Había viajado a Madrid para asistir a una interesante obra de teatro musical, avalada por excelentes críticas en la prensa especializada. Quería aprovechar bien el viaje, por los incentivos culturales que siempre ofrece la capital del Estado. Por este motivo reservé, en un hotel ubicado en la zona de Fuencarral, tres noches de un fin de semana primaveral. Desde el hotel Siete Islas al Teatro Lope de Vega hay un recorrido muy cómodo para caminar, distrayéndome con la amplia y variada oferta comercial que enriquece la Gran Vía madrileña.
El viernes tarde lo dediqué a recorrer los siempre maravillosos jardines del Parque del Retiro. Después del viaje en el Iryo, necesitaba tomar contacto con la naturaleza ajardinada, que gratifica el cuerpo y el ánimo del paseante. Hacía una tarde soleada, pero algo fresca, por lo que agradecí el disfrute de una taza de chocolate caliente, en un oportuno puesto restaurador. Me agradaba ver a los niños pequeños jugando con el mayor desenfado al clásico “pilla-pilla” o a esas parejas de “tortolitos” encariñados y gozando de la edad. A buen seguro irían pensando en verde ese prometedor futuro que esperaban construir juntos, en un mundo cada vez menos fácil. Continué mi paseo cuando divisé, a no muchos metros, a un hombre mayor, con algo de sobrepeso, que vestía una severa sotana negra sacerdotal. Estaba mirando las flores que ofrecía un puesto de venta.
Lógicamente, pensé que se trataba de un cura “de los de antes” que usaban de continuo el largo traje clerical. Comparé mentalmente a los curas de mi infancia y adolescencia, con los sacerdotes actuales, que como mucho visten el elegante clériman o clergyman, o simplemente un traje oscuro, sin distintivos eclesiásticos, a menos que se trate de un prelado episcopal. Observando la figura de un sacerdote “ultramontano” sentí la curiosa necesidad de intercambiar unas palabras con él.
Me acerqué con la prudencia y el respeto necesarios, dada la edad que su cuerpo aparentaba. Tras el saludo cordial, le indiqué mi nombre y el motivo de mi estancia en Madrid. No muy sorprendido por mi gesto, me respondió “Mi nombre es NATALIO Alcázar. Sentémonos y charlemos unos minutos”. Le comenté, sonriendo, que era inusual para mí ver a un sacerdote con sotana, una imagen que me traía recuerdos de hacía muchos años, cuando el nacional catolicismo dominaba todas las esferas de la sociedad. Entonces, el respeto a un venerable sacerdote era una actitud imprescindible o inexcusable. ¿Y a qué templo o parroquia pertenece, padre? “Bueno, ya estoy jubilado. He cumplido los ochenta y ahora resido en un centro diocesano para sacerdotes mayores. He tenido una vida de apostolado muy amplia y fructífera. Ejercí de misionero en Colombia, soportando vivencias inolvidables en mi labor pastoral, ayudando a los más desfavorecidos. Aquí en Madrid, en mi última etapa de sacerdocio he sido capellán del convento de las monjas clarisas”.
“Como simple curiosidad, ¿no iría Vd. más cómodo vistiendo de calle, en estos días de temperatura elevada? Sí, es cierto, pero de esta forma impongo mi imagen entre los hermanos transeúntes, quienes me saludan con respeto, como tú acabas de hacer, hijo mío. Siempre he llevado sotana e incluso tonsura. Ahora no me sentiría a gusto vistiendo cualquier otro atuendo. Por cierto, ¿eras católico practicante?
“Padre, fui bautizado y en mi infancia estuve en un colegio de monjas, la Presentación. Recorrí todas las fases propias del comportamiento católico: confirmación, comunión, grupos parroquiales, primeros viernes de mes, adoración nocturna, ejercicios espirituales de San Ignacio, matrimonio eclesiástico… Debo explicarle que a medida que han pasado los años y viviendo lo que he vivido, esa fe, que en mi infancia y juventud era prácticamente impuesta, obligatoria, como ir a misa de doce los domingos, para evitar ser castigado el lunes y siempre con el temor a fallecer en pecado, llegué a la conclusión de que esa fe no era real. Iba en contra de la más básica racionalidad. En esta etapa avanzada de mi vida le confieso, con todo el respeto, que las religiones son un bien organizado “montaje”, a fin de hacernos más llevadera y esperanzadora esta vida, más llena de crueldades, dolores e injusticias, que de generosa bondad. Y si no observe el mundo que nos rodea. Los ejemplos serían infinitos".
“¡Insensato, vas a tener que confesarte y pedir perdón a Dios, por esas terribles palabras apóstatas! Padre, ¿por qué tengo que confesarle mis supuestos pecados, si yo no los considero como falta? ¡Un cura es el representante de Dios en la Tierra! ¿Y cuál de ellos, el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo? ¡Necesitas un curso intenso y urgente de cristiandad. ¡Te has vuelto ateo! ¡Eres una oveja descarriada en manos de Satanás!
