viernes, 14 de febrero de 2020

HABITACIÓN COMPARTIDA, EN DOS NOVEDOSAS NOCHES DE HOTEL.


La realidad de la oferta hotelera, en la actualidad, se define por una mayoritaria disponibilidad de habitaciones dobles para los posibles clientes. En los establecimientos turísticos apenas es posible encontrar hoy habitaciones pequeñas, individuales, para los usuarios que viajan solos. A petición de estos viajeros, la gerencia acepta en ocasiones el uso individual de una habitación con dos camas, aunque para ello gravan con una cantidad suplementaria  el coste de la factura por cada noche de estancia. Pero, en general, los hoteles quieren “vender“ sólo o preferentemente estancias en habitaciones dobles compartidas.

Cuando son grupos turísticos, los que utilizan los servicios de un hotel, los clientes que viajan sin pareja han de aceptar a un compañero para compartir la habitación o, en su caso, abonar un sobrecoste (que, en ocasiones, resulta bastante gravoso) si quieren utilizar la habitación doble como uso individual. En ocasiones son los mismos grupos o asociaciones los que “emparejan” a los viajeros solitarios, buscando determinadas afinidades para que la unión resulte más llevadera o agradable. Pero aún así las sorpresas pueden resultar inesperadamente ingratas, pues no se conoce suficientemente bien a ese compañero de asociación, hasta que no transcurre esas horas de unión continua en el reducido espacio de una habitación de hotel.  El comportamiento de esa pareja “que te ha correspondido” puede hacerte incómodas o sufrientes esas horas en las que necesariamente has de estar con ella en la habitación, de forma especial durante el tiempo para el descanso nocturno. Habrá que “negociar” el uso del baño, las opciones para la sintonización y volumen de la televisión, las características del sueño de cada uno, especialmente con los molestos ronquidos o la necesidad de ir a los lavabos, los hábitos compulsivos para el habla o la comunicación en algunos o los silencios prolongados en otros, sin olvidar el uso de aparatos electrónicos propios, especialmente telefónicos e informáticos, máquinas cuyo funcionamiento pueden resultar en sumo molestas en manos de compañeros ineducados o profundamente egocéntricos.

El destino, la suerte o el azar, quiso unir a los dos protagonistas de nuestra historia, en ese contexto introductorio ya explicitado a inicios del relato. Tanto Facundo como Heraclio estaban asociados a una peña recreativa y cultural, de titularidad privada, denominada con el castizo y popular apelativo de EL BOTIJO. Esta asociación realizaba numerosas y variadas actividades, para disfrute de todos los socios a ella vinculados. Disponía de un amplio local social, habilitado para celebraciones de fiestas, bailes, talleres de teatro, pintura, confección, bricolaje y abundante cine, para la distracción y sociabilidad de los asistentes. También programaban excursiones y viajes, además de prácticas senderistas por los alrededores suburbanos y localidades rurales, tanto de la provincia como en el territorio regional. Sociológicamente la mayoría de los asociados pertenecían al grupo de la 3ª edad, personas que ya habían alcanzado la etapa vital de la merecida jubilación. Porcentualmente eran mayoritarias las parejas familiares sobre los miembros individuales vinculados a esta peña, cuya sede estaba ubicada en uno de los barrios con mayor tradición malacitana: el barrio de la Trinidad.

Facundo Leónidas del Horno continuaba manteniendo su consolidada soltería, aunque privadamente tenía una sexual afición u obsesión por contactar con todas las mujeres que se le pusieran “a tiro” jactándose entre sus amigos, en esas noches de copas y verborrea de ser un gran “putero” palabra gruesa y soez que provocaba las risas y asombros de quiénes le escuchaban. Hasta los 52 años estuvo en activo, ejerciendo como miembro del ejército de tierra, no pasando de sargento en el escalafón castrense. Por la naturaleza de su profesión y el fuerte carácter de su atlética naturaleza, mostraba relacionalmente un temperamento autoritario y bastante egocéntrico en su autoestima. A partir de su media centuria, pasó a la reserva activa en la profesión militar. Sin embargo no era hombre para quedarse encerrado en casa, por lo que fue contratado como agente vigilante en una compañía privada de seguridad. Allí ha permanecido trabajando hasta cumplir los 65 años, cuando legalmente le llegó la hora de la “bendita” y anhelada jubilación. Ahora, con 74 años cumplidos, sigue residiendo sin compañía alguna en una acogedora y pequeña buhardilla reformada, propiedad que compró hace muchos años. Esa vivienda está inserta en un antiguo edificio situado en plena Plaza de Montaño, por las estribaciones del altozano o colina de El Ejido, poblada desde hace muchos años con edificaciones escolares y lúdico culturales. Es hombre de muy heterogéneas aficiones, entre las que destacan la práctica de la defensa personal, el seguimiento de la meditación hindú, el coleccionismo de armas de muy distintas épocas y últimamente la radiotelefonía, destreza desarrollada a partir de unos muy efusivos contactos mantenidos con una señora “rica” en años y en capital, dos veces viuda (el segundo cónyuge tenía instalado en su chalet una poderosa y bien dotada estación de radiodifusión).

