viernes, 13 de marzo de 2026

EL VALOR DE LA PROXIMIDAD. UN MES DE AGOSTO EN MADRID.

 

Como era usual en casi todos los exámenes, tanto ella como su íntima compañera EVA apuraban los últimos minutos del tiempo concedido para la realización de la prueba. Ambas estudiantes entregaron sus folios, densamente caligrafiados, después de que el profesor don Eugenio hubiera dado el “ultimátum” de los cinco últimos minutos para la finalización del examen, en la asignatura de Teoría de la Literatura. Ese día, 14 julio, había amanecido en extremo caluroso, por lo que las dos compañeras y amigas, 1er curso del grado de Filología Hispánica, decidieron darse una vuelta y sentarse en alguna de las terrazas del centro madrileño, a esas horas de la tarde ya repleta de abundante clientela, para disfrutar de una buena pinta de cerveza. Había que celebrar todo el esfuerzo realizado en la que había sido la ultima prueba del curso. Ahora había que esperar la llegada de los resultados, aunque las dos se mostraban satisfechas y seguras de todo lo que habían podido escribir durante las dos horas de examen. 

Mientras que Eva iba narrando, con todo el lujo de detalles, los proyectos vacacionales que tenía previsto iniciar a partir de la última semana de ese mes (una estancia en Londres con una señora mayor, como señorita de compañía, sustituyendo las vacaciones de la persona que atendía durante todo el año a la Sra. Jane. Con ello pretendía ganar algunas libras y mejorar su deficiente inglés) AZUL escuchaba sonriente, entre sorbo y sorbo de cerveza, las ilusiones viajeras de su dicharachera amiga. Cuando Eva terminó la exposición de su atractivo proyecto, planteó la pregunta obvia ¿Y tú que tienes pensado hacer?

“Te aseguro que yo no lo tengo tan ilusionante como tu, Eva. En los últimos años siempre nos ha tocado ir a las playas de Calpe, en Alicante, para acompañar a tía Herminia que tiene allí un apartamento que sólo lo utiliza en verano. Está situado no lejos de la playa y, aunque es más bien pequeño, ahí tenemos que caber los cinco de la familia: mis padres, mi hermano, la tía y también yo. Pero este año estoy dispuesta a plantarme, pues llevamos haciendo lo mismo desde que la hermana de mi madre enviudó, hace más de 10 años. En realidad, con el curso tan agotador que hemos llevado este año, lo que realmente me gustaría es poder quedarme aquí, sola en casa, sin tener que aguantar a los mayores y a mi hermano Fausto, con sus proyectos y sus continuas bromas. Precisamente ahora en verano. En que una mayoría de los madrileños se van para las costas, me gustaría descubrir esa otra ciudad que no conozco, con los barrios y rincones tan típicos. Todo un mundo por conocer. Ya te contaré como caerá esta “bomba” en mis padres. Pero yo voy a jugar fuerte. Estoy dispuesta a ello”. 

Cuando esa misma noche Azul expuso durante la cena las intenciones que tenía para el verano, especialmente para el mes vacacional de agosto, la familia Senda–Trapiello, tanto TASIO como ADELINAse opusieron con rotundidad a la experiencia de su hija. Pero la chica, alegaba con firmeza que a sus 19 años tenía también derecho a elegir su forma de vida para el verano, que ya eran muchos años haciendo lo mismo con el viaje a Calpe y que ella tenía la madurez suficiente para cuidar de la casa mientras que ellos estuvieran ausentes. Con manifiesta oportunidad, su hermano FAUSTO aprovechó la “brecha generacional” que se había atrevido abrir su hermana para plantear también su particular opción: unos amigos iban a recorrer, en plan bohemio, muchos parajes del norte cantábrico y la zona gallega. Por supuesto que también él, que este año había estudiado el 4º curso en el grado de traducción e interpretación, quería acompañarlos y vivir la experiencia. Tenía unos ahorros, provenientes de las clases particulares de inglés que solía impartir y, durante la “road movie”, pensaban en echar algunas horas trabajando en aquello que se terciara, fuera en el campo o en los servicios.  

Aunque en un principio Tasio, 52 años, instalador y reparador de electrodomésticos para la línea blanca, dio algunas voces y palmazos en la mesa, apoyado por su mujer Adelina, 53 años, cuidadora facial y ayudante de vestuario, en uno de los teatros de la ciudad, ante el frente común abierto por sus hijos, no tuvo otra que ir cediendo en su intransigencia, aceptando la realidad de que el próximo mes serían solos los progenitores quienes acompañarían a Herminia al apartamento de la playa, durante el cálido agosto. Tuvieron que asumir que sus hijos, ya no eran aquellos niños que siempre los acompañaban, Por el contrario, eran dos mozalbetes que habían superado la mayoría de edad y de pura lógica querían ir diseñando su propia vida. 

Pasaron los días y antes de emprender la marcha, en el vetusto (quince años) pero siempre bien cuidado Peugeot break 307 de color naranja oscuro, recogiendo en su casa previamente a Herminia con sus “aparatosas” maletas, leyeron repetidamente “la cartilla” a la “niña”, dándole una sarta de consejos y advertencias, acerca de cómo tenía que cuidar la casa y organizar las comidas de cada día. Azul aplicaba la mayor resignación ante todas las amonestaciones que recibía de su madre Adelina. Su hermano Fausto hacia ya una semana que había emprendido la feliz aventura por el norte peninsular, con cuatro amigos de la facultad. Los dos hermanos habían recibido sendos sobres, conteniendo algún dinero, de manos de su padre. Tasio quería evitar que cometieran alguna “locura” y así pudieran hacer frente a las primeras necesidades de cada día. 

Era viernes 31 de Julio, cuando Azul se vio al fin “dueña” de la casa y sus destinos, con la perspectiva de tres semanas “autónomas” para hacer lo que quisiera. Tras despedir a sus padres comenzó a dar saltos y piruetas de alegría, no sólo sobre el suelo sino también encima de la cama. Con esos movimientos y expresiones anímicas mostraba su satisfacción ante la experiencia de pasar unas atractivas semanas para el descubrimiento, durante el peculiar e interesante agosto madrileño. Mes enriquecido con ese encantador e inusual vacío humano, sólo compensando por la constancia de los siempre fieles turistas hacia la gran capitalidad del Estado.

