viernes, 16 de octubre de 2026

CRUCE DE CAMINOS PARA LA CONCIENCIA

HILARIO Almansa Cortés, 24, había finalizado el grado universitario de Ciencias de la información con un brillante expediente, para satisfacción propia y familiar. Gracias a una ayuda económica que recibió de una entidad bancaria para la promoción de postgraduados, pudo matricularse para la realización de un máster de periodismo en una de las más prestigiosas empresas periodísticas, con sede en la capital del Estado, que lideraba la publicación en soporte papel y también en las ediciones digitales. 

Tras la finalización de su máster de aprendizaje, la dirección de la empresa le ofreció la posibilidad de integrarse en plantilla, con un contrato previo seis meses, junto a otro compañero que también había destacado por su capacidad de entrega en el trabajo diario de la institución mediática. Consideraban y valoraban su preparación, imaginación, capacidad de trabajo y esa iniciativa creativa que se tiene en el propio carácter. 

El padre de Hilario, don PRUDENCIO, era un modesto trabajador de traslado y reparto de mercancías, vinculado a MERCAMADRID. Tanto él, como su esposa doña PURIFICACIÓN, se mostraban intensamente orgullosos de su único descendiente, que comenzaba a abrirse paso en el difícil, apasionante y competitivo mundo de la comunicación. Era una pequeña familia que desde siempre había mostrado su firmeza en los valores de honradez y trabajo. También compartía esa satisfacción su pareja desde los tiempos de instituto, DIANA que, con sus estudios de magisterio, había encontrado un puesto laboral de educadora en una escuela infantil, EL BOSQUE ENCANTADO, en el barrio de Vallecas madrileño. Disfrutaba como una niña cuidando a los niños pequeños.

¿Cómo era el carácter de este joven periodista? Sabía mezclar con acierto el impulso valiente de su juventud, con la necesaria templanza de la racionalidad. Un consejo que le repetían sus amigos y afectos era recordarle que estaba en un terreno social en el que tendría que medir muy bien las palabras (nunca mejor dicho), sus contactos y gestos con las características de la gran empresa donde iniciaba su historia laboral. 

Cuando Hilario hablaba en la intimidad familiar y con Diana en sus paseos vespertinos, comentaba que uno de sus principios básicos, en el ejercicio de la profesión, sería defender siempre la verdad añadiendo, por supuesto, el trabajo investigativo de cada día con rigor y responsabilidad. Debido a la baja temporal de uno de los redactores, le encargaron que apoyara y aprendiera del compañero veterano que asistía a los plenos del ayuntamiento madrileño, elaborando la crónica correspondiente. En ocasiones el mismo componía las crónicas municipales, que seguían y gustaban a los lectores de este diario, LA NACIÓN, con una línea editorial liberal progresista. 

No menos de un año después, la pareja de Hilario y Diana decidieron unir sus vidas ante el Registro Civil, para lo que dieron la entrada de un pequeño apartamento, de segunda o más manos, con un dormitorio, salón, cocina independiente y baño, situado a pocos metros de la línea 1 del metro de la capital. La hipoteca era gravosa, aunque asumible, uniendo sus dos sueldos y la ayuda, aunque pequeña, de sus dos familias. Pronto le encargaron una atractiva sección del dominical, para que cada semana entrevistara, con la agudeza que le caracterizaba, a una persona que destacara por su valores y proyección pública. 

La mayoría las empresas suelen tener movimientos en su dirección y línea programática de acción, cambios que no pocas veces resultan difíciles de entender para el público lector o el ciudadano de a pie. Este importante y tradicional periódico nacional tomó la decisión de integrarse en un grupo mediático de prensa escrita, radiodifusión, editorial y cadenas de televisión por razones no explicadas, aunque se sospechaba que la cuestión financiera y la caída en las ventas de ejemplares en soporte papel tuvo bastante que ver. ¿Pudo también influir en este hecho el cambio de tendencia política en la opinión pública hacia posturas más conservadoras? Posiblemente. La fuerte competencia de los grupos mediáticos rivales genera estas fusiones o integraciones que buscan la recuperación en la aceptación popular por la unión de fuerzas sociales y capitales. Este gran bloque cultural tenía un marcado sentido “derechista”, a tenor de la tendencia que el mundo contempla y asume en la intención y opción social. 

Una mañana el subdirector de la Nación, ONÉSIMO Cantalapiedra, con muchos años en su DNI, pero bien llevados, profesional que había combatido en muchas y diversas “trincheras” indicó a Hilario que pasara por su despacho, pues necesitaba hablar con él. 

 

“Tome asiento, Almansa, y relájese, pues lleva más de un año con nosotros y formamos parte de una gran familia mediática. Aunque eres muy joven, ya desde la época del máster nos has ido demostrando tus grandes cualidades para el ejercicio de la profesión mediática. Ahora trabajas en información local y colaboras muy bien en EL DOMINICAL, con las interesantes y valiosas entrevistas que realizas. Vayamos ya al motivo nuclear de nuestra conversación. 

Desde hace varias semanas formamos parte de un grupo muy poderoso de la comunicación multimedia. Te aclaro, por si aún no lo sabes, que hay un potente capital financiero internacional en este gran bloque de presión, yo lo llamaría mejor “de intervención”. Es obvio que todas las grandes empresas de la comunicación tienen “ideología”, aunque no lo expliciten en sus estatutos. Almansa, el mundo camina hacia un predominio de las concepciones y decisiones conservadoras. Son los aires cambiantes que mueven hoy día las hojas de las mentalidades colectivas. 

Por lo que escribes y por la forma, muy buena, como lo haces, te percibo como un liberal de izquierda, ideología muy respetable, que cuadraba con el estilo tradicional de la Nación. Pero ahora, son otras las condiciones del grupo al que nos hemos vinculado. Tenemos que adoptar posturas más conservadoras, de derechas, con la necesaria habilidad y prudencia, pues no podemos perder la relación con nuestros tradicionales lectores. La mayoría de la plantilla lo ha entendido bien y ya están adaptando los materiales que elaboran en ese sentido. Sin embargo, observo que tu sigues, sin moverte un ápice, de tus vínculos ideológicos. Y esto debe cambiar. Esto ha de cambiar. Entiéndelo como un cordial y urgente imperativo”.  

 

Hilario, aturdido y sofocado, tuvo que bajar unos minutos a la cafetería Sol en Callao, en donde pidió un café bien cargado que fue bebiendo, pausadamente, sin un solo grano de azúcar. Era muy fuerte lo que había tenido que escuchar en el despacho de Cantalapiedra. La muy “cordial reprimenda” que había recibido del subdirector ejecutivo del diario, con un subliminal “lo tomas o lo dejas” era muy difícil de digerir. Le estaban diciendo, con exquisito lenguaje periodístico, lo tomas o te vas. ¡Como podía traicionarse a sí mismo, pensando y actuando como le decían que hiciera! ¡Cómo iba a cambiar su forma natural de interpretar el mundo, en favor de esos poderes fácticos, interesados en sus egoísmos particulares, olvidándose de los colectivos más desfavorecidos! Cuando llegó a casa aquel medio día apenas quiso probar cuchara del suculento caldo de cocido que Diana le había preparado. Después de la muy frugal ingesta (sólo tomó una vitalista macedonia de frutas) se sentó con su querida pareja explicándole sobre la aventura, harto desagradable, de aquella mañana con Cantalapiedra. 

