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viernes, 16 de diciembre de 2022

EN UN LUGAR PERDIDO DE LA PLANICIE CASTELLANA.

Al técnico en programación digital ANDRÉS Niño Redial, 39 años, casado y sin hijos, le resultó extraña y precipitada, la celebración de un cursillo de actualización informática, en fechas tan inmediatas a las fiestas de Navidad. Sus superiores le aclararon que la decisión procedía de las “altas esferas empresariales” en plena lucha por dominar un mercado en constante, acelerada e incluso “endiablada” renovación, por los continuos avances en el campo de la velocidad y versatilidad digital. Parece ser que la inmediatez del curso estaba originada por la aplicación del 5 G en la comunicación inalámbrica. El problema para él (también para los demás asistentes) era que dicho curso, a celebrar en las abulenses tierras de Arévalo, comenzaba en la tarde del 22 de diciembre. Como jefe del departamento técnico, no le quedaba otra salida que la de asistir a esta convocatoria de ámbito nacional. Su empresa, radicada en el Parque Tecnológico de Andalucía en Málaga, así lo había decidido. Por consiguiente, tendría que desplazarse desde la ciudad en que nació y trabaja, hasta esa localidad de la provincia de Ávila, a la que nunca había visitado.

El cursillo duraría dos jornadas, las del 22 y la del 23, en el último mes del año. No se le ocultaba que la sesión de clausura, en la tarde del segundo día, se prolongaría hasta bien tarde. Los organizadores habían previsto una cena de despedida para los asistentes, en la que no debería excusar su presencia, por las relaciones personales que lógicamente se consiguen durante su desarrollo. A causa de esta realidad prolongó su reserva de dos días en el Hotel Posada Real de los Cinco Linajes, en donde iba a hospedarse, añadiendo también la noche del 23. Ya en la mañana del 24 emprendería, muy de mañana, el deseado viaje de vuelta a Málaga, a fin de estar presente en la fraternal cena familiar de esa noche tan emblemática, previa al día de Navidad.  

El día en que emprendía el viaje se despidió de su mujer ESTHER (decoradora escaparatista) a la que aseguró que no se preocupara, pues para la cena de Nochebuena estaría ya de vuelta en Málaga, ya que estaban invitados, junto a otros familiares, en casa de los padres de ella. Había decidido viajar a la monumental ciudad castellana utilizando su querido y muy veterano Volkswagen, de color gris plateado y “heredado” de su padre, un “solido” vehículo de excelentes respuestas a lo largo de sus 17 años de uso. Deseaba tener absoluta disponibilidad para el desplazamiento, en unos días en los que no era fácil conseguir billetes de tren debido a la gran demanda viajera en estas entrañables fechas del año y por la premura de la convocatoria del cursillo de actualización.

En la tarde del 22 las sesiones del cursillo finalizaron sobre las 18:30, así que se animó a desplazarse a la capital provincial, situada a sólo 51 km desde Arévalo. Quería comprar algunos regalos e incluso gozar de una buena cena, en algún mesón de la ciudad “amurallada” y localidad natal de Santa Teresa de Jesús (1515 -1582). En el viaje de vuelta para Arévalo, notó algo raro en la carburación del motor. Incluso en una ocasión el vehículo se le paró en un “ceda el paso”. Por fortuna, pudo llegar sin mayor dificultad hasta el hotel, aunque se mostraba preocupado por los errores del motor, hecho bastante inusual en tan prestigiosa mecánica. El servicio que este coche les había prestado, tanto a su padre como a él mismo, era inmejorable, en fiabilidad y seguridad, a pesar de soportar en la actualidad una manifiesta antigüedad. Pensando que las sesiones del cursillo comenzaban a las 9:30 de la mañana, buscaría algún taller de urgencia, en donde pudieran echarle algún vistazo al motor.

En la mañana del 23 bajó a desayunar muy temprano, apenas había sido abierto el comedor del hotel. Después se dirigió al mostrador del recepcionista, en la que tuvo suerte pues allí se encontraba también Daniel, el gerente del establecimiento hotelero. Tras escuchar su problema, éste profesional telefoneó a un cuñado que trabajaba como mecánico en un taller de reparaciones, rogándole que atendiera la urgencia de un huésped que tenía que viajar a partir de la mañana del 24. Tras el visto bueno de este familiar, un operario del hotel se encargaría de llevar el coche a reparación. Al mediodía, Andrés recibió una llamada de Ramiro, el mecánico recomendado por el gerente, que le dxplicaba el problema de una pieza del motor que estaba fallando. Había que proceder a su sustitución, pues en caso contrario no le podía garantizar un viaje de vuelta normal a su ciudad, trayecto que superaba los 600 km. A tal efecto, el mecánico había solicitado dicha pieza a un suministro de Ávila. Sin embargo, debido a la antigüedad del vehículo, dicha pieza había que traerla de los servicios centrales en Madrid, por lo que no sería servida hasta la mañana del día 24 y siempre por transporte urgente. Aunque ese día de Nochebuena el taller no trabajaba, le iba a hacer el favor de instalársela a fin de que pudiera realizar el viaje de vuelta a su ciudad en esa fecha tan señalada del calendario.

Andrés consideraba que el contenido del curso en el que había participado le iba a resultar muy útil para su futuro profesional, ante el avance verdaderamente “endiablado” de las nuevas técnicas de velocidad que proporcionaba el 5 G, para la transmisión de datos de sonido e imagen. El dossier explicativo sobre los futuros proyectos en el terreno digital, aventuraban un futuro ciertamente prometedor en la digitalización total de todos los sectores de la producción y la comunicación. Con respecto a la cena de despedida, a pesar de lo forzado de su ubicación en las fechas navideñas, también quedó bastante satisfecho, pues tanto en lo relacional como en lo culinario todo fue especialmente grato y provechoso. Tras las palabras de despedida y los necesarios discursos, fue servida una apetitosa y suculenta cena: bandejas de entrantes ibéricos, lomo asado y confitado con hierbas aromáticas, acompañado de verduras caramelizadas, plato delicioso para cualquier paladar. Para los comensales reacios al consumo de carne, el cáterin había previsto una bien “crecida” lubina al horno, hermanada con angulas salteadas al ajillo y regada con crema de vino “añejo” de Toro. Esa opípara cena tenía que culminar con un postre excepcional: pastel castellano, relleno de trufas de chocolate y bañado con crema de dulce de leche, con nevaditos de merengue al anís y una lluvia fina de cabello de ángel. Era obvio que este delicioso menú estaba acompañado por una “bodega libre” de la que muchos abusaron, acabando la fiesta (amenizada por el sonido orquestal de unos estupendos profesionales) henchidos de una alegría desbordante, dada la “elegante y educada borrachera o cogorza” que con proverbial estilo y delicadeza se esforzaban en disimular.

Esa medianoche se despertó sobresaltado. Los truenos y los relámpagos llegaban a su habitación de manera impetuosa y continua. Se levantó a beber un poco de agua (la ingesta había sido copiosa) y quedó muy asombrado al ver por la ventana el estado de la atmósfera en la localidad. Sobre Arévalo estaba cayendo una fuerte tormenta de agua, con poderoso aparato eléctrico. Se volvió a la cama, no sin antes comprobar a través de su tablet el estado del tiempo por el área castellana. Una gran parte de la península estaba metida en lluvias. Una cadena de borrascas avanzaba desde el noroeste hacia la parte central y oriental del territorio, dejando caer abundantes precipitaciones. Y la previsión indicaba que ese húmedo estado del tiempo se iba a prolongar al menos durante un par de días.