Para Azul se iniciaba una experiencia “la mar” de sugerente. Durante unas semanas iba a poder descubrir a ese Madrid profundo que aparentemente ya conoces, porque has nacido y resides en ese lugar, pero que en realidad vas cayendo en la cuenta, a medida que pasan los días, de todo lo que ha permanecido oculto y desconocido para ti hasta esos momentos. Para su suerte, su amiga Eva había tenido que retrasar tres días su desplazamiento a Londres, a requerimientos de la Sra. Jane. Por tanto, quedaron en verse ese sábado para que juntas iniciaran esos paseos y contactos novedosos con la “ciudad oculta” en la que siempre habían residido. 

Utilizando con inteligencia las numerosas líneas de metro y los buses, para conseguir más eficaces desplazamientos, trazaron sobre un gran plano algunos barrios emblemáticos por los que llevaban mucho tiempo sin pasar, en los recorridos cotidianos. Aunque algunas mañanas iniciaban esas interesantes visitas, dedicaban para ello la mayoría de las tardes, paseos que en muchos de casos se prolongaban hasta horas nocturnas. Todo dependía de las personas que iban conociendo o de las actividades festivas que hallaban en todos esos parajes lustrados con el encanto de un clima que mejoraba notablemente con un agradecido frescor, cuando el sol comenzaba su retirada hasta el día siguiente.

Sin embargo, Azul pronto se dio cuenta que bebía protagonizar su propia búsqueda de la ciudad, sin apoyarse tanto en su amiga Eva. Cuando al paso de esos tres días su compañera de correrías tuvo que tomar el equipaje para volar hacia Londres, comenzó realmente ese protagonismo de dejarse llevar por la gran ciudad, a fin de descubrir sensaciones, vivencias, personajes, para su goce y enriquecimiento. Por cierto, sus padres Tasio y Adelina la llamaban con mucha, con “excesiva” frecuencia desde las playas de Calpe, a fin de conocer como le iba en esas correrías por el gran Madrid en el estío veraniego. 

Aunque en muchos de los días gozaba caminando sin un destino fijo o mínimamente preconcebido, siempre encontraba un punto de interés, generalmente festivo, pero también (lo que para ella era incluso más importante) humano. Conoció a muchas personas, durante esas tres largas semanas. Muy heterogéneos prototipos humanos. 

En una de sus frecuentes caminatas, la mayoría sin una dirección predeterminada, cierta tarde acabó en uno de los barrios que celebraban sus alegres fiestas veraniegas. Los adornos con farolillos, globos de papel y banderitas de colores le daban un lustre precioso a la muy alegre escenografía.  Se estuvo distrayendo, mirando los numerosos tenderetes en los que vendían productores de elaboración artesanal, adquiriendo alguna “chuchería” (una pulserita de cuero labrado y una pinza para el pelo, hecha de corcho tratado, verdaderamente original) a esos buenos precios que incluso admiten un divertido y hábil regateo. También le llamó la atención una caseta para el tiro al blanco, atracción que su padre le comentaba recordando tiempos de la infancia. Se disparaba con unas escopetas de aire comprimido, sobre unas grandes bolas de azúcar con anís, que recorrían un circuito. Te entregaban la bola que habías derribado, utilizando una destartalada escopeta que tenía la mirilla con el punto cambiado, por lo que tenías que comprar varios balines hasta aprender la trayectoria o dirección correcta para el acierto. Aunque la música no paraba de sonar, el baile no comenzaba hasta las 21:30. Siguió recorriendo el ambiente tan populachero que proporcionaba el numeroso gentío, contemplando la diversión de los peques, montados en sus ilusionados tiovivos. 

Llegó el momento en que tomó asiento en uno de los chiringuitos instalados alrededor de la plaza, para cenar alguna cosa, pues entre canciones, luces y parrandas, pasaban las diez en su reloj y el cuerpo le reclamaba algo de alimento. Pidió una big hamburguesa bien hecha, acompañada de una guarnición de patatas fritas. Su madre habría puesto el grito en el cielo, pues era muy estricta con lo que Adelina llamaba “los platos basura” que tan alegremente toma la juventud y que tanto perjudicaba las siluetas y los organismos de las personas. Cuando le sirvieron el suculento manjar, el joven camarero le regaló una “picara” sonrisa diciéndole “Como te veo aquí solita, entre tanta gente de fiesta, te he puesto una doble ración de patatas. Tienes que alimentarte, pues estás bastante flacucha. Pero te lo tienes que tomar todo, que después empiezan los bailes, que duran hasta la madrugada y hay que estar fuertes”. Después de la cena y con su pinta de cerveza aún a medio consumir, observaba cómo la gente danzaba y danzaba, en un ambiente muy popular y con los decibelios sonando a toda pastilla. La orquestina estaba “acompañada” por unos bafles gigantescos, que ensordecían los tímpanos más delicados. En un momento concreto vio como se le acercaba de nuevo el joven camarero, con otra divertida sonrisa: 

“Muchacha, llevo trabajando desde las ocho. Ahora me corresponde un buen rato de descanso. Te invito a bailar. No puedes disimular que tienes muchas ganas. Y no te vas a poner a dar saltitos sola. Mi nombre es VENANCIO (algunos me dicen Veno) Y yo sé que te llamas Azul, porque lo he leído en la plaquita de plata que cuelga de tu cuello. Vente, que lo vamos a pasar un poquito bien. Y así haces la digestión de la súper hamburguesa que te has tomado”.

El Chiringuito lo había montado una asociación benéfica llamada La Gran Familia (como el título de la inolvidable película) cuyo objetivo era la protección de las mujeres, solteras y casadas, víctimas de la violencia de género. Los bailes con la espontánea pareja, duraron hasta más allá de las doce. Intercambiaron, en medio del estruendo general, muchas sonrisas, chascarrillos, frases ocurrentes, mímicas y el mejor de los talantes. Camino de vuelta a casa, esa su nueva amistad se ofreció a acompañarla. En el muy largo paseo hasta su domicilio Veno le confesó que trabajaba de bombero, en el Parque que correspondía a la zona norte. Y que tenía muchos amigos en esta peña, por lo que se ofrecía a prestarles ayuda de manera desinteresada, cuando montaban alguna fiesta, en el servicio para atender las mesas. Cuando llegaron al portal del edificio, los dos jóvenes se fundieron en un cariñoso abrazo. Él hizo ademán de besarla, a lo que ella accedió todo divertida. Prometieron verse otro día. Ya en casa, y tras despojarse de su camiseta, vaqueros y sandalias, se tendió relajada encima del colchón, recordando con agrado todos los incentivos que la lúdica tarde le había deparado. La luna llena parecía clarear todo un cielo sembrado de estrellas.

