Hay dos fechas en el calendario especialmente propicias para que la ciudadanía haga proyectos de ilusionados cambios en su trayectoria vital. Esos intentos de cambio de rumbo se nuclean alrededor del inicio otoñal, tras el “letargo” vacacional veraniego y, sobre todo, cuando comienza una nueva anualidad. Nadie debe dudar que esos proyectos para cambiar nuestra forma de vida son, en principio sinceros.
Una mayoría de personas se proponen, con firmeza, mejorar su buena o regular salud, haciendo ejercicio en determinadas horas de la semana. Gimnasios, centros polideportivos, grupos de pilates y yoga, correr o caminar por la naturaleza urbana o rural, cuando apenas amanece. Controlar las dietas alimenticias, en racionalidad y cantidad. Métodos “infalibles para vencer el insomnio y el estrés. Los más ambiciosos se aventuran en la práctica de un deporte regular, sin demasiados riegos físicos, que facilite la “quema” de gramos y calorías y al tiempo facilite la socialización anímica. Podrían añadirse otros sensatos, valientes y esforzados nuevos proyectos, en cultura, idiomas, belleza, amistades y actitudes que mejoran el carácter.
La realista experiencia nos dice que esos aventurados y necesarios cambios, en una mayoría de ejercitantes, van decayendo, con intermitencias cada vez más espaciadas que suelen finalizar con esa frustración de incumplimientos y perezas disuasorias. Sabemos aplicar sutiles justificaciones, para compensar nuestra débil voluntad para la permanencia en el pretérito empeño. De todas formas, siempre queda la ilusión, de naturaleza “infantil” de que llegará otro septiembre o enero, a fin de reintentar el fallido proyecto. En este humano contexto se inserta nuestra semanal historia, que compartimos con agrado.
GASPAR Cano Baltanás, el personaje central de esta historia, había llegado a su medio siglo de vida. Trabajaba, desde hacía más de veinte años, como cajero de una entidad bancaria. Desde la atalaya social, se le consideraba como un ciudadano ejemplar. Cumplía horario laboral, entre lunes y viernes, de 8 a 15 horas, al frente de la contabilidad bancaria y de atención al público, con los ingresos, reintegros, recibos al pago de toda naturaleza, junto a otras gestiones que le eran encomendadas en el ámbito de su especialidad (había realizado estudios Empresariales en la universidad). Desarrollaba por las tardes cortos paseos, visitas a centros culturales o yendo al cine, para ver alguna película que tuviera buena crítica. Los fines de semana se desplazaba, con su mujer Águeda, al pequeño apartamento que poseían en la costa occidental malagueña, zona de Playamar, para compensar la aburrida rutina de casi todos los días.
ÁGUEDA Barroso Barandilla, su esposa, desarrollaba su “vida social” al margen de las actividades caseras. El fervor matrimonial entre ambos cónyuges se había “fugado” o “levitado” al paso del calendario. Muy celosa de su imagen que, con los años, sufría el deterioro propio de la edad, trataba de compensarlo visitando regularmente “salas de belleza, peluquerías y cosméticas reparadoras”. Gustaba comprar ropa en abundancia, que, al paso de las temporadas, quedaba obsoleta en los cánones interesados de la moda. Como el armario tenía “su capacidad”, para nuevos ingresos de vestimenta, obligaba a la señora a donar ropa, incluso con muy pocas puestas, beneficiando a vecinas modestas del bloque o llevándola al ropero de Madre Coraje o a las Hermanitas de la Caridad, que estaban en contacto con el Cotolengo. Doña Águeda, 46, tenía su círculo de selectas amigas para la distracción, algunas conocidas desde la época escolar de primaria y secundaria.
