viernes, 9 de abril de 2021

EL LADO OCULTO DE LOS ERRORES.


Los errores son consubstanciales al género humano. No somos perfectos, afortunadamente. Al margen de su contrastada variedad y trascendencia, lo verdaderamente importante es poder y querer repararlos, siempre de la manera o forma menos lesiva posible. Por fortuna, la mayoría de esos fallos de conducta son fácilmente superables y no causan un excesivo trastorno, tanto a sus autores como a las personas que han de padecerlos. Hay un célebre y repetido dicho: “errar es de humanos” que adquiere toda su significación y naturaleza, atendiendo a todas estas premisas.

El propio concepto de error lleva anejo otro elemento indisolublemente unido a ese vocablo, como es la involuntariedad o la falta de intencionalidad. Y ello es porque en la mayoría de los casos los seres humanos somos distraídos, descuidados, repetitivos, por lo que esas “naturales” formas de ser y actuar conllevan estos fallos que pueden originar problemas de desigual calibre. Obviamente sus consecuencias no serán las mismas, atendiendo a la magnitud o trascendencia del acto fallido o erróneo. De esta breve introducción parte el contenido del siguiente relato.


Nos acercamos a una familia de nivel medio, en lo socioeconómico, que reside en la zona de Teatinos, uno de los barrios más modernos de la urbe malacitana. El padre, Nazario Almeida, 42 años, ejerce como enfermero en un  reconocido centro sanitario privado de la localidad. Forma pareja con Suleima Amara, 37, diplomada en diseño y decoración. En la actualidad se halla vinculada laboralmente a un polivalente estudio de Arquitectura. El matrimonio tiene una hija, Lidia, que estudia cuarto curso de educación primaria, en un centro de titularidad pública situado a unos 200 metros de su vivienda, un piso de dos dormitorios que soporta una larga, en el tiempo, hipoteca.   


El trabajo que Nazario (Nazo) desempeña le obliga a tener que adaptarse a unos horarios cambiantes, durante cada semana, siempre en función de las necesidades organizativas del centro sanitario. Los fines de semana, en que la concordancia horaria lo hace posible, les apetece salir a cenar con un matrimonio, formado por Abel y Verania, amigos íntimos de “toda la vida”. Nazario y Abel son coetáneos, según manifiestan sus respectivos DNIs. Se conocieron en los tiempos escolares de la adolescencia, pues ambos eran compañeros de aula en un instituto público de formación secundaria. Mientras el primero demostró pronto su interés por los temas médicos y de la salud, Abel, compañero de aula y de juegos, destacaba por su cualificada afición para manejar los artilugios mecánicos y electrónicos (su padre se ganaba honradamente la vida trabajando en un taller de reparación de motocicletas y bicicletas). Uno y otro amigo se han considerado desde siempre como “hermanos” en la amistad, para los divertimentos, correrías y experiencias a través de la vida. A pesar de llevar siete años casados, Abel y Verania aún no tienen descendencia.


Ambos matrimonios disfrutan con esos divertidos, “traviesos” y muy gratos fines de semana, en que pueden salir a cenar, ir a una sala cinematográfica, tomar después unas copas o incluso distraerse con unas horas de bingo, juego al que son bien aficionados. Enriquecen su “familiar” relación, programando algunos viajes por los pueblos o ciudades, más o menos cercanas. Sustentan ese “llevarse bien” manteniendo una comunicación frecuente y fluida, casi a diario, entre los cuatro, intercambiándose mensajes whatsapps sobre proyectos, las novedades del día, chascarrillos, fotos o páginas interesantes para la descarga de archivos diversos (especialmente cinematográficos), etc. Para esta intensa intercomunicación utilizan sus versátiles móviles  telefónicos, aunque para los temas más amplios de contenido (por su peso en gigas) también echan mano del informático correo electrónico. Y fue precisamente por esta última vía, en donde se generó el origen de un grave problema, que atacó de lleno el corazón de la muy afectiva amistad que los cuatro personajes se habían labrado.

 

Una primaveral, algo húmeda, pero en sumo agradable, noche de viernes en abril, Nazo estaba de guardia en el centro hospitalario donde presta sus servicios. Esa semana le correspondía hacer el turno nocturno, pero ya estaba habituado a modificar sus horas de sueño y descanso. Las horas iban pasando, inusualmente bien tranquilas, con sólo algunas rutinarias llamadas de enfermos o con imprevistas consultas en el departamento de urgencias. En la sala de control de enfermería, a donde llegan las llamadas de los enfermos encamados, el personal de guardia tiene habilitado dos pequeños camastros, que algunos operarios utilizan para descansar unos minutos, durante esas largas noches de vigilia que les han sido encomendadas. Pero después de cenar, Nazo se había tomado su habitual ración de un café doble, bien cargado, en la cafetería del Hospital. Esa intensa y sabrosa infusión le ayudaba a permanecer bien despierto durante sus obligaciones de guardia, ante cualquier llamada que pudiera recibir, a fin de atenderla con la prontitud y eficacia necesaria. Se entretenía, mientras tanto, resolviendo sudokus o jugando con algunas de las aplicaciones que tenía descargadas en su tablet, para esos momentos en blanco,  sin obligaciones que resolver.


 Serían más allá de las dos y media de la madrugada, cuando por un frecuente acto reflejo se dispuso a consultar su buzón de correo. Lo hacía varias veces durante el día, pues no le gustaba dejar sin responder aquellos mensajes que le iban llegado y que pudieran tener algún interés o urgencia para la atención. Sonrió cuando vio que tenía una nueva entrada, cuyo remitente era su íntimo amigo Abel. Se dijo de inmediato  “seguro que ya está planeando algo interesante, para la semana próxima, en la que tengo libre todo el sábado y gran parte del domingo”. Sin embargo, le resultó curioso el motivo o asunto de ese correo electrónico: “Una solución, ya”. “Pero ¿qué le habrá ocurrido al bueno de Abel, para enviarme un correo a las dos de la madrugada. Vamos a ver que le ocurre y cómo le puedo echar una mano. Ante el más nimio problema, siempre recurre a mi”.


