y viernes, aunque una mañana de cada cuatro sábados tenía que acudir a su puesto de trabajo. 

Ya en la treintena, tras la realización de un curso práctico de dirección de cortos y películas, y disponiendo de una notable bibliografía sobre el séptimo arte, se le despertó esa ilusión, revestida de utopía, que en realidad había mantenido desde años atrás, de dirigir el rodaje de una película. Como era persona diestra en la creatividad literaria, pasó unos meses escribiendo un detallado guion que, en su momento y según las circunstancias, podría ser llevado al cine. Paso muchas tardes sentado ante su entrañable ordenador MAC tecleando con admirable constancia una historia que como título provisional se llamaría PAUL & SARA, una sutil comedia dramática, entre dos personas afectadas por la bipolaridad (trastornos anímicos muy contrastados y cambiantes). Después de casi medio año dedicado, como primerizo, a esta difícil labor, entendió que el dossier (180 folios) estaba presentable, como para llevarlo a encuadernar y ofrecer copias del guion a las oficinas de productoras con una cierta categoría empresarial. 

Con ilusión y paciencia fue visitando productoras madrileñas, utilizando para ellos las tardes que las tenía libres en sus obligaciones laborables de Correos. Trataba de convencer a los productores, para que aceptaran leer “el libreto” que con tanto esfuerzo había escrito. En todas las oficinas, indicaba que, en caso de ser aceptado, se encontraba capacitado para dirigir la película. Fueron muchas las tardes en que, utilizando las líneas del metropolitano madrileño, recorría abundantes km, también a pie, con unos resultados verdaderamente desalentadores.  Algunas productoras le respondían que tenían muchos guiones a la espera de ser leídos y valorados. En otras empresas le decían, con meridiana claridad, que tenía que admitir unas condiciones contractuales, lastimosamente “leoninas” si aceptaban leer su trabajo. 

Pero la suerte hay que buscarla, con tesón y confianza. Se encontró con una pequeña productora, fundada por cineastas jóvenes, EL ARCO IRIS, cuyo propietario financiero era una persona muy peculiar en sus modales y amistades, llamado MODESTO Manaute, un cuarentón gay muy bromista, aficionado al cine (había intentado ser actor, sin posibilidades reales de éxito) que desarrollaba una vida bastante relajada y ociosa, gracias a que había recibido una herencia muy estimable de su abuela materna, propietaria de muchas hectáreas de tierras dedicadas básicamente al cultivo de cereales y ganado bobino, en la provincia castellana de Zamora. Desde el primer momento, hubo sintonía entre Isra y Mode, ya que ambos compartían intensamente la misma vocación cultural y tendencia sexual. El “libreto” guion de Paul & Sara encantó al bien parecido productor quien, después de varios encuentros, en una noche de delirio le confesó su 9ilusionado propósito: “Vas a dirigir tu primera película, querido Mode. Te voy a llevar a los altares del reino cinematográfico”. 

Unos meses después, una vez superadas dificultades técnicas y económicas, la película finalizó su rodaje, contando con voluntariosos actores jóvenes, no conocidos en el mundo del cine, pero que supieron rentabilizar creativamente la carga dramática de una fascinante historia. La maestría innata de Israel Ramírez, director y guionista sorprendió gratamente a la crítica especializada y a los espectadores, que sustentaron un muy interesante y prometedor taquillaje. La película fue premiada en algunos festivales, especialmente de cine indie (independiente de los grandes circuitos, reducida financiación y temáticas experimentales y profundas) y también obtuvo su nominación para los premios Goya del cine español. Paul & Sara no consiguió el Goya a la mejor película, pero parte de la crítica consideró que era la vencedora “moral”. La cinta fue vendida a varios países de habla hispana y también subtitulada o doblada al inglés para ser exhibida en geografías de lengua inglesa. Tal era la euforia del joven director y guionista, 38, que solicitó excedencia de dos años de su trabajo como funcionario de Correos, que posteriormente amplió a cuatro. La ópera prima de este joven realizador había causado un gran, inesperado y positivo impacto entre los “buenos” aficionador al cine. 

El fulgor relacional entre Isra y Mode fue paulatinamente decreciendo en grados afectivos, tal vez por esa rutina imaginativa y cansina que tanto nos desvitaliza, Sin embargo, Mode siempre estuvo dispuesto a financiar nuevos proyectos (buenos euros habían ganado con esta “primerísima obra” de su amigo y protegido director emergente) Así que tres años después, Isra pudo rodar su segunda película, de la que también era guionista. Muy esperado por la crítica y el público aficionado, dio sorpresivamente un enorme “batacazo” en la opinión crítica y fracaso total en las taquillas. En algunos cines, su proyección apenas se mantuvo durante una semana. 

La productora Arco Iris quedó sumida en unos preocupantes “números rojos”. La habilidad de Mode para los negocios permitió sacar a flote a una productora que se “iba a pique”. Fue una gran cura de humildad, que tuvo su negativa repercusión profesional para el futuro cinematográfico del antiguo funcionario de correos. Y así pasaron los meses y años. La vibrante relación inicial entre Mode e Isra ya era historia. El funcionario de correos y frustrado director del séptimo arte se vio obligado a pedir el reingreso en su antiguo ámbito laboral. Tenía que “comer”. Su fama de “joven prodigio” se había volatizado. Era un realizador fracasado, tras su segunda y desafortunada película en la apreciación popular. 

Con una edad que se aproximaba al medio siglo de vida, Isra trabajaba como oficial de Correos, aunque por las tardes seguía disfrutando con el visionado de lo mejor que ofrecía la cartelera cinematográfica. No había dejado de escribir, guardando en los archivos de su ordenador decenas de páginas, que podrían sustentar algún día interesantes guiones para ser llevados a las pantallas. Una tarde, cuando salió de su trabajo, vio con sorpresa que lo estaba esperando su viejo e íntimo amigo, Modesto Manaute. 

“Recuperemos la amistad, mi querido amigo. Te confieso que estoy medio arruinado. En los dos últimos años he tenido una relación afectiva, tumultuosa, llena de denuncias recíprocas y reconciliaciones, con un joven de nacionalidad china, experto en artes marciales, que se esfuerza por ser un gran actor en pantalla. Todo ello me ha dejado con “números rojos” en mi cuenta bancaria. Ahora sólo subsisto con algunos pequeños proyectos y encargos en el ámbito publicitario. Pero no debes preocuparte, ni aceptar el freno de tu carrera como director y guionista. El público se va olvidando del traspiés que tuvimos en tu segunda realización. Te propongo que luchemos juntos, ahora que estás en plena madurez, por la tercera y definitiva obra, que vas a escribir y por supuesto a dirigir, para recuperar ese liderazgo, éxito al que nunca debiste renunciar.”

