viernes, 20 de febrero de 2026

UN FALAZ AHORRADOR COMPULSIVO

 

Si tuviéramos que hacer un voluminoso catálogo, con los rostros y los caracteres de las personas que vamos conociendo y tratando a lo largo de nuestras vidas, nos faltarían centenares de páginas para poder completarlo. Somos tan iguales y diferentes al tiempo, que la tarea emprendida sería prácticamente inabordable.  

Esta historia se refiere a una de esas personas obsesionada con el ahorro económico, comportamiento compulsivo o enfermizo que se resume con pocas palabras: gastar poco y guardar mucho “para asegurar el día de mañana”. La avaricia, la tacañería de esta gente puede resultar ridícula y patológica. Llegan a creer que nunca les va a llegar su última hora en esta tierra. 

El personaje protagonista de este relato se llamaba don SILVERIO de la Redonda Cifuentes. Estaba casado con doña AUREA Chinchilla del Portal, matrimonio que no había tenido descendencia. Durante su vida activa, había trabajado como administrativo en la delegación de Hacienda local. Se había jubilado hacía siete años, al cumplir los 65, dedicándose a llenar su amplio tiempo libre en salir cada mañana y tarde de su domicilio, para realizar largos paseos, según explicaba a su mujer. 

Áurea veía con buenos ojos estas diarias ausencias, ya que deseaba estar tranquila para hacer la limpieza de casa, ir a la compra y cocinar el guiso del día, dedicando también bastante tiempo para entretenerse en su tarea favorita: hacer labores de ganchillo. Solía mantener largas conversaciones con sus amigas, a través de móvil, intercambiando los chismes propios de las personas aburridas. 

Con tantos años de unión matrimonial. Aurea se había adaptado y “sometido” al carácter tacaño y ahorrativo de su esposo. El lema vital de este marido era gastar lo menos posible y ahorrar mucho, hasta convertirse en una verdadera obsesión que condicionaba y marcaba su carácter. Su justificación favorita era que había que “estrecharse” en los gastos, a fin de poder vivir bien “el día de mañana”. El objetivo de imponer esta actitud a su mujer parecía en principio razonable, pero al llevarlo a sus límites extremos había generado en él comportamientos ridículos, cómicos y enfermizos, en el discurrir de los años y días. Podrían citarse algunos ejemplos un tanto impropios de una persona razonable y preventiva con el dinero familiar. 

Silverio había “impuesto” a su mujer la necesidad de ir al Mercadona del barrio todos los sábados a últimas horas antes del cierre de la tienda, para hacer la compra semanal. Con ello quería conseguir productos perecederos más baratos, con esa etiqueta amarilla de la bajada de precio.

Gustaba visitar las tiendas de “segunda mano”, entendiendo que en estos comercios se podía encontrar abundante y variada ropa, muebles y otros utensilios, especialmente baratos y en buen estado de uso. 

Si algún día no había podido desayunar en casa antes de ir a la delegación, a causa de haberse levantado tarde, utilizaba los minutos permitidos en el trabajo, para salir a tomar un café. Estaba atento para sentarse en las mesas en donde el cliente anterior había dejado propina para, con la debida discreción, apropiarse de esas monedas que reposaban encima de esa mesa aún no limpiada por el abrumado camarero, con el establecimiento lleno de clientes. Consideraba que así la salía el desayuno más barato. 

Cuando algún profesional tenía que venir a casa, para arreglar o reparar problemas de electricidad, fontanería, albañilería o pintura, se mostraba insistentemente pesado y contumaz en el ejercicio del “regateo”. Se esforzaba en conseguir reducir el precio inicial que se le había dado, ofreciendo una penosa imagen de persona necesitada. Si no lo conseguía, buscaba y “rebuscaba” otras alternativas para ahorrar unas pesetas o euros que iba guardando “para el mañana”. 

Aurea, por disposición de su marido, esperaba a las rebajas para comprar esa ropa que le ilusionaba y necesitaba. Evitaba tener problemas con Silverio, el cual revisaba las compras de su mujer, comprobando que tenía la etiqueta original con la rebaja superpuesta. Esta actitud fiscalizadora del administrativo jubilado, tras sus paseos matutinos o vespertinos, provocaba frecuentes discusiones acerca del dinero gastado. Aurea argumentaba su disconformidad, repitiendo lógicos y humanos razonamientos, que generaban acres y desagradables discusiones en las que ambos cónyuges perdían los papeles. 

Para qué ahorrar tanto y vivir con estrecheces. Eres un obseso del ahorro”. Silverio entonces entraba en un intenso estado de crispación y enfado. “Tú de economía no entiendes ni sabes nada. Sólo dices tonterías. Yo he estado más de tres décadas trabajando en Hacienda y lo sé casi todo acerca de la economía. Seguro que llegará el día en que necesitemos ese dinero que voy guardando pacientemente y con inteligencia guardando en el banco”. Recibía otra fuerte y lógica respuesta de una mujer también muy enfadada y harta de aguantarlo. “Pero cuánto tienes guardado en el banco, a ver si un día me lo dices. Y piensa, de una maldita vez, que ese mañana, que tanto me sermoneas, está aquí. Tienes más de setenta años y yo sesenta y nueve ¿Qué crees que te vas a llevar, cuando abandones este mundo? Ni un céntimo, desgraciado. Ya estamos en nuestro “mañana”. Hay que pasárselo bien y no pensar tanto en vivir sacrificado. Y no me dejas ver esa cuenta bancaria, te tendría que dar vergüenza de tu prepotencia machista”. “Tú eres una profunda y alocada analfabeta, para estos asuntos de la economía familiar. En su momento me tendrás que agradecer mi prudencia y sentido común ante los gastos, para evitar que te veas en la indigencia, impulsiva y analfabeta mujer”. “Tú no estás bien de la cabeza, don Silverio, y yo estoy hasta el … del ahorro con que me has amargado la vida. Igual llegas a millonario, para gozar del dinero en la otra vida, tacaño de mierda”. Estas incómodas y desagradables escenas se repetían cada vez con más frecuencia. Siempre prevalecía el machismo de Silverio. Aurea, en las noches de insomnio, se repetía, con indisimulado desconsuelo “Y ¿a dónde voy yo con la edad que ya tengo?”



