CÁSTULO Zambrana Albarrán era un buen hombre jubilado, que durante su vida laboral había trabajado con dureza en el campo andaluz. Preparaba la tierra, sembraba, regaba, cultivaba y recolectaba en una gran finca (también con una gran zona dedicado al olivar) que poseían los señores condes de MONTEFLORO, en la amplia campiña jienense. Contrajo matrimonio con CASILDA Morón de la Cueva, mujer hacendosa, que había sabido llevar su casa y la crianza de sus tres varones. La vida de Cástulo se simplificaba con escasas palabras: trabajo, comida y cama. En absoluto era devoto de la iglesia, ceremonias a la sí asistía su mujer para escuchar la misa de doce los domingos y fiestas de guardar.
Los años fueron pasando con paciente rutina, los chicos crecieron, yéndose uno tras otro a la capital, en l que encontraron acomodo en diversos oficios manuales y en la restauración. Formaron sus familias y evitaron volver a su pueblo de VILLAFRANCA DEL PALMAR, en donde habían nacido y pasado su infancia y adolescencia. Bromeaban comentando que ellos se habían hecho “urbanitas” y nada querían de la azada, la hoz y la trilla, trabajando la dureza de la tierra bajo el sol ardiente o los fuertes aguaceros de la naturaleza. Al alcanzar la edad de jubilación, el señor conde, don RAIMUNDO, le dio una palmada en la espalda, agradeciéndole los servicios prestados durante tantos años, junto a un sobre con 500 pts. Para que se las gastara en algún capricho, ahora que iba a tener tiempo abundante para el ocio.
“Muchas gracias, don Raimundo y que tenga Vd. y su señora esposa, doña ALONDRA muchos años de vida. Siempre seré su fiel servidor para lo que tenga a bien mandar” inclinando su cuerpo hasta en tres ocasiones.
Este servicial labriego se distraía en su “nueva vida” cuidando unas gallinas, y unas cabras que tenía en el establo. Poseía un pequeño terreno detrás de su vivienda (que había autoconstruido “con sus manos” e ímprobo esfuerzo) cuando volvió de prestar el servicio militar a la Patria) en el que cultivaba algunos vegetales que dieran “cuerpo” a la olla del cocido casi a diario.
Fue un golpe muy duro que el esforzado esposo recibió cuando “se le fue” su Casilda, a causa de algún fallo en el corazón, agravado por su buen comer y el descontrol con el engorde. Aceptando sumisamente la realidad, continuó viviendo en su casa de siempre, y cultivando el terrenillo y cuidando los animales. Para su distracción poseía un viejo aparato de radio, donde le gustaba escuchar a las divas de la canción española y también el “parte” de Radio Nacional. Por las tardes solía reunirse con su amigo de muchos años, llamado IRINEO, para tomar la cervecita y jugar unas partidas de dominó en el HOGAR DEL JUBILADO, instalado precisamente en un caserón abandonado, junto al tanatorio municipal.
Ambos amigos se llevaban bastante bien. Irineo había sido cabrero, caminando por muchos campos junto a su rebaño de cabras, tarea que completaba con un pequeño negocio de venta de leche y quesos que él mismo elaboraba. Ahora ese negocio lácteo lo llevaba su hija Venancia.
“Cástulo, el ayuntamiento ha organizado para el sábado que viene una excursión, con comida incluida. Se visita el pueblo de TORREREDONDA. Allí nos enseñarán la iglesia, que llaman “colegiata” de Ntra. Sra. del Amparo, además del Castillo musulmán de Alhaken el Moro. El precio está subvencionado por la asociación. Cada uno paga 35 pesetas, por el autobús, la visita a los monumentos y el almuerzo en el cortijo EL ABEJORRO” Irineo convenció a Cástulo, a regañadientes, de que había que “apuntarse para viajar y salir de casa.