¿Y cómo llegó este visceral personaje a la Peña El Botijo? Fue a causa de una sobrina, llamada Iris, quién haciendo un trabajo para sus estudios de sociología contactó con la afamada peña recreativa (más de 600 afiliados). Conociendo el mecanismo de su funcionamiento y el tipo medio de asociado, pensó de inmediato en el tío Facundo, a quien le vendría muy bien su inscripción por las relaciones sociales subsiguientes que podría llegar a tener. A la joven le preocupaba la permanente soltería y la desaconsejable soledad de su familiar directo, todo ello agudizado porque “el tito” ya no era un chiquillo, sino que avanzaba hacía su plena madurez en esas edades tan complicadas de la ancianidad. Ella misma le apuntó a la popular peña, venciendo las iniciales reticencias de tan testarudo solterón, quien pronto se sintió a gusto en tan castizo y alegre ambiente grupal. 

En el caso de Heraclio Trasiega Laria, nos encontramos a una persona de naturaleza tranquila, sumisa y adaptable a las circunstancias que a todos nos llegan con más o menos previsión. Sobre todo destacaba en una cualidad que definía su especial carácter: sabía respetar, sin mayor polémica, la peculiar forma de ser de las personas que le rodeaban. Había ejercido, durante su amplia vida laboral, como tendero dependiente en una céntrica tienda malagueña de ultramarinos. En este suculento comercio, enfundado en su recio babero de tela color crema, despachaba tras el mostrador, durante ocho horas diarias, las compras que los clientes que iban al colmado solicitaban, mayoritariamente alimentos de variada naturaleza, aunque también bebidas de elevado calibre alcohólico. Casado con Eufrasia, mujer siempre dedicada a las tareas del hogar, tuvieron una hija, Faila Mª quien siendo muy joven y con sólo estudios de bachillerato, se enamoró “alocadamente” en una fiesta veraniega de un chico de nacionalidad italiana, llamado Plinio, pizzero de profesión, con el que continúa actualmente unida, residiendo ambos en la ciudad siciliana de Palermo. Durante los veranos suele venir unos días a España, a fin de que sus padres conozcan y disfruten con sus tres nietos italianos.

El apacible tendero de la Plaza del Mercado se jubiló a los 63 años (ahora alcanza los 69) debido a unos problemas circulatorios y articulares que padecía en sus extremidades inferiores. Heraclio es una persona absolutamente corriente, sin mayores expectativas o ambiciones, con unas modestas aficiones que se nuclean en torno al fútbol, deporte que sigue por la radio y por los partidos televisados en directo, además de la lectura diaria del Marca o del As. Los domingos él y su mujer suelen salir a comer, acudiendo a algún ventorrillo de los Montes o en el entorno de la Venta del Túnel. En general Eufrasia es una mujer que prefiere y disfruta la vida hogareña, practicando sus esmeradas labores de croché (es muy habilidosa en esa labor artesanal), viendo cada día los programas de Jorge Javier en la Cinco o disfrutando del parloteo ocasional con las expresivas vecinas. El matrimonio forma una familia modesta y tranquila, sin grandes exigencias ni complicaciones.

Sin embargo Heraclio se aburría al no tener nada especial que hacer durante los siete días de la semana. Alguien le habló de la Peña El Botijo, muy malagueña y promotora de fiestas y excursiones “baratas” por los pueblos de la provincia y ciudades hermanas de Andalucía. Otro incentivo peñista consistía en tener la oportunidad de acudir por las mañanas o las tardes a la sede social, a fin de leer la prensa deportiva de manera gratuita. También podría hacer alguna amistad … Por todas estas razones se animó a darse de alta en la asociación, junto con su mujer, pagando por el dúo familiar treinta euros al año.