Cuando leyó el contenido del muy relevante mensaje, un inestable y “punzante” escalofrío recorrió su cuerpo, provocándole incluso un temblor incontrolado, ante la magnitud, gravedad y dura significación de lo que expresaba esa persona en quien tanto confiaba. Se trataba de una carta, cuyo texto realmente no iba dirigido a él. La destinataria de su revelador significado era por el contrario ¡su mujer Suleima! a quien se dirigía el remitente con el muy cálido saludo de “Mi adorada y tierna Princesa”. Era evidente que por uno de esos frecuentes errores que se cometen en el terreno informático, cuando por las prisas, el número de ventanas abiertas o la dirección que memorizas y luego no borras, un determinado correo lo envías a la persona equivocada. Suele ocurrir también en los mensajes del Whatsapp en los que, cuando terminas de chatear con un destinatario, erróneamente no sales de esa conversación y escribes algo para otra persona, pulsando el enviar, recibiéndolo consecuentemente el interlocutor anterior.


En los apasionados y sensuales párrafos del texto. Abel urgía a su receptiva amante (era más que evidente) para que diera ese paso difícil, definitivo, pero necesario, comunicándole a su marido Nazario el cambio de sentimientos que le embargaba, razonándole de que


“la situación de encuentros secretos y disimulos constantes, que tú y yo mantenemos, desde hace ya casi medio año, no lo podemos seguir manteniendo y soportando, pues lo que ambos queremos y necesitamos es estar juntos, amándonos pasionalmente con esas atracción irrefrenable durante la mayor parte de las horas del día. Tenemos que ser valientes ante esta realidad que nos vincula, aclarándola ante los dos afectados, por muy doloroso y explosivo que pueda resultar su contenido para Nazo y Verania.


 Conozco muy bien a Nazo, desde que éramos adolescentes y creo que a pesar del dolor y el batacazo anímico que sin duda va a sufrir, por más que le afecte, acabará por asumirlo y podrá, con el tiempo, ir rehaciendo su vida. Es una situación por la que otros muchos han tenido inevitablemente que pasar. Son las leyes del amor, que dominan nuestras pasiones y necesidades, obligándonos a tener que comportarnos de una manera dolorosa, incluso con personas a las que profesamos un gran cariño.


Pero hace ya dos semanas en que no podemos estar juntos tú y yo, para disfrutar de esa sexualidad que recorre sin cesar nuestras entrañas. Se me hace interminable e insoportable esta larga espera. Aunque pueda comprenderte, has incumplido ya dos promesas de hablar claramente con él, para afrontar de una definitiva vez la inexcusable realidad. En mi caso yo he “insinuado” a Verania algunos cambios en mis sentimientos, pero creo que ella disimula  haciendo como si no los percibiera o no se diera cuenta de lo que estoy tratándole de decir que lo nuestro… carece ya de sentido. Como bien sabes, hace ya más de un mes que estamos durmiendo separados. Pero ella se limita a decir que, después de las tormentas y tempestades, siempre “escampa”. Pero no lo dudes, en cuanto tu afrontes el asunto con Nazo, no pasarán muchos minutos sin que yo le hable, con puntual claridad, a mi compañera”.


Y llegaba la despedida, con una sarta de palabras plenas de sensualidad, temperatura y afectividad, expresadas por un “cuarentón” hacia la princesa amada, como si los catorce o dieciséis años aún no hubieran acabado de pasar por su vida.

 

El batacazo anímico y físico que sufrió el infeliz y confiado profesional de la enfermería resultaba fácilmente comprensible. Sus compañeros de guardia nocturna, viéndolo tan hundido, tuvieron que aplicar sus servicios precisamente a quien los realizaba con los enfermos encamados, administrándole de inmediato algunos calmantes para sosegar su preocupante y descontrolado ritmo cardiaco. Era evidente que Nazo estaba material y sentimentalmente “roto”. 


El aturdido enfermero se repetía, una y otra vez, ¿Cómo era posible  que su “hermano” de siempre, su mejor amigo desde hacía décadas, estuviese “corriendo” con su mujer Suleima, apremiándola para que esta pusiera al descubierto los ilícitos e infieles amoríos que ambos disfrutaban fogosamente en la cama? Dándole vueltas y más vueltas al escabroso asunto, razonaba (era un decir) que ese error que a veces cometemos con los mensajes informáticos, le había hecho conocer, de la forma más cruel y dolorosa, una trascendente realidad de la que era puerilmente ajeno.

 

La historia que viene a continuación es cansinamente conocida y repetida, en el comportamiento de los seres humanos. Por fortuna, ni Nazario ni Abel eran personas violentas. Tampoco sus compañeras Suleima y Verania. Pero la drástica e inconsolable ruptura entre los dos viejos amigos desde la adolescencia se produjo desde aquella infausta noche de la guardia hospitalaria. La traición y el engaño habían también hundido la confianza de dos seres, como Verania y Nazo, que sufrían innoblemente la infidelidad mostrada por sus respectivas parejas. Prácticamente, al unísono de estos hechos, Suleima le sugirió al  compañero de “correría” su sospechas de que podía estar embarazada. Tras la confirmación médica, quedaba ahora por dilucidar quién era el padre de la criatura que vendría al mundo en el transcurrir de los próximos meses.  Verania decidió de inmediato volver a casa de sus padres, dos apacibles personas de avanzada edad que la acogieron con la mayor comprensión y cariño. Nazo puso en venta el piso, con la hipoteca impagada, inmueble que la inmobiliaria se lo reservó de inmediato, al ser una muy interesante propiedad, por su ubicación y estructura. Le facilitó, a petición del interesado, el barato alquiler de una vivienda antigua, muy deteriorada, pero situada al inicio de la carretera del los Montes, no lejos de donde llegaba la línea 37, en el Camino de los Almendrales-Colmenar. El infeliz enfermero Inició de inmediato un tratamiento de ayuda psicológica, con un especialista amigo que también pasa consulta en el mismo Hospital. Por su parte, Abel negoció con el padre de su ex mujer quedarse con la vivienda que ambos estaban pagando, retribuyéndole con amplitud sus partes gananciales correspondiente.  Seguiría viviendo allí , pero ahora con la que había sido mujer de su mejor amigo y con  ese ser que “viajaba” a la vida, cuya paternidad genética clara y posteriormente se definió en los diversos análisis efectuados: iba a ser padre.  Curiosamente la más feliz de todos los implicados era Lidia, la hija de Nazo y Suleima, pues “eso de tener una hermanita, a los 11 años de edad, era una experiencia muy interesante y nueva para su vida”.  