Pasaron no pocos meses y días y como a todo ser de la Tierra a don Silverio le llegó el oscuro final del camino. Una inesperada y traicionera gripe, complicada con otros variados achaques, condujeron al tacaño funcionario jubilado de Hacienda a un viaje sin equipaje, con destino desconocido. En doce días, Aurea enviudó. Una vez pasado el funeral, se sentía cansada pero liberada de una vida teñida de ajustes y estrecheces. Le quedaba una pensión modesta, pero suficiente para el tipo de vida al que su marido le había habituado. Pero en medio de la desgracia, sentía interés e ilusión por descubrir, de una vez, el capital ahorrado que Silverio había ido juntando para el mañana. Para ello, se dirigió a la sede de Unicaja banco cerca de su domicilio. Estaba decidida a exponer su peculiar situación. Le pasaron para que detallara su situación al director de la sucursal, don TELESFORO Briales. Tras los saludos pertinentes, le mostró la necesaria documentación identificativa.

“Estimada Sra. Chinchilla. Reciba mi pésame más sincero. Le confieso que me resulta complicado entender, que Vd. no fuera partícipe en el conocimiento de la cuenta que su marido, que en gloria esté, mantenía durante años en esta entidad. Me indica que era su carácter y yo, por supuesto, lo respeto. Me explica que don Silverio iba acumulando pequeños ahorros, para formar un capital a fin de gozarlo en la etapa de la ancianidad. Ante la imposibilidad de conocer el capital, considero que debía Vd. haber venido hace tiempo para exponernos el caso y hubiéramos mediado en el asunto. Le voy a ser clarificador y sincero. Su marido ingresaba pequeñas cantidades con bastante frecuencia. Pero también reintegraba “importantes” cantidades cada mes. En este momento la cuenta de la que hablamos tiene un saldo de 275 euros. Deduzco que Vd. no conocía en qué se gastaba el dinero su difunto esposo. Lamento transmitirle ingrata información. Pienso que las personas tenemos “varias vidas” y la persona con la que convivimos no las conoce en su totalidad. Podrá Vd. reintegrar esos 275 euros en este momento, aunque le aconsejo que abra una cartilla con nosotros, para que pueda gozar de los servicios que ofrecemos a los clientes de la entidad”.

El “golpe” anímico y económico que Aurea recibió fue duro, intenso y pleno de indignación. Pidió ayuda espiritual a su confesor, el Padre FROILÁN de la Espada y este venerable sacerdote la consolaba, aportándole sabias palabras: “lo mejor, querida Aurea, es perdonar y olvidar. Los errores cometidos él los llevará en su conciencia. Con la modesta pensión que te ha quedado, 950 euros, puedes sostenerte con dignidad. Sólo el altísimo Dios conoce a dónde iba ese dinero, que el difunto decía ahorrar para el mañana”. Aurea no tuvo más remedio que acudir al médico de familia y posteriormente a un psicólogo, recomendado por el veterano sacerdote, dado el estado preocupante que su ánimo presentaba. La situación depresiva era evidente. La vecindad era consciente de lo mal que lo estaba pasando. El abandono estético e higiénico de esta infortunada mujer era del todo preocupante. 

Una tarde, doña ENGRACIA Cañadas, una vecina del bloque, con muchos años de vida, bajó en el ascensor y tocó en el timbre del piso de Aúrea. Traía un termo de café con leche bien caliente y un papelito de dulces. 

“Querida vecina. No quiero seguir viendo como sufres. Creo, sinceramente, que te ayudará conocer bien “toda” la historia. Eres una buena persona, bastante inocente, pero te falta ese punto de maldad necesario para enfrentarte a situaciones complicadas. A las personas es muy difícil conocerlas y entenderlas. Muchos vecinos del barrio conocían las grotescas andanzas de tu difunto marido. Era asiduo visitante de una casa, burdel o lupanar… de putas, en donde se dejaba sus buenos “cuartos”. La última “querida” que había conocido en esa casa innoble de citas acabó enamorándose intensamente de ella. Hasta le puso un piso de alquiler, cuidando que nada le faltara. Esta joven profesional, conocida en la zona por sus novedosas habilidades eróticas, tiene por nombre CHIQUI Pedrera Capitán. Silverio, obsesionado con ese amor crepuscular, la llamaba “Chiqui”. Su nombre real es Alfonsa. La fama de tacaño de tu marido tiene una fácil explicación. Su doble vida con esta “querida”, que al parecer no fue la única, tenía que pagarla con esa forma de ser con el dinero, que te obligaba a padecer estrecheces. Era un “putero” compulsivo de libro. Estos falsos y ruines personajes tienen la suerte de encontrar esposas “inocentes” para mejor desarrollar sus necesidades y adiciones sexuales fuera del hogar”. 

En esta trascendente y clarificadora merienda, doña Engracia le habló de un interesante servicio que ofrece la Universidad de Málaga, para las personas mayores que vivan en soledad y acepten recibir a estudiantes universitarios que no tengan casa para residir en Málaga capital. Más que el escaso dinero que el estudiante paga por su habitación, lo importante es la ansiada compañía que prestan a estas personas mayores que sufren con desconsuelo el “pathos” de la soledad. -

      

 

 

UN FALAZ

AHORRADOR COMPULSIVO

 

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

                      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

                                                                                Viernes 20 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

                                    Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

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viernes, 13 de febrero de 2026

SORPRESAS EN LOS ENCANTOS DE LA CIUDAD VACÍA.




Caminar es un ejercicio manifiestamente saludable, tanto si se realiza a través de la naturaleza o por el laberinto urbano de la ciudad. Además de los incentivos orgánicos para la maquinaria corporal, conseguimos otros positivos réditos en nuestro estado anímico que no resultan menos importantes y valiosos. En esta simple, pero rentable experiencia, podemos encontrarnos con calles completamente vacías de viandantes o de cualquier tipo de locomoción. Normalmente esta ausencia de personas y vehículos se genera fuera de las horas centrales de la mañana y de la tarde, cuando el horario comercial ya ha finalizado, fenómeno que también se hace presente durante días festivos y dominicales. 