Además de ir a leer los periódicos, el antiguo tendero de los Ultramarinos Quintanilla solía participar, junto a su mujer, en esas frecuentes excursiones de una jornada, para visitar localidades de la provincia o de otras ciudades cercanas. Además de darse un buen paseo y recibir explicaciones acerca de los monumentos más destacados, el lúdico viaje se completaba con el disfrute de un almuerzo grupal celebrado en algún restaurante típico, todo ello a un precio bastante módico (la asociación subvencionaba en parte esta agradable y cultural actividad de muchos fines de semana). Aunque Heraclio nunca se había apuntado para participar en viajes más largos, en los que se tuviera que hacer noche (con el sobrecoste correspondiente al pago del hotel) aconsejado por su mujer se sintió motivado para participar en un desplazamiento que la peña había programado para los primeros días del marzo, previo a la celebración de la Semana Santa.

El objetivo de esta excursión de tres días (dos noches de hotel) tenía por destino visitar distintas localidades de las tierras extremeñas, teniendo como base residencial la monumental ciudad de Mérida. Aunque el precio de la excursión era mucho más gravoso, con respecto a las excursiones de un solo día, al fin Heraclio Trasiega dio un paso al frente. Llevaba algún tiempo deprimido a causa de esas nimiedades que al juntarse se convierten en problemas mayores, a causa de nuestro descontrol mental. A las molestias y dolores articulares, consolidados en su organismo debido al trabajo que había realizado siempre de pie durante casi cuatro décadas, se sumaron a los “disgustos” que le estaba dando su “equipo del alma” al haber perdido y empatado en casa los tres últimos partidos de la liga de fútbol. Los “blancos” una vez perdido el liderato, pasando a ocupar un quinto puesto en la clasificación, fuera de los lugares que permitían acceder a participar en la gran competición europea. Entre las visitas al traumatólogo y la “depre” por los resultados del fútbol, se encontraba muy bajo de ánimo, por lo que Eufrasia casi “le empujó” a irse con la peña a visitar Extremadura. Ella no le podría acompañar, pues en esos dias tenía que atender a una hermana mayor que había sido intervenida de la vista.

El incentivo de la distracción viajera, para equilibrar su bajo ánimo, era más que evidente. Pero ya le advirtieron, en la agencia de viajes que se encargaba de llevar a cabo la actividad, que se vería obligado a compartir la habitación con algún otro peñista que, al igual que él, viajara sin acompañamiento. El hotel emeritense no tenía disponibles habitaciones individuales. El “travieso” destino provocó que en el bus de peñistas sólo hubiera un participante que también iba solo a la excursión: ese socio individual no era otro que Facundo Leónidas.

Antes de la experiencia hotelera, Heraclio no había intercambiado palabra alguna con el asociado Facundo. Este reciente miembro de la peña solía acudir a sede de la asociación, generalmente por las tardes, con el fin de jugar unas timbas de cartas y tomarse su vaso de tinto, con esa tapa de aceitunas rellenas de anchoa que tanto le agradaban. El antiguo militar (era su forma de ser) nunca invitaba, ni aceptaba ser invitado. Cuando le iban bien las partidas de naipes, empezaba a entonar la canción legionaria del Novio de la Muerte, ciertamente con manifiesto desentono, ante la paciencia y el inevitable cachondeo de los compañeros de juego. A eso de las ocho, fuera como le fuera en el juego de las cartas, ponía fin a su participación en la partida, con esa frase típica de “por mi, basta por hoy, que las obligaciones esperan”. Dado su fuerte carácter, nadie se atrevía a preguntar por esas obligaciones pendientes, que no eran otras que la última conquista de turno (la “agraciada” con sus cálidos favores parece ser que era una señora, Emelina, con muchos calendarios en su memoria, pero aún de buen ver, quien de joven había formado parte del mítico Teatro Chino ambulante de Manolita Chen).