Lo que parecía un complicado error involuntario, acabó poniendo en marcha todo un mecanismo de reajuste relacional en el que hubo todo un muestrario de reacciones contrastadas: lágrimas, gestos desesperados, decepción, aceptación, rencor, comprensión, sorpresa, carencia de diálogo, infidelidad, egoísmo, generosidad y autorreflexión para el cambio. Y esos actos fallidos (enviar un correo con la dirección equivocada y menos oportuna, para el caso) a todos nos ha ocurrido en alguna ocasión, especialmente con el chat de los whatsapps. Probablemente Abel aprendería esa gran lección: hay que comprobar puntualmente la dirección de a quien se escribe, antes de pulsar la de tecla “enviar”.


Han pasado ya muchos meses, en las innegociables hojas del calendario, y nos estamos acercando narrativamente a una nueva Primavera. Cierta tarde, mientras Suleima le estaba dando de mamar al nuevo miembro familiar, de nombre Abril, su padre estaba arreglando en el patio de la casa la moto de su propiedad, que le estaba dando problemas en las aceleraciones forzadas. Lidia, la hija de su mujer Suleima, ya con sus 11 años  cumplidos, escuchaba música “a toda pastilla” en su pequeña y bien decorada habitación, situada a modo de buhardilla en el tejado a dos agua de la casa mata que habitaban, sin atender las indicaciones que recibía de su madre, para que bajara el volumen de su amplificador. En un momento concreto, Abel recibió un comentario inesperado de su mujer que le hizo dejar los finos alicates que manejaba en el suelo cementado de esa parte del patio.

 

“Abo, menos mal que te equivocaste y aquella noche enviaste a Nazo el correo que me habías escrito, porque yo no me atrevía a plantearle la situación de “lo nuestro” . Para mi era todo un mundo siquiera intentarlo. Me daba verdadero pánico cuando pensaba que tenía que aclararle, a una persona tan fiel y confiada, nuestra desbordante e irrefrenable relación sexual. Verdadero miedo, decirle una cosa así. No sabía cual podría haber sido su reacción. Contra mí, contra tu persona o incluso contra él mismo”.  


Abel se mantuvo unos segundos pensativos, antes de responder. Su expresión fue pasando de la brusca seriedad a la entrañable sonrisa.


 “No sé a que viene ese comentario, a estas alturas… Pero ¿de verdad aún sigues creyendo que todo fue un error, en la dirección del correo, mi querida y amada Suly?

 

 

 

EL LADO OCULTO DE

LOS ERRORES

 

 

 


José Luis Casado Toro

 Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

09 Abril 2021

 

 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es

Blog personal:http://www.jlcasadot.blogspot.com/          





 

viernes, 2 de abril de 2021

RECORDANDO DOS DOMINGOS DE PRIMAVERA.

Por segundo año consecutivo, en este 2021 tampoco podremos tener y gozar las tradicionales vacaciones de Primavera, enriquecidas con el ropaje litúrgico de la Semana Santa. La persistente y letal pandemia vírica, que asola sin excepciones a la Humanidad, impedirá en nuestro país, como en los demás estados nacionales que pueblan el Planeta, la normalidad lúdica-festiva asociada al equinoccio primaveral. En España tampoco este año se celebrarán los tradicionales pasos procesionales del misterio religioso, en sus recorridos por las calles y plazas de nuestras ciudades. La salida o llegada de los tradicionales millones de turistas, que se desplazan para cambiar el ambiente habitual que los sustenta, a fin de gozar con unos días de vacaciones en la playa, en la montaña o en otros bellos entornos monumentales, se verá drásticamente limitado por las restricciones de paso y estancia en la mayoría de las zonas turísticas de nuestro país. Lo mismo ocurrirá, lógicamente, en el extranjero. Todo ello con unas consecuencias en sumo negativas, para el equilibrio económico de una parte muy importante de la población. Playa, nieve, fiestas, conciertos, espectáculos, museos, restaurantes, hostelería, vinculados al simple y enorme placer de viajar, a fin de modificar y cambiar la cansina rutina habitual, se verán un año más postergados, en la espera de esa vacunación masiva que de forma tan lenta va llegando a la muy inquieta y expectante ciudadanía.

 

Aun así, los colegios y demás centros educativos españoles interrumpirán durante esta emblemática semana de marzo sus actividades, para que sus escolares y estudiantes desarrollen estas cortas vacaciones en casa, dejando los desplazamientos lúdico culturales para mejor ocasión. Todo ello atendiendo a las recomendaciones y normas establecidas por las autoridades, en orden a la prevención sanitaria de la ciudadanía.

 

Y ya en este primaveral contexto, bueno sería dedicar unas páginas para “rejuvenecer” la memoria con los emocionantes recuerdos de nuestra lejana infancia. Nos centraremos en los dos importantes domingos que enmarcan una Semana muy “especial”, con diversas denominaciones: Santa, de Pasión,  Primaveral, pero siempre con ese carácter de vacacional.

 

La alegría, especialmente mostrada en la población infantil, del DOMINGO DE RAMOS era el mejor símbolo con el que se iniciaban las siempre cortas vacaciones primaverales. Gracias a la bondadosa estación meteorológica, iniciada en Marzo, el olor atmosférica se ennoblecía con el dulce aroma de las flores, perceptible no sólo en los ámbitos rurales, sino también es esos multicolores puestos de flores ubicados en la Alameda Principal malacitana (del Generalísimo Franco, en el tiempo que recordamos). Por supuesto, también en el interior de los templos y en los tinglados o toldos, en donde esperaban los tronos para su salida procesional, durante esa devocional semana: las flores eran (y son) un elemento consubstancial para homenajear a las imágenes consagradas.