Isra, con emoción indisimulada, le contó que tenía preparados no menos que cinco guiones, todos ellos “muy aprovechables”. “Se me ocurre que dos de ellos podrían fundirse en una notable producción que atraería masas de público a las salas. Pero necesitaríamos una gran estrella de las pantallas, para desarrollar con atracción popular la historia ¿Pero qué gran estrella del cine va a querer integrarse en el equipo de interpretación como protagonista, en un Arco Iris sumido en el letargo, y a qué precio …?” “Tengo una gran idea en mente. Déjame que le la explique, querido Isra”. 



Y aquí entra en la historia VALENTINA PAZ“Había sido una gran actriz del cine y también de las representaciones escénicas. Tuvo sus años de esplendor en los años 80 y 90. Con el nuevo siglo, esa luz fascinante que irradiaba en sus interpretaciones se fue paulatinamente apagando, a causa de los gustos de los espectadores y también porque la edad fue haciendo mella en su gran belleza. A partir de su medio siglo de vida, sus apariciones en las películas se fueron espaciando cada vez en tiempos más dilatados. Además, le fueron llegando papeles cada vez más secundarios, dejando el protagonismo a otras actrices más jóvenes en la fama diaria. Ella, imagino que con dolor” fue aceptando esta relegación y olvido del gran público. Desde hace más de una década no ha pisado un plató de rodaje. Físicamente lleva bien su categoría de septuagenaria, pero los años no perdonan ante los caprichos de la masa popular. Hace unas semanas tuve la gran oportunidad de dialogar con ella, cuando asistía a la presentación de una novela de un joven escritor con un best seller ya en su trayectoria creativa. Compartimos unos cafés y con dulzura, pero no pudiendo ocultar su tristeza, me confiaba su dolor   por el olvido que sufría por parte de la industria del cine. Y aquí entras tu, Aunque pertenecéis a generaciones distintas, los dos necesitáis un revulsivo para que de nuevo broten nuevas flores, como realizaciones que atraigan de nuevo al público que ha olvidado vuestros nombres. Entre esos guiones que me comentas (siempre has sido un buen escritor) ¿podrías introducir a Valentina, como actriz protagonista? 

De esta forma tan oportuna y sugestiva, el ya veterano Modesto estaba abriendo las puertas de la esperanza a dos artistas que habían caído en el hoyo del olvido profesional y popular. Efectivamente, Valentina Paz había rodado en su época álgida más de cuarenta películas, más de la mistad como protagonista absoluta. En la actualidad, vivía con una elegante modestia (su representante había mal utilizado los ahorros de su época glamourosa). Aunque los años del calendario habían marchitado su cuerpo, mantenía esa pícara sonrisa que tanto le caracterizaba. Nunca había perdido la esperanza de ser reclamada por la industria del cine. Sin embargo, esas llamadas, tantas veces esperadas, no tuvieron la generosidad de ser efectuadas.  De esta manera, dos almas fracasadas buscaban en camino artístico en el que resurgir. 

Fue una conversación emotiva y entrañable, compartiendo sendas tazas de té y unas pastas toledanas, entre un ya veterano director y guionista, que había logrado sobrevivir como funcionario de la administración de correos, y una antigua estrella de la pantalla, que deseaba en su recorrido final por la vida tener una nueva oportunidad para despedirse con dignidad de las bambalinas interpretativas, para el disfrute de sus fieles seguidores.

Isra le dejó un primoroso guion, con el título provisional de LOS ESPEJOS DEL ALMA, para que lo leyera con tranquilidad, prometiéndole que en unas semanas volvería a visitarla para anotar juntos las correcciones necesarias. Todo estaba por hacer, todo estaba por construir, pero dos artistas, sumidos en las horas bajas del camino, habían sabido abrir una puerta esperanzada por donde volvería a entrar esa luz motivadora para un difícil pero fascinante retorno. – 

 

 

 

 

LUCES PARA UN DIFÍCIL PERO FASCINANTE RETORNO

 

 

                            José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 03 abril 2026        

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sábado, 28 de marzo de 2026

RECUERDOS QUE NO SABEMOS CÓMO BORRAR

 


La cafetería SOL, muy bien ubicada en plena Alameda Principal y con una delicada decoración naturalista, tan grata para la vista, estaba casi “al completo” a esa hora para la merienda, como solía ocurrir en todos los atardeceres. JULIO Arriaga, 47, había dejado por un momento el trabajo en el bufete con su apreciado MAC, decidiendo bajar del despacho a la calle, a fin de tomar un café con leche y canela, completado con algunos de los sabrosos hojaldres que elaboraba el popular obrador del establecimiento restaurador. El trasiego urbano era intenso, pues las siete de la tarde es hora paras compras, tomar la merienda y desplazarse en paseo de un lugar a otro para la movilidad ciudadana.

Tuvo suerte en la cafetería restaurante, pues un matrimonio joven, con un retoño juguetón de pocos años, acompañado de un grandote peluche de oso blanco, se levantaron de una mesa esquinera, una vez que el camarero les había traído la vuelta de la consumición. Tomó asiento, mientras el camarero limpiaba la mesa de esos restos que normalmente se dejan desordenados, para que otros hagan el trabajo o esfuerzo de quitarlos. Pronto le trajeron el servicio, disfrutando de la sabrosa infusión y del delicioso pastel relleno de cabello de ángel con canela, que prácticamente habían recién sacado del horno.

El abogado observaba con discreción a unos y otros comensales, que no cesaban de hablar, a veces elevando en demasía el volumen de voz, disfrutando como él de sus meriendas, en las que también abundaban los churros con chocolate caliente de “la abuela”. Estaba un poco ensimismado con el escénico y alegre espectáculo, cuando una frágil mano le tocó o se posó sobre su hombro. Se volvió intrigado y ante sí tenía a una mujer que en un par se segundos supo reconocer.