Ya en el amanecer del día 24 , con el cielo todo negro y entoldado, seguían las intensas e inquietantes precipitaciones. Tras el desayuno y con el maletín trolley de viaje preparado, preguntó a Daniel, el gerente, dónde podía comprar un paraguas, pues tenía que ir a recoger su vehículo. Dentro del mismo era donde precisamente se había dejado ese paraguas de reserva que resulta tantas veces muy necesario. Si iba caminando, el taller lo tenía a unos 15 minutos de distancia en el tiempo. Pero Daniel, siempre amable, le puso un paraguas en las manos, obsequio del hotel. “En realidad, muchos clientes olvidan en las habitaciones algunas de sus pertenencias y después no las reclaman, con lo que vamos formando “una colección” de objetos diversos, que después podemos facilitar a nuestros clientes”. Agradeciendo el generoso gesto, se despidió cordialmente del solícito gerente, encaminándose protegido bajo el paraguas hacia el taller de Ramiro, a fin de retirar su reparado Volkswagen.

El mecánico había recibido la necesaria pieza a primera hora de la mañana, a través de la mensajería urgente. En poco más de veinte minutos ya la tenía colocada. Andrés pagó la minuta por la reparación y por el coste de la pieza, dejando una buena propina por el servicio. Ramiro le dejó un buen consejo, por su experiencia en la zona.

“Tenga especial cuidado con la carretera. El día va a estar sometido a fuertes lluvias y parece que las precipitaciones no dejan de apretar en su intensidad. Su coche, aunque es de una serie algo antigua, es muy bueno y está bien conservado. Pero los caminos pueden dar muchos sustos, incluso a los conductores bien experimentados. Y muchas gracias por la estupenda propina. Le compraré algún juguete a mi hija Belén (mañana es su santo) en su honor”.

Faltaban unos quince minutos para el mediodía, cuando Andrés ya puesto al volante inició la marcha hacia Málaga. Tenía una buena cantidad de km a recorrer, unos 660, distancia que suponía alrededor de unas seis horas y media de viaje, para poder estar cenando con su familia en esa Noche tan emblemática. Pero cuando llevaba no más de una hora de conducción, la tormenta que amenazaban las grises nubes arreció. El lavaparabrisas, por más que lo intentaba, apenas dejaba ver con nitidez los elementos de la carretera. Por lo que, con buen criterio, se detuvo en un hostal del camino, denominado Los Venados. Conducir, en aquellas tan precarias condiciones, era en sumo peligroso. El reloj marcaba las 13:20 del día. Era un buen momento para tomar algo caliente y esperar a que la tromba de agua se calmara. Un tazón de cocido, con hierbabuena, añadiendo un buen filete a la plancha con patatas, le hicieron recuperar un tanto la tonalidad corporal, porque el frio era también intenso. Un flan de postre, al que sumó un café bien cargado, para evitar el sueño, le dejaron como nuevo. Miró una vez más su reloj de pulsera, que marcaba las 14:30. Asumió que iba a llegar a su destino prácticamente para la hora de la cena. Pero aún no había recorrido más que el 20 % del trayecto. Y las nubes no habían cesado en su fuerte descarga hídrica. La intensidad de la lluvia no disminuía.

A medida que pasaban los minutos y avanzaba trabajosamente por rutas enfangadas, con una visión dificultada por la intensidad de lluvia, aumentaba de manera progresiva su preocupación. El GPS de su vehículo comenzó a fallar, tal vez porque la señal que recibía era en sumo débil o prácticamente inexistente. Como no veía través de los cristales a una distancia no más allá de los diez o quince metros, por la gran tormenta de lluvia y aparato eléctrico, iba conduciendo a una velocidad bastante lenta (no más de 20 -25 km hora) a causa de los charcos de agua y barro que se iba encontrando y por las dudas que tenía cuando se topaba con unas carreteras que no conocía y en algún momento se bifurcaban. No estaba sólo preocupado sino francamente asustando pues no tenía conciencia cierta de por donde realmente se encontraba. En un recodo del camino, pudo detener el coche y trató de establecer comunicación con su mujer Esther, tarea inviable porque la señal en su móvil apenas era perceptible (una “rayita” de las cuatro necesarias y a veces sin señal alguna). Así que continuó por un camino que podía no ser el correcto, con la dificultad añadida de que estaba ya oscureciendo. Las manecillas del reloj marcaban las cinco y algunos minutos. Cada vez tenía más la convicción de que estaba perdido en medio de una naturaleza “desconocida”, peligrosamente tormentosa, con repetidos baches enfangados y con muy limitada visión por la “manta” de agua que estaba cayendo. La oscuridad creciente de la tarde estaba dando entrada a la noche, lo cual era una inquietante dificultad añadida. Se consolaba pensando de que el depósito de combustible estaba bien lleno de gas oil y de que los faros del vehículo hacían lo que podían para esclarecer la visión, aunque fuera sólo a unos pocos metros de distancia.  

Buscaba y no encontraba ventorrillo, vivienda o señal indicadora que le indicara el lugar por donde se encontraba. En una ocasión se encontró con una piedra indicadora de carretera, con un número kilométrico que no mostraba el origen o destino del camino que con desconcierto recorría. En otro desafortunado momento llegó a una zona en la que una cabaña destruida le hizo tomar conciencia de que había recorrido unos kilómetros para volver a un lugar por el que ya había pasado, haciendo un circuito inútil para sus intenciones de desplazamiento. Su desesperación era manifiesta. Sobre las 19 horas, ya con la nocturnidad celestial, el destino o la suerte, mil veces reclamada, quiso ser generosa con el aturdimiento e intensa preocupación que razonablemente le embargaba. Observó una débil luz, a no excesiva distancia del punto por donde circulaba. Detuvo su coche en un entrante de la estrecha carretera.  Tomó su paraguas y pisando un suelo muy blando, que le hacía hundirse en el barro hasta los tobillos, fue caminando con un cierto esfuerzo, pero con la mayor decisión, hacia una casa perdida entre una gran masa arbórea. Era un caserón de tamaño medio, que constaba de una planta baja y un piso en altura, cubriendo la construcción de piedra y madera un tejado a dos aguas, también construido con lascas de piedra grises que parecían pizarras. En el ambiente oscuro de la noche, con la lluvia que no cesaba, sólo percibía una luz que dejaba ver el cierre entreabierto de madera situado detrás de un ventanal. Tocó dos veces en el llamador de la recia puerta de madera. Tras esperar un par de minutos, notó que el ventanal por donde se escapaba un poco de luz fue cerrado completamente desde el interior de la habitación. Y al fin escuchó, desde detrás de la puerta, una voz temblorosa que parecía proceder de una mujer mayor.   ¿QUIEN VA?

