viernes, 26 de junio de 2026

RECORDADOS CHARLATANES CALLEJEROS.

Todas las personas, desde aquellos seres privilegiados en su éxito existencial, hasta la gran mayoría anónima en la humildad de su tránsito terrenal, todos ellos destacan por tener alguna cualidad o capacidad sobresaliente, en cualquier ámbito, género o actividad. Esa habilidad que son capaces de desarrollar en su quehacer público o en su íntima privacidad no es fácilmente explicable, por lo que se les reconoce como una cualidad o destreza innata vinculada a los misterios de la genética o experiencia. 

Los ejemplos que podrían citarse, importantes o banales, serían casi infinitos. Destaquemos algunos de esas insólitas o sorprendentes habilidades.  Caminar descalzo sin caerse por un cable o cuerda de acero, ayudándose de una gran vara flexible para el equilibrio. Construir un velero de la Historia Moderna, con todos los elementos navieros, utilizando para ello centenares de cerillas de madera. Tocar perfectamente la percusión del tambor sobre una puerta, aplicando para ellos los dedos y los nudillos de las manos. Poder dormir a una persona, mirándola fijamente a los ojos y pronunciando algunas frases o palabras. Escribir una corta oración, en la punta de un alfiler. Hablar sin mover los labios, con la destreza de un diestro ventrículo. Poder sumar, restar, multiplicar o dividir cifras en breves segundos, sin utilizar calculadora alguna, sólo con la ayuda de la mente. Saber en todo momento la hora exacta que es, sin tener acceso a reloj alguno, con un acierto asombroso. Averiguar dónde hay un manto freático subterráneo, para construir un pozo, con solo un cordel y un péndulo de plomo (los zahoríes) o con una varilla de madera o metal en forma de Y o L. Leer y resumir el contenido de una novela, en escasos minutos. Y así un largo etc. En este contexto, vayamos pues al relato de esta semana. 

Se llamaba REMIGIO Cestino Balear. Durante su modesta infancia y adolescencia no había destacado en sus labores escolares. Su bagaje formativo solo alcanzaba los estudios primarios. Desistió de estudiar el bachillerato elemental, que en los años 50 se iniciaba a los 10 años. Su padre, HERMINIO, era obrero de carga portuario, entregado a la necesidad de la taberna, finalizando pronto la existencia debido a las profundas borracheras que iba encadenando cada una de las tardes y de manera especial durante los fines de semana. La degradación que provocó en su organismo el alcohol fue un penoso ejemplo para ese hijo único que tenía, en su matrimonio con CARMELA quien, prácticamente en la indigencia se tuvo que “echar a la calle” para “sobrevivir” al fallecimiento de su marido. La pequeña oxigenación económica aparecía, cuando llegaba algún buque de la marina de guerra americana, para recalar en el puerto malagueño durante algunos días. Los fornidos marinos desahogaban sus bríos en los míseros burdeles de la parte antigua de la ciudad.

En ese tan desordenado hogar, Remigio pasaba las horas escuchando con deleite a las señoras mayores de la corrala perchelera donde vivía, distrayéndose con todos los chismes y diretes que intercambiaban como ocio y necesidad las vecinas en el patio común de la corrala. Doña Ramona, doña Engracia, doña Conche, doña Lola, doña Virtudes …  Escuchaba atentamente y asimilaba la “cultura” mundana de aquellas pobres mujeres que tenían mucho recorrido por la vida. Especialmente doña CONCHA, jubilada de la textil malagueña y bien conservada, miembro de la Agrupación Lírica malagueña, que era una charlatana de pro. En ese ambiento convivencial, popular y de intensa llaneza vecinal, fue la “mejor escuela” para un adolescente que no tenía claro el camino decidido por donde iba a circular en su vida. Desde luego Remigio tenía valores innatos para la locuacidad, que se fueron acrecentando con el trato continuo de ese peculiar vecindario de personas mayores y con muchas “aventuras” en sus memorias. Y en el joven Cestino, no sólo iba destacando la capacidad para hablar, sino también la habilidad para convencer, con manifiesta verborrea, al que le escuchaba de sus opiniones y argumentos, aunque fueran más que falaces. 

Dada la precariedad económica de su familia, Remigio comenzó a buscar trabajo “en lo que saliera” cuando aún no había cumplido los quince años. Comenzó de mozo en una tienda de ultramarinos, en donde echó raíces por su formalidad y entrega en sus obligaciones. Al tiempo lo pasaron a la categoría de dependiente, en donde mostraba sus habilidades para atender a los clientes. Así estuvo unos años, hasta que el cambio de propiedad del negocio originó que también cambiaran a los empleados, encontrándose en la calle. Hizo de “Hombre Anuncio” de una marca de productos para el cuidado del cabello. Probó también como ayudante de correos, repartiendo correspondencia por los domicilios de la ciudad durante un largo tiempo. Un amigo le habló de una editorial que ofrecía trabajo a los vendedores de sus enciclopedias. Con la experiencia que tenía, en el reparto de cartas y paquetes postales, fue contratado a comisión para ir por los domicilios y oficinas, ofreciendo la Enciclopedia Espasa, en una edición resumida de 10 volúmenes (la edición general para centros de estudio o personas con dinero alcanzaba los cien volúmenes). Pero sin grandes resultados, pues la gente común no tenía medios ni ganas de gastarse “los cuartos” en libros que no iban a leer y que pesaban más de un cada volumen. 

Un sábado por la tarde, acudió a una casamata residencial en el barrio de Ciudad Jardín. La dirección se la había facilitado la propia editorial, que poseía listados de personas acomodadas en cada provincia. Trataba de convencer, con ímprobo esfuerzo, a don TIBERIO Quintanilla de que adquiriera una enciclopedia histórica, que podía facilitarla a cómodos plazos mensuales. Este comerciante quedó admirado de las brillantes dotes de charlatán locuaz que mostraba el persuasivo vendedor.

“Mire, Cestino. Valoro su esfuerzo en querer endosarme esos seis volúmenes de la Segunda Guerra Mundial, pero a mí me importa “un pepino” los avatares bélicos que padeció el mundo hace unos veinte años.  Comprendo que tiene que ganarse el pan de cada día. Sin embargo, aprecio en Vd. unas dotes expresivas verdaderamente admirables para tratar de convencer a la gente, especialmente a las personas modestas de que adquieran productos útiles para la cocina y la vida diaria. Pertenezco a una empresa de venta callejera, para difundir productos que importamos del mercado chino. Necesitamos vendedores que dediquen sus mañanas a la venta callejera de esos necesarios y baratos productos. Vd. Cestino, tiene el perfil adecuado para trabajar como un dinámico vendedor, con los trucos y habilidades para los que será adecuadamente entrenado”. 