“¿Cómo estás, Julio?” Quien amistosamente así le hablaba era SONIA Bilbao, a la que vio bastante “cambiada”. Reaccionó con rapidez caballerosa, trayéndole una silla sobrante en una mesa vecina. “¿Me has reconocido ya? Seguro, Sonia, pero es que han pasado … 12 años. Lógicamente ambos estamos muy cambiados. Es la ley del almanaque”. “Te conservas muy bien. Algunas canas, que te dan elegancia y esas arruguillas, que nos toman cariño. Por fortuna no has cogido peso. Yo sí que he cambiado, dos embarazos dejan las inevitables secuelas que son difíciles de disimular.” “Y PABLO Ustariz ¿cómo está? Alguna vez lo he visto de lejos, pero ninguno de los dos hemos favorecido el reencuentro”.

En ese momento, se les acercaron un niño y una niña, preadolescentes. “Mamá, la abuela dice que vamos a llegar tarde a la película”. “Esta es IRENE, 11 años, y ENRIQUE, Quique, de 9. Les gusta mucho el cine y hoy viernes le prometí llevarlos a los multicines Yelmo, en Vialia, para la sesión de las 8. Me acompaña mi madre, Mariajo, que tú ya conoces. Ahora vive en mi casa, desde que mi padre se nos fue. Por cierto, decirte que Pablo ya es historia. Desde hace cinco años vive su vida y yo la mía. Te dejo mi teléfono actual, por si algún día te animas a llamarme e intercambiamos un ratito de charla”. Ante este importante monólogo, expresado por Sonia, su antigua y única mujer, Julio no salía de su asombro. Su corazón latía de forma desenfrenada. ¡Vamos mami! Entonces acertó a responder, inmerso en un profundo aturdimiento: “Sí, seguro que podemos quedar algún día. Me alegro de que me hayas reconocido, después de tantos años. Saluda a doña María José, de mi parte (en su intimidad siempre le había llamado “la lechuza” y no sólo por su afilado rostro)”

Y en segundos, esa totalmente inesperada e idealizada aparición había desaparecido de su vista. Se habían dado la mano, como despedida. La falta de un beso nubló de frialdad ese reencuentro.

Llamó a su compañero RUBÉN, también abogado del bufete, explicándole que se iba a ir directamente a casa, pues no se sentía bien. Le envió un abrazo y ya en la calle sintió necesidad de ordenar un poco su mente, dándose un reflexivo paseo. Esa reaparición de Sonia en su vida le había trastocada el necesario equilibrio anímico. 

Efectivamente habían pasado 12 años. Pero esas “traiciones” nunca llegan a olvidarse. Y en apenas cinco minutos, parecía que todo había vuelto atrás. Pensativo y nostálgico siguió caminando sin norte fijo. Su piso/apartamento lo tenía en el barrio universitario de Teatinos. Se encontraba cerca de la parada del bus 11, pero prefirió seguir caminando, hasta la siguiente parada. Necesitaba tomar oxígeno. El acelerado corazón se resistía a frenar su ritmo descontrolado. Deseaba recordar, tal vez por un irracional masoquismo, una vieja y dolorosa historia que había condicionado drásticamente su vida. En estos doce años había logrado tener dos parejas convivenciales. LAURA NATALIA. Dos y tres años. Pero en ambos casos, el cansancio de la rutina fue desvitalizando ambas uniones, meras sustituciones de un amor no olvidado y cruelmente mancillado por la infidelidad. Con muy buenas formas “pasaportó” ambas frugales compañías. A pesar de su ingratitud, nunca había podido olvidar a Sonia. Su gran amigo Pablo, le había jugado una vil traición, creándole una ósea “cornamenta psicológica” muy pesada de sobrellevar, en todo tiempo y lugar.

Se recreó con dolor en aquella terrible fría noche otoñal, en la que de manera mecanicista y sin apariencia de pesar, culpabilidad o delicadeza, con la mayor calma posible, Sonia le confesó unas palabras desconsideradas, frías, hirientes, bien aprendidas y meditadas. 

“Julio, lo nuestro no puede seguir. Nos conocemos desde hace muchos años, pero el amor y la atracción física, el tiempo nos la ha ido robando o arrebatando. No hemos tenido hijos, pero en este momento estoy embarazada de una persona que me ha estado insuflando, a modo de traviesa y excitante oportunidad, esa ilusión que se había ido volatizando de mi atmósfera vital. Vas a recibir un duro pesado golpe. El padre de este ser que estoy gestando es … (la crispación tensional, había inmovilizado los segundos y los cuartos de las horas, en este tiempo atenazado por la realidad) nuestro común amigo PABLO. Así son los vientos de nuestras debilidades. Pedirte perdón te va a resultar falso e incluso más humillante. Pero así están las cosas”. 


Fue un golpe muy duro en su crudeza, vacío de generosidad. La inmovilidad de este pobre hombre parecía haberlo convertido en una estatua de sal. El peso en su corazón, también en su cabeza, era difícil, muy difícil, imposible de sobrellevar. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, sólo acertó a musitar: “Desde cuando mantenéis relación? Y para qué quieres saberlo, Julio, ¿si ese dato te va a resultar aún más doloroso?”. 

Y pasaron los años, doce. En principio, Julio pensaba que iba superando, poco apoco, esa falla tan drástica y escarpada en su existencia. Lo intentó una humana ley o terapia de las compensaciones, con las dos parejas aludidas, como analgésicos bálsamos sustitutorios. Pero la rutina y la innegociable memoria eliminaban, de continuo, el fulgor escénico de la superficial atracción iniciática. 

Pero, desde esta tarde, había conocido la “buena nueva” de que Sonia Bilbao estaba separada del “amigo” Pablo, que le había dejado una renta genética de dos inocentes criaturas. Ese reencuentro con su antiguo y traicionero amor le había provocado mucha mella, en su frágil estructura psicológica. Incluso se tuvo que poner en manos de un psiquiatra de prestigio, Dr. ALMANSA, que le había recomendado su compañero y amigo Rubén. Este buen médico de la mente era un gran especialista psiquiátrico de avanzada edad, pero muy dinámico en su fluida e imaginativa conversación terapéutica. En la actualidad julio está desarrollando una fase de “desvalorización” de la persona banalmente idealizada: Sonia, esa mujer que tanto supuso para él, en su naturaleza anímicamente fragilizada y que tanto daño infringió en su debilidad temperamental. Desidealización que no le resulta fácil, pero que es la mejor medicina para su objetivo de alcanzar la normalidad. 