Entre paseos, metros y autobuses (a veces también cogía su bici plegable) recorría los numerosos parques y espacios naturales de que goza la villa del Oso y el Madroño. En algunas de esas zonas verdes, pasaba toda la tarde con su novela y el correspondiente “bocata” que transportaba en su pequeña pero útil mochila de piel. Cultivaba el calor de la amistad de la forma más imprevista y ocasional.  


En otras de las tardes agosteñas, con esa dulce flama térmica al que el cuerpo acaba habituándose, Azul se encontraba en el Parque del Retiro, sentada en el césped y apoyando su espalda en el alargado “fuste” de un castaño de Indias. Siempre le había gustado dibujar y ahora se distraía con su lápiz y libreta, componiendo formas de las bellas y tranquilas imágenes que tenía ante su vista. Había otros jóvenes y chicas por la zona. Algunos padres caminaban, en pleno atuendo “playero”, con sus hijos, que correteaban sin parar, con esa energía inalterable que parecen atesorar. Había un par de chicas jóvenes, también sentadas sobre el césped, que enlazaban una de sus manos mirándose y besándose. Azul sacó de su mochila el gran bocata que se había preparado, con jamón y queso tierno, añadiendo un par de hojas de lechuga. Tras desliarlo del papel en que venía envuelto, reparó en que dos chicas le estaban observando. Con un impulso reflejo, les devolvió el saludo en forma de otra sonrisa y les dijo, ayudándose de la mímica, ¿lo compartimos? NIARA ITZIAR no lo dudaron un solo instante. El bocadillo fue un aperitivo muy bueno, para acompañar a las tres cañas de cerveza que les sirvieron en uno de los puestos instalados en ese gran parque. Las tres nuevas amigas pronto intimaron. Niara trabajaba en un centro comercial instalado en Vallecas, mientras que Itziar daba sesiones de Reiki, aunque su formación deportiva le permitía ser contratada en gimnasios para dirigir clases de Pilates. Vivían formando pareja y su alegre y sano carácter difundían esa alegría de vivir que te hace apetecer y valorar su compañía. Tres días después, Azul pudo asistir a una sesión de Reiki, a la que había sido invitada por sus amigas. No salió muy convencida de toda esa energía que había sido compartida por el grupo asistente, pero valoraba con esmero el ambiente cordial y de camaradería que se respiraba entre los asistentes. Los abrazos que todos daban a los arboles conformaba una agradable y naturalista plástica, que quedó con firmeza grabada en sus recuerdos. 

Esas y otras amistades, junto a las numerosas vivencias iban rellenando de luz y color el entrañable y familiar agosto vivido en Madrid, humanizado también con esas numerosas anécdotas que asombran, a veces enfadan, en ocasiones hacen reír y casi siempre enseñan para nuestro caminar por la vida. Aquel olvido que tuvo de la llave de entrada en el portal, cuando te das cuenta de que es la una y media de la madrugada, pero a esa nueva vecina con la que apenas habías cruzado el hola o buenos días no le importó levantarse de la cama y abrirle a través del portero electrónico. Los crujidos misteriosos durante la noche, ya fuesen fantasmas, imaginaciones, sueños o tal vez esas contracciones y dilataciones por el calor y el cambio de temperatura, que conforman acústicas intrigantes para mentes imaginativas y traviesas.  También fueron divertidos esos logros y “estropicios” culinarios, realizados en la cocina, que si hubieran sido vistos por su madre habría provocado los habituales espavientos y exageraciones de doña Adelina. La excusión senderista (regada por un fuerte aguacero convectivo) que realizó a Navacerrada, acompañada por el amigo Veno que, siempre que podía le echaba “un telefonazo”. 

Los días fueron pasando rápidos y pronto recibió la evidencia de que la vuelta de sus padres era inminente. Cuando éstos la abrazaron, inquiriendo una definición de su mes de agosto madrileño, Azul simplificó la experiencia con una sencilla frase: “Estas semanas, descubriendo mi ciudad y sus gentes, me han hecho madurar, apreciar y valorar la diversión de las pequeñas y grandes cosas que tenemos tan próximas, conocer y hacer nuevas amistades, pero sobre todo … humanizar y enriquecer mi existencia. Durante el verano siguiente, no tengo la menor duda de mi intención, me gustaría repetir y disfrutar estos días inolvidables, con el valor de la proximidad”. 

 

 

EL VALOR DE LA PROXIMIDAD.

UN MES DE AGOSTO EN MADRID

 

 

                           José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTA

                          Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 13 marzo 2026     

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viernes, 6 de marzo de 2026

UNA CARTA MANUSCRITA PARA GRACIA.

 



Ha resultado inevitable, con el avance de la modernidad. La palabra informática está reinando entre el común de los mortales, que se han convertido en “siervos entregados” a esa religión llamada Internet. Esta revolución post-contemporánea tuvo su inicio en las postreras décadas del siglo XX, y desde entonces no ha dejado de crecer y “totalizar” la inmensa mayoría de nuestros actos. 

Pensamos en aquellas antiguas “misivas” que traía el cartero a nuestros domicilios, con el correspondiente franqueo, fructíferas semillas para el apasionante mundo de los sellos de correo. Nada más haber comprobado el remite, en el reverso del sobre, nos generaba diversos sentimientos: sorpresa, alegría, curiosidad, emoción, cariño, preocupación, nerviosismo o incluso temor. Todo ello, antes de abrir el envío y poder leer su contenido. Una vez abierto el sobre, teníamos en nuestras manos unas cuartillas manuscritas, con buena o regular caligrafía y ortografía. Su lectura se realizaba en soledad (por la necesaria privacidad) o rodeado de la familia, que asistía en silencio o con diversos comentarios, sobre el texto enviado. 

Fuera cual fuese el nivel cultural e intelectual del remitente, éste se había esforzado en cuidar la escritura y sobre todo el contenido de lo que deseaba transmitir. Si era una persona analfabeta o con escasos estudios, pedía ayuda al amigo, compañero o vecino, para que escribiera bien lo que él le estaba comunicando, con poco orden y escasez de palabras. Estas epístolas o cartas antiguas solían comenzar con el lugar desde donde se escribían, con la fecha, en la parte superior derecha de la cuartilla u hoja de libreta. Por ejemplo:

“Queridos y amados padres, hermanos y abuela. Pido a la divinidad que, al recibo de la presente, os encontréis todos bien, yo también bien, por la gracia de Dios.” Eran cartas en la que el remitente explicaba su situación actual. En los párrafos manuscritos contaba a su familia cómo le iba, narrando con todo detalle tanto lo bueno, como lo regular, en esas semanas y meses en que había estado separado del hogar familiar. En ocasiones solía pedir ayuda, para afrontar los momentos de flaqueza económica o, por el contrario, adjuntaba algún billete para ayudar a su modesta familia. Si la cantidad de esas pesetas era elevada, el dinero se enviaba por giro postal. 