Así, de esta forma tan inesperada e insólita, Remigio se integró en la empresa de Tiberio Quintanilla, como vendedor ambulante. Tras una semana de preparación, instalaba su mesita de tijera o tenderete en un punto urbano de abundante tránsito de viandantes. Era muy conocida su presencia casi diaria en calle Compañía, frente a la gran tienda de cerámicas y cubertería de lujo de Álvarez Fonseca, en la actualidad Museo Thyssen, muy cerca de la Plaza de José Antonio (hoy Plaza de la Constitución).  También se ubicaba en la comercial y muy transitada Calle Nueva y en la Plaza de Félix Sáenz. Ofertaba productos de precio barato y de sorprendente utilidad, como peladores de patatas y frutas. Curiosos y versátiles exprimidores de cítricos. Otras veces eran corbatas de gran calidad a precios increíbles. Mágicos líquidos quitamanchas que actuaban de inmediato sobre la prenda a limpiar. Utilizaba para ello sus grandes dotes de verborrea expresiva (le dieron unas clases prácticas de pronunciación para que aplicara una dicción castellana, que realzaba su figura (vestía con chaqueta y corbata) y convenciera a la masa “poco cultivada” y crédula que, atenta y “boquiabierta”, escuchaba sus atractivas ofertas. 

“Este maravilloso invento no les va a costar ni 25, ni 20, ni 15, ni 10 pesetas. Sólo hoy se lo pueden llevar a casa por el increíble precio de una entrada de cine ¡5 pesetas! Y además les regalo un vaso de plástico, valorado en una peseta, en donde pueden echar el zumo de la naranja, que con el patentado invento del tornillo giratorio, exprime hasta la última gota de zumo que queda en el apetecible cítrico”. 

Remigio llevaba siempre “un reclamo” que se mezclaba entre la masa que rodeaba al convincente truculento vendedor. Era el primero que levantaba el brazo, al grito de “yo le compro un exprimidor”, gesto que animaba a los “embelesados” concurrentes, que pronto abrían su billetero o monedero para sacar las cinco pesetas con que pagar la interesante compra.  

Los niños de aquella época, años 50 de la pasada centuria, buscábamos distracción viendo y escuchando, entre el corrillo de personas adultas, al “mago” de las fluidas expresiones, “envolviéndose” en una densa nube de palabras y gestos, bien ensayados, para “atrapar” de alguna forma a los compradores pusilánimes. Sus modales exquisitos, su elegante porte en el vestir, sus argumentos y hábiles prácticas sobre la mesa de trabajo, generaba nuestra admiración y respeto hacia el locuaz vendedor. 

No podrían finalizar estas líneas sobre los charlatanes callejeros, sin aludir a otro gran personaje de la palabra, en la Málaga de los años 50 y 60. ¡Que viene Matías! Y las gentes rodeaban a esta persona en la calle para escucharle sus certeras palabras. 


MATÍAS Ortega Ruiz había nacido en 1889, en la zona de la Goleta/Molinillo malacitana. Era hijo de un sereno. Estudió en el colegio de los Salesianos y fue soldado durante 16 años. Llegó en la escala castrense a sargento de la Legión. Combatió en la guerra de África, Melilla, obteniendo 8 medallas por su valor en el combate. Cuando la reina Victoria Eugenia de Battenberg (esposa del monarca Alfonso XIII, 1886, 1902, 1931) entregó una bandera en 1921 al Tercio de la Legión (cuerpo de ejército creado en 1920) el sargento Matías pronunció unas palabras ante la regia señora. Volvió a Málaga en 1930 aquejado de una enfermedad mental: Parafrenia (trastornos psicóticos, delirios fantásticos, alucinaciones, ánimo exaltado …) Quedó recluido en el Hospital Civil, en el que gozaba de un régimen abierto, para dar sus diarios paseos y discursos. Iba elegantemente vestido, con sombrero, chaqueta y pañuelo blanco en la solapa. Los malagueños que escuchaban sus discursos y peroratas lo hacían con admiración, cariño y divertimento. Cuando terminaba su perorata, en la que mostraba su gran cultura y agudeza mental, daba una patada en el suelo al grito de “¡lo dice Matías! Falleció en el Hospital Civil de Málaga el 23 de febrero 1971, a los 82 años. 

El autor de estas líneas era uno de aquellos niños que también se arremolinaban alrededor de Matías, escuchando sus palabras y observando sus gestos teatrales y mímicos. Era la España de los 50/60. –

 

 

 

RECORDADOS CHARLATANES

CALLEJEROS

 

 

                      José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 26 junio 2026       

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viernes, 19 de junio de 2026

UNA ATRACTIVA EXCURSIÓN SABATINA

CÁSTULO Zambrana Albarrán era un buen hombre jubilado, que durante su vida laboral había trabajado con dureza en el campo andaluz. Preparaba la tierra, sembraba, regaba, cultivaba y recolectaba en una gran finca (también con una gran zona dedicado al olivar) que poseían los señores condes de MONTEFLORO, en la amplia campiña jienense. Contrajo matrimonio con CASILDA Morón de la Cueva, mujer hacendosa, que había sabido llevar su casa y la crianza de sus tres varones. La vida de Cástulo se simplificaba con escasas palabras: trabajo, comida y cama. En absoluto era devoto de la iglesia, ceremonias a la sí asistía su mujer para escuchar la misa de doce los domingos y fiestas de guardar. 

Los años fueron pasando con paciente rutina, los chicos crecieron, yéndose uno tras otro a la capital, en l que encontraron acomodo en diversos oficios manuales y en la restauración. Formaron sus familias y evitaron volver a su pueblo de VILLAFRANCA DEL PALMAR, en donde habían nacido y pasado su infancia y adolescencia. Bromeaban comentando que ellos se habían hecho “urbanitas” y nada querían de la azada, la hoz y la trilla, trabajando la dureza de la tierra bajo el sol ardiente o los fuertes aguaceros de la naturaleza. Al alcanzar la edad de jubilación, el señor conde, don RAIMUNDO, le dio una palmada en la espalda, agradeciéndole los servicios prestados durante tantos años, junto a un sobre con 500 pts. Para que se las gastara en algún capricho, ahora que iba a tener tiempo abundante para el ocio. 