Coincide esta situación con la positiva actitud que muestra ESTHER Alda, compañera secretaria del bufete jurídico, y madre soltera de una niña de seis años, llamada Irina. En la rutina de una tarde de trabajo, esta joven mujer, tuvo un gesto de valiente solidaridad, acercándose a Julio, visiblemente cabizbajo, aportándole un poco de ánimo y amistad. 

 

Sé por lo que estás pasando, Julio. Te veo muy pensativo y abrumado. Si me dejas, me gustaría ayudarte. Mereces recuperar esa alegría de vivir, que los recuerdos no te dejan disfrutar. Si te parece, es mejor que dos piensen juntos, antes que una buena persona, como es tu caso, aturdida por los recuerdos se sumerja en las brumas de la soledad”.

¿Pudo ser este este cariñoso y fraternal gesto, el origen de algo más que una sencilla amistad? El destino, junto a las ilusionadas voluntades humanas, podrá responder a esta esperanzadora oportunidad. – 

 

 

RECUERDOS QUE NO SABEMOS CÓMO BORRAR


 

                     José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 27 marzo 2026     

                                                 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

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viernes, 20 de marzo de 2026

UNA APLICADA LECTORA DE LÁMINAS

 


MARTINA Aliaga había cursado la licenciatura de Filosofía y Letras, especialidad de Historia General. Tuvo que ir subsistiendo con variados trabajos temporales, en el comercio y la restauración, ya que no encontraba una fácil salida laboral en las oposiciones para la docencia. Al fin recibió esa luz que siempre se espera, en una convocatoria de trabajo del Ayuntamiento de Málaga, de donde era natural, obteniendo una plaza largamente soñada: directora de una biblioteca pública municipal. Gran aficionada a los libros disfrutaba dedicando muchas horas del día al fascinante hábito de la lectura. Ese puesto de trabajo era para lo que se sentía verdaderamente preparada. Como bibliófila, la aventura diaria de ordenar, clasificar y cuidar los libros, también fomentar su lectura, era uno de los mejores regalos que la vida le podía deparar. 

Tenía una compañera auxiliar, Esmeralda, pero ella era la más puntual en llegar cada mañana, encargándose de abrir la puerta del centro cultural y encender la calefacción o refrigeración, según temporada. Entendía, con el mejor criterio, que los lectores y estudiosos debían tener una atmósfera agradable, para mejor realizar su trabajo intelectual. Cuando algún visitante se acercaba a su mesa de dirección, para efectuar una consulta, la vocacional y profesional bibliotecaria se esforzaba en resolver la pregunta, por complicada que fuere. El público que usaba la biblioteca era, lógicamente, variado. Predominaban los jóvenes estudiantes, de todos los grados de escolarización, especialmente por las tardes, siendo también muy importantes los universitarios. Por las mañanas destacaban las personas adultas y de avanzada edad, que consultaban la prensa del día y muchas revistas divulgativas. El complejo tenía un salón, más reducido, provisto de numerosos ordenadores, para uso de los interesados en la navegación por Internet. En la intimidad de su vida, la joven directora Martina, había logrado superar, con las inevitables secuelas anímicas, un importante y muy doloroso fracaso amoroso. 

Una de las mañanas, un poco más tarde de las 10, accedió a la biblioteca una señora mayor, tal vez septuagenaria o incluso más, bien arreglada en su modesta forma de vestir, quien eligió un asiento cerca del gran ventanal, por donde entraba abundante luz solar en el gran salón de lectura. Una vez acomodada, permaneció unos minutos observando los detalles organizativos de los miles de libros en las estanterías y los movimientos normales que realizaban los usuarios. Al fin se levantó de su puesto de lectura, dirigiéndose a la mesa de la directora Martina, que repasaba unos folios impresos con información bibliográfica. La veterana señora se presentó como ELOISA y desde el principio se mostró muy expresiva. 

“Cuando cumplí los setenta, accedí a la jubilación. Tener tanto tiempo libre ha sido para mí un problema, ya que desde muy joven no he parado de trabajar, con largos y duros horarios. Hace unos días, mi vecina Roberta me habló de lo bien que se está en esta biblioteca. Ahora que ha llegado el frío y las lluvias no se puede estar cómoda en las calles, en las plazas y en los jardines. Por eso he decidido venir aquí muchas mañanas, entre lunes y sábados. Si me pudiera ayudar Srta. Martina le agradecería que me aconsejara algún buen libro, que tuviera muchas láminas y fotos en su interior, para distraerme viéndolas”.

Martina, con cariñosa diligencia, se dirigió a la sección de Historia del Arte, eligiendo un grueso volumen: LOS MEJORES MONUMENTOS DEL ARTE MUNDIAL. Considerando lo “pesado” y el tamaño del libro, se prestó a llevarlo al puesto que Eloisa ocupaba, quien agradeció con una “maternal” sonrisa el gesto de la directora. A partir de ese momento, la señora comenzó a ir pasando lentamente las hojas del libro, deteniéndose bastante tiempo en las numerosas fotos impresas. Así permaneció casi tres horas, dejando el volumen en el lugar de la estantería, pues la biblioteca cerraba a la 1 de la tarde. Se despidió de Martina con educación y agradecimiento. 

Fiel a su propósito “lector”, volvió a la biblioteca al día siguiente. Como cariñoso detalle para con la directora, traía dos bollos de leche, envasados, que había comprado unos momentos antes en la afamada confitería Aparicio. Este gesto agradó mucho a la sorprendida Martina.

¿Desea que le vuelva a traer el libro de las láminas, que parece le agradó mucho ayer? Durante el resto de la mañana, la actitud de la veterana lectora era pasar hojas y hojas, deteniéndose en las bellas láminas que contenía el gran volumen. A Eloisa se la veía disfrutar, como a una niña pequeña, cuando se entretiene con algún juguete. El libro que despertaba tanto interés en la señora estaba dividido en tres partes: arquitectura, escultura y pintura. Así un día tras otro, cambiando lógicamente de libros, y siempre con la ilusión y generosidad de llevarle algún pequeño presente a Martina, con la que siempre hablaba un ratito, aprovechando preferentemente el cierre de la biblioteca a las 13 horas, para volver abrir a las 16:30. 

Martina, buena observadora, percibió que la veterana usuaria y amiga se limitaba a pasar las hojas de los volúmenes, deteniéndose en las fotos durante unos minutos. Cuando las páginas carecían de láminas, pasaba las hojas con gran rapidez, sin pararse en la lectura de los textos impresos. Aprovechando que una mañana de lunes el salón de lectura estaba casi vacío, se acercó a su amiga con el deseo de intercambiar algunas palabras. 