Su compañera Diana lo escuchó con cariñosa atención. “Me parece inconcebible e indigno que quieran condicionar la mentalidad y el estilo periodístico de una persona, por sus intereses económicos firmados con ese núcleo conservador. Igual un día te obligan a no publicar una verdad que has investigado y suficientemente confrontado. Pero debes ser tú, Hilario, quien adoptes la decisión más conveniente. Ya tienes mi opinión. Estoy en tu línea de criterio. Tal vez pueda ayudarte hablar con tus padres, con los que según me cuentas siempre te has llevado bien”.

La reacción de don Prudencio las palabras y consideraciones de su hijo fue explosivamente visceral. “Vas a cometer una gravísima insensatez. Con los sacrificios que todos hemos hecho en tu formación, te estás planteando en tirar por la borda el importante puesto laboral que has conseguido. ¡Ya hubiera querido yo tener para mí una colocación como la que gozas ahora! Lo que tienes que hacer es obedecer a los jefes y pensar que te tienes que ganar el pan de cada día.  No te compliques la vida, si hay que hacerles la rosca a los de derechas, pues se les hace. Tienes que ser responsable pues tienes una familia a tu cargo. Déjate de tonterías y ética profesional y sigue fielmente lo que tu empresa te mande. Así a final de cada mes recibirás el sobre que le dará para comer. No te vas a alimentar de los ideales caducos, cuando Diana y tu vayáis al Mercadona. Sé inteligente Hilario y olvídate de las sandeces éticas”. 

Amanece cada día. Ha pasado un trimestre en el año desde estos hechos. HILARIO Almansa, tras variados intentos, ha encontrado un puesto estable de trabajo, en un diario online, posiblemente líder entre todas las publicaciones informática de la geografía española. Sr siente a gusto y apreciado por sus compañeros, con los que colabora en una publicación diaria liberal progresista, aunque muchos la llamarían de izquierda ideológica. Su unión con DIANA es cada día más intensa, pues ella fue la primera persona que lo apoyó en la importante decisión que hubo de tomar, abandonando un cómodo porvenir en un grupo de prensa de ideología plenamente conservadora en el apoyo de los poderosos. Ha sabido y podido recuperar la amistad con su padre, don AMBROSIO, gracias al buen hacer de su madre doña PURIFICACIÓN. En cuanto a ONÉSIMO Cantalapiedra, ha escalado el primer puesto en la dirección del diario La Nación. En su fuero interno sabe que ha perdido a un excelente profesional, pero en él priman otros intereses condicionados por “la marcha de los tiempos”. Hilario, ante un disyuntivo cruce de caminos trascendental en su caminar profesional y en su sentido de vida, supo tener la recia valentía de seguir fielmente los consejos de su conciencia y declinar las ambiciones materiales del corazón. Se siente anímicamente feliz por haber elegido el camino correcto que sus sensatos valores le dictaban.  – 

 

 



 

 

 

 

              José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 16 octubre 2026    

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viernes, 9 de octubre de 2026

COMPAÑEROS DE SERVICIOS, AMOR Y TRABAJO

En nuestro condicionado caminar por la existencia, vamos protagonizando situaciones inesperadas, curiosas, insólitas e incluso sorprendentes. Como es fácil comprender, esas vivencias nos resultan buenas, inocuas o desagradables. Pero el destino va modelando ese “itinerario”, con nuestra colaboración y esa suerte o azar desigual, del que no conocemos su procedencia. Vayamos prestos a la historia de esta semana. 

Nos situamos en una estación ferroviaria de una importante localidad de la Andalucía no costera. El tráfico de trenes es notable en este punto neurálgico de la centralidad regional. Las instalaciones del complejo ferroviario han sido recientemente remodeladas, pues el municipio quiere potenciar la función económica de la localidad y una de las medidas al efecto es ofrecer una estación moderna, con las prestaciones y comodidad necesaria a los numerosos viajeros que la utilizan a diario. Obviamente, debido a su centralidad geográfica en la Comunidad Autónoma, es una estación de tránsito hacia otros puntos de la red, tanto en la región como con el resto del mapa ferroviario de España. Los dos tramos de vías usuales han sido ampliados han sido ampliados a cuatro, a fin de multiplicar el tránsito y la versatilidad de paso para las distintas líneas de trenes. Hay taquillas atendidas por funcionarios expertos, aunque también están disponibles taquillas informatizadas para conseguir una mayor agilidad para las demandas de los viajeros, un cómodo y amplio servicio de cafetería y restauración, un punto de atención médica para cuando sea necesaria la ayuda a los pasajeros, un par de tiendas con objetos de regalo de toda naturaleza, una cómoda y amplia sala de espera y, de manera especial, unos servicios y lavabos, en donde el automatismo y la limpieza es primordial.

PLÁCIDO Cornejo Callejón forma parte de la corporación municipal de la villa andaluza, al frente de la concejalía de movilidad y transporte. Natural de Linares, pero radicado en Antequera desde hace una década, por su matrimonio con la hija de un importante industrial chacinero, ha sido protagonista, por encargo del alcalde presidente de la corporación municipal, de colaborar decisivamente desde el ayuntamiento en esta muy lograda modernización de la estación de Adif. 

Este edil había pasado la mañana junto a Eugenio Valencia, Jefe de la estación, comentando algunos asuntos de aparcamiento y señalización para los viajeros del tren que llegaban con sus vehículos a la remodelada estación. Comieron juntos en el restaurante ANTICARIA, dentro de las instalaciones ferroviarias. Comenzó a sentirse pesado de estómago, mientras compartían el café de sobremesa. Pero no quiso estropear la fructífera mañana que había tenido con Eugenio, con el que le unía una cordial amistad. Se despidieron con un abrazo y antes de tomar su vehículo para volver a la ciudad, se dirigió a los bien acabados lavabos de la estación. Su estómago no estaba funcionando bien, sentía náuseas, dolor, incómodos gases. Algo de lo que había comido le había sentado mal. La porra con jamón y huevo duro, un suculento plato de cochinillo asado con verduras salteadas y un buen trozo de tarta de queso al chocolate. Tal vez había abusado de la bebida, pues había tomado dos pintas de cerveza y una copa de brandy en los postres. 

Entró en uno de los modernos WC y nada más sentarse en el inodoro sintió en sus posaderas un chorro de agua fría a presión, impactando con potencia en la zona glútea. Esta prestación suelen tenerla las tacitas del wáter modernas, con el fin de regular la limpieza tanto del inodoro como del ano del usuario. Funcionan con automatismo, sin avisar al que plácidamente toma asiento. Realmente tenía el estómago suelto: molestias, retortijones, gases malolientes y heces prácticamente líquidas. Su “obratorio” se mezcló, a modo coral, con la acústica instrumental y el fétido aroma emanado por el usuario del reservado vecino, quien con ímprobo esfuerzo “lo intentaba” pero sólo conseguía expulsar los intensos gases de su intestino. Plácido escuchaba los esfuerzos del compañero de labor, que trataba de ayudarse apretando los dientes con el humm, humm, humm.