“Muchas gracias, don Raimundo y que tenga Vd. y su señora esposa, doña ALONDRA muchos años de vida. Siempre seré su fiel servidor para lo que tenga a bien mandar” inclinando su cuerpo hasta en tres ocasiones. 

Este servicial labriego se distraía en su “nueva vida” cuidando unas gallinas, y unas cabras que tenía en el establo. Poseía un pequeño terreno detrás de su vivienda (que había autoconstruido “con sus manos” e ímprobo esfuerzo) cuando volvió de prestar el servicio militar a la Patria) en el que cultivaba algunos vegetales que dieran “cuerpo” a la olla del cocido casi a diario. 

Fue un golpe muy duro que el esforzado esposo recibió cuando “se le fue” su Casilda, a causa de algún fallo en el corazón, agravado por su buen comer y el descontrol con el engorde. Aceptando sumisamente la realidad, continuó viviendo en su casa de siempre, y cultivando el terrenillo y cuidando los animales. Para su distracción poseía un viejo aparato de radio, donde le gustaba escuchar a las divas de la canción española y también el “parte” de Radio Nacional. Por las tardes solía reunirse con su amigo de muchos años, llamado IRINEO, para tomar la cervecita y jugar unas partidas de dominó en el HOGAR DEL JUBILADO, instalado precisamente en un caserón abandonado, junto al tanatorio municipal.   

Ambos amigos se llevaban bastante bien. Irineo había sido cabrero, caminando por muchos campos junto a su rebaño de cabras, tarea que completaba con un pequeño negocio de venta de leche y quesos que él mismo elaboraba. Ahora ese negocio lácteo lo llevaba su hija Venancia.

“Cástulo, el ayuntamiento ha organizado para el sábado que viene una excursión, con comida incluida. Se visita el pueblo de TORREREDONDA. Allí nos enseñarán la iglesia, que llaman “colegiata” de Ntra. Sra. del Amparo, además del Castillo musulmán de Alhaken el Moro. El precio está subvencionado por la asociación. Cada uno paga 35 pesetas, por el autobús, la visita a los monumentos y el almuerzo en el cortijo EL ABEJORRO” Irineo convenció a Cástulo, a regañadientes, de que había que “apuntarse para viajar y salir de casa. 

Ese sábado afortunado para el disfrute, fueron 49 vecinos los que viajaron desde Villafranca del Palmar hasta Torreredonda. A 35 km. de la partida, el muy vetusto autobús de antes de la Guerra del 36, comenzó a expulsar por el motor un humo ennegrecido. Emitía, al tiempo, unos sonidos misteriosos, parecidos a los mugidos de una vaca. TRISTÁN Alcoba, el conductor, quien también ejercía de mecánico, no paraba de repetir “esto es cosa de la junta de culata”. Vieron además que “la camioneta, como la llamaban, perdía combustible por una pequeña grieta en el depósito de gasolina, por pura obsolescencia. Buscaron una cortinilla vieja, desflecada, de una ventanilla y con ella hicieron un tosco torniquete en el conducto de la gasolina hacia el carburador.  Una vez que el motor se enfrió, prosiguieron la marcha, después de una reparación de más de media hora. Tuvieron la mala suerte, pues al pasar cerca de unas colmenas de abejas, algunas entraron por las ventanillas abiertas dado el calor reinante en el exterior del vehículo. Muchos excursionistas se pusieron a “cazar” abejas, una de las cuales picó en la nariz a Felisa, la mujer del alcalde. Algunos viajeros indicaban que no podían aguantar sin “hacer menores”. En un pedregal, con abundante majadas de vacas, el bus se detuvo y cada cual buscó su acomodo. La pequeña zona quedó bien hidratada y el algún caso “abonada”. 

Al fin llegaron al destino de la visita: el pueblo de Torreredonda. Faltaban quince minutos para el mediodía y hasta el momento las incidencias soportadas (aunque superadas) no habían hecho grato el desplazamiento. Aparcaron en la plaza de la localidad y los viajeros se aperaron de la vetusta “tartana” que seguía echando humo desde la zona del motor.

Tras una breve introducción de CAMILO Arana, el guía municipal, resumiendo algunas características históricas, económicas y monumentales del pueblo, caminaron hacia la iglesia colegiata de la Virgen del Amparo. Las escasas personas que había en las calles, muy veteranas, observaban con extrañeza la “comitiva” de los cuarenta y nueve turistas, más el guía que los orientaba con una sombrilla abierta de color verde oscuro para protegerse del intenso sol.  El templo, bastante deteriorado por el paso del tiempo y la falta de cuidados, tenía una monumental arquitectura barroca. Pero se encontraron con las dos grandes puertas cerradas. Había que localizar al párroco, don EZEQUIEL o al sacristán Bonilla, para que abrieran la puerta. La solanera era cada vez más molesta y el calor “castigaba” con fuerza. La espera se hizo larga, pues el párroco había acudido a consulta del dentista en la capital y Wenceslao BONILLA se había marchado a recoger unas olivas en un pequeño terreno que tenía en la colina del Buey, a unos tres km del centro de la localidad. Después de unos tres cuartos de hora esperando de pie o sentados en los apoyos más originales, al fin apareció Camilo “resoplando” con las llaves, que estaban ensartadas en una ruda herradura de bestia. 

El interior del templo, a tres naves, con un olor a pergamino o tocino añejo (posiblemente por las velas) ofrecía un panorama oscurecido y lóbrego, reflejando el ambiente de una época bien remota en el tiempo. Las esculturas de santos, tallas barrocas en madera policromada, sobrecogían por sus austeras expresiones, generando impacto anímico entre los visitantes. El artesonado de la bóveda, la cera ennegrecida sobre el suelo los dos grandes velones en el altar mayor marcaban el sobrecogedor ambiente. Tras una urna de cristal, había un impactante osario, y entre el polvo huesos de todo el esqueleto, venerados como reliquias. El Cristo muerto en el santo sepulcro y los dos confesionarios oscurecidos por la antigüedad de la madera marcaban unos elementos lóbregos y tenebrosos, que se multiplicaba por todo el recinto sacro. El frío de la piedra, la oscuridad sepulcral, el tenebrismo artístico, con pinturas que apenas se distinguían por estar cansinamente ennegrecidas y carentes de restauración y limpieza, esas miradas de patético dramatismo en los rostros de las figuras y persistentemente ese olor de objetos viejos, anticuados, y rancio a sacristía. Verdaderamente el ambiente era escasamente estimulante para exaltar el ánimo sobrecogido de personas bastante mayores, Todo olía y se sentía a viejo. Olía a beata vieja de sacristía.