 

Efectivamente ese era el domingo de los niños, pues la primera procesión de la Semana Santa, que “salía” del templo de San Felipe Neri alrededor de las tres de la tarde, era la popularmente denominada la “Pollinica” (Jesús en la entrada en Jerusalén) en la que el protagonismo infantil era manifiesto. Por la mañana, los pequeños de la casa, junto a sus padres, acudían a la parroquia del barrio o zona pues, a esa hora emblemática de las 10, el párroco celebraba la misa de la procesión de palmas, en la que se bendecían los ramos de olivos o las palmeras amarillas que los niños portarían en “su procesión” de la tarde (luciendo también las figuras formadas con esas hojas de palmeras hábilmente trenzadas). Las palmas bendecidas se colocarían posteriormente en los balcones de las viviendas, amarradas horizontalmente a los barrotes verticales metálicos de los mismos.

 

Sin descartar que algunos Domingos de Ramos estuviesen algo nublados, en general la memoria nos ilustra con una atmósfera brillante, limpia y radiante por los rayos del sol. Aunque ese festivo día y los del resto de la semana estuviesen presididos por un intenso sentimiento religioso, había también un valor añadido de naturaleza comercial, desarrollado durante los días previos. Consistía en una simpática y habitual costumbre para que los niños (también lo hacían muchas personas mayores) estrenasen alguna prenda de vestir, en ese domingo santo, cada cual según sus posibilidades económicas: camisa, chaleco, falda, pantalón. Pero sobre todo, y para los niños, unos zapatos nuevos que, en la mayoría de los casos, eran las renovadas sandalias del verano, que se lucirían durante la tarde dominical para ir a ver las procesiones.

 

Había una parte privilegiada de la población que podía presenciar el desarrollo procesional de los tronos o pasos, en esas sillas instaladas sobre las aceras y tribunas del recorrido oficial. Pero los más tenían que acudir (la mayoría lo hacían con gusto, en aras de la movilidad) a las calles de los barrios u otras arterias más o menos cercanas al centro urbano. Allí, de pie frente al cortejo, elegían el mejor sitio posible para la más detallada visión de las bandas, los nazarenos, los elegantes estandartes y los dos bellos tronos, bien remozados de flores, correspondientes al Cristo y a la Virgen. Entre las calles más concurridas para la visión del mayor número de pasos, además de las del recorrido oficial (Alameda, Larios, Plaza de José Antonio (actual Constitución) Granada, Calderería, Plaza de Uncibay) se encontraba la muy emblemática y larga calle Carretería, por la que pasaban la mayoría de las cofradías. En esta alargada, modesta y muy popular arteria viaria, desde el amanecer o incluso desde la madrugada (pues no se quitaban de ese lugar durante la semana) ya estaban instaladas en sus aceras decenas de sillas, de todos los formatos y tamaños, banquetas, taburetes, incluso viejos sillones, para “guardar el sitio” a sus humildes y voluntariosos propietarios.

 

Es indudable que al margen de la devoción y creencia de cada persona, niño, joven o mayor, por las barrocas imágenes del Cristo y la Virgen procesionadas, lo que verdaderamente atraía a los miles de espectadores eran las bandas de música y tambores, junto a las fuerzas militares desfilando con sus fusiles al hombro. Desde que aparecían los tres o cuatro guardias civiles a caballo, para el “despeje” de la calzada, ya se escuchaba el rítmico repiqueteo de los tambores y el sonido vibrante de las cornetas, anunciando la llegada “del Prendimiento” “la Cena” o “el Huerto”, las tres cofradías que completaban ese Domingo de Ramos procesional, junto a “la Pollinica” que ya había pasado a las primeras horas de la tarde. Todas las bandas tenían sus seguidores, que aplaudían la marcialidad de sus movimientos y el buen sonido de sus instrumentos musicales. Pero entre ellas destacaba, sobre las demás, las fuerzas militares  de la Legión, que acompañaban al Cristo de la Buena Muerte, durante la tarde/noche del Jueves Santo, cantando de manera ininterrumpida su himno con los continuos vítores y aplausos de los espectadores que se agolpaban masivamente en las aceras a su paso. Era curiosa la imagen plástica y testimonial de que una vez habían desfilado los soldados legionarios (con el fiel borrego que les acompañaba al paso) muchas aceras quedaban notablemente “aligeradas” de público, para presenciar con más comodidad la llegada de los tronos de la muy popular cofradía. Otra banda muy apreciada era la correspondiente a la Guardia Civil, integrada por los guardias jóvenes de Valdemoro, con el Cristo de la Expiración, durante la avanzada madrugada del miércoles santo. También tenían sus vínculos cofradieros la Policía Armada (actual Policía Nacional) los Paracaidistas, La Marina, La Aviación (los “gurripatos”), Las Infantería,  la Policía Municipal, la O.J.E. (Organización Juvenil Española). Sin embargo, para los malagueños, dos de las bandas más entrañables y que acompañaban a muy diversas cofradías, durante cada día de la Semana, eran la del Real Cuerpo de Bomberos, con sus brillantes cascos plateados y cubiertos por esas plumas blancas tan características, junto a la banda de la Cruz Roja, en la que el conocido sargento tambor era aplaudido con simpatía y cariño por su admirable y magistral destreza. eficials del recorrido en. Entretes y los dos tronos, bien remozados de flores , correspondientes al Cristo y a la Virgen. Entre

 