El padre o el abuelo leía la carta, en voz alta, ante los miembros del grupo familiar, quienes estaban sentados junto al fuego de los leños ardientes del hogar o chimenea. Unos y otros mostraban sus lágrimas emocionales, sus suspiros, sus alabanzas, sus recuerdos, hacia ese remitente alejado físicamente de la unión familiar. En la despedida, solía mandarse recuerdos a los amigos, vecinos y algún conocido.  Sobra añadir que aquellas emocionales cartas se releían con frecuencia y, sobre todo, se guardaban “como oro en paño”, atados los sobres con una cuerda, cinta o gomillas elástica en el aparador del salón, mesilla de noche del dormitorio o en los cajones del armario, para su cuidada y necesaria conservación. 

El avance de los tiempos ha hecho cambiar y evolucionar aquellas comunicaciones en papel, escritas con el arte epistolar del sosiego,  por otros caminos más inmediatos o acelerador, como el teclado del móvil telefónico y los mensajes del WhatsApp. Con ello se ha ganado inmediatez, el “logro valioso” del tiempo real. No sólo intercambiando palabras, frases o mensajes orales, sino también tomas fotográficas y vídeos documentales. Pero hoy día prevale la pobreza gramatical de los textos e incluso e incluso incorrecciones ortográficas en los mensajes, destacando la carencia emocional que emanaban aquellas viejas cartas de antaño, inolvidables para nuestra memoria. En este contexto de la antigua intercomunicación se inserta nuestra historia semanal de los viernes. 

Nos acercamos a una de las barriadas sociológicamente muy humildes y de economías deprimidas, que suelen tener las capitales provinciales de cualquier país. En este núcleo del plano urbano, el índice de las personas sin trabajo superaba en muchos dígitos el porcentaje medio de la población laboral activa. El dato de los vecinos con estudios universitarios era mínimo con respecto a la media provincial. El abandono escolar en bachillerato e incluso en la educación obligatoria era también importante y preocupante. La estabilidad social se veía gravemente alterada por la existencia de violentos clanes delincuentes, que sembraban con inesperada frecuencia el descontrol y la alteración de la paz ciudadana. Resultaba tristemente habitual la llegada de vehículos de las fuerzas policiales, con el impacto escénico de las luces azules y las sirenas en funcionamiento, para enfrentarse al “menudeo” y al tráfico de sustancias tóxicas y otras actividades delictivas, por parte de jóvenes y mayores al margen de la legalidad. En horas nocturnas y también diurnas, se escuchaban disparos y enfrentamientos de los grupos delincuentes, que sembraban la inquietud y el temor, en la atmósfera social de las familias honradas, 

Sin embargo, este depresivo panorama social se veía esperanzadoramente compensado por un acuerdo tácito y fraternal, entre la vecindad respetuosa con el cumplimiento de la ley. Esta espontánea solidaridad, para ayudarse entre ellos, se concretaba en compartir alimentos, vestidos y zapatos, en las situaciones gravemente carenciales de no pocas familias. También se ayudaba con los cortes de fluido eléctrico, por impago, e incluso en las situaciones extremas de desahucio, para personas y familias que sobrevivían sumidas en la cruel e injusta indigencia. Esa ayuda solidaria se canalizaba a través una asociación social para la ayuda al necesitado o de una forma directamente espontánea.

Y bueno es ya conocer a la protagonista de nuestra sentimental historia. Doña GRACIA Almansa, septuagenaria avanzada, viuda de un vendedor ambulante en los mercadillos de barrio, Camilo Flores, que se fue de la vida hacía casi un par de décadas. De su unión en el Registro Civil, nació el único hijo del matrimonio, ÁNGEL Gabriel,persona desordenada en los valores básicos, que desde la adolescencia comenzó un erróneo camino vital, inducido por dudosas compañías, que le hicieron adentrarse en los terrenos oscuros y cenagosos de la ilícita delincuencia. 

Esta pobre vecina, había trabajado durante toda su vida, pero con más intensidad tras el fallecimiento de su esposo, en lo que su abuela le había enseñado. Principalmente cosiendo, usando unas lentes de muchas dioptrías, que sus amigas de la vecindad le habían gestionado en la Seguridad Social. Así conseguía unas pesetas, para “seguir tirando”. También sacaba tiempo de sus escasas fuerzas, limpiando portales, esperando a recibir “la voluntad”. De la actitud bondadosa de sus amigas, también con básicas carencias, recibía tupers con lentejas, cocido o judías, procedente ese puchero sobrante en las cocinas de algunas familias. Resultaba admirable ese calor fraternal, frecuente en barrios de sociología pobre, para con aquellos que sobrevivían con dificultad en el discurrir de los días, gestos ejemplares por el consuelo afectivo y humanitario que compartían.

Pero a Gracia lo que más dolor le producía era no saber nada, desde hacía muchos años, de su hijo Ángel, quien no hacía honor a su nombre, pues era más que probable estuviera embarrado en el cieno pestilente de la mala vida. Eran muchas las tardes en que, sentándose en la pequeña plaza de la barriada, junto a muchas vecinas para gozar del sol que les llegaba sin coste, decía, una y otra vez entre lágrimas: ¿dónde estará mi Ángel? Hace años que no sé nada de él. ¿Estará en prisión? Nunca me ha enviado unas letras ni ha querido venir a verme. Me acuerdo de cuando yo era mocita, si los hijos se tenían que ir lejos para encontrar trabajo con el que poder vivir, escribían con frecuencia a sus padres, unas cartas llenas de cariño y respeto, para mantener informados y tranquilos a esos padres que ya vestían las arrugad y los achaques de la edad”. Y seguía llorando con los consuelos afectivos de sus sencillas amigas, que la apreciaban y cuidaban en lo posible. La suma de los años había hecho cruel mella en el organismo y el alma de esta buena y sencilla mujer. 

Una tarde de marzo, varios vecinos estaban aprovechando el tibio pero confortable sol que acariciaba la pequeña plaza de la barriada. De manera espontánea fluyó, entre sus banales conversaciones, un tema que sí tenía la suficiente enjundia: el sufrimiento de la buena vecina Gracia. El comentario que prevalecía era que sería bueno darle a esta señora, ya con muchos años, una alegría que vitalizara la debilidad de su ánimo, cada vez más “envejecido ante la realidad terminal de su existencia. 