“Perdone, señora. Mi nombre es Andrés y soy un viajero que se ha perdido conduciendo por estos parajes que me resultan desconocidos. Mi coche lo tengo aparcado, no lejos de aquí, en un lateral de la carretera. Con esta fuerte tormenta es peligroso seguir conduciendo, porque apenas puedo ver nada con la oscuridad de la noche. Le aseguro que no se en donde estoy. Vengo desde Arévalo y me dirijo hacia Málaga, en el sur peninsular. ¿Podrían ayudarme, por favor? Estoy totalmente empapado de agua y barro. Le aseguro que soy persona de bien”.

Entonces escuchó como la señora hablaba en voz baja con otras personas, que también habitaban el caserón. Obviamente, estaban decidiendo qué hacer con respecto a la petición de ayuda que el desconocido viajante había realizado. Tras unos minutos que le resultaron interminables, aunque al menos ahora estaba resguardado bajo el soportal de la puerta, ésta se abrió lentamente. En una extensa sala, no muy bien iluminada, observó que tres personas le miraban mostrando en sus rostros una indisimulable desconfianza. Había señora mayor, muy abrigada en su negro ropaje y dos jóvenes junto a ella, más ligeros de vestimenta. La señora le hizo una indicación para que pasara y se acercara al fuego de tres grandes leños encendidos en la chimenea hogar. Tras calentarse un poco, pues estaba temblando de frío y humedad, les explicó de nuevo su complicada situación. La chica joven, llamada CLAMIA le trajo un poco de recia ropa seca, para que se cambiara en el excusado situado junto a la puerta de la cocina. Doña FRASCA, la señora mayor y abuela de los dos jóvenes le dijo al ya más recuperado, en su temperatura, viajero y con seca cordialidad: “joven viajero, puede pasar la noche aquí y compartir nuestra cena. Somos gente humilde y seguimos el precepto divino de ayudar a los demás. A mis setenta y seis años, sé distinguir bien pronto a una persona de bien. Creo que Vd. Andrés, lo es”.

El técnico informático se sentía más confortado, con la proximidad del fuego y la compresión y generosidad de aquella corta familia. Habían puesto su ropa a secar, en unos soportes próximos a la gran chimenea. Miró su reloj (no había ninguno en aquella sala) que marcaba las 20:10. El joven ARCALO, le puso un vaso lleno de vino tinto en sus manos, para que le ayudara a entrar en calor. El contenido de ese vaso le supo a gloria bendita. Entonces se inició un dialogo entre todos ellos, aunque los tres miembros familiares eran castellanos un tanto “secos y de escasas palabras”. Fue conociendo que doña Frasca prácticamente había criado a los hijos de su única hija, madre soltera y de vida desordenada y que un mal día, dejó a los pequeños con su abuela, yéndose con un trasquilador de ovejas y de la cual nada han sabido al paso de los años. Arcalo, 26 años, se encargaba del escaso ganado que tienen en el establo y del que obtienen leche, fuerza, carne y piel,  cultivando también unas parcelas en donde tienen sembrado cereal, algunas hortalizas y varios árboles frutales. Su hermana Clamia, tres años mayor que él, ayuda también en el cuidado de los animales y agricultura, además de las tareas de la casa, pues a la abuela Frasca ya le van pesando los años.

Andrés fue tomando conciencia de que se trataba de una modesta, humilde y laboriosa familia, cuyos tres miembros desarrollaban sus vidas, aislados en medio de la más “perdida” naturaleza. Con sus cultivos, frutales, un par de vacas, aves de corral y algunos cerdos, iban resolviendo las necesidades alimenticias de cada día. Le explicaron que cada par de semanas, preparaban uno de los carros que poseían, tirado por unas mulas, para desplazarse a la localidad más cercana, distante unos 46 km, para realizar algunas compras complementarias y llevando algunos productos para vender a conocidos comerciantes. Tenían que recorrer para ello unos estrechos caminos bastante intrincados, sinuosos y prácticamente sin asfalto, rodeados de abundante arbolado. Poseían electricidad, aunque con frecuencia se les “cortaba” ese necesario fluido. En consecuencia, la energía básica que utilizaban era el fuego, alimentado con los gruesos leños del hogar.

Los escuchaba con gran atención, no exenta de admiración. En algunos momentos intentó comunicar con Esther, pero la señal telefónica que llegaba era muy débil y entrecortada. De todas formas, se sentía un verdadero privilegiado, al haber sido acogido generosamente por aquella hospitalaria familia, en una noche de “terrible” estado meteorológico. El destino había decidido que pasara la Nochebuena en el seno de aquellos fraternales seres, que residía en un lugar recóndito de la naturaleza. Recordó que en el coche llevaba unos mazapanes empiñonados, que gustaban mucho a Esther. Como tendría oportunidad de comprar otra caja en el trayecto hacia Málaga, se acercó al vehículo, bien pertrechado para la intensa lluvia que no cesaba de caer, trayéndolos a la casa y dándoselos como un modesto obsequio a doña Frasca, que los aceptó con una serena y maternal sonrisa.  

Cerca de las 21 horas, se dispusieron a tomar la CENA DE NOCHEBUENA. Tomaron asiento en una mesa redonda cercana a los leños de la chimenea. Andrés, andaluz y malagueño, situado enfrente de doña Frasca y rodeado de Clamia y Arcalo, se esforzaba en aplicar toda la cordialidad de que era capaz, aunque el carácter de estas personas era, por naturaleza, bastante “castellano” en su seca expresividad.  Ante de comenzar la comida, la abuela recitó una oración de acción de gracias al Creador, oración que sus nietos repetían con gran respeto, devotas palabras a las que se unió con el mayor respeto el “inesperado viajero”. Clamia trajo de la cocina un perol u orza de cerámica llena de unas suculentas gachas calientes, incluso humeantes, para que cada uno se sirviera lo deseado. Por supuesto, también dispuso de un bote también cerámico conteniendo una miel negra deliciosa, cultivada en unos panales que tenían ubicados a una cierta distancia del establo. Doña Frasca, habiendo terminado de tomar las gachas de su cuenco, de manera agradablemente inesperada comenzó a entonar unos tradicionales villancicos castellanos, con la acústica musical de sus recias cuerdas vocales, aportando ese calor humano y familiar, a la humilde familia de la que era la veterana “madre de todos”. La electricidad se iba y venía, aunque los apagones resaltaban el anaranjado color ígneo de los grandes leños incandescentes que aportaban luminosidad y una suave templanza térmica, reconfortando los cuerpos de los contrastados, por edad, comensales. El cuadro personal de aquella cena reflejaba esa fraternal humanidad, que tanto se agradece en las situaciones de especial dificultad.  Andrés era bien consciente del privilegio de sentirse tan bien acogido.