Un elemento muy importante, imprescindible, tanto para los niños, como también para los “niños mayores”, vinculado no solo para la jornada dominical, sino también para el resto de la semana, era el acopio o “intendencia” que las familias hacían para atender al goloso consumo de las muy sabrosas chucherías. Para ello era inexcusable visitar ese otro “templo” para el gusto, en donde se vendían a buen precio la mercancía necesaria. Era la tienda (Casa) de Blas Palomo, ubicada muy cerca del coqueto y funcional Puente de la Aurora, situado sobre el cauce del Guadalmedina a comienzos de Carretería, concretamente en la calle Puerta Nueva. Avellanas, altramuces, pipas tostadas de girasol, caramelos, barritas de regaliz, chufas, almendras,  etc. eran los productos y manjares más demandados. En los puestos ambulantes, instalados estratégicamente cerca de las calles más populares al paso de la procesiones, te ofrecían las espectaculares manzanas caramelizadas, ensartadas en su palito de madera, los apetitosos barquillos de vainilla, las blancas tajadas de coco, el “cañadú” y también los gruesos limones “cascarúos” (especiales para el Viernes Santo)” cubiertos o “regados por numerosos granos de sal. Tampoco faltaba el popular hombre del botijo, con su fresco reclamo de “Oiga, ¿quiere agua?” a cambio de la “voluntá”. Todo ello sustentaba el muy apetecible consumo para soportar esas largas esperas, mientras llegaba el “la Pasión”, el Rocío, el Manto de flores, la Sangre, el “Preso” la “Zamarrilla” o la Virgen de la Esperanza. En este contexto, de la atención al estómago, no se pueden dejar de citar otros tres apreciados productos servidos en confiterías y panaderías: las sabrosas torrijas de miel y canela, los atractivos “hornazos” (un huevo cocido, encastrado en un esférico bollo de leche) y esos otros “huevos de Pascua” que habían cambiado la cáscara de calcio por la de chocolate, en cuyo interior solía venir una pequeña y también golosa sorpresa.

 

Y tras una Semana intensamente vivida, con esos contrastes entre un jueves santo alegre, espectacular y “festivo” y un entristecido viernes santo, pleno de recogimiento y religiosidad, llegaba el sábado santo, en el que no había procesión alguna. Era un día muy oportuno para recuperar fuerzas, tras las intensas jornadas vividas en los días previos. Pero de nuevo volvían los tambores y cornetas, los capirotes y las túnicas multicolores, los estandartes y los toques de campanilla, con la última procesión de la Semana Santa, el Santo Cristo Resucitado.

 

Ese DOMINGO DE RESURRECIÓN se percibía un tanto diferente y menos alegre, con respecto al anterior Domingo de Ramos. Con él finalizaba la semana vacacional y el lunes había que volver a las obligaciones y rutinas de las aulas escolares. Se trataba de una procesión extremadamente larga, en número de nazarenos, pues participaban en su composición representaciones de todas las cofradías malacitanas. Era la procesión de la Agrupación Oficial de Cofradías y también la única que hacía su recorrido por la mañana. Varias bandas de música acompañaban al único trono, con la imagen de Jesucristo resucitando desde la tumba. Muchos años después (1994) a este trono del Cristo le acompañaría el de una Virgen, María Santísima Reina de los Cielos. Desde la percepción infantil, se veía la imagen de un Cristo bien diferente de los que habían procesionado durante el resto de la semana (esculturas con mucho más patetismo y  expresividad dolorosa, dentro del estilo de la imaginería barroca). Sin embargo, la escultura de este domingo de gloria era la un Cristo Rey, en serena y celestial majestad. Por supuesto que la luz solar restaba sentimiento y emoción a una procesión bien diferente, con respecto al ambiente tenebrista que provocaban los cirios y focos eléctricos de los pasos o tronos en horas nocturnas y de madrugada. A pesar de su simbolismo litúrgico, esa última procesión carecía de fuerza emocional y se veía como algo desangelada. Allí no desfilaban los legionarios, los “gurripatos” o los guardias Jóvenes. Incluso los bomberos, a pesar de sus cascos emplumados y la pericia del sargento tambor, no parecían los mismos.

 

Quedaba la tarde del Domingo de Resurrección, para completar el disfrute de la semana vacacional. Esa parte del día tenía un especial aliciente cinematográfico, tanto para los mayores como para los niños. El domingo de Gloria en Primavera se reservaba para proyectar en las pantallas de los cines los mejores estrenos cinematográficos, con películas de la factoría Hollywood o del más relevante y popular cine español. Las más afamadas películas iban a los salas de estreno, como eran el Goya, el Albéniz, el Echegaray o el Victoria. Sin embargo, los propietarios de las salas de barrio o de reestreno también se esmeraban en su programación con unas interesantes sesiones dobles: dos películas que hacían posible casi cuatro horas de disfrute por unas pocas pesetas. Eran los cines a los que acudía la amplia chiquillería, que disponía de no muchos recursos para comprar en taquilla las correspondientes  entradas: el Principal, el Avenida, el Málaga Cinema, el Capitol, el Duque, el Excelsior, el Alcázar. También, el Moderno y el Plus Ultra. 

 

Y ya en ese “temido” lunes de Pascua, de finales de marzo o de comienzos de Abril, se reanudaba la normalidad de las clases en los colegios e institutos, con los incómodos madrugones diarios. Sin embargo, esa vuelta a las obligaciones escolares se sobrellevaba bien, porque la creciente temperatura de la Primavera nos recordaba que el Verano se iba aproximando, a fin de disfrutar los tres largos  y anhelados meses vacacionales. Habría que esperar todo un año para poder revivir la  experiencia de una nueva Semana Santa. A pesar de esa evidencia, durante el lunes o martes (de gloria) tras el Domingo de Resurrección, aún te dabas una vuelta por los toldos o “tinglaos” cercanos de casa, que ya estaban casi vacíos de tronos y enseres cofradieros. Había pasado una nueva semana vacacional, con la que gozar del misterio procesional en la imaginación lúdica o creyente de todos esos niños que iban creciendo en la España del franquismo. Niños a los que se adoctrinaba en el día a día, a través del nacional catolicismo imperante durante todos estos años.