Cierto era que se le ayudaba materialmente, pero lo que ahora necesitaba con presteza era un fuerte “chute” anímico. La “medicina que todos acordaron, como la más eficaz, sería el recibo de una carta cariñosa, como las que se escribían antes, que fuera lo suficientemente convincente como para “engañar piadosamente a una anciana madre que necesitaba el calor afectivo de un hijo innoble y cruel, al que le había dado la vida. 

Entre todos los concurrentes, nadie sabía qué había sido de Ángel, al que se le había perdido la pista hacía un par de décadas. Cuando el joven se fue “al África” (según algunos), tendría como unos 21 años. Se calculaba que, en estos momentos, el hijo de Gracia “andaría” por los cuarenta. Pero no se conocía rastro de él. Había rumores de que tal vez estuviera por América del sur, mientras que otros lo situaban en la Europa del este. Se presumía que estaría metido en el mundo de la droga o incluso que lo habrían “suprimido” las mafias de las “cloacas”. ¿Quién sería capaz de escribir una carta “como las de antes” en nombre de Ángel Flores Almanza? La idea era bien sencilla. Una vez que la carta a su madre estuviera escrita, se franqueaba el sobre, para que pudiera llegar a su madre, que merecía estar tranquila y en lo posible feliz en esta etapa final de su existencia. Esa persona escribiente tenía que ser un habilidoso de la escritura, para que la suplantación de ángel fuera convincente. Reconocían que en esta barriada la mayoría de los vecinos no serían hábiles con la redacción y la escritura. El porcentaje de analfabetos y de personas sin trabajo era elevado. Algunos se “quitaban el hambre a guantazos” y la tentación de introducirse en el menudeo de estupefacientes era continua, por la necesidad de poder comer, aún a pesar de los riesgos.  Pero alguien aportó una idea luminosa. 


¡Podemos hablar con BLAS “el alpargata”! Se trataba de un vecino de mediana edad que iba de aquí para allá, por los mercadillos de los municipios malagueños, vendiendo ropa y zapatillas. De los seis hijos que había tenido con “la Leonora” había salido uno, CEFERINO “el Chato” que desde su adolescencia le había gustado estudiar, haciendo el “Chiviritato” sic (bachillerato). En su juventud había dejado el barrio donde nació y con su pareja vivían en una vivienda protegida de segunda mano. “Sé que trabaja en una oficina del papeleo, para los coches, los tributos y otras cosas”. 

De esta curiosa forma, el hijo aventajado de Blas, que ejercía de administrativo en una gestoría del centro de la ciudad, tras convencerle, se puso a redactar una sentimental misiva, aplicando una creatividad inventiva verdaderamente admirable. Se trataba de alegrar los sentimientos de una apreciada vecina en la ancianidad, cuyo mayor anhelo era poder saber algo de su único hijo, que andaría sin norte por esos mundos de dios. 

En el bar de Amalio “el legionario”, el aventajado escribiente, rodeado por un amplio grupo de vecinos, todos con la alegría del vino y las cervezas, fueron componiendo una sentida carta que vitalizaría el ánimo de una madre solitaria, firmada por su hijo ausente. En esa misiva “reparadora”, Ángel se dirigía con humildad y cariño a su madre, pidiéndole perdón por esos años de silencio, egoístas e injustificados. Le explicaba que había viajado mucho, buscando diversos trabajos, en distintas partes del territorio español y también del extranjero. Que había tenido momentos buenos y malos, por la dureza de la vida. Que se había unido a varias mujeres, pero que ahora tenía de compañera a una estupenda mujer, LAIMA, de nacionalidad africana. Que ambos habían emigrado a Inglaterra, para trabajar, él de mecánico y ella de cocinera de hotel. Le aseguraba que no la olvidaba y que a partir de ahora le iba a ir enviando algunos billetes, para ayudarla en lo básico (entre todos fueron juntando algunas pesetas, para que en el sobre fuera algún billete, junto a la 

cuartilla manuscrita). Le enviaba muchos besos, de un hijo “travieso” que la seguía queriendo. 

Una vez preparado el sobre, se pusieron de acuerdo con AVELINO Baltanás, el cartero que repartía la correspondencia por las casas del barrio. El servicial y veterano funcionario de correos, entregó el sobre, debidamente franqueado, a la sorprendida señora, cuyo contenido le tuvieron que leer, ya que la pobre anciana estaba presa de la emoción, llorando de continuo, pues no podía creer la inmensa alegría que estaba recibiendo por parte de un hijo al que creía perdido.  

Fue una humanitaria, necesaria y bondadosa “mentira” con el objeto de alegrar el corazón de una madre envejecida y cansada, por una larga vida en la que había habido muchas sombres y escasas luces. Una carta “de las antiguas”había llevado mucha ilusión benefactora en su contenido a una vecina que, como tantas otras, subsistían en un mundo desigual, injusto y complicado, para los que menos tienen y más necesitan. La solidaridad fraternal había funcionado. En los meses sucesivos fueron llegando más cartas, enviadas por un remitente del que nunca más se supo. -  

 

 

UNA CARTA MANUSCRITA

PARA GRACIA

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

   Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 06 marzo 2026      

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viernes, 27 de febrero de 2026

REENCUENTRO EMOCIONANTE EN UNA TARDE DE OTOÑO

 

Son lugares que reúnen a miles de ciudadanos cada día, a los que se acude con la condición previa de tener paciencia para la espera. Estos espacios, estratégicamente situados, resultan cada vez más útiles y necesarios para la movilidad. Nos estamos refiriendo a las paradas de los autobuses municipales y también suburbanos. Cualquier persona, incluso aquellos que tienen movilidad reducida, puede tomar el bus 14, 11 o el 4, etc. para sus necesidades de desplazamiento por la ciudad y localidades suburbanas.

En esas paradas se suelen producir numerosos ejemplos de comportamiento, que reflejan la manera de ser de cada cual y el nivel educacional que se posee, sea cual sea la edad del viajero.  La potencialidad informática actual ha permitido al usuario poder informarse, a través de su móvil telefónico y utilizando la aplicación correspondiente, el tiempo que ha de esperar para subirse a la línea de bus elegida. Actualmente, una mayoría de las paradas urbanas tienen también pantallas que informan, con agilidad, el tiempo de espera para cada línea vinculada a esa parada.

