Cuando fallece una persona nos embarga un sentimiento de pesar, pues es una vida que finaliza la oportunidad de su recorrido. Todas las vidas son importantes. Todas las muertes nos dejan un vacío. Naturalmente, nuestra proximidad al finado generará una mayor o menor tristeza. También el protagonismo existencial de esa persona provocará un desigual impacto, adhesión y reconocimiento social.
A partir de estas bases, nos preocupa sobremanera lo que perdemos con la sabiduría y experiencia acumulada en determinadas personas. Igual ese ser que se nos ha ido ha podido dejarnos el valor de sus libros, conferencias, artículos, ponencias y todo su magisterio intelectual. Pero la potencialidad de esa sabiduría que anidaba en su cerebro la perdemos cuando materialmente deja de existir. Utilizando un símil explicativo, la ciencia aún no ha hecho posible que podamos “vaciar” sus ricos esquemas mentales (conceptuales, procedimentales y de comportamiento ético/moral) que su cerebro atesoraba en un disco duro de “infinitos gigas”. Su cerebro se destruye y sólo nos queda su magisterio intelectual y vital. Abordemos ya nuestro relato semanal.
Un buen hombre, JULIÁN Otívar Campanal, dedicó gran parte de su extensa existencia al cuidado de las cabras y las vacas, en su establo y aprisco particular, modesto, pero bien llevado. Siempre se le había conocido por Julián el cabrero, pero también se le podía haber llamado el vaquero o el quesero. Era pastor, ganadero y artesano de elaboración quesera, siempre ayudado por su mujer MARGARA y su madre doña JULIA. Se apreciaba mucho la leche que vendía, los quesos que elaboraba, la carne, tripas y piel que servía a las carnicerías y a los colmados de las localidades vecinas, cobrando siempre lo justo y manteniendo el principio de llevar siempre productos de buena calidad.
El único hijo que este humilde y laborioso matrimonio había tenido, RODRIGO, emigró a la Argentina en época de escasez. Allí, trabajando de mozo de cuadra, se enamoró de la hija del capataz de la Quinta Rosario, en la zona de la Patagonia, casándose con la bella joven, por lo que fue promocionado dentro de la hacienda. Arraigó familiarmente en aquellas tierras y aducía motivos para “no poder” viajar a España. Julián el Cabrero, de joven, había combatido en la Guerra del 36. Su fidelidad al bando republicano la sigue manteniendo. La suerte lo acompañó en los frentes del cruento enfrentamiento entre las dos Españas, del que salió con vida. Tras la derrota, fue encarcelado y se le condenó a ser fusilado. Pero Julián quería seguir viviendo y con su inteligencia sencilla fue sobornando a la guardia mora que vigilaba las celdas de los condenados. Ayudado por su madre, dos cabras y un ternero compró su libertad a un guardia marroquí llamado Yusuf, delgado, famélico y con mucha hambre. Era práctica habitual y afortunada, para los que tenían algo de patrimonio, utilizar el truco de huir cuando se desplazaban al retrete del penal para hacer “mayores o menores”. Se aplicaba la mal llamada ley de Fugas, pero el musulmán negociador disparaba (lleno de alcohol “matarratas” al aire” y el reo podía escaparse con vida.
Cuando Julián en su muy usada carreta llevaba queso y leche para venderlos en los colmados y tiendas de una gran zona de la alta Andalucía, gustaba hablar con unos y con otros demostrando su amplia cultura “mundana”. Apenas había ido a la escuela, pero conocía mucho de la vida, cultura popular que había incrementado aplicando la palabra y el oído. Repetía con una sonrisa socarrona: “todo el mundo nos enseña, sea o no importante. Por eso mientras con más personas hablemos más cosas interesantes sabremos”.
Julián el Cabrero, además de sus sensatas palabras, basadas en el más sencillo y fácil sentido común, tenía un corazón muy grande y generoso. En su localidad de la alta Andalucía, había un convento de monjas de la orden del Carmelo, a quien las gentes del pueblo llamaban “MONJITAS DE LOS POBRES”. Ellas también lo eran y trataban de sobrevivir vendiendo dulces que artesanalmente elaboraban en un pequeño horno de ladrillo y piedra, utilizando la leña de los alrededores del establecimiento conventual. Tenían un comedor con una gran mesa en la galería de la entrada, en donde daban de comer un almuerzo a los más necesitados y que nada tenían. Eran famosos los dulces de almendra llamados LOS ENCANTADOS, consumidos por las gentes del pueblo y visitantes, que los adquirían por su sabrosa calidad. Estas monjas abnegadas también regían un asilo para personas mayores desatendidos por sus familiares, dándoles una cama en donde poder descansar y un plato de comida caliente con cariño y comprensión.