 

Han transcurrido décadas, desde aquellos inolvidables años cincuenta y sesenta del siglo XX, en millones de infancias. Las imágenes no se han borrado, felizmente, de nuestras memorias. Permanecen indelebles y es oportuno recordarlas en este 2021 en que, por segundo año consecutivo, no ha sido posible escuchar y presenciar en las calles de nuestras ciudades el castrense repiqueteo de los tambores y los sones de las cornetas, que anuncian la inminente llegada de una nueva procesión. Los espectadores en las aceras no han podido presenciar esas largas filas de penitentes o nazarenos, que ven acercarse a esos niños sonrientes que les pidan unas gotas de cera líquida, con las que poder engrosar las gruesas bolas que portan en sus manos y que van formando pacientemente para enseñar mañana o pasado a los amigos. Tal vez el año que viene, una brisa traviesa y zalamera, teñida con los dulces aromas de azahares, claveles y rosas, podrá de nuevo mover con plástica y respetuosa delicadeza la blanca túnica del Cautivo trinitario, en su lento recorrido por el Puente de la Aurora, emocional trayecto marcado por los cortos y rítmicos pasos de los devotos hombres y mujeres de trono.-

 

 

RECORDANDO DOS DOMINGOS

DE PRIMAVERA

 

 

José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

02 Abril 2021

 

 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal:http://www.jlcasadot.blogspot.com/


 

viernes, 26 de marzo de 2021

GLICINIA, UN NUEVO VALOR EN LA CONSTRUCCIÓN NARRATIVA.


Cuando abonamos el precio de un libro, avalado por ser un gran éxito editorial, hemos tenido  en cuenta para nuestra motivación al autor de sus páginas, cuyo nombre se halla lógicamente impreso en la portada y contraportada del apreciado volumen. En ocasiones, ese pensamiento va dirigido también a los importantes dividendos o ingresos que el afamado escritor debe estar ingresando, con merecida justicia, en su cuenta corriente bancaria. En realidad, si es un autor muy consagrado por su calidad literaria y “capacidad o atractivo comercial”, los emolumentos que recibe de la empresa editora suelen estar pactados previamente, en la firma del compromiso contractual. El escritor no suele recibir más ingresos, salvo que lleguen nuevas ediciones de la obra, en función del número de ejemplares vendidos.


Pero no todos los libros que vemos como novedades editoriales están firmados por autores de élite o de reconocido renombre. Las empresas editoras van concediendo oportunidades, tras analizar muy detenidamente cada obra que se les presenta, a numerosos autores noveles o no conocidos o realzados por la crítica especializada. Para estos escritores que empiezan, la gran compensación a la que aspiran es precisamente que les sea publicada esa primera novela o ensayo, al que tanto esfuerzo y dedicación han aportado. La compensación económica que recibirán, por su tenaz y creativo trabajo, estará normalmente en función del número de ejemplares que los lectores adquieran en las librerías y siempre con unos porcentajes, con respecto al precio de venta, verdaderamente ridículos  o que provocarían el sonrojo si se conocieran públicamente. Incluso la propia industria editorial se reserva mantener esas muy precarias compensaciones, si la aceptación popular les aconseja publicar una segunda o más ediciones de ese posible éxito en las ventas. En este sentido, un autor desconocido y una afamada editorial unen sus destinos, en un desequilibrio manifiesto con respecto al reparto de los supuestos beneficios económicos que la edición reporte en las ventas.  

 

Precioso nombre el de una profesora de lengua y Literatura, vinculada a un instituto público ubicado en la monumental ciudad de León, precisamente la localidad en donde nuestra protagonista había venido a la vida: Glicinia Aray Abadía. Mujer de fuerte carácter castellano, aun sabiendo aplicar y dosificar los momentos para sus espontáneas sonrisas. Desde su adolescencia practicaba con fluidez el sugerente arte de la narrativa, escribiendo cuentos, relatos cortos, reflexiones, a modo de ensayos, sobre muy variados temas e incluso iniciando la redacción de la que pretendía fuera su primera novela, mientras estudiaba Filología hispánica, en la universidad leonesa. Delgada de cuerpo, solía trenzar con frecuencia y esmero su largo y suave cabello negro. También destacaba por sus muy bellos y expresivos ojos grisáceos claros, con unos rasgos faciales que enmarcaban un rostro profundamente observador y convincente en la discusión o en el plácido diálogo. Su forma alegre en el vestir era marcadamente juvenil, pues era usual que llevase vaqueros azules o celestes, jerseys y camisetas deportivas, calzando zapatillas converse, botas o zapatos de trekking (actividad a la que era muy aficionada) y ágiles sandalias de cuero marrón, según las diversas estaciones meteorológicas.

 

Debido a su excelente currículo estudiantil y a la férrea y responsable capacidad de trabajo que sabía desarrollar, superó holgadamente su presencia ante el tribunal que controló unas oposiciones a centros públicos de educación secundaria. Aunque sus primeras experiencias docentes le hicieron recorrer algunas localidades de la amplia y bella comunidad autónoma de Castilla y León, en pocos años pudo ya recalar, con destino definitivo, en un instituto de su histórica y señorial ciudad natal.

 

Más de tres años imaginando y modelando el tiempo disponible para las renuncias, le había llevado la redacción de la que sería su primera novela, escrita con ilusión y el sentimiento cariñoso hacia su difunta abuela Edelmira (que aparece en toda la obra con el apelativo familiar de Delmia) en cuya larga y apasionada existencia estaba basada argumentalmente una trama de carácter biográfico, que reflejaba etapas muy significativas de nuestra pasada Historia. Esta abnegada y luchadora mujer había nacido en 1906, falleciendo en 1987, por lo que conoció y vivió los periodos del reinado de Alfonso XIII, la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, la 2ªRepública, el luctuoso enfrentamiento de la Guerra Civil, la dictadura del general Francisco Franco y finalmente los primeros años del reinado de Juan Carlos I, con llegada de la democracia a España. Todos esos periodos históricos del siglo XX son sintetizados en las más de cuatrocientas páginas de la extensa novela, a través del comportamiento y visión de vida de una muy querida persona, como era su abuela, laboriosa y aguerrida mujer trabajadora, en una fábrica o industria textil, en la que se encargaba de controlar varios telares, en la sucesión, ilusiones y carencias de cada uno de los días. Glicinia siempre consideró a Delmia como una madre, pues así fue el severo y cariñoso trato, al tiempo, recibido de una excepcional persona, a la que conoció y admiró profundamente en la etapa final de su interesante y vitalista existencia.