Para su asombro, el disciplinado vecino (que se llamaba DOROTEO, lo averiguaría después) de manera inesperada comenzó a llorar amargamente. “Pobrecillo, tanto dolor le estará produciendo su esfuerzo de evacuación”. Los dos usuarios estaban hermanados por las incómodas y dolorosas molestias. Plácido quiso tener un gesto solidario y empatizar con el sufrimiento ajeno, compañero que continuaba pujando y llorando como un niño pequeño. 

¡Amigo, que le ocurre! Le estoy escuchando y me preocupan sus esfuerzos y sus lágrimas. ¿Su problema de evacuación es novedoso o viene de tiempo? Debo aconsejarle que no apriete en exceso, pues el esfuerzo puede afectarle en el ano y sobre todo si tiene alguna fístula o almorrana. Si empuja en demasía, puede incluso provocarse una hernia inguinal. ¡Compañero, tenga paciencia, que al final todo sale!”

Transcurrieron unos segundos. Desde el reservado vecino, una voz temblorosa y un tanto apocada respondió al mensaje. 

“Buen hombre, muchas gracias. Mi problema no es sólo de vientre, sino de amores. Me llamo Doroteo Cantalejo y soy conserje eventual del Ayuntamiento de esta localidad. Tras veinticinco años de casado, tuve la desgracia de enviudar. Discúlpeme, que ya sale. Ahora después sigo”. Los sonidos desde el servicio vecino explicaron esta interrupción. “La pérdida de mi Camila ocurrió hace ya casi un año. La desesperación de mi soledad ha exigido tratamiento médico. Pensé en los peores momentos en acabar con mi vida. No quería seguir viviendo sin tener a mi lado a lo que más quería. Pero me llegó la luz cuando menos lo esperaba. ANDREA, un ángel del cielo se acercó a mi vida. Esta bella persona es una nueva operaria para el grupo de limpieza de las dependencias municipales. Me ilusioné con lo bien que me trataba, conociendo mi solitaria situación. Es mujer separada y también castigada por el destino. Su marido, según me contó era una persona depravada. Me dio a entender que ella también necesitaba de amores. Incluso un domingo fuimos juntos al cine y a cenar, ya que aceptó mi invitación. Algunos paseos también dimos en los fines de semana. MI vida cambió hacia la recuperación de la ilusión por vivir. Me sentía feliz, de que un rayo de luz hubiera llegado a mi vida humilde, desgraciada, pero honrada. Me atreví a pedirle que probáramos a vivir juntos. Ella dudaba, pero yo sentía que la felicidad estaba cerca, a pesar de nuestra diferencia de edad. Pero la malvada tormenta volvió a mi vida. La semana pasada, Andrea me pidió que habláramos, cuando termináramos nuestro trabajo. Nos citamos en el parque de los Dólmenes, a eso de las seis de la tarde. Se la veía con cierto sofoco. Me dijo que no me podía dar el cariño que necesito. ¿El motivo? Pues hay un concejal casado, ¡válgame, Dios! Que le ha echado los tejos. Que le ha prometido que si acepta ser su “querida” nada le va a faltar. A ella y a la hija adolescente que tiene. Y que le va a quitar de trabajar. Que es un hombre apuesto, casi de su edad y que se ha enamorado de él. Que lo nuestro debe acabar”. humm, humm, humm. De nuevo Doroteo rompió en lágrimas.

Plácido no pronunció palabra alguna, ante el largo y detallado monólogo de su compañero de obratorio, Doroteo. No habían pasado apenas unos segundos de la llorosa confesión que iba escuchando para que un “repeluzno” corporal incrementara sus problemas estomacales. Nunca se había fijado con detalle en ese ordenanza que daba de forma mecánica los buenos día, cada mañana. Quien iba a decirle que esa necesidad, meramente sexual, que sentía ante la atractiva Andrea, una de las chicas de la limpieza, a la a la que había prometido mil dichas si aceptaba compartir sexo con él, era la esperanza o providencia de un pobre ordenanza al que la vida le había puesto en una muy triste situación. Conocía, mejor que nadie su obsesión patológica por el sexo. Incluso había ido al psicólogo, con el ánimo de no romper con la estabilidad de su familia. Pero ante la joven y bella Andrea se sentía carente de voluntad para la mínima racionalidad. 

Dos hombres, sentados en los nuevos inodoros ferroviarios y separados por una estrecha pared de materia artificial y que para colmo no llegaba al techo común, podían compartir los “ingratos” sonidos, los desagradables aromas e intercambiar palabras, suspiros, lágrimas y problemas de conciencia. La vivencia pasaba de cómica e insólita a dramática.  

Como ambos habían ya terminado con sus objetivos evacuatorios orgánicos, Plácido quiso tomar la iniciativa, a fin de ordenar el “entuerto”, pero sin ceder en su ególatra y enfermiza sexualidad. 

“Vamos Doroteo, una vez que hemos conseguido poner en orden nuestros intestinos, “cagando” lo que el cuerpo demandaba, salgamos de nuestros inodoros y estrechemos las manos. Creo que los dos nos sentará bien tomar una infusión, para calmar nuestras necesidades”. Cuando estuvieron frente a frente, ambos se reconocieron. Aun así, mezclando el “temor al superior” y la habilidad teatral del político, los dos acabaron en la cafetería Anticaria, sentados frente a frente, ambos con sendas tazas de tila con limón. Por distintas razones, Doroteo y Plácido supieron guardar las formas. 

Han transcurrido unas semanas de este peculiar encuentro. La vida de tres personas ha cambiado desde esa tarde otoñal, en los servicios de la estación ferroviaria central, para la movilidad de los ciudadanos andaluces y visitantes. Andrea ha dejado los utensilios del barrido y fregado, pasando a trabajar en el servicio de atención a la mujer, correspondiente a la acción social del Ayuntamiento. Ha cambiado también de domicilio, habitando con su hija Auxi un confortable apartamento en la zona de expansión urbana de la localidad. Doroteo, ha cambiado su puesto de ordenanza, integrándose, según había elegido, en uno de los coches grúas que retiran los coches aparcados en zonas prohibidos. Esa actividad le mantiene más distraído para sus pesares. Con el cambio de puesto ha incrementado su retribución mensual de manera apreciable, por los suplementos de “peligrosidad y nocturnidad”. En cuanto a Plácido, vive y goza su nuevo capricho con amplia y gozosa rotundidad. Todos parecen estar satisfechos. Aquel encuentro en la modernidad de los inodoros ha resultado muy positivo para el sosiego de nuestros objetivos terrenales. -

 

 

 

 

 

                José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 9 octubre 2026     

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viernes, 2 de octubre de 2026

UNA COMPLICADA Y CÓMICA VIVENCIA HOTELERA


Cuando adquirimos un artículo mecánico o electrónico, también cuando solicitamos un servicio de arreglo en el hogar, solemos preguntar al profesional que nos atiende por algún posible problema o avería que podríamos tener, en cuanto al uso de esa compra o encargo. También estamos bien habituados con respecto a la respuesta que solemos recibir: “eso que me platea difícilmente puede ocurrir, porque el aparato está diseñado con todo tipo de garantías para su funcionamiento. Le va a durar muchos años. Este producto tiene patente alemana y ya sabe cómo son los germanos con respecto a la calidad de lo que venden”. De esta forma salimos del establecimiento u oficina de venta mucho más tranquilos y contentos con la adquisición que hemos realizado. Pero en la vida, nada hay “irrompible”.