La situación me parecía digna de otra época. Como si el mundo hubiera retrocedido décadas. Evité que mi rostro expresara cualquier rictus de comicidad a fin de evitar males mayores. El orondo rostro del cura estaba enrojecido por el enfado. Me despedí con una sonrisa burlona del Padre Natalio, el cual inesperadamente me regaló una bendición. Pensaba que no había sido la mejor idea haberme acercado a este cura de sotana, con tan rígida, añeja y arcaica mentalidad. De todas formas, la experiencia había resultado interesante, pues se había producido un curioso contraste entre una mente racionalista y otra condicionada por el clericalismo más ultramontano. Antes de separarnos, se me ocurrió pedirle si podía hacerme una foto junto a él, a lo que accedió a regañadientes. Esa foto iba a tener para mí un valor documental insólito, pues el personaje era verdaderamente un ejemplar de museo.
Al día siguiente, sábado, tenía la tarde reservada para asistir al espectáculo musical. No, no era El Rey León, sino una interesante selección de los musicales de Broadway más exitosos, de dos horas y media de duración. Dediqué la mañana a echar unas horas en el Museo del Prado, seleccionando sólo un par de salas. Al abandonar el magno museo, tomé un metro para la zona centro, pues me apetecía gozar de un apetitoso cocidito madrileño. Me bajé en Sol y me encaminé hacia la Plaza Mayor, en donde lucen buenos restaurantes. Por el camino, repleto de gente de toda clase y condición, me llamó la atención una persona mayor, más bien obesa, que vestía de centurión romano, con el brillante caco plumífero. Pensé que iría a una fiesta de disfraces, aunque la hora no era la más apropiada. Caminaba delante mía, a unos 10 metros. Aunque lo veía de espaldas, algo de su figura me resultaba familiar. Adelanté mis pasos y el choque anímico al verlo resultó de impacto. ¡Era el cura Natalio, pero ahora vestido de soldado romano! No me lo podía creer. Al verme, me sonrió, haciéndome el saludo militar, brazo al frente. “¡Vaya, de modo que hoy vamos de soldado romano! ¿Mañana de qué se va a vestir? Después de la homilía que me echó ayer, como si fuera un apestado de la iglesia católica, hoy parece que va a rodar una película de figurante. Tiene Vd. más cara que espalda”.
Natalio también comenzó a reírse. “Es la hora del almuerzo. Si te parece, nos tomamos un cocidito, a buen precio, no más de 15 euros, y te explico los interrogantes que tienes en la cabeza”. “Me parece perfecto, Natalio, si ese es tu verdadero nombre”.
NATALIO ALCÁZAR GARCÍA había sido, durante largos años, figurante de obras teatrales, habiendo trabajado en diversas compañías escénicas. Nunca alcanzó la fama en papeles protagonistas, con las muchas obras en las que había intervenido. Al alcanzar los 70, había obtenido la merecida jubilación. Habituado a una actividad incesante, se sintió deprimido por el aburrimiento cotidiano. Para distraerse, decidió disfrazarse, algunos días de la semana, con un atuendo diferente, e interpretar libremente en la calle. Su amigo Gonzalo, encargado del enorme y variado vestuario del Teatro Variedades, en un almacén no lejano a la ubicación del establecimiento teatral, le permitió que usara algunos de los trajes usados en la escena a lo largo del tiempo. Esas simpáticas y sorprendentes escenificaciones, que realizaba en puntos urbanos muy transitados de la gran urbe madrileña, le ayudaban a combatir sus depresiones, pues Natalio no era muy afecto a la toma de fármacos.
Entre las anécdotas curiosas que le narró el versátil intérprete callejero, estaba la generosa actitud de algunos transeúntes, que, entendiendo la necesidad de este hombre mayor àra ganarse unas pesetas con las que poder alimentarse en el día a día, le entregaban algunas monedas que Natalio recibía con humor y agradecimiento. También, una vez que se puso el atuendo laboral de un policía, un coche patrulla del cuerpo nacional de seguridad se detuvo, indicando al “compañero” si tenía algún problema, para en caso afirmativo llamar a unidades de apoyo para afrontar el delito en el que estuviese trabajando.
“Amigo Natalio, eres un simpático truhan, que intentas poner una nota de color y originalidad en tus días de aburrimiento “jubiloso” para la rutina. Aunque no hayas llegado a ser un primer actor de cartelera, sin tu trabajo y el de otros muchos figurantes la cultura vital del teatro no podría existir. Para mí sí que eres un primer intérprete de la farándula. Voy a conservar esa foto, que le pedimos nos hiciera el barrendero en los jardines del Retiro, como un hermoso valor de cómo se realiza el buen teatro en la calle. Padre Natalio, centurión Natalio, ha sido todo un honor conocerte”.
Tras el suculento cocidito y la suerte de este nuevo encuentro cerca de la Plaza Mayor, disfruté esa tarde de sábado con el gran espectáculo de musicales en el Lope de Vega. Cuando el domingo volvía en el Iryo desde Atocha para mi ciudad natal, iba pensando, cómo no, en ese cura mayor con sotana y tonsura en la coronilla, que me ordenaba, con indisimulado enojo que fuera a hacer, a la mayor urgencia, un cursillo de cristiandad para la salvación. Vivir para ver. -
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 25 septiembre 2026
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