 

Ciertamente Glicinia “modificó” algunos aspectos personales que consideró necesarios, pues trataba de evitar que su escrito fuese recibido como una puntual biografía al uso, centrada en una persona “anónima” en el contexto social. Pero en lo fundamental, el denso número de folios era un cálido homenaje a todas esas mujeres laboriosas y abnegadas, que sabían afrontar los contratiempos y dificultades de una época muy contrastada, en el siglo XX de nuestro país. Como curiosa y significativa anécdota, Edelmira tuvo en su apasionada vida afectiva hasta tres hombres, como maridos, compañeros o parejas.

 

Animada por algunos compañeros del centro educativo en donde impartía sus clases, presentó el voluminoso escrito a un concurso literario organizado por la prestigiosa editorial Cosmos, empresa que buscaba nuevos caminos y estilos expresivos en los escritores jóvenes, no consagrados o adocenados por la práctica profesional de la literatura. El jurado calificador de los trabajos presentados, de inmediato, situó a la novela de Glicinia entre las diez finalistas que, en las sucesivas revisiones o catas analíticas, siempre fue quedando en un lugar de privilegio, hasta considerarla ganadora del bien concurrido concurso, entre todos los jóvenes autores participantes. El premio de esta atractiva convocatoria, para estos escritores noveles, consistía en la ansiada publicación de las tres primeras obras seleccionadas, cuyos derechos cedían “totalmente” a la editorial, bajo una compensación económica puramente testimonial de 1500, 1000 y 700 euros, respectivamente, entregados a los tres autores premiados.

 

Para la firma del correspondiente contrato, viajó a la capital de España en dos ocasiones,  para tener un par de no fáciles reuniones con el director de publicaciones de la editorial, Pascual Cercedilla. El acuerdo no llegaba, pues chocaban dos recios caracteres. De una parte, un profesional contable, obsesionado con los números  y las ventas, que trataba de imponer la supremacía empresarial, pensando que con la publicación de su primera obra, los escritores noveles se limitarían a firmar las “escuálidas” migajas que se les ofrecían, por las largas horas y días del paciente trabajo invertido. De otra Glicinia, que no estaba dispuesta a que se le cambiase el título inicial de la novela con la que había concursado: TODA UNA VIDA, ni se iba a conformar con los 1500 € que se le ponían en mano, pues pensaba que los 600 ejemplares, que iban a distribuir por el amplio mercado lector, iban a tener una continuidad en nuevas ediciones, dada la calidad innegable de su obra, reediciones por las que no cobraría un solo euro, según las draconianas condiciones impuestas por el “soberbio” gigante editorial. 

 

Dos desplazamientos y atractivas estancias de fin de semana en Madrid, pero sin conseguir el deseado acuerdo.  Obviamente, la parte empresarial extremaba sus exigencias y el plazo para la firma contractual, sumida en un cómico desconcierto y asombro ante las negativas de una “desconocida” escritora novel. Al tiempo, la tenaz profesora de literatura, esgrimía sus raíces castellano leonesas, para no dejarse avasallar por la fuerza y el poderío social de un arrogante interlocutor.  En esa disyuntiva se encontraba la negociación, cuando apareció un elemento nuevo en la diatriba. Se trataba de un corrector de pruebas, que prestaba sus servicios en la editorial. Este laborioso personaje era un burgalés llamado Erandio Laplaza, con estudios de magisterio y estudiante “senior” de Literatura sudamericana que, desde hacía unos cinco años, había ocupado distintos puestos secundarios, dentro del organigrama editorial. Tenía un paralelismo generacional con Glicinia, 32 años ella y 33 él, por lo que pronto fluyó entre ellos una espontánea y abierta amistad, surgida en las prolongadas esperas de la profesora para ser recibida, por parte del hábil y presuntuoso jefe Cercedilla. Aquel día escritora y corrector tomaron café juntos y también cenaron en una popular pizzería/Burger de Malasaña (cerca del apartamento que Erandio tenía alquilado) inmersos en un ambiente juvenil y desenfadado que incrementaba la jovialidad y el divertimento de una creciente y esperanzadora amistad.

 

“No te fíes del poderoso Cercedilla, pues claramente te quiere “llevar al huerto” de sus intereses. Es consciente, aunque disimule, de que tu novela tiene la calidad y documentación necesaria para llegar a ser un importante éxito de ventas. Sin embargo no creo que para esta edición vayan a ceder con respecto a las normas impuestas en la convocatoria, en la que libremente participaste. De los 1.500 euros del primer premio no va a pasar. Pero pienso que tú puedes jugar una interesante carta en la “partida”. Me refiero a los incentivos de las segundas o terceras ediciones, estableciendo e imponiendo algunas clausulas en el contrato que te reporten ingresos, por el seguro éxito en las ventas. Invéntate algo original o sugerente que les pueda motivar a ceder, pues ellos están en la idea de mantener todos los derechos sobre tu obra”.

 

Las razonables e inteligentes palabras del amigo corrector anidaban en Glicinia, ayudándole y motivándole a buscar alguna solución en esa dura negociación que mantenía con  el gigante empresarial. Dándole vueltas al asunto, con la urgencia que Cosmos demandaba, se le ocurrió una sugerente idea, no totalmente novedosa en el mundo de las ediciones. Consistía en que al publicar la novela, la editorial aceptara dejar unas pocas hojas en blanco sin imprimir, al final del volumen. En las mismas, los lectores que así lo considerasen podrían escribir, de manera resumida, un final alternativo a la narración que había aportado la autora en su “libreto”. Una vez que redactasen esos otros finales, los enviarían a la dirección editorial a fin de que ésta decidiera, con el asesoramiento y opinión de la escritora, los tres mejores o sugerentes finales alternativos. Estos tres finales aparecerían como añadido de una posible segunda edición, con los nombres de sus respectivos autores, quienes recibirían como premio en compensación lotes de libros procedentes del abundante fondo editorial que poseía la muy consolidada empresa.