Cástulo se preguntaba “y yo qué hago aquí, sin en mi vida apenas pasaba por la iglesia, Solo entré en ella para la boda y el bautizo de los niños”. Por fortuna, después de 45 minutos en aquel ambiente deprimente, camilo puso fin a la tétrica visita.



Desde allí se encaminaron a las ruinas del Castillo de Torreredonda , para lo que había que subir una ondulada cuesta, con el suelo de tierra y piedra, cuya longitud se acercaba a los tres km, hasta alcanzar los primeros paños pétreos de muralla. Los resoplidos del veterano labriego, y de muchos de sus compañeros de viaje, con sus años a cuestas se acompasaban con las pisadas en un suelo de tierra pedregoso, cuyos guijarros se hincaban en las suelas de esparto de las albarcas, que Cástulo usaba por sus problemas en los pies. Camilo explicaba y explicaba, tratando de motivas la imaginación de los oyentes, tratando de dibujar en las mentes cómo sería aquella fortaleza seis siglos atrás. El sol seguía calentando a castigo. Cástulo no había sido previsor y no había llevado en su bolsa el botellín de agua, necesario para recorrer los espacios objeto de la cansina visita. La sed lo castigaba en todo su cuerpo ¡Cuánto daría por una cerveza bien fresquita que hidratara su árida garganta, una clarita con sabor a limón! 

Era la 1:30 y el buen campesino, muy cansado, sentía que le picaba el estómago. Al fin dejaron esos pétreos restos castrenses que en su origen constituyeron un “artístico” castillo musulmán. Bajaron la cuesta pedregosa ondulada y se encaminaron al cortijo restaurante del Abejorro. Después de las caminatas y paseos, los estómagos de los participantes estaban ávidos de alimento. Era un almuerzo concertado. En un gran salón, se encontraron tres grandes meses redondas, para 18 comensales cada una. A pesar de unos ventiladores colocados en el techo, hacía calor y las moscas revoloteaban por todo el salón comedor. Y llegó el menú. Plato de ensalada para cuatro. Abundante lechuga, zanahoria, tomate y pimiento. Unas aceitunas y unos trozos de atún se echaban en falta. Sopa de picadillo, con escaso jamón o pollo y mucho huevo duro. El plato central del almuerzo era una chuleta de cerdo frita con patatas a lo pobre, Cuando llegó la chuleta, entre el largo hueso limpio de carne y la “guarnición” de sebo que traía el manjar, la chuleta “útil” quedó severamente limitada para personas hambrientas. Lo más suculentos fueron las patatas a lo pobre. Vino tinto, duro y picado, para todos. De postre un cubito de natillas de la casa, con abundantes grumos de Maizena sin diluir. Aquellos viajeros que deseaban tomas un café, tuvieron que pagarlo aparte.

Cuando a las 5 de la tarde volvía de Torreredonda a Villafranca del Palmar, Cástulo, cansado, hambriento, sofocado por el calor, le decía a su amigo Irineo: “Con lo bien que yo habría estado sentado en el zaguán de mi casa, junto a un botijo de agua fresquita, un abanico y un sombrero de paja, que me aliviara del sol. Otra vez me lo pensaré porque esto de hacer turismo tiene su “coste” y yo no tengo ya el cuerpo para sufrir la colegiata, el castillo en ruinas y el menú del Abejorro. Ni un café nos regalaron. Prefiero la tranquilidad de la vida, amigo Irineo. Tengo los pies, con las albarcas de espartos, llenos de rozaduras, algunas ampollas y los “juanetes” me están martirizando” No resistiría otra expedición”. Los dos amigos se fueron al bar del “Bizco” para pedir sus cafés con leche y para jugar algunas partiditas de dominó. Tomarían algo en el bar y se irían pronto a la cama. El día había sido muy intenso.  -

 

UNA ATRACTIVA

EXCURSIÓN SABATINA

  

 

 

 

 

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viernes, 12 de junio de 2026

LA DECISIÓN DEL PÀDRE EUSEBIO.

Es bastante probable que muchos de los lectores de estos relatos hayan tenido la experiencia de conocer a algún miembro del clero, regular o secular, monje, fraile o sacerdote, que, en un momento de su ministerio o función sacerdotal, haya tomado la muy difícil decisión de exclaustrarse o secularizarse. La misma “libertad” que esa persona tuvo para ingresar en un monasterio, convento o jurar los votos para ejercer el sacerdocio, también la asume para pasar a la ciudadanía laica, desde el ámbito eclesiástico. 

Parece lógico que cuando un miembro militante de la iglesia católica adopta esa “drástica” decisión en su vida de abandonar “los hábitos” no lo hace “a la ligera”. Dar ese paso trascendente, como es dejar su función sacerdotal, debe conllevar largos e intensos meses de reflexión, meditación y sacrificio personal. Durante esa fase de duda espiritual, pueden abandonar definitivamente esa pretensión de secularización. Pero hay otros componentes del estamento eclesiástico que, finalmente adoptan ese cambio trascendente en sus vidas, renunciando a seguir ejerciendo el sacerdocio. En este contexto se inserta nuestro relato semanal. 

El Padre EUSEBIO Sibajas, ejercía como sacerdote párroco en una localidad de la Axarquía malagueña. Había estudiado en el Seminario conciliar de Málaga, en donde ingresó en 1941, con apenas doce años. El deseo de su madre, viuda de guerra, fue decisivo en esta opción. En aquellos muy difíciles años de la posguerra española, a partir de 1939, fueron muchos los niños y jóvenes que buscaron en el seminario el mejor centro de estudios en el que podían recibir una formación de calidad, en unos años brumosos de intensas carencias y penalidades. Su aplicación en el estudio como seminarista fue ejemplar y siguiendo el proceso normativo de la curia eclesiástica, fue propuesto para que tomara los hábitos sacerdotales y “cantara” misa a los veinticuatro años, para alegría propia y de sus familiares y amigos, especialmente su señora madre, doña ANGUSTIAS

Tuvo destinos temporales, por parte del Obispado, como coadjutor del párroco titular en distintas localidades de la diócesis malagueña. Su madre lo acompañaba con el orgullo ilusionado de ver a su hijo “bien colocado” o situado, en un puesto tan importante para la salud religiosa de la feligresía del lugar. Tener un hijo que vestía sotana, al que los habitantes del lugar llamaban “don Eusebio” o Padre Eusebio era toda una satisfacción para una madre abnegada, que tanto había sufrido con los rigores y crueldad de la guerra fratricida española, desde 1936-1939.