La historia de nuestro relato ocurrió en un buen hotel de la bella e histórica provincia de TERUEL, establecimiento con la categoría de cuatro estrellas, en pleno centro antiguo de la capital. Las instalaciones de este centro de hospedaje eran muy modernas, ya que su construcción era bastante reciente. La propiedad decidió instalar dos puertas de entrada. Una de ellas con paneles de cristal giratorio. En el momento que un cliente se acercaba para entrar o salir de la recepción del hotel, el sistema automático se ponía en marcha y los tres paneles giraban lentamente, acompasados a los pasos de las personas que entraban o salían. Algunos de los huéspedes tenían el hábito de empujar los paneles, recordando otras puertas giratorias más antiguas que no tenían sistema electrónico automático. Pero el forzar el mecanismo con el empuje de las manos es desaconsejable, ya que puede provocar que el sistema electrónico se bloquee u otro tipo de ruptura. 

Otras ventajas de este sistema de puertas giratorias era evitar que entrara de continuo el aire caliente o frío desde la calle, impidiéndose al tiempo las aglomeraciones de personas en las entradas y salidas del hotel. De todas formas, para incrementar la fluidez del tránsito de huéspedes, además de la puerta giratoria había otra más pequeña utilizando el sistema tradicional, para los viajeros que llegaban con un voluminoso equipaje. En general esa puerta giratoria nunca había dado grandes problemas pues el sistema electrónico, si las hojas se detenían, desde recepción rápidamente se arreglaba con un programa del propio ordenador.

Ocurrió una mañana de septiembre cuando, tras el desayuno, un grupo de veteranos viajeros, pertenecientes a una asociación cultural en Andalucía, vinculados a la Universidad de Mayores de 55, se disponía a abandonar el hotel para subir al autocar, situado a escasos metros. Iban a realizar una de las numerosas, atractivas y cansadas excursiones a pueblos monumentales del entorno, algunas localidades situadas a más de dos horas de viaje desde el centro de la capital turolense. Aquel día el destino era Alcañiz, para disfrutar de la riqueza mudéjar e histórica que atesora la segunda localidad provincial en número de habitantes. Entraban y salían viajeros, para conocer el estado térmico del día y para comprobar el cielo limpio de nubosidad. Lo que en modo alguno podía ocurrir, sucedió. 

En un momento concreto, la puerta giratoria de manera inesperada se detuvo, posiblemente por un fallo en el sistema de circuito electrónico motorizado. De la calle había entrado en el sistema giratorio un huésped obeso, calvo y con bigote. Intentó “huir” hacia atrás, sin suerte, Había quedado atrapado en el segmento circular izquierdo, visto desde el interior de la sala de recepción. Se trataba de don BONIFACIO Castillejos, de 81 años. Llevaba en el hombro una mochila marroquí de piel de camello beige. La gorrilla azulada la portaba en su mano izquierda. Calzaba unas zapatillas del mismo color que la gorrilla. Alguien comentó que don Bonifacio había sido antiguo registrador de la propiedad. Parece ser que era viudo, viajaba solo y era muy dado a los chistes y chirigotas. Rápidamente CIPRIANO Rebollón, recepcionista en esa mañana septembrina, de tiempo azulado y fresco, intentó maniobrar desde el ordenador central, a fin de volver a ponerlo en movimiento. Pero el sistema estaba firme e inexplicablemente bloqueado. Todos miraban al Boni, como muchos cariñosamente lo llamaban, dándole ánimo, para que controlara sus nervios. 

De inmediato buscaron a GERVASIO Anglada, jefe del equipo técnico, que en ese momento se encontraba desayunando en el buffet del hotel. Apresuró su ingesta y levantándose de su mesa fue a la sección de equipamiento tomando una gran caja de herramientas. Mientras, el viajero “atrapado” o “enjaulado” se mostraba cada vez más inquieto y nervioso. Gervasio estaba analizando un mecanismo que obviamente él no había instalado. La idea que tenía en mente era desmontar uno de los paneles giratorios de cristal. Pero desde la gerencia le indicaron que eran cristales de seguridad de muy elevador grosor. Aconsejó al director del hotel, COSME Santillana, que había que ponerse en contacto a la mayor premura con la empresa instaladora para que indicara las medidas de urgencia a tomar. Había un hombre atrapado en un cubículo triangular de severos paneles acristalados. 

Todas estas gestiones marcaban el avance de las manecillas del tiempo. Ya nadie pensaba en Alcañiz, sino en el pobre Boni que se rompió emocionalmente, al escuchar al grupo de los compañeros de viaje cantar, con el mayor desafino: BONI, BONI, BONI, ES COJONUDO. COMO BONI NO HAY NINGUNO. Estrofa que intercambiaban con la muy “críptica y conceptual” A LA BIN, A LA BAN, A LA BIN BON, BAN, BONI, BONI Y NADIE MAS”. El Staff del hotel seguía intentando contactar con la empresa Puertas de Seguridad EL ALACRAN, pero nadie cogía el teléfono, tal vez habían salido a desayunar. El murmullo y vocerío era de elevada y descontrolada acústica. Bonifacio rompió en llanto y como un poseso comenzó a golpear los rígidos cristales y a dar saltos, gritando en estado de paroxismo ¡AUXILIO, SOCORRO!¡QUIERO SALIR DE AQUÍ! QUE VENGAN BOMBEROS, BOMBEROS, ¡ESTOY AQUÍ PRISIONERO! Esa posibilidad de telefonear al Cuerpo de bomberos, para que acudieran con sus hachas a liberar al viajero atrapado, comenzó a ser discutida entre director, recepcionista y jefe técnico de seguridad. Pero antes había que consultar al seguro del edificio, por los destrozos materiales que podrían realizar los zapadores con sus hachas. 

Un nuevo elemento agudizó la tensión de los huéspedes y personal del hotel que discutían ante el pobre hombre enjaulado. El mal olor a alcantarilla atorada era cada vez más perceptible. Bonifacio, presa de la exaltación señalaba con las manos una y otra vez su trasero. Los presentes se preguntaban. “¿le habrá dado un dolor de ciática, por los saltos? ¿Tendrá cálculos renales? Cada vez hay más mal olor, a este hombre le va a dar un flato” Entonces, desde el habitáculo de Boni se escuchó un inconfundible, grave y orgánico estruendo mezclado con las voces desesperadas del prisionero ¡AYUDA POR FAVOR, QUE ME ESTOY CAGANDO EN LOS PANTALONES! El olor era cruelmente insoportable. Don Cosme, siempre comedido, ordenó al staff con urgencia, “traigan de inmediato un orinal y alguna cortina, para que el huésped pueda realizar con privacidad sus necesidades, mayores y menores.” Un sombrero con ala ancha de labrador, cedido por un compañero viajero, al que se aplicó en su interior un par de bolsas de plástico, para los líquidos previsibles que podían tener presencia en la necesidad orgánica, sirvió de utilitaria bacina que se le introdujo en el habitáculo por un estrecho margen que existía en la parte superior de las hojas giratorias. Pero llegó tarde el servicio, pues don Bonifacio ya había evacuado todo lo que necesitaba, debido al estrés que lo embargaba. Las cortinas también llegaron tarde, por lo que el “espectáculo” fue presenciado con morbosa y cuidadosa atención por toda la concurrencia, en la que algunos sufrieron mareos, debido al aroma fétido que dominaba la no muy amplia sala de recepción. ¡Pongan el aire acondicionado a toda potencia! ordenaba don Cosme, mientras el servicio de restauración traía botellas de agua y las señoras de limpieza botes de colonia con sistemas de pulverización. La mezcla de aromas tan contrastados provocó una situación de catarsis, en las que unos reían, otros lloraban y la peste dominaba, era sufridamente inaguantable. Alguno pedía la presencia del 061, ya que la masa viajera era de avanzada edad. 