Compañeros de asiento en el repleto autobús de peñistas, Heraclio soportó estoicamente la ufana verborrea del asociado con el que habría de compartir habitación durante las dos noches de hotel. El “brabucón” Facundo no descansó en hacer alardes de sus interminables aventuras, castrenses y de otra índole, aplicando ese estilo cuartelero en el que tantas anécdotas e historias, más o menos verídicas o  maquilladas por la imaginación, pueden tener lugar. Para suerte del pusilánime ex tendero, durante los almuerzos y cenas, el antiguo militar hizo buenas migas con uno de sus habituales compañeros en las timbas de cartas, sentándose con n durante las horas nocturnas. itacirzos y cenas, el antiguo militar hiciera buenas migas con uno de sus habituales compañeros eél en la mesa. Pero quedaba la dura realidad de tener que compartir la habitación, con tan peculiar “compañero” durante las horas nocturnas. 

Al finalizar la cena, en la primera de las noches, Heraclio subió con su maleta de viaje y esperó a que hiciera lo propio su compañero de habitación. A los pocos minutos hizo su entrada  la recia humanidad de Facundo, moviéndose a grandes zancadas. No hubo problemas para el reparto del pequeño armario instalado en un hueco junto a la entrada del cuarto, en donde guardaron algunas de las prendas sacadas de las maletas. De inmediato el fornido compañero colocó, sobre la estrecha mesa que había debajo del televisor colgado en la pared, un aparato electrónico (disco duro reproductor) que venía cargado de marchas e himnos militares. Desde las 22:30 hasta poco menos de la medianoche, no dejaron de sonar esas músicas castrenses, soportadas pacientemente por el bueno de Heraclio, quien se puso a ojear un periódico deportivo, pasado de fecha, que había cogido en recepción. Con la luz apagada, llegaron los acústicos ronquidos o bramidos de Facundo, interrumpidos sólo cuando, cada hora y media aproximadamente, tenía que acudir al lavabo para equilibrar sus evidentes problemas de próstata con repetidas y abundantes micciones de orina.

Serían poco más o menos las seis horas, en el amanecer. Cuando Heraclio se despertó sobresaltado, una vez más en la noche, al escuchar en la penumbra de la habitación unos cánticos, a  modo de oraciones. Esas jaculatorias o letanías eran emitidos por su extraño compañero quien, sentado en el suelo, sobre una de las mantas que estaban en el altillo del armario, movía los brazos y las piernas, haciendo unos ejercicios parecidos el yoga. Mirando sonriente la cara de sorpresa del sobresaltado Heraclio, le explicó que cada una de las mañanas iniciaba la jornada haciendo 45 minutos de meditación india y rezos, con los movimiento y contorsiones subsiguientes. Cuando volvieron del desayuno, observó que su “vital” compa se había subido del restaurante una bolsa con varias lonchas de chorizo y pan “con las que mato el hambre de la media mañana” alimentos que impregnaron de un fuerte aroma cocinero la atmósfera de la no muy extensa habitación.

En la segunda y última de las noches, las marchas militares fueron sustituidas por un programa de artes marciales, emitido vía satélite por una cadena asiática que Facundo había previamente sintonizado. Pero la sorpresa más inesperada vino cuando sobre las once y media, el militar expresó una “atrevida” y sugerente oferta a su paciente compañero:

“¡Heraclito, mi amigo! prepárate  que nos vamos a ir para hacer y disfrutar de la noche. Ya he negociado con Rabaneda el recepcionista, un fulano muy “apañao”,  para que nos prepare un buen desahogo para el cuerpo, en un afamado local de alterne llamado “La Esmeralda”. Me ha asegurado que se trata de un tugurio de buena y limpia calidad, en el mejor sector de los placeres. El taxi que nos ha de llevar está contratado para recogernos a las doce. Con la tarjeta verde del hotel, pagamos sólo medio servicio y nos dan “el completo” para el cuerpo ¡No te vas a negar a este regalo, sin precedentes, que he puesto en tu ridícula y p… vida! (tronaban las agudas carcajadas por parte de ese “amasijo” de carne, grasa mal repartida y unos  afilados huesos que le punzaban con descaro).

