Todas las personas, desde aquellos seres privilegiados en su éxito existencial, hasta la gran mayoría anónima en la humildad de su tránsito terrenal, todos ellos destacan por tener alguna cualidad o capacidad sobresaliente, en cualquier ámbito, género o actividad. Esa habilidad que son capaces de desarrollar en su quehacer público o en su íntima privacidad no es fácilmente explicable, por lo que se les reconoce como una cualidad o destreza innata vinculada a los misterios de la genética o experiencia.
Los ejemplos que podrían citarse, importantes o banales, serían casi infinitos. Destaquemos algunos de esas insólitas o sorprendentes habilidades. Caminar descalzo sin caerse por un cable o cuerda de acero, ayudándose de una gran vara flexible para el equilibrio. Construir un velero de la Historia Moderna, con todos los elementos navieros, utilizando para ello centenares de cerillas de madera. Tocar perfectamente la percusión del tambor sobre una puerta, aplicando para ellos los dedos y los nudillos de las manos. Poder dormir a una persona, mirándola fijamente a los ojos y pronunciando algunas frases o palabras. Escribir una corta oración, en la punta de un alfiler. Hablar sin mover los labios, con la destreza de un diestro ventrículo. Poder sumar, restar, multiplicar o dividir cifras en breves segundos, sin utilizar calculadora alguna, sólo con la ayuda de la mente. Saber en todo momento la hora exacta que es, sin tener acceso a reloj alguno, con un acierto asombroso. Averiguar dónde hay un manto freático subterráneo, para construir un pozo, con solo un cordel y un péndulo de plomo (los zahoríes) o con una varilla de madera o metal en forma de Y o L. Leer y resumir el contenido de una novela, en escasos minutos. Y así un largo etc. En este contexto, vayamos pues al relato de esta semana.
Se llamaba REMIGIO Cestino Balear. Durante su modesta infancia y adolescencia no había destacado en sus labores escolares. Su bagaje formativo solo alcanzaba los estudios primarios. Desistió de estudiar el bachillerato elemental, que en los años 50 se iniciaba a los 10 años. Su padre, HERMINIO, era obrero de carga portuario, entregado a la necesidad de la taberna, finalizando pronto la existencia debido a las profundas borracheras que iba encadenando cada una de las tardes y de manera especial durante los fines de semana. La degradación que provocó en su organismo el alcohol fue un penoso ejemplo para ese hijo único que tenía, en su matrimonio con CARMELA quien, prácticamente en la indigencia se tuvo que “echar a la calle” para “sobrevivir” al fallecimiento de su marido. La pequeña oxigenación económica aparecía, cuando llegaba algún buque de la marina de guerra americana, para recalar en el puerto malagueño durante algunos días. Los fornidos marinos desahogaban sus bríos en los míseros burdeles de la parte antigua de la ciudad.
En ese tan desordenado hogar, Remigio pasaba las horas escuchando con deleite a las señoras mayores de la corrala perchelera donde vivía, distrayéndose con todos los chismes y diretes que intercambiaban como ocio y necesidad las vecinas en el patio común de la corrala. Doña Ramona, doña Engracia, doña Conche, doña Lola, doña Virtudes … Escuchaba atentamente y asimilaba la “cultura” mundana de aquellas pobres mujeres que tenían mucho recorrido por la vida. Especialmente doña CONCHA, jubilada de la textil malagueña y bien conservada, miembro de la Agrupación Lírica malagueña, que era una charlatana de pro. En ese ambiento convivencial, popular y de intensa llaneza vecinal, fue la “mejor escuela” para un adolescente que no tenía claro el camino decidido por donde iba a circular en su vida. Desde luego Remigio tenía valores innatos para la locuacidad, que se fueron acrecentando con el trato continuo de ese peculiar vecindario de personas mayores y con muchas “aventuras” en sus memorias. Y en el joven Cestino, no sólo iba destacando la capacidad para hablar, sino también la habilidad para convencer, con manifiesta verborrea, al que le escuchaba de sus opiniones y argumentos, aunque fueran más que falaces.
Dada la precariedad económica de su familia, Remigio comenzó a buscar trabajo “en lo que saliera” cuando aún no había cumplido los quince años. Comenzó de mozo en una tienda de ultramarinos, en donde echó raíces por su formalidad y entrega en sus obligaciones. Al tiempo lo pasaron a la categoría de dependiente, en donde mostraba sus habilidades para atender a los clientes. Así estuvo unos años, hasta que el cambio de propiedad del negocio originó que también cambiaran a los empleados, encontrándose en la calle. Hizo de “Hombre Anuncio” de una marca de productos para el cuidado del cabello. Probó también como ayudante de correos, repartiendo correspondencia por los domicilios de la ciudad durante un largo tiempo. Un amigo le habló de una editorial que ofrecía trabajo a los vendedores de sus enciclopedias. Con la experiencia que tenía, en el reparto de cartas y paquetes postales, fue contratado a comisión para ir por los domicilios y oficinas, ofreciendo la Enciclopedia Espasa, en una edición resumida de 10 volúmenes (la edición general para centros de estudio o personas con dinero alcanzaba los cien volúmenes). Pero sin grandes resultados, pues la gente común no tenía medios ni ganas de gastarse “los cuartos” en libros que no iban a leer y que pesaban más de un cada volumen.
Un sábado por la tarde, acudió a una casamata residencial en el barrio de Ciudad Jardín. La dirección se la había facilitado la propia editorial, que poseía listados de personas acomodadas en cada provincia. Trataba de convencer, con ímprobo esfuerzo, a don TIBERIO Quintanilla de que adquiriera una enciclopedia histórica, que podía facilitarla a cómodos plazos mensuales. Este comerciante quedó admirado de las brillantes dotes de charlatán locuaz que mostraba el persuasivo vendedor.
