viernes, 20 de marzo de 2026

UNA APLICADA LECTORA DE LÁMINAS

 


MARTINA Aliaga había cursado la licenciatura de Filosofía y Letras, especialidad de Historia General. Tuvo que ir subsistiendo con variados trabajos temporales, en el comercio y la restauración, ya que no encontraba una fácil salida laboral en las oposiciones para la docencia. Al fin recibió esa luz que siempre se espera, en una convocatoria de trabajo del Ayuntamiento de Málaga, de donde era natural, obteniendo una plaza largamente soñada: directora de una biblioteca pública municipal. Gran aficionada a los libros disfrutaba dedicando muchas horas del día al fascinante hábito de la lectura. Ese puesto de trabajo era para lo que se sentía verdaderamente preparada. Como bibliófila, la aventura diaria de ordenar, clasificar y cuidar los libros, también fomentar su lectura, era uno de los mejores regalos que la vida le podía deparar. 

Tenía una compañera auxiliar, Esmeralda, pero ella era la más puntual en llegar cada mañana, encargándose de abrir la puerta del centro cultural y encender la calefacción o refrigeración, según temporada. Entendía, con el mejor criterio, que los lectores y estudiosos debían tener una atmósfera agradable, para mejor realizar su trabajo intelectual. Cuando algún visitante se acercaba a su mesa de dirección, para efectuar una consulta, la vocacional y profesional bibliotecaria se esforzaba en resolver la pregunta, por complicada que fuere. El público que usaba la biblioteca era, lógicamente, variado. Predominaban los jóvenes estudiantes, de todos los grados de escolarización, especialmente por las tardes, siendo también muy importantes los universitarios. Por las mañanas destacaban las personas adultas y de avanzada edad, que consultaban la prensa del día y muchas revistas divulgativas. El complejo tenía un salón, más reducido, provisto de numerosos ordenadores, para uso de los interesados en la navegación por Internet. En la intimidad de su vida, la joven directora Martina, había logrado superar, con las inevitables secuelas anímicas, un importante y muy doloroso fracaso amoroso. 

Una de las mañanas, un poco más tarde de las 10, accedió a la biblioteca una señora mayor, tal vez septuagenaria o incluso más, bien arreglada en su modesta forma de vestir, quien eligió un asiento cerca del gran ventanal, por donde entraba abundante luz solar en el gran salón de lectura. Una vez acomodada, permaneció unos minutos observando los detalles organizativos de los miles de libros en las estanterías y los movimientos normales que realizaban los usuarios. Al fin se levantó de su puesto de lectura, dirigiéndose a la mesa de la directora Martina, que repasaba unos folios impresos con información bibliográfica. La veterana señora se presentó como ELOISA y desde el principio se mostró muy expresiva. 

“Cuando cumplí los setenta, accedí a la jubilación. Tener tanto tiempo libre ha sido para mí un problema, ya que desde muy joven no he parado de trabajar, con largos y duros horarios. Hace unos días, mi vecina Roberta me habló de lo bien que se está en esta biblioteca. Ahora que ha llegado el frío y las lluvias no se puede estar cómoda en las calles, en las plazas y en los jardines. Por eso he decidido venir aquí muchas mañanas, entre lunes y sábados. Si me pudiera ayudar Srta. Martina le agradecería que me aconsejara algún buen libro, que tuviera muchas láminas y fotos en su interior, para distraerme viéndolas”.

Martina, con cariñosa diligencia, se dirigió a la sección de Historia del Arte, eligiendo un grueso volumen: LOS MEJORES MONUMENTOS DEL ARTE MUNDIAL. Considerando lo “pesado” y el tamaño del libro, se prestó a llevarlo al puesto que Eloisa ocupaba, quien agradeció con una “maternal” sonrisa el gesto de la directora. A partir de ese momento, la señora comenzó a ir pasando lentamente las hojas del libro, deteniéndose bastante tiempo en las numerosas fotos impresas. Así permaneció casi tres horas, dejando el volumen en el lugar de la estantería, pues la biblioteca cerraba a la 1 de la tarde. Se despidió de Martina con educación y agradecimiento. 

Fiel a su propósito “lector”, volvió a la biblioteca al día siguiente. Como cariñoso detalle para con la directora, traía dos bollos de leche, envasados, que había comprado unos momentos antes en la afamada confitería Aparicio. Este gesto agradó mucho a la sorprendida Martina.

¿Desea que le vuelva a traer el libro de las láminas, que parece le agradó mucho ayer? Durante el resto de la mañana, la actitud de la veterana lectora era pasar hojas y hojas, deteniéndose en las bellas láminas que contenía el gran volumen. A Eloisa se la veía disfrutar, como a una niña pequeña, cuando se entretiene con algún juguete. El libro que despertaba tanto interés en la señora estaba dividido en tres partes: arquitectura, escultura y pintura. Así un día tras otro, cambiando lógicamente de libros, y siempre con la ilusión y generosidad de llevarle algún pequeño presente a Martina, con la que siempre hablaba un ratito, aprovechando preferentemente el cierre de la biblioteca a las 13 horas, para volver abrir a las 16:30. 

Martina, buena observadora, percibió que la veterana usuaria y amiga se limitaba a pasar las hojas de los volúmenes, deteniéndose en las fotos durante unos minutos. Cuando las páginas carecían de láminas, pasaba las hojas con gran rapidez, sin pararse en la lectura de los textos impresos. Aprovechando que una mañana de lunes el salón de lectura estaba casi vacío, se acercó a su amiga con el deseo de intercambiar algunas palabras. 

“Elo, observo que pasas las hojas de los libros que te busco, deteniéndote con interés en las fotografías, pero no me parece que te pares a leer las explicaciones que hacen los autores de esas láminas que insertan en sus publicaciones. Te lo digo porque esos textos te ayudarían a entender y valorar los monumentos mucho mejor, ampliando una información que puede ser curiosa e interesante”. 

Entonces la anciana “lectora” esbozó una tierna sonrisa, Con placidez y dulzura, pronunció una frase definitoria de su extraño proceder.  “Es que, querida amiga Martina, apenas sé leer y escribo con garabatos, para las firmas en los trámites del papeleo”. Ante el rostro de extrañeza que mostraba su interlocutora, la buena señora añadió: “He dejado en casa preparado un puchero o cocido muy bueno. Si te parece, cuando cierres al mediodía, me gustaría invitarte a compartir un muy suculento plato. No sé apenas leer, pero guiso muy bien”. 