Al fin, el Rvdo. Sr. Obispo de la diócesis lo envió a un pueblo de la Axarquía malagueña, ya como párroco titular. A punto de cumplir los cuarenta, era un apetecible logro, para un hijo y su madre, que tanto habían “luchado” en esas décadas nubladas de la Historia de España. Su labor pastoral como el padre cura de la localidad era reconocida por los lugareños de un pueblecito pescador y agrario, que también recibía un flujo económico durante los meses del estío, cuando turistas nacionales se desplazaban con sus familias para pasar esos meses vacacionales, alquilando para ello parte de la vivienda de familias modestas, que se avenían a ceder la parte principal de sus casas para que los visitantes disfrutaran del sol y la playa y de los incentivos rurales del lugar.  La popular feria de Santiago y Santa Ana a finales de julio, el desplazamiento para visitar la capital que se realizaba en pocos minutos o usando el inolvidable tren de “la cochinita” en su trayecto paralelo al mar, la serena tranquilidad de la vida rural y una sana y suculenta restauración con precios muy asequibles eran fuertes incentivos para acudir a la localidad. Las pesetas que dejaban los señores de otras provincias españolas “oxigenaba” la precaria economía de estas sencillas familias que trabajaban en la agricultura y en la pesca de arrastre que las barcas de traíñas realizaban durante las horas nocturnas, en las que sacar el copo hacia la arena de la playa era un fascinante y esforzado espectáculo que se complementaba con el pescado fresco que era tan apetecible para consumir frito o asado en los restaurantes y en las mesas de los hogares particulares. 

Pasados unos diez años, el Padre Eusebio recibió desde el obispado el traslado de su misión pastoral a un nuevo destino. Era una nueva parroquia situada en una populosa barriada pesquera de la capital malacitana, dada la solvencia sacerdotal demostrada en el ejercicio de sus funciones religiosas. Doña Angustias continuó acompañando y asistiendo a su hijo, en la nueva parroquia, teniendo que abandonar ese pueblecito tan querido en el que también había sido muy apreciada y atendida por las amigas y vecinas. 

Las leyes del calendario, en la vida de las personas, generó que la admirada doña Angustias terminase su largo recorrido existencial, falleciendo con la alegría de ver lograda su gran aspiración de tener un sacerdote en la familia, hijo de su propia sangre. La pérdida de una madre tan querida y admirada fue un durísimo golpe anímico y vocacional para el padre Eusebio, ya inserto en su medio siglo de vida. El dolor por la pérdida de una madre que tanto había supuesto en su desarrollo personal se unió al también insoportable dolor de la cruel soledad vivencial, que cada vez más le abrumaba. En los momentos de mayor declive anímico, el ya veterano sacerdote comenzó a sentirse abrumado por las dudas acerca de los verdaderos fundamentos de su vocación pastoral, como miembro cualificado de la iglesia católica. El Eusebio hombre, en la soledad de su actual circunstancia, veía que avanzaba sin pausa el calendario de su existencia, sintiendo que la potencialidad sexual para la genética le atormentaba cada vez más, necesidad que antes había sabido dominar por el ejercicio de sus funciones y la proximidad de su querida madre. Sentía que se le iba acabando la oportunidad, como hombre, de poder formar una familia. En esta vorágine depresiva, se preguntaba si en él había realmente existido esa imprescindible vocación para el ejercicio sacerdotal. El destino, imprevisible y travieso, quiso colaborar en la confusión vocacional de este cura, poniendo en su camino a una mujer parroquial, mucho más joven que él. 

Algunos compañeros sacerdotes trataron de ayudarle en ese momento crítico que había llegado a su existencia. Le ofrecieron, con más o menos delicadeza y estilo, “sabios” consejos para que no llegara a la secularización. En el entorno clerical hubo más severidad que comprensión. En la situación tan abrumada, confusa y bien amarga en la que se encontraba, solicitó audiencia con el prelado de la diócesis, su “jefe” directo como sacerdote. El Sr Obispo, tras escucharle con atención y benevolencia, ofreció a su compañero que se recluyera durante unas semanas, para que se centrara en la meditación, la oración y el sacrificio, y que intentara recuperar “la cordura”, sensatez que era necesaria aplicar antes de dar un paso de tal trascendencia en su camino por la vida. La oferta, sugerencia o mandato del prelado fue aceptada por Eusebio, que continuaba a la deriva en un mar embravecido de dudas. Paralelo a todos estos vaivenes anímicos, éticos y vocacionales, encontraba paz e ilusión cuando se reunía con esa feligresa que había despertado su atracción y necesidad, en su acre lucha contra la soledad. El sentimiento y atracción de esa mujer hacia él también era muy intenso. 

No había cumplido una semana de hospedaje en el monasterio benedictino burgalés, cuando Eusebio se despidió del abad monacal, quien le dio la bendición para que tomara el camino más sincero y valiente con respecto a su conciencia. Eusebio abandonó las reglas monacales y volvió con toda premura a su lugar de origen. En 24 horas había presentado la documentación necesaria para solicitar la dispensa papal. La alegría de VIRGINIA su compañera afectiva, tratando de guardar la compostura, era emocionante y entrañable.

Don Eusebio Sibajas se gana actualmente la vida como profesor de latín y religión en un centro educativo confesional de titularidad privada, de notable prestigio en la educación malagueña. Está casado “por la iglesia” con ese amor terrenal que ambos, hombre y mujer, se profesaban. En pocos años, trajeron a la vida a tres hijos, preciado tesoro que da luz y sentido a sus vidas. Viven con sencillez y alegría, confiados en haber hecho lo correcto en un momento trascendental de sus existencias. Los dos han cogido kilos y Eusebio no echa de menos el traje clerical, clergyman (antes fue la sotana) que vistió con dignidad y responsabilidad, durante más de dos décadas. 