Cuando al día siguiente Heraclio volvía a la rutina de su domicilio, Eufrasia continuaba entreteniéndose con sus habilidosas labores del croché. Ya en casa, de inmediato esa primera pregunta para la cordialidad ¿Cómo te lo has pasado?  ¿Ha estado bien ese paseo por Extremadura? Su marido apenas respondió, con una extraña sonrisa y algún perdido monosílabo, a la curiosidad de su mujer. Se fue directamente a la ducha y mientras el agua caliente arrastraba el jabón de su ya ajada epidermis, continuaba pensando (de manera obsesiva) acerca de la profunda y excitante experiencia vivida con el compañero Facundo. Aquella noche se despertó varias veces, pues creía soñar con marchas militares, prácticas de meditación, acústicos ronquidos, aroma a chorizos picantes y esos cíclicos sonidos de la cisterna, que le habían acompañado en las dos últimas madrugadas. Pero, sobre todo, recordaba los cien euros que había tenido que pagar en La Esmeralda, por una hora larga de nuevas experiencias con las que distraer y satisfacer su ejemplar, aburrida y opaca memoria existencial.-


HABITACIÓN COMPARTIDA, EN DOS NOVEDOSAS NOCHES DE HOTEL


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
14 Febrero 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           


viernes, 7 de febrero de 2020

EL FIEL ESPEJO DE LA PALABRA, CONTRA EL VACÍO DE LA SOLEDAD.


Debido a muy diversas circunstancias de la vida, son millones y millones las personas que viven solas en el mundo. Aunque algunas de ellas lo hagan de manera voluntaria, la mayoría de estos ciudadanos se ven obligados a organizar su propia soledad muy en contra de su íntima voluntad. En el caso de España, se calcula que son aproximadamente cinco millones los hombres y mujeres que no comparten su domicilio con nadie más. De ese número, casi un 20 % superan los 80 años de edad. A través de nuestro conocimiento relacional, se puede afirmar que muchos de estos seres solitarios saben organizar relativamente bien su amplio tiempo libre disponible. Pero, en general, nuestra percepción también nos dice que una amplia mayoría no sabe cómo sobrellevar ese pesado lastre o trauma que el destino les ha deparado. No siempre saben o pueden  encontrar ese amigo, compañero o conocido, con el que dialogar y compartir algunos minutos u horas en los días. La necesidad de ese interlocutor es más que perentoria en estos hombres y mujeres solitarias para comentar, discutir, intercambiar, entretener, aprender, dar y recibir. Y esa dificultad tiene su origen en que no siempre aceptamos la particular o diferente forma de ser de nuestra pareja, amigo o compañero, prevaleciendo los egos sobre la comprensión y la generosidad. El yo se superpone, tozudamente, al tú.

La necesidad diaria de diálogo, en estas personas que soportan la soledad, es profunda y psicológicamente irrenunciable. Tratan de paliar esta íntima carencia arbitrando, con más o menos éxito, una serie de imaginativos recursos con los que intentar paliar ese patológico silencio, acústico y psíquico, que con tanto pesar sobrellevan. La compañía de la radio y la televisión, también del ordenador, son instrumentos demandados y utilizados para este fin. Hay que añadir a estos habituales recursos la magia benefactora y empática del cine, el teatro o las notas musicales de un buen concierto. De manera más cotidiana, también les resulta muy útil esos valiosos minutos aplicados para el intercambio de las palabras, con el médico de cabecera, con el confesor, el tendero, el peluquero, el vendedor, el operario de la limpieza, el conductor del bús y el vecino del tercero. Es importante el calor humano y la ayuda que encuentran en ese otro jubilado del parque o del asiduo paseante, matinal o vespertino, por la plaza de la villa. Tampoco podemos olvidarnos de ese peculiar “diálogo” que tantas veces mantenemos con el autor bibliográfico quien, con su destreza narrativa, “habla” generosamente con el interesado lector de sus textos.

El afectivo e inesperado reencuentro, entre dos viejos amigos y compañeros de los claustros universitarios, se produjo en un fin de semana de febrero. Era precisamente un día en que el cielo regalaba a la ciudadanía una dulce y primaveral  climatología, propicia para disfrutar del paseo a través de los jardines y calles de la ciudad.  Marcos Valencia y Flavio Bellacasa, se habían conocido en el campus de Teatinos, estudiando el primero en la facultad de derecho, mientras que Flavio (su padre fue un gran aficionado al conocimiento de la Historia Antigua) estaba matriculado en la facultad de psicología. Aquella íntima amistad entre ambos, durante esa fase de la formación universitaria, sufrió un progresivo distanciamiento o enfriamiento a la finalización de sus respectivas licenciaturas, hecho que se produjo precisamente el primer año de la actual centuria. El complejo proceso para la acomodación laboral centró todos sus esfuerzos y, salvo alguna llamada o felicitación por Navidad, los dos jóvenes apenas encontraron el tiempo y la oportunidad para continuar su amistad en la edad adulta.