Eloisa y Martina se marcharon juntas, una vez cerrada la biblioteca. Ambas mujeres, separadas cronológicamente por varias generaciones, caminaban ilusionadas para compartir la enriquecedora amistad. Ofrecían la imagen de una abuela y su nieta, que paseaban juntas por el laberinto urbano de la gran ciudad. La antigua cocinera de hotel vivía en una populosa barriada, en la parte oeste de la capital. Llegaron a un bloque de muchas plantas, envejecido por el paso del tiempo y la falta de cuidados. El piso, primero C constaba de un dormitorio, un saloncito, cocina y cuarto de baño, todo muy limpio y bien cuidado. Lo que más apreciaba su propietaria era el balcón, con orientación sur, repleto de macetas, atalaya que aprovechaba por las tardes para ver a la gente pasar, el trasiego de los vecinos del barrio y la alegría de los niños que todavía jugaban en la calle, especialmente los más pequeños. Destacaba en esa pequeña placita frontal una amplia frutería, una merecería de las que todavía quedan en las ciudades y una tasca El Ventorro, con el sabor de lo antiguo, poblada de sillas y mesas, donde numerosos clientes tomaban el aperitivo y otras consumían el plato del día, 8 euros con bebida y postre. Martina elogiaba la limpieza de la casa y el buen gusto de la modesta pero entrañable decoración. El cocido de Elo resultó exquisito, reflejando las grandes dotes culinarias de una maestra de la cocina. Para tomar el café se sentaron en un tresillo de terciopelo beige, con flores estampadas de tonos suaves. 

“Querida Martina, te voy a contar algo de mi vida. Así me comprenderás un poco mejor. He sido la única hija de una buena madre soltera. No conocí al hombre que me engendró. Parece ser que era un rudo trabajador portuario. Mi madre Aurora trabajaba con denuedo, en “todo lo que surgiera” para poder sobrevivir en aquellos tiempos de estrecheces. Eran los muy duros años 40. Erróneamente entendió que yo debía quedarme en casa, para la limpieza y la cocina, mientras ella buscaba “el pan” por donde fuera. Por fortuna teníamos esta casa, que pertenecía a una tía abuela, que se fue pronto de la vida, dejándola “en papeles escritos”, para nosotras dos. Aprendí, desde muy niña, a limpiar, ordenar, lavar, planchar y, sobre todo, guisar. Tendría unos once o doce años, cuando me “colocó” en un restaurante importante, en donde limpiaba y ganaba unas pesetas que nos ayudaban a poder comer. Un día el cocinero se puso enfermo y una niña adolescente les sacó las castañas del fuego, Desde entonces ya no salí de la cocina y los fogones para guisar de todo y para todo. Y así he pasado toda mi vida, a veces limpiando y la mayoría guisando, en varios hoteles y restaurantes de la ciudad. Cambié las letras y las palabras por la harina, el aceite y la berza. Mi lectura y escritura es muy pobre. Sólo algunas palabras y los rótulos de las tiendas. Aunque parezca mentira, nadie se preocupó de que yo fuera al colegio, pero en aquellos años de la posguerra estas cosas pasaban, lo importante era la supervivencia y comer algo cada día. La radio era mi gran distracción, que me enseñó a bien escuchar y a entender muchas expresiones. Siempre he disfrutado viendo las láminas de las revistas y los libros con fotos. La televisión, desde los sesenta, también me ha ayudado mucho, en eso que llaman “la cultura”. Trabajé hasta los 75, siempre en lo que me gustaba y sabía bien hacer: la cocina. Pasar en la biblioteca muchas horas de la mañana, con la buena calefacción que ponéis, o el fresquito en los días del terral, me conforta. Y al tiempo, me distraigo, en ese ambiente de paz y tranquilidad que hay en el salón de lectura, viendo las láminas de los libros que me recomiendas. Yo “leo” las láminas, no las letras o las palabras”. 

Martina, profundamente emocionada por la franqueza, valentía y sencillez de su amiga “mayor”, la abrazó, diciéndole a continuación:

“Eres una persona admirable, para mí es un honor haberte conocido y gozar de tu amistad. Yo te puedo enseñar a leer y a escribir bien, siempre que así lo desees”. 

Y desde aquel día, la directora de una biblioteca pública municipal emprendió con cariñosa ilusión esa enseñanza a una persona mayor, para que perdiera el miedo o el recelo, a ese fácil aprendizaje que realizan los niños pequeños. Lo hacía en momento impensable, o a destiempo, de su recorrido por la vida. Utilizó para ello unos libros didácticos de imágenes, palabras y sonidos, aplicados a personas sin visión. Ahora Elo ya no se limitaba a disfrutar de la imagen, sino que se animaba a formas palabras y pequeñas frases, que la identificaran. 

La antigua cocinera materializaba su agradecimiento llevando a su amiga, la “maestra de las palabras”, alguna fruta o dulces que Martina aceptaba porque así hacía feliz a su muy mayor e interesada alumna. También utilizaron películas con sonido en español, también subtituladas en el idioma castellano. Elo aprendía con lentitud e interés, por las limitaciones propias e la edad. Pero lo que más apreciaba era el calor humano y fraternal que encontraba en su amiba bibliotecaria, a la que trataba como a una “nieta” a la se quiere, con mimo y necesidad. Por su parte Martina se sentía útil en poder reparar esas historias o intereses absurdos, que generan la limitación cultural de muchas personas. Ella tenía a mano el poder hacer progresar a una de ellas, casi octogenaria, que en los años normales del aprendizaje, y por ser mujer, se vio privada de esa enseñanza básica, tan necesaria, para poder caminar con más seguridad por lo terrenal. 

Un fin de semana, cuando Martina y Elo habían ido al cine y saboreaban después una estupenda merienda, la entrañable cocinera le habló con palabras que brotaban del corazón generoso d una sencilla mujer: 

“Martina, mi “niña”. La vida no me va a conceder mucho más tiempo, pero el tesoro de tu amistad me ha hecho feliz en este finalizar el camino, No tengo descendencia. Mi madre tenía algunos parientes lejanos, a los que nunca he tenido la oportunidad de conocer. Es mi deseo que vayamos, en la próxima semana, a la oficina de un notario. Quiero nombrarte mi heredera universal de los modestos bienes que poseo: una cartilla en Unicaja, con los pequeños ahorros de toda una vida y ese pisito que conoces, heredado de mi madre. Me harás inmensamente feliz si lo aceptas”.

Dos generaciones, separadas por la aritmética del tiempo, unidas la amistad, la sinceridad y la generosidad, lloraron emocionadas. Cuando se despidieron en la parada del bus, bajo la arboleda urbana de la Alameda, sentían en silencio el regalo que el imprevisible y críptico destino les había regalado: la fuerza del cariño fraternal. “Buenas noches, “abuela”. Buenas noches, querida “nieta”.

 

 

UNA APLICADA LECTORA 

DE LÁMINAS


 

                               José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 20 marzo 2026     

                                                 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

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viernes, 13 de marzo de 2026

EL VALOR DE LA PROXIMIDAD. UN MES DE AGOSTO EN MADRID.

