La tía JULIA había estado en una excursión de cuatro días en MARRUECOS. Se trataba de un viaje organizado por la peña recreativa LOS LIMONES, a la que esta señora pertenecía desde unos años antes de acceder a su jubilación. Cuatro días, tres noches, que le había permitido visitar y conocer algunos lugares emblemáticos de Rabat, Tetuán, Tánger y Casablanca. Además de las explicaciones del guía y el consumo de comidas propias del país, la organización del viaje había dejado tiempo libre a los participantes, para que visitasen los populares mercados callejeros o zocos, en donde podían degustar productos típicos, además de comprar esos regalos que siempre gusta traer a los familiares y amigos.
Doña Julia, antigua oficiala de un importante taller de ropa, pensaba en su hermano don ADEODATOCarabantes, 59, que trabajaba en el Registro de la Propiedad, también en su cuñada. Doña SATURNABenavides, 58, que dedicaba horas a la semana como presidenta del Ropero Parroquial de su feligresía. No se olvidaba de su sobrino SERAFIN, 29, médico de familia, en el ambulatorio del SAS ubicado en el barrio de Humilladero-La Unión, en la capital malagueña. ¿Qué regalos compró para su afecta familia?
Para su cuñada Saturna eligió un precioso chal de seda, de tonalidades azules y áureas, mientras para su hermano y sobrino estuvo viendo unas elegantes carteras de piel de camello, tipo ejecutivo, elaboradas con gran calidad, para llevar en la mano o colgadas del hombro. La gran capacidad de estas carteras hacía posible que estuvieran divididas en varios departamentos, en los que guardar documentos, libros, ficheros e incluso el móvil telefónico y la cámara compacta para fotos. Adquirió dos de estas carteras, de piel color negra, ambas idénticas, consiguiendo una buena rebaja, aplicando hábil “regateo”, con respecto a su elevado precio inicial.
Cuando Julia regresó de este fascinante viaje, esperó al fin de semana para ir a casa de su hermano y cuñada quienes la habían invitado a una espléndida cena. Todos estaban con la ilusión de escuchar las abundantes anécdotas que la tía Julia estaba habituada a narrar, tras ese inolvidable recorrido por las arenas doradas del gran país marroquí. Había realizado tan elevado número de fotos, que se vio obligada a traerlas en un pendrive que Serafín conectó al televisor, para su mejor visión en la pantalla del gran monitor de 64 pulgadas. La locuacidad de Julia era proverbial, deteniéndose en los más nimios detalles, poniendo a prueba la paciencia de los comensales en la cena.
A los postres, al fin Julia sacó de una gran bolsa los regalos que había traído, despertando la ilusión de su querida familia. El rico chal de seda y algodón para su cuñada Saturna y las dos grandes y elegantes carteras de piel de camello labrada, para el padre y el hijo. Los felices receptores realizaron grandes elogios de esos magníficos presentes. Serafín y Adeodato parecían dos “hombres niños”, con los zapatos nuevos. ¡Cuánto te habrán costado estos preciosos regalos! ¡Tita, eres muy generosa! Decía el siempre cariñoso Serafín. “Nada, nada, vosotros, mi única y querida familia os merecéis estas “bagatelas” y mucho más”.
Cada mañana padre e hijo marchaban al trabajo bien “trajeados”, pues un médico y un registrador de la propiedad, pensaban, debían estar bien presentables en sus respectivos puestos laborales. La familia Carabantes-Benavides era un ejemplo de armoniosa clase media acomodada, católicos practicantes y muy apreciados por la vecindad, como personas “bien”, ejemplo de una familia modélica. La meritoria labor que Saturna realizaba, en la acción social a los necesitados, en la parroquia patronal de Santa María de la Victoria, era reconocida y elogiada por la feligresía de la zona. Serafín, médico de familia en el “difícil” (por la elevada densidad de población en este barrio malagueño) ambulatorio de Humilladero-La Unión, se había labrado una muy buena imagen profesional y humana, dada su juventud y vocacional dedicación al enfermo. En cuanto al recto y serio cabeza familiar, don Adeodato, se le consideraba como un excelente funcionario, austero de carácter, pero enormemente eficaz en el cumplimiento de sus obligaciones, opinión sustentada tras más de 25 años de servicio. Era menos sociable que su mujer, pero siempre atento y servicial con el ciudadano que acudía a su sección para resolver o consultar asuntos relativos a la propiedad inmobiliaria.