En cuanto al comportamiento de los usuarios, algunos no saben respetar la cola, sino que se sitúan en lugares diversos, “olvidándose” del orden de espera, provocándose discusiones y protestas, ante el interés de acceder pronto al bus, para poder sentarse si hay asientos libres. Viajar de pie, agarrándose a las barras, tiene sus riesgos, en los frenazos bruscos y en los giros pronunciados del conductor. El problema se agudiza cuando hay paradas dedicadas a varias líneas. Cuando hay mucha gente esperando, no se sabe el bus que desea tomar cada viajero. Normalmente a las personas mayores se les respeta, pues tienen asientos reservados y también para los usuarios con problemas de movilidad. 

En este contexto tuvo lugar la siguiente historia cargada de nostalgia. Había tomado el Circular 1, para dirigirme a mi domicilio. Esta es una línea de autobús municipal que, junto a la C2, recorre muchas barriadas de Málaga, realizando grandes circunferencias por el plano urbano de la ciudad. Es un viaje largo, con el incentivo de la distracción, al recorrer un trayecto tan contrastado en la historia de la localidad. Ocupé un asiento que quedó vacío en la parte trasera del abarrotado vehículo. A mi lado viajaba una señora bastante mayor, cuidadosamente arreglada, en ropa, joyas y cosméticos. Di los buenos días, por educación, en voz baja. Entonces la compañera de asiento me observó con fijeza. Algo me decía que aquel rostro, surcado por numerosas arrugas, inútilmente tratadas de disimular con un abundante maquillaje, soportando pronunciadas bolsas bajo unos ojos de mirada cansada que reflejaban manifiesta tristeza, su no abundante cabello, protegido con una gorrita de lana gris azulada y un cuerpo ya inclinado por la debilidad ósea, algo me hacía recordar en la memoria que la imagen de esa persona, ya muy anciana, yo la había visto y tratado antes en algún punto de mi desarrollo vital. 

Las neuronas de los recuerdos actuaron, en esta ocasión, con una sorprendente y eléctrica eficacia. En ocasiones se olvidan datos y detalles recientes, mientras que fluyen en la memoria imágenes, hechos y vivencias, que soportan muchas décadas de distancia temporal. Esa persona me generó como una ráfaga visual en la que te juegas acertar, como en una papeleta de tómbola. “Disculpe la pregunta o indiscreción ¿su nombre es doña ELENA?

Me vi entonces como un adolescente de 13/14 años, que cursaba 4º del antiguo bachillerato elemental, en el Instituto de Enseñanza Media Ntra. Sra. de la Victoria (así se llamaba entonces). La profesora que impartía la asignatura de Literatura Española solía provocar el “temor” y el “horror”, en ocasiones, sobre los 40 compañeros masculinos que asistíamos a sus clases. Eran los años sesenta del siglo XX en nuestras vidas. La percibía como una profesora (era una ilustre catedrática, por rigurosa oposición) que dominaba muy bien la materia en la explicación e incluso recitaba la poética del temario. Siempre vestía con elegancia, con ropa de modista hecha a medida. Cuando explicaba, su pronunciación era más castellana que malagueña/andaluza. Me provocaba curiosidad la forma como hablaba, remarcando las sílabas de las palabras, buscando el impacto acústico y conceptual de los contenidos. Usaba gafas para la lectura y los alumnos la observábamos como una diosa de las letras. El libro de texto que usábamos lo había escrito ella. Pero el “pedestal” o distancia cultural entre ella y aquellos niños del franquismo en la España desarrollista, que estaban en plena pubertad, era para nosotros inabarcable. 



Para aquellos alumnos de los sesenta en su materia, lo que más temíamos, aparte de la severidad de las calificaciones en los exámenes, era su peculiar forma de ser en clase, su rigidez de conducta. Cuando regañaba, se nos “helaba” la sangre. Al corregir a ese compañero que hablaba en clase, cuando ella explicaba o se distraía con algún compañero, no le importaba utilizar palabras “ofensivas” que hoy hubiera provocado incidencias disciplinarias por parte de la inspección educativa, al menospreciar con palabras insultantes o humillantes al adolescente que había cometido alguna falta. Pero en aquella España de los años sesenta, los profesores fumaban en clase y tenían una autoridad “absoluta” sobre sus alumnos. No se movía una mosca en el aula, cuando se dirigía al compañero infractor llamándole “… ese niño tan feo, tonto, estúpido …” mientras anotaba en su cuaderno una falta de conducta, que iba a repercutir en las notas finales. Obviamente, entre la chiquillería, los apelativos o motes que recibía, como a otros profesores, era más que usual. La admiración de ¡cuánto sabe! mezclada con el temor, cuando entraba en el aula, iban unidos, en la mentalidad de aquellos niños. Efectivamente me confirmó que ella había sido catedrática de instituto. Lógicamente, no se podía acordar de este compañero de asiento, que se identificó como antiguo alumno en sus clases del Instituto, en el barrio de Martiricos. 

Y ahora la tenía allí sentada a mi lado, con más de setenta años, aunque su imagen, muy deteriorada, aparentaba muchos más. Conservaba su voz enérgica y la forma de marcar las sílabas, aunque ya sin aquella antigua potencia que recordaba. Decidí también bajarme en la primera parada del Parque, cuando ella se levantó de su asiento. Ya en la acera norte, de ese admirable vergel vegetal atravesado de vehículos, viendo su limitación física en el caminar, tuve el “impulso” humanitario, a pesar de los sufrimientos pasados, de pedirle, con sencillez, si aceptaría compartir un café u otra infusión, con uno de sus antiguos alumnos. Para mi enorme sorpresa, la veterana catedrática aceptó, indicándome que fuera un establecimiento próximo, pues ella residía en el barrio de la Malagueta y evitaba las largas distancias por sus problemas de salud. Fuimos caminando bien despacio, intercambiando diversos comentarios, banales pero llenos de nostalgia, sobre nuestro antiguo instituto, hasta la cercana cafetería Flor próxima a la plaza de toros.



