Resulta obvio que las costumbres y hábitos de las personas van cambiando a lo largo del tiempo. Y estos cambios afectan a todos los órdenes de la vida. Lo raro sería que no ocurriera así. Una costumbre, arraigada en la memoria de los recuerdos, era la muestra externa de aquellos hombres y mujeres cuando perdían a un familiar, un ser querido que había dejado de existir. En esa circunstancia dolorosa, sus allegados más directos cambiaban su ropaje
En la sociedad occidental, esa muestra de dolor anímico por la pérdida vital se exteriorizaba vistiendo ropas negras y austeras. Los hombres solían ponerse en la manga de la chaqueta una ancha cinta negra. Otros buscaban ropa de ese color, fueran jerséis, pantalones, faldas, camisas, blusas, calcetines, corbatas, rebecas y por supuesto los zapatos cerrados o sandalias. Era una forma de señalarse ante los demás, manifestando cromáticamente “estoy de luto, sufriendo la muerte de una persona querida”.
Había normas, no escritas, pero consolidadas por la costumbre, de “guardar el luto” por seis meses, un año o incluso más. La transición hacia la ropa de colores discretos se hacía de manera paulatina, para no llamar la atención del entorno vecinal. Las personas mayores prácticamente mantenían el luto de por vida, dado que iban encadenando fallecimientos, por lo que ya no volvían a vestir los colores del arco iris. A los niños no se les solía poner luto, aunque algunas familias sí lo hacían. Sólo en la ceremonia fúnebre, también se les vestía con el color de la noche. Las personas más modestas carecían, en muchos de los casos, de medios económicos para adquirir ropas negras, por lo que se acudía a la droguería con el objeto de comprar pastillas para teñir en el lavado todo tipo de ropas. O tinta, para teñir los zapatos.
En la actualidad, ya no es frecuente el uso del color negro para manifestar el dolor por la persona querida ausente. El luto prácticamente ha desaparecido. Sólo en el sepelio, algunos asistentes llevan ropa oscura, no llamativa, durante las “pompas fúnebres”. Se aplica más en los pueblos y en las regiones del interior. Una vez oficiadas las exequias, cada uno vuelve a su ropa habitual. Pero hay excepciones. Vayamos pues a la historia de este relato.
Me encontraba en Roquetas de Mar, Almería, disfrutando de una agradable semana vacacional, gracias al turismo social del Imserso. Aunque hay una parte muy importante del territorio almeriense dedicada al cultivo temprano bajo plástico, la zona de esta localidad más próxima al mar se encuentra poblada por grandes y lujosos hoteles, que generan un importante turismo de sol y playa, con un mar de aguas placenteras y unas amplias playas de varios km. de longitud. La zona hotelera está concentrada en un amplio espacio, Las Marinas, muy bien urbanizada, con jardines, aparcamientos, merenderos, supermercados y tiendas, junto a otros servicios, muy bien valorados por los turistas que acuden para sus vacaciones. El viento de poniente también se sumaba al disfrute gozoso de los muchos viandantes que por allí pasean.
A media mañana de un día de mayo, caminaba por el largo y bien construido paseo marítimo de la localidad. La brisa, con desigual intensidad, no era molesta, pues la insolación era radiante, sin una sola nube en el cielo. Había que ponerse gafas de cristales teñidos para protegerse de los cálidos rayos solares. Me sentía acompañado por otras muchas personas, la gran mayoría personas jubiladas, por su apariencia de edad, y gozando de los trajes de baños y deportivos. La casualidad quiso que, al pasar junto a uno de los bancos de piedra que jalonan el prolongado paseo, me fijara en un hombre de avanzada edad, con algo de sobrepeso, que sólo él ocupaba el asiento. Me llamó la atención que, a pesar del intenso sol reinante, vistiera absolutamente de negro. Camisa, chaleco, pantalones, zapatos deportivos, todas sus prendas eran del mismo color.
Pensé que esa persona, que tomaba con sosiego el sol, descansando y mirando a la playa, bastante serio y cabizbajo, podría estar llevando un severo luto. Cruzamos nuestras miradas y percibí que tal vez necesitaba algo de compañía o esa terapia tan beneficiosa como es el intercambio de las palabras. Me acerqué a su banco de piedra y con cuidada delicadeza le comenté que con la intensidad del sol que hacía esa mañana había deducido que su forma de vestir obedecía al luto que mantenía. SIMÓN Torrens Alcaba me sonrió, “agradeciéndome el atrevimiento”. Me pidió con sencillez que me sentara junto a él, pues le sentaba bien todo el afecto humano que le pudiera aportar. Le expliqué con brevedad mi estancia turística y los saludables paseos que me gustaba dar por un lugar tan bello junto al mar y la playa, con esas zonas ajardinadas tan bien cuidadas por el municipio. Comprobé que necesitaba hablar, para romper la incomunicación que probablemente estaba sufriendo.