En la sencillez de la confidencia, compartiendo ese café de amistad fraterna con algún amigo “de siempre” (otros habían dejado “injustamente” de serlo) confesaba, con el timbre de su voz melodiosa que le caracterizaba, que al paso de los años ejerciendo como sacerdote fue tomando conciencia de que su vocación inicial no era tal. “Había que sobrevivir, en la angosta y árida dureza de una España, nublada y triste, recién salida de una muy cruenta guerra entre hermanos. La pérdida de mi madre fue definitiva para la secularización. Con ella viva nunca habría dado este paso tan difícil, hacia la sinceridad absoluta de mi conciencia y necesidad. Pero Virginia ha sido mi ángel salvador, en el cruel marasmo de la soledad”. Los dos veteranos amigos continuaron hablando acerca del discutible “precepto” del celibato sacerdotal y sus consecuencias personales y sociales. –

 

 

LA DECISIÓN DEL PADRE

EUSEBIO


 

 

           José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

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viernes, 5 de junio de 2026

UNA CURIOSA MAÑANA DE RIESGO

El día había amanecido con un cielo limpio de nubes. FÉLIX Sacristán, 46, un escritor de guiones y proyectos cinematográficos y teatrales se había ido a la cama ya de madrugada, pues quería completar una de las dos historias que le habían encargado con perentoria premura. El reloj despertador, al que le tenía quitada la alarmas, marcaba las 10:40. Se incorporó de la cama con una desgana y con los ojos legañosos. Tras el afeitado, la ducha y un frugal desayuno (cuando escribía le gustaba tener cerca chocolate negro, no menor de 85 %, pues se sentía adicto a tan sabroso manjar) pues la ingesta de una tableta y media no había caído bien en su digestivo. Así que sólo un yogurt y una magdalena de Loja, que había encontrado en los estantes del Covirán cercano la tarde anterior. Puso un CD de Leonard Cohen en su reproductor, cantautor que relejaba sus frecuentes ansiedades. Se preguntó a qué podría dedicar la mañana del sábado. Considerando que había trabajado hasta poco más de las tres de la madrugada, decidió distraerse dando un paseo hasta el complejo comercial que tenía a kilómetro y medio del ya vetusto bloque de viviendas donde residía.  Echaría un rato en el Fnac del centro comercial, por si encontraba algún libro interesante para comprar. Y después se traería algo “agradable” del súper para prepararse el almuerzo. No se olvidaría de reponer alguna tableta de chocolate en su alacena.

Cuando llegó al portal de su bloque, comprobó que el día se había nublado inesperadamente. El suelo estaba mojado. Una fina llovizna había comenzado a caer. Subió al piso en la quinta planta, vivienda que tenía alquilada desde hacía ya casi dos años, tras una separación “borrascosa” con GLORIA, con la que había convivido más de siete años. Se consideraba una persona infiel por naturaleza, en materia de sexo. Gloria se había cansado de aguantar engaños. Menos mal que no había habido descendencia entre ambos. Se cambió las zapatillas Quechua por otras impermeables. Cogió un paraguas y desistió ponerse un chubasquero. No hacía frío ni la lluvia era intensa. Ya de vuelta a la calles, sentía como las gotas de lluvia percutían en la tela de su paraguas. La precipitación iba arreciando. Recordando momentos de su infancia, jugueteaba con los charcos que se iban formando en la calzada. Pronto avistó la gran mole arquitectónica del centro comercial, “sembrado” de colores por los llamativos anuncios de los muchos comercios que en su interior se ubicaban. 

Ya en las puertas del establecimiento, se sintió uno más de las muchos clientes que entraban o salían del recinto o también muchas personas desocupadas a esas horas de la mañana lluviosa que acudían como él con la intención de distraerse banalmente. En ese momento observó a una mujer joven, no pasaría de los treinta, que también estaba en la puerta mirando hacia el cielo lluvioso. Sus manos conducían un cochecito de niño pequeño. Efectivamente, llevaba a una niña de escasos años que jugueteaba con un peluche de color blanco. En uno de los manillares del cochecito colgaba una bolsa con el logotipo del hipermercado del centro, en donde habría realizado la compra del día.  Tuvo de inmediato un impulso de eses que no se piensan, acercándose a la joven madre, quien mostraba un rostros preocupado y nervioso. ¿Puedo ayudarla, señorita? 

La joven lo miró, un tanto sorprendida. “Gracias, es que tengo que ir a casa a darle de comer a mi hija LUNA. Es la hora en que debe de tomarse una medicina. Como ocurre casi siempre, no he sido previsora y no me he traído un paraguas. Cuando salí de casa el cielo no estaba nublado. Nos vamos a poner bien mojadas, pues la lluvia viene racheada. No vivo muy lejos, en la zona de Mármoles, pero las nubes traen hoy agua y hay que conformarse.”

“No se preocupe, que todo tiene un arreglo. Si me permite, la acompaño con mi paraguas, que tiene un buen diámetro, y extendemos la capa protectora del cochecito para que su hija no se moje. En 10 o 15 minutos podemos estar en su domicilio”. 

JULIETTA, así se llamaba la joven, expresó su primera sonrisa. Asintiendo y dando las gracias repetidamente, comenzó a caminar, empujando el carrito de ruedas. Félix la protegía con el gran paraguas que llevaba. La joven se sentía protegida, mientras el escritor de guiones se sentía útil y distraído al tiempo. Durante esos esos más de media hora que tardaron en recorrer el trayecto, al domicilio de la mamá de Luna, intercambiaron diversos comentarios. Sorprendentemente, Julietta comenzó a hablar de su vida con insólita confianza a ese desconocido que se le había acercado para ayudarla. 

Se trataba de una madre soltera que había quedado embarazada en una noche agosteña de feria. Iba con un pequeño grupo de amigos, todos habían bebido en exceso. Se encontraba embriagada y un feriante la convenció para que lo acompañara a una de las grandes furgonetas en donde viajaba, en su nómada vida. La feria finalizó y cuando en un par de meses ella se sintió en estado, su padre, un hombre intransigente y colérico, la echó literalmente del domicilio familiar. Como no sabía en donde refugiarse, pues sus amigos no querían líos, una vecina le aconsejó que fuera a las monjas del servicio doméstico, que sí la cobijaron, prestándole ayuda. Le buscaron un trabajo para servir en una “familia Bien”, que fueron comprensivos con su estado. Tuvo a Luna y ahora trabaja en un hotel, mientras su madre se queda con la pequeña. El padre no quiere que conviva con ellos, por lo que con su sueldo (y la ayuda de su madre) se paga el alquiler de un modesto apartamento, por la zona de calle los Negros.  