Al fin llegó a la zona un coche de bomberos, con el estruendo propio de sus sirenas, acompañado de otro vehículo de protección civil. Dos fornidos bomberos entraron en la sala de recepción con las máscaras antigases en sus rostros (Cipriano, el recepcionista, ya les había puesto en situación en la llamada telefónica de urgencia) y con dos hachazos rompieron la recia cristalera en pocos segundos. Don Bonifacia se hallaba sentado en el suelo, sobre una “alfombra” de aromáticos materiales orgánicos, sólidos, líquidos y gaseosos, cubriéndose el rostro con el sobrero de paja que había entrado tarde en su “celda” averiada. Protección civil traía a un psicólogo, a fin de poner orden en los nervios descontrolados de los veteranos viajeros, embriagados por la emoción y el aroma irrespirable que flotaba en el recargado ambiente.

En pocas horas, los inspectores del seguro y el servicio técnico de la puerta giratoria estudiaron todo el sistema, a fin de esclarecer el fallo técnico que se había producido, con tan lesivas consecuencias físicas y anímicas. Parece ser que un roedor había mordido algunos cables de distribución eléctrica, provocando tal desaguisado. El roedor, tras el suculento condumio, yacía bien achicharrado junto a los cabes quemados. 

Todos los sistemas electrónicos, a pesar de los más sofisticados controles, son susceptibles de fallar.  En este caso fue un temerario y hambriento roedor el causante de un desaguisado y patético espectáculo que don Bonifacio Castillejos y don Cosme Santillana difícilmente olvidarán. La empresa de puertas de seguridad El Alacrán ha modificado el sistema automático de sus puertas giratorias, añadiendo un uso manual independiente, para cuando falle el sistema electrónico. -

 


 

 

 

               José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

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Viernes 25 septiembre 2026           

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viernes, 25 de septiembre de 2026

UN CURA CON SOTANA

 

Había viajado a Madrid para asistir a una interesante obra de teatro musical, avalada por excelentes críticas en la prensa especializada. Quería aprovechar bien el viaje, por los incentivos culturales que siempre ofrece la capital del Estado. Por este motivo reservé, en un hotel ubicado en la zona de Fuencarral, tres noches de un fin de semana primaveral. Desde el hotel Siete Islas al Teatro Lope de Vega hay un recorrido muy cómodo para caminar, distrayéndome con la amplia y variada oferta comercial que enriquece la Gran Vía madrileña.

El viernes tarde lo dediqué a recorrer los siempre maravillosos jardines del Parque del Retiro. Después del viaje en el Iryo, necesitaba tomar contacto con la naturaleza ajardinada, que gratifica el cuerpo y el ánimo del paseante. Hacía una tarde soleada, pero algo fresca, por lo que agradecí el disfrute de una taza de chocolate caliente, en un oportuno puesto restaurador. Me agradaba ver a los niños pequeños jugando con el mayor desenfado al clásico “pilla-pilla” o a esas parejas de “tortolitos” encariñados y gozando de la edad. A buen seguro irían pensando en verde ese prometedor futuro que esperaban construir juntos, en un mundo cada vez menos fácil. Continué mi paseo cuando divisé, a no muchos metros, a un hombre mayor, con algo de sobrepeso, que vestía una severa sotana negra sacerdotal. Estaba mirando las flores que ofrecía un puesto de venta. 

Lógicamente, pensé que se trataba de un cura “de los de antes” que usaban de continuo el largo traje clerical. Comparé mentalmente a los curas de mi infancia y adolescencia, con los sacerdotes actuales, que como mucho visten el elegante clériman o clergyman, o simplemente un traje oscuro, sin distintivos eclesiásticos, a menos que se trate de un prelado episcopal. Observando la figura de un sacerdote “ultramontano” sentí la curiosa necesidad de intercambiar unas palabras con él.

Me acerqué con la prudencia y el respeto necesarios, dada la edad que su cuerpo aparentaba. Tras el saludo cordial, le indiqué mi nombre y el motivo de mi estancia en Madrid. No muy sorprendido por mi gesto, me respondió “Mi nombre es NATALIO Alcázar. Sentémonos y charlemos unos minutos”. Le comenté, sonriendo, que era inusual para mí ver a un sacerdote con sotana, una imagen que me traía recuerdos de hacía muchos años, cuando el nacional catolicismo dominaba todas las esferas de la sociedad. Entonces, el respeto a un venerable sacerdote era una actitud imprescindible o inexcusable. ¿Y a qué templo o parroquia pertenece, padre? “Bueno, ya estoy jubilado. He cumplido los ochenta y ahora resido en un centro diocesano para sacerdotes mayores. He tenido una vida de apostolado muy amplia y fructífera. Ejercí de misionero en Colombia, soportando vivencias inolvidables en mi labor pastoral, ayudando a los más desfavorecidos. Aquí en Madrid, en mi última etapa de sacerdocio he sido capellán del convento de las monjas clarisas”.

“Como simple curiosidad, ¿no iría Vd. más cómodo vistiendo de calle, en estos días de temperatura elevada? Sí, es cierto, pero de esta forma impongo mi imagen entre los hermanos transeúntes, quienes me saludan con respeto, como tú acabas de hacer, hijo mío. Siempre he llevado sotana e incluso tonsura. Ahora no me sentiría a gusto vistiendo cualquier otro atuendo. Por cierto, ¿eras católico practicante? 

“Padre, fui bautizado y en mi infancia estuve en un colegio de monjas, la Presentación. Recorrí todas las fases propias del comportamiento católico: confirmación, comunión, grupos parroquiales, primeros viernes de mes, adoración nocturna, ejercicios espirituales de San Ignacio, matrimonio eclesiástico… Debo explicarle que a medida que han pasado los años y viviendo lo que he vivido, esa fe, que en mi infancia y juventud era prácticamente impuesta, obligatoria, como ir a misa de doce los domingos, para evitar ser castigado el lunes y siempre con el temor a fallecer en pecado, llegué a la conclusión de que esa fe no era real. Iba en contra de la más básica racionalidad. En esta etapa avanzada de mi vida le confieso, con todo el respeto, que las religiones son un bien organizado “montaje”, a fin de hacernos más llevadera y esperanzadora esta vida, más llena de crueldades, dolores e injusticias, que de generosa bondad. Y si no observe el mundo que nos rodea. Los ejemplos serían infinitos".

“¡Insensato, vas a tener que confesarte y pedir perdón a Dios, por esas terribles palabras apóstatas! Padre, ¿por qué tengo que confesarle mis supuestos pecados, si yo no los considero como falta? ¡Un cura es el representante de Dios en la Tierra! ¿Y cuál de ellos, el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo? ¡Necesitas un curso intenso y urgente de cristiandad. ¡Te has vuelto ateo! ¡Eres una oveja descarriada en manos de Satanás!