Sentados ya junto a una mesa interior del establecimiento, para evitar la humedad que la proximidad del mar potenciaba, en ese barrio acomodado malacitano, ella ordenó al camarero un chocolate caliente con canela, mientras mi servicio fue un café descafeinado con leche. Tras insistirle, accedió a que nos trajeran dos pasteles de hojaldre, con cabello de ángel. El reloj se acercaba a las 20 horas de ese importante día en el recuerdo de la adolescencia. Brevemente, le expliqué mi vida académica y laboral, desde que dejé el instituto. Pero la veterana interlocutora de mesa, para mi sorpresa, pronto dinamizó con fuerza inesperada sus palabras, a fin de irme resumiendo importantes hitos y logros de su vida intelectual y laboral, de los que se mostraba, lógicamente, muy orgullosa. Mentalmente “cerré” aquellos inadecuados y desagradables episodios escolares, que habíamos también compartido en las aulas de un instituto masculino recién inaugurado, emblemático para la enseñanza pública en Málaga. Lo importante era escuchar a una ilustre profesora, con la que había compartido la enseñanza en los años sesenta. Sus anécdotas, sus “galones” y homenajes, su producción bibliográfica, definían a una intelectual docente y escritora que había enriquecido el clima cultural de la capital malacitana, especialmente en el Ateneo de la ciudad. Doña Elena había nacido en un pueblo aragonés zaragozano, La Almunia de doña Godina, en 1908. Habiendo ejercido en diversos centros del norte peninsular, hasta recalar en Málaga, ciudad marinera y hospitalaria, en donde desarrollo gran parte de su vida. 

Desde el “miedo” en el aula, al reconocimiento de su esfuerzo intelectual, en esa tarde de septiembre, habían pasado más de dos décadas. El reencuentro inesperado y sorprendente, en esa línea de bus, había sido un generoso regalo del destino. Ahora, al final del camino, ese tiempo innegociable había sido cruel con su anatomía, pero como las flores, doña Elena aún conservaba ese encanto y aroma intelectual, desarrollado con miles de alumnos en un Instituto público de la enseñanza secundaria. La prensa publicó la triste noticia de su fallecimiento en Madrid, mayo de 1995.-

 

 

REENCUENTRO EMOCIONANTE EN UNA TARDE DE OTOÑO

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

                      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

                                                                                Viernes 27 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 20 de febrero de 2026

UN FALAZ AHORRADOR COMPULSIVO

 

Si tuviéramos que hacer un voluminoso catálogo, con los rostros y los caracteres de las personas que vamos conociendo y tratando a lo largo de nuestras vidas, nos faltarían centenares de páginas para poder completarlo. Somos tan iguales y diferentes al tiempo, que la tarea emprendida sería prácticamente inabordable.  

Esta historia se refiere a una de esas personas obsesionada con el ahorro económico, comportamiento compulsivo o enfermizo que se resume con pocas palabras: gastar poco y guardar mucho “para asegurar el día de mañana”. La avaricia, la tacañería de esta gente puede resultar ridícula y patológica. Llegan a creer que nunca les va a llegar su última hora en esta tierra. 

El personaje protagonista de este relato se llamaba don SILVERIO de la Redonda Cifuentes. Estaba casado con doña AUREA Chinchilla del Portal, matrimonio que no había tenido descendencia. Durante su vida activa, había trabajado como administrativo en la delegación de Hacienda local. Se había jubilado hacía siete años, al cumplir los 65, dedicándose a llenar su amplio tiempo libre en salir cada mañana y tarde de su domicilio, para realizar largos paseos, según explicaba a su mujer. 

Áurea veía con buenos ojos estas diarias ausencias, ya que deseaba estar tranquila para hacer la limpieza de casa, ir a la compra y cocinar el guiso del día, dedicando también bastante tiempo para entretenerse en su tarea favorita: hacer labores de ganchillo. Solía mantener largas conversaciones con sus amigas, a través de móvil, intercambiando los chismes propios de las personas aburridas. 

Con tantos años de unión matrimonial. Aurea se había adaptado y “sometido” al carácter tacaño y ahorrativo de su esposo. El lema vital de este marido era gastar lo menos posible y ahorrar mucho, hasta convertirse en una verdadera obsesión que condicionaba y marcaba su carácter. Su justificación favorita era que había que “estrecharse” en los gastos, a fin de poder vivir bien “el día de mañana”. El objetivo de imponer esta actitud a su mujer parecía en principio razonable, pero al llevarlo a sus límites extremos había generado en él comportamientos ridículos, cómicos y enfermizos, en el discurrir de los años y días. Podrían citarse algunos ejemplos un tanto impropios de una persona razonable y preventiva con el dinero familiar. 

Silverio había “impuesto” a su mujer la necesidad de ir al Mercadona del barrio todos los sábados a últimas horas antes del cierre de la tienda, para hacer la compra semanal. Con ello quería conseguir productos perecederos más baratos, con esa etiqueta amarilla de la bajada de precio.

Gustaba visitar las tiendas de “segunda mano”, entendiendo que en estos comercios se podía encontrar abundante y variada ropa, muebles y otros utensilios, especialmente baratos y en buen estado de uso. 

Si algún día no había podido desayunar en casa antes de ir a la delegación, a causa de haberse levantado tarde, utilizaba los minutos permitidos en el trabajo, para salir a tomar un café. Estaba atento para sentarse en las mesas en donde el cliente anterior había dejado propina para, con la debida discreción, apropiarse de esas monedas que reposaban encima de esa mesa aún no limpiada por el abrumado camarero, con el establecimiento lleno de clientes. Consideraba que así la salía el desayuno más barato. 

Cuando algún profesional tenía que venir a casa, para arreglar o reparar problemas de electricidad, fontanería, albañilería o pintura, se mostraba insistentemente pesado y contumaz en el ejercicio del “regateo”. Se esforzaba en conseguir reducir el precio inicial que se le había dado, ofreciendo una penosa imagen de persona necesitada. Si no lo conseguía, buscaba y “rebuscaba” otras alternativas para ahorrar unas pesetas o euros que iba guardando “para el mañana”. 

Aurea, por disposición de su marido, esperaba a las rebajas para comprar esa ropa que le ilusionaba y necesitaba. Evitaba tener problemas con Silverio, el cual revisaba las compras de su mujer, comprobando que tenía la etiqueta original con la rebaja superpuesta. Esta actitud fiscalizadora del administrativo jubilado, tras sus paseos matutinos o vespertinos, provocaba frecuentes discusiones acerca del dinero gastado. Aurea argumentaba su disconformidad, repitiendo lógicos y humanos razonamientos, que generaban acres y desagradables discusiones en las que ambos cónyuges perdían los papeles. 