 

Como era usual en casi todos los exámenes, tanto ella como su íntima compañera EVA apuraban los últimos minutos del tiempo concedido para la realización de la prueba. Ambas estudiantes entregaron sus folios, densamente caligrafiados, después de que el profesor don Eugenio hubiera dado el “ultimátum” de los cinco últimos minutos para la finalización del examen, en la asignatura de Teoría de la Literatura. Ese día, 14 julio, había amanecido en extremo caluroso, por lo que las dos compañeras y amigas, 1er curso del grado de Filología Hispánica, decidieron darse una vuelta y sentarse en alguna de las terrazas del centro madrileño, a esas horas de la tarde ya repleta de abundante clientela, para disfrutar de una buena pinta de cerveza. Había que celebrar todo el esfuerzo realizado en la que había sido la ultima prueba del curso. Ahora había que esperar la llegada de los resultados, aunque las dos se mostraban satisfechas y seguras de todo lo que habían podido escribir durante las dos horas de examen. 

Mientras que Eva iba narrando, con todo el lujo de detalles, los proyectos vacacionales que tenía previsto iniciar a partir de la última semana de ese mes (una estancia en Londres con una señora mayor, como señorita de compañía, sustituyendo las vacaciones de la persona que atendía durante todo el año a la Sra. Jane. Con ello pretendía ganar algunas libras y mejorar su deficiente inglés) AZUL escuchaba sonriente, entre sorbo y sorbo de cerveza, las ilusiones viajeras de su dicharachera amiga. Cuando Eva terminó la exposición de su atractivo proyecto, planteó la pregunta obvia ¿Y tú que tienes pensado hacer?

“Te aseguro que yo no lo tengo tan ilusionante como tu, Eva. En los últimos años siempre nos ha tocado ir a las playas de Calpe, en Alicante, para acompañar a tía Herminia que tiene allí un apartamento que sólo lo utiliza en verano. Está situado no lejos de la playa y, aunque es más bien pequeño, ahí tenemos que caber los cinco de la familia: mis padres, mi hermano, la tía y también yo. Pero este año estoy dispuesta a plantarme, pues llevamos haciendo lo mismo desde que la hermana de mi madre enviudó, hace más de 10 años. En realidad, con el curso tan agotador que hemos llevado este año, lo que realmente me gustaría es poder quedarme aquí, sola en casa, sin tener que aguantar a los mayores y a mi hermano Fausto, con sus proyectos y sus continuas bromas. Precisamente ahora en verano. En que una mayoría de los madrileños se van para las costas, me gustaría descubrir esa otra ciudad que no conozco, con los barrios y rincones tan típicos. Todo un mundo por conocer. Ya te contaré como caerá esta “bomba” en mis padres. Pero yo voy a jugar fuerte. Estoy dispuesta a ello”. 

Cuando esa misma noche Azul expuso durante la cena las intenciones que tenía para el verano, especialmente para el mes vacacional de agosto, la familia Senda–Trapiello, tanto TASIO como ADELINAse opusieron con rotundidad a la experiencia de su hija. Pero la chica, alegaba con firmeza que a sus 19 años tenía también derecho a elegir su forma de vida para el verano, que ya eran muchos años haciendo lo mismo con el viaje a Calpe y que ella tenía la madurez suficiente para cuidar de la casa mientras que ellos estuvieran ausentes. Con manifiesta oportunidad, su hermano FAUSTO aprovechó la “brecha generacional” que se había atrevido abrir su hermana para plantear también su particular opción: unos amigos iban a recorrer, en plan bohemio, muchos parajes del norte cantábrico y la zona gallega. Por supuesto que también él, que este año había estudiado el 4º curso en el grado de traducción e interpretación, quería acompañarlos y vivir la experiencia. Tenía unos ahorros, provenientes de las clases particulares de inglés que solía impartir y, durante la “road movie”, pensaban en echar algunas horas trabajando en aquello que se terciara, fuera en el campo o en los servicios.  

Aunque en un principio Tasio, 52 años, instalador y reparador de electrodomésticos para la línea blanca, dio algunas voces y palmazos en la mesa, apoyado por su mujer Adelina, 53 años, cuidadora facial y ayudante de vestuario, en uno de los teatros de la ciudad, ante el frente común abierto por sus hijos, no tuvo otra que ir cediendo en su intransigencia, aceptando la realidad de que el próximo mes serían solos los progenitores quienes acompañarían a Herminia al apartamento de la playa, durante el cálido agosto. Tuvieron que asumir que sus hijos, ya no eran aquellos niños que siempre los acompañaban, Por el contrario, eran dos mozalbetes que habían superado la mayoría de edad y de pura lógica querían ir diseñando su propia vida. 

Pasaron los días y antes de emprender la marcha, en el vetusto (quince años) pero siempre bien cuidado Peugeot break 307 de color naranja oscuro, recogiendo en su casa previamente a Herminia con sus “aparatosas” maletas, leyeron repetidamente “la cartilla” a la “niña”, dándole una sarta de consejos y advertencias, acerca de cómo tenía que cuidar la casa y organizar las comidas de cada día. Azul aplicaba la mayor resignación ante todas las amonestaciones que recibía de su madre Adelina. Su hermano Fausto hacia ya una semana que había emprendido la feliz aventura por el norte peninsular, con cuatro amigos de la facultad. Los dos hermanos habían recibido sendos sobres, conteniendo algún dinero, de manos de su padre. Tasio quería evitar que cometieran alguna “locura” y así pudieran hacer frente a las primeras necesidades de cada día. 

Era viernes 31 de Julio, cuando Azul se vio al fin “dueña” de la casa y sus destinos, con la perspectiva de tres semanas “autónomas” para hacer lo que quisiera. Tras despedir a sus padres comenzó a dar saltos y piruetas de alegría, no sólo sobre el suelo sino también encima de la cama. Con esos movimientos y expresiones anímicas mostraba su satisfacción ante la experiencia de pasar unas atractivas semanas para el descubrimiento, durante el peculiar e interesante agosto madrileño. Mes enriquecido con ese encantador e inusual vacío humano, sólo compensando por la constancia de los siempre fieles turistas hacia la gran capitalidad del Estado.

Para Azul se iniciaba una experiencia “la mar” de sugerente. Durante unas semanas iba a poder descubrir a ese Madrid profundo que aparentemente ya conoces, porque has nacido y resides en ese lugar, pero que en realidad vas cayendo en la cuenta, a medida que pasan los días, de todo lo que ha permanecido oculto y desconocido para ti hasta esos momentos. Para su suerte, su amiga Eva había tenido que retrasar tres días su desplazamiento a Londres, a requerimientos de la Sra. Jane. Por tanto, quedaron en verse ese sábado para que juntas iniciaran esos paseos y contactos novedosos con la “ciudad oculta” en la que siempre habían residido. 

