Un dicho popular, sabio como todos, pues se basa en la experiencia existencial, es aquel que dice mucho en la brevedad de su texto: LAS APARIENCIAS ENGAÑAN. Por supuesto que las generalizaciones, sin fundamento estadístico pueden ser erróneas. Sin embargo, son frecuentes las ocasiones en que la expresión popular acierta. Es conveniente, en este caso, analizar el significado de ese factor identificador llamado “apariencia”, pero la verosimilitud de la expresión puede darnos o depararnos inesperadas sorpresas.
BALDOMERO Pérez Agua, 31, es un joven asalariado del taxi. La propiedad del vehículo que conduce pertenece a un patrón con bastante dinero, llamado CELSO Cabañas Garcerán, dueño de tierras para el cultivo de cítricos y olivos en Álora y Cártama, que consiguió hasta cuatro licencias para regentar ese útil servicio público.
Baldo, desde que cumplió la mayoría de edad, desarrolló una gran afición al oficio de conducir, obteniendo los carnés correspondientes para conducir distintos tipos de vehículos, en la Jefatura Provincial de Tráfico de Málaga. Una empresa de búsqueda de trabajo le puso en contacto con este empresario del taxi, a quien convenció desde el primer momento para conducir a diario uno de sus vehículos, con centro en la capital malagueña. Era un Peugeot 408, con motor híbrido, que apenas tenía una antigüedad de unos cinco meses. Solía tener su punto de parada en la popular y céntrica Plaza de la Merced, compartiendo el horario de la conducción con los compañeros Herminio Calderón y Demetrio Arias, 8 horas cada uno en horarios quincenales alternantes.
El trabajo de conductor de taxis exige bastante pericia, hermanada con la racionalidad. Los taxistas no deben cometer “errores” o infracciones, por razones obvias. Deben poseer un buen conocimiento del callejero de la ciudad donde circulen habitualmente. También les ayuda en su oficio tener un básico conocimiento del idioma inglés, especialmente en las zonas turísticas y sobre estas habilidades el inexcusable autocontrol anímico. Pasar muchas horas diarias conduciendo por el “laberinto” urbano y suburbano puede desestabilizar el sistema nervioso, consigo mismo y en la relación con los demás conductores y los propios peatones en la movilidad de sus actos.
Una interesante característica de este oficio es la cantidad de personas con las que hay que tratar a diario, usuarios de toda condición, carácter y educación relacional. Agradables, comunicativas, campechanas, respetuosas, “estiradas”, tranquilas, compulsivas, parlanchinas o silenciosas o aquellas otras que van indicando al conductor por donde debe ir. Un catálogo variopinto de viajeros, con diversos niveles educacionales, como ocurre en todos los órdenes de la vida.
Era un sábado de octubre, cuando el reloj marcaba las 22:45 de la noche. Arreciaba la humedad y el frescor otoñal en la atmósfera malacitana. A Baldo le correspondía ese día realizar el horario nocturno, por lo que se había incorporado pocos minutos antes de las diez, dejándole el volante su compañero Herminio. Su compañera familiar, ISABELA, le había preparado un sándwich de mortadela Mina y chorizo de Pamplona, un par de plátanos y un pequeño termo de café con leche caliente, para que pasara bien la fría noche. A esa hora, ya próxima la medianoche se subió al taxi un hombre enjuto de cuerpo, enfundado en una gabardina gris oscura, pantalones también del mismo color y zapatos negros deportivos, posiblemente adquiridos en Decathlon. La ropa que llevaba no era especialmente de lujo, sino de rebajas, con esa tonalidad oscura que suele utilizar el mundo de la delincuencia. Cubría sus ojos con unas gafas de sol, a pesar de la noche, destacando un cuidado bigotillo, que algunos calificarían de tipo “fascistoide”.
El extraño portaba en su mano derecha un maletín que llamaba poderosamente la atención porque era extrañamente voluminoso y alargado. Desistió con una señal que el taxista le abriera el portaequipajes para guardarlo, señal evidente que no quería viajar sin llevarlo consigo. Era una persona cuya figura generaba desconfianza e incluso inquietud, sobre todo cuando ordenó, en un castellano marcadamente anglófilo, “Marbella, Milla de Oro. Concretaré punto exacto”. El taxista, con la experiencia adquirida en centenares de viajes, le indicó que la carrera era en principio 70 km, a la que había que suma la vuelta, y que le tenía que aplicar la tarifa nocturna. El servicio le podría salir por unos 400 euros. Obtuvo una seca y autoritaria respuesta: “No importa, tengo Visa Oro. Haga rápido su trabajo”. De inmediato, Baldo arrancó el motor, para dirigirse hacia la Avda. de Andalucía, tomar la autovía y desde Fuengirola la de peaje hasta Marbella. La seriedad del viajero le impresionaba y algo le asustaba.
Todas las personas han vito mucho cine en sus vidas. Películas de todos los géneros cinematográficos. Las policíacas, las de intriga o suspense, los thrillers, siempre atraen, a pesar de la violencia, los disparos y las carreras espectaculares mantenidas entre los policías y los delincuentes, a bordo de sus vehículos. La emoción subsiguiente despierta nuestros instintos más primarios, empatizando con la lucha de “los buenos” contra “los malos”. Y en este punto se generó la imaginación del conductor del taxi. ¿Podría ser el extraño viajero un miembro de la mafia? ¿qué llevará en es “enlutado” y alargado maletín, forrado de una especie de piel negra? A pesar de no mostrar extrañeza por el coste que tendría que pagar por la carrera, la ropa que vestía no era especialmente de lujo, sino aquella que se compra en las rebajas, con esas tonalidades oscuras que suelen usar los delincuentes. La tensión del taxista iba en aumento. El serio y extraño pasajero no pronunciaba palabra alguna.