Ese sábado afortunado para el disfrute, fueron 49 vecinos los que viajaron desde Villafranca del Palmar hasta Torreredonda. A 35 km. de la partida, el muy vetusto autobús de antes de la Guerra del 36, comenzó a expulsar por el motor un humo ennegrecido. Emitía, al tiempo, unos sonidos misteriosos, parecidos a los mugidos de una vaca. TRISTÁN Alcoba, el conductor, quien también ejercía de mecánico, no paraba de repetir “esto es cosa de la junta de culata”. Vieron además que “la camioneta, como la llamaban, perdía combustible por una pequeña grieta en el depósito de gasolina, por pura obsolescencia. Buscaron una cortinilla vieja, desflecada, de una ventanilla y con ella hicieron un tosco torniquete en el conducto de la gasolina hacia el carburador. Una vez que el motor se enfrió, prosiguieron la marcha, después de una reparación de más de media hora. Tuvieron la mala suerte, pues al pasar cerca de unas colmenas de abejas, algunas entraron por las ventanillas abiertas dado el calor reinante en el exterior del vehículo. Muchos excursionistas se pusieron a “cazar” abejas, una de las cuales picó en la nariz a Felisa, la mujer del alcalde. Algunos viajeros indicaban que no podían aguantar sin “hacer menores”. En un pedregal, con abundante majadas de vacas, el bus se detuvo y cada cual buscó su acomodo. La pequeña zona quedó bien hidratada y el algún caso “abonada”.
Al fin llegaron al destino de la visita: el pueblo de Torreredonda. Faltaban quince minutos para el mediodía y hasta el momento las incidencias soportadas (aunque superadas) no habían hecho grato el desplazamiento. Aparcaron en la plaza de la localidad y los viajeros se aperaron de la vetusta “tartana” que seguía echando humo desde la zona del motor.
Tras una breve introducción de CAMILO Arana, el guía municipal, resumiendo algunas características históricas, económicas y monumentales del pueblo, caminaron hacia la iglesia colegiata de la Virgen del Amparo. Las escasas personas que había en las calles, muy veteranas, observaban con extrañeza la “comitiva” de los cuarenta y nueve turistas, más el guía que los orientaba con una sombrilla abierta de color verde oscuro para protegerse del intenso sol. El templo, bastante deteriorado por el paso del tiempo y la falta de cuidados, tenía una monumental arquitectura barroca. Pero se encontraron con las dos grandes puertas cerradas. Había que localizar al párroco, don EZEQUIEL o al sacristán Bonilla, para que abrieran la puerta. La solanera era cada vez más molesta y el calor “castigaba” con fuerza. La espera se hizo larga, pues el párroco había acudido a consulta del dentista en la capital y Wenceslao BONILLA se había marchado a recoger unas olivas en un pequeño terreno que tenía en la colina del Buey, a unos tres km del centro de la localidad. Después de unos tres cuartos de hora esperando de pie o sentados en los apoyos más originales, al fin apareció Camilo “resoplando” con las llaves, que estaban ensartadas en una ruda herradura de bestia.
El interior del templo, a tres naves, con un olor a pergamino o tocino añejo (posiblemente por las velas) ofrecía un panorama oscurecido y lóbrego, reflejando el ambiente de una época bien remota en el tiempo. Las esculturas de santos, tallas barrocas en madera policromada, sobrecogían por sus austeras expresiones, generando impacto anímico entre los visitantes. El artesonado de la bóveda, la cera ennegrecida sobre el suelo los dos grandes velones en el altar mayor marcaban el sobrecogedor ambiente. Tras una urna de cristal, había un impactante osario, y entre el polvo huesos de todo el esqueleto, venerados como reliquias. El Cristo muerto en el santo sepulcro y los dos confesionarios oscurecidos por la antigüedad de la madera marcaban unos elementos lóbregos y tenebrosos, que se multiplicaba por todo el recinto sacro. El frío de la piedra, la oscuridad sepulcral, el tenebrismo artístico, con pinturas que apenas se distinguían por estar cansinamente ennegrecidas y carentes de restauración y limpieza, esas miradas de patético dramatismo en los rostros de las figuras y persistentemente ese olor de objetos viejos, anticuados, y rancio a sacristía. Verdaderamente el ambiente era escasamente estimulante para exaltar el ánimo sobrecogido de personas bastante mayores, Todo olía y se sentía a viejo. Olía a beata vieja de sacristía.