Tras saludarse efusivamente, Marcos sugirió la posibilidad de compartir unos minutos alrededor de sendas tazas de café, oferta que encontró una alegre receptividad en su antiguo amigo de estudios. Por sus vidas habían pasado casi dos décadas del tiempo, por lo cual ambos estaban ansiosos de conocer los detalles básicos acerca de cómo les había ido la vida, en esos cuatro lustros en los que apenas habían tenido contactos.

Cuando finalizó su licenciatura, Marcos había formado parte de un despacho de cuatro abogados jóvenes, todos ellos compañeros de promoción. Sin embargo un día acudió a una entrevista de trabajo, convocada por una importante cadena de grandes almacenes comerciales, con el objetivo de formar parte de su gabinete jurídico. Tuvo méritos y suerte, pues allí continúa prestando sus servicios, durante los últimos años vinculado preferentemente al departamento de seguros e inversiones en esa poderosa entidad. Estuvo casado a lo largo de seis años, al cabo de los cuales él y su mujer Delia decidieron darle caminos independientes a su breve experiencia matrimonial, en la que no hubo descendencia. Ha tenido algunas relaciones, temporales y superficiales en el compromiso, pero en la actualidad sigue conviviendo con su madre, una cariñosa señora viuda desde hace muchos años. “¿Y a ti cómo te va, Flavio? Desde luego que te conservas como si no hubiera pasado el tiempo por tu anatomía”.

“Eres muy generoso, Marquitos, pero tú y yo hemos entrado ya en esa inquietante cuarta década, en la que se va notando la llegada de algunas “averías” que nos avisan del almanaque. Pero, desde luego, no nos podemos quejar. También yo me casé. Te acordarás de aquella compañera llamada Amanda, de dos cursos atrás en mi facultad. Aquella chica, con cara de sabionda, pero muy simpática, que solía venir a nuestras fiestas. Tenemos dos crías, en plena adolescencia. Te puedes imaginar la paciencia que hay que aplicar. Una de ellas ya ha comenzado este año el bachillerato, en el Instituto. Ya sabes como pienso, siempre educación pública. He trabajado en el departamento de psicología laboral en un par de firmas muy contrastadas (una empresa de confección textil y en una cadena hotelera de ámbito nacional). Pero desde hace dos años presto mis servicios en una importante empresa de ayuda a la soledad. Por cierto, muy bien compensado en lo económico y gratificado en la acción social que desempeño. Si quieres te explico la naturaleza de esta empresa, denominada EL FIEL ESPEJO DE LA PALABRA.

Formamos un amplio equipo de colaboradores, con distintas especialidades en nuestra formación. Ofertamos nuestros servicios, de manera prioritaria, a través de Internet. El perfil básico de nuestros clientes son las personas que sufren, con más o menos intensidad, el drama humano de la soledad. El objetivo de aquéllos que nos llaman por teléfono o contactan con nosotros a través del ordenador, es compensar o paliar su necesidad de diálogo, sugerencia o consejo que tan bien gratifica. Es decir, atendemos a las personas que no tienen con quien hablar, ofreciéndoles nuestra atención y receptividad. aportando para ello el aval de nuestra experiencia y titulación. Aunque entre nuestro equipo hay colaboradores con muy distintas profesiones, prevalece en el mismo aquellos miembros titulados o con experiencia en el campo de la psicología , la sociología y la medicina. También hay un par de expertos en aplicaciones tecnológicas. Los primeros dos minutos de contacto, vía teléfono o Internet, son gratis para nuestros clientes. A partir de ahí, cada minuto de diálogo se tarifa a 30 céntimos de euro. El cargo o coste de la conversación se aplica en la tarjeta bancaria que el cliente previamente nos ha de facilitar. Para aquellos que necesitan utilizar con frecuencia nuestros servicios, ofrecemos la posibilidad de comprar unos bonos de tiempo (60, 120 y 180 minutos) que se pueden ir gastando o “consumiendo” poco a poco, cuyo minuto de coste resulta más rentable o económico para el usuario”.