Tras las gachas, llegó el plato principal, consistente en un gran trozo de morcón enjamonado, cocido al vino y después asado al fuego, rodeado de lascas de patatas entremezcladas con verduras salteadas al ajillo. Para el postre, Clamia trajo una gran bandeja de exquisitas mantecadas castellanas, que ellos elaboraban en su horno de piedra y leña, bandeja en la que doña Frasca había añadido los mazapanes empiñonados, regalados por el comensal andaluz. Tras un rato de sobremesa, junto al fuego del hogar, cada uno tuvo en sus manos un vaso de leche caliente y recién ordeñada, con fresas pasadas por la batidora. Andrés siguió narrando aspectos de su trabajo y vivencias malagueñas, mostrándoles algunas fotos familiares que tenía en su móvil. Sobre las 23 h, doña Frasca levantó la velada, para irse todos a descansar. Improvisaron para el invitado una cama, en un viejo pero acogedor diván, cubierto con gruesas mantas, que estaba situado no lejos de los leños incandescentes. La cálida temperatura del interior de la vivienda era muy grata, aunque en el exterior de la casa el termómetro bajaba de los cero grados. Allí Andrés durmió plácidamente, sintiéndose confortado por la hospitalidad que estaba recibiendo y tan fraternal y suculenta cena de Nochebuena, en el seno de una familia de bien.

En el alba del día 25, Andrés fue el último que se levantó del descanso nocturno. Arcalo ordeñaba las vacas, su hermana daba de comer a los animales del establo y a las aves del corral, mientras doña Frasca, vestida como el día anterior completamente de negro, preparaba el desayuno: tostadas de pan de centeno, untadas con manteca de cerdo, leche, café y pastel de manzana. Por fortuna, el tiempo estaba mejorando, así que Andrés trató de recomponer el GPS del coche, a fin de emprender el camino hacia el sur peninsular. Antes de partir, anotó bien la dirección de aquella hospitalaria familia. Tenía el propósito de enviarles algún presente por correo. También dejó su dirección en Málaga, invitándoles a que en la primavera o el verano hicieran algún viaje a Málaga. Les prometía atenderles con la mayor dedicación como muestra de sincero agradecimiento. Abrazó a Arcalo y besó a Clamia y a doña Frasca Alerio Tornal y puso en marcha el motor de su Volkswagen.

No llegó a su domicilio hasta las 16.35. Era el día de Navidad. Al salir de su vehículo reparó en un paquete que estaba en el asiento trasero. Ya en casa y tras explicar a Esther, grosso modo, la aventura que había vivido, con la intención de tranquilizarla, abrieron ese posible regalo de la familia Alerio: dentro del paquete había unos chorizos, huevos y varios trozos del morcón que habían degustado en la cena de Nochebuena.

Ya más tranquilo, narró a su mujer los detalles de una complicada y preciosa aventura que no iba a olvidar en su vida. Una apasionante, grata y singular experiencia de la que fue protagonista, en un tormentoso día 24 de diciembre, por un rincón perdido de la planicie castellana. -

 

EN UN LUGAR PERDIDO

DE LA PLANICIE CASTELLANA

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

16 diciembre 2022

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                 Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/



 

viernes, 14 de diciembre de 2018

UN INVITADO MUY ESPECIAL, A LA CENA FAMILIAR DE NOCHEBUENA.

Ya avanzamos por este Diciembre ritual, generosamente repleto de conmemoraciones y fiestas encadenadas para los mejores deseos. Son días entrañables en los que se mezclan las buenas palabras, los intercambios de regalos, las suculentas y copiosas comidas y bebidas, todo ello bajo un marco cromático de juegos de luces que embriagan la nitidez de tantas y próximas realidades. Estas lúdicas fechas del calendario van señalando el destino imparable de un almanaque que a poco pondrá el fin de otra anualidad, en el acerbo reflexivo de nuestras densas memorias. Y entre las numerosas efemérides a celebrar destaca, con luz propia y fraternal convivencia, la siempre emocionante cena familiar de Nochebuena, en la víspera nocturna del día de Navidad para el calendario cristiano.

Se trata de una Noche diferente, entre todas aquellas cenas que llevamos a cabo durante los 365 días que conforman el año. En esas horas previas a la medianoche, las personas mezclamos tres elementos o factores que iluminan de sonrisas y magia la muy insustituible celebración. El primer factor se escenifica con los gestos amables y cariñosos del necesario reencuentro familiar. En ocasiones son afectos y parientes con los que no se ha tratado en los meses previos. Incluso algunos de estos miembros han de desplazarse desde lejanos orígenes, a fin de estar junto a sus próximos de sangre y parentesco. Esta reunión, como segundo factor, se caracteriza por tener su ámbito de desarrollo en el hogar parental, descartándose el desplazamiento a cualquier otro local de restauración que, por otra parte, tampoco estaría a disposición del público, pues sus empleados y propietarios también permanecen durante esa noche diferente en el seno de sus propios hogares. Y como tercer elemento de unión, para estos dos componentes citados, el sentarse todos los asistentes en torno a la mesa comensal, para compartir los saludos, las palabras, los gestos, las sonrisas y el cariño, junto a una copiosa ingesta de alimentos, que pone a prueba la capacidad de nuestros estómagos para su más que difícil y complicada digestión y asimilación.

En el “acomodado” domicilio de la familia Sensial Calahorra, todo es una divertida tensión durante la mañana del 24 de Diciembre. Los preparativos para la gran cena de esa Noche mantienen ocupada plenamente la actividad de Beno (Benito) y Nema (Nemesia). Ambos forman un matrimonio de mediana edad, que no quiere dejar detalle suelto alguno, a fin de que la reunión familiar de esa noche resulte perfecta y agradable, ante el siempre esperado reencuentro navideño. Mientras Nema, copropietaria de un gabinete de psicología y organización técnica para la autoayuda, apenas abandona la cocina, ayudada por la sobrina del conserje del bloque en el que tienen la residencia, su marido Beno, un técnico especializado en la organización de redes y programación informática, ha salido con un suculento listado de últimas compras camino de la Casa Mira, establecimiento de elevado prestigio en productos y dulces de Navidad.  Sus dos hijos, Máximo (estudiante de segundo curso en el grado de Ciencias Económicas) y Loreto (alumna de un Instituto de Secundaria, donde estudia el segundo curso del bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales) pasan la mañana con sus respectivas parejas celebrando, junto a un grupo de amigos y compañeros, el inicio de las vacaciones escolares para la entrada del Invierno. 

A esta entrañable cena de Nochebuena han sido invitados los más directos familiares: las abuelas Florencia y Palmira, los tíos Héctor y Julia, con sus hijos Pipo y Dana, además del tío Abraham, el soltero de la familia, mientras que la otra tía, Sor Custodia, ha excusado su presencia, ya que como religiosa del Santo Rosario, comunidad en la que profesó tras quedar viuda hace ya más de  tres lustros, se debe a sus obligaciones conventuales. Explicó a su hermana que ha de seguir los oficios religiosos de la comunidad, aunque promete en sus devotas oraciones e invocaciones marianas, para esa noche tan especial, pedir con fervor por la salud espiritual y física de todos sus familiares. En total, el grupo de comensales lo van a conformar once miembros, vinculados por sus diferentes edades a tres generaciones de una familia bien avenida aunque de trato espaciado, debido a sus obligaciones profesionales en el caminar individual de cada uno de los días.

Ya en la sobremesa del almuerzo, que sólo realizó el atareado matrimonio (pues tanto Máximo como Loreto llamaron para avisar que se quedaban a comer con su panda de amigos,) otra llamada, inesperada, provocó la sorpresa de Beno. Al otro lado de la línea hablaba el tío Abraham.