Una mañana, como ocurre en la mayoría de las familias, al despertador no se le “escuchó” o no se le quiso atender. Al padre y al hijo se le habían “pegado las sábanas”. Tuvieron que ducharse y vestirse a ritmo legionario. Doña Saturna dormía plácidamente, como en ella era habitual, pues se quedaba despierta muchas noches, para disfrutar con esas series televisivas que enganchan hasta la adicción. La residencia de esta familia estaba situada en la zona de la Victoria. Así que salieron padre e hijo presurosos y sin desayunar, pensando que ya tomarían algo a media mañana. Se subieron al Circular 1 de la EMT, para que los dejaran cerca de sus puestos de trabajo.
Las prisas suelen ocasionar errores, ocurre en todas las personas. Cuando don Adeodato abrió la cartera de piel negra en su oficina, se encontró con un fonendo, un medidos de pulsaciones, un termómetro electrónico y el móvil telefónico de Serafín. También había una bolsa de cacahuetes tostados a medio tomar, chuchería a la que su hijo era muy aficionado. Se sintió muy mal con la situación, pero ¿qué podía hacer? ¡Habían intercambiado las dos carteras, que eran idénticas, con las prisas para el horario de trabajo!
En el caso de Serafín la situación fue bien diferente. Cuando llegó a su consulta en el ambulatorio, comprobó con una sonrisa el error que habían cometido con los acelerones de esa mañana. Tenía el teléfono de su padre y tres dosieres de folios impresos, relativos a la actividad paterna. No quiso darle más importancia y comenzó a recibir a los pacientes según el listado horario que disponía. Pasado un rato, sonó hasta tres veces seguidas el móvil que estaba dentro de la cartera de su padre. Lo miró por si fuera algún whatsaap urgente. Le produjo extrañeza que los mensajes procedían de una mujer ALICIA. No pudo reprimir la tentación de leer sus contenidos.
Amplió la foto del chat, que mostraba a una mujer de notable belleza. Muy joven, con el cabello rubio y los ojos azules verdosos. Los contenidos de los tres mensajes eran atrevidamente sensuales. Las respuestas y mensajes previos de su progenitor eran ardientemente amorosos. Ante su sorpresa, no cabía la menor duda: su señor padre, toda rectitud de cara a lo social, mantenía un cálido idilio extramatrimonial con una joven verdaderamente atrayente e irresistible para la febril comicidad de un hombre “veterano” (y feo) de 59 años. Leyó y leyó los mensajes cruzados entre los dos “tortolitos”, mientras los pacientes aguardaban inquietos fuera de la sala de consulta.
Cuando el doctor Carabantes finalizó el listado de pacientes, tuvo la tentación, realizada, de repasar la cartera de su padre, por si hallaba algún elemento más vinculado a la intensa aventura que mantenía con la joven. En uno de los bolsillos interiores, encontró un sobre que contenía una hoja manuscrita, dedicada “al amor de mi vida, mi pequeña Ali”. El registrador de la propiedad tendría previsto entregar ese sobre en un próximo “encuentro”. Al finalizar la lectura de la misiva, el doctor Carabantes no pudo por menos que pensar: “verdaderamente no conocía a mi padre, un hombre tan serio, tan ordenado, tan estricto, con la rectitud como norma vital, aparecía ahora como un adolescente perdidamente enamorado o prendado de una bella chica que no superaría en mucho los veinte abriles”.