Son muchas las personas para las que el sentirse liberado del ingente bullicio humano, con la densificación acústica correspondiente, que ensordece y aturde, supone una sensación agradable, terapéutica y liberadora. Para otros, por el contrario, esa vivencia puede resultarles incómoda y desangelada, ya que no van a encontrar en estos espacios urbanos la compañía personal necesaria que conforta y distrae, compensando con su presencia ese “pathos” invisible y desestabilizador, de la traicionera soledad. 

Como antes se comentaba, esa imagen de la “desertización” viaria (utilizando un vocablo expresivo un tanto radicalizado) suele aparecer o percibirse durante los números del calendario vinculados a diferentes festividades y también en el día final de la semana. Pasear por entre tantos comercios cerrados, para el descanso del personal laboral, con las persianas bajadas o las verjas bien blindadas por cadenas y candados, con el añadido de la ausencia de peatones, puede provocar un sentimiento fantasmagórico, triste y de incomodidad psicológica. Esa imagen, sin latidos acústicos y personales, contrasta con esas otras horas de la semana, presididas por el bullicio comercial y el tránsito viario. 

Así vamos caminando en esos días “no laborables” por la estructura urbana que ahora percibimos desierta, sólo aliviada por la aparición de algún pequeño comercio regentado por vendedores de procedencia oriental, coloquialmente llamados “los chinos”, quienes por su dedicación y atención personal/familiar nunca descansan, tanto de lunes a domingos, como mensualmente, de enero a diciembre. En este contexto temático comienza a desarrollarse nuestra historia. 

Domingo por la tarde, en un febrero frío y seco, con el cielo cubierto de nubes, imagen que tanto motiva a los espíritus nostálgicos, pero que tienta al desánimo en los temperamentos menos románticos.  GRACIELA, joven estudiante universitaria en la facultad de Ciencias de la Información, había previsto acudir a un estreno cinematográfico, película en V.O.S. muy alabada por la crítica, en una sesión que comenzaría a las 18:30 minutos. Por un error personal (ese reloj que suele atrasar y cuya inexactitud suele gastarnos más de una mala pasada) y un problema de buses a la hora punta dominical, accedió a la taquilla del vetusto multicines cuando la cinta llevaba ya unos 18 minutos de proyección. Contrariada, al no poder asistir al interesante estreno en ese momento (avalado con una estatuilla en los recientes Premios Oscar de la Academia de Hollywood y dos Globos de Oro) pues la siguiente sesión comenzaría a las 20:30 y no quería irse a la cama demasiado tarde, ya que el lunes tenía clase a las 8:15 y tendría que madrugar, optó elegir otra película. Pero lo que le ofrecía la cartelera no le seducía mucho, por lo que decidió improvisar alguna nueva aventura para pasar ese rato vespertino en un domingo invernal. 

Como primer recurso pensó en llamar por teléfono a alguna antigua amiga, pero esta posibilidad quedaba bastante limitada para ella. El haber estado formando pareja con HERME (persona un tanto absorbente) en una intensa relación que había durado dos años y algunos meses, le había alejado de muchas de sus amigas de siempre, que ahora tenían nuevos campos de relación y contacto. Aún así realizó un par de llamadas, ambas con resultados frustrados para sus intentos de recomponer el domingo. Marieli tenía un cumple en casa de su prima y Tatiana no respondía a la llamada, pues mantenía el celular desconectado. 

La ruptura con su pareja Hermenegildo no había dejado una especial senda entre ellos que fuese irreparable. En realidad, esa relación, vivida con tan acendrada intensidad, había agotado ya la motivación de sorpresa y predisposición que siempre se suele tener para la novedad. El impulsivo joven, en lo más íntimo de sus deseos, añoraba la perdida libertad de sus años de instituto. Esa “cerrazón afectiva” mantenida entre ambos desvitalizaba la ilusión y la fuerza para el mantenimiento, en unas edades (20 años él, 21 Graciela) muy vitales para experimentar nuevas sensaciones y experiencias. Ambos necesitaban “aire fresco” en sus conciencias y deseos. Así que cada uno de ellos siguió por sus respectivos caminos, respirando un aire menos viciado para los sentimientos. Precisamente Herme estaba preparando oposiciones a una futura convocatoria del cuerpo municipal de bomberos, ya que era persona amante de riesgo y la aventura sobre la opción académica universitaria, para un expediente personal no muy brillante en méritos, calificaciones y sacrificios. 

¿Qué hacer el resto de la tarde, en este domingo “tristón”? se preguntaba la joven Graciela, caminando sin un rumbo fijo por calles de la ciudad. De inmediato desechó la opción de volver a casa. Su madre, CONSUELO, estaría en esos momentos con sus amigas de la Asociación de mujeres separadas, en cuanto a su hermano CLAUDIO no volvería de su caminata senderista semanal hasta la hora de la cena. Con respecto a su padre VALERIO, tras el abandono del hogar familiar que el celador del Hospital Clínico había realizado, para revivir una añorada juventud con una compañera del centro médico, Gisela, 19 años más joven que los 44 que tenía su pareja, la relación era prácticamente nula. Consideraba, no sin fundamento, que la joven enfermera le estaba sacando “los cuartos” al “tontaina” de su padre, totalmente embriagado por los atractivos encantos que encontraba en una jovencita, con la que ilusoriamente estaba viviendo una juventud ya muy alejada. 

Entre paso y paso, iba pensando si sentarse un rato en alguna cafetería o tetería, o en pasarse por la zona de los museos que esa tarde tenían la entrada libre, aunque había que soportar largas colas, hasta poder acceder al interior de estos centros expositivos. Ya se encontraba en los aledaños del Parque, cuando reparó en un antiguo proyecto, sucesivamente postergado por otras obligaciones inmediatas, objetivo que para su futura actividad en la vocación periodística le podía resultar bastante útil. Para el resto de esa tarde, sin otros incentivos, podría desplazarse a uno de los barrios de la periferia urbana, a fin de recorrer esas calles y rincones teñidas con encanto, apenas conocidas y visitadas. A ella le ocurría lo que, a mucha gente con respecto a los barrios ubicados en el extrarradio, por los que no se ha pasado desde hacía mucho tiempo. Son barrios que sabes de su existencia, pero que por muchas circunstancias o motivos apenas se conocen.  Tal vez, porque en esa zona no se tiene familiares, amigos o conocidos. También porque en ellos no hay organismos públicos o privados que de una u otra forma te obliguen a recorrerlo a fin de resolver gestiones administrativas o de interés particular. A lo que habría que añadir otra razón también de peso: los desplazamientos habituales desde tu punto de residencia no tienen relación con esa zona de concentración urbana, por lo que corren los meses e incluso los años sin que se pasee por sus calles y plazas. Consideraba, no sin razón, que para su futura actividad periodística era necesario conocer todos, absolutamente todos, los rincones que conformaban la malla urbana de la ciudad. 