Utilizando con inteligencia las numerosas líneas de metro y los buses, para conseguir más eficaces desplazamientos, trazaron sobre un gran plano algunos barrios emblemáticos por los que llevaban mucho tiempo sin pasar, en los recorridos cotidianos. Aunque algunas mañanas iniciaban esas interesantes visitas, dedicaban para ello la mayoría de las tardes, paseos que en muchos de casos se prolongaban hasta horas nocturnas. Todo dependía de las personas que iban conociendo o de las actividades festivas que hallaban en todos esos parajes lustrados con el encanto de un clima que mejoraba notablemente con un agradecido frescor, cuando el sol comenzaba su retirada hasta el día siguiente.

Sin embargo, Azul pronto se dio cuenta que bebía protagonizar su propia búsqueda de la ciudad, sin apoyarse tanto en su amiga Eva. Cuando al paso de esos tres días su compañera de correrías tuvo que tomar el equipaje para volar hacia Londres, comenzó realmente ese protagonismo de dejarse llevar por la gran ciudad, a fin de descubrir sensaciones, vivencias, personajes, para su goce y enriquecimiento. Por cierto, sus padres Tasio y Adelina la llamaban con mucha, con “excesiva” frecuencia desde las playas de Calpe, a fin de conocer como le iba en esas correrías por el gran Madrid en el estío veraniego. 

Aunque en muchos de los días gozaba caminando sin un destino fijo o mínimamente preconcebido, siempre encontraba un punto de interés, generalmente festivo, pero también (lo que para ella era incluso más importante) humano. Conoció a muchas personas, durante esas tres largas semanas. Muy heterogéneos prototipos humanos. 

En una de sus frecuentes caminatas, la mayoría sin una dirección predeterminada, cierta tarde acabó en uno de los barrios que celebraban sus alegres fiestas veraniegas. Los adornos con farolillos, globos de papel y banderitas de colores le daban un lustre precioso a la muy alegre escenografía.  Se estuvo distrayendo, mirando los numerosos tenderetes en los que vendían productores de elaboración artesanal, adquiriendo alguna “chuchería” (una pulserita de cuero labrado y una pinza para el pelo, hecha de corcho tratado, verdaderamente original) a esos buenos precios que incluso admiten un divertido y hábil regateo. También le llamó la atención una caseta para el tiro al blanco, atracción que su padre le comentaba recordando tiempos de la infancia. Se disparaba con unas escopetas de aire comprimido, sobre unas grandes bolas de azúcar con anís, que recorrían un circuito. Te entregaban la bola que habías derribado, utilizando una destartalada escopeta que tenía la mirilla con el punto cambiado, por lo que tenías que comprar varios balines hasta aprender la trayectoria o dirección correcta para el acierto. Aunque la música no paraba de sonar, el baile no comenzaba hasta las 21:30. Siguió recorriendo el ambiente tan populachero que proporcionaba el numeroso gentío, contemplando la diversión de los peques, montados en sus ilusionados tiovivos. 

Llegó el momento en que tomó asiento en uno de los chiringuitos instalados alrededor de la plaza, para cenar alguna cosa, pues entre canciones, luces y parrandas, pasaban las diez en su reloj y el cuerpo le reclamaba algo de alimento. Pidió una big hamburguesa bien hecha, acompañada de una guarnición de patatas fritas. Su madre habría puesto el grito en el cielo, pues era muy estricta con lo que Adelina llamaba “los platos basura” que tan alegremente toma la juventud y que tanto perjudicaba las siluetas y los organismos de las personas. Cuando le sirvieron el suculento manjar, el joven camarero le regaló una “picara” sonrisa diciéndole “Como te veo aquí solita, entre tanta gente de fiesta, te he puesto una doble ración de patatas. Tienes que alimentarte, pues estás bastante flacucha. Pero te lo tienes que tomar todo, que después empiezan los bailes, que duran hasta la madrugada y hay que estar fuertes”. Después de la cena y con su pinta de cerveza aún a medio consumir, observaba cómo la gente danzaba y danzaba, en un ambiente muy popular y con los decibelios sonando a toda pastilla. La orquestina estaba “acompañada” por unos bafles gigantescos, que ensordecían los tímpanos más delicados. En un momento concreto vio como se le acercaba de nuevo el joven camarero, con otra divertida sonrisa: 

“Muchacha, llevo trabajando desde las ocho. Ahora me corresponde un buen rato de descanso. Te invito a bailar. No puedes disimular que tienes muchas ganas. Y no te vas a poner a dar saltitos sola. Mi nombre es VENANCIO (algunos me dicen Veno) Y yo sé que te llamas Azul, porque lo he leído en la plaquita de plata que cuelga de tu cuello. Vente, que lo vamos a pasar un poquito bien. Y así haces la digestión de la súper hamburguesa que te has tomado”.

El Chiringuito lo había montado una asociación benéfica llamada La Gran Familia (como el título de la inolvidable película) cuyo objetivo era la protección de las mujeres, solteras y casadas, víctimas de la violencia de género. Los bailes con la espontánea pareja, duraron hasta más allá de las doce. Intercambiaron, en medio del estruendo general, muchas sonrisas, chascarrillos, frases ocurrentes, mímicas y el mejor de los talantes. Camino de vuelta a casa, esa su nueva amistad se ofreció a acompañarla. En el muy largo paseo hasta su domicilio Veno le confesó que trabajaba de bombero, en el Parque que correspondía a la zona norte. Y que tenía muchos amigos en esta peña, por lo que se ofrecía a prestarles ayuda de manera desinteresada, cuando montaban alguna fiesta, en el servicio para atender las mesas. Cuando llegaron al portal del edificio, los dos jóvenes se fundieron en un cariñoso abrazo. Él hizo ademán de besarla, a lo que ella accedió todo divertida. Prometieron verse otro día. Ya en casa, y tras despojarse de su camiseta, vaqueros y sandalias, se tendió relajada encima del colchón, recordando con agrado todos los incentivos que la lúdica tarde le había deparado. La luna llena parecía clarear todo un cielo sembrado de estrellas.

Entre paseos, metros y autobuses (a veces también cogía su bici plegable) recorría los numerosos parques y espacios naturales de que goza la villa del Oso y el Madroño. En algunas de esas zonas verdes, pasaba toda la tarde con su novela y el correspondiente “bocata” que transportaba en su pequeña pero útil mochila de piel. Cultivaba el calor de la amistad de la forma más imprevista y ocasional.  