Cástulo se preguntaba “y yo qué hago aquí, sin en mi vida apenas pasaba por la iglesia, Solo entré en ella para la boda y el bautizo de los niños”. Por fortuna, después de 45 minutos en aquel ambiente deprimente, camilo puso fin a la tétrica visita.
Desde allí se encaminaron a las ruinas del Castillo de Torreredonda , para lo que había que subir una ondulada cuesta, con el suelo de tierra y piedra, cuya longitud se acercaba a los tres km, hasta alcanzar los primeros paños pétreos de muralla. Los resoplidos del veterano labriego, y de muchos de sus compañeros de viaje, con sus años a cuestas se acompasaban con las pisadas en un suelo de tierra pedregoso, cuyos guijarros se hincaban en las suelas de esparto de las albarcas, que Cástulo usaba por sus problemas en los pies. Camilo explicaba y explicaba, tratando de motivas la imaginación de los oyentes, tratando de dibujar en las mentes cómo sería aquella fortaleza seis siglos atrás. El sol seguía calentando a castigo. Cástulo no había sido previsor y no había llevado en su bolsa el botellín de agua, necesario para recorrer los espacios objeto de la cansina visita. La sed lo castigaba en todo su cuerpo ¡Cuánto daría por una cerveza bien fresquita que hidratara su árida garganta, una clarita con sabor a limón!
Era la 1:30 y el buen campesino, muy cansado, sentía que le picaba el estómago. Al fin dejaron esos pétreos restos castrenses que en su origen constituyeron un “artístico” castillo musulmán. Bajaron la cuesta pedregosa ondulada y se encaminaron al cortijo restaurante del Abejorro. Después de las caminatas y paseos, los estómagos de los participantes estaban ávidos de alimento. Era un almuerzo concertado. En un gran salón, se encontraron tres grandes meses redondas, para 18 comensales cada una. A pesar de unos ventiladores colocados en el techo, hacía calor y las moscas revoloteaban por todo el salón comedor. Y llegó el menú. Plato de ensalada para cuatro. Abundante lechuga, zanahoria, tomate y pimiento. Unas aceitunas y unos trozos de atún se echaban en falta. Sopa de picadillo, con escaso jamón o pollo y mucho huevo duro. El plato central del almuerzo era una chuleta de cerdo frita con patatas a lo pobre, Cuando llegó la chuleta, entre el largo hueso limpio de carne y la “guarnición” de sebo que traía el manjar, la chuleta “útil” quedó severamente limitada para personas hambrientas. Lo más suculentos fueron las patatas a lo pobre. Vino tinto, duro y picado, para todos. De postre un cubito de natillas de la casa, con abundantes grumos de Maizena sin diluir. Aquellos viajeros que deseaban tomas un café, tuvieron que pagarlo aparte.
Cuando a las 5 de la tarde volvía de Torreredonda a Villafranca del Palmar, Cástulo, cansado, hambriento, sofocado por el calor, le decía a su amigo Irineo: “Con lo bien que yo habría estado sentado en el zaguán de mi casa, junto a un botijo de agua fresquita, un abanico y un sombrero de paja, que me aliviara del sol. Otra vez me lo pensaré porque esto de hacer turismo tiene su “coste” y yo no tengo ya el cuerpo para sufrir la colegiata, el castillo en ruinas y el menú del Abejorro. Ni un café nos regalaron. Prefiero la tranquilidad de la vida, amigo Irineo. Tengo los pies, con las albarcas de espartos, llenos de rozaduras, algunas ampollas y los “juanetes” me están martirizando” No resistiría otra expedición”. Los dos amigos se fueron al bar del “Bizco” para pedir sus cafés con leche y para jugar algunas partiditas de dominó. Tomarían algo en el bar y se irían pronto a la cama. El día había sido muy intenso. -
UNA ATRACTIVA
EXCURSIÓN SABATINA
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 19 junio 2026
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