Serafín no iba a volver a casa hasta por la noche, pues había quedado para almorzar con unos compañeros médicos. Iba a tener tiempo suficiente para meditar bien la mejor postura a tomar. Durante esa horas posteriores, no dejó de hacerse preguntas. ¿Sería conveniente no darse por enterado y hacer un simple intercambios de carteras? ¿Cómo actuar si su padre espontáneamente le comentaba la realidad de su comportamiento? Esta segunda opción la percibía como más improbable, conociendo la rectitud y severidad de don Adeodato.¿Qué hacer con su madre, la pobre esposa engañada por un esposo infiel, cínico y “viejo verde” que jugaba a la juventud perdida? ¿cómo quedaba la responsabilidad e imagen social y familiar de Saturna? ¿Pero qué había visto una jovencita en la flor de la vida, en un hombre feo, talludo, de piel agrietada y pellejos colgantes, que marchaba con una irresponsabilidad manifiesta camino de la ancianidad? ¿Qué o cuánto le estaría sacando esa chica, al “viejales” del registro de la propiedad?
Cuando esa noche volvió a su domicilio, encontró a sus padres sentados en el salón estar del antiguo pero remozado piso de Compás de la Victoria. Saturna tricotaba, Adeodato leía el ABC y la televisión hablaba en voz baja, sin que ninguno de los presentes le hiciera el menor caso. Entregó la cartera a su padre, haciendo un comentario jocoso y. la vez forzado: “le voy a poner a mi cartera una pegatina artística, para evitar nuevas confusiones”. El adusto registrador de la propiedad no hizo comentario alguno. Tomó su cartera y se retiró al dormitorio, con un breve “buenas noches, voy a descansar”.
Serafín tomó la bandeja que le había preparado su madre, con una cena fría, sentándose junto a ella en el tresillo. Un filete empanado, con ensalada variada. Piquitos integrales y un vaso de leche. Como postre un pastel de hojaldre con cabello de ángel. Al terminar de cenar, observó que Saturna lo miraba con fijeza, mostrando una maternal sonrisa.
“No te preocupes, hijo mío. Lo que seguro has descubierto en el día de hoy, por el intercambio de carteras, yo lo he conocido, vivido y sufrido desde hace años. Fue muy duro al principio, pero estabas tú. Quise que vivieras una adolescencia y juventud agradable, con una “familia estable” y que te centraras en los estudios de medicina. Tu padre, como hombre que es, no supo admitir que todos nos marchitamos. Necesitaba de continuo flores más frescas para libar su vicioso y desordenado sexo. Gracias a sus intervenciones en la Bolsa de valores, tiene fondos para pagar sus caprichos y “consumos carnales”. Entre nosotros no queda nada, absolutamente nada de afecto. Solo la apariencia de la misa los domingos, para la falseada imagen social. La interpretamos bien. Yo vivo mi vida con sencillez. El consume su desenfreno y su repugnante cinismo. En realidad, es un pobre y decadente ser, en manos de sus instintos”.
Había sido un muy duro día, en el que las bambalinas escénicas dejaron al descubierto, para el doctor Carabantes, la imagen de un padre falso y cruel. Mientras dormitaba la llegada del sueño, meditaba una posibilidad que rondaba su cabeza desde hacía tiempo. Buscar un acomodo diferente de ese “hogar” contaminando y falso, en donde había vivido 31 años y convencer a su madre que abandonara esa convivencia con un ser que la humillaba y degradaba. Él se encargaría de facilitarle esa protección, mantenimiento y cariño, para que viviera con sencillez y tranquilidad eso que llaman felicidad, en esta tierra a la que nos han hecho venir. Mañana de nuevo amanecerá. -
EL EQUIVOCO DE DOS
ELEGANTES CARTERAS
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 22 mayo 2026
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