Situada ya en una parada de bus, instaladas en el Parque, observó que la línea 43 finalizaba en la barriada de la Paloma, núcleo “dormitorio y residencial, construida al abrigo de su ubicación por el ensanche oeste/norte de la urbe malacitana.  Su antigüedad apenas superaba unas tres décadas, ofreciendo el atractivo a muchas parejas jóvenes y a hornadas de universitarios que, por los precios bajos en la venta y alquiler de los inmuebles, ubicaban allí su residencia. Las líneas de buses y el propio metro tenían puntos de recogida y bajada de viajeros en su perímetro urbano. Lo que le resultaba curioso era que nunca había tenido motivos para desplazarse a esta populosa y nueva barriada ¿Por qué no hacerlo en esa tarde de febrero, de frustración cinematográfica, dedicando un buen rato a descubrir algunos de sus parajes y zonas con encanto, que desde luego podría albergar? 

En unos 20 minutos de trayecto viajero, llegó a la parada final de la línea. Tras bajarse del autobús observó que había muy pocas personas caminando por las aceras. Los vehículos que circulaban por las calzadas asfaltadas se podían contar con pocos dedos de una mano. Era domingo por la tarde y los comercios estaban cerrados. Sólo alguna cafetería abierta hacía latir lo que parecía una “ciudad dormida”. Silencios, vacíos, ausencias, que se hermanaban con muchos contenedores repletos de residuos. El descuido por suciedad en las calles era bastante manifiesto. No había niños jugando en las aceras o huecos vecinales al “pilla” pilla”, a los policías y ladrones, al piso o a la comba, a la rueda o a las canicas. Tampoco comerciantes voceando sus mercancías, ni ese humo contaminante, procedente de los tubos de escape de los vehículos. Echaba en falta el dulce olor, suculento y familiar, que emana de los obradores confiteros o desde las madrugadoras tahonas del pan, sin olvidar aquel otro que procede de las cafeterías, cuando muelen y prepararan las aromáticas infusiones para el paladar. Sólo destacaba la presencia omnipresente de macizas “colmenas” de cemento, donde habitarían centenares de familias, muchas de ellas incumpliendo esa estética cívica y solidaria de evitar tan penosas y peculiares imágenes de la ropa colgada en los tendederos exteriores, como velas navieras, de camisas, pantalones, calcetines sujetadores o bragas “moviéndose” bajo la fuerza eólica de viento.  Ante sus ojos “lucía” un gran trozo de ciudad aletargada, silenciosa y descuidada en muchos detalles para el abandono. Y los muy escasos trozos de jardín, dormitaban abandonados y deteriorados en su mobiliario y parterres. 


¿Fue casualidad del destino o ese capricho críptico e indescifrable de los dioses en su taumatúrgico poder? La sorpresa de la tarde no se hizo rogar. A unos diez o quince metros delante de Graciela, caminaba una desigual pareja. Un señor barrigón, con indisimulados “michelines” ventrales y con pies algo zambos, caminaba junto a una frágil joven, a la que ponía su brazo sobre los hombros. Los tacones de la chica trataban de paliar la escasa altura en centímetros de su frágil estructura corporal. Aquel hombre, enfundado en una chamarra, imitación de piel color marrón oscuro, portaba en su mano izquierda un paquetito blanco de lo que podrían ser pasteles para la merienda o la cena. Mantuvo las distancias con el desplazamiento pausado de la pareja (parecía un padre con su hija) que finalmente entraron en un bloque de pisos, con el paramento ocre de la fachada, a zonas desconchado. Desde que abandonó el hogar familiar, Valerio sólo le había dicho a su hija, por teléfono, que vivía por las “afueras”. Ahora ya sabía dónde tenían el nido de los placeres, un barrigón de 44 años, su padre, el celador del hospital, junto a la chica de 25, sólo cuatro anualidades mayores que ella. 

Cuando abandonaba ese barrio de la ciudad “vacía” en el bus, se preguntaba qué encantos había visto la joven Gisela en la desordenada “humanidad” corporal de su padre. En una de las paradas del trayecto, subió al bus un joven de caminares atléticos. Iba vestido con ropa y calzado deportivo. En pocos segundos tenía ante si a Herme, ese antiguo amor ahora “enfriado” por las inclemencias del tiempo afectivo. 

“Hola Graciela ¿qué haces tú por aquí, un domingo por la tarde?  Te veo muy bien ¿Cómo van esos estudios? Creo que ahora en febrero tenéis algunos exámenes en la universidad. Aquí me ves con el atuendo deportivo. Vengo de casa de un amigo, con el que he estado haciendo carreras por el campo y hemos comido juntos. También él se está preparando para las oposiciones, que posiblemente se convoquen para el otoño”.  