“Perdona que os llame a esta hora, pues tal vez estáis descansando un rato ante la festiva cena que tendremos dentro de algunas horas en vuestro domicilio. El caso es que … no puedo dejar solo en su casa, durante una Noche tan especial, a un amigo íntimo y muy querido que tengo desde hace meses. Se llama Feliciano y vive sólo, pues al igual que yo no ha podido formar una familia. Algunas veces le he pedido que venga a casa a comer algo, pues el pobre hombre está bastante mal de dinero y sé que más de un día se ha ido a la cama con apenas un café en el estómago. Beno, te hago una pregunta y me la respondes con franqueza. Yo entenderé y comprenderé sin problema cualquier respuesta que me des. ¿Sería para vosotros mucho sacrificio sentar a uno más en la mesa? Si es por la comida, yo comparto mi parte gustosamente con e﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ustosamente con ñida, yo comparto la mia con ueza. Yo entenderido que venga a casa a cenar, pues estéste mi buen amigoesésteéste mi buen y entrañable amigo. La verdad es que se trata de un caso de conciencia. No puedo dejarle solo, pues es dado a las depresiones y está pasando una mala racha. Temo con angustia que cualquier día me de un disgusto cometiendo una locura”.

No pasaron ni cinco segundos, cuando Feliciano recibió una sincera y bondadosa respuesta. “¡Venga hombre! No me lo tenías ni que haber pedido. Te vienes a casa con tu amigo esta noche. No hay más que hablar. Donde comen dos, pueden comer cuatro. Ya nos lo enseñó Jesús: todos somos hermanos. En la Última Cena, Él mismo no habría permitido dejarlo abandonado en su soledad. Aquí os quiero ver un poco antes de las nueve”.

“No me esperaba menos de tu siempre gran corazón. Eres un ángel, al igual que Nemesia. ¡Qué pareja tan maravillosa formáis! Dios os lo pagará con creces. El caso es que … no sé como explicártelo. En la vida de Feliciano hay un elemento más que, para él, forma parte indisoluble de su propia vida. Se trata de su … gato, con el que lleva conviviendo desde hace ya casi una década. Se llama Lucifer. Me cuenta que lo encontró una tarde abandonado junto a una escombrera, casi recién nacido, emitiendo pequeños maullidos y a punto de fenecer. La pobre criaturita temblaba aterida de frío. Lo llevó a su casa y supo cuidarlo con un cariño inmenso, hasta convertirlo en un excelente compañero y en una mascota de gran categoría. Cuando voy a su domicilio, lo veo cada día más gordinflón, extremadamente peludo de un color mezcla entre negro, blanco y un marrón claro. Aunque a veces es zalamero, sabe mostrar un orgullo y clase felina digna del mayor elogio. El color de sus ojos es magenta o fucsia, aunque por las noches, en la oscuridad, parece que se torna en un tono más bien verdoso. Feliciano no querría dejarlo solo en casa, pues si no ve a su amo cerca de él se niega a tomar bocado. ¿Podemos llevarlo? Te aseguro que no molestará. Lo podemos trasladar en su gran jaula y lo ponemos delante del televisor, porque le gusta mirar fijamente a las pantallas que muestren colores”.

Tras resumir Beno a Nema, entre sonrisas, el contenido de la llamada de su hermano, el matrimonio hacía cábalas acerca del número total de comensales que celebrarían la cena de Nochebuena. En total sumaban 12 miembros, más la presencia zalamera de Lucifer, un gato caprichoso que se negaba a tomar alimento sin la presencia de su amo. El matrimonio rió con fuerza  toda esta curiosa historia del amigo íntimo del tío Abraham.

A partir de las 8 de la noche fueron llegando los familiares al domicilio, cruzando las palabras y los saludos amables con esos besos y abrazos para lo fraterno de la reunión. Los primeros en tocar el pulsador del portero electrónico, ya que a Demetrio el conserje, la comunidad le había dado permiso para quedarse con su familia en esa emblemática tarde, fueron Julia y Héctor, con sus hijos Pipo y Dana. Antes de llegar, se habían pasado por el domicilio de la abuela Florencia, para recogerla y traerla con ellos en el coche. Beno había hecho lo propio con su madre Palmira, a eso de las seis, con lo que sólo faltaba por llegar el tío Abraham, acompañado de su amigo Feliciano y el gato Lucifer, trio que apareció poco antes de las nueve. El muy gordinflón felino venía tiernamente acomodado en una gran jaula, recostado entre mullidos y bien decorados cojines. Sus traicioneros y cálidos ojos pronto deslumbraron y cautivaron a todos los presentes. Pronto comenzaron a sonar por los altavoces inalámbricos, que Loreto había instalado junto al luminoso árbol de Navidad, el buen cargamento de villancicos tradicionales, que su primo Pipo se había comprometido a traer en los repletos archivos de su Iphone. Las miradas “solapadas”  de unos y otros centraban su curiosidad en la famélica humanidad (a este hombre le faltaba el alimento, no cabía la menor duda) del amigo Feliciano, bien arropado por el tío Abraham, un peculiar invitado quien, ante las expectativas de esa gran familia, fue desvelando, con hábil y fluida palabrería, algunos retazos de su “complicada” existencia. ¿Conocemos algo de su vida?

Feliciano Laredo Sebastián era natural de Tetuán, hijo único de un padre militar débil ante la bebida, que estuvo por Marruecos destinado en los tiempos “gloriosos” de la soberanía española. Apenas adolescente, acompañó a sus padres en la vuelta de éstos a la península, concretamente a Málaga, donde instalaron su residencia de manera definitiva. Mal estudiante, pero hábil en el trato coloquial con la gente, se fue ganando difícilmente el alimento con el ejercicio de diversos oficios ocasionales y sin arraigo. Sin embargo, desde hace un par de décadas pudo tomar conciencia de su capacidad para ganar esas necesarias pesetas o euros a través de la difícil y abnegada venta ambulante. Su fluido y hábil don de palabra le facultada para reunir alrededor suya a muchos de los viandantes, a fin de ofrecerles, desde su pequeña mesa expositora sobre la vía pública, las “excelencias” de productos útiles para la cocina o el resto del hogar. Se aplicaba a este oficio con la convicción de su sutil “verborrea” complaciente y fácil para los deseos y desánimos de los transeúntes curiosos. ¿Qué solía vender? Exprimidores que no dejaban gota alguna en los frutos para zumos, peladores y cortadores de frutas y hortalizas. seguros y sin peligro para sufrir cortes en las manos, colonias embriagadoras para el amor y la amistad, sorprendentes jarabes contra el mal del insomnio, efectivos “crecepelos” para alopecias consolidadas, cremas milagrosas por sus efectivos resultados para tratar y curar diversos problemas en la piel y esas incómodas y traicioneras arrugas estéticas, a consecuencia de la edad, etc. En definitiva un cualificado charlatán, con muy escasos “cuartos” en la pobreza material de sus bolsillos. Sus progenitores habían fallecido hacía décadas y este hecho había incrementado la cruel soledad de una persona difícilmente abierta o predispuesta para la vida matrimonial.