“Elo, observo que pasas las hojas de los libros que te busco, deteniéndote con interés en las fotografías, pero no me parece que te pares a leer las explicaciones que hacen los autores de esas láminas que insertan en sus publicaciones. Te lo digo porque esos textos te ayudarían a entender y valorar los monumentos mucho mejor, ampliando una información que puede ser curiosa e interesante”. 

Entonces la anciana “lectora” esbozó una tierna sonrisa, Con placidez y dulzura, pronunció una frase definitoria de su extraño proceder.  “Es que, querida amiga Martina, apenas sé leer y escribo con garabatos, para las firmas en los trámites del papeleo”. Ante el rostro de extrañeza que mostraba su interlocutora, la buena señora añadió: “He dejado en casa preparado un puchero o cocido muy bueno. Si te parece, cuando cierres al mediodía, me gustaría invitarte a compartir un muy suculento plato. No sé apenas leer, pero guiso muy bien”. 


Eloisa y Martina se marcharon juntas, una vez cerrada la biblioteca. Ambas mujeres, separadas cronológicamente por varias generaciones, caminaban ilusionadas para compartir la enriquecedora amistad. Ofrecían la imagen de una abuela y su nieta, que paseaban juntas por el laberinto urbano de la gran ciudad. La antigua cocinera de hotel vivía en una populosa barriada, en la parte oeste de la capital. Llegaron a un bloque de muchas plantas, envejecido por el paso del tiempo y la falta de cuidados. El piso, primero C constaba de un dormitorio, un saloncito, cocina y cuarto de baño, todo muy limpio y bien cuidado. Lo que más apreciaba su propietaria era el balcón, con orientación sur, repleto de macetas, atalaya que aprovechaba por las tardes para ver a la gente pasar, el trasiego de los vecinos del barrio y la alegría de los niños que todavía jugaban en la calle, especialmente los más pequeños. Destacaba en esa pequeña placita frontal una amplia frutería, una merecería de las que todavía quedan en las ciudades y una tasca El Ventorro, con el sabor de lo antiguo, poblada de sillas y mesas, donde numerosos clientes tomaban el aperitivo y otras consumían el plato del día, 8 euros con bebida y postre. Martina elogiaba la limpieza de la casa y el buen gusto de la modesta pero entrañable decoración. El cocido de Elo resultó exquisito, reflejando las grandes dotes culinarias de una maestra de la cocina. Para tomar el café se sentaron en un tresillo de terciopelo beige, con flores estampadas de tonos suaves. 

“Querida Martina, te voy a contar algo de mi vida. Así me comprenderás un poco mejor. He sido la única hija de una buena madre soltera. No conocí al hombre que me engendró. Parece ser que era un rudo trabajador portuario. Mi madre Aurora trabajaba con denuedo, en “todo lo que surgiera” para poder sobrevivir en aquellos tiempos de estrecheces. Eran los muy duros años 40. Erróneamente entendió que yo debía quedarme en casa, para la limpieza y la cocina, mientras ella buscaba “el pan” por donde fuera. Por fortuna teníamos esta casa, que pertenecía a una tía abuela, que se fue pronto de la vida, dejándola “en papeles escritos”, para nosotras dos. Aprendí, desde muy niña, a limpiar, ordenar, lavar, planchar y, sobre todo, guisar. Tendría unos once o doce años, cuando me “colocó” en un restaurante importante, en donde limpiaba y ganaba unas pesetas que nos ayudaban a poder comer. Un día el cocinero se puso enfermo y una niña adolescente les sacó las castañas del fuego, Desde entonces ya no salí de la cocina y los fogones para guisar de todo y para todo. Y así he pasado toda mi vida, a veces limpiando y la mayoría guisando, en varios hoteles y restaurantes de la ciudad. Cambié las letras y las palabras por la harina, el aceite y la berza. Mi lectura y escritura es muy pobre. Sólo algunas palabras y los rótulos de las tiendas. Aunque parezca mentira, nadie se preocupó de que yo fuera al colegio, pero en aquellos años de la posguerra estas cosas pasaban, lo importante era la supervivencia y comer algo cada día. La radio era mi gran distracción, que me enseñó a bien escuchar y a entender muchas expresiones. Siempre he disfrutado viendo las láminas de las revistas y los libros con fotos. La televisión, desde los sesenta, también me ha ayudado mucho, en eso que llaman “la cultura”. Trabajé hasta los 75, siempre en lo que me gustaba y sabía bien hacer: la cocina. Pasar en la biblioteca muchas horas de la mañana, con la buena calefacción que ponéis, o el fresquito en los días del terral, me conforta. Y al tiempo, me distraigo, en ese ambiente de paz y tranquilidad que hay en el salón de lectura, viendo las láminas de los libros que me recomiendas. Yo “leo” las láminas, no las letras o las palabras”. 

Martina, profundamente emocionada por la franqueza, valentía y sencillez de su amiga “mayor”, la abrazó, diciéndole a continuación:

“Eres una persona admirable, para mí es un honor haberte conocido y gozar de tu amistad. Yo te puedo enseñar a leer y a escribir bien, siempre que así lo desees”. 

Y desde aquel día, la directora de una biblioteca pública municipal emprendió con cariñosa ilusión esa enseñanza a una persona mayor, para que perdiera el miedo o el recelo, a ese fácil aprendizaje que realizan los niños pequeños. Lo hacía en momento impensable, o a destiempo, de su recorrido por la vida. Utilizó para ello unos libros didácticos de imágenes, palabras y sonidos, aplicados a personas sin visión. Ahora Elo ya no se limitaba a disfrutar de la imagen, sino que se animaba a formas palabras y pequeñas frases, que la identificaran. 

La antigua cocinera materializaba su agradecimiento llevando a su amiga, la “maestra de las palabras”, alguna fruta o dulces que Martina aceptaba porque así hacía feliz a su muy mayor e interesada alumna. También utilizaron películas con sonido en español, también subtituladas en el idioma castellano. Elo aprendía con lentitud e interés, por las limitaciones propias e la edad. Pero lo que más apreciaba era el calor humano y fraternal que encontraba en su amiba bibliotecaria, a la que trataba como a una “nieta” a la se quiere, con mimo y necesidad. Por su parte Martina se sentía útil en poder reparar esas historias o intereses absurdos, que generan la limitación cultural de muchas personas. Ella tenía a mano el poder hacer progresar a una de ellas, casi octogenaria, que en los años normales del aprendizaje, y por ser mujer, se vio privada de esa enseñanza básica, tan necesaria, para poder caminar con más seguridad por lo terrenal. 