Graciela escuchaba las palabras amables y correctas de su expareja, preguntándose a sí misma por las casualidades que, inesperadamente nos ofrece el destino. Hacía meses que no había vuelto a saber de Herme. También, un amplio tiempo en el que sólo había hablado en ¡dos ocasiones! con su padre, a través del móvil. Y esa tarde de la película de horario “traicionero” había descubierto una nueva ciudad o barriada dormida o vacía, con dos reencuentros personales vinculados a su vida. Cuando Herme tocó en el timbre, para bajarse en una parada próxima, tuvo la indelicadeza de hacerle una incómoda pregunta: ¿Tienes ya una nueva pareja? Ella no respondió con palabras, sólo esbozó una pequeña sonrisa. El fornido joven bajó del bus sin su respuesta y ella observó a través del cristal cómo se alejaba, mientras los edificios y personas “se movían” lentamente, mientras ella permanecía sentada en ese asiento sin compañero, cerca del conductor. - 

 

 

 

SORPRESAS, EN LOS ENCANTOS

DE LA CIUDAD VACÍA

 

                             José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

                      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

                                                                                Viernes 13 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 6 de febrero de 2026

LÚCIDO Y VALIENTE CAMBIO DE RUMBO

 

Hay dos fechas en el calendario especialmente propicias para que la ciudadanía haga proyectos de ilusionados cambios en su trayectoria vital. Esos intentos de cambio de rumbo se nuclean alrededor del inicio otoñal, tras el “letargo” vacacional veraniego y, sobre todo, cuando comienza una nueva anualidad. Nadie debe dudar que esos proyectos para cambiar nuestra forma de vida son, en principio sinceros. 

Una mayoría de personas se proponen, con firmeza, mejorar su buena o regular salud, haciendo ejercicio en determinadas horas de la semana. Gimnasios, centros polideportivos, grupos de pilates y yoga, correr o caminar por la naturaleza urbana o rural, cuando apenas amanece. Controlar las dietas alimenticias, en racionalidad y cantidad. Métodos “infalibles para vencer el insomnio y el estrés. Los más ambiciosos se aventuran en la práctica de un deporte regular, sin demasiados riegos físicos, que facilite la “quema” de gramos y calorías y al tiempo facilite la socialización anímica. Podrían añadirse otros sensatos, valientes y esforzados nuevos proyectos, en cultura, idiomas, belleza, amistades y actitudes que mejoran el carácter. 

La realista experiencia nos dice que esos aventurados y necesarios cambios, en una mayoría de ejercitantes, van decayendo, con intermitencias cada vez más espaciadas que suelen finalizar con esa frustración de incumplimientos y perezas disuasorias. Sabemos aplicar sutiles justificaciones, para compensar nuestra débil voluntad para la permanencia en el pretérito empeño. De todas formas, siempre queda la ilusión, de naturaleza “infantil” de que llegará otro septiembre o enero, a fin de reintentar el fallido proyecto. En este humano contexto se inserta nuestra semanal historia, que compartimos con agrado. 

GASPAR Cano Baltanás, el personaje central de esta historia, había llegado a su medio siglo de vida. Trabajaba, desde hacía más de veinte años, como cajero de una entidad bancaria. Desde la atalaya social, se le consideraba como un ciudadano ejemplar. Cumplía horario laboral, entre lunes y viernes, de 8 a 15 horas, al frente de la contabilidad bancaria y de atención al público, con los ingresos, reintegros, recibos al pago de toda naturaleza, junto a otras gestiones que le eran encomendadas en el ámbito de su especialidad (había realizado estudios Empresariales en la universidad).  Desarrollaba por las tardes cortos paseos, visitas a centros culturales o yendo al cine, para ver alguna película que tuviera buena crítica. Los fines de semana se desplazaba, con su mujer Águeda, al pequeño apartamento que poseían en la costa occidental malagueña, zona de Playamar, para compensar la aburrida rutina de casi todos los días.

ÁGUEDA Barroso Barandilla, su esposa, desarrollaba su “vida social” al margen de las actividades caseras. El fervor matrimonial entre ambos cónyuges se había “fugado” o “levitado” al paso del calendario. Muy celosa de su imagen que, con los años, sufría el deterioro propio de la edad, trataba de compensarlo visitando regularmente “salas de belleza, peluquerías y cosméticas reparadoras”. Gustaba comprar ropa en abundancia, que, al paso de las temporadas, quedaba obsoleta en los cánones interesados de la moda. Como el armario tenía “su capacidad”, para nuevos ingresos de vestimenta, obligaba a la señora a donar ropa, incluso con muy pocas puestas, beneficiando a vecinas modestas del bloque o llevándola al ropero de Madre Coraje o a las Hermanitas de la Caridad, que estaban en contacto con el Cotolengo. Doña Águeda, 46, tenía su círculo de selectas amigas para la distracción, algunas conocidas desde la época escolar de primaria y secundaria. 

La única hija del ejemplar matrimonio, ALICIA, al ver frustrados sus intentos de ingresar en la guardia civil, policía nacional o policía local, por falta de preparación y constancia en el estudio y elevada competencia de optantes, había logrado al fin plaza de vigilante de seguridad privada, en Prosegur, siéndole asignada función en un gran hipermercado de capital francés. Con esa estabilidad laboral, a sus veintiséis años, se había unido en pareja con un fornido reponedor y mozo de carga, que prestaba servicio en el mismo centro comercial. ARTEMIO, seis años mayor que su nueva compañera, estaba separado de su mujer por repetidas infidelidades, teniendo ambos que afrontar la carga de un hijo con la ex que sumaba cuatro años de vida. Este joven reponedor era muy aficionado a las artes marciales que, en algún caso, había practicado en casa y no precisamente de forma amistosa.  Como Alicia se había preparado también en defensa personal y en el manejo de la porra y las esposas, la unión de ambos iba por buen camino, con la fortaleza orgánica que los emparejaba.  El alejamiento de Alicia con sus padres materializaba una realidad que procedía de años atrás. Deseaba vivir con plenitud su absoluta “independencia” familiar.

Gaspar era una persona físicamente no muy fuerte, delgado de cuerpo, usando lentes de forma permanente, derivado de toda la contabilidad y horas de ordenador que había desarrollado, año tras año, en el ámbito bancario. Practicaba poco deporte, sólo el juego de la petanca con otros vecinos del barrio donde residía y algún que otro paseo. Era bastante estricto con las comidas que consumía. Así iba pasando los años, destacando el mes de vacaciones en el apartamento de Playamar, que le hacía cambiar esa vida rutinaria y monótona que cada día le aturdía más. 