Los villancicos seguían sonando “a toda pastilla”, mezclándose los muy populares Campana sobre campana, A Belén pastores, los Peces en el río, el Arre burro arre y la Marimorena, con los más sosegados Noche de Paz, la Blanca Navidad y el siempre recurrente Tamborilero. Nema daba los últimos toques a la mesa comensal, a la que no faltaba detalle alguno, bien ayudada por su sobrina Dana y por Loreto, las dos primas que reían y reían, súper motivadas por alguna copa de más que ambas habían tomado a hurtadillas de sus padres. Las dos abuelas Palmira y Florencia, sentadas junto a un radiador de aceite situado en una esquina del salón, suspiraban una y otra vez recordando la ausencia de sus inolvidables deudos y añorados esposos, Expedito y Policarpo, respectivamente. Ante la televisión y con sendas copas que cada uno de ellos se habían servido del muy repleto mueble de las bebidas, Benito, Héctor, Abraham y su íntimo Feliciano, comentaban temas intrascendentes, esperando la llamada de la anfitriona para que cada cual ocupase su lugar en la espléndida y bien montada mesa de celebración. No pasaban más de cinco o seis minutos para que Feliciano se excusara, una y otra vez, a fin de acudir al cuarto de Máximo. Allí habían recluido a Lucifer, quien dormitando sobre una buena “tabla de cojines” sobre la alfombra y mirando el pequeño monitor de televisión, se negaba a tomar su comida especial para gatos si no estaba su amo presente.

La cena resultó espléndida, en contenido y forma. Variados, suculentos e indigestos entremeses ibéricos y una gran fuente de mariscos variados. A continuación, degustaron un sabroso y reconstituyente caldo caliente, procedente de gallinas de corral, sembrado con hojitas de aromática hierbabuena. Con ardientes vítores, apareció el gran pavo trufado, con guarnición de verduras asadas, patatas gratinadas con quesos fundidos en crema picante de Oporto y paté francés, manjar que mereció los elogios unánimes de los asombrados comensales. El postre fue un digno colofón a tan exquisito ágape: un gran bizcocho tartero, realizado con harina integral, bañado en whisky macerado con hierbas provenzales, daba forma a una gran “piscina” de chocolate belga negro fundido, con una cubierta modelada de frutos secos rojos del bosque. Flanqueaba el lustroso y espectacular postre, por sus cuatro lados, una habilidosa labor barroca de dulce de leche espolvoreado con diversas semillas caramelizadas con azúcar de azahar. Los caldos etílicos para digerir tan copiosa ingesta eran de reconocidas marcas, graduación y color. Verdaderamente Nemesia, a quien Beno conoció en una selecta confitería donde trabajaba para pagarse los estudios de psicología, siempre se había caracterizado por ser una artista en todo lo relativo a la cocina, especialmente en la elaboración de repostería y otros postres de alta cocina.

Tampoco faltaban los recordatorios. Palmira no se detenía en mencionar, con nostálgicos suspiros, a su deudo Expedito, mientras la abuela Florencia entonaba en voz baja los villancicos de su ya lejana infancia, ayudada de la música que seguía alegrando el ambiente, ante las miradas divertidas y cómplices deraces ﷽﷽a y alg suspiros,a eran de reconocidas marcas, graduacio, clavos, alicates, sierra y algde todos sus nietos. Feliciano se excusaba por levantarse de la mesa, entre plato y plato, pues se le veía inquieto ante “lo que estará haciendo mi Lucifer”, con la comprensión cariñosa y sonriente de su afecto e inseparable amigo Abraham.

El lustroso y muy generoso ágape no finalizó hasta pasadas las 12 de la noche. A esa hora del inicio de una fría y húmeda madrugada, los más jóvenes estaban citados con sus amigos, a fin de “seguir haciendo la larga Noche”. Minutos antes de esa hora, ya se habían despedido, con los besos y abrazos de rigor, recibiendo con jocosa resignación las advertencias propias de sus padres, a fin de que que fueran responsables y no cometieran travesuras peligrosas.

A poco de la marcha de los más jóvenes, los mayores también consideraron de que el momento para las despedidas había llegado. En ese relamido ritual de los saludos cariñosos y de palabras agradecidas, siempre amables y con afecto, algunos de los presentes repitieron divertidamente los cálidos gestos, en algún caso, a consecuencia de ese traicionero y divertido alcohol que, disimulado entre la copiosa ingesta, provoca la equivocación en nuestros ya adormilados controles. Héctor y Julia, al tener ahora tres asientos libres en su vehículo, se ofrecieron a llevar a las abuelas quienes, ante una televisión que seguía “hablando” para un auditorio que hacia tiempo había dejado de prestarle atención, estaban literalmente sumidas en el mundo de los sueños, dando pendulares cabezadas tras cabezadas, con la acústica placenteras de los ronquidos. Alguien pronunció esa consabida frase que todos estaban pensando “Con todo lo que no se ha comido, vais a tener menús para varios días”. Nemesia asentía con un gesto inevitable de la cabeza y ofrecía “¿no queréis llevaros algo de la comida sobrante… porque en el frigorífico apenas tengo ya hueco para nada. Os preparo algunos “tuppers” y ya resolvéis el almuerzo de Navidad?”. En ese momento, la abuela Palmira abrió sus grandotes y cansados ojos, entrando de lleno en una de esas frases finales ingeniosas para las despedidas. “Tengo en casa unas hierbas de Santo Toribio de los tres perdones, que son milagrosas para las malas digestiones y los “flatos” de barriga, aunque también alivian las almorranas”.

Amaneció un siguiente día gratificado por el sol, pero refrescado por la intensa humedad propia de una ciudad acariciada por el mar. Era ¡el 25 de Diciembre! núcleo central e insustituible de las fiestas navideñas. Beno y Nema dejaron las sábanas, cuando ya habían sonado las 11 campanadas en la basílica catedralicia. El matrimonio desayunó sólo un par de tazas de café con leche y sendos trocitos del insustituible bizcocho panettone. Máximo y Loreto aún no habían regresado de sus noches locas de pandilleos, así que el matrimonio Sensial Calahorra decidió arreglarse un poco e ir hacia la zona centro, a pasear por entre los jardines del Parque y de paso distraerse recorriendo los bien montados puestos de artesanías y Sabores de Málaga, instalados en ambos laterales de ese gran espacio verde que adorna la ciudad. Nemesia, por naturaleza bastante presumida, se estuvo “acicalando” por si se encontraba alguna vecina o amiga inesperada. Ya todo arreglada, un poco más tarde del mediodía, empezó a rebuscar por entre su tocador y entre los dos joyeros que tenía en el primer cajón. Beno se quejaba de lo que tardaba su cónyuge, aunque obviamente ya estaba acostumbrado a estas habituales e interminables esperas.

“Es que no encuentro mi Rolex. Hoy lo quiero lucir pero, por más que miro y rebusco, no lo veo en ninguno de los joyeros. El caso es que también la esclava con las esmeraldas, tampoco está en su sitio. Me la puse hace un par de semanas, cuando fuimos a la fiesta de las bodas de plata que dio Clarita en su chalé. ¡Que cosa más rara. Precisamente las dos alhajas más valiosas y encariñadas que poseo no están en su lugar! Esto me da muy mala espina. Me están entrando unos sudores … porque no quiero ni pensar que se puedan haber perdido. Santo Dios ¡Pongo la mano en el fuego, Beno, que yo no los he tocado desde la fiesta de Clarita, hace quince días!”