Mientras apuraban ese aromático café que les habían servido, en el feliz reencuentro para la amistad, Flavio proseguía con su asombrosa locuacidad, explicándole a su viejo amigo en qué y cómo trabajaba y disfrutaba. La gente seguía gozando de la placidez de la tarde, transitando en su lento caminar por delante de estos dos mozos cuarentones, sentados en primera fila de una afamada cafetería franquiciada instalada en la zona este del amplio perímetro portuario. La permanente gesticulación mímica  y manual con la que el psicólogo ilustraba su explicación llamaba la atención de algunos paseantes, quiénes con el “rabillo” del ojo observaban la teatralización que imprimía el joven de las sienes encanecidas a su visiblemente interesado interlocutor.

“Sí, Marquitos. Algunos clientes piden simplemente hablar. Hablar de lo que sea. Poder comunicar y expresar sus palabras, teniendo a quien las atiende y responde.  Sin embargo hay personas que solicitan abordar temáticas especializadas. Materias concretas que pueden ser de naturaleza política, deportiva, cinematográfica, teatral, filosófica, médica, científica, familiar, educativa… etc. Incluso, la jardinera y el bricolaje. Por supuesto los gastos de la llamada corren a cuenta del cliente, tarjeta de por medio. En realidad este “producto” que vendemos no está patentado. Hay otras empresas en el mercado de la comunicación que utilizan el mismo o similar formato, poniendo un coste inferior al precio de las llamadas. Pero cada una de estas empresas tienen ese “toque” personal,  que les hace diferenciarse tan notoriamente una de otra. En nuestro caso, aplicamos u ofrecemos nuestra experiencia, disponibilidad y una formación cualificada de los locutores, profesionales que tratamos de propiciar un clima anímico de proximidad. No, por supuesto, la empresa no nos retribuye a todos los miembros del staff con el mismo sueldo mensual. Por el contrario “premia” a los locutores que generen más minutos de escucha o tengan una cartera clientelar más consolidada y fiel. Fundamentalmente por su habilidad e imaginación para “dar oxígeno” afectivo y mantener felices a esas personas que necesitan y reclaman tener a alguien con quién hablar.”

El anaranjado sol de la tarde iba ya languideciendo, mientras los minutos pasaban entre los dos antiguos amigos que recuperaban esa amistad que el tiempo había aletargado por sus respectivas vidas. El asombro de Marcos era manifiesto al comprobar lo entregado que Flavio estaba en la encomiable y rentable labor que realizaba en esa empresa que ayudaba a las personas solitarias. Aunque las manecillas del reloj continuaban su imparable caminar, parecía que uno y otro interlocutor se esforzaban en evitar poner el punto y final a esa fraternal y amistosa reunión. “Supongo, Flavio, que algunos contactos telefónicos o informáticos, te habrán dejado huellas profundas, tanto por las características del personaje, como por la temática sobre la que habéis tenido que dialogar ¿Estoy en lo cierto?”

“Efectivamente, la profesión de psicólogo me hace llegar a muchas intimidades complejas, que confirman la indefinible variedad de caracteres que encierran nuestras vidas. Pero es en este ámbito de la soledad cuando los pacientes se quedan más “desnudos” a causa de esa necesidad de comunicación que tanto perjuicio y daño les provoca. Te podría contar o narrar acerca de centenares de casos, guardando lógicamente el debido respeto hacia la privacidad de estas personas.

“En cierta ocasión, mi interlocutor telefónico fue un antiguo actor de teatro, que nunca pasó de interpretar roles o papeles secundarios, en las obras en que le permitían, a veces con míseras migajas, poder participar. Alcanzaba ya una avanzada edad y soportaba con dolida desesperación ese trauma de la soledad. Confesó que había estado unido, en los momentos más vitales de su existencia, a tres mujeres que, en épocas de vacas flacas, le fueron abandonando sin más. Sus no muchos amigos habían ya viajado al reino infinito de los desconocido. Vivía en una modesta habitación realquilada, piso integrado en un vetusto caserón de una zona degradada en lo urbano. Recibía una muy humilde pensión asistencial  que apenas le daba para alimentarse. En sus momentos de actividad laboral, nadie de los que le contrataban se preocupó o quiso cotizar por él. En ocasiones, una señora mayor le subía un plato de alimento caliente, procedente de ese sobrante que siempre queda en la olla y acaba tirado en el recipiente de los residuos. Él pensaba que había tenido sus momentos de “gloria” pero ahora prácticamente casi nadie le prestaba el menor caso. Ese anonimato era lo que más le dolía. Se sentía innecesario, sustituible, un molesto estorbo en la amnesia colectiva. Aquella noche sólo quería hablar con alguien. Merecer y gozar de un poquito de atención y respuesta. La dirección de la empresa decidió no cargarle el coste de los 15 o 20 minutos que estuvimos hablando”.