En esta corta familia, todos “pasaban” de todos. Pero había alguna fecha en el calendario en que escenificaban esa unión irreal. En la mesa de Nochebuena del 2025, los tres miembros familiares cedieron en su cotidiana indiferencia. Hubo reunión en casa de los abuelos, a la que asistió también Artemio, junto a una hermana soltera de Águeda y un hermano de Gaspar, Ceberio, que se ganaba la vida trabajando de gruista. Esa reunión también se repitió el día 31, para la entrada de un nuevo año, con los mismos asistentes de la Nochebuena. Pronto la pareja de Alicia y Artemio se fueron a disfrutar la noche. 

El día de Año Nuevo, Gaspar y Águeda se fueron al apartamento playero. Ella llevaba varias series televisivas grabadas en distintos canales, pues así pensaba distraerse, sin dejar de llamar a las amigas. Su marido, aprovechando el buen tiempo del día, daba lentos paseos por la arena marítima. Pensaba y meditaba acerca de su vida. Desde hacía algún tiempo se sentía como un simple y minúsculo tornillo, en un complejo y rutinario engranaje que le proporcionaba una profunda infelicidad. 

“Esta dinámica vital la tengo que cambiar, pues ya estoy en el ecuador de la vida. Llevo muchos años, trabajando honradamente detrás de una ventanilla, dando y recibiendo dinero, en función de las necesidades de miles de clientes con respecto a sus respectivos fondos. Contando billetes, a mano y a máquina. Durante esas 8 horas, aguantando todo tipos de caracteres y trato, para lo único que me levanto de la silla es para ir a los servicios, beber un vaso de agua o ante la llamada del jefe o director de la sucursal. Me gustaría, necesitaría, un trabajo que me proporcionara el movimiento físico y mental. Permanecer tantas horas sentado también aturde los músculos y cercena la ilusión. Atender de continuo a un público muy variable en su trato, manteniendo el autocontrol de las sonrisas, cuando a lo peor carezco de ganas para expresar esas sonrisas y delicadezas, que tantas veces sugiere mi director. 

Los fines de semana me veo un tanto “fosilizado”, perezoso para el ejercicio, con los dudosos incentivos de acompañar a Águeda a la Catedral, a la misa de doce, para escuchar al prelado de la diócesis, manteniendo unas formas respetables ante las personas conocidas, “teatralizando” la estabilidad y buenas formas de esta familia, cuidando las apariencias. Ir sólo al Albéniz (Águeda siempre tiene algún plan “importante” con sus amigas) a ver una película, cuando tengo decenas en mi ordenador. Y el lunes, vuelta a mi sillón giratorio, ante la ventanilla, para repetir los mismos gestos y movimientos, para las peticiones de los clientes. Y así, una semana tras otra, durante años”. 

Parecía evidente que Gaspar estaba una fase de su vida que necesitaba un fuerte golpe de timón, para navegar en otras direcciones más motivadoras para la ilusión. El problema para iniciar una ruptura más drástica era obviamente su trabajo, estable y con buen sueldo, que les permitía vivir con desahogo, para él en sumo aburrido, como en realidad son muchos de los trabajos rutinarios, Asumía que sufría una profunda crisis vital: los cincuenta

Abrumado por todas estas reflexiones, pidió cita para hablar detenidamente con su jefe de sucursal, don EFRENIOCampanal, el 2 de enero del nuevo año, exponiéndole con franqueza la dura realidad que soportaba.

 

“Te entiendo, amigo Gaspar. Llevas con nosotros muchos años y has llegado a un momento de tu vida en la que no dejas de hacerte preguntas. Pienso que esta situación le ocurre a la mayoría de las personas, pero unos tienen mejores recursos, a fin de superar esas crisis existenciales. Tu buena trayectoria te hace merecedor de la mejor comprensión y ayuda. Debes visitar a un profesional que te pueda ayudar, un psicólogo o incluso un psiquiatra sin es necesario. Esa creo debe ser el punto de partida. Después, veremos lo que podemos hacer”. 

Tres días después de esta franca entrevista, don Efrenio lo llamó a su despacho.

“Gaspar, le he dado muchas vueltas a tu caso. Percibo que vuestra relación familiar y la carencia de buenos amigos, esa situación de bloqueo en la que te hayas sumido. La oportunidad de lo inesperado nos puede ayudar, Me ha llegado la información de que el encargado de zona, en los pueblos de la serranía rondeña, va a tener una jubilación anticipada inmediata, por severos problemas físicos. Lleva bastantes años, viviendo en una casita encastrada en la montaña, en el precioso pueblo de Genalguacil. Cada semana hace recorridos por los pequeños pueblos de la zona, estando unas horas en unas pequeñas oficinas prefabricadas, en donde atiende los asuntos financieros más perentorios de los habitantes de la localidad. Un buen ordenador y una impresora “lo puede todo”. Gaucín, Algatocín, Jubrique, Alpandeire, Arriate, Benaoján, Igualeja, Montecorto, Montejaque, Pujerra, etc. Son 23 municipios. En los más pequeños en población, es donde están instaladas estas oficinas móviles de las que te hablo. La gran ventaja de este trabajo coordinador es que vives en pleno ambiente natural o rural. La movilidad que tanto añoras la vas a tener recorriendo, de lunes a viernes, pequeños y escarpados caminos, fascinantes para el goce visual y anímico. Los municipios más importantes en habitantes tienen oficinas estables. Son los menos. ¿Te gustaría aventurarte al cambio de la estresante vida urbana por el enriquecedor y saludable mundo rural?”

 


AL PASO DE LOS MESES

La situación personal y laboral de Gaspar Cano ha cambiado positivamente, para su objetivo de incentivar la existencia. Ha podido comprar, dado su bajo precio, una casita de segunda mano en GENALGUACIL. Vive con modesta felicidad rodeado de naturaleza, en este bello pueblo de la serranía rondeña, siendo uno de los 500 habitantes censados, aunque habitualmente sólo residen allí apenas unos 200.  El encargado de zona, don Gaspar, dedica las mañanas a desplazarse a los distintos pueblos de la serranía, para atender, en días alternativos, a los clientes e impositores de aquellas localidades que carecen de oficinas bancarias, utilizando para ello un pequeño vehículo eléctrico que la empresa financiera le ha facilitado. Hay en esas pequeñas localidades unas reducidas oficinas móviles, en donde un día a la semana estará el representante bancario para resolver los asuntos bancarios de la vecindad. El recorrido por esos bellos parajes, de frondosa vegetación, ha sido una eficaz terapia, para un trabajador que se encontraba en profundo estado de bloqueo anímico. Se siente feliz y realizado, viviendo en la fascinante densa soledad vegetal que tanto le aporta. Su relación con los escasos vecinos del pueblo es cordial y placentera. La valentía que ha aplicado a este cambio de vida es del todo ejemplar. - 