A pesar de su intensa búsqueda, las dos preciadas joyas no aparecieron, para desesperación de su muy aturdida propietaria.-

UN INVITADO MUY ESPECIAL, A LA CENA FAMILIAR DE NOCHEBUENA


José L. Casado Toro  (viernes, 14 Diciembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 20 de diciembre de 2013

COMPARTIENDO RECUERDOS, PARA SU MEJOR NAVIDAD.


Desde hacía tiempo sentía ilusión por realizar un reportaje donde prevaleciera la humanidad y sencillez de la memoria, frente a las prisas banales de la representación escénica, casi siempre dictadas por el calendario. Al fin este año me he decidido, tras afrontar dos importantes dificultades que, con la habilidad del diálogo, se han podido resolver. En primer lugar, la autorización que la dirección de la institución benéfica debía previamente conceder. Y también, pero muy importante, la generosa comprensión de mi propia familia, pues el esfuerzo de este trabajo también iba a repercutir en el anecdotario cronológico de sus vidas. Todos han de saber que el periodismo posee estas grandezas y servidumbres. Así que, bien acompañado de mi cámara fotográfica, una pequeña grabadora y un bloc de notas, encaminé mis pasos, a eso de las ocho de la tarde, a esta humilde residencia para la tercera o última edad. En este entrañable espacio, unas abnegadas Hermanas de vocación y caridad, acogen y cuidan a personas mayores que no tienen con quien vivir. Me disponía a compartir la cena de Nochebuena con los residentes de esta Casa llena de amor y solidaridad, para con unos seres que tanto lo necesitan.

En este día tan entrañable, sólo han quedado en el edificio siete de los allí acogidos. El resto de los cuarenta y tanto residentes van a pasar esta Noche junto al calor de algunas familias solidarias o con algún pariente lejano, que se ha acordado de ellos para este emblemático momento anual del calendario. Tres hermanas, una cuidadora social y la encargada de la cocina, se han esforzado en organizar una suculenta cena (dentro de sus limitadas posibilidades económicas) para este martes de un diciembre, con pleno sabor navideño.

Previamente, acompañado de la Hermana directora, hago un recorrido por todas las dependencias del edificio, donde se respira un ambiente de paz y limpieza que gratamente me impresiona. Tras conocer la organización de los servicios comunes y las propias habitaciones de los residentes, accedemos a un gran salón. En él se acomodan siete personas que aguardan el inicio de la cena fijada para las nueve de la noche, algo más tarde de lo que es usual para el resto de los días en el año. Algunos de los siete presentes miran hacia el programa que la televisión está emitiendo, muy cercano a un primoroso Belén en el que todos han colaborado para su construcción. Este otro lee un periódico deportivo, mientras que aquellas dos ancianas descansan, sentadas en uno de los sofás, observándome con cara de cierta extrañeza. Visualmente percibo que todos ellos son muy mayores. Sin duda, octogenarios. Tal vez alguno, incluso, nonagenario. Estrecho la mano de los tres hombres y saludo con un beso a las cuatro señoras, presentándome como un periodista que ha querido compartir con ellos estas horas afectivas de la Nochebuena. 

Intercambiamos algunas palabras y sonrisas. Sus rostros agrietados y cansados por las leyes inexorables del tiempo, ofrecen el semblante de los que ya poco esperan, como no sea ese nuevo amanecer que el destino quiera concederles. En el letargo de sus miradas también percibo la placidez de unas vidas en la que los afanes y tensiones se han sosegado, tras largas historias que se nublan en la lejanía del recuerdo. Al fin la Hermana Sonsoles nos hace una indicación para que pasemos a una sala contigua, donde se ubica el “refectorio” para el alimento. Ayudo a una de las señoras, que camina con dificultad “Hijo mío, estas piernas cada día me pesan más. Y aunque no te lo vayas a creer, en mis años mozos me ganaba las pesetas bailando por esos “puebluchos” de Dios. La Hermana Claudia ha puesto, en un pequeño compact disc, un CD con villancicos tradicionales, que ha modulado muy bajito para que no moleste a la concurrencia. En realidad pronto pude comprobar la degradación auditiva, en más de uno y una de estas personas.

El menú estaba compuesto de entremeses variados, una cálida y sabrosa tacita de consomé (con el acompañamiento de la necesaria ramita de hierbabuena) y un plato de carne mechada con verduras cocidas. Para los postres, tarta casera de chocolate, sin que faltara una gran bandeja, poblada de mantecados, turrones y mazapanes. Aunque siempre se ofrece agua en las comidas, esa noche se añadió vino tinto y unos botellines de cerveza, para los residentes que lo deseasen. Tras la bendición de la mesa, con la oración correspondiente, nos sentamos en hermandad a fin de dar buena cuenta de tan apetitosos alimentos. Debo aclarar que, previamente a mi desplazamiento, pasé por Casa Mira, donde me prepararon una caja surtida de sus afamados productos navideños, modesto detalle que entregué a la Hermana Benita, encargada de la cocina.

Ya en la sobremesa, propuse a los presentes una simpática aportación o juego colectivo. Les expliqué que estaba realizando un reportaje, dedicado precisamente a ellos, en una Noche tan emblemática. Les pedí que cada uno narrase, buscando en el archivo de su memoria, aquel recuerdo que hablase de la mejor Navidad que habían gozado en sus vidas. Todos se mostraron dispuestos para colaborar en este relato multicolor, con historias que iban a llenar de luz una noche presidida por la amistad y el afecto. Debo esmerarme en la síntesis, pues alguno de mis compañeros de reunión era más que fluido en las palabras, no encontrando el momento de poner fin a la detallada descripción que nos hacía.

NOEMÍ. Es la primera en intervenir. Con voz pausada, nos introduce en alguno de sus mejores recuerdos de la infancia. En su mente, siempre quedará grabada la imagen de aquella querida abuela que se encargaba, con hábil destreza, en la elaboración de las rosquillas y borrachuelos, durante la mañana del día 24 de diciembre. Ella misma, entonces muy pequeña, ayudaba junto a sus otras dos hermanas, a la tata Ovidia, que les enseñaba como se hacía la masa de harina para los dulces. No se le podrán olvidar las figuritas de animales que moldeaban con algún trocito de masa que la abuela les dejaba y que, después, también pasaban por ese gran perol lleno de aceite de oliva, donde se freían las rosquillas. La alegría, las risas que de todos fluían y el buen olor al aceite hirviente, son escenas entrañables que nunca se borrarán de su bien trabajada memoria. 

ALEJANDRO. Antiguo sindicalista de la C.N.T. fue tornero fresador de profesión. Tuvo un hijo en su matrimonio “pero él siempre está muy ocupado con su familia. Apenas tiene tiempo de pasarse por aquí. Pero cuando lo hace, me trae libritos de crucigramas, pues sabe cómo me gustan. Él es bueno, pero la “lechuza” de su mujer….” Este buen hombre, de espalda encorvada, nos cuenta que sus mejores imágenes son aquellas de verse ante los escaparates de la tienda Carrión, cerca de la Plaza de los Mártires. En ese mundo de los juguetes, se pasaba horas y horas, disfrutando a través del cristal, soñando despierto todo lo que se iba a pedir en la carta a los Reyes. Día tras día, aquel niño no se olvidaba pasar por esta calle, para ver si aún permanecía allí ese fuerte de madera, con los soldaditos de goma. O esos juegos reunidos Geyper, en su gran caja de cartón amarillo, con la alegre sonrisa de un niño ante la ilusión para imaginar y jugar.