En otras de las tardes agosteñas, con esa dulce flama térmica al que el cuerpo acaba habituándose, Azul se encontraba en el Parque del Retiro, sentada en el césped y apoyando su espalda en el alargado “fuste” de un castaño de Indias. Siempre le había gustado dibujar y ahora se distraía con su lápiz y libreta, componiendo formas de las bellas y tranquilas imágenes que tenía ante su vista. Había otros jóvenes y chicas por la zona. Algunos padres caminaban, en pleno atuendo “playero”, con sus hijos, que correteaban sin parar, con esa energía inalterable que parecen atesorar. Había un par de chicas jóvenes, también sentadas sobre el césped, que enlazaban una de sus manos mirándose y besándose. Azul sacó de su mochila el gran bocata que se había preparado, con jamón y queso tierno, añadiendo un par de hojas de lechuga. Tras desliarlo del papel en que venía envuelto, reparó en que dos chicas le estaban observando. Con un impulso reflejo, les devolvió el saludo en forma de otra sonrisa y les dijo, ayudándose de la mímica, ¿lo compartimos? NIARA ITZIAR no lo dudaron un solo instante. El bocadillo fue un aperitivo muy bueno, para acompañar a las tres cañas de cerveza que les sirvieron en uno de los puestos instalados en ese gran parque. Las tres nuevas amigas pronto intimaron. Niara trabajaba en un centro comercial instalado en Vallecas, mientras que Itziar daba sesiones de Reiki, aunque su formación deportiva le permitía ser contratada en gimnasios para dirigir clases de Pilates. Vivían formando pareja y su alegre y sano carácter difundían esa alegría de vivir que te hace apetecer y valorar su compañía. Tres días después, Azul pudo asistir a una sesión de Reiki, a la que había sido invitada por sus amigas. No salió muy convencida de toda esa energía que había sido compartida por el grupo asistente, pero valoraba con esmero el ambiente cordial y de camaradería que se respiraba entre los asistentes. Los abrazos que todos daban a los arboles conformaba una agradable y naturalista plástica, que quedó con firmeza grabada en sus recuerdos. 

Esas y otras amistades, junto a las numerosas vivencias iban rellenando de luz y color el entrañable y familiar agosto vivido en Madrid, humanizado también con esas numerosas anécdotas que asombran, a veces enfadan, en ocasiones hacen reír y casi siempre enseñan para nuestro caminar por la vida. Aquel olvido que tuvo de la llave de entrada en el portal, cuando te das cuenta de que es la una y media de la madrugada, pero a esa nueva vecina con la que apenas habías cruzado el hola o buenos días no le importó levantarse de la cama y abrirle a través del portero electrónico. Los crujidos misteriosos durante la noche, ya fuesen fantasmas, imaginaciones, sueños o tal vez esas contracciones y dilataciones por el calor y el cambio de temperatura, que conforman acústicas intrigantes para mentes imaginativas y traviesas.  También fueron divertidos esos logros y “estropicios” culinarios, realizados en la cocina, que si hubieran sido vistos por su madre habría provocado los habituales espavientos y exageraciones de doña Adelina. La excusión senderista (regada por un fuerte aguacero convectivo) que realizó a Navacerrada, acompañada por el amigo Veno que, siempre que podía le echaba “un telefonazo”. 

Los días fueron pasando rápidos y pronto recibió la evidencia de que la vuelta de sus padres era inminente. Cuando éstos la abrazaron, inquiriendo una definición de su mes de agosto madrileño, Azul simplificó la experiencia con una sencilla frase: “Estas semanas, descubriendo mi ciudad y sus gentes, me han hecho madurar, apreciar y valorar la diversión de las pequeñas y grandes cosas que tenemos tan próximas, conocer y hacer nuevas amistades, pero sobre todo … humanizar y enriquecer mi existencia. Durante el verano siguiente, no tengo la menor duda de mi intención, me gustaría repetir y disfrutar estos días inolvidables, con el valor de la proximidad”. 

 

 

EL VALOR DE LA PROXIMIDAD.

UN MES DE AGOSTO EN MADRID

 

 

                           José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTA

                          Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 13 marzo 2026     

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viernes, 6 de marzo de 2026

UNA CARTA MANUSCRITA PARA GRACIA.

 



Ha resultado inevitable, con el avance de la modernidad. La palabra informática está reinando entre el común de los mortales, que se han convertido en “siervos entregados” a esa religión llamada Internet. Esta revolución post-contemporánea tuvo su inicio en las postreras décadas del siglo XX, y desde entonces no ha dejado de crecer y “totalizar” la inmensa mayoría de nuestros actos. 

Pensamos en aquellas antiguas “misivas” que traía el cartero a nuestros domicilios, con el correspondiente franqueo, fructíferas semillas para el apasionante mundo de los sellos de correo. Nada más haber comprobado el remite, en el reverso del sobre, nos generaba diversos sentimientos: sorpresa, alegría, curiosidad, emoción, cariño, preocupación, nerviosismo o incluso temor. Todo ello, antes de abrir el envío y poder leer su contenido. Una vez abierto el sobre, teníamos en nuestras manos unas cuartillas manuscritas, con buena o regular caligrafía y ortografía. Su lectura se realizaba en soledad (por la necesaria privacidad) o rodeado de la familia, que asistía en silencio o con diversos comentarios, sobre el texto enviado. 

Fuera cual fuese el nivel cultural e intelectual del remitente, éste se había esforzado en cuidar la escritura y sobre todo el contenido de lo que deseaba transmitir. Si era una persona analfabeta o con escasos estudios, pedía ayuda al amigo, compañero o vecino, para que escribiera bien lo que él le estaba comunicando, con poco orden y escasez de palabras. Estas epístolas o cartas antiguas solían comenzar con el lugar desde donde se escribían, con la fecha, en la parte superior derecha de la cuartilla u hoja de libreta. Por ejemplo:

“Queridos y amados padres, hermanos y abuela. Pido a la divinidad que, al recibo de la presente, os encontréis todos bien, yo también bien, por la gracia de Dios.” Eran cartas en la que el remitente explicaba su situación actual. En los párrafos manuscritos contaba a su familia cómo le iba, narrando con todo detalle tanto lo bueno, como lo regular, en esas semanas y meses en que había estado separado del hogar familiar. En ocasiones solía pedir ayuda, para afrontar los momentos de flaqueza económica o, por el contrario, adjuntaba algún billete para ayudar a su modesta familia. Si la cantidad de esas pesetas era elevada, el dinero se enviaba por giro postal. 

El padre o el abuelo leía la carta, en voz alta, ante los miembros del grupo familiar, quienes estaban sentados junto al fuego de los leños ardientes del hogar o chimenea. Unos y otros mostraban sus lágrimas emocionales, sus suspiros, sus alabanzas, sus recuerdos, hacia ese remitente alejado físicamente de la unión familiar. En la despedida, solía mandarse recuerdos a los amigos, vecinos y algún conocido.  Sobra añadir que aquellas emocionales cartas se releían con frecuencia y, sobre todo, se guardaban “como oro en paño”, atados los sobres con una cuerda, cinta o gomillas elástica en el aparador del salón, mesilla de noche del dormitorio o en los cajones del armario, para su cuidada y necesaria conservación. 