La situación me parecía digna de otra época. Como si el mundo hubiera retrocedido décadas. Evité que mi rostro expresara cualquier rictus de comicidad a fin de evitar males mayores. El orondo rostro del cura estaba enrojecido por el enfado. Me despedí con una sonrisa burlona del Padre Natalio, el cual inesperadamente me regaló una bendición. Pensaba que no había sido la mejor idea haberme acercado a este cura de sotana, con tan rígida, añeja y arcaica mentalidad. De todas formas, la experiencia había resultado interesante, pues se había producido un curioso contraste entre una mente racionalista y otra condicionada por el clericalismo más ultramontano. Antes de separarnos, se me ocurrió pedirle si podía hacerme una foto junto a él, a lo que accedió a regañadientes. Esa foto iba a tener para mí un valor documental insólito, pues el personaje era verdaderamente un ejemplar de museo. 

Al día siguiente, sábado, tenía la tarde reservada para asistir al espectáculo musical. No, no era El Rey León, sino una interesante selección de los musicales de Broadway más exitosos, de dos horas y media de duración. Dediqué la mañana a echar unas horas en el Museo del Prado, seleccionando sólo un par de salas. Al abandonar el magno museo, tomé un metro para la zona centro, pues me apetecía gozar de un apetitoso cocidito madrileño. Me bajé en Sol y me encaminé hacia la Plaza Mayor, en donde lucen buenos restaurantes. Por el camino, repleto de gente de toda clase y condición, me llamó la atención una persona mayor, más bien obesa, que vestía de centurión romano, con el brillante caco plumífero. Pensé que iría a una fiesta de disfraces, aunque la hora no era la más apropiada. Caminaba delante mía, a unos 10 metros. Aunque lo veía de espaldas, algo de su figura me resultaba familiar. Adelanté mis pasos y el choque anímico al verlo resultó de impacto. ¡Era el cura Natalio, pero ahora vestido de soldado romano! No me lo podía creer. Al verme, me sonrió, haciéndome el saludo militar, brazo al frente. “¡Vaya, de modo que hoy vamos de soldado romano! ¿Mañana de qué se va a vestir? Después de la homilía que me echó ayer, como si fuera un apestado de la iglesia católica, hoy parece que va a rodar una película de figurante. Tiene Vd. más cara que espalda”. 

Natalio también comenzó a reírse. “Es la hora del almuerzo. Si te parece, nos tomamos un cocidito, a buen precio, no más de 15 euros, y te explico los interrogantes que tienes en la cabeza”. “Me parece perfecto, Natalio, si ese es tu verdadero nombre”. 

NATALIO ALCÁZAR GARCÍA había sido, durante largos años, figurante de obras teatrales, habiendo trabajado en diversas compañías escénicas. Nunca alcanzó la fama en papeles protagonistas, con las muchas obras en las que había intervenido. Al alcanzar los 70, había obtenido la merecida jubilación. Habituado a una actividad incesante, se sintió deprimido por el aburrimiento cotidiano. Para distraerse, decidió disfrazarse, algunos días de la semana, con un atuendo diferente, e interpretar libremente en la calle. Su amigo Gonzalo, encargado del enorme y variado vestuario del Teatro Variedades, en un almacén no lejano a la ubicación del establecimiento teatral, le permitió que usara algunos de los trajes usados en la escena a lo largo del tiempo. Esas simpáticas y sorprendentes escenificaciones, que realizaba en puntos urbanos muy transitados de la gran urbe madrileña, le ayudaban a combatir sus depresiones, pues Natalio no era muy afecto a la toma de fármacos. 

Entre las anécdotas curiosas que le narró el versátil intérprete callejero, estaba la generosa actitud de algunos transeúntes, que, entendiendo la necesidad de este hombre mayor àra ganarse unas pesetas con las que poder alimentarse en el día a día, le entregaban algunas monedas que Natalio recibía con humor y agradecimiento. También, una vez que se puso el atuendo laboral de un policía, un coche patrulla del cuerpo nacional de seguridad se detuvo, indicando al “compañero” si tenía algún problema, para en caso afirmativo llamar a unidades de apoyo para afrontar el delito en el que estuviese trabajando.

“Amigo Natalio, eres un simpático truhan, que intentas poner una nota de color y originalidad en tus días de aburrimiento “jubiloso” para la rutina.  Aunque no hayas llegado a ser un primer actor de cartelera, sin tu trabajo y el de otros muchos figurantes la cultura vital del teatro no podría existir. Para mí sí que eres un primer intérprete de la farándula. Voy a conservar esa foto, que le pedimos nos hiciera el barrendero en los jardines del Retiro, como un hermoso valor de cómo se realiza el buen teatro en la calle. Padre Natalio, centurión Natalio, ha sido todo un honor conocerte”. 

Tras el suculento cocidito y la suerte de este nuevo encuentro cerca de la Plaza Mayor, disfruté esa tarde de sábado con el gran espectáculo de musicales en el Lope de Vega. Cuando el domingo volvía en el Iryo desde Atocha para mi ciudad natal, iba pensando, cómo no, en ese cura mayor con sotana y tonsura en la coronilla, que me ordenaba, con indisimulado enojo que fuera a hacer, a la mayor urgencia, un cursillo de cristiandad para la salvación. Vivir para ver. -

 

 

 

 

 

            José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 25 septiembre 2026           

                                                 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

LA ILUSIÓN PASTELERA DE BRUNO Y TASIO

A poco que analicemos la expresión facial y el comportamiento relacional de las personas, en el ejercicio diario de su función laboral, obtenemos una primera percepción: algunos parecen estar disfrutando con el trabajo que realizan, mientras que otros, por el contrario, difícilmente pueden ocultar su bajo estado anímico, ante las obligaciones que tienen encomendadas y que deben desarrollar. Expresándolo de una forma coloquial, aquéllos se sienten felices con lo que hacen, mientras que éstos transmiten su pesar a través de los gestos y el desagrado de sus rostros. Por supuesto que todo profesional puede tener un mejor o peor día, es algo natural en lo humano. Y también es preciso considerar que hay ciudadanos que disimulan mejor que otros los problemas de todo tipo que pueden afectarle. Pero lo que no es normal es que, un día tras otro, sigas estando desanimado, desmotivado y manteniendo esa expresión de “pocos amigos” en tu actividad laboral y social. 

Naturalmente, no todos los trabajos tienen las mismas características ni afectan de la misma forma a las personas que los desempeñan. Muchos ciudadanos se ven obligados a desempeñar determinadas funciones, más o menos ingratas para ellos, porque no han podido o han carecido de la suerte o la dedicación en el esfuerzo para ejercer otro tipo de actividades, aquéllas que si les habría gustado protagonizar. Siendo esto verdad, también resulta evidente que hay profesiones que se “alejan” de alguna forma de ese trauma o pesar que proporciona la rutina, el cansancio, el escaso reconocimiento social o la dificultad intrínseca de la propia actividad que han de cumplimentar. Son profesiones especialmente “creativas”, gratificantes y de notable valoración, tanto para uno mismo como para el reconocimiento social. Al margen de la actitud vocacional que cada persona posea, el desempeño diario de su ejercicio parece que casi siempre compensa, a pesar del cansancio o situaciones incómodamente inesperadas que siempre pueden aparecer. 