 

En realidad el propio Erandio ya le había dado alguna pista o sugerencia acerca de por donde podría ir la contraoferta a presentar en la que iba a ser la tercera y última oportunidad para el acuerdo.

 

“Me parece perfecto. En principio ellos quieren editar los 600 ejemplares previstos y quedarse con todos los derechos para posibles futuras reediciones. Pero tu les ofreces esa otra opción, de la intervención de los lectores con los finales alternativos, con vistas a una segunda edición, para la que ya exigirías un porcentaje adecuado con respecto al numero de ejemplares vendidos. Yo pienso que esta opción sería asumida por Cercedilla y su equipo. Tampoco “te subas mucho a la parra” exigiendo un porcentaje demasiado elevado, pues en la industria editorial solo se les abona a los escritores consagrados, con la garantía de tener un gancho comercial sólo con que su nombre aparezca citado en la portada del volumen, como autor de la obra”.

 

Glicinia agradeció afectivamente al inteligente y bien parecido Erandio, sus comentarios y sugerencias, con las que tenía fundadas esperanzas de salir de ese molesto y largo impasse que mantenía con el “endiosado” imperio editorial.

 

Como había previsto su nuevo y atractivo amigo, Cercedilla se avino a aceptar parte de la propuesta que le planteó Glicinia en una tercera entrevista, que fue afortunadamente la definitiva. El celoso contable y director de publicaciones vio con buenos ojos la posible intervención de los lectores, para que éstos aportasen finales diferentes, con respecto al elegido por la autora. No era nueva esta modalidad en el mundo editorial, pero sí los premios y la publicación de los tres mejores en una futura edición de la novela. Se reafirmaba en que no podía haber cambios para que la autora recibiera ingresos de esa primera edición, ya que en las bases del concurso se establecía claramente que los derechos de publicación y económicos permanecían bajo el control de la empresa. Sin embargo, a “regañadientes” se mostró conforme a que, en una segunda edición, la autora pudiera recibir algún porcentaje económico de los ejemplares vendidos, ofreciendo el 5 % y después de muchos tiras y aflojas aceptando llegar al 8 %. A cambio, Glicinia tuvo que “ceder”, permitiendo que la edición inicial pasara de los 600 ejemplares previstos inicialmente a 900. Para gozo de unos y otros, parecía todo arreglado. Resultaba más que obvio que la editorial había visto un “filón” productivo para sus intereses (que no iba a dejar escapar) con el descubrimiento de este nuevo y joven valor de la literatura o narrativa hispana.

 

En la evolución de esta historia, la profesora escritora y el corrector de pruebas decidieron unir sentimentalmente sus destinos, hace ya cuatro años. Glicinia abandonó su provincia natal para trasladar su residencia al distrito madrileño de Moratalaz, unida en pareja con Erandio. hoy ya subdirector de publicaciones de la editorial Cosmos, para la que siempre ha trabajado. La  novela del premio, con el nombre de El valiente perfil de una mujer, ha alcanzado ya la cuarta edición. Los ingresos que ha generado para la editorial y autora son notablemente contrastados, pero Glicinia, aparte de atender a sus clases y la maternal dedicación a las dos hijas (Luz y Aída) que ha tenido con Erandio, está a punto de culminar la redacción de su segunda novela, cuyo libreto se niega en modo alguno a llevarlo a la editorial Cosmos, a pesar de las intensas presiones de su propia pareja, quien se muestra en profundo desacuerdo con esta firme decisión adoptada por su mujer. Glicinia se ha hecho con un buen nombre dentro del panorama literario y quiere un oportuno cambio para el momento de su publicación, eligiendo otras posibilidades diferentes con respecto al “gigante” Cosmos Ediciones”.

 

En esta controversia familiar sin duda ha podido influir, aparte de la dura experiencia que mantuvo con la poderosa empresa editora en la que ejerce su marido, un hecho fortuito que ha protagonizado hace unas semanas. Trataba de localizar unos viejos apuntes que tenía por ahí perdidos, a fin de utilizarlos en una próxima charla a pronunciar en unas jornadas culturales organizadas por el Instituto en el que presta sus servicios. En medio de un maremágnum de carpetas, que el matrimonio tiene guardadas en el trastero de su domicilio, encontró un dossier de antiguos documentos pertenecientes a Erandio y vinculados a la editorial. Por un simple gesto mecánico, se puso a echarles una ojeada. Para su sorpresa había una antigua nota de ingreso económico para la cuenta bancaria de su marido, la cual estaba fechada precisamente  en los momentos del acuerdo para la primera edición de su novela. El concepto de esa importante compensación monetaria, que recibió el por entonces simple corrector de pruebas, aludía a los “muy estimados servicios prestados por el receptor, D. Erandio Laplaza  con respecto a la negociación mantenida con la escritora Glicinia Aray Abadía”.

 

Desde un principio decidió aplicar prudencia y reflexión al inesperado y fortuito descubrimiento, no exento de un comprensible desencanto. ¿Se había casado con un “troyano” de la propia editorial, que se había prestado a condicionar su firme voluntad negociadora?  Este revelador documento, que afecta al comportamiento de su marido durante las negociaciones que ella mantuvo con respecto a su primera novela, lo mantiene celosamente guardado a fin de esgrimirlo en el momento más oportuno para su interés y el de sus hijas.-

  

 


GLICINIA, UN NUEVO VALOR EN LA CONSTRUCCIÓN NARRATIVA

 

 


José Luis Casado Toro

 

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

26 Marzo 2021

 

 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal:http://www.jlcasadot.blogspot.com/