El avance de los tiempos ha hecho cambiar y evolucionar aquellas comunicaciones en papel, escritas con el arte epistolar del sosiego,  por otros caminos más inmediatos o acelerador, como el teclado del móvil telefónico y los mensajes del WhatsApp. Con ello se ha ganado inmediatez, el “logro valioso” del tiempo real. No sólo intercambiando palabras, frases o mensajes orales, sino también tomas fotográficas y vídeos documentales. Pero hoy día prevale la pobreza gramatical de los textos e incluso e incluso incorrecciones ortográficas en los mensajes, destacando la carencia emocional que emanaban aquellas viejas cartas de antaño, inolvidables para nuestra memoria. En este contexto de la antigua intercomunicación se inserta nuestra historia semanal de los viernes. 

Nos acercamos a una de las barriadas sociológicamente muy humildes y de economías deprimidas, que suelen tener las capitales provinciales de cualquier país. En este núcleo del plano urbano, el índice de las personas sin trabajo superaba en muchos dígitos el porcentaje medio de la población laboral activa. El dato de los vecinos con estudios universitarios era mínimo con respecto a la media provincial. El abandono escolar en bachillerato e incluso en la educación obligatoria era también importante y preocupante. La estabilidad social se veía gravemente alterada por la existencia de violentos clanes delincuentes, que sembraban con inesperada frecuencia el descontrol y la alteración de la paz ciudadana. Resultaba tristemente habitual la llegada de vehículos de las fuerzas policiales, con el impacto escénico de las luces azules y las sirenas en funcionamiento, para enfrentarse al “menudeo” y al tráfico de sustancias tóxicas y otras actividades delictivas, por parte de jóvenes y mayores al margen de la legalidad. En horas nocturnas y también diurnas, se escuchaban disparos y enfrentamientos de los grupos delincuentes, que sembraban la inquietud y el temor, en la atmósfera social de las familias honradas, 

Sin embargo, este depresivo panorama social se veía esperanzadoramente compensado por un acuerdo tácito y fraternal, entre la vecindad respetuosa con el cumplimiento de la ley. Esta espontánea solidaridad, para ayudarse entre ellos, se concretaba en compartir alimentos, vestidos y zapatos, en las situaciones gravemente carenciales de no pocas familias. También se ayudaba con los cortes de fluido eléctrico, por impago, e incluso en las situaciones extremas de desahucio, para personas y familias que sobrevivían sumidas en la cruel e injusta indigencia. Esa ayuda solidaria se canalizaba a través una asociación social para la ayuda al necesitado o de una forma directamente espontánea.

Y bueno es ya conocer a la protagonista de nuestra sentimental historia. Doña GRACIA Almansa, septuagenaria avanzada, viuda de un vendedor ambulante en los mercadillos de barrio, Camilo Flores, que se fue de la vida hacía casi un par de décadas. De su unión en el Registro Civil, nació el único hijo del matrimonio, ÁNGEL Gabriel,persona desordenada en los valores básicos, que desde la adolescencia comenzó un erróneo camino vital, inducido por dudosas compañías, que le hicieron adentrarse en los terrenos oscuros y cenagosos de la ilícita delincuencia. 

Esta pobre vecina, había trabajado durante toda su vida, pero con más intensidad tras el fallecimiento de su esposo, en lo que su abuela le había enseñado. Principalmente cosiendo, usando unas lentes de muchas dioptrías, que sus amigas de la vecindad le habían gestionado en la Seguridad Social. Así conseguía unas pesetas, para “seguir tirando”. También sacaba tiempo de sus escasas fuerzas, limpiando portales, esperando a recibir “la voluntad”. De la actitud bondadosa de sus amigas, también con básicas carencias, recibía tupers con lentejas, cocido o judías, procedente ese puchero sobrante en las cocinas de algunas familias. Resultaba admirable ese calor fraternal, frecuente en barrios de sociología pobre, para con aquellos que sobrevivían con dificultad en el discurrir de los días, gestos ejemplares por el consuelo afectivo y humanitario que compartían.

Pero a Gracia lo que más dolor le producía era no saber nada, desde hacía muchos años, de su hijo Ángel, quien no hacía honor a su nombre, pues era más que probable estuviera embarrado en el cieno pestilente de la mala vida. Eran muchas las tardes en que, sentándose en la pequeña plaza de la barriada, junto a muchas vecinas para gozar del sol que les llegaba sin coste, decía, una y otra vez entre lágrimas: ¿dónde estará mi Ángel? Hace años que no sé nada de él. ¿Estará en prisión? Nunca me ha enviado unas letras ni ha querido venir a verme. Me acuerdo de cuando yo era mocita, si los hijos se tenían que ir lejos para encontrar trabajo con el que poder vivir, escribían con frecuencia a sus padres, unas cartas llenas de cariño y respeto, para mantener informados y tranquilos a esos padres que ya vestían las arrugad y los achaques de la edad”. Y seguía llorando con los consuelos afectivos de sus sencillas amigas, que la apreciaban y cuidaban en lo posible. La suma de los años había hecho cruel mella en el organismo y el alma de esta buena y sencilla mujer. 

Una tarde de marzo, varios vecinos estaban aprovechando el tibio pero confortable sol que acariciaba la pequeña plaza de la barriada. De manera espontánea fluyó, entre sus banales conversaciones, un tema que sí tenía la suficiente enjundia: el sufrimiento de la buena vecina Gracia. El comentario que prevalecía era que sería bueno darle a esta señora, ya con muchos años, una alegría que vitalizara la debilidad de su ánimo, cada vez más “envejecido ante la realidad terminal de su existencia. 

Cierto era que se le ayudaba materialmente, pero lo que ahora necesitaba con presteza era un fuerte “chute” anímico. La “medicina que todos acordaron, como la más eficaz, sería el recibo de una carta cariñosa, como las que se escribían antes, que fuera lo suficientemente convincente como para “engañar piadosamente a una anciana madre que necesitaba el calor afectivo de un hijo innoble y cruel, al que le había dado la vida. 