Cuando llegaron al domicilio de esta sufrida mujer Julietta quiso invitar a tomar un café a su inesperado amigo y benefactor, en correspondencia a la generosa ayuda que le había prestado. Sobre todo, escuchándola. Félix sentía pena por esta joven persona que tanto estaba sufriendo para sacar a su hija adelante, ante un padre cruel e insensible. Félix, desilusionado sexualmente ante la crítica separación que había que afrontar con Gloria, por su infidelidad repetida, se sintió atraído por una bella y desgraciada joven, madre de una niña encantadora y llena de vida y alegría. Compartieron un Nescafé y hablaron, hablaron y hablaron. Los minutos iban avanzando y ninguno de los dos parecían que aquello acabase. 

Las manecillas del reloj se acercaban a las 13:30. Por lo que Félix le indicó a su gentil interlocutora que ya debía marcharse. “Prométeme que volveremos a vernos esta tarde, aunque sea sólo un ratito”. Félix la veía cada vez más inquieta y necesitada. “Esta tarde tengo que dedicarla al trabajo, que me da de comer. Pensar, escribir, imaginar y escribir. Seguro que la semana que viene tendremos la oportunidad de volver a encontrarnos. Me dejas tu número de teléfono y te prometo que te llamaré. Me hará ilusión jugar unos minutos con la pequeña Luna, como hemos estado haciendo esta mañana de lluvia”. 

En ese preciso instante, sonó la llave de la puerta entrando en el pequeño apartamento un hombre, de una edad similar a la de Julietta, vistiendo el uniforme de una empresa de la construcción. Mostraba el sudor del cansancio y la suciedad del cemento con restos de pintura. Félix se quedó frío y como petrificado. ¿Pero quién era aquel hombre? 

“¡Otra vez, querida Julietta! ¡has vuelto a las andadas! De nuevo has engatusado a un hombre, contándole la historia que se te haya ocurrido. Verás cuando se enteren los médicos.

Félix, recuperando el color, trató de dar una explicación al probable marido de Julietta acerca de lo que había ocurrido.

“Y yo todo el día trabajando como un negro y tú la lías con el primero que se te pone a tiro, contándole lo desgraciada que has sido, cuando no te falta nada de lo básico para vivir con decencia. 

ROBERTO, tras escuchar a Félix le explicó que su mujer estaba en tratamiento médico. Que él era el padre de Luna y que su mujer no tiene por qué trabajar. Se encuentra enferma con delirios psicóticos. “Le ruego que nos deje en paz y trate de olvidar este enojoso asunto”, Entonces Félix, bastante nervioso, se disculpó y se ofreció para lo que necesitasen. Abandonó con presteza el apartamento en la calle Los Negros, suspirando profundamente acerca del grave lío en que se podía haber metido, con consecuencias imprevisibles. 

Caminando por la selva “civilizada” de la gran ciudad pensaba en esa prudencia que siempre debemos aplicar a todos nuestros actos y que tan pocas veces la usamos. Originalmente su decisión fue hacer un bien solidario, más adelante la posibilidad de mantener una relación curiosa y atrayente que el destino había puesto en sus manos, llegando finalmente la tozuda realidad, en una escenografía cómica y dramática al tiempo. Igual esta cruda experiencia podría utilizarla en algunos de sus guiones cinematográficos o teatrales. Ya había dejado de llover. Pisaba las baldosas móviles de tantas aceras, que ahora expulsaban agua para molestia del viandante. Tomó dirección hacia el puerto en donde encontraría algún lugar para “picar”. El salobre marino solía vitalizar sus fases de atonía vital. ¿Qué será de Gloria? se preguntaba. -

 

 

UNA CURIOSA MAÑANA 

DE RIESGO

 

 

     José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 5 junio 2026       

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viernes, 29 de mayo de 2026

UN HOMBRE DE LUTO

Resulta obvio que las costumbres y hábitos de las personas van cambiando a lo largo del tiempo. Y estos cambios afectan a todos los órdenes de la vida. Lo raro sería que no ocurriera así. Una costumbre, arraigada en la memoria de los recuerdos, era la muestra externa de aquellos hombres y mujeres cuando perdían a un familiar, un ser querido que había dejado de existir. En esa circunstancia dolorosa, sus allegados más directos cambiaban su ropaje 

En la sociedad occidental, esa muestra de dolor anímico por la pérdida vital se exteriorizaba vistiendo ropas negras y austeras. Los hombres solían ponerse en la manga de la chaqueta una ancha cinta negra. Otros buscaban ropa de ese color, fueran jerséis, pantalones, faldas, camisas, blusas, calcetines, corbatas, rebecas y por supuesto los zapatos cerrados o sandalias. Era una forma de señalarse ante los demás, manifestando cromáticamente “estoy de luto, sufriendo la muerte de una persona querida”.

 Había normas, no escritas, pero consolidadas por la costumbre, de “guardar el luto” por seis meses, un año o incluso más. La transición hacia la ropa de colores discretos se hacía de manera paulatina, para no llamar la atención del entorno vecinal. Las personas mayores prácticamente mantenían el luto de por vida, dado que iban encadenando fallecimientos, por lo que ya no volvían a vestir los colores del arco iris. A los niños no se les solía poner luto, aunque algunas familias sí lo hacían. Sólo en la ceremonia fúnebre, también se les vestía con el color de la noche. Las personas más modestas carecían, en muchos de los casos, de medios económicos para adquirir ropas negras, por lo que se acudía a la droguería con el objeto de comprar pastillas para teñir en el lavado todo tipo de ropas. O tinta, para teñir los zapatos.

En la actualidad, ya no es frecuente el uso del color negro para manifestar el dolor por la persona querida ausente. El luto prácticamente ha desaparecido. Sólo en el sepelio, algunos asistentes llevan ropa oscura, no llamativa, durante las “pompas fúnebres”. Se aplica más en los pueblos y en las regiones del interior. Una vez oficiadas las exequias, cada uno vuelve a su ropa habitual. Pero hay excepciones. Vayamos pues a la historia de este relato. 

Me encontraba en Roquetas de Mar, Almería, disfrutando de una agradable semana vacacional, gracias al turismo social del Imserso. Aunque hay una parte muy importante del territorio almeriense dedicada al cultivo temprano bajo plástico, la zona de esta localidad más próxima al mar se encuentra poblada por grandes y lujosos hoteles, que generan un importante turismo de sol y playa, con un mar de aguas placenteras y unas amplias playas de varios km. de longitud. La zona hotelera está concentrada en un amplio espacio, Las Marinas, muy bien urbanizada, con jardines, aparcamientos, merenderos, supermercados y tiendas, junto a otros servicios, muy bien valorados por los turistas que acuden para sus vacaciones. El viento de poniente también se sumaba al disfrute gozoso de los muchos viandantes que por allí pasean. 