Para qué ahorrar tanto y vivir con estrecheces. Eres un obseso del ahorro”. Silverio entonces entraba en un intenso estado de crispación y enfado. “Tú de economía no entiendes ni sabes nada. Sólo dices tonterías. Yo he estado más de tres décadas trabajando en Hacienda y lo sé casi todo acerca de la economía. Seguro que llegará el día en que necesitemos ese dinero que voy guardando pacientemente y con inteligencia guardando en el banco”. Recibía otra fuerte y lógica respuesta de una mujer también muy enfadada y harta de aguantarlo. “Pero cuánto tienes guardado en el banco, a ver si un día me lo dices. Y piensa, de una maldita vez, que ese mañana, que tanto me sermoneas, está aquí. Tienes más de setenta años y yo sesenta y nueve ¿Qué crees que te vas a llevar, cuando abandones este mundo? Ni un céntimo, desgraciado. Ya estamos en nuestro “mañana”. Hay que pasárselo bien y no pensar tanto en vivir sacrificado. Y no me dejas ver esa cuenta bancaria, te tendría que dar vergüenza de tu prepotencia machista”. “Tú eres una profunda y alocada analfabeta, para estos asuntos de la economía familiar. En su momento me tendrás que agradecer mi prudencia y sentido común ante los gastos, para evitar que te veas en la indigencia, impulsiva y analfabeta mujer”. “Tú no estás bien de la cabeza, don Silverio, y yo estoy hasta el … del ahorro con que me has amargado la vida. Igual llegas a millonario, para gozar del dinero en la otra vida, tacaño de mierda”. Estas incómodas y desagradables escenas se repetían cada vez con más frecuencia. Siempre prevalecía el machismo de Silverio. Aurea, en las noches de insomnio, se repetía, con indisimulado desconsuelo “Y ¿a dónde voy yo con la edad que ya tengo?”



Pasaron no pocos meses y días y como a todo ser de la Tierra a don Silverio le llegó el oscuro final del camino. Una inesperada y traicionera gripe, complicada con otros variados achaques, condujeron al tacaño funcionario jubilado de Hacienda a un viaje sin equipaje, con destino desconocido. En doce días, Aurea enviudó. Una vez pasado el funeral, se sentía cansada pero liberada de una vida teñida de ajustes y estrecheces. Le quedaba una pensión modesta, pero suficiente para el tipo de vida al que su marido le había habituado. Pero en medio de la desgracia, sentía interés e ilusión por descubrir, de una vez, el capital ahorrado que Silverio había ido juntando para el mañana. Para ello, se dirigió a la sede de Unicaja banco cerca de su domicilio. Estaba decidida a exponer su peculiar situación. Le pasaron para que detallara su situación al director de la sucursal, don TELESFORO Briales. Tras los saludos pertinentes, le mostró la necesaria documentación identificativa.

“Estimada Sra. Chinchilla. Reciba mi pésame más sincero. Le confieso que me resulta complicado entender, que Vd. no fuera partícipe en el conocimiento de la cuenta que su marido, que en gloria esté, mantenía durante años en esta entidad. Me indica que era su carácter y yo, por supuesto, lo respeto. Me explica que don Silverio iba acumulando pequeños ahorros, para formar un capital a fin de gozarlo en la etapa de la ancianidad. Ante la imposibilidad de conocer el capital, considero que debía Vd. haber venido hace tiempo para exponernos el caso y hubiéramos mediado en el asunto. Le voy a ser clarificador y sincero. Su marido ingresaba pequeñas cantidades con bastante frecuencia. Pero también reintegraba “importantes” cantidades cada mes. En este momento la cuenta de la que hablamos tiene un saldo de 275 euros. Deduzco que Vd. no conocía en qué se gastaba el dinero su difunto esposo. Lamento transmitirle ingrata información. Pienso que las personas tenemos “varias vidas” y la persona con la que convivimos no las conoce en su totalidad. Podrá Vd. reintegrar esos 275 euros en este momento, aunque le aconsejo que abra una cartilla con nosotros, para que pueda gozar de los servicios que ofrecemos a los clientes de la entidad”.

El “golpe” anímico y económico que Aurea recibió fue duro, intenso y pleno de indignación. Pidió ayuda espiritual a su confesor, el Padre FROILÁN de la Espada y este venerable sacerdote la consolaba, aportándole sabias palabras: “lo mejor, querida Aurea, es perdonar y olvidar. Los errores cometidos él los llevará en su conciencia. Con la modesta pensión que te ha quedado, 950 euros, puedes sostenerte con dignidad. Sólo el altísimo Dios conoce a dónde iba ese dinero, que el difunto decía ahorrar para el mañana”. Aurea no tuvo más remedio que acudir al médico de familia y posteriormente a un psicólogo, recomendado por el veterano sacerdote, dado el estado preocupante que su ánimo presentaba. La situación depresiva era evidente. La vecindad era consciente de lo mal que lo estaba pasando. El abandono estético e higiénico de esta infortunada mujer era del todo preocupante. 

Una tarde, doña ENGRACIA Cañadas, una vecina del bloque, con muchos años de vida, bajó en el ascensor y tocó en el timbre del piso de Aúrea. Traía un termo de café con leche bien caliente y un papelito de dulces. 

“Querida vecina. No quiero seguir viendo como sufres. Creo, sinceramente, que te ayudará conocer bien “toda” la historia. Eres una buena persona, bastante inocente, pero te falta ese punto de maldad necesario para enfrentarte a situaciones complicadas. A las personas es muy difícil conocerlas y entenderlas. Muchos vecinos del barrio conocían las grotescas andanzas de tu difunto marido. Era asiduo visitante de una casa, burdel o lupanar… de putas, en donde se dejaba sus buenos “cuartos”. La última “querida” que había conocido en esa casa innoble de citas acabó enamorándose intensamente de ella. Hasta le puso un piso de alquiler, cuidando que nada le faltara. Esta joven profesional, conocida en la zona por sus novedosas habilidades eróticas, tiene por nombre CHIQUI Pedrera Capitán. Silverio, obsesionado con ese amor crepuscular, la llamaba “Chiqui”. Su nombre real es Alfonsa. La fama de tacaño de tu marido tiene una fácil explicación. Su doble vida con esta “querida”, que al parecer no fue la única, tenía que pagarla con esa forma de ser con el dinero, que te obligaba a padecer estrecheces. Era un “putero” compulsivo de libro. Estos falsos y ruines personajes tienen la suerte de encontrar esposas “inocentes” para mejor desarrollar sus necesidades y adiciones sexuales fuera del hogar”. 

En esta trascendente y clarificadora merienda, doña Engracia le habló de un interesante servicio que ofrece la Universidad de Málaga, para las personas mayores que vivan en soledad y acepten recibir a estudiantes universitarios que no tengan casa para residir en Málaga capital. Más que el escaso dinero que el estudiante paga por su habitación, lo importante es la ansiada compañía que prestan a estas personas mayores que sufren con desconsuelo el “pathos” de la soledad. -

      

 

 

UN FALAZ

AHORRADOR COMPULSIVO

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

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                                                                                Viernes 20 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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