Entre todos los concurrentes, nadie sabía qué había sido de Ángel, al que se le había perdido la pista hacía un par de décadas. Cuando el joven se fue “al África” (según algunos), tendría como unos 21 años. Se calculaba que, en estos momentos, el hijo de Gracia “andaría” por los cuarenta. Pero no se conocía rastro de él. Había rumores de que tal vez estuviera por América del sur, mientras que otros lo situaban en la Europa del este. Se presumía que estaría metido en el mundo de la droga o incluso que lo habrían “suprimido” las mafias de las “cloacas”. ¿Quién sería capaz de escribir una carta “como las de antes” en nombre de Ángel Flores Almanza? La idea era bien sencilla. Una vez que la carta a su madre estuviera escrita, se franqueaba el sobre, para que pudiera llegar a su madre, que merecía estar tranquila y en lo posible feliz en esta etapa final de su existencia. Esa persona escribiente tenía que ser un habilidoso de la escritura, para que la suplantación de ángel fuera convincente. Reconocían que en esta barriada la mayoría de los vecinos no serían hábiles con la redacción y la escritura. El porcentaje de analfabetos y de personas sin trabajo era elevado. Algunos se “quitaban el hambre a guantazos” y la tentación de introducirse en el menudeo de estupefacientes era continua, por la necesidad de poder comer, aún a pesar de los riesgos.  Pero alguien aportó una idea luminosa. 


¡Podemos hablar con BLAS “el alpargata”! Se trataba de un vecino de mediana edad que iba de aquí para allá, por los mercadillos de los municipios malagueños, vendiendo ropa y zapatillas. De los seis hijos que había tenido con “la Leonora” había salido uno, CEFERINO “el Chato” que desde su adolescencia le había gustado estudiar, haciendo el “Chiviritato” sic (bachillerato). En su juventud había dejado el barrio donde nació y con su pareja vivían en una vivienda protegida de segunda mano. “Sé que trabaja en una oficina del papeleo, para los coches, los tributos y otras cosas”. 

De esta curiosa forma, el hijo aventajado de Blas, que ejercía de administrativo en una gestoría del centro de la ciudad, tras convencerle, se puso a redactar una sentimental misiva, aplicando una creatividad inventiva verdaderamente admirable. Se trataba de alegrar los sentimientos de una apreciada vecina en la ancianidad, cuyo mayor anhelo era poder saber algo de su único hijo, que andaría sin norte por esos mundos de dios. 

En el bar de Amalio “el legionario”, el aventajado escribiente, rodeado por un amplio grupo de vecinos, todos con la alegría del vino y las cervezas, fueron componiendo una sentida carta que vitalizaría el ánimo de una madre solitaria, firmada por su hijo ausente. En esa misiva “reparadora”, Ángel se dirigía con humildad y cariño a su madre, pidiéndole perdón por esos años de silencio, egoístas e injustificados. Le explicaba que había viajado mucho, buscando diversos trabajos, en distintas partes del territorio español y también del extranjero. Que había tenido momentos buenos y malos, por la dureza de la vida. Que se había unido a varias mujeres, pero que ahora tenía de compañera a una estupenda mujer, LAIMA, de nacionalidad africana. Que ambos habían emigrado a Inglaterra, para trabajar, él de mecánico y ella de cocinera de hotel. Le aseguraba que no la olvidaba y que a partir de ahora le iba a ir enviando algunos billetes, para ayudarla en lo básico (entre todos fueron juntando algunas pesetas, para que en el sobre fuera algún billete, junto a la 

cuartilla manuscrita). Le enviaba muchos besos, de un hijo “travieso” que la seguía queriendo. 

Una vez preparado el sobre, se pusieron de acuerdo con AVELINO Baltanás, el cartero que repartía la correspondencia por las casas del barrio. El servicial y veterano funcionario de correos, entregó el sobre, debidamente franqueado, a la sorprendida señora, cuyo contenido le tuvieron que leer, ya que la pobre anciana estaba presa de la emoción, llorando de continuo, pues no podía creer la inmensa alegría que estaba recibiendo por parte de un hijo al que creía perdido.  

Fue una humanitaria, necesaria y bondadosa “mentira” con el objeto de alegrar el corazón de una madre envejecida y cansada, por una larga vida en la que había habido muchas sombres y escasas luces. Una carta “de las antiguas”había llevado mucha ilusión benefactora en su contenido a una vecina que, como tantas otras, subsistían en un mundo desigual, injusto y complicado, para los que menos tienen y más necesitan. La solidaridad fraternal había funcionado. En los meses sucesivos fueron llegando más cartas, enviadas por un remitente del que nunca más se supo. -  

 

 

UNA CARTA MANUSCRITA

PARA GRACIA

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

   Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 06 marzo 2026      

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viernes, 27 de febrero de 2026

REENCUENTRO EMOCIONANTE EN UNA TARDE DE OTOÑO

 

Son lugares que reúnen a miles de ciudadanos cada día, a los que se acude con la condición previa de tener paciencia para la espera. Estos espacios, estratégicamente situados, resultan cada vez más útiles y necesarios para la movilidad. Nos estamos refiriendo a las paradas de los autobuses municipales y también suburbanos. Cualquier persona, incluso aquellos que tienen movilidad reducida, puede tomar el bus 14, 11 o el 4, etc. para sus necesidades de desplazamiento por la ciudad y localidades suburbanas.

En esas paradas se suelen producir numerosos ejemplos de comportamiento, que reflejan la manera de ser de cada cual y el nivel educacional que se posee, sea cual sea la edad del viajero.  La potencialidad informática actual ha permitido al usuario poder informarse, a través de su móvil telefónico y utilizando la aplicación correspondiente, el tiempo que ha de esperar para subirse a la línea de bus elegida. Actualmente, una mayoría de las paradas urbanas tienen también pantallas que informan, con agilidad, el tiempo de espera para cada línea vinculada a esa parada.

En cuanto al comportamiento de los usuarios, algunos no saben respetar la cola, sino que se sitúan en lugares diversos, “olvidándose” del orden de espera, provocándose discusiones y protestas, ante el interés de acceder pronto al bus, para poder sentarse si hay asientos libres. Viajar de pie, agarrándose a las barras, tiene sus riesgos, en los frenazos bruscos y en los giros pronunciados del conductor. El problema se agudiza cuando hay paradas dedicadas a varias líneas. Cuando hay mucha gente esperando, no se sabe el bus que desea tomar cada viajero. Normalmente a las personas mayores se les respeta, pues tienen asientos reservados y también para los usuarios con problemas de movilidad. 

En este contexto tuvo lugar la siguiente historia cargada de nostalgia. Había tomado el Circular 1, para dirigirme a mi domicilio. Esta es una línea de autobús municipal que, junto a la C2, recorre muchas barriadas de Málaga, realizando grandes circunferencias por el plano urbano de la ciudad. Es un viaje largo, con el incentivo de la distracción, al recorrer un trayecto tan contrastado en la historia de la localidad. Ocupé un asiento que quedó vacío en la parte trasera del abarrotado vehículo. A mi lado viajaba una señora bastante mayor, cuidadosamente arreglada, en ropa, joyas y cosméticos. Di los buenos días, por educación, en voz baja. Entonces la compañera de asiento me observó con fijeza. Algo me decía que aquel rostro, surcado por numerosas arrugas, inútilmente tratadas de disimular con un abundante maquillaje, soportando pronunciadas bolsas bajo unos ojos de mirada cansada que reflejaban manifiesta tristeza, su no abundante cabello, protegido con una gorrita de lana gris azulada y un cuerpo ya inclinado por la debilidad ósea, algo me hacía recordar en la memoria que la imagen de esa persona, ya muy anciana, yo la había visto y tratado antes en algún punto de mi desarrollo vital. 