En distintos momentos del viaje, el misterioso usuario, sentado en el asiento trasero, extraía de su gabardina una petaca licorera, en la que habría licor de alta graduación, por el olor que emanaba. Tomaba cada vez un par de largos sorbos, guardando la petaca en el bolsillo interior izquierdo de su prenda de abrigo. “Se toma unos buenos lingotazos de whisky, ron o vodka, lo que lleve en la licorera, para potenciar su fuerza y prepararse para el delito que se dispone a perpetrar” pensaba el imaginativo y asustadizo taxista. “¿Y si conecto la radio con la policía, explicándoles la situación que estoy atravesando? Pero conduciendo no puedo escribir textos en el teléfono, para denunciar el caso y si hablo se va a enterar de lo que digo, lo que puede conllevar irremediables consecuencias para mi integridad.
“El punto exacto de destino es la Urbanización las Gardenias. Tengo que llegar antes de las 12. Acelere la marcha del vehículo”
Baldo soportaba un sudor frío por su cuerpo. En ocasiones le temblaban las piernas. El viajero, una vez acabado el contenido de la petaca, extrajo otra del lado derecho de su gabardina, para seguir tomando la dosis estimulante de alcohol. El Peugeot 808 iba devorando km y la tensa situación para el conductor iba in crescendo. “Tengo necesidad de orinar, por lo que me detendré en la próxima gasolinera” La respuesta imperativa del pasajero fue concluyente: “No debe detenerse. Tengo que estar en la Urbanización las Gardenias, no más tarde de las 12. Gratificaré su esfuerzo” El reloj marcaba las 23:40 y el Peugeot se estaba acercando a Marbella.
El clímax de la misteriosa carrera fue cuando el pasajero comenzó a abrir el alargado maletín que lo acompañaba. Lo hizo con cuidada parsimonia, lo que tensionaba aún más el nerviosismo del taxista, que miraba de soslayo a través del espejo retrovisor interior del vehículo. El pánico inundó el rostro de Baldo cuando vio que el viajero extrajo del maletín las dos partes de un rifle de precisión telescópica. Con la frialdad profesional de los francotiradores, encastró las dos partes del rifle, cuyo “cañón” brillaba a pesar de la oscuridad interna del taxi. El temblor de manos y piernas y las pulsaciones cardiacas se incrementaban por segundos. En su pensamiento bullían esas frases que aparecen en los momentos críticos de nuestras vidas: “Lo presentía, es un sicario francotirador de la mafia” “¿Y si cuando detenga en taxi me liquida, para no dejar pruebas del delito que está a punto de perpetrar? ¡Ay mi pobre Isabela, cuando le informen de este mi último viaje con un asesino! ¿Debo suplicarle que tenga piedad con mi vida, que mi Isabela está esperando nuestro primer bebé? ¿Cómo se lo tomará? “
Durante esos segundos interminables de aturdimiento mental virado de miedo en el conductor, el hombre de la gabardina gris limpiaba primorosamente, con un paño de fieltro rojo el cañón y la armadura de la culata de la poderosa arma de fuego. El GPS, encastrado en el salpicadero del taxi marcaba que el punto de destino se encontraba a un par de km. Baldo seguía sudando, cubierta su cabeza por una gorrilla deportiva. Pensó por un momento en hacerse el héroe y conducir hacia el cuartel de la Guardia Civil que conocía de otro trayecto por la zona. Pero no dudaba que el sicario de las gafas ahumadas lo encañonaría y dispararía, para que hiciera un viaje a la otra vida, si existiera. En esas diatribas se encontraba, cuando vio un cartel iluminado, en un camino interior de pinares: GRAN RESIDENCIAL LAS GARDENIAS. VIVIENDAS DE LUJO. Sacó fuerzas de flaqueza, para preguntar al “asesino”, quien aún mantenía en mano el fusil de precisión, la calle y número del destino. Ante un inmenso espacio de viviendas paradisiacas, con jardines de flores y arbolado y lujosas piscinas individuales, el viajero indicó: “Siga por esta avenida y en la fuente de colores gire a la derecha, deteniendo el taxi en el chalé 16. Así lo hizo. La gran mansión señorial estaba profusamente iluminada, un grupo de música tocaba en los jardines junto a la piscina y un gran cartel anunciaba en la terraza principal PREMIO AL DISFRAZ MÁS ORIGINAL. En la puerta un hombre gordinflón esperaba, vistiendo de prelado episcopal, con el báculo en la mano derecha y una tiara de obispo sobre su cabeza.
“Has llegado a tiempo, amigo Gavilán, te hemos estado esperando para comenzar la cena. Tu disfraz de sicario asesino es muy bueno. Vamos a ver quién se lleva el premio”
Después de que los dos amigos se abrazaran, ANICETO Gavilán, se acercó al vehículo extrayendo de su gabardina una tarjeta Visa Oro, para pagar la carrera. Baldomero sufrió un leve mareo al bajarse del taxi, con el datáfono en la mano.
INTRIGA EN UNA CARRERA
HACIA LA MILLA DE ORO
José L. Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 24 abril 2026
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