“Otro día, ya en plena madrugada (es cuando el índice de clientela se “dispara”) un nervioso interlocutor, de 51 años, me confesó “de buenas a primera” que era un enfermo de pederastia. En repetidas ocasiones de la charla, manifestó que se arrepentía de los daños que había causado a esos seres indefensos, niños y niñas, con los que había tratado. Pero que la soledad, provocada por la falta de amistad en que se sentía sumido, potenciaba esa querencia insana hacia los seres más jóvenes. Tenía pánico a que su cuerpo acabara dentro de los barrotes de una prisión. Posiblemente, en aquella noche de valiente confesión, me veía como a ese sacerdote que tiene poder para comprender y perdonar. Él mismo había sido víctima, en los años de su infancia, de los mismos delitos que ahora seguía perpetrando. Deshonestas acciones que fueron perpetradas por un amante secreto de su propia madre. Un verdadero drama”.

Flavio seguía con su manifiesta locuacidad, ante su amigo Marcos. Pero uno y otro comprendieron que ese par de cafés, con los que renovaban una vieja amistad largo años interrumpida, habían dado para casi un par de horas, en las que el diligente psicólogo había llevado un indisimulado protagonismo. Las cortinas celestes del firmamento se habían teñido de un azul oscuro que indicaba la llegada nocturna. El psicólogo tenía que entrar ese día en El Espejo de la Palabra a las 22 horas, a fin de cubrir el turno de noche, junto a otros tres compañeros. Marcos aceptó finalmente la sutil travesura de ir junto a su amigo a compartir sendas pizzas, en un Dominó cercano. Previamente había telefoneado a su madre para tranquilizarla y avisarle de que no iría a cenar esa noche, pues volvería algo tarde a casa. Su amigo lo había también invitado a que estuviera un buen rato en la oficina de atención a las llamadas, para que pudiera conocer in situ cómo funcionaba ese proceso del tiempo comprado para hablar, por parte de esas almas que no tienen con quién intercambiar las palabras.

Quedó gratamente impresionado al comprobar la destreza profesional de su amigo, que mantuvo una conversación telefónica de treinta y cinco minutos, con una señora mayor, que se identificó por Amaia, que padecía un insomnio consolidado. La buena mujer comentaba que sufría procesos de pánico a la llegada de las noches cuando, viviendo sola en casa, no tenía a nadie con quien hablar o comunicar. Para compensar la soledad que tanto le aturdía, solía acudir a la cocina para tomar lo que fuera, habiendo entrado en un estado bulímico compulsivo, que le había hecho incrementar su peso, por término medio, un kilogramo cada mes. Se despidió de Flavio prometiéndole que cada noche, a eso de las once, trataría de contactar con el programa, para mantener un ratito de conversación con él. Para ella sería la mejor medicina con la que corregir sus miedos y esas ansias por “engullir” todo lo que entrara por la boca, comportamiento que tan poco bien hacía a su ya obeso organismo.

En la despedida, los dos amigos prometieron tener al menos un encuentro mensual. Cuando Marcos volvía a su domicilio, se cruzó con ese anciano, que cada una de las noches dormía bajo el soportal de la galería financiera. Esa noche le dio las buenas noches al mendigo. Lo hizo en un arranque interior del que luego se alegró. “Buen hombre ¿Le apetece a Vd. que compartamos una infusión o un vaso de leche caliente?” La noche había entrado en una intensa humedad. Los suelos parecían como mojados por el rocío. Marcos sentía un poco de frío en el cuerpo, pero una agradable templanza en el alma.- 


EL FIEL ESPEJO DE LA PALABRA,
CONTRA EL VACÍO DE LA SOLEDAD



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
7 Febrero 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es