Las neuronas de los recuerdos actuaron, en esta ocasión, con una sorprendente y eléctrica eficacia. En ocasiones se olvidan datos y detalles recientes, mientras que fluyen en la memoria imágenes, hechos y vivencias, que soportan muchas décadas de distancia temporal. Esa persona me generó como una ráfaga visual en la que te juegas acertar, como en una papeleta de tómbola. “Disculpe la pregunta o indiscreción ¿su nombre es doña ELENA?

Me vi entonces como un adolescente de 13/14 años, que cursaba 4º del antiguo bachillerato elemental, en el Instituto de Enseñanza Media Ntra. Sra. de la Victoria (así se llamaba entonces). La profesora que impartía la asignatura de Literatura Española solía provocar el “temor” y el “horror”, en ocasiones, sobre los 40 compañeros masculinos que asistíamos a sus clases. Eran los años sesenta del siglo XX en nuestras vidas. La percibía como una profesora (era una ilustre catedrática, por rigurosa oposición) que dominaba muy bien la materia en la explicación e incluso recitaba la poética del temario. Siempre vestía con elegancia, con ropa de modista hecha a medida. Cuando explicaba, su pronunciación era más castellana que malagueña/andaluza. Me provocaba curiosidad la forma como hablaba, remarcando las sílabas de las palabras, buscando el impacto acústico y conceptual de los contenidos. Usaba gafas para la lectura y los alumnos la observábamos como una diosa de las letras. El libro de texto que usábamos lo había escrito ella. Pero el “pedestal” o distancia cultural entre ella y aquellos niños del franquismo en la España desarrollista, que estaban en plena pubertad, era para nosotros inabarcable. 



Para aquellos alumnos de los sesenta en su materia, lo que más temíamos, aparte de la severidad de las calificaciones en los exámenes, era su peculiar forma de ser en clase, su rigidez de conducta. Cuando regañaba, se nos “helaba” la sangre. Al corregir a ese compañero que hablaba en clase, cuando ella explicaba o se distraía con algún compañero, no le importaba utilizar palabras “ofensivas” que hoy hubiera provocado incidencias disciplinarias por parte de la inspección educativa, al menospreciar con palabras insultantes o humillantes al adolescente que había cometido alguna falta. Pero en aquella España de los años sesenta, los profesores fumaban en clase y tenían una autoridad “absoluta” sobre sus alumnos. No se movía una mosca en el aula, cuando se dirigía al compañero infractor llamándole “… ese niño tan feo, tonto, estúpido …” mientras anotaba en su cuaderno una falta de conducta, que iba a repercutir en las notas finales. Obviamente, entre la chiquillería, los apelativos o motes que recibía, como a otros profesores, era más que usual. La admiración de ¡cuánto sabe! mezclada con el temor, cuando entraba en el aula, iban unidos, en la mentalidad de aquellos niños. Efectivamente me confirmó que ella había sido catedrática de instituto. Lógicamente, no se podía acordar de este compañero de asiento, que se identificó como antiguo alumno en sus clases del Instituto, en el barrio de Martiricos. 

Y ahora la tenía allí sentada a mi lado, con más de setenta años, aunque su imagen, muy deteriorada, aparentaba muchos más. Conservaba su voz enérgica y la forma de marcar las sílabas, aunque ya sin aquella antigua potencia que recordaba. Decidí también bajarme en la primera parada del Parque, cuando ella se levantó de su asiento. Ya en la acera norte, de ese admirable vergel vegetal atravesado de vehículos, viendo su limitación física en el caminar, tuve el “impulso” humanitario, a pesar de los sufrimientos pasados, de pedirle, con sencillez, si aceptaría compartir un café u otra infusión, con uno de sus antiguos alumnos. Para mi enorme sorpresa, la veterana catedrática aceptó, indicándome que fuera un establecimiento próximo, pues ella residía en el barrio de la Malagueta y evitaba las largas distancias por sus problemas de salud. Fuimos caminando bien despacio, intercambiando diversos comentarios, banales pero llenos de nostalgia, sobre nuestro antiguo instituto, hasta la cercana cafetería Flor próxima a la plaza de toros.



Sentados ya junto a una mesa interior del establecimiento, para evitar la humedad que la proximidad del mar potenciaba, en ese barrio acomodado malacitano, ella ordenó al camarero un chocolate caliente con canela, mientras mi servicio fue un café descafeinado con leche. Tras insistirle, accedió a que nos trajeran dos pasteles de hojaldre, con cabello de ángel. El reloj se acercaba a las 20 horas de ese importante día en el recuerdo de la adolescencia. Brevemente, le expliqué mi vida académica y laboral, desde que dejé el instituto. Pero la veterana interlocutora de mesa, para mi sorpresa, pronto dinamizó con fuerza inesperada sus palabras, a fin de irme resumiendo importantes hitos y logros de su vida intelectual y laboral, de los que se mostraba, lógicamente, muy orgullosa. Mentalmente “cerré” aquellos inadecuados y desagradables episodios escolares, que habíamos también compartido en las aulas de un instituto masculino recién inaugurado, emblemático para la enseñanza pública en Málaga. Lo importante era escuchar a una ilustre profesora, con la que había compartido la enseñanza en los años sesenta. Sus anécdotas, sus “galones” y homenajes, su producción bibliográfica, definían a una intelectual docente y escritora que había enriquecido el clima cultural de la capital malacitana, especialmente en el Ateneo de la ciudad. Doña Elena había nacido en un pueblo aragonés zaragozano, La Almunia de doña Godina, en 1908. Habiendo ejercido en diversos centros del norte peninsular, hasta recalar en Málaga, ciudad marinera y hospitalaria, en donde desarrollo gran parte de su vida. 

Desde el “miedo” en el aula, al reconocimiento de su esfuerzo intelectual, en esa tarde de septiembre, habían pasado más de dos décadas. El reencuentro inesperado y sorprendente, en esa línea de bus, había sido un generoso regalo del destino. Ahora, al final del camino, ese tiempo innegociable había sido cruel con su anatomía, pero como las flores, doña Elena aún conservaba ese encanto y aroma intelectual, desarrollado con miles de alumnos en un Instituto público de la enseñanza secundaria. La prensa publicó la triste noticia de su fallecimiento en Madrid, mayo de 1995.-

 

 

REENCUENTRO EMOCIONANTE EN UNA TARDE DE OTOÑO

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

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                                                                                Viernes 27 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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