Un fin de semana, cuando Martina y Elo habían ido al cine y saboreaban después una estupenda merienda, la entrañable cocinera le habló con palabras que brotaban del corazón generoso d una sencilla mujer: 

“Martina, mi “niña”. La vida no me va a conceder mucho más tiempo, pero el tesoro de tu amistad me ha hecho feliz en este finalizar el camino, No tengo descendencia. Mi madre tenía algunos parientes lejanos, a los que nunca he tenido la oportunidad de conocer. Es mi deseo que vayamos, en la próxima semana, a la oficina de un notario. Quiero nombrarte mi heredera universal de los modestos bienes que poseo: una cartilla en Unicaja, con los pequeños ahorros de toda una vida y ese pisito que conoces, heredado de mi madre. Me harás inmensamente feliz si lo aceptas”.

Dos generaciones, separadas por la aritmética del tiempo, unidas la amistad, la sinceridad y la generosidad, lloraron emocionadas. Cuando se despidieron en la parada del bus, bajo la arboleda urbana de la Alameda, sentían en silencio el regalo que el imprevisible y críptico destino les había regalado: la fuerza del cariño fraternal. “Buenas noches, “abuela”. Buenas noches, querida “nieta”.

 

 

UNA APLICADA LECTORA 

DE LÁMINAS


 

                               José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 20 marzo 2026     

                                                 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

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viernes, 13 de marzo de 2026

EL VALOR DE LA PROXIMIDAD. UN MES DE AGOSTO EN MADRID.

 

Como era usual en casi todos los exámenes, tanto ella como su íntima compañera EVA apuraban los últimos minutos del tiempo concedido para la realización de la prueba. Ambas estudiantes entregaron sus folios, densamente caligrafiados, después de que el profesor don Eugenio hubiera dado el “ultimátum” de los cinco últimos minutos para la finalización del examen, en la asignatura de Teoría de la Literatura. Ese día, 14 julio, había amanecido en extremo caluroso, por lo que las dos compañeras y amigas, 1er curso del grado de Filología Hispánica, decidieron darse una vuelta y sentarse en alguna de las terrazas del centro madrileño, a esas horas de la tarde ya repleta de abundante clientela, para disfrutar de una buena pinta de cerveza. Había que celebrar todo el esfuerzo realizado en la que había sido la ultima prueba del curso. Ahora había que esperar la llegada de los resultados, aunque las dos se mostraban satisfechas y seguras de todo lo que habían podido escribir durante las dos horas de examen. 

Mientras que Eva iba narrando, con todo el lujo de detalles, los proyectos vacacionales que tenía previsto iniciar a partir de la última semana de ese mes (una estancia en Londres con una señora mayor, como señorita de compañía, sustituyendo las vacaciones de la persona que atendía durante todo el año a la Sra. Jane. Con ello pretendía ganar algunas libras y mejorar su deficiente inglés) AZUL escuchaba sonriente, entre sorbo y sorbo de cerveza, las ilusiones viajeras de su dicharachera amiga. Cuando Eva terminó la exposición de su atractivo proyecto, planteó la pregunta obvia ¿Y tú que tienes pensado hacer?

“Te aseguro que yo no lo tengo tan ilusionante como tu, Eva. En los últimos años siempre nos ha tocado ir a las playas de Calpe, en Alicante, para acompañar a tía Herminia que tiene allí un apartamento que sólo lo utiliza en verano. Está situado no lejos de la playa y, aunque es más bien pequeño, ahí tenemos que caber los cinco de la familia: mis padres, mi hermano, la tía y también yo. Pero este año estoy dispuesta a plantarme, pues llevamos haciendo lo mismo desde que la hermana de mi madre enviudó, hace más de 10 años. En realidad, con el curso tan agotador que hemos llevado este año, lo que realmente me gustaría es poder quedarme aquí, sola en casa, sin tener que aguantar a los mayores y a mi hermano Fausto, con sus proyectos y sus continuas bromas. Precisamente ahora en verano. En que una mayoría de los madrileños se van para las costas, me gustaría descubrir esa otra ciudad que no conozco, con los barrios y rincones tan típicos. Todo un mundo por conocer. Ya te contaré como caerá esta “bomba” en mis padres. Pero yo voy a jugar fuerte. Estoy dispuesta a ello”. 

Cuando esa misma noche Azul expuso durante la cena las intenciones que tenía para el verano, especialmente para el mes vacacional de agosto, la familia Senda–Trapiello, tanto TASIO como ADELINAse opusieron con rotundidad a la experiencia de su hija. Pero la chica, alegaba con firmeza que a sus 19 años tenía también derecho a elegir su forma de vida para el verano, que ya eran muchos años haciendo lo mismo con el viaje a Calpe y que ella tenía la madurez suficiente para cuidar de la casa mientras que ellos estuvieran ausentes. Con manifiesta oportunidad, su hermano FAUSTO aprovechó la “brecha generacional” que se había atrevido abrir su hermana para plantear también su particular opción: unos amigos iban a recorrer, en plan bohemio, muchos parajes del norte cantábrico y la zona gallega. Por supuesto que también él, que este año había estudiado el 4º curso en el grado de traducción e interpretación, quería acompañarlos y vivir la experiencia. Tenía unos ahorros, provenientes de las clases particulares de inglés que solía impartir y, durante la “road movie”, pensaban en echar algunas horas trabajando en aquello que se terciara, fuera en el campo o en los servicios.  

Aunque en un principio Tasio, 52 años, instalador y reparador de electrodomésticos para la línea blanca, dio algunas voces y palmazos en la mesa, apoyado por su mujer Adelina, 53 años, cuidadora facial y ayudante de vestuario, en uno de los teatros de la ciudad, ante el frente común abierto por sus hijos, no tuvo otra que ir cediendo en su intransigencia, aceptando la realidad de que el próximo mes serían solos los progenitores quienes acompañarían a Herminia al apartamento de la playa, durante el cálido agosto. Tuvieron que asumir que sus hijos, ya no eran aquellos niños que siempre los acompañaban, Por el contrario, eran dos mozalbetes que habían superado la mayoría de edad y de pura lógica querían ir diseñando su propia vida. 