Cada viernes, las monjas recogían en la puerta del convento un gran cántaro lleno de leche, junto a un queso recién hecho, devolviendo el cántaro de la semana anterior. Quien realizaba este caritativo gesto era Julián el Cabrero, que recibía la frase de “Dios te lo pague, hermano Julián”, con una cariñosa sonrisa de la veterana madre Esperanza. “No tienen por qué darme las gracias, madre Esperanza. Algún día Vds. me darán cobijo, en los años avanzados de mi existencia”.
Este vecino amable, generoso e inteligente del pueblo se iba haciendo lógicamente bastante mayor. Pero niños, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, gustaban acercarse al Cabrero para preguntarle, escucharle y, en lo más hondo del corazón, admirarle. Siempre tenía la palabra justa y razonable, para todos aquellos que deseaban aprender de la vida gracias a su veteranía. Citemos algunas frases o máximas que él repetía con la ilusión de ayudar a sus amigos y convecinos.
“¿Cómo te puedes sentir feliz, si aquéllos que te rodean no lo son? En tu mano está que cambien su tristeza por el semblante alegre. Si son algo más felices, tú te sentirás mejor. No te vayas nunca a la cama, sin haber aprendido algo nuevo en el día. A las personas se las conoce bien por sus ojos. Hay que aprender a saber leer la mirada y la expresión de aquéllos que no tienen buenas intenciones. Es prudente ahorrar para el mañana, pero lo importante es disfrutar con sencillez cada uno de los días. Es saludable compartir la felicidad de los demás, la envidia es una mala y perjudicial enfermedad. Te sentirás más desgraciado envidiando el bien de otras personas. No mires de continuo para atrás. Tienes un camino por delante que te llevará a algo mejor. Los ricos no son tan afortunados como la gente piensa. Son gente que no son felices con todo lo que tienen, pues siempre ambicionarán tener mucho más. No olvides que siempre es más hermoso y gratificante dar que recibir. De una semilla puede surgir un árbol, que se hará más alto que nuestra estatura. En muchos aspectos, los humanos somos inferiores a la inmensidad de la naturaleza. Cada día amanece y es una nueva oportunidad que debemos saber usar para la vida. Las noches nos distraen, con esas estrellas tan brillante que parecen jugar alegres en el infinito. No olvides que siempre hallarás una respuesta, si aplicas el don de la inteligencia”.
“¿Y dónde ha aprendido todos esos consejos, don Julián? Muy fácil, pues viviendo, observando, hablando con muchas personas y sobre todo pensando de manera racional”.
Margara no pudo acompañarle en todo su camino por la vida. Julián, posiblemente septuagenario, vive ahora solo. Sigue haciendo quesos, con la leche que una empresa le facilita. Ya no tiene las necesarias fuerzas para salir al campo llevando sus vacas y sus cabras a pastar. Como apenas sabe leer y escribir, se entretiene en muchas de las horas de cada día “leyendo” la generosidad solar, junto a las nubes y las estrellas. Caminando por el bosque se siente hermanado con todos esos árboles que lo acompañan. Los valles y las colinas montañosas, los ríos y torrenteras también son elementos de la naturaleza que acompañan sus pasos, sus pensamientos y reflexiones.
Cuando Julián sintió que ya le fallaban las fuerzas debido a la edad, pidió asilo a las monjitas que acogieron con cariño fraternal al generoso benefactor, cabrero y vecino inteligente de la localidad. Dentro de la modesta pero acogedora residencia, Julián prestaba ayuda a sus compañeros internos narrándoles mil y una anécdotas y reflexiones sobre la vida y el final del camino. La desaparición de una persona con tan elevada calidad humana y un cerebro tan enriquecido en las enseñanzas de la vida es una inestimable pérdida. Sólo os queda su gran sabiduría y el ejemplo de su generosa humanidad.
Volviendo al principio de este relato, cuando fallecen tantos Premios Nóbel, investigadores, científicos, literatos de la narrativa y la poesía, filósofos del pensamiento, escultores, pintores, médicos, carpinteros, arquitectos … si pudiéramos conservar siquiera sólo un gramo de sus prodigiosos cerebros, podríamos formar todo un reino de la cultura y el saber. La humanidad no perdería el rico tesoro patrimonial aportado por su sabiduría y los valores de su buen hacer. –
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 30 octubre 2026
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