“Voy a cumplir los 82, una larga vida ¿verdad? He ganado el sustento trabajando en el campo, principalmente los cultivos bajo plástico. Supongo que conocerás que se trata de un trabajo laborioso, muy esforzado, pero siempre agradecido, al comprobar cómo la tierra bien cuidada produce todo el alimento que tanto necesitamos para vivir y con la ventaja que aquí lo hace en época temprana, en meses muy interesantes para la venta, principalmente hacia Europa. Aguanté hasta cerca de los 80, pues, aunque las fuerzas fallen, el amor a la agricultura temprana es como un virtuoso “vicio” que te resistes a abandonar.
Me casé, allá por los años sesenta, con mi inolvidable AMANDA, viviendo en una casita de labriego que construí, ayudado por unos compañeros de trabajo, con la ayuda generosa también de un buen vecino, que tenía un pequeño negocio de polvero y me regalaba muchos materiales y otros me los vendía a un bajo precio. Allí nacieron mis dos hijos, LUCAS y CARMINA, dándoles educación, alimento y vestido, para que en lo básico nada les faltara. Con el paso del tiempo formaron sus propias familias. Hace un año y un mes, mi querida Amanda se nos fue. Perdí a quien más quería. Creo que he sido un buen padre y esposo. No bebo ni fumo, sólo he sabido trabajar la tierra. Mi mujer siempre me ha hecho muy feliz. Le entregué todo el cariño que mi corazón le podía dar. Te aseguro que hubiera querido irme con ella. Pero aquí me he quedado, sufriendo este valle de lágrimas en soledad.
Entonces, mis dos hijos casi me obligaron a vender nuestra casita de toda la vida. Me decían que no debía estar solo, que ya era muy mayor y que ellos necesitaban el dinero que es correspondiera para sus carencias. Acordaron que una vez vendida la casa me fuera a vivir con ellos, seis meses con cada uno. Tendría una cama y un plato de comida y que me lavarían la ropa. Así que se repartieron el dinero que cobramos por la venta de la casita y sus muebles y yo no vi ni una peseta de lo que sacaron”.
Resultaba muy interesante cómo la soledad y el desamparo de una persona mayor encontraba alivio en narrar lo que había sido su vida, dentro de la ejemplaridad, sencillez, humildad y laboriosidad en el día a día.
“Entiendo que la vida con sus hijos no le está resultando fácil, después de la terrible desgracia por la pérdida de su mujer, con la que compartía un gran cariño, que le hacía feliz y realizado, llevando una vida ejemplar, amigo Simón”.
“Tienes razón, buen amigo. Ahora soy un pobre estorbo en dos casas donde mis hijos tienen sus vidas. Lucas, con dos hijos adolescentes y Carmina, con tres hijos más pequeños. Cada mañana, después de desayunar, mi nuera me dice que tiene que limpiar, por lo que debo salir a dar un paseo, ante el silencio complaciente de mi hijo. Me indica que no vuelva hasta la hora de comer o de cenar. Y así, un amanecer tras otro. Cuando el tiempo es bueno, lo sobrellevo, pero cuando sopla el viento y hace frío, me “refugio” en algún merendero amigo, donde su dueño me deja descansar y darme algo de conversación. Apenas tengo dinero, porque mi pensión también se la quedan para los gastos de la casa.
El luto, que nunca me quitaré, lo llevo como podrás entender en memoria de mi santa Amanda. Vivo anhelando estar pronto junto a ella”.
Los restantes días en que permanecimos en Roquetas, durante cada mañana solía reunirme con Simón. Me acompañaba al hotel y allí jugábamos al dominó, el parchís, compartiendo alguna cerveza o refresco en el bar. Antes de volver para casa, le regalé una cazadora de algodón, color negro como era su gusto. Nos despedimos con un abrazo de amistad, prometiéndole que volvería a estas tierras “del plástico” para los cultivos, y seguiríamos compartiendo la amistad a través del chat de whatsapp.
Cuando conducía, de vuelta a casa, me preguntaba, una y otra vez, por qué estas personas tan buenas y sencillas en su proverbial honradez, tienen que sufrir tanto en el recorrido final de su existencia. Hay tantas preguntas, para las que no encontramos respuestas … -
UN HOMBRE DE
LUTO
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 29 mayo 2026
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