La única hija del ejemplar matrimonio, ALICIA, al ver frustrados sus intentos de ingresar en la guardia civil, policía nacional o policía local, por falta de preparación y constancia en el estudio y elevada competencia de optantes, había logrado al fin plaza de vigilante de seguridad privada, en Prosegur, siéndole asignada función en un gran hipermercado de capital francés. Con esa estabilidad laboral, a sus veintiséis años, se había unido en pareja con un fornido reponedor y mozo de carga, que prestaba servicio en el mismo centro comercial. ARTEMIO, seis años mayor que su nueva compañera, estaba separado de su mujer por repetidas infidelidades, teniendo ambos que afrontar la carga de un hijo con la ex que sumaba cuatro años de vida. Este joven reponedor era muy aficionado a las artes marciales que, en algún caso, había practicado en casa y no precisamente de forma amistosa. Como Alicia se había preparado también en defensa personal y en el manejo de la porra y las esposas, la unión de ambos iba por buen camino, con la fortaleza orgánica que los emparejaba. El alejamiento de Alicia con sus padres materializaba una realidad que procedía de años atrás. Deseaba vivir con plenitud su absoluta “independencia” familiar.
Gaspar era una persona físicamente no muy fuerte, delgado de cuerpo, usando lentes de forma permanente, derivado de toda la contabilidad y horas de ordenador que había desarrollado, año tras año, en el ámbito bancario. Practicaba poco deporte, sólo el juego de la petanca con otros vecinos del barrio donde residía y algún que otro paseo. Era bastante estricto con las comidas que consumía. Así iba pasando los años, destacando el mes de vacaciones en el apartamento de Playamar, que le hacía cambiar esa vida rutinaria y monótona que cada día le aturdía más.
En esta corta familia, todos “pasaban” de todos. Pero había alguna fecha en el calendario en que escenificaban esa unión irreal. En la mesa de Nochebuena del 2025, los tres miembros familiares cedieron en su cotidiana indiferencia. Hubo reunión en casa de los abuelos, a la que asistió también Artemio, junto a una hermana soltera de Águeda y un hermano de Gaspar, Ceberio, que se ganaba la vida trabajando de gruista. Esa reunión también se repitió el día 31, para la entrada de un nuevo año, con los mismos asistentes de la Nochebuena. Pronto la pareja de Alicia y Artemio se fueron a disfrutar la noche.
El día de Año Nuevo, Gaspar y Águeda se fueron al apartamento playero. Ella llevaba varias series televisivas grabadas en distintos canales, pues así pensaba distraerse, sin dejar de llamar a las amigas. Su marido, aprovechando el buen tiempo del día, daba lentos paseos por la arena marítima. Pensaba y meditaba acerca de su vida. Desde hacía algún tiempo se sentía como un simple y minúsculo tornillo, en un complejo y rutinario engranaje que le proporcionaba una profunda infelicidad.
“Esta dinámica vital la tengo que cambiar, pues ya estoy en el ecuador de la vida. Llevo muchos años, trabajando honradamente detrás de una ventanilla, dando y recibiendo dinero, en función de las necesidades de miles de clientes con respecto a sus respectivos fondos. Contando billetes, a mano y a máquina. Durante esas 8 horas, aguantando todo tipos de caracteres y trato, para lo único que me levanto de la silla es para ir a los servicios, beber un vaso de agua o ante la llamada del jefe o director de la sucursal. Me gustaría, necesitaría, un trabajo que me proporcionara el movimiento físico y mental. Permanecer tantas horas sentado también aturde los músculos y cercena la ilusión. Atender de continuo a un público muy variable en su trato, manteniendo el autocontrol de las sonrisas, cuando a lo peor carezco de ganas para expresar esas sonrisas y delicadezas, que tantas veces sugiere mi director.
Los fines de semana me veo un tanto “fosilizado”, perezoso para el ejercicio, con los dudosos incentivos de acompañar a Águeda a la Catedral, a la misa de doce, para escuchar al prelado de la diócesis, manteniendo unas formas respetables ante las personas conocidas, “teatralizando” la estabilidad y buenas formas de esta familia, cuidando las apariencias. Ir sólo al Albéniz (Águeda siempre tiene algún plan “importante” con sus amigas) a ver una película, cuando tengo decenas en mi ordenador. Y el lunes, vuelta a mi sillón giratorio, ante la ventanilla, para repetir los mismos gestos y movimientos, para las peticiones de los clientes. Y así, una semana tras otra, durante años”.