Pasaron los días y antes de emprender la marcha, en el vetusto (quince años) pero siempre bien cuidado Peugeot break 307 de color naranja oscuro, recogiendo en su casa previamente a Herminia con sus “aparatosas” maletas, leyeron repetidamente “la cartilla” a la “niña”, dándole una sarta de consejos y advertencias, acerca de cómo tenía que cuidar la casa y organizar las comidas de cada día. Azul aplicaba la mayor resignación ante todas las amonestaciones que recibía de su madre Adelina. Su hermano Fausto hacia ya una semana que había emprendido la feliz aventura por el norte peninsular, con cuatro amigos de la facultad. Los dos hermanos habían recibido sendos sobres, conteniendo algún dinero, de manos de su padre. Tasio quería evitar que cometieran alguna “locura” y así pudieran hacer frente a las primeras necesidades de cada día. 

Era viernes 31 de Julio, cuando Azul se vio al fin “dueña” de la casa y sus destinos, con la perspectiva de tres semanas “autónomas” para hacer lo que quisiera. Tras despedir a sus padres comenzó a dar saltos y piruetas de alegría, no sólo sobre el suelo sino también encima de la cama. Con esos movimientos y expresiones anímicas mostraba su satisfacción ante la experiencia de pasar unas atractivas semanas para el descubrimiento, durante el peculiar e interesante agosto madrileño. Mes enriquecido con ese encantador e inusual vacío humano, sólo compensando por la constancia de los siempre fieles turistas hacia la gran capitalidad del Estado.

Para Azul se iniciaba una experiencia “la mar” de sugerente. Durante unas semanas iba a poder descubrir a ese Madrid profundo que aparentemente ya conoces, porque has nacido y resides en ese lugar, pero que en realidad vas cayendo en la cuenta, a medida que pasan los días, de todo lo que ha permanecido oculto y desconocido para ti hasta esos momentos. Para su suerte, su amiga Eva había tenido que retrasar tres días su desplazamiento a Londres, a requerimientos de la Sra. Jane. Por tanto, quedaron en verse ese sábado para que juntas iniciaran esos paseos y contactos novedosos con la “ciudad oculta” en la que siempre habían residido. 

Utilizando con inteligencia las numerosas líneas de metro y los buses, para conseguir más eficaces desplazamientos, trazaron sobre un gran plano algunos barrios emblemáticos por los que llevaban mucho tiempo sin pasar, en los recorridos cotidianos. Aunque algunas mañanas iniciaban esas interesantes visitas, dedicaban para ello la mayoría de las tardes, paseos que en muchos de casos se prolongaban hasta horas nocturnas. Todo dependía de las personas que iban conociendo o de las actividades festivas que hallaban en todos esos parajes lustrados con el encanto de un clima que mejoraba notablemente con un agradecido frescor, cuando el sol comenzaba su retirada hasta el día siguiente.

Sin embargo, Azul pronto se dio cuenta que bebía protagonizar su propia búsqueda de la ciudad, sin apoyarse tanto en su amiga Eva. Cuando al paso de esos tres días su compañera de correrías tuvo que tomar el equipaje para volar hacia Londres, comenzó realmente ese protagonismo de dejarse llevar por la gran ciudad, a fin de descubrir sensaciones, vivencias, personajes, para su goce y enriquecimiento. Por cierto, sus padres Tasio y Adelina la llamaban con mucha, con “excesiva” frecuencia desde las playas de Calpe, a fin de conocer como le iba en esas correrías por el gran Madrid en el estío veraniego. 

Aunque en muchos de los días gozaba caminando sin un destino fijo o mínimamente preconcebido, siempre encontraba un punto de interés, generalmente festivo, pero también (lo que para ella era incluso más importante) humano. Conoció a muchas personas, durante esas tres largas semanas. Muy heterogéneos prototipos humanos. 

En una de sus frecuentes caminatas, la mayoría sin una dirección predeterminada, cierta tarde acabó en uno de los barrios que celebraban sus alegres fiestas veraniegas. Los adornos con farolillos, globos de papel y banderitas de colores le daban un lustre precioso a la muy alegre escenografía.  Se estuvo distrayendo, mirando los numerosos tenderetes en los que vendían productores de elaboración artesanal, adquiriendo alguna “chuchería” (una pulserita de cuero labrado y una pinza para el pelo, hecha de corcho tratado, verdaderamente original) a esos buenos precios que incluso admiten un divertido y hábil regateo. También le llamó la atención una caseta para el tiro al blanco, atracción que su padre le comentaba recordando tiempos de la infancia. Se disparaba con unas escopetas de aire comprimido, sobre unas grandes bolas de azúcar con anís, que recorrían un circuito. Te entregaban la bola que habías derribado, utilizando una destartalada escopeta que tenía la mirilla con el punto cambiado, por lo que tenías que comprar varios balines hasta aprender la trayectoria o dirección correcta para el acierto. Aunque la música no paraba de sonar, el baile no comenzaba hasta las 21:30. Siguió recorriendo el ambiente tan populachero que proporcionaba el numeroso gentío, contemplando la diversión de los peques, montados en sus ilusionados tiovivos. 

Llegó el momento en que tomó asiento en uno de los chiringuitos instalados alrededor de la plaza, para cenar alguna cosa, pues entre canciones, luces y parrandas, pasaban las diez en su reloj y el cuerpo le reclamaba algo de alimento. Pidió una big hamburguesa bien hecha, acompañada de una guarnición de patatas fritas. Su madre habría puesto el grito en el cielo, pues era muy estricta con lo que Adelina llamaba “los platos basura” que tan alegremente toma la juventud y que tanto perjudicaba las siluetas y los organismos de las personas. Cuando le sirvieron el suculento manjar, el joven camarero le regaló una “picara” sonrisa diciéndole “Como te veo aquí solita, entre tanta gente de fiesta, te he puesto una doble ración de patatas. Tienes que alimentarte, pues estás bastante flacucha. Pero te lo tienes que tomar todo, que después empiezan los bailes, que duran hasta la madrugada y hay que estar fuertes”. Después de la cena y con su pinta de cerveza aún a medio consumir, observaba cómo la gente danzaba y danzaba, en un ambiente muy popular y con los decibelios sonando a toda pastilla. La orquestina estaba “acompañada” por unos bafles gigantescos, que ensordecían los tímpanos más delicados. En un momento concreto vio como se le acercaba de nuevo el joven camarero, con otra divertida sonrisa: 

“Muchacha, llevo trabajando desde las ocho. Ahora me corresponde un buen rato de descanso. Te invito a bailar. No puedes disimular que tienes muchas ganas. Y no te vas a poner a dar saltitos sola. Mi nombre es VENANCIO (algunos me dicen Veno) Y yo sé que te llamas Azul, porque lo he leído en la plaquita de plata que cuelga de tu cuello. Vente, que lo vamos a pasar un poquito bien. Y así haces la digestión de la súper hamburguesa que te has tomado”.