ANTYA. Su vida se ha visto presidida por un intenso desorden. Ella ha sido una “mujer de la calle”. Nunca ha evitado o importado reconocerlo. Nos introduce en aquella última Navidad en la que pudo disfrutar, con sana e infantil emoción, la compañía de sus padres. Tendría, entonces, unos ocho o nueve años de edad. Formaban una familia sencilla y modesta pero, al tiempo, feliz. Después se cruzó aquel mal hombre en la vida de su madre, quien fue banalmente engatusada, provocando su abandono del hogar familiar. Recuerda, con nostalgia aquella última oportunidad en que ella y sus padres celebraron juntos la Nochebuena. Posteriormente, han ido pasando muchos otros diciembres por su existencia, pero ninguno como aquél en que vio a su padre y su madre, unidos y felices. Nunca volvió a ver a su mami, pero sabe rezar todas las noches por ella. Era su madre…. y nunca se borrará de su memoria.

BLANCA. Una mujer soltera, que trabajó durante toda su vida en un taller de costura. Su escasa pensión de jubilación, a causa del mal trato administrativo por parte de la empresa y los achaques propios de la edad, hicieron posible su llegada a esta Residencia de la Caridad, hace ya tres años. Aquella primera Navidad en esta Casa se le ha quedado firmemente grabada como uno de las experiencias más lindas de su vida. Encontrarse rodeada de otras muchas personas que le ofrecían amistad, cariño y cuidados, fue la mejor medicina para sus dolencias y soledad. Recuerda esa fiestecita del día 25, en la que todos acabaron cantando villancicos frente a un precioso Belén, que habían montado en la entrada de la capillita. Fue ella quien se encargó de hacer algunos pequeños trajes para las figuras de San José, la Virgen María y los Magos de Oriente. Su primera Navidad, en esta Casa de todos, le ha dejado para siempre una imagen imborrable de bondad y felicidad. 

DOMINGO. Su situación es otro de los penosos ejemplos que llevan a cabo algunos hijos con respecto a sus padres. “Tal vez sea por ley de vida. Las necesidades, en unos y otros. Los graves problemas económicos que han de afrontar. ¡Qué le vamos a hacer! Al menos respetaron mi muy escasa pensión (trabajé de albañil, para las chapuzas) y me pude venir a esta casa, donde me siento como en una gran familia. MI mejor recuerdo fue cuando mi padre me llevó, siendo yo bastante pequeño, al primer gran concierto en directo al que asistía. Entrar en aquel gran teatro y ver a tantos profesores en el escenario, tocando música de Navidad, fue para mi una de las impresiones más gratas y permanentes que tengo ahí dentro. En la memoria. ¡Cómo sonaba todo aquello que tocaban! Cuando salimos del gran teatro, fuimos a tomar churros con chocolate. Era un día de mucho frío, pero mi madre me había vestido muy bien abrigado”.  

ALMA. Estábamos de viaje, camino del norte, donde vivían mis tíos. Mi padre era natural de Burgos. Dado el mal tiempo, tuvimos que hacer noche en un pueblecito de Valladolid. Ese mismo día 24, cuando nos levantamos de la cama y miramos por la ventana vimos a todo el paisaje que rodeaba al hostal cubierto de un gran manto blanco. ¡Había estado nevando durante la noche! Fue la primera vez en mi vida en que pude jugar, con mis dos hermanos, a construir un muñeco de nieve. Le pusimos hasta una gorrita, y como nariz, una zanahoria que nos dieron en la cocina. Disfrutamos haciendo bolitas que nos tirábamos, en medio de risas, carreras y resbalones sobre un suelo blando de nieve. Después tuvimos que reanudar el viaje, pues teníamos que llegar a casa de los tíos, a fin de pasar la Nochebuena con ellos. Nunca olvidaré aquella mañana, cuando se me hundían las botitas en ese suelo cubierto por aquella alfombra blanca. La felicidad y emoción que sentí es muy difícil de expresar….”.

DAVID. “Mi única hija nació precisamente en la noche de un 24 de diciembre. Cumpliría hoy…. cincuenta y dos años. Pero un día infortunado, Dios, el destino o lo que sea, se la quiso llevar. No entremos en detalles más tristes. Esa noche, en el Materno, también nacieron otros dos niños. Los tres padres celebramos juntos la Nochebuena. Los celadores, médicos y enfermeras, que estaban de guardia, nos invitaron a pasar con ellos esa entrañable fiesta familiar. Compartieron con nosotros los alimentos y dulces que habían llevado para la cena. Fue muy simpática y alegre. Cantamos villancicos y alguno ayudó con su guitarra y una zambomba. Cada dos por tres, tenían que salir corriendo, debido a las llamadas de las embarazadas o parturientas. Al final todos ayudamos, por supuesto. A pesar de la situación, fue mi mejor Nochebuena. Después la vida dio muchas, muchas vueltas. Pero hoy, aquí rodeado de estos amigos y Hermanas tan admirables, he recuperado mucha paz y bondad que creí perdidas. Cuando despierto cada mañana, doy gracias a Dios por concederme una nueva oportunidad”.

Respondiendo a una llamada de mi mujer, pude fijarme en que pasaban ya las once y media de la noche ¡Qué rápido se nos había dibujado el tiempo! El trabajado cuaderno de notas estaba lustrado de apuntes caligráficos. Algunos de estos amigos mayores, también consideraron divertido hablar frente a la grabadora.  Y en aquel preciso momento, entró la Hermana Sonsoles en el gran salón estar, allí donde ahora permanecíamos sentados, formando ese grato círculo de amistad. Se acercó a uno de los presentes indicándole, en voz baja, que había una persona en recepción, deseando verle. Iba a ser la última gran sorpresa, para esta Noche inolvidable e inesperada, en la Casa donde la Caridad no es un concepto etéreo o abstracto, sino real.

Camino de casa, me crucé con numerosos grupos de jóvenes, en general bien abrigados con ternos oscuros, que caminaban ruidosos para profundizar en la fiesta. Algunos, con esas corbatas prestas para días de ceremonia. Algunas, haciendo equilibrios sobre zapatos picudos con tacones al alza. Todos con la sonrisa a flor de boca. Y vehículos de acá hacia allá, tras ese rito escénico de reunión familiar, para una Noche de reencuentros. Sentía frío y calor, al tiempo. Ambiental y anímico. Además de mi familia, me esperaba una larga madrugada, pues la elaboración del reportaje no podría esperar. Había sido… un lindo día de Nochebuena. Mañana, 25, millones de personas, en todos los lugares de la Tierra, disfrutarán la alegría y el bello sentimiento de la Navidad.-


José L. Casado Toro (viernes, 20 diciembre, 2013)
Profesor