 

 

 

LÚCIDO Y VALIENTE

CAMBIO DE RUMBO

 

 

 

                                    José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 06 febrero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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viernes, 30 de enero de 2026

UNA TARDÍA Y HERMOSA HISTORIA DE AMOR

 


Doña MARCELA Villacampa Rondón era una señora de avanzada edad, que residía en el tradicional y popular barrio de Lagunillas, donde nació allá por los años 40 de la anterior centuria. Ella y su hermana HERMINIA, ya fallecida, eran hijas del matrimonio formado por EUSEBIO, que ejercía de cartero municipal de Málaga capital, y DESAMPARADA dedicada a las labores del hogar. 

De joven, Marcela comenzó a trabajar en un taller de costura, denominado EL DEDAL, que atendía los encargos particulares, principalmente de señoras, aunque también hacían prendas de vestir para algunos comercios de ropa. Su hermana, cinco años mayor, encontró colocación en una muy popular y céntrica confitería, LA ESPAÑOLA, como dependienta para la venta de apetitosos dulces, pastas y bombonería. 

Marcela dedicó toda su vida laboral a trabajar con el hilo, la aguja, las tijeras, el metro y el dedal, destacando por su especial destreza en el arte del vestido. Gracias a esta labor, ganó el sustento necesario para su vida y para poder disfrutar de una pensión de retiro en la postrera etapa de su existencia. Se jubiló a los 70, siendo muy apreciada por miles de clientas. 

Ambas hermanas no se “molestaron” en buscar pareja matrimonial, ni tuvieron firmes proposiciones para el noviazgo. Eran dos mujeres “normales” en su físico, de trato cordial y educado con sus semejantes, pero el hecho de permanecer juntas, primero con sus progenitores y después compartiendo la vida fraternal en el piso familiar, no les preocupaban carecer de “pretendientes” amorosos. Estaban centradas en sus respectivos trabajos y tenían el gozo de tener algunas amigas, que algunos fines de semana acudían a su casa a merendar y a charlar de sus vidas. Les agradaba mucho más la radio que la televisión. No eran “fanáticas de la pequeña pantalla, aunque solían ir casi todos los fines de semana al cine, especialmente a los que tenían más cerca de casa, como el Victoria, el Andalucía el gran Astoria, sin olvidar que a muy pocos pasos tenían la sala del Albéniz (hoy reconvertido en multi-salas). Vida laboriosa, ordenada, rutinaria, modesta, serena y tranquila, como las mansas aguas portuarias de la preciosa bahía malacitana.  

El fallecimiento de Herminia provocó, lógicamente, una intensa tristeza en su hermana Marcela. El viaje final de su hermana mayor resultó bastante inesperado y doloroso. Sin embargo, al paso de los días y los meses, la madurez de esta buena mujer le ayudó a sobrellevar esa pérdida familiar, que la sumía en una dura soledad existencial. A ello se unió que, por su edad, también le llegó la hora de la jubilación. Entonces decidió centrar su vida en la tranquilidad de cada día, dedicando muchas de las horas a realizar labores del hilo, la lana, la costura, actividad en la que seguía demostrando su habilidad, experiencia y buen estilo en el arte de la costura.  

Su programa diario era bien repetitivo, pero presidido por una sencillez y naturalidad. No solía madrugar. Tras el desayuno dedicaba el tiempo necesario a la limpieza de su hogar. Más tarde se arreglaba con el apropiado decoro, tomando el carrito de la compra para marchar, con paso lento pero diligente, al Mercado Municipal de la Merced para hacer la compra del día. Cuando alguna tarde veía que algo le faltaba o tenía ilusión de algún alimento que le apetecía para la cena, acudía al gran MASKOM para comprar lo que deseaba y de camino se acercaba al monumental TEATRO CERVANTES, para conocer la obra que estaban interpretando en su amplio escenario. Solía ir mucho al teatro con su hermana, eligiendo los asientos de las alturas, incluso el Paraíso (popular “gallinero”), pues controlaban bien el dinero de que disponían, que nunca llegó a ser cuantioso. Tras preparar el almuerzo, dedicaba un buen rato a tejer con el “ganchillo”. Por las tardes, solía dar paseos por los jardines del Parque, por los muelles del Puerto u otros espacios del centro antiguo de la ciudad. A la vuelta a casa, solía pasar por la confitería APARICIO, para llevarse un “papelito” con una parejita de bizcochos de Viena, ensaimadas o también las apetitosas tortas cordobesas, rellenas de cabello de ángel, para tomarlas en las meriendas o como postre tras la cena. Escuchaba algún programa de la radio y antes de irse a la cama gustaba rezar un rosario a la Virgen, pues así descansaba mucho más tranquila. Dormía bien, aunque, en los fines de semana, la movida juvenil en la Plaza de la Merced y alrededores generaba un ruido ambiente que se extendía por toda la zona, despertándola en varias ocasiones. 

Una mañana, cuando se desplazaba para realizar la compra, creyó “detectar” a una persona que seguía sus mismos pasos, manteniendo la distancia. Al repetirse esta sensación en días sucesivos le provocó una cierta inquietud. Era la misma persona que, al cruzarse con ella cuando salía de su domicilio, le daba los buenos días, mirándola con intensa fijeza. Ella le contestaba con educación, pero hacía memoria y estaba convencida que no lo conocía de nada. Lo curioso del caso es que cuando salía del mercado, el señor del traje gris y zapatos negros allí seguía, como si la estuviera esperando. Un tanto nerviosa, pues la escena se repetía cada día, quiso consultar a su director espiritual, el párroco de la IGLESIA DE SANTIAGO APÓSTOLdon BENIGNO Rueda



El “paternal” sacerdote la escuchó con atención, aconsejándole que, en estos casos, hay que actuar con firmeza, tratando de aclarar esta persistencia relacional. 