“Mire, Cestino. Valoro su esfuerzo en querer endosarme esos seis volúmenes de la Segunda Guerra Mundial, pero a mí me importa “un pepino” los avatares bélicos que padeció el mundo hace unos veinte años. Comprendo que tiene que ganarse el pan de cada día. Sin embargo, aprecio en Vd. unas dotes expresivas verdaderamente admirables para tratar de convencer a la gente, especialmente a las personas modestas de que adquieran productos útiles para la cocina y la vida diaria. Pertenezco a una empresa de venta callejera, para difundir productos que importamos del mercado chino. Necesitamos vendedores que dediquen sus mañanas a la venta callejera de esos necesarios y baratos productos. Vd. Cestino, tiene el perfil adecuado para trabajar como un dinámico vendedor, con los trucos y habilidades para los que será adecuadamente entrenado”.
Así, de esta forma tan inesperada e insólita, Remigio se integró en la empresa de Tiberio Quintanilla, como vendedor ambulante. Tras una semana de preparación, instalaba su mesita de tijera o tenderete en un punto urbano de abundante tránsito de viandantes. Era muy conocida su presencia casi diaria en calle Compañía, frente a la gran tienda de cerámicas y cubertería de lujo de Álvarez Fonseca, en la actualidad Museo Thyssen, muy cerca de la Plaza de José Antonio (hoy Plaza de la Constitución). También se ubicaba en la comercial y muy transitada Calle Nueva y en la Plaza de Félix Sáenz. Ofertaba productos de precio barato y de sorprendente utilidad, como peladores de patatas y frutas. Curiosos y versátiles exprimidores de cítricos. Otras veces eran corbatas de gran calidad a precios increíbles. Mágicos líquidos quitamanchas que actuaban de inmediato sobre la prenda a limpiar. Utilizaba para ello sus grandes dotes de verborrea expresiva (le dieron unas clases prácticas de pronunciación para que aplicara una dicción castellana, que realzaba su figura (vestía con chaqueta y corbata) y convenciera a la masa “poco cultivada” y crédula que, atenta y “boquiabierta”, escuchaba sus atractivas ofertas.
“Este maravilloso invento no les va a costar ni 25, ni 20, ni 15, ni 10 pesetas. Sólo hoy se lo pueden llevar a casa por el increíble precio de una entrada de cine ¡5 pesetas! Y además les regalo un vaso de plástico, valorado en una peseta, en donde pueden echar el zumo de la naranja, que con el patentado invento del tornillo giratorio, exprime hasta la última gota de zumo que queda en el apetecible cítrico”.
Remigio llevaba siempre “un reclamo” que se mezclaba entre la masa que rodeaba al convincente truculento vendedor. Era el primero que levantaba el brazo, al grito de “yo le compro un exprimidor”, gesto que animaba a los “embelesados” concurrentes, que pronto abrían su billetero o monedero para sacar las cinco pesetas con que pagar la interesante compra.
Los niños de aquella época, años 50 de la pasada centuria, buscábamos distracción viendo y escuchando, entre el corrillo de personas adultas, al “mago” de las fluidas expresiones, “envolviéndose” en una densa nube de palabras y gestos, bien ensayados, para “atrapar” de alguna forma a los compradores pusilánimes. Sus modales exquisitos, su elegante porte en el vestir, sus argumentos y hábiles prácticas sobre la mesa de trabajo, generaba nuestra admiración y respeto hacia el locuaz vendedor.
No podrían finalizar estas líneas sobre los charlatanes callejeros, sin aludir a otro gran personaje de la palabra, en la Málaga de los años 50 y 60. ¡Que viene Matías! Y las gentes rodeaban a esta persona en la calle para escucharle sus certeras palabras.
MATÍAS Ortega Ruiz había nacido en 1889, en la zona de la Goleta/Molinillo malacitana. Era hijo de un sereno. Estudió en el colegio de los Salesianos y fue soldado durante 16 años. Llegó en la escala castrense a sargento de la Legión. Combatió en la guerra de África, Melilla, obteniendo 8 medallas por su valor en el combate. Cuando la reina Victoria Eugenia de Battenberg (esposa del monarca Alfonso XIII, 1886, 1902, 1931) entregó una bandera en 1921 al Tercio de la Legión (cuerpo de ejército creado en 1920) el sargento Matías pronunció unas palabras ante la regia señora. Volvió a Málaga en 1930 aquejado de una enfermedad mental: Parafrenia (trastornos psicóticos, delirios fantásticos, alucinaciones, ánimo exaltado …) Quedó recluido en el Hospital Civil, en el que gozaba de un régimen abierto, para dar sus diarios paseos y discursos. Iba elegantemente vestido, con sombrero, chaqueta y pañuelo blanco en la solapa. Los malagueños que escuchaban sus discursos y peroratas lo hacían con admiración, cariño y divertimento. Cuando terminaba su perorata, en la que mostraba su gran cultura y agudeza mental, daba una patada en el suelo al grito de “¡lo dice Matías! Falleció en el Hospital Civil de Málaga el 23 de febrero 1971, a los 82 años.
El autor de estas líneas era uno de aquellos niños que también se arremolinaban alrededor de Matías, escuchando sus palabras y observando sus gestos teatrales y mímicos. Era la España de los 50/60. –
RECORDADOS CHARLATANES
CALLEJEROS
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 26 junio 2026
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