¿Cuáles serían algunas de esas actividades profesionales que apenas “cansan” o desaniman a sus autores laborales, quienes se muestran casi siempre “felices” ante la labor que tienen encomendada o ellos propiamente se imponen? 

Citaremos algunas, aunque para algunos puedan ser discutibles. Los maestros pasteleros; los escaparatistas; los jardineros y los vendedores de flores; los compositores e instrumentistas de música; los fabricantes y vendedores de juguetes; el artista de la pintura, la escultura y la arquitectura; el diseñador de piezas de joyería y orfebrería; el escritor de historias; etc. 

Es preciso indicar que hay diversas actividades y funciones que algunos trabajadores parecen desempeñarlas con mayor “felicidad” que otros compañeros de profesión. Tal vez esa diferencia vaya en el carácter de cada uno.  De igual manera nadie va a discutir que el ejercicio de la medicina, el apostolado religioso, la agricultura, la restauración, la educación o la investigación, también genera esa creatividad que tanto gratifica, tanto al que la ejerce como al que la recibe. Para sus afortunados protagonistas, su laboriosidad no supone un desagradable “trabajo” sino por el contrario un “goce permeable” que se comprueba visualmente a través de la expresividad de sus rostros. Conozcamos una historia vinculada a esta amplia introducción.

Eran dos compañeros de clase y también buenos amigos, para las tardes de juegos y fines de semana, en una España que se quería despertar de su difícil posguerra. Residían en aquella Málaga provinciana, pero fraternal, de los años cincuenta e inicios de los sesenta. BRUNO y TASIOpertenecían a la misma anualidad cronológica, 1950, y estudiaban tercer año de primaria en una escuela pública. Otra característica también los emparejaba: eran hijos únicos en sus respectivas familias. 

ELVIRA, la madre de Tasio, enviudó cuando éste apenas había cumplido los dos años. Su marido Nazario, maquinista de la Renfe, sufrió un desgraciado accidente en el ejercicio de su labor, dejando a su corta familia en una situación económica de suma precariedad, pues con la pensión que les quedó apenas tenían para vivir. A causa de ello, esta abnegada mujer tenía que dedicar horas a la suerte imprecisa de la clientela, pues había montado una pequeña peluquería de señoras en su propio domicilio, oficio en el que trabajaba antes de llegar al matrimonio. Esos cortos ingresos apenas podían cubrir las necesidades básicas de un más que modesto hogar, llegando a las carencias absolutas en los duros finales de muchos meses del año. 

Por el contrario, HELENIO, el padre de Bruno, heredó de su padre el oficio de pastelero, no sólo el aprendizaje de obrador, sino también la instalación de una muy conocida confitería de barrio, llamada EL BOLLO DE LECHE. Aunque contaba con un ayudante, él mismo desarrollaba el trabajo básico del obrador, mostrando una dedicación vocacional y creatividad verdaderamente admirable y reconocida por sus convecinos. También sabía organizar el tiempo de trabajo para poder ayudar a su mujer TEODORA, que atendía las peticiones de los clientes detrás del mostrador. 

Las clases en la escuela comenzaban muy temprano, a las 8:30, por lo que eran muchos los alumnos que apenas desayunaban en casa, aunque llevaban en sus carteras alguna merienda que consumían con ilusión durante la media hora de recreo. En este sentido, Bruno siempre extraía de su maleta una rica torta de aceite con azúcar y canela, coronada con una almendra envuelta en chocolate. Como su amigo Tasio llevaba una rebanada de pan con media pastilla de chocolate, se mostraba generoso en darle a probar un cachito de la rica torta de aceite, que hacía las delicias de quien la consumía. Otra afamada especialidad de la confitería de su padre, eran los llamados Bollos Primados, consistentes en apetitosos bollos de leche, rellenos de una deliciosa pasta, elaborada con los dulces no vendidos y endurecidos, cuyo bizcocho era triturado y amasado con nata de chocolate y cabello de ángel. La naturaleza de la masa y esa crema pastelera en su interior era verdaderamente exquisita, siempre para los paladares más golosos. Algunas mañanas y tardes, Bruno sacaba de su cartera uno de esos bollos especiales, mientras los ojos de su amigo Tasio no podían disimular su petición y necesidad de compartir algo del tan dulce manjar, a lo que Bruno a veces accedía. 

En algunas ocasiones, Helenio permitía que los dos amigos le acompañasen durante largos minutos en el obrador de la confitería. Tenía la razonable esperanza que su hijo Bruno, al igual que él hizo con su padre, no sólo fuera aprendiendo las técnicas pasteleras, sino también ir despertando o generando en el pequeño ese amor artesano hacia los dulces que en él estaba siempre presente. Tasio quedaba maravillado al ver la alegría y satisfacción que transmitía don Helenio, cuando les explicaba cómo había que preparar la masa del bizcocho, la mejor forma para cocerlo y posteriormente la “magia” para ir rellenándolo, cubriéndolo con la nata o el chocolate y como colofón, con esos adornos que hacían tanta ilusión a los golosos comensales. Nunca podía imaginarse que de ese gran bizcocho tartero salieran aquellas bandejas de trocitos de dulces que estaban expuestas al otro lado del mostrador, para la elección de los clientes. Resultaba obvio que esos ratitos en el obrador se acompañaban con esa frase ilusionante, manifestada por el papá de Bruno. “Bueno, ahora cuando salgáis, le pedís a Dorotea que os dé un dulce de la tienda. Pero no elijáis el más grande, sino el que más os guste. No se debe abusar de los chocolates y las natas pues os podéis empachar y después ya no queréis tomar la cena”. 

Una mañana de agosto, CELESTINO, vicepresidente de una conocida asociación senderista y excursionista, denominada “EL BASTÓN Y LA MOCHILA” entró en la confitería el Bollo de Leche y tras saludar a Dorotea pidió si podía hablar con Helenio. En pocos minutos el confitero, enfundado en su amplio delantal y con un gorro de papel que no se quitaba de la cabeza mientras trabajaba en el obrador, salió del “laboratorio” como tantas veces solía llamar a su lugar de trabajo, abrazándose al visitante. Entre ellos no había mucha diferencia de años y el afecto derivaba de ser antiguos amigos de juventud. 

“Pues nada, Helenio, que los críos nos van haciendo mayores. Tu te casaste más tarde que yo con la buena de Dorotea, pero fíjate mi ROSMINA ya ha cumplido los dieciocho y ya sabes como son estas cosas, con los jóvenes de hoy en día. A su pareja lo han admitido en la legión y han decidido casarse. El tiene veintiuno y es buen crío, tal vez algo impulsivo. Pero nada, que tienen prisa por formar una familia. Se conocieron en la asociación y les gusta mucho la naturaleza. Raro es el fin de semana en que no salen a caminar por los campos y las montañas. Se van los viernes por la mañana y no los vuelvo a ver hasta el domingo por la noche. Total, que MARGARA y yo hemos accedido y hemos fijado la boda para el segundo sábado de septiembre. A comienzos de octubre el chico se incorpora al regimiento de la legión en Ceuta y allí van a vivir. Quiero que tú, el mejor pastelero de Málaga y de España, seas el encargado de elaborar la tarta nupcial. El problema es el siguiente: entre familiares, amigos y conocidos de la Peña, podemos llegar casi a los ciento cincuenta comensales. Así que tiene que ser un “tartón” que dé los trocitos necesarios para esa caterva de bocas golosas. Además, nos gustaría que el motivo central del pastelón tenga algo que ver con la naturaleza. Pero yo no tengo que preocuparme ni con el tamaño, ni con la creatividad de la gran tarta, estoy en el Bollo de leche y aquí hay un pastelero, el amigo Helenio, que es el mago de los dulces. Con el cariño que tienes a tu oficio y el arte que te caracteriza, vas a despertar la ilusión y la admiración entre todos los participantes en el convite. Y del dinero no te preocupes. En estas ocasiones hay que rascarse bien el bolsillo”. 