Parecía evidente que Gaspar estaba una fase de su vida que necesitaba un fuerte golpe de timón, para navegar en otras direcciones más motivadoras para la ilusión. El problema para iniciar una ruptura más drástica era obviamente su trabajo, estable y con buen sueldo, que les permitía vivir con desahogo, para él en sumo aburrido, como en realidad son muchos de los trabajos rutinarios, Asumía que sufría una profunda crisis vital: los cincuenta.
Abrumado por todas estas reflexiones, pidió cita para hablar detenidamente con su jefe de sucursal, don EFRENIOCampanal, el 2 de enero del nuevo año, exponiéndole con franqueza la dura realidad que soportaba.
“Te entiendo, amigo Gaspar. Llevas con nosotros muchos años y has llegado a un momento de tu vida en la que no dejas de hacerte preguntas. Pienso que esta situación le ocurre a la mayoría de las personas, pero unos tienen mejores recursos, a fin de superar esas crisis existenciales. Tu buena trayectoria te hace merecedor de la mejor comprensión y ayuda. Debes visitar a un profesional que te pueda ayudar, un psicólogo o incluso un psiquiatra sin es necesario. Esa creo debe ser el punto de partida. Después, veremos lo que podemos hacer”.
Tres días después de esta franca entrevista, don Efrenio lo llamó a su despacho.
“Gaspar, le he dado muchas vueltas a tu caso. Percibo que vuestra relación familiar y la carencia de buenos amigos, esa situación de bloqueo en la que te hayas sumido. La oportunidad de lo inesperado nos puede ayudar, Me ha llegado la información de que el encargado de zona, en los pueblos de la serranía rondeña, va a tener una jubilación anticipada inmediata, por severos problemas físicos. Lleva bastantes años, viviendo en una casita encastrada en la montaña, en el precioso pueblo de Genalguacil. Cada semana hace recorridos por los pequeños pueblos de la zona, estando unas horas en unas pequeñas oficinas prefabricadas, en donde atiende los asuntos financieros más perentorios de los habitantes de la localidad. Un buen ordenador y una impresora “lo puede todo”. Gaucín, Algatocín, Jubrique, Alpandeire, Arriate, Benaoján, Igualeja, Montecorto, Montejaque, Pujerra, etc. Son 23 municipios. En los más pequeños en población, es donde están instaladas estas oficinas móviles de las que te hablo. La gran ventaja de este trabajo coordinador es que vives en pleno ambiente natural o rural. La movilidad que tanto añoras la vas a tener recorriendo, de lunes a viernes, pequeños y escarpados caminos, fascinantes para el goce visual y anímico. Los municipios más importantes en habitantes tienen oficinas estables. Son los menos. ¿Te gustaría aventurarte al cambio de la estresante vida urbana por el enriquecedor y saludable mundo rural?”
AL PASO DE LOS MESES.
La situación personal y laboral de Gaspar Cano ha cambiado positivamente, para su objetivo de incentivar la existencia. Ha podido comprar, dado su bajo precio, una casita de segunda mano en GENALGUACIL. Vive con modesta felicidad rodeado de naturaleza, en este bello pueblo de la serranía rondeña, siendo uno de los 500 habitantes censados, aunque habitualmente sólo residen allí apenas unos 200. El encargado de zona, don Gaspar, dedica las mañanas a desplazarse a los distintos pueblos de la serranía, para atender, en días alternativos, a los clientes e impositores de aquellas localidades que carecen de oficinas bancarias, utilizando para ello un pequeño vehículo eléctrico que la empresa financiera le ha facilitado. Hay en esas pequeñas localidades unas reducidas oficinas móviles, en donde un día a la semana estará el representante bancario para resolver los asuntos bancarios de la vecindad. El recorrido por esos bellos parajes, de frondosa vegetación, ha sido una eficaz terapia, para un trabajador que se encontraba en profundo estado de bloqueo anímico. Se siente feliz y realizado, viviendo en la fascinante densa soledad vegetal que tanto le aporta. Su relación con los escasos vecinos del pueblo es cordial y placentera. La valentía que ha aplicado a este cambio de vida es del todo ejemplar. -
LÚCIDO Y VALIENTE
CAMBIO DE RUMBO
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 06 febrero 2026
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