A media mañana de un día de mayo, caminaba por el largo y bien construido paseo marítimo de la localidad. La brisa, con desigual intensidad, no era molesta, pues la insolación era radiante, sin una sola nube en el cielo. Había que ponerse gafas de cristales teñidos para protegerse de los cálidos rayos solares. Me sentía acompañado por otras muchas personas, la gran mayoría personas jubiladas, por su apariencia de edad, y gozando de los trajes de baños y deportivos. La casualidad quiso que, al pasar junto a uno de los bancos de piedra que jalonan el prolongado paseo, me fijara en un hombre de avanzada edad, con algo de sobrepeso, que sólo él ocupaba el asiento. Me llamó la atención que, a pesar del intenso sol reinante, vistiera absolutamente de negro. Camisa, chaleco, pantalones, zapatos deportivos, todas sus prendas eran del mismo color. 

Pensé que esa persona, que tomaba con sosiego el sol, descansando y mirando a la playa, bastante serio y cabizbajo, podría estar llevando un severo luto. Cruzamos nuestras miradas y percibí que tal vez necesitaba algo de compañía o esa terapia tan beneficiosa como es el intercambio de las palabras. Me acerqué a su banco de piedra y con cuidada delicadeza le comenté que con la intensidad del sol que hacía esa mañana había deducido que su forma de vestir obedecía al luto que mantenía. SIMÓN Torrens Alcaba me sonrió, “agradeciéndome el atrevimiento”. Me pidió con sencillez que me sentara junto a él, pues le sentaba bien todo el afecto humano que le pudiera aportar. Le expliqué con brevedad mi estancia turística y los saludables paseos que me gustaba dar por un lugar tan bello junto al mar y la playa, con esas zonas ajardinadas tan bien cuidadas por el municipio. Comprobé que necesitaba hablar, para romper la incomunicación que probablemente estaba sufriendo. 

“Voy a cumplir los 82, una larga vida ¿verdad? He ganado el sustento trabajando en el campo, principalmente los cultivos bajo plástico. Supongo que conocerás que se trata de un trabajo laborioso, muy esforzado, pero siempre agradecido, al comprobar cómo la tierra bien cuidada produce todo el alimento que tanto necesitamos para vivir y con la ventaja que aquí lo hace en época temprana, en meses muy interesantes para la venta, principalmente hacia Europa.  Aguanté hasta cerca de los 80, pues, aunque las fuerzas fallen, el amor a la agricultura temprana es como un virtuoso “vicio” que te resistes a abandonar. 

Me casé, allá por los años sesenta, con mi inolvidable AMANDA, viviendo en una casita de labriego que construí, ayudado por unos compañeros de trabajo, con la ayuda generosa también de un buen vecino, que tenía un pequeño negocio de polvero y me regalaba muchos materiales y otros me los vendía a un bajo precio. Allí nacieron mis dos hijos, LUCAS y CARMINA, dándoles educación, alimento y vestido, para que en lo básico nada les faltara. Con el paso del tiempo formaron sus propias familias. Hace un año y un mes, mi querida Amanda se nos fue. Perdí a quien más quería. Creo que he sido un buen padre y esposo. No bebo ni fumo, sólo he sabido trabajar la tierra. Mi mujer siempre me ha hecho muy feliz. Le entregué todo el cariño que mi corazón le podía dar. Te aseguro que hubiera querido irme con ella. Pero aquí me he quedado, sufriendo este valle de lágrimas en soledad. 

Entonces, mis dos hijos casi me obligaron a vender nuestra casita de toda la vida. Me decían que no debía estar solo, que ya era muy mayor y que ellos necesitaban el dinero que es correspondiera para sus carencias. Acordaron que una vez vendida la casa me fuera a vivir con ellos, seis meses con cada uno. Tendría una cama y un plato de comida y que me lavarían la ropa. Así que se repartieron el dinero que cobramos por la venta de la casita y sus muebles y yo no vi ni una peseta de lo que sacaron”. 

Resultaba muy interesante cómo la soledad y el desamparo de una persona mayor encontraba alivio en narrar lo que había sido su vida, dentro de la ejemplaridad, sencillez, humildad y laboriosidad en el día a día. 

“Entiendo que la vida con sus hijos no le está resultando fácil, después de la terrible desgracia por la pérdida de su mujer, con la que compartía un gran cariño, que le hacía feliz y realizado, llevando una vida ejemplar, amigo Simón”.

“Tienes razón, buen amigo. Ahora soy un pobre estorbo en dos casas donde mis hijos tienen sus vidas. Lucas, con dos hijos adolescentes y Carmina, con tres hijos más pequeños. Cada mañana, después de desayunar, mi nuera me dice que tiene que limpiar, por lo que debo salir a dar un paseo, ante el silencio complaciente de mi hijo. Me indica que no vuelva hasta la hora de comer o de cenar. Y así, un amanecer tras otro. Cuando el tiempo es bueno, lo sobrellevo, pero cuando sopla el viento y hace frío, me “refugio” en algún merendero amigo, donde su dueño me deja descansar y darme algo de conversación. Apenas tengo dinero, porque mi pensión también se la quedan para los gastos de la casa. 

El luto, que nunca me quitaré, lo llevo como podrás entender en memoria de mi santa Amanda. Vivo anhelando estar pronto junto a ella”. 

Los restantes días en que permanecimos en Roquetas, durante cada mañana solía reunirme con Simón. Me acompañaba al hotel y allí jugábamos al dominó, el parchís, compartiendo alguna cerveza o refresco en el bar. Antes de volver para casa, le regalé una cazadora de algodón, color negro como era su gusto. Nos despedimos con un abrazo de amistad, prometiéndole que volvería a estas tierras “del plástico” para los cultivos, y seguiríamos compartiendo la amistad a través del chat de whatsapp. 

Cuando conducía, de vuelta a casa, me preguntaba, una y otra vez, por qué estas personas tan buenas y sencillas en su proverbial honradez, tienen que sufrir tanto en el recorrido final de su existencia. Hay tantas preguntas, para las que no encontramos respuestas … -

 

 

 

UN HOMBRE DE

LUTO

 

 

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