El encargo era un buen reto para un verdadero profesional “enamorado” de su labor. Aunque faltaban varias semanas para la cena del enlace matrimonial, estaba ya dándole vueltas a su imaginación para hacer una tarta “gigantesca” que pusiera la admiración en los ojos y las bocas de tantos comensales. Precisamente una tarde, cuando Bruno y Tasio giraban visita por el obrador, Helenio les preguntó con la sonrisa en el rostro. 

“Vamos a ver, chicos, cuando vais de excursión al campo ¿qué es aquello que más os apetece ver y disfrutar?” Los dos amigos respondieron, casi al unísono, “… los muchos árboles que hay en el bosque y si tienen frutos, pues mejor”. 

La espontaneidad y lógica en la respuesta dio alas a la imaginación y valentía de Helenio: la gran tarta ocuparía el formato de una mesa rectangular. Sobre el bizcocho, que estaría relleno con niveles de fruta endulzada natural, con crema de naranja y otros cítricos, colocaría distintos niveles, a modo de colinas, que estarían pobladas con pequeños árboles de dulce, con el color verde en sus copas y el marrón chocolate en sus erguidos troncos. Desde luego que el tartón tendría que ocupar un buen espacio, pues a cada comensal debía corresponderle uno de esos arbolitos de dulce, sobre un suelo pastelero de lo más exquisito para el paladar. Esos arbolitos de dulce podrían ser elaborado con alguna anticipación, pero no excesiva, pues aunque su composición sería algo similar al mazapán, lo ideal de un pastel es que sus elementos no tengan una demasiada antigüedad que pudiera degradar el sabor. Como agradecimiento por la “ayuda” de los dos pequeños, puso en manos de cada uno de ellos un bollo primado que hizo las delicias en esas naturalezas tan vitales. 

Los números del almanaque siguieron su innegociable caminar y a poco ya estaban a una semana del gran convite de boda, que se celebraría en una finca/cortijo de los Montes de Málaga, llamada “EL BUEN ALMUERZO”. Celestino se había encargado de contratar algunos autocares para el desplazamiento de los invitados y, de manera especial, una furgoneta que trasladaría el gran pastelón con las debidas condiciones de seguridad, a fin de evitar su deterioro. Durante tres días, Helenio estuvo elaborando los más de ciento cincuenta arbolitos de mazapán, que ocuparían plaza en ese paisaje orográfico de la Penibética, elaborado con un delicioso bizcocho, mezclado con crema de cítricos y almendras. Bruno y Tasio también colaboraron, partiendo las almendras. A pesar de sus ocho años, sus manos eran admirablemente hábiles.

Veinticuatro horas antes de la fecha nupcial, el tartón estaba completado, para admiración y elogios continuos de todos aquellos que tenían el gozoso privilegio de ver una auténtica obra de arte pastelera. Helenio lo tenía bien dispuesto en una habitación aneja al obrador, donde solía guardar sacos de harina y de azúcar, además de otros componentes confiteros. Pero aquella noche de un viernes casi otoñal un aguacero de gota fría descargó inesperadamente durante un par de horas sobre la ciudad mediterránea. La intensidad de la lluvia fue extraordinaria. El problema fue que dada la hora en que las nubes descargaron, entre las cuatro y las seis del nuevo día, nadie reparó en que una ventana mal cerrada se abrió con el empuje del viento. La inoportuna fuerza eólica de la naturaleza había impulsado muchos de los fuertes goterones de agua sobre la preciosa y admirada obra pastelera.

Cuando a las siete de la mañana helenio tomó conciencia del “desastre” trató de calmarse, gracias al vaso de tila que Dorotea le preparó de inmediato. El deterioro en el tartón era harto significativo, pero no totalmente irreparable. Había que actuar con presteza y coordinación absoluta. El hábil confitero apenas tenía diez horas hábiles para tratar de arreglar, en lo posible, su esfuerzo de tantas jornadas previas de trabajo. Todos colaboraron, bajo la acertada dirección de Helenio, que mostraba una vez más nervios de acero y una sonrisa de fe en lo posible siempre dibujada en su rostro. Dorotea, Elvira y Margara se pusieron a triturar almendras, que previamente pelaban el confitero y su amigo Celestino, padrino de la boda. También Bruno y Tasio ya sabían lo que había que hacer para sacar las almendras de sus cáscaras. El horno de leña no paró de funcionar por horas. Un frigorífico especial enfriaba la pasta de almendras que previamente se había cocinado. Los arbolitos que habían sufrido mayor deterioro se fueron sustituyendo con esa pericia que adorna la experiencia y el mágico juego de las manos. Elvira, a eso de las tres de la tarde, preparó unos sándwiches de queso y jamón cocido, que todos comieron a “paso legionario” pues no había tiempo, minutos o segundos que perder. A las 18 horas, Celestino y Margara se fueron a casa pues tenían que vestirse para la boda. Media hora más tarde, la furgoneta encargada de trasladar la gran tarta, estaba ya esperando en la puerta de El Bollo de Leche, que ese sábado permaneció cerrado por “asuntos propios”. Por cierto, el cielo, después del “tormentón” había amanecido completamente claro y soleado, comportamiento atmosférico muy típico en esas “gotas frías” otoñales. 

Los aplausos tronaban cuando el gran pastelón hizo su entrada triunfal en el densificado recinto campestre. Todos querían fotografiarse delante de gran tartón. Helenio y Teodora sonreían satisfechos, acompañados en la mesa por Elvira, Bruno y Tasio, los dos amigos inseparables. ROSMINA y VENANCIO, los dos contrayentes, quisieron dar la nota, pues se presentaron en el convite despojados de los trajes nupciales, cambiados por sendos atuendos senderistas, entre las risas y aplausos del “respetable” y las miradas en todo momento comprensivas de Celestino y Margara sus padres y padrinos de boda. “Papá, yo quiero ser confitero, como tú” “Y yo también, don Helenio”. Al buen confitero se le saltaron las lagrimas cuando su hijo y ese medio hermano/amigo llamado Tasio manifestaron su deseo de aprender en el obrador de la confitería. 

Volviendo al principio: ¿Hemos visto algún profesional de la confitería que deje de hablar con amor e ilusión de sus dulces? En absoluto. Un confitero, por naturaleza, siempre mostrará su satisfacción por la artesana y suculenta labor que realiza, difundiendo esa alegría que al mundo parece faltarle. -

 

 

                                      José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 18 septiembre 2026          

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