“Doña Marcela, cuando este caballero le dé los buenos días, le devuelves el saludo, preguntándole a continuación el por qué la está siguiendo. Para facilitarle el momento, me pones un whatsapp cuando te dispongas mañana a ir al mercado. Yo estaré cerca, a una prudente distancia, para intervenir o en su caso para llamar a la policía. Tenemos la comisaría muy cerca”. 

A la mañana siguiente, la buena señora envió el mensaje al sacerdote, unos minutos antes de salir de su casa, en calle Corredera. Don Benigno se sentía interesado y divertido de ayudar como detective. La vecina, un tanto preocupada salió de su portal y, para su asombro y preocupación, allí, en la esquina de la calle, se encontraba de nuevo el hombre del traje traje gris y los zapatos negros. Ella no se atrevió a decirle o preguntarle nada en ese momento, pues confiaba que estuviera cerca el sacerdote, por lo que pudiera pasar. Pronto alcanzó la esquina del mercado y allí se detuvo. El señor que la seguía avanzó hacia ella e inesperadamente le dijo: “Señora, ¿puede concederme unos minutos? Marcela dudó unos segundos y en aquel preciso momento salió del interior del mercado el fornido cura, vistiendo un elegante clerigman gris plomo sacerdotal. 

“Caballero, mi nombre es Benigno. Soy el párroco de la iglesia de Santiago y me preocupo con mucho cuidado de la seguridad de mis feligreses. Hace días, según he sabido, viene siguiendo a esta buena señora, doña Marcela. No conocemos sus intenciones. Debo pedirle que se presente”. 

“Si me permite, les invito a un café, en este bar cercano, para hablar con más tranquilidad. Me siento más tranquilo con su presencia, Padre Benigno”

Minutos después, el desconocido caballero, el sacerdote y Marcela estaban sentados alrededor de una mesa, esperando que el camarero les sirviese los tres cafés con leche que habían pedido.  

“Mi nombre es SIXTO Bentabol. Ya alcanzo los 68. He servido como soldado en el Tercio Juan de Austria, de la Legión, llegando a la escala de capitán. Mi matrimonio con la añorada EUGENIA era “perfecto”. Tres hijos, ya independizados y varios nietos. Están repartidos por distintos puntos de España. Vivo o resido en el barrio del Limonar, en la zona del Mayorazgo, sufriendo profundamente la soledad. Eugenia se nos fue al Cielo hace ya seis años, que han sido muy duros de recorrer. Nunca había querido buscar a una persona que la sustituyese, por respeto a los recuerdos de toda una vida. Lógicamente, soy un ciudadano jubilado, que intento vivir tranquilo y con el sosiego que necesitamos. Me considero, sinceramente, un buen hombre. 

Un día, hace varias semanas, paseando por la Plaza de la Merced, quiso el destino que me cruzara con esta bella mujer: la Sra. Marcela. Presumo que debe de gozar de hermosas cualidades. Pero lo que me llamó más la atención, es el notable parecido que tiene con la que fue mi esposa”. En ese momento, extrajo la cartera del bolsillo de su chaqueta, mostrando a sus interlocutores una foto. En ella se veía a una mujer. Benigno y Marcela quedaron asombrados del parecido entre las dos señoras. La fotografía correspondía a unos años previos al fallecimiento de Eugenia. 

“Entonces, lo que he pretendido con humilde curiosidad es tratar de entablar una amistosa conversación con Marcela, a la que efectivamente he seguido en repetidas ocasiones. Mer gustaría que nos conociéramos y pudiéramos compartir esa soledad que nos afecta. He preguntado a algún vecino de la zona y me han indicado que Vd. vive sin otra compañía en su domicilio. Mi intención es buena, fraternal y amistosa”. 

Don Benigno, tras su respetuosa atención al oficial legionario jubilado, intervino en la situación: “Querida Marcela, aquí tienes a un hombre bueno, honrado y cabal. Creo que no tienes nada que temer. Os voy a dejar, para que podáis hablar con serenidad t respeto. Yo voy a continuar con mi labor pastoral”. Sixto y el sacerdote se intercambiaron los números de teléfono, se dieron la mano y se despidieron con una sonrisa de mutua confianza.

Entonces quedaron solos Marcela y Sixto, cuyo silencio inicial se fue fracturando en palabras, sonrisas, miradas y ese afecto que brota del corazón. Los minutos fueron pasando, los datos se fueron intercambiando y la acomodación psicológica se fue enriqueciendo entre dos seres a los que el destino y el azar habían unido para completar sus trayectorias existenciales. 

Sixto, todo un caballero, invitó a almorzar a su nueva gran amiga, a la que regaló una rosa de una florista callejera que pasaba por la popular y romántica Plaza de la Merced. Cada tarde, con puntualidad castrense, cuando las manecillas marcaban la hora del té británica, estaba el antiguo legionario esperando a su “amorcito” como él cariñosamente la llamaba. 

Pasaron unas semanas y una mañana don Benigno los llamó, para que acudieran a su despacho, junto a la sacristía del templo. De una forma todo paternal les dijo: “Bueno, parejita, creo que estáis en el momento oportuno y justo para que os unáis en una cristiana familia. Si os parece, vamos a organizar, con fascinante modestia, los esponsales para que disfrutéis una fiesta feliz, plena de amor y confianza, bajo la mirada del Creador, que así lo ha querido para vuestro futuro, caminando juntos hacia la Vida. 

La Coral de Santiago puso sus bien preparadas voces a una unión de dos personas adultas, que necesitaban y compartían el cariño que permite caminar en los días y las horas. La merienda/cena nupcial tuvo lugar junto a la playa, con una plácida marisma, cuyo aroma y acústica era iluminado por la generosidad de la luna llena y la brillantez de las estrellas. 

Ojalá muchas historias tuvieran tan esperanzador final. El destino quiso mostrarse comprensivo y bondadoso, con en dos vidas tardías que necesitaban aprovechar el tiempo posible con fraterna y humana intensidad. –

 

 

UNA TARDÍA Y HERMOSA

HISTORIA DE AMOR

 

 

 

        José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

        Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

        Viernes 30 enero 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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