El Chiringuito lo había montado una asociación benéfica llamada La Gran Familia (como el título de la inolvidable película) cuyo objetivo era la protección de las mujeres, solteras y casadas, víctimas de la violencia de género. Los bailes con la espontánea pareja, duraron hasta más allá de las doce. Intercambiaron, en medio del estruendo general, muchas sonrisas, chascarrillos, frases ocurrentes, mímicas y el mejor de los talantes. Camino de vuelta a casa, esa su nueva amistad se ofreció a acompañarla. En el muy largo paseo hasta su domicilio Veno le confesó que trabajaba de bombero, en el Parque que correspondía a la zona norte. Y que tenía muchos amigos en esta peña, por lo que se ofrecía a prestarles ayuda de manera desinteresada, cuando montaban alguna fiesta, en el servicio para atender las mesas. Cuando llegaron al portal del edificio, los dos jóvenes se fundieron en un cariñoso abrazo. Él hizo ademán de besarla, a lo que ella accedió todo divertida. Prometieron verse otro día. Ya en casa, y tras despojarse de su camiseta, vaqueros y sandalias, se tendió relajada encima del colchón, recordando con agrado todos los incentivos que la lúdica tarde le había deparado. La luna llena parecía clarear todo un cielo sembrado de estrellas.

Entre paseos, metros y autobuses (a veces también cogía su bici plegable) recorría los numerosos parques y espacios naturales de que goza la villa del Oso y el Madroño. En algunas de esas zonas verdes, pasaba toda la tarde con su novela y el correspondiente “bocata” que transportaba en su pequeña pero útil mochila de piel. Cultivaba el calor de la amistad de la forma más imprevista y ocasional.  


En otras de las tardes agosteñas, con esa dulce flama térmica al que el cuerpo acaba habituándose, Azul se encontraba en el Parque del Retiro, sentada en el césped y apoyando su espalda en el alargado “fuste” de un castaño de Indias. Siempre le había gustado dibujar y ahora se distraía con su lápiz y libreta, componiendo formas de las bellas y tranquilas imágenes que tenía ante su vista. Había otros jóvenes y chicas por la zona. Algunos padres caminaban, en pleno atuendo “playero”, con sus hijos, que correteaban sin parar, con esa energía inalterable que parecen atesorar. Había un par de chicas jóvenes, también sentadas sobre el césped, que enlazaban una de sus manos mirándose y besándose. Azul sacó de su mochila el gran bocata que se había preparado, con jamón y queso tierno, añadiendo un par de hojas de lechuga. Tras desliarlo del papel en que venía envuelto, reparó en que dos chicas le estaban observando. Con un impulso reflejo, les devolvió el saludo en forma de otra sonrisa y les dijo, ayudándose de la mímica, ¿lo compartimos? NIARA ITZIAR no lo dudaron un solo instante. El bocadillo fue un aperitivo muy bueno, para acompañar a las tres cañas de cerveza que les sirvieron en uno de los puestos instalados en ese gran parque. Las tres nuevas amigas pronto intimaron. Niara trabajaba en un centro comercial instalado en Vallecas, mientras que Itziar daba sesiones de Reiki, aunque su formación deportiva le permitía ser contratada en gimnasios para dirigir clases de Pilates. Vivían formando pareja y su alegre y sano carácter difundían esa alegría de vivir que te hace apetecer y valorar su compañía. Tres días después, Azul pudo asistir a una sesión de Reiki, a la que había sido invitada por sus amigas. No salió muy convencida de toda esa energía que había sido compartida por el grupo asistente, pero valoraba con esmero el ambiente cordial y de camaradería que se respiraba entre los asistentes. Los abrazos que todos daban a los arboles conformaba una agradable y naturalista plástica, que quedó con firmeza grabada en sus recuerdos. 

Esas y otras amistades, junto a las numerosas vivencias iban rellenando de luz y color el entrañable y familiar agosto vivido en Madrid, humanizado también con esas numerosas anécdotas que asombran, a veces enfadan, en ocasiones hacen reír y casi siempre enseñan para nuestro caminar por la vida. Aquel olvido que tuvo de la llave de entrada en el portal, cuando te das cuenta de que es la una y media de la madrugada, pero a esa nueva vecina con la que apenas habías cruzado el hola o buenos días no le importó levantarse de la cama y abrirle a través del portero electrónico. Los crujidos misteriosos durante la noche, ya fuesen fantasmas, imaginaciones, sueños o tal vez esas contracciones y dilataciones por el calor y el cambio de temperatura, que conforman acústicas intrigantes para mentes imaginativas y traviesas.  También fueron divertidos esos logros y “estropicios” culinarios, realizados en la cocina, que si hubieran sido vistos por su madre habría provocado los habituales espavientos y exageraciones de doña Adelina. La excusión senderista (regada por un fuerte aguacero convectivo) que realizó a Navacerrada, acompañada por el amigo Veno que, siempre que podía le echaba “un telefonazo”. 

Los días fueron pasando rápidos y pronto recibió la evidencia de que la vuelta de sus padres era inminente. Cuando éstos la abrazaron, inquiriendo una definición de su mes de agosto madrileño, Azul simplificó la experiencia con una sencilla frase: “Estas semanas, descubriendo mi ciudad y sus gentes, me han hecho madurar, apreciar y valorar la diversión de las pequeñas y grandes cosas que tenemos tan próximas, conocer y hacer nuevas amistades, pero sobre todo … humanizar y enriquecer mi existencia. Durante el verano siguiente, no tengo la menor duda de mi intención, me gustaría repetir y disfrutar estos días inolvidables, con el valor de la proximidad”. 

 

 

EL VALOR DE LA PROXIMIDAD.

UN MES DE AGOSTO EN MADRID

 